Primores del Don Quijote en el concepto médico-psicológico · Capítulo real 1 de 1
Primores del Don Quijote en el concepto médico-psicológico
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 235 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
PRIMORES DEL DON QUIJOTE
EN EL CONCEPTO MÉmco-PS^OLOCCO.
psio PRIMORES
DEL
DON QUIJOTE
EN EL CONCEPTO MÉDICO-PSICOLÓGICO
CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE LA LOCURA
PARA UN NUEVO COMENTARIO DE LA INMORTAL NOVELA, por el
Dr. D. Emilio Pi y Molist, ^17™™° -=> S 2.""" — •
RtALiS ACADEMIAS DE MEDiCINA y CIRUGÍA v «,
LETRAS, DE BARCELONA, V c£2£H¿¿K¡?¿ B0M" DE LA snnrnTi » r»
DE LA SOCIEDAD MÉDICO-PSICOLÓGICA DE PARÍS
B/BL/OTECA
JOAN OLIVER
Serie
BARCELONA.
IMPRENTA BARCELONESA
calle de las Tapias, núm. 4.
1886.
ES PROPIEDAD DEL AUTOR.
THE LIBRARY
BRIGHAM YOUNG UMVER£ITY
PROVO, UTAH
Á LA MEMORIA DE MIS PADRES.
Emilio.
L'on trouve dans Don Quichotte une description admirable de la monomanie qui régna presque dans toute l'Europe, a la suite des Croisades.
Esquirol, Des maladies mentales, tomo n, pág. 28.
A pesar de tantos comentarios como se han escrito sobre aquel libro (el Don Quijote), el libro está todavía por comentar: aun no se sabe de él todo lo que puede saberse
De éstos y como éstos hay muchos sucesos en el Quijote que han pasado por alto los comentaristas, dejando sin ilustrar quizás los más importantes de aquel libro.
Castro (Excmo. é limo. Sr. D. Adolfo de). Varias obras inéditas de Cervantes, paginas I2Q y iq-j.
El primer móvil de este trabajo fué una invitación, sobrado lisonjera para mí, de un amigo tan querido como respetable. El catedrático numerario de Retórica y Poética en el Instituto provincial de Barcelona, señor D. Clemente Cortejen, presbítero, cuya generosidad me ha agasajado más de una vez con presentes lite rarios de mucha estima, al hacerme el de un ejemplar de las Bellezas de Medicina práctica descubiertas por D. Antonio Hernández Morejón en el Ingenioso Caballero D, Quijote de la Mancha, compuesto por Miguel Cervantes Saavedra *, me pidió que le manifestase, á lo menos escribiéndole una carta sencilla y la-
* Madrid, i836, en 8.°— 25 páginas.
cónica, lo que me pareciese, no sólo sobre este folleto, sino principalmente sobre la materia de que trata.
A no dudarlo , uno de los lazos que más han afirmado nuestra amistad es la afición y el amor que ambos tenemos á Cervantes y sus obras, y muy especialmente, como se deja suponer, á su obra maestra, el Don Quijote; de manera que, en el sentido discreto en que ha de entenderse la denominación de pertenencia á una parcialidad literaria que los aficionados y amadores del insigne ingenio honrosamente se aplican, bien podemos los dos llamarnos cervantistas. Él, sin embargo/ me lleva una ventaja, entre otras muchas, y es, que no encierra su noble afecto dentro de los límites de lo puramente ideal, y casi diré contemplativo, antes lo suelta y dilata por el vasto espacio de la realidad visible, pues con diligencia y ahinco de ferviente bibliófilo, y no sin dispendio mayor del que puede presuponerse sobre la depreciación del buen papel literario en la plaza, donde apenas si se cotiza, ha juntado hasta doscientos ejemplares de otras tantas ediciones del Don Quijote, nacionales y extranjeras, económicas y lujosas, cuáles enriquecidas por la erudición, cuáles ornamentadas por el buril y el pincel, y estimable alguna como bizarro alarde del arte tipográfica. A esta colección, ya muy notable, y cuyo interés nadie desconocerá , le va poniendo la casi forzosa añadidura ó apéndice de cuantos comentarios, glosas, esclarecimientos, juicios críticos y disquisiciones de todo género , entre los innumerables dados á la estampa sobre la inmortal novela , puede haber á las manos en su incesante perquirir curiosidades bibliográficas, dado que su inteligencia y buen gusto los reputen dignos del asunto, y, por tanto, de ser admitidos en esta librería especial, instructiva, preciosa, y que, con relación á la otra, es, hablando á lo vulgar, miel sobre hojuelas.
No se menoscaba, en verdad , el mérito de su empresa
comparándola con la de D. Leopoldo Rius y Llosellas, que, con ímprobo trabajo, cuantiosos desembolsos y un amor que todavía prevalece sobre su perseverancia y desprendimiento, ha reunido en largos años la colección quizá más numerosa que haya en el mundo, de ediciones del Don Quijote , en su lengua original y sin duda en casi todas las que se escriben : verdadero monumento á la memoria de Cervantes; exquisita joya literaria que por cierto no es la menor riqueza que encierra Barcelona en su recinto; asombro y codicia de tantos literatos nacionales y extranjeros como se han deleitado examinándola; colección, en fin, que no se ha de encarecer cuánto honra la iniciativa particular, porque á buen seguro se envanecería de poseerla el. gobierno de la nación más culta é ilustrada.
Aliento de vigoroso espíritu es el de seguir las huellas de este infatigable coleccionista, que ya lleva á todos una inmensa delantera; mas no dude el Sr. Cortejón de que, sea cual fuere el te'rmino á que pueda llegar en su nobilísimo empeño, nadie le disputará la gloria de haberlo intentado, ni dejará de aplicarle aquella frase de alabanza implícita con que el voto público excusa á los que denodadamente acometen una empresa muy difícil ó de realización casi imposible: satis est voluisse.
Como, además, mi amigo en sus estudios, actos académicos y conversaciones familiares, de cualquier hecho, noticia ó palabra pertinente, y aun de toda ocasión toma pie, ahora para discurrir sobre el Don Quijote, ahora para procurar con sus razonamientos que los interlocutores, entrando en la materia que parece proponerles, departan y discutan con él sobre éste que bien parece su tema favorito; no es de extrañar que las breves, pero curiosas, páginas de Hernández Morejón le sugiriesen el propósito de pedirme dictamen acerca de su contenido, ó mejor de invitarme á escribir cuatro carillas sobre la peregrina locura del Hidalgo manche-
go : en cuya insinuación estuvo conmigo persuasivo y galante por demás, haciéndola en términos que, si los pedía su buen deseo , excusábalos la escasa representación de mi persona.
A su solicitud, repetida una y otra vez, di en todas evasiva respuesta; porque, si bien confieso que desde el primer momento me sentí inclinado á complacerle, como lo merece siempre mi obsequioso amigo, no me avine por el pronto á contraer una deuda, pues, teniendo fundadas dudas de que, ni aun redondeando mis negocios , pudiese ser buen pagador en largo tiempo, doliéronme las prendas, y por prudencia persistí, si se me tolera la expresión, en guardar el bulto. Mas, si va á decir verdad, el estímulo con tanta delicadeza metido en mi entendimiento, bastante bien dispuesto, por otra parte , produjo sin tardanza su natural efecto; en cuya razón, de indeciso pasé á determinado, y, por favorable coyuntura, hallándome procul negotiis, á los pocos días, en un establecimiento balneario, tuve respiro sobrado en las horas muertas de una cura termal y en los paseos solitarios, propicios al discurso, por campos y bosques, con cuyo ambiente procuraba hacerla más eficaz; cobrando aliento con el descanso, pude trazar en mi magín la minuta de una breve epístola, que, si no llenase la esperanza de mi amigo, le convenciese, cuando menos, de que me animaba un deseo vivísimo de corresponder á la invitación con que me había honrado y distinguido.
Cogí luego la pluma; borroneé algunas cuartillas; tras éstas, otras; á medida que iba escribiendo, veía ensancharse más y más el asunto; mirábalo por uno de sus lados, y, como si él diese vueltas sobre un eje, iba presentándome nuevos aspectos, de que ya entonces no podía yo apartar los ojos; agolpábanse ideas en mi entendimiento, y no era dueño de elegir entre ellas, porque todas á una me requerian y señoreaban ; y, con tal apremio y en tal conflicto, no daba paz á la mano; y
crecía el número de garabateadas cuartillas; y á tanto llegó, mayormente despue's de mi regreso al hogar doméstico, que muy pronto eché de ver que el borrador, que comenzó en carta, acababa por transformarse en el libro que hoy ofrezco, sacado en limpio de letra, si no de faltas: por donde se demuestra cuan previsora fué mi reserva, pues si con él vengo á saldar mi cuenta, aunque sólo de honra , al fin no es con la clase de papel pedida, ni quizás dentro del plazo legal por la consuetud prefijado.
Lo que á mi buen amigo indujo principalmente á invitarme hubo de ser la creencia de que, por mi casi ingénita afición al Don Quijote y los estudios médicos especiales que mi cargo oficial supone, hallaríame yo en aptitud de juzgar, acaso mejor que otros, — y pase por suposición, — esta novela, tocante al pensamiento secundario con que se realizó el primario de ella, pero, en realidad, tan esencial como éste, pues entrambos son iguales por su origen , y tan conformes en su acción, que no parecen sino gemelos, á un tiempo concebidos y alumbrados por la fantasía de Cervantes; que vivieron para en uno, y recíprocamente se completaron; advirtiéndose, además, que, sin la cooperación ó ayuda del segundo, habría muerto en flor el primero, ó no hecho cosa que de contar fuese. Declarado queda que aludo á la locura, que es el accidente necesario y el carácter específico de la invención , pues lo que fué Don Quijote, lo fué por loco; por loco hizo lo que hizo; y su historia, sólo por serlo de un loco, produjo el inmenso bien literario y aun social que todos sabemos. Con razón se ha reparado que « Cervantes no fin- »gió toda la vida de Don Quixote, sino únicamente «aquella parte de ella relativa á su locura, que es la » única acción de la fábula *, » De suerte que sobre todas las consideraciones, con ser infinitas, á que da
* Ríos ( D. Vicente de de los ). Análisis del Quixote, párrafo 17.
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asunto este profundo libro , descuella y predomina la hasta ahora casi desatendida de la locura del Hidalgo. Como los niños se destetan con papilla, así yo, por feliz casualidad, sin consejo ajeno, sin deliberación propia, de que entonces era incapaz, casi por instinto, tomé mi primer alimento literario en el Don Quijote... ¡Ay, que aquellos tiempos me parecen ahora prehistóricos! En tal manera me engolosiné con él, que todavía recuerdo- con cuánto anhelo acudía á mi refacción cotidiana, la cual solía tomar de mañanita, á modo de desayuno, que me confortaba para ir á la escuela , no sin que algunas veces llevase conmigo el libro para leerle á hurto, con desaire del gramático Ballot, del historiador Duchesne y del doctrinero Ripalda, abriéndole por debajo de la mesa de escribir, con el cauteloso cuidado de que ésta le. ocultase á las miradas vigilantes y escudriñadoras del maestro. Lo que entonces más satisfacía mi apetito, y con lo que más me saboreaba, harto se deja presumir: eran los tumbos del héroe, las palizas del escudero, las pedradas de los galeotes, la dispersión de la bojiganga, la rota de los títeres, el rebuznar de los ojeadores del asno que hallaron muerto, y otros acaecimientos del mismo jaez. Ya mayorcito, empecé á tomar gusto á la historia entera, inclusos los pasajes más serenos y apacibles ; y, grandote, sentí no sé qué asomos de enamoramiento de su forma, y tuve á Cervantes por hombre que ponía bien la pluma (!). Adolescente apenas, logré leer una recién publicada edición de la novela con innumerables notas; y aquello fué dar con un buscapié, más luminoso para mí, que ha sido luego para todo el mundo el tan manoseado cuya paternidad quieren atribuir, con razón ó sin ella, al mismo Cervantes los buscones de genealogías literarias. Mayores estudios; la lectura de algún otro clásico castellano y de tal cual libro que del Don Quijote trataba; advertencias, consejos y enseñanzas de personas entendidas, entre ellas mi señor padre, — que
buen siglo haya, — la meditación á que llevan lósanos, y la reflexión que despiertan, fueron paso entre paso poniéndome en estado de conocer muchas bellezas de la novela, admirar lo ingenioso de su traza, medir la trascendencia de su pensamiento, regocijarme con el voto universal que la calificaba de sin par en su género, y henchirme de orgullo al entender que era una gloria de las letras patrias, por la que nos tenían envidia las más sabias naciones extranjeras. En aquella edad en que la sangre bulle, los afectos arden, las pasiones arrebatan, y ningún ímpetu se contiene, mi veneración á Cervantes rayaba en culto. Interminable fuera el referir punto por punto mi progresiva afición á este libro, por lo que en él han visto mis ojos desnudos , que es lo menos, y armados de lentes que he pedido á otros, v es lo más; afición que me doy* á entender continuará creciendo todavía con mis años, aunque ya son bien poco crecederos; y, si Dios es servido de guardarme mi juicio, como la tomé en el capillo, dejarla he con la mortaja; haciendo así verdadero lo que dijo el bachiller Sansón Carrasco acerca del gusto que tomaban las gentes de toda edad á esta incomparable historia, pues niño la manoseé, mozo la leí, entendíla hombre, y la celebro viejo.
Para acabar de encarecer mi afición con una alegoría, que, no obstante, tiene más de lo literal que de lo figurado, el Don Quijote es el presidente de la sección de Literatura de mi librería; mi maestro predilecto de lenguaje y estilo, y modelo del buen gusto; amigo siempre abierto, nunca remiso en servirme y complacerme; compañero inseparable de mis viajes, cuya asistencia enardece en mi pecho el amor de la patria en razón directa de su lejanía; alivio de mis pesadumbres; lenitivo de mis dolores; antídoto infalible de cierto virus de extranjía, tan insidioso como maligno, que corrompe la codiciada belleza del habla castellana; corroborante grato y eficaz en mis no infrecuentes
convalecencias; y, en resolución, alegría de mi casa, porque mi mujer es tan aficionada como yo mismo, y muy amiga del Caballero, con gran contentamiento y hasta orgullo mío; y el escudero parece haberle robado el alma; de tal modo, que apenas se mueve entre nosotros conversación festiva, con cuyas ocurrencias no alternen los ecos de los siempre regocijados y decentes donaires de entrambos personajes.
Hasta aquí, mi afecto al Don Quijote: ahora, mi presunta idoneidad para tratar de él en cierto sentido.
Oyendo estaba Medicina, cuando, entre los artículos de la Historia bibliográfica de la Medicina española* por el mismo Hernández Morejón, los cuales tienen respectivamente por título el nombre del Médico cuyas obras se enumeran y analizan, leí uno encabezado así: ¡Miguel de Cervantes Saavedra! , y era el que seis años antes debió de sacarse, como por desglose, del original manuscrito, y hacerse de él una tirada, á la que pertenece el ejemplar del Sr. Cortejón. Este descubrimiento fué el vivo resplandor en que se convirtió cierta claridad que yo distinguía ya de una manera vaga. Mi amor á la novela subió de punto, y los impetuosos movimientos de aquella edad pusiéronlo al delirio. ¡Cervantes, médico! ¡Cervantes, alienista! ¡Don Quijote, retrato de un loco verdadero, sacado por una fantasía de artista á la luz de un entendimiento de científico! ¡Oh!, á mi juicio, este nuevo primor dejaba en zaga y oscurecía todos los demás de la obra. Andando el tiempo, fué moderándose mi arrebato, sin menoscabo del cariño á Cervantes y á su libro; y hoy, viendo el folleto ó artículo de Hernández Morejón, sólo siento la complacencia tranquila que causa el contemplar la afanosa solicitud con que el patriotismo lleva al último término la alabanza de un escritor nacional, y hasta el noble espíritu que alienta
Madrid, 1842.
en sus exageraciones , y como que las abona y autoriza.
Dígolo así, porque desde entonces no había vuelto á leer el encomiástico artículo, y ahora, según se verá en otra parte, lo juzgo, sin disputarle su mérito, no ya con la vehemencia de la pasión juvenil, sino con la frialdad de la razón provecta y reposada. Sin embargo, la idea capital de aquel escrito quedóme impresa en la memoria, y ha sido constantemente para mí como un programa del certamen perpetuo que, por asenso común y tácito, parecen tener abierto los eruditos del mundo entero, para contribuir ellos mismos, y estimular á todos los ingenios á la dilucidación del Don Quijote, en los diversos respectos en que puede recibirla sin violencia este libro, que tanto presta para el discreto comentario. Pronto coincidencias en extremo favorables, preparadas quizás por mi harto precoz afición á la Medicina psicológica, eleváronme al susodicho cargo oficial, cuyo desempeño, sobre obligar á prolijos estudios teóricos, da materia abundosa para los prácticos: y, ya metido de lleno en ellos, y á la larga escrito para mi uso el libro, bueno ó malo, que, año tras año, va componiendo cada cual en su mente con la especulación y experiencia del ramo científico, literario ó artístico que cultiva; acaso jamás habré puesto los ojos en el Don Quijote sin compulsar maquinalmente con las páginas de aquel inédito libro las que en éste dicen relación con la locura, ni sin pasmarme de la perspicacia de Cervantes en conocerla, y de su exactitud, amén de su gracia, en describirla como al desgaire y sin quererlo, con el artificio de sucesos romancescos, propios sólo, al parecer, para interesar á lectores ganosos de entretenimiento apacible y frivolo. No una, cien veces, teniendo delante la en este concepto tan preciosa novela , sentíme inclinado á tomar la pluma y hacer apuntes para la historia frenopática del Hidalgo; pero ¡qué! en todas ellas la magnitud del asunto me arredraba, obligacio-
mam
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nes perentorias me distraían, flojedad de ánimo me embargaba, y acaso más que todo esto me retraía cierto temor muy semejante al que paraliza la mano respetosa cuando va á tocar un objeto de general veneración; por manera que, nadie lo dude, sin el excitativo enérgico que mi solícito amigo supo propinarme con indecible oportunidad, mi afecto á la ingeniosa novela, aunque vehemente , como siempre , no habría ido nunca más allá de la contemplación lánguida y estéril del amor platónico.
Decidido , pues, á poner en obra un ensayo de interpretación ó comentario médico-psicológico del Don Quijote, todavía me incitó más á ello el precedente de que, fuera de Hernández Morejón, sólo dos escritores nacionales, según entiendo, lo intentaron con loable deseo, aunque no con el buen éxito , á mi juicio, que habrían obtenido, si á su erudición notoria hubiesen juntado la idoneidad científica. Y no se crea que yo la niegue, en absoluto, á quien carece del diploma profesional que la supone, porque no son hoy día las verdades científicas como en lo antiguo los misterios de Eleusis, ni la ciencia patrimonio exclusivo de nadie: escritos recuerdo ahora de un autor extranjero, que no parecen sino de un médico consumado, y no lo es, si bien con muchos de fama alterna y controvierte en periódicos, en libros y en academias. Con todo eso, á nadie se oculta que para fallar en cuestiones de ciencia, al que la profesa da una superioridad indisputable el voto del público, cuanto más el de los doctos. A tiro de ballesta se ve que no son alienistas, ni siquiera médicos, D. Nicolás Díaz de Benjumea ni D. Francisco María Tubino. Para mí tengo que el primero se forja una teoría sobre el delirio de Don Quijote, en la que gallardea el sentido estético y la presunción de hallar el recóndito de todo pensamiento de Cervantes, aun del más claro, sencillo , trivial y menos necesitado de explicación ó comentario; y que la Psicología patológica en que
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pretende apoyar aserciones que más bien parece traer aparejadas y resueltas de antemano, es suya exclusiva, y en balde se la buscará en los libros, ni se preguntará por ella á la experiencia , pues de puro sutil se pierde de vista. Del segundo, me complazco en reconocer que camina sobre el terreno firme de los me'dicos psicólogos á quienes sigue, pero tal vez tropieza en quiebras, ó se enreda en malezas, y también toma alguna senda, que, si bien derecha y trillada, no le lleva á donde ir se proponía; y, esto no obstante, mucho más da en el hito con sus vacilaciones de discípulo que el otro con sus afirmativas rotundas de maestro.
El pensamiento primario del Don Quijote es derribar la máquina mal fundada de los caballerescos libros, aborrecidos de tantos, y alabados de muchos más; sobre el cual no dejan duda las categóricas y repetidas declaraciones del autor, que, sin embargo, al realizarlo, le dio una extensión y alcance extraordinarios, acaso fuera de su deliberación y propósito; no entendiéndose e^. ultimo, como ya supondrá toda persona instruida, con la corrección de ciertas preocupaciones, abusos y vicios populares, y aun de algunos defectos literarios generales de su tiempo, que hizo muy de caso pensado con el fingimiento de sucesos que á primera vista parecen no traspasar los límites de una pura fábula. En dicha extensión y alcance precisamente se fundan el mérito singular de esta obra, su aceptación universal, y el interés siempre creciente que excita aún en nuestros días, cuando ha pasado, tres centurias hace, su oportunidad , y de la literatura que combatió y venció no quedan ya sino memorias históricas, quizás menos atractivas ó apreciables, en el orden doctrinal, que las del lirismo bucólico de la época clásica y las del culteranismo que distinguió á la sucesiva por la corrupción del buen gusto. Sobre dicha extensión y alcance, que han puesto en las alturas de los mayores ingenios el de Cervantes, se ha fantaseado tanto, como desva-
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riaba el mismo Caballero en punto á su destino en la tierra y á la necesidad que ella tenía del valor de su pecho y del esfuerzo de su brazo; pero también, por fortuna, se ha escrito con buen seso y mucha luz de crítica cuanto era menester para dar , sin discrepancia de nadie , á la original novela el primer lugar entre todas las de su ge'nero; otorgarle la ejecutoria de la inmortalidad; y ensalzar á su autor con una apoteosis sin recuerdos de sangre, justamente reparadora, duradera y nada impía, como no la obtuvo ni el más preclaro y glorioso de los antiguos Césares.
Yo bien sé que, á través de la sobrehaz, lisa y tersa, de la narración cervantina, videntes, que se pasan de agudos, han descubierto, aunque no logrado poner. en crédito entre los críticos de autoridad , por más que sean fervientes admiradores del Don Quijote, una que llaman doctrina esotérica; pero sin penetrar en sus oscuras profundidades, puede afirmarse de este libro, conforme al dictamen unánime de los peritos, que sobre su invención primaria prevalece otra, que naturalmente de ella toma origen: invención grandiosa y trascendental, que, en su concepto más sublime, es un canto épico de amor á la belleza, á la verdad y á la justicia en su -incesante batallar con la fealdad, el error y la sinrazón; que magnifica la lucha con el ardimiento indomable, la temeridad generosa y el sacrificio heroico, y la enaltece con la mayor firmeza y constancia; que desenvuelve su acción sobre la ancha base de la vida y costumbres de un pueblo noble, altivo, valeroso y benéfico , á fuer de cristiano; que con tales cualidades hace del libro la novela psicológica por excelencia, nuevo aliciente para los que corren desalados tras las de este género, hoy en moda, digno á la verdad de cultivo, consideración y aplauso; y, finalmente, que está ataviado con las más graciosas y ricas galas del bien decir, y embellecido con un estilo de claridad y llaneza encantadoras. Por esto el Caballero de la Mancha lo es ya
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del mundo entero; y doquier asiste como dotado del don de ubicuidad; y su historia es el libro de todos los hombres y de todos los tiempos.
Por fortuna, para desempeñar mi cometido, no he menester Musa que me lleve á vuelo por las esferas empíreas de la poesía , pues con ir por mis pies detrás de Don Quijote á sus aventuras, y tomar nota de lo que piensa é intenta, dice y hace, desea y espera, encomia y desalaba, sueña y acierta, y reproducirlo á la letra, tendré materia bastante para explicaciones y comentos sobre su estado frenopático, que, hablando en puridad, es lo único que para mi propósito importa conocer, y en lo que yo puedo entrometerme con alguna confianza de no dejar mal asentada del todo mi baza. Dicha mía es también que, mírese por donde plazca la Historia del Caballero , ahora se la tenga poruña narración sencilla, ingenua y sin objeto disimulado, ahora poruña representación simbólica ó de sentido recóndito, en uno y otro caso su acción nace de una misma fuerza, de la fuerza única que, en lo más inescrutable de la mente y en lo más íntimo é invisible del celebro, desarrolla la anomalía ó perturbación que con el nombre genérico de locura se designa. Por manera, que mis interpretaciones, así pueden ser aceptas á los que , sin andarse en deslindes , se atan estrechamente á la letra del libro , como á los que, creyendo que tal vez la letra mata , mirándola apenas por cima, leen entrerrenglonado en las páginas de esta novela lo que llevan escrito en su magín desvanecido. Hay más: con cuantos análisis se han hecho del Don Quijote, y atrévome á decir que con cuantos se hicieren en lo sucesivo, se acomodan y se acomodarán muy bien mis explicaciones, ni desvirtuarán en manera alguna las de aquéllos; porque claro está que no ha de alterar en un ápice la significación recta ó indirecta, ni la razón patente ó encubierta de los acontecimientos, ni la sátira que incluyen los unos, ni la doctrina que
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dan los otros, el declarar cómo todos reciben su primer impulso de la locura, su causa eficiente, y á ella siguen y obedecen, por el camino de la verdad científica, en su desarrollo, terminación y resultados.
Venga, pues, conmigo quienquiera, si no lo ha por disgusto, en seguimiento del Andante; y, atendiendo á sus palabras y observando sus acciones, le explicaré por menor, como en visita clínica, el flaco de nuestro querido loco , con tanta claridad, á lo que entiendo, cuanto sea necesaria para conocerle bien, y casi, casi á lo perito.
•Por suerte, Don Quijote no es ensimismado, retraído, suspicaz ni' taciturno, como los orates lúcidos por la mayor parte, antes comunicativo , sociable, franco y hablantín : cualidades que facilitarán nuestros exámenes y juicios, pues con ellas vendrá á pintarse á sí mismo , según la frase corriente. Y ya veremos cómo apenas hay síntoma intelectual ni sensorio de la forma específica de su delirio, que él no tenga; ni afecto ni pasión de las que suelen engendrar las aberraciones de la sensibilidad peculiares del padecimiento; ni carácter accidental de los que, aun siendo tales, raras veces le faltan, por manera que acaban de distinguirlo y determinarlo. En admiración nos pondrán á menudo los raciocinios del loco por la derechura con que proceden ; de suerte que, si al fin de ellos encontramos errores ó disparates, no podremos achacarlo á ser ilegítimas las consecuencias, sino deducidas de premisas falsas; al modo de quien llega adonde no debiera ni quisiera, no por haber seguido un mal atajo, sino equivocado el punto de partida. Más todavía nos sorprenderá la extraña mezcla de insensatez y juicio que , casi á un mismo tiempo, se descubrirá en sus actos, tan rematada la una como recto el otro, en términos de granjearle la deplorable , al par que lisonjera, opinión de loco de atar entre los más cuerdos, y de cuerdo discretísimo sobre todos los locos. Veremos también una muy her-
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mosa faz de su locura, á saber, la incolumidad ó subsistencia del carácter moral del paciente, de su fe religiosa, sentimientos, educación é instrucción; los cuales resplandecen ¡oh maravilla! en las tinieblas del delirio, como destellos de la razón, que, en medio de la tempestad del entendimiento, queda encubierta repetidas veces por l.os nubarrones del error, pero jamás se apaga; que tampoco deja de arder jamás en el tabernáculo de nuestro organismo viviente la sagrada luz del alma.
¡Pobre loco! que no se exime de la dura ley que sobre todos ellos pesa, y su vida es un doble combate con sus afecciones internas, que le desasosiegan y avasallan mal su grado, y con las realidades del mundo externo, que, si le comprende, no le respeta ni compadece, y con desengaños, injurias y atropellos, humillantes y crueles acaso , paga la generosidad de sus sentimientos y la alteza de sus servicios. [Pobre loco! vuelvo á decir, que se derrumbó en la honda sima de la mayor desgracia, no por correr, como otros, desenfrenado y ciego tras los desvanecimientos y placeres con que engaña el mundo , sino que vino á él en una época que lo consumía y devastaba un implacable contagio; y ¡víctima inocente! lo contrajo; y en su persona se cebó con tanta saña la pestilencia, que en ninguna hizo más estrago, y ninguna, como ella, ha quedado por ejemplar del mal reinante.
En fin, otras particularidades haré notar al que viniere conmigo en pos del Andante, por las cuales vea claro que si loco ha habido nunca, bien caracterizado en el concepto clínico ; que, entre los mayores arranques de insania, ofreciese los más esplendorosos rasgos de cordura; loco noble, loco magnánimo, loco cortés, loco valiente, loco entendido, loco gracioso, loco simpático , pero también maltratado y escarnecido, y hecho blanco de los tiros de la malignidad é ingratitud ; cifra , al cabo , del desatino y discreción , grandeza y
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pequenez, felicidad y desgracia que constituyen el heterogéneo patrimonio de la humanidad; ese loco es Don Quijote.
Confío llevar el convencimiento al ánimo de mi acompañante; y, por si no fuere médico, dilucidaré, en el mejor modo que se me alcance , los puntos de doctrina médico-psicológica, áque respectivamente hagan relación los fenómenos mentales que en el Caballero iremos observando , para que conozca la conformidad, algunas veces pasmosa, que éstos con aquéllos guardan. No se aturda, como es de temer, antes de tiempo y sin motivo;. que, sobre irme á la mano en la exposición didáctica para que no peque de difusa, usaré los menos vocablos técnicos que fuere posible, y siempre los de inteligencia más fácil , pues , aunque la voz pública nos moteje á los médicos de grecizar á pelo y á redopelo, — si bien por algo se ha de traslucir nuestro abolengo asclepiadeo, — yo tengo costumbre de no decir jamás en términos exóticos y oscuros lo que puedo en romance paladino. Fuera de esto, para que no le quede duda de que con las nociones teóricas con-- cuerdan también los hechos prácticos , ni de que los hay ahora mismo, de que ocurren en nuestro tiempo aberraciones mentales que tienen mucha semejanza ó analogía con las de Don Quijote, por donde se eche de ver con cuánta discreción lo fingido siguió las pisadas de lo verdadero; le daré noticias sucintas de casos clínicos ó historias de orates observados ó asistidos por mí en el ejercicio particular ó privado de mi profesión, y principalmente en el oficial y público de mi Manicomio.
Por esta expresión no se entienda que el establecimiento en que estoy sirviendo sea de propiedad mía, como otros lo son de los profesores á cuyo cargo corre su gobierno y administración conjuntamente, y por esto se apellidan particulares ó privados; no, que, al decir yo mi manicomio , quiero sólo significar mi devoción
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y apego á él; un encariñamiento igual al que, en cierto encuentro, lejos de la patria, y en grato coloquio, declaráronse que les hacía echar de menos, doquier se hallaban, á Dupuytren su Hótel-Dieu , y á Esquirol su Charenton; una especie de comunión de la suerte de aquel piadoso asilo con la mía, establecida y gradualmente fomentada y fortalecida por un largo eslabonamiento de goces morales, pruebas, deseos y esperanzas, sin hablar de las angustias de tres epidemias, que, no obstante, sirvieron para unirnos más y más con el fuerte, aunque invisible, lazo de los comunes peligros y temores. Uso, pues, el pronombre en su acepción afectiva, que no en la posesiva; en aquélla que, así en el lenguaje sencillo y familiar como en el atildado y cortesano, abre el pecho al placer purísimo de saludar diciendo* mi querido amigo; de llamar á los seres cuyo amor llena y alegra nuestro corazón , mi vida , mi alma; de implorar gracia al Padre de todas ellas con las sublimes palabras, Dios mío!: locución de inefable ternura , que al autor del más antiguo poema castellano lleva á identificarse y entrar á la parte , en cierta manera, con su héroe en la representación simbólica de la gloria patria, no nombrándole apenas sino con la encantadora frase, mío Cid Rui Día%; modo de hablar con que cantamos los españoles un himno de triunfo cuando, con la efusión del orgullo nacional más legítimo , decimos en faz de todas las naciones del mundo, ¡nuestro Don Quijote! ¡nuestro Cervantes!
Mi manicomio es el de la Santa Cru% de Barcelona, anejo al Hospital del mismo título , veré urbis et orbis, venerando monumento de la caridad de nuestros mayores, establecimiento lleno de vida y vigor, no embargante su ancianidad de cerca de cinco siglos. El oficio de Médico Director de aquél estoy ejerciendo poco menos tiempo há que el promedio del emplazamiento que }a Estadística hace al hombre para que satisfaga la deuda de su vida.
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En dicho Manicomio, entre los infelices que alberga, solícito, como un padre entre sus hijos más amados por más desvalidos, pase' los años del vigor juvenil ; en el conté' los del juicio maduro y reposado; en él veo deslizarse los harto veloces de la razón fortalecida con la experiencia, pero ¡ ay!, que tambie'n de las ilusiones muertas por los desengaños, y del cuerpo decadente al rudo batallar de los afanes y rigores. Para él fueron mis primeros alardes en la profesión médica \ para él serán, Dios delante, mis últimos esfuerzos. Todo en él satisface mis anhelos; hasta la asiduidad del trabajo; hasta la desazón de los cuidados y contratiempos: hasta el silencio y la oscuridad del servicio, en el cual se ejecutan tal vez actos meritorios, pero son allí como obras de autores anónimos , no hay lengua que los refiera, y quedan ocultos en el ejercicio común de la caridad, é ignorados para siempre del mundo. Su galardón no lo menosprecio, mas no lo ambiciono; su aplauso me contentaría menos acaso que el respeto y afecto de mis pobres locos, con quienes tal lazo me une de entrañable cariño, y me hallo en comunicación tan sabrosa , que mi cargo de médico , moderador y consejero suyo, cargo del que es ajeno todo fausto, cargo humilde, olvidado en una sociedad que no parece dispuesta á hacer cuenta sino de pompas que desvanezcan y resplandores que deslumhren, no lo trocara yo por la condición más conspicua y brillante, y, si es lícito ponderar con el mayor extremo la preferencia, no dejara mi humilde despacho en el benéfico asilo por la alta silla presidencial de un Parlamento.
Tiempo no perdido el que allí he pasado, pues, en verdad, ¡qué gran libro el manicomio! ¡Ojalá lo entendiera yo como lo sé de coro! ¡Cuántas páginas no se leen en él, escritas con espanto muchas, con horror no pocas, con sangre algunas, con lágrimas todas! ¡Cuántas historias de lastimosas víctimas de los errores de la época , de nobles alientos ahogados en el infortu-
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nio, iguales de todo en todo á la del loco manchego, trocada únicamente la forma accidental de la tema, en consonancia con la diferencia de los tiempos 1 Yo lo llamo el libro de la mayor miseria humana, porque, en el proceloso piélago de trabajos y adversidades en que frecuentemente zozobra el frágil leño de nuestra vida , no hay miseria , no , que pueda equipararse con la enajenación mental. Libro de verdades, pero verdades que aterran. Nadie lo abra, si no lleva armado el pecho con aquella triple coraza de bronce, con que el poeta de Venusa quiso representar la imperturbable serenidad de la mayor intrepidez y firmeza. A las enseñanzas de este libro ninguna otra llega ; y todas dejan el ánimo atónito, el corazón dolorido y la conciencia temerosa. Pero tambie'n se aprende en él lo que á un tiempo conturba y tranquiliza : cómo se viene la locura. \ Bendito Dios, que ha iluminado mi entendimiento y dirigido mi mano para hacer, en muchas de las más negras páginas de este libro, acotaciones con tinta de color templado y risueño!
Si, para autorizar la doctrina de este trabajo, fuese menester declarar el criterio con que he recibido las enseñanzas teóricas de los alienistas y las prácticas de mi Manicomio, sobre cuyo conjunto la he fundado, diera yo explicaciones tan categóricas, cuanto las exige el asunto, mayormente hoy día, que la resolución de muchas cuestiones, con extremo vidriosas, de Medicina psicológica se toma por primer término de arduos y trascendentales problemas filosóficos, jurídicos y sociales, no siempre con el tiento debido, ni menos con la mesura y reserva que aconseja la incertidumbre, harto frecuente, de las nociones científicas y la difícil explicación de algunos hechos. Y porque en la batalla que está ardiendo de uno á otro confín del mundo, y embrave-* ciéndose más y más de día en día, conmueve sus cimientos, importa, y es caso de honra para cada cual., el ir denodado á hacer armas al campo en que tremola el
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estandarte de sus creencias y opiniones; y porque en conflicto tal la cobardía es un crimen, declararé lo que aquí sólo cabe en forma sumaria, y, aunque no nuevo, y sí de todos sabido, jamás ocioso ni impertinente por confirmado:
i.° Que. para el concepto médico de la enajenación mental, en su sentido más extenso y comprensivo, lejos de repugnante, es necesaria la noción filosófica, demás de verdad dogmática, del alma racional.
2.0 Que el enajenado, aun en medio de los mayores trastornos de la mente, raras veces pierde el uso de todas las facultades, ni enteramente el de la razón.
3.° Que asimismo pocas veces está en él anonadada de todo punto la libertad del albedrío, aunque sí muchas fuertemente supeditada ó cohibida.
4.0 Que las alteraciones del organismo no explican, por ahora, de un modo completo é incontrovertible, las perturbaciones de la mente; y que, por consecuencia, es todavía incierto el origen ó móvil de la necesidad ó como fatalismo de las acciones desordenadas de los enajenados.
Estas cuatro proposiciones, susceptibles, como se supone, de un desenvolvimiento muy lato, son los puntos cardinales de mi profesión de fe médico-psicológica. En ella alienta el espiritualismo, al que se jactan algunos de haber dado ya, después que al vitalismo, la estocada de remate ¡Ah! que no se acaba con las cosas
como con las palabras; y á los que de tal hazaña se glorifican, ahora, y en largo tiempo aún, y por siempre acaso, podrá decírseles, como Clitón á Dorante, tolérese, por lo expresivo, lo jocoso:
Les gens que vous tuez se portent asse\ bien.
Sin embargo , harto conozco que mi profesión no va con las corrientes á que quieren muchos lanzar la nave de la ciencia frenopática; pero de esto no puede infe-
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rirse, con buen discurso, que no sea su derrotero el más recto y seguro para tomar puerto en el continente de la verdad. Con todo, como no hay que debatir aquí un punto tan sujeto á disputas , doy por terminada la declaración explícita de mis opiniones, y sigo diciendo que, con arreglo á ellas, expondré sin ambigüedad ni medias tintas los hechos, las teorías y mis juicios sobre la locura con relación á la de Don Quijote: proceder franco y leal, porque nada más repugnante que el disimulo y aquiescencia fingida con que se encubre tal vez la hipocresía; y porque, si he de sentir en el alma que el adversario no lea este libro, acusaríame siempre de haberle traído cautelosamente á ocasión de que, después de leerle, se llamase á engaño. A cuánto me expone con ciertas gentes esta conducta, no lo ignoro; pero también sé que el soldado bizarro prefiere un enemigo noble á un parcial sospechoso. Si la popularidad de cierto género que á algunos ciega codiciara yo desde el fondo del retiro en que voluntariamente vivo encerrado, harto comprendo lo que me tendría cuenta hacer, que sería virar á tiempo para tomar el viento que hoy trae aquella aceptación y aplauso; y de seguro ninguno de los amigos que me conocen bien creerá que soy tan encogido ó para poco, que, de quererlo', no me decidiera y acertara tal cual á correr el nuevo rumbo, ó séase á escribir
por el arte que inventaron Los que el vulgar aplauso pretendieron;
dándome á entender que el celebérrimo poeta que esto dijo en su Arte nuevo de hacer comedias, no tomaría á mal ahora el verlo aplicado á la comedia humana.
A fin de dar más carácter nacional á mi trabajo serán, como he ofrecido, historias compendiadas de orates asistidos por mí mismo, en el ejercicio privado ó en el público del Manicomio, las que pondré para ilustrar los
2 2 INTRODUCCIÓN
asuntos; con exclusión de todas las de autores extranjeros, no ciertamente por tenerlas en poco, antes por llevar hasta el cabo aquel propósito, y por la negra honrilla de emanciparme de la tutela en que parecemos habernos constituido los médicos españoles no nombrando sino á profesores de allende los Pirineos y el Atlántico , no aprendiendo sino en sus obras, ni apelando sino á su testimonio, como si no pudiera decirse con gran verdad, remedando al adagio , que en cada casa sus enfermos y en cada tierra su medicina; principio clínico , sólido y de utilidad inmensa , en que debie'ramos recalcarnos con marcado saboreamiento; y como si, conociéndonos incapaces para todo acto varonil en el comercio científico , no viéramos arbitrio mejor que arrimarnos á la sombra del magisterio de aquellos señores, discurrir con su cabeza y hablar por su boca: hoy justamente que tan mal hallados estamos con toda autoridad , y á todos los criterios sobreponemos, con ínfulas de omniscio , el nuestro propio. Por otra parte, entre las causas morales de la locura cuéntase el carácter nacional, que, además de provocarla, poderosamente la modifica, hasta el punto de que tanto suelen distinguirse los orates ingleses y flamencos, por ejemplo, de los italianos y españoles, como los mismos naturales, en plena cordura, se diferencian entre sí por los rasgos fisonómicos, el color de la tez, ciertas aptitudes, excelencias, gustos, pasiones y vicios: y, siendo esto así, para que corran siempre las comparaciones, parece, no sólo conveniente sino indispensable , que cuantas se hicieren sobre el delirio de Don Quijote, maravilloso conjunto y bello emblema de las cualidades genéricas de la nacionalidad española, se saquen de locos que, por tener la misma condición de origen, aviven la semejanza ó paridad de los respectivos accidentes patológicos.
Venga, repito, conmigo quienquiera; que, si no me equivoco, después de nuestra jornada conocerá mejor á Don Quijote y admirará más á Cervantes, habiendo
INTRODUCCIÓN. 2 3
visto con sus ojos cómo conciertan los fenómenos de la locura del Hidalgo con la doctrina médico-psicológica, á pesar de que estaba todavía por nacer en la época que él anduvo en sus andanzas: por donde incidentalmente se comprueba que la verdad es de todos los tiempos, y ¡prodigio del entendimiento humano! vez hay que un genio la ve mucho antes que la ciencia la columbre.
24 EL FOLLETO DE
CAPITULO PRIMERO.
CUATRO PALABRAS ACERCA DEL FOLLETO *DE HERNÁNDEZ
MOREJÓN.
Es de justicia empezar el análisis de este folleto copiando las palabras con que lo encabeza su autor, pues declaran el generoso pensamiento que le movió á escribirlo.
«Si los talentos sublimes de Cervantes, si su imagi- »nación fecunda, si la riqueza y gracias de su estilo , si »el objeto que se propuso, en fin, de desterrar la frí- »vola y perjudicial lectura de los libros de caballerías, »que consiguió con su obra inmortal del Quijote, no «hubieran difundido su nombre por todo el mundo; »aun merecería ser aplaudido en la república literaria »de los Médicos por su mérito singular en la parte descriptiva de esa especie de locura que hoy llaman -^monomanía. »
Esta parte descriptiva es la que examina Hernández Morejón en seis aspectos distintos, de los cuales trata en otros tantos párrafos intitulados respectivamente así: — predisposiciones y causas; — sintomatología; — tiempos y períodos de la enfermedad ; — transformación de la locura; — vaticinio; — plan curativo, ó tratamiento moral.
Entre las causas sólo tres, en rigor, parecen admisibles, por su notoria acción en el desenvolvimiento de la locura en general, aunque no particularmente en el de la especie que padeció Don Quijote; á saber, la edad viril; la mudanza de vida, de activa en ociosa; y la mucha vigilia: causas, no obstante, más bien predisponentes que ocasionales. Dos cita, que, á todo tirar, no
HERNÁNDEZ M OREJÓN. 2 5
pasan de posibles: las estaciones de verano y otoño, á que refiérelas mayores locuras del Andante, y el exceso de lectura; otras tres, que son totalmente inciertas: el temperamento bilioso y melancólico, la agudeza y cultura del entendimiento, y los alimentos cálidos, viscosos y de mal nutrimento; y una sexta, que es el ejercicio violento, del cual puede decirse que más eficacia tiene para resolver ó moderar que no para producir enfermedades mentales. En lo del orgullo de- familia y nobleza se sale, á ojos vi-stas, de lo histórico, pues por ningún texto consta que Don Quijote descendiese, por línea recta de varón, de Gutierre Quijada, vencedor de los hijos del Conde de San Polo ; y sí únicamente que una vez dijo, aunque sin jactancia, ser hijodalgo de solar conocido, de posesión y propiedad, y de devengar quinientos sueldos * . Mas en lo que parte de ligero es, no en poner entre las causas de la locura las pasiones amorosas, sino en dar por muy enamorado al Hidalgo, quien, á la verdad, lo anduvo, pero mucho antes de perder el juicio; y de caballero, ó rematado ya, lo fué platónico y continente, y tan sólo porque los tales debían serlo de por fuerza; en te'rminos que con más de un pasaje de la historia puede sustentarse que la existencia ó realidad corpórea que él daba á la señora de sus pensamientos, era pura fantasía de una concepción delirante: realidad subjetiva, la única que cabe en este fenómeno patológico; existencia que no lo es sino en la mente del orate ; el cual , sin embargo , tiene certidumbre tan firme, por lo menos, de ella como de la misma realidad sensible. Sea lo que fuere, no puede dudarse de que el Hidalgo no enloqueció de enamorado , sino que, por loco, cayó en la cuenta de que había de enamorarse.
* Sigo siempre el texto de mi ejemplar de la edición del Don Quijote, corregida con especial estudio de la primera, por D. J. E. Hart^enbusch, hecha en Argamasilla de Alba, imprenta de D. Manuel Rivadeneyra [casa que fué prisión de Cervantes), año i863.
26 EL FOLLETO DE
En la sintomatología procede el autor sintética, y no analíticamente , diagnosticando la locura de Don Quijote sin referir por menor sus fenómenos. Sobre este particular nada puede oponerle el alienista, porque fija bien el carácter del mal; aunque es de lamentar que omitiese ciertos hechos de gran valor clínico, que, sin embargo, apunta con alguna vaguedad diciendo que « los objetos externos que se ponían en contacto con los «sentidos del enfermo , lejos de producir sensaciones é «imágenes regulares, ocasionaban desvarios en su jui- »cio, y se pintaban y reproducían en su imaginación «conforme á la disposición interna de su cerebro y fantasía. »
No puedo convenir en la división que hace de los tiempos ó períodos de la locura del Caballero , por cuanto los que señala no son tales en realidad , sino tres accesos, y aun mejor, sólo dos, bien distintos y determinados, que corresponden respectiva y exactamente á las dos Partes de la historia , con el período de invasión é incremento en el primero , y de declinación y resolución en el segundo. Entre ambos accesos media otro período de remisión , correspondiente al tiempo que el Hidalgo estuvo en su casa, desde que á ella lo llevaron en el carro de bueyes, hasta que hizo su tercera salida: pero, entie'ndase bien, remisión engañosa, locura amortecida, á modo de brasa mal cubierta con rescoldo , que apenas se le quita y aparta éste , cuando vuelve á arder con vigor bastante para causar un incendio. Así como en esta novela no hay propiamente enredo, trabazón ó dependencia de los lances entre sí, antes toda ella es una narración tirada, de cuyos capítulos podrían omitirse algunos sin que su falta obstase á la inteligencia de los restantes, ni disminuyese su interés; á este tenor, la locura de Don Quijote entra á un tiempo y de lleno en acción, y en el período de estado, que así se dice técnicamente; en el cual se mantiene inalterable hasta la viva crisis que promueve la decli-
HERNÁNDEZ MOREJON. 2J
nación; porque no cabe duda en que cuando el Hidalgo sale por la puerta falsa del corral de su casa, y anda imaginando el bello encabezamiento que á la historia de sus famosos hechos pondrá el sabio que la escribiere, no está más ni menos loco perdido que mientras va paseando de rúa por Barcelona, admirado de que todos los transeúntes le conozcan y nombren, é ignorante de que en el balandrán le hayan puesto un pergamino que con letras grandes declara su nombre y patria. Grande es la prerogativa , dice , que encierra en sí la andante caballería, pues hace conocido y famoso al que la profesa por todos los términos de la tierra: si no, mire vuesa merced, señor don Antonio, que hasta los muchachos de esta ciudad, sin nunca haberme visto, me conocen: razonamiento que tanto vale para el diagnóstico de su locura, como el que, no bien dejadas las ociosas plumas, dijo entre sí, caminando alegre y ufano sobre Rocinante por el campo de Montiel: ¡Dichosa edad, y siglo dichoso aquél, adonde saldrán d lu^ las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas, para memoria en lo futuro! Hay, además, en este párrafo de Morejón, ora alguna inexactitud, ora alguna confusión, no tanto en el aducir los datos, cuanto en el interpretarlos según la doctrina médico-psicológica, especialmente con respecto á la penitencia de Sierra Morena, que tengo para mí fué un epifenómeno, ó llámese, si se quiere, rara extravagancia, de carácter distinto del que le atribuye el autor del folleto.
La que en éste se dice transformación de la locura, no lo fué, sino terminación ó curación por una enfermedad común é incidental. Lástima que la manifiesta , la indudable transformación no se echara de ver poco ni mucho, ya que es, por cierto, uno de los sucesos que más interés inspiran, y en el cual y en su narración más alta muestra de su talento da Cervantes, pues no parece sino que lleva la pluma á un alienista práctico
28 EL FOLLETO DE
de nuestros días: tanta verdad científica pone en su relato, y con tal maestría prepara, desarrolla y concluye el asombroso hecho.
Tampoco es vaticinio de la locura el que así se llama en el folleto, sino pronóstico de la indicada enfermedad incidental que acabó con el Hidalgo.
Tocante al plan curativo 6 tratamiento moral , está muy acertado, salvo alguna inexactitud ó error de concepto. La quema de los libros y los ardides, primero, de sacar al Andante de Sierra Morena y traerle á su casa , y después, de reducirle á volver al sosiego de, ella, por condición del vencimiento en singular batalla, una vez con el Caballero de los Espejos, y otra con el de la Blanca Luna, cumplían, en efecto , las indicaciones terapéuticas, causal y sintomática; y bien puede decir el autor, sin llevar hasta el cabo su afición á Cervantes, que éste precedió á Pinel en el tratamiento moral de la locura, pues, por lo menos, lo explicó de un modo implícito, ó mejor, lo puso en práctica con tal carácter de generalidad , que sus pormenores, con sólo referirlos en lenguaje técnico, quedarían convertidos en preceptos didácticos , aplicables á algunos casos de la misma especie de locura. Pero «una cosa falta, en mi «concepto, en la obra de Cervantes para el complemen- »to de la historia; á saber , la abertura del cadáver de «Don Quijote , » dice el autor; y en esto sí que huele á médico— no se eche á mala parte la frase, — por masque á renglón seguido parezca excusar la falta con tres conjeturas, dos de las cuales le acreditan de experto y práctico ¡Una autopsia! ¡Oh! entre algunas narraciones realistas de esta fábula, dos hay, que lo son mucho, y de ellas se han de apartar las narices; mas de la autopsia habría que apartar las narices, los ojos, la consideración y el sentido estético.
Lejos de mí el poner en tela de juicio el mérito que, escribiendo este folleto , contrajo nuestro erudito y laborioso Hernández Morejón, ni el rebajar la gloria que
HERNÁNDEZ MOREJON. 20,
le cabe en haber llamado, antes que ningún otro autor, que yo sepa, la atención de los me'dicos y literatos hacia ciertas bellezas del Don Quijote, que indudablemente, si algunos las conocieron, nunca las echaron de verlos más, ó de ellas no hicieron cuenta. Si tan loable trabajo tiene algún flanco por donde pueda ser atacado con reparos , más bien que impugnaciones, entiendo que esto dimana del relativo atraso en que, cuando salió á luz , estaban los estudios me'dico-psicológicos; de que no en éstos era aventajado el autor, al menos según pública voz y fama, sino en los histórico-bibliográficosde la Medicina, mayormente de la española; y, por último , de que á la descripción didáctica de la locura, en la forma específica que la padeció Don Quijote, y tal como la daban les tratados nosográficos de entonces, quiso ajustar con toda exactitud los datos que halló en la novela, midiéndolos con su deseo; sin advertir cuan violentamente había de traer algunos á su propósito, é incurriendo en la exageración de ciertos comentadores, que, ciegos de amor al famoso libro, é irreflexivos por tan enamorados, han querido expedir á Cervantes el diploma de profesor de todas las ciencias humanas y divinas, y aun con nota de sob'resaliente. Ni más ni menos hizo Hernández Morejón poniendo, entre los médicos españoles cuyas obras analiza , £ Miguel de Cervantes Saavedra.
No lo era.... ¡ qué había de ser! el ingenio complutense; pero, por lo mismo, suspenden más los primores de su invención en el concepto médico-psicológico.
3o DESENV. DE LA LOCURA
CAPÍTULO II.
DESENVOLVIMIENTO DE LA LOCURA DE ALONSO QUIJANO.
A influjo de una causa general, de que trataré por menor más adelante, otras meramente individuales, del orden físico y del moral, prepararon y desenvolvieron la locura del hidalgo Alonso Quijano.
Era e'ste hombre alto de cuerpo; de complexión recia; enjuto de rostro; la nariz aguileña y algo corva; las quijadas que por de dentro se besaba la una con la otra; cuello largo; más que medianamente moreno; entrecano ; de bigotes negros , grandes y caídos ; estirado y avellanado de miembros; gran madrugador y amigó de la caza: de edad que frisaba con los cincuenta años; tenía muy claro y cultivado entendimiento; y, por la blandura y apacibilidad de su genio y otras excelentes prendas, apellidábanle sus convecinos Alonso Quijano el Bueno. Conjunto de cualidades del cuerpo y del alma bastante á infundir respeto y simpatía ; ejemplar acaso de la constitución especial , con predominio de los sistemas bilioso y nervioso que tienen muchos varones insignes por la superioridad de su ingenio , ó ilustres por la grandeza de sus hechos ; pero insuficiente para declarado por manifestación de aptitud ó predisposición á dolencias mentales. No era el Hidalgo como algunos infelices que parecen haber nacido para locos , y lo son irremisiblemente al dar la hora señalada en el reloj de su vida por la manecilla fatídica que se diría fijaron allí ocultos resortes del organismo, movidos por una fuerza ignota del sistema psíquico *. Menos toda-
* Psíquico, sinónimo de mental; psiquiatría, doctrina de la enajenación mental; psiquiátrico, perteneciente ó relativo á la psiquiatría.
DE ALONSO QUUANO. 3 I
vía como aquéllos , de quienes , no bien pierden el juicio , cuando se empieza á dudar de que jamás lo hayan tenido enteramente lúcido y firme.
La generación de la locura de Quijano fué tan natural, en su tiempo, como lo es, en el nuestro, la de muchas que germinan en la fermentación de malas pasiones engendradas por el descreimiento, los sofismas filosóficos , las utopias políticas y sociales, la ignorancia presuntuosa y atrevida, el desprecio de los deberes, el desasosiego de los ánimos, la incertidumbre de lo presente, el temor de lo venidero y el hambre impía de oro , móvil oculto del individualismo letal que en la sociedad domina, y de muchos trastornos que, preparados por aquellos delirios y flaquezas, la conmueven y desquician.
Yéndose el Hidalgo con la corriente de que se dejaban llevar sus contemporáneos , los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba d leer libros de caballerías con tanta afición y gusto , que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la ca^a, y aun la administración de su hacienda: placer moral intachable, pero que, pasando los límites de la prudencia, convirtióse en pasión, y llegó á sojuzgar el ánimo del sujeto, quitarle el gusto alo que antes más le deleitaba, y distraerle de precisas, únicas, y por cierto no pesadas obligaciones. Así comienzan á venirse algunos desórdenes mentales. A la afición desmedida de una lectura, malsana para mayor desgracia, dio pie la ociosidad, madre harto fecunda de males del cuerpo, y quizá más del espíritu; que raras veces deja de expiar el hombre con quebrantos y dolores la infracción de la santa ley del trabajo, j Qué de infelices no he visto yo, cuyos padecimientos traían su primer origen de no haberla guardado!
Sobre la ociosidad á que estaha habituado Quijano, no tanto acaso por su índole cuanto por su aislamiento y preocupaciones de hidalgo lugareño, vino la vida sedentaria, en que mudó la activa y fatigosa de cazador:
3 2 DESENV. DE LA LOCURA
tránsito violento y súbito, que á un hombre ya provec-i to, como él, á quien, además, enfrascado en la lectura; se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio , perturbando la circulación abdominal, y consecutiva ó igualmente la encefálica; produciendo un eretismo del sistema nervioso, así celebroraquídeo'como simpático; y, por lo mismo, desarmonizando sus funciones, no podía dejar de predisponerle, cuando menos, á toda neuropatía. Aun sin el ejercicio psíquico de la lectura continua , una mudanza semejante de modo de vivir, traída por el encumbramiento imprevisto y repentino de una condición humilde y trabajosa á otra distinguida y regalada, ocasiona tal vez inmediatamente un trastorno profundo de la inervación general, y mediatamente una locura, por lo común de forma grave.
Si bien se examina , en la insaciable afición de Quijano á la tal lectura se ve ya un signo de desvarío ; y sus efectos próximos, en orden al organismo , obraron, conforme acontece frecuentemente, como causas secundarias ó coadyuvantes de la perturbación mental que comenzaba á desenvolverse, y cuyos primeros síntomas , en realidad más característicos que aquel gusto, ^fu£ron__gj_ .sohrpdirhn olvido de la administra pión ¿r. 1«_ hacienda y el menoscabo ó desperdicio de ella, por los gastos que al Hidalgo el satisfacer su pasión demandaba; pues llegó á tanto su curiosidad y desatino en esto, quevendió muchas hanegas de tierra de sembradura para \ comprar libros de caballerías en que leer , y así, llevó ' á su casa todos cuantos pudo haber dellos; bien como > más adelante, para su segunda salida, dio orden en buscar dineros; y vendiendo una cosa, y empeñando otra, y malbaratándolas todas, allegó una razonable cantidad. Este es un fenómeno bastante común de la locura, no sólo en el período de estado, sino quizá más en los de invasión y prodrómico: y en verdad mueven doblemente á lástima varios individuos que entran en las
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casas de orates como empujados por dos grandes desgracias: la pérdida de su juicio y la de su caudal, malgastado y tal vez consumido, ya en especulaciones desatinadas ó imaginarias, ya en compras de objetos superfluos ó inútiles, hechas á impulso de ideas delirantes, dado que, como sucede también á menudo, la manirrotura no sea la cualidad predominante de su carácter patológico. Tan lejos fué en este particular Quijano , que, algún tiempo después, invitando incidentalmente á Cardenio á- que se viniese con él á su aldea , le dijo : allí le podré dar más de cien libros, que son el regalo de mi alma y el entretenimiento de mi vida; número asaz alto para una época en que los tórculos sudaban poco, porque no trabajaban mucho.
Hacian daño al Hidalgo aquellas historias fabulosas, con su invención descabellada todas, y también con su lenguaje inextricable y estilo ampuloso algunas, pues basta decir que le parecian de perlas revesados conceptos como los de Feliciano de Silva, que, obrando en el entendimiento al modo que en el estómago los manjares indigestos, perturbáronle y confundiéronle en iguales términos que á más de un iluso , por mí asistido, á quien la ra^ón de la sinrazón que á su ra^ón hicieron ciertas filosofías, de tal modo su ra^ón había enflaquecido, que con ra^ón podía quejarse de lafermosura de semejantes vanidades; porque el mísero, ni más ni menos que Quijano, con estos retruécanos perdía el juicio, y desvelábase por entenderlos y desentrañarles el sentido , que no se lo sacara ni los entendiera el mismo Aristóteles si resucitara para sólo ello.
Y ya embebido en aquella literatura , y asintiendo ciegamente á sus patrañas y necedades , rebosaba en Quijano el deleite que le producían, y que le llevaba á traerlas á las conversaciones, como cada loco su tema; porque á contender por ella son inclinados con extremo los orates lúcidos, mayormente si tienen regular ingenio ; y á dos por tres mueven polémica , la sostie-
3jj. desenv. de la locura
nen y prolongan, importunando á los circunstantes, y porfiando hasta el fin, aunque para ellos no suele tenerle la altercación, de la que, además, en ningún caso salen vencidos ni fatigados. El Hidalgo tuvo muchas veces competencia con el Cura de su lugar — el licenciado Pero Pérez — sobre cuál había sido mejor caballero, Palmer ín de Ingalaterra 6 Amadís de G aula ; contienda en que intervenía Maese Nicolás, barbero del mismo pueblo, diciendo que ninguno llegaba al
• Caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano del Amadís.
Hallábase Quijano en esta disposición, que bien se parece al ofuscamiento y descarrío mentales, vagos ó vacilantes, constitutivos del estado anómalo, indeciso, inexplicable, que la naturaleza, enemiga de que sus cosas den saltos, ha interpuesto éntrela cordura, de que dicho estado se aparta ya, y la locura, á que no alcanza todavía ; cuando llegó para nuestro pobre Hi-
ñ dalgo el momento crítico en que del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro de manera , que vino d
V perder el juicio. Así se acabaló su patogenia, en opiMiión de Cervantes; la cual arrancará hoy, sin duda, una carcajada home'rica á muchos graves alienistas , para quienes, si no es la hiperemia, la anemia ó la isquemia celebral, nada explica la evolución íntima que enajena una cabeza dueña de sí misma á la enfermedad ; mas yo no quiero meterme en dibujos, ni es ocasión ésta de andar en dimes y diretes, pues para el caso tanto monta que el celebro de Quijano se secara como que se macerara de sangre.
La verdad es que se le llenó la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias , batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles. Este fenómeno de la sensibilidad imaginativa, por la conexión é influencia recíproca de todas las facultades mentales, dio origen á otro de actividad intelectual , según les
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sucede frecuentemente á personas en quienes la repetición continua de ciertas sensaciones morales ó físicas atrae con viveza á ellas el entendimiento hasta ponerlo debajo de su dominio tiránico. Por este camino llegan á las casas de orates muchos con delirios diferentes cuanto á sus conceptos, aunque idénticos cuanto al modo de su producción: ascéticos, místicos, políticos, socialistas, reformadores y otros, sobre los cuales se reflejan el fervor, la conturbación de los ánimos, los apetitos desordenados, las pasiones, desatinos , controversias y combates del borrascoso tiempo presente. El tránsito de la cuasi pasividad sensoria á la actividad de la inteligencia , en el estadio patológico, explícalo clara r y precisamente Cervantes diciendo que al Hidalgo se le asentó de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él ?io había otra historia más cierta en el mundo.
Pervertido en esta forma su entendimiento, r- citado su juicio, delirante en fin, se sistematizó el delirio, como se dice en Medicina psicológica, viniendo Quijano á dar en el más extraño pensamiento que jamas dio loco en el mundo, y fué, que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de la república, hacerse caballero andante, y irse por todo el mundo con sus armas y caballo d buscar las aventuras, y d ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban , deshaciendo todo género de agravio , y poniéndose en ocasiones y peligros, donde acabándolos cobrase eterno nombre y fama.
Lo que hizo luego fué seguir el procedimiento más adecuado para poner por obra su resolución vesánica.
Otros, que yo recuerdo de mi práctica, extraviados por temas distintas , tomaron también los medios más conducentes para el logro de sus propósitos.— Éste trocó un rico traje por los harapos del primer pordiosero
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que encontró por el camino, para ir, vestido con ellos, á hacer vida de padre del yermo; — aquél cogió y guardó algunos días un gran crucifijo para presentarse de improviso, como se presentó, en un lugar de diversión honesta, levantarlo solemnemente en alto, y con ademanes provocativos y voz estentórea conminar al concurso, que por cierto era aquella noche muy numeroso y lucido, con el castigo del cielo, si no entraba pronto, huyendo de los goces mundanos, por las sendas del recogimiento, contemplación y penitencia ; — esotro, perseverante y pacienzudo, anduvo largo tiempo revolviendo librerías y bibliotecas; y, entresacando textos de sus volúmenes, llenó de ellos algunos cuadernillos para probar con el testimonio de los autores científicos cuyos libros había desempolvado, que era víctima de una persecución sañuda, y se le estaba enfermando con manejos magnéticos, espiritistas y hechicerescos.
Quijano limpió, aderezó y recompuso unas armas que habian sido de sus bisabuelos ; á su rocín , porque no era regular que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí , estuviese sin nombre conocido, dio el significativo de Rocinante ; púsose á sí mismo el de Don Quijote, y, acordándose que Amadís, á quien, entre todos los andantes, imitó particularmente , añadió al suyo el de su reino y patria por hacerla famosa , quiso llamarse Don Quijote de la Mancha; y, en fin, se dio á entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma. Hallóla pronto entre reminiscencias de afectos pretéritos. A una labradora , natural del Toboso, llamada Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchuelo y de Aldonza Nogales, moza de muy buen ó de nada buen parecer, que en este particular no está clara la historia, y de quien él anduvo enamorado, aunque la joven jamás lo supo ni se dio cata de ello, le pareció ser bien darle título de señora de sus pensa-
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mientos; y, buscándole nombre que no desdijese del "suyo, y tirase y se encaminase al de princesa y gran señora , vino á llamarla Dulcinea del Toboso.
Pocos días después , pasados ya los primeros sucesos de su vida andantesca, determinando acomodarle de un escudero, solicitó á un labrador, vecino suyo, hombre de bien, pobre , pero de poca sal en la mollera, que tenía mujer, un hijo y una hija; y tanto le dijo, persuadió y prometió, que el villano se avino á salirse con él y servirle en el nuevo oficio, llevando consigo un a§no en que cabalgar, aunque no sin cierta repugnancia del Hidalgo, que sólo pudo vencerla con el presupuesto de proveerle de más honrada caballería cuando la ocasión se la deparase. Sancho Panza se llamaba el labrador, pero al Caballero no se le ocurrió mudarle el nombre — ¿estuvo en ello intencionado Cervantes? bien pudo ser — en otro expresivo, altisonante , músico y gracioso, como se lo había mudado á sí mismo, y como los que había puesto al rocín y á la moza toboseña.
De esta manera, paso entre paso, por la acción, ya sucesiva, ya simultánea, de las repetidas causas predisponentes y ocasionales, el discreto Hidalgo quedó loco rematado por caballero andante, ni más ni menos que otros, hidalgos y plebeyos, ahora, como entonces, dan en qué entender á sus familias, al público y á las autoridades, y tarde ó temprano vienen á los manicomios, por sabios, millonarios, estadistas, generales, reyes, papas, y aun por personas divinas. ^Monomanía era la especie de su locura. Cervantes no le dio nombre, porque poco ó nada le hacía al caso, escribiendo una novela y no una historia clínica; cuanto más que tampoco pudo llamarla así, pues esta denominación no fué conocida hasta los tiempos de Esquirol, que la inventó é introdujo en la nomenclatura médicopsicológica en una memoria, De la Locura, en general, que data de 1816, cuando llevaba ya doscientos once
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años de impresa la Primera parte del Ingenioso Hidalgo. A otra memoria, De la Lipemanía ó Melancolía , fechada en 1820 , puso por introducción algunos pormenores interesantes sobre la monomanía , los cuales determinaron ya fijamente el carácter de esta enfermedad mental , distinguiéndola y eliminándola de aquélla, con la que había estado confundida hasta entonces, según lo explica el autor con su habitual claridad y con- / cisión. « Los autores, desde Hipócrates, dan el nombre » de melancolía al delirio caracterizado por ensimisma- » miento (morosité), temor y tristeza duraderos. Lla- » man así á esta especie de locura, porque, según Gale- » no , las afecciones morales tristes derivan de una » corrupción de la bilis, que , volviéndose negra, ofusca » los espíritus animales y causa delirio. Ampliando al- » gunos modernos el significado del vocablo melancolía, » apellidan melancólico todo delirio parcial, crónico y » sin calentura. La verdad es que la voz melancolía, aun » en la acepción antigua, da frecuentemente una idea » falsa, pues no siempre esta dolencia trae su origen de »la bilis; y que tampoco semejante denominación vie- »ne bien á la melancolía, tal como la definen los moy> dernos. Esta doble consideración me ha inducido á «proponer la palabra monomanía, compuesta de [xovocr, » único, y jjiavca, manía , que expresa el carácter esen- » cial de esta especie de locura, cuyo delirio es parcial, » constante , alegre ó triste » *. En una tercera memoria, Déla Monomanía, inserta en el volumen segundo de las que dio á la estampa en i838, describió esta vesania por extenso, con aquella lucidez de juicio, sentido práctico, propiedad de lenguaje y estilo perspicuo
* Des maladies mentales considérées sous les rapports medical, hygiénique et medico-légal, par E. Esquirol, Médecin en che/ de la Maison Royale des alienes de Charenton, anden Inspecteur- general de rUniversité, tnembre de l'Académie Royale de Médecine, etc.; accompagnées de 27 planches gravees; Paris , 18 3 8. Dos volúmenes en 4.0
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que avaloran sus obras, fruto de cuarenta años de estudios y observaciones, y que le han colocado en muy alto lugar entre los primeros alienistas del mundo. La ciencia admitió luego la doctrina de la monomanía como á interpretación fiel de un hecho indudable de Patología psíquica, y consagró el nombre de esta dolencia; el cual, por expresar una idea cierta que no tenía representación propia en el lenguaje común , fué admitido sin tardanza, así en el literario, como en el vulgar de todas las naciones cultas.
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CAPÍTULO III.
ANTECEDENTES NECESARIOS. APUNTES DE MEDICINA PSICOLÓGICA.
A pesar de los adelantamientos realizados en estos últimos tiempos en la anatomía , fisiología y patología del sistema nervioso, no se ha podido establecer sobre ellos principios fijos con respecto á la relación de causalidad que las alteraciones del organismo tengan con la enajenación mental. Así que , ni por las anomalías de desarrollo y configuración del cráneo y columna raquídea, ni por sus causantes ó resultantes las del encéfalo y médula espinal, contenidos en el primero y en la segunda respectivamente ; ni por otras lesiones , independientes de aquellos defectos, bien averiguadas y harto constantes de estas visceras ; está todavía la Medicina psicológica en aptitud de explicar la generación de las especies frenopáticas * monstruosas congénitas , de las análogas á éstas y contraídas en la primera infancia, ni de las que en otras edades producen una perturbación profunda y sumamente grave del sistema locomotor : todas las cuales son , sin duda alguna , las formas mejor determinadas, más inequívocas, y, valga el decir, más orgánicas. De donde se infiere cuan vaga ha de ser, en este particular, la noción nosológica de las restantes, en las que falta , ó , si existe, es accidental ó pasajera y mudable la correspondencia entre las alteraciones del organismo y los trastornos del intelecto; por más que verdaderamente apenas los haya que , en la
* Frenopatía , sinónimo de enajenación ó enfermedad mental; frenopático, perteneciente ó relativo á la frenopatía; frenópata, sinónimo de alienista; frenoterapia, terapéutica mental ; frenocomio, manicomio, casa de orates.
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plenitud de su cronicidad, á la larga, no den síntomas nada dudosos de lesión profunda é incurable del centro celebral ó espinal.
De aquí la imposibilidad de asentar sobre la anatomía patológica la nosografía de la enajenación mental, y, por tanto, la necesidad de fundarla en la fisiología, ó sea en el dinamismo de la mente *, apartando la consideración de que para los pontífices de la doctrina médica reinante el vocablo dinamismo huela á heterodoxo.
Lo cierto es que no de otro principio nació la clasificación de Esquirol, que, subsistente aún en lo esencial, está admitida en todas las escuelas y adoptada en todos los manicomios.
* Merece ser citado lo que, con respecto á este particular, dice J. Guislain, catedrático de la Universidad de Gante, en el estilo aforístico que le distingue. Buscando una raíz para reformar el vocabulario frenopático, manifiesta que no pueda darla la voz Kephale, porque «no son enfermedades del encéfalo, de la cabeza, las que hay »que denominar, sino afectos funcionales del dominio de las ideas, »de los sentimientos, de las pasiones. » Más adelante desenvuelve con alguna latitud y mucha precisión el pensamiento capital del transcrito párrafo: «Alienación mental no significa enfermedad del cele- ¡>bro, enfermedad del encéfalo. Las enfermedades celébrales pueden «manifestarse sin alienación mental, y ésta existir sin enfermedad «celebral. La alienación mental no es por naturaleza una enfermedad
»del celebro La alienación mental es, por lo común, un afecto
(-funcional; mas éste puede pasar á enfermedad celebral. Las enfer- «medades celébrales son las que arguyen lesiones anatómicas. En »todo caso, la enfermedad mental puede acompañar á un afecto cerebral.» [Lecons orales sur les Phrénopathies, ou traite théorique et pratique des maladies mentales: cours donné á la clinique des établissements d'aliénés á Gand; Gante, i852, tomo I, págs. 85, 35 1 y 352).— Oigamos á W. Griesinger, catedrático de Patología interna, de Clínica médica y de Clínica psiquiátrica en la Universidad de Zurich: «Al presente es imposible hacer una clasificación de las enfer- «medades mentales basada en su naturaleza, ó sea en las alteraciones anatómicas del celebro que las originan; y, como la clase entera »de aquéllas estriba solamente en la sintomatología, no podemos dar »por géneros diferentes de dicha clase sino agregados diferentes de «síntomas, formas diferentes de la locura. En vez de un principio de «clasificación anatómica hemos de tomar por base las funciones, la
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Conformándome, pues, con ella, y procediendo al tenor de los naturalistas en sus descripciones sistemáticas, haré la siguiente:
La clase Enajenación mental comprende dos géneros: Idiotef y Locura.
El género Idiotef se subdivide en tres especies : Cretinismo, Idiote^, propiamente dicha, é Imbecilidad.
El género Locura se subdivide en cuatro especies: Demencia, Manía, Lipemanía 6 Melancolía y Monomanía.
El Cretinismo consiste en una falta muy considerable de desenvolvimiento del intelecto, de la sensibilidad interna y externa y de los instintos; en un estado amorfo de la mente , según por modo metafórico muy expresivo se ha dicho; y en un defecto ó atraso sumo de desarrollo del cuerpo: los cuales constituyen una
"fisiología; y también la psicología, presupuesto que en la alienación «los trastornos del entendimiento y de los afectos son las lesiones «capitales y más notorias.» [Traite des maladies mentales, pathologie et thérapeutique, traducido de la segunda edición alemana por el Dr. Doumic-, París, i865,pág. 246.) — Lo mismo dice, con notable lucidez y la honrada franqueza de quien á toda consideración de escuela sabe anteponer el culto de la verdad, mi colega y particular amigo, el Dr. D. Juan Giné y Partagás, médico director del manicomio Nuevo Belén, catedrático de Clínica quirúrgica de la Universidad de Barcelona: «A pesar de las marcadas aficiones anatómicas »que hemos manifestado en el decurso de esta obra, renunciamos á »todo conato de clasificación basada en el sitio de las lesiones que «producen los trastornos funcionales, porque, hoy por hoy, esta idea «sería más especulativa que práctica, en razón á que no tenemos sufrientes datos para establecer estas localizaciones, y, aun cuando «los tuviéramos, ni sabríamos ponderar con precisión el valor clínico »de estas lesiones, ni tendríamos á nuestra mano una terapéutica «pronta á obrar según el sentido de las indicaciones sugeridas por »el sitio y naturaleza del daño encefálico. Reduzcamos, pues, mo- «destamente nuestras aspiraciones nosotáxicas al perímetro de la Fi- «siología, ya que lo único que conocemos positivamente de las en- «fermedades mentales es su sintomatología, ó sean los trastornos fun- «cionales.» [Tratado teórico-práctico de Freno-patología, ó estudio délas enfermedades mentales fundado en la clínica y en la fisiología de los centros nerviosos; Barcelona, 1876, págs. 238 y 239.)
APUNTES DE MEDICINA PSICOLÓGICA. ¿\.3
profunda degeneración de la especie humana, que reina endémicamente en las hondonadas sombrías y gargantas angostas de las mayores cordilleras , como los Alpes, los Pirineos , el Cáucaso , los Cárpatos, los Andes y otras semejantes.
En la Idiotez hay también falta de dicho desenvolvimiento, y tal vez del indicado desarrollo, por ser escaso el del encéfalo; aunque menor la de entrambos, sobre todo la del segundo, que en la especie precedente.
La Imbecilidad es una debilidad de las facultades mentales, coincidente, ó no , con una imperfección de los órganos por medio de los cuales obran.
El cretinismo y la idiotez son siempre congénitos, á veces también la imbecilidad; y las tres especies son pasivas.
La Demencia se caracteriza por el menoscabo ó pérdida de las potencias ó facultades mentales, causada inmediatamente por la diminución ó privación de la energía de los órganos por medio de los cuales obran aquéllas.
La Manía se distingue por el delirio ó destemple , perturbación , desorden de todas ó casi todas las facultades mentales, con excitación, agitación ó exaltación y á veces furor.
En la Lipemanía ó Melancolía hay delirio sobre una sola idea ó un solo orden ó corto número de ideas , con predominio de una pasión triste ó depresiva, y á veces estupor.
La Monomanía es el delirio sobre una sola idea ó un solo orden ó corto número de ideas , con predominio de una pasión alegre , expansiva ó agitante.
La demencia es casi siempre pasiva ; la lipemanía, frecuentemente; la manía y la monomanía, siempre activas. En demencia terminan á menudo las otras tres especies. Ninguna de las cuatro es congénita. El delirio de la demencia y de la manía es general; el de la lipemanía y de la monomanía, parcial. .
44 ANTECEDENTES NECESARIOS.
Ésta dista mucho de ser una exposición didáctica de los grupos en que , por interpretación científica de los hechos , se han reunido los múltiples fenómenos ó signos propios de la alienación mental , ó sea de sus siete formas capitales, distintas é inequívocas. No la he puesto para enseñanza: que no escribo un tratado de Patología psicológica; sino á fin de que me entiendan todos, ya que por fuerza habré de usar repetidamente palabras técnicas.
La monomanía es casi la única especie que hace al objeto de este libro. Llámase también locura ó.manía parcial, circunscrita ó limitada. No poco se ha discutido por los alienistas sobre la realidad y frecuencia de esta especie de locura, siguiendo unos literalmente á Esquirol, y negando otros que exista jamás en. la forma redondeada y limpia que él describió; ó, á lo menos, defendiendo que es sumamente rara, ó que por maravilla ocurre en la práctica.* No vendría bien aquí el aducir las razones con que ambos dictámenes se sustentan; fuera de que yo me atengo y ratifico en el que manifesté muchos años há, en una solemnidad académica *, y es, que por monomanía se entiende ahora el delirio más ó menos parcial, más ó menos circunscrito á una idea ó serie corta de ideas análogas, con predominio de una pasión expansiva ó exaltante, y compatibilidad con el estado normal del entendimiento en lo que directa ó indirectamente no se refiere á aquéllas.
Así, el monomaniaco, con respecto á lo ajeno de la idea ó ideas sobre las cuales gira su desvarío, siente, conoce, discurre, juzga, quiere y obra casi siempre en razón, ó como sentía, conocía, discurría, juzgaba, quería y obraba antes de enloquecer; y aveces puede cumplir y cumple con las obligaciones ordinarias de su calidad ó estado. Materializando la monomanía , puede
* Apuntes de la Monomanía', discqrso inaugural leído en la sesión pública celebrada en 16 de enero de 1864 por la Real Academia de Medicina y Cirugía, de Barcelona.
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decirse que su causa próxima ó carácter culminante y más expresivo es la lesión de una parte del sistema mental, coexistente con la incolumidad de las restantes. Por cierto los orates que ofrecen esta mezcla de locura y cordura son los menos, y aun contados; pero que los hay no lo negará sino quien , por no haber visto ninguno, se arroje á tenerlos todos por quiméricos.
Un análisis prolijo y rigurosamente clínico de todos ó los más de los delirios parciales, así diagnosticados conforme al uso, manifiesta que la idea morbosa influye por sinergia en las sanas; ó sea que la parte lisiada va poco á poco maleando las ilesas , en virtud de la mancomunidad de las facultades intelectuales, afectivas y sensitivas, dependiente de la unidad del sistema psíquico, de la unidad delj^o, ó, para decirlo de una vez y sin ambajes ni vacilaciones , de la unidad del alma, y de la unidad funcional del celebro, en cuanto á órgano de aquélla. En la unidad y armonía del entendimiento, tomada esta palabra en su sentido más lato y comprensivo, ó sea en la unidad del hombre , del microcosmos ó mundo menor, se trasuntan la unidad y armonía del Universo ; y bien dice Herder, con una comparación feliz , que es imposible separar en partes el alma al modo que destrozó Medea el cuerpo de su hermano. Por esto suele advertirse en las locuras calificadas de monomanías una perturbación más ó menos extensa ó general de la sensibilidad, de la inteligencia y de la voluntad , que, en rigor, constituye el fondo de las vesanias , á las que dan forma, siendo sus síntomas primordiales ó predominantes, la idea ó ideas sobre las cuales versa el delirio. Uno, distinto, especial, singular, prevalece, y, suscitados por él, van pareciendo otros, que acaban por abarcar la mente entera. Así, un delirio primario y otros secundarios vienen á dar ser y forma á la enfermedad. De donde la no siempre uniforme perversión de los afectos que en ios monomania-
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eos se observa, las extrañas mudanzas de la índole, las múltiples rarezas de las inclinaciones , las varias extravagancias de la conducta, y los desatinos infinitos y desemejantes. Por manera, que á menudo, para hacer el diagnóstico rigurosamente clínico de una monomanía, en vez de cercenarla, si vale decirlo así, reduciéndola á la alteración de una sola facultad mental, es indispensable enumerar todos sus síntomas , y con ellos poner de manifiesto, no la singularidad , frecuentemente ilusoria, sino la pluralidad, casi siempre efectiva, de delirios que arguyen.
Tal es , con variantes de poco momento, el concepto clínico de la monomanía que expuse en el susodicho acto literario. Con todo eso, ahora, como entonces, añado que indudablemente en ciertos casos, mucho más raros de lo que piensan algunos médicos, subsiste de un modo indefinido la limitación original del delirio, constituyendo una monomanía pura ó exquisita , según se decía en el antiguo lenguaje escolástico, y que no deja de serlo desde su comienzo hasta su fin , ó no pierde jamás su carácter específico.
Algunos empleados del Hospital de la Santa Cruz conservan, como yo, la memoria del notable monomaniaco que residió largos años, hasta su fallecimiento, en dicho asilo, y que se atribuía la suprema dignidad de Rey de España y sus Indias: delirio al que barrunto dieron ocasión los ruidosos sucesos políticos del año 1820. Era hombre de entendimiento bastante despejado y de intrucción no escasa ; recomendable por su honradez, simpátido por su cortesanía y suavidad de carácter, y muy idóneo para el modesto empleo de Contaduría que desempeñaba con acierto, diligencia y pundonor ejemplares. A pesar de su humildísima condición y oscuro retiro, en el cual, por sus especiales circunstancias, venía á ser un loco suelto y un cuerdo recluso, arrogábase la preeminencia de la Majestad: por una parte, en constante expectación del trono que,
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á su decir, prevaliéndose de la inquietud de los tiempos, le habían usurpado la intriga, la malevolencia y el odio; y, por otra, en pugna de palabra, que no de obra, con los que le negaban su excelsa calidad, ó querian insensatamente convencerle del error en que estaba. Escribir algún despacho, pragmática, ordenanzav cartas á príncipes y monarcas , que , no obstante, solía guardar en la cartera, fué el único acto á que tuvo que circunscribir el ejercicio de su para él indisputable realeza.
Residió muchos años, también hasta su fallecimiento, en el mismo Manicomio un exclaustrado, de una religión muy austera, lector que fué de Teología en su convento, piadoso, dado con extremo á la contemplación , comunicativo y afable en sus intervalos lúcidos, que los tenía cabales y largos. En ellos discurría y hablaba cuerdamente , y asimismo en lo no relativo á su monomanía, aun durante los accesos. Imaginábase ser Dios, más no el Dios de la Justicia y de la Misericor- 'dia, sino otro de venganza y crueldad implacables. Para él todos éramos pecadores obstinados, impenitentes, indignos de perdón; y ya antes de tiempo nos lo negaba con protestas tremebundas y ademanes de ira ; porque, á su entender, la protervia estaba encarnada en nosotros , y nunca llegaría la hora de nuestro arrepentimiento. Del cielo no nos hablaba jamás; con el infierno nos amenazaba siempre; la voz condenados, con referencia á cuantos le cuidábamos, no se le caía déla boca. En la conversación era preciso sortear como escollos ciertas palabras, que, por ir derechamente á las especies delirantes del recluso , exaltaban su enojo y encendian su cólera: no podían pronunciarse las frases usuales de Dios guarde á V., — si á Dios place, — gracias á Dios , ú otras semejantes, sin que de súbito interrumpiese al interlocutor diciéndole con tono desapacible : Yo me guardo, — si me place, — á mí las gracias ! ,- pero cuando, aunque enajenado, estaba algo
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tranquilo, oíalas sonriendo, y tornando los ojos en blanco con una expresión de beatitud én el semblante, como si exclamase : Pater, dimitte illi! Rechazaba el culto, y tenía por impostores á sus ministros, porque todo lo que no fuese dársele á él era pura idolatría. 'Pasaba largo rato tarareando en voz baja cantares, con que parecía arrobarse. Por una singularidad, cuyo fundamento nunca pude averiguar, hacía femenino todo nombre propio; conque á mí me llamaba Emilia. Sea limitada , como en estos dos casos , sea difusa , como en los más , la monomanía, siempre sobre el conjunto de sus síntomas descuella el fenómeno capital de la idea ó ideas delirantes, concretas y fijas que le dan carácter específico en lo nosológico é individual en lo clínico; y, por consecuencia, se echa de ver en el adoleciente una disposición de espíritu afirmativa, como con muy buen sentido la califica Griesinger, decidida, resuelta; jamás negativa, dudosa ni vacilante. Menos cierto es para él un axioma matemático que sus conceptos desvariados. A esta lesión primaria del entendimiento siguen otras secundarias del mismo, de la sensibilidad y de la voluntad, bien que circunscritas al particular delirio; las ideas tienen mayor lucidez, se suceden unas á otras, se asocian y combinan atropelladamente; las sensaciones son más vivas, algunas pervertidas ó falsas de todo punto; y el antojo, el desatino ó la temeridad de las determinaciones manifiesta claramente que obedecen á la aberración predominante y á la excitación general. Pero la lesión del intelecto dimana con tanta frecuencia de otra de la sensibilidad, que, como dice Esquirol, de ésta es enfermedad esencial la monomanía ; en cuyo caso los conceptos delirantes descubren el amor propio mortificado , la vanidad escarnecida, la ambición burlada ú otra pasión, buena ó mala, no satisfecha ó imprudentemente alimentada. Con la pasión tiene mucha semejanza la monomanía, en el sentido de mostrarse tan exclusivo y tenaz el
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delirio como las ideas de la persona vivamente apasionada. Ni es sólo la sensibilidad moral la que padece en esta locura, sino también la física, ó, para decirlo con más exactitud, la que se excita por agentes materiales con intervención de los sentidos externos y del interno , y aun sin esta intervención origina sensaciones iguales á las que con ella se producen. Quiero hablar de las ilusiones y alucinaciones ; trastorno sensorio, de que trataré luego , muy frecuente en la monomanía , aunque no exclusivo de ésta, antes común á todas las especies de locura. Él es, además, muchas veces la causa próxima de la lesión del entendimiento del monomaniaco, y entonces esta última parece no consistir sino en el asenso indeliberado, ciego y pertinaz que da el paciente á los errores morbosos de sus sentidos.
Los fenómenos constitutivos de lo que bien puede llamarse exterioridad de la monomanía , son por demás notables y consonantes con la disposición sintomática interna déla dolencia. La certeza, queá menudo es para el discreto una grande incertidumbre, tiénela el monomaniaco clara y absoluta en orden á su tema, y como ésta avasalla y guía su sistema intelectual, de aquí que todas las convicciones del paciente sean firmes, y, á su pensar, rectos los raciocinios y acertados los propósitos. A discurrir y obrar bien nadie le aventaja; errores, los padecen otros, no él, que sigue el camino de la verdad; y, por lo mismo, sin dudas ni vacilaciones, lleva siempre la suya adelante. ] Como que el delirio es su criterio único é infalible ! Si tal vez la realidad se contrapone á sus quimeras en coyuntura favorable y con fuerza bastante para desvanecerlas ó combatirlas, no por eso abre los ojos del entendimiento y entra en razón, sino que del mismo hecho, tergiversándolo ó dándole una interpretación arbitraria, caprichosa ó ridicula, saca una réplica en apoyo de tales desvarios. Esto infunde en su ánimo la conciencia de una superioridad indisputable, y en su corazón el sentimiento de
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un bienestar indecible en lo moral y hasta en lo físico. Acaso es sabio , rico , fuerte y dichoso : cuatro cualidades que, en este mundo de ignorancia, miseria, flaqueza y lágrimas , sólo puede reunir en una persona su cabeza enloquecida. Perturbada así la sensibilidad y desvanecida la inteligencia, vuélvese jactancioso, arrogante , quizás insolente y agresivo ; y en letras ni ciencias , en artes ni en armas, ni en otra cualquiera disciplina ó ejercicio, si por aquí corre su delirio, encuentra cosa imposible ni persona que á él se iguale. Es una exageración del amor propio que sólo podría medirse con la medida de los conceptos patológicos, si la tuvieran. En punto á deseos , tendencias y pasiones , deslizase por la misma pendiente : lo que apetece es lo bueno ; adonde se inclina , está lo justo; y como sincera sus odios, así encomia sus amistades; bien que más alimenta los unos que contrae las otras, por aquella invencible suspicacia que es la carcoma de casi todo estado vesánico. Tal vez ciertas sensaciones despiertan ó avivan en él apetitos que le inclinan al otro sexo; pero, aunque parezca enamorado, su pasión no suele serlo en realidad , sino delirio ó trastorno del intelecto , pues más que la siente, concíbela y fúndala en un mérito personal ilusorio, que, sin embargo, le basta y sobra para medirse con damas ó caballeros de prosapia ilustre ó, cuando menos, de calidad muy superior á la suya. Beldades ideales, ó varones, cuya fama satisface la vanidad cuanto la hermosura cautiva los ojos, son los que le traen perdido, ó perdida; seres imaginarios quizá, personas conocidas, por lo común, muy ajenas, no obstante, del afecto que inspiran; que lo repugnarían ose avergonzarían de él si lo entendieran ; y que correrían á esconderse en una oscuridad perpetua , si llegasen á sospechar que un paso , un gesto , un ademán indiferente , indeliberado , fortuito ó propio de la situación en que tal vez se hallaron , pero en manera alguna dirigido al orate, pudo por éste ser interpretado en el
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sentido de sus esperanzas ó deseos. Los cuales, con todo eso, van generalmente por senda distinta según el sexo, pues en el femenino obedecen más al apetito, como se dirá luego, y en el masculino al sentimiento de superioridad personal, perteneciendo, por lo mismo, á éste los verdaderos locos de amor: variedad muy rara de la monomanía en el concepto de entidad patológica simple, y poco menos en el de factor de un delirio, si uno en el fondo, múltiple en la forma. Por último, el comportamiento del monómano en el trato social , y aun su porte, descubren acaso el carácter de las ideas que le tienen perturbado : ora es malsufrido é iracundo, ora cortés y afable; ya taciturno y retraído , ya locuaz y comunicativo; y algunas veces hasta se atavía y pule de manera , que por su compostura puede conocerse su condición imaginaria.
Este bosquejo comprende, si no ando equivocado, toda la extensión sintomática de la monomanía como especie nosológica, en cuanto una vesania que se distingue por muchos, complejos y disímiles fenómenos, puede encerrarse dentro del pequeño círculo de una expresión nosográfica. Es, por consecuencia, una descripción general de la monomanía; no la historia clínica de un monomaniaco anónimo; que apenas hay enfermo de la mente ni del cuerpo de quien pudiera decirse qué dolencia padece, si la declaración de ella hubiese de fundarse en la simultaneidad de todos los síntomas con que la define la diagnosis didáctica. Examinando atentamente los referidos por menor, se echará de ver que algunos son esenciales y los restantes accidentales, y éstos tal vez contradictorios entre sí , presupuesto que no todos pueden acomodarse al concepto delirante primordial de un caso determinado; concepto al que , en realidad, no se asocian sino los que con él tienen, por decirlo así, unisonancia. Además , este bosquejo se asemeja en cierto modo á un syndrome de la escuela griega, entendido en su acepción más general: trasunto de
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un hecho patológico complejo; enumeración de síntomas de un estado vesánico multiforme , que no cuadra exactamente con enfermedad mental alguna, bien deslindada y única; pero que, en virtud del principio de las semejanzas y analogías, fudamental de toda clasificación, se especifica por monomanía.
Ésta se ha distinguido en intelectual y en sensoria, según deriva de un concepto delirante ó de una ilusión ó alucinación ; en monomanía de engrandecimiento, de ambición y de orgullo ; y por el mismo estilo se han inventado otras variedades, que no tendrán número, porque harto se comprende que todas las pasiones , afectos, deseos, apetitos, gustos, necesidades y cuanto mueve, agita ó exalta el entendimiento y corazón del hombre pueden originar ideas fijas, susceptibles de convertirse en delirios parciales; á los que se han dado los nombres peregrinos de gamomanía, megalomanía, teomanía, cleptomanía , piromanía, nostomanía, fonomanía y otros muchos , sin contar los que neologistas incorregibles van ó irán sacando del repositorio de las raíces griegas hasta vaciarlo, si vaciarse pudiere: todo, sin embargo, como dije en otra ocasión, embrollada logomaquia que da palabras por doctrina.
Descrito ya el carácter específico de la monomanía, hay que explicar algo sobre su carácter genérico, ó sobre los síntomas que , por ser propios de la locura en su sentido más amplio, concurren á distinguir aquella vesania , y completan su expresión nosológica.
De común y tácito consenso de los alienistas se disciernen y denominan los síntomas de la locura por su apariencia , mas no por su naturaleza íntima, que se ignora; ó mejor, por la facultad cuya lesión inmediata ó mediata declaran. Digo mediata, porque lo es, en mi sentir, la de toda facultad, excepto el entendimiento; y éste es la única que, ó padece por sí, ó cuyo padecimiento resulta de los padecimientos de las demás; los cuales, sin embargo, sólo por medio de aquél pueden
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manifestarse. De modo que, aun en este último caso, es inmediata la lesión del entendimiento que el síntoma de otra cualquiera facultad arguye.
Siguiendo el uso corriente, he decir que los fenómenos ó síntomas psíquicos elementales de la locura se refieren á la sensibilidad, al entendimiento y ala voluntad.— Lo son de la sensibilidad externa la ilusión y la alucinación; y de la afectiva, las anomalías dejos apetitos y de los sentimientos; — del entendimiento, la idea ó el concepto delirante, la exaltación de dicha facultad y su depresión, en la que se incluye la amnesia, la disociación ó incoherencia de ideas y la amencia ; — y de la voluntad, la hiperbulia, la abulia y el impulso insólito.
La ilusión, la alucinación, los apetitos ó sentimientos anómalos, el concepto delirante, la amnesia, la hiperbulia, la abulia y el impulso insólito se denominan síntomas parciales ; y la exaltación , la depresión, la incoherencia y la amencia, generales.
Conviene añadir que la incoherencia y la amencia constituyen de por sí especies de la locura, por ser los síntomas culminantes de ellas.
Aunque sea cosa muy sabida, no se puede dejar de repetir que en la sensación hay: i.°un excitante material ó cuerpo que , inmediatamente por sí, ó mediatamente por una cualidad especial suya , afecta el órgano de alguno de los sentidos; 2.0 tres actos orgánicos: impresión que este órgano recibe ; transmisión de ella por el nervio propio, que va del órgano al encéfalo; y percepción de la misma por la parte del encéfalo en la que termina y con la que se confunde el nervio ; y 3.° afección de la facultad nombrada sensorio, afección íntima, que es la sensación propiamente dicha.
Sensación externa se llama la que se efectúa por medio de alguno de los sentidos externos; interna, la que procede de una impresión causada á algún órgano interno ó á alguno de los nervios que van de él al encé-
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falo, por la alteración íntima del órgano ó del nervio, ó por la acción de un cuerpo que lo afecta. La sensación interna asimila la del tacto.
Ahora bien, la ilusión es una sensación transformada; y la alucinación, una sensación falsa. En la primera la sensación es diferente de la que corresponde á la impresión ; en la segunda parece haber percepción sin impresión , mas lo que hay en realidad es aprehensión falsa. — El ilusionario ve un palo, oye la voz de una persona desconocida acaso, gusta almíbar, huele una rosa ó toca el frío mármol , y, por la perversión de alguna de estas percepciones , se imagina ver una espada, oir á su madre, gustar ajenjos , oler ruda ó tocar fuego. Hay actualmente en mi Manicomio una mujer para quien son hombres todas las demás reclusas ; — otra que constantemente me ha tomado por su padre; — así como una, que residió en él muchos años adoleciendo de demencia incoherente , y falleció hace ya algunos, me tuvo siempre, obedeció y respetó por tío suyo. — El alucinacionario ve una calavera, oye una blasfemia , gusta un ácido, huele emanaciones pútridas ó siente pinchazos en el cuerpo, cuando ninguno de estos agentes puede causarle impresión , porque no afecta su sentido respectivo; ó, más claro, porque parala sensación del momento no existe, pues no hay tal cabeza de esqueleto, ni pecado de palabra, ni agrio, ni podredumbre, ni pinchadura. Páginas y páginas podría llenar con relatos sucintos de alucinacionarios que he visto y veo diariamente en mi práctica : algunos pondré en los lugares de este libro donde conviniere para la dilucidación de puntos interesantes; mas ahora sólo citaré — á una maniaca, visitada por mí en junta con dos comprofesores, no há mucho tiempo; la cual, estando un día en misa, vio aparecérsele la Virgen, sentarse á su lado, y no recuerdo si oyó que le hablaba , — y á un maniaco, que lleva treinta y cuatro años de residencia en eLfytsmicomio, y está muy irritado con los señores
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Catedráticos de la Facultad de Medicina, porque ni entre día ni entre noche cesan de molestarle dirigiéndole á los oídos corrientes y descargas eléctricas. — Para explicarlo en términos vulgares, ilusión es tomar una cosa presente por otra ausente , y alucinación percibir una cosa que ni aun está presente: mejor se diría imaginarlas. En el lenguaje común se llaman visiones, y los adolecientes visionarios. Ambas son fenómenos subjetivos, independientes de toda objetividad. No hay que esforzarlo, con respecto á la alucinación ; y aun la objetividad de la ilusión es un estímulo, un móvil , una causa ocasional, mas de ninguna manera una calidad intrínseca de esta especie de trastorno sensorio.
También á veces la ilusión y la alucinación son internas.— Un sujeto, que estuvo largo tiempo en mi Manicomio padeciendo de parálisis general , aseguraba tener un cántaro en la cavidad dtl abdomen; — una maniaca, que todavía reside en dicho asilo, se queja del malestar que le causa una serpiente encerrada dentro de su cráneo; — otra reclusa, cuya dolencia es una manía hipocondriaca , tiene tantas , tan raras y transitorias alucinaciones de este género, que no sería posible referirlas todas ni ponderarlas: rayos de luz roja en la cabeza, una cara negra en el pecho, humores asquerosos en las entrañas, cristales como espejos en las extremidades , platos atravesados en los huesos , y toda suerte de objetos peregrinos y extravagantes , puestos caprichosamente desde la punta de los cabellos hasta las uñas de los pies.
Por lo dicho se colige que las ilusiones y alucinaciones no son propiamente fenómenos de la sensibilidad ó sensaciones , aunque falsas , sino impresiones de los sentidos reproducidas por la memoria y combinadas por la imaginación, con entera independencia del ejercicio actual de aquéllos : impresiones iguales á las que ocurren en el sueño. Represéntasenos tal vez en éste una cabeza de mujer hermosa, con cerviz de caballo, miem-
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bros de animales diversos , abigarrado plumaje y cola de pez diforme; y, al despertar, nos espantamos de haber concebido semejante monstruo, y, considerando la rara , aunque momentánea , turbación de nuestra fantasía, prorrumpimos en una carcajada como la que Horacio esperaba de los Pisones ; pero el ilusionado, y mayormente el alucinacionario , en la vigilia ven lo mismo , y no lo toman por engaño de su imaginación, sino por certeza de impresiones reales de los sentidos , y todavía le dan más crédito que el testimonio de éstos merece en absoluto. No sin fundamento puede decirse que las ilusiones y alucinaciones , como la misma locura en general, son ensueños de personas que están despiertas.
Entre todos los fenómenos de la alienación , exceptuadas sus formas pasivas, ninguno más tenaz que las ilusiones y sobre todo las alucinaciones; por manera que de seguro no hay alienista que vuelva de su asombro al considerar cuánto los orates, por más que sean lúcidos, si padecen errores de esta clase, están aferrados á ellos, contra todos los testimonios: de la conciencia, de la evidencia, del sentido común, y no digo déla autoridad humana, pues, por punto general , ésta pesa poco ó nada en el ánimo de tales enfermos, tocante á las especies de su desvarío. Un mediano , un vulgarísimo raciocinio , que haría pronto, espontáneamente y sin el menor esfuerzo el patán más zafio , basta siempre para demostrar la absurdidad de una ilusión ó alucinación; pero ello es que el que la tiene no lo hace; si se lo hacen, no le convence; da la callada por respuesta , ó, en todo caso , al razonamiento del impugnador no opone sino la afirmación neta de la realidad de su misma sensación falsa, cometiendo el paralogismo que llaman los escolásticos petición de principio. En este vicio de argumentación está compendiada la lógica del ilusionario y del alucinacionario en todo lo que concierne á su desorden sensorio.
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Un individuo dio, cuatro años há, en la tema de que cierto renombrado profesor de Medicina de Barcelona le molestaba incesantemente con un ruido infernal que hacía por medio de una máquina ; y acercóse repetidas veces á él para rogarle y exigirle que le dejara quieto; le importunó, acosó y puso en más de un conflicto, así en privado como en público. Por impulso propio ó consejo ajeno, se ausentó de esta ciudad para estar fuera del alcance del ruido con que su presunto enemigo no le dejaba ni pegar los ojos por la noche, tras la fatiga del indecible ajetreo que el infeliz había llevado entre día ; pero las distancias de los lugares que anduvo recorriendo salvólas siempre la implacable máquina; y el ruido le siguió á todas partes, como al cuerpo su sombra. Regresó á Barcelona más molesto é impacientado quizá que antes de su partida; y, volviendo á hostigar al profesor, propasóse á injuriarle y amenazarle hasta que, con intervención de la autoridad judicial, que se hizo indispensable, fué recluso en mi Manicomio, donde continuó, hasta su fallecimiento, oyendo, sin el más corto intervalo , el mismo ruido, acusando á la misma persona , queriendo obligarme á acudir contra ella al gobierno , y enojándose conmigo si probaba á desengañarle ó templar su cólera.
Un marino, natural de Matanzas, de no corto entendimiento y de palabra fácil y pulida, empezó allí á padecer una doble alucinación del oído y del olfato: gente perversa le estaba denostando sin cesar y expeliendo vapores más hediondos que la peor inmundicia. Partió de aquella ciudad para Cádiz, eh calidad de tripulante; luego de Cádiz para Manila, en cuya casa de orates tuvo que ser recogido ; y, más tarde, de Manila para Barcelona , donde falleció á los dos años , recluso en el Manicomio. Pues bien , en las cuatro ciudades , en los dos hospitales, en las tres travesías, donde quiera, en fin , estaba é iba con él la endiablada gente que con sus palabrotas le ensordecía y con su fetidez le encalabri-
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naba. Cuando fué trasladado á la enfermería , parecióme venir á propósito decirle que me alegraba de su mudanza, por entender que en aquel retiro estaría libre de enemigos; pero él repuso, con muestras de gran pesadumbre , que , lejos de ser así, al llegar á la cama, advirtió yaque ellos le habian llevado la delantera, y se despachaban á su gusto todavía con más ahinco y saña. Tiempo perdido el demostrarle la inverosimilitud é imposibilidad material de persecución tan pertinaz y duradera en América, en Asia, en Europa, en la estrechura y aislamiento de los barcos y en el recinto cerrado de los manicomios, por unas mismas personas, que nadie vio jamás, ni él tampoco ; pues probaba la verdad del hecho simplemente recalcándose en su explicación , y jurando que de las malas palabras y peor hedentina daban fe sus oídos y narices.
Ilusionarlos he visto yo bastantes, y alucinacionarios á centenares, y, por lo mismo, no son para mí una cosa nueva ; mas lo que sí me parece hoy tan nuevo como me lo fué el primero de los enajenados de esta clase con quien anduve en discusiones, es, que á ellos de mí y á mí de ellos nos separe tanto una distancia tan corta en la apariencia; que ellos sientan algo que quizás en un momento dado, en un caso fortuito, sienta yo también , y ellos lo crean y yo no, por entender que es sólo impresión fugaz y engañosa de mi sentido , explicable por una causa natural; que yo jamás admita sin discurso, y ellos siempre, el testimonio de los sentidos; que ellos estén mucho más ciertos de la realidad objetiva de sus sensaciones, que de ser puramente subjetivas ó imaginarias lo estoy yo, con toda la certeza á que puede alcanzar el entendimiento humano ; que ellos, como yo, nieguen su asenso á lo que implica imposibilidad absoluta, moral, física ó de sentido común, pero den el que yo necesariamente he de negar á sus sensaciones, y lo den con firmeza inquebrantable , por más que incluyan alguna ó algunas de dichas imposibi-
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lidades; y, por último, que ellos, con criterio tan recto como el mío, juzguen imposible, bajo cualquiera de los indicados conceptos, la realidad objetiva de sensaciones iguales que muestran tener otros orates , pero disientan de mí, persistiendo en reputar indudable la de las suyas propias, á pesar de la imposibilidad ó imposibilidades que, como aquéllas, envuelven. ¡ En tal extremo puede oscurecerse la inteligencia y turbarse la razón del hombre!
La generación de las ilusiones y alucinaciones manifiesta que frecuentemente dan la materia de ellas los ejercicios del espíritu y del cuerpo de quien llega á padecerlas, en lo cual se advierte á la par su semejanza con los sueños; ó parecen nacer del mismo delirio de las vesanias de que son síntomas. — Una señorita , adoléceme de manía religiosa, muy intensa y grave, á quien asistí años há , sobresaltábase con mi presencia, pues me tomaba por el espíritu maligno, y, á pesar de los aspavientos que hacía , no apartaba sus ojos de mi frente , en la que decía ver una raya de fuego, que no era sino el surco colorado que dejaba impreso en ella la orilla de la copa de mi sombrero, entonces por demás estrecho. — En la imaginación , agitada largamente por tales ejercicios, como lecturas, estudios, trabajos manuales ú otros análogos, las impresiones que, después de haberlas recibido de ellos, reproduce dicha facultad, primero prevalecen sobre las demás que de lo exterior van viniéndole; luego las acallan; y, avivándose más tarde con la meditación y la consiguiente abstracción del sujeto, acaban por inducirle á tener simples efectos de su memoria por sensaciones positivas y actuales, y casi á no percibir las que, siéndolo en realidad, debieran preponderar sobre las otras.
Las alucinaciones son mucho más frecuentes que las ilusiones. Entre éstas , las hay más de la vista , oído y tacto que del olfato y gusto ; pero las alucinaciones del oído sobrexceden á las de todos los demás sentidos,
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salvo las de la vista, que ocurren también á menudo.
De vez en cuando ofrece algunas dificultades el decidir si es alucinación ó ilusión una sensación del alienado; y acaso también si son sensaciones ó conceptos los fenómenos de su delirio. Por lo menos , con esta duda me quedé yo, á pesar del empeño que puse en desvanecerla, después de haber ¡visitado á una joven de conducta irreprensible y sin relaciones amorosas, que se imaginaba estar en cinta, así lo declaraba con ingenuidad deplorable , y creíalo tan firmemente , que había consultado á su médico, pedido á una comadre su asistencia , y hecho la canastilla. Lo bueno era que , al tiempo de mi visita , el sensorio ó ideal embarazo databa ya de catorce meses.
Son las ilusiones bastante frecuentes en la manía,, menos en la- monomanía, y raras en la demencia; muy comunes las alucinaciones en la manía, mayormente en la ebriosa; bastante en la monomanía y lipemanía, y poco en la demencia. En ilusiones y sobre todo en alucinaciones internas se resume la manía hipocondriaca.
Lo cuestión asaz debatida de la compatibilidad de las ilusiones y alucinaciones con la cordura ó pleno uso de la razón es de sumo interés , señaladamente en Medicina legal; mas, como no lo tiene para el objeto de este libro,, con dejarla apuntada basta Pero ¿ qué digo? ¿compatibilidad con el pleno uso de la razón? pues á fe que tiro muy corto, cuando no falta quien afirma que apenas ha habido lumbrera de la humanidad sin humos ó sombras de tales errores de sentido; ó, más claro, que casi todos los hombres célebres, desde Sócrates hasta Napoleón I, tuvieron sus visiones, que les entraron, á cuál por los ojos, á cuál por los oídos, y presumo que á otros por donde ellos solos se supieron ; porque no puedo creer que de todas sus cosas esté tan al cabo el que, por sustentar una tesis , imaginada acaso para hacer ruido, les saca á relucir los trapillos de la inteligencia, sentimiento ó índole, sin dejarse olvidados en
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el armario los de preocupaciones, antojos y excentricidades ; aun bien que no ya los primeros, mas ni los segundos son trapillos sino adherentes graciosos, siquier peregrinos , de la rozagante vestidura del genio.
Con respecto á los demás fenómenos elementales de la locura, me ceñiré á indicar algo sobre los que para mi plan sean indiferentes, y sólo explicaré, aunque en breves palabras, los necesarios para la cabal inteligencia de mis razonamientos en los puntos que he de tratar en el cuerpo de este libro.
Distínguense ciertos orates por la excitación de un apetito; otros, por la falta de todos ellos; pero los más, por el desorden de alguno. De voracidad ocurren menos casos que de repugnancia y resistencia obstinada, y á menudo, por desgracia, invencible, á tomar alimento. Tocante á sensualidad , es incomparablemente mayor en las locas, pues , al paso que apenas se ve un satiriaco *, en el fondo de las psicopatías **, cualesquiera que sean , de ellas , y casi sin excepción de estado ni edad, siempre, ó poco menos, se descubren apetitos ninfománicos, que de vez en cuando se agitan y hacen rebosar el vaso del delirio, removiendo un poso de inverecundia y descoco en que yacen: para que se vea cuánta es la potencia trastornadora de la locura , que en una fealdad tan sórdida y repugnante transforma la más atractiva belleza física y moral de la personalidad humana. La perversión de los apetitos , por la de la sensibilidad externa , toca acaso á un extremo inverosímil: lo que , aprovechando un instante de descuido ó distracción de los asistentes, se bebió la señorita de quien hablé poco hace , no quiero decirlo, porque asquearía al lector de estómago más recio.
Apenas hay locura cuyo período de invasión no'se-
* Satiriasis, deseo patológico, violento é insaciable, en el hombre, de la venus; satiriaco y que padece satiríasis.
** Psicopatía, psicosis, sinónimos de enajenación ó enfermedad mental; psicopático, perteneciente ó relativo á la psicopatía.
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ñalen notables anomalías del sentimiento. Sobresale entre ellas la mudanza de carácter; la cual consiste, por lo común, en ensimismamiento, excentricidad, desánimo , desconfianza , antipatía , tedio, tristeza y otras afecciones depresivas por el mismo estilo: signos de dolor moral , de frenalgia, como se dice técnicamente, ó sea del estado melancólico que con razón se tiene por fenómeno complejo iniciativo del mayor número de vesanias, y hasta por terminal de no pocas de las que se curan. Sin embargo, otro enteramente opuesto coincide también con el comienzo de algunas , y es la excitación ó agitación, hiperfrenia, en las varias formas de energía intelectual extraordinaria, espontaneidad indiscreta, simpatías desconcertadas, confianza imprudente, arranques temerarios, locuacidad y petulancia: estado que ha recibido la denominación tan propia de alegría loca.
No suele subsistir la disposición triste ni alegre del espíritu después de desenvuelta totalmente la vesania á que pareció abrir la puerta ; aunque quizá con más frecuencia conserva la enfermedad el carácter expansivo que el deprimente de su principio , exceptuadas las especies lipemaniaca é hipocóndrica. Pero, puesto ya en el período de estado , ni que sea en el de incremento 7 el mal, suele perder el enfermo todos sus afectos, hasta los que más hondas raíces habían echado en su corazón ; ó despiértanse en él otros , aunque pocos , inmotivados ó extravagantes , que ahora le desasosiegan y conturban inspirándole desvío, enemiga ó rencor; ahora, bien que raras veces, le tranquilizan y alientan. Fuera de esto , el delirio de los afectos es más grave, en general , que el de las ideas.
Por otra parte, la perturbación del sentimiento, precursora de la locura, ó concomitante con ella, ocasiona tal vez fenómenos característicos de una pasión que desentona con el estado, edad, ideas, afectos, inclinaciones y costumbres del sujeto antes de adolecer , como
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el amor, que, según se infiere de lo dicho arriba, es muy frecuente en las locas, aunque siempre amancillado de ninfomanía, y, por tanto, espurio ó desnaturalizado, cuando en los locos ocurre pocas veces, y casi exclusivamente bajo la forma simpática y atractiva de erotomartía. De amor ideal, limpio de toda concupiscencia, tan puro como generosa suele ser la ambición frenopática; que nace quizás de un concepto erróneo propio ó de un acto ajeno desatinadamente interpretado; que á menudo carece de realidad objetiva; que, si la tiene, contémplala y venérala como á una representación divina; y que se desenvuelve y agita en un mundo fantástico forjado por el delirio; llena el vacío de la ausencia de la persona amada con la presencia de impresiones imaginarias \ toma los menosprecios en cuenta de cautelosos disimulos; y echa los desdenes á la buena parte de los favores.
Gomo yo no acierto á definir la idea ó concepto delirante, diré sencillamente , á lo vulgar, que es una percepción , una idea , un concepto falso , que el enfermo estima por más verdadero que los que más verdaderos reputaba antes de enloquecer. Su falsedad es á veces absoluta, como en aquel orate, mencionado por Areteo, que se figuraba ser una redoma ; pero casi siempre relativa á la personalidad del sujeto que lo tiene , al elemento moral ó físico, ó al tiempo en que vive. — El fundar grandes proyectos sobre la sólida basa de arcas repletas de metálico sonante ; el juzgarse perito en alguna ciencia ó arte, habiéndolo estudiado con aprovechamiento en buenos autores, son ideas tan sanas en absoluto, como patológicas las de los miserables que, andrajosos y hambrientos, entran en las casas de orates por habérseles metido en la cabeza que no hay negocio que con sus millones no puedan emprender y llevar á feliz remate ; como igualmente las no menos extravagantes de los cerrados de mollera , ó que no han aprendido el abecé, y creen pasarse de sabios, y á todo el
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mundo piensan hacer aquella obra de misericordia con que se socorre al necesitado de enseñanza. Un pobrete hay en mi Manicomio que, con los escasos cuartos que tal vez recoge mendigando á hurtadas, compra en algún baratillo de libros viejos el que mejor parece á su fantasía, cualquiera que sea la lengua en que esté escrito, pues esto importa poco, dado que este original bibliófilo no sabe leer; y, sin embargo, se ufana de poseerlo, y hasta conjeturo que de corregirlo , pues interpone entre sus letras signos ininteligibles, de dos ó tres formas distintas, que traza con lápiz *. — Otros ejemplos acabarán de dar á conocer mejor que toda explicación el concepto delirante. Recuerdo haber asistido en mi práctica particular — á un caballero de claro talento, que se figuraba haberse transfigurado en bestia; — á un joven, que decía tener cabeza de caballo; — á una señorita, buena y muy piadosa, que se desesperaba por imaginar que una falta suya , en nada tocante á la honra , era causa de que su madre padecía castigo en el infierno; — á una señora opulenta, que se contemplaba siempre puesta al borde de la indigencia; — y en París, muchos años atrás, tuve que escuchar disertaciones largas de un compatriota de alcances cortos , que había resuelto de todo en todo el problema de la navegación aérea, y, Colón de nuevo cuño , disgustado de que no aceptase su descubrimiento la corte imperial , preparábase para pasar á Londres y ofrecerlo á la Gran Bretaña. — En el Manicomio hay — un individuo, que se juzga perseguido por las sociedades secretas; — otro, que se precia de poder, con un ingenio maravilloso, arrancar de sus estribaciones la cordillera que limita nuestra comarca , transportarla al mar , traer sus aguas á la llanura y llenar la hondonada que en el asiento de las montañas
* Ahora guarda, como quien no dice nada, The works of Virgil, translated imo english verse by Mr. Dryden; tomo 111, que contiene seis librps (del VII al XII) de la Eneida, impreso en Londres, año 1763.
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quedaría ; — una mujer, fea y vieja, á quien, si se le da cre'dito, requieren mis practicantes, no yo, que no soy bien parecido y mozo como ellos ; pues harto saben las locas distinguir y echar el ojo á los galanes; — otra, que se envanece de estar emparentada con la Familia Real de España; — y un humilde cura de aldea, casi diría clérigo de misa y olla, que se imagina ser papa. — Interminable catálogo, si quisiese hacerlo, el de las ideas delirantes que he oído y oigo diariamente: de algunas hablaré cuando vinieren á propósito. Con el sobredicho carácter general de todas ellas se juntan los particulares de ser desatinadas, extravagantes, ridiculas, absurdas ó de realización imaginaria ó imposible.
Se han inventado teorías ingeniosas sobre la generación de. los conceptos delirantes, pero he de pasarlas por alto, pues para mi objeto no importan, antes me basta dejar sentada la realidad de tales errores del entendimiento. Muchos nacen de alucinaciones ; y por cierto tan arduo es el concebir de qué manera se forman éstas, como fácil el comprender que, ya formadas é ingertas en la conciencia, susciten conceptos consonantes con ellas, y á las preexistentes metan por su torcida vereda. Dos locos, entre muchos de mi Manicomio, que sienten pescozones y otros golpes en todo el cuerpo, ¿no es muy natural que á cierra ojos crean que enemigos invisibles les toman por blanco de sus malas burlas? Los conceptos delirantes se engendran, á par que las ilusiones y alucinaciones, en la imaginación, y sin duda esta comunidad de origen arguye la de su desenvolvimiento, con la única diferencia, secundaria para el caso, de pertenecer la causa eficiente délos unos al orden intelectual, y la de las otras al sensorio ; aunque en esto el análisis descubre una distinción didáctica más bien que una realidad nosogénica. La que no puede calificarse de pura distinción didáctica , sino de hecho patológico innegable , de mucho valor en punto á diagnóstico y pronóstico, es la de los
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conceptos delirantes en fugaces ó transitorios y permanentes ó fijos, propios aquéllos de las locuras generales, y éstos de las parciales. Tambie'n ocurre aquí el caso, de ser más inexplicable el desenvolvimiento de un concepto falso que comprensible el que en el acto sea ya una idea fija. Ningún fenómeno psíquico-patológico elemental más tenaz que ésta, si se exceptúa la alucinación y los peculiares de las psicopatías pasivas; ninguna de tanta y tan perniciosa influencia en la parte sana de la mente, á la que poco á poco, según indicado queda, va contaminando, y, con raras excepciones, á la larga desconcierta y anonada; bien así como en el organismo un cuerpo extraño, lisiando la parte en que se ha introducido, llama prontamente á ella una sinergia que la altera, perturba y tal vez mortifica.
Es de observación que los conceptos delirantes, en particular los fijos, concuerdan á menudo con las ideas que más recientemente ha recibido, ó en que se ha refirmado el que llega á padecerlos, merced á sus trabajos ó estudios, pasatiempos ó vicisitudes, con angustia ó desahogo, recelo ó confianza, dolor ó delectación del espíritu. — Algunos sujetos recuerdo haber visto, de talento é instrucción poco comunes, á quienes la lectura y estudio asiduo de los filósofos modernos más en moda precipitaron en una manía agitada, cuyas ideas delirantes eran vivos reflejos de las más hondas é intrincadas cuestiones de aquella filosofía que hoy trae conmovido el mundo que habitamos, y pone en duda ó rotundamente niega el cielo que nos cobija, y á los que , por fortuna , en él creemos, sobre fortalecernos y consolarnos con inefable esperanza, nos aparta de muchas ocasiones y peligros. — Apenas dominada , tras larga y muy sangrienta batalla , una formidable revuelta en Barcelona, fué conducido á mi Manicomio un infeliz, á quien el estruendo de las armas y los gritos del combate ocasionaron la recidiva de una violenta manía, y que, en el furor de ella, se presentó solo é inerme en
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la plaza principal de la ciudad, y, encarándose á las tropas vencedoras, las provocó con airados ademanes y vociferaciones, aclamando los nombres que en la lucha invocaban los que habían sido vencidos, á los cuales por este camino quería abrirles el de su desquite. — Ai mismo establecimiento vino, muchos años hace, un tejedor que, por negarse á seguir á sus compañeros en una huelga, hubo de ser maltratado, y contrajo un delirio monomaniaco, cuyos conceptos versaban sobre la fuerza que se le había hecho, los ultrajes que aseguraba habérsele inferido, y especialmente sobre el contradictorio proceder de los que, apellidando libertad, coartaban la suya.
A cualquiera se alcanza lo que exaltación del entendimiento significa. Desde el alegrón pasajero producido por una leve y momentánea bebería hasta la arrebatada sobreexcitación del furor maniaco median muchos grados de intensidad de aquel fenómeno , que, en general , se distingue por la rapidez con que el orate concibe las ideas y éstas se agolpan á su mente ; el calor con que las manifiesta; la locualidad, y hasta cierta elocuencia quizás, que de cuerdo no tenía, y una soltura inusitada en el poner por escrito sus pensamientos: los cuales salen tal vez estrambóticos y descosidos, pero con extremo enérgicos en la idea y nervosos en la dicción , de modo que su desconcierto y violencia remedan los de algunos espasmos clónicos; siendo la expresión de un trastorno profundo, aunque generalmente momentáneo; de algo como si dijéramos convulsión epiléptica intelectual. — Varios escritos cortos, aguisa de memoriales, he leído de un loco, sastre de oficio, que parece mojar siempre la pluma en atrabilis, y están ciertamente puestos con insolencia sin ejemplar y deplorable facilidad: una carta guardo, que arroja rayos y centellas, no desde la cruz, porque no la tiene, sino desde el principio hasta el fin, y es una horrible blasfemia y furibunda mal-
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dición al gran Constantino, á todas las testas coronadas, al trono del imperio ruso, á las osamentas de sus catacumbas imperiales, y á la justicia vil de la trinidad continental. — Ya se deja entender que la exaltación de la inteligencia trasciende siempre á los actos. — Su depresión es naturalmente el estado opuesto al descrito ; y ella y las lesiones que en ella se incluyen , á saber, amnesia, falta ó pérdida, parcial ó total, de la memoria ; disociación ó incoherencia de ideas, falta de su enlace , coordinación ó conformidad ; y amencia, aniquilamiento más ó menos parcial , casi nunca total , de la facultad de conocer; caracterizan especies frenopáticas tan distintas de la monomanía , como lo son la idiotez en todas sus formas , la demencia y acaso la lipemanía. En las vesanias expansivas ó agitantes suele haber hiperbulia, energía anormal de la voluntad, antojo, porfía , pertinacia , insistencia invencible en propósitos y conatos; así como en las depresivas, abulia, voluntad floja ó nula , pobreza de ánimo, irresolución , apatía y amilanamiento. El impulso insólito, fenómeno singular y temeroso, es un estímulo, incitamento ó ímpetu, subitáneo é irresistible, qué siente el alienado á ejecutar alguna acción desrazonable de todo punto y comunmente mala , no sólo contra los demás sino también contra sí mismo, y que ejecuta en el imperceptible instante que en su interior se produce aquel movimiento. Acción desrazonable, digo, porque casi siempre lo es hasta en el concepto de la razón descarriada , y se aparta de la misma lógica vesánica. Arranque de instinto semeja, pero instinto de irracional dañino, y á menudo feroz. — Sin duda, el loco á quien me he acercado en todas ocasiones con más recelo, por no decir miedo, y vigilancia, así en el manicomio particular donde ahora se halla, como antes en su propio domicilio, es un alucinacionario, sosegado y discreto, ai parecer, pero taciturno y retraído, que de repente , sin provocación ajena, sin mediar altercado niel profe-
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rir palabra, ni poder adivinarse por la dirección de su mirada la que dará á los puños, descarga sobre el interlocutor ú otra persona, á la que tal vez no conoce, un tremendo golpe, como palo de ciego, ó le arroja el primer objeto que encuentra á mano. — Un recogido de mi Manicomio, cuyo comportamiento no había dado nunca á sospechar intención siniestra, tuvo, en la apariencia de la mayor tranquilidad, el primer impulso insólito, que fué arremeterme , cuchara de palo en mano , y con el cabo de su mango , darme cuantos golpes pudo, que si, como fueron cucharazos, hubiesen sido navajadas, no escribiría yo ahora esta hazaña suya. — Mucho tiempo há que de otro manicomio vino al mío un lipemaniaco, calmoso, pacífico y pusilánime, en quien ver una navaja de afeitar, que algún imprudente de aquel asilo hubo de dejarse olvidada, cogerla y con ella hacerse una mutilación horrible y peligrosísima, fueron tres actos casi simultáneos; y, como para echar el resto de su locura, más de una vez me rogó que con alguna medicina ó procedimiento quirúrgico regenerase las partes amputadas. — Un maniaco, generalmente tranquilo, salió de su casa una mañana, más mohíno y ensimismado que de ordinario, y anduvo vagando por varias calles de Barcelona hasta que, al llegar á una plaza muy concurrida, en el momento que pasaba por ella un batallón de infantería, lanzóse de súbito sobre el coronel, y, tirándole de una pierna, le derribó del caballo. Cogido y sujeto, con más miramiento que era de esperar, por algunos oficiales que corrieron en auxilio del jefe, y entregado á la autoridad civil , fué al otro día conducido á mi Manico - mió, donde ha manifestado repetidas veces que no sabe darse cuenta de su agresión, que ejecutó sin propósito previo, ni tener ojeriza á la persona á quien ofendió, pues no la conocía; y entiende que sólo le movió á cometer tal desmán el exceso de sufrimiento por una extraordinaria cargazón y ardor que sentía en la cabeza.
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Yerran, en mi sentir, los que califican de instintivo el impulso insólito ; que no lo es, ni siquiera automático , aunque lo parezca , sino acto de voluntad determinado por un juicio, en virtud de un raciocinio instantáneo al que da margen un concepto delirante , un afecto perturbado y con más frecuencia una alucinación.
Por dicha, los impulsos insólitos del género de los referidos son bastante raros : los más comunes semejan anomalías especiales , ya de la sensibilidad externa , ya de la afectiva , ó de la voluntad , que inducen á cometer acciones menos malas y violentas, y aun inofensivas, pero siempre extravagantes. Hay enajenados que manotean , saltan ó corren sin darse punto de reposo ; que charlan , vociferan , chillan ó cantan ; que se arañan el rostro ó se golpean desapiadadamente el cuerpo; que tronchan plantas, azuzan ó escaldan gatos; que molestan, irritan ó maltratan á sus compañeros; que rasgan y deshilachan las prendas del vestido y las ropas de la cama; que andan recogiendo y guardan en las faltriqueras retazos , chinas ó inmundicias; que en mitad de la comida tiran de los manteles por un cabo y dan con la vajilla en el suelo, si antes no arrojan algún plato „vaso ó botella á los asistentes; ó que se mojan, que no se lavan la cara, y se embadurnan el pelo con lo que desbeben y descomen; asqueroso vicio que, casi exclusivamente, contraen las locas.
El impulso insólito , maligno ó inofensivo , es la expresión del grado máximo de violencia que el desorden de la sensibilidad corporal, sentimiento ó intelecto puede hacer á la voluntad; de cuya libertad, en el estado fisiológico, da irrecusable testimonio el sentido íntimo , aun de los que la niegan subrogándola por el deterninismo — vaya en gracia este advenedizo vocablo, — con el que se quiere significar el fatalismo de las acciones humanas , ó un efecto necesario y casi material de fuerzas orgánicas puestas en juego inmediata ó mediatamente por otras externas : opinión contraria á la
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sana filosofía, repugnante á la razón, y que, como aquellos fatídicos odres mitológicos , encierra dentro de sí los vientos de la borrasca en que naufragarían la dignidad del hombre y la constitución de la sociedad. Nó; que el libre albedrío es un rayo vivísimo de la luz del alma. Con toda la mía, ya que no con la ciencia que el caso requiere, haría por defender esta saludable verdad, si ello no hubiese de desviarme de mi objeto principal, que es aquí repetir y corroborar que , no obstante lo dicho , la libertad del albedrío queda frecuentemente coartada y hasta abolida por la enajenación mental; que su menoscabo ó su aniquilamiento no se manifiesta sólo en el impulso insólito , sino tambie'n en otros muchos fenómenos de la actividad frenopática ; y que la fuerza irresistible , así llamada en el lenguaje médico-psicológico la que al orate subyuga y arrastra á cometer actos insanos y dañinos, expresa un hecho tan verdadero como el mismo principio filosófico de que la voluntad racional es libre. Tampoco cabe duda en que á veces contra dicha fuerza lucha la razón del paciente, sostenida y guiada por una idea lúcida que contrarresta una alucinación, y acaso más por un afecto que se sobrepone á un concepto delirante; y lucha quizá porfiadamente hasta que, íiaqueando la sensibilidad moral ó la inteligencia por la energía progresiva de su trastorno , se generaliza éste , y acaba por perturbar todo el sistema psíquico, inclusa por tanto la voluntad: pervertida la cual, comete el loco el acto que día tras día estuvo repugnando. Combate ineficaz; impotencia contra la fuerza que , por su actividad relativa , se apellida irresistible; fenómeno inexplicable y ocasionado, si se admite con criterio ligero en la práctica , sobre todo de la Medicina legal; mas no por esto menos positivo , y necesariamente aceptable, así para el alienista como para el jurisconsulto. Si alguien lo pusiere en duda, pare mientes en que de él da razón, aunque vaga, bastante para que se comprenda en algún modo cómo puede
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efectuarse , la idea que tal vez en un entendimiento sano se fija , y lo desasosiega y lo atormenta ; y ora afloja, ora arrecia ; ya se va, ya vuelve; y en la vigilia acosa, y ahuyenta el sueño, y mueve pesadilla; y, ai despertar, hiere la imaginación primero que la luz los ojos; sin ser parte á alejarla, quizás en largo tiempo, la determinación de la voluntad, sugerida por el raciocinio, que rechaza el importuno concepto por contrario á la evidencia , repulsivo al sentimiento y repugnante á la razón. Como quiera que sea, después de lo dicho no hay por qué añadir que en la falta, pérdida ó decadencia de la libertad del albedrío se fundan la irresponsabilidad criminal y, en alguna parte, la incapacidad civil de los alienados.
Los referidos fenómenos, síntomas ó lesiones elementales de la enajenación se dividen en sensorios é intelectuales , según sea la facultad cuyo padecimiento aparentan argüir; pero, en buena doctrina psicológica , es artificial ó arbitraria semejante distinción , porque la sensibilidad, el entendimiento y la voluntad son meros atributos del yo, potencias del alma ; la cual es tan una, que su actividad sería imposible sin su unidad. Ya la conciencia nos declara que es en nosotros uno mismo el ser que siente , conoce y quiere. La ciencia experimental no podrá negar jamás esta verdad. La alucinación, prototipo de las alteraciones del sensorio, no es producida por las de los órganos, receptor y transmisor, de la impresión; ni está demostrada inconcusamente la del encefálico en que se efectúa la percepción; por manera que, á pesar de la normalidad de todos ellos , ocurre la anomalía de la sensación. Además, que en esta anomalía no intervienen los órganos de los sentidos pruébalo un hecho indudable y concluyeme : que locos sordos padecen acaso alucinaciones del oído , y locos ciegos las tienen de la vista. Luego los fenómenos psíquico-patológicos dichos sensorios no son perturbaciones de la facultad de sentir sino de la
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imaginación, ó dígase del entendimiento. Artificial y arbitraria es igualmente la distinción de lesiones primitivas ó exclusivas de la voluntad, porque supone en esta una independencia de tjue no goza , una acción propia, un ejercicio espontáneo. Reduciendo este punto á los términos más generales y comprensivos, diré que se puede conocer ó pensar y no querer , mas nó querer sin pensar ó conocer, porque repugna á la razón el querer lo que no se conoce ó aquello en que no se piensa; y que al querer preceden necesariamente, por orden inverso del natural, el determinar, el deducir, el juzgar y el conocer. La voluntad obra, pues, á impulso del entendimiento y de conformidad con él ; en cuyo sentido han de entenderse los caracteres que en ella se reconocen, de inteligente y libre. Por donde se colige que tampoco hay padecimientos de la voluntad que no lo sean de la inteligencia. Y, presupuesto que lo mismo sucede tocante al sentimiento , pues sería absurdo asentar que en nosotros el que siente es distinto del que conoce, se ha de convenir en 'que las lesiones y vesanias afectivas, como las sensorias é impulsivas, que, por mero procedimiento nosográfico así se califican, no son en hecho de verdad síntomas ni entidades nosológicas esencialmente diversos, sino manifestaciones de un estado único , de un padecimiento intelectual.
Más prolijas consideraciones merece este interesante punto, pero excusólas por no juzgarlas necesarias para mi plan , y temer que todavía creerá alguien que huelgan aquí las apuntadas.
Ahora bien, las lesiones elementales del sentimiento suelen ocurrir en casi todas las especies psicopáticas ; las ideas delirantes fugaces , en la manía y demencia incipiente, por lo común; las fijas, también en estas últimas, pero sobre todo en la monomanía y lipemanía; en la monomanía, y señaladamente en la manía, la hiperbulia: los impulsos insólitos, en la locura por
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alucinación, más que en otra alguna ; la depresión , con amnesia, incoherencia ó amencia, y sin ninguna de las tres, casi exclusivamente en la demencia, en la imbecilidad y en la idiotez, como también la abulia, que, en grado mayor ó menor , no es rara en la lipemanía.
Otros fenómenos hay que, siendo, en rigor, síntomas de la locura, más bien parecen cualidades especiales de los locos , y se muestran , ya espontáneamente , por la fuerza intrínseca de la enfermedad , ya como quien dice incitadas por los efectos que ciertas sensaciones externas producen en el ánimo de los enfermos. Son, además de sorprendentes algunas, muy apreciables todas para el diagnóstico en general. De ellas trataré en el cuerpo de este libro oportunamente y con mucho gusto mío ; primero, porque contribuyen sobre modo á aquilatar el mérito de la invención de Cervantes ; y luego, porque, ó ni siquiera las mencionan , ó sólo las insinúan por incidencia y harto de corrida las obras de Medicina psicológica. Esto me dará ocasión para decir también algo sobre ciertos hábitos y costumbres, ó llámense genialidades , de los alienados, así como sobre algunos lances y contrastes que se originan de la comunicación y trato de los cuerdos con ellos: relaciones curiosas para quien , no habiendo puesto nunca el pie en la singular clausura de los orates, ignora lo que pasa en ese apartado mundo, donde , más que acá, corre el temor á par del peligro, y, como acá, el desengaño con el aliento, y la enseñanza con la experiencia dolorosa.
No sólo fenómenos ó síntomas psíquicos tiene la enajenación mental, sino también, á veces, físicos ó somáticos, que es el vocablo técnico: modificaciones ó alteraciones de varios sistemas, mayormente del nervioso, circulatorio y muscular; aunque las de este último se derivan de las del primero; y acaso las de todos ellos son secundarias. En frecuencia ninguna se adelanta á la parálisis del movimiento y á la de la sensibilidad, que en ciertos casos van juntas. Aquélla tiene
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caracteres peculiares y exclusivos de la enajenación mental, como es de ver en la especie dicha parálisis general ó progresiva de los alienados, y en el postrer período de toda vesania muy crónica, en el que sobreviene á menudo una lesión parcial y leve, cuando menos, de la movilidad, señaladamente de la lengua. La anestesia ó parálisis de la sensibilidad llega de vez en cuando al grado sumo y casi inverosímil de intensión. — Orates que apenas han dado muestras de sentir la punzada y corte de la lanceta al pasarles un sedal , he visto varios; pero de uno puedo decir que se me quedó dormido mientras estaba ardiendo una moxa que le apliqué á la nuca; — y á otro, que adolecía de parálisis progresiva, sorprendí en el acto de comerse, ó, si la expresión parece hiperbólica, de mascar los tres últimos dedos de la mano derecha, que no sin algún esfuerzo saqué de entre las muelas , sangrientos y medio roídos los pulpejos.— Por más que propiamente no puedan incluirse en la serie de los fenómenos somáticos, merecen mencionarse también, por su extrañeza, los hematomas ó tumores sanguíneos de las orejas , que á la cara externa del pabellón del oído salen en el curso, generalmente crónico, de psicopatías muy graves; que alteran y, en* cierto modo, corroen ó consumen la parte del cartílago á la cual parecen adheridos ; cuya razón de efectualidad con la enajenación mental se ignora ; y que de la incurabilidad de los orates que los padecen son signos infalibles.
De otra cualidad, que reside en el fondo del carácter genérico, y se modifica por los particulares de las formas específicas, con ser accidental , se ha sacado la distinción de la locura lúcida, que así es importante para el diagnóstico ó pronóstico, como para la Medicina legal y la administración pública , en lo que atañe á las relaciones recíprocas de la sociedad y los enajenados. Pacheco, en medio de no ser alienista sino jurisconsulto, está muy en lo cierto cuando dice: «aquellos
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» desgraciados á quienes llamamos locos , no lo son , por »lo común, sino en uno ó en pocos puntos de la esfera » de sus ideas: hablan, piensan, raciocinan con juicio- »y con lucidez sobre alguna ó sobre muchas cosas; y »sólo en loque tiene relación con ciertos objetos, es en »lo que se enfurecen y desbarran*. » Hay, en efecto, un estado psíquico en que con el delirio coincide el usa de la razón , con los desatinos alternan los aciertos. Los que en él se hallan son locos, locos confirmados, locos inquietos, perturbadores, á veces malos y dañinos; y, con todo esto, conocen, raciocinan y obran á menudo con entera cordura, como los reconocidos por cuerdos cuanto por locos ellos. Lo son , porque tienen alucinaciones, ideas delirantes, apetitos desordenadosy aberraciones del sentimiento, menoscabo general 6 falta de armonía de las facultades ; y no lo parecen , porque comunmente hablan en razón; eluden con sagacidad las respuestas que pueden revelar el secreto de su desvarío ; observan todo lo que pasa en torno suyo ; conciben tal vez un proyecto para llevar adelante sus deseos ; acechan una coyuntura propicia para ponerlo por obra; trabajan, leen, discuten, rezan, juegan y ' hacen otras muchas cosas que de entendimientos sanos parecen privativas. Yo bien sé que la locura de estos individuos se descubre en sus acciones más que en sus palabras; que reside en el apartamiento de su vida íntima , — lugar que el orate , como el cuerdo, suele tener cerrado con llave de tercera vuelta, — y parece recatarse de salir á lo exterior de la comunicación social ; que con su conducta engañarán fácilmente á quien no esté acostumbrado al trato de los locos, mas no siempre burlarán al frenópata, que aprendió á distinguir debajode la capa de la discreción la bien ó mal arrebujada figura de un mentecato; pero nada de esto se opone á que los tales orates sean señalados entre los demás por
* El Código penal concordado y comentado; 2.» edición, Madrid, i856, tomo I, pág. i32.
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la cualidad , por el aspecto que da á su fisonomía, si es lícito explicarlo en estos términos, no una mezcla imposible, no manifestaciones simultáneas de alienación y salud psíquica , sino alternativas de la una y de la otra, por más que se sucedan con tanta rapidez, que parezcan compenetrarse y confundirse. Así se ha de entender la expresión de locura lúcida.
A esta clase pertenecen bastantes lipemaniacos y maniacos, pocos dementes, y, aunque sea extraño, uno •que otro imbe'cil; pero los monomaniacos , en general, son los locos lúcidos por excelencia : verdad que ve la teoría antes que la enseñe la práctica, y hecho que me importa dejar asentado para razonamientos ulteriores.
El asunto me lleva á tratar de los intervalos lúcidos ó claros, que intermiten el curso de no pocas locuras, y son suspensiones ó paradas , más ó menos efectivas , más ó menos duraderas , del delirio ; los cuales se dividen en perfectos é imperfectos ó cabales é incompletos. El intervalo lúcido perfecto es el restablecimiento, la curación del enfermo , el recobro del uso de su razón, el reintegro en la posesión de sí mismo; pero transitorio, temporal, muy largo tal vez, mas, al fin, engañoso y falso en lo absoluto, porque no es en realidad restablecimiento el estado que, temprano ó tarde, termina ó se convierte en una nueva invasión de la dolencia, tan intensa y grave como la precedente. En rigor, no merece llamarse intervalo lúcido el imperfecto, sino remitencia del mal; puesto que es, como dice en sentido alegórico un famoso jurisconsulto, el crepúsculo que al día une con la noche, cuando el perfecto es el día claro que separa dos noches. Incompletos, los hay muchos; cabales, pocos: unos y otros son un mal pronóstico, pues no suelen ir sino con frenopatías incurables. La ley da al perfecto grande importancia, reputándolo fundamento excepcional de responsabilidad de los orates por actos criminales. Intervalos lúcidos se ven á menudo en la monomanía, casi
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nunca en las alucinaciones é ilusiones ni en la demencia aguda, y jamás en la demencia confirmada ni en la idiotez, cualquiera que sea su especie. Vienen poco á poco, por remisión gradual de los síntomas, y muy rara vez repentinamente, como, sin embargo, en alguna aconteció al religioso monomaniaco citado; á quien entonces vi loco en la visita matutina , y hallé cuerdo en la de la tarde, anticipándose él mismo á declarármelo con la firmeza de una convicción sana, conociendo yo luego ser verdad, y durando largamente la mudanza del recluso.
Con las explicaciones de nomenclatura y doctrina contenidas en esta exposición á que ya pongo término, creo que serán para el lector no facultativo letra clara la de los vocables, y materia comprensible la de los razonamientos médico-psicológicos que tendré que hacer en lo sucesivo.
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CAPITULO IV.
LA LOCURA DE DON QUIJOTE DIAGNOSTICADA POR EL SENTIDO COMÚN.
Tienen las facultades mentales tal correspondencia entre sí, y es tal la armonía de su mancomunada acción, que, casi siempre, apenas se alteran, cuando su desconformidad ó disonancia es advertida por el menos perspicaz; quien, sin ser alienista, ni haber leído tratado médico-psicológico alguno, luego á luego califica acertadamente de loca á la persona que ofrece semejante irregularidad: al modo que, sin ser profesor de música ni haber aprendido solfa, cualquiera que tenga mediano oído señala la voz ó el instrumento que desentona en un concierto. En el de la mente el vulgo percibe tan bien como el maestro la nota ó notas discordantes; y, cuando el facultativo llega al orate para quien es llamado, el diagnóstico de la dolencia, aunque general y vago, está ya hecho. Ni más ni menos que la belleza artística, la sanidad del entendimiento, belleza también, la mayor en lo humano, cae bajo la jurisdicción del sentido común ; en términos, que mal para el celebro que por trastornado lo juzgue el criterio de este sentido, como pobre de la pintura ó estatua que él desalabe ó tache de fea.
La idoneidad adquirida con el estudio, la experiencia y la meditación, por los antecedentes y circunstancias actuales de una locura, determina el carácter que la distingue, y predice los resultados que traerá, ciertos ó probables; y su voto es decisivo y su sentencia ejecutoria, ¿quién puede dudarlo?; pero, por punto general, no viene sino á confirmar la que sobre el hecho anticipó el vulgo, con intuición de jurado, ya que
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no con pericia de juez. Porque con sola su intuición la gente extraña á la Medicina abarca casi todos los pormenores del caso, por más que de la importancia de muchos no se dé cuenta ; y de él suelen juzgar con tanto acierto las personas imperitas como las instruidas; cuyo dictamen no se diferencia del de aquéllas sino por estar fundado en datos mejor escogidos, y tener, bajo la forma de un lenguaje culto, aunque sencillo, cierta gravedad de expresión técnica y traza de verdadero diagnóstico.
Guando Pedro Alonso , el labrador vecino de Don Quijote, le llevó á su casa después de haberle recogido en el campo, donde le encontró apaleado y tendido, estaba en ella el Ama diciendo toda alborotada al Cura: ¿Qué le parece á vuestra merced, señor licenciado Pero Pére%, de la desgracia de mi señor? Dos días hd que no parecen él, ni el rocín, ni la adarga, ni la lan^a, ni las armas. ¡Desventurada de mí! que me doy á entender (y así es ello la verdad como nací para morir) que estos malditos libros de caballerías, que él tiene y suele leer tan de ordinario, le han vuelto el juicio; que ahora me acuerdo haberle oído decir muchas veces, hablando entre sí, que quería hacerse caballero andante, é irse á buscar las aventuras por esos mundos. Encomendados sean á Satanás y á Barrabás tales libros, que así han echado á perder el más delicado entendimiento que había en toda la Mancha. Aquí, como entre paréntesis , conviene hacer notar que soliloquios semejantes á los que mencionó la buena mujer, tenidos, por lo común, en voz .baja, son un fenómeno muy frecuente de la locura, en especial de la alucinatoria. Antonia Quijana, la sobrina, dirigiendo la palabra al Barbero, corroboró el parecer del Ama con el relato de un hecho, por cuya significación, en materia de diagnóstico, reservólo para otro capítulo, donde es absolutamente necesario; y puso fin á su referencia con una lamentación, en que indicó también la
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causa ocasional de la desgracia del desaparecido tío ; queja estéril, sin embargo, como las que harto á menudo hacen los allegados de los locos, por no haberles ido á la mano en sus primeros desatinos, cuando la mejor sazón fiaba la mayor eficacia del remedio: mas yo me tengo la culpa de todo , que no avisé á vuestras mercedes de los disparates de mi señor tío, para que los remediaran antes de llegar á lo que ha llegado, y quemaran todos estos descomulgados libros; que tiene muchos que bien merecen ser abrasados como si fuesen de herejes. Entró, ó fué entrado, el Hidalgo en su casa pidiendo que le llevasen al lecho, y llamasen á la sabia Urganda, que curase y catase de sus feridas; á lo cual opuso el Ama: ¡Mira, en hora mala, si me decía á mí bien mi corazón del pie que cojeaba mi señor! Suba vuestra merced en buen hora; que sin que venga esa hurgada le sabremos aquí curar, j Malditos, digo, sean otra ve% y otras ciento estos libros de caballerías, que tal han parado d vuestra merced! Y en estos términos, tan vulgares como precisos, quedó, en el recinto doméstico, asentado el diagnóstico y reconocida la etiología de la locura de Alonso Quijano; y, confirmados quedaron también ambos por el Cura, puesto que al momento, en juicio sumarísimo, fueron condenados al fuego, con beneplácito general, los libros, indudables autores del delito.
Fuera de su casa el Hidalgo, yendo á las deseadas aventuras, y no sólo en los lances propios, sino en los episodios más ajenos de ellas, jamás hubo quien, al verleyoirle, luego y casi sin discurrir, no conociera que izquierdeaba, por su continente y ademanes, ó por algún razonamiento , á pesar de ser quizás notable por la sensatez de muchas de sus ideas, y la apacibilidad con que lo decía. El ventero andaluz, el primero con quien trató Don Quijote, apenas hubo atravesado los umbrales de la andante caballería; hombre que era un poco socarrón, y ya tenía algunos barruntos de la
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falta de juicio de su huésped, acabó de creerlo cuando acabó de oir las rabones del pobre Hidalgo; y, por tener que reir aquella noche, determinó de seguirle el humor.
i Reir! otro toque feliz, por verdadero, de la invención de Cervantes. Con música de carcajadas se celebran á menudo los desatinos del loco; y sus posturas, sus alharacas, sus vociferaciones, sus ímpetus, ráfagas y bramidos de espantable tormenta, son, para los ignorantes y hasta para gente ilustrada que se estima por discreta, tan gustosos como las chocarrerías de un bobo de entremés, ó las arlequinadas de un payaso de volatines. Pues ¿ no se ven diariamente acudir á los manicomios personas de todas clases como á un espectáculo? Para tal diversión hay todavía .en el mundo muchos venteros. Y ¡ reírse con los orates, siguiéndoles el humor, es poner leña al fuego de su delirio! ¡Oh! sí; que el loco empieza á volvérselo él , pero los demás, por semejante camino, le rematan. Es la" locura un vaso en el que cada cual parece querer echar una gota para que rebose. ¡A cuántos cuerdos indiscretos y torpes, mostrándoles al orate abatido ya bajo la pesadumbre del mayor infortunio, no pudiera acriminarse diciéndoles acerbamente: todos en él pusisteis vuestras
manos
Al concepto diagnóstico de la dolencia del Andante, para que se vea si el ventero lo hizo con conocimiento de la situación excepcional en que ella colocaba al adoleciente, juntó el de su irresponsabilidad por las demasías que cometiese, pues, cuando los arrieros estaban arremetiendo contra Don Quijote para vengar á los camaradas heridos, daba voces que le dejasen, porque ya les había dicho como era loco, y que por loco se libraría , aunque los matase á todos.
.Los mercaderes toledanos se pararon al son de las razones de Don Quijote y á ver la extraña figura del que las djecía ; y, por ésta y por aquéllas, luego echaron
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de ver la locura de su dueño. — El labrador citado, mientras llevaba al Caballero á su casa, íbase dando al diablo de oir tanta máquina de necedades como decía; por donde conoció que su vecino estaba loco. — Vivaldo y sus compañeros, apenas despegó los labios el Andante , cuando todos le tuvieron por loco ; y por averiguarlo más, y ver qué género de locura era el suyo, aquél le tornó á preguntar; luego por otras razones que le oyeron , acabaron de enterarse que era Don Quijote falto de juicio y del género de locura que le señoreaba, de lo cual recibieron la misma admiración que recebían todos aquellos que de nuevo venían en conocimiento della; y, en fin, tras el entretenido diálogo del Caballero y Vivaldo, todos los demás, y aun hasta los mismos cabreros y pastores que iban al entierro de Grisóstomo, conocieron la demasiada falta de juicio de nuestro Don Quijote. — Tambie'n Roque Guinart , al oírle explicar que la causa de* su tristeza no era por haber caído en poder del bandolero , sino porque fué hallado desprevenido, apeado y sin lanza, luego conoció que la confianza del Andante tocaba más en locura que en valentía ; y aunque algunas veces le había oído nombrar, nunca tuvo por verdad sus hechos, ni se pudo persuadir á que semejante humor reinase en corazón de hombre. Nadie, sin embargo, aventajó á Sancho en hacer con fijeza y amplitud el diagnóstico. Ni era para menos su constante intimidad con el Hidalgo. Puesto en el apuro de ir en embajada á Dulcinea, por no haber podido dar él ni su amo con los palacios de esta señora en el Toboso, se apeó del jumento, y, sentándose al pie de un árbol, habló consigo mismo muchas cosas, todas bastantes para acreditarle de hombre despierto , y algunas de observador atento y certero, pues, casi como un perito en la materia , puso el dedo en ciertos síntomas capitales de la enfermedad del Andante. Este mi amo, por mil señales he visto que es un loco de atar, y aun también yo no le quedo en \aga, pues soy más
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mentecato que él, pues le sigo y le sirvo, si es verdadero el refrán que dice : «dime con quién andas , decirte he quién eres ; » y el otro de ; » « no con quién naces, sino con quién paces.» Siendo, pues, loco, como loes, y de locura que las más veces toma unas cosas por otras, y ju^ga lo blanco por negro, y lo negro por blanco, como se pareció cuando dijo que los molinos de viento eran gigantes y las manadas de carneros, ejércitos de enemigos En el sabrosísimo coloquio que tuvo con el
escudero del Caballero del Bosque, mecie'ndose en la esperanza de dar con un talego lleno de doblones, segunda parte del hallazgo de Sierra Morena, habló, aunque por incidencia, del mal de Don Quijote: y el rato que en esto pienso, se me hacen fáciles y llevaderos cuantos trabajos padezco con este mentecato de mi amo, de quien sé que tiene más de loco que de caballero; palabras estas últimas que, si bien se consideran , son el mayor extremo del encarecimiento, y hasta una ponderación hiperbólica. Ratificó más tarde , en presencia de la Duquesa , estos juicios, con la categórica distinción de fenómenos psíquicos constitutiva de la enfermedad en su forma específica; por manera que si, como dio entonces su parecer, lo diese ahora, con sólo introducir en él la palabra monomanía , ponerse hueco, enarcar las cejas y acariciarse las barbas, habría pasado plaza de entendido en achaque de padecimientos mentales:^ lo primero que digo es, que y o tengo á mi señor Don Quijote por loco rematado ; puesto que algunas veces dice cosas que, á mi parecer, y aun de todos aquellos que le escuchan, son tan discretas y por tan buen carril encaminadas, que el mesmo Satanás no las podría decir mejores; pero, con todo esto , verdaderamente y sin escrúpulo, á mí se me ha asentado que es un mentecato. Sin embargo, con razón se calificó antes á sí mismo de más mentecato que su amo, pues, ¿quién pensara que , olvidándose de estos juicios tan acertados, diría lo que dijo después de oir el razonamiento,
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si en el principio dechado de la mayor discreción , en el fin disparate de la mayor locura, con que el Caballero se comprometió á defender, en una especie de paso honroso, la hermosura de las zagalas de la fingida Arcadia? ¿Es posible que haya en el mundo personas que se atrevan d decir y d jurar que este mi señor es loco ! Digan vuesas mercedes , señores m pastores , ¿hay cura de aldea, por discreto y por estudiante que sea, que pueda decir lo que mi amo ha dicho? ni ¿ hay caballero andante , por más fama que tenga de valiente, que pueda ofrecer lo que mi amo aquí ha ofrecido ?
Justo es decir que este segundo argumento sincera á Sancho de la inconstancia de su juicio, y habla muy alto en pro de la nobleza de su pecho, porque muestra cómo le cautivóla de Don Quijote, que con empeñarse en un acto de gran denuedo y gallardía para él, aunque á la yerdad temerario y extravagante, hizo lo más honrado y bueno que inspirarle podía entonces la generosidad estimulada por la gratitud. Con todo eso, la impresión que en el criado produjo el razonamiento de su señor fue' pasajera, como muchas que se reciben en el trato con los alienados, y que casi disuaden de tenerlos por tales; pues á los pocos días dicie'ndole Tosilos: Sin duda este tu amo, Sancho amigo, debe de ser un loco, replicóle él resueltamente: ¿Cómo, debe! no debe nada d nadie ; que todo lo pag a , y más cuando la moneda es locura.
Nó; no se le adelantaron en el diagnóstico personas que en talento, perspicacia y doctrina podían darle cien vueltas, y muchas más; cuyos dictámenes , á pesar de todo, apenas se distinguieron del suyo sino por la claridad de la exposición, la propiedad del lenguaje, la concisión del estilo y el artificio de la forma. A Cardenio dijo el Cura: Pues otra cosa hay en ello; que, fuera de las simplicidades que este buen hidalgo dice, tocantes á su locura , si le tratan de otras cosas, discurre
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con bonísimas rabones, y muestra tener un entendí' miento claro y capa% de todo ; de manera que, como no le toquen en sus caballerías, no habrá nadie que le juague sino por de muy buen entendimiento. — El Canónigo de Toledo, sabido que hubo por el Cura la enfermedad del Caballero, y oído su diálogo con Sancho, mirábalo y admirábase de ver la extráñela de su grande locura, y de que en cuanto hablaba y respondía mostraba tener bonísimo entendimiento; solamente venía á perder los
estribos en tratándose de caballerías. — El que por
más tiempo estuvo dudoso en ello fué don Diego de Miranda, el caballero del Verde Gabán, hombre tan despejado como bueno y simpático, no cabiéndole en la cabeza que hubiese quién se imaginase ser verdaderas las historias caballerescas; aunque de la creencia que les daba Don Quijote tomó barruntos.... de que.... debía de ser algún mentecato, y aguardaba que con otras (razones) lo confirmase. Túvolas pronto sobradas para más vacilar y confundirse, pues, á poco de haber oído el bello discurso del Andante sobre la poesía, vio la temeridad inaudita y desatino superlativo de su reto á los leones; y, no sabiendo cómo atar cabos tan desiguales, estaba callado, todo atento á mirar y á notar los hechos y palabras de Don Quijote, pareciéndole que era un cuerdo loco, y un loco que tiraba á cuerdo. No había aún llegado á su noticia la primera parte de su historia; que si la hubiera leído, cesara la admiración en que le ponían sus hechos y sus palabras, pues ya supiera el género de su locura; pero, como no la sabía, ya le tenía por cuerdo, ya por loco; porque lo que hablaba era concertado , elegante y bien dicho, y lo que hacía, disparatado, temerario y tonto. Todo este pasaje del de Miranda está desarrollado con mucho conocimiento del asunto, porque es una descripción puntual de la duda entre el sí y el no de la existencia de una monomanía en ciertas cuestiones prácticas , mayormente en las médico-jurídicas; de las dificultades con que tienen que
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luchar los frenópatas encargados de resolverlas; de la reserva que antes del esclarecimiento del hecho se imponen; de la asiduidad con que menudean las observaciones y exámenes; y del tacto con que los efectúan hasta llegar á la averiguación del caso y al establecimiento del diagnóstico; puesto que, por lo común, es más arduo el de dicha vesania que el de ninguna otra. Preguntóle despue's á don Diego su hijo, don Lorenzo: ¿Quién diremos, señor, que es este caballero que vuesa merced nos ha traído d casa? que el nombre, la figura y el decir que es caballero andante, á mí y d mi madre nos tiene suspensos. A lo que respondió el padre: No sé lo que te diga, hijo; y sólo te sabré decir que le he visto hacer cosas del mayor loco del mundo, y decir rabones tan discretas , que borran y deshacen sus hechos: habíale tú, y torna el pulso d lo que sabe; y, pues eres discreto, ju^ga de su discreción ó tontería lo que más puesto en ra^ón estuviere; aunque para decir verdad, antes le tengo por loco que por cuerdo. Indeciso también estuvo por el pronto don Lorenzo, pues á las primeras palabras que le dirigió el Caballero sobre el cultivo de la poesía, dijo entre sí: hasta ahora no os podré yo juagar por loco; vamos adelante; mas, ya que le oyó afirmarla verdad de que hubo caballeros andantes; querer sacarle á él del error que , con los muchos, tenía de que jamás existieron; y rogar al cielo le diese á entender cuan provechosos y necesarios fueron al mundo en los pasados siglos, y cuan útiles fueran en el suyo, si se usaran; dijo, primero también entre sí: Escapado se nos ha nuestro huésped; pero, con todo eso, él es loco bizarro, y yo sería mentecato no flojo si así no lo creyese ; é inmediatamente á su padre: No le sacarán del borrador de su locura cuantos médicos y buenos escribanos tiene el mundo: él es un entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos. Vivo y gracioso encarecimiento, en su primer extremo, porque, á la verdad, nadie como un escribano para descifrar borra-
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dores de letra procesada; ni borrador con más tachas y apostillas que los de, á su manera, pedimentos, probanzas , alegatos y sentencias de algunos orates en causas propias.
Así el sentido común falló la de Don Quijote en todas las vistas.
Mas como, á pesar de apellidarse común, son muchos los que no le tienen, acaece tal vez que los disparates de un loco suspenden á gentes de poco cacumen, que pasan fácilmente del asombro al asenso, y acaban por irse tras los extravíos del insensato, reputándole por un entendimiento dotado del singular privilegio de conocerlo impenetrable á los demás mortales, ó inaccesible á su alcance; y, por natural consecuencia, la oposición que levantan las pretensiones del orate, el rigor con que acaso se reprimen sus desmanes , y las desgracias que le acarrean, toman las tales gentes por asechanzas y tiros de la envidia ó malevolencia que en almas vulgares y rastreras pocas veces dejan de excitar ajenas cualidades extraordinarias ó una superioridad notoria é indisputable. Esto „ que parece inverosímil, no es sino muy verdadero; y yo podría probarlo con algún ejemplo, en particular con el de un loco que estuvo en mi Manicomio , y se había ganado muchos prosélitos, entre personas incautas , en una cuasi secta por él instituida, y más ó menos clandestinamente instalada : abuso que habría tenido pronto consecuencias gravísimas y sin duda irreparables, de no haberlo cortado á tiempo la autoridad; pero sobre el cual no quiero extenderme, porque daría pie para murmuraciones escandalosas. Por casos como éste dice el adagio, que un loco hace ciento.
Pues bien, doña Rodríguez de Grijalba , la reverenda dueña de la Duquesa, que, á las primeras simplicidades de Sancho, no pudo menos de exclamar: si tan discreto es el amo como el mofo, medradas estamos!; que oyó las lindezas que el escudero, mañosamente solicitado,
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dijo de su señor; que fué testigo de los desatinos de e'ste en las farsas y burlas en que, dándole por su flaco, le metieron los Duques para divertirse; con todo esto, con saber.que todo era pura comedia , en la cual ella misma hacía uno de los últimos papeles ; y con haber visto y tocado que Don Quijote estaba falto de juicio, acudió á e'l , como á caballero andante de veras, entrando , á deshora y por sorpresa, en su aposento , de donde salió donosamente zapateada; y, sin que ni en posaderas propias hubiese escarmentado , volvió despue's á acudir , delante de sus señores, en formal súplica de que deshiciese el tuerto que un rústico indómito había hecho á su hija, esto es, que le obligase á cumplir la palabra que dio de casarse con ella: paso de que se admiraron cuantos conocían á la mal aconsejada mujer , y más los Duques , que, puesto que la tenían por boba y de buena pasta, no por tanto, que viniese á hacer locuras.
En la historia de la de Don Quijote este suceso — sobre el cual nadie, que yo recuerde ahora, ha parado especialmente la consideración — con ser un mero episodio, un hecho sin importancia para el diagnóstico; un rasgo que no haría falta en la pintura de la enfermedad; un dato apenas indirecto; acredita más que otros directos cuan bien conocía Cervantes el corazón humano y sus inexplicables deficiencias, y cómo á la perspicacia del eximio ingenio no se ocultaba el extraño ascendiente que sobre ciertos cuerdos llegan á adquirir acaso algunos locos, por razón de su delirio: hecho raro en extremo, del que, por lo mismo, no parece que pueda tener noticia quien no haya tratado con muchos , ni sido testigo de los engaños , yerros y conflictos á que , en las múltiples contingencias del comercio social , dan origen á veces las extravagancias y despropósitos de aquellos infelices.
Sancho es un acabado modelo de tales incautos. Tiene á Don Quijote por caballero andante hecho y dere-
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cho; sigúele con codicia y esperanza de granjear el gobierno de una ínsula; jactase de no faltarle caletre para desempeñarlo como un gerifalte ; llega á convencerse de que se le han dado; juzga que á su nrujer caerá mejor condesa que reina ;á su hija quiere casar tan altamente , que no la alcancen sino con llamarla señoría; en resolución, vive haciendo cuentas alegres en un mundo fabricado por el delirio de su amo, y de la realidad de este mundo no duda jamás, aunque de la sensatez y cordura de su amo llega á dudar algunas veces. Y este modelo no es sólo de entonces , sino de antes, de después y de todos los tiempos. En los nuestros ¡cuántos Sanchos no echan por esos trigos soñando prometidas ínsulas , encumbramientos y riquezas , que no existen sino en la fantasía de un loco ó en la malicia de un embaidor, á quien los bobalicones sirven y ayudan, sin parar mientes en que, á tuertas ó á derechas, para su amo son siempre las caballerías y ganancias, y para ellos las fatigas y porrazos! Esto, sin hablar de otros Sanchos que hipan tras gobiernos, y, puestos en ellos, no llegarían quizá con mucho al Sancho gobernador de la historia , puesto que acaso tampoco valen ni por asomo lo que el Sancho escudero.
DIAGN. DE LA LOCURA DE DON QUIJOTE.
CAPITULO V.
DIAGNOSTICO DE LA LOCURA DE DON QUIJOTE POR SUS SÍNTOMAS ELEMENTALES.
La locura de Don Quijote era una monomanía de engrandecimiento , caracterizada por un concepto delirante fijo, primario, fundamental ó constitutivo, y otros secundarios, ya fijos, ya fugaces; por ilusiones de la vista , una del tacto y otra del olfato , y alucinaciones del oído, aquéllas y éstas accidentales ; y por una lesión constante de la sensibilidad afectiva en forma de erotomanía. Su modo fué siempre la exaltación del entendimiento, que en ciertas ocasiones provocó hiperbulia. Aunque esencialmente lúcida esta psicopatía, no tuvo en todo su curso un intervalo lúcido, sino dos remisiones, en los espacios de tiempo que el enfermo estuvo quieto en casa, después de sus salidas primera y segunda. Nunca en su mal hubo abulia ni depresión de la inteligencia, incompatibles entrambas con él; ni impulsos insólitos, pues no lo fueron los ímpetus y arremetidas del orate, sino actos determinados por deliberación reflexiva, aunque vesánica, y más ó menos pausada. Tampoco ofreció su frenopatía ningún síntoma somático. Y, puesto que las ideas delirantes predominaban sobre los fenómenos de la sensibilidad externa , y entre aquéllas, había tres, y señaladamente dos, fijas, y estos últimos fueron todos fugaces ó pasajeros, la monomanía de Don Quijote ha de diagnosticarse de intelectual* pero , atento á que de dichas dos ideas fijas la una, aunque secundaria, se confundía y casi identificaba con la primaria, y dio origen á un de-
()2 DIAGNOSTICO DL LA LOCURA
lirio erotomaniaco, en rigor se ha de calificar también de afectiva la vesania.
Su concepto delirante fundamental fué el imaginarse Quijano convertido en caballero andante, sujeto á todas las obligaciones y adornado de todas las prerrogativas á la profesión de tal anejas. De esta idea falsa fueron sucesivamente derivándose las demás. — La media celada que el Hidalgo hizo de cartones con barras de hierro por de dentro, la diputó y tuvo por cela" da finísima de encaje; — parecióle que con su rocín, que tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, no se igualaban ni el Bucéfalo de Alejandro, ni Babieca el del Cid , de suerte que al ventero andaluz dijo que era la mejor pie^a que comía pan en el mundo; — la señora vizcaína que iba en un coche á Sevilla , y los dos frailes de la orden de San Benito, que cerca, aunque no en su compañía, cabalgaban, fueron para él una princesa y dos encantadores, gente endiablada y descomunal, que la llevaban hurtada; — de la hija del ventero, Juan Palomeque el Zurdo, figurándose que lo era del señor del castillo , ya que en castillo su delirio hubo transformado la venta , creyó' que, vencida de su gentileza , se había enamorado del, y prometido que aquella noche, á furto de sus padres r vendría á yacer con él una buena pie^a; — la litera en que era conducido el cuerpo muerto, y los sacerdotes que lo acompañaban, tomó por andas en que yacía un mal ferido ó muerto caballero , y á los otros también por caballeros que habían hecho, ó á quienes se había hecho algún desaguisado; — el agujero del pajar por el cual le llamó la misma hija del ventero, á él le pareció ventana ( como de rico castillo ), y aun con rejas dorabas.— En suma , para citar todos los conceptos delirantes de Don Quijote, habría que leer hoja á hoja su historia, porque tenía d todas horas y momentos llena la fantasía de aquellas batallas, encantamentos, sucesos, desatinos, amores, desafíos, que en los libros
DE DON QUJJOTE. 93
/ de caballerías se cuentan, y todo cuanto hablaba, pen-
\ saba ó hacía era encaminado á cosas semejantes.
y<" Dichos conceptos fueron fugaces , pues se originaron
(de los acaecimientos, y con ellos desaparecieron.
^ Dos, sin embargo, tuvo, aunque secundarios, tan
fijos como el fundamental : el amor á Dulcinea, y las
promesas á Sanche^"
A éste decía que se dispusiese á ir con él de buena gana, porque tal ve% le podía suceder aventura que ganase en quítame allá esas pajas alguna ínsula, y le dejase d él por gobernador della; y apenas habían salido los dos á campaña , cuando añadió que fué costumbre de los caballeros andantes antiguos hacer á sus escuderos gobernadores de las ínsulas ó reinos que ganaban , aunque eso después de largo tiempo que los tenían á su servicio ; pero si tú vives y yo vivo, bien podría ser que antes de seis días ganase yo tal reino que tuviese otros á él adherentes , que viniesen de molde para coronarte por rey de uno dellos, Y no lo tengas á milagro; que cosas y casos acontecen d los tales caballeros, por modos tan nunca vistos ni pensados, que con facilidad te podría dar aún más de lo que te prometo. Ya se sabe cuántas veces le repitió semejantes ofrecimientos.
Al amor del Caballero, con ser un sujeto casi tan principal como la idea constitutiva de su vesania , he reservado el último lugar, entre los de su orden , porque hay que considerarlo en tres aspectos distintos; á saber, de concepto delirante; de materia de la erotomanía; y de objeto sobre el cual , á veces más que sobre otros, se explayó y subió de punto la jactancia monomaniaca.
Ahora sólo me toca hablar del primero. Abundan los textos con que puede probarse que el amor á Pul-, ciner y la misma Dulcinea fueron puras ideas delirantes. La de hacerse caballero y la de enamorarse asalmente de Don Quijote, y"~en ella
DIAGNOSTICO DE LA LOCURA
ion.^
coexistieron constantemente , con íntima conexión ó, mejor, con tanta dependencia de la primera la segunda, cuanta es la subordinación del complemento á la cosa que de él, sin embargo, vecibe perfección ó colmo.— Soltó Vivaldo la especie de que no todos los caballeros eran enamorados; mas recogióla prestamente el Hidalgo replicando : eso no puede ser; digoque no puede ser que haya caballero andante sin dama , porque tan propio y tan natural les es dios tales ser enamorados , como al cielo tener estrellas; y d buen seguro que no se haya visto historia donde se halle caballero andante sin amores ; y por el mesmo caso que estuviese sin ellos , no sería tenido por 'legítimo caballero, sino por bastardo, y que entró en la fortaleza de " la caballería dicha, no por la puerta, sino por las bar- ;i das, como salteador y ladrón. — Si alguna duda dejare '( este pasaje, la desvanecerán del todo otros dos, por los cuales se ve claro que el amor de Don Quijote era exclusivamente subjetivo. En Sierra Morena, á punto de despedir á Sancho con la carta de amores , y tratando en lo de su traslado, le dijo : jv hará poco al caso que vaya de mano ajena, porque, á lo que yo me sé acordar, Dulcinea no sabe escribir ni leer, y en toda su vida ha visto letra mía ni carta mía , porque mis amores y los suyos han sido siempre platónicos, sin extenderse á más que á un honesto mirar, y aun esto tan de cuando en cuando, que osaré jurar con verdad que en doce años que hd que la quiero más que á la lumbre destos ojos, que ha j de comer la tierra, no la he visto cuatro veces, y aun podrá ser que destas cuatro veces no hubiese ella echado de verla una que la miraba. Y, sin embargo, para que se en. tienda á cuánto se extendía su delirio , recue'rdese que, al explicarle Sancho el mentido resultado de la mandadería con que pareció haber ido de Sierra Morena al Toboso, dijo que, al llegar á Dulcinea, no sintió el olor sabeo ni la fragancia aromática que presumía su amo, sino un olorcillo algo hombruno; á lo que instantáneamente'
DE DON QUIJOTE. g$
>*puso Don Quijote. No sería eso, sino que tú debías re estar romadizado, ó te debiste de oler á ti mismo; orque yo sé bien á lo que huele aquella rosa entre esinas, aquel lirio del. ampo , aquel ámbar desleído. Cómo podía saberlo no habiendo visto á Aldonza Lo-
enzo sino á tanta distancia, gne p))a ni nrm Yezocaso
dvirtió~que la miraba? — La Duquesa, en su particu ir coloquio con él, reñrie'ndose á la historia, ya pulicada, púsole el reparo, que della se colige, si mal
0 me acuerdo, que nunca vuesa merced ha visto á la eñora Dulcinea, y que esta tal señora no es en el mun- 'o, sino que es dama fantástica; que vuesa mercedla en-
endró y parió en su entendimiento, y la pintó con to- 'as aquellas gracias y perfecciones que quiso. A lo ual respondió Don Quijote: En eso hay mucho que 'ecir. Dios sabe si hay Dulcinea ó no en el mundo; ó i es fantástica ó no es fantástica; y éstas no son de las osas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo. \Tiyo engendré ni parí á mi señora, puesto que la con- ?mplo cómo conviene que sea : una dama que contenga n sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las 'el mundo, como son: hermosa sin tacha, grave sin oberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cor- ?s, cortés por bien criada, y, finalmente, alta por liaje, á causa que sobre la buena sangre resplandece y ampea la hermosura con más grados de perfección ue en las hermosas humildemente nacidas — E\ ser ara el mismo Caballero tan incierta la existencia real e su dama no obstó á que, en otra ocasión, repreniendo acerbamente á Sancho, le dijese: Pues no lo penáis, bellaco descomulgado/ que sin duda lo estás, ues has puesto lengua en la sin par Dulcinea. Y ¿no ibéis vos, gañán, faquín, belitre, que si no fuese por
1 valor que ella infunde en mi bra^o, que no le tendría o para matar una pulga? Decid, socarrón de lengua iperina , y ¿ quién pensáis que ha ganado este reino,
cortado la cabera á este gigante, y héchoos á vos
Cj6 DIAGNOSTICO DE LA LOCURA
marqués (que todo esto doy ya por hecho y por cosa pasada en cosa juagada), si no es el valor de Dulcinea, tomando á mi bra\o por instrumento de sus hazañas? Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella y y tengo vida y ser. Pues bien, ¿hay descripción más acabada de un concepto delirante, con los caracteres "propíos de la aberración atectiva á que el mismo dio nacimiento y pábulo; ni expresión más exacta del predominio que alcanza la idea falsa sobre las verdaderas, y, casi podría decirse, de la identidad que entre la una y las otras llega á establecerse r
Como el intelecto enfermo se gobierna por una lógica cuyos procedimientos son iguales á los de la que dirige al sano, de una idea falsa salen otras, á modo de legítimas y necesarias consecuencias. El delirio del amor encendió el delirio de plañir desdenes; y, aunque no con estos precisos términos, bien lo declaró Cervantes en la conclusión que puso al soliloquio que hizo Don Quijote apenas hubo salido de su casa, con- * tando que luego volvía diciendo , como si verdaderamente fuera enamorado: «¡Oh princesa Dulcinea, señora deste cautivo corazón! mucho agravio me habedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Plegaos^ señora, de membr aros deste vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor padece, i Aquí y en todas las partes de la novela el doble concepto delirante del amor y de Dulcinea, en lo esencial y lo accesorio, en su móvil y sus resultados, está tan bien desenvuelto y sostenido , como el primario de la profesión de caballero andante.
Nó; caballero no lo era más Don Quijote que enamorado; ni Dulcinea era una mujer sino como Don Quijote un caballero andante y un enamorado. Pura subjetividad la caballería, el amor y la dama : ideas que tuvieron un mismo origen, y ninguna realidad sino la que les dio la fantástica inventiva del celebro enfermo
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de Quijano. Son como un trípode en que está sentada la locura para responder á todas las cuestiones que le propongan los curiosos.
A los disparates de las historias caballerescas sabían todas las ilusiones y alucinaciones del Hidalgo.
La venta del andaluz parecióle un castillo con sus cuatro torres y chapiteles de luciente plata, sin faltarle su puente levadiza y honda cava; las dos mujeres del partido, que á su puerta estaban, hermosas doncellas ó graciosas damas ; el porquero, que , para recoger su manada, tocó un cuerno, algún enano que hacía señal de la venida del Caballero; los molinos de viento, desaforados gigantes; los dos rebaños de ovejas y carneros, ejércitos, con su emperador el uno y su rey el otro, adalides y paladines, que iban á reñir batalla ; y la vulgar bacía de azófar de un barbero lugareño, el áureo encantado yelmo de Mambrino.^J odas éstas fueron ilusiones déla vista ; mas túvolas también del tacto y del olfato. Cuando en el oscuro camaranchón de la venta de Palomeque la mal comprometida Maritornes, andando en sus cosas, topó con los brazos de Don Quijote, á éste, que, asiéndola fuertemente, la tiró hacia sí, pareció ser de finísimo y delgado cendal la camisa de arpillera de la asturiana; unas cuentas de vidrio, que ella traía en las muñecas, preciosas perlas orientales; los cabellos , que en alguna manera tiraban á crines, hebras de lucidísimo oro de Arabia, cuyo resplandor al del mismo sol escurecía; y el aliento, que sin duda alguna olía . á ensalada fiambre y trasnochada, olor suave y arot, mático; siendo tanta la perversión sensoria del pobre Hidalgo, que el tacto, ni el aliento, ni otras cosas que traía en sí la buena doncella , no le desengañaban ; las cuales pudieran hacer vomitar á otro que no fuera arriero; antes le parecía que tenía entre sus bracos d la diosa de la hermosura.
Alucinaciones padeció pocas, con relación á las ilusiones, y fueron principalmente del oído, aunque algunas
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de la vista y una del tacto ; si bien estas últimas mejor se llamarían conceptos delirantes. — Sepa, señor Métese Nicolás, decía la Sobrina , que muchas veces le aconteció d mi señor tío estarse leyendo en estos desalmados libros de desventuras dos días con sus noches ; al cabo de los cuales arrojaba el libro de las manos y ponía mano á la espada,- y andaba á cuchilladas con las paredes ; y, cuando estaba muy cansado, decía que había muerto á cuatro gigantes como cuatro torres; y el- sudor que sudaba del cansancio, decía que era sangre de las feridas que había recebido en la batalla; y bebíase luego un gran jarro de agua fría, y quedaba sano y sosegado, diciendo que aquella agua era una preciosísima bebida que le había traído el sabio Esquife, un grande encantador y amigo suyo. Esto de la bebida es un concepto delirante. A menudo los orates los mezclan, en susrazonamientos, con las alucinaciones. — Mientras hacían 'el Cura y el Barbero, con la Sobrina y el Ama , él escrutinio de la librería , oyeron que Don Quijote gritaba en su aposento: ¡aquí, aquí, valerosos caballeros ! j aquí es menester mostrar la fuerza de vuestros valerosos bracos ; que los cortesanos llevan lo mejor del torneo! Llegaron á él cuando ya se había levantado de la cama, y proseguía en sus voces y desatinos , dando cuchilladas y reveses á todas partes, estando tan despierto como si nunca hubiera dormido (pocas palabras que valen por muchas para poner claramente en su punto el concepto de la verdadera alucinación); y, después devolverle al lecho, aquietóle el Cura con buenas razones, y diciéndole parecerle que debía de estar demasiadamente cansado, si ya no era que estaba mal ferido. Ferido nór contestó el Hidalgo, pero molido y quebrantado no hay duda en ello, porque aquel bastardo de don Roldan me ha molido á palos con el tronco de una encina. — Las palabras que entre Sancho y Don Quijote mediaron con motivo de la descripción de los dos ejércitos que estaban á punto de venir á las manos, son un modelo de fide-
DE DON QUIJOTE. 99
lidad en expresar una alucinación del oído, la incredulidad razonada del que oye referir esta sensación falsa, la confirmación del que la padece, y su creencia de que el otro no la percibe por embargamiento del sentido: fenómeno genuinamente frenopático. Señor, encomiendo al diablo si hombre, ni gigante, ni caballero de cuantos vuestra merced dice , parece por todo esto; d lo menos yo no los veo; qui^d todo debe ser encantamento, como las fantasmas de anoche. — ¿ Cómo dices eso! ¿No oyes el relinchar de los caballos, el tocar de los clarines, el ruido de los atambores? — No oigo otra cosa sino muchos balidos de ovejas y carneros. — El miedo que tienes te hace, Sancho, que ni veas ni oyas á derechas, porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son. \ Hallado os lo habéis el medroso! , pudiera replicarle Sancho; montas, que vuesa merced ha trocado linda- § mente los frenos: aquí no hay miedo mío, ni pizca, sino locura de vuesa merced , con perdón sea dicho, porque uno de los efectos de la locura es turbar los sentidos y hacer que las cosas parezcan lo que no son , ó que no se vean ni se oyan á derechas.
En el primer período de la locura de Don Quijote ocurrió otro fenómeno extraño, pero no raro, que los alienistas tienen por de ilusión de la vista, y yo lo califico también así , aunque me parece que alguna vez más se asemeja á idea delirante: quiero hablar del que técnicamente se llama trueco de personalidad, ya de la propia, ya de la ajena, y es síntoma grave. Estando tendido en el campo el Andante, después de apaleado por los mozos de muías, sintióse convertido en Baldovinos; y, cuando iba sobre el jumento en que le puso el labrador Alonso, se transformó en el abencerraje cautivo Abindarráez. — Tras la batalla de alucinación , citada poco há, dijo al Curador cierto,., que es gran mengua de los que nos llamamos doce Pares, dejar tan sin más ni más llevar la vitoria deste torneo á los
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caballeros cortesanos, habiendo nosotros ¡os aventureros ganado el pre? en los tres días antecedentes; — y, por haberle molido Roldan, añadió vengativo: mas no me llamaría yo Reinaldos de Montalbán si , en levantándome deste lecho, no me lo pagare , á pesar de todos sus encantamentos. — En estos casos trocó el Caballero su personalidad, y también la ajena, pues, cuando se imaginó ser Baldovinos, tuvo por su tío, el Marqués de Mantua , á Alonso ; y, al transmutarse en el nombrado abencerraje, convirtió al mismo labrador en don Rodrigo de Narváez, el conocido alcaide de Antequera: al Cura, en el suceso mencionado, llamó señor arzobispo Turpín. En solos dos lances, siete truecos: cuatro de sí mismo, dos del labrador y uno del Cura.
Al modo que la mayor parte de los conceptos delirantes que tuvo Don Quijote, todas sus ilusiones y alucinaciones fueron momentáneas o fugaces, excitadaspor los "sucesos y conformes con ellos; después de los cuales, quedáronle impresas en la memoria comcT'sensacjjQn e s "pasadas, desvanecidas, sin virtualidad: hecho que singulariza su locura, y verdaderamente ofrece ocasión para algún reparo que, por no ser de este lugar, me limito ahora á insinuarlo.
Recordando lo que dejo escrito en otra parte acerca de la erotomanía, y leyendo todos los pasajes en que Don Quijote trata de su amor, se echará de ver cuan bien se ajustan los caracteres de esta pasión á la nosología de aquel delirio afectivo. Con tanta exactitud en lo técnico como laconismo en las palabras lo declaró á la Duquesa: yo soy enamorado , no más de porque es forzoso que los caballeros andantes lo sean; y, siéndolo, no soy de los enamorados viciosos , sino de los. platónicos continentes ; y ni una sola vez pudo decirse que su afecto se ladease levemente al apetito , ni pareciese en manera alguna descender un punto de la alta región del más puro y poético idealismo. Día de mi noche, llama á Dulcinea, gloria de mi pena, norte de mis cq-
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minos , estrella de mi ventura , y dice que merece ser señora de todo el universo; añadiendo luego: porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan á amar , más que otras , que son la mucha hermosura y la buena fama; y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea , porque en ser hermosa ninguna le iguala, y en la buena fama pocas le llegan; y, para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así , sin que sobre ni falte nada; y pintóla en mi imaginación cómo la deseo , así en la belleza como en la principalidad; y ni le llega Elena, ni la alcanza Lucrecia, ni otra alguna de las famosas mujeres de las edades pretéritas griega , bárbara ó latina; y diga cada uno lo que quisiere: razonamiento que, además , viene á corroborar plenamente que la dama es un concepto delirante. — En otra ocasión dijo á la Duquesa: Dulcinea es principal y bien nacida ,y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos. A buen seguro que no le cabe poca suerte á la sin par Dulcinea , por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos , como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama. ¡Qué mucho si en más alto lugar la puso momentos antes! Rogóle socarronamente la Duquesa que le delinease y describiese la hermosura y facciones de Dulcinea; que , según lo que la fama pregonaba de su belleza, tenía por entendido que debía de ser la más bella criatura del orbe, y aun de toda la Mancha. Un suspiro de Don Quijote fué el preludio del siguiente como cántico de amor, en que está pintada con admirable destreza la influencia recíproca del concepto delirante y la turbada sensibilidad moral. Si yo pudiera sacar mi corazón , y ponerle ante los ojos de vuestra grandeva aquí sobre esta mesa y en un plato , quitara el trabajo á mi lengua de decir loque apenas se puede pensar, porque vuestra excelencia la viera en él toda retratada ; pero ¿para qué es ponerme yo ahora á
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delinear y describir punto por punto y parte por parte la hermosura de la sin par Dulcinea, siendo carga digna de otros hombros que de los míos, empresa en quien se debían ocupar los pinceles de Parrasio, de Timantes y de Apeles, y los buriles de Lisipo para pintarla y grabarla en tablas , en mármoles y en bronces , y la retórica ciceroniana y demostina para alabarla?
Dos obligaciones imponía necesariamente al Caballero su pasión erotomaniaca: defender á todo trance y contra quienquiera que fuese las altas prendas de su señora; y huir de toda ocasión en que pudiera padecer menoscabo el afecto que le tenía, ó ponerse á riesgo la fidelidad que le guardaba. Todo el mundo se tenga, gritó á los mercaderes toledanos, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la Emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso; y, cuando se avinieron á decirlo, como se les pedía, si veían siquiera un retratito de ella, aunque mostrase ser tuerta de un ojo, y manarle del otro bermellón y piedra azufre, no le mana, canalla infame, replicó encendido en cólera, no le mana, digo, eso que decís, sino ámbar y algalia entre algodones; y no es tuerta ni corcovada , sino más derecha que un huso de Guadarrama; pero vosotros pagaréis la grande blasfemia que habéis dicho contra tamaña beldad, como es la de mi señora. — Viendo la Duquesa cuan melancólico estaba Don Quijote por la ausencia de Sancho, ofreció que le servirían cuatro doncellas de las suyas, hermosas como unas flores. Para mí, respondió el Andante, no serán ellas como flores , sino como espinas , que me puncen el alma. Así entrarán ellas en mi aposento , ni cosa que lo parezca, como volar. — El eco debía de repetir aún los últimos acentos del cantar de la bien crecida y mal lograda Altisidora , y ya el Caballero, dando un gran suspiro, exclamaba: ¡Que tenga de ser tan corta de ventura la sin par Dulcinea del Toboso , que no la han de dejar á solas go%ar de la incomparable fir-
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me\a mía! ¿Qué la queréis , reinas? ¿A qué la perseguís, emperatrices? ¿Para qué la acosáis, doncellas de catorce á quince años? Dejad , dejad á la miserable que triunfe, se goce y ufane con la suerte que amor quiso darle en rendirle mi corazón y entregarle mi alma. Mirad, caterva enamorada , que para sola Dulcinea soy de masa y de alfeñique, y para todas las demás soy de pedernal; para ella soy miel, y para vosotras acíbar. Para mí , sola Dulcinea es la hermosa, la discreta, la honesta, la gallarda y la bien nacida; y las demás , las feas, las necias, las livianas y las de peor linaje. Para ser yo suyo ,y no de otra alguna, me arrojó la naturaleza al mundo que yo tengo de ser de Dulcinea, cocido ó asado, limpio, bien criado y honesto, á pesar de todas las potestades hechiceras de la tierra.
A estos síntomas elementales de la monomanía de Don Quijote comunicaba mayor energía y viveza el síntoma general propio de dicha especie vesánica, ó sea la exaltación de las facultades intelectuales y afectivas , que frecuentemente llegó á un grado tal , que habría tenido resultados deplorables, á no mediarla cordura, benevolencia, conmiseración ó instinto práctico de las personas que en los sucesos intervinieron.
Comenzó la hiperfrenia del Hidalgo por aquel estado de expansión, iniciativo de ciertas enfermedades mentales, dicho, con nunca bastante encarecida propiedad, alegría loca; de la cual fueron claras muestras el aparejamiento de las armas, y la imposición de nombres á sí mismo , á la dama y al rocín ; pero más inequívocas aún los lacónicos razonamientos con que expresó las gratas esperanzas que en su determinación fundaba, y que delante de los ojos le ponían un mundo de bienandanza y gloria. Imaginábase el pobre, escribe su cronista , ya coronado , por el valor de su bra\o , por lo menos del imperio de Trapisonda. Y él se decía: Si yo, por malos de mis pecados ó por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordi-
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nario les acontece á los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, ó le parto por mitad del cuerpo, o, finalmente, le ven^o y le rindo, ¿ no será bien tener a quién enviarle presentado , y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con vo\ humilde, rendido: ¡ Yof señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, á quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero Don
Quijote de la Mancha ? — El verse ya fuera de su casa,
armado, montado y puesto en el camino de las aventuras era forzoso que acrecentase más y más el delirio alegre. Así iba, pues, hablando consigo mismo: ¿Quién duda sino que en los venideros tiempos , cuando salga á lu% la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue á contar esta mi primera salida tan de mañana, desta manera? Apenas había el rubicundo Apolo tendido
cuando el famoso caballero Don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas , subió sobre su famoso caballo Rocinante , y comentó á caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel. ¡Dichosa edad, y siglo dichoso aquél, adonde saldrán á lu% las famosas hazañas mías , dignas de entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas , para memoria en lo futuro !
El carácter distintivo de la exaltación^ del Caballero fué un sentimiento constante de superioridad enlojnoral y en lo físico , y , como consecuencias inrnediatas , '^infaHbilidad'déTTulcl^jla exageración del amor propio; y, como resultados necesarios de esta excelencia general y absoluta , la jactancia, la arrogancia , la temeridad , y, en ciertas ocasiones, la insolencia y el ánimo agresivo, naturales movimientos de la hiperbulia; todo manifestación bien terminante y evidente de la disposición afirmativa del espíritu , peculiar de la monomanía; y todo, por lo mismo, enteramente conforme con la experiencia clínica.
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;_Quiérense ejemplos de cuan arraigado estaba en las convicciones delirantes de Don Quijote el sentimiento ~cte~superioridad_personal? Por cierto que ellos, y aun todos los de su exaltación psíquica son de los pasajes más graciosos de la novela ,- con ser tantos los que se leen en ésta , sin duda la más regocijada inspiración de la Musa del chiste.— El gran suspiro que al Caballero arrancó el canto de Altisidora fué como un preludio de esta elegiaca exclamación : ¡que tengo de ser tan desdichado andante , que no ha de haber doncella que me mire, que de mí no se enamore! — Molido y quebrantado iba por la tempestad de palos que sobre él cayó, en su encuentro con los mercaderes toledanos, tanto que apenas podía tenerse sobre el borrico de Pedro Alonso , y daba unos suspiros que los ponía en el cielo; mas, con hallarse en situación tan lastimera, á la desatinada arenga que espetó á su vecino puso fin con estos nuevos y arrogantes disparates: Sepa vuestra merced , señor don Rodrigo de Narváe% , que esta hermosa Jarifa , que he dicho , es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he hecho, hago y haré los más famosos hechos de caballerías que se han visto, vean * mi verán en el mundo. Y replicando Alonso: Mire vuestra merced, señor, ¡pecador de mí!, que yo no soy don Rodrigo de Narváe^ ni el Marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra merced es Baldovinos ni Abindarráeq , sino el honrado hidalgo del señor Qiiijano; respondió éste: Yo sé quién soy, y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los doce Pares de Francia , y aun todos los nueve de la Fama,
* Aquí me aparto del texto de la edición de Hartzenbusch, que pone ven, y sigo el de las demás, que dicen vean, convencido por las razones que, á favor de esta última lección, alega don Juan Calderón en su inestimable opúsculo: Cervantes vindicado en ciento y quince pasajes del texto del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, que no han entendido, ó que han entendido mal, algunos de sus comentadores ó críticos; Madrid, 1854, págs. 17-19,
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pues á todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron , se aventajarán las mías. — Después de la batalla con el vizcaíno, preguntó á Sancho: Pero dime por tu vida: ¿has tú visto más valeroso caballero que yo en todo lo descubierto de la tierra? ¿has leído en historias otro que tenga ni haya tenido más brío en acometer, más aliento en el perseverar, más destreja en el herir, ni más maña en el derribar? — Al llegar adonde estaba midiendo el suelo Rocinante, apaleado por los yangüeses, manifestó á Sancho que bien podía ayudarle contra aquéllos á tomar la debida venganza de tal agravio, pues no eran caballeros, sino gente soez y de baja ralea; pero el mozo, que, distando mucho de tener los humos del Andante, solía ajustar el valor á la medida de la prudencia, hízole una observación que cerraba la puerta á toda réplica : ¿ Qué diablos de venganza hemos de tomar, si éstos son más de veinte , y nosotros no más de dos , y aun qui^á no somos sino uno y medio? Tú, que tal dijiste. ; Yo valgo por ciento! repuso Don Quijote; y sin hacer más discursos, echó mano á la espada, y arremetió á los yangüeses, y lo mismo hizo el escudero. El éxito de esta bravata fué el que había de ser: quedar señor y criado tendidos en el suelo, á vueltas de una paliza que les enseñó con qué furia machacan estacas puestas en manos rústicas y enojadas. Lucha, no la hubo en realidad, porque los villanos, al segundo toque, dieron con Don Quijote y Sancho en tierra; y tal fué el molimiento del pobre .Andante, que á duras penas pudo llegar después á la venta, atasajado sobre el asno. Con todo eso, echóse á sí mismo la culpa de su desgracia, por haber puesto mano á la espada contra hombres que no eran armados caballeros; y así, recomendó á Sancho que, en lo sucesivo, cuando semejante canalla les hiciese algún agravio, no aguardase á que él los acometiese, sino que los castigase á su sabor; que si en ayuda y defensa de los follones acudiesen caballeros, ya entonces sabría defen-
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derle y ofenderlos; concluyendo con decirle: que ya habrás visto por mil señales y experiencias hasta adonde se extiende el valor de este -mi fuerte bra^o. — Mientras hacía la guarda de la venta, castillo, en su concepto, Maritornes, acompañada de la hija del ventero, (queriendo entrambas jugarle una mala treta, que, en verdad, vino á ser harto cruel) pidióle la mano por el agujero del pajar, y, al dársela con imprudente confianza Don Quijote, le dijo: Tomad, señora, esa mano, ó, por mejor decir, ese verdugo de los malhechores del mundo; tomad esa mano, digo, d quien no ha tocado otra de mujer alguna, ni aun la de aquélla que tiene entera posesión de todo mi cuerpo. No os la doy para que la beséis, sino para que miréis la contextura de sus nervios , la trabazón de sus músculos , la anchura y espaciosidad de sus venas , de donde sacaréis qué tal debe de ser la fuerza del braqo que tal mano tiene. — Nada extraño, pues, que momentos antes, imaginándose que la hija del ventero le requería de amores, la hubiese desengañado con palabras que, á vueltas del comedimiento, descubrían la más estrambótica arrogancia : y si del amor que me tenéis halláis en mí otra cosa con que satisfaceros que el mismo amor no sea, pedídmela ; que yo os juro por aquella ausente enemiga dulce mía, de dárosla en continente, si bien me pidiésedes una guedeja de los cabellos de Medusa, que eran todos culebras, ó ya los mesmos rayos del sol, encerrados en una redoma. — En medio de su aporreamiento con Eugenio, alborotóse de oir el son de una trompeta triste, anuncio de extraña aventura, y, por acudir á ella, aunque estaba debajo del cabrero , muy contra su voluntad y más que medianamente molido , le dijo: Hermano demonio (que no es posible que dejes de serlo , pues has tenido valor y fuerzas para sujetar las mías), ruégote que hagamos treguas no más de por una hora. — Estaba batallando .con el gato que, habie'ndole saltado al rostro, le tenía
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asidas las narices con las uñas y los dientes, en la tanindigna como peligrosa burla que se le hizo tras su conferencia con doña Rodríguez, cuando á los grandes gritos que le arrancaba el dolor acudiendo el Duque, quiso despartir la desigual pelea y desarraigarle la enfurecida bestia ; mas el Caballero dijo á voces : No me le quite nadie ; déjenme mano á mano con este demonio , con este hechicero, con este encantador; que yo le daré á entender, de mí d él, quién es Don Quijote de la Mancha. — Nada, sin embargo, llega al hiperbólico encomio que, con ir metido en una jaula y maniatado, hace de sí mismo al Canónigo: Caballero andante soy, y no de aquéllos de cuyos nombres jamás la fama se acordó para eternizarlos en su memoria, sino de aquéllos que, á despecho y pesar de la mesma envidia y de cuantos magos crió Persia, bracmanes la India, ginosojistas la Etiopia, ha de poner su nombre en el templo de la inmortalidad , para que sirva de ejemplo y dechado en los venideros siglos, donde los caballeros andantes vean los pasos que han de seguir, si quisieren llegar á la cumbre y altera honrosa de las armas.
Los arranques de valor de Don Quijote cuéntanse por los sucesos y trabajos que sobre él llovieron; en algunos de los cuales sobrepujó á los héroes de nuestras leyendas caballerescas, y en los más su arrojo fué el ímpetu de la temeridad desatentada , ciega, instintiva del arrebatamiento hiperfrénico. — ¿Quién hubiera arremetído solo á treinta y tantos desaforados gigantes, que movían másbrazos que"el Bnareojj— • ¿"^uierTtañ bizarro hubiera enristrado la lanza y entrádose por medio del escuadrón del grande emperador Alifanfarón, señor de la Trapobana, en auxilio del rey de los Garamantas , Pentapolín del arremangado brazo? — ¿A quién no hiciera temblar de espanto y horror, en noche oscura y sitio solitario, el misterioso estruendo de los batanes, con su crujir de hierros y cadenas, y el
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ruido de aguas que se despeñaban como un torrente? — ¿Y la aventura de los leones? ¿Leoncitos á mí? dijo sonrie'ndose, ¿á mí leoncitos , y á tales horas? ; pues, por Dios, que han de ver esos señores que acá los envían, si soy yo hombre que se espanta de leones. A dicha, uno de los animalejos sacó la cabeza fuera de la jaula, miró á todas partes, volvió irreverente las espaldas á Don Quijote, y se echó de nuevo, casi humildosoy coleando, como el del conocido romance. Ésta fué, á no dudarlo, la aventura en que llegó á más alto punto la hiperbulia del Andante : sobreexitación extraordinaria de la voluntad, que no lograron aplacar las reflexiones de don Diego, los ruegos ni protestas del leonero, las súplicas ni el llanto de Sancho; todos encaminados á hacerle desistir de lidiar con los dos más fieros leones que en tiempo alguno criaron las africanas selvas. — Acabada la pendencia con el vizcaíno, como el escudero se mostrase temeroso de que les prendiese la Santa Hermandad, que tenía que ver con los que peleaban en el campo; pues no tengas pena, amigo, replicó Don Quijote; que yo te sacaré de las manos de los caldeos, cuanto más de las de la Hermandad. — Vínosele á Sancho á los labios, que de la memoria no se le iba nunca, la de su manteamiento; y, afeándoselo Don Quijote , díjole que, bien apurada la cosa, fué burla y pasatiempo; que, á no entenderlo yo así, ya yo hubiera vuelto allá, y hubiera hecho en tu venganza más daño .que el que hicieron los griegos por la robada Elena. — Todavía más temeroso estaba el escudero que después de la batalla del vizcaíno, con la disparatada suelta de los galeotes, y, pareciéndole que ya las saetas de los ministriles de la Hermandad le zumbaban por los oídos, recabó de su amo que se apartasen del peligro de la persecución, pero no sin que el Caballero protestara su valor con vehementes razones, á las que dio fin con estas palabras : y no me repliques más, que en sólo pensar que me aparto y retiro de algún peligro, especial-
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mente deste, que parece que lleva algún es no es de sombra de miedo, estoy ya para quedarme y para aguardar aquí solo, no solamente á la Santa Hermandad , que dices que temes , sino á los hermanos de ios doce tribus de Israel, y á los siete Macabeos, y á Castor y Pólux, y aun á todos los hermanos y hermandades que hay en el mundo. — Y ¡ cómo dio vado á su enojo y cólera cuando en la venta de Palomeque, á vueltas de los dramáticos sucesos y peripecias de que ella fué teatro, los cuadrilleros intentaron ejecutar el mandamiento que traían de prenderle por salteador de caminos! Venid acá, gente soef y mal nacida, ¿saltear de caminos llamáis al dar libertad á los encadenados, soltar los presos, acorrer á los miserables , alfar los caídos, remediar los menesterosos!.... Venid acá, ladrones en cuadrilla, que no cuadrilleros ; salteadores de caminos con licencia de la Santa Hermandad : decidme, ¿quién fué el ignorante que firmó mandamiento de prisión contra un tal caballero como yo soy?.... Y, finalmente , ¿qué caballero andante ha habido, hay ni habrá en el mundo, que no tenga bríos para dar él solo cuatrocientos palos á cuatrocientos cuadrilleros que se le pongan delante l — Topáronse amo y mozo con la bojiganga de Ángulo el Malo, que iba á hacer en un lugar cercano el auto de Las Cortes de la Muerte; y lo que amenazaba ser una aventura peligrosa habría terminado en paz de Dios, si el farandulero diablo, que demasiadamente bien hizo á la sazón el diablo añascándolo todo, no hubiese sacudido con las vejigas al jumento, que, espantado, echó á volar más que correr por el campo. Llegó el escudero adonde estaba caído y maltrecho Don Quijote, y, después de ayudarle á subir sobre Rocinante, pasaron entre los dos estas razones. — Señor, el diablo se ha llevado al Rucio. — ¿ Qué diablo ? — El de las vejigas. — Pues yo le cobraré, si bien se encerrase con él en los más hondos y escuros calabobos del infierno.... — No hay para qué hacer esa diligencia, señor; vuesa mer-
DE DON QUIJOTE. III
ced temple su cólera; que, según me parece, ya el diablo ha dejado el Rucio, y vuelve á la querencia. — Con todo eso, será bien castigar el descomedimiento de aquel demonio en alguno de los de la carreta , aunque sea el mesmo emperador. — Quítesele d vuesa merced eso de la imaginación , y tome mi consejo^ que es que nunca se tome con farsantes, que es gente favorecida. — Pues, con todo, no se me ha de ir el demonio farsante alabando, aunque le favorezca todo el género humano.
No son menester más síntomas para asentar con toda fijeza el diagnóstico de la monomanía de Don Quijote. Así lo entenderán tