Peregrinación de Alpha : por las provincias del norte de la Nueva Granada, en 1850-51 · Unidad 42 de 51
Unidad de lectura 42
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minada por dentro, acompañándola multitud de faroles, también de papel, levantados al extremo de varas que concluían abajo con un muchacho muy serio, pero marchando a discreción, de donde resultaba el inquieto subir y bajar de las luces enteramente satisfactorio para los portadores. Detrás seguía un andamio grande con la estatua del Nazareno agobiada bajo el peso de la cruz, cuyo extremo parecía sostener un Cirineo de fisonomía honrada, bien que raquítico y sobrado enclenque para el oficio; dos fieros judiazos, con largos bigotes, gorros griegos, levitas de género rayado, pantalón de manta y botas modernas, ocupaban la testera del andamio en actitud de hablar al pueblo, gesticulando como no lo usaban los romanos; después de esto, un par de clarinetes y un par de cantores anexos. A poco rato se manifestaron por el extremo contrario de la calle otra cruz y faroles de papel como los anteriores, y llevada en andas una bella estatua de la Dolorosa, ricamente vestida, sentada al pie de la cruz y contemplando con angustioso rostro los instrumentos-de la crucifixión; imagen expresiva, noble y apropiada para representar el inmenso dolor de una Madre que ha presenciado las torturas expiatorias del Hijo. Pero como es cosa cierta que todo símbolo espiritual, todo pensamiento elevado se pierde y degenera bajo el influjo de un culto materialista, sucedió que junto a la hermosa imagen acertaron a poner dos figurillas de mujeres labradas en ángulos agudos, frías y distraídas, sin embargo de que tenían delante a san Juan, que casi les metía las manos en la cara, amostazado sin duda por su culpable indiferencia, de lo cual no se mostraban ellas sabedoras ni entendidas; una música fúnebre y funesta cerraba la marcha. Encontráronse las dos procesiones frente a la capilla de Torcoroma, y pararon haciéndose reverencia las cruces de papel, exactamente lo mismo que san Eran-
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cisco y santo Domingo, vecinos de Bogotá, hacen el ademán de embestirse por cortesia en plena calle, cuando los sacan a fiestas. Puestas las dos andas enfrente de un púlpito levantado en la esquina de la calle, y previa la fusión de los faroles en cuerpo de familia, subió un predicador que, prevalido de hablar sin réplica, se echó a comparar macarrónicamente el dolor de María con el diluvio universal! Por lo menos la originalidad de la comparación nadie podrá disputársela.
— «¿Por qué está tan triste la Virgen, mamá?» preguntó con ahinco un chiquito, y al punto saqué mi lápiz para recoger la respuesta, que debía contener las nociones de aquella mujer acerca del sublime drama de la Redención.
— «Porque su hijo murió, niño».
— «Y por qué murió?»
—«Por nosotros, que diz que éramos muy feos como los judíos, y escupíamos a los demás!»
Y el niño se dio por satisfecho, quedando sembrado en su corazón el odio a los judíos, primer semilla de intolerancia que otras manos, interesadas en hacerla germinar, cultivarán con esmero. ¡Cuán cierto es ,;ue una madre ignorante enturbia con errores perdurables las puras fuentes de la inteligencia y el amor de los niños!
