Poemas · Unidad 33 de 50
Unidad 33 · SALVADOR DÍAZ MIRÓN 107
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SALVADOR DÍAZ MIRÓN 107
Y a frescos y desnudos corredores, que rodean en cuadro un patiezuelo, salgo a ver sonreír frondas y flores, y a mostrar a la fe de mis dolores
un pedacito del azul del cielo.
Y de gracia mi espíritu se viste;
y entonces me pregunto si la suerte
hará otra miel como la paz del fuerte
y otro esplendor como el placer del triste.
Holgábame una vez en tal encanto; y una moza, con rostro de delirio, pasó, blanca y derecha como un cirio, lírica y turbadora como un canto, odorífera y procer como un lirio. Parecía ilusión de la mirada. Iba con paso cadencioso y lento, y alba ropa de lino almidonada, y un susurro de brisa en enramada, y cual fuego la crin volando al viento. Era de tarde, por abril que adoro, y en un silencio perturbado apenas; y efluvios de azahares y azucenas desleían al sol ámbar en oro.
Quédeme absorto y lúgubre. Sufría présaga desazón — ¡Oh imagen pía! ancha y tersa la frente sin pecado, helénica nariz, boca de fresa,
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zarco el ojo de antílope asustado, elación y decoro de princesa y un secreto de angustia en un nublado: ¡así te llevo en el sensorio impresa!
Costumbre de inquirir, sabia y notoria, a la que rindo y pagaré tributo, movióme a interrogar. Y oí una historia. ¿A quién? A un servidor del instituto, a un cubano feraz en viles tretas, a un practicante crapuloso y pigre, a un mancebo de sórdidas chancletas, facha de orangután, gesto de tigre. Pero atended. Su relación incluye un imán de rumor de agua que fluye.
«La doncella gentil se llama Dea. Su padre, Juan Falot, vino de zuavo; y aquí, como en Italia y en Crimea, ganó prez en las lides como bravo. Herido y preso en Camarón, no pudo seguir, camino a Francia, el regimiento; y ya en salud y en libertad, a rudo trabajo demandó noble sustento. Cansado de labrar y con su ahorro, adquirióse un tenducho y un ventorro. Y casó con la reina del poblacho, una mujer de singular trapío, modesta y cauta sin ficción ni empacho, y enemiga mortal de todo lío.
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Y los meses corrieron; y la esposa engordaba, soñando con querubes; y una chica nació sana y hermosa, con un cutis de pétalos de rosa y un olor como de astros y de nubes.
«¡Qué suplicio el del parto! ¡Cuál estreno! Fruto de humano amor cumple lo escrito: no se desgaja sin romper un seno y no respira sin lanzar un grito! Fausto auroral surgió del horizonte; y a la sangrienta luz que despuntaba, y en el aroma del cercano monte, y en las perlas de un trino de sinsonte, ¡ay! la madre infeliz agonizaba. Por hemorragia sucumbió al puerperio. El cadáver cayó bajo el imperio de la Química, numen de las cosas; y es en el más humilde cementerio polvo siempre fecundo en tuberosas. Pero alma de valer, limpia y cristiana, yergue aliento que nunca se consume; y aquélla se fué a Dios como un perfume, disuelta en el carmín de la mañana.
«El pobre viudo encaneció en un día. ¡Cuan tierno y delicado a la pequeña el que antes, por su indúctil ardentía, resultaba feroz bajo la enseña!