Nuestra América, ensayo de psicología social · Unidad 168 de 208
Unidad 168 · CEÍTICA URBANA DEL CAUDILLISMO RURAL
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CEÍTICA URBANA DEL CAUDILLISMO RURAL
Siempie ha juzgado a los grandes caciques criollos, la clase patricia, como palurdos. Rara vez lo son, sin embargo^ Explícase el erroT, que es arraigadísimo prejuicio, por dos ra' zoiies. Primiera, una aristocrática antipatía al caudillo demagogo, ya que todo gran cacique basa su poder sobre su popularidad en la mayoría, o sea en la plebe. Segunda, porque, para acaudillar a esta plebe él debió ante todo captarse su confianza, y, para .captarla, ponerse a su nivel fingiéndose su igual, con el disfraz de rústico. . . — La crítica malévola no quiere ver más que el degradante disfraz. . . La leyenda de atávica barbarie con que las gentes de las ciudades rodean a los caciques de las campañas, esos '^Atilas", esos ''azotes de Dios", es rara vez historia .
Sin duda los caciques gobiernan casi siempre como héúr baros; pero es porque las huestes gobernadas, más que elTos mismos, son bárbaras. Aunque los "historiadores" (que como tales pertenecen a la clase ilustrada) tachen de ignorantes a ios Artigas, López, Urbinas, Flores y Mosqueras, éstos no fueron en general de cultura inferior a los Mirandas, Bolívares, San Martines y Rivadavias, a los lestratégicos y a los más o menos fracasados estadistas, . . Rosas habría sido en Inglaterra un distinguido country gentlenmn; García Moreno, eti España, en caso de seguir la carrera del sacerdocio a que le impulsaba isu misticismo, hubiera quizá alcanzado, como algún pariente, el capelo cardenalicio.
Pero también íes verdad que, después de largos años de acaudillar bárbaros, muchos caciques acaban por perder su original cultura, y algunos, por barbarizarjse hasta los tuétanos... Pásales lo que a ciertos cómicos que, una vez poisesionados y triunfantes en un gran papel, ponen algo de él en todos los demás que se les encomiende; si un Taima ise apasiona de Haimlet y continuamente lo representa, corre el riesgo de hamletizar después a Ótelo, -a Fígaro y hasta a Tartufo .
NUESTRA AMÉRICA 261
No ise domma a las turbas sino por cierta superioridad concordante f y esta superioridad no puede hallaree en simples rústi-eos. Por ser más inteligente que el indio cautivo, Robinson le pone el pie sobre el cuello; los náufragos europeos que llegan a asimilarse a las tribus salvajes, las gobiernan . El mal está en que la veirdadera superioridad de los mejores ciudadanoí^ de los ciudadanos de espíritu europeo, es casi siempre, respecto de la plebe criolla, de la plebe hispano-indígenaafricana, una superioridad discordante. De ahí que los caciques no sean ni tan bárbaros ni tan cultos; su superioridad concordante resulta intermedia .
El general José María Paz, uno de los mejores estratégicos argentinos, que escribió sus Memorias casi con cesárea elegancia, nos d^, en la historia de América, uno de los más conmovedores ejemplos de superioridad discordante. Vencedor siempre en las batallas, jamás supo amoldarse, durante las interminables guerras civiles, a la política caciquista . El mismo nos lo dice : "Jamás seré ni podré ser caudillo'. Gomo militar de orden puedo servir de algo; como caudillo, nada.'^ Y este militar de orden, nunca derrotado porque usaba armas europeas, ai hacer una ve^ un reconocimiento cerca de un campo de ''montoneras" enemigo, fué sorprendido por gauchos que le ''boleaix>n" ei caballo y le tomaron preso para muchos años. . . He ahí él peligro que corren los redentores de la plebe hispanoamericana: que, sin comprenderlos, una mano anónima les ''bolee" el Pegado.
En las costumbres de los gauchos montañeses hay un bellísimo símbolo de estas caídas de hipógrifos: lo que llaman "remontar el cóndor". Al cóndor prisionero vacíanle las pupilas con una ardiente punta de hierro, y luego lo sueltan . Con majestuosos aletazos, el cóndor ciego se levanta en una línea recta casi perpendicular al suelo, y vuela, y vuela hasta perdei'se de vista; siempre derecho, como- temiendo chocar con invisiblas montañas ; ¡siempre derecho, buscando la luz ... Y, cuando llega a alturas in^spirables, no logrando vencer las tinieblas que lo rodean, piega las alas, baja la cabeza, y se desploma. Su muerte es la del reformador sin esperanzas, que, entre sombras, cao sobre el punto de partida. ¡Cuánto más infeliz el águila que, bebiendo luz y más luz en el espacio, alcanza, si la fulmina el rayo, un fin breve y deslumbrante, la muerte de los héroes cantados, en las e])opeyas do loe pueblos blancos, por Homeax) y por Virgilio !