Pequeñeces · Unidad 16 de 46
Libro II — parte 4
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Porque era Jacobo de esos hombres audaces a la vez que irresolutos, en quienes la reflexión, lejos de allanar el camino al entendimiento que plantea y tirar de la brida a la apasionada voluntad que se desboca, sólo consiguen enredar al primero en intrincadas imaginaciones, y exasperar a la segunda hasta hacerla saltar al fin, de repente, de un golpe, cuando menos lo requiere la oportunidad y lo aconseja la prudencia. Caracteres por lo general fogosos, impacientes, que obran por brotes más bien que por razonamientos, y tomando por realidades las perspectivas de la imaginación, edifican sobre ellas fuertes castillos, sin más cimientos que el aire.
Por la escalera, agarrándose a la balaustrada, subía renqueando un viejo, envuelto en un largo y amplio gabán de mackintosk, capaz de preservar de todas las humedades a un explorador del Polo.
Parecióle a Sabadell aquella estantigua el tío Frasquito en persona, y comenzó a subir ligeramente con la idea de alcanzarlo. Mas el viejo, al notar que le perseguían, zambulló el rostro en su gran cuello de pieles, y ocultando con presteza en el bolsillo del gabán algo que en la mano llevaba, entróse prontamente en el cuarto contiguo al de Jacobo. Quedósele este mirando sorprendido y receloso, y dudando entonces de que fuese el tío Frasquito, entró también en su aposento.
En el fondo de este había una puertecita de escape que dividía en dos un solo departamento, cerrado para ello con doble pasador por una y otra parte. Acercóse a ella Jacobo de puntillas y púsose a escuchar atentamente. Oyó entonces que echaba un fósforo el vecino y aseguraba la puerta del corredor cerrando la llave por dentro... Oyó después acercarse a la débil puertecilla unos ligeros pasos que no ahogaba del todo la alfombra, y sintió un leve crujido en el pasador por la parte opuesta...
Azorado, Jacobo dio un paso atrás conteniendo casi el aliento, y lanzando una mirada rápida a la cómoda que guardaba los papeles, sacó del bolsillo del pantalón un revólver de seis tiros... El vecino le espiaba, y en su acalorada fantasía vio ya el masón traidor los puñales de todas las logias de Italia dispuestos a reclamarle el precioso depósito.
El pestillo crujió de nuevo mientras tanto; indudable era que el vecino lo echaba o descorría, y como natural era suponerlo echado, podía muy bien sospecharse que intentaban abrirlo. La puerta, charolada con gran primor, no presentaba agujero ni resquicio alguno que permitiera la vista.
Los ligeros pasitos volvieron a resonar otra vez alejándose, y Jacobo tornó a acercarse con el revólver montado y el oído atento. A poco sonó una tos sospechosa; no era la pulcra, perfumada y cadenciosa tos del tío Frasquito, sino una tos asmática, tos de viejo, que recordaba esos crujidos peculiares que anuncian en las casas ruinosas el próximo hundimiento.
Otro ruido extraño vino a aumentar su zozobra: oyóse un ligero golpe metálico, argentino, semejante al de la hoja de un puñal chocando con precaución sobre una superficie cristalina o marmórea; después, a intervalos y por largo rato, un ruido sordo de algo que frotaba con rapidez y ligereza...
Quizá el vecino afilaba el puñal, quizá lo estaba envenenando...
Todo quedó en silencio un breve rato; oyéronse después los ligeros pasitos en diversas direcciones; tornáronse a acercar a la puerta, sintiéndose tras ella el roce del vecino sospechoso que espiaba, y más tarde, al dar la una en el reloj del hotel, oyóse un golpe semejante al de un cuerpo pesado que cae sobre un colchón de muelles; después un ¡Aaaaaah! prolongadísimo, un bostezo formidable, que vino a tranquilizar a Jacobo.
Nadie que va a matar se prepara bostezando.
Tranquilo ya entonces, aunque siempre receloso, puso el revólver sobre la mesa, y con el deleite del avaro que revuelve sus tesoros, engolfóse de nuevo en la lectura y examen de los papeles.
