Novelas aristocráticas · Unidad 22 de 34
Unidad 22 · NOVELAS ARISTOCRÁTICAS ^ 175
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NOVELAS ARISTOCRÁTICAS ^ 175
marón su espíritu, el amor de la anciana moldeó su corazón. La chiquilla pagábale con creces, y aunque infinitamente más inteligente por natural y má,s moderna y cultivada por su educación, había puesto en su tía todas sus ternuras, y antes que causarle un disgusto hubiera preferido morir.
Sin embargo, la conversación primera atraía a los dos muchachos con invencible fuerza; para él era un alegato en su favor, para ella un modo de sondar en el corazón del amado. Así que, tras breve; pausa, reanudó ella en voz baja :
— Claro que un hombre, por el género de vida que lleva forzosamente, no puede llegar al matrimonio como una muchacha; pero puede, sí, llegar con el corazón tranquilo, con esa plena serenidad que da el no haber tenido ningún gran amor.
Con viveza, como ,si ella hubiera removido una herida muy reciente que aún sangraba en su corazón, interrumpióla:
— ¡Un gran amor!... En primer lugar, haría falta saber lo que es un gran amor,.. Un gran amor es aquel en que hemos soñado toda la vida, el que nos ha acompañado y definido, el que nos alentó en las horas de desfallecimiento...
Dióse cuenta de que involuntariamente esf2^^. abogando por sí mismo y se contuvo.
Levantábanse todos de sus asientos y dirigíanse al saloncito para tomar el café. Y allí, Jaime buscó afanosamente la ocasión de ha-
blar a solas con su novia. Era preciso acabar; su dicha, la felicidad de su vida entera dependía de aquella entrevista. Si ella le amaba, si había llegado la hora de fundir sus vidas, hallaría fuerzas para romper el lazo con Julia. Realmente, en la vida de aquella mujer, por donde otros amores pasaron antes, ¿por qué había de ser él precisamente la víctima? ¿Por qué había de hacer su sonido en aquello que no era sino posada de amor?
María Matilde iba y venía de un lado para otro sirviendo a los invitados de su tía. Al fin, cumplida su misión de ama de casa, acercóse a él alegre y sonriente:
— ¿ Puede saberse el motivo de que me mires con e;sa cara de sentenciado a muerte? Anda, ya he concluido y podemos hablar. Va- ""Clo. a sentarnos ahí...
Juntos encamináronse a un sofacito y toma'-on absiento. Era un rincón delicios*o, sumido en suave semipenumbra. Un biombo de talla y cristales aislábase sin separarle del resto del salón ; una mesita de laca .sostenía rosas y cigarrillos turcos. María Matilde envolvióle e.n larga mirada; después, con voz armoniosa, comenzó:
— ¿Sabes que soy vieja, muy vieja ya?... He cumplido...
Bromeó él:
— ¿Ochenta... ?
Rió María Matilde, con su risa franca y abierta de persona de buena fe a quien las bromas inocentes divierten:
— No, veintitrés. El tornó a bromear:
— ¡Pues sí que es cumplir! Eres casi una abuelita...
Con un puntillo de seriedad afirmó la muchacha :
— No tanto, pero lo bastante para conocer la vida, sí.
— ¿Doctora? — guaseó Jaime con la alegría un poco pueril y muy optimista que el estar al lado de ella le comunicaba.
María Matilde se puso seria:
— Mira, si no me dejas hablar no acabaremos nunca. Ahora, si prefieres que no te lo diga...
Un gran anhelo reflejóse en la cara de; su interlocutor. Con vehemente deseo de saber imploróla :
— ¡Habla, por Dios!
— Pues mira — comenzó — . Ayer, tía Rosa me hizo ir a su cuarto. Ya sabes lo buena que es la pobre y lo muchísimo que me quiere; tiene sus ideas, como todo el mundo, tal vez un poco estrechas...
— ¡Mucho! — comentó el muchacho.
— Mucho, si quieres — suavizó prestamente María Matilde — , pero es preciso respetar las ideas de los viejos, ,si queremos que cuando nos llegue el turno los jóvenes respeten la,s nuestras y no nos destrocen la vida con el pretexto de que estamos anticuados; tenemos que respetar las ideas de los viejos, y mucho
más aún cuando son buenos con nosotros y sabemos que nos quieren infinitamente.
Como él callara ahora, prosiguió:
— Llamóme, pues, tía Rosa, y me dijo: *'Mira, María Matilde, ha llegado la hora en que vayas pensando en cai^arte. Yo no he de ser eterna, y para morir tranquila quisiera dejarte la vida hecha."
