Niebla · Unidad 14 de 18
PRÓLOGO — parte 13
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—¿Cómo que no te importa?
—¡Ahora, no! Ahora me quiere usted a mí, me parece.
—Y a mí también me parece, pero...
Y entonces ocurrió algo insólito, algo que no entraba en las previsiones de Augusto, en su programa de experiencias psicológicas sobre la Mujer, y es que Rosario, bruscamente, le enlazó los brazos al cuello y empezó a besarle. Apenas si el pobre hombre tuvo tiempo para pensar: «Ahora soy yo el experimentado; esta mozuela está haciendo estudios de psicología masculina». Y sin darse cuenta de lo que hacía sorprendióse acariciando con las temblorosas manos las pantorrillas de Rosario.
Levantóse de pronto Augusto, levantó luego en vilo a Rosario y la echó en el sofá. Ella se dejaba hacer, con el rostro encendido. Y él, teniéndola sujeta de los brazos con sus dos manos, se le quedó mirando a los ojos.
—¡No los cierres, Rosario, no los cierres, por Dios! Ábrelos. Así, así, cada vez más. Déjame que me vea en ellos, tan chiquitito...
Y al verse a sí mismo en aquellos ojos como en un espejo vivo, sintió que la primera exaltación se le iba templando.
—Déjame que me vea en ellos como en un espejo, que me vea tan chiquitito... Sólo así llegaré a conocerme... viéndome en ojos de mujer...
Y el espejo le miraba de un modo extraño. Rosario pensaba: «Este hombre no me parece como los demás; debe de estar loco».
Apartóse de pronto de ella Augusto, se miró a sí mismo, y luego se palpó, exclamando al cabo:
—Y ahora, Rosario, perdóname.
—¿Perdonarle? ¿por qué?
Y había en la voz de la pobre Rosario más miedo que otro sentimiento alguno. Sentía deseos de huir, porque ella se decía: «Cuando uno empieza a decir o hacer incongruencias no sé adónde va a parar. Este hombre sería capaz de matarme en un arrebato de locura». Y le brotaron unas lágrimas.
—¿Lo ves?—le dijo Augusto—¿lo ves? Sí, perdóname, Rosarito, perdóname; no sabía lo que me hacía.
Y ella pensó: «Lo que no sabe es lo que no se hace».
—Y ahora, ¡vete, vete!
—¿Me echa usted?
—No, me defiendo. ¡No te echo, no! ¡Dios me libre! Si quieres me iré yo y te quedas aquí tú, para que veas que no te echo.
«Decididamente, no está bueno», pensó ella y sintió lástima de él.
—Vete, vete, y no me olvides, ¿eh?—le cojió de la barbilla, acariciándosela—. No me olvides; no olvides al pobre Augusto.
La abrazó y la dio un largo y apretado beso en la boca. Al salir la muchacha le dirigió una mirada llena de un misterioso miedo. Y apenas ella salió, pensó para sí Augusto: «Me desprecia, indudablemente me desprecia; he estado ridículo, ridículo, ridículo... Pero ¿qué sabe ella, pobrecita, de estas cosas? ¿Qué sabe ella de psicología?»
Si el pobre Augusto hubiese podido entonces leer en el espíritu de Rosario habríase desesperado más. Porque la ingenua mozuela iba pensando: «Cualquier día vuelvo a darme yo un rato así a beneficio de la otra prójima...»
Íbale volviendo la exaltación a Augusto. Sentía que el tiempo perdido no vuelve trayendo las ocasiones que se desperdiciaron. Entróle una rabia contra sí mismo. Sin saber qué hacía y por ocupar el tiempo llamó a Liduvina. Y al verla ante sí, tan serena, tan rolliza, sonriéndose maliciosamente, fué tal y tan insólito el sentimiento que le invadió, que diciéndole: «¡vete, vete, vete!», se salió a la calle. Es que temió un momento no poder contenerse y asaltar a Liduvina.
Al salir a la calle se encalmó. La muchedumbre es como un bosque; le pone a uno en su lugar, le reencaja.
«¿Estaré bien de la cabeza?», iba pensando Augusto. «¿No será acaso que mientras yo creo ir formalmente por la calle, como las personas normales—¿y qué es una persona normal?—, vaya haciendo gestos, contorsiones y pantomimas, y que la gente que yo creo pasa sin mirarme o que me mira indiferentemente no sea así, sino que están todos fijos en mí y riéndose o compadeciéndome...? Y esta ocurrencia, ¿no es acaso locura? ¿Estaré de veras loco? Y en último caso, aunque lo esté, ¿qué? Un hombre de corazón, sensible, bueno, si no se vuelve loco es por ser un perfecto majadero. El que no está loco es o tonto o pillo. Lo que no quiere decir, claro está, que los pillos y los tontos no enloquezcan.»
«Lo que he hecho con Rosarito—prosiguió pensando—ha sido ridículo, sencillamente ridículo. ¿Qué habrá pensado de mí? Y ¿qué me importa lo que de mí piense una mozuela así?... ¡pobrecilla! Pero... ¡con qué ingenuidad se dejaba hacer! Es un ser fisiológico, perfectamente fisiológico, nada más que fisiológico, sin psicología alguna. Es inútil, pues, tomarla de conejilla de Indias o de ranita para experimentos psicológicos. A lo sumo fisiológicos... Pero ¿es que la psicología, y sobre todo la femenina, es algo más que fisiología, o si se quiere psicología fisiológica? ¿Tiene la mujer alma? Y a mí para meterme en experimentos psicofisiológicos me falta preparación técnica. Nunca asistí a ningún laboratorio... carezco, además, de aparatos. Y la psicofisiología exige aparatos. ¿Estaré, pues, loco?»
Después de haberse desahogado con estas meditaciones callejeras, por en medio de la atareada muchedumbre indiferente a sus cuitas, sintióse ya tranquilo y se volvió a casa.
XXV
Fué Augusto a ver a Víctor, a acariciar al tardío hijo de éste, a recrearse en la contemplación de la nueva felicidad de aquel hogar, y de paso a consultar con él sobre el estado de su espíritu. Y al encontrarse con su amigo a solas, le dijo:
—¿Y de aquella novela o... ¿cómo era?... ¡ah, sí, _nivola!_... que estabas escribiendo? ¿supongo que ahora, con lo del hijo, la habrás abandonado?
—Pues supones mal. Precisamente por eso, por ser ya padre, he vuelto a ella. Y en ella desahogo el buen humor que me llena.
—¿Querrías leerme algo de ella?
Sacó Víctor las cuartillas y empezó a leer por aquí y por allá a su amigo.
—Pero, hombre, ¡te me han cambiado!—exclamó Augusto.
—¿Por qué?
—Porque ahí hay cosas que rayan en lo pornográfico y hasta a las veces pasan de ello...
—¿Pornográfico? ¡De ninguna manera! Lo que hay aquí son crudezas, pero no pornografía. Alguna vez algún desnudo, pero nunca un desvestido. Lo que hay es realismo...
—Realismo, sí, y además...
—Cinismo, ¿no es eso?
—¡Cinismo, sí!
—Pero el cinismo no es pornografía. Estas crudezas son un modo de excitar la imaginación para conducirla a un examen más penetrante de la realidad de las cosas; estas crudezas son crudezas... pedagógicas. ¡Lo dicho, pedagógicas!
—Y algo grotescas...
—En efecto, no te lo niego. Gusto de la bufonería.
—Que es siempre en el fondo tétrica.
—Por lo mismo. No me agradan sino los chistes lúgubres, las gracias funerarias. La risa por la risa misma me da grima, y hasta miedo. La risa no es sino la preparación para la tragedia.
—Pues a mí esas bufonadas crudas me producen un detestable efecto.
—Porque eres un solitario, Augusto, un solitario, entiéndemelo bien, un solitario... Y yo las escribo para curar... No, no, no las escribo para nada, sino porque me divierte escribirlas, y si divierten a los que las lean me doy por pagado. Pero si a la vez logro con ellas poner en camino de curación a algún solitario como tú, de doble soledad...
—¿Doble?
—Sí, soledad de cuerpo y soledad de alma.
—A propósito, Víctor.
—Sí, ya sé lo que vas a decirme. Venías a consultarme sobre tu estado, que desde hace algún tiempo es alarmante, verdaderamente alarmante, ¿no es eso?
—Sí, eso es.
—Lo adiviné. Pues bien, Augusto, cásate y cásate cuanto antes.
—Pero ¿con cuál?
—¡Ah!, pero ¿hay más de una?
—Y ¿cómo has adivinado también esto?
—Muy sencillo. Si hubieses preguntado: pero ¿con quién?, no habría supuesto que hay más de una ni que esa una haya; mas al preguntar: pero ¿con cuál?, se entiende con cuál de las dos, o tres, o diez, o ene.
—Es verdad.
—Cásate, pues, cásate, con una cualquiera de las ene de que estás enamorado, con la que tengas más a mano. Y sin pensarlo demasiado. Ya ves, yo me casé sin pensarlo; nos tuvieron que casar.
—Es que ahora me ha dado por dedicarme a las experiencias de psicología femenina.
—La única experiencia psicológica sobre la Mujer es el matrimonio. El que no se casa, jamás podrá experimentar psicológicamente el alma de la Mujer. El único laboratorio de psicología femenina o de ginepsicología es el matrimonio.
—Pero ¡eso no tiene remedio!
—Ninguna experimentación de verdad le tiene. Todo el que se mete a querer experimentar algo, pero guardando la retirada, no quemando las naves, nunca sabe nada de cierto. Jamás te fíes de otro cirujano que de aquel que se haya amputado a sí mismo algún propio miembro, ni te entregues a alienista que no esté loco. Cásate, pues, si quieres saber psicología.
—De modo que los solteros...
—La de los solteros no es psicología; no es más que metafísica, es decir, más allá de la física, más allá de lo natural.
—Y ¿qué es eso?
—Poco menos que en lo que estás tú.
—¿Yo estoy en la metafísica? Pero ¡si yo, querido Víctor, no estoy más allá de lo natural, sino más acá de ello!
—Es igual.
—¿Cómo que es igual?
—Sí, más acá de lo natural es lo mismo que más allá, como más allá del espacio es lo mismo que más acá de él. ¿Ves esta línea?—y trazó una línea en un papel. Prolóngala por uno y otro extremo al infinito y los extremos se encontrarán, cerrarán en el infinito, donde se encuentra todo y todo se lía. Toda recta es curva de una circunferencia de radio infinito y en el infinito cierra. Luego lo mismo da lo de más acá de lo natural que lo de más allá. ¿No está claro?
—No, está oscurísimo, muy oscuro.
—Pues porque está tan oscuro, cásate.
—Sí, pero... ¡me asaltan tantas dudas!
—Mejor, pequeño Hamlet, mejor. ¿Dudas?, luego piensas; ¿piensas?, luego eres.
—Sí, dudar es pensar.
—Y pensar es dudar y nada más que dudar. Se cree, se sabe, se imagina sin dudar; ni la fe, ni el conocimiento, ni la imaginación suponen duda y hasta la duda las destruye, pero no se piensa sin dudar. Y es la duda lo que de la fe y del conocimiento, que son algo estático, quieto, muerto, hace pensamiento, que es dinámico, inquieto, vivo.
—¿Y la imaginación?
