Peregrinación de Alpha : por las provincias del norte de la Nueva Granada, en 1850-51 · Unidad 31 de 51

Unidad de lectura 31

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Por este lado pasábamos ya la línea divisoria de Tunja y Tundama, marcada por el ramal de la cordillera en que tienen su asiento los páramos Las Cruces y Tibaná, sobre el magnífico divortio aquariim que caracteriza el territorio tunjano. Tundama es un territorio útil de 215 leguas cuadradas, contiene 43 pueblos cabeceras de distrito con 163.000 habitantes, de los cuales el mayor número es de blancos y bien conformados, y el resto de indios pacientes, vigorosos, en quienes la rutina parece hacer los oficios del alma, y la humildad ser el compendio de todas sus virtudes. La tierra fértil y apenas removida por un cultivo sin arte ni adelantamientos, devuelve con prodigalidad el grano que se le confía, y en la variedad de las temperaturas, que dentro de breve espacio recorren la escala termométrica de 0° a 24° del centígrado, afianza la riqueza y multiplicidad de sus productos, y establece la abundancia segura para todos sus moradores. Sus entrañas guardan ricas minas de carbón, hierro, plomo y azufre en toda la provincia; alumbre en los cantones Soatá y Cocuy: asfalto en Santa Rosa y Sogamoso; yeso en Sogamoso y Soatá; sal de Glauber en Sogamoso y Santa Rosa; alcohol (galena) y sal común en Cocuy, Soatá y talvez en Sogamoso; probablemente plata en Santa Rosa y Cocuy; oro, óxido de cromo, fosfato de hierro y cinabrio en Cocuy; cristal de roca (cuarzo y ^hialino puro) en el cerro de Tibe cerca de Santa Rosa; piedras de chispa casi por todas partes; y en una palabra, por dondequiera indicios de minerales preciosos que yacen escondidos bajo la serie visible de las capas que constituyen el terre-

no secundario, y aun algunas del de transición, manifiestas en las grandes quiebras y levantamientos lineales del suelo.

Luégo que nuestro régimen administrativo se reforme de manera que los gobernadores sean magistrados de origen popular, exclusivamente consagrados al cuidado y progreso de los intereses de su provincia, y no subalternos amovibles del poder ejecutivo, casi exclusivamente encargados de agenciar elecciones, la suerte de las provincias será muy otra de la que al presente soportan; y en particular Tundama gozará los beneficios de una trasformación económica, para la cual reúne cuantas circunstancias y elementos pudieran apetecerse. Caminos le faltan hoy para llevar los frutos fuéra de su territorio; pero le faltan, no porque la naturaleza se los haya negado de todo punto, sino porque los hombres no se han tomado el trabajo de buscarlos o de mejorarlos. Al norte de Santa Rosa va el camino que pasando por junto a los picachos piramidales de Ture sale a Charalá por Sincelada, trepando adrede las eminencias más peligrosas que pueden fácilmente desecharse, y quedaría trazado un buen camino de herradura, por el cual Tundama podria enviar al Socorro sus frutos de tierra fría y sus ganados, y para sus importaciones aprovecharse del nuevo camino de esta provincia que la enlaza por el Sogamoso al Magdalena. El cantón Cocuy, ceñido al este por las asperezas de la Sierra Nevada, parece condenado a no tener comunicación con los Llanos de Casanare; pero una exploración de las abras del norte no sería infructuosa: la anhelada comunicación quedaría establecida talvez más pronto de lo que se piensa, y los frutos copiosos del cantón hallarían salida y mercados, sin los cuales abruman al agricultor con su propia riqueza y le arruinan por el abatimiento de los precios. Finalmente, para la importación de ganados

casanareños, que engordados en los inmejorables potreros del cantón Sogamoso, formarían un ramo precioso de comercio interior, ha indicado la naturaleza la hoya del rio Saza,^cuyas cabeceras suben hasta la depresión de la cordillera en la cuchilla Cara de perro, y cuyo curso termina en el rio Mongua cerca del pueblo de este nombre; o bien las faldas por donde corren los riachuelos Boche y Chiniscúa de Socha en demanda de la misma cuchilla, desde la cual a Pisba el camino se halla trazado.

Mas todo esto encalla en el ánimo inerte de los unos, en la ignorancia presuntuosa de los otros, y en la humilde resignación de los restantes para vivir con el día, sin aspirar a mayor suma de goces, sin comprender la satisfacción de dar cima a las empresas que traen el pan, y el bienestar, y la civilización a millares de nuestros conciudadanos.

