Moral social · Unidad 47 de 55
Unidad 47 · CAPÍTULO XXXII
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CAPÍTULO XXXII
LA MORA.L T EL ARTE
En el arte, todos son precipicios para la moral.
Mientras el artista — y cuanto más inconscio de sí mismo, tanto mejor para ese fin — se mantiene en la contemplación estética, ninguna fuente de moral más fácil y abundante que la contemplación, la admiración y el culto de lo bello. Trae
de continuo á la realidad, porque la realidad es el campo de lo bello, j en esa operación ppovoca-
L facilita la observación y examen del aspecto y ! propiedades externas de las cosas. Hacienío eso, el arte es moralizador, porque es educador de muchas fuerzas subjetivas, la sensación, la atención, la imaginación.
Del culto silencioso de lo bello, el artista pasa también en silencio al amor reflexivo de lo bello, y educa fuerzas no menos subjetivas y aún más poderosas en el desenvolvimiento de la vida práctica; la sensibilidad física, la íntima y la sensibilidad estética, forma privativa de sensibilidad en que al par se dan el g'usto y la originalidad que tanto vale como decir comunidad e individualidad. Todo lo que en este sentido hace el arte es también favorable á la moral, por ser favorable á la cultura de actividades y aptitudes que pueden concurrir al bien social.
Cuando de la realidad externa entra en la interna, el artista contempla con arrobamiento un mundo lleno de encantos que más lo atrae cuanto más penetra en él, y de donde saca los gritos desgarradores de la lírica, los contrastes patéticos de la dramática, los cuadros solemnes de la épica, la olímpica expresión de Júpiter, la austera de Moisés, la virginal de los niños de la Concha, la completamente humana del cómico de Velázquez ó de los bebedores de Ticiano; es decir, traduciendo lo interno por lo externo, expresa y aprende á expresar con exactitud las relaciones que hay entre el hombre que se ve por fuera y el hombre que vive por dentro.
Los templos-criptas de la India, las titánicas pagodas que tan sugestiva expresión plástica son del misterio de Branma y de su estupenda obra
«ocial; las diminutas pagx)das, que reproduciendo en pequeño el recinto dei dios grande, lo disminuyen como el dios se disminuye al mostrarse en alguno de sus atributos accidentales; el terso, sencillo, inestudiado templo de Confucio, que tan sólidamente retrata con íbrmas y elementos materiales el pensamiento y la doctrina también tersos, sencillos é inestuaiados del Maestro chino; aquelk iglesia budhista de la capital de Birmán que resulta de la asombrosa yuxtaposición de constrxicciones sobre construcciones, todas idénticas en plan y forma, todas distintas en tamaño, y que sugieren todas juntas la idea\de la poderosa > iniciativa y del potente empeño del reformador; los templos politeístas de griegos y romanos; la catedral gótica; la mezquita mahometana; el muchas veces persuasivo templo protestante; la ruca cónica del araucano, que á millares de millas se reproduce en el bohío primitivo del yucayo de las Antillas, y con cimiento y materiafes de hielo se presenta entre los esquimales do Groenlandia: la vivienda cúbica que sirve de modelo á todas las civilizaciones; las imitaciones arquitectónicas de la naturaleza, que en fustes, capiteles, cariátides y mctopas se esfuerzan por reunir en el recinto de los dioses, de las ideas ó de los hombres, la triple encarnación de la vida en el vegetal, en el animal y en el hombre; castillos feudales, fortalezas, quintas, museos, bibliotecas, universidades, capitolios, acueductos, viaductos, puentes, toda la fecundidad artística de la arquitectura, es una doble oblación á la moral: primero, porque consagra á la actividad social de las ideas, de los sentimientos y de los deberes; segundo, porque consagra al trabajo y nos presenta en una pirámide de Egipto, en un teocali de Méjico, en la
calzada monumental de Quito á Chile, el incesante y devoto sacrificio del trabajo humano, unas veces debido á la tiránica necesidad de subsistir, oti'as veces á la brutal arbitrariedad de los tiranos.
Hasta aquí , la acción social del artista es bienhechora, no porque siempre sea obra de bien la á que concurre, sino porque el mal de que sea instrumento su genialidad estética, culpa no es suya, sino de las perversiones de sentimientos, ideas ú corrupciones de la sociedad.
Mas tan pronto como el artista sale de la contemplación subjetiva de lo bello ó de la ejecución objetiva que corresponde á manifestaciones de desarrollo social, su papel de moralizador degenera en papel de corruptor.
El artista, séalo de la palabra ó del sonido, séalo de la paleta ó del buril, es como aquellos encantadores pedazos de tierra, paisajes semovientes, que la corriente del Paraná arranca de sus márgenes y conduce al Plata, de donde vana perderse en las ignoradas lejanías del Atlántico; van con musgo, hierbas, arbustos, árboles y flores, pájaros y sierpes , jaguares y lagartos, sombra y luz, islas flotantes que el morador de la ribera, al verlas pasar tan bellas, tan animadas, tan incitantes, tan risueñas, suspende extasiado la penosa labor de cada día, las sigue con mirada anhelante hasta que se desvanecen en la semi-tiniebla del horizonte, y creyendo que li< vuelto á perder e! siempre soñado paraíso, suspira y sin lágrimas solloza. Como los edenes flotantes del Paraná j del Plata, los artistas de todos los tiempos y países son eternos juguetes de dos corrientes: la una, parecida en su curso á la del blando Paraná, es la suave, pero vagabunda corriente de la imagi-
nación y el sentimiento; la otra, dura, rápida, procelosa como la del Plata, casi siempre azotada por el pampero atronador, es la corriente de la popularidad. Ambas lo llevan, y ninguna de las dos lo lleva á fin moral. Por la primera corriente se va y se llega al culto de lo bello por lo bello, j lo bello por SI mismo no es moral, antes es sacrificio de medios morales por efectos estéticos. Por la corriente de la popularidad se va y se llega á la resonancia del nombre, á la vanagloria y basta al espejismo de la sana gloria, que sólo con la muerte se conquista y solo en la historia y no siempre, irradia; pero á fin moral, es decir, á perfecta realización de la dignidad humana en el ser individual, ni se va ni se llega por ahí.
El artista va al aplauso como la corriente de) río va á la mar. Y ¡ay del aplaudido! Podrá no ser casquivano, y salvará su moralidad individual; podrá no ser envidioso, y se evitará faltas y culpas; podrá no ser sensual, y su vida no será una orgía, repugnante ¡ podrá no ser codicioso, y no sacrificara su dignidad á su peculio; podrá no ser ingrato, y no afrentará ese vicio á su memoria ; pero la moralidad resultante de su vida no corresponderá nunca ó casi nunca, á la generosidad de su vocación, ni á la grandeza de su profesión, ni á la dignidad de razón y de conciencia que debe y está llamada á producir una tan elevada dirección de las fuerzas creadoras como las que da el artistli á su sensibilidad, á su percepción V á su imaginación.
Cultivan las racultades representativas , no las constructivas, y haj cierta fatalidad en la desproporción q ue inmediatamente se nota entre su personalidad intelectual y su personalidad moral.
Ha habido y hay, especialmente en las dos más
nobles artes, la poesía y la oratoria, personalizaciones esplendentes del alto fin moral que tan placentero y tan lógico es presuponer á artes tan humanas; pero la alegría de las excepciones confirma la tristeza de la regla general.
Es verdad, por otra parte, que no son tales excepciones los grandes poet'as y grandes oradores que han sido verdaderos grandes hombree, se quiere decir. Hombres de constante fin moral, porq_ue las sumas personificaciones en cualquier actividad de razón lo son porsergrandes conciencias. También es verdad que, ciñendonos al momento en que vivimos, las influencias desmoralizadoras que arrastran á oradores y poetas están en razón directa de la fuerza y la universalidad que el periódico y el telégrafo han dado á la corriente de popularidad. Apenas en nuestros días hay quien resista á la corriente, ó quien, dejándose arrebatar por ella, conserve presencia de ánimo bastante para no esclavizarse á la vanidad y para saber q ue , en las corrientes de la opinión como en las de las aguas continentales, todo pasa á medida que pasa la corriente.
No estando en la naturaleza de poetas y oradores el recordarlo, todo el afán de su vida está en dejarse llevar de esa corriente.
¿Quién no sacrifica á la vanidad? Es natural que seamos todos, pues la misma vanidad, en' cuanto exponente de probatividad , como llamaron los frenólogos al prurito de aprobación que inquieta á todos, es un coeficiente de moralidad. Pero ¿quién sacrifica á su vanidad sus sentimientos, su voluntad, sus ideas, sus principios, sus juicios, sus deberes, que merezca el respeto reservado para los que, al contrario, saben sacrificar su vanidad á su conciencia?
Vanidad , probatÍTÍdad y espíritu de conservación ponen el germen de la envidia en todos Jos corazones, menos en aquellos qne necesitan verse caídos á los golpes de la envidia para convencerse de que existe. Pero ¿qué noble corazón cede á la envidia? ¿Qué conciencia llena de deber puede acceder á sus inicuas sugestiones?
Hechuras de la vanidad y de la envidia, hoy centuiilicadas por la fuerza de expansión que les da el ímpetu de la publicidad, los artistas, para ser en lo moral tan dignos como con frecuencia son en lo intelectual, no tienen otro recurso que seguir los impulsos de vigorosa iniciación en la verdad que lleva nuestro tiempo , y ponerse de buen grado, con tanto desinterés del fin exclusivo del arte como quepa y cabe en una noción más elevada del arte, á seguir en su desarrollo el ideal humano. Ese ideal, que nada tiene de vago, que nada tiene de informe, que nada tiene de sombrío, que vale por sí mismo más que el ideal del arte, puesto que el arte es también una parte del ideal humano, contiene abundantemente cuanto el artista necesita para ser elemento activo de civilización, de moralización, de humanidad.
Indicios hay de que el arte vislumbra su destino. ¡Ojalá, para su bien y el de los fines morales de toda actividad humana, que lo vea!