Poesías completas : con doscientas diez composiciones inéditas · Unidad 149 de 196
Unidad 149 · Á MI AMIGO ANTONIO ABAD RAMOS.
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Á MI AMIGO ANTONIO ABAD RAMOS.
(En la muerte de Felá).
Desde los bordes del sepulcro helado Donde descansa el dulce dueño mío, Cubierta el alma de pesar y luto
Y en mil vagas ideas sumergido, Salud, Antonio Abad, por luengos años Con amistoso corazón te envío, Rogando al cielo que jamás la pena De tí se acuerde en su fugaz camino. Salud, para que calmes los pesares Que me agobian y asaltan de continuo. Querrasme preguntar: «con qué derecho Impetro, Abad, de tu amistad auxilio.» ¿¡No eres tú de mi patria? ¿No eres vate A quien alienta de Latona el hijo? Pues bástame saberlo, eres mi hermano,
Y téngome no menos por tu amigo.
Mi historia escucha, y plácido responde
Si soy de compasión y amistad digno.
Yo quise á Lesbia en mis primeros tiempos,
EPÍSTOLAS 281
Pagó con esquiveces mi cariño, Hasta que al fin, de su desden cansado (Pues no sufre desprecios amor fino) Déjela intacta en el honor y fama,
Y abandoné sus gracias al desvío. Luego quise á Filena,y confiado
En la constancia que me había ofrecido,
Partí lloroso á la serena orilla
Del claro Yumurí: no quedó risco,
Ni verde palma, ni menuda arena
En las riberas del fecundo río,
Que no me oyeran pronunciar su nombre
Mil veces por el eco repetido.
Torné por suerte de contento lleno
Con ansias de abrazarla ¡qué delirio!
Ya era tarde: la ingrata... era perjura,
Y otro era dueño ya de su albedrío. Lloré, me entristecí, y arrebatado Atentar contra mí quise yo mismo. (Tanto puede una aleve, que al más cuerdo Hará que pierda la virtud y el juicio.) Aplacáronse al fin mis -pesadumbres Habiendo el rostro de las gracias visto: Era el de Felá, la más dulce y pura Joven que vieron de Colon los hijos.
La virtud, la modestia y la constancia
Eran sus más preciados atractivos.
(Prendas bien raras en la edad presente,
Merecedoras de mejor destino.)
Todo su afecto encantador gozaba,
Cuando el azote asolador impío
Del Cólera horroroso, envuelto en muerte
Cruzando el mar á desolarnos vino:
Aun me atreví á esperar que el cielo santo
En mí mostrara su bondad benigno;
Pero he nacido, Abad, muy desgraciado;
Perder mi único bien era preciso.
Felá no existe, amigo. ¡Ay...! cuánto tiempo
Tardo en ir á buscarla al Campo Elíseo.
¿No viste nunca, sobre el verde prado
Abrir sus flores rozagantes lirios
Rivalizando en pompa y en fragancia
Con el rosal risueño purpurino,
Atraer con su ámbar los amores
Que el néctar liban de su cáliz limpio,
Y que tronando un rayo desatado
De las cóncavas nubes despedido,
Terrible quema con sulfúreo fuego
Las blancas flores que animó el rocío...?
Tal es el duro y miserable estado
En que deja la muerte mis sentidos, Llevándose violenta y despiadada La flor brillante cuyo tallo ne sido.
Y espero, Abad, que tu laúd sonoro Entone, orlado de ciprés sombrío, Fúnebres cantos, que inmortales hagan Los llantos, los lamentos y suspiros, Que exalaré constante hasta la muerte Sobre la tumba de mi bien perdido. Así el Eterno de salud te colme,
Y el tierno alado y amoroso niño Orne tus sienes y dorado plectro
De Olimpias rosas y aromosos mirtos.