De repente saltó otra vez azorado en el asiento, echando mano al revólver: en el cuarto vecino había resonado un salto violento, pasos precipitados, varios golpes en la puerta, y al punto una voz cascada, angustiosa, que gritaba en castellano:--¡Socorro!... ¡Socorro!...
Después, con el intervalo de un lamento, volvió a escucharse en francés:
--_Au secours_!... _Au secours_!...
--IV--
De malísimo humor volvió aquella noche al _Grand Hôtel_ el tío Frasquito: había aguantado dos horas el aristocrático aburrimiento del Círculo de la Unión, _sancta sanctorum_ del _Faubourg Saint-Germain_ masculino, en que tan escasos profanos logran entrada franca, y es, por lo mismo, objeto codiciado por todos los vanidosos ilustres. Siempre la gallina del vecino nos parece una pava, y bostezar en compañía de los Montmorency y los Rohan no deja de tener cierto encanto, aun para los que suelen unir sus bostezos a los de los Osunas y los Medinacelis.
Solía quejarse el tío Frasquito con harta frecuencia de dolor de muelas, y aprovechaba esta ocasión para desplegar toda la boca con gesto doloroso, poniendo de manifiesto una magnífica dentadura, limpia, igual y blanca, como las teclas de un piano que le había costado diez mil francos en casa de Ernest, famoso dentista de Napoleón III.
Lamentábase entonces de sufrir dolores tan acerbos con una dentadura tan sana, y guardábase muy bien de añadir que radicaban estos en cierta muela rezagada, única propia, existente allá en los confines de sus encías, como una piedra miliaria en mitad de un desierto.
La impresión del frío prodújole a la salida del Círculo una ligera punzada en la muela fósil, y apretó el paso sobresaltado para llegar pronto al hotel y tomar buchadas de elixir que le librasen de una noche toledana. En mitad de la escalera miró a todas partes con grandes precauciones, y no descubriendo alma viviente que sorprendiera su secreto, sacóse prontamente la dentadura y envolvióla en el pañuelo: eso le aliviaba mucho, y le desfiguraba tanto, que parecía entonces su fisonomía una burlesca caricatura de sí misma.
El tío Frasquito tenía su habitación en el piso cuarto, y al llegar al segundo, notó con sobresalto que alguien le seguía por la escalera... Apretó el paso azorado, y mirando por el rabillo del ojo, descubrió al marqués de Sabadell que subía de dos en dos los escalones, para alcanzarle sin duda. ¡Santo Dios, y qué apuro tan grande!
Zambulló la cara hasta las cejas en el gran cuello de pieles, guardóse prontamente en el bolsillo la dentadura y apretó a correr hasta llegar sin resuello a la puerta del aposento.
¡Perrrverrsa suerrte!
Sabadell le seguía sin descanso, y deteníase al fin a la puerta del cuarto vecino sin osar acercársele, pero mirándole de hito en hito, extrañado, atento, receloso...
--¡Se tragó la parrtida!--pensó el tío Frasquito--. Mañana sabe todo Parrrís que no tengo dientes.
Y afligido con esta idea, entróse atropelladamente en su cuarto, encendió la luz y corrió a asegurar la puertecilla de comunicación por la parte de dentro, temeroso de que el importuno vecino acechase sus secretos.
Este parecía, en efecto, abrigar intenciones perversas, porque el tío Frasquito percibía claramente del otro lado del tabique ruidos extraños que le desasosegaban, poniéndole nervioso; la puertecilla, sin embargo, no tenía rendija alguna traidora que diera paso a una mirada, y esto lo tranquilizó algún tanto.
Tomó sus buchadas de elixir, desaparecióle por completo el dolor de muelas y púsose a limpiar la dentadura, frotándola con un cepillo de mango atornillado de plata, que producía al chocar contra el cristal o el mármol del lavabo sonidos metálicos.
Hecha esta operación, comenzó el tío Frasquito a desprenderse de sus accesorios componentes para meterse en la cama; mas antes, en puntillas y ya en mangas de camisa, hizo un tercer viaje de exploración a la puertecilla sospechosa; el vecino parecía tranquilo y el tío Frasquito emprendió el viaje de vuelta, dando largas y sigilosas zancadas, y tarareando muy bajo, con pueril satisfacción, aquello de _Las Hijas de Eva_:
Tranquila está la venta, No se oye ni un mosquito...
