Muérete ¡y verás...!: Comedia en cuatro actos · Capítulo real 29 de 39

ESCENA XI

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

ISABEL, DON ELÍAS, RAMÓN. (_Isabel estará vestida de luto; Ramón trae una linterna encendida. Suenan otra vez los violines_).

ISABEL.

¡Aún bailan! ¡Qué corazones! Ten piedad de ellos, Dios mío. Suspende el terrible golpe de tu justicia por más que su maldad le provoque.

ELÍAS.

¡Oh Isabel, Isabelita! Usted es un ángel.

ISABEL.

¡Pobre don Elías! Usté es fiel a la amistad. ¡Alma noble, alma sensible y piadosa!

ELÍAS.

No merezco esos loores. Crea usted...

ISABEL.

Olvidan otros sagradas obligaciones, y usted que nada debía a don Pablo...

ELÍAS.

Yo ¿de dónde? Al contrario...

ISABEL.

Pero Dios premia las buenas acciones.

ELÍAS.

Yo confío en su infinita misericordia... (¡Este postre me faltaba!)

ISABEL.

La que fue su delicia, sus amores, su único bien, ni aun escucha el son del místico bronce que anuncia su funeral. Ceñida la sien de flores, no deposita una sola sobre la tumba del hombre que la adoró. Ni un suspiro lanza aquel pecho de roble, sino a la grata memoria del que iba a ser su consorte, siquiera al sincero amigo, siquiera al valiente joven que el alma rindió invocando de patria y de amor el nombre.— Bien haces. Dios no se paga de sacrílegos clamores. No insultes, ¡ay!, a su sombra. Déjala que en paz repose, ingrata mujer; no mandes a tus ojos que le lloren si en otro semblante luego se han de fijar seductores. Más puro será mi llanto, más veraz, y desde el orbe celestial quizá benigno mi Pablo amado le acoge. Mi tálamo es su sepulcro. Deja que en él me corone yo sola. Yo sé que su alma al alma mía responde, y pues yo la he merecido más que tú, ¡no me la robes!

(_El sacristán sale de la iglesia, cierra la puerta y se retira. Sigue la música_).

ELÍAS.

¡Ah, señora! Yo tendría un corazón de alcornoque si no derramase lágrimas... (por mis cuarenta doblones). Pero al fin... ¿Cómo ha de ser? Aunque usted gima y solloce, Dios lo hizo. No hay esperanza de que su fallo revoque. Y ya han cerrado la puerta y sopla un viento de norte...

(_Isabel se arrodilla en el umbral de la puerta y cruza las manos en actitud de orar_).

(No me escucha; se arrodilla en los yertos escalones, y orando por el difunto estatua parece inmóvil. ¡Oh, Virgen Madre, que ruegas por nosotros... acreedores! ¿Merece un muerto insolvente tan devotas oraciones?)