—Sí, ahí cabe alguna duda. Suelo dudar lo que les he de hacer decir o hacer a los personajes de mi _nivola_, y aun después de que les he hecho decir o hacer algo dudo de si estuvo bien y si es lo que en verdad les corresponde. Pero... ¡paso por todo! Sí, sí, cabe duda en el imaginar, que es un pensar...
* * * * *
_Mientras Augusto y Víctor sostenían esta conversación_ nivolesca, _yo, el autor de esta_ nivola, _que tienes, lector, en la mano y estás leyendo, me sonreía enigmáticamente al ver que mis_ nivolescos _personajes estaban abogando por mí y justificando mis procedimientos, y me decía a mí mismo: «¡cuán lejos estarán estos infelices de pensar que no están haciendo otra cosa que tratar de justificar lo que yo estoy haciendo con ellos! Así cuando uno busca razones para justificarse no hace en rigor otra cosa que justificar a Dios. Y yo soy el Dios de estos dos pobres diablos_ nivolescos.»
XXVI
Augusto se dirigió a casa de Eugenia dispuesto a tentar la última experiencia psicológica, la definitiva, aunque temiendo que ella le rechazase. Y encontróse con ella en la escalera, que bajaba para salir cuando él subía para entrar.
—¿Usted por aquí, don Augusto?
—Sí, yo; mas puesto que tiene usted que salir, lo dejaré para otro día; me vuelvo.
—No, está arriba mi tío.
—No es con su tío, es con usted, Eugenia, con quien tenía que hablar. Dejémoslo para otro día.
—No, no, volvamos. Las cosas en caliente.
—Es que si está su tío...
—¡Bah! ¡es anarquista! No le llamaremos.
Y obligó a Augusto a que subiese con ella. El pobre hombre, que había ido con aires de experimentador, sentíase ahora rana.
Cuando estuvieron solos en la sala, Eugenia, sin quitarse el sombrero, con el traje de calle con que había entrado, le dijo: Bien, sepamos qué es lo que tenía que decirme.
—Pues... pues...—y el pobre Augusto balbuceaba—pues... pues...
—Bien; pues ¿qué?
—Que no puedo descansar, Eugenia; que les he dado mil vueltas en el magín a las cosas que nos dijimos la última vez que hablamos, y que a pesar de todo no puedo resignarme, ¡no, no puedo resignarme, no lo puedo!
—Y ¿a qué es a lo que no puede usted resignarse?
—Pues ¡a esto, Eugenia, a esto!
—Y ¿qué es esto?
—A esto, a que no seamos más que amigos...
—¡Más que amigos...! ¿Le parece a usted poco, señor don Augusto? ¿o es que quiere usted que seamos menos que amigos?
—No. Eugenia, no, no es eso.
—Pues ¿qué es?
—Por Dios, no me haga sufrir...
—El que se hace sufrir es usted mismo.
—¡No puedo resignarme, no!
—Pues ¿qué quiere usted?
—¡Que seamos... marido y mujer!
—¡Acabáramos!
—Para acabar hay que empezar.
—¿Y aquella palabra que me dio usted?
—No sabía lo que me decía...
—Y la Rosario aquella...
—¡Oh, por Dios, Eugenia, no me recuerdes eso! ¡No pienses en la Rosario!
Eugenia entonces se quitó el sombrero, lo dejó sobre una mesilla, volvió a sentarse y luego pausadamente y con solemnidad dijo:
—Pues bien, Augusto, ya que tú, que eres al fin y al cabo un hombre, no te crees obligado a guardar la palabra, yo que no soy nada más que una mujer tampoco debo guardarla. Además, quiero librarte de la Rosario y de las demás Rosarios o Petras que puedan envolverte. Lo que no hizo la gratitud por tu desprendimiento ni hizo el despecho de lo que con Mauricio me pasó—ya ves si te soy franca—hace la compasión. ¡Sí, Augusto, me das pena, mucha pena!—y al decir esto le dio dos leves palmaditas con la diestra en una rodilla.
—¡Eugenia!—y le tendió los brazos como para cojerla.
—¡Eh, cuidadito!—exclamó ella apartándoselos y hurtándose de ellos—¡cuidadito!
—Pues la otra vez... la última vez...
—¡Sí, pero entonces era diferente!
«Estoy haciendo de rana»—pensó el psicólogo experimental.
—¡Sí—prosiguió Eugenia—, a un amigo, nada más que amigo, pueden permitírsele ciertas pequeñas libertades que no se debe otorgar al... vamos, al... novio!
—Pues no lo comprendo...
—Cuando nos hayamos casado, Augusto, te lo explicaré. Y ahora, quietecito, ¿eh?
«Esto es hecho»—pensó Augusto, que se sintió ya completa y perfectamente rana.
—Y ahora—agregó Eugenia levantándose—voy a llamar a mi tío.
—¿Para qué?
—¡Toma, para darle parte!
—¡Es verdad!—exclamó Augusto consternado.
Al momento llegó don Fermín.
—Mire usted, tío—le dijo Eugenia—, aquí tiene usted a don Augusto Pérez que ha venido a pedirme la mano. Y yo se la he concedido.
—¡Admirable!, ¡admirable!—exclamó don Fermín—, ¡admirable! Ven acá, hija mía, ven acá que te abrace; ¡admirable!
—¿Tanto le admira a usted que vayamos a casarnos, tío?
—No, lo que me admira, lo que me arrebata, lo que me subyuga es la manera de haber resuelto este asunto, los dos solos, sin medianeros... ¡viva la anarquía! Y es lástima, es lástima que para llevar a cabo vuestro propósito tengáis que acudir a la autoridad... Por supuesto sin acatarla en el fuero interno de vuestra conciencia, ¿eh?, _pro formula_, nada más que _pro formula_. Porque yo sé que os consideráis ya marido y mujer. ¡Y en todo caso yo, yo solo, en nombre del Dios anárquico, os caso! Y esto basta. ¡Admirable! ¡admirable! Don Augusto, desde hoy esta casa es su casa.
—¿Desde hoy?
—Tiene usted razón, sí, lo fué siempre. Mi casa... ¿mía? Esta casa que habito fué siempre de usted, fué siempre de todos mis hermanos. Pero desde hoy... usted me entiende.
—Sí, le entiende a usted, tío.
En aquel momento llamaron a la puerta y Eugenia dijo: ¡La tía! Y al entrar ésta en la sala y ver aquello, exclamó:—Ya, ¡enterada! ¿Conque es cosa hecha? Esto ya me lo sabía yo.
Augusto pensaba: «¡rana, rana completa! Y me han pescado entre todos».
—Se quedará usted hoy a comer con nosotros, por supuesto, para celebrarlo...—dijo doña Ermelinda.
—¡Y qué remedio!—se le escapó al pobre rana.
XXVII
Empezó entonces para Augusto una nueva vida. Casi todo el día se lo pasaba en casa de su novia y estudiando no psicología, sino estética.
¿Y Rosario? Rosario no volvió por su casa. La siguiente vez que le llevaron la ropa planchada fué otra la que se la llevó, una mujer cualquiera. Y apenas se atrevió a preguntar por qué no venía ya Rosario. ¿Para qué, si lo adivinaba? Y este desprecio, porque no era sino desprecio, bien lo conocía y, lejos de dolerle, casi le hizo gracia. Bien. Bien se desquitaría él en Eugenia. Que, por supuesto, seguía con lo de: «¡Eh, cuidadito y manos quedas!» ¡Buena era ella para otra cosa!
Eugenia le tenía a ración de vista y no más que de vista, encendiéndole el apetito. Una vez le dijo él:—«¡Me entran unas ganas de hacer unos versos a tus ojos!», y ella le contestó:—«¡Hazlos!»
