Pequeñeces · Unidad 29 de 46

Libro III — parte 8

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Modestísimo rubor en el rostro de la agraciada, que extiende las manos y mueve la cabeza diciendo que no... La duquesa de Bara la anima cariñosamente... La García Gómez detiene su indignación, hasta ver si está ella incluida en la lista... Tras el telón, Butrón mira a Pulido, y Pulido mira a Butrón, y ambos se ríen... El tío Frasquito, envuelto en su dignidad, permanece en cuclillas... Diógenes aparece sobre el tablado y busca algo junto a la pared, dentro de los bastidores del lado izquierdo... La marquesa de Butrón prosigue...

--Excelentísima señora condesa de Nacharnudo. Excelentísima señora duquesa de Bara...

Recóndito asombro de esta al verse incluida en el grupo en que por exigencias de Butrón habían de figurar tan sólo mujeres honradas... La marquesa hace una pausa, examina un momento al auditorio y prosigue leyendo:

--Secretaria: excelentísima señora doña Paulina Gómez de Rebollar de González de Hermosilla...

Fogosísimo brinco de Leopoldina Pastor, que esperaba la plaza, y enérgico «¡Indecente!» que revolotea anónimo en el aire sin saber dónde posarse... Carmen Tagle se desternilla de risa... La agraciada guarda majestuoso silencio, compónese las gafas de oro y proyecta reparar en la retórica de Marco Tulio la parte preceptiva de los documentos oficiales... La duquesa de Astorga la felicita sin pizca alguna de malicia... Tras el telón, Butrón espera, Pulido teme, el tío Frasquito medita... Diógenes ha encontrado junto a la pared un cordelito que parece bajar del techo y lo examina detenidamente... La marquesa de Butrón concluye:

--Tesorera: excelentísima señora doña Ramona Gómez de López Moreno...

Amago de apoplejía en la interesada... La duquesa consuegra la saluda desde lejos... Grandes cuchicheos que crecen, crecen cual ráfaga de viento huracanado que comienza por silbar y acaba por rugir.. De repente, crujido misterioso... Silencio profundo... Sorpresa general.

Diógenes ha tirado del cordelito, el telón sube rapidísimo y aparecen los tres Píramos en cuclillas, Butrón, Pulido y el tío Frasquito, ante los ojos asombrados de aquel centenar de Tisbes... Cuadro final.

--VII--

La asociación de señoras hizo fiasco y sólo dos meses más tarde pudo Butrón, a costa de trabajo, organizar otra nueva, en forma muy distinta, que no dejó de hacer, sobre todo en provincias, un agosto abundantísimo. La marquesa de Villasis habíase negado rotundamente a aceptar la presidencia; Currita rechazó la humillante oferta de un cargo secundario, con muestras de gran resentimiento; las carlistas, muy indignadas, tiraron por un lado, y las radicales, muy ofendidas, se fueron por el otro, dejando vacante el canto épico a la caridad que perpetraba en silencio la excelentísima señora doña Paulina Gómez de Rebollar de González de Hermosilla, y vacío el gran bolsón Pompadour de terciopelo rojo que la señora de López Moreno pensaba encargar a la modista para recoger las colectas. El señor Pulido desplegó las tres falanges de su dedo índice para decir, agitándolo de arriba abajo: «¡Lo dije, lo dije!», y el sesudo diplomático, con la energía de la constancia que no consiste en hacer siempre lo mismo, sino en dirigirse siempre al mismo fin, tomó por otro camino para llegar a su objeto, consolándose con que Napoleón cometió también faltas en la guerra de Rusia, Ciro en la de los Scitas, César en África y Alejandro en la India.

Hubo al otro día en la casa de la Albornoz congreso de ofendidos, y la altiva dama adoptó por suya la respuesta de Marat a Camilo Desmoulins y Freron, cuando le proponían estos refundir el periódico de ellos, _La Tribuna de los Patriotas_, en el suyo, _El Amigo del Pueblo_: «El águila va siempre sola; los pavos forman manadas». Ella era el águila y las demás señoras los pavos; Butrón era el pavero.

La suerte de aquellos infelices heridos del Norte condolía, sin embargo, a la sensible condesa, y resolvió hacer ella sola y por su cuenta propia cuanto estuviese en su mano para aliviarla, entendiéndose directamente con el general en jefe del ejército y con el bizarro general Pastor, hermano de Leopoldina. Convocó a sus micos, reunió a sus íntimos y trazóse un plan encantador de fiestas, bailes y regocijos a beneficio todos de los heridos, entre los que había de llevarse la palma una famosa _kermesse_ ideada por Currita, a imitación de la organizada en París por _El Fígaro_, en el teatro de la ópera, a beneficio de los inundados en Szegedin. Las actrices más famosas y las damas más conspicuas, niveladas por el mismo sentimiento compasivo, habían hecho en ella prodigios de caridad, sacrificando, en aras de los pobres, los quilates más o menos subidos de sus respectivas vergüenzas. En dos horas escasas había recaudado madame Judic más de cinco mil francos vendiendo _marrons glaces_. ¿Qué no recaudaría Currita vendiendo por media hora, aunque sólo fueran altramuces o garbanzos tostados?

Faltaba, sin embargo, al proyecto el visto bueno de Jacobo, requisito sin el cual no osaba la dama dar un paso en nada que hubiese de aventurar dinero, y justamente Jacobo no pareció por allí en toda la noche, ni vino tampoco a almorzar al día siguiente, según su costumbre ordinaria. Alarmada Currita, envió un recado a casa del amigo ausente, para informarse de la causa de su extraño eclipse; la respuesta del lacayo fue terminante:

--El señor marqués de Sabadell había salido de Madrid la noche antes.

Currita se quedó helada... ¿Marcharse Jacobo sin decirle una palabra, sin enviarle un recado, sin ponerle siquiera cuatro letras?... ¡Qué puñalada para su corazón y, sobre todo, qué bofetón para su amor propio! Porque ¿qué dirían las gentes cuando llegaran a traslucir el desprecio y el desvío que aquello representaba?...

Pasaba esta escena en el comedor, donde los dos esposos almorzaban en compañía de María Valdivieso, Celestino Reguera y Gorito Sardona, cuya flamante corbata azul indicaba ser aquel día el mico de guardia. Miraron todos a Currita con grande extrañeza y aire de pregunta al saber la marcha de Jacobo, y Villamelón, suspendiendo por un momento la actividad febril con que manejaba el trinchante de oro macizo, regalo de Fernando VII, dijo con voz lastimosa:

--¡Jacobo anda mal y me da pena!...

Y como si el dolor que inspiraban los males de su amigo sirviera para facilitar sus funciones digestivas, embaulóse de un golpe una _côtelette_ entera, que se le deshizo en la boca de puro blanda, cual si fuese un merengue.

--Pues, hijo--replicó María Valdivieso--, no sé que padezca del pecho... Está gordo y robusto; Paco Vélez me lo decía ayer: va echando papada de comerciante de ultramarinos.

--Si no es eso, María, ¿sabes?--dijo Villamelón con la boca llena--. Digo que anda mal, porque anda en malos pasos. ¿Me entiendes?

Callaron todos, metiendo las narices en el plato, y los rabillos de cada ojo fueron a fijarse en Currita, que desganada, sin duda, mondaba con suma pulcritud y esmero un hermoso albaricoque. Villamelón, que luchaba siempre en la mesa entre sus ganas de hablar y sus ganas de comer, prosiguió con alguna impaciencia.

--La francesita esa..., esa... ¿Cómo se llama? ¡Señor, por días pierdo la memoria!... Tú, Gorito, ¿sabes?... ¿Cómo se llama, hombre?... La de las camelias.

Gorito abría mucho los ojos y estiraba la boca sin acordarse de nada, nada... Su memoria se había quedado de repente limpia, rasa, cual una hoja de papel blanco. María Valdivieso hizo a Currita un rápido guiño, como dándole a entender que ella podría informarle de grandes cosas, y Villamelón concluyó cada vez más impaciente:

--Pues nada, no me acuerdo... Pero, en fin, esa..., esa es la que lo está desplumando.

Hízose el silencio aún más embarazoso y el geniecillo maléfico de la hilaridad comenzó a revolotear en torno de los comensales, como si a todos ocurriese que las plumas arrancadas a Jacobo salían del pellejo de Villamelón. Currita, mondando siempre su albaricoque, aprovechó un momento en que los criados se alejaban para decir a media voz con su acento más suave:

--Pero, Fernandito, vida mía, si tienes el don de la importunidad; si pareces un reloj descompuesto... ¿A quién se le ocurre hablar de esas cosas delante de los criados?... Sabe Dios lo que pensarán del pobre Jacobo...

Villamelón, con mucha dignidad, replicó al punto:

--Mira, Curra, en la mesa no discuto... ¿Sabes?... Pero tienes parcialidad por Jacobo y vas a llevarte un chasco muy grande, muy grande... ¿Me entiendes, Curra?... Ese viajito repentino me da mala espina: apuesto a que no va solo.

Currita puso en el plato el albaricoque ya mondado, lavóse las puntitas de los dedos en el enjuagador de rico cristal de Venecia que tenía delante, y mirando las gotitas de agua que se desprendían de sus rosadas uñitas, dijo ingenuamente:

--¡Pues claro está!... Llevará algún ayuda de cámara...

Sulfuróse Villamelón y miró a su mujer y luego a Gorito y después a Reguera con cierta especie de colérica complacencia retratada en el semblante, arrebatado y apoplético por los vapores que le subían del repleto estómago... ¡Le exasperaba a veces aquella sencillez de Curra, que jamás podía comprender la malicia de ciertas cosas!...

Terminóse al fin el almuerzo y Currita salió del comedor del brazo de su prima, llevando en la mano un platito de porcelana con migas de pan, para dar de comer a los pececillos de colores que en una magnífica pecera de cristal y bronce dorado adornaban una de las galerías... La enamoraban a ella aquellos animalejos de colores tan brillantes, y la pesca era, entre los placeres del _sport_, el que más emociones le causaba.

Regalaréte entonces Mil varios pececillos Que al verte, simplecillos, De ti se harán prender.

María Valdivieso oía estupefacta aquellas expansiones idílicas, cuando esperaba ella que Currita se apresuraría a interrogarla con el mismo furor y los mismos transportes con que Otelo interrogaba a Yago. El chasco le pareció pesado, y exclamó muy despechada:

--¡Vaya unas emociones que tiene la pesca!... No encuentro definición más exacta que la que daba uno de la caña de pescar: «Un palo largo que termina por un lado en un pez y por otro en un tonto».

--Cuestión de gusto--replicó tranquilamente Currita.

Y se puso a echar sus miguitas a los peces, hablándoles con el cariño y el mimo de una madre que acaricia a sus hijuelos...

--¡Hola, tragoncillos! ¿Hay apetito?... Vamos, haya paz, que para todos hay... ¡Mira, mira, María, cómo abren el hociquito!... ¡Qué delicia! ¡Qué monada!

--Pero esta mujer tiene sangre de chufa--pensaba la Valdivieso muy enfadada--. ¿Sí?... Pues, aguarda, allá va... ¡Anda, fastídiate!...

Y se puso a contarle, en apoyo de la tesis de Villamelón, horrores..., horrores de Jacobo... Paco Vélez se lo había dicho todo la noche antes: ella, ¡claro está!, por prudencia había callado tanto tiempo; pero ya era hora de hablar, y a fuer de buena amiga debía desengañarla...

--¡Pícaro! ¡Tragón!--dijo en aquel momento Currita--. ¡No le muerdas!... ¿Habráse visto?... ¿Para quién son esos sopirritones?... Para ti... ¿Para mí, esos sopirritines?...

E incorporándose un poco, dijo mirando siempre a la pecera:

--Hija, dispensa. ¿Dónde decías que vive esa francesa?

--¡No, si no lo decía!--gritó la otra pasando del despecho a la furia--, pero te lo digo ahora para que abras los ojos. Vive en la calle de Rebollo, número 68, en un hotel. ¿Te enteras? En un hotel muy bonito, y se llama... ¿Cómo se llama?... Pues, señor, no me acuerdo; ello era un nombre así como de píldora.

--Chismes, mujer, chismes de gente ociosa--replicó Currita sobando tranquilamente sus migas.

Y con ansia febril repasaba en su interior los nombres de todas las píldoras conocidas y hacía esfuerzos inauditos para grabar en la memoria la calle de Rebollo y el número 68.

--¿Chismes?--exclamó fuera de sí la Valdivieso--. ¿Y también es chisme lo del viaje... con el ayuda de cámara, por supuesto?...

--¡Pues claro está que lo es!--exclamó Currita de repente, echando con mucha cólera todas las migas en la pecera--. ¡Chisme, chisme, y de malísima intención, María!... ¿Si lo sabré yo, caramba?... Sino que de todas las cosas no se ha de dar un cuarto al pregonero... Tú eres mi amiga y te lo digo en secreto: Jacobo ha ido a negocios del partido y estará de vuelta muy pronto... ¡Ya ves cómo se escribe la historia!...

--¡Ya!--exclamó María Valdivieso tragándose la bola. Y Currita respiró al fin algo más desahogada, porque aquella mentira, que se apresuraría la prima a propagar por todo Madrid, por habérsela dicho en secreto, dejaría a los ojos de las gentes la herida de su amor propio disimulada.

A las tres pidió la señora condesa la berlina y dio al lacayo, como la cosa más natural del mundo, las señas de Jacobo. Vivía este en la calle de Alcalá, en un precioso cuarto de soltero, y constaba su servidumbre de un ayuda de cámara, un jockey, una ama de llaves y un cocinero; en las cuadras, situadas al final de la calle del Barquillo, tenía cuatro caballos ingleses, tres de tiro y uno de silla, una berlina, un _char-à-bancs_ y una victoria. La munificencia de los esposos Villamelón sufragaba todos estos gastos, que había de pagar el fiel amigo cuando al verificarse la Restauración pudiera sacar el jugo a la cartera, precio de sus misteriosos papelitos...

Currita subió ligeramente al entresuelo, vivienda de Jacobo, y por tres veces tocó el timbre, sin que nadie contestara; abrióse al fin la puerta y apareció el jockey sin librea, cuello ni corbata, brillantes los ojos, arrebatadas las mejillas y oliendo a vino a dos metros de distancia. Aturdido, al verse frente a frente de la dama, dio un paso atrás, diciendo atropelladamente:

--El señor marqués está fuera...

Ya lo sé... Busco a Damián.

No fue necesario llamarlo: por el extremo del pasillo asomaba este la cabeza, y veíanse detrás el ama de llaves y el cocinero, todos rubicundos y sofocados, como si viniera a sorprenderles la visita al final de un opíparo banquete. Damián se adelantó muy sereno, cruzando con el turbado jockey un guiño picaresco, un gesto de pillo redomado, que vio muy bien la condesa, sintiendo, a pesar de su vergüenza, que se le sublevaba allá por dentro lo poco de gran dama que quedaba en ella.

--Pase vuestra excelencia, señora condesa--dijo.

Y abrió muy presuroso de par en par las dos puertas del salón, levantando la cortina de terciopelo para dar paso a la dama; atravesó esta rápidamente la pieza, abrió por sí misma la puerta de un gabinete y no se detuvo hasta llegar al despacho de Jacobo, como si todo aquello le fuese muy conocido. Sentóse en un sillón y dijo:

--¿Pero qué es esto, Damián?... ¿Cómo ha sido esa marcha tan repentina?... Sólo pude ver al señor marqués un momento, y eso delante de la gente...

--Pues no sé--replicó Damián encogiéndose de hombros--. El señor marqués se levantó ayer a la una y salió sin almorzar de casa... Volvió a eso de las seis y mandó preparar las maletas.

--¿Llevó mucho equipaje?... Me dijo que pensaba detenerse varios días.

--Sí, señora; llevó un mundo y dos maletas. Yo mismo las hice.

--¿Y fue por fin solo?... Me dijo que quizá tendría que acompañar a unas señoras francesas...

Quedóse Damián muy parado y tornó a encogerse de hombros.

--Demetrio le acompañó a la estación... Yo me quedé en casa.

--Llame usted a Demetrio... Me interesa saberlo.

Llegó Demetrio medio borracho y tomó a mirar a Damián, disimulando una sonrisa... Él no había visto nada entre tanto bullicio, pero en el coche en que se acomodó el señor marqués había ya otros equipajes...

--¡No iba en _sleeping_?

--No, era un reservado.

Currita se mordió los labios.

--¿Y les ha dejado aquí sus señas?

--No, señora.

--Lo decía para que pudieran enviarle el correo... Amí me las ha dejado.

--Si la señora condesa quiere enviárselo, yo le llevaré las cartas que lleguen.

--Sí, eso es lo más derecho y lo más pronto--dijo vivamente Currita.

Y en aquel momento entróle deseo vehementísimo de ver toda la casa: era muy bonita y estaba todo muy bien puesto: el salón, los dos gabinetes, el despacho, la alcoba, el cuarto de baño, el tocador... Un cuadro le llamó la atención en esta última pieza: representaba un ramo de camelias, saliendo del centro el busto de una mujer rubia muellemente reclinada en aquel lecho de flores, con mucho arte dispuesto... ¡Oh!, no había duda, era la francesa anónima, la del nombre de píldora que tan cruelmente se le estaba atragantando a ella. Detúvose a mirar el cuadro con aire de inteligente.

--¡Bonita idea!... La _fattura_ es correcta... ¿Quién es?...

De nuevo se encogió Damián de hombros.

--Es una francesa, huérfana de un general, que pinta esas cosas... El señor marqués le compró hace tiempo ese cuadro...

--¡Ah, sí!... Ya sé quién es: vive en la calle de Rebollo, número 68. ¿Cómo se llama?...

--Se llama..., se llama... Pues no me acuerdo. Una cosa rara, así como un nombre de jarabe...

Currita moderó un movimiento de impaciencia, porque la cosa iba ya picando en historia. La una decía que era nombre de píldora y el otro que de jarabe, y sólo se sacaba en claro que era cosa de botica.

Al pasar por el comedor salió a saludarla el ama de llaves, muy atenta y obsequiosa, ensanchando cuanto pudo su robusta persona para taparle la vista de la mesa en que se hallaban los restos de la francachela que, en ausencia de su amo, celebraban aquellos granujas. Acudió el cocinero por el otro lado, pillo de siete suelas con aire de bonachón y campechano, y la invitó también a ver su cocina. Currita se puso muy encarnada... y no se atrevió a rehusar.

Apretando los puños de rabia y de despecho, entró la dama en su berlina y dio orden al cochero de ir a casa del general Belluga... Aquella taimada risita del jockey, aquel barullo inverosímil que le impedía ver si su amo acompañaba a unas damas, dábanle malísima espina y preciso era que ella apurase la verdad por sí misma.

El coche del general estaba en la puerta, reclinado el lacayo contra el quicio, tieso el cochero en el pescante con la fusta enarbolada. La condesa encontró en la escalera, prestas a salir de paseo, a la generala y a sus hijas, dos ángeles acabados de salir del colegio de York, en Inglaterra, que comenzaban a perder en la atmósfera viciada de los salones su perfume natural de candor y pureza, como pierden su sana fragancia el romero y el tomillo encerrados en una caja de almizcle. Llamábalas la condesa sus ahijaditas, porque en su famoso baile de _ancha base_ habían sido presentadas bajo los auspicios de la dama por primera vez en el mundo.

Las señoras quisieron volver atrás, y Currita, sin oponerse mucho al cumplido, consintió bien pronto en ello... ¡Oh!, traía ella las de Caín; como que venía nada menos que a embargarle por la tarde a una de sus ahijaditas; estaban atareadísimas ella y otras señoras, pidiendo por todas partes hilas para los pobrecitos heridos y objetos de todo género para la rifa, la _kermesse_, que prometía estar divertidísima. Habíanla dejado a ella sola aquella tarde, y por eso venía a buscar una companera agradable, un _ángel de la guarda_ que la ayudase a tender la caña.

¿Qué corazón compasivo resiste a un anzuelo semejante?...