Quitóse con grandes precauciones la perfumada peluca y calóse prontamente un gorro de dormir de forma piramidal, terminado en una borlita: un sencillo y majestuoso _casque à mèche_, de aquellos que recomendaba Jerónimo Paturot a sus parroquianos por usarlos así monsieur Víctor Hugo. Sabido es que el _bonnet de nuit_ es entre los franceses una veneranda institución social que nivela todas las cabezas, como las niveló en otro tiempo la cuchilla de la guillotina. Felipe Augusto y el último de los albigentes aparecían tan iguales a la sombra del primero, como Robespierre y Luis XVI aparecieron siglos después bajo el filo de la segunda.
Media hora larga tardó el tío Frasquito en desarmarse de todo, y cuando envuelto en su largo camisón se dejó caer en la cama, Hubiérase dicho que el tío Frasquito que se acostaba era la raíz cúbica del tío Frasquito que, rellenado y compuesto, se exhibía por todas partes.
A la luz de la palmatoria que sobre la mesilla de noche ardía púsose a leer, según su costumbre, una novela del vizconde _d'Arlincourt_, para conciliar el sueño. Gustábale el género romántico, y pasábansele a veces las noches de claro en claro, cual si tuviese quince años, compadeciendo los dolores de alguna Clarisa o participando de las ternezas de algún Adolfo. La primera cabezada del sueño hízole dar con las narices en la mesilla de noche, y el libro rodó por el suelo: inclinóse, sin embargo, a recogerlo, porque el capítulo era interesante y quería terminarlo.
A poco, un fuerte olor a trapo quemado llegó a sus narices, haciéndole incorporarse con sobresalto, temiendo los riesgos de un incendio. Miró a todas partes; nada se descubría por ningún lado que denunciase el voraz elemento, y, sin embargo, el tufillo o trapo quemado seguía dándole en las narices con progresiva persistencia.
Asomó la cabeza fuera de las cortinas del lecho, miró bajo la almohada, entre las mantas, en la fosforera de porcelana que sobre la mesilla tenía... ¡Nada, nada! Quizá había caído alguna prenda de vestir en la chimenea: algún calcetín, algún pañuelo...
El tío Frasquito saltó fuera de la cama y corrió allí muy alarmado... ¡Tampoco!... El fuego ardía en la chimenea moderadamente, y la espesa grille metálica que la cerraba no permitía el paso a ninguna brasa.
--¡Cosa más singularr!...
¿Sería quizá en el cuarto vecino, o en el corredor de entrada, o tal vez en el bulevar, algún incendio formidable que hiciera penetrar a través de las maderas sus inflamados miasmas? El tío Frasquito corrió primero a la puerta de entrada, a la de comunicación luego, y a la ventana por último, sin encontrar rastro alguno de incendio, con las narices abiertas, olfateando siempre y percibiendo, mientras más se movía de una parte a otra, el alarmante tufo más marcado.
--Perrro, señorr, ¿qué se quema?... ¡Si esto parrrece cosa de magia!--pensaba el tío Frasquito, en camisa, en mitad del aposento, con los brazos cruzados, el cuello tendido, y dirigiendo a los cuatro ángulos sus narices dilatadas y sus ojos muy abiertos.
Parecióle entonces sentir un calorcillo alarmante en lo alto de la cabeza, y miró al techo... ¡Nada tampoco!... Volvióse rápidamente, y un grito de espanto se escapó de sus labios al verse frente a frente de un espejo... En él se reflejaba su estrafalaria figura, cubierta por el largo camisón y coronada por el gorro de dormir, en cuya punta brillaba una rojiza llamita... ¡Cielo divino, allí estaba el incendio!
El miedo no raciocina nunca, y el que sintió el tío Frasquito impidióle comprender que la borlita del gorro se había inflamado en la palmatoria al inclinarse para recoger en el suelo el malhadado libro... Perdió, pues, del todo la cabeza el pobre viejo, lanzóse al timbre eléctrico, corrió luego a la puerta pidiendo socorro, y aporreando después la de Jacobo, gritó de nuevo:
--_Au secours_!... _Au secours_!...
Abrióse entonces violentamente la puertecilla y apareció en ella Jacobo, revólver en mano... Imposible era reconocer al tío Frasquito en aquel esperpento, y Jacobo no vino en la cuenta de quién era hasta que tendiendo el fantasma hacia él los brazos abiertos, gritó angustiado:
--¡Jacobo!... ¡Jacobo!...
Este, sin comprender nada todavía, diole por primera providencia un gran sopapo en la cabeza, y el gorro inflamado rodó por el suelo,--dejando al descubierto una calavera monda y lironda, blanca y reluciente como un melón invernizo.
Fue todo aquello una grotesca escena de sainete, acaecida en un segundo, y, sin embargo, aquella pequeña y ridícula trivialidad de la vida decidió para siempre de la suerte de Jacobo...
El criado de servicio en aquel departamento llamaba, atraído por el timbre, a la puerta del cuarto; comprendió entonces el tío Frasquito lo ridículo de la situación, y cada vez más angustiado, calóse prontamente una gorra de pelo, envolvióse en un abrigo de pieles, púsose la dentadura y refugióse en el aposento de Jacobo, diciéndole a este medio lloroso y suplicante:
--¡Contesta tú, Jacobito!... ¡Que no me vean!...
Entonces, de repente, entre la espesa bruma de temores y perplejidades que envolvía la mente de Jacobo como una cerrazón del océano, paralizando su natural audacia, brotó un punto luminoso... El tío Frasquito era rico, influyente, tenía entrada en todas partes, y aquella ridícula aventura le ponía en su poder atado de pies y manos, dadas las femeniles manías del presumido viejo. Las torcidas líneas de su plan comenzaron al punto a enderezarse, y una idea germinó al fin en su mente, vaga todavía e indecisa, pero visible ya, como el capullo del gusano de seda a través de su sedosa borra.
Despidió al criado, disculpando al tío Frasquito con una alarma infundada, apagó el gorro, todavía inflamado, en la jofaina llena de agua, abrió un poco la ventana para renovar el aire y volvió presuroso a su cuarto, donde el tío Frasquito le aguardaba.
Este, sosegado ya y tranquilo, hallábase arrellanado en la poltrona, al calor del fuego; cuando entró Jacobo, examinaba atentamente, con aire de aficionado, los tres sellos de lacre arrancados a los cartapacios por el masón traidor y olvidados en su azoramiento encima de la mesa.
Los papeles estaban a buen recaudo, encerrados bajo llave en la cómoda del fondo.
--¡Qué alboroto más necio!--exclamó el tío Frasquito al verle.
Y queriendo atenuar lo ridículo de la escena, no dándole importancia alguna, añadió en seguida:
--¿Qué sellos son estos?... No los conozco...
El tío Frasquito coleccionaba sellos diplomáticos, según ya dijimos, y tenía un álbum de curiosos ejemplares que compraba a precios muy subidos. Días antes había pagado doscientos francos por un sello antiguo de cera de Yacoub Almanzor, que ostentaba en letras árabes esta hermosa leyenda: «Que Dios juzgue a Yacoub, como Yacoub haya juzgado».
--La corrrona esta es de Italia: corrrona rreal sobre la cruz de Saboya--prosiguió el tío Frasquito--. Uno idéntico tengo de Víctor Manuel, perrro estos otros no los conozco...
Embarazado Jacobo al ver en manos del tío Frasquito aquella prueba flagrante de su atentado, no contestaba, y el viejo, volviendo y revolviendo en todas direcciones los dos sellos verdes, preguntaba sin cesar:
--¿De quién son?... ¿Te sirven?
Jacobo, más y más embarazado, contestó por decir algo:
--¿A que no lo aciertas?...
--¡Toma!--exclamó de repente el tío Frasquito--. ¡Ya lo creo! El compás y la escuadra y la rramita de acacia en medio... ¡Torrrpe de mí! ¡Si esto huele a logia que trasciende!...
Jacobo se echó a reír forzadamente, y el tío Frasquito, con el ardor de un amateur que tropieza con una ganga, añadió entusiasmado:
--Pues me los vas a darr, Jacobito... De estos no tengo ninguno, y son curriosísimos... Supongo que no te servirán; a lo menos, uno me llevo...
