Prehistoria de Mexico, obra postuma · Sección preliminar
PROLOGO
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 12 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
PROLOGO
El libro se publica tal cual lo dejó su autor, que ya lo tenía dispuesto para darlo a la estampa, aunque quizá pensaba darle algún retoque, a juzgar por algunos puntos del original.
Los Editores quisieron que escribiera estas líneas a guisa de prólogo, ya que fui testigo del empeño, del trabajo y del amor con que fue compuesta esta obra que en nuestro concepto llena el hueco que se sentía en nuestra literatura histórica, pues no había un libro donde, reuniéndose los datos que suministran los monumentos y las tradiciones, se resolvieran los problemas de la prehistoria y protohistoria de unos de nuestros aborígenes, estudiándolos con criterio libre de preocupación y ampliamente ilustrado no sólo en conocimientos de las ciencias auxiliares de la historia, sino también con sólida noticia de documentos y tradiciones de hombres de otros países. Que tal es el del limo. Sr. Planearte, lo verá el desapasionado y estudioso lector.
^ Francisco Hanegas Gal van, Obispo de Querétaro.
NO CONCLUYERON con el siglo XV los descubrimientos marítimos que gloriosamente marcaban su término con el establecimiento de numerosas colonias españolas en las islas y partes del continente americano tan providencialmente encontrado por el Almirante Dn. Cristóbal Colón. Vastísimas eran las tierras que abarcaba, al septentrión y mediodía, el continente que entonces sólo llevaba el simple nombre de tierra firme, recibiendo el de América más tarde en unión de las islas que una preocupación del Almirante hizo llamar Antillas . Tampoco se amortiguaba en Colón el deseo de hallar nuevas tierras, y para buscarlas, abandonó una vez más las playas españolas en Mayo de 1502.
Iba en la expedición con él su hermano Dn. Bartolomé, y entre la tripulación, desconocido y mezclado en la chusma, Antonio de Alaminos, imberbe y oscuro grumete. Los elementos nunca se mostraron decididos favorecedores de las empresas del Almirante: entre dificultades y peligros, trabajos y borrascas logró llegar a las costas meridionales de Cuba y siguiendo su navegación por esos mares desconocidos, encontró una islita y con ella otras más pequeñas, formando un grupo, que los marinos llamaron las Guanajas, por el nombre de Guanaja que daban los indios a la mayor.
Muy pobladas de habitaciones y árboles estaban, las costas se veían cubiertas de pinos, y por esto, dejando el descubrir al grupo el nombre que le habían dado los marineros, llamó a la más grande y más poblada Isla de Pinos. Había que reconocerla más de cerca: a Dn. Bartolomé se le dió el encargo, y al cumplirlo, advirtió que se acercaba a tomar tierra una canoa llena de indios,
tan larga como una galera y de ocho pies de ancho; venía cargada de mercaderías del occidente, y debía ser, cierto, de tierra de Yucatán, porque está cerca de allí, obra de treinta leguas, o poco más; traía en medio de la canoa un toldo de esteras, hechas de palma, que en la Nueva España llaman petates, dentro y debajo del cual venían sus mujeres e hijos, y hacendejas, y mercaderías, sin que el agua del cielo ni de la mar les pudiese mojar cosa. Las mercaderías y cosas que tenían eran muchas mantas de algodón, muy pintadas de diversos colores y labores y camisetas sin mangas, también pintadas y labradas, y de los almaizares con que cubren los hombres sus vergüenzas, de las mismas pinturas y labores. Item, espadas de palo, con unas canales en los filos y allí apegadas con pez y hilo, ciertas navajas de pedernal, hachuelas de cobre para cortar leña, y cascabeles, y unas patenas, y grisoles para fundir el cobre; muchas almendras de cacao, que tienen por moneda en la Nueva España y en Yucatán y en otras partes. Su bastimento era pan de maíz y algunas raíces comestibles, que debían ser las que en esta Española llamamos ajes y batatas, y en la Nueva España camotes: su vino era del mismo maíz que parecía cerveza. Venían en la canoa hasta veinticinco hombres, y no se osaron defender ni huir, viendo las barcas de los cristianos, y así los trajeron en su canoa a la nao del Almirante; y subiendo los^de la canoa, si acaecía asillos de sus paños menores, mostraban mucha vergüenza, luego se ponían las manos delante y las mujeres se cubrían el rostro y el cuerpo con las mantas de la manera que lo acostumbraban las moras de Granada con sus almalafas. Destas muestras de vergüenza y honestidad quedó el Almirante y todos muy satisfechos, y, tratáronlos bien y, tomándoles de aquellas mantas y cosas vistosas para llevar por muestra, mandóles dar el Almirante de las cosas de Castilla en recompensa, y dejóles ir en su canoa a todos, excepto un viejo, que parecía persona de prudencia; para que les diese aviso de lo que había por aquella tierra; porque lo primero que el Almirante inquiría, por señas, era, mostrándoles oro, que le diesen nuevas de la tierra donde lo hubiese, y porque aquel viejo le señalaba haberlo hacia las provincias de oriente, por eso le detuvieron, y lleváronlo hasta que le entendieron su lengua” (Casas-Historia de las Indias, vol. III. p. 109).
Eran ciertamente mayas los tripulantes de la embarcación, lo dice el mismo Dn. Bartolomé, hermano del Almirante, al hablar del descubrimiento de las Guanajas. “En este lugar tomaron una nave de ellos cargada de géneros y mercancías, que decían procedía de cierta provincia llamada Maia”. (Informazione di Bartolomeo Colombo. Apd. Harisse, Bibliotlieca Americana Vetustissima p. 427). Una región oriental de la península de Yucatán llevaba el nombre de Maya y así se llamaba también la lengua y los habitantes. La tierra cambió de nombre por el de Yucatán que se extendió a toda la Península y el nombre de Mayas se les quedó a los habitantes y al idioma.
Era el primer contacto de los europeos con las tribus indígenas de México y fueron excelentes las impresiones que recibió Colón de sus maneras, del modo de vestir de las mujeres y sobre todo de las mercancías que llevaban para comerciar y las naves que usaban para trasportarlas a lugares distantes de sus tierras. Nada de esto había observado antes ni en las islas ni en la Tierra firme con los indios con quienes había tratado hasta entonces. Una idea tuvo necesariamente que cruzar por su pensamiento cuando el viejo maya le dio a entender donde había oro, la de ir a buscarlo, pero no estaba entonces en condiciones de hacerlo así, y le fué preciso aplazar la expedición para más tarde.
La presencia de los mayas que llevaban efectos para cambiar en las Guanajas, nos demuestra con evidencia que había una corriente comercial entre Yucatán y las Antillas, antes que los españoles llegaran a Cuba, pero no parece que hubieran hablado de ello a sus huéspedes, los cubanos, ni que se hubieran esparcido por la isla las noticias que recibió Colón de los mayas; lo que tiene su explicación en el deseo legítimo del Almirante de reservar para sí el futuro descubrimiento. Si los españoles no lograron de otro modo adquirir la noticia de la cercanía del continente por el lado de Cuba, debe haber sido, o porque la llegada de canoas yucatecas no era frecuente, o porque la presencia de los extranjeros en la isla los había ahuyentado de sus playas, o por la misma reserva de los cubanos, que hastiados de los castellanos, sólo tenían con ellos las comunicaciones indispensables. Sea cual fuere el motivo, el caso es que se pasaron algunos años en Cuba sin que se supiera que a pocas millas había grandes y buenas tierras.
En febrero de 1517, Francisco Hernández de Córdova, Cristóbal de Morante y Lope Ochoa de Caicedo, armaron tres pequeñas naves para proveerse de gente de las Guanajas que atendieran a sus plantaciones y granjerias. Primeramente se dirigieron a Puerto Príncipe para cargar provisiones, y lo estaban haciendo, cuando el imberbe grumete de Colón, Antón de Alaminos, ahora piloto, que tenía la expedición a su cargo, recordando lo acontecido hacía quince años al ser descubiertas las Guanajas, hizo saber a Francisco Hernández de Córdova, capitán de la flotilla, que hacia el poniente de aquellas islas debían encontrarse buenas tierras que, debido a las malas condiciones de sus naves, Dn. Cristóbal Colón no pudo ver cuando se descubrieron las Guanajas.
Hernández no despreció el aviso: la expedición se hacía con la autorización de Diego de Velázquez, gobernador de Cuba, y era preciso recabar de él nuevas facultades para descubrir a su nombre, como teniente gobernador por el rey de Castilla, y tomar posesión, a nombre del rey, de las tierras que se encontraran. La respuesta de Velázquez no se hizo esperar y fué favorable a los deseos de Hernández, de modo que luego se dieron a la vela, doblando a poco el cabo de S. Antón hacia el poniente (Casas, o. c. 1. II. c. 96).
Veintiún días tardaron en recorrer el espacio de pocas millas que separa de Cuba a Yucatán por ese rumbo, ai cabo de los cuales descubrieron tierra. Era una isla muy pequeña cerca del continente: el cuatro de marzo estando en ella, vieron que se acercaban a remo y vela cinco canoas hechas a manera de artesas grandes de maderos gruesos y macizos, cavados por dentro, en que podían caber en pie cuarenta o cincuenta indios. (Berna! Díaz del Castillo. — Verdadera Historia de la Conquista de México, cap. II).
Volvían los mayas a ponerse en contacto con los europeos, mas ahora en su propio país. A Colón le llamaron la atención sus grandes canoas y modo de conducirse, a Hernández debió admirar mucho más el uso de las velas en las embarcaciones, y sobre todo los edificios que veía en la isla que pisaba, dos adoratorios, — cuyas ruinas yo mismo vi — , y entonces no sólo estaban intactos, sino arreglados para el culto, sobre plataformas piramidales hechas de piedra labrada y con dos co-
iumnas cilindricas al frente de la entrada de las celdillas superiores, sosteniendo un arquitrabe de madera primorosamente esculpida. En los aposentos, que constituían el santuario, veíanse las extrañas figuras de las diosas mayas, probablemente de madera, vestidas o pintadas como solían hacerlo, y por eso llamaron al islote isla de las Mujeres, y hasta hoy así se llama.
No fué de lo más cordial el recibimiento que hicieron en el continente a los recién llegados. Hostilizados en todas partes, muertos unos y heridos los demás, sin exceptuar al capitán, dieron la vuelta a Cuba sin acabar de reconocer la Península, ni cerciorarse de que no era isla como creyeron, engañados por el contorno de la costa visitada. A los pocos días de haber llegado, murió Hernández a consecuencia de las heridas que le infligieron los mayas, pero después de haber dotado a la corona de Castilla con la joya de más valor que la adornó en el quinto lustro después que fué descubierto el nuevo mundo.
Eran las tierras donde tan mala acogida encontraron los españoles, parte de la región que hoy, cuatrocientos años después que fueron visitadas por vez primera, lleva el nombre oficial de Estados Unidos Mexicanos. Proponiéndonos trazar su historia primitiva hasta el día en que se apoderaron de dicha región los castellanos, es preciso antes darla a conocer, y para hacerlo mejor y tener puntos de referencia en que apoyarnos, lo que conviene saber desde luego es, cómo está dividida actualmente y cuáles son los nombres que llevan las divisiones principales, con las demás indicaciones geográficas necesarias para su mejor conocimiento.
Los Estados Unidos Mexicanos están comprendidos entre los grados 14° 30’ 42” y 32° 42’ de latitud Norte. Su longitud occidental, con relación al meridiano de Greenwich, es entre los 86° 46’ 8” y 117° 7’ 31”. Tiene de superficie 757,326 millas cuadradas ó 1,946,292 kilómetros cuadrados según el Sr. García Cubas. Por la parte del septentrión linda con los Estados Unidos de Norte América; por la del mediodía, con el Océano Pacífico, la
República de Guatemala y la Colonia Inglesa de Belice. Son sus límites orientales el Golfo de México y Mar Caribe, y los occidentales, el Océano Pacífico, llamado por los antiguos Mar del Sur. 28 Estados, 2 Territorios y el Distrito Federal forman la Confederación Mexicana. Los Estados del norte, que lindan con los Estados Unidos, enumerados de este a oeste son: Tamaulipas, Nuevo León, Coabuila, Chihuahua Sonora y Territorio de la Baja California. Están situados a las orillas del Golfo de México, además del Estado de Tamaulipas ya mencionado, los de Veracruz, Tabasco, Campeche y Yucatán, con el Territorio de Quintana Roo que yace en el Mar Caribe. Al oeste en las aguas del Océano Pacífico, están comprendidos, comenzando al norte: el Estado de Sonora y Territorio de la Baja California ya nombrados y los Estados de Sinaloa, Nayarit, Jalisco, Colima, Michoacán. Guerrero, Oaxaca y Chiapas. Ocupan el centro de la República, entre los Estados que limita el Golfo de México y el Pacífico, siguiendo una dirección aproximativa de norte a sur y de oliente a poniente: San Luis Potosí, Zacatecas, Durango, Aguascalientes, Hidalgo, Querétaro, Guanajuato, México, Puebla, Tlaxcala, Morelos y el Distrito Federal.
Las costas del Golfo de México y Mar Caribe desde la frontera de los Estados Unidos hasta Belice, son bajas y arenosas, cubiertas en parte de médanos y montones de arenas movibles al soplo de recios vientos. Tienen vegetación, exuberante a veces, en las desembocaduras de los ríos. Las recortan y forman pequeños cabos y diminutos promontorios, esteros, albuferas, lagunas y rías que, a pesar de sus dimensiones, su poco fondo las incapacita para servir de abrigo a embarcaciones de calado mayor del de las canoas de pesca. Las bahías de Chetumal, Espíritu Santo y la Ascensión en el Mar Caribe, grandes y espaciosas, no reúnen las cualidades de buen puerto como en parte lo es el del Carmen en la laguna de Términos, en Campeche.
Islotes, bajos y arenosos y escolleras, se encuentran con frecuencia en frente de las costas. Sólo merece el nombre de isla, aunque pequeña, Cozumel en el Mar Caribe y el Carmen que cierra la laguna de Términos en Campeche: y si la de Mujeres, que ya conocemos, la de Ulúa y Sacrificios llevan el nombre de islas, más bien que a sus dimensiones e importancia, lo deben a las circunstancias históricas que las dieron a conocer. Sólo las
bocas de los ríos se pueden utilizar como puertos de importancia sin el auxilio de la mano del hombre, y aún en ellos, para hacer su entrada capaz de dar paso a embarcaciones de gran calado, se requiere la obra de ingenio. Las costas del Pacífico y la Baja California tienen un aspecto muy diverso. No son siempre bajas y arenosas, desnudas y estériles: las islas son mayores, como la de Cedros, al oeste de la Baja California, la del Angel de la Guarda en el Mar de Cortés o Mar Bermejo, que así se llamaba también el Golfo de California, y la del Tiburón cerca de las costas de Sonora* Hay algunos pequeños archipiélagos, en el Pacífico. Los más notable son: las Tres Marías y Revilla Gigedo. Hay espaciosas bahías y buenos puertos en ese Océano: entre las primeras, muy notable es la Magdalena en la Baja California, y de los puertos, el de Manzanillo, en Colima, y Acapulco, en Guerrero, son de buenos fondos, amplios y abrigados.
Si poco notables son las costas de México, en cambio digno de atención es su sistema orográfico. Creen algunos que es una continuación de la Cordillera de los Andes, la cadena de montañas que entra de Guatemala a Chiapas, o sale de Chiapas a Guatemala, pasa por Oaxaca y atraviesa de norte a sur el istmo de Tehuantepec, estrecha garganta de tierra de donde queda separada la península de Yucatán. Hacia el nordeste del istmo se levanta el Cempoaltépec, elevada montaña que sirve de nudo a la cordillera que entró o salió de Guatemala. Allí la cordillera se bifurca: una parte sigue al norte a cierta distancia de las aguas del Golfo de México, y lleva el nombre de Sierra Madre Oriental, la otra, en la misma dirección, más o menos paralela a las costas del Pacífico toma el nombre de Sierra Madre del Sur cuando atraviesa los estados de Chiapas, Oaxaca y Guerrero, y Occidental en adelante. Una comisión de ingenieros que estudió sobre el terreno nuestro sistema orográfico en tiempo del Segundo imperio, fué de opinión que la cadena de los Andes termina en Panamá y que las montañas mexicanas nada tenían que ver con el sistema montañoso de la América Meridional. El mismo Barón de Humboldt, que acariciaba la idea del
origen andino de nuestras cordilleras, reconoce muy marcadas diferencias entre nuestro sistema orográfico y el que se desarrolla más al sur del istmo de Panamá. Las mesetas de la América del Sur, dice: “son más bien valles limitados en forma longitudinal, colocados entre dos ramales de la gran Cordillera de los Andes: en México, por el contrario, se forma la mesa a espaldas de las montañas”. En seguida continúa: “en el Perú las crestas de los Andes se constituyen por las montañas más elevadas; en México, las cumbres, menos colosales ciertamente, pero que no bajan de una altura de 4.900 a 5,000 métros, están puestas en la meseta y colocadas en una alineación que en manera alguna está relacionada con una dirección paralela al eje principal de la Cordillera”.
Dejemos a los geólogos el trabajo de resolver si las nuestras son o no una continuación de las montañas de Sudamérica; quien deseare más detalles, además de las obras de Humboldt, podrá ver, “La Terra”, de Marinelli, y el tratado especial de Violet d’Aoust, que con nuestros geólogos y geógrafos trata la materia de un modo especial. ( Observations sur le systéme des montagnes d’Anahuac).
La península de la Baja California posee una tercera cadena de montañas que se liga con las otras dos al sistema orográfico de los Estados Unidos y corre paralela a la Sierra Madre Occidental, llevando el nombre de Sierra de la Giganta. El paralelismo de la cordillera con otros indicios geológicos y presunciones, nacen pensar que unida la que hoy es península, en las épocas de mayores perturbaciones de nuestro continente, un extenso valle separara de la Sierra Madre a la Cordillera de la Giganta. Vino una conmoción tremenda que hizo bajar notablemente el nivel del valle quedando inferior al de las aguas, y entonces las del Pacífico lo inundaron. Si la hipótesis responde a la configuración geográfica de los terrenos adyacentes, no sé si será admisible después de un examen del fondo del Mar Bermejo, y queda también la resolución a los especialistas en la materia.
Del nudo del Cempoaltépec se desprende una pequeña y baja cordillera, que imitando los contornos del Golfo de México en su lado meridional pasa por Tabasco, se ramifica y va a mo-
rir a Campeche y Quintana Roo. Es todo el sistema orográfico que hay en Yucatán.
Las cadenas de montañas de México, no se limitan a la Sierra Madre y a las cadenas de ambas penínsulas, Yucatán y Baja California. Contrafuertes y estribaciones se dirigen perpendicularmente de los ejes, a uno y otro lado de ambas Sierras, oriental y occidental y nuevas cadenas se forman entre una y otra que como puentes las unen en varias partes. La principal de todas, por estar compuesta de los picos más elevados, se extiende por las regiones más históricas del centro, en una zona comprendida entre los 18° 59’ y 19° 12’ de latitud, dividiendo ios Estados de México y Morelos de Hidalgo y Puebla, y se encadena con otras ramificaciones, penetrando, por el oeste, a Michoacán y Jalisco, y por el este a Yeracruz. Los primeros colonos españoles, llamaron a la serie principal de montañas entre México y Puebla, la Sierra de los Volcanes, por las dos nevadas cimas que contiene: el Iztaccíbuatl o íztactépetl que apagó sus fuegos hace muchos siglos, y el Popocatépetl que boy tiene los suyos escondidos, pero los mostró amenazador a los españoles cuando pisaron sus faldas por vez primera. A estas dos montañas colosales, centinelas avanzadas, que guardan la entrada oriental del Valle de México, en donde se agruparon las tribus indígenas al derredor de los lagos, se acerca, como avergonzado por su relativa pequeñez el Tlaloc, pero ufano al mismo tiempo, por su investidura sagrada. Era la habitación del Tenante mexicano y como el Ida y el Olimpo también escondía con nubes la mansión de los seres celestiales.
Otra cordillera suavemente se aleja de los declives del Pococatépetl dejando un paso para entrar fácilmente al plan de Amilpas en Morelos, y formando ángulo recto con el Volcán, se dirige enteramente al oeste. Los antiguos llamaban a esta otra serranía Axochco, los españoles sierra del Ajusco, y así se llama ahora. Sus alturas que dividen del Valle de México los valles, cañadas y vegas que rodean a Cuernavaca continúan en la misma dirección y son los límites al nordeste de Morelos, donde se unen en el Estado de México con el pico elevado del Cempoala e internándose en el Estado con el más elevado aún del Citlaltépetl o Nevado de Toluca. Algunos dan a esta montana el nombre de Xinantecatl dejando el de Citlaltépetl para el
Pico de Orizaba. Las cumbres y mesetas que siguen constantemente la dirección que tomaron al formar la nueva cordillera del Ajusco, penetran a Michoacán y se unen al Pico de Tancítaro en el lugar donde se eslabona con la Sierra Madre Occidental, y allí forman las montañas un recodo que entra en Jalisco al sur del lago de Chapala. La parte más occidental de la derivación de la cordillera abraza el Nevado o Volcán de Colima y sigue con dirección hacia el norte para encontrar la Sierra de Nayarit, que divide a Jalisco del Territorio de Tepic, y no es sino una continuación de la Sierra Madre Occidental, que más adelante, en Durango, toma el nombre de Sierra de Topía y en Chihuahua, el de la Tarahumara.
La misma cordillera de los Volcanes con que se unió la del Ajusco al occidente, dejando al oriente fértiles vegas y amenos valles, regados con el agua que fluye de sus deshielos, sigue con suave pendiente por una derivación que arranca del Popocatépetl y en dirección contraria al Ajusco va a reunirse con el Matlalcueitl o cerro de la Malinche en Tlaxcala y de allí en la misma dirección, con el Poyautépetl o Pico de Orizaba, que estuvo en actividad en el siglo XVI y ahora es un volcán dormido, el cual se levanta entre Puebla y Veracruz y alcanza con sus contrafuertes en el Nordeste al Cofre de Perote o Naucampatépetl en la Sierra Madre Oriental.
Puentes de igual naturaleza, entre las dos cordilleras principales, aunque no de la importancia del que acabamos de mencionar, enlazan en otras partes la occidental con la Sierra Madre oriental, formando cadenas secundarias enlazadas con las derivaciones, estribos y contrafuertes de una y otra y forman una red de montañas, cerros, colinas y lomas que desde las alturas más elevadas dan a los terrenos montañosos más bajos, la apariencia de un inmenso pliego de papel que haya sido fuertemente estrujado entre las manos y extendido después sobre una superficie plana sin hacer desaparecer las arrugas. El Presidente Lerdo de Tejada comparaba a México con un cuero arrugado. Las aguas de los antiguos lagos que dejaron secos sus fondos en épocas remotas, nivelaron muchos terrenos formando al pie de las montañas, extensas llanuras, cerrados valles, estrechas cañadas y prolongadas vegas en todas direcciones, sólo cortadas
por grietas y barrancas abiertas por terremotos y corrientes de agua.
Las montañas mencionadas son como dijimos, las más altas: 17,540 pies de altura ó 5425 metros tiene el PopocatépetL 17.362 el Citlaltépetl o Pico de Orizaba, 5.295 metros, según García Cubas; 16.076 el Xxtlacihuatl ó 4.900 metros; 15.019 pies el Xinantécatl o Nevado de Toluca ó 4,578 metros 13.628 la cima más culminante del Ajusco ó 4.153 metros; 13.415 pies ó 4.089 metros, el Cofre de Perote o Naucampatépet!; 14.363 el Nevado de Colima ó 4.378 metros y 12.467 el Pico de Tancítaro ó 3.884 metros. Tiene razón Humboldt cuando dice que en México, están fuera de las cordilleras principales las más altas montañas. Fácil es entender que no es de un mismo nivel la elevación de la gran Mesa Central y que hay gran diferencia entre los valles de México y Toluca, el bajío de Guanajuato y la cuenca del río Bravo. Como término medio de la altura del terreno en las planicies comprendidas entre México y las fronteras de Coahuila y Chihuahua, se calcula una elevación de 3.625 pies sobre el nivel del mar, teniendo en cuenta que el valle de México tiene una elevación de 7.500 pies ó 2.270 metros, el de Toluca pasa de los 8.000 ó 2.580 metros y la pequeña cañada de Tres Marías llega a unos 10.000 pies, en el camino de México a Cuernavaca.
Lo que se llama sencillamente la Mesa Central dice el Dr. E. Wittich y “se considera como una sola altiplanicie, se compone en realidad de un gran número de llanuras altas, situadas a diferentes alturas sobre el nivel del mar: algunas se levantan más de 2.000 metros con un rumbo general de norte a sur”. (Morfología y origen de la Mesa Central de México en B, de la S. de G. y E. Jul. y Ag. 1918 pág. 128).
La Sierra Madre Oriental comienza a levantarse notablemente a la distancia aproximativa y media de unas cien millas de ía costa del Golfo de México, y de allí rápidamente se eleva hasta llegar a las llanuras de la Mesa Central con rápida inclinación, lo que dificulta el ascenso y deja pocos pasos practicables para la comunicación entre el mar y el interior. Mucho más cerca de la costa comienzan las faldas de la Sierra Madre Occidental, quedando una faja estrecha a lo largo del Pacífico y el Golfo de California y presentando en lo general las mismas
dificultades de ascenso que en su gemela oriental. Hay en esta segunda, pasos más practicables en Tamaulipas donde la cordillera se eleva menos, se aparta más de las costas y es suave y tendida la elevación hacia las mesetas en los otros Estados limítrofes de Tamaulipas al Nordeste. En la ruta de Tula, a 1.171 metros de elevación a Tampico, por ejemplo, el paso más elevado no tiene una altura mayor de unos 4.800 pies sobre el nivel del mar; menos de la mitad de la altura de las Tres Marías en el camino para Cuernavaca y dos terceras partes del de Veracruz a México, suponiendo que el Valle fuera la altura mayor por donde había de pasar.
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Las conmociones geológicas en un país eminentemente volcánico, las lluvias tempestuosas, los torrentes que se precipitan de las montañas y otros agentes físicos y químicos fueron los medios de que se valió la Providencia para formar, por una parte, esas inmensas planicies horizontales en las alturas y flancos interiores de las cordilleras, y por la otra, para abrir interminables, anchas y profundas barrancas que llegan a tener millares de pies de profundidad y varias millas de anchura; cuyos fondos están adornados con un verde tapiz de plantas matizado de pintadas flores, surcado por los hilos de plata de alguna corriente o los anchos listones de algún río.
Entre las barrancas más comunmente conocidas citaremos las de Oblatos, Atenquique, y Beltrán en Jalisco y Colima, la de Mochitilte entre Guadal aj ara y Tepic, la de Malinaltenango en México; la Cuera en Morelos; Zirizícuaro, Ziracuarítiro y el Jaral en Michoacán; Tomellín en Oaxaca y centenares de otras en todas partes, porque no hay Estado en la República que no tenga una montaña y una célebre barranca conocida por algún acontecimiento local o alguna histórica leyenda. La barranca de Urique, en Chihuahua, mide en algunas partes, de diez a doce mil pies de profundidad, 3,300 pies como término medio. El primer europeo que a ella descendió, sábese que fué el jesuíta lombardo P. Salvaterra, misionero de la Tarahumara. Los indios neófitos que lo acompañaban querían disuadirlo de la empresa y le decían: “Padre, es un abismo impenetrable; sólo
entran los pájaros, debido a sus alas”. El Padre Alegre en su narración de los trabajos apostólicos de este misionero consignó la hazaña atrevida. (Historia de la Compañía de Jesús en Nueva España, vol. II pág. 51). El Padre Gerste, hermano de hábito del misionero lombardo, que viajó por los mismos lugares así se expresa: “A veces a la admiración se mezcla cierta dosis de terror. No hay cosa que más sobrecoja al explorador novicio como el verse de repente detenido por alguna de esas impracticables barrancas, enormes rasgones que parecen desgarrar hasta el fondo la masa de la tierra”. Puede decirse en cierto modo que sean las barrancas el corazón de la tierra y cuando los antiguos ñauas llamaban al ocólotl el corazón de la montaña, según el P. Ríos, se referían al eco de las barrancas que repercutían el rugido del animal. Las barrancas, continúa el escritor belga P. Gerste, antes citado, guardan los secretos de la tierra; “los arcanos de su flora primitiva, de su fauna mejor conservados en los tipos aborígenes auténticos; el secreto de su constitución íntima puesto que en ninguna otra parte se pueden ver mejor las estratificaciones diversas, los acarreos sucesivos de las erupciones volcánicas y de la sedimentación”. (Voyage d’exploration dans la Tarahumara. p. 17).
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Veamos los secretos que se han podido arrancar al corazón de la tierra en nuestro país, y comencemos por su constitución geológica. “La geología de México ha sido imperfectamente estudiada” decía en 1898 nuestro embajador en los Estados Unidos. (Romero. México and íhe United States, pag. 12) Mas como no pretendemos hacer un curso de geología mexicana, sino dar a conocer superficialmente la constitución de nuestro territorio por medio de ligerísimos toques de pluma, para ello tenemos de sobra con las noticias, no tan superficiales, como se pudiera creer, que encontramos en las obras de nuestros geólogos nacionales. Por ellos sabemos que las rocas eruptivas tales como granitos, sienitas, dioritas, traquitas, basaltos, pórfidos, obsidianas y demás, abundan excesivamente en la Sierra Madre Occidental, mientras que 3a oriental está formada en su mayor par-
te de calizas, escasísimas de fósiles. Esto nos indica que en la parte oriental se encuentran máximamente los escasísimos elementos precambrianos, que son los primitivos, cuya área es de poquísima importancia con relación a los terrenos mezozoicos, terciarios y cuaternarios que cubren gran parte del territorio nacional. (Véase Ordóñez. Las Rocas Arcaicas de México. Aguila. Bosquejo Geológico de México, en las Memorias de la Sociedad Ant. Alzate vol. XXII y Revista Ant. Alzate vol. XV).
Por las rocas fosilíferas que se encuentran principalmente en algunos puntos de los Estados de Veracruz, Hidalgo, México, Guerrero y Jalisco, y que observé yo mismo en Micboacán, Guerrero y principalmente en Morelos, donde se encuentran esparcidas por la superficie de todo el cerro de Sta. María, cerca de Tlalquiltenanco, pero sobre todo en las montañas que corren paralelas a las costas del Pacífico, ban podido determinar los geólogos, con cierto grado de probabilidad, que las sustancias ígneas que se extienden por nuestro territorio, principalmente en la parte occidental, fueron el resultado de erupciones volcánicas en el período eoceno, si no es que comenzaron a fines del cretáceo con las sienitas y dioritas. Las andesitas aparecieron en el período mioceno y las grandes erupciones basálticas, llenaron con sus lavas, arenas, escorias, bombas y lapilos, nuestro territorio en la época cuaternaria, prolongándose con más o menos interrupciones de intensidad y actividad hasta nuestros días en la zona de actividades subterráneas que se extiende entre los paralelos de latitud 18° y 22° y muy especialmente en el 19° desde el Volcán de Tuxtla en Veracruz hasta el de Colima. (Véase Roa Bárcena. Datos para el estudio de las rocas Mezozoicas de México — Aguilar. Los Volcanes de México.) Esto significa en buenos términos, que primero quedaron despejados los terrenos de la Mesa Central de nuestro territorio levantándose del líquido que los cubría, después los terremotos y las erupciones volcánicas modificaron la superficie, subiendo el nivel dé los terrenos en unas partes y bajándolo en otras, formando montañas elevadas y abriendo profundas simas. Las mayores actividades se manifestaron en los bordes del Pacífico y pruebas de ello nos han quedado en la separación de la Baja California y formación del Mar Bermejo o Golfo de Cortés. Tal era la
superficie de nuestro territorio en donde los metales que lo enriquecieron encontraron cabida en las fisuras o aberturas de los esquistos y diversas rocas porfídicas.
Las cuencas y oquedades que se formaban por el movimiento desigual de los terrenos se iban llenando con las aguas copiosísimas que se precipitaban de una atmósfera saturada de vapor y por las corrientes formadas con los deshielos de las nieves de las montañas en las épocas glaciales, que no encontraban salida. Los detritus de las rocas pulverizadas por el frotamiento y la acción química y mecánica de ios fuegos subterráneos, humedecidos, se preparaban a recibir los primeros gérmenes vegetales que les llevaba el aire y unos sucedían a los otros en la secuela de los siglos, depositando sus residuos en el fondo de los lagos. Caminos abiertos por más recientes conmociones del suelo dejaron libre el paso a las aguas que llenaban los lagos, y éstos, acabados de secar por la evaporación, con sus fondos nivelados, formaron las llanuras y los valles.
El Dr. Wittich, en el estudio que antes citamos, trae las conclusiones siguientes de los argumentos que lógicamente desenvuelve: “Resumiendo en pocas palabras los acontecimientos y las fuerzas dinámicas que en conjunto ban labrado y modelado la Mesa Central, podemos distinguir las siguientes fases principales, que naturalmente no en todas las mesetas se manifestaron:— Io A consecuencia de movimientos tectónicos, hundimientos de grandes zonas continentales y el levantamiento de sierras que las rodean dando lugar a muchas erupciones volcánicas.— 2o Rellenamiento de estas depresiones con escombros en parte de erosión local. — 3o Formación de lagunas y aguajes estancados.— 4o En las cuencas cerradas, desecación de las aguas, transformación de las aguas dulces en saladas y el acabamiento de las corrientes superficiales y subterráneas y reducción de los aguajes. — -5o Eflorescencias y precipitación de sales y demás minerales antes disueltos en las aguas. — ó° Disminución de las precipitaciones acuáticas, cambio del clima: efectos de los vientos; formaciones eólicas, transformación de las depresiones en estepas y desiertos, (o. y 1. cit. pág. 139).
Una vegetación exhuberante cubrió con toda seguridad las márgenes de los lagos, las faldas de las montañas y las orillas de los ríos que se habían formado. Tales condiciones se demuestran
por las especies de animales propias de tales terrenos y de las épocas geológicas a que corresponden las mismas especies y géneros que se encuentran en el antiguo hemisferio. En este caso se encuentran los huesos fósiles que yacen enterrados en las diversas regiones de nuestro país, y no queda duda posible de que no haya sucedido en México lo que sucedió en Europa en donde con mayor perfección se llevan a cabo las exploraciones geológicas y paleontológicas.
Restos fósiles de grandes paquidermos se encuentran en México desde Sonora, Nuevo León y Coahuila, hasta Oaxaca, Tabasco y Chiapas. En cuanto a uno de los lugares más altos de la Mesa Central, el tajo practicado para dar corriente a las aguas sobrantes acumuladas en el Valle de México, sacó a luz muchos restos fósiles de los antiguos animales que poblaban sus riveras y las faldas de sus montañas.
La extensa área de la cuenca que forma el Valle de México ha estado siempre ocupada por grandes lagos que, por distintas causas, se han ido reduciendo. En virtud de sus condiciones especiales, dice el Dr. Villada, “disfrutaba Ja región que se considera, de un clima bastante cálido y excesivamente húmedo. Merced a esta doble influencia, su flora y fauna se desarrolló con extraordinario vigor. Las elevadas cumbres y los flancos de las montañas se cubrieron de espesos bosques, cuyos restos se conservan hasta el presente, y con un tupido manto de verdura la extensa superficie de las aguas. La vida animal tuvo su mayor apogeo como lo comprueban testigos irrecusables de su pasada grandeza, como son los fósiles”.
Enumera en seguida el citado geólogo mexicano las diversas especies descubiertas allí; el glyptodon mexicanus, que aún permanece aislado en medio de los demás de este grupo. De talla gigantesca, carapacho inmóvil semejante al de una tortuga, muy convexo y exornado de tubérculos estrellados. La única especie viviente en el Valle de México que se le aproxima, es el armadillo, cachicama novecincta, que los indios llaman aiotochtli. (La Naturaleza, tercera serie t. I. c. I. págs. 7 y 8).
Creíase del glyptodon que habitara únicamente la cuenca del río de la Plata y las Pampas Argentinas: aparecieron sus restos en Tequisquiac y como se notaron algunas diferencias en los huesos y carapacho que parecieron específicas a los paleon-
tólogos que los examinaron, propusieron darle el nombre de glyptodon mexicanus. (Descripción de un mamífero fósil, del género glyjytodon, encontrado en Tequisquiac).
Sigue enumerando el Sr. Villada los équidos, ^representados por diversas especies del género equus cuya genealogía data de muy atrás. Todas nuestras especies domésticas provienen del Antiguo Continente, pues en América se extinguieron del todo las primitivas”. Las especies fósiles encontradas en Tequisquiac y clasificadas por el Prof. Cope, son: — Ia E. crenidens, de mayor talla que los caballos actuales.— 2a E. tau, de talla mediana, que por sus caracteres dentarios se aproxima al asno y a la zebra»— 3a E. occidentale, que como la anterior, más bien corresponde a la sección asinus. — 4a E. barcenaei, cuya pequeña talla lo distingue muy particularmente de los anteriores. — -5a Finalmente, E. platystilus.
De la familia de los rinoceróntidos “tan sólo una o dos de sus especies pueden señalarse hasta hoy en el pleistoceno mexicano”.
Mejor representados están los camélidos. En rigor, el hololemnicus hesiernus de Cope, según Leidy, puede considerarse como del género auchenia “al cual pertenecen las tres especies que viven actualmente en la cordillera del Perú; la llama o huanaco, que según Hernández, vivió también en México; la alpaca y la vicuña. La referida especie extinguida, excedió en tamaño al camello actual”. El eschatius conidens se extendió muy al norte; el palauchenia magna, de mayor talla que los actuales y el auchenia minima, de un tamaño menor, dejaron allí sus restos con el auchenia castilli.
De la tribu bovina “se han extraído innumerables restos de ima especie muy corpulenta, el bos latifrons de Harían, que corresponde más bien al grupo taurina que al bisontina, como el llamado cíbolo de nuestra frontera norte, bison americanus”.
Los suideos, familia a que pertenecen los cerdos, “tuvo un sólo representante de un género próximo al dicotyles actual, que tiene la particularidad de tener una glándula adiposa en el espinazo, y del cual género viven dos especies en los lugares cálidos de México: el jabalí roedlo. D. tayassu, y el jabalí candangas, D. bilabiatus; siendo este último más corpulento y bravio
que el primero. La especie fósil es el platygonus compressus, Le Cont., o P. Alemanii, A. Dug”.
El importante grupo de los proboscideos excede en el número de los restos que dejó en muchas de las regiones *de nuestro país y sobre todo en el Valle de México. “Dos son hasta hoy las especies descubiertas de verdaderos elephas: el E. primigenius Blum, y el E. Columbi, Falc. ; uno y otro más parecidos al elefante asiático que al africano del mundo actual. La primera de las dos especies fósiles señaladas, vivió también en el Antiguo Continente. La segunda fué más corpulenta, pero menos complicada la superficie trituradora de sus molares, lo cual es indicio de que se alimentaba con vegetales menos duros; más que una verdadera especie, puede considerársela como simple raza de la primera, especial de América”.
“Los mastodontes alcanzaron quizá mayor talla, pero su fecundidad fué seguramente más limitada”. El Prof. Cope separa cuatro especies del antiguo género mastodon de Cubier, para distribuirlas en otros dos nuevos géneros creados por él. De ellas el dibelodon chepardi y probablemente también el tetrabelodon anvium vivieron en el antiguo Valle de México. (Villada o. c. págs. 9 y 10).
La parte más nueva de nuestro territorio es la Península de Yucatán. Ya muchos de los volcanes que habían arrojado torrentes de lava estaban apagados, y secos muchos de los lagos que reflejaron sus fuegos en los cristales de sus aguas, mientras estaba aún Yucatán sepultado bajo las olas del Océano. Su suelo está compuesto únicamente de terrenos calcáreos y de los productos que resultan de la destrucción de éste por las intemperies. La región comprendida entre las montañas de la alta Vera Paz al Sur, el alto Usumacinta al Sudoeste y las regiones regadas por los ríos que desembocan en la Laguna de Términos, con el mar al Norte y al Oriente, se puede decir que no tiene más agua que la que corre por debajo de la superficie. “Es que el suelo yucateco, — dice el Prof. Engerrand, — está constituido por una caliza no compacta sino agrietada y fisurada de tal manera que las aguas de lluvia en lugar de permanecer y formar ríos, se infiltran en dicho suelo y se acumulan en su interior”. “Los ríos se forman en el subsuelo y caminando por las entrañas de la tierra van a desaguar al mar.
La evolución de la Península Yucateca no ha terminado aún. Varios fenómenos comprueban un levantamiento pausado pero progresivo: tales son entre otros “la desaparición del agua en ciertos Anotes; la desecación de lagunas; la aparición al aire libre de capas formadas en los cenotes, seguida de la destrucción de las formas superficiales, etc.” (Engerrand. Informe sobre una excursión prehistórica en el estado de Yucatán. An. del M. N. de Arqueología II. p. 252-254).
La caliza del suelo de la península, está formada en gran parte por residuos de animales marinos, cuyas especies aún viven en las aguas que bañan las costas del Mar Caribe, y ios fósiles que se encuentran en varias partes, mientras sus congéneres aún se mueven en el Golfo mexicano, convencen a los geólogos de que cuando por vez primera, los terrenos de Yucatán recibieron directamente los rayos solares, estaba para terminar el período plioceno, si no es que ya hubiera principiado el pleisíoceno, en que se supone la clausura de la última época glacial, once o doce mil años antes de la era vulgar. La población del Mundo antiguo creen algunos ya estaba entonces condensada en algunos lugares, y nota el Prof. Holmes que la emersión de parte del suelo yucateco tuvo que acontecer cuando se supone que sucedió la inmersión de la Atlántida de Platón, imaginario confínente que se piensa estuvo en medio del Atlántico (Archeoíogical studies among the ancient cities of México).
Si México estuvo abundantemente dotado de corrientes de agua o inmensos lagos, antes que el hombre apareciera, hoy en vez tiene una rica nomenclatura hidrográfica y esto desgraciadamente no hace que sea convenientemente regada. Con tantos ríos como nombres llevan las que tenemos, no quedaría rincón estéril. Seis o siete nombres, que yo sepa, dan al Mexcala, otros tantos al Lenna, y el Pánuco no les va en zaga, sin contar los duplicados y triplicados nombres de sus afluentes y subafluentes. Casi tantos son los nombres de los ríos como los lugares por donde pasan.
Todos convienen, en general, que la escasez de las corrientes de agua en gran parte se debe a la topografía del suelo mexicano. Al sur, lo estrecha el istmo de Tehuantepec, y las dos cordilleras que siguen hacia el norte por toda su longitud, lo encierran sin detener las aguas pluviales que la falta de bosques en muchos lugares hace escasas, resumiéndose las que le conceden las nubes y precipitándose por las aberturas en su cubierta de basalto y pórfido con que lo dotaron los volcanes para seguir encajonadas su vertiginosa carrera hacia el mar.
El Bravo es el mayor de ios ríos que, en parte, pertenecen a México sirviéndole de lindero con ios Estados Unidos; pero como nace en este país, allí es donde se aprovechan mejor sus aguas. Uno de sus afluentes es el Conchos: riega parte del territorio de Chihuahua en donde nace, y engrosado con las corrientes del Savetó y el Nonoava del mismo Estado, une sus aguas a las del Bravo cerca de Oginaga o Presidio del Norte. Otro afluente mexicano del río fronterizo, aunque menos importante que el Conchos, es el Salado que nace en Coahuila y pasa por Nuevo León, recibe algunos tributarios en ambos Estados y desemboca en el Bravo cerca de Guerrero de Tamaulipas. El río de las Conchas tiene sus fuentes en Nuevo León y desemboca en el mar pasando por Tamaulipas. Cosa igual acontece con el río Soto la Marina.
El Pánuco nace en la unión de dos pequeños riachuelos; el río grande de Tula o río de Tepexi, que nace en la municipalidad de ese nombre. En el Estado de Hidalgo, va recorriendo los arroyos y escurrideros del nordeste de Hidalgo con los desagües del valle de México, y pasando por los límites del Estado de Querétaro, recibe con el río de San Juan, todas las corrientes del Estado, antes de llegar a Pisaflores y entrar en San Luis Potosí. En el distrito de Tamazunchale se le une el Amajaque, con las aguas de Meztitlán y la mayor parte de las vertientes de la Sierra Madre oriental que pasa por Hidalgo, y en ese mismo distrito se le unen los ríos Zocatípan, Xumucmico y Tancuilán con las de esa misma que pasa por San Luis Potosí. El Taiüesí, que viene del noroeste de Tamaulipas, vierte en su lecho casi todas las corrientes del Estado que van reuniendo sus numerosos afluentes. Engrosado el Pánuco con esas aguas pasa por Tampico, en donde ya es navegable por toda
clase de embarcaciones, y a poco desemboca en el mar, entre los Estados de Tamaulipas y Veracruz. Su boca es ancha, y su barra acondicionada artificialmente para la entrada de grandes buques que apenas pueden pasar unos cuantos kilómetros al oeste de Tampico, pero las grandes canoas llegan hasta el pueblo de Pánuco y las pequeñas hasta donde comienzan los rápidos de las primeras elevaciones de la cordillera y pueden penetrar tanto por la corriente principal cuanto por la de su afluente el Tamesí.
El Cazones y el Blanco son pequeños ríos de Yeracruz que desembocan en el Golfo de México, lo mismo que el de la Antigua o río de Cempoala. Mayor es el de Alvarado o Papaloapan, río de las mariposas, que nace en las montañas de Oaxaca, y más importante aún el Coatzacoalcos, conductor al mar de las aguas de la cordillera que pasa por el Istmo de Tehuantepec. Las aguas que bajan de las montañas del norte de Chiapas forman la red fluvial de Tabasco, que con el río González, ei Seco, el Grijalva y sobre todo el Usumacinta hacen del Estado uno de los más abundantes de agua de nuestra República. El Usumacinta baja de las montañas de Guatemala y recibe una infinidad de grandes y pequeños afluentes que engruesan sus corrientes al grado de hacerlas navegables por largo trecho en embarcaciones pequeñas. En las llanuras se divide y entra al mar con nombres diferentes según las bocas. El río de San Pedro y el de Palizada son corrientes que pasan por Campeche y no son tan despreciables. Después de éstos, hacia oriente sólo merece el nombre de río el de la Candelaria que como el Palizada, desemboca en la laguna de Términos.
En la Península de Yucatán comprendiendo la parte oriental del Estado de Campeche, si se exceptúa el insignificante río de Champotón en este Estado, las demás corrientes de agua van por debajo de la tierra y sólo se comunican con la superficie por aberturas y pozos. Después que emergieron del mar los terrenos de la península, cuando comenzó a invadirlos la vegetación del sudoeste, las descargas eléctricas, tan frecuentes en las tempestades, originaban combinaciones químicas que atacaban las calizas del suelo por donde el poco declive bacía que las aguas bajaran lentamente. Así fuéronse abriendo pasos subterráneos y se formaron los cenotes que son los pozos de aguas vivas de
que se servían para los usos domésticos los indios, abiertos naturalmente por derrumbes . o quizá intencionalmente por ellos para buscar el líquido que les hacía falta. La lentitud con que baja al mar el agua de las lluvias en un terreno de insignificante declive, tiene húmeda la tierra y cargada de vapor la atmósfera: con esto y el calor tropical, la vegetación es exhuberante en donde se ha llegado a formar una capa de tierra, aunque de poca profundidad. Los bosques se poblaron de altos y rollizos árboles y las plantas y arbustos se desarrollan con pasmosa- rapidez. La industria humana desde los tiempos más remotos, en adición a los naturales cenotes, construyó aljibes y depósitos para conservar el agua necesaria a una densa población como fué antiguamente la de Yucatán, según se echa de ver por las ruinas diseminadas en todo el país.
El río Hondo forma el límite meridional de la República y divide al Territorio de Quintana Roo de la colonia inglesa de Belice.
La Península de la Baja California en el norte mucho se parece en la escasez de agua a su hermana del sur: con la desventaja de no tener como ésta, corrientes subterráneas: así es que los ríos sólo corren por la superficie cuando llueve, siendo pocos los manantiales perennes.
Al norte de Sonora el primer río que encontramos después del Gila, cuya sola desembocadura pertenece a México, es el de la Asunción, que nace en el mismo Estado, lo mismo que el Matape: ambos entran en el Golfo de California.
Sigue el Yaqui cuyas corrientes vienen desde las faldas de la cordillera que divide a Sonora de Chihuahua; recibe las aguas del río Moctezuma, río Chico y el Mulatos o Papigochi, que nace en el distrito de Guerrero, en Chihuahua, y otros afluentes que fertilizan muchos y muy buenos terrenos de Sonora. El Mayo nace también en Chihuahua, y después del Yaqui es el de curso más largo: los dos van a dejar también sus aguas en el Golfo de California.
A Sinaloa partenecen el Alamos y el Fuerte, que recoge el agua de una vasta cuenca: recibe el río del Septentrión que viene de Chihuahua, lo mismo que el Chinipas y, más al sur, el de San Miguel, engrosado por el Batopilas y el Urique. El Alamos y el Fuerte desembocan en el mar de Cortés. El Sina-
loa, el río Culiacán, el Elota, el Piaxtla, el Mazatlán y el Chamatla son ríos que nacen en Durango y entran al Pacífico en Sinaloa. Las demás corrientes, de menor importancia se originan todas en las vertientes occidentales de la Sierra Madre, cuyas estribaciones e insignificantes ramales son las únicas alturas que se ven en Sinaloa siendo de alguna importancia únicamente la sierra de Durango.
Dos importantes ríos desaguan en el territorio de Tepic, cerca uno del otro: el río de San Pedro, que viene de Zacatecas y Durango trayendo las aguas del Mezquital y sus afluentes, algunos de los cuales nacen en Zacatecas, los otros en Durango. El río de Santiago o Tololotlán es digno de mayor atención que el anterior. Nace en los deshielos del Nevado de Toluca, en los manantiales de las faldas de la montaña cuyas aguas se pierden en la cenagosa laguna de Lerma, nombre que toma también el río. Los aztecas le daban el de Chicunahuapan, que era el río del infierno o Mictlan de su mitología. Pasa por los Estados de Guanajuato y Micboacán, y de ambos recibe algunas corrientes de agua hasta entrar en la laguna de Chapala en donde entran también el Duero de Zamora, el Celio de Jacona y otros menores, y todos salen de la laguna junto con el Lerma que ya toma el nombre de Santiago o Tololotlán, Se le unen algunas de las corrientes de Jalisco y otras de las de Zacatecas y Aguascalientes: en Tepic recibe ios derrames de la sierra de Nayarit y entra en el Pacífico. Colima tiene el río de Armería que nace en Jalisco y desagua en el Pacífico.
El río de las Balsas, que con el Pánuco y el Lerma, son los cursos de agua que recorren mayor extensión de territorio en México, se forma del Atoyac, el Quetzalapan, el Zauapan y otros ríos de Puebla y de Tlaxcala que recogen las aguas de la vertiente oriental de la cordillera de los Volcanes y el Matlalcueye con las otras alturas que forman lo que llamaron los españoles la sierra de Tlaxcala. Apenas entra al Estado de Guerrero, cuando recibe el río de Cuantía con todas las aguas que riegan el plan de Amilpas, en Morelos, al oriente de la pequeña cordillera de las Tetillas, la cual divide dicho plan de la vega de Mazatepec y la cañada de Cuernavaca. Las aguas del lado occidental, las recoge el Amacusac que viene formado por dos ríos del Estado de México, que nacen de las vertientes del sud-
oeste del Nevado de Toluca y Cempoala y pasan, antes de entrar en Morelos, por debajo de las admirables grutas de Cacauamilpa, a las cuales tan sólo pueden compararse en México las que se ven en Villa García, en el Estado de Nuevo León. Corre con el nombre de Ama cusa c por todo el sur de Morelos basta entrar en Guerrero, en los confines de los tres Estados, Morelos, Puebla y Guerrero, y allí le tributa sus aguas al Mezcala. Al recibir las aguas de Micboacán y otras de México, que se unen al río de Tepalcatepec, el Mezcala recibe también el nombre de Río de las Balsas y es navegable por largos trechos en el interior del Estado y en los confines de Micboacán por Coyuca y Pungarabato. Al entrar al Pacífico forma pequeñas deltas y es navegable por barcas chicas.
El río Verde es el mayor de los ríos de Oaxaca que llegan al Pacífico. En Chiapas, tanto se acerca al mar la cordillera, que los ríos que nacen en sus vertientes del sudoeste, pierden toda importancia y muchos de ellos que apenas llevan agua cuando no llueve, después de un aguacero se vuelven invadeables: corren precipitadamente, inundan los campos y el infeliz caminante que tuvo la desgracia de llegar a la orilla cuando comenzó la creciente, sin puentes para pasarlos, tiene que esperar pacientemente hasta que pase el agua y deje de nuevo libre el vado.
Los inmensos lagos que en toda la extensión de nuestro territorio en épocas muy lejanas, ocuparon nuestras llanuras, apenas dejaron los recuerdos, en el centro, en las lagunas de Texcoco y Xochimilco, del valle de México, en la Lerma, del de Toluca, en las de Cuitzeo y Pátzcuaro de Micboacán, Yuriria, de Guanajuato, y algunas en Durango, Goahuila y Chihuahua, de que después hablaremos. Dan comunmente el nombre de lagos y lagunas al Cairel y Carpintero de Tamaulipas, Meztitlán de Hidalgo, Alcuzaque de Colima, Catemaco de Veracmz, Encantada de Tabasco y Bacalar de Quintana Roo; mas en realidad sólo son verdaderos lagos el de Chapala, en Jalisco, y el de Pátzcuaro, en Micboacán.
Antiquísimo e inmenso lago fué al parecer la región que se extiende entre Durango, Coahuila y Chihuahua con el nombre de Bolsón de Mapimí. Tiene 600 millas de largo, 400 de an-
dio y poco menos de 4.000 pies de elevación sobre el nivel del mar. Cuenca sin salida, los ríos que en ella desembocan viniendo de los declives orientales de las montañas de Burango y los occidentales de las de Coahuila en la parte más meridional del Bolsón, forman lagunas y pantanos que la evaporación del tiempo seco les roba las aguas dejando pocos, que pudieran llamarse mejor grandes charcos. La laguna de Palomas, en Chihuahua, la del Coyote, Parras y Viesca en Coahuila están en este caso. El río Nazas, que es el mayor de los que vienen de Burango, formó antiguamente la gran laguna del Tlahualilo, pero, debido a la abundancia de las lluvias en años consecutivos, cambió su curso y dejando la laguna a varias millas de distancia, la hizo secar y sólo conservó el nombre de laguna el terreno que antes había estado inundado. Hacia el norte los terrenos del Bolsón toman sucesivamente los nombres de el Llano de los Gigantes y el Llano de los Cristianos: pero como hasta allá no alcanzan los ríos, ambos llanos son dos desiertos áridos que se extienden hasta las márgenes del Bravo, al oriente del río Conchos.
Con la sola excepción de algunos distritos de los Estados del norte, el territorio mexicano yace todo en el Trópico de Cáncer: esto no haría tan variado su clima, si no fuera por la diversa elevación de los terrenos y las montañas. En México, la temperatura recorre toda la escala termométrica y tenemos lugares donde se siente el frío intenso de la Siberia del norte, como en los picos de las montañas perpetuamente heladas, y los abrasadores calores de Madagascar en algunas bajas hondonadas y fondos de barrancas. A las diversas latitudes y variadas alturas hay que añadir otros elementos que favorecen los cambios en las temperaturas y son muy comunes en nuestro país: las direcciones, constancia o intermitencias de los vientos y la mayor o menor abundancia de las lluvias y cantidades de agua en las playas del mar, orillas de los ríos y márgenes de los lagos.
Las tierras más bajas, que desde la época del establecimiento de los españoles llevan el nombre de tierras calientes, zona
comprendida entre el nivel del mar y una altura que se extiende hasta los 3.000 pies de elevación o cerca de 1.000 metros, tienen por término medio constante, un calor de 25° a 28° centígrados, no bajando nunca en las horas más frías de los poquísimos días de bajas temperaturas, a menos de 10 ni subiendo en las horas más calurosas de los días de altas a 40° si no es en contadas localidades sin ventilación o en el fondo de las barrancas en donde a veces suele subir hasta 42°. En las tierras templadas, zona que sigue a la tierra caliente y se extiende de los tres’ mil a los 6.500 pies, o entre los 1.000 y 2.500 metros de elevación sobre el nivel del mar, las oscilaciones barométricas son menores y la temperatura media ordinaria de 20° a 24° centígrados, no bajando de 5o ni subiendo de 32° en las horas más frías o calurosas de los pocos días de temperaturas extremas. La zona más alta es la de la tierra fría, y la división en tierras calientes, templadas y frías es la que hemos tenido siempre para marcar nuestros climas. La zona de la tierra fría se extiende de los 6.500 pies ó 2.500 metros en adelante, pero es raro encontrar lugares habitados en las más altas mesetas de las montañas arriba de los 13,000 pies, 3.500 ó 4.000 metros de elevación. Esa parte más alta de nuestro territorio llámase tierra fría con relación a las zonas antes nombradas no porque la temperatura sea en la parte ordinariamente habitada de esa zona, excesivamente baja. El termómetro de ordinario fluctúa entre los 13° y 18° nunca baja de 5o bajo cero y las temperaturas bajas sólo se observan a la madrugada por lo general, (véase M. Moreno y Anda. El clima de la República Mexicana en el año de 1895 en Mem. de la Soc. A. Alzate vol. XII). Desde tiempos inmemoriales se han considerado en México solamente dos las estaciones del año: las aguas y las secas, y esto debido a la casi uniformidad o pocas variaciones de la temperatura en todo el año. si no es con relación a las lluvias periódicas tropicales.
La configuración del terreno de México muy accidentado y sus condiciones climatológicas, dice el P. Gerste, ya antes citado “entrañan naturalmente una variedad extrema en la vegetación. El espectáculo es único: cuando el viajero en un trayecto relativamente corto pasa de las playas y bosques trópica-
les, a los declives de las regiones intermedias, después a la Mesa Central, ordinariamente árida y monótona, y finalmente a los climas de mayor altura, ha pasado revista en compendio a todo el reino vegetal. Plantas de las regiones circumpolares, productos de la zona tórrida, géneros y especies intermedias diversificadas hasta el infinito; no hace falta nada al panorama. Tierras calientes, templadas o frías, cada una de ellas tiene su propia flora”. (Gerste o. c. p. 30).
El Prof. Ochoterena, en una reciente conferencia, divide botánicamente a nuestro país en ocho zonas o regiones. — Ia Del litoral y de los médanos. — 2a Tropical.— 3a Subtropical hasta los 2.300 metros de altura. — 4a De la Sierra Madre o Forestal. — 5a Fría, un poco húmeda en la cima de las altas montañas.- — 6a Caliente, seca del Sur de la Mesa Central. — 7a De las Llanuras Centrales. — 8a Texano-mexicana. (Bol. de la Sec. de G. y E. quinta época t. VIII n. 2. p. 223).
Sin pretensiones de formar en esta introducción un compendiado tratado de Historia Natural mexicana, me conformo con la división tradicional de nuestro territorio en tierras, templadas, calientes y frías sin que por seguir la rutina y consignar las noticias, aún a veces extravagantes y fabulosas de los antiguos escritores, deje de aprovechar lo que pude aprender en los escritos de nuestros sabios naturalistas y escritores extranjeros que tratan de nuestro país.
No pretendo hacer una larga enumeración de las plantas de nuestra tierra caliente. ¿Quién no conoce, si no el árbol copudo de rollizo tronco, por lo menos la madera de la caoba? ¿Quién no ha visto algunas, por lo menos, de las muchas especies de palmeras desde el gigantesco corozo con hojas de ó a 8 metros de largo, hasta la diminuta palmilla que se esconde entre las peñas? El amarillo moral, chlorophora tinctoria, el púrpura brasil, el oscuro campeche, haematoxylon eapechianum, el azul palo dulce, el rojo sangre de drago son árboles tintóreos que, con otros que crecen a su lado, pueden producir todos los matices del arco iris. Entre los frutales, la palabra
ízapotl, mexicana, que indica dulces y regaladas frutas, fué adoptada por los botánicos y, convirtiéndola en sapotacea o sapotilla, les sirvió para designar una familia que consta de unas 400 especies entre árboles y arbustos, la mayor parte de ellos propios, o por lo menos conocidos en México. Ttlilt-tzapotl o toto-cuitla-tzapotl (diospiros obstresifolia) es una fruta pulposa y fresca, sabrosa y dulce, pero negra y de mal aspecto: el xico-tzapotl (achras sapotilla) en vez, no solo gusta al paladar sino a la vista también. Dice de él Clavijero: “qué cuando está en madurez es fruta de las más exquisitas y, según muchos europeos, superior a todas las del Antiguo Mundo”. Su madera ct tan fuerte y resistente a los rigores del clima, que muchos de los umbrales de las puertas en los antiguos edificios de Yucatán, hechos con ella, se conservan muy bien. “Nace sin cultivo en las tierras calientes y en algunas provincias forma bosques enteros que cubren espacios de diez y doce millas”. (Historia Antigua de México, vol. I. p. 21). En los Estados Unidos es muy apreciada la goma que se destila de las incisiones hechas en la corteza del árbol, que llaman goma de Yucatán y les sirve para mascar como lo hacían los antiguos indios de México. Al tetzon-tzapotl (lucuma mammosum) llamamos ahora con palabra haitiana mamey: ai Iztac-tzapotl (casimiroa edulis) zapote blanco; al cochi-tzapotl (lucuma salicifolium) zapote borracho, en Michoacán llamamos gíiicumo y baste de enumerar, que ni todas las frutas que en mexicano llevan en combinación la palabra tzapotl están comprendidas entre las sapotáceas, ni es preciso enumerar las cuatrocientas especies de la familia.
El cacao fué para nuestros indios desde los tiempos más remotos, una bendición de Dios. Alimento, bebida, medicina y hasta moneda, sus bayas oleaginosas y duras tenían para ellos un inestimable valor, que reconocido por Linneo le dió el nombre botánico de theobroma, que significa alimento de Dios. Importante también bajo el aspecto religioso, era para los indios el ulli (castilloa elástica), con la goma que destila hacían ofrendas a los dioses, pelotas para jugar y suelas para sus sandalias. Antes que la industria humana se apoderara de esta goma, extensos bosques del árbol que la producía crecían en las riberas de ambos mares.
Copalli, nombre mexicano de una resina convertida en copa!, se introdujo en las lenguas europeas para significar el barniz que al principio se fabricó con esa resina y hoy se hace con otras muchas. Los indios lo usaban y lo usan aún como incienso, y con él, el tecopalli y tepocopalli resmas extraídas del árbol que lleva el mismo nombre y los botánicos enumeran entre las burseráceas. El huitziloxochitl era el árbol de donde extraían el bálsamo: de dos clases nos habla Clavijero: uno rojo negruzco, otro blanco amarillento, de un olor intenso sumamente agradable. ¿Eran producto del mismo árbol las dos cía ses? No lo dice el autor, que sólo nos hace saber que e! huitziloxitl o huitziloxochitl crecía en Panuco y en Chiapas. (o. c. v. I. p. 30).
En la zona media, arriba de los setecientos o mil metros, continúa el P. Gerste: “se abre, si me es permitido decirlo, el paraíso terrenal de la tierra templada; jardín de delicias en donde se dan cita las especies vegetales de las tres zonas conocidas. Los lugares resguardados, ios pliegues y repliegues de las cordilleras, dan abrigo a un mundo en pequeño de frutos exquisitos, de brillantes ñores y excelentes maderas, repartido todo esto conforme a las circunstancias especiales de elevación, de exposición, de humedad y según la calidad de los terrenos. Esta privilegiada región, cuyas alturas se muestran coronadas de bosques de encinos, llega a la altura de 1.600 metros”, (o. c. p. 31).
El paraíso esbozado sería universal en todas las tierras templadas del país, si la Providencia hubiera dotado a todas del agua necesaria para el desarrollo de la vegatación. Pero no tenemos razón de quejarnos, porque donde hace más falta el líquido, nos dió tal abundancia de vegetales que lo suplan cuando no viene del cielo, que nadie puede morirse de sed. Una numerosa familia de ellos la más extendida, propia casi exclusivamente de América, y de México en modo especial, es la que distinguen los botánicos con el nombre de cactus que abraza desde las pequeñas biznagas mamillarí pusilla, que se adhieren a las rocas, hasta los gigantescos pitahayos cereus giganteus, incluyendo todas las clases de nopales. Son de cactus las especies fósiles más abundantes encontradas en Oaxaca, y casi exclusivamente de cactus era de lo que se mantenían las tribus salvajes
de la Baja California. Guamongo, el espíritu soberano mandó a Gujiaqui, otro espíritu subalterno, para que visitara la Península y él fue quien plantó los pitahayos según aseguraban los guaicuras. (Clavijero. Historia de la Baja California).
Opuncia llaman los naturalistas al nopal; mientras nosotros llamamos biznaga indistintamente a las plantas que ellos llaman melocactus, mandilaría, y ecbinocactus, distinguiendo, por el contrario, con el nombre de pitaya o pitabaga, órgano y garambullo a las que ellos llaman únicamente cereus. La constitución de todas estas plantas es tal, que pueden resistir a prolongadas sequías y desarrollarse espléndidamente en países muy escasos de humedad o faltos en lo absoluto de corrientes perennes de agua. Se pueden considerar los cactus, dice un botánico inglés, “como uno de los medios con que la naturaleza provee la subsistencia del hombre y de los animales, allí donde no se pueden obtener otros medios”: y como algunas regiones mexicanas se encuentran en este caso, tan a manos llenas las proveyó Dios de tan útiles vegetales, que algunos han llamado al nuestro, el país de los cactus y muy justo es que figure uno de ellos en nuestro emblema nacional.
La abundancia de pitahayas, nopales y biznagas es portentosa en nuestras tierras áridas y sus frutos no solo son comestibles, sino alimenticios, sanos y gustosos; cuando no es tiempo de cosecharlos, los tiernos renuevos suministran el alimento necesario a los animales y al hombre mismo. Después de caminar por semanas y aún meses por terrenos desiertos y arenosos, en los Estados del Norte, el viajero cansado no encunetra a veces para matar la sed y saciar el hambre sino el jugo extraído de cactus machacados y las tiernas pencas del nopal asadas, (Véase Ochaterena, Apuntes para el estudio de las cactáceas mexicanas en Mem. de la Soc. An. Alzate vol. XXXI).
A los cactus siguen en importancia los magueyes del orden de las amarilídeas, llamados agaves por Linneo del griego ayavós ilustre, noble, de alta y esclarecida alcurnia y lo es en efecto el maguey. El mito mexicano nos cuenta que nació de los huesos descarnados de la diosa Mayaélel o Mayahuel, sembrados por Quetzalcóatl. No hay cosa más abundante que el maguey, dice el protomédico Hernández, enviado por Felipe ÍI para estudiar las plantas y animales de la Nueva España: “si los hora-
bres fueran sobrios y moderados, como es conveniente, con esto bastaría para suplir a todas las necesidades”, (véase Ochaterena, Plantas desérticas mexicanas en Mem. de la Soc. Antonio Alzate vol. XXXIII) En su “Historia planctarum” describe Hernández diez y nueve especies aún más diversas en la sustancia interior, que en la forma y color de sus hojas, dice Clavijero (c. c. v. I. p. 26).
Diversas bayas producidas por árboles también comunes en las regiones no muy abundantes de agua de las tierras templadas, pueden utilizarse como alimento del hombre. Las del uaxi (una leguminosa) especie de algarrobas, acacia pennatula, dice Sahagún, que son comestibles y se venden en los mercados: las del cuahmocbitl pitliecolohium dulce llamado pinzan por los tarascos y, con ese nombre, identificado dudosamente por los Sres. Ramírez y Alcocer, con el inga unguis eacti (sinonimia vulgar y científica de las plantas mexicanas, p. 56). Sus semillas negras y lustrosas están envueltas en una pulpa suave y carnosa de un hermoso color rojo o blanco, dulces y no desagradables al paladar: las del mizquitl propopis juliflora, de cuyas bayas, según el mieo, se alimentaban los hombres que fueron creados después de una de las citatro catástrofes que destruyeron la humanidad. Cree el anotador de la Histoire du Mexique, de Thevet, que son incapaces de servir de sustento al hombre; pero quizá fué por que no tuvo ocasión de observar que todavía nuestros indios y gente del campo hacen ciertos bollos (Uaezquitamalli) con la pulpa seca y molida, y una especie de bizcochos quev les duran por algún tiempo, lo mismo que un licor fermentado. Crudas y frescas las comen con mucho agrado. Ixtlilxóchitl dice que los chichimecas se alimentaban “de panes de mixquitl, una clase de árbol que da fruta seca dulce y sabrosa”. (Obras Históricas, o. I. v. I. p. 75).
Ciertas especies de ciruelas, como por alguna semejanza llamaron los españoles a la fruta denominada en mexicano xocotl, anaear diaceas epondeas especificadas por los naturalistas con los nombres de bonbin, dulcís purpurea etc. (spondia bombín) se producen también en las tierras templadas, como algunas de auacatl (laurus persea o persea gratissima que escritores norteamericanos llaman tuétano vegetal y mantequilla de los marineros y tiene en inglés el nombre de pera de
los caimanes. No es dulce pero acompañado con la tortilla del maíz, se come con gusto, nutre y alimenta. Menos exigentes para la humedad son las guayabas, xalxocotl (psidium guayaba o p. pomiferum) y los texocotl crataegus de varias especies, que se conservan en rebanadas secas. Mientras las primeras, de la zona templada bajan a la caliente, las segundas suben a la fría, (véase Alcocer. Catálogo de los frutos comestibles mexicanos. Anales del Museo Nacional segunda época vol. Ií).
A los 6500 pies de elevación, las coniferas que comienzan a aparecer con abundancia nos anuncian que estamos en el límite inferior de la tierra fría. Aquí los oyometl (araucarias ahietinas) los ocotl pinos resinosos, cedros y demás congéneres, se van desarrollando poco a poco, así como son más abundantes los encinos y madroños, nombre que se les da a varias ericáceas y amarantaceas de los géneros artostaphylos arbustus y gompbrenas, (Ramírez y Alcocer 1. c. pag. 43.) mezclados con ellos. “Pintorescamente distribuidos en las faldas de las montañas, extensos bosques de pinos, de cedros, de cipreses, de ahuehuetes (taxodium mucronatum o cupresus distica) forman la decoración austera, pero armoniosa y grandiosa de las altas cordilleras” (Gerste o. c. p. 31).
Como árboles frutales, en las cercanías de las habitaciones del hombre y en los huertos de las casas, además del te jocote ya mencionado, vemos aquellos árboles que dice Sahagún, los españoles llamaban cerezos y los indios capulín: los botánicos les dicen prunus capulín o ceresus capulí, hermanando el nombre mexicano con el que por la semejanza de la fruta les dieron los europeos. Algunas variedades distinguen los indios diferenciándolas en el nombre; elo-capuli, tlal-capuli, xitoma-capuli y ama-capuli; aunque este último no pertenece a la familia de las cerezas botánicamente considerado, sino más bien a la de las moreras y así lo expresa el escritor misionero cuando dice que “tienen moras como las de Castilla pero pequeñuelas”. (vol. III. p. 237). Otros árboles y arbustos de este mismo género se ven, pero con más frecuencia en las tierras templadas que en las frías.
En las ascensiones a las altas montañas de nuestro país, cuando terminan las encinas y madroños, quedan solos los pi-
nos y unos arbustos resinosos que el vulgo llama escobas, y los montañeses usan como un excelente combustible para formar hogueras y calentarse. A los 13.000 pies los pinos comienzan a escasear y los pocos que quedan tienen proporciones raquíticas: desaparecen finalmente con los arbustos resinosos, y sólo quedan con las primeras nieves que sé encuentran, las plantas gramíneas que los criollos llaman zacatón, los tarascos de Miehoacán zurumuta y los aztecas llamaban maiinalli, siendo una planta litúrgica para éstos: después del zacatón unos cuantos liqúenes en las peñas y los perpetuos hielos.
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De las plantas comestibles, raíces, bulbos, semillas y bayas y de las útiles para las artes y la industria, que fueron cultivadas, tendremos que hablar de propósito en el lugar conveniente. Concluiré aquí esta materia manifestando mi opinión acerca de ciertos vegetales que se duda si son o no indígenas de México. El coco (cocus nucífera) es uno de ellos. Tal según los botánicos es su área de difusión en los climas tropicales del mundo entero, que se hace imposible determinar su lugar de origen. En lo que se refiere a México, Hernández resueltamente lo niega cuando dice que de la India oriental fué trasportado a la occidental, en donde se ha multiplicado: y en abono de lo dicho por el naturalista español, podré añadir, que ni en las tradiciones de los indios, ni en los escritos de los primitivos misioneros encuentro cosa que pueda contradecirlo con relación a nuestro país. Según la descripción que hace Clavijero del cuauhcoyolli, se entiende perfectamente que se trata del coco: mas, antes había dicho este escritor que, en virtud de los testimonios de Oviedo, Hernández y Bernal Díaz del Castillo, los cocos se debían a las islas Filipinas y los otros frutos, es decir, la banana o plátano, la cidra, la naranja y el limón, a las islas Canarias (o. c. v. I. p. 12). Ni hay que fijarse mucho en el nombre que le da en lengua mexicana, porque bien sabido es que los indios pusieron nombres en sus lenguas a los objetos que recibieron de Europa: así a los carneros llamaron los aztecas ítzcatl, algodón; a los cerdos pítzotl, glotón; y los tarascos les pusieron a las gallinas tzitziqui, escarbadoras.
Cuauhcoyolli es una palabra compuesta de cuáhuitl, árbol, y coyolli, sonaja: sonaja de árbol, o sonaja que se produce en
los árboles, sería el nombre que dieron los mexicanos a los cocos por el parecido de la fruta a las sonajas que usaban en sus bailes.
De los dátiles dice expresamente Motolinía, que fueron traídos de España y él personalmente sembró los primeros que nacieron en Cuernavaca. Sea el coco originario de la India, de las Filipinas o de Africa como otros dicen, lo cierto es que antes que vinieran los españoles no había en México ni dátiles ni cocos.
Tampoco había plátanos (musae) en México. Pedro' Mártir de Anglería en sus cartas, publicadas a principios del siglo XVI, dice que fueron llevados a las Antillas desde el Golfo de Guinea y Oviedo asegura que Fray Tomás Bjierlanga los llevó de las islas Canarias a Sto. Domingo por el año de 1516. El primer Obispo de Michoacán, D. Vasco de Quiroga, los introdujo en su diócesis, y no es difícil que antes que él los llevara de Sto. Domingo a Michoacán, otros los hubieran trasplantado en Vera cruz. Sostiene Clavijero, sin más apoyo que su dicho, que sólo el plátano llamado guineo, fué el que se introdujo, y los otros ya existían en México. Si consta por Pedro Mártir que el guineo se llevó a las Antillas, no debe haber sido ese el que llevó Fray Tomás de Sto. Domingo. Ignoramos pues la especie que de las Antillas se trajo a México y llevó el Sr. Quiroga a Michoacán. ¿Cómo prueba Clavijero que fué el guineo y que existían los demás?
Todos los escritores, inclusive Clavijero, dicen que las vides se trajeron a México de Europa. Hay aquí, sin embargo, vides silvestres y “en la Mixteca hay dos especies naturales del país” asegura el mismo Clavijero. He visto yo también en los alderredores de Zamora, población importante de Michoacán, y en los campos de sus pueblos limítrofes, abundancia de esas vides silvestres que Clavijero dice que había en la Mixteca, y lo mismo he visto cerca de Morelia y otras muchas poblaciones del referido Estado de Michoacán; pero he observado que tales plantas se encuentran de ordinario a una relativamente corta distancia de los lugares que están o fueron habitados después que se introdujeron los españoles en México: viajando por lugares solitarios a gran distancia de los que acabo de indicar, no recuerdo nunca haber encontrado vides silvestres o uvas ci-
marronas como las llaman en el país. Me consta por documentos manuscritos que tenía, que en el siglo XVII y al principio del XVIII había viñas y se cultivaba la vid en la villa de Jacona y otros pueblos de los alderredores de Zamora. De ello habla también Villaseñor en su Teatro Americano y recuerda otras poblaciones en que se practicaba igual cultivo. Ahora bien, concretándome a Zamora, mi ciudad natal, de cuyas tradiciones no estoy mal informado, pude saber que a mediados del siglo XIX, no sólo ya no había ninguna viña, pero se había perdido aún el recuerdo de haberlas habido. ¿Las vides silvestres que abundan en aquellos campos, no serían los restos de las antiguas viñas?
Es un hecho bien averiguado, que la vid, teniendo flores hermnafroditas cuando está cultivada, apenas se abandona a sí misma, inmediatamente muestra su tendencia a la separación de los sexos en las flores, produciendo plantas en que éstas sólo tienen estambres y los pistilos aparecen en formas rudimentales. Esta es una señal de que tales plantas pronto regresarían al estado salvaje primitivo. Si a esta tendencia de la planta se añade que los primeros misioneros franciscanos, dominicos y agustinos del siglo XVI, en las residencias temporales que establecían en los pueblos que misionaban, tenían siempre un huertecito y allí sembraban y plantaban vegetales europeos, entre los cuales no faltaban nunca ni el trigo ni la vid, sobre todo si estaba apartada la residencia de los centros de poblaciones europeas para tener asegurado el vino y las hostias con que poder celebrar la misa, y que con frecuencia tenían que abandonar las residencias; las vides que allí quedaban volvían con seguridad al estado salvaje. De este modo, sin recurrir a la existencia de las vides silvestres en México antes del descubrimiento de América, nos podemos explicar el que hoy existan tales plantas en nuestro país. ¿En más de doscientos años, no podían esas vides volver a un estado enteramente salvaje?
Todos sabemos cuál fué el origen que tuvieron los primeros naranjos, sembrados en México por Bernal Díaz de paso por Coatzacoalcos: los naranjos que se han vuelto silvestres en Yucatán nos enseñan los lugares en donde estuvieron muchos pueblos que hace muchos años fueron abandonados; y en otras partes se encuentran bosques de limones, no obstante que nadie
sostenga formalmente que son indígenas de México las naranjas y los limones.
Bentham y Hooker comprenden más de doscientas especies del género vitis, originarias principalmente de las regiones tropicales o subtropicales, pero de todas ellas, apenas unas cinco o seis son las que se pueden aprovechar. No dudo yo que de todas las doscientas especies de vides algunas haya concedido la Providencia a. México; lo que no me parece probable, es que si entre las concedidas hubiera estado alguna de las aprovechables, nuestras indios, que eran tan sagaces en encontrarle el provecho a las plantas y, estimulados por la necesidad, no dejaron de probar cuanto fruto les cayó a la mano, hubieran dejado de aprovechar la uva cimarrona si la hubieran tenido.
Mientras en Michoacán se dió nombre tarasco al plátano, a las gallinas y a otras plantas y animales importados del Antiguo Continente, la vid silvestre se llama en español, así entre los indios como entre los criollos, uva cimarrona, o sea uva que volvió a su estado silvestre. Además cuando Sahagún, que nunca mienta las vides como propias de México, habla de una de las variedades de lo que los españoles llamaban ciruelas y le decían ios indios atoiaxócotl, dice: “hácese de ellas pulcre para beber, emborracha más que la miel” (o. c. vol. III p. 236) y otras clases de pulque, o sea bebida embriagante, hacían los indios de cuantas tunas, pitahayas y otras frutas de los cactus se producen, de piñas, nananches, cerezas y de cuantas frutas aguanosas se les presentaban, hasta de la pulpa de los mezquites, como vimos, y sin embargo no sólo no sabemos que 3a hayan hecho de uvas cimarronas, sino que después que han visto hacerlas a los criollos, no los han imitado, y siguen haciéndolas sólo de las frutas de que antes las hacían.
Hablan los botánicos de varias especies de vides viníferas encontradas silvestres en nuestros Estados del norte y los Estados Unidos, que cultivadas convenientemente, han producido buenos vinos. Las partes de Coahuila, Chihuahua y California donde se encontraron esas vides, tuvieron misioneros franciscanos en el siglo XVI y principios del XVII que tuvieron que abandonar muchas de sus residencias, lo mismo que en Texas, Arizona y Nuevo México. ¿No pudo haber acontecido allí lo que sospechamos sucedió con las uvas cimarronas del valle de
Zamora? Regel sugirió la opinión de que las vides cultivadas descendían de un híbrido de vitis vulpina y vitis labrusca, especies silvestres americanas. Su opinión no fue recibida generalmente, pero tampoco tachada como absurda por los hombres de ciencia. Si es posible, aunque no sea propable, que dos especies de vides silvestres americanas hayan concurrido a la formación de una especie cultivada, esta especie cultivada al volver a su estado salvaje pudo haber producido vitis vulpina y vitis labrusca. ¿Quién nos dice las especies silvestres de que procedían las vides que trajeron a América los europeos? Quizá las que creemos especies americanas no sean sino progenitores de las vides que se cultivaron en Europa y que aquí volvieron a su primitivo ser después de centenares de siglos de cultivo. Mas ya voy entrando a un campo que no me corresponde. Bástame haber indicado, que está lejos de ser una verdad demostrada, el que una especie de vid económicamente utilizable hubiera sido conocida por las tribus cultas de México antes del establecimiento de los españoles.
Abundan toda clase de conchas y caracoles en ambos mares, como también otras clases de moluscos aprovechados por los indios ribereños como alimento. A los grandes caracoles marinos llamaban los aztecas tecciztli; eran símbolo de la luna y los usaban como trompetas sobre todo los del género strombus que son abundantísimos en el Golfo de México. Aunque hay madreperlas en el Golfo de California, no las pescaban los indios por la perla, sino como todas las otras conchas, por comerse el animal y adornarse con ellas; llamábanlas tapachtli y como las usaban las médicas para agorar, también les decían ticicaxitl, escudilla de las matronas. Los mayas tenían en mucha estimación las rojas, lo mismo que los ñauas: los primeros las usaban como monedas. Los mixtecas explotaban para teñir de morado, la secreción de un molusco, ni más ni menos como lo hacían los fenicios, con la diferencia que éstos, para aprovechar la sustancia producida por el molusco, destruían el animal, mientras que aquéllos no lo mataban. La Sra. Nuttal, que escribió una excelente monografía acerca de este argumento, no encuentra más diferencia que ésta en la elaboración de la púr-
pura entre el antiguo y el nuevo mundo. Atzcalli eran las conchas de agua dulce.
Para no cansar al lector con largas y fastidiosas enumeraciones de interminables moluscos mexicanos, terrestres y marítimos, diré sólo con los Sres. Crosse y Fischer, de hi Misión Científica de México, que la fauna malacológica de nuestro país “es una de las más interesantes de la América, particularmente bajo el punto de vista de los moluscos terrestres y fluviales”. (Missión Scientifique au Mexique. Etudes sur les mollusques terrestres et fluviátiles du Mexique et du Guatemala).
A las tortugas de mar llamaban los ñauas, chimalmichin, pez abroquelado o “'rodela pez, porque tiene redonda la concha como la rodela”, dice Sahagún, y algunas tribus ribereñas las usaban realmente como broqueles, o como instrumentos*músicos de percusión. En las leyendas se dice que los primeros pobladores nonoualcas llegaron caballeros en tortugas o sirviéndose de sus carapachos como barcas: y a fe que algunos de los quelonios que viven en ambos mares tienen tales dimensiones, que bien pudieran haber hecho el oficio de acuáticas caballerías. Otras especies hay tan pequeñas que los indios aprovechaban sus carapachos para hacer sonajas y cucharas para el chocolate. Las tortugas y galápagos de agua dulce y de tierra se llamaban áyutl.
En general toda la fauna de la Mesa Central tiene afinidades marcadísimas con la de los Estados Unidos, mientras que la de las costas del Golfo, es decir, la fauna tropical de las orillas de ambos mares, está en conexión más directa con la del Centro y Sudamérica. Los peces, moluscos y crustáceos, con otros anfibios marinos que pueblan el Mar Caribe y el Golfo de México, son especies correspondientes a otras de los mismos géneros que viven en las Antillas, Colombia y Venezuela y que se alejan mucho de las del Pacífico en conexión con otras especies de muy diferentes regiones marítimas.
A los grandes peces marinos, los aztecas llamaban tlacamichin, peces personas, u hombres peces, y en sus mitos se decía que cuando se inundó la tierra, los hombres se volvieron tlacamichin. Un cuadrúpedo anfibio llamado amiztli, león de agua, dice Clavijero que vivía en las playas del Pacífico y en algunos ríos que desembocan en él. Sahagún nos habla de otro
cuadrúpedo que habitaba en las costas del Pacífico, también llamado tezoníztac, porque tenía el cuerpo negro y la cabeza blanca. Era, dice, del tamaño del tigre pero bajo de pies. “Este animal muy pocas veces parece y si alguno encuentra con él, y le ve la cabeza amarilla, es señal que morirá presto, y si alguno le encuentra y le parece la cabeza blanca, es señal que vivirá mucho en pobreza aunque mucho trabaje”. Era como se ve, un animal medio fabuloso, y tanto él como el almiztli de Clavijero sospecho que no fueran tales cuadrúpedos, sino focas, que aún se ven en el Pacífico, sobre todo en la Baja California, donde suele de vez en cuando aparecer alguna ballena también. Vértebras numerosas de esta clase de cetáceos se han encontrado en las costas de Guerrero y de Oaxaca hasta cerca de Tehuantepec en el Pacífico.
Las especies de pescados y mariscos de nuestros dos mares no son tan variadas y abundantes El cuauchinanco, especie de pargo se extiende por todo el Golfo, sobre todo de Tahasco a Tampico. Sahagún menciona otros peces marinos; el totomichi, ave pez; huitzilmichi, pez colibrí; papalomichi, pez mariposa y el ocelomichi, pez tigre que, “llámase así porque es semejante a dicho animal en la cabeza y en las manchas, y no tiene escamas”. Difícil me parece identificar estos peces: el último quizá sea una especie de tiburón (selacoidei) de las numerosas que pueblan nuestros mares: a una de ellas llaman los ingleses cabeza de toro y conviene en alguna de las notas características que atribuye Sahagún al ocelomichi. (vol. III. p. 200). Los otros deben haber sido peces voladores.
Son peces de agua dulce el bagre, que alcanza un peso y tamaño regular y vive en los ríos, y el blanco, llamado amílotl por los indios, no tan grande, vive en los lagos de Chapala y Pátzcuaro y “tiene comer delicado y de señores”, dice el cronista franciscano. Los xouili o juiles, cuitlapétlatl y xalmichi, son pescadillos pequeños de las lagunas de México y el charare de las de Michoacán con la popecha y el chuime. Algunos de estos los secan para conservarlos, y frescos o en conserva se comen bien.
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Cuéyatl o enaguas del agua, se llamaban las ranas, tamazolin, los zapos y atepócatl, los renacuajos, larvas de ambas espe-
cies. La rana simboliza el agua: el sapo, la tierra. Nada de particular tienen las especies mexicanas de sapos y de ranas sino el grande tamaño y la sonoridad de la voz que alcanzan algunos en los lugares pantanosos de los trópicos en donde de noche, es fácil confundir su bramido con el de los becerros. Las ranas comestibles de la Huaxteca suelen pesar una libra. (Clavijero I. 54).
Más curioso es otro batracio singular de afinidad con las salamandras, cuyas larvas se crían en los lagos de México y de Pátzcuaro y algunos otros. Hernández y Sahagún los llaman axólotl, nombre que les daban los indios, y aunque ambos lo describen y cuentan de él cosas admirables, puesto que Hernández en muchos lugares de su obra no hace sino copiar a Sahagún, nadie admitió que era una larva con la singularidad de poderse reproducir en el estado imperfecto, Clavijero sostiene padecer evacuaciones periódicas las hembras, pero en realidad quien más detenida y científicamente los estudió y pudo relegar al dominio de la fábula mucho de lo que se decía de él, fué M. A. Dumeril, naturalista francés. Su singularidad de conservar las branquias exteriores y de que no todos los individuos, aunque fecundos, llegaban al estado perfecto, atrajo la atención de otros naturalistas y en 1871 Mr. E. D. Cope, publicó su interesante monografía de “las metamorfosis del Axólotl”. Los indios las conocían y en Pátzcuaro oí decirles, que los ajolotes se volvían lagartijas como los atepocates ranas, y no creo que hayan leído la monografía del naturalista americano, que tal vez no se ha llegado a traducir al español. El pueblo tiene mucha fe en las virtudes terapéuticas de este animal: Clavijero dice que se cree muy provechoso para los éticos: yo lo he visto recetar a los empíricos contra las enfermedades del aparato respiratorio, y un famacéutico fabrica con él medicinas patentadas. Sahagún dice que “es muy bueno para comer y es comida de los señores”, (o. c. v. III. p. 203).
El acaltetepon es un reptil parecido a las lagartijas que por su tamaño y figura ha inspirado siempre algún terror a nuestra gente de campo, y lo llaman vulgarmente con el impropio nombre de escorpión. Los hay de dos clases, dice Clavijero: “El más pequeño tiene de largo quince pulgadas, poco más o menos; la cola larga, las piernas cortas, la lengua encar-
nada, larga y gruesa, la piel cenicienta y áspera, salpicada en toda su extensión de berrugas que parecen perlas, el paso lento y la mirada feroz. Desde los músculos de las piernas traseras basta la extremidad de la cola, tiene la piel atravesada por listas circulares y amarillas. Su mordedura es dolorosa; pero no mortal como algunos piensan. Es propio de los países calientes. Del mismo clima es el otro lagarto, pero mucho mayor del que acabamos de describir, pues según los que lo han visto, tiene cerca de dos pies y medio de largo, y más de un pie de circunferencia en el vientre y la espalda. Su cola es corta y la cabeza y las piernas gruesas. Este lagarto es el azote de los conejos” (o. c. v. II. p. 53). A semejantes lagartos colocan algunos en el grupo numeroso de las iguanas, cuauhquetzpalin, animales netamente americanos, representados en México por varias especies. “Espantables a la vista”, dice Sahagún, porque parecen dragones, “no tienen ponzoña, ni hacen mal, antes son buenos para comer”. (III. 202).
Mucho mayor que las más grandes iguanas es el caimán aquetzpalin, lagartija de agua, del género de los cocodrilos pero de distinta especie. Aligátor palpebrosus los llaman los naturalistas y cocodrilus lucius. En México viven en la tierra caliente, pero en el norte llegan a tales latitudes que pueden encontrar helados los ríos y en la India suben a tal altura por los montes que pueden igualmente andar entre la nieve.
Si en México no se encuentran a tales alturas, más que al clima, creo yo que es debido a la escacez de grandes corrientes en las regiones más altas y la persecución que han tenido de parte del hombre. En tiempo de secas, pasan la estación encerrados en el lodo hasta que vuelven las aguas y pueden pasar un año entero sin alimento. Viajando por lugares desiertos cerca de las fronteras de Guatemala, vi algunos pequeños caimanes cerca de unas miserables corrientes de agua a varias millas de distancia del río de Palizada, en Campeche. No tenían muchos días de haber salido del huevo.
En México, como en Africa, el terrible aspecto y la ferocidad del animal ha dado origen a muchas fábulas. Cipactli llaman también al caimán en algunas partes y a él creo yo que se refiere lo que cuenta Sahagún del acipaquitli que no es otro a mi modo de ver. “Es largo, grande y grueso, tiene pies y ma-
nos, grandes uñas, alas, cola larga y llena de gajos como un ramo de árbol; hiere, mata y corta con ella lo que quiere, come peces y trágalos vivos, y aún a personas traga, desmenuza con los dientes, y éstos, y la cara, son como de persona “(o. c. v. III. p. 205). La tapaya o tepaiaxin es un saurio pequeño, de aspecto fiero pero inocente y muy lento en sus movimientos; el vulgo lo confunde con el camaleón y así lo llama, pero Clavijero dice que los aztecas llamaban coatapálcatl al camaleón. Según el mismo autor la teuzauhqui era una lagartija pequeña pero muy venenosa, (o. c. v. I, p. 54). La lagartija era un animal simbólico y mucho más el cipactli, — tan desfigurado en los mitos y pinturas de los indios que con dificultad se reconoce al caimán y aún dudan si lo es, o el cipactli de las pinturas y los mitos — es el peje espada como algunos traducen la palabra.
Casi no hay descripción de culebra, serpiente u ofidio en general de nuestros antiguos escritores, incluyendo al mismo Dr. Hernández y Clavijero, que lo copia en algunas de las descripciones de sus plantas y animales, que no esté mezclada con alguna circunstancia fabulosa, debido a las informaciones de los indios; mas como no es de conformidad con los modernos naturalistas, como queremos trazar algunos de los rasgos más salientes de la fauna de nuestro país, sino bosquejar simplemente la zoología de México como los indios la dieron a conocer a los primeros europeos, no creemos deber omitir las creencias fabulosas que tenían acerca de los animales, y sí dar a conocer algunas de las principales. Tales conocimientos son útiles para penetrar mejor en las creencias, sentimientos, usos y costumbres de nuestros indios y de todo ello podremos tomar argumentos que nos allanen lo escabroso del camino, e iluminen con algún destello la oscura senda por donde leñemos que entrar para averiguar el origen de las tribus que encontraron los españoles en nuestro país. Describimos, pues, en esta introducción el país que habitaron nuestros aborígenes, no el que habitamos nosotros; las plantas y animales como ellos las usaban y conocían, no como las usamos y conocemos nosotros.
La aeóatl o tlilcóatl, culebra de agua o culebra negra, era una serpiente monstruosa: “anda en el agua y en el cieno y es tan gruesa cuanto un hombre puede abrazar y muy larga, tiene grande cabeza y barbas tras de ella”. El único modo de librarse de la muerte cuando asaltaba, era el meterse dentro de la oquedad de un árbol. La serpiente creyendo que el árbol era el hombre que perseguía, se abrazaba de él, lo estrechaba con sus anillos y tales esfuerzos hacía para oprimirlo hasta que ella misma reventaba y moría (Sahagún. o. c. v. III, p. 208). Dice el mismo autor, que otra culebra llamada maquizcóatl tenía dos cabezas, una en el lugar donde debía tenerla y la otra en la extremidad de la cola, “anda hacia ambas partes, a veces guía la una cabeza, a veces la otra”. A una culebra igual llamaban los griegos amphisbaina, palabra que en griego significa que anda en ambos sentidos, es decir, para adelante y para atrás.
De la m&zacóatl, culebra venado, escribe el autor citado “que tenía en la cabeza cuernos como ciervo, y por eso la llaman mazacóatl” Cuando llega a la madurez de la edad, añade: “recógese a algún lugar o cueva y desde allí, sin salir afuera, atrae con el aliento conejos, aves, ciervos y personas, y cómelos, y de¡ esto se mantiene queda en su cueva” (vol. III, p. 213). De otra serpiente cornuda, que tiene el mismo nombre de mazacóatl, dice que es pequeña y “no hace mal ni tiene eslabones en la cola”; su carne, por el contrario, tenía poderorísimas propiedades afrodisíacas, (vol. III, u. 214) propiedades terapéuticas de las cuales participaban, según el mismo autor, ciertos caracoles con el mismo nombre de la culebra y una larva de coleóptero llamada tlalómitl.
La serpiente que se dice quetzalcóatl, tiene plumas de varios colores y “vuela cuando quiere picar”. Admirables eon igualmente la tetzauhcóatl, la petlacóatl y la coapetlatl: la primera “pocas veces aparece, y el que la ve cobra tal miedo que muere de él o queda muy enfermo, por eso la llaman tetzauhcóatl”. La segunda se junta con muchas otras de su especie, se entretejen y forman con sus cuerpos a manera de una estera, pétlatl, con las cabezas hacia fuera, de aquí el nombre petlacóatl, serpiente estera. La última, estera serpiente, se
llama así porque “es, ancha como un pliego de papel, y en la una esquina tiene la cabeza y en la contraria la cola; anda de través como cangrejo y va haciendo ruido como cuando se arrastra un petate” (Sahagún, o. c. v. vol. III. p. 214).
La chimalcóatl tiene una rodela en el lomo, pintada de muchos colores; la me cacó a ti es gruesa como el pulgar de la mano “pero la largura de ella no se sabe cuanto es, porque cuando alguno la ve, nunca acaba de ver el cabo de ella”; la xicalcóatl, culebra acuática, engaña a sus víctimas haciéndolas entrar al agua tras de la jicara, o escudilla, muy pintada de todos colores y labores” que lleva figurada en el lomo y allí las ahoga. Hay otras culebrillas del grueso de un cabello que andan enmarañadas siempre. El vulgo cree aún en nuestros días que cuando los cabellos salen con las raíces y se arrojan
0 caen en un charco o lugar húmedo, se vuelven culebras. ¡Cosa singular! de un autor persa que escribió en el siglo X de la era vulgar copio el siguiente pasaje, tomándolo de la traducción inglesa de su obra. “Del cabello que se desprende de
1 a cabeza con la raíz con que lo fija en la piel, nacen culebras, cuando cae el cabello en el agua o algún lugar húmedo, a mediados del verano, creciendo en el tiempo de tres semanas o menos” (Abu-Raihan-Alathar-Albakiya 6an-el Kurun-Alkhaliya. El nombre de la obra suena en castellano — Monumentos y vestigios del pasado, pág. 214). La única diferencia entre los persas y los mexicanos es que estos últimos creen que en todo tiempo los cabellos se transforman en culebras y por esto las mujeres, cuando se peinaban, tenían cuidado de que no cayeran en el agua. Lo mismo se cree en otros países y en algunos, las cerdas de los caballos participan del privilegio de volverse culebras como el humano cabello.
“El príncipe o princesa de todas las culebras” refiere Sahagún, “era, según decían, una que se llamaba teutlacozáuhqui”. “Es gruesa y larga, tiene eslabones en la cola como víbora: es de cabeza grande y también la boca: tiene dientes, lengua horcajada, tiene escamas gruesas, es de color amarillo parecido al de la flor de calabaza, y también tiene manchas negras como las del tigre. Los eslabones son pardillos y duros: silva esta serpiente, come conejos, liebres y aves y cualquiera clase de animales; y aunque tiene dientes no los masca sino los traga”. A
las aves y animales que están en los árboles los caza desde abajo, “arrojándoles la ponzoña con que los hace caer muertos”. Siempre andan juntos macho y hembra y cuando se separan y quieren volverse a reunir, “silva el uno y luego viene el otro y si alguno mata a alguno de ellos, el que queda persigue al que le mató hasta que se venga”. No puede caminar por el suelo “va por encima del heno y de las matas como volando; si no le hacen mal, tampoco ella lo hace”. La cazan con tabaco, que es, según el. autor, la manera de adormecer a las serpientes y un antídoto eficaz contra el veneno de algunas de ellas, (vol. III, p. 210).
Otra culebra con dientes y colmillos era la iztaccóatl, culebra blanca, muy ponzoñosa: “es ligera en deleznarse, vuela, es brava acomete volando, a las personas, enróscase en el pescuezo y ahoga: también escupe ponzoña. “Otras muchas culebras engendra ésta, de diversas maneras, que hacen esto mismo: esta culebra es rara” (vol. III. p. 211). La tlecóatl se llama así porque “trae - consigo fuego, es gruesa y larga”, tiene las mismas condiciones de la iztaccóatl, “el lomo es pardo, el pecho colorado o vermejo, tiene la cola de este color, es ligera en deleznarse, vuela sobre las matas y yerbas, y cuando esto hace, va levantada sobre la cola, vuela como viento” : el nombre lo debe a que cuando muerde, el que recibe la herida “parece que se quema con fuego y no hay remedio contra esta ponzoña sino que mata”, (o. c. I. c.).
Dejando a un lado las fábulas, los ofidios están muy bien representados en México. Las boas no son raras en las tierras calientes y allí también y en las templadas son abundantes las de cascabel y otras no pocas especies venenosas. Innocuas por lo general son las serpientes de las tierras frías y las acuáticas también. En la mitología, las leyendas y los cuentos populares de nuestro país tienen un gran papel las serpientes cuyo simbolismo no deja de ser algo complicado por las representaciones que les dieron debido a las cualidades fabulosas con que las supusieron dotadas. No hay animal que más figure en los códices pictóricos de los indios, ya solo, ya entre los adornos y atributos de los dioses. Para saber interpretar bien nuestras pinturas es preciso no olvidar la ofiografía de nuestros primitivos autores.
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Un hilo de araña sirvió a uno de los dioses mexicanos para bajar del cielo. No dice el mito cuál de tantas especies de estos animales que pueblan nuestros bosques y aún nuestras huertas y casas, proporcionó sus hilos al dios. Sahagún nos habla de unas que llaman chintlatláhuatl en las tierras templadas y abundan en las calientes, ponzoñosas, con el tórax negro y el abdomen rojo, las ponen en infusión con aceite y dicen ser muy medicinales.
Las impropiamente llamadas tarántulas, son muy grandes, no fabrican telas y están cubiertas de una peluza negruzca, suave y sutil. Es propia de las tierras calientes y no sólo se halla en el campo, sino también en las casas. Pasa generalmente por venenosa, y lo es en efecto su mordida. Caza acechando y arrojándose improvisamente sobre la presa con un salto formidable, sin perdonar a los colibríes y otras pequeñas aves. (Clavijero o. c. v. 1. p. 57).
No existían alacranes en nuestro país, pero un penitente^ excitado por la diosa de la concupiscencia, fue infiel a sus promesas de castidad y los dioses lo convirtieron en alacrán negro y a su esposa en alacrán rubio. De ello se derivan estas dos especies de arácnidos. Sahagún dice que los hay además “pardos, blanquecinos y verdes”: supongo que quiso decir verdiosos o verdinegros: añade que, para aplacar el dolor de sus piquetes, usan refregar con tabaco el lugar en donde clavaron el aguijón (o. c. v. III. p. 220). Leemos en Clavijero, “que el veneno de ios escorpiones pequeños y amarillos es más activo que el de los grandes y pardos y que son más funestos sus pipíeles en las horas en que tiene el sol más fuerza” (o. c. v. I. X). 67). Era el alacrán un animal simbólico, como lo era igualmente la escolopendra, cienpies o cientopies, de los cuales el Dr. Hernández dice haber visto algunos tan grandes que tenían dos pies de largo y dos dedos de grueso y más podemos imaginarnos que tuvieran si deducimos sus proporciones de las escolopendras que vemos pintadas en los códices pictóricos de
“Hay muchas hormigas en esta tierra”, dice Sahagún, “las hay grandecillas que muerden y son ponzoñosas, no matan pero dan pena”. De todas ellas las más interesantes son las negras y
las rojas, de las cuales hay dos especies, unas de rojo claro que llaman bravas los españoles porque tienen ponzoña, y otras cié un color más subido, casi guinda o medio café: “a estas lia- * man arrieras y se les da este nombre” dice Clavijero, “porque se ocupan continuamente en el trasporte de sus provisiones con mucho más ahinco que las hormigas comunes; por lo que son mucho más perniciosas a los campos” “En la provincia de Xicallan,” y no Gicayan, como bárbaramente ortografía este y todos los nombres mexicanos el traductor que publicó la edición española de 1826; continúa Clavijero, “se ven en la tierra, por espacio de muchas millas, enormes manchas negras, que no son más que tribus de estos dañinos insectos” (o. c. v. I. p. 67).
Vi un espectáculo como el que recuerda nuestro autor en el pueblo de Xcanhá, en el Estado de Campeche, pero no eran las hormigas que formaban el formidable escuadrón las que se llaman arrieras en la Mesa Central, en Morelos coatalatas, cháncharras en Michoacán y son el azote de las huertas y graneros de maíz, sino otras muy parecidas, no frugívoras solamente como las arrieras, sino omnívoras, porque devoraban aún los animales que ellas mismas mataban o cuyos cadáveres encontraban. Estas sofi casi negras, y negras pueden decirse, aún con relación a las arrieras, que más se parecen en el color a las rojas ponzoñosas, inofensivas para las plantas y los sembrados, que se alimentan principalmente de orugas y de otros insectos. Las hormigas de que hablan generalmente los autores no son esas terribles que ocupan millas enteras con sus escuadrones y sólo se ven en los bosques solitarios de las tierras calientes, sino las pequeñas que viven en todas partes. “En algunas partes las comen y por eso les llaman, azcamolli”.
Otras negras también, llamadas cuitlaázcatl, hormiga del excremento, “huele mal, críase en los muladares y en las raíces de los magueyes; pica y escuece su picadura, muchas de éstas andan a bandadas” (Sabagún o. c. v. III. p. 221). Según el mito, las hormigas descubrieron el maíz pero “destruyen ¡os árboles y cuanto hay, andan en escuadrones como gente de guerra” dice el mismo.
“Hay unos abejones en esta tierra que hacen miel y hacen
cuevas en la tierra donde la fabrican: es muy buena esta dicha miel; pican como abejas, lastiman e hínchase la picadura”. (Sahagún o. c. v. III, p. 224). Del orden de los himenópteros también, pero no pertenecen a la familia de las abejas; los nanas los llamaban xicotl y nosotros conservamos el nombre corrompido en jicote.
Clavijero enumera seis especies de verdaderas abejas, contando como primera a la europea, que ignoro si es la misma que pudo haber venido en las naves españolas o una especie muy semejante a la nuestra. “La segunda especie se parece algo a la primera, pero carece de aguijón. A ellas pertenecen las abejas de Yucatán y de Chiapas, que hacen la famosa miel de estabentún, la cual es clara, aromática y de un sabor superior al de todas las clases de miel conocidas. Hácense seis cosechas de esta preciosa producción; una cada dos meses; pero la mejor es la que se coge en noviembre, porque las abejas la hacen de una flor blanca, semejante al jazmín, muy olorosa, que nace por septiembre y se llama estabentún, de donde proviene el nombre de la miel. La tercera especie es de unas abejas semejantes en la forma a las hormigas aladas; más pequeñas que las abejas comunes y sift aguijón. “De estas abejas se comen también las larvas”. La miel es blanquizca y de un sabor delicado. Las abejas de la cuarta especie son amarillas, más pequeñas que las comunes y armadas como éstas de un aguijón. Su miel es inferior a la de las especies precedentes. Las de la quinta especie son pequeñas e inermes; fabrican panales orbiculares en las cavidades subterráneas y su miel es ácida y amarga. La tlalpipiolli, que forma la sexta especie, es negra y amarilla, del tamaño de las comunes, pero sin aguijón”, (o. c, v. I. p. 63. 64).
El axayácatl es una especie de mosca acuática comunísima en los lagos mexicanos. Con sus innumerables huevecillos cubre la superficie de las hojas de todas las plantas que crecen en el agua. “Esta especie de caviar, llamado ahuauhtli, se comía en tiempo de los mexicanos y aún en el día es manjar común en las mesas de los españoles. Tiene casi el mismo sabor que el caviar de los peces. Pero los mexicanos antiguos no sólo comían los huevos sino también las moscas, reducidas a masa, y cocida ésta con nitro. “(Clavijero o. c. v. I. p. 65).
“Hay muchas maneras de mariposas en esta tierra y son de diversos colores y muchas más que en España. La xicalpapálotl era notable por la variedad de sus colores y la tlilpapálotl por su color negro con pintas blancas” (Sahagún o. c. III. 224). Era también animal simbólico y uno de los dioses llevaba el nombre de Itzpapálotl, mariposa de obsidiana, pero entre las varias especies de la familia papiliácea que poblaban los bosques y praderas mexicanas, no he podido encontrar ninguna que llevara en especial ese nombre.
Quiero hacer notar de paso la semejanza del nombre de la mariposa, casual o no, entre los ñauas papálotl, y los latinos papilio.
“El temahuani es un gusano todo armado de espinas amarillas y venenosas. El íemictli es semejante al gusano de seda en sus trabajos y metamorfosis”, (Clavijero, o. c. v. I. p. 66) pero mejor lo era el del madroño de cuyas labores tendremos que hablar en otra parte. Los indios los comían y, como mejores al gusto, ciertas larvas que se crían en los magueyes y llámanlas meocuili, que quiere decir gusano de maguey “son muy buenos de comer”. (Sahagún o. c. v. HI. 225). Comíanse también los que se crían en el maíz y varias clases de langostas llamadas chapóliin en general, abundantísimas sobre todo en las costas, “oscureciendo el aire con las densas nubes que forman y destruyendo todos cuantos vegetales hay en el campo” (Clavijero I. 65).
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La abundancia, la variedad y la excelencia de las aves mexicanas, dice Clavijero “dieron motivo a que algunos escritores dijesen que México es el reino de los pájaros, como Africa es el de las fieras” (o. c. v. I. p. 43). Hernández solo describe más de doscientas especies propias del país, y está muy lejos de enumerarlas todas, como se puede deducir de los escritos de modernos ornitólogos mexicanos (Beristain y Laurencio. Catálogo de las aves mexicanas. Mem. de la Soc. Ant. Alzate vol. VII).
En la ornitología de nuestro país, tenemos un hecho singular. Las pequeñas islas pertenecientes a nuestro territorio a no muy larga distancia del continente en el Pacífico, tales como las Tres Marías más o menos a 60 millas de distancia de las
costas de Jalisco y Tepic, la de Guadalupe a 150 de la Baja California, Socorro en el grupo de Revilla Gigedo, se distinguen por la singularidad de sus especies aladas. Guadalupe sola tiene once especies de aves de tierra, distintas de las de la Península, y las Tres Marías, que son las más cercanas, tienen por lo menos una especie propia de colibríes que no ha sido encontrada en otra parte. De la isla del Socorro dice un naturalista europeo, que de nueve especies de aves terrestres que allí anidan, cuatro son peculiares del pequeño grupo de islas del archipiélago de Revilla Gigedo de que forma parte y otras dos sólo tienen representantes en las Tres Marías. De las tres especies restantes, una es continental y las otras dos son de aves de rapiña y son las únicas de que puede decirse que no sean originarias de las islas.
De las innumerables especies de aves mencionaré aquéllas solamente que de alguna manera se distingan, y comenzaré por el águila, emblema principal de nuestra nacionalidad, y una de las aves más caracterizadas en las tradiciones, leyendas y mitos de nuestros indios. Entre las de mayor tamaño, “la más hermosa y celebrada es la que se llama en el país itzcuauhtli, la cual no sólo caza pájaros grandes y liebres, sino que también ataca a las fieras y a los hombres” (Clavijero o. c. I. 44). Guautli en mexicano es el nombre genérico de las águilas, itztli significa obsidiana y también navaja o punta de lanza. Con mucha frecuencia encontramos en los códices ñauas, águilas dibujadas que en la cola, en las alas, en las espaldas, en la cabeza y en el pecho, tienen cuchillos o puntas de lanzas de pedernal, marcadas; es que quisieron representar la itzcuautli que así se llama, dice Sahagún, porque las plumas del cuello, de las espaldas y del pecho tiene doradas y muy hermosas; las de las alas y de la cola ametaladas o manchadas de negro pardillo: es gran cazadora, acomete a los ciervos y otros animales fieros: mátalos dándoles con el ala grandes golpes en la cabeza, de manera que los ataranta, y luego les saca los ojos y se los come. Caza también grandes culebras y todo género de aves y llévaselas por el aire a donde quiere y se las va comiendo.” (o. c. v. III. p. 188). Las navajas o itzli más bien son simbólicas en los códices y de ellas darían el nombre al ave. Los naturalistas la llaman aquila canadense.
Las mayores águilas, dice el autor que acabamos de citar, “tienen el pico amarillo, grueso, encorvado y recio, los pies amarillos, las uñas grandes, corvas y recias, los ojos resplandecientes como brasas, son grandes de cuerpo, las plumas del cuello, de los lomos y hasta de la cola son de hechura de conchas, llámanlas lapálcatl: a las alas de esta ave llaman mamaztli o aaztli, a la cola cuaquetzalli : las plumas que tiene debajo de las grandes son blancas como algodón, llámanlas cuauhtlaxcáoitl”. Esta nomenclatura nos demuestra el aprecio con que veían los indios todo aquello que se relacionaba con este animal.
Otra de las águilas llamábase mixcoacuautli. Mixcóatl era el dios de los cazadores, y esta ave venía a ser entre las aves, lo que era Mixcóatl entre los dioses. No era tan grande como la iízcuauhtli, pero tampoco podía decirse que fuera de pequeñas dimensiones, puesto que tenía el tamaño de “una gallina de la tierra”, dice Sahagún, y las gallinas de la tierra eran los guajolotes o pavos. “Llámanse así, porque en el cogote tienen unas plumas grandes y pareadas de dos en dos, levantadas hacia arriba ; ninguna otra ave las tiene de esta manera”. Mixcóatl y otros dioses congéneres suelen pintarse a veces con dos protuberancias en la cabeza a manera de cuernos : eran las plumas que adornaban la cabeza de esta águila las que probablemente hicieron que el ave llevara el nombre de Mixcóatl. Tiene “la cabeza negra y una raya blanca atravesada por los ojos, el pico amarillo, corvado y todas las plumas negras, con un arrebol de amarillo oscuro; tiene los pies amarillos; hay muchas de estas y son cazadoras”, (o. c. v. III. p. 188). Parte de las insignias rituales de Mixcóatl y los dioses que a él se asemejan parecen estar indicadas en el plumaje de la mizcoacuautli.
La thrasactus harpyia o harpyia destructor, dicen los naturalistas que se extiende de México al Brasil, siendo más común en las montañas de las tierras calientes, y aún templadas de México y Colombia. Su tamaño, sus garras y poderoso pico demuestran los estragos que causa entre los mamíferos hasta de cierto tamaño y que es, como dice nuestro cronista de la mixcoacuautli, una ave cazadora. Su cabeza está adornada con dos penachos negros a manera de orejas o cuernos que le dan el aspecto de un buho. No han podido aún determinar con precisión los ornitólogos las afinidades de la harpía. Unos la relacio-
nan con los buitres, otros con los halcones y los más con las águi- ' las: a esta última especie de aves de rapiña, dice un moderno naturalista europeo, es más probable que pertenezcan. A juzgar por la descripción de Sahagún, a las arpías debe pertenecer la mixcoaeuauhtli, que será una especie de ellas o una variedad mexicana.
Motolinía nos habla de unas aves fabulosas de las Mixtecas, comedoras de gentes, que eran el terror de los habitantes de ciertos lugares apartados del país y las arpías de Sudaméricá- debieron su nombre a los falsos testimonios de antropofagismo que les levantaron los viajeros engañados por las fantásticas relaciones de los naturales. Quizá sea una arpía o mixcoacuáuhtli el ave comedora de gente de las Mixtecas, país que era para los mexicanos, lo que la Libia para los griegos y romanos. Aves comedoras de gente encontramos en la mitología griega. Hércules las destruyó o ahuyentó con el auxilio de Minerva.
Los halcones llevaban en nauátl el nombre de tlotli, y había varias especies de ellos: tlocuáuhtli eran los azores y llamaban youaltlotli, halcones nocturnos, “una clase de halcones y esmerejones grandes cazadores que de noche ven y cazan”. (Sahagún o. c. v. III. p. 190).
No están muy conformes los autores en la especie de ave que era el cuixi, llamado quebrantahuesos y aura. Este nombre se da en Michoacán a una ave de rapiña que participa de las propiedades del buitre, pero tiene también algunas de las de los halcones. Un moño o copete en la cabeza, que es blanca, pudieran hacerla análoga a las arpías. Sahagún dice de las auras que “son negras y con la cabeza fea, andan en bandadas y ellas de dos en dos, comen carne muerta y por todas partes andan, cercan los pueblos y no son de comer” (o. c. v. III. p. 189). Aquí parece que el autor confunde las auras con los zopilotes, aves enteramente distintas. Los segundos, buitres muy conocidos, con las cabezas desplumadas y feas andan en bandadas; las primeras, de hermosa cabeza, parecida a la del águila. Clavijero tampoco distingue muy bien a las auras. Yo creo que aura y cuixi es la misma ave, como indistintamente se llama en Michoacán, y qüe aura es el nombre tarasco y cuixi el nauatl y que no son de la especie de los zopilotes, cathartes foctens por más que los naturalistas, confundidos por nuestros mismos escritores, les hayan dado el
calificativo de aura. Beaumont, y en general los escritores que se ocupan de Michoacán, en donde el cuixi o aura es muy abundante, lo distinguen perfectamente del zopilote, llamado en Norteamérica buharro-pavo. El Dr. Sánchez, que distingue el zopilote del cuixi, aplica a este último la denominación técnica de palevorus vulgaris. (Datos para un catálogo de las aves que viven en
Con esos buitres se relaciona el oactli que dice Sahagún “es semejante a la que se llama cozcacuáutli”, águila de gargantilla, que no es una águila, sino un buitre también. Dejando al oactli, que sólo se diversifica del zopilote común en que tiene la cabeza y el pescuezo implumes de un rojo amoratado, mientras que el tzopílotl los tiene negros, veamos lo que dice Clavijero del cozcacuáutli, ave mucho más importante por su significado simbólico y mitológico. Es, dice, “del tamaño de una águila común, robusto, de majestuoso aspecto; tiene las garras fuertes, los ojos vivos y hermosos y un lindo plumaje negro, blanco y leonado. Su carácter más singular es la carnosidad color de grana que le circunda el pescuezo como un collar y a guisa de corona le ciñe la cabeza”. (Clavijero v. I. p. 45 nota). Esta es el ave que vemos frecuentemente pintada en los códices y a ella más que a ninguna otra es a la que le conviene el nombre de águila con gargantilla, que le daban los aztecas. Los naturalistas le dan el nombre de sarcoranphus papa.
Sombríos y de mal agüero, objeto de supersticiones y fabulosas leyendas era el tecólotl. Los ñauas llamaban tlacatecólotl a un supuesto sér siniestro que les causaba terror y era para ellos mensajero de desgracias, pero que no tentaba ni excitaba al mal. Los misioneros vieron en ese fantasma ciertas analogías con el demonio y con esa palabra lo llamaron en el idioma de los mexicanos. Tlacatecólotl quiere decir persona buho y para los indios, sus hechiceros tenían el poder de transformarse en tecólotl y estos animales en lo general no eran para ellos sino hechiceros disfrazados, anunciadores de muertes. Las especies de buhos mexicanos tienen pocas diferencias con las del mundo antiguo “son lo mismo que los de España”, dice Sahagún, “y cantan lo mismo que los de allá”. A los mochuelos les llaman mecatecólotl.
El nombre de Quetzalcóatl, uno de los personajes mitológicos más célebres de nuestros indios, hizo más conocida a una
ave que bien merecía la notoriedad por la hermosura de su plumaje, que nuestros aborígenes apreciaban más que el oro. El quetzaltótotl, o en una forma abreviada quetzalli,es el ave que lleva en la composición de su nombre uno de los elementos del dios del aire de los mexicanos. Las plumas que cría en la cola el quetzaltótotl, dice Sahagún “se llaman quetzalli”, y en otro lugar refiriéndose a las plumas del alo o guacamaya, ara aracanga, nos hace saber que las plumas rojas de la cola y alas de esta ave, “llámanse quetzalin, que quiere decir llamas de .fuego”, (o. c. v. III. ps. 167 y 171). De manera que entonces quetzaltótotl vendría a significar ave de llamas de fuego. No sé por qué motivo Clavijero, que copia de Hernández tantas descripciones de animales, se haya olvidado de la del quetzatótotl el más hermoso de los trogos, familia que comprende las aves de más vistosos plumajes, y que sólo hasta los principios del siglo XIX de él se hayan ocupado los naturalistas. En México lo dió a conocer en un buen artículo publicado en el Registro, en 1832, el Dr. Dn. Pablo de la Llave que propuso se le diera el nombre de phoromacrus mocinno, que se aceptó. La descripción de Sahagún no difiere gran cosa de la de Hernández, quien es probable la ha tomado de los escritos del misionero. Tiene dice: “el pico agudo y amarillo, y los pies del mismo color: tiene un tocado de plumas en la cabeza como cresta de gallo”. Las plumas que cría en la cola son muy verdes y resplandecientes ; son anchas como unas hojas de espadaña, dobléganse cuando las toca el aire, resplandecen muy hermosamente. Tiene esta aye unas plumas negras en la cola con que cubre estas plumas ricas, las cuales están en medio de estas negras. El tocado que tiene en la cabeza es muy hermoso y resplandeciente. El cuello y pecho son colorados, de preciosas plumas. Detrás del pescuezo y en la espalda las plumas son verdes y también resplandecientes, (o. c. v. III. p. 166).
De hermoso plumaje es también la tzinitzcan que dicen es . acuática, aunque el Dr. Sánchez la identifica con el pito real, trogón mexicano: Sus plumas son negras y las más apreciables son las que lleva en el pecho, en las junturas y debajo de las alas, mitad negras y mitad verdes resplandecientes. Tzinitzcan, dice Sahagún, se llaman las plumas que llevan los quetzales en la cabeza, en el pecho y en el cuello, (c. o. v. III. p. 168).
Otra ave llamada también acuática era el queeholli, quechol, tlauhquechol, nombres que parece eran sinónimos, y el primero se daba según suponen algunos, a una borla de pluma fina y a uno de los dieciocho meses del año. Su plumaje como el del quetzal, el tzinitzcan y el xiuhtótotl, servía para adorno de los señores y los dioses. El quechol, platalea ajaja es el único representante americano del género del platalea y el único de toda la familia que viste ropaje carmesí: “vive en el agua y es como pato” dice Sahagún. Su pico “es como paleta de boticario que ellos llaman espátula; tiene un tocadillo en la cabeza colorado, el pecho, barriga, cola, espaldas, alas y los codos de éstas, del mismo color muy fino”. Se asocia de buena gana con las garzas y por esto “dicen que esta ave es el príncipe de las garzotas blancas que se juntan a él donde quiera que le ven” (o. c. v. III. p. 168). “Es un pájaro grande, acuático, dice Clavijero, que tiene las plumas de un bellísimo color de grana o de un blanco sonrosado, excepto las del cuello que son negras, habita en las playas del mar y en las márgenes de los ríos” (o. c. v. I. p. 48). Los que yo he visto en Michoacán carecen de las plumas negras del cuello: pudiera ser que los que las tienen sean una variedad de las costas.
El xiuhquechol o quechol verde, nada tiene que ver con las plataleas. “Su pluma es verde como yerba y las alas azules juntamente con la cola”. Es propia de la tierra caliente en donde varias aves visten los mismos colores y es difícil averiguar a cuál se refiere el autor. Una de ellas es el xiuhtótotl cuyo plumaje llevaban también como distintivo los señores. (Sahagún III. 168). Esta ave debe seguramente ser o una cotinga como creen unos, o lo que llamamos nosotros azulejo o gorrión azul, abundante en el Valle de México, los Estados de Morelos, Michoacán y otros del centro. En algunas partes oí llamar a este paserino, pájaro azul que es la traducción del ñaua xiuhtótol. El ya citado Dr. Sánchez clasifica al azulejo con el nombre de cyanocorax diadematus y al gorrión azul con los de siaíia azurea, sialia mexicana y sialia ártica.
Los guerreros y las víctimas destinadas a los sacrificios llevaban plumas de garza, de áztatl, que es su nombre, créese que deriven el suyo los aztecas. La familia ardea está muy bien re-
presentada en México, en donde casi no falta ninguno de sus grupos, pero sólo las blancas y las grises llevan entre nosotros el nombre de garzas. Las grúidas, ciconíadas y en general todas las aves zancudas y de largos picos y pescuezos son numerosísimas en los lagos y lugares cenagosos.
Los patos, canauhtli vienen al Valle de México de las partes de occidente y hay más de veinte especies de ellos. Abundan las gaviotas, corvejones, en náuatl acacálotl o cuervos de agua, gallinetas, alciones y, del género limosa, una graciosa avecilla que fácilmente se domestica y llaman chichicuílotl, o atzitzicuílatí, como le dice Sahagún. Los indios lograron domesticar algunas especies de patos que tenían, tanto por su carne y los huevos, como principalmente para adornarse con sus plumas.
En abundacia y de variados colores se las suministraban las numerosas familias de prehensores, alos o guacamayas, loros, papagayos, pericos y cotorras. Toznene llamaban a los papagayos, toztli y quiliton: verdes casi todos y sólo diferenciándose en el tamaño y color de la cabeza; unos la tienen amarilla, otros guinda y otros roja. Los alos son más variados en el plumaje: verdes, rojos, azules y amarillos, ostentan diversas combinaciones de colores en sus plumajes. Criaban los indios, para su recreo, toznenes y cochos, este último sobre todo “canta, parla y habla cualquiera lengua que le enseñen”, pero el primero “es el que mejor y más pronto se enseña a hablar” (Sahagún o. c. v. III. p. 171). Los alos en vez eran aves simbólicas de significación religiosa.
Para trabajos delicados y vestidos bordados y tejidos con plumas en que varias de las tribus sobresalían, pero en modo especial los tarascos de Michoacán, tenían los indios mexicanos el huitzitzilin, llamado tzintzuni por los tarascos y por nosotros chuparrosa y colibrí, la más pequeña de las aves, cuyas especies ostentan gran diversidad de colores tornasoles. Hay muchas maneras de ellas, dice Sahagún: “renuévanse cada año: en tiempo de invierno, cuélganse de los árboles por el pico: allí colgados se secan y se les cae la pluma: cuando el árbol torna a reverdecer, él vuelve a revivir y tórnale a nacer la pluma y cuando comienza a tronar para llover, entonces despierta, vuela y resucita”, (o. c. III, 172). Las chuparrosas abundan tanto en la
República que de ellas se cuentan más de 52 especies de diversos géneros, entre las cuales hay que notar el amazilia yucatanenses, el cyanomyia quadricolor, el calothorax pulcliro, ave pequeñita de color morado metálico y otras muchas que sería prolijo enumerar.
Del orden de los passerinos el más grande que tenemos es el cacálotl, especie de cuervo muy parecido al corvus corax de Europa, y el más pequeño es el cuachitl, llamado así el macho porque tiene parte de la cabeza colorada. También les dicen a estas aves nochtótotl, que quiere decir pájaro de las tunas y mólotl. Nosotros los llamamos gorriones, y en cuanto a sus hábitos tienen los mismos que la fringilla doméstica de Europa, con la diferencia solamente que los nuestros “cantan muy bien y críanlos en las jaulas para gozar de su canto”. (Saliagún o. c. v. III p. 193). El Dr. Sánchez los distingue con el nombre técnico de carpodacus frontalis, o carpodacus ahaemorrhous. Los cocotli son unas tortolillas poquito mayores que los gorriones y viven también en los jardines y huertas de las casas; cantan y son graciosos animalitos, muy buenos para comer. Nosotros les damos el nombre de coquitos, y los ornitólogos, el de scardafela inca. Otras mayores, de los campos viven en parvadas y las llaman builotl y es la zenaidura carolinenses o yucatanenses.
Zolin o zuli es la codorniz, cuyos machos llevaban el nombre de tezuzulin. Consumían inmensas cantidades de estos animalilios en los sacrificios. Cóxcox o también coxcoxtli era una especie de faisán, el penelope purpuresens. El teutzánoatl, de la familia de los tordos más bien que de las picas, aunque los españoles le llamaron urraca, fué aclimatado en el Valle de México por los indios, pero ya no se encuentra sino en lugares más bajos y templados. Es el quiscalus macrourus, el quiscalus temirrostris y el quiscalus mayor de los naturalistas. De pícidos hay en la República de 25 a 30 especies, la mayor de las cuales, el campephilus imperialis vive en las serranías de la zona templada y fría y es más numerosa en el norte.
Son numerosas también las especies de tordos: la primera ave llamada así porque entonces canta, tiene mucho parecido al turdus migratorius del norte; el robin de los Estados Unidos. El coioltótotl es otro de ellos con la garganta, pecho y codillos de las alas colorados, y su nombre de pájaro cascabel lo debe a la
modulación de su voz; hay otros tordos que cantan, pero ninguna de nuestras aves es más variada en la voz que el tzentzontlatolli, cenzontle ordinariamente llamado, y mimus poliglottus por los naturalistas. Vive en los países templados y su area de extensión llega hasta el sur de los Estados Unidos, en donde lo llaman pájaro burlón, por la propiedad que tiene de remedar a todos los animales y aún aprender algunas cadencias musicales.
De todas nuestras aves la más útil, económicamente hablando, es el totollin, como se llama a la hembras, huexóloth a los machos. Oviedo, que fue el primero en descubrirlos, los llama pavos, y dice que los mexicanos los domesticaron y los españoles los llevaron de la Nueva España al Darién y a las Antillas. (Historia Natural de las Indias, cap. XXXVI). Muy probable es que, en las primeras expediciones que se hicieron a España de objetos mexicanos, se hayan remitido, y se sabe que el primer Arzobispo de Santo Domingo mandó al Papa un guajolote como presente: lo cierto es que ya los había en Europa en 1530, en donde se comenzaron a propagar con rapidez. Los naturalistas le dieron el nombre de meleagris y de él se conocen tres especies de donde se derivan todas las variedades domésticas. La que vive en los Estados del norte de México y se extiende por los Estados Unidos es el meleagris gallopavo o americana: en nuestros Estados del centro se encuentran aún, aunque raros ejemplares del meleagris mexicana, y la más hermosa de todas, que algo se acerca al pavo real, es la que vive en Yucatán y las fronteras de Chiapas y Tabasco, extendiéndose hasta Honduras V Guatemala: llámase meleagris ocellata. El Prof. Marsh ha encontrado una especie fósil en terrenos miocenos del Estado de Colorado, en los Estados Unidos, y dos especies en terrenos postpliocenos de New Jersey. Entre los fósiles casualmente encontrados en México, no sé que haya aparecido hasta ahora ningún hueso de alguno de estos animales. Los indios mexicanos creían que la parte carnosa y contráctil que tiene en el nacimiento del pico tenía propiedades antiafrodisiacas. Era un animal simbólico.
No tantas como las serpientes, pero hay también entre las aves algunas enteramente fabulosas. Si exceptuamos lo que se dijo de las aves de rapiña de la Mixteca, que comían hombres, todas las demás tienen relación con el agua y con el viento.
“Hay una ave de agua en esta tierra, que se llama atotolli, quie re decir gallina de agua, la cual dicen que es la reina de todas las aves del agua, viene a esta laguna de México cuando vienen las otras aves, que es el mes de julio”. No se esconde entre la yerba del lago, “siempre anda en medio del agua, dicen que es corazón de ésta, porque anda en el medio de ella siempre y raras veces parece, sume las canoas en el agua con la gente, dicen que da voces, llama al viento y entonces viene este recio y las sume; esto hace cuando la quieren tomar. El cuarto día aparéjanse todos ios cazadores de agua y van a donde está como aparejados para morir, porque tienen costumbre de perseguirla cuatro días y todos éstos está el atotolli esperando a los cazadores sobre el agua; y cuando vienen está mirando, no huye de ellos; y si al cuarto día no lo cazan, antes de puesto el sol, luego se dan por vencidos y saben que han de morir, porque ya se les acabó el término en que la podían matar; y como aquel día se acaba, comienza esta a vocear como grulla y llama al viento para que los suma y luego viene éste y levanta las olas y comienzan a graznar las aves, y pénense en bandas y sacuden las alas y los peces salen arriba; entonces los cazadores no se pueden escapar aunque quieran, muérenseles los brazos, súmense y ahóganse; y si en alguno de los cuatro días cazan esta ave, luego la loman y trábanla por el pico y échanla en la canoa, y estando viva le abren la barriga con un dardo de tres puntas, que se llama minacachalli. Le cierran el pico para que no arroje lo que trae dentro que es “una piedra preciosa o plumas ricas” que guarda en la molleja. Si en vez de esto hallan un carbón, es señal de que quien la cazó morirá luego, si no será dichoso en la caza y en la pesca y se hará rico. Comían la carne de esta ave todos los pescadores y cazadores del agua, repartíanla entre todos y a cada uno cabía poquita y teníanlo en mucho por ser aquella ave corazón del agua, y cuando se va allá donde crían, todas las demás se van tras ella y van hacia occidente”, (o. c. v. III. p. 173, 179). Semejante en sus hábitos a la atotolli era la acoiotl; “tiene ésta las piernas cortas, los pies anchos como una mano de persona y tiénelos muy hacia la cola; también es rara esta ave, pocas veces parece, y sume a los que andan en las canoas: toda la fábula que se dice del atotolli de arriba, se dice
también de este acoiotl^ es de muy buen comer”. Lo mismo sucede con la acitli, libre de agua, que llama igualmente al viento contra los que la persiguen, (o. c.) Es una ave llamada zambullidora por nosotros y por los naturalistas pediseps occidentalis y podilymbus podiseps.
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Parecidas atribuciones a las del águila como animal simbólico y mitológico eran las del océlotl, grande felino qué para el Dr. Hernández no se diferenciaba del tigre asiático, y tigre lo llaman generalmente los escritores españoles. Los modernos naturalistas, siguiendo el equivocado concepto que del acélotl tuvieron los que no muy cuidadosos de este punto de principios del siglo pasado, siguen aplicando en sus diferencias específicas erróneamente el nombre de náuatl. Así dice uno de ellos: “Las pequeñas especies manchadas o listadas del género felis de ambos mundos antiguo y nuevo, llámanse comunmente tigre-gato. De estas especies pequeñas, una de las formas mejor conocidas y hermosamente señaladas, peculiar del continente americano, La recibido el nombre de océlotl, felis pardalis”. (Brit. Encicl. art. océlotl ed. New York. 1900). A las especies más pequeñas los tarascos llamaban güindure, los aztecas, tlacocélotl; a las más grandes era a las que llamaban océlotl los mexicanos.
“Océlotl, dice Clavijero, en mexicano es el nombre del tigre, pero el Conde de Buffon lo da al gato pardo” y felis pardalis es el nombre técnico que lleva equivocadamente el más terrible y majestuoso de los felinos mexicanos, del cual escribe Sahagún que es “el príncipe y señor de todos los otros animales y túrnese en mucho” (o. c. v. III, p. 143). Es entonces el océlotl el jaguar de Sudamérica, una variedad más bien que una especie distinta del felis onza. Mejor que los naturalistas lo han reconocido los arqueólogos y para no crear confusiones a los que aprenden en los tratados de zoología que el océlotl es una especie de gato cerval o lince, prefirieron despojar al animal del nombre náuatl que llevó en su país y darle el de guaraní que llevan sus parientes del sur, llamándolo jaguar.
Los indios lo veían con grande veneración y respeto supersticioso encarnando en él la prosperidad de sus dioses. Cuenta el Sr. Las Casas, que llegó un animal de éstos a la casa de
unos indios eil donde se había quedado sola una mujer “y haciendo algún estruendo en la puerta por entrar, la mujer creyendo que era persona abrió la puerta y visto el tigre le dijo: señor, no me mates, que no tengo más de tres pecados. El tigre arremetió con ella y matóla” ( Ap. Remesal Hist. de la Prov. de Chiapas y Guatemala, p. 374).
Miztli, dice Clavijero, es el león sin melena de Plino y león lo llama indirectamente Sahagún cuando dice que mazamiztli significa venado león: venado, mázatl; león, miztli. Describiéndolo añade que no es manchado pero sí del mismo tamaño y 4 en el cuerpo es de la manera del tigre”, (o. c. v. III. p. 153). Corresponde en todo al puma de los quichuas del Perú, que los naturalistas clasifican entre los felinos con el nombre de felis concolor. Océlotl y miztli son palabras mexicanas que entran en composición de nombres de felinos menores: así el gato cerval o lince, el acélotl de los naturalistas, lo llamaban los mexicanos tlacocélotl, medio jaguar “porque es pequeño, del tamaño de un gato, es pardo, tiene uñas y manchas oscuras como el tigre pintado” (Sahagún, o. c. v. III. p. 151). A este animal es al que llaman güindure en Michoacán. El cuanmiztli “parece ser onza y si no lo es, no sé a qué otro animal sea semejante: dicen que es parecido al león, sino que siempre anda en los árboles saltando de uno a otro y allí busca su comida, pocas veces anda en el suelo”. (Sahagún vol. III. p. 153).
El nombre mexicano del lobo es, según Hernández y Clavijero, cuetlachtli “y en algunos pueblos, donde no se habla con mucha pureza el idioma, se llama tecuani, que es el nombre genérico de las fieras” (ClaAÍjero o. c. v. II p. 274). Sahagún llama a este animal cuitlamiztli, que quiere decir león bastardo. “Come ciervos y gallinas y ovejas” y lo llaman león bastardo por que es glotón; “ni tiene cueva como los leones y de noche come las gallinas y las ovejas y aunque esté harto mata todas las gallinas y las ovejas que puede” (Sahagún, o. c. v. III. p. 153). Si en la antigüedad hubo lobos en la Mesa Central, es cosa que no lo he podido averiguar con toda certidumbre. Lo dicen los escritores antiguos y las leyendas y cuentos populares de los criollos, pero el hecho es que ahora no los hay y a cuantas personas dignas de crédito lo he preguntado desde Zacatecas, San Luis Potosí, Querétaro, Hidalgo, Veracruz, Jalisco y Mi-
choacán para el sud, me han asegurado que no los hay, o que el vulgo los confunde con ciertas especies de zorras y coyotes. El P. Gerste habla del lobo como habitante de las tierras altas de Chihuahua y dice que los tarahumaras lo llaman nariori (o. c. p. 44). Habrán huido al norte, o se habrán exterminado los de la Mesa Central, si los hubo. No todas las cualidades que aplica Sahagún al cuitlamiztli convienen al lobo. Este animal es un osado salteador de caminos, audaz y valeroso: ataca al descubierto y se arroja sobre la presa a la luz del día: la zorrá y el coyote, de la familia de los chacales, son cobardes y traidores, rateros nocturnos, ladronzuelos que se aprovechan de las tinieblas para despoblar los gallineros. El lobo, como el león, hace su guarida en las grutas; la zorra y el chacal se contentan con la espesura de los matorrales y los montones de hojarasca. ¿Si hubiera habido lobos en las montañas de la Mesa Central, cómo habría sido posible exterminarlos en tres siglos, cuando en Italia diez veces más poblada que México, persiguiéndolos desde tiempo inmemorial con un encarnizamiento que aquí no se ha tenido nunca, aún cometen sus depredaciones en los Apeninos? Es de tanta fuerza este argumento para mí, que me convence de que la área de difusión de los lobos no pasó nunca, en épocas postglaciales, de las montañas de la Tarahumara y que el canis mexicanus no sea sino el nariori de Chihuahua. Así como lo que llamaron los españoles tigre, no era tigre, ni león lo que llamaron león; así creo yo también no fuera lobo Jo que llamaran lobo, y que el cuitlamiztli de Sahagún y el cuetlachtli de Clavijero, no eran sino especies de zorras o chacales como los que reemplazaron a los lobos en la América del Sur. Cierto es que en la Mesa Central se juntan a veces las especies de la fauna del norte con las del sur de América, pero esta es más bien una excepción que una regla general para los Estados centrales de nuestra República.
Las dificultades con que tropiezan los naturalistas para encontrar una demarcación neta y precisa entre el perro, la zorra, el lobo y el chacal, hacen que algunos enumeren a nuestros coyotes, cóyotl, canis latrans, entre los lobos, y en este caso, si el coyote es una especie de lobo, no tengo inconveniente en admitir que hubo y hay lobos en todo el territorio mexicano. “Hay en esta tierra un animal, escribe Sahagún, que se dice cóiotl, el
cual algunos de los españoles le llaman zorro, y otros le llaman lobo, y según sus propiedades, a mi modo de ver, ni es lobo ni zorro, sino animal propio de esta tierra; es muy velloso, de larga lana; tiene la cola gruesa y muy lamida; las orejas pequeñas y agudas, el hocico largo y no muy grueso y prieto; tiene las piernas nerviosas, las uñas encorvadas y negras y siente mucho: es decir, tiene los sentidos muy desarrollados, sobre todo el oído, que es a lo que aún entre nuestra gente vulgar se da por antonomasia el nombre de sentido. Es muy recatado para cazar, agazápase y pénese en acecho, mira a todas partes para tomar su caza: es muy sagaz en acechar esta”, (o. c. v. III. p. 154).
Entre sus cualidades morales, permítaseme la expresión, segúnlos indios, campeaba la gratitud. A este respecto nuestro autor trae la siguiente historia: “Un caminante yendo por su camino, vió uno de estos animales que le hacía señal con la mano para que se llegase a él; espantóse de esto el caminante y fue hacia donde estaba, y como llegó cerca de él, vió una culebra que estaba enroscada en el pescuezo de aquel animal, y tenía la cabeza por debajo del sobaco de este y estaba muy apretada con él: esta culebra era de las que llaman cincóatl; el caminante como vió este negocio, pensó interiormente diciendo: ¿a cuál de éstos ayudaré? y determinó ayudar a aquel animal: tomó una vardasca y comenzó a herir a la culebra, y luego ésta se desenroscó, cayó en el suelo y comenzó a huir y meterse entre la yerba, y también el animalejo se fué huyendo: de ahí a un rato tornóse a encontrar con el caminante en unos maizales y llevaba dos gallos en la boca por los pescuezos, y púsolos delante del caminante que le había librado de la culebra, e hízole señal con el hocico que los tomase; se fué tras él hasta que llegó a su casa, y como vió donde entraba, fué a buscar una gallina y llevósela a su casa, y dentro de dos días le llevó un gallo”. (Sahagún, o. c. v. III. p“ 155).
Unido con la virtud de la gratitud, tiene el coyote un vicio capital.“Es diabólico este animal ;si alguno le quita la caza, nótale, aguárdale, y procura vengarse de él, matándole sus gallinas u otros animales de su casa; y si no tiene cosa de estos en que se vengue, aguarda al tal cuando va de camino y pénese delante ladrando como que le quiere comer por amedrentarle; también
algunas veces se acompaña con otros tres o cuatro de sus compañeros para espantarle y esto hacen o de noche o de día” (o. c. 1. c.)
La mezcla de buenas y malas cualidades en el coyote que le suponían los indios, hacía que en los mitos representara papeles de índole enteramente opuesta. Para los del norte unas veces era el Ahura Mazda, principio de las cosas y benefactor de la humanidad: otras el Ahriman, origen de los males y malévolo causante de calamidades. En México tenía como ’ dios a cargo la música y el baile y como tal le llamaban huehuecóyotl : el viejo coyote.
Con excepción del coxamólotl, comadreja, del cacomiztli, fuina o garduña, ambos del género de las mustelas, los demás carnívoros, insectívoros y aún roedores de pequeñas dimensiones tienen nombres que los acercan al coyote por llevar su nombre en la composición de la palabra que los designa: tal es el azcaticóyotl, hormiguero; el tlalcóyotl llamado por algunos “zorro o raposo, y come gallinas, fruta, mazorcas de maíz, cosas muertas y sabandijas”. (Sabagún o. c. v. III. p. 156) y otros que no vale la pena enumerar.
“Los perros de esta tierra, según el mismo autor, tienen cuatro nombres”. Llámanse chichi, itzcuintli, xochiocóiotl, tetlamin y también teuítzotl. Las cuatro clases que describe Hernández, son el techichi, de aspecto melancólico y enteramente mudo, que dió origen a la creencia de “que los perros del mundo antiguo enmudecían cuando se trasportaban al nuevo”. En sentido propio este animal no puede llamarse perro, pero como desapareció, según piensa Clavijero, no lo podremos saber con seguridad; los otros tres son, el itzcuintli, itzcuintepotzotli y el xoloitzcuintli. (Clavijero o. c. v. I. 37 vol. II. p. 276). Van de acuerdo con Sabagún en el itzcuintli, que más bien es el nombre genérico de los perros. Habla también después del xoloitzcuintli y está en consecuencia su descripción, más o menos, con la siguiente que trae Clavijero: “En algunos individuos el cuerpo tiene cuatro pies de largo: tiene las orejas derechas, el cuello grueso y la cola larga: lo más singular de este animal es eslar enteramente privado de pelo; pues sólo tiene sobre el hocico algunas cerdas largas y retorcidas. Todo su cuerpo está cubierto de piel lisa, blanda, de color de ceniza, pero manchada
en parte de negro y leonado. Estas tres especies de cuadrúpedos están extinguidas, o cuando menos, sólo se conservan de ellas algunos individuos”, (o. c. v. I. p. 41). Una sola puede decirse extinta: el itzcuintepotzotli. El itzcuintli, dijimos, era el nombre genérico; el xoloitzcuintli, lo he visto muchas veces en la zona caliente y aún en Nuevo León y el Estado de Texas, de los Estados Unidos, entre las numerosas colonias mexicanas. Del tepeitzcuintli se nos dice que con ese nombre existe un cuadrúpedo en Veracruz y Oaxaca, mas parece que no es de la familia canina. (Peñafiel y Barranco: en la Naturaleza v. II. p. 259) y en algunas partes se da este nombre al tejón. Los demás nombrados por Sahagún no hemos podido saber si son sinónimos de los que traen Hernández y Clavijero, o son otros animales difíciles de identificar. También el perro era animal simbólico y sobre todo el xoloitzcointli.
Nos habla Sahagún de un animal cuyo nombre no lo dice “que parece que es oso, y si no es oso, no sé a qué animal se compare de los que conocemos” (o. c. v. III. p. 152). Clavijero hace también mención de los osos como animales mexicanos y el P. Gerste dice que en las montañas de Chihuahua, los osos están muy lejos de haber desaparecido y que en lengua tarahumara se llaman boji u hoji según el dialecto. El oso gris, sobre todo, ursus horribilis, es el terror de las montañas y animales de carga, (o. c. p. 44). Al no dar Sahagún ni Clavijero el nombre náuatl del animal, es indicio, a mi ver, de que, aunque fuera común en las montañas del norte, no llegaba a la Mesa Central, ni entonces, como sucede hoy día, se encontraban en páíses habitados por náuas, otomites, mixtecas, zapotecas, tarascos y mayas, que no hacen mención de este animal ni en los mitos ni en las leyendas y cuentos populares.
Un plantígrado, pequeño relativamente, es por el contrario muy común en esas y todas las otras regiones de México, el mapach o mapachtli, (melis) que también llevaba,, el nombre de ilamaton, la viejita o ciuatlamacazqui, la sacerdotisa, y nosotros llamamos tejón. “Tiene las manos y los pies de persona, destruye los maizales cuando están verdes comiéndolos, sube a los árboles y come la fruta de ellos y la miel de los magueyes, vive en cuevas, hace su habitación en las montañas, en los riscos y entre las espadañas del agua. En tiempo de invierno, cuando no hay
íruta ni maíz, come ratones y otras sabandijas; algunas veces anda en dos pies como persona y otras en cuatro como animal: hurta cuanto halla’5. Por la costumbre que tiene de robar “y por tener manos de persona, le llaman mapachillí”. (Sahagún o. c. v. III. p. 157).
El grupo de los perissodáctilos, que comprende hoy día las familias aisladas de los caballos, rinocerontes y tapires tiene en estos últimos sus representantes en México. Los tapires se han encontrado fósiles en la Mesa Central y viviendo en Oaxaca, Veracruz, T abasco y Chiapas. (Galeotti. Reconocimiento del Istmo de Tehuantepec. p. 102. — Peñafiel en la Naturaleza v. III. p. 259). Sahagún nos hace saber que se encontraban en Honduras. Los mayas^ de Petén los llamaban tzimín y los náuas tlacoxólotl: los mestizos y creollos los llamaban en español danta, anta, anta burro o anteburro; Clavijero y Sahagún hacen la descripción del animal y aunque más ajustada a la verdad la descripción del primero, el reflejar las ideas y modos de ver las cosas de los indios me hacen decidir por la del segundo, que es la siguiente: “Es grande, mayor que un gran buey, tiene gran cabeza, largo de hocico, las orejas muy anchas, los dientes y las muelas muy grandes, pero de forma de una persona: tienen muy grueso el pescuezo y fornido, los pies y las manos gruesas, las uñas como buey pero mayores; tiene las ancas grandes y anchas, la cola gruesa y larga; es de color de buey rojo, tiene muy grueso el cuero, la carne es de comer: dicen que tiene ésta sabor de todos los animales, aves y aún del hombre”, (o. c. v. III. p. 151). Importante en la mitología, de él tendremos que ocuparnos después.
Los monos están representados en México por no menos de cinco especies, ninguna con afinidades de los del continente oriental, sino con muchos puntos de contacto con las de Sud América y especies fósiles encontradas en los Estados Unidos. “Críanse”, dice Sahagún, “en las partes que llaman Anáoac, que es hacia oriente respecto de México”. Al oriente de México precisamente y a la orilla del mar está la Huaxteca, y el vulgo nuestro suele llamar huaxtecos a los monos, lo que prueba que de allí se llevaban al interior del país. Hoy se encuentran más al sur y donde más abundan es en los bosques fronterizos de Belice y Guatemala. “Son estos animales barrigudos, tienen lar-
ga cola y enróscania, tienen manos y pies como persona y también uñas largas: gritan, silvan y cocán: tienen cara casi como de persona, son peludos y vellosos, tienen las ancas gruesas: se crían en los riscos” (o. c. v. III. p. 162). Animal mitológico, tenía que ver con la música y la danza: con frecuencia se representa en los códices, y la descripción de Saliagún más bien parece tomada de las pinturas y numerosas estatuitas que hacían los indios, que sacada del natural. El mono se llama en mexicano otzomatli y ni Sahagún ni Clavijero, ni algún otro autor antiguo que yo sepa, dicen que fuera este nombre consagrado ai animal que llevaba una representación en los ritos y en el calendario como dice un moderno escritor.
El tlacuátzin, dydelphus opossum, es el único de los marsupiales que vive en México. De tales virtudes creían su carne y sobre todo su cola, para los alumbramientos difíciles y prolongados, que se cuenta de un perro que la comió y arrojó hasta los intestinos. (Sahagún o. c. v. III. p. 159). Huitztlacuatzin, dice Clavijero, es una especie de puerco espín mexicano y tozan o tuza el topo de México, (o. c. v. I. p. 42).
Hay ardillas techálotl y tlalmolotli: sus más comunes especies son el scurus hypopyrrhus, scurus variegatus y spermophilus mexicanus. Los coras, huicholes y otras tribus del norte las veían con superstición, de que no estaban exentos los indios del interior. En el códice Magiiavecchi, de Florencia, se menciona entre las divinidades de los náuas un dios techálotl. Los cérvidos tenían el nombre complexivo de mázatl, pero los naturalistas, entre otras distinguen las especies de cervus mexicanus, cariacus toltecus y coassus rufinus. “Hay otra manera de ciervos que llaman tlamacazeamazatl, es largo y alto, la cara tiene manchada alrededor de los ojos, de negro, y abajo de los ojos tiene una beta de blanco que atraviesa por todos los hocicos” (Sahagún v. III. p. 163). También era un animal ritual el venado, mitológico y legendario.
Del género dasypus tenemos el ayotochtli llamado así conforme al parecer de Sahagún y Clavijero, de áyotl calabaza y tochtli conejo. “Por la semejanza, aunque imperfecta, que tiene con el conejo cuando descubre la cabeza, y con la calabaza cuando la oculta en las conchas”. (Clavijero o. c. v. I. p. 37). Los españoles lo llamaron armadillo y este nombre pasó a otros idio-
mas europeos. No estoy muy conforme con la etimología del nombre mexicano: en este idioma, áyotl, no sólo significa calabaza, sino también tortuga, y a mi parecer el carapacho de un armadillo se puede mejor parangonar con el de un quelonio que con una cucurbitácea. El conejo con una concha de tortuga representa mejor un ayotochtli que el tochtli con una calabaza. Era también el conejo un animal que tenía alguna importancia en el simbolismo ritual cronológico y astronómico y muy abundante en todas partes del país. A la liebre le decían citli y una que otra vez tiene cabida en los mitos. Era y es muy abundante también.
Los ratones tenían varios nombres en mexicano, o más bien los indios reconocían varias especies o variedades de estos pequeños roedores. El más común y genérico era quimichin: a otros llamaban tepancbicbi, perro de pared; a otro tepanmántzatl, barreno de pared, a otro cálxoch, casero y calquimichtin, ratón de casa, para distinguirlo del del campo. (Sahagún, v. III. p. 165). Ratas no bahía en México. Clavijero dice que llegaron en las naves españolas y rápidamente se difundieron por todas partes.
Notable más que por su hermosa piel, es por la insoportable y penetrante fetidez que despide el epatl, mephitis americana, llamado zorrillo por los españoles.
Acabo de leer en un libro publicado en inglés pocos años ha, que los mayas probablemente tenían cerdos domésticos. Nada más improbable. El sólo animal que pudo acaso haberse domesticado y tomar ciertas apariencias del cerdo fué el único representante de la familia que se encontró en América y Buffon llamó pecary, tomando la palabra de un idioma de Sudamérica. Los mexicanos le decían coyómetl y, por ciertas apariencias exteriores, los españoles le pusieron jabalí. (Clavijero o. c. v. I. 36 II. 306). “Es muy semejante al puerco de Castilla, dice Sahagún, y aún algunos dicen que es. puerco de allá”, (o. c. v. III. 158). No era exacto, y la glándula odorífera que tiene el coyómetl en el espinazo, mientras no existe suino europeo, doméstico o salvaje con ella, es muestra más que suficiente para indicar su origen americano.
Pétzotl, glotón, llamaron los aztecas al cerdo que les llevaron de Europa, tomando el nombre de un animal que tenían,
por la semejanza de la voracidad insaciable más bien que por la forma exterior. “Porque de todas cosas come mucho y nunca se harta y de /aquí se tiene costumbre de llamar pétzotl a| que siempre anda comiendo y donde ve alguna cosa de comer, luego arremete a tomarla”. Así pues “llamaban también pétzotl al puerco de Castilla porque come como este animalejo a quien dicen glotón o pézotl” (Sahagún o. c. v. III. p. c.) En Centroamérica llamaban pizote o pitzotl al tejón, del cual dice el P. Coto que su nombre, en cakchiquel, era tzitz. “Pizote: un animalejo como el tejón o el mismo, tzitz, son caserositos cuando se cogen pequeños y traviesos mucho, y de aqueste animal toman el decir cuando un muchacho es travieso, tzitzulah aqual” (Diccio. cakchiquel. ap. Brinton) ¿Era el guio luscus, el pétzotl, que dió su nombre a los cochinos europeos? Lo ignoramos, pero no era ciertamente un animal de la familia suina, ni el glotón de las latitudes del norte.
Ninguno de los escritores antiguos que tratan de las costumbres de los indios habla jamás de cerdos que tuvieran domesticados, cuando no dejan de recordar que “criaban perrillos para comer”. Landa y Cogolludo, que tratan exclusivamente de los mayas, nos dicen los animales domésticos que tenían y el cuidado que ponían para domesticarlos, al grado de hacernos saber que las mujeres llegaban hasta a dar el pecho a los cer* vatillos para conseguir su domesticidad; pero nada dicen de los cerdos.
“La carne del coyómetl, es buena de comer”, dice Clavijero, pero no dice que la comieran los indios, aunque comían cuanta carne se les presentaba inclusive la del épatl o zorrillo: tampoco Sahagún nos dice que comieran la del coyómetl, cuando no deja nunca de apuntar cuáles eran los animales de carne comestible para los indios o que usaran como medicina o por motivos supersticiosos. No sólo pero ni aún sabemos que lo cazaran en México como lo hacían ios españoles, acostumbrados en Europa a la caza del jabalí y si lo dice Muñoz Camargo, no hay que fiarse de su testimonio por ser reciente. Herrera cuenta que lo cazaban los indios de Honduras pero no de filiación maya.
No escasea el coyómetl en nuestros días, han hablado de él y he visto algunos ejemplares y sus huellas en muchas partes:
algunos perjuicios debe haber causado en sus sementeras a los indios como aún ahora los causa y con todo, no obstante que tuvieran una mitología zoológica bien surtida en donde tomaban parte el tapir, el acélotl, el miztli, el cóyotl, el mázatl, el tochtli, el citli y algún otro mamífero más, ni para la mitología, ni para la leyenda, ni para los cuentos en donde muchos otros mamíferos toman parte, hacían caso alguno del coyómetl: Mientras hay nombres geográficos compuestos con los de muchos animales y mientras en los nombres propios figuran hasta las moscas, axayácatl y los ratones quimichin, nadie se acuerda del coyómetl. Tanto olvido no parece casual y debe haber tenido origen en algún motivo religioso que escapó a las investigaciones de los misioneros; mas de esto por ahora no nos tenemos que ocupar.
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Lo que hemos terminado de bosquejar fué la tierra y los elementos naturales con que, en animales y vegetales, enriqueció la Providencia a las regiones, una muy pequeña parte de las cuales acababa de visitar Francisco Hernández de Córdoba, en donde lo habían recibido tan mal los mayas. No eran solos los que la habitaban, y muchas otras tribus independientes unas de otras, de lenguaje distinto, se albergaban en ella. Vamos a conocerlas aunque en globo y muy superficialmente, que ya tendremos tiempo de entrar en relaciones más íntimas con las principales y más interesantes de ellas.
Los mayas no solo ocupaban las regiones que tocaron los castellanos en su primer viaje de exploración, sino además del Estado de Yucatán, al que pertenecían esas regiones, el de Campeche, el territorio de Quintana Roo* y una parte del Estado de Tabasco. La otra estaba en posesión de los chontales desde las fronteras de Campeche, casi hasta el río de Coatzacoalcos, por toda la costa del Golfo y el sur de las montañas que confinan con Chiapajs.
Las noticias etnográficas de muchas de las tribus de nuestro territorio, sobre todo, de aquellas que estaban en algún contacto con los ñauas, llegaron hasta nosotros por intermedios de pueblos de esa raza o que usaban su idioma, tales como los que vivían en el valle de México, que fué donde tomaron sus
noticias los primitivos escritores españoles. La raza ñaua estaba muy extendida; era la que dominaba en el centro y estaba esparcida por todas partes. Una fracción de ella la encontraron los españoles establecida en el río de Coatzacoalcos, otra en las bocas del Usumacinta en la punta de Xicalanco; de la laguna de Términos. El país, donde estaban establecidos los primeros, lleva el nombre de Nonoualco, Nonoalco u Onoalco, y esta denominación se extendía al Sur por el territorio de Tabasco, no se sabe con seguridad hasta donde, pero en el sentido de los ñauas, quizá hasta Xicalanco, a la entrada de la Península de Yucatán, para ellos conocida vagamente con este nombre, como Tabasco con el de Nonoalco.
Chontalli, el nombre que dieron a la tribu que vivía en Tabasco, es palabra náuatl y significa extranjero. No era, pues, sino un nombre común que se aplicaba a aquellos que no hablaban el mismo idioma de los ñauas de Coatzacoalcos; y como esto mismo se repetía en otras partes, de aquí la mala inteligencia de querer hermanar tribus enteramente distintas tan sólo porque se les daba el nombre de chontalli, como sucedía con otras establecidas en Oaxaca, en Guatemala, en Honduras y Nicaragua. Lo mismo sucedió con otras palabras ñauas que significan vecinos, extraños, torpes, incultos, de distinto idioma, y se tomaron como nombres étnicos.
Los Chontales de Tabasco eran de la familia maya y su lengua tan parecida a la que se hablaba en Yucatán, que los intérpretes de Cortés que conocían ésta, podían entenderse perfectamente con los que hablaban aquélla, argumento tan fuerte, que ya no hay ahora quien dude que era de origen maya la tribu que habitaba en Tabasco (véase Cyrus Thomas. Mexican Languages). No' ocupaban los chontales todo el territorio que hoy abraza el Estado de Tabasco. Además de algunos establecimientos ñauas en las montañas del norte que se extienden hasta el istmo de Tehuantepec, vivían los zoques, próximos parientes de los mixes, que ya ocupaban terrenos de Oaxaca y Veracruz y al norte estaban lindando con ellos.
Los mayas de Campeche y los chontales-mayas de Tabasco confinaban al sudoeste con otras tribus de la misma filiación, establecidas en Chiapas, cerca de las fronteras de Guatemala y penetrando en la América Central, por esta República como los
mayas de la península de Yucatán penetraban por Honduras. Las tribus de Chiapas eran los lacandones, xoquinoes y cboles ramificados hasta la Verapaz, en Guatemala: los tzotziles, tzendales o tzentales al Este de los zoques y los mames con todas sus ramificaciones y subtribus que no todas quedaban dentro de los actuales límites de nuestra República. Entre esas y otras tribus más, de filiación maya todas, vivía una que no lo era, los chiapanecos, establecidos en Chiapan y que dieron al Estado su nombre. A esta tribu, que por haber sido la más conocida de los ñauas que tenían algunos establecimientos en Xoconocheo, aunque de las menos importantes de Chiapas, suelen atribuir injustamente los conocimientos cronológicos, tradiciones y, en general, la cultura, poca o mucha que de sus mayores heredaron los zoques, tzotziles y tzendales que antes que ellos ocuparon el territorio. Créense los chiapanecos emparentados con familias de distinto origen de los mayas, radicadas en la América Central, como igualmente otros chontales y los huaves de Tehuantepec vecinos de los mixes.
Volvamos a las regiones orientales. Desde el río. de Coatzacoalcos al Papaloapan o Alvarado había establecimientos ñauas. Nada hay más ambiguo que los confines de los territorios de los indios, una vez que ellos mismos no los tenían bien determinados y variaban constantemente. De Nonoalco, al norte seguía Cotxtla o Cuetláxtlan. Para Clavijero todo el territorio entre Coatzacoalcos y Papaloapan, queda fraccionado en tres partes: al sur, una fracción de Nonoalco, en seguida Aualulco hacia el norte y un territorio bastante extenso con el nombre de Coatzacoalcos, al que seguía Cuetláxtlan al norte del Papaloapan abrazando en su comprehensión las playas de Chalchiuhcuecan, donde está la ciudad de Veracruz, hasta el pequeño río de la Antigua o río de Cempoala. Nos faltan datos para llegar a una certidumbre, por lo menos relativa, de tales denominaciones territoriales que juzgamos no tenían entre los indios la amplitud que les daban los españoles.
En lo que sí no cabe duda, es en que toda esa parte de la costa del Golfo de México al norte de los chontales, estaba sembrada de poblaciones ñauas, más o menos importantes, hasta el río de la Antigua, en donde comenzaba el territorio de los totonacos extendido por la costa hasta el río de Tuxpan y entra-
da meridional de la laguna de Tamiahua. No eran provincias las que se extendían por el mar desde el país de los chontales al de los totonacos; eran pueblos independientes unos de otros, sin más sujeción que la que les imponía el más fuerte y más atrevido, obligándoles a pagar cierto tributo. Al interior, no faltaban, de cuando en cuando, pueblos ñauas, ya mezclados con los zapotecas, que vivían al sur, en lo que es hoy Estado de Oaxaca, y con los totonacos en el mismo Estado de Veracruz.
A los zapotecas seguían más al sur, los mixtecas en el mismo Estado de Oaxaca, extendiéndose por las costas del Pacífico basta el istmo de Tehuantepec. La línea divisoria de ambas tribus en el interior era tan incierta y vaga, que no nos es posible definirla. Los mixtecas ocupaban por lo general las montañas, los zapotecas los valles, pero como había zapoteqas en los montes, no faltaban tampoco mixtecas en los planos.
Otras varias tribus, habitaban con todos ellos en el Estado de Oaxaca, llegando hasta los limítrofes de Veracruz y Puebla al norte, y de Guerrero al Suroeste. Tales eran los chatinos y amuzgos o amuchcos de la misma prosapia de los chochos o chuchones que llegaban hasta el Estado de Veracruz, y opinan algunos eran de la misma familia de los popolocas de Puebla. Lo eran seguramente de la de los yopis o tlapaltecas, extendidos más bien por el Estado de Guerrero, hasta llegar al puerto de Acapulco, que a ellos pertenecía. Estas tribus todas tenían afinidades más o menos estrechas con los mixtecas, quienes también entraban al Estado de Guerrero y confinaban allí con los couixcas de origen ñaua.
Venían los mazatecas y cuicatecas ligados con parentesco más bien con ios zapotecas, pero que vivían entre éstos y los mixtecas en Oaxaca. Eran de la misma afinidad étnica según el Sr. Pimentel, los chinantecas, broncos y salvajes, pero de vida sedentaria que tenían sus guaridas en las barrancas y quebradas que dividen a Oaxaca de Veracruz y Puebla. Otros hacen a los chinantecas afines de los Huaves de Tehuantepec, lo mismo que a los popolocas de Puebla de la familia de los mixes y zoques. A decir verdad las afinidades de estas tribus están muy lejos de recibir una definitiva solución y más me inclino a afiliarlas al grupo mixteco-zap oteca con el Sr. Pimentel.
Confinando con los totonacos en el río de Tuxpan, estaban
en el Golfo de México los cuextecas o huaxtecas, y seguían por la costa sus tierras hasta la desembocadura de Pánuco. Los totonacos se creen una tribu mezclada de ñauas y de mayas: por lo menos así aparece su idioma; los cuextecas no cabe duda que son mayas de origen. Estos entraban a los Estados de Hidalgo y S. Luis Potosí, tomando también algún terreno del Sur de lama ulip as. En Hidalgo confinaban, por el poniente y Sur, con los metzcas de origen ñaua y en S. Luis Potosí y en Tamaulipas, con los pames, xanambres y tamaulipecos, los primeros cierto, los segundos muy probablemente de filiación otomite, como además los xanambres y tamaulipecos, se juzgan los pisones y en general las tribus de Tamaulipas que confinaban con las de S. Luis Potosí.
Enteramente bárbaras eran todas las tribus de la margen izquierda del Pánuco, y no menos los coahuiltecas que habitaban y dieron nombre al Estado de Coahuila, extendiéndose por Nuevo León y Tamaulipas, como un ramal de la familia Pakav/ana radicada en los Estados Unidos. Los coahuiltecas tenían al Sur a los cuachichiles en Nuevo León y Coahuila y los pames que llegaban hasta S. Luis Potosí. Los cuachichiles eran nómadas y llevaban sus excursiones vandálicas hasta Zacatecas. No eran más quietos los hualahuises y en general las tribus que tenían su centro de correrías en Nuevo León y Coahuila. Los zacatecas que dieron su nombre al Estado en donde más frecuentemente moraban, no sólo eran salvajes y fieros, sino, como dice el P. Arlegui, se complacían en comer carne humana (Crónica de la Provincia de Zacatecas) Allí vivían menos salvajes los huicholes de la familia de los nayaritas y coras. Numerosos eran los tepehuanes, divididos en varias sub-tribus que desde Durango se extendían por Chihuahua, Coahuila y Nuevo León.
Los tarahumaras estaban establecidos en las sierras de Chihuahua y allí tenían sus guaridas los apaches, Tobosos, Conchos, Comanches y otras innumerables tribus de merodeadores, azote de los Estados fronterizos de México y los Estados Unidos. Los Apaches, Tobosos y otras tribus y sub-tribus de la familia, que estaban establecidas en Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Durango, eran ramales de la grande familia atapascana, la más numerosa y extendida de los Estados Unidos, y los Co-
manches con los shoshones, rama del mismo tronco de los atapascas que, confinando con los esquimales, abrazaban en el norte del Canadá y los Estados Unidos, del Atlántico al Pacífico.
En la Baja California habitaban al norte los cocopas y cochimíes, emparentados con los yumas de la Alta California y al Sur, los pericúes con otras tribus inferiores del mismo linaje pericú. Los seris, con los guaimas y upanguaimas de su misma estirpe, tenían la isla del Tiburón en el Golfo de California, y pequeñas extensiones en la costa de Sonora. Había también allí y más al Sur en Sonora, un hervidero de tribus y sub-tribus menos salvajes que las vecinas de Chihuahua, pero muy abajo en la escala de la cultura. Las principales eran los ópatas y los pimas, emparentados casi con todas ellas y aún con los naya ritas y coras de Tepic.
Los jovas y pápagos, los sabaipures y julimes vivían más bien en Sonora, mientras que los cahitas, mayos y yaquis con las familias consanguíneas, llegaban a Sinaloa y partían términos con los sinaloas, que dieron nombre al Estado, y con los tehuecos que estaban avecindados allí y los acaxees de Zacatecas. Cansada y de ninguna importancia sería la enumeración de todas las tribus conocidas, nómadas o salvajes del Norte, asignando a cada cual su territorio en los Estados limítrofes de Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Querétaro e Hidalgo. Estos tres ul limos Estados, estaban poblados de otomites; en su totalidad, como Querétaro; en la mayor parte de su territorio, como Guanajuato, en donde sólo una faja tenían los tarascos que habitaban en Michoacán hacia las fronteras de ambos Estados; y mezclados con otras tribus, sobre todo ñauas, como en Hidalgo.
Desde el río de Piaxtla, en Sonora, hasta Acapuico, en Guerrero, toda la costa del Pacífico estaba poblada por familias ñauas, que se extendían hacia el interior bajo diversos nombres, en Jalisco, hasta la entrada del río Lerma, en el lago de Chapala: en todo el Estado de Colima; el Norte de Guerrero por toda la orilla del Mescala; todo Morelos, casi todo Puebla y el Sur del Estado de México abrazando el valle. Al nordoeste del Estado vivían los matlaltzincas que confinaban con Guerrero y Michoacán, y al nordeste los mazahuas, de familia otoñóte, que confinaban con ellos. Familias otomites había acá y allá en los Estados de México, Puebla y Tlaxcala, en donde pre-
dominaban los ñauas. Los pirindas de Michoacán, que vivían entre los tarascos que ocupaban la casi totalidad del Estado, no eran sino una fracción de los matlaltzincas.
Eran pues innumerables como se ve, las tribus indígenas que poblaban el territorio mexicano cuando por vez primera pusieron en él sus plantas los descubridores españoles. Por centenares las enumeran en sus crónicas los religiosos misioneros y en sus relaciones los primeros escritores europeos. Pero no eran todas de distinto origen y raza diversa. Las tribus se habían dividido y subdividido; y de unas, otras se habían formado. Los pueblos eran independientes en lo absoluto; a lo más grupos de ellos, más o menos grandes, formaban ciertos señoríos, malamente llamados provincias por los autores españoles. En estos señoríos, los pueblos que dependían del principal, sólo estaban vinculados a él por los servicios personales que tenían que prestar sus habitantes y los tributos que en ciertas épocas pagaban, uniéndose todos para acometer o defenderse bajo las órdenes del Señor del pueblo principal. El idioma, la religión y las costumbres eran siempre el vínculo de unión entre los pueblos de un señorío; pero aún con la misma lengua, religión y costumbres había muchos señoríos no sólo independientes sino en guerras continuas unos y otros con el único fin de hacerse tributarios, mas no súbditos.
Esto hizo que a los primeros conquistadores y misioneros les pareciera infinito el número de las tribus; pero, como uno de los cronistas dice acertadamente, mientras mejor se iban conociendo las tribus más se acortaba su número, y el estudio comparativo de los idiomas hizo reducir mucho más el número de las razas. Este estudio es el único recurso de que podemos echar mano por ahora para clasificar nuestras razas indígenas y a él se han dedicado con mucho empeño nuestros lingüistas.
Muy cierto es lo que dice el Prof. Gamio, que: “de acuerdo con el concepto antropológico moderno, las agrupaciones humanas están caracterizadas por la concurrencia de estos tres aspectos inseparables: Io Su tipo físico o étnico, es decir, las características anatómicas y fisiológicas, individual y seriamente consideradas. — 2o Su tipo cultural, o sea las manifestaciones intelectuales y las obras materiales. — 3o Su tipo lingüístico, o sean los idiomas y dialectos que les sirvieron como medios de comu-
nicación” (La geografía arqueológica de México, Bol. de la Soc. de G. y E. quinta p. t. VIII. n. 2. p. 233). Mas tratándose de agrupaciones humanas constituidas algunos millares de años antes que nosotros las pudiéramos observar, tenemos que comenzar por aquel de los aspectos que más fácilmente se puede estudiar, la lingüística, dejando al análisis y la síntesis el trabajo de darnos a conocer cuáles son las manifestaciones de la inteligencia y las obras materiales que debemos adjudicar a cada uno de los grupos encontrados por la glottología según el criterio del Sr. Mena. Porque tratándose de nuestros indios y refiriéndonos a los tiempos prehistóricos, el tipo físico y étnico es tan difícil de especificar en los diversos grupos, que uno de los antropólogos más entendidos, el Br. Hrdlicka, cuyos profundos estudios de los aborígenes del continente americano nadie puede poner en duda, después de hacer notar todas las semejanzas e identidades anatómicas y fisiológicas encontradas en todos ellos, concluye que, “una clasificación de los indios en más de una raza se hace casi imposible”. Admite ciertamente algunas diferencias locales pero añade que “estas variaciones y desarrollos son fluctuaciones entre la misma raza de origen más o menos remoto”. (Génesis of the American Indias. Pros, of the 19the. Jnter. Cong. of Amer. p. 567).
Contrayéndonos a los indios de nuestra República, las mezclas y cruzamientos, debidos a las migraciones y guerras hacen más difíciles de discernir en ellos estas variaciones y desarrollos, y poco nos podrá servir la antropología para reunir los diversos grupos sin atenernos a la cultura después de haber tomado por base la lingüística, buscando primeramente por su medio un modo, aunque no infalible, de reunir y reducir el número de las agrupaciones étnicas que poblaban nuestro territorio en la época en que fué descubierto por ios españoles.
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Las lenguas americanas comenzaron a codearse con los idiomas de naciones más cultas en el “Catálogo de las Lenguas” del P. Hervás, jesuíta español del tiempo de la supresión de la Compañía de Jesús a fines del siglo XVIII. De una manera formal y sistemática, pero bajo un aspecto distinto, estudiaron las mexicanas, nuestros compatriotas el Sr. Bu. Francisco Pimentel y
Dn. Manuel Orozco y Berra, logrando ambos reducirlas a pocas familias, y las innumerables tribus de nuestros indios, a grupos etnológicos relativamente no muy numerosos. La clasificación del Sr. Orozco, como él mismo lo dice, fué 4 4 siguiendo única y exclusivamente la autoridad” (Geografía de las lenguas y carta Etnográfica de México). La del Sr. P i mente! tuvo por base la directa comparación de las gramáticas, diccionarios y otros escritos en lenguas mexicanas que pudieron llegar a su alcance. Sus conclusiones fueron recibidas por el Sr. Orozco y la obra del Sr. Pimentel sirvió de base para la clasificación de las lenguas y agrupaciones de las tribus mexicanas. (Orozco y Berra. Historia Antigua de México, v. II. p. 244).
Encuentra el Sr. Pimentel que las familias lingüísticas a que se reducen los idiomas mexicanos y, por consiguiente, los grupos etnográficos de sus tribus son diez y nueve, a saber: 3 Mexicana. II Sonorense u ópata-pima. III Comancbe. IV Texana o coabuilteca. V Keres-zuñi. VI Mutzun. VII Guaicura. XIII C o cliimí-1 a imó n . IX Seri. X. Tarasco. XI Zoque-mixe. XII Totonaca. XIII Mixteco-zapoteca. XIV Pirinda o Matlaltzinca, XV Maya. XVI Chontal. XVII Idiomas oriundos de Nicaragua, buave y chiapaneco. XVIII Apache. XIX Otomite. (Pimentel cuadro comparativo y descriptivo de las lenguas indígenas de
Estudios posteriores lian confirmado que el grupo ópatapima debe unirse al nana, y así lo hacemos reuniendo los dos en uno solo naua-ópata-pima, que para mayor brevedad llamaremos simplemente nana. Como el shoshone se ha reducido al atapasca, resulta que el apache y el comanche se reducen a esta familia también: (Powel. Linguistic Familis of American Indians)
pero el atapasca no es una familia de México sino de los Estados Unidos, por consiguiente, ceñidos, como queremos estarlo, a las tribus propiamente mexicanas, es decir, a las que tienen el tronco y raíces en el territorio que hoy se llama República Mexicana, tendremos que dejar a un lado a esas dos tribus con todas las otras que les son afines, por no pertenecer su tronco a nuestro país y no estar en él plantadas algunas de sus más importantes ramas.
Lo mismo hay que hacer por idénticos motivos con las ra-
mas mexicanas de Jas familias pakawana, keres-zuñi, mutztun, huave y chiapaneca. De las lenguas de la Baja California que el Sr. Pimentel reúne en dos familias, considerando que las del norte están ligadas con la familia yuma, dejamos únicamente las del sur comprendidas bajo el nombre de pericú.
Es opinión del Sr. Pimentel, que el totonaco sea una mezcla de nauatl y maya. Si se atiende a la tribu, sus costumbres y modo de ser, los cuextecas se acercan más a ellos que los ñauas, y cuextecas se decían como lo atestigua Sabagún. Siendo esto así más se aproximan a los mayas ya que, en esto no hay duda, eran de la misma familia de los cuextecas ; y en efecto, " la tendencia de los modernos lingüistas”, dice Cyrus Thomas, “es de colocar la lengua totonaca en la familia maya” (o. c, p. 49).
Después de los estudios del Lie. Belmar acerca del otomite con relación al grupo mixteco-zapoteca, creo deben fundirse en una sola estas dos familias. (La familia mixteco-zapoteca en sus relaciones con el otomite) Esto ya se había hecho con el matlaltzinca que fue reconocido también de la familia otomite (Cyrus Thomas. Indian Languages of México) El mismo autor hablando de los chontales dice: “Gran confusión reina en lo que se refiere a este nombre, que no sólo se aplica al pequeño grupo de Oaxaca, sino a uno de Tabasco y a otro de Nicaragua, ambos colocados por Orozco y Berra en la familia maya. Sin embargo ahora ya se sabe que_ solamente los de Tabasco y algunos de Guatemala y Honduras, a los que se aplicó algunas veces este nombre, pertenecen a dicha familia. Las lenguas de los grupos de Oaxaca y Nicaragua pertenecen a un tronco muy distinto”. (o. c. p. 58). Compuesto el grupo otomite de las familias otomite-mixteca-zapoteca-matlaltzinca, para abreviar lo llamaremos únicamente otomite.
Las diez y nueve familias del Sr. Pimentel, con las restricciones antes propuestas, quedan reducidas únicamente a las siguientes. I Nana. II Pericú. III Seri. IV Tarasco. V Mixe. VI Maya. VII Otomite. Las familias seri y pericú, por su salvajismo y número tan reducido de individuos que la usan, al grado que la segunda se halla enteramente extinguida, son tan insignificantes, que a nadie escapa su ninguna importancia etnográfica. Los mixes y zoques no llegaron hasta ese grado, pero tampoco gozaron de más histórico prestigio, que el que les dieron las in-
vasiones zapotecas y ñauas. Con algunas tradiciones, reflejo de las de estas dos tribus, los mixes no son sin embargo para compararse con las que se llamaron civilizadas' y que nos dejaron el recuerdo de su arte y sus monumentos.
Reducidos al Estado de Michoaeán, los tarascos si llegaron a un grado de cultura superior al de los mixes, lo deben al pueblo que conquistaron y se asimilaron; su cultura no es sino la de ese pueblo que desapareció de Michoaeán a su impulso y que era un pueblo ñaua, los tecos. (Los tecos en Anales- del Museo Michoacano vol. II). La importancia de los tarascos es entonces la de los ñauas y como si fueran una tribu derivada de esta raza, hay que tratarlos en cuanto a la cultura; por lo demás, aparecen, cuando los otros pueblos ya tenían recuerdos y tradiciones y su influencia al estudiar los orígenes es de tan poco valor en ese sentido como la de ios mixes, seris y pericúes. Con todo veremos quienes eran los tarascos y procuraremos rastrear su origen.
Nos han quedado tres numerosísimas e importantísimas familias etnográficas. I los otomites, II los ñauas, III los mayas.
Todos nuestros cronistas e historiadores están conformes en que los otomites fueron los más antiguos pobladores de México. Parte fabuloso, parte histórico, aparece en las tradiciones el nombre de otro pueblo primitivo tomado como sinónimo del otomite: formaban este pueblo los quíname o quinamétin, que considerados mitológicamente son los gigantes fabulosos que perecieron en el diluvio; pero históricamente fueron vencidos y sujetados por un pueblo que vino después, y en ese caso son los otomites. Una vez que históricamente considerados otomites y quinamétin son nombres sinónimos del pueblo primitivo, teniendo que comprender en la familia etnográfica otomite una tribu que lleva este nombre hasta hoy, me propongo, para evitar confusiones, llamar complexivamente toda la familia con la palabra quinamétin, dejando la que lleva el de otomite para la tribu particular que se conoce con este nombre.
No se presenta dificultad igual para los ñauas. Sahagún así llama colectivamente a todos los que usaban la lengua que se hablaba en Tlaxcala, México y Texcoco, y nadie da este nom-
bre a ninguna tribu determinada, pues cuando parece que a alguna se quiere aludir, no se le asigna territorio y la referencia más bien se relaciona con pueblos determinados que hablaran un dialecto más rudo y arcaico que el que estaba en uso en México y en Texcoco cuando los españoles llegaron. Mayas seguiremos llamando con los filólogos a todas las tribus que comprenden la familia lingüística maya-quiché, incluyendo en ella, de contado, las ramas centro-americanas. Al llegar a tratar de acontecimientos en que la nomenclatura pudiera acarrear confusiones, ellos mismos se encargarán de proporcionarnos los medios de remover cualquiera ambigüedad que se presentara con más propias expresiones que distingan a los mayas pobladores de Yucatán, de las demás tribus de su misma familia etnográfica.
Tres eran según las conclusiones de la lingüística, las más grandes e importantes familias etnográficas que poblaron nuestro país y tres fueron también las razas que sabemos por las tradiciones hallarse establecidas en él, en los tiempos más remotos. La primera y más antigua es la raza de los quiname, quinametin o gigantes, que, como acabamos de decir, históricamente no son sino los otomites, de quienes los indios decían no saber cómo ni de dónde habían venido. Comunmente los llaman chichimecas, palabra que, cualquiera que sea su origen y significación etnológica, para los indios no tenía la noción de advenedizos, que alguien le quiere dar, sino incluía el concepto de salvajes vagamundos, sin hogar ni lugar fijo de residencia. Ixtlilxóchitl les asigna un antiquísimo jefe mitológico, por nombre Tlaloc, dios del agua, que era gigante, según dicen, y, como ellos ni había venido de otra parte, ni había dejado nunca el país.
De los segundos pobladores, suele comunmente decirse en las crónicas y en los anales de los indios, que llegaron de fuera. Debido a la palabra chichimeca que se les aplica, se confunden por un lado con los otomites y por otro con tribus nómadas posteriores muy próximas a los tiempos históricos. Procuraré demostrar que las migraciones de esta segunda tribu, que es la ñaua, no están de acuerdo con las genuinas tradiciones veladas en los mitos mexicanos. La opinión más corriente entre los escritores indios no muy antiguos, es que tales inmigrantes supuestos, llamados por ellos teochichimecas o también chichime-
cas como dijimos* vinieron de lejanas regiones situadas al noroeste y conducidos por Mixcóatl, dios de la caza y padre también de los progenitores de todas las principales tribus que vivieron en México, sin excluir al caudillo de los debatidos tultecas, Quetzalcóatl. De donde se desprende haber los teochichichimecas ocupado el país antes que aquellos que trajeron la cultura según las tradiciones. Si por una parte los teochichimecas ñauas no se deben confundir con los posteriores chichimecas, tampoco hay que identificarlos con los otomites con quienes encontramos en las leyendas que combatieron los compañeros de Mixcóatl. (Historia de los mexicanos por sus pinturas cap. YIÍI pág. 236).
El tercer pueblo que aparece en las tradiciones es un pueblo que llega trayendo las artes y la cultura que derrama entre los habitantes que encuentra. A estos terceros pobladores llaman los escritores antiguos ordinariamente toltecas, pero también los llaman ulmecas, nombres sinónimos que equivocadamente se ha creído representar dos tribus distintas. Representan una sola. Quetzalcóatl, jefe de los toltecas era también el jefe de los ulmecas. Los toltecas fundan el reino de Tula, los ulmecas el de Tamoanchan; históricos o mitológicos, veremos que son la misma cosa. De ambos, pues, tiene que ser el fundador Quetzalcóatl. “Está el negocio de este reino de Quetzalcóatl”, dice Sahagún, “entre estos naturales, como el del rey Artús entre los ingleses”, (o. c. v. II. p. 266).
Sin pretenderlo, no pudo nuestro cronista haber escogido mejor símil para darnos exacta idea del personaje mitológico, legendario y hasta cierto punto histórico de nuestros indios, que el héroe igualmente mitológico, legendario e histórico de los ingleses, Arthur o Artús, como escribe Sahagún y se encuentra ortografiado en antiguos documentos del País de Gales, es muy probablemente la transcripción de los celtas insulares del dios de los continentales Artaios, que en una inscripción encontrada en Francia, se identifica con el Dios de los romanos Mercurio; Artús o Artaios tenía por consiguiente que ser, si no el mismo, un dios muy semejante en sus divinos atributos a Mercurio. Entre los dioses mexicanos, no hay ninguno que tanto se parezca al romano como Quetzalcóatl. Las crónicas de Geoffrey de Monmoult, y mejor que ellas, las novelas de los caballeros
de la Mesa Redonda y del Santo Grial tan en boga en la literatura popular española del tiempo de Sahagún, hicieron conocer al religioso franciscano los hechos novelescos de Artús, y por ellos, comparados con los de Quetzalcóatl que oía de boca de los indios, es más bien por lo que compara al mexicano el héroe inglés. Finalmente, la opinión de muchos escritores británicos, es que Artús representa la personalidad histórica de algunos antiguos régulos del País de Gales, anteriores a la invasión romana o de ese tiempo; y tal es también, con relación a México, la opinión que se han formado algunos historiadores relativamente a Quetzalcóatl considerándolo como un personaje que realmente existió. ( Véase* Rhys. Studies in Arthurian Legends).
La primera raza que aparece en nuestras tradiciones, los otomites, que llamamos quinametin, no han presentado serias dificultades ni a los analistas y cronistas primitivos ni a los historiadores posteriores. Si en los anales de los indios y en las crónicas de los españoles se confunden a veces con los chichimecas primitivos y prehistóricos que convenimos en llamar teochichimecas, no es tal la confusión que no se pueda desenmarañar con un examen minucioso de los sucesos, atención y cuidado. Los españoles encontraron poco menos que salvajes a los otomites, considerados comp el tipo lingüístico y étnico de la familia: bárbaros eran juzgados por los mismos ñauas; nadie encontró pues dificultad en creerlos una raza primitiva y juzgar que habían sido ellos los pobladores del país, cuando llegaron los primeros inmigrantes. Si han surgido divergencias entre los modernos, no es por habérseles querido negar la prioridad, sino todo lo contrario, es porque se les ha creído tan antiguos, que se les juzga autóctonos en el más estricto sentido de la palabra, es decir, no venidos al país, sino nacidos aquí.
Comienza la confusión con los segundos pobladores, los chichimecas, entre los analistas y cronistas, debido al diverso concepto que se ha tenido de la palabra chichimeca, unos particularizándola demasiado, otros generalizándola más de lo debido. De las confusiones de los primitivos escritores toma origen el desorden y divergencias de los que escribieron después, sin preocuparse de estudiar el fondo de la cuestión y dejándose incons-
cienteraente llevar por las pinturas y la autoridad de aquellos escritores primitivos que a priori les parecía que estaban mejor informados. Las tradiciones, no se puede negar, son confusas, contradictorias, a veces, incompletas y alteradas por los mismos indios que las aprendían descifrando antiguas pinturas, cuyos caracteres simbólicos no eran sino una ayuda para la memoria que no excluía las posibilidades de errar interpretándolos mal. Á la incertidumbre e infidelidad de las fuentes se debe, que no obstante los esfuerzos de los escritores para conseguir la verdad, el éxito no haya siempre respondido a sus buenos deseos, como se puede juzgar por las contrarias opiniones de los historiadores, fundadas a su juicio en las tradiciones escritas y en los hechos.
Algunos, dejando exclusivamente a los otomites la aplicación prehistórica de chichimecas, sin preocuparse de inquirir si podía convenir a otra raza que hubiera llegado después de ellos, admiten dos tribus inmigrantes, una con una cultura superior, los toltecas, otra que llegó en divisiones después de ellos, de cultura inferior, los ñauas. Otros, que admiten la misma hipótesis, "hacen ñauas y toltecas de la misma familia, difiriendo sólo en el tiempo de las inmigraciones. Los que hacen de distinta raza a los ñauas y toltecas se encuentran perplejos para explicar las inmigraciones de unos y otros, y ya conceden a los toltecas el magisterio de la cultura, ya traen a los ñauas con una cultura distinta. De todos modos, sean o no los toltecas de raza ñaua, los ñauas tienen por lo general en las diversas opiniones de los escritores el segundo lugar después de los otomites. Si los nanas fueron toltecas, a ellos se debe la cultura; si no lo fueron su cultura se mezcló con la de los toltecas. No sólo, pues, admiten en general haber sido los segundos que llegaron, sino también haber ellos traído cierta cultura.
La confusión que se comienza a introducir con los segundos inmigrantes, ya puede comprenderse por lo dicho, que llegó al colmo con los terceros. Los antiguos poco se preocupaban de las filiaciones étnicas y hacían unas mezclas de razas dándoles el mismo tronco genealógico, que tan sólo se puede concebir en los albores de la humanidad. Quedaron por esto en libertad los escritores venideros, y se aprovecharon de ella para conceder a los ñauas la cultura, que, según algunos primitivos escritores,
habían traído a México los segundos inmigrantes, considerando autóctonos a los quinametin. No era una hipótesis absurda: en una misma familia etnográfica podía haber tribus colocadas en mayores y menores grados de cultura. Nadie se acordaba de los mayas, y si alguna indicación indirecta se hacía de ellos en algunos anales de los indios, o se ignoraba, o no se comprendía. De ordinario las crónicas que se refieren a los acontecimientos de la Mesa Central, se reducen a hablarnos de los bárbaros otomites, los ñauas que trajeron del norte cierta cultura y los toltecas civilizados que cedieron el lugar a las tribus también ñauas que vinieron y a los chichimecas que a su contacto se pulieron.
Clavijero, el primer escritor que quiso sacar partido de todos los escritos anteriores que llegaron a sus noticias para formar una historia, se contenta con decir, con relación a los mayas, que terminada la monarquía o imperio de los toltecas “los míseros restos de la nación, pensando sustraerse a la común calamidad, buscaron oportuno remedio a sus males en otros países. Algunos se dirigieron hacia Onoualco o Yucatán; otros hacia Guatemala” (o. c. v. I. p. 83). Son las únicas alusiones que se conocieron en las crónicas y anales antiguos de los pueblos de la Mesa Central, en que se haga alguna reminiscencia de los países que habitaban los mayas. No obstante, de ese Onoualco o Nonoualco que se encontró, pudo haber sacado mucho partido la penetración de Clavijero, pero ya la historia había tomado un camino torcido; las verdaderas tradiciones se despreciaban, se entendían malamente las migraciones, alguna de las cuales por ignorancia desde un principio se habían omitido, y con esto a las tribus se dió distinto origen y todas las tradiciones se embrollaron.
En la última mitad del siglo XVIII el P. franciscano Fr. Tomás de Soza, que, como colector había tenido necesidad de viajar por toda la península de Yucatán, observó infinidad de ruinas y dió cuenta de sus observaciones al Capitán de artillería Dn. Antonio del Río. Este por su parte tuvo ocasión de visitar las ruinas de Palenque y el 15 de mayo de 1786 recibió una real orden de Carlos III en que se le comunicaba que practicara otro reconocimiento y examinara las ruinas descubiertas en las cercanías de ese pueblo de la provincia de Ciudad Real de Chiapas, distrito del Carmen, en la Nueva España.
Cumplió su cometido el Capitán del Río y el siguiente año escribió un pequeño informe de las exploraciones practicadas, acompañándolo con planos y dibujos de las antigüedades observadas que permaneció inédito hasta que en 1822 se imprimió en Londres, traducido al inglés juntamente con las reflexiones e ideas que tales investigaciones sugirieron al Dr. Dn. Pablo Félix Cabrera, escritas en 1794 y fueron el fundamento de muchos escritos posteriores de mexicanos y extranjeros que marcaron otro rumbo distinto del que se había seguido, a los historiadores de nuestras razas indígenas.
El Capitán Dupaix hizo una excursión a Yucatán en 1805 y Mr. Waldeck de 1834 a 1836 publicando sus descubrimientos y observaciones en obras monumentales ilustradas, que atrajeron mayormente la atención de los sabios, ya estimulada por las cortas reseñas del Capitán del Río y el Dr. Cabrera, hacia la desconocida cultura que se manifestaba en los monumentos de Chipas, Yucatán y Centroamérica. En 1848, Dn. Santiago Nigra de S. Martín publicó su plano de Yucatán en donde se anotaba con signos convencionales las localidades en donde existían ruinas o hasta entonces desconocidas por los hombres de ciencia o ya exploradas por Stephens y otros viajeros nacionales y extranjeros.
Fué a mediados del siglo XIX cuando los hombres de ciencia comenzaron a preocuparse seriamente de las cosas de Yucatán y una tal actividad científica se debe en gran parte a los franceses y belgas excitados poderosamente por el celo y actividad del Abate Brasseur de Bourbourg, sacerdote francés entusiasta admirador e investigador incansable de nuestras antigüedades.
Al norte de México, en la Mesa Central quedaban intactos los toltecas, el pueblo que había esparcido la cultura; al sur quedaban los mayas, pero no se consideraron capaces de haber construido los edificios que se admiraban, y olvidando en tanto las tradiciones o explicándolas cada quien a su modo, se abrió de par en par la puerta a las hipótesis y a la imaginación de eruditos y sabios.
La observación de antiguos cráneos y el cuidadoso estudio de los monumentos de Palenque demostraron las deformaciones craneanas de los primitivos habitantes de Yucatán hasta
entonces no conocidas en la Mesa Central. La diferencia era notable, y un hecho tan singular surgió a M. Angrand la idea de dividir la antigua cultura mexicana, atribuyéndola a dos distintas razas. Hizo venir a la una del oriente y la llamó la de las cabezas chatas (tetes plates) ; era la raza del sur, los antecesores de los mayas. Trajo a la otra de occidente y la llamó la de las cabezas rectas (tetes droites) ; era la raza de la Mesa Central, ios toltecas, que no se habían olvidado. (M. L. Angland. Lettre a M. Daly sur les Antiquités de Tiaguanaco. Revue genérale de FArchitecture vol. XXIV).
La teoría de las dos razas civilizadas, encontró acogida en Bélgica y Francia, y en ella se funda la voluminosa Historia de las naciones civilizadas de México y Centroainérica del erudito, estudioso y entendido Abate Brasseur de Bourhourg. ¡Lástima grande, que no sea verdad tanta belleza! Era tan seductora la hipótesis, respondía tan bien a las tradiciones y a los hechos, según las interpretaciones de los autores, que no se podía pedir más. Con más o menos modificaciones, según los sentimientos individuales de cada quien y las creencias de ios escritores, fué recibida por nuestros historiadores nacionales, quienes ante todo, considerando indignos de naciones civilizadas los epítetos de cabezas rectas y cabezas chatas, cambiaron la indicación de cabezas por la de casas, conforme a la diversidad de construcciones observadas, y les llamaron la civilización de la casa redonda y la de la casa cuadrada; cambiando asimismo las procedencias de oriente y poniente por las de norte y sur, haciendo el más reciente de nuestros escritores de grandes obras históricas acerca de los indios, otra modificación interesante a la teoría, declarando autóctona a la raza del sur.
A cada una de las dos razas asignaron una religión distinta: los del norte, que pertenecían a la civilización que llamaron también tlapalteca, eran sabeistas, mientras los del sur, que pertenecían a la civilización autóctona denominada por ellos palenkana, eran zoólatras.
Para explicar algunas semejanzas notables en el sistema religioso y en los conocimientos comunes de ambas civilizaciones, hicieron que las razas se cruzaran y resultó otra de transición, con elementos de ambas razas civilizadoras. Otras
creencias comunes tuvieron fácil explicación en las predicaciones tradicionales de Quetzalcóatl, el rey Artús de Sahagún, que para unos fue un monje occidental, propagador del budhismo; fue para otros un misionero oriental, anunciador del Evangelio o el mismo apóstol Sto. Tomás. De modo que, conforme al modo de ver las cosas de cada quien; los símbolos cruciformes, tan comunes en México, fueron, o la suástica de Budha o la cruz de Jesucristo.
Mientras florecía en Palenke la civilización del sur, que era la de los mayas después de haberse extendido por las costas del Golfo mexicano hasta el Misissipi y el Misouri, la civilización Tlapalteca de las márgenes del Gila, se movía por el Pacífico hacia le Mesa Central. La civilización paienkana tuvo origen en las extremas provincias del sur; la civilización Tlapalteca se comenzó a desarrollar en un antiguo territorio mexicano del norte. Ambas civilizaciones podía decirse que fueran mexicanas, tanto más, que la más importante de las dos, la del sur, no sólo había surgido en territorio que es actualmente mexicano, sino que era bija de una tribu autóctona y comenzaba a desarrollarse entre las palmeras, caobas y ceibas de un clima tropical, mientras los otomites, autóctonos también, cazaban al pie del Popocatépetl e Ixtacciuati, mastodontes y megaterios y labraban huesos de llamas, al rojizo esplendor de las lavas que se desprendían de las cumbres del Ajusco, retratándose en los cristales de plata del inmenso lago que cubría todo el valle de México.
Los meca, primeras avanzadas de los ñaua, entonces aparecían y tras de ellos sus congéneres los tlapalteca, fundadores de la Ciudad de Tula y del imperio tolteca que, grande y floreciente, se daba la mano con el palenkano, derramando una corriente civilizadora desde Casas Grandes a Copán. Mas el entusiasmo candente de uno de nuestros ilustres escritores recibió un poco atento chorro de agua fría de parte del Prof, Brinton que, con rudo golpe, echó por tierra todo el edificio levantado de la civilización tolteca diciendo que “la historia de Tula y sus habitantes los toltecas, tan atildadamente referida en la historia antigua de México, es un mito y no una historia” (Mytbs of the New World) y dirigiéndose a Mr, Charnay, que defendía las mismas teorías admitidas por nuestro
historiador, decía en otro escrito: “el que use de aquí en adelante estos nombres (Tula y toltecas) en un sentido histórico, revela tal ignorancia del sujeto que trae entre manos, que si se encontrara en el campo mejor explorado de los conocimientos arianos y egipcios, quedaría convicto de no merecer el nombre de sabio” (Were the toltecs an Historical Nationality?).
Convengo con el Prof. Brinton que la historia de Tula y los toltecas tal como la encontramos en nuestros antiguos anales y crónicas, con los portentos que la rodean sea un mito. No estoy de acuerdo con las teorías de autotonismo de nuestras tribus, ni convengo en los fantásticos detalles de las civilizaciones tlapalteca y paienkana, que describe con varios colores nuestro historiador, pero ¿el mito de Tula y los toltecas, como lo llama el Prof. Brinton, tiene forzosamente que carecer de fundamento histórico? ¿Es un imposible que acontecimientos históricos se hayan enlazado con mitos en nuestro país como ha sucedido en otras partes?
“La caída de Tula, la capital tolteca, fué para los bardos y cuenta-historias de Anahuac un manantial inagotable de imaginación, como lo fué Troya para ios poetas cíclicos Griegos”, añade en otro lugar el Prof. norteamericano, que no fué el primero en comparar a Tula con Troya. Los toltecas cuando salieron de la ciudad de 'Tula, dice Sahagún, “edificaron otra muy próspera que se llama Choiuia a la cual por su grandeza y edificios, los españoles en viéndola le pusieron Roma por nombre. Parece que el negocio de estas dos ciudades, llevaron el camino de Troya y Roma” (o. c. v. II, p. 267) ; ¿Y quién nos dice que Troya, tema de los cantares griegos, careció de fundamento histórico? Lo cierto es que en el lugar señalado polla tradición como sitio de la legendaria ciudad se encontraron restos de la época en que tenía que haber existido con las muestras del incendio y la violencia que se nos dice sufrió al ser destruida. (Schlieman. Ilion. Troya). “Después que Schlieman nos ha probado que Troya no es solamente un nombre mítico, como pensaban los filólogos, debemos ser más cautos en estos problemas”. (Beyer. La Astromía de los antiguos Mexicanos, en Bol. del M. N. de Arqueología II. p. 225).
He aquí lo que del mítico imperio de Agamemnón, el
héroe griego destructor de Troya, dice Mr. Freeman “Sabemos^ que la leyenda Carlovingia queda bastantemente confirmada por la historia: por consiguiente, no se puede objetar a priori contra la leyenda de ios Pelópidas que consta de análogos rasgos parecidos. La verdad es que la idea de tal extensión de dominio de Cario Magno no habría pasado por la mente de un novelista posterior, si alguna historia y tradición real no se lo hubiera sugerido. Así también sin algún cimiento histórico o tradicional, nadie habría pensado en Mikene, lugar insignificante en las historia posterior, como la capital de este imperio dilatado. Las novelas llevaron la capital de Carlos, de Aquisgrana a París; nadie la hubiera llevado a Aquisgrana” (The Mythical and Romantic Elements in Early English History).
Si los toltecas tuvieron la sede de su señorío en el Estado de Hidalgo o en Morelos, y no fué el mítico Quetzalcóatl el jefe que lo fundó, sino otro con un nombre cualquiera, nada importa. De los toltecas puede decirse lo que el autor citado dice de los súbditos de los Pelópidas, y de Tula lo que se refiere a Mecenas: en cuanto a Quetzalcóatl y los que le sucedieron en el mítico reino, lo que añade les conviene admirablemente. “Sea o no Agamemnón un hombre real, la combinación de los argumentos exteriores e interiores nos conducen a colocar en Mikene la dinastía de los Pelópidas como un hecho establecido” (b. c. p. 23).
No hagamos cuestiones de nombres ni de pedazos determinados de territorio. Con más justicia que el Prof. Brinton, dice su compatriota Mr. Thompson, de la tribu que según la tradición introdujo en México la cultura, “llámese tolteca si se quiere, fué probablemente aquella que edificó las ahora arruinadas ciudades de Yucatán, de las cuales Chichen Itzá fué la gran metrópoli”. (The Temple of the Jaguars — Am. Mus. Journal 1913 vol. XIII, p. 267). Estamos de acuerdo con el Cónsul de los Estados Unidos en Yucatán y otros americanistas que opinan lo mismo: llámese como se quiera; la misma tribu a que los anales y crónicas ñauas, dan el nombre de tolteca, buena o malamente aplicado, fué la que labró los monumentos de Yucatán; esta tribu fué la progenitora de los mayas, la tercera fa-
milia étnica de nuestros lingüistas y la tribu que, según auténticas tradiciones, introdujo la cultura en la Mesa Central
Dicen algunos modernos escritores que la historia de América comienza desde el descubrimiento de Cristóbal Colón y que las tribus que allí fueron encontradas por el célebre navegante Genovés y los que le sucedieron en los descubrimientos posteriores, no tenían sino prehistoria, antes que este acontecimiento sucediera.
Lo que se dice es la verdad si se trata de la inmensa mayoría de las tribus que entonces poblaban las islas y el continente Americano, entre las cuales estaban muchas de las que acabamos de nombrar: pero esto no se puede afirmar de todas universalmente las que estaban establecidas en el territorio mexicano porque se encontraban entre ellas algunas cuya historia se sabe con certidumbre que comienza cuando en el Viejo era enteramente desconocido el Nuevo Mundo.
Algunas de las tribus que vivían en México, conocían un modo imperfecto de perpetuar los acontecimientos, ordenándolos de un modo conforme a la sucesión del tiempo en que habían acontecido. Las desnudas imágenes de los objetos materiales pintadas en las paredes o grabadas en las piedras, que fué como los hombres comenzaron a conservar la memoria de los acontecimientos pasados, había dado un paso más entre nuestros aborígenes. Por medio de signos derivados de los objetos materiales que representaban;, comenzaron a denotar los nombres de las personas aun cuando no estuvieran solamente ligados a los objetos materiales. De la misma manera anotaban los nombres geográficos y comenzaban también a designar, con ciertas figuras convencionales, ideas que carecían de imágenes materiales: un terromoto, un período determinado de años, el aire, una enfermedad, la locución y otras muchas ideas que ya se iban separando del simbolismo material para entrar en el convencional. Los años, meses y días tenían signos especiales que, unidos a los de los nombres propios de personas y lugares y a los dibujos que copiaban del natural los hechos materiales, podían perfectamente indicar no sólo el acontecimiento histórico
sino los nombres de las personas que en él tomaron parte, el lugar y el tiempo en que se verificó.
Estos documentos figurados eran un poderoso auxiliar para conservar y fijar la memoria de las tradiciones orales; y cuando los indios de México aprendieron la escritura fonética de los españoles, pudieron fácilmente escribir sus tradiciones interpretando sus pinturas. Estos son los documentos en que está consignada la historia de nuestras tribus, escrita por ellos mismos* Sus tradiciones, auxiliadas con las pinturas pudieron conservarse mejor y ser comunicadas de viva voz a los primeros misioneros católicos, que, en sus escritos, las hicieron llegar hasta nosotros.
Creen algunos escritores extranjeros que son totalmente impuras estas fuentes de nuestra historia antigua y, juzgándolas indignas de fe, las desechan de plano, relegando los hechos consignados en las pinturas y tradiciones indígenas a la categoría de los cuentos y las fábulas. Según ellos, ni las tribus mexicanas que se distinguieron de las demás por haber alcanzado mayor grado de cultura, pueden presentar una historia verdadera que consigne acontecimientos pasados antes del siglo XVI. Para estos escritores, las únicas fuentes que se deben útilizar para saber algo de los antiguos habitantes de México en tiempos anteriores al descubrimiento de América, son las deducciones que podemos arrancar a la etnología, lingüística y arqueología.
Para otros, sobre todo, de nuestros modernos historiadores, las pinturas de los indios mexicanos, en cuanto a veracidad y exactitud, están en un nivel superior a los antiguos documentos históricos del viejo mundo y son dignos de tal fe que basta encontrar un hecho cualquiera consignado en una pintura para que ya no sea permitido discutirlo. Ninguna razón se nos ocurre por la cual las pinturas de los indios hayan de tener casi el privilegio de la infalibilidad. En ellas tiene que tener cabida el orgullo de raza y la superioridad de tribu para adulterarlas intencionalmente: en ellas debe manifestarse la ignorancia y fragilidad humanas para equivocar inadvertidamente las fechas, alterar los nombres, anteponer o posponer el orden de los acontecimientos, adjudicar a unos lo que a otros pertenece; en fin, todo aquello de que es capaz la malicia
o la ignorancia de un escritor, aunque haga su obra con pinturas y glifos, y el descuido y deliberadas intenciones de un copista de alterar el original.
Para acercarme a la verdad lo más que pueda, creo deber evitar ambos extremos. Ni bay que despreciar los hechos consignados en las pinturas y las tradiciones de los aborígenes, que nos conservaron los escritores mexicanos y españoles; ni admitirlas sin reserva como verdades indiscutibles. A la luz de las ciencias auxiliares de la historia, geografía, etnología, lingüística, arqueología y demás, o procuraré examinarlas despreocupadamente, sin la pauta de un sistema previamente concebido; aplicarles las reglas de la más sana crítica, ordenarlas según los dictámenes de la razón y las exigencias de los mismos acontecimientos históricos a que se refieren y desechar la idea de una infalibilidad absurda en las pinturas y documentos de los indios.
Los mexicanos que durante mucho tiempo no fueron sino una tribu nómada de aventureros pobres y despreciables que vagaban al derredor de los lagos, cuando reunieron sus esfuerzos para quedar enteramente independientes y comenzaron a sobresalir haciendo que les pagaran tributo los demás, muy bien se puede concebir que quisieran borrar de los antecedentes de su historia aquello que los humillaba, y que se quisieran apropiar con el nombre, las tradiciones gloriosas de los culúas, a cuya parcialidad pretendían pertenecer y que, después de la desmembración de la tribu nana, había conservado las prerrogativas de superioridad entre muchas de las nuevas tribus que se formaron.
El orgullo de los aztecas al comenzar a sobresalir entre las otras tribus que poblaban el Valle de México exigía hacerlos presentar con cierta importancia, y hacer ver que hubieran llevado a cabo su peregrinación llegando al último, como dice uno de los escritores de su tribu, “por ordenación divina para venir a ser señores desta tierra después de haberse extendido por ella estotros seis linajes referidos” (Códice Ramírez, pág. 19). Para conseguirlo, cuando ya se comenzaron a engrandecer hicieron destruir todas las pinturas antiguas en las cuales, si figuraban los aztecas, era en un papel secundario y desairado. El verdadero motivo no se hizo público y por eso no lo conservó la tradición.
Los indios, que pusieron ei hecho en conocimiento de Sahagún, ie hicieron creer que cuando este escritor tomaba sus informes se ignoraban muchos de los acontecimientos sucedidos en los tiempos antiguo^ “y se sabían por las pinturas que se quemaron en tiempo del Señor de México que se decía Itzcóatl, en cuya época los señores y los principales que había entonces acordaron y mandaron que se quemasen todas para que no viniesen a manos del vulgo y fuesen menospreciados” (Lib. X. cap. XXIX. vol. TIL pág. 140-141). La razón era fútil y no sé cómo la admitió el misionero bien instruido en las costumbres de los indios. Todas las pinturas y en general lo que pertenecía a la comunidad, lo guardaban los indios en los teocalli; aun hoy día guardan en la sacristía de sus templos sus escrituras de comunidad y los mapas antiguos de las demarcaciones de los pueblos. A los teocalli y sus pertenencias sólo tenían acceso los tlamacazque y los tecutli con el tíatoani, o sea los sacerdotes, los nobles y los señores. El pueblo jamás habría osado manejar las pinturas aunque hubiese tenido ocasión de hacerlo, ni mucho menos menospreciarlas.
El emperador de China Che-Hwang-Ti, de la dinastía Tsin, 220 años antes de Jesucristo, había mandado destruir por razones políticas cuantos libros había en el imperio con excepción de los que trataban de medicina, adivinación y agricultura. No el respeto a los manuscritos sino otras razones también políticas fueron las que inspiraron el mandato de Itzcóatl y las que en todo tiempo han hecho desaparecer las fuentes de la historia. En México quedaron ios libros litúrgicos y adivinatorios y muy probablemente con ellos se forjaron muchas de las tradiciones dando un valor histórico a la mitología y asignando una existencia real a los personajes de la fábula. Cosa igual aconteció en el Viejo Mundo y a esto los modernos han dado el nombre de euhemerismo.
He aquí una clave que nos servirá para esclarecer muchos puntos oscuros de nuestra historia y para apreciar el valor histórico de muchas pinturas hechas por los mexicanos en tiempos posteriores a Itzcóatl y de donde tomaron las tradiciones que los mismos indios escribieron y comunicaron a los misioneros. Si por una parte los aztecas procuraban borrar el recuerdo de su poco ilustre pasado como inferiores en rango y linaje a los
culúas, por la otra, estos mismos culúas, los tepanecas, los aculúas y los chalcas con las demás tribus que se desmembraron de los Ñauas, no debemos creer que fueran tan sinceros para escribir en sus anales, dibujar en sus pinturas y comunicar a los misioneros las glorias de los demás sin atribuirse a sí mismos lo mejor. No hay que dejar la balanza de la mano cuando conocemos el origen de los documentos y en cuales fuentes bebieron los escritores. Más que por las palabras hay que juzgar las cosas por los hechos mismos atribuyéndolos, no a quien los atribuyen los documentos sino a quienes nos dicta la razón que les pertenecen y tenemos otras pruebas para adjudicarlos, comparando y cotejando las tradiciones, las leyendas y sobre todo los mitos.
Por su parte los escritores españoles tenían kleas etnográficas perfectamente determinadas y tan grabadas que absurdo sería decir que las pudieran abandonar. Base y fundamento de todas ellas era la unidad de la especie humana descendiente de una sola pareja. Encastillados en esta verdad, naturalmente desechaban como falsas las creencias de los indios en un origen local. Con estas ideas, cuando en las pinturas y tradiciones encontraron lo de la peregrinación de los ñauas del norte, no haciendo caso ya de los acontecimientos que la precedieron, a ella se aferraron sin vacilar abandonando como falsas todas las otras. En otra parte he de tener que volver a tratar de este mismo asunto y dejo para lugar más oportuno lo que aún me queda que decir.
Las enseñanzas cristianas de los misioneros, las nuevas instituciones, nuevos sistemas político y civil de los españoles, las nuevas costumbres que se introducían, pero, sobre todo, las ceremonias y el culto de los cristianos impresionaban hondamente el ánimo de los indios y los más avisados que iban saliendo de las escuelas de los religiosos, ya no apreciaban las cosas de su tribu, de su antigua religión, de su país, sino bajo el prisma de las* nuevas impresiones recibidas. Así comenzaron a interpretar sus pinturas y a explicar a los religiosos sus tradiciones. De aquí otra fuente de errores que hay que tener muy presente para evitarlos. Al leer los primeros capítulos del Códice Ramírez, involuntariamente se va la imaginación al libro segundo del Pentateuco y se compara la peregrinación de los mexicanos con la de los israelitas en el desierto. Cuando se leen en Ixtlilxóchitl los
hechos de Nezaliualcóyotl y Nezahualpilli, sin querer se acuerda uno de David y Salomón, Urías y la reina de Sabá. Eran los frutos de las enseñanzas cristianas, el resultado de la civilización que recibían.
Para sacar provecho de los anales de los indios y crónicas de ios españoles emprendí la obra de despojarlas: Primero, de todas las reminiscencias de las nuevas doctrinas que se hubieran introducido en ellas, siempre que no se pueda probar que son puras y genuinas las tradiciones examinadas. Segundo, no tener en cuenta todo aquello que en cierto modo se roza con la civilización europea y es contrario al carácter, modo de ser, creencias y sentimientos de los indios. Tercero, indagar cuidadosamente el origen de los documentos y estar en guardia para hacer justicia a las diversas tribus. No hay que seguir a ningún autor en particular; tomar de cada quien lo que convenga, examinar cuidadosamente las tradiciones, leyendas y fábulas; cotejarlas, compararlas y después de haberlas tamizado, reunirlas en grupos y colocar cada grupo en el orden de sucesión que le convenga.
El trabajo que me propuse hacer en la parte de nuestra historia que abraza los tiempos anteriores a la elección de Itzcóatl como jefe supremo de los mexicanos, y especialmente los anteriores a las peregrinaciones de los ñauas, del norte a la Mesa Central, es comparable al de un arqueólogo que habiéndose encontrado fragmentos revueltos de varias inscripciones, los va escogiendo y separando, y colocando uno junto a otro los que embonan y forman sentido las palabras que contienen, hasta dejar inteligibles las inscripciones. En nuestras pinturas, análes y crónicas tenemos rica mina de inapreciables tradiciones revueltas y confusas; hay que escogerlas y unirlas hasta formar sentido. Con algunas hay además que hacer lo que se hace con los palimpsestos, separar o borrar lo que está escrito encima para leer lo de abajo. Me parece haber encontrado en alguna de nuestras leyendas, tradiciones históricas incrustadas y entreveradas formando un solo cuerpo con otras más antiguas. No soy poeta; mi trabajo es obra de observación, síntesis y análisis, no de imaginación ni fantasía.
Los hechos serán mi guía en el análisis de las tradiciones, y me ayudarán a discernirlas. Alguien dice que hay que abando-
nar por completo las tradiciones y recurrir únicamente a los hechos, porque las tradiciones son como las jacas de alquiler de los parques públicos, que se llevan por donde se quiere y después de dar vueltas y más vueltas, no se sale del mismo lugar» Ni la comparación es propia, ni justa la observación. Caminando de acuerdo con las verdaderas tradiciones y los hechos, es como se consigue el fin.
Tres distintas manifestaciones de la cultura se han encontrado en las estratificaciones arqueológicas del Valle de México, exploradas últimamente de una manera científica, como nos enseña el Prof. Gamio en sus interesantes escritos. A la primitiva, dieron el nombre de cultura arcaica, teotihuacana y azteca a las otras dos, respectivamente. Prescindiendo de la propiedad o impropiedad de los nombres, estas tres culturas superpuestas están enteramente de acuerdo con las tradiciones, tal como nos parece haberlas comprendido, y este es un hecho que, al haberlo probado, justificará la necesidad del auxilio de las tradiciones para explicar los hechos. Sin la sanción de los hechos, las tradiciones son siempre sospechosas y pueden ser falaces: los hechos solos abren de par en par las puertas a la imaginación y la fantasía: ambas pruebas juntas se contrapesan y rectifican y más nos acercan a la verdad.