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Unidad 99 · EL PARAGUAS. 353
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EL PARAGUAS. 353
mino por la calle de Elvira, lamentándose amargamente de que no hubiese en Granada coches simones como en Madrid, tan útiles en semejantes coyunturas.
Al llegar al Pilar del Toro, la compañera, observando que D. Timoteo andaba con alguna dificultad, y que tenía el pie derecho, poco más ó menos, en la misma disposición que el brazo izquierdo, le dijo que agradecía mucho su favor, pero que no le permitía pasar adelante, pues vivía junto á la Alhambra y todavía quedaba un trecho considerable.
Don Timoteo era demasiado cortés para no conclrir la obra que había empezado; así que sin darle oídos, siguió acompañándola hasta su habitación.
En ésta fué presentado por la joven á sus padres, los que estaban con mucho cuidado por su tardanza, y no sabían cómo expresar su agradecimiento á hombre tan atento y compasivo; le suplicaron descansase un rato, lo convidaron á refrescar, y tomó el sombrero y el paraguas para irse. Hubo aquello de: «He celebrado mucho esta ocasión Esta casa está á la disposición de vuestra merced Siempre que Vmd.
guste favorecerla »
Durante la visita, D. Timoteo supo que su hermosa compañera se llamaba Rosalía y que su padre era un abogado con pocos pleitos, pero honrado y virtuoso. Rosalía, por su
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parte, observó que aquel caballero era tuerto del ojo izquierdo, que representaba tener cuarenta años, que era amable é instruido y que podía pasar por buen mozo, si no fuera por aquellas ligeras imperfecciones.
Don Timoteo volvió á su casa muy resuelto á poner sus pleitos en manos del padre de Rosalía, no tanto por el buen concepto que había formado de su sabiduría, como por tener frecuentes ocasiones de ver y hablar con una persona que empezaba á interesarle. Durmió poco aquella noche; se levantó temprano, y á la hora regular pasó á casa del licenciado con un mozo cargado de papeles.
Á esta segunda visita siguieron otras, en las cuales Rosalía acabó de triunfar del corazón de D. Timoteo ; pero aunque enamorado, era tímido y circunspecto, de modo que pasaron tres meses sin que se atreviese á declarar su atrevido pensamiento.
Al fin, un día, la halló sola y no pudo contenerse.
— Señorita — le dijo — ¿quiere Vmd. tener la bondad de permitirme que le cuente la historia de mi vida.?
— Tendré mucho gusto en ello — respondió Rosalía.
— Es muy curiosa — continuó el amante — siquiera por la parte que han tenido los paraguas en todos mis sucesos.