Pequeñeces · Unidad 18 de 46

Libro II — parte 6

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--¡Alto ahí, canalla, o te rompo el morro!--exclamó Diógenes poniendo su formidable puño en las narices mismas de Jacobo--. ¿Qué es lo que buscas tú? ¿Dinero?... Pues ahí tienes a la de Albornoz; una... pelona como tú, que te dará lo que quieras... ¿Qué más te da, llamarte Jacobo que monsieur Alphonse?...

¡Oh!... Jacobo se incomodó esta vez de veras, porque jamás le habían refregado por la cara una verdad tan áspera. Contúvose, sin embargo, porque sabía cuán terribles eran las embestidas de Diógenes, y con forzada sonrisa contestó:

--Mira, Diógenes, la borrachera de ayer te dura todavía... ¿En qué cabeza cabe sino en la tuya, de bala rasa, que fuera yo a venderme a mi mujer por un puñado de duros?...

--Amigo, cuando no dan más en la puja, hay que decir lo del otro gitano del cuento... Se confesó de haber robado tres pesetas, y el cura le dijo: «¿No te da vergüenza, infeliz, de condenarte por tres miserables pesetas?...» «¿Y qué quería usted que _jiciese_, si no había más?...»

Aquí interrumpió la disputa el marqués de Villamelón, que entraba restaurado ya por completo de sus desperfectos de la mañana. Al verle Diógenes, cogió prontamente un periódico y púsose a leer junto a la chimenea, en el lado opuesto.

El marqués fuese derecho a Jacobo, que ceremoniosamente se levantaba para recibirle, y apretándole ambas manos, díjole con grande afecto:

--Adiós, Benito, ¿cómo te va?... Tú siempre tan famoso...

Y con protectora afabilidad diole dos cariñosas palmaditas en el hombro izquierdo.

--Dispensa que no viniera a verte ayer, Benito--prosiguió Villamelón, sentándose--. Pero en este París, ¿me entiendes?, no hay tiempo para nada... Curra te espera a almorzar. ¿Lo sabes?... A las dos: un poco tarde quizá; pero hoy está de servicio con la reina. ¿Me entiendes?

Ofendióse la altivez de Jacobo con los aires protectores del héroe del combate _navo-terrestre_ de Cabo Negro, y quiso declinar fríamente la honra del convite; mas Villamelón le atajó la palabra, diciendo:

--¡Nada, nada, nada! ¿Me entiendes?... No admito excusas, Benito; y Curra se ofendería de muerte. ¿Sabes?... Tiene debilidad por la familia, y lo que es por ti, delira. Siempre está con Benito arriba, Benito abajo...

Diógenes gritó desde su asiento:

--Pero, Villamelón..., quiero decir, ¡majadero!... ¡Si no se llama Benito!...

--¡Ay! Es verdad, que era... ¿Cómo era?...

--Jacobo.

--¡Eso es, Jacobo!... Pues dispensa, Jacobo; pero tengo una memoria infelicísima, y lo peor es que cada día se me va debilitando...

Quejábase con harta razón Fernandito de su falta de memoria, síntoma fatal a veces de los reblandecimientos cerebrales. Mas Diógenes, que no perdonaba ocasión de descargar su terrible mandoble, púsose a recitar como si leyera en el periódico:

Hablando de cierta historia, A un necio se preguntó: --¿Te acuerdas tú?--Y respondió: --Esperen que haga memoria. Mi Inés, viendo su idiotismo, Dijo risueña al momento: --Haz también entendimiento, Que te costará lo mismo.

Jacobo y Villamelón se miraron entre sí, miraron después a Diógenes, y tornado a mirarse ambos, echáronse a reír, diciendo al cabo Fernandito:

--¡Qué cosas tiene!... No hay más remedio que dejarlo o matarlo. ¿Sabes, Benito?...

--VI--

El tío Frasquito no podía ya con las piernas, y esforzábase en vano por discurrir algo parecido a la hazaña de Churruca en Trafalgar, cuando privado también de una de las suyas por una bala de cañón, siguió mandando el combate desde el puente del navío metido en un tonel de afrecho.

¡Oh!... ¡Si aquello le hubiese sucedido a él veinte años antes, cuando en un solo día hizo sesenta y nueve visitas para anunciar el primero aquel famoso casamiento que alistaba en el número de sus sobrinos a Luisito Bonaparte, el conde consorte de Teba!

Y lo peor del caso era que cuando, a las cuatro de la tarde, volvió al Gran Hôtel rendido y desalentado por no haber podido enseñar más que a las dos terceras partes de la colonia española la babucha apócrifa de la cadina, encontróse con que la trágica historia tenía una segunda parte, interesantísima también, pero pía, devota, sentimental, romántica, en que cabía a su persona no sólo el papel del cronista, sino el de agente poderoso, de intercesor eficacísimo, de _ama de llaves de la Providencia_, que hubiera dicho Diógenes, en el bello final de aquel drama que comenzaba su acción en las barbas del Sultán e iba a terminarse bajo el manteo del padre Cifuentes. Acordóse el tío Frasquito de Matilde y Malek-Adhel, y se sintió enternecido; la emoción le produjo un golpe de tos violentísimo, que fue necesario calmar con tres caramelos de malvavisco.

Porque Jacobo había acudido a él de nuevo en demanda de auxilio y abiértole su corazón hasta lo más recóndito. Era singular lo que por él pasaba, y en vano había intentado explicárselo. La noche antes daba vueltas en el lecho, inquieto y desvelado, viendo desfilar en su memoria los treinta y tres años de su vida cargados de placeres, de aventuras, azares sin mañana, flores sin raíces, gozos sin recuerdo, locuras sin felicidad que le causaban entonces en el ánimo la impresión de repugnancia que causa al estómago ahíto e indigestado el recuerdo de manjares sustanciosos.

El tío Frasquito le escuchaba atento y boquiabierto, creyendo ver apuntar en el corazón apasionado de Malek-Adhel aquellos alborotos misteriosos que trocaron los de Rancés y Mañara... Mas de repente, dejando Jacobo el tono sentimental de su perorata, preguntóle en prosa llana dónde andaba a la sazón su mujer Elvira.

El tío Frasquito hizo una mueca de disgusto, como si viera trocar a Malek-Adhel el blanco turbante por el sombrero de copa alta, o le hicieran saltar de una página de Madame Cottin a otra de la _Guía de forasteros_.

--¿Elvirrra?--contestó--. Pues no sé, perrro debe de estar en Biarrriz... Ayerrr dijo la López Morrreno que la había visto.

Quedóse Jacobo mudo y pensativo por un momento, y el tío Frasquito, reventando de curiosidad, se apresuró a añadir muy atento y oficioso:

--Perrro si quierrres noticias cierrtas, yo conozco a una persona que puede dármelas.

--¿Quién?...

--El padre Cifuentes.

--¡Hombre!... ¿Conoces tú al padre Cifuentes?...

--¡Ya lo crreo! Si es mi sobrino: hermano de madrrre de la Vegallana... Es hijo de Tonino Cifuentes, que fue subsecretario de Estado en tiempo de Iztúrrriz, y entró en la Compañía, cuando...

--¿Pero está también en Biarritz?

--No: está aquí en Parrrís; en la rrue de Sévres... Desde el 68 no ha estado en España sino de paso.

Y con cierto delicado recelo, añadió tímidamente:

--¿Quierrres que lo vea?...

--No... Quiero verlo yo mismo.

El tío Frasquito brincó otra vez emocionado, viendo ya a Malek-Adhel fundando, como Rancés, una Trapa, o un hospital como don Miguel de Mañara... ¡Todo, todo iba saliendo lo mismo, igual, idéntico que en la _Favorita_!... Fernando, _la bella del Re_, fray Baltasar... Faltaba tan sólo el convento, y ansioso él de poner la primera piedra, se apresuró a decir:

--Pues te llevarrré cuando quierrras.

--Mañana mismo.

--Conformes.

Cauto, sin embargo, el tío Frasquito, y deseando prevenir en el ánimo del novicio las deficiencias que pudiera tener en su papel de fray Baltasar el padre Cifuentes, apresuróse a decirle que era este un cuitadito, un infeliz sin pizca alguna de mundo, que hablaba _oportune et importune_ del infierno, pintando unos diablos feotes y groseros que en nada se parecían a los diablillos correctos, perfumados, elegantes, que se figuraba el tío Frasquito de frac y corbata blanca, pelo rizado, gardenia en el ojal, monóculo en el ojo izquierdo y un lazo de color de fuego en la punta del rabo.

--Porrque mirrra, la verrrdad--prosiguió con aire de íntima confianza--. Yo soy muy católico, muy creyente, perrro lo que es el clerrro, deja mucho que desearr en todas parrtes... No se encuentra un sacerrdote que nos conozca bien, que sepa amoldarrse a nuestro modo de serr, al modo de sentirr de las gentes de nuestrrro círrculo... El mismo padre Cifuentes, el otro día, en el entierrro del general Tercena, me dio la tarrde, hijo, me dio la tarrde... empeñado en convencerrme de que yo me había de morrrirr también, y que era menester preparrrarrse y pensarr en lo eterrno... En fin, hijo, me angustió, ¡me angustió de verrras!... Y cuando lo de Pepita Abando, ¿tú no sabes?... Estuvo atrroz, atrroz, crruelísimo... Una muchacha tan buena, tan elegante, tan carrritativa, que nunca tuvo más pasión que Pablo Verrra, y todo Madrid lo sabía y lo sancionaba, y hasta su mismo marrrido se hacia cargo... Pues nada, hijo, el padrre Cifuentes no se lo hizo: se puso malo Pablitos, y Pepita, ¡clarrro está! atrropelló porr todo, y se instaló a su cabecerrra. Avisarrron al padre Cifuentes, y este contestó que no podía entrarr en aquella casa sin que Pepita salierrra prrimerro... ¡Figúrrrate tú qué exigencia!... Ella se negó, porr supuesto, y Pablitos también, y porr más vueltas que dierrron parrra convencerr al santo varrrón de que errra una crueldad separrrarlos, y que todo el mundo le crriticarrría a ella abandonarrlo en la última horrra, nada, nada, nada... Têtu, como un arrragonés: se metió las manos en las mangas y dijo que no, que no y que no, y lo dejó morrrirr como un perrro. Y eso que iban ya a pedirr la bendición a Su Santidad y todo, todo...

--Te advierto esto--prosiguió el tío Frasquito, empinando el dedo--porrque si piensas consultarrle alguna... vocación o confesarrte...

--¿Confesarme yo?--exclamó muy ofendido Jacobo--. ¿De dónde sacas tú eso?

--Como decías que deseabas hablarle...

--¿No es el padre Cifuentes el confesor y el director íntimo de mi mujer?...

--Sí, porr cierrto...

--Pues lo que yo quiero exigir de él es que obligue a Elvira a acceder a mis pretensiones.

--¿Perrro cuáles son tus pretensiones, Jacobito?--preguntó el tío Frasquito muy alarmado.

--Una muy sencilla y muy cristiana... Reunirme con mi mujer y olvidar todo lo pasado.

--¡Aaah..., yaaa!--exclamó el tío Frasquito estupefacto y desolado, al ver que la Trapa se quedaba sin fundar, y el hospital sin concluir, y el novicio sin tomar el hábito.

Y rabiosillo y enfurruñado de que la leyenda de Malek-Adhel tuviera el ramplón desenlace de cualquiera comedia moratinesca, dejóse llevar de su espíritu de chismografía hermafrodita, diciendo:

--Perrro ¿has meditado bien tus pretensiones?

--_Je parecen acaso imposibles_?...

--Hombrre, imposibles no... ¿Perrro sabes tú la vida que Elvirrra hace?

--Justamente iba a preguntártelo.

El tío Frasquito hizo dos o tres visajes remilgados de ¡reviento si no lo digo!, y contestó titubeando:

--Hombrrre, te dirrré... La cosa es pública... perrro yo no sé si debo...

--¿Pues no has de deber, tío Frasquito?--exclamó Jacobo violento y azorado--. Yo tengo el derecho de preguntar, y tú, si eres mi amigo, tienes el deber de responderme.

--¡Ya lo crreo que soy tu amigo, Jacobito! ¿Lo dudas?... Y lo fui de tu padrre, y de tu abuelo... Quierrro decirr... a tu abuelo lo conocí siendo yo una criaturrra... Perrro hay ciertas cosas...

--¿Pero qué cosas?... ¡Dilas, hombre, dilas!...

--Pues mirrra, Jacobo, la verdad... Tu mujerr ha dado mucho que hablarr en todas partes...

--¿De veras?...

--Lo que oyes: siento mucho decírtelo, perrro es muy cierrrto... Está _déclassée_, hijo, _déclassée_ por completo. Todo Madrid le ha dado de lado, y sólo se trata con mi sobrina Villasis, ¡otra que tal!... Perrro siquierrra esta es mujerr de arranque, y gasta y hace ruido...

--¿Pero qué es lo que hace Elvira?...

--¡Horrrorrrres, Jacobito, horrrorrrres!... Empieza porque desde que se separrró de ti, no se la ha vuelto a verr en ninguna parrte: ni en un teatro, ni en un baile, ni en la Castellana, ni siquierrra un domingo en casa de Montijo... Dicen que está fanatizada... Carmen Tagle tuvo una doncella que había estado en su casa ¡y contaba unas cosas!... Siempre detrás de los criados, porrque hoy errra día de ayuno, y mañana de Misa, y al otro día de vigilia... En fin, insufrible; ninguno le paraba... ¡Y ella, unas rridiculeces!... Decían que dorrmía sobre una tarrrima, y ayunaba a pan y agua, y a ejemplo de no sé qué varrrón piadoso, se disciplinaba con un gato[12].

[Nota 12: En la vida de V. P. Eusebio Nieremberg se cuenta, que solía disciplinarse con uno de esos instrumentos de garfios de hierro llamados _gatos_, y sin duda a este _gato_ y a este varón ilustre, son a los que alude el tío Frasquito.]

--¡Qué atrocidad!... ¿Con un gato?... ¡Pero eso es imposible!...

--Pues, hijo, así lo asegurrraban... no te puedes figurrarr lo que nos rreímos una noche en casa de Carmen Tagle, discutiendo el asunto... Algunos pensaban que el gato estarrría muerrto; lo que es así, también yo me disciplinaba... Lo mismo podía hacerrse con un plumerrro...

Jacobo pareció tranquilizarse por completo al oír los _horrrorrrres_ que el tío Frasquito le relataba, y cortóle el hilo del discurso, diciendo:

--¡Bah!... Si no es más que eso, de mi cuenta corre desfanatizarla.

El tío Frasquito iba a replicar muy disgustado, pero Jacobo le atajó la palabra, preguntándole:

--¿Y cómo vive Elvira?... ¿Gasta mucho?...

--¡Ca!... Si parrrece la viuda de un cesante... Está seca, desgavilada; ella, que tenía un cuerpo tan airrroso, tan elegante... En fin, hijo, un día la vi en casa de mi sobrina Villasis, y me parrreció hasta sucia... Como si parrra serr santa se necesitarrra serr puerrca, cuando el aseo es una virrtud que se ejerrcita con agua fresca y un estropajo... De la casa no te digo nada, porrque no la he visto: tres veces estuve allí porr currriosidad, y no me rrrecibió ninguna. Perrro vive en un principal muy modestito, allá, junto a las Carbonerrras...

--Eso no es extraño; la pobre debe andar mal de cuartos.

--¡Ca!, no lo creas... ¿Perrro tú no sabes?... Si está rrica; como que ganó el pleito con la Monterrrubio y debe de tenerr de quince a veinte mil durrros de rrrenta.

--¡Hombre!... ¡Lo siento!--exclamó Jacobo muy pesaroso.

--¿De verrras?

--Y tan de veras... Porque siendo ella más rica que yo, no faltarán malas lenguas que atribuyan al interés mi vuelta a su lado...

--¡Oh, no, no, Jacobito, porr Dios! ¡Porr Dios, Jacobito!... ¡Quien piense eso..., no te conoce!

--En fin, ya lo veremos... Lo que importa ahora es que yo me entienda con el padre Cifuentes.

--Pues si te parrrece, mañana irrremos.

--Sin falta.

El tío Frasquito, resignado con el giro clásico que tomaba la leyenda, convino con Jacobo la hora en que habían de hacer al otro día la trascendental visita, porque el arrepentido esposo quería marchar a Biarritz cuanto antes.

Despidiéronse al cabo protector y protegido, y aquel, para lanzar al público sin pérdida de tiempo la noticia, corrió a ponerse, desde luego, de punta en blanco para sus nocturnas correrías, y bajar de seguida a la terraza del hotel, donde toda la colonia española esperaba, como siempre, la llegada del correo.

Pero ni la incertidumbre de nuevas desdichas en la madre patria, ni los mil chismes que por la patria adoptiva corrían, lograron apartar la conversación general de la novelesca historia de la cadina, cuya apócrifa babucha habían contemplado todos, después de algunas prudentes precauciones que, para la mise en scène, juzgo indispensable el tío Frasquito. Porque temeroso este de que algún ánimo suspicaz pusiese en duda lo auténtico de la presea, apresuróse antes de presentarla a la veneración pública a frotar la suela sobre el pavimento, a fin de que apareciese usada, y a desvirtuar con ricas esencias aquel importuno hedor a zapato nuevo que la noche antes había despertado en sus narices dudas tan peligrosas.

La duquesa de Bara no había encontrado todavía ocasión oportuna de hacer el análisis crítico de la solemnidad religioso--política a que había asistido horas antes, y hasta la señora de López Moreno, reina destronada de Matapuerca, habíase olvidado por un momento de la honra insigne que al día siguiente la aguardaba. La duquesa le había anunciado que su majestad la reina se dignaba recibirla, y a renglón seguido, como quien no quiere la cosa, habíale pedido prórroga para el pago de aquellos piquillos que hacía varios años le adeudaba.

--¡Pues no faltaba más!... ¡Lo que usted quiera!--había contestado la generosa acreedora.

Y a renglón seguido también, y como quien no quiere la cosa, había plantado esta estaquita matrimonial, con sonrisa indagatoria:

--Lucy y Gonzalito (primogénito de la duquesa), encantados de verse juntos... ¡Qué pareja tan mona hacen!... Hoy se han ido al _Skating-Rink_, porque Gonzalo está enseñando a patinar a Lucy...

La duquesa pescó al vuelo la indirecta, y contestó tan sólo con una sonrisa que encubría este pensamiento:

--¡Estás fresca!... ¡Cualquier día te cobras, endosándome a la niña por nuera!... ¡Una duquesa de Bara, _née_ López Moreno! ¡Dios nos asista!

Currita, por su parte, guardaba aquella tarde un solemne silencio, hijo de una rabieta de dos mil demontres que le bailaba por dentro. Jacobo había desairado su almuerzo con el frívolo pretexto de que necesitaba descansar del viaje, y ella había descargado su ira sobre el indefenso Villamelón, que sentado a su espalda, en actitud pensadora, se consolaba de los rigores de su esposa pensando en las musarañas y distrayendo su imaginación con vivos recuerdos de su visita a los antropófagos.

Leopoldina Pastor alborotada por ciento, proponiéndose referir a Octavio Feuillet la historia de la cadina para que escribiese un cuento original, y lamentándose de que Jacobo Sabadell no apareciese por ninguna parte, aguardándole todos tan impacientes para tributarle el justo homenaje de admiración que su novelesca aventura les inspiraba, tan distinto del frío recibimiento con que le habían acogido la víspera.

Apareció entonces el tío Frasquito, vestido ya de gran gala, cargado de perfumes y de noticias, que, como las burbujas al hervor del agua, anunciaba en su rostro una significativa y prolongada sonrisa. La inesperada resolución de Jacobo causó en el auditorio sensación profunda, y cuando el tío Frasquito anunció que el héroe pensaba marchar a Biarritz quizá al día siguiente, dos personas, Diógenes y Currita, no pudieron contenerse... Levantóse el primero y fuese derecho al tío Frasquito como si quisiera pegarle, y la segunda, sin que denunciase su violenta ira más que una extraña vibración en su dulce vocecita, comenzó a vomitar injurias y vituperios contra la marquesa de Sabadell, su muy amada prima, con gran pasmo de Villamelón, que recordaba todavía el sermoncito sobre el amor de la familia que había escuchado aquella mañana.

La grey femenil hizo coro a los vituperios de Currita, y todos convinieron en que la marquesa de Sabadell era una intriganta, una beata hipocritona, una mala esposa que, habiendo campado por su respeto diez años entre curas y monaguillos, quería ahora oscurecer al pobre Jacobo bajo la tutela del padre Cifuentes, y que era caso de conciencia y obligación imprescindible de todo fiel cristiano arrancar a la pícara el antifaz y advertir al cándido muchacho el lazo que le tendían.

Diógenes, que, a mitad del camino pareció hacer de repente al tío Frasquito gracia de la vida, arremetió briosamente contra la hueste femenina, diciendo que era maldición de gitanos: «¡en lengua de hembras te veas!»; que quien dijo mujer, dijo demonio, y que de tan mala ralea era la casta, que todos, todos los bichos, hasta las chinches, ¡polaina!, eran mujeres...