Peregrinación de Alpha : por las provincias del norte de la Nueva Granada, en 1850-51 · Unidad 38 de 51
Unidad de lectura 38
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tertulia sentadas junto a la puerta y del lado de la calle. Cierra la noche tibia y perfumada por las brisas que vienen de los cacaotales y arboledas inmediatas, y resuena, ya cerca, ya lejos, el tiple de los trovadores ambulantes, que ora repiten versificando a porfía, ora cantan uniendo sus voces, frecuentemente bien timbradas, y encaminándolas a los oídos de alguna beldad más o menos difícil de las que pasearon la plaza del mercado. Endechas cantan a veces que pudieran andar en letra de molde, como las que recuerdo disfruté por equivocación a la mitad de una clara y silenciosa noche, pesándome no haber apuntado más que la estrofa siguiente, que servirá de muestra:
Déja, déja tus enojos,
Vuélve a la tu risa, Inés;
Que humilde pondré los ojos Donde tú pones los pies.
Sil sil sil. . .
Donde tú pones los pies Humilde pondré los ojos.
Esto entonado por tres voces muy acordes, sobre un andante de prolongadas notas y con acompañamiento feliz de guitarra y tiple; conjunto de armonías capaz de rendir, no digo los corazones de aquellas prójimas influidas directamente por el dios de los tabardillos, exento de nubes que amortigüen sus rayos, sino hasta de las que nacen y crecen para estar arropadas en bayeta bajo las heladas escarchas de Pamplona.
¡Notables contrastes! El pueblo llano de Piedecuesta es músico y poeta; y el pueblo encumbrado, antiguamente llamado clase alta, no es poeta ni müsi-
2.000 de cuba^ a 6 reales, y 10.000 de nacuma (jipijapa),, que unos con otros se apreciaron a 8 reales. Total, 104.000 reales o 13.000 pesos; producción que cada día se hace mayor y afianza el bienestar de las mujeres.
co: entre el pueblo llano hay tertulias y serenatas; entre las familias de rumbo, que por fortuna son pocas, faltan lo uno y lo otro con tal exceso, que viven aisladas, reducidas a fumar solas sus tabacos y entregadas a tristes rivalidades que les imposibilitan cualquier diversión, pues al punto que alguna se proyecta, comienzan a averiguar si se han convidado señoras de primera o de segunda, clasificándose así ellas mismas, como si fueran andullos de tabaco y resultando a la postre que no pueden reunirse o apenas se juntan por rareza en número suficiente para formar un baile vacío y glacial. ¡Miserias humanas, en que la vanidad se hace pagar con usura en aburrimiento y horas desabridas los mentidos triunfos que aconseja! Multitud de jóvenes amables y agraciadas que animarían un sarao, pasan los ratos de solaz guardadas en sus casas, o si salen van con acompañantes cual si formaran una tribu enemiga de la tribu de varones.
La cual tribu de varones sufre las consecuencias de esta separación canónica en los modales, que jamás se formarán sin el trato de la mujer, alma de la sociedad, y en las habitudes, que por precisión van torcidas. Por ejemplo, hay en la plaza y al pie de las rejas de la cárcel una gruesa viga tendida sobre apoyos de no importa qué, viga monumental, objeto de la predilección y entusiasmo de los señores notables, de Piedecuesta. Llámanla El Palo, y su historia y vicisitudes se conservan religiosamente en la memoria como tradición patriótica. Cuando cortaron esa viga para una fábrica, no imaginaba los honores y confidencias que la esperaban. Fue recibida en triunfo con música y cohetes, mejor que si se hubiera tratado de la instalación de una escuela de niñas, y colocada en el lugar que ocupa comenzó a sufrir el peso de una docena de concurrentes que sobre ella se sientan desde que declina el sol, sacan la mano derecha por la
abertura de la ruana, conservada como signo de progreso, apoyan la barba y se están callados hasta que alguien pasa en mal hora por enfrente.
— Bonita muía lleva don Casimiro, dice uno de los taciturnos.
—Sí, replica otro, pero tropieza de las manos.
—Y todavía la debe, añade un tercero desperezándose.
—¡Hombre! yo no sabía tánto; aunque es verdad que, según afirmaban esta mañana, Casimiro está para quebrar.
Y sigue la corredera por este orden, echando a la plaza cosas que si perjudican al pobre don Casimiro, de oficio comerciante, no hacen menores daños a los y las que le siguen en la despiadada revista.
¿Qué prueba esto? Que el hombre atareado, como lo son los de Piedecuesta, cuya laboriosidad es proverbial, necesita de algunos momentos de descanso, necesita del ajeno trato gpra trocar sus ideas con otro; y cuando falta la cordifl y cotidiana comunicación con la mitad civilizadora de la sociedad, hay que echar mano de cualquier pasatiempo, del billar, del Palo, de esas distracciones que paulatinamente van mermando las ideas y empobreciendo la inteligencia, en términos que al salir después para otros lugares menos ingratos nos asombramos de nuestro insensible, irreparable retroceso moral.
Piedecuesta, por la naturaleza de las cosas, debe subir mucho en la escala de nuestras ciudades cultas; y subirá pronto si los vecinos de ilustración con que ya cuenta, en vez de dejarse arrollar por la corriente de las costumbres añejas, tornan a pechos las reformas, borran las distinciones necias entre hijos de una madre común, fomentan la música y las buenas reuniones, y crean fervorosamente casas de educación, como lo ha querido la Cámara de provincia, puesto que nada significan en una población de casi 15.000
habitantes 87 niños y 14 niñas aprendiendo a ieer y escribir en siete pobres escuetas, únicas con que se honra ei distrito; ni ei naciente coiegio de Fioridabianca producirá ios frutos que de éi pueden esperarse, no obstante ios esfuerzos dei gobernador Marco A. Estrada, joven de raro patriotismo, si io dejan abandonado y no segundan mejor que hasta hoy su noble empeño por Ja educación púbiica.
La Mesa de Juan Rodríguez, punto cuiminante de ia serranía que ai oriente dei cantón Piedecuesta ie sirve de iímite con ei territorio de Pampiona, mide 3.050 metros de aitura sobre ei nivei dei mar, formando una cortadura batida por ios vientos heiados dei páramo de Tona, que ie demora iejos ai norte. Atraviésaia un camino fragoso y desamparado, ei más breve para ir de Piedecu^ta a Pampiona, pero ei más soiitario de todos durante ias 19 ieguas que hay desde aquella ciudad hasta Mutiscua. Era el mes de febrero cuando, andadas cuatro leguas y media, llegámos a la cima de la mesa. Por el lado del nordeste se hunden los quebrantados estratos de la serranía decreciente hacia Vallegrande, lleno entonces de remolinos de niebla que ora subían, ora se precipitaban a impulso del viento sobre la región inferior, ofreciendo la imagen del infinito tumultuoso y oscuro, como talvez la presentaba el .caos en el principio de los tiempos al agitarlo el Espíritu creador. Por el lado del norte nos muraba el espacio la mole de rocas que van a rodear el próximo páramo de Riofrío; al sur teníamos las húmedas crestas del de Las Ollas; al oriente dominábamos por largo trecho los innumerables cerros que bajan escalonados y revueltos hasta Piedecuesta, ocultando en sus profundos repliegues las corrientes presurosas de los ríos Hato y del Oro, cu-
yas cabeceras estaban a nuestros pies; y más abajo comenzaba, recostado contra la serranía y extendiéndose hasta perderse en el horizonte, un mar de nubes densas, erizado de picachos sobre los cuales se reflejaban los rayos del sol, esplendente para nosotros, velado para los moradores de la remota planicie cobijada por aquel océano de vapores inmóviles. En el centro de este hermoso panorama, cual un tímido ensayo de la dominación del hombre, se alza un rancho denegrido por el humo y colmado de animales, muchachos mal traídos y ruinas de trastos que en absoluto desorden representaban el menaje. El intenso frío, y sobre todo la disposición de la casa, quitan cualquiera idea de permanecer o alojarse allí, por lo cual retrocedimos sin detención a Piedecuesta. Conforme descendíamos se nos acercaba el velo de nubes interpuesto entre los valles y los páramos; pronto nos sumergimos en él y nos hallámos rodeados de niebla tranquilamente apoyada en el bosque, de cuyo seno brotaban mil aromas acaso excitados por el contacto de tas nubes que lo bañaban con una tenue llovizna.
Al cabo del rato dejamos el toldo nebuloso, rasgado en algunas partes por la luz del sol que en rayos divergentes caía sobre las tierras bajas todavía distantes, pero visibles por entero desde las cumbres azules de Guadalupe en que parece respaldarse la mesa de Jerira, hasta las sombrías montañas de Rionegro, Piedecuesta, Florida, Bucaramanga y Girón, con sus campos labrados, sus plantaciones de cacao sombreadas por altivos caracolíes, sus colinas y llanuras, sus calles alineadas, y las torres de sus templos, que se ven sobre la planicie como los relieves de un tablero ricamente matizado; la imaginación traza los caminos rectos y aplanados que los venideros abrirán de unos a otros lugares, anulando las cortas distancias que los separan, y se anti-
Manuel Áncízaf.
cipan los dichosos días en que los celos lugareños queden ahogados bajo la abundante riqueza desarrollada en esta comarca privilegiada para la agricultura, la minería, las manufacturas valiosas y el activo comercio a que la convidan la facilidad de tener buenos caminos y la vecindad de ríos navegables, principalmente la del benéfico Magdalena.
