Narraciones humorísticas · Capítulo real 4 de 6

EPILOGO

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 6 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

EPILOGO

No se necesitaba ser profeta para preverlo : en Pitcairn había nacido un demócrata socialista. Cuando el Emperador subía en su tartana dorada para retirarse de la iglesia, el demócrata socialista le dirigió diez y seis harponazos, con una falta de tino, que era de lo más democrático y de lo más socialista que puede imaginarse. El Emperador salió ileso.

En esa misma noche estallaba la revolución. La nación se levantó corno un solo hombre, aunque había entre los revolucionarios cuarenta y nueve mujeres. La Infantería abatió sus armas, consistentes en perchas puntiagudas. La Artillería rompió sus cocos. El miembro de la Armada se unió a los sublevados. El Emperador fué detenido, maniatado e incomunicado en su palacio. Estaba profundairuente abatido.

— Os he emancipado — decía — , y me debéis el inmenso servicio de hajber sacudido el yugo de una odiosa tiranía. Por mí habéis salido del envilecimiento en que vivíais. Por mí figuráis en el cátalo -

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go de las naciones. Os be dado un Gobierno fuerte, compacto, centralizado ; más aún : os he dado el más vailioso de todos los bienes: la unidad. ¿Cuál es la recoimpensa ? El odio, el escarnio, los hierros de una prisión. Sois dueños de mi; haced lo que os plazca. Renuncio a mi corona y a todas mis preeminencias. No sin un profundo regocijo me veo libre de la carga abrumadora que pesaba sobre mí. Por vuestro bien acepté las responsabilidades y peligros del Poder ; por vuestro bien, abdico. Las joyas de la corona imperial se han desprendido de ella. ¿Qué vale ya "la diadema? Holladla si queréis.

En votación unánime se acordó que el Emperador y el demócrata socialista serían perpetuamente excluidos de las ceremonias del culto, o condenados a trabajar, como galeotes, en la bailandra durante el resto de sus días. Quedaban libres para elegir lo que más les conviniera.

A la mañana siguiente, reunida la nación frente al Capitolio, izó de nuevo el pabellón británico y restauró da tiranía británica. Los nobles entraron en la condición de simples ciudadanos. La batata fué objeto de una solicitud ardiente, se honró el ejercicio de las artes útiles y renació la práctica consoladora y saludable de los antiguos ritos. El ex Emperador entregó el texto de la ley sobre la propiedad, y confesó que lo había substraído sin malicia, sólo para utilizar su desaparición como medio de realizar un vasto designio político. En vista de esta confesión, el pueblo restableció en su pues-

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to al Jefe Supremo y le devolvió los bienes confiscados.

Después de una reflexión madura, el ex Emperador y el demócrata sociadista optaron por la exclusión perpetua de las ceremonias del culto, pues encontraron esto menos cruel que el trabajo forzado a perpetuidad, con culto divino también a perpetuidad, como ellos decían. Al oír esi'as palabras, el pueblo creyó que la razón de los dos reos había suciunbido a causa de sus desgracias, y juzgó prudente lencerrarlos. Así se hizo.

Tal es la historia de ''la adquisición dudosa" de Fitcairn.

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EL VENDEDOR DE ECOS

¡Desdichado caminante! Su actitud humilde, su mirada triste, m ropa, de buena tela y buen corte, pero hecha jirones — último resto de un antiguo esplendor— , conmovieron aquella cuerda, solitaria y perdida, que llevo en lo más oculto de mi corazón, desierto ahora. Vi la cartera que é\ forastero traía bajo el brazo, y me dije :

— ^^i Contempla, alma mía ! ¡ Has caído una vez más en las garras de un viajante de comercio !

¿Cómo librarme de él? ¡Vano intento! ¿Quién se libra de ninguno de ellos? Todos tienen un no sé qué, algo misterioso que interesa.

No me di cuenta de la agresión ; recuerdo sólo el momento en que era todo oidbs, todo simpatía para escuchar las palabras del hombre de la cartera.

Su narración comenzaba así :

— Era yo muy niño, ¡ay!, cuando quedé huérfano de padre y madre. Mi tío Ituriel era bueno y afectuoso. En él encontré un tierno apoyo. Era el

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M A R K r tV A I N

Único pariente con que yo contaba en esta inmensa soledad de la tierra. Mi tío poseía bienes de fortuna y disponía de ellos generosamente. No sólo me educó, sino que satisfizo todos mis deseos, o por lo menos, me proporcionó los goces que pueden comprarse con oro.

Terminados mis estudios, partí para hacer un viaje por el extranjero. Iba acompañado de un secretario y de un ayuda de cámara. Durante cuatro años, mi alma sensible fué una mariposa que revoloteó por los jardines maravillosos de las playas lejanas. ¿Me perdonará usted el empleo de esta expresión ? Soy un hombre que siempre ha hablado el lenguaje de la poesía. En esta ocasión me siento más libre para hablar así, poixjue en ios ojos de usted adivino una chispa del fuego divino. Viajando por líos países lejanos, mis labios probaron la ambrosía encantadora que fecunda el alma, el pensamiento y el corazón. Pero lo que sobre todo me interesó, lo que solicitó el amor que mi naturaleza tributa a lo bello, fué la costumlbre que tienen los ricos de odleocionar objetos elegantes y raros. Y así fué como en una hora funesta sugerí a mi tío Ituriel la idea de que se dedicara al pasatiempo exquisito del coleccionista.

Le escribí una carta en la que mencionaba ¡la colección de conchas formada por un caballero, y otra de pipas de espuma de mar. Refería mi visita a un nabab que tenía millares de autógrafos indescifrables, de esos que adora un espíritu natural-

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mente dispuesto a las cosas nobles. Y ¿^radualinente mi correspondencia fué de un interés cada vez mayor, pues no había carta en que no mencionase 'las chinas únicas, los millones de sellos postales, los zuecos de campesinos de todos los países, los botones de hueso, las navajas de afeitar... Tardé poco en darme cuenta de que mis descripciones habían producido los frutos que yo esperaba de ellas. Mi tío empezó a buscar un objeto digno de interesarle como coileccionista. Usted sabe, sin duda, \¿ rapidez con que se desarrolla un gnsto de este género. El de mi tío no fué gusto; fué furor antes de que yo tuviese conocimiento exacto de los avances de aquella pasión dominadora. Supe que mi tío no se ocupaba ya en su gran establecimiento para la compra y venta de puercos. Pocos meses después se retiraba de los negocios, no para descansar, no para recibir el premio de sus afanes, sino para consagrarse, con una rabia delirante, a la busca de objetos curijC^os. He dicho que mi tío era rico ; pero debo agregar que eira fabulosamente rico. Puso toda su fortuna al servicio de la nueva afición que lo devoraba. Comenzó por coleccionar cencerros. En su casa, que era inmensa, había cinco sa'lones llenos de cencerros. Se diría que en aquella colección había ejemplares de todos los cencerros del mundo. Sólo faltaba uno, modelo antiquísimo, propiedad de otro coleccionista. Mi tío hizo ofertas enormes por ese precioso cencerro; pero el rival no quiso desprenderse de su tesoro. Ya sabe usted la consecuen-

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cía de esto. Colección incompleta es colección enteramente nula. El verdadero coleccionista la desprecia ; su noble corazón se despedaza ; pero, asi y todo, vende en un dia lo que ha reunido en veinte años. ¿Para qué conservar una causa de tortura? I^refiere volver su mente hacia un campo de actividad, virgen ai'm.

Esa fué la resolución que tomó mi tío cuando vio que era imposible adquirir el cencerro fmal. Coleccionó ladrillos. Formó un lote colosal, del interés más palpitante. Pero volvió a presentarse la misma dificultad, y volvió a romperse el corazón del grande hombre. Un dia vendió su colección al afortunado bolsista que, después de retirarse de los negocios, tuvo la dicha de adquirir d ladrillo único, eí que sólo existía en su museo. Mi tío probó entonces las hachas de sílex y otros objetos que remontan a la época del hombre prehistórico ; pero casualmente descubrió que la misma fábrica de antigüedades proveía a otros coleccionistas en condiciones idénticas. ¿Qué hacer? Se refugió en las inscripciones aztecas y en las ballenas disecadas. Nuevo fracaso, después de fatigas y gastos increíbles. Cuando su colección parecía perfecta, llegó de Groenlandia una ballena disecada, y a la vez se recibió de la América Central una inscripción que dejaban reducidas a cero todas las adquisiciones anteriores de mi tío. Este hizo esfuerzos inimaginables para quedarse con la ballena y con la inscripción. Logró, en efecto, adlquirír la ballena; pero

