Pequeñeces · Unidad 38 de 46
Libro IV — parte 6
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Azoraba todo esto a Currita, pareciéndole indicio cierto de conjura sospechosa, y al mismo tiempo que procuraba sostener y animar la desmayada conversación de sus comensales, prestaba oído atento a lo que por fuera del comedor pasaba... Sucedía de ordinario los viernes que, aun antes de terminarse la comida, poblaban ya los salones gran número de tertulianos que se apoderaban de las mesas de tresillo y de billar y formaban grupos y corrillos llenos de la alborotada animación, que duraba siempre hasta muy entrada la madrugada... Nada se oía aquella noche, y cada vez más inquieta Currita procuraba alargar la comida, agotando todos los recursos de su ingenio e intercalando entre plato y plato historietas que equivalían a las más picantes salsas, con el fin de dar tiempo a la llegada de la gente y evitar que los comensales recibiesen la mala impresión de encontrar los salones desiertos. Fuele ya imposible alargar por más tiempo la ímproba tarea y puso al cabo fin a la comedia con una escena misteriosa, seguida de un golpe teatral hábilmente dispuesto... Su diminuto piececito tocó ligeramente por debajo de la mesa la pezuña del _buey Apis_, y ambos cruzaron con Jacobo una rápida mirada de inteligencia que parecía significar: ¡Alerta! Entonces, tomando Currita el _bouquet_ que tenía Martínez delante, tuvo la exquisita galantería de ponérselo ella misma en el ojal, repitiendo la acostumbrada frase de las floristas parisienses:
--_Monsieur_... _Fleurissez votre boutonnière_...
Mas Jacobo, con jovialidad perfectamente afectada, detúvola en mitad del camino, diciendo desde su sitio:
--¡Cuidado, Martínez, cuidado!... Que le tienden a usted un lazo...
--¿Un lazo?--exclamó Currita, retirando vivamente el ramito.
--Sí, señor, un lazo--afirmó Jacobo riendo--. ¿Pues no ve usted que lleva el _bouquet_ una flor de lis?...
--¡Ay, Jesús!--replicó Currita escandalizada--. Entonces ¡protesto, protesto!... Yo persuado a quien puedo, pero no sorprendo a nadie... ¿Quiere usted que se la ponga, Martínez?... ¿Sí o no?...
--¡Jú, jú, jú, jú!--mugió _el buey Apis_, haciendo con la cabeza ademán afirmativo.
--¿La acepta usted entonces?--preguntó Currita.
--La acepto.
--¿Con todas sus consecuencias?...
--Con todas sus consecuencias--repitió _el buey Apis_.
Y paseó por todos los presentes una mirada orgullosa, casi fiera, que no carecía de la tosca grandeza de un Mario, a la vez plebeyo y formidable, que se dejase acariciar por afeminados patricios... Un aplauso general acogió la declaración del antiguo revolucionario, y Villamelón, muy conmovido, propuso un brindis en honor del rey Alfonso XII. Apuráronse las copas, y Fernandito, tomando entonces la que había servido a Martínez, dijo solemnemente:
--Esta copa tendrá con los años gran valor histórico. ¿Me entiende usted, Martínez?... Permítame que la guarde... Quiero legarla a mis hijos.
Y con su recuerdo histórico muy empuñado fue a ofrecer el brazo a la embajadora de Alemania, para pasar al saloncito azul, donde se acostumbraba a servir el café en aquellos días de gala... Allí acabaron los triunfos: el salón estaba vacío, y por sus puertas abiertas veíase a la izquierda el otro salón amarillo, y a la derecha, el gran salón de baile, que sólo se abría e iluminaba los viernes, ambos desiertos. En el primero, divisábanse a lo lejos, en un apartado rincón, cuatro señores muy graves, muy tiesos, jugando al tresillo; en el segundo, reverberaban las luces en el brillante parquet de finísimas maderas enceradas y en los colosales espejos, dando a todo aquel recinto el aspecto fantástico y temeroso, en medio de su magnificencia, de aquellos palacios encantados que se describen en los cuentos de hadas. El fiasco era completo, y aturdida Currita miró espontáneamente hacia el magnífico reloj de bronce dorado que había allí cerca, sobre una chimenea: ¡eran ya las diez y cuarto!...