El poderoso ramal de la cordillera, cuyo eje pasa por Juan Rodríguez manteniéndose en la dirección general sur-norte hasta subdividirse allá en territorio de Ocaña, presenta sus cumbres coronadas por rocas de sedimento calizo, homogéneas en cuanto su naturaleza lo permite, pero dislocada e interrumpida frecuentemente la concordancia de estratificación. Reposan sobre bancos de margas muy abundantes en granos de cuarzo micáceo, y accidentalmente sobre estratos de pudingas anagénicas, como se ven al comenzar la bajada de la mesa de jerira, y a igual elevación en la del mencionado ramal. El núcleo de éste se compone de blenda y sienita granítica, según lo démuestra el interior de los socavones en las minas de oro de La Baja y Vetas. A expensas del ramal, atormentado en edades remotas con el choque de grandes aguas, se ha formado el valle tendido por espacio de cuatro leguas en la dirección sudeste-noroeste desde el Río del Oro hasta el de Suratá; valle diluviano compuesto de enormes lechos de cantos rodados y de arenas que lavadas producen abundantes granos de oro de 23 quilates. Los principales lavaderos están al rededor de Bucaramanga y Girón, de donde en 1850 sacaron 250 libras de a 100 castellanos, con el costo de 3 reales castellano, vendido después a 22 realos, lo que representa un producto de 68.750 pesos, y la ganancia neta de 59.375 pesos para los empresarios; resultados que podrían ser mucho mayores con sólo aumentar las corrientes de agua para los lavaderos,
hoy mezquinas por extremo, llevando acequias de cualquiera de los rios vecinos, cuyos origenes dominan completamente el valle. La sabana propiamente aurifera mide cerca de tres leguas cuadradas, y la tradición, de acuerdo con las crónicas antiguas de Pamplona, fija el origen de las mantas de oro en los criaderos del páramo Rico situado entre Tona y Vetas, distritos del cantón Bucaramanga, sobre el cual vierte aquel páramo la mitad de las aguas recogidas en sus cumbres y bosques.
La invasión de Pedro de Ursúa en el territorio de los chitareros el año de 1548 para fundar a Pamplona, llegó hasta Suratá, 8 leguas ál norte de Bucaramanga, arrollando hacia las serranías los muchos pero tímidos indios que ocupaban aquellos territorios. Talvez a estos fugitivos se deben los rastros de población visibles todavía en las cabeceras del río del Hato, entre tos páramos de Juan Rodríguez y Riofrío. Las vertientes rápidas del estribo medianero contienen algunos escalones artificiales, labrados de propósito para formar el asiento de habitaciones, descubiertos recientemente al descuajar los interminables bosques que hoy cubren lo alto del gran ramal y de todos sus apéndices. A los escalones llaman ahora Las Antiguas, y en ellos sitúan sus casas los modernos agricultores, quienes han encontrado allí fragmentos de loza vidriada y sepulcros en forma de pozos tapados con greda, hallándose en el fondo y entre lajas dispuestas a manera de urna los esqueletos humanos. Reparando con atención los bosques vecinos se nota su crecimiento moderno; pues ni contienen ruinas de grandes vegetales como las selvas del Magdalena, ni el espesor del mantillo pasa de media vara; circunstancias que parecen confirmar las relaciones que los cronistas nos han dejado acerca de las tribus y naciones halladas en estos lugares por los conquistadores, sin duda
362 Manuel Ancizar.
bien numerosas puesto que en las serranías permanecen las evidentes señales de la industria y morada de los hombres, donde hoy es soledad y selvas aún no tocadas. Corona la cumbre del mencionado estribo una laguna de márgenes pantanosas, que lleva el misterioso nombre de La Encantada; y en verdad que lo desamparado del lugar, el silencio y lobreguez de los montuosos páramos, y el gemir de los vientos cortados por los ángulos de las rocas, justifican en cierta manera la especie de pavor que debió sentir el primero que llegó hasta las dormidas ondas de la ignorada laguna. Vive por allí cerca un anciano que há empleado sus floridos años en abatir los árboles y labrar la tierra, pero a quien la ruin codicia de un gamonal, usurpador de baldíos, ha ido despojando de sus conucos y arrojándolo cada vez más y más hacia la cumbre de la serranía, prevalido de la sencillez y desvalimiento del pobre labriego. En el rancho de este buen hombre estuvo alojado nuestro compañero el botánico, y con ocasión de haber ido a explorar los alrededores del páramo.
— ¿Qué motivo han tenido, preguntó el viejo, para llamar encantada esta inofensiva laguna?
— Cosas de la gente, señor. Unos dicen que por razón de ser el preferido baño de la Mancarita, pero yo no creo en eso; otros que por los animales muy extraños que andan en estos montes.