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NARRACIONES HU MORÍS TI CAS

otro aficionado se adueñó de la inscripción. Sabéis que un auténtico jeroglífico azteca es de tal valor, que si alguien llega a adquirirlo, antes sacrificará su familia que perder tal tesoro. Mi tío vendió las inscripciones, inútiles por falta de la inscripción definitiva. Su encanto se había desvanecido. En una sola noche, el cabello de aquel hombre, que era negio como el carbón, se quedó más blanco que la nieve.

j\Ii tío reflexionó. Un nuevo desengaño lo mataría. Resolvió entonces tomar como objeto de su experiencia algo que nadie co'leccionara. Pesó cuidadosamente el pro y el contra de la decisión que iba a tomar, y una vez más bajó a la arena par?, luchar con denuedo. Se había propuesto hacer una colección ¿e^jÉCOS.

— ¿E>c qué? — pregunté.

— 'De ecos, señor; de ecos. Primero compró un eco en Georgia. Era un eco de cuatro voces. Después compró uno de seis en Maryland. Hecho esto, tuvo la fortuna de encontrar uno de trece repeticiones en Maine. En Tennessee le vendieron, muy barato, uno de catorce, y se lo vendieron barato porque necesitaiba reparaciones, pues una parte de la roca de reflexión estaba partida y se había caído. Supuso que, mediante algunos millares de dólares, podría reconstruir la roca y elevarla para aumentar su poder de repetición. Desgraciadamente, el arquitecto no había hecho jamás un solo eco, y en vez de perfeccionar el de mi tío, lo echó a perder

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completamente. Antes de que se emprendiera el trabajo, el eco hablaba más que una suegra; después podía confundírsele con una escuela de sordomudos. Mi tío no se desanimó y compró un lote de ecos de dos golpes, diseminados en varios Estados y territorios de la Unión. Octuvo un descuento del 20 por 100, en atención a que compraba todo el lote. La fortuna enipezó a sonreírle, pues encontró un eco que era un cañón Krupp. Estaba situado en el Oregón, y le costó una fortuna. Usted sabrá, sin duda, que en el mercado d-e ecos, la escala de precios es acumulativa, como la escala de quilates en los diamantes. Las expresiones son casi las mismas en uno y otro comercio. El eco de un quilate vale diez dólares más que el terreno en que está situado. Un eco de dos quilates, o voces, vale treinta dólares, más el precio d'el terreno ; un eco de cinco quilates vale novecientos cincuenta dólares; uno de diez, trece mil dólares. El eco que mi tío tenía en el Oregón, bautizado por él con el nombre de "Eco Pitt", porque competía con el célebre orador, era una piedra preciosa de veintidós quilates, y le cesto ciento diez y seis mil dólares. El terreno salió libre, porque estaba a cuarenta millas de todo lugar habitado.

Yo entretanto 'había seguido un sendero de rosas. Era el afortunado pretendiente de la única y bellísima hija de un lord inglés, y estaba locamente enamorado. En la cara presencia de la beldad, mi existencia era un océano de ventura. La familia nK recibía bien, pues se sabía que yo sería el único

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heredero de mi tío, cuya fortuna pasaba de cinco millones de dólares. Por otra partee, todos ignorábamos que mi tío se 'hubiese hecho coleccionista, o por lo menos, lo creíamos poseído de una afición inofensiva, hija del deseo de buscar las emociones del arte.