—Mas para ello—agregó él—sería conveniente que tocases un poco el piano. Oyéndote en él, en tu instrumento profesional, me inspiraría.
—Pero ya sabes, Augusto, que desde que, gracias a tu generosidad, he podido ir dejando mis lecciones no he vuelto a tocar el piano y que lo aborrezco. ¡Me ha costado tantas molestias!
—No importa, tócalo, Eugenia, tócalo para que yo escriba mis versos.
—¡Sea, pero por única vez!
Sentóse Eugenia a tocar el piano y mientras lo tocaba escribió Augusto esto:
Mi alma vagaba lejos de mi cuerpo en las brumas perdida de la idea, perdida allá en las notas de la música que según dicen cantan las esferas; y yacía mi cuerpo solitario sin alma y triste errando por la tierra. Nacidos para arar juntos la vida no vivían; porque él era materia tan sólo y ella nada más que espíritu buscando completarse, ¡dulce Eugenia! Mas brotaron tus ojos como fuentes de viva luz encima de mi senda y prendieron a mi alma y la trajeron del vago cielo a la dudosa tierra, metiéronla en mi cuerpo, y desde entonces y ¡sólo desde entonces vivo, Eugenia! Son tus ojos cual clavos encendidos que mi cuerpo a mi espíritu sujetan, que hacen que sueñe en mí febril la sangre y que en carne convierten mis ideas. ¡Si esa luz de mi vida se apagara, desuncidos espíritu y materia, perderíame en brumas celestiales y del profundo en la voraz tiniebla!
—¿Qué te parecen?—le preguntó Augusto luego que se los hubo leído.
—Como mi piano, poco o nada musicales. Y eso de «según dicen...»
—Sí, es para darle familiaridad...
—Y lo de «dulce Eugenia» me parece un ripio.
—¿Qué? ¿que eres un ripio tú?
—¡Ahí, en esos versos, sí! Y luego todo eso me parece muy... muy...
—Vamos, sí, muy _nivolesco_.
—¿Qué es eso?
—Nada, un timo que nos traemos entre Víctor y yo.
—Pues mira, Augusto, yo no quiero timos en mi casa luego que nos casemos, ¿sabes? Ni timos ni perros. Conque ya puedes ir pensando lo que has de hacer de Orfeo...
—Pero ¡Eugenia, por Dios! ¡si ya sabes cómo le encontré, pobrecillo! ¡si es además mi confidente...! ¡si es a quien dirijo mis monólogos todos...!
—Es que cuando nos casemos no ha de haber monólogos en mi casa. ¡Está de más el perro!
—Por Dios, Eugenia, siquiera hasta que tengamos un hijo...
—Si lo tenemos...
—Claro, si lo tenemos. Y si no, ¿por qué no el perro? ¿por qué no el perro, del que se ha dicho con tanta justicia que sería el mejor amigo del hombre si tuviese dinero...?
—No, si tuviese dinero el perro no sería amigo del hombre, estoy segura de ello. Porque no lo tiene es su amigo.
Otro día le dijo Eugenia a Augusto:
—Mira, Augusto, tengo que hablarte de una cosa grave, muy grave, y te ruego que me perdones de antemano si lo que voy a decirte...
—¡Por Dios, Eugenia, habla!
—Tú sabes aquel novio que tuve...
—Sí, Mauricio.
—Pero no sabes por qué le tuve que despachar al muy sinvergüenza...
—Ni quiero saberlo.
—Eso te honra. Pues bien; le tuve que despachar al haragán y sinvergüenza aquel, pero...
—¿Qué, te persigue todavía?
—¡Todavía!
—¡Ah, como yo le coja...!
—No, no es eso. Me persigue, pero no ya con las intenciones que tú crees, sino con otras.
—¡A ver! ¡a ver!
—No te alarmes. Augusto, no te alarmes. El pobre Mauricio no muerde, ladra.