Poesías · Unidad 42 de 48

Unidad 42 · AL PIÉ DEL EOBLE

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AL PIÉ DEL EOBLE

Al pié del roble aquel de la colina, al pié del roble fué; cuando le roza el viento del recuerdo tiemblan las hojas de él.

Fué al pié del roble, qué, ya lo olvidaste? del viejo roble al pié, de aquel que nos cubriera con su sombra y que nos fué tan fiel.

Y al pasar junto al roble en primavera ¡oh mi perdido bien! las verdes hojas á tu alma dura no le tiemblan tí^mbién?

Es acaso más dura ante el recuerdo que la del roble aquél? Al pie del roble aquel de la colina, recuérdalo, allí fué!

INCIDENTES DOMÉSTICOS

Cuando he llegado de noche todo dormía en mi casa, todo en la paz del silencio recostado en la confianza. Sólo se oía el respiro, respiro de grave calma, de mis hijos que dormían sueño que la vida alarga. Y era oración su respiro, respirando el sueño oraban, con la conciencia en los brazos del Padre que el sueño ampara. Eres, sueño, el anticipo de la vida que no acaba, vida pura que respira debajo de la que pasa.

Tendido yo en la cama, como en la tumba, á la espera del sueño; y junto á mí, en su cuna, yacía el niño, y allá, en el fondo — en medio un aposento — bajo una lámpara de mansa luz de verde derretido tres formas columbraba, encorvadas las tres y susurrando ave-marías.

Eran mi madre, mi mujer, mi hermana y era como si lejos; ^

de este mundo y del otro, el que esperamos, en el lindero.

Al través de los cuartos silenciosos donde mis hijos

— perdida el alma de los cuerpos flojos —

yacían sumergidos

del reposo en el fondo,

pasaban los susurros

filtrándose en la calma de su aliento;

yo sin soñar soñaba:

es que estoy muerto?

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Una visión de eternidad fingían,

un cuadro de pintura,

un símbolo de vida.

Sentí, allá en lo oscuro y en la cuna

á modo de un suspiro; r

era que se movía

buscando al sueño nueva cara, el niño.

Y yo tendí mi diestra para tocar su cuerpo

y cerciorarme así que las tinieblas guardaban en su seno á mi niño de bulto, á mi niño de peso.

Y al sentir en mi mano el calor de su aliento pensé, casi soñando: no, no estoy muerto!

Y en tanto las tres formas inmóviles seguían y encorvadas como una cosa sola,

y la luz de la lámpara, también inmóvil, é inmóvil el silencio, y del ámbito todo — diríase un incienso, invisible, sonoro — lentas surgían,

cual un rocío de la tierra al cielo, ave-marías.

Sentí la eternidad... luego la nada.

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Al despertar, de día,

allá en las derretidas lontananzas

donde, por fin, se funden los recuerdos,

inmóvil, verde, la visión tranquila,

perdiéndose cantaba

ave-marías.

Es de noche, en mi estudio. Profunda soledad; oigo el latido de mi pecho agitado, — es que se siente sólo, y es que se siente blanco de mi mente — y oigo á la sangre cuyo leve susurro llena el silencio. Diríase que cae el hilo líquido de la clepsidra al fondo. Aquí, de noche, sólo, este es mi estudio; los libros callan; mi lámpara de aceite baña en lumbre de paz estas cuartillas, lumbre cual de sagrario; los libros callan;

de los poetas, pensadores, doctos,

los espíritus duermen;

y ello es como si en torno me rondase

cautelosa la muerte.

Me vuelvo á ratos para ver si acecha,

escudriño lo oscuro,

trato de descubrir entre las sombras

su sombra vaga,

pienso en la ángina;

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pienso en mi edad viril; de los cuarenta

pasé ha dos años.

Es una tentación dominadora

que aquí, en la soledad, es el silencio

quien me la asesta;

el silencio y las sombras.

Y me digo: «tal vez cuando muy pronto

vengan para anunciarme

que me espera la cena,

encuentren aquí un cuerpo

pálido y frío,

— la cosa que fui yo, este que espera —

como esos libros silencioso y yerto

parada ya la sangre,

yeldándose en las venas,

el pecho silencioso

bajo la dulce luz del blando aceite,

lampara funeraria.»

Tiemblo de terminar estos renglones

que no parezcan

extraño testamento,

más bien presentimiento misterioso

del allende sombrío,

dictados por el ansia

de vida eterna.

Los terminé y aun vivo.

Noche Vieja de 1906.

El niño se creía sin testigos, dibujando en el hule que cubría la mesa; trazaba en ella un tio primitivo, al modo de los toscos diseños de las cuevas en que el hombre luchara con el oso cavernario. Y mientras animaba los rasgos del dibujo prehistórico cantaba bajo:

«Soy de carne, soy de carne, no pintado,

soy de carne, soy de carne, verdadero.»

Maravilla del arte !

hacía hablar al tío

y proclamar su realidad viviente!

Hace acaso otra cosa

el Artista Supremo,

al recrearse, niño eterno, en su obra?

«Yo quiero vivir solo — Pepe decía—

para que no me peinen ni me laven» » y Marita al oirlo: «sólo? luego te pierdes y luego lloras.» Tal decían los niños y pensé yo, su padre: aquel que vive solo se pierde, llora sólo y nadie le oye; y sólo ¿quién no vive? sólos vivimos todos, cada cuál en sí mismo, soledad nada más es nuestra vida; todos vamos perdidos y llorando; nadie nos oye.

No me mires así á los ojos, hijo mío, no quiero que me arranques mi secreto, y cuando yo te falte sea el veneno de tu pobre vida. Nunca, nunca la sombra de tu padre te vele el sol de la alegría dulce. Alegría te dije? no, no te quiero alegre, pues en la tierra para vivir alegre

menester es ser santo ó ser imbécil.

De imbécil, Dios te libre,

y de santo... ^o sé^o qué decirte!

Anda, escarba el brasero que aprieta el frío, ¡qué poco dura el sol en estos días! Y pensar, hijo mío, que el sol se hará ceniza y en el cielo, de Dios la frente inmensa será un memento!

Junto al fuego leía Quintín Durward mi hijo; así también yo lo leyera antaño y así mis nietos habrán acaso de leerlo un día. Y así vive Quintín como vivimos nosotros, sus lectores.