Obras, comprendiendo el drama El pasado · Unidad 8 de 55

Unidad 8 · OCAMPO

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OCAMPO

« ¡Allá! » se dijo, y extendiendo al aire Las gigantescas plumas, Con la mirada fija en los fulgores Que á través de las brumas Conducen en su vuelo á los condores, Subió asentando la atrevida garra Sobre la cumbre inmensa, Donde el mundo genésico concluye Y se levanta el mundo del que piensa; Sobre la blanca cima de esa roca Cuyas piedras de mármol y granito Se alzan entre lo azul del infinito, De pedestal sublime al que las toca ; Allí donde se encienden los tabores Con su grandiosa y santa refulgencia Al resonar del cántico que entona Como un grito de alarma la conciencia.

Subió, llegó, y al extender los ojos, Sobre la turba de hombres Que germinaba de sus pies debajo, Anhelando mirar lo que es un pueblo Que marcha por la senda del trabajo, En vez de la ilusión de su utopía, Halló un pueblo de libres

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Envuelto del incienso entre el aroma,

Y enlazando á su cuello esa cadena Cuyo eslabón primero empieza en Roma; Halló la libertad aprisionada

Entre los negros muros del convento,

Y un más-allá de luto y de tinieblas Marcando el hasla-aquí del pensamiento; Al Dios-dulzura convertido en otro

De sangre y de venganza,

Al Dios creador entrando en la pelea

Con el rojo puñal de la matanza;

Y gozando al murmullo de los salmos

Y gozando al gemir de la agonía,

Al Dios que sólo quiere en sus altares Los himnos del amor y la poesía.

Y « ¡No ! » dijo él, ardiendo En esa inspiración sencilla y santa Que hizo del vagabundo de Judea El muerto más sublime de los muertos En el martirologio de la idea; « Ya es tiempo de volver á su santuario El dulce amor de la familia humana, Sustituir el hogar al relicario, Sustituir la violeta al incensario, Y el trino del turpial á la campana; Ya es tiempo de rasgar el negro abismo Que oculta la verdad á la existencia, Y* cambiar por el Dios del fanatismo El Dios de la razón y la conciencia. » Dijo, y abandonando las remotas Cumbres de la esperanza y de la vida. Bajó á la tierra entre las dulces notas De esa cantiga tierna y bendecida Cuya primera vibración se escucha

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Brotando de las arpas del delirio,

Y la última en la lucha

Con el ¡ay! estertóreo del martirio.

Bajó, y apóstol de la buena-nueva, De la luz y el derecho, Su palabra de paz sonó en los aires Anunciando al Mesías Que el porvenir en su ilusión espera,

Y de quien son augustas profecías

Las protestas del mártir en la hoguera. Bajó, y envuelto entre el vapor espeso De los blancos perfumes conventuales El pueblo suyo, por el monje opreso, Escuchó la palabra de progreso Salida de sus labios inmortales ;

Y al buscar al apóstol atrevido Donde su airado grito resonara,

Oyó el nombre de Dios... luego un gemido, El incienso quedó desvanecido...

Y allí estaba el cadáver junto al ara.

La lucha fué un instante... Un instante no más, y aquel vidente, Misionero de luz entre los ciegos, Se hundió en la sombra y ocultó la frente.

Fué el cóndor que se lanza de las nubes Sobre el tigre feroz que le arrebata Los polluelos hermosos de su cría, Y que baja, se mece,

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Lucha, se aparta, vuelve, le provoca, Y en el punto de herirle se estremece Cayendo a agonizar sobre una roca.

Murió... su apostolado Hizo temblar en su poder al fraile,

Y el fraile en nombre de ese dios maldito Que vive entre la noche y lo encubierto, Armó su mano entre la niebla impía,

Y después, al nacer del otro día,

Halló el mundo... un patíbulo y un muerto.

Ese muerto allí está... dentro el sepulcro Cavado para ahogar en su silencio La gigante protesta de sus labios... Esqueleto sublime y majestuoso Más grande y elocuente en el reposo De su lecho eternal y soberano, Que en medio de la grita atronadora Que alzara en su redor el Vaticano. Allí está... en ese túmulo, sombrío Regado con el llanto de los libres... Santa reliquia que la edad presente Guarda de su cariño En el inmenso y dulce relicario, Como un recuerdo de tristeza y gloria, Que evoca del pasado en la memoria Su camino de sangre y su calvario. Allí está... murmurando una esperanza De miel y libertad para el futuro, Precursor auroral de esa lumbrera Tanto soñada y esperada tanto Y á cuya luz en hoy vienen tus hijos

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Á arrullar tu dormir con sus canciones. Á gemir en tu polvo, y á decirte Sus nobles y sentidas bendiciones.

¡ Mártir! descansa ya de la tarea, Y duérmete en el lecho de perfumes Con que la gratitud cubre tu fosa... Duérmete ya... mientras la fe y el templo Cuyo poder al cabo se derrumba, Vienen á despertarte en su caída. De tu sueño inmortal bajo la tumba.

1870.