Vio entonces a su espalda, en el mismo salón azul, una dama muy apuesta y elegante dormida en una butaca: tenía en la mano un número de un periódico de modas, caído negligentemente sobre la falda, y dábale de lleno en el rostro la tibia luz de una gran lámpara colocada en un trípode, cuyos reflejos recogía amplia pantalla de seda de suaves matices... Era Isabel Mazacán, la pérfida Mazacán, reconciliada dos meses antes con Currita y dispuesta a pelearse otras mil veces con ella en cuanto el tiempo y la ocasión se presentasen. Ninguna tan propicia como la presente, y fingiéndose dormida en aquella soledad, abrió poquito a poco los ojos con tan cómico espanto, con tan chistoso sobresalto, que todos los presentes soltaron la risa...
--Jesús, hija, dispensa..., pero al verme tan sola me quedé dormida.
Parecióle la broma a Currita de malísimo gusto y contestó muy picada:
--¡Qué delicia!... ¿Y soñarías sin duda con los angelitos?...
--Algo había de eso, porque soñaba contigo...
Guardóse muy bien Currita de pedirle la interpretación del sueño, mas la Valdivieso, con su importunidad acostumbrada, dijo muy gozosa:
--¡Vaya una coincidencia!... ¿Y qué soñabas?...
--Pues nada, hija... Que también se había ido a casa de la Villasis la _pobre Curra_.
Y la grandísima tuna de la Mazacán pronunciaba aquel _pobre Curra_ con un aire de lástima, con un acento de chunga, que la compadecida se revolvió furiosa, diciendo con su inocente risita:
--Pues mira, mujer..., ni dormida ni despierta se me hubiera ocurrido de ti semejante cosa.
--¿Y por qué?
--Pues por dos razones... La segunda, porque tú no querrías ir...
--Y la primera, porque María Villasis no querría que yo fuese--dijo la Mazacán echándose a reír con todo su desparpajo.
--Justo--replicó Currita--. Lo mismo, lo mismo que don Simplicio Bobadilla Majaderano y Cabeza de Buey: «Puesto que Leonor renuncia a mi mano, renuncio a la mano de Leonor...».
La Mazacán iba a contestar, pero entraron en aquel momento Carmen Tagle, Paco Vélez y Gorito Sardona, todos muy compungidos, diciendo que venían del Real, pero que no había allí nadie, nadie... Al pronto creyeron ellos que Monsieur tout le monde estaría en casa de Curra, porque ¡claro está! como era viernes... Pero supieron luego que el _grand complet_ era aquella noche, ¡quién lo creyera!, en casa de la Villasis; y por eso, ellos, muy indignados, habían venido a protestar, porque no les parecía decente acostarse en aquella ocasión sin dar las buenas noches a la _pobre Curra_.
Escapóse la _pobre Curra_ como pudo de aquellas muestras de compasión que le atacaban los nervios y dirigióse muy de prisa a la sala de billar, donde Jacobo, los dos diputados y el excelentísimo Martínez conferenciaban a solas. Felicitaron todos a la dama por lo hábilmente que había dispuesto y representado la comedia del _bouquet_, llamada a tener gran resonancia. Al día siguiente, _La Flor de Lis_ daría cuenta de ella, preparando de este modo el terreno para la declaración solemne que a los pocos días pensaba hacer en el Senado el excelentísimo Martínez... Mas todavía juzgaba este necesario, antes de dar aquel último paso, atar bien otro cabo importante: parecíale prudente tentar antes el vado en Palacio.
Currita ofreció al punto sus servicios; ella era dama de honor desde los tiempos de Isabel II, y al casarse el monarca, dos meses antes, habíase visto obligada la nueva reina a enviarle también su cruz de dama... Martínez meneó la gran cabezota; no era esto precisamente lo que él iba buscando, porque el explorador a que había echado el ojo, para que como heraldo suyo entrase en Palacio, era Jacobo; podía este como Grande de España...
La baronesa viuda de Platavieja le cortó la frase, entrando en la sala seguida de sus seis hijas, amables retoños que en unión de la madre formaban en cantidad y calidad la suma de los pecados capitales, nombre por el cual se las conocía en la corte... Madre e hijas venían también presurosas e indignadas a protestar delante de la _pobre Curra_, y la señora baronesa aseguro _coram populo_ que lo que había hecho la Villasis aquella noche era ni más ni menos que un timo...
--¡Un verdadero timo!--repitieron en coro las amables señoritas de Platavieja, rodeando al punto como enjambre de mariposas a los dos diputados, jóvenes y solteros, con la idea sin duda de pegarles alguno.
Imposible fue ya continuar la plática ante aquellos testigos, y la noche corrió lenta y aburrida, sin más incidentes. María Valdivieso, que andaba de monos con su prima, procuraba bostezar con fingido disimulo siempre que la miraba esta; la embajadora de Alemania cantó con notable falta de gracia una _balada_, que calificó la duquesa de _ladrido_, y a las doce y cuarto, cuando Pedro López, después de tomar el té y encerrar en sus bolsillos provisión de _sandwiches_ suficiente para toda la semana, comenzó a hacer el recuento para la crónica de salones que publicaba _La Flor de Lis_ todos los sábados, sus ojos atónitos pudieron tan sólo contar bajo los artesonados techos el número exiguo de catorce señoras: siete pertenecían a la familia de los pecados capitales y las otras siete podían repartirse entre la de los enemigos del alma: mundo, demonio y carne.
La marquesa de Villasis triunfaba en toda línea, y las _ciento veinte_ mujeres honradas que reunió aquella noche en su casa y siguió reuniendo todos los viernes vinieron a probar a los pesimistas lo que había dicho ella misma a la marquesa de Butrón en época no lejana:
--Madrid no es un lodazal...
Cierto que hay en él _algo que huele a podrido_ y esparce por todas partes su mal olor, a la manera que las emanaciones de una pequeña charca se extienden e inficcionan toda una hermosa campiña y tiñen la vegetación salubre con los mismos desconsoladores tintes de la enferma. Mas este algo podrido, esta charca hedionda, desbordada siempre por la desvergüenza propia y la cobardía ajena, mezclándose con el agua pura y comunicándole en apariencia sus impurezas, habíala ella estancado en casa de la Albornoz; y al quedar deslindados los campos, la lógica de los números metió la mano inexorable _dessus du panier_ del gran mundo y sacó tan sólo catorce mujeres perdidas, por ciento veinte mujeres honradas.
Un periódico regañón hizo, sin embargo, de las damas de aquel tiempo otra subdivisión distinta:
Bastantes buenas.
Pocas malas.
Muchas que, siendo de las primeras, se parecen a las segundas.
--V--
La noticia cayó como una bomba, y aunque muchos quisieron negarla frente a frente de la evidencia misma, estrellábanse sus negaciones contra un documento oficial, legítimo y auténtico, que había circulado el día anterior por todas las casas de la Grandeza. Era un oficio de la mayordomía mayor de su majestad, en que el jefe superior de Palacio decía letra por letra y punto por punto a todos los Grandes de España...: «Excelentísimo señor: Su majestad el rey don Alfonso XII (q. D. g.) se ha servido señalar la hora de las dos de la tarde del día 7 de febrero para la ceremonia de cubrirse ante su Real presencia los señores Grandes de España que al margen se expresan, etc., etc.». Y entre aquellos nombres al margen expresados, por riguroso orden de antigüedad inscritos, recordando todos ellos la grandeza de los caracteres, la firmeza de las virtudes, la nobleza de los pensamientos y el valor de las hazañas de que está llena nuestra historia, leíase con todas sus letras, puesto el segundo, el del excelentísimo señor don Jacobo Téllez-Ponce Melgarejo, marqués de Sabadell.
