Niebla · Unidad 11 de 18
PRÓLOGO — parte 10
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Al llegar a esto no pudo por menos que sonreírse, y es que se acordó de aquella frase de Víctor cuando anunciándoles Gervasio, recién casado, que se iba con su mujer a pasar una temporadita en París, le dijo: «¿A París y con mujer? ¡Eso es como ir con un bacalao a Escocia!» Lo que le hizo muchísima gracia a Augusto.
Y siguió diciéndose: «Lo que sobran son mujeres. ¡Y qué encanto la inocencia maliciosa, la malicia inocente de Rosarito, esta nueva edición de la eterna Eva! ¡qué encanto de chiquilla! Ella, Eugenia, me ha bajado del abstracto al concreto, pero ella me llevó al genérico, y hay tantas mujeres apetitosas, tantas... ¡tantas Eugenias! ¡tantas Rosarios! No, no, con mí no juega nadie, y menos una mujer. ¡Yo soy yo! ¡Mi alma será pequeña, pero es mía!» Y sintiendo en esta exaltación de su yo, como si éste se le fuera hinchando, hinchando y la casa le viniera estrecha, salió a la calle para darle espacio y desahogo.
Apenas pisó la calle y se encontró con el cielo sobre la cabeza y las gentes que iban y venían, cada cual a su negocio o a su gusto y que no se fijaban en él, involuntariamente por supuesto, ni le hacían caso, por no conocerle sin duda, sintió que su yo, aquel yo del «¡yo soy yo!» se le iba achicando, achicando y se le replegaba en el cuerpo y aun dentro de éste buscaba un rinconcito en que acurrucarse y que no se le viera. La calle era un cinematógrafo y él sentíase cinematográfico, una sombra, un fantasma. Y es que siempre un baño en muchedumbre humana, un perderse en la masa de hombres que iban y venían sin conocerle ni percatarse de él, le produjo el efecto mismo de un baño en naturaleza abierta a cielo abierto, y a la rosa de los vientos.
Sólo a solas se sentía él: sólo a solas podía decirse a sí mismo, tal vez para convencerse, «¡yo soy yo!»; ante los demás, metido en la muchedumbre atareada o distraída, no se sentía a sí mismo.
Así llegó a aquel recatado jardinillo que había en la solitaria plaza del retirado barrio en que vivía. Era la plaza un remanso de quietud donde siempre jugaban algunos niños, pues no circulaban por allí tranvías ni apenas coches, e iban algunos ancianos a tomar el sol en las tardecitas dulces del otoño, cuando las hojas de la docena de castaños de Indias que allí vivían recluidos, después de haber temblado al cierzo, rodaban por el enlosado o cubrían los asientos de aquellos bancos de madera siempre pintada de verde, del color de la hoja fresca. Aquellos árboles domésticos, urbanos, en correcta formación, que recibían riego a horas fijas, cuando no llovía, por una reguera y que extendían sus raíces bajo el enlosado de la plaza; aquellos árboles presos que esperaban ver salir y ponerse el sol sobre los tejados de las casas; aquellos árboles enjaulados, que tal vez añoraban la remota selva, atraíanle con un misterioso tiro. En sus copas cantaban algunos pájaros urbanos también, de esos que aprenden a huir de los niños y alguna vez a acercarse a los ancianos que les ofrecen unas migas de pan.
¡Cuántas veces sentado solo y solitario en uno de los bancos verdes de aquella plazuela vio el incendio del ocaso sobre un tejado y alguna vez destacarse sobre el oro en fuego del espléndido arrebol el contorno de un gato negro sobre la chimenea de una casa! Y en tanto, en otoño, llovían hojas amarillas, anchas hojas como de vid, a modo de manos momificadas, laminadas, sobre los jardincillos del centro con sus arriates y sus macetas de flores. Y jugaban los niños entre las hojas secas, jugaban acaso a recojerlas, sin darse cuenta del encendido ocaso.
