Novelas aristocráticas · Unidad 13 de 34
Unidad 13 · NOVELAS ARISTOCRÁTICAS IO9
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NOVELAS ARISTOCRÁTICAS IO9
le minaba, y cayó en cama, postrada por la fiebre. ¿ Anémica ? ¿ tuberculosa, ? ¿ simplemente débil? El doctor recomeindó reposo,» ausencia de preocupaciones, evitación de cualquier emoción. Y la pobre mujer, amenazada de perder de un solo golpe a su amante y a su hija, se decidió al sacrificio, al renunciamiento de todo lo que significaba juventud, alegría y vida. Pero en vez de aceptar resignada los hechos, cruzarse de brazos y esperar, salió al encuentro de los acontecimientos.
Su naturaleza ardiente, llena de apasionamientos y vehemencias, no podía conformarse al pasivo papel de los resignados; así que, resuelta en el sacrificio como en el amor, quiso que aquella felicidad, forzosamente cimentada en su propia desgracia, fues^^ obra exclusivamente suya. Ni por un instante sintió escrúpulos de moral ni de religión. Para ella, la moral era una cosa convencional inventada por la hipocresía del mundo; y en cuanto a la religión, era algo altruista, propen,sa a todos los bellos gestos, que acogía en sus brazos los trágicos sacrificios y ¡los grande^s dolores, que amaba las cosas hiperbólicas y extrañas, significadoras de grandes catástrofes anímicas; la religión era Santa Teresa y San Francisco; era amor, apasionamiento, transporte y martirio; era algo ardiente y doloroso en que se arrojan las almas anhelosas de luz, como las mariposas en la hoguera que las ciega y abrasa.
Así, pues, con un placer masochista, de-»
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dicóse con todas las potencias de su alma a alzar el edificio de aquella felicidad. Sintió protestar su pobre corazón ensangrentado, y lo arrojó al suelo; lo sintió gemir, y anduvo bobre él. Presa de una mística exaltación, complacióse en el sacrificio, y halló un áspero placer en su martirio.
Por fin había llegado el día supremo de su entrevista definitiva con Gonzalo, y por eso se preparaba ante el espejo con un renunciamiento de belleza precursor de un renunciamiento absoluto. Sin poderlo remediar, evocaba el calvario de aquellos treinta días en que había vivido todo el dolor de envejecer que la Naturaleza sabia reparte en años. Evocó también las piadosas m.entiras, que eran un suplicio más que se infligía para despistar a Nieves... Padecía dolores fortísimos de cabeza, y el médico habíale aconsejado dejarse de teñir el pelo... El colorete le había irritado la cara... La caja de afeite 3e le había concluido y no acababa de llegar de París...
Y no era un lento descenso, era un desplome de su belleza, que resultaba lamentable para cualquiera, trágico pára quien conociese su secreto. Sólo Gonzalo no notaba el desmoronamiento. El hacía mucho que la veía así, mucho que no encontraba en la querida ninguno de aquellos atractivos que ostentaba la mundana, mucho que bajo el sabio estucado adivinaba las nacientes arrugas.
Con un esfuerzo de voluntad alzóse de su asiento, y se encaminó al mueblecito Luis XV,
donde guardaba sus recuerdos de amor. Era preciso deshacerse de aquellas dulces memorías que le ataban aún al pasado. Sacó del cajón un cofrecito, y con temblorosa mano alzó la tapa. Dentro, cartas, flores marchitas, un corazón de esmalte, retratos. Fué contemplándolos uno a uno: eran fotografías vulgares, la mayoría obra de aficionado^, en que aparecía Gonzalo con atavíos de sport — de polo, de tennis, de caza — ; luego, un pretencioso retrato en traje de gala de gentilhombre del Rey, y otro, vestido de turco. Ante la cartulina amarillenta y deslucida sonrió melancólicamente. En aquella traza le vió por vez primera, cuando en el triunfo de ,su belleza, vestida de emperatriz legendaria, se hizo conducir en dorado palanquín por cuatro fornidos negros al baile de trajes dado en el palacio de la del Solar de las Victorias ; en aquella fiesta murmuró él las primeras palabras galantes a su oído, y leyó ella en sus ojos por vez primera el deseo.
Prosiguió su inventario: cartas; cartas arrugadas, escritas con muy mala letra, la mayoría en papel del Club, del Casino de la Peña; cartas concisas, apremiantes, casi imperativas, trazadas con laconismo, tras el que se adivinaba la impaciencia del deseo. Comparólas con las cartas de Aurelio Rivalta, sutiles y extrañas, impregnadas en el fondo de una inquietud mitad sensual y mitad mística, llena de alambicadas filosofías y raras sensaciones espirituales, y escritas, en cuanto a la
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forma, en un lírico estilo, magnífico y sonoro, a veces iluminado de románticos desplantes, otra,s con el fuego de una rabiosa ironía, nacida de su escepticismo elegante de cortesano de los Médicis. Aquellas eran más artificiosas, eran literatura, mientras que en las de Gonzalo se adivinaba una verdad, la única verdad: el deseo.
Con un suspiro de pesar fué reuniendo todos aquellos objetos en un paquetito, con idea de entregárselos en su próxima entrevista. Atólo todo con una cinta de seda roja y lo besó con pasión. Su voluntad flaqueó un instante. ¿Por qué desprenderse de todo aquello? ¿Por qué no guardar un recuerdo, uno solo, que le sirviese de consuelo en las horas de tribulación y soledad? Deshizo el paquete y ,sacó de él una carta ¡la primera! y el retrato de traje. ¡Bah!, él ni aun se acordaría de aquellas prendas de una pasión pretérita. Tornó a atar el paquete y encaminóse a la puerta.
Ahora, a ver a su hija, para cobrar fuerzas; luego, a verle a él. ¡Valor!...
En la puerta del cuarto de Nieves tropezó de manos a boca con el doctor Moneada. En efusivo impulso de simpatía le tendió ambas manos.
— ¡Querido doctor!
Con su redonda barriga, sus piernas cortas, su cabeza pequeña erizada de escasos pelos
negras, duros y tiesos como alambres, y sus ojillos ratoniles luciendo perspicaces tras los lentes montados en oro, resultaba altamente simpático el buen doctor.
Más que profunda ciencia médica, poseíala del corazón humano, y más aún del corazón femenil. En los muchos años que llevaba de ejercer su profesión había adquirido la seguridad de que la mayoría de los males de las mujeres residen en el espíritu y allí acudía con el remedio. Tenía una manera de enton€>.ción especial para aquel "¡Hija mía!", que no se le caía de los labios, inspirador de confianza. Luego era la discreción personificada; nunca atosigaba a sus clientes con preguntas indiscretas, ni con pretexto de su ministerio intentaba arrancarles la confesión de sus debilidades, sino que aparentaba admitir la verdad convencional que le decían y luego él iba enumerando los síntomas de la verdadera enfermedad. Rara vez equivocábase, y con arreglo a sus convicciones recetaba, a gran satisfacción de los pacientes, que veían en él un mago extraordinario que, recetando para dolencias imaginarias, curaba males verdaderos. Y para remate, no se asustaba de nada; sabía comprender y plegarse a los caprichos. Nunca hacía aspavientos ante las pretensiones de seudojuventud de sus clientes ni se mostraba refractario a sus exigencía,s de drogas y menjurjes para vivir en una primavera artificial, sino que, practicando aquella prudente máxima "del mal, el menos", pre,s-