Poetas mexicanos · Unidad 9 de 21

Unidad de lectura 9

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

José Ignacio Rosas Moreno, al revés de Plaza, fué de un carácter benévolo y sumiso á los contratiempos de la fortuna. Dedicado á la enseñanza, en comunicación diaria con los niños, su pluma ha estado muchos años á servicio de la escuela y por lo mismo tal vez no se conocen de él tempestuosos arranques, ni imprecaciones en verso cual las del poeta que le antecede. Gran estilista, pulcro en la forma y concienzudo maestro en el arte de escribir, pasa en México entre el contado número de los clásicos.

Rosas Moreno, autor dramático también, conquistó en el teatro aplausos muy merecidos ; pero nada ha elevado tanto su nombre como las fábulas que publicó en 1864 Y que han merecido el raro honor de ser traducidas al inglés. Como poeta es sentimental y dan

una idea de su estro favorito las siguientes estancias :

Es la existencia un cielo cuando el alma soñando embelesada con amoroso anhelo, en los ángeles fija su mirada.

¡ Feliz el alma que á la tierra olvida para vivir gozando ! ¡ Quién pudiera olvidarse de la vida ! ¡ Quién pudiera vivir siempre soñando !

En esta estrecha y mísera morada, es un sueño engañoso la alegría; - la gloria es humo y nada, y el más ardiente amor gloria de un día.

Afán eterno el corazón destroza cuando los sueños ¡ ay ! nos van dejando. Sólo el que sueña goza... ¡ Quién pudiera vivir siempre soñando !

El nombre de este poeta es digno de recordación ante todo, por su consagración á la infancia. Militó entre los obreros infatigables que han instruido á la juventud mexicana de hoy, no sólo con la palabra sino con el ejemplo. Fué grande y fué modesto. Jamás se sintió tentado por la ambición de lucro, y prefirió volver tristemente ala ciudad donde na-

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riera, para morir allí, abandonando las esferas políticas en que alguna vez le lanzaran, antes que renunciar á su libertad de acción y adquirir compromisos ingratos á su naturaleza sencilla y buena, por decir lo menos en honor de este hombre á quien muchos escritores y poetas de la actualidad deben la formación de su gusto desde la escuela.

Agustín F. Cuenca es otro ingenio desaparecido tempranamente, como los anteriores, dejando un surco profundo en la literatura nacional de México. íntimo amigo de Acuña y su compañero de estudios, logró recibirse de médico algunos años después del suicidio de éste, aunque no debía sobrevivirle por largo tiempo. El germen de una dolencia mortal que acabó con él á los treinta y cuatro años, no emponzoñó sin embargo las producciones de su numen exuberante. Nada se adivina en los versos de este poeta que acuse una enfermedad del alma derivada de la del cuerpo, como ha acontecido con otros bardos de igual talento y mucha menos resignación.

Nadie ha traducido á Stecchetti, con la precisión y la verdad que lo hizo Agustín F.

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Cuenca. Así lo acreditan estas estrofas que se hallan á la altura del conocido texto italiano:

Del sol naciente á las primeras luces, sola, enlutada, reprimiendo el llanto, mi tumba buscarás entre las cruces del mudo y solitario camposanto.

Búscala entre la yerba enmarañada, donde á los brazos de la cruz musgosa se enreda la campánula morada y trepa el tallo de la blanca rosa. .

De mi pecho esas flores han brotado y morir en el tuyo han de pedirte, que son los versos que pensé á tu lado y las ternezas que olvidé decirte.

Cuenca ha dejado viuda á Laura Méndez, insigne poetisa que vive hoy en California dirigiendo un colegio de señoritas. De ella, en lugar oportuno, reproduciré una composición poética admirable y que le ha valido grandes aplausos.

Pareja interesante fué aquella, rota por la muerte en 1884.

Laura Méndez de Cuenca, noble mujer que

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se busca hoy animosamente el pan en territorio extranjero, debe recordar con frecuencia estas quintillas, obra de su esposo y que á nadie corresponden mejor que á ella en la afanosa vida que lleva:

Sentir, amar, padecer... arte y victoria á la par en vago sueño entrever... Batallar para vencer y vencer para llorar;

Ser envidia y desamor; queja de alma apasionada; lágrima y voz de dolor, y el infierno del rencor encender en la mirada;

Ser caricia y golpe aleve, súplica y marcial arrojo, valor que á todo se atreve; la piedad que se conmueve, la vergüenza y su sonrojo;

Ser amante galanteo que en la reja solitaria sopla el fuego del deseo; en el salón devaneo y en el santuario plegaria;

Dar arranque al sentimiento, dar impulso á la pasión,

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esplendor al pensamiento, sombras al remordimiento, borrascas al corazón,

Es ser poeta... es llorar ! es ser artista... es sufrir ! nacer y no despertar, y soñar, siempre soñar la visión del porvenir.

A Manuel M. Flores, al eterno cantor de la hermosura, difícil es todavía arrebatarle el puesto que le han otorgado los mexicanos, de primer bardo erótico en la República.

Ciertamente que Flores vivió y murió cantando á la mujer en todos los tonos: que nadie como él ha derramado tan odoríferas esencias en el cabello de sus queridas: que tuvo notas dulcísimas para hacerse perdonar la inconstancia con ellas: que fué en un tiempo el bardo preferido de los amantes, y que algunos de sus versos han alcanzado triunfos desconocidos para la mayoría de los poetas: pero, es cierto también, que gran parte de sus amatorias, como esas reinas del jardín, como esas flores bellas que á todas supeditaron en color y fragancia un día, van

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de tarde en tarde palideciendo^ y no tardarán en caer desechas para servir de abono á otras plantas.

¿Puede negarse á Flores, sin embargo, el valor real que ha tenido y lo que aún tiene de grandísimo mérito en sus trabajos? Sería esto una injusticia evidente.

La poesía de Flores que palidece, la que abonará muy pronto la tierra, es esa poesía fútil, amorosa, en que tanto abunda y que no parece escrita sino para deleitar los oídos de casquivanas mujeres, pues casi toda esa poesía del mismo asunto y empaste, muy lejos está de compararse á aquella otra en que Flores se nos revela como un artista de primer orden, grandilocuente, inspirado.

Eva, el mejor canto de Flores, no morirá por cierto. En ella ha gastado el poeta los tesoros de su imaginación. Para cumplimentar á las que no fueron reinas del Paraíso, ha quedado pobre. Tuvo que apelar con frecuencia al vidrio y las joyas lalsas, en multitud de sus composiciones posteriores á Eva, porque diamantes y rubíes como los empleados en engalanar á la madre del gé-

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ñero humano, son imposibles de conseguirá cada momento.

Eva es una composición bien larga y para su mejor estudio iré aquí fraccionándola.

Era la sexta aurora. Todavía el ámbito profundo del éter, el Fíat-lux estremecía; era el sereno despertar del mundo del tiempo en la niñez.

• Amanecía, y del Creador la mano soberana ceñía con gasas de topacio y rosa, como la casta frente de una esposa, la frente virginal de la mañana.

Rodaban en la atmósfera ligera las olas de oro de la luz primera, y levantando púdica su velo Primavera gentil, rica de galas iba en los campos vírgenes del suelo regando flores al batir sus alas.

El monte azul, su cumbre de granito dejando acariciar por los celajes dispersos en el éter infinito, en campos desplegaba de esmeralda la exuberante falda de sus bosques tranquilos y salvajes. Y cortinas de móviles follajes, cascada de verdura

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cdyendo en losvbarrancos,

daban sombra y frescura

á grutas que fragantes tapizaban

rosas purpúreas y jazmines blancos.

El denso bosque presintiendo el día, poblaba su arboleda de rumores; el agua elegre y juguetona huía entre cañas y juncos tembladores. El ángel de la niebla sacudía las gotas de sus alas en las flores, y flotaba la aurora en el espacio envuelta en sus cendales de topacio.

Era la hora nupcial. Dormía la tierra como una virgen bajo el casto velo, y el regio sol al sorprenderla amante, para besarla, iluminaba el cielo.

Era la hora nupcial. Todas las olas délos ríos, las fuentes y los mares en un coro inefable preludiaban un ritmo del Cantar de los Cantares. El incienso sagrado del perfume exhalado de todas las corolas, flotaba derramando en los céfiros que al rumor de sus alas ensayaban un concierto de besos y suspiros; y cuantas aves de canoro acento se pierden en las diáfanas regiones, inundaban de músicas el viento desatando el raudal de sus canciones.

Era la hora nupcial. Naturaleza

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del caos al salir aun deslumbrada, ebria de juventud y de belleza, virginal y sagrada, velándose en misterio y poesía, sobre el tálamo en rocas de la tierra al hombre se ofrecía.

¡ El Hombre !. . . Allá en el fondo más secreto del bosque, do la sombra era más tibia del gentil palmero, y más mullida la musgosa alfombra y más rico y fragante el limonero; donde más lindas se tupían las flores y llevaba la brisa niás aromas, la fuente más rumores, y trinaban mejor los ruiseñores, y lloraban más dulce las palomas; do más bellos tendía sus velos el crepúsculo indeciso, allí el Hombre dormía; aquel era su hogar, el Paraíso.

Hasta aquí la decoración no deja que desear por la magnificencia de su pintura. Este Paraíso de Flores es sin embargo la copia fiel de un valle del trópico, y no ha necesitado el poeta, como se comprende, de una abstracción violenta para reproducirlo en la tela. El sensualismo del arte palpita en esos renglones. Difícil es no sentir el embria-

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gante perfume de nuestras seivas en tan hermoso cuadro robado á la misma naturaleza en el abandono de sus encantos. Y hay resplandores divinos en este cuadro, porque es divina también la musa que ardiente de inspiración oficia allí, en el santuario de los bosques vírgenes.

Pero, ¡qué pasaje tan triste sigue á los ani teriores versos!

El mundo inmaculado se mostraba al nacer grande y sereno; Dios miraba á lo creado y veía que era bueno.

¿Puede darse algo más prosaico, más ñoño y cuanto se quiera?

Esa frase tan desgraciada de la Biblia que representa á Dios como á un artesano embobado en la contemplación de su obra, tiene

.por fuerza en poesía, un valor paupérrimo. Agrégase á lo ruin del concepto un defecto de prosodia que crispa los nervios: las sinéresis de creado y veía en dos heptasílabos inmediatos.

• El poeta ha tropezado, es verdad, pero no

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ha caído. Sigámosle en su marcha para admirarle con el interés creciente que desarrolla.

Bañado en esplendor, lleno de aurora, de aquel instante en la sagrada calma, ala sombra dormido de la palma, y del césped florido en el regazo estaba Adán, la varonil cabeza en el robusto brazo, y esparcida á la brisa juguetona la melena gentil ; pero la altiva frente predestinada á la corona, . la noble faz augusta de belleza enmedio de su sueño, revelaban severa y melancólica tristeza. El aura matinal en blando giro su frente acariciaba, y suavemente su pecho respiraba, pero algo como el soplo de un suspiro por su labio entreabierto resbalaba. i Sufría ?... En aquel retiro sólo el Criador con el dormido estaba.

Era el hombre primer, era el momento primero de su vida, y ya su labio bosquejaba la voz del sufrimiento. La inmensa vida palpitaba en torno, pero él estaba solo. El aislamiento trasformaba en proscripto al soberano... Entonces el Criador tendió su mano y el costado de Adán tocó un instante.

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Suave, indecisa, sideral, flotante, como el leve vapor de las espumas, cual blanco rayo de la luna, errante en un girón de tenebrosas brumas, emanación castísima y serena, del cáliz virginal de la azucena, perla viviente de la aurora hermosa, ampo de luz del venidero día condensado en la forma voluptuosa de un nuevo ser que vida recibía, una blanca figura luminosa alzóse junto á Adán... Adán dormía.

Eva, la reina del Paraíso, ha surgido irreprochable^ según el Génesis. Y si bella es la manera de presentar á la primera mujer en estado fluídico, llega á más todavía el poeta en su inspiración al hacerla carne.

La primera mujer ! Fúljido cielo

I que bañó con su lumbre la mañana primer de las mañanas. i Viste luego en la vasta muchedumbre de las hijas humanas alguna más gentil, más hechicera, más ideal que la mujer primera?

La misma mano que vistió la tierra de azules horizontes,

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los campos de esmeralda, y de nieve la cumbre de los montes y de verde obscurísimo su falda ■ la que en las olas de la mar sombría alza penachos de brillante espuma, y corona de arco-iris y de bruma la catarata rápida y bravia :, la que tiñe con mágicos colores las plumas de las aves y las flores ; la que tan bellos pinta esos celajes de oro y ópalo y púrpura que forman del cielo de la tarde los paisajes ; la que cuelga en el éter cristalino el globo opaco de la luna fría y en el zenit espléndido levanta la corona del sol que lanza el día ; la que al tender el transparente velo del ancho firmamento, como rastros de sus dedos de luz dejó en el cielo el polvo fulguroso de los astros ; la mano que en la gran naturaleza pródiga vierte perennal hechizo, la del eterno Dios de la belleza, ¡ oh ! primera mujer... esa te hizo !

La dulce palidez de la azucena que se abre con la aurora y el casto rayo de la luna llena, dejaron en su faz encantadora la pureza y la luz. Los frescos labios como la rosa purpurina, rojos, esa mirada en que fulgura el alma

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en los rasgados y brillantes ojos, y por el albo cuello, voluptuoso crespón de sus hechizos, la opulenta cascada del cabello cayendo en olas de flotantes rizos.

Su casta desnudez iluminaba, su labio sonreía, y el mirar de sus ojos encendía una inefable luz que se mezclaba del albor al crepúsculo indeciso... Eva era el alma en flor del Paraíso.

Y de ella en derredor, rica de vida se agitaba dichosa naturaleza toda palpitante; como á la virgen trémula el amante, la envolvía cariñosa, Las brisas, y los hojas le cantaban la canción del susurro melodioso al compás de las fuentes que rodaban su raudal cristalino y sonoroso ; en torno cefirillos voladores su cabello empapaban con aromas; suspiraban pasando los rumores y trinaban mejor los ruiseñores y lloraban más dulce las palomas ; en tanto que las rosas extasiadas, húmedas ya con el celeste riego, temblando de cariño á su presencia, su pie bañaban de fragante esencia y se inclinaban á besarle luego.

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Iba á salir el sol, amanecía, y á la plácida sombra del palmero tranquilo Adán dormía ; su frente majestuosa acariciaba el ala de la brisa que pasaba y su labio entreabierto sonreía.

Eva le contemplaba sobre el inquieto corazón las manos, húmedos y cargados de ternura los ya lánguidos ojos soberanos ; y poco á poco, trémula, agitada, sintiendo dentro el seno, comprimido del corazón el férvido latido, sintiendo que potente, irresistible, algo inefable que en su ser había, sobre los labios del gentil dormido los suyos atraía, inclinóse sobre él...

Y de improviso se oyó el ruido de un beso palpitante; se estremeció de amor el Paraíso... i Y alzó su frente el sol en ese instante

El hombre cálido, exuberante de vida, con todos los refinamientos de la pasión amorosa, revélase en el poeta que canta á Eva. ■

El ideal supremo de la beldad femenina está encarnado en esa Venus paradisíaca, la mujer única de quien somos todos enamora-

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dos, dándole un nombre nuevo encada nueva estación de la vida. Esa mujer que nos pinta Flores, no puede morir jamás porque es eterna, porque es la misma que despierta al adolescente, sacude al hombre en su virilidad y tortura al viejo en sus noches.

¿ Por qué, pues, llamará Eva madre del género humano ?

Antes que madre, es esa la hembra nacida para el deleite. La leyenda del Paraíso no nos habla del primer hogar sino de la primera disolución. La madre no parece en aquella voluptuosa muñeca bastante instruida ya, al abrir los ojos, en el idioma de los sentidos. Senos presenta afable, provocativa, diabólicamente hermosa en su desnudez. Y para el hombre, ser tan dispuesto al amor que muy atrás deja al irracional en la brama, no existe casta desnudez, mentira!

Puede haber castidad en el arte de Fidias y Praxíteles, pero no en los ojos que ven representado con exactitud el mullido cuerpo que el pudor vela, la femenina carne de sus delirios.

En una madre apenas si toleramos el pe-

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cho ebúrneo fuera del corpino cuando le reclama la criatura que de hambre llora. La casta desnudez es una invención enteramente pagana. ,-• Quién ha podido recrearse en la contemplación de una mujer en cueros vivos si no es apartándose del sentimiento puro de la maternidad ? No seamos hipócritas. Esa Eva radiante de hermosura,

sintiendo que potente, irresistible algo inefable que en su ser había sobre los labios del gentil dormido los suyos atraía,

no tiene en tal situación nada que nos recuerde á la madre, nada que no sea una profanación de ese nombre que borra para nosotros la más remota sombra de concupiscencia.

Flores ha producido allí una obra maestra de gracia y no me detendré á señalar una poruña sus excelencias. Insistiré sí, en el punto de que el poeta ha tomado quizás demasiado al hombre. Vaga en los anteriores versos un airecillo picante, una cierta fragancia de alcoba que vende al pecador amante de

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muchas Evas, y que por ia asociación ideológica me ha llevado hasta la negación de maternidad substancial en la Venus calenturienta del Paraíso.

¿ Calumniaré yo á Flores ? Él mismo ha dicho :

Tanto he querido y con pasión tan loca, que dejé sin sentirlo en mi embeleso, un poco de mi vida en cada boca, un pedazo de mi alma en cada beso !

Esta naturaleza ardiente y simpática rindióse antes que ala muerte, ocurrida para élen 1885, á las enfermedades que envenenaron los últimos años de su existencia. Aquellos grandes ojos del poeta que reflejaron el amor y la gloria, velados fueron por una dolencia crónica hasta que expiró en los brazos de una interesante mujer que sigue amándole todavía, pues jamás le recuerda sin verter lágrimas.

En el siguiente capítulo diré algo sobre esa mujer, que fué hermosísima, que inspiró á los más grandes poetas de México, allá, en su tiempo, y á quien el vulgo hace respon-

sable del trágico fin de Acuña, por haberle éste dedicado su famoso Nocturno antes de matarse.

Flores que goza de más reputación como poeta erótico, ha abordado distintos temas en que deja muy atrás^ sin embargo, el verso amatorio. En su Oda a la Patria, digna de la hazaña que conmemora ante los muros de Puebla, donde fueron derrotadas las mejores tropas de Napoleón III, el '5 de mayo de 1862, dice el poeta:

Allí queda la invicta amazona mostrando cual trofeo la palpitante herida del combate, por la cual, ante el sol, como en el roto pecho de los guerreros de Tirteo, se ve el valiente corazón que late.

Allí queda ese fuerte de los libres ante cuyo granito la soberbia de los nunca vencidos se destroza : allí queda ese campo de pelea donde hollaron las cruces de Crimea los cascos del corcel de Zaragoza !

Toda esa composición es tonante y magnífica. Ella prueba, lo mismo que muchas

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otras iguales en valentía, que Flores al tocar la dulzaina para agradar á las mujeres, capaz era también con la trompa épica de hacerse escuchar de los hombres con entusiasmo.