¡Cosa extraña y, sin embargo, harto común en caracteres como el de Jacobo! Cuatro horas llevaba este batallando consigo mismo sin osar decidirse, y de repente, en un momento, con cuatro palabras tan sólo, quemó sus naves y decidió su suerte.
--Llévate los tres, si quieres--dijo encogiéndose de hombros.
_Alea jacta est_!... Una vez entregados los sellos, imposible era colocarlos en su lugar y devolver los papeles, conservando copia de ellos, como había sido su primera idea, y hacíase preciso correr los riesgos de aquel audaz atentado, sin que hubiese ya lugar al arrepentimiento. Aquel punto luminoso le deslumbraba sin duda, o el capullo de su idea iba poco a poco aclarando la borra nebulosa en que antes aparecía envuelto.
El tío Frasquito no se hizo repetir la invitación: envolvió los sellos con gran cuidado en el papel en que se hallaban puestos y guardóselos prontamente en el bolsillo, como si temiese que Jacobo revocase la dádiva. Este le miraba hacer con una extraña sonrisa, y cuando el terrible papelito desapareció en el bolsillo del viejo, murmuró en lengua turca:
--_¡Olsum!_[11]...
[Nota 11: Amén.]
Y levantándose de pronto, propuso al tío Frasquito pedir un _bowl_ de _punch_ bien caliente. Excusóse este, dando por pretexto lo avanzado de la hora; mas Jacobo, con frases cariñosas y expresivas y cierto aire melancólico que sentaba muy bien a su varonil hermosura, le instó a que se quedase. ¿Iba a negarle aquel rato de expansión?... ¡Estaba tan triste, tan abatido, tan solo en el mundo!
Miróle el tío Frasquito extrañado, y la curiosidad, que es la fuerza de resistencia más sufrida que se conoce, le clavó en el asiento... Quizá iba a despejar la X misteriosa que se debatía aquella misma tarde en la terraza del _Grand Hôtel_, la incógnita que representaba la presencia intempestiva de Jacobo en París, abandonando su Embajada de Constantinopla. El tío Frasquito recordaba haber aprendido en el Colegio Imperial, allá cincuenta años antes, aquello de Horacio: «_Fecundi calices quem non fecere disertum_?». Y el ponche fue aceptado con disimulado entusiasmo.
Horacio no se equivocó, en efecto: Jacobo comenzó inter pocula sus confidencias, hablando lentamente, muy bajo, a retazos, como un hombre agobiado de pena que destila gota a gota por los labios la amargura que inunda su alma... Abrumábale el peso de un remordimiento, de una espantosa catástrofe de que había sido él causa involuntaria, obligándole a huir de Constantinopla con el corazón hecho pedazos y la conciencia salpicada de sangre...
El tío Frasquito pegó un brinco en el asiento, abriendo los ojos tamaños, y Jacobo inclinó la cabeza entre las manos, mirando atentamente su copa vacía y guardando silencio.
--¡Hombrre, hombrre... eso es serio!--murmuró el viejo asustado; y como viese que el otro prolongaba su silencio, tiróle de la lengua, diciendo:
--Serría cuestión de faldas, sin duda...
--O de pantalones, que para el caso viene a ser, en Turquía, lo mismo--replicó Jacobo.
Y de repente, de un tirón, con el violento esfuerzo de un hombre que arroja lejos de sí un peso que le abruma, refirió con todos sus detalles la terrible historia de la cadina Sarahí... El tío Frasquito escuchaba con la boca abierta, encogiéndose, encogiéndose en la poltrona, convencido de su pequeñez, a medida que lo novelesco y lo terrible agigantaban en su imaginación la figura del héroe de aquella aventura legendaria, de que era el primer confidente y esperaba ser futuro cronista... Y a la idea de ser el primero en lanzar a los cuatro vientos de la publicidad la trágica aventura, el tío Frasquito se alargaba, se alargaba en la poltrona, hasta hombrearse con el héroe como la sombra se hombrea con el cuerpo y el eco con la música, y Homero con Aquiles, y el inmortal Virgilio con el divino Eneas. ¡Y pensar que era ya demasiado tarde para correr de casa en casa aquella misma noche dando la noticia!...