Poemas · Unidad 35 de 50
Unidad 35 · SALVADOR DÍAZ MIRÓN I I 3
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SALVADOR DÍAZ MIRÓN I I 3
Prueba coraza en donde sufre injuria; halla en su doble ser ímpetu y traba; y hervorosa de honor y de lujuria, y a un mismo tiempo meritoria y prava, muestra el pesar, la humillación, la furia de una deidad que se sintiera esclava.
Huye del trato y se resiste al brillo; y busca en el encierro una quimera: la paz del corazón puro y sencillo. ¡Como si por milagro consiguiera, al golpe de la puerta en el pestillo, burlar sus cuitas y dejarlas fuera!
En pequeño batel hiende la rada, rigiendo con primor caña y escota; y dice a la tormenta: «camarada»! Y en el peligro y sin temerlo flota; y de todo su afán no arroja nada en su curso y su grito de gaviota!
¡Pobre mujer! Al rayo de la Luna, pasea su desvelo y su histerismo, lamentando el rigor de su fortuna. Conversa con un faro del abismo; y a los misterios de la noche aduna su secreto, su oprobio, su heroísmo.
¡Admirable' amazona la doncella! Pide un corcel, y en el sillín se planta, nerviosa y ágil, cimbradora y bella;
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y parte con un nudo en la garganta;
y compele y fustiga y atropella
¡y a su cruel torcedor no se adelanta!
Porta en alto su nombre, como el lirio su estambre, la palmera su verdura, su airón el casco, su fulgor el cirio, la íe su emblema y el volcán su albura, y a veces los antojos de un delirio infiernan a la extraña criatura.
Y en el espasmo súbito que al vuelo de la colgante y columpiada soga muerde y crispa las carnes del chicuelo, - Claudia, gime, se increpa, se desfoga,
y a pezones erguidos mira el cielo, y aun osa blasfemar, porque se ahoga.
Y luego ante una efigie se arrodilla;
y ¡av! no logra en la espuma del torrente aferrarse a la rama de la orilla. Plañe y ora, confusa y penitente; dase a Dios, azorada y amarilla; y en un vértigo va por la corriente!
¡Ciega y tenaz la religión del triste que demanda mercedes que no alcanza y en adorar por obtener insiste! ¡Cándida y portentosa confianza en una Providencia que no existe en otra inmensidad que la esperanza!
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Cabe un lago de múrice, — como radial corona, o escudo excelso y nítido, el Sol occiduo esplende; y por el claro piélago inflada y sesga lona resbala, con un ósculo del astro que desciende.
El mísero casucho y la soberbia granja ostentan igual fausto, bermejo al par que blondo, y entre plomizas nubes aurina y crespa franja corta de Oriente a Ocaso el curvo y zarco fondo.
¡Mirífico el paisaje! Cromáticos vapores ruedan en copos fúsiles, que un hálito desliga; y de arrebol purpúreos los bueyes aradores surcan los mondos predios y mugen de fatiga.
En áspera y herbosa ladera que dilata sus pliegues en profuso y ameno desarrollo, lanuda grey blanquea, como bullente plata que sobre ponto glauco revela oculto escollo.
En el confín las cumbres, cubiertas de celajes, suspenden y subliman la extremidad agreste. Así en pos de una procer las manos de los pajes levantan y sustentan la fimbria de la veste.
El fango en la hondonada resulta pedrería; los pájaros gorjean en tumultuario coro; y oblicuo el trapo túrgido, el barquichuelo estría un mar que arruga en rasos el índigo y el oro.