Poesías · Sección preliminar
PRÓLOGO
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 5 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
PRÓLOGO
A Clímaco Soto Borda
rara nobleza aumentada por el prestigio de los movimientos lentos y, Ihieráticos... Lo Jie visto en el tendido de la plaza de toros, vestido con una sotana raída y polvorienta, la fisonomía vulgarizada por el entusiasmo de la corrida, la cara congestionada por el calor del mediodía, sacudiéndosb como un energúmeno, limpiándose las gotas del sudor que le perleaba en la frente con un pañuelo enorme de seda amarilla, que estrujaba con las manos, ridiculamente pequeñas...
Sin embargo, cuando pasen muchos años y, haya muerto él y lo oiga nombrar y al oir su nombre vuelva yo los ojos hacia los días de ¡hoy, perdidos para siempre en el fondo del tiempo, no lo recordaré ni hermoseado ni ennoblecidoi por las lujosas vestiduras sacerdotales ni vulgarizado por el ambiente caliginoso del icirco...
El Padre León... El paraguas del Padre León... Las. misas del Padre León... Las imágenes que entonces, al vibrar en imis oídos, suscitarán esas sílabas, no serán las evocadas antes, ¡sino otra, tan precisa, tan neta y al mismo tiempo tan sugestiva que íno resisto al deseo de convertirla en unas líneas para esta primera página del álbum que has tenido la peregrina idea de dedicarle...
La esquina de una calle central ; el cielo y los lejos negros como boca de lobo, rayados por los hilos de plata de una llovizna fina ; el piso húmedo y 'brillante por la lluvia ; allá larriba, entre lo oscuro de la noche, la irradiación fantasmagórica, la claridad deslumbrante é incolora de un foco de luz eléctrica, que hace más intensa la sombra alrededor ; abajo, en la calle, diez pasos adelante de la lámpara incandescente, esta silueta inverosímil : abajo un paraguas enorme, un paraguas rojo de colosales dimensiones, un duende negro, de im imetro de alto, con vestido talar y sombrero plano de ^anchísimas alas, que lleva en la mano una linterna de vidrios verdes... Sobre el empedrado brillante por la lluvia, la sombra del duende ; la cabeza enorme, el
JOSÉ A. SILTA
cuerpo pequeñísimo, los reflejos rojizos del paraguas, los reflejos verde esmeralda de la linterna, se proyectaban fantásticos.
El primer instante de verlo así fué delicioso para los ojos que desean icolor, mucho color, fatigadoiS por lo gris del lluvioso crepúsculo... Aquello daba la impresión de una cosa no cierta, irreal...
¿De dónde venía, adónde iba el Padre León, protegido por el enorme paraguas rojo, alumbrado por la diminuta linterna verde?... De fijo había tomado el chocolate en casa de unas buenas amigas suyas, dos viejecitas que viven en la calle de los Béjares, en una sala que olía á papayas, sentado en un viejo sillón de cuero labrado, de vaqueta cordobesa, teniendo al frente un cuadrito desteñido de Gregorio Vázquez... y conversando de las profecías del (doctor Margallo y del próximo fin del mundo. Después del chocolate le habían dado dulce de uchuvas ó de cabellos (de ángel, después un tabaco que olía á vainilla... Aquello era el Santafé dormilón, inocente y plácido de 1700, un pedazo de la vieja ciudad de la muía herrada, del espanto de la calle del Arco y de la luz de San, Victorino...
En ese instante un coupé negro y brillante, tirado por un soberbio tronco de alazanes, un coupé que parecía una joya de ónix, manejado por un cochero inglés, correcto y rígido bajo su casacón de paño blanco, cruzó bajo el foco de luz eléctrica... Era el coche salido de los talleres de Million Ouet, del Ministro X, que vendió por seis Imil libras esterlinas sus influencias para lograr tal contrato escandaloso... Alcancé á ver por la portezuela abierta el perfil borbónico del magnate y la cabecita rubia, constelada de diamantes, de su mujer, aquella fin de siécle neurasténica que lee á Bourg/et y á Marcel Prevost, y que se ha hecho famosa por haber comprado todas las joyas que, en su postrer viaje á Europa, trajo el último de los Mon-
te verdes... ¿Adonde iba la lelegante pareja?... A oir el segundo acto de Aida en el Teatro Nuevo, el lujo de la Bogotá de hoy, de la ciudad de las emisiones clandestinas, del Petit Panaimld y de los veintiséis millones de papel moneda...
EL siglo diez y ocho encarnado en el Padre León ; el siglo veinte encarnado en el fominipotente X, vistos ambos, en menos tiempo del que había gastado en convertirse en humo aromático el tabaco dorado del cigarrillo turcoi que tenía en los labios, vistos ambos á la luz de la lámpara Thomson-Houston, que irradiaba allá arriba entre lo negro profundo su luz descolorida |y fantasmagórica...
¿No vienen siendo las ,dos figuras como una viva imagen de la época de transición que atravesamos, como los dos polos de la ciudad que guarda en los antiguos rincones restos de la placidez deliciosa de Santafé y cuyos fiuevos salones aristocráticos y cosmopolitas, y cuya corrupción honda hacen pensar en un diminuto París?...
SUSPIROS
I fuera poeta y pudiese fijar el revoloteo de las ideas
en rimas brillantes y ágiles como una bandada de mariposas blancas de primavera con alfileres sutiles de oro ; si pudiera cristalizar los sueños en raras estrofas, haría un maravilloso poema en que hablara de los suspiros, de ese aire que vuelve al aire, llevándose consiga algo de las esperanzas, de los cansancios yj de las melancolías de los hombres.
Y para huir de los ^suspiros de convención, de las romanzas sentimentales, llenas de luna de pacotilla y de ruiseñores triviales, hablaría de los suspiros angustiosos que flotan en el aire (espeso é impregnado del olor de ácido fénico, en la luz ¿orada de los cirios, entre el aroma vago de las flores mortuorias, cerca de aquellos cuyos ojos, cerrados para siempre, guardan las huellas violáceas de los últimos insomnios, y cuyos labios se ajaron con ^1 frío de la (muerte...
I Ah, no I Ese suspiro sería demasiado triste para hablar de él ; su recuerdo haría ¡nublarse los ojos nuevos de las lectoras, los ojos oscuros unas veces como noches de in-
vierno, azules 5r claros ,otras, como el agua de los lagos quietos.
Para que no se nublaran, hablaría del suspiro de voluptuosidad y de cansancio que flota en el aire tibio de una sala de baile, iluminada como el- día, reflejada por espejos venecianos ; del suspiro de una mujer hermosa y joven agitada por el valse, cuya piel de durazno se sonrosa, y cuyos dedos de hada estrechan febrilmente - el abanico de plumas flexibles que le besan la falda ; del suspiro sensual y vago que se pierde entre las blancuras rosadas, en el aire donde palpita el iris en los diamantes, donde la luz se quiebra en el aire de los rubíes, en el azul misterioso de los zafiros, en el aire que arrastra tentaciones de ternuras y de besos...
|Ah, no I i suspiro sería demasiado dulce para hablar de él ; su recuerdo haría arrugarse la frente cansada, y blanquearía las canas de los filósofos, por cuyas venas no corre, en oleada ardiente, la sangre de la juventud. Para que pudieran leerme, hablaría más bien del suspiro de cansancio de un viejo, de un suspiro oído una tarde de otoño, en el camino que va del pueblo al cementerio, — un camino donde rodaba la hojarasca empujada por el viento ; donde un hilo de agua dejaba oir su queja monótona ; donde los árboles, envueltos en niebla, tomaban extraños aspectos, y en cuyo horizonte, entre las nubes frías y húmedas, se ponía el sol. ¡ Oh 1 Aquel suspiro parecía salir, más que de un pecho humano, cansado de la vida, del paisaje mismo, del cementerio donde duermen los huesos bajo la yerba, de la vegetación quemada por el frío, de las oscuridades vagas del horizonte ; parecía ser una queja de la naturaleza deseosa de dormir en definitivo descanso, fatigada de su tarea eterna, de la sucesión
JOSÉ A. SILTA
infinita de los váranos % de los inviernos, de la luz y de la sombra...
Si fuera poeta y pudiese fijar el revoloteo de las ideas en rimas brillantes y ¡ágiles como una bandada de mariposas blancas de primavera con clavos sutiles de oro ; isi pudiera cristalizar los sueños ; si pudiera encerrar las ideas, como perfumes, en estrofas cinceladas, liaría un maravilloso poema en que hablara de los suspiros, de ese aire que envuelve al aire, llevándose algo de los cansancios, de las esperanzas y de las Imelancolías de los hombres I
Aun siendo poeta y haciendo el poema maravilloso, no podría hablar ,de otro suspiro... del suspiro de los poetas cuando no alcanzan á encerrar en su obra la esencia irreductible de las cosas ; del suspiro que viene á todos los pechos humanos cuando comparan la felicidad obtenida, el sabor conocido, el paisaje visto, el amor feliz, con las felicidades que soñaron, que no se realizan jamás, que no ofrece nunca la realidad, y que todos nos forjamos en inútiles ensueños.
CARTA ABIERTA
Hace dos años, en una larga temporada que pasó usted en lel campo, llevando una vida apacible y. tranquila, consagrada á la pintura, me hizo usted el honor de invitarme á almorzar una vez en su casa. Las horas que pasé allí me parecieron breves, como nos parece breve todo lo que es muy, grato. Antes de que nos sentáramojs á la mesa nos mostró usted su júltimo estudio de pintura en pleno aire, acabado en la semana anterior ; era aquella figurita la de una |muchacha campesina, perdida en un trigal y que lleva en las pianos unos manojos de yerba y unas flores ; un cuadro lleno de luz y de aire de campo. Después del almuerzo, ^ tiempo del champaña que hervía en las copas, ly del café negro aromático como una esencia, nos propuso usted que diéramos una vuelta por las cercanías y todos aceptamos alborozados su idea.
Adelante íbamos usted y yo, y nuestra conversación fué una larga confidencia mutua de nuestra adoración á la Belleza. Me hablaba usted de los incomparables goces que el arte le ha proporcionado en su vida ; de la serenidad que esparció en m alma la contemplación de los mármoles antiguos ; de la fascinación que ejercen sobre usted la ingenuidad inefable de las Vírgenes de los Primitivos, la sonrisa misteriosa de las figuras de Vinci, la claridad que
EÑORA :
dora las tinieblas rojizas de Rembrandt, la diáfana luz extraterrestre en que baña Murilloi sus aspiraciones ; me contaba usted que la Imúsica de algunos maestros, la íhace á usted olvidarse de sí tmism<a. y sentir la tristeza, la alegría, los matices de sentimiento que interpretan las sinfonías inmortales. Con frases ardientes, y. sin dominar mi entusiasmo de fanático, le jdecía h ^sted que en las obras de los grandes sacerdotes de Ja palabra, ésta acumula todos los (medios de que disponen las otras artes para recrear la vida, agregándole el alma de artista ; le contaba cómo me desvanece el .olor |de los cadáveres, de aquella, ciudad que agoniza en p\ último canto del poema de Lucrecio ; le contaba que de entre la muchedumbre que gesticula y, ama y pdia y mata y muere en los dramas de Shakespeare, salen lá veces ,á hablar conmigo, el pálido príncipe que conversa con los sepultureros y el judío" ávido que reclama su libra de carne ; le decía 4 usted que los poetas gon compasivos con los que los aman, que Musset les da á beber ;á sus íntimos el champaña ardiente de su sensualismo gozador ; que Vigny, un brebaje negro que procura la resignación ; Shelley, un haschich sutil que lo hace sentirse lá uno hermano de las plantas que florecen en el jardín encantado; Longfellow, el agua de las fuentes, campesinas en que se mojan los heléchos y se refleja el cielo, y Baudelaire y Poe, un ppio enervante que puebla el cerebro de sombras alucinadoras, entre cuya oscuridad brillan los ojos de ladi/ Ligeia y vibran unas campanas fantásticas, y aletea el cuervo y suenan quejidos de inexplicable ^angustia.
En los silencios de nuestros fdiálogos oíamos atrás las voces de nuestros compañeros que discutían el alza de las acciones de un ferrocarril en construcción ; que ponderaban la honradez y la habilidad de un Ministro recién posesionado, de quien se [prometían maravillas ; que pronosticaban la cosecha venidera como muy abundante y cal-
culaban en coro el ,alza segura del papel moneda. Nostros, perdidos en nuestra conversación, ellos, discutiendo sus graves cuestiones económicas, sin que ninguno sintiera la distancia al caminar paso entre paso por la vereda sombreada de salvios ,oscuros y de lánguidos sauces, fuimos á dar al pueblecito vecino.
Para mí se fundieron en una sola, penetrante, fína y, sutilmente voluptuosa, las impresiones del paseo, la temperatura tibia del aire y la claridad de la hora, la expresión aristocrática de la fisonomía de usted y los detalles exquisitos de su vestido; la quietud adormecida del paisaje y el olor del White Rose que emanaba del pañuelo de batista que tenía usted en la mano enguantada de piel de Suecia ; la luz sonrosada en que la envolvía á usted, al tamizar los rayos verticales del sol, su sombrilla de crespón rojo ; la sonrisa desencantada que asomaba ^ sus labios y la música de su voz al contarme las dificultades con que había luchado al pintar su último cuadro.
Hoy, en unas horas perdidas, ¡mientras que la llovizna monótona extiende sus cortinas grises por el horizonte y enloda las calles y lo entenebrece todo, como un pianista desconfiado que antes de preludiar una sinfonía toca interminables escalas para adueñarse de los secretos de la práctica y dominar el teclado sonoro, me he entretenido en hacer ejercicios de ^estilo, para lograr que las palabras digan ciertas impresiones visuales. Es así como he escrito estas TRASPOSICIONES. Mientras las escribía recordaba las horas que pasé aquel día en casa de usted yi se míe impuso la idea de isuplicarle que aceptara estas páginas en recuerdo de ellas y de nuestra plática de Arte.
Nuestros compañeros que conversaban esa mañana del ferrocarril en construcción, de la habilidad del Ministro, de la cosecha mirífica y de la baja del cambio, tan tenido después decepciones crueles y han renegado de sus entusiasmos de entonces ; el ferrocarril está inconcluso y las
acciones no tienen cotización ; el Ministro resultó un imbécil, las sementeras se perdieron el papel-moneda bajó veinte por ciento.
Usted y yo no liemos tenido desengaños acerca de los entusiasmos que motivaron nuestro ¡diálogo de ese día; sigue usted con más amor que nunca, fijando en sus cuadros la poesía eterna |del color, de la luz y de la sombra ; sigo yo leyendo mis poetas y tratando de dominar las frases indóciles para hacer que sugieran los aspectos precisos* de la Realidad ¡y, las formas vagas del Sueño ; cuando se sienta usted (á su piano Weber; y pasa los dedos ágiles y finos sobre el teclado de marfil, las sonatas de Beethoven la hacen entristecerse más suavemente) que éntonces ; cuando (abro yo toi ejemplar de los poemas de Bourget, tirado en papel de la China y empastado por Thibaron en pasta llana de toarroquí rojo del Levante, con filetes ¡de pro, isiento una emoción más profunda al releer la Meditación sobre p/na calavera, ó las estrofas penetrantes y musicales de la Noche de Estío ; cuando los ojos de usted, fatigados por la policromía de la paleta, se detienen en la Ninfa de ^Clodión, aprecian mejor el moldeado blando del seno y las curvas armoniosas de las piernas gráciles ; cuando vuelve usted á mirar la copia del Angelus hecha por sus toanos, siente más á fondo la poesía sencilla |y grandiosa del lienzo magistral, y se deja invadir lentamente por la melancolía que flota en la claridad moribunda de aquel cielo de crepúsculo y que cae con la sombra sobre la tierra ennegrecida y sobre las figuras de los labriegos.
Es que usted y yo, más felices que los otros que pusieron esperanzas en el ferrocarril inconcluso, en el Ministro incapaz, en la sementera malograda ó en el papel-moneda que pierde de su yalor, en todo eso que interesa á los espíritus prácticos, tenemos la llave de oro con que se abre la puerta de un mundo que muchos no sospechan y
que desprecian otros ; de un mundo donde no hay desilusiones ni existe el tiempo ; es que usted y yo preferimos al atravesar el desierto, los mirajes del cielo á las movedizas arenas, donde no se puede construir nada perdurable ; en ima palabra, es que usted y yo tenemos la chifladura del arte, como dicen los profanos, y con esa chifladura tmoriremos.
Señora, déjelos usted que nos llamen chiflados y que se burlen de nuestra inocente manía. Ya ve usted cómo al cabo de dos años nosotros adoramios con más fervor lo que queríamos entonces, y ellos han perdido sus ilusiones. Ríase usted de ellos, señora, si su bondad inefable se lo permite, y si no, compadézcalos. Los dos hemos escogido en la vida la mejor parte, la parte del ideal, la parte de María, y mientras que Marta prepara el banquete y lava las ánforas, nosotros, sentados á los pies del Maestro, nos embelesamos oyendo las parábolas.
Es fácil que algunos instantes de desabrimiento y de acedía le impidan gozar del éxtasis de las fruiciones estéticas ; que las tentaciones del ¡mundo vengan á turbar la paz del espíritu de usted, y que la muselina de Siriganor de un vestido de baile salido de las manos de Worth', ó el oriente rosado de las perlas de un collar que tenga en el estuche de raso negro la marca de Braugrand Rivir le parezcan á usted más deseables que el claro oscuro exacto de un esbozo difícil ó que la interpretación sincera de una mediatinta fugitiva ; lyo he tenido días de esos en que desesperado de lograr la armonía de un período ó la música de una estrofa, y olvidado de mis poetas, he pecado gravemente, y he perdido mi fervor, sin fuerzas para resistir las tentaciones vertiginosas del Oro. Aconsejado en esas horas de aridez espiritual por mi confesor laico, un viejo psicólogo que tiene en su celda, por todo adorno, una copia de la Melancolía de Alberto Durero, |y, que posee á fondo los secretos sutiles de la dirección de
las almas, he alcanzado grandes consuelos y. he restablecido la paz interior leyendo y Imeditando mucho aquellos versículos suavísimos de la Imitación :
Excedunt enim spirituaJes consolationes, omnes mundi delicias et carnis voluptatis.
Nam omnes deliciae mundanas aut vanae suut, aut turpes.
{De Imitat, Lib. II, Cap. X).
Que al leer usted lestas páginas sienta algo del encanto que tuve al jescribirlas, y ,al recordar la mañana clara y tibia en que caminamos juntos por la vereda que lleva á la casa de campo donde pasó usted horas tan apacibles retirada del mundo y distraída de las preocupaciones mezquinas del diario, por el isortilegio misterioso del Arte-.
N cultivo intelectual emprendido sin método y, con
V^y locas pretensiones al universalismo, un cultivo intelectual que ha venidoi á parar en la falta de toda fe, en la burla de toda valla humana, en una ardiente c *usidad del mal, en el deseo de hacer todas las experiencias; posibles de la vida, completó la obra de las otras influencias, y v"no á abrirme el oscuro camino que me ha traído á esta región oscura, donde hoy me muevo sin ver más en el horizonte que el abismo negro de la desesperación, y en la altura, allá arriba, en la altura inaccesible, su imagen, de la cual, icomo de una estrella en noche de tempestad, cae un rayo, un sólo rayo de luz.
¿Terror?... ¿Terror, de qué?... De todo por instantes... De la oscuridad del aposento donde paso la insomne noche_,„yifinda desfilar ían cortejo de visiones siniestras ; terror de la (multitud que se mueve ávida en busca de placer y de oro, terror de los paisajes alegres y claros que sonríen á las almas buenas ; terror del arte que fija en posturas eternas los aspectos de la vida, como por un tenebroso sortilegio ; terror de la noche oscura en que el infinito nos mira con sus millones de ojos de luz; terror de ^sentirme vivir, de pensar que puedo morirme, y en esas horas de terror, frases estúpidas que me suenan dcn-
BE SOBREMESA
(fragmento)
tro del cerebro cansado, ¿y Dios?... «Los pobres hombres están solos sobre la tierra», y que me hacen correr un escalofrío por las vértebras.
No, no es terror de eso, es terror de la locura. Desde hace años ^1 doral, el cloroformo, el éter, la morfina, el haschieh, alternados con excitantes que le devolvían al sistema nervioso el tono perdido por el uso de las siniestras drogas, dieron en mí cuenta de aquella virginidad cerebral más preciosa que la otra de que habla Lasegue. Después la crápula del cuerpo, obstinado en experimentar sensaciones nuevas ; la crápula del alma empeñada en descubrir nuevos horizontes ; después todos los vicios y todas las yirtudes, ensayados por concederlos y sentir su influencia, me han traído al estado de hoy, en que, unos días, al besar una boca fresca, al respirar el perfume de una flor, al ver los cambiantes de una piedra preciosa, al recorrer con los ojos una obra de arte, al oir la música de una estrofa, gozo con tan violenta intensidad, vibro con vibraciones tan profundas de placer, que me parece absorber en cada ^sensación toda la vida, todo lo mejor de la vida, y pienso que jamás hombre 'alguno ha gozado así ; y en que otros, cansado de todo, despreciando, odiando todo, sintiendo por mí mismlol y¡ por la existenicia un odio sin nombre, que nadie ha experimentado, me siento incapaz del más mínimo esfuerzo, permanezco por horas enteras hebetado, estúpido, inerte, con la cabeza en las (manos, y llamando á la muerte ya que la energía no me alcanza para acercarme á la sien la boca de acero que podría curarme del horrible, del tenebroso mal de vivir...
¡ La locura 1 i Dios toío, la locura ! A veces — ¿ por qué no idecirlo, si hablo por Imí mismo ? — i cuántas veces la he visto pasar vestida de brillantes harapos, castañeteándole los dientes, agitando los cascabeles del irrisorio cetro, y hacerme misteriosa mueca con que me convida hacia lo
JOSÍ! A. SILVA
desconocido ! En una alucinación que la otra noche me dominó por unos minutos, las joyas que brillaban sobre el terciopelo negro del 'enorme estuche, se trocaron, á la luz de la lámpara que las alumbraba, en los mágicos arreos de su vestido de reina ; otra noche, fué una pesadilla que me apretó con sus garras negras, y. de la cual desperté bañado en sudor frío ; una cabeza horrible, la mitad mujer de veinte años, sonrosada y fresca, pero coronada de espinas que le hacían sangrar la frente tersa, la otra mitad calavera seca, con las cuencas de los ojos vacías y negras, y una corona de rosas ciñéndole los huesos del cráneo, todo ello destacado (sobre una aureola de luz pálida, una cabeza horrible me hablaba con la boca, mitad labios de carne rosada, mitad huesos pálidos, y me decía ; « Soy tuya, eres imío, soy la locura I »
jLocol... ¡El loco en el cuartucho oscuro del manicomio, oloroso á ratón, envuelto en la camisa de fuerza !, el loco con el cabello cortado al rape, recibiendo en las flacas espaldas huesosas el chorro helado de la ducha, bajo el ojo imperturbable del hombre de ciencia que anota sus gestos violentos y sus entrecortadas blasfemias para convertirlas en una preciosa y razonada monografía...
¿Loco?... ¿y por qué no? Así murió Baudelaire, el más grande, para los verdaderos letrados, de los poetas de los últimos cincuenta años ; así murió Maupassant, sintiendo crecer alrededor de su espíritu la noche y reclamando sus ideas... ¿Por qué no has de morir así, pobre degenerado, que abusaste de todo, que soñaste con dominar el arte, con poseer la ciencia, toda la ciencia, y con agotar todas las copas en que brinda la vida las embriagueces supremas ?