Pero sobre mi cabeza inocente se acumulaban las nubes temipestuosas del infortunio. Un eco sublime, conocido después en él mtindo con el nombre del Ko'hinoor o *' Montaña de la Repetición Múltiple", acababa de ser descubierto por los exploradores. ¡ Era una joya de sesenta y cinco quilates ! Parece fácil decirlo. Pronunciaba usted una palabra, y si no había tempestad, oía usted esa palabra durante quince min-utos. Pero aguarde usted. A lia vez surgió otro hecho. ¡ Había un rival ! Cierto coleccicwiista se levantaba frente a mi tío, en actitud amenazadora. Ambos se precipitaron ipara concluir aquel negocio único. La propiedad se componía de dos colinas, con un valle de poca profundidad que las separaba. Quiso la suerte que los dos compradores llegaran simultáneamente a aquel paraje remoto del Estado de Nueva York. Mi tío ignoraba la existencia y (pretensiones de su enemigo. Para mayor desgracia, eíl eco era de dos propietarios : el Sr. Williamson Bolívar Jarvis poseía la colina oriental, y la otra estaba situada en un terreno del Sr. Harbison J. Bliedso. La línea divisoria pasaiba por la cañada intermedia. Mi tío compró la colirta de Jarvis por tres millones doscientos

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ochenta y cinco mid dólares ; en el mismo instante, e^ rival compraba la colina de Bledso por una suma algo mayor.

No le será a usted muy difícil hacerse cargo de 1j que seguiría. La mejor y más admirable colección de ecos se había truncado para siembre, mutilado como estaba d rey de los ecos del universo. Ninguno de los dos coleccionistas quiso ceder, y ninguno de los dos consideraba de valor la parle de eco que había adquirido. Se profesaron desde entonces un odio cordial; disputaron; hubo amenazas por una y por otra parte. Finalmente, el coleccionista enemigo, con una maldad que sólo es concebible en un coleccionista, y eso cuando quiere dañar a su hermano en aficiones, empezó a demoler la colina que había comprado.

Quería todo el eco para sí ; nada dejaría en manos del enemigo. Quitando su colina y llevándosela, el eco de mi tío quedaría sin eco. Mi tío pretendió oponerse. El malvado repuso:

— Soy propietario de la mitad del eco, y me place suprimirla. Usted es dueño de la otra mitad, y puede hacer con ella lo que le convenga.

La oposición de mi tío fué llevada ante un tribunal. La parte contraria apeló ante un tribunal de ordien más elevado. De allí pasó el asunto a un tercer tribunal, y así sucesivamente hasta llegar a la Corte Suprema de los Estados Unidos. Esto no dio claridad al negocio. Dos de los magistrados del Tribunal Supremo dictaminaron que un eco c,

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propiedad muebk, por no ser visible ni palpable. Se le puede vender y cambiar; se le puede imponer una contribución, independientemente del fundo en que produce su sonido. Otros dos magistrados opinaron que un eco es inmueble, pues no se le puede separar del terreno a que se halla adherido. Los miembros que no eran de uno u otro parecer, declararon que un eco no constituye propiedad mueble o inmueble, y que no se le puede hacer objeto 'lícito -de un contrato.

La resolución final dejó establecido como verdad legal que el eco es propiedad y las colinas también ; que los dos coleccionistas eran propietarios, distintos e independientes, cada uno de la colina que había comprado, pero que el eco es una propiedad indivisible, por lo que el demandado tenía pleno derecho para la demolición de su colina, ipuesto que le pertenecía en plena propiedad, si bien debía pagar una indemnización calculada sobre la base de tres millones de dólares por los daños que pudieran resultar a la parte de eco perteneciente al demandante. En el mismo fallo se prevenía a mi tío que no podía hacer uso de la colina de la parte contraria para la reflexión de su eco sin el consentimiento del interesado. Si el eco de mi tío no funcionaba, el Tribunal lo sentía mucho, pero no podía remediar la situación, derivada de un estado de derecho. A su vez él otro propietario debía abstenerse de emplear la colina de mi tío con el mismo fin de reflejar sonidos reflejados primero

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por su propia colina, a menos que se le diese el consentimiento del caso.

Naturalmente, ninguno de los dos quiso dar ese consentimiento en favor del vecino y adversario. El noble y tnaravilloso eco, soberaaio de todos los ecos, dejó de resonar con su voz grandiosa. La inestimable propiedad quedó sin uso ni valor.

Faltaba una semana para la boda, y estaba yo más engolfado que nunca nadando en el piélago de mi ventura, cuando llegó la noticia de la muerte de mi tío. Toda la Nobleza de los alrededores y de otras muchas partes del reino se preparaba para asistir a mi unión con la hija del ilustre conde. Pero i ay ! mi bienhechor había desaparecido. Todavía hoy siento el corazón atribulado recordando aquel momento. A la vez que la noticia de la defunción, llegó él testamento del difunto. Yo era su heredero universal. Tendí el pliego al conde para que lo leyera. Yo no podía hacerlo, pues el llanto nublaba mis ojos. El noble anciano se enteró de aquel documento, y me dijo con tono severo :

— ¿A esto llama usted riqueza? Tal vez lo sea en el vanidoso país de donde usted procede. Veo, caballero, que la única 'herencia de usted es u^a... inmensa colección de ecos, si se puede llamar colección algo que está disperso en todo un continente. Aún hay más : las deudas de usted le llegan hasta arriba de las orejas. Todos los ecos están hipotecados. Yo no soy duro ni egoísta, pero debo velar por el porvenir de mi hija. Si usted fuera

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dueño siquiera de un solo eco libre de todo gravamen, si pudiera usted retirarse con mi hija a vivir tranquilo en un rincón apartado y ganar el sustento cultivando humilde y penosamente ese eco, yo daría de buena gana mi consentimiento para el matrimonio ; pero usted está en las fronteras de la mendicidad, y yo sería un criminal si le diera a mi hija. Parta usted, calballero. Llévese usted sus ecos hipotecados, y le ruego que no se presente más en esta casa.

Celestina, la encantadora y noble hija del conde, lloraba desconsoladamente, y se colgaba de mi cuello con sus amantes brazos. Juraba que se casaría conmigo, aunque yo no tuviese el eco más insignificante en este mundo. Sus ruegos, sus lágrimas, su desesperación fueron inútiles. Se nos separó. Ella languidecía en su hogar, y un año después dejaba de existir. Yo, triste y solo, arrastrándome penosamiente por el camino de la vida, busco el reposo que nos reúna en el reino de los bienaventurados. Allí la maldad no tiene imperio ; allí los desgraciados encuentran la morada de la paz. Si quiere usted dirigir una mirada a estos planos que traigo en la cartera, podrá adquirir un eco en mejores condiciones que cualquiera de los que le ofrezcan en el mercado. Aquí hay uno que costó diez dólares hace treinta años. No hay maravilla igual en Tejas. Se la dejaré a usted por...

— Permítame usted que le interrumpa. Hasta este momento, querido amigo mío, mi existencia

ha sido un continuo martirio, causado por los agentes viajeros. He comprado una máquina de coser que no necesitaba, puesto que soy soltero. He comprado vma carta geográfica que contiene falsedades ¿hasta en sus datos más insignificantes. He comprado una campana que no suena. He comprado veneno ipara las ratas, y éstas lo prefieren a cualquiera otro alimento, pues las engorda más que el mejor queso de Flandes. He comprado una infinidad de inventos impracticables. Es imposible sufrir más de lo que he sufrido. Aun cuando me regale usted sus ecos, no los quiero. ¿Ve usted ese fusil? Lo tengo para los viajantes de comercio. Aproveche usted la oportunidad, y huya antes de que la cólera me ciegue. No quiero derramar sangre humana.

El sonrió dulcemente, con expresión de profunda tristeza, y entró en consideraciones de orden filosófico.

— Usted sabe — me dijo — ^que quien abre su puerta a un viajante de comercio, debe sufrir las consecuencias. El mal está hecho.

Discutimos, pues, durante una hora, y al cabo de ella, yo acabé por transigir. Compré un par de ecos de dos voces cada uno, en condiciones que no eran del todo malas. Para mostrarme su gratitud, el viajante me dio otro eco que, según me dijo, no tenía salida, pues sólo hablaba alemán. Había sido políglota, pero quedó reducido a aquel idioma gutural por desperfectos en el órgano de reflexión.

EL HÉROE DE LUCRECIA BORGIA

(novela militar)

Prólogo.