Cuando llegó aquel día a la tranquila plaza y se sentó en el banco, no sin antes haber despejado su asiento de las hojas secas que lo cubrían—pues era otoño—, jugaban allí cerca, como de ordinario, unos chiquillos. Y uno de ellos, poniéndole a otro junto al tronco de uno de los castaños de Indias, bien arrimadito a él, le decía: «Tú estabas ahí preso, te tenían unos ladrones...» «Es que yo...»—empezó malhumorado el otro, y el primero le replicó: «No, tú no eras tú...» Augusto no quiso oir más; levantóse y se fué a otro banco. Y se dijo: «Así jugamos también los mayores; ¡tú no eres tú! ¡yo no soy yo! Y estos pobres árboles, ¿son ellos? Se les cae la hoja antes, mucho antes que a sus hermanos del monte, y se quedan en esqueleto, y estos esqueletos proyectan su recortada sombra sobre los empedrados al resplandor de los reverberos de luz eléctrica. ¡Un árbol iluminado por la luz eléctrica! ¡Qué extraña, qué fantástica apariencia la de su copa en primavera cuando el arco voltaico ese le da aquella apariencia metálica! ¡Y aquí que las brisas no los mecen...! ¡Pobres árboles que no pueden gozar de una de esas negras noches del campo, de esas noches sin luna, con su manto de estrellas palpitantes! Parece que al plantar a cada uno de estos árboles en este sitio les ha dicho el hombre: “¡Tú no eres tú!”, y para que no lo olviden le han dado esa iluminación nocturna por luz eléctrica... para que no se duerman... ¡Pobres árboles trasnochadores! ¡No, no, conmigo no se juega como con vosotros!»
Levantóse y empezó a recorrer calles como un sonámbulo.
XX
Emprendería el viaje, ¿sí o no? Ya lo había anunciado, primero a Rosarito, sin saber bien lo que se decía, por decir algo, o más bien como un pretexto para preguntarle si le acompañaría en él, y luego a doña Ermelinda, para probarle... ¿qué? ¿qué es lo que pretendió probarle con aquello de que iba a emprender un viaje? ¡Lo que fuese! Mas era el caso que había soltado por dos veces prenda, que había dicho que iba a emprender un viaje largo y lejano y él era hombre de carácter, él era él; ¿tenía que ser hombre de palabra?
Los hombres de palabra primero dicen una cosa y después la piensan, y por último la hacen, resulte bien o mal luego de pensada; los hombres de palabra no se rectifican ni se vuelven atrás de lo que una vez han dicho. Y él dijo que iba a emprender un viaje largo y lejano.
¡Un viaje largo y lejano! ¿Por qué? ¿para qué? ¿cómo? ¿adónde?
Anunciáronle que una señorita deseaba verle. «¿Una señorita?» «Sí—dijo Liduvina—, me parece que es... ¡la pianista!» «¡Eugenia!» «La misma.» Quedóse suspenso. Como un relámpago de mareo pasóle por la mente la idea de despacharla, de que la dijeran que no estaba en casa. «Viene a conquistarme, a jugar conmigo como con un muñeco—se dijo—, a que la haga el juego, a que sustituya al otro...» Luego lo pensó mejor. «¡No, hay que mostrarse fuerte!»
—Dile que ahora voy.
Le tenía absorto la intrepidez de aquella mujer. «Hay que confesar que es toda una mujer, que es todo un carácter, ¡vaya un arrojo! ¡vaya una resolución! ¡vaya unos ojos!; pero ¡no, no, no, no me doblega! ¡no me conquista!»
Cuando entró Augusto en la sala Eugenia estaba de pie. Hízole una seña de que se sentara, mas ella, antes de hacerlo, exclamó: «¡A usted, don Augusto, le han engañado lo mismo que me han engañado a mí!» Con lo que se sintió el pobre hombre desarmado y sin saber qué decir. Sentáronse los dos, y se siguió un brevísimo silencio.
—Pues sí, lo dicho, don Augusto, a usted le han engañado respecto a mí y a mí me han engañado respecto a usted; esto es todo.
—Pero ¡si hemos hablado uno con otro, Eugenia!
—No haga usted caso de lo que le dije. ¡Lo pasado, pasado!
—Sí, siempre es lo pasado pasado, ni puede ser de otra manera.
—Usted me entiende. Y yo quiero que no dé a mi aceptación de su generoso donativo otro sentido que el que tiene.
—Como yo deseo, señorita, que no dé a mi donativo otra significación que la que tiene.
—Así, lealtad por lealtad. Y ahora, como debemos de hablar claro, he de decirle que después de todo lo pasado y de cuanto le dije, no podría yo, aunque quisiera, pretender pagarle esa generosa donación de otra manera que con mi más puro agradecimiento. Así como usted por su parte, creo...
—En efecto, señorita, por mi parte yo, después de lo pasado, de lo que usted me dijo en nuestra última entrevista, de lo que me contó su señora tía y de lo que adivino no podría, aunque lo deseara, pretender cotizar mi generosidad...
—¿Estamos, pues, de acuerdo?
—De perfecto acuerdo, señorita.
—Y así, ¿podremos volver a ser amigos, buenos amigos, verdaderos amigos?
—Podremos.
Le tendió a Eugenia su fina mano, blanca y fría como la nieve, de ahusados dedos hechos a dominar teclados, y la estrechó en la suya, que en aquel momento temblaba.
—Seremos, pues, amigo don Augusto, buenos amigos, aunque esta amistad a mí...
—¿Qué?
—Acaso ante el público...
—¿Qué? ¡Hable! ¡hable!
—Pero, en fin, después de dolorosas experiencias recientes he renunciado ya a ciertas cosas...
—Explíquese usted más claro, señorita. No vale decir las cosas a medias.
—Pues bien, don Augusto, las cosas claras, muy claras. ¿Cree usted que es fácil que después de lo pasado y sabiendo, como ya se sabe entre nuestros conocimientos, que usted ha deshipotecado mi patrimonio regalándomelo así, es fácil que haya quien se dirija a mí con ciertas pretensiones?
«¡Esta mujer es diabólica!», pensó Augusto y bajó la cabeza mirando al suelo sin saber qué contestar. Cuando, al instante, la levantó vio que Eugenia se enjugaba una furtiva lágrima.
—¡Eugenia!—exclamó, y le temblaba la voz.
—¡Augusto!—susurró rendidamente ella.
—Pero ¿y qué quieres que hagamos?
—Oh, no, es la fatalidad, no es más que la fatalidad; somos juguete de ella. ¡Es una desgracia!
Augusto fué dejando su butaca, a sentarse en el sofá, al lado de Eugenia.
—¡Mira, Eugenia, por Dios, que no juegues así conmigo! La fatalidad eres tú; aquí no hay más fatalidad que tú. Eres tú que me traes y me llevas y me haces dar vueltas como un argandillo; eres tú que me vuelves loco; eres tú que me haces quebrantar mis más firmes propósitos; eres tú que haces que yo no sea yo...
Y le echó el brazo al cuello, la atrajo a sí y la apretó contra su seno. Y ella tranquilamente se quitó el sombrero.
—Sí, Augusto, es la fatalidad la que nos ha traído a esto. Ni... ni tú ni yo podemos ser infieles, desleales a nosotros mismos; ni tú puedes aparecer queriéndome comprar como yo en un momento de ofuscación te dije, ni yo puedo aparecer haciendo de ti un sustituto, un vice, un plato de segunda mesa, como a mi tía le dijiste, y queriendo no más que premiar tu generosidad...
—Pero ¿y qué nos importa, Eugenia mía, el aparecer de un modo o de otro? ¿a qué ojos?
—¡A los mismos nuestros!
—Y qué, Eugenia mía...
Volvió a apretarla a sí y empezó a llenarle de besos la frente y los ojos. Se oía la respiración de ambos.
—¡Déjame! ¡déjame!—dijo ella, mientras se arreglaba y componía el pelo.
—No, tú... tú... tú... Eugenia... tú...
—No, yo no, no puede ser...
—¿Es que no me quieres?
—Eso de querer... ¿quién sabe lo que es querer? No sé... no sé... no estoy segura de ello...
—¿Y esto entonces?
—¡Esto es una... una fatalidad del momento! producto de arrepentimiento... qué sé yo... estas cosas hay que ponerlas a prueba... Y además, ¿no habíamos quedado, Augusto, en que seríamos amigos, buenos amigos, pero nada más que amigos?
—Sí, pero... ¿Y aquello de tu sacrificio? ¿Aquello de que por haber aceptado mi dádiva, por ser amiga, nada más que amiga mía, no va ya a haber quien te pretenda?
—¡Ah, eso no importa; tengo tomada mi resolución!
—¿Acaso después de aquella ruptura...?
—Acaso...
—¡Eugenia! ¡Eugenia!
En este momento se oyó llamar a la puerta, y Augusto, tembloroso, encendido de rostro, exclamó con voz seca: ¿qué hay?
—¡La Rosario que espera!—dijo la voz de Liduvina.
Augusto cambió de color poniéndose lívido.
—¡Ah!—exclamó Eugenia—, aquí estorbo ya. Es la... Rosario que le espera a usted. ¿Ve usted cómo no podemos ser más que amigos, buenos amigos, muy buenos amigos?
—Pero Eugenia...
—Que espera la Rosario...
—Y si me rechazaste, Eugenia, como me rechazaste, diciéndome que te quería comprar y en rigor porque tenías otro, ¿qué iba a hacer yo luego que al verte aprendí a querer? ¿No sabes acaso lo que es el despecho, lo que es el cariño desnidado?
—Vaya, Augusto, venga esa mano; volveremos a vernos, pero conste que lo pasado, pasado.
—No, no, lo pasado pasado ¡no! ¡no! ¡no!
—Bien, bien, que espera la Rosario...
—Por Dios, Eugenia...
—No, si nada de extraño tiene; también a mí me esperaba en un tiempo el... Mauricio. Volveremos a vernos. Y seamos serios y leales a nosotros mismos.
Púsose el sombrero, tendió su mano a Augusto que, cojiéndosela se la llevó a los labios y la cubrió de besos, y salió, acompañándole él hasta la puerta. La miró un rato bajar las escaleras garbosa y con pie firme. Desde un descansillo de abajo alzó ella sus ojos y le saludó con la mirada y con la mano. Volvióse Augusto, entró al gabinete, y al ver a Rosario allí de pie, con la cesta de la plancha, le dijo bruscamente:
—¿Qué hay?
—Me parece, don Augusto, que esa mujer le está engañando a usted...
—Y a ti, ¿qué te importa?
—Me importa todo lo de usted.
—Lo que quieres decir es que te estoy engañando...
—Eso es lo que no me importa.
—¿Me vas a hacer creer que después de las esperanzas que te he hecho concebir no estás celosa?
—Si usted supiera, don Augusto, cómo me he criado y en qué familia, comprendería que aunque soy una chiquilla estoy ya fuera de esas cosas de celos. Nosotras, las de mi posición...
—¡Cállate!
—Como usted quiera. Pero le repito que esa mujer le está a usted engañando. Si no fuera así y si usted la quiere y es ese su gusto, ¿qué más quisiera yo sino que usted se casase con ella?
—Pero ¿dices todo eso de verdad?
—De verdad.
—¿Cuántos años tienes?
—Diez y nueve.
—Ven acá—y cojiéndola con sus dos manos de los sendos hombros la puso cara a cara consigo y se le quedó mirando a los ojos.
Y fué Augusto quien se demudó de color, no ella.
—La verdad es, chiquilla, que no te entiendo.
—Lo creo.
—Yo no sé qué es esto, si inocencia, malicia, burla, precoz perversidad...
—Esto no es más que cariño.
—¿Cariño? ¿y por qué?
—¿Quiere usted saber por qué? ¿no se ofenderá si se lo digo? ¿me promete no ofenderse?
—Anda, dímelo.
—Pues bien, por... por... porque es usted un infeliz, un pobre hombre...
—¿También tú?
—Como usted quiera. Pero fíese de esta chiquilla; fíese de... la Rosario. Más leal a usted... ¡ni Orfeo!
—¿Siempre?
—¡Siempre!
—¿Pase lo que pase?
—Sí, pase lo que pase.
—Tú, tú eres la verdadera...—y fué a cojerla.
—No, ahora no, cuando esté usted más tranquilo. Y cuando no...
—Basta, te entiendo.
Y se despidieron.
Y al quedarse solo se decía Augusto: «entre una y otra me van a volver loco de atar... yo ya no soy yo...»
—Me parece que el señorito debía dedicarse a la política o a algo así por el estilo—le dijo Liduvina mientras le servía la comida—; eso le distraería.
—¿Y como se te ha ocurrido eso, mujer de Dios?
—Porque es mejor que se distraiga uno a no que le distraigan y... ¡ya ve usted!
—Bueno, pues llama ahora a tu marido, a Domingo, en cuanto acabe de comer, y dile que quiero echar con él una partida de tute... que me distraiga.
Y cuando la estaba jugando dejó de pronto Augusto la baraja sobre la mesa y preguntó:
—Di, Domingo, cuando un hombre está enamorado de dos o más mujeres a la vez, ¿qué debe hacer?
—¡Según y conforme!
—¿Cómo según y conforme?
—¡Sí! Si tiene mucho dinero y muchas agallas casarse con todas ellas, y si no, no casarse con ninguna.
—Pero ¡hombre, eso primero no es posible!
—¡En teniendo mucho dinero todo es posible!
—¿Y si ellas se enteran?
—Eso a ellas no les importa.
—¿Pues no ha de importarle, hombre, a una mujer el que otra le quite parte del cariño de su marido?
—Se contenta con su parte, señorito, si no se le pone tasa al dinero que gasta. Lo que le molesta a una mujer es que su hombre le ponga a ración de comer, de vestir, de todo lo demás así, del lujo; pero si le deja gastar lo que quiera... Ahora, si tiene hijos de él...
—Si tiene hijos, ¿qué?
—Que los verdaderos celos vienen de ahí, señorito, de los hijos. Es una madre que no tolera otra madre o que puede serlo, es una madre que no tolera que se les merme a sus hijos para otros hijos o para otra mujer. Pero si no tiene hijos y no le tasan el comedero y el vestidero, y la pompa y la fanfarria, ¡bah!, hasta le ahorran así molestias... Si uno tiene además de una mujer que le cueste otra que no le cueste nada, aquella que le cuesta apenas si siente celos de esta otra que no le cuesta, y si además de no costarle nada le produce encima... si lleva a una mujer dinero que de otra saca, entonces...
—Entonces, ¿qué?
—Que todo marcha a pedir de boca. Créame usted, señorito, no hay Otelas...
—Ni Desdémonos.
—¡Puede ser...!
—Pero qué cosas dices...
—Es que antes de haberme casado con Liduvina y venir a servir a casa del señorito había servido yo en muchas casas de señorones... me han salido los dientes en ellas...
—¿Y en vuestra clase?
—¿En nuestra clase? ¡bah!, nosotros no nos permitimos ciertos lujos...
—¿Y a qué llamas lujos?
—A esas cosas que se ve en los teatros y se lee en las novelas...
—¡Pues, hombre, pocos crímenes de esos que llaman pasionales, por celos, se ven en vuestra clase...!
—¡Bah!, eso es porque esos... chulos van al teatro y leen novelas, que si no.
—Si no, ¿qué?
—Que a todos nos gusta, señorito, hacer papel y nadie es el que es, sino el que le hacen los demás.
—Filósofo estás...
—Así me llamaba el último amo que tuve antes. Pero yo creo lo que le ha dicho mi Liduvina, que usted debe dedicarse a la política.
XXI
—Sí, tiene usted razón—le decía don Antonio a Augusto aquella tarde, en el Casino, hablando a solas, en un rinconcito—, tiene usted razón, hay un misterio doloroso, dolorosísimo en mi vida. Usted ha adivinado algo. Pocas veces ha visitado usted mi pobre hogar... ¿hogar?, pero habrá notado...
—Sí, algo extraño, yo no sé qué tristeza flotante que me atraía a él...
—A pesar de mis hijos, de mis pobres hijos, usted le habrá parecido un hogar sin hijos, acaso sin esposos...
—No sé... no sé...
—Vinimos de lejos, de muy lejos, huyendo, pero hay cosas que van siempre con uno, que le rodean y envuelven como un ámbito misterioso. Mi pobre mujer...
—Sí, en el rostro de su señora se adivina toda una vida de...
—De martirio, dígalo usted. Pues bien, amigo don Augusto, usted ha sido, no sé bien por qué, por una cierta oculta simpatía, quien mayor afecto, más compasión acaso nos ha mostrado, y yo, para figurarme una vez más que me libro de un peso, voy a confiarle mis desdichas. Esa mujer, la madre de mis hijos, no es mi mujer.
—Me lo suponía; pero si es ella la madre de sus hijos, si con usted vive como su mujer, lo es.
—No, yo tengo otra mujer... legítima, según se la llama. Estoy casado, pero no con la que usted conoce. Y ésta, la madre de mis hijos, está casada también, pero no conmigo.
—Ah, un doble...