Novelas, cuentos y artículos · Unidad 101 de 172

Unidad 101 · 26o EL SOLITARIO.

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26o EL SOLITARIO.

bulóse y de desmayado matiz que en los otros Alcázares le presentaran los hijos de Marzo y las brisas del Norte.

En este día se ostentaba con el lujo mágico de celajes y sonrosados vapores de una mañana de primavera. Abril le acompañaba con su séquito de frescas auras y cefirillos, no de otro modo que como vasallo que custodia á su señor hasta lindes comarcanas; y Mayo, envuelto en su librea de flores y meciéndose en su solio de aromas, se adelantó aun fuera de su imperio para hacer también más fina salva á su Soberano.

Congregado bajo el diáfano techo del séptimo Palacio lo más hermoso del cielo y de la tierra, se dieron aquellas deidades mil plácemes y parabienes con más cordialidad que la que prometía tanta grandeza. Algún secreto placer animaba aquel recinto; los ormesíes y sedas flotaban en flámulas y alfombras por los atrios y balcones del Día, y las liras cólicas y las arpas celestes, pendientes en hilos de delgado viento, respiraban armónicamente el aliento del Favonio.

Gozando tanta dicha todos, ninguno cuidaba de explicar cuál fuese la ocasión de tanto festejo, perdiéndose cada cual en imaginaciones y desvarios; pero el más lindo de los amorcillos, que con bengala de oro capitaneaba la turba de sus hermanos, subió á una pilastra

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corintia, y con gentil despejo relató la historia donosamente y á maravilla.

Contó, pues, que aun no eran cinco lustros cumplidos en que de aquel propio Palacio, raorada del mismo Día, nuncia del verano como Diosa, y llevada en alas de la vida, había descendido á la tierra, con la estación venturosa, la Diosa de la Juventud, la gentil Hebe, la estrella, en fin, y la más hermosa del Olimpo. Añadió que saltando en los verjeles del Tívoli, había vuelto su esplendor y su gloria al país más delicioso de la Italia y que después, por alto misterio, de más alto numen premeditado, venido había á la región de los jardines Tartesios, donde moraba feliz y adorada á orillas del Tajo, derramando más consuelos que perfumes los claveles y azahares.

Al oir estas palabras aquel senado de Dioses volvieron los ojos á la región de Hesperia, y vieron en un punto de ella otro caso tan extraño por cierto, como el que ellos representaban en los países etéreos: vieion, pues, en el cerco de esmeraldas de Aranjuez, las deidades campestres congregadas también en el asiento de más frescura y más delicioso de aquel imperio de Flora. Faunos, Ninfas y Dríadas formaban un circo, en cuyo centro aparecían las deidades de más autoridad, distinguiéar dose singularmente las que presidían aquellos recintos en las fuentes, asilos y templetes que

aóa EL SOLITARIO,

allí elevara la magnificencia de dos orbes.

El Padre Tajo llenaba el solio principal, y durante la sesión de aquellos Estados, las enramadas, las flores y las fuentes podían gozar de entera libertad, exentas de la vigilancia de sus superiores: aquéllas las disfrutaban ciertamente á manos llenas, jugando locamente entre sí, y con los suspiros del aire; pero las fuentes, ya por discreción, ó ya por timidez, ni saltaban ni corrían; sin duda en ellas la naturaleza déla costumbre era en más fuerza, que lo solemne de la ocasión y lo plausible del Día.

Estaban , pues las deidades de los jardines acatando respetuosamente al copioso Tajo, que parecía, si bien como todo río coronado de juncias y espadañas, en este punto ceñido de azucenas y siemprevivas. La más severa disciplina reinaba en derredor, y para mayor seguridad alejó de allí á la turba que poblaba las lagunas' y fuentes, y que Homero por una galana perífrasis llama limnocaris ó alegría de los estanques. A todo este escuadrón, por lisonjearlo, lo envió al monte Parnaso, aprovechando la ausencia de Apolo, para que cantasen á todo su sabor, librando así aquella ceremonia de su gárrula algazara; pero por vigilantes del ordei les dio por guardas los caimanes y cocodrilos, que no admitieron de buen talante aquel recaudo.

Llenados, en fin, cuantos puntos de urbanidad eran de obligación en consejo tan ilustre,