Ttngo la honra de contarme entre los más fervientes admiradores de las deliciosas novelas a que ha daldio ocasión la última guerra, y que son tan populares en nuestro país (i). Esas encantadoras narraciones brotan como hongos, especialmente desde hace tres meses. Yo no quise quedarme atrás, y consagré mis afanes a este género literario. He aquí el fruto de un esfuerzo perseverante. Mis lectores pueden estar completamente seguros de la verdad que anima cada una de las páginas de esta novela militar. Para lograr la más perfecta exactitud histórica, he acudido con toda solicitud a los preiciosos documentos que se custodian en el Departamento

i) El autor se r«fi«rt a la Guerra Separatista d« /©< E. tados lloidos (1861- 20:

de Guerra, en Wás'hington. Confesaré, y no tengo inconvemente en hacerlo paladinamente, que más de una vez he extractado copiosamente la obra de Jomini El Arte de la Guerra, que es clásica en la materia, y confesaré también que me he servido de la compilación de los Mensajes Presidfnciales y de sus Documentos Anexos, que son una mina para los eruditos. Una novela como esta no podría escribirse sin contar con tantos y tan preciosos elementos de información, pues no quiero aventurarme haciendo afirmaciones infundadas.

Debo dar las gracias a la Compañía de Tel^rafos Transconitinentales, por haber ipuesto sus líneas a mi disposición para el mejor éxito de esta importante empresa literaria, y, sobre todo, por el desinterés de esa Compañía, pues sólo me cobró los precios de tarifa ordinaria en la transmisión de los mensajes que fué necesario expedir para llevar a término la ardua labor que yo había acometido.

Finalmente, es para mí muy satisfactorio expresar mi reconocimiento a todos aquellos amigos míos que ya con' sus consejos, ya con actos positivos, han contribuido durante tres meses a facilitar la ejecución de mis propósitos, sin desmayar hasta ver terminado El Héroe de Lucrecia Borgia.

Los nombres de esos amigos míos son muy numerosos y no puedo mencionarlos aquí; pero aprovecho la oportunidad para darles las gracias por este medio.

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Capitulo primero.

Era una mañana balsámica de la primavera de 1861. El pdétijco pueb'lecillo' de Bostezón, en Massachusetts, se engalanaba con el esplendor de un sol que acababa de surgir en el oriente, g^naldo de Whittaker, dependiente de confianza de la casa Bushrod y Ferguson; salía de su lecho. Reginaklo era el dependiente de confianza de la negociación. Agregaremos que era el dependiente único. La casa en que servía era un establecimiento mixto que negociaba en víveres, ropa y otros artículos. Además, tenía a su cargo el reparto de la correspondencia, por no haber oficina de Correos en Bostezón. El lecho de Reginaldo estaba debajo del mostrador.

Nuestro héroe se desperezó, bostezó varias vece.'^, tomó un barreño y empezó a regar el pavimento de la tienda. Después la barrió escrupolosamente. Antes de termiínar aquella tarea preliminar de su jornada, se dejó caer sobiiQ un barrilete de clavos, y al parecer, meditaba o soñaba.

— Ha despuntado el alba del último día que pasaré en este barracón — dijo para sí el joven dependiente— . ¡ Cuál va a ser la siorpresa de mi amada cuando le diga que he sentado plaza de soldado I ¡ Oh, encanto mío, estarás orgullosa de tu Reginaldo !

Su imaginación anticipaba toda suerte de acontecimientos bélicos. Ya era el héroe de mil aventuras extraordinarias; ya el hombre cuya fama comienza-

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ba a asomar en el ¡horizonite de la glioria ; ya, por último, el favorito de la Fortuna. Volvía a sii casa, a su pueblo, tostado por el sol, cubierto de lauros, vistiendo el uniforme de Brigadier, para depositar toda su grandeza a los pies de la incomparable, de la divina Lucrecia Borgia Smith.

Un estremecimiento de orgullo y de júbilo sacudió todo su sistema nervioso; pero en aquel momiento d-e exaltación, bajó los ojos, vio la escoba que empuñaba, y sus mejillas se cubrieron de rubor. Dando vuelcos, cayó de las nubes que su fantasía babía estado formando, y la realidad le dijo con voz despiadada que no era sino un humilde depenid'itmte, con un sueldo de des dólares y m^dio por semana.