El caso era curioso, y los aficionados a investigar la razón íntima de los actos del prójimo, los inteligentes en escudriñar los puntos oscuros de los más sencillos eventos de las vidas ajenas, los más hábiles peritos en el arte sutilísimo de atar cabos con cabos, encontraron al punto empalmes subterráneos entre el oficio del jefe superior y el suelto que había publicado _La Flor de Lis_ algunos días antes. Según esta, susurrábase que cierto personaje de gran importancia, retirado algún tiempo de la política, volvía de nuevo a la arena del combate, seguido de _numerosa mesnada_ y enarbolando en su robusta mano, con honrada independencia, la bandera de Alfonso XII.
Una dama angelical, conocidísima en los altos círculos por su ingenio, su elegancia y su belleza, habíale arrancado, en un banquete, una confesión explícita, aunque no pública, de sus nuevas simpatías dinásticas... Un ramo de violetas había sido la ocasión, y un ángel fue el instrumento. ¡Feliz el atleta que entra en la nueva senda bajo tan poéticos auspicios!...
El suelto delataba por lo cursi la pluma de Pedro López, y el resto de la charada fue descifrada sin mas que una leve duda... En buena hora que Martínez fuese el atleta; ¿pero cómo diablos podía ser Currita el ángel de la adivina?... Uno descifró el enigma.
--De manera muy sencilla... También Lucifer lo fue.
Quedaron todos convencidos, y el Ministerio de Instrucción Pública, confiado a las lenguas murmuradoras, comenzó a analizar con investigadora atención el hecho de que se trataba...
Desde luego, saltó a la vista de todos una particularidad, por decirlo así, de índole doméstica: Jacobo era tan sólo marqués consorte, y veníanle sus derechos a la Grandeza exclusivamente por su mujer, de la cual estaba separado hacía doce años... Discutióse el punto, y quedó convenido, por unanimidad, que el hacer uso de este derecho era, por parte de Jacobo, una verdadera indecencia.
Una vez fallado este punto, pasóse a considerar los hilos diplomáticos que unían la charada de _La Flor de Lis_ con el oficio del jefe superior de Palacio...
Jacobo habíase afiliado después de la Restauración en la _mesnada_ revolucionaria capitaneada por el atleta Martínez, que tan sólo había reconocido hasta el presente al nuevo monarca en un banquete privado y bajo el símbolo de un ramo de violetas presentado por un ángel no inscrito en las jerarquías celestiales... El hecho, pues, de presentarse el marqués consorte en Palacio indicaba a las claras que _el buey Apis_, su jefe, daba otro paso adelante, enviando un fiel explorador a la fértil tierra de Mesopotamia...
El hecho resultaba evidente, y quedó también convenido que el caso, sin dejar de ser una indecencia, era al mismo tiempo un acto político: cosas ambas que, según dictamen de peritos, podían aunarse y darse las manos en amigable consorcio, como se las habían dado ya el atleta, el ángel y el ramo de violetas...
Otro tercer problema apareció al punto sobre el tapete, como consecuencia legítima del primero y secuela irremisible del segundo... ¿Quién sería el padrino que presentase al héroe en la corte?... ¿Quién tendría valor suficiente para apadrinar una indecencia y correr los futuros contingentes de un avance político?...
Era tradicional costumbre entre los Grandes que habían de cubrirse convidar, para ser apadrinados en la ceremonia, a aquel otro Grande ya cubierto que de cerca o de lejos fuese el jefe de la familia; y éralo de la de Sabadell el anciano duque de Ordaz, prototipo de honradez y de nobleza...
Los olfatos más diestros en aquello de seguir la pista a un enredo pusiéronse al punto en movimiento, y a poco quedó averiguado que Jacobo había tenido la desfachatez de convidar al viejo duque, y el noble anciano el decoro de negarle la demanda. La incógnita quedó, pues, sumida en el pozo del misterio, sin que lograsen sacarla a flote los retorcidos hilos de la conjetura; una esquelita litografiada, que vino, siguiendo paso a paso al oficio de Palacio, encargóse dos días después de tirar de la manta. Los curiosos batieron palmas:
¡Albricias, albricias! Padrino tenemos...
En la esquela decía: «El marqués de Villamelón y de Paracuéllar, conde de Albornoz y de Calatañazor, suplica a vuestra excelencia se sirva asistir a la ceremonia de cubrirse de Grande de España el excelentísimo señor don Jacobo Téllez-Ponce Melgarejo, marqués de Sabadell, de quien es padrino, para cuyo acto se ha servido su majestad señalar el día 7 de febrero de 1878, a las dos de la tarde, en su Real Cuarto».
El éxito sobrepujó a la expectación, y añadióse al caso, nemine discrepante, otro tercer carácter... Sin duda era una indecencia, de cierto era un acto político y de seguro prometía ser un sainete chistosísimo.
El día amaneció nublado, era el viento muy frío, y gruesos copos de nieve comenzaron a caer, entrada ya la tarde, cual espesa lluvia de jazmines. Un gran landó desembocó entonces como un rayo por la derecha del Real, describió un rápido semicírculo en torno de la plaza de Oriente y se detuvo frente a Palacio, en la puerta del Príncipe, de repente, en firme, con una de esas paradas maestras con que sólo la férrea mano de Tom Sickles sabía sujetar un tronco sin destrozarlo. Su cara de remolacha aparecía, en efecto, en lo alto del pescante, zambullida en enorme cuello de pieles, y su cabeza cuadrada quedó al descubierto cuando, saltando Fritz del asiento como empujado por un resorte, abrió la portezuela, tieso, acompasado y expedito, como verdadero lacayo elegante y correcto.
Asomóse entonces por la portezuela un sombrero de tres picos con plumas blancas erizadas, y luego un zapato de charol con hebilla de oro, y una pantorrilla bien rellena, calzada con media de seda blanca. Sonó después dentro del coche un ¡Berr! formidable, vehemente y angustioso, como el del que se arroja a un estanque de agua helada, y apareció al fin, uniendo aquellas extremidades, un magnífico abrigo de pieles de marta que envolvía al marqués de Villamelón, vestido de gran uniforme. Hubo un momento de pausa, en que Fernandito daba pataditas en el suelo, diciendo con gran impaciencia:--¡Vamos!...
Apareció entonces la formidable cabeza del _buey Apis_, y a poco, el excelentísimo Martínez de cuerpo entero estaba a su lado, envuelto en su levitón y con su inseparable garrote en la mano. Otra pequeñita, oculta bajo un guante oscuro, asomó entonces por la portezuela, posóse en la de Villamelón, y sin tocar casi en el estribo, viose saltar en tierra la elegante figura de la marquesa de Valdivieso.
Hubo una nueva pausa, hubo nuevas pataditas de Fernandito, repitiendo ¡vamos!, y apareció entonces, muy despacito, la roja cabecita de la Albornoz, engarzada en un sombrerito negro; recorrió con rápida mirada los varios coches detenidos a uno y otro lado de la puerta de Palacio, y bajó después lentamente, mirando siempre en torno suyo y diciendo al cabo muy disgustada:
--¡Pues no ha venido todavía!...
--¡Si no tiene formalidad ninguna!--replicó Villamelón muy impaciente--. Apuesto a que llega tarde. ¿Sabes?
Y como si el reloj de Palacio quisiera aumentar su zozobra, dio en aquel momento la una y tres cuartos. Villamelón ofreció el brazo a la Valdivieso para subir la gran escalera, y Currita subió detrás apoyada en el del _buey Apis_. Por el ramal opuesto subía al mismo tiempo un viejo gordo, con la barba blanca muy recortada, hablando vivamente con otro viejo flaquito, muy atildado y pulcro; el gordo vestía sencilla levita abrochada, y el flaco, uniforme de teniente general con sus accesorios de gala.
Al verles Currita, apretó vivamente el brazo del _buey Apis_, diciéndole muy por lo bajo:
--Mire usted quién va allí, Martínez... Gallego, el ministro de Gracia y Justicia... En cuanto le vea a usted se asusta... ¡Anda!..., ya nos mira... ¡Qué delicia!... De fijo que esta noche se declara en el gabinete la crisis...
La presencia del _buey Apis_ produjo, en efecto, honda impresión en el viejo gordo, designado por Currita como ministro de Gracia y Justicia; detúvose un instante sorprendido, llamó la atención de su compañero y dialogaron breve rato, él como extrañado y suspenso, el otro como asombrado de su extrañeza.