Nombré antes la capilla de Torcoroma, y es preciso decir quién la ocupa, por ser una de las glorias locales de Ocaña. Sucedió una vez, y no hay que preguntar cuándo, pues ya se sabe que estas cosas sucedían siempre en el siglo pasado, que cierto campesino morador de las serranías al sur de la capital, se puso a derribar un árbol grande inmediato al arroyo nombrado Torcoroma, tributario del río San Alberto. Cayó el tronco, y al dividirlo saltó la corteza mostrando en su parte interior la imagen de María en medio relieve; el labriego se quedó absorto, y más
cuando el perro que le acompañaba tomó a su cargo convencerlo de que aquella era la Virgen real y verdaderamente aparecida, lo cual no le fue difícil, y en consecuencia la llevó a Ocaña, pregonando el maravilloso acontecimiento. Hubo milagros como era regular, y hubo también quien edificara una capilla para mansión de la nueva Virgen, que por el lugar en que se manifestó la llamaron Nuestra Señora de Torcoroma o Misiá Torcoroma, como dicen en abreviatura los campesinos y gente llana. Entre los prodigios que obra esta imagen para demostrar su origen divino, se cita generalmente el de hacer brotar manantiales de agua viva dondequiera que se siembre un poco de la que mana la fuente de su nombre. En parte ninguna la vimos, salvo en el paraje llamado Batatal, camino de Ocaña para Santander, donde habían sembrado agua con la debida solemnidad, hacía cinco meses, pero aún no daba señales de venir. Obtenido el beneplácito del capellán, fuimos mi compañero y yo a que nos mostrara la Virgen privadamente. Hízolo con muchas ceremonias, toalla sobre los hombros, rezo continuo y velas encendidas, notificándonos que al bajarla de la especie de tabernáculo en que la tenían oculta entre joyas y velos, habíamos de recibirla puestos de rodillas. En un pedazo de corteza, grande como la mano, engastado en plata, con el imperfectísimo relieve de una figura en hábito talar, y las manos juntas sobre el pecho, como pintan la Virgen de la Concepción; no tiene facciones, y el oficio de brazos lo hacen dos filamentos que me parecieron tallados con instrumento cortante. Ello es que habiendo venido del cielo, no da muy buena idea del estado en que la escultura se halla en el otro mundo; aunque también es verdad que no todos la ven del mismo modo, dependiendo esto de causas sobrenaturales.
En la plaza denominada de la Gran Convención
existe una pequeña iglesia que perteneció a los frailes franciscanos, cuyo convento se estaba reedificando para colegio provincial. La iglesia, pequeña y pobre en su construcción y adornos, no merecería un recuerdo especial, si no hubiera sido el lugar en que vinieron a desenlazarse los multiplicados e infaustos sucesos que desde 1826, y con motivo de la constitución boliviana, que Bolívar llamaba «su delirio legislativo», empezaron a conmover el cuerpo colosal de Colombia con los síntomas de su próxima disolución. Páez en Venezuela había promovido la formación de un Estado independiente, después de haber convidado al Libertador a que ciñera una corona que aquél rechazó con menosprecio. La Nueva Granada hervía en actas y pronunciamientos militares contra la vigente constitución de 1821, a la cual no sabían qué sustituir. Quito pedía unas veces la dictadura provisoria, otras la convocatoria de una convención colombiana, en lo que estaban de acuerdo la mayor parte de las municipalidades, y era la única salida de este laberinto de contradicciones y desaciertos. Bolívar tenía una opinión decidida, formulada perentoriamente en la carta que dirigió a Páez desde Lima el 8 de agosto:
«Yo desearía que con algunas ligeras modificaciones se acomodara el código boliviano a estados pequeños enclavados en una vasta confederación, aplicando la parte que pertenece al ejecutivo al gobierno general, y el poder electoral a los estados particulares». El peso de esta opinión y el calor con que la sostuvo su autor, influyeron de una manera funesta en los posteriores sucesos de Ocaña. Por fin el congreso reunido el año de 1827 expidió la ley de 3 de agosto convocando una convención constituyente, que debía instalarse en aquella ciudad el 2 de mayo de 1828, lo que se verificó el 9 de abril, en medio de mil borrascas y alteraciones, con la concu-
rrencia de 64 diputados de los 108 que correspondían a la República, y bajo la presidencia del íntegro patriota Francisco Soto, eligiendo para lugar de sus sesiones la pequeña iglesia de San Francisco. La discordia se introdujo en aquella corporación que debía salvar a Colombia, y de ella salió a sembrar animosidades por toda la República, cuya esperanza de salud quedó perdida. Diez y nueve diputados bolivianos desertaron en junio, huyendo de la convención, so pretexto de que ia mayoría los oprimía y no se hallaban dispuestos a sancionar con su presencia «la obra de las pasiones», calificando así un proyecto de constitución casi federal que se discutía con aplauso de los santanderistas. Poco después abandonó el puesto otro diputado, permaneciendo solamente 54, número insuficiente para continuar las sesiones, pues siendo el total de diputados 108, se requería la presencia de 55, por lo menos, para formar asamblea. Disolvióse la convención: advino la dictadura. . . . ¿Cómo era posible que continuara la existencia de Colombia?