Los pontífices sucesores de Nenqueteba, por otro nombre Idacansas, padre y legislador de los chibchas, deseosos de que los jefes soberanos residentes al rededor del sagrado valle de Iraca (Sogamoso) no se hiciesen guerra, les persuadieron a que en asamblea de todos ellos levantaran por señor al más autorizado y le juraran obediencia, declarando hereditaria esta dignidad en los descendientes de las hermanas. Así lo hicieron, y resultó electo Hunzahúa, de quien tomó nombre la confederación, llamándose Hunza la capital.

Apellidáronle zaque, es decir, señor grande, lo mismo que significaba zippa entre los bogotanos; epítetos tan estimados, que los principales capitanes chibchas los usaban antepuestos o pospuestos a sus nombres, según se halló en los tunjanos Zaquenzippá y Lenguzaque, y en Zippaquirá y Gachencippá, jefes bogotanos.

«El valle de Hunza, hoy Tunja, dice Piedrahita, corre norte sur muy poco trecho y con menos travesía; es falto de agua y leña, y por causa de la elevación de la tierra muy frío y seco, y por los aires sutiles y nocivos que la bañan 'se padecen espasmos y desecación de cerebro, de que resulta estar muy sujetos a perder el juicio sus habitadores; pero como era este valle el centro de los estados de Hunzahúa, puso eu él su silla. Cíñenla dos colinas raras; una a la parte de oriente, donde habitan (*) los chíbateos, soracaes y otras parcialidades que se extienden hasta la cordillera que divide los llanos de San Juan, de lo que al presente se llama Nuevo Reino; y la otra al occidente, llamada por los españoles Loma de los ahorcados, a causa de haber hallado allí muchos justiciados de esta manera cuando entraron, la cual tiene a las espaldas un valle de tierras llanas y fértiles de carne y semillas, donde hay un gran lago (**) y en que habitan los cucaicas, soras. . . . etc.»

Día 20 de agosto de 1537 llegaron los españoles a los primeros burgos de Hunza y avistaron el cercado del zaque a tiempo que el sol eaminaba para su ocaso y su desmayada luz hería los edificios principales y los iluminaba con los resplandores de las láminas y piezas de oro que tenían pendientes, tan juntas, que rozándose unas con otras movidas por el viento, formaban la armonía más deleitosa para los invasores, quienes sin más esperar se entraron arrebatadamente por las calles de la ciudad con gran turbación de la muchedumbre de indios congregados junto al cercado, cuya grita y espanto fueron tales por razón de los caballos y fiereza dedos extranjeros, que confusos no combatían aunque se hallaban con las armas

(*) Escribía esto en 1656, recorriendo el territorio de Tunja y Tota.

(**) Hoy no existe el lago, desaguado por el cauce del río Chorrera, que precisamente en aquel paraje lo denominan Desaguadero.

en las manos. Quimuinchatecha, imposibilitado de salvar la persona por sus pies ni por los ajenos, á causa de su mucha corpulencia y edad de setenta años, mandó a sus guardias cerrasen las puertas del doble cercado que cenia las casas, y arrojasen ocultamente por encima unas petacas en que habia hecho recoger sus joyas y riquezas, y eran recibidas por los indios de afuera y traspuestas de unos en otros hasta donde no se habia tenido más noticia de ellas, sin advertirlo los españoles, por haber ocurrido todos juntos a ganar las puertas con el fin de hacerse dueños de lo interior, donde tenian noticias de que estaban los tesoros que buscaban. Llegados, el alférez Antón de Olalla rompió con la espada las cerraduras y abrió paso a Quesada, que desmontado y con guardia de infantes penetró hasta una sala grande, en lá cual le esperaba el zaque inmóvil y severo, sin dar muestra de sobresalto, sentado en una silla baja y rodeado de copioso número de cortesanos, todos con patenas de oro en el pecho, mediaslunas de lo mismo y rosas de plumas ceñidas por diademas, de manera que les recogían y sujetaban las cabelleras tendidas sobre la espalda y hombros, galas que no decían mal con las túnicas de lienzo de algodón caídas hasta las rodillas, y las mantas cuadradas pendientes del hombro derecho sobre el lado izquierdo, ostentando en ellas los dibujos y labores que indicaban el rango y nobleza de los que las llevaban.

Quesada sin vacilar se dirigió al soberano e intentó abrazarlo amorosamente; pero los uzaques lo retiraron poniéndole las manos en el pecho y con gritos manifestaron su indignación por semejante llaneza; el español gritó más, hablándoles del papa y del rey de España y haciéndoles protestas de los daños y violencias que sobrevinieran; alborotáronse todos; creció la gritería; el alférez Olalla y el capitán Cardoso, entrambos muy esforzados, pusieron manos sobre

Quimuinchatecha y lo aprisionaron; de que resultó trabarse un desordenado combate dentro y fuéra de las casas hasta que la oscuridad de la noche no permitió continuarlo, retrayéndose los indios harto escarmentados por los caballos y lanzas de Gonzalo Suárez Rondón. Puestas centinelas y guardias comenzaron los españoles el saqueo y devastación, no deiando casa ni templo que no despojaran, hasta reunir más de doscientas cargas de oro y esmeraldas; y como hallasen caída y olvidada fuéra del cercado una de las petacas que los indios sacaron, encontrando en ella ocho mil castellanos de oro y una urna del mismo metal que encerraba los huesos de un cadáver y pesó seis mil castellanos, comprendieron que la mayor parte de las riquezas las habían traspuesto; pero nada pudieron descubrir, aunque apremiaron con ruegos y amenazas a Quimuinchatecha, quien permaneció silencioso, menospreciando igualmente los halagos que los rigores.

Después de estos sucesos, y con la muerte subsiguiente del anciano príncipe, abatido por la pesadumbre de su deshonra, de hecho quedó disuelta la confederación de Hunzahúa, pues el último jefe quimuinzaque no sólo fue despojado de su capital el 6 de agosto de 1539 para fundar allí mismo la actual ciudad de Tunja, sino miserablemente asesinado por Hernán Pérez de Quesada con ios principales uzaques, a los cuatro años de un reinado aparente y oscuro. La multitud de indios que poblaban el territorio muchas leguas a la redonda de Tunja fue presa de los conquistadores, que bajo el título de encomiendas los redujeron a la esclavitud, sacándoles tributos arbitrarios en que hacían consistir la renta de sus casas. Al cebo de esta vida regalada y ociosa, cual convenía ee hidalgos españoles, acudieron los principales compañeros de Quesada, Fredemann y Benalcázar y se avecindaron en Tunja, labrando casas eos-

tosas, cuyas portadas sembraron de escudos de armas «para eternizar su fama en la posteridad», según cándidamente lo afirmaba Juan de Castellanos, primer cura y cronista de la encopetada ciudad; la cual, no obstante todo aquello, progresó tan poco, que ciento cincuenta años después de fundada no contaba más de 500 vecinos españoles; como si la sangre inocente de Quimuinzaque y sus deudos, regada en los recién abiertos cimientos de la villa española, hubiese traído sobre elia la esterilidad y sembrado el germen de su decadencia y ruina inevitables.

Vivió y creció Tunja nutrida con la sustancia de los indios, que rápidamente se fueron acabando, sucediéndoles en la idea de mantener la ciudad los numerosos conventos que se levantaron; enriquecidos por las donaciones llegadas de todas partes, los monopolios y sueldos de los empleados bajo el régimen colonial, y las pequeñas industrias desdeñadas por los hidalgos. De repente vino la revolución de 1810, que trajo por necesidad la República, y ésta un orden de cosas político y económico totalmente contrario al régimen antiguo. La existencia de una aristocracia española cimentada en la opresión y despojo de los indios se hizo imposible y quedó abolida; la existencia de los conventos continuó tolerada, mas no favorecida, por cuanto ellos fueron desde aquella fecha un anacronismo; la existencia de los monopolios cesó también. . . ¿Qué le ha quedado, pues, a Tunja, ciudad sin artes, sin agricultura, sin comercio propiamente dichos? ,

Yendo por el camino que traspone la colina del oriente y deja a mano derecha el pueblo de Chivatá y a la izquierda el de Soracá, se llega al punto en que desde lo alto se ve la ciudad, media legua distante, y en el promedio el valle margoso, árido y desgarrado, cual si acabara de ser lavado por torrentes impetuosos que lo hubiesen roto en grietas lleván-

dose la vegetación y el suelo cultivable. Arrimada a los cerros de occidente alza Tunja las torres de sus numerosos templos y los ennegrecidos tejados de sus casas. Contemporánea de Vélez, tercera de las ciudades castellanas fundadas en el país de los chibchas, los años han pasado silenciosos por encima de ella, han encontrado generaciones sucesivas en la misma inmovilidad de hábitos y costumbres y han añadido marcas de vejez sobre las marcas que pusieron los siglos ya olvidados, y que intactas atestiguan cómo los tiempos modernos no habían llevado por allí sys innovaciones. Tunja es para el granadino un objeto de respeto, monumento de la conquista y sus consecuencias, que es la edad media de nuestro país, y una especie de osario de las antiguas ideas de Castilla, esculpidas y conmemoradas en las lápidas de complicados blasones puestas sobre las portadas de las casas, o viviendo todavía dentro de los conventos, es decir, fuéra del siglo y extrañas a todo comercio humano, con el cual han cesado de armonizar; mansión de hidalgos a quienes la revolución republicana cogió de improviso, y lo aplaudieron sin echar de ver que les traía el final político de los privilegios y el término social de las ejecutorias.