— No hay paraje solitario y montuoso en que no supongan la presencia de vivientes sobrenaturales. Ha nombrado usted uno de ellos, mencionado por todos los campesinos de las serranías. ¿Qué es la Mancarita?
— Dicen que es un salvaje que imita la voz del hombre, los gritos de la mujer y el llanto de los niños para engañar y atraer a la gente y llevársela donde nadie puede saberlo, porque regularmente anda de noche y en la espesura de los bosques; pero yo
he vivido en estos, montes desde mozo y los he trajinado mucho sin haberme topado nunca con la tal Mancarita, ni haber oído sus voces; así es que no creo en ella y me río de los que afirman que sale a bañarse en esta laguna.
—Estamos de acuerdo, pero todavía deseo saber qué animales desconocidos ha visto usted por aquí.
— En primer lugar, señor, yo he caminado varias veces por estas soledades, y de repente los perros se han puesto a ladrar corriendo para la laguna. Los he seguido y he visto que perseguían unos animales largos como zorro, muy ligeros, que al llegar a los pantanos se consumen dejando a los perros alelados sin hallar rastro. Otro dia vi en el monte pisadas de animal de cuatro patas, marcando tres grandes dedos a pasos muy apartados, que manifiestan mucha corpulencia. No me atreví . a seguir la huella y van dos ocasiones que me sucede; por lo que digo que son cosas de encantamiento que andan en esta laguna.
Tales fueron, textualmente conservadas, las explicaciones del viejo de la montaña, como lo llamaba nuestro compañero. La fábula de Mancarita es corriente y general en estas provincias, y la imaginación de los campesinos se complace en adornarla con anécdotas terribles, que la tradición les ha trasmitido bajo fianzas y testimonios aceptados como incuestionablemente verídicos entre los crédulos monteadores. Lo de las grandes huellas no es noticia exclusiva de los páramos pamploneses; afirmase que en la sierra de Coconuco, provincia de Popayán, suele aparecer la impresión de patas redondas colosales, viéndose tronchadas la ramas de los árboles a cinco varas de altura en la línea de las huellas. Cuando se nos relatan estas cosas, lo primero que nos ocurre decir es: «Son cuentos!» pero al considerar después cuán vastas son las soledades aún no exploradas que rodean la pequeña parte que del territorio granadino
tiene ocupada nuestra naciente civilización, suspendemos aquel fallo presuntuoso y dudamos; porque nadie puede asegurar a ciencia cierta que en las dilatadas selvas, de las cuales apenas descubrimos el principio de las innumerables copas de árboles vistas desde algún empinado cerro, no estén refugiados animales todavía desconocidos, que huyen lejos del ruido del hombre, dejando en su fuga esas huellas ante las cuales el montero supersticioso detiene absorto sus pasos.
¡Cuatro escasas leguas al norte de Piedecuesta queda Bucaramanga, pasándose por Florida, pueblo pequeño fundado a la sombra de árboles corpulentos, refrescado por multitud de arroyuelos y embellecido con la próxima corriente del cristalino Riofrío, en cuyas márgenes se respira un ambiente embalsamado por la rica vegetación que las ameniza. En 1778 comenzó a figurar Bucaramanga como parroquia; veintitrés años antes era un sitio miserable compuesto de cuatro ranchos de indios al rededor de una laguna, cuya cuenca existe sembrada de guinea; hoy es una hermosa villa con más de 600 casas, 2 iglesias y 4.200 moradores, contándose 11.300 en el corto radio del distrito. Ningún elogio sería excesivo al hablar del aseo de las calles y casas, no por esfuerzos de la policía oficial, sino por virtud de los naturales, en quienes la limpieza de los trajes compite con el despejo y vivacidad de las personas. A 930 metros de altura sobre el nivel del mar queda el asiento de esta villa en un llano seco, desprovisto de aguas corrientes, por absorberlas todas el terreno poroso, descansando inmediatamente sobre las capas de piedras rodadas y arenas auríferas que forman el valle. El termómetro centígrado marca 24° en su mínimum, subiendo hasta 26° a la mitad de los días más calurosos; la oscilación del barómetro no llega a un milímetro en sus marcas periódicas; bien que de este hecho nada puede
concluirse respecto a las variaciones higrométricas de la atñiósfera, ante las cuales permanece impasible el barómetro en la zona intertropical, como ya lo habla notado un observador inteligente y laborioso (*). La mayoría de la población es blanca, y el resto, de la raza africana más o menos cruzada con la europea y la indica, ya extinguida por allí; gentes de inmejorable carácter, laboriosas y de una sencillez tal, que frecuentemente ha sido explotada por charlatanes apareciddos bajo títulos pomposos de aquellos que acostumbran tomar los que pertenecen al gremio infinito llamado en otros paises «caballeros de industria».