Hubo una breve pausa. A Jaime latíale el corazón con fuerza, y ella parecía haberse revestido de dulce serenidad. Al fin, reanudó con una pregunta que parecía desligada de la cuestión principal, aunque realmente era la medula de ella:
— ¿Te acuerdas cuando éramos chicos?
¡No había de acordarse! De toda su vida, aquellas horas en que jugaban a los novios eran las más dulces y felices. ¡Con qué orgullo, con qué pueril ternura paseábala del brazo por las enormes salas de la residencia de los San Serenín! ¡Con qué caballeresca valentía sabía defenderla! ¡Con qué vanidad de gallito adolescente hacía respetar por los otros mocosos a su dama! Y ella, con su aire de mujercita reflexiva, reñíale por las travesuras, hasta que el galán, anonadado, hacía pucheros. Entonces ella le besaba, mientras él, aún cohibido, interrogaba: "¿Estás enfadada conmigo?" Aún recordaba el día en que Basilia, la vieja ama de llaves, que les había visto nacer y les amaba tiernamente — una de esas antiguas servidoras, toda abnegación y amor, que antaño llegaban a formar
parte dq las familias y a quie;ne,s los chicos adoraban — , le dijo en son de broma: '*¡Anda que tú y María Matilde sois novios, y en cuanto seáis grande,s os casamos!" El chico habíase puesto rojo de vergüenza y había acabado por echarse a llorar. ¡Dulces recuerdos bañados en paz y en ternura, recuerdos de años felices, templados de cariño y de candor!
Pasada la evocación, afirmó él:
— ¡No había de acordarme!
— Bueno, pues cuando tía Rosa me llamó... — hizo un alto y formuló a modo de paréntesis— . Yo no debía hablarte de todo esto. Lo natural sería que esperase a que me hablases tú; pero como sé que me quieres de verdad, como te quiero yo a ti también, y como sé que tu silencio más es respetuosa deferencia que espera, que vacilación, me decido a ser yo la que hable con la franqueza de que creo que tú y yo somos dignos — otra breve pausa, y siguió — . Cuando tía Rosa me llamó, después de decirme que me debía de casar, me dijo,^ poco más o menos, que 3abía que te quería, que creía que tú me querías también, y que... "Mira— me dijo tía Rosa—, yo a los artistas no los puedo ver. Artista es sinónimo de ^descreidote, de inmoral, de libertino... los artistas son capaces de todo, pero Jaime no es artista."
^ Como el muchacho negase un respingo. Mana Matilde echóse a reír con franca alegría.
—¡Qué tonto eres!... "Jaime no es artista... Jaime es un caballero, es Jaimito Fer-
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nández de Alados, el hijo de María Calahorra y de Pepe Alados, y por mí..." Así es — y la muchacha, por primera vez, en la larga conversación se ruborizaba — así es que si tú de verdad me quieres...
En aquel momento, en la puerta del salón apareció un criado llevando sobre blasonada bandeja de plata una carta, y Jaime, sin saber por qué, tuvo el presentimiento de que era la catástrofe, la fatalidad absurda y cruel, la muerte que, como en un aguafuerte de Durero, llamaba a la puerta en el momento que celebraba sus fiestas nupciales.
Efectivamente, el lacayo cruzó el salón dirigiéndose al sitio que ocupaban ejlos, y tendióle la misiva:
— Han traído esta carta muy urgente para el señor marqués.
Con voz que, pese a un esfuerzo supremo de voluntad, sonaba preñada de angustia, pidió el permiso ritual:
— ¿Puedo leer?...
A una inclinación de cabera rasgó el sobre. ¡De ella!
"Estoy aquí, en tu casa — decía la carta, escrita con temblorosa letra — . Estoy aquí, sin fuerzas para moverme, sin valor ni aun para escribir. Me he refugiado en ella porque no sabía a qué puerta llamar, porque estoy sola, soy pobre y estoy vencida. ¡Ven pronto, Jaime, ven pronto... por caridad!... ¡No ,sabes, no puedes saber las horas atroces que acabo de pasar! Si hubiese habido una igle;sía, un con-
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vento abierto, me hubiese metido allí; como no había más que la calle, blanca, fría, hostil, interminable, he venido a tu casa. De aquí no saldré sino para el cementerio. Si tú quieren, cuando Dios me llame; si no, dentro de una,s horas..."
Había acabado de leer y permaneció mudo, yerto.
María Matilde interrogóle: — ¿Algo desagradable?... ¿Una mala noticia ?
Al fin, halló fuerzas para disimular: — ¡Fastidios!... El administrador que se ha puesto malo... Te^idré que ir.
Alzóse del asiento, contempló a la amada con una mirada larga, ansiosa, llena de pena, como si no hubiese de verla más, y, después de despedirse de todos con la fraseología mundana propia de tales salidas, partió.