El aspecto material de la ciudad es silencioso y húmedo; las calles torcidas, mal empedradas y por lo general cubiertas con la pequeña yerba que anuncia falta de tráfico y movimiento, como el no haber puentes ni camino bien transitable para entrar al poblado, indica la total ausencia de policía y buen gobierno. Las mujeres pobres visten saya y mantellina de bayeta oscura, llevan sombrero y andan embozadas, lo que les da el aire de frailes franciscanos; los artesanos y jornaleros no abandonan las pesadas ruanas que les embarazan los movimientos, ni han dejado aquel exterior abatido que en los tiempos coloniales revelaba el menosprecio en que eran tenidos.

En compensación, las gentes acomodadas demuestran gusto y aseo en el vestido y las habitaciones, particularmente las damas, que son bellas, agraciadas y de una elegancia señoril sin afectación ni quijotería, candorosas y en extremo sensibles para las afecciones domésticas.

Por los restos de la antigua riqueza conservados en las iglesias, se conoce que los tunjanos amaban las artes liberales y tenían tacto para juzgar y apreciar sus buenas obras. Lo primero que en esta materia repara el transeúnte es la portada de la iglesia mayor, exquisitamente labrada en piedra, hermosa y noble en el conjunto. Compónese de dos columnas istriadas con primorosos capiteles dóricos sustentando una cornisa de labor acabada, y flanqueadas por dos pilastras que terminan el revestimiento de piedras sillares y resguardan las inscripcionas latinas, casi indescifrables por las embrolladas abreviaturas del estilo pastrano en que fueron escritas: coronan la obra tres perfectas estatuas de mármol común oscuro, que en cierta manera templan con su severidad el lujo de tallados y altos relieves del resto ; flor espléndida que ha brotado en un viejo paredón rústico, parece esta portada sobrepuesta al muro de la fachada del templo, junto a la bárbara y pesada torre, no siendo menester traducir las inscripciones para comprender que aquella joya de arquitectura vino de países más cultos, puesto que no acertaron a rodearla de construcciones que armonizaran con ella, o la hubiesen dejado aislada, sin el ruin vecindario de masas de ladrillo toscas y desmañadas. En lo interior es la iglesia sólida, espaciosa y levantada en arquerías ojivales. Ocupa la testera un vasto altar mayor recargado de estatuas de estuco bastante buenas, especialmente las de los camarines laterales: en lo demás no hay una sola cosa de mérito, sino figurones' ridículos, o grupos tan absurdos co-

mo el de un altar en que un fiero y colosal soldado de Judea recibe directamente el incienso del sacerdote, mientras Jesucristo yace postrado y eclipsado a los pies de su verdugo; disparate repugnante y mentira de bulto, fabricada para perpetuar el odio a los judíos cuando el fanatismo^ la intolerancia eran las únicas virtudes que se pedían al pueblo.

Guarda el convento de. Santo Domingo dos prendas de que se envanece; la una es la estatua de uno de los judíos que hubieron de intervenir en la crucifixión, y la otra es la capilla del Rosario. Sobre la primera no me atrevo a decir cosa alguna, por cuanto pertenece al gremio de las reputaciones tradicionales en que todos se ponen de acuerdo por rutina o por bien parecer, y el que se atreviera a disentir, padecería bajo el poder de tánto amor propio lastimado como contra -él se levantaría para anonadarlo: acerca de la capilla diré que es una obra maestra, en cuya contemplación he pasado enteras las horas, admirando lo que pueden la fe y la devoción sincera, y la vida con que son capaces de animar la inerte materia. Como se entra en la iglesia y a mano izquierda, se hace un recodo de más de doce pasos de largo y seis de ancho, tan alto cual la nave lateral e iluminado en el fondo por dos ventanillas con vidrios de colores. Desde la raíz de las paredes hasta la cornisa del techo semicilindrico y cuajado de estrellas y arabescos de esmalte, se extienden tableros de madera esculpidos y dorados ricamente, los cuales sirven de marco a muchos cuadros representativos de la pasión del Salvador, tallados a medio relieve, pintados como los personajes y lugares lo requerían, según el gusto de la escuela florentina y observando las reglas de perspectiva; cuadros ejecutados con admirable paciencia y mucho esmero, lo mismo que el altar del frente, admirablemente cincelado y dorado. Lo demás de esta iglesia no merece mención.

Como en Tunja no hay cosas notables que ver sino las. iglesias, me hallaba en la de Santa Bárbara, examinando infructuosamente sus innumerables retablos, cuando se me acercó un sacerdote lleno de cortesanía, y adivinando mi propensión curiosa, o acaso conociéndome, ofreció mostrarme la imagen de la patrona que, salvo en las ocasiones solemnes, permanece invisible en su camarín detrás de un triple velo. Acepté con el agradecimiento que es de suponerse, y el sacerdote, cura de aquella parroquia, levantó los velos y me puso manifiesta' la santa.