La yerba crecía en los escalones de la modesta iglesia, pisados veintidós años atrás por los hombres de 1810. El ruido de los ardientes debates en que pugnaban coléricas las ideas civiles y las ideas militares, había pasado, semejante a una ráfaga de huracán al través de las selvas; quedaba la voz pausada y grave del sacerdote celebrando misa todas las mañanas, con las mismas palabras y en el mismo tono que esto sucedía siglos atrás desde la erección del templo, y continuará sucediendo mientras exista la casa de la oración. Los' hombres y las naciones pasan como sombras delante de Dios: la religión sigue su curso imperturbable hora por hora, siglo por siglo, como un reloj que marca la duración del mundo.
No hay en Ocaña mercado semanal, a diferencia
de las otras provincias del norte, que mantienen esta loable costumbre, útil para los consumidores que adquieren de primera mano y en buen estado sus comestibles, ventajosa para los pueblos, porque los pone en constante trato y comunicación de ideas e intereses, creando afectos que tienden a borrar las antipatías lugareñas, y benéfica para la industria doméstica, cuyos adelantos corren parejas con los de la sociedad entera, por él contacto inmediato y frecuente de los compradores y los productores, de donde nace el conocimiento que éstos adquieren de las necesidades de aquéllos, y su presteza en ocurrir a satisfacerlas con nuevos productos, o con la mejora de los acostumbrados. La falta de mercado es un mál que pide remedio; y talvez nadie podrá proporcionarlo con mayor eficacia que el actual gobernador, doctor A. Núñez, a quien la ciudad es deudora de notables adelantos en lo material, y de un lisonjero prospecto para la instrucción pública, por la mejora de las escuelas y la próxima apertura de los colegios de jóvenes y señoritas en locales propios casi ya terminados.
La población de la provincia de Ocaña se halla toda, con excepción de uno que otro vecindario insignificante, dentro de un radio de cinco leguas, distancia directa, tomando por centro la capital; sin embargo, el territorio comprende 557 leguas cuadradas ; y esto basta para dar idea de las grandes soledades que por todas partes se encuentran. Así, en el cuadrante de norte a oriente, cuyo lado mayor toca en las desiertas fronteras de Venezuela sobre Río de Oro, y el menor llega hasta el Sardinata, límite de Santander, frente al puerto de Los Cachos, no se hallan más pueblos que Aspasica, La Palma y San Ca-
lixto. Los ríos Borra, Tarra, Sardinata, Tibú y parte del Catatumbo, caudalosos y de hoyas apartadas por grandes serranías, llevan en silencio su corriente al través de las selvas que se agrupan allí cargadas de aves y monos, tranquilos poseedores del alto ramaje; y el jaguar, el cunaguaro y el lince duermen descuidados en la ribera. En vano pretende la vista registrar aquel espacio nunca transitado ; los árboles se suceden a los árboles; las gruesas lianas que los escalan llevan enredadas multitud de plantas que se oponen como una cortina entre el explorador y los misterios de la selva; oyéndose caídas de agua sordas y constantes, pasos de animales, aleteo de pájaros, ruidos confusos multiplicados por el eco; pero ni se ve más allá de una corta distancia, ni se puede comprender si hay seguridad o peligro en penetrar adelante. Al pie de aquellos árboles la figura del hombre desaparece ofuscada por una sola de sus raíces, tendidas y fuertes como estribos que rodeasen un torreón; y frecuentemente las ramas tronchadas y el rastro de las fieras, cuya guarida quizá no está lejos, advierten que se pisa terreno vedado y se afrontan riesgos superiores a la humana fuerza, débil por cierto en medio de una creación desproporcionada, a ratos silenciosa, y entonces más amenazadora. Quien siempre haya vivido entre los hombres, oyendo la voz de las ciudades y mirando con desdén el mundo físico humillado por la industria de las multitudes, difícilmente comprenderá la emociones y el anonadamiento del que, traspasando los linderos de lo habitado, entra en los bosques americanos sin límites, sin sol, sin senda ni amparo, y siente removerse a su rededor y sobre su cabeza seres de otra especie que parecen congresarse para expulsarlo de sus dominios como enemigo intruso. Dios en el cielo, la soledad por todas partes, los hombres lejos; lejos también sus pasiones, y la imagen del mundo primitivo
delante y majestuosa! Tales situaciones no se describen: se sienten, se admira la grandeza de la escena, pero espanta El hombre nació para la sociedad; y así lo demuestra el gozo que experimenta cuando sale de estos bosques y encuentra el primer rancho habitado por semejantes suyos : llega cerca de ellos con el corazón abierto y el semblante benévolo: no son extraños 'p&r& él: son sus hermanos.
Las yermas soledades se encuentran, como ya lo dije, a poca distancia de la capital, sea cual fuere el rumbo que se tome, pues de las 557 leguas cuadradas que mide la provincia, sólo en 207 hay habitantes; pero tan diseminados, que aun suponiendo igualmente distribuidos en este espacio los 23.450, número total, no resultan más de 113 sobre cada legua cuadrada, o lo que es lo mismo, un individuo en 221.239 metros cuadrados. A esta porción del territorio así poblado la rodean 350 leguas cuadradas, de llanuras y bosques inocupados, vírgenes todavía obstruidos por el amontonamiento de vegetales sobre vegetales, de troncos sobre troncos, creciendo con una fuerza prodigiosa, y estallando por la dilatación de la savia exuberante que bajo un sol abrasador hierve y circula sin freno. No son, pues, raras las escenas enteramente silvestres, ni puede transitarse más de la tercera parte del territorio: las fiebres, las inundaciones y los animales carniceros defienden el resto.
Aspasica se halla seis leguas al nordeste de Ocaña, dentro de los límites de la región alta y margosa que constituye el centro de la provincia. Camínase por en medio de colinas y pequeños valles de denudación cortados por barrancas ruinosas, que los cercenan cada vez que las lluvias se precipitan por aquellos instables cauces y transportan más abajo las tierras flojas para formar nuevos valles de arena cuarzosa sin fertilidad ni consistencia. Luégo que se an-
dan tres leguas se encuentra una casita, después de la cual no hay refugio cómodo hasta llegar al pueblo. Habítala una mujer anciana, bondadosa y amiga de saber lo que pasa en el mundo, conociéndolo a su modo por las relaciones de arrieros que alli hacen -posada, y por algún viaje a la capital en dias de fiestas y procesiones. Sirviónos el brevísimo almuerzo en platos de barro sobre una barbacoíta de cañas, que alternativamente era mesa, estrado y cama, pues no había otra cosa, y mientras lo despachábamos, sentados en sacos de café, con el acompañamiento de dos perros nada tímidos para pedir y aun coger lo que tardábamos en darles;
—¿Cómo no ha ido a Ocaña, le pregunté, a ver la semana santa y las procesiones?
—No voy, señor, porque ya no está como en otro tiempo. Ahora hay mucha gente vocabularia que no piensa sino en hacer daño a la religión, como dicen que lo han hecho en Bogotá.
— ¿De veras? yo no he sabido nada.
— Sí, señor, dijo la patrona con aire despreciativo; sí han hecho. Diz que han quitado las procesiones para no ver a Dios en la calle, y van a quitar los curas y van a poner una ley para que los hombres puedan mudar de mujer cada cinco años. (Aludia a la proyectada ley de matrimonio civil!)
—¡Sopla! ¿Quién le ha contado eso?
— ¿Puuú? Aunque una viva por acá sembrando reptiles y cuidando sus animalitos, una sabe lo que pasa en este gobierno que hay ora. Pero mejor es no hablar.
Y como para indicarme la fuente de donde había tomado tan estupendas noticias, se apartó y con la punta de la mantellina púsose a limpiar un papel manuscrito pegado en la puerta del aposento. Levantóme y leí: