Peregrinación de Alpha : por las provincias del norte de la Nueva Granada, en 1850-51 · Unidad 40 de 51

Unidad de lectura 40

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que presenta este desdichado pueblo, tan opuesto al de los lugares agrícolas, en que moran la sobriedad, la quietud y la inocencia, compañeras del sencillo estanciero. Detestadas sean las riquezas que asi corrompen, y pluguiese a Dios que las entrañas de los cerros negaran el lucro adquirido en las tinieblas, para que el hombre buscase las comodidades de la vida labrando los campos en presencia del cielo, purificándose al respirar el ambiente de la mañana, y acordándose de su Creador, en las solemnes horas del anochecer!

Las minas de La Baja tuvieron su época floreciente bajo el dominio español, ejecutándose en ellas grandes trabajos dé los cuales todavía se conservan restos, y mereciendo especiales providencias de fomento dictadas por el virrey Caballero, a mediados del siglo pasado. Dejáronlas cegar después, pero la fama de los tesoros e.xtraídos de un socavón llamado Piedegallo, atrajo en tiempo de Colombia una compañía inglesa que tomó a su cargo labrarlas de nuevo. Consumió pródigamente muchos millares de pesos en gastos desordenados y aun ridículos, como fueron la remesa de carniceros con gran sueldo y de cargamentos de cabos de madera para las palas y azadones, finalizando por abandonar la empresa en manos de otros especuladores que llevaron las cosas al extremo contrario. Las máquinas se abandonaron a la intemperie; los trabajos siguieron flojamente y al acaso; dejóse de remunerar con puntualidad a los peo-

nes, y éstos se desquitaron robando los filones y nidos de oro, uno de los cuales, recientemente descubierto, se cree que contenia $ 25.000 de mineral puro. La empresa, pues, desfallece y amenaza ruina en fuerza de su desgobierno, y la nulidad en que ha caído no la deja figurar entre los establecimientos productivos. Otro tanto sucede con ei asiento de Vetas, puesto a tres leguas al sudeste de La Baja, en un escalón reducido que hace la vertiente occidental del páramo Santurbán, helado por las escarchas de éste y por un frío de 12° centígrados que le proporciona su situación a 3.378 metros sobre el nivel del mar. Doce ranchos pajizos en torno de una mala iglesia y 616 habitantes en el pueblo y campos inmediatos dan idea de lo que será esta dependencia minera de La Baja.

Retrocedimos a Suratá y seguimos al norte atravesando el río Peralonso para continuar en demanda de la fundación de Cachiri por la vertiente oriental del paramillo de Botijas, largo estribo arrojado hacia atrás por el ramal de Santurbán, que se prolonga de sur a norte sin cambiar de rumbo hasta empatarse con la serranía de Las Jurisdicciones, antes de la cual forma el temido páramo de Cachiri. Comienzan por este lado los bosques de robles, derechos los troncos y limpios como pilares, sosteniendo una bóveda verde oscura que sombrea el suelo alfombrado de hojas secas, sin matorrales que impidan verlo con todas las sinuosidades de las colinas y laderas; bellos árboles que alcanzan su completo desarrollo desde que arraigan a 2.000 metros de altura sobre el mar, y tornan a perderlo cuando llegan a la región de los páramos. El país, cubierto de esquistos arcillosos-talcosos que asoman francamente en las eminencias, dejando ver en las profundidades capas de micaesquisto metamórfico subyacente, ofrece una muestra clara del terreno de transición, primera y única

que se me presentó de esta manera en nuestra excursión por las provincias del norte; de ahi en adelante desaparece bajo los estratos de calizas y areniscas pertenecientes a la formación carbonífera manifiesta en las serranías de Escatalá y Santiago; la frondosidad de la vegetación aumenta, y al mismo tiempo—los torrentes de aguas cristalinas que alegran y fertilizan la tierra; nacen los pastos nutritivos al abatir el bosque, y dondequiera que el agricultor hinca el arado, halla remunerado su trabajo con abundantes cosechas.

Traspuesto el paramillo de Botija descendimos a las pedregosas riberas del Cachiri, pasado el cual se encuentra la casa de la fundación asi llamada. Treinta y cuatro años antes, por el mes de febrero, fueron los a'lrededores de aquella casa teatro de adversidades para los granadinos republicanos. El coronel español Calzada, que desde su salida de Barinas, en octubre de 1815, había sufrido recios contratiempos durante una marcha de dos meses por los Llanos de Casanare y al través de los Andes hasta llegar a Pamplona, logró rehacerse en esta ciudad y organizar un cuerpo de 2.200 hombres, con los cuales emprendió marcha sobre Ocaña, pasando el páramo Santurbán para caer a Suratá. Los republicanos, en número de 2.500 reclutas, que no tuvieron tiempo de disciplinar en Piedecuesta el general Rovira y el coronel Santander, que los mandaban, se dirigieron al encuentro de los realistas con la esperanzando desbaratarlos antes de que fueran auxiliados por los expedicionarios españoles, dueños del Magdalena y la Costa. No esperó Calzada el ataque, sino que levantando el campo atravesó el páramo de Cachiri y se situó en Ramirez. El jefe granadino, desvanecido con la derrota de un cuerpo de observación que ei enemigo habia dejado en el páramo, debilitó sus fuerzas enviando destacamentos a Pamplona y Cúcuta, en tér-

minos de quedarse con poco más de mil hombres, cuando las de su contrario acababan de recibir considerable aumento; contramarcharon éstas, y sorprendiendo a Rovira en las casas de Cachiri, donde vanamente intentó defenderse apoyado en el cerro de Botija, lo derrotaron tan de veras, que apenas treinta hombres reunidos llegaron prófugos a Matanza. «Las consecuencias de la pérdida de esta batalla fueron funestísimas para la Nueva Granada. Hasta Santafé no había tropas algunas, y en esta capital sólo existían pequeños cuerpos. Tampoco tenia el gobierno fusiles con qué poder armar nuevos soldádos. Esto, añadido a la profunda impresión que hizo en las provincias unidas la toma de Cartagena, que se había sabido con certeza poco antes de aquella época, llenó de consternación a los republicanos, que ya no veían esperanza de resistir a los españoles, o de salvarse por la fuga de su bárbaro furor» (*).

Ahora reinaban el silencio y la paz en aquellos lugares, y al abrigo de la casa, llena de fardos y frutos que varios trajineros conducían a las provincias del interior, oíamos de boca del canoso dueño la relación de esta catástrofe, presenciada por él, la dispersión desastrosa y el encarnizamiento con que fueron perseguidos y alanceados los infelices fugitivos. La tierra granadina recibió con gratitud la sangre de estos sus buenos hijos; desde entonces se hizo imposible que la tiranía la hollase por largo tiempo.

En la casa de Cachiri se apartan tres caminos: uno se dirige a las riberas del río Escatalá para continuar en busca de sus cabeceras, costeando las vertientes occidentales del páramo, cuyos estribos fragosos corta sucesivamente; otro se abre a mano izquierda y conduce al sitio de Vagaloma para quebrar de repen-

(*) José Manuel Restrepo. Historia de la revolución de la Nueva Granada,

te al sur, hasta Rionegro y Bucaramanga, por cerros, soledades y asperezas continuas; el tercero toma la mano derecha, trepa el páramo de Cachiri, siguiéndolo por espacio de cinco leguas, y se une al primero cerca del sitio llamado Carrera, camino desierto, enfadoso, batido por ventarrones glaciales que en la estación de las lluvias son insoportables, peligrando la vida de los transeúntes y de las recuas. Elegimos el de Escatalá para determinar la hoya de este rio, y desde luego comenzamos a subir y bajar por cuestas rápidas los altos estribos cubiertos de robles majestuosos, claros debajo, entrelazados encima, resonantes con el eco de nuestras voces, el ruido multiplicado de los torrentes y los confusos trinos de innumerables pájaros nunca espantados por el cazador. Tan lenta -hubo de ser nuestra marcha, sin poderlo remediar, que al declinar el sol no teníamos andadas más de tres leguas. La tarde nos sorprendió junto a un ranchito a cuya puerta estaba sentada una mujer en afanosa conversación, con el más pequeño de sus hijos acostado en el regazo, en tanto que los dos mayores corrían por el césped alborotados reprendiendo a un marrano que les había hurtado la mazorca de maíz, destinada talvez a su merienda, y brincaba burlándolos con la presa en el hocico. Nuestra llegada -perturbó aquella escena de paz doméstica; el marrano huyó a gozar el disputado botín; los chicos se ampararon de la madre, los ojos dilatados, el pecho jadeante y las bocas entreabiertas con la expresión de la risa paralizada al punto que nos vieron aparecer en medio de sus juegos. Gasa, fogón y agua de la fuente era todo lo que la mujer podía proporcionarnos, ofrecido con la mejor voluntad del mundo y repetidos perdones que nos pedía por no tener más que dar. Su buen corazón no se acordaba de la propia estrechez de recursos sino cuando le impedía obsequiarnos, no con lá mira de recibir paga, pues la rechazaba, sino por

el placer de la hospitalidad, virtud tan arraigada en los estancieros pobres, como vacilante o anulada en los gamonales y aristócratas de rnonterllla.

La falta de pasto para las bestias y aposento para nosotros nos compelió a caminar media legua más adelante hasta la cumbre que llaman Yarumal, donde a 2.533 metros de altura hay una sabaneta resguardada en torno por el monte. Allí determinámos sentar nuestros reales y pasar la noche. Cortámos varas y hojas de palmiche, con las cuales fabricámos una barraca para guardar los instrumentos y libros. Después cada cual se proporcionó dos horquetas peqúeñas, que clavadas a corta distancia recibieron una vara, sobre la cual se tendió el caucho de modo que cubriera el espacio de suelo indispensable para cama del propietario, terminando con esto la'construcción de las casas, que a decir verdad nos inspiraban mezquina confianza, pues el inmediato ' páramo enviaba ráfagas de viento alarmantes que amenazaban llevarse los techos. Una magnífica hoguera templaba el frío de 10° con que vino la noche, y los sordos truenos retumbando al occidente en la inconmensurable profundidad de la hoya del Magdalena, nos advertían que nos hallábamos sobre la región de las tempestades, pero también cercanos a la de los hielos y huracanes engendrados en la cima de los Andes. Las nubes pasaban rápidas velándonos las estrellas, cuyo brillo esplendente solía llegarnos por las momentáneas roturas del importuno velo; todo callaba, excepto las chicharras del monte y el follaje de los árboles sacudidos a intervalos; y tal es la majestad del silencio en estas serranías agrestes cuando la noche las sumerge en su densa oscuridad, que la voz del hombre se deprime hasta el tono bajo al conversar, cual si por instinto se respetara el solemne reposo de la naturaleza. La hora del sueño nos encontró sentados sobre el césped ata rojiza luz de

la hoguera y hablando de nuestra virgen América, tan sola hoy, tan bella, cuya grandeza futura bosqueja la imaginación sin hallarle límites.

Cuatro leguas se anduvieron al día siguiente para llegar al sitio de La Carrera, siempre por la sombra de bosques en que abundan los heléchos arbóreos y las orquídeas de extrañas y perfumadas flores. Otro día de marcha nos llevó a la hdcienda de Ramírez, fin de! territorio de Soto y principio del de Ocaña, desde la inmediata cumbre' de Jurisdicciones. Dionos hospedaje franco el dueño de la hacienda, señor Ignacio Gutiérrez, anciano de setenta y dos años, que la fundó y la vivía con su respetable compañera. Ocupan las casas los tres lados de un cuadrilongo; a la derecha, la espaciosa cocina y cuartos para las herramientas y peones que son tratados patriarcalmente como miembros de la familia; a la izquierda, la bien provista pero poco variada despensa, y los almacenes de granos; al frente, el cuerpo principal resguardado por largos corredores, y compuesto de sala y dormitorio nada más, grandes cual naves de iglesia. La sala recibe luz y buen golpe de viento por dos puertas fronteras, y en ella, recostado a la pared, campea del suelo al techo un labrado altar de la Dolorosa, cuajado de claveles blancos y rojos, con florones de relumbrante mica; varios cueros sin curtir y montones de maíz completaban el ajuar. El del dormitorio nunca lo vi, pues la noche la pasámos en la sala, tendidos sobre el santo suelo a presencia de la Dolorosa, que hubo de dispensarnos esta llaneza. Diez y seis años de recio trabajo personal había empleado el señor Gutiérrez en descuajar extensos bosques y fundar aquella excelente hacienda poblada de ganado mayor. Hombre todo de fibras y huesos, se mantenía derecho a pesar del tiempo, y conservaba todavía el pobre y derrotado traje de peón con que arribó a la soledad de los montes domados por el

constante trabajo. Dotólo Dios de claro entendimiento para no envanecerse con su actual riqueza, ni olvidar la honrada humildad de su condición anterior; y esta misma filosofía genial le acompañaba en sus juicios sobre el mundo y los acontecimientos, mirándolos bajo su aspecto positivo. Me habló con interés de la reciente provincia de Ocaña, que íbamos a visitar, y recuerdo que resumió sus observaciones en una comparación no muy distante de la verdad; «Ocaña, dijo, se me parece a un matrimonio de gente moza que ha gastado en muebles de lujo su corto haber, y sigue contrayendo empeños para sostener el aparato, quedándose vacía la despensa; digo esto, porque veo mucho tren de empleados, mucha contribución apurada, y ningunos caminos, que son la despensa de los pueblos. Ellos aprenderán, añadió, porque no hay_ mejor escuela que la de un hombre pobre gobernándose a sí mismo».

Tiene la provincia de Soto una área de 249 leguas cuadradas, de ellas 1 13 desiertas. Los ríos Sogamoso y Lebrija le dan fácil acceso al Magdalena, contra el cual se recuestan 64 leguas cuadradas de tierras inmejorables para cría de ganados y plantaciones de café, caña, cacao y añil, pero aún no desmontadas ni utilizadas. El oro, los sombreros jipijapa, el tabaco y el cacao, que reunidos forman un valor primitivo de 365.000 pesos en la-producción anual, son la riqueza exportable de la provincia y la medida de sus cambios con el extranjero. Como se ve, la agricultura no concurre sino con dos ramos, podiendo suministrar cinco muy valiosos en el comercio exterior; ella está en la infancia, lo mismo que la minería, cuyos rendimientos en el valle aurífero de Bucaramanga y Girón serían centuplicados si surtieran de abundante agua los lavaderos, lo que obtendrían con menos de 30.000 pesos de gastos; no hay espíritu de asociación entre los empresarios, y esto

los anula. En las 136 leguas de territorio ocupado viven 54.758 individuos, resultando 402 habitantes por legua cuadrada, o bien, 220 respecto del territorio total; relación que manifiesta la causa de hallarse todavía en embrión la agricultura, y aún por nacer las artes que de ella se derivan; pero también se infiere a priori que los medios de existencia deben superabundar. Si para comprobar esto consultamos las tablas del movimiento de población en 1850, hallamos que en efecto las supervivencias excedieron a las defunciones en 957 individuos. Nacieron 1.774, es decir, uno por cada 30,8; fallecieron 817, o sea uno por cada 17 habitantes; de manera que la mortalidad está con la fecundidad en la relación de 1 a 2,5, duplicándose los casos favorables al aumento de la población. Que será rápido lo demuestra un solo hecho, y es que la relación entre nacidos y muertos varió en el espacio de un año, aumentando los primeros y disminuyendo los segundos (*), resultado de la mayor suma de comodidades que el transcurso del tiempo acumula dia por día en la provincia.

Hay en ella 11.900 niños en edad de asistir a la escuela, y reciben este beneficio 525, permaneciendo en absoluta ignorancia 11.375. ¡Sólo 42 niñas se educan, y hay 5.766 desde siete hasta catorce años!

La pluma se resiste a continuar este análisis des consolador. Hé aquí los frutos de veinte años de centralismo en un solo ramo, y el que parecía menos descuidado de la administración pública. Sin embargo, esperemos. Las ideas marchan, los pueblos se agitan y piden ya la gestión de sus propios negocios; las viejas barreras crujen por todas partes, y caerán; esperemos!

(*) En 1851 nacienon 1.996, y murieron 794, quedando un residuo favorable de 1.202, la mayor parte varones. La población aumentó en razón de 1 por cada 43, o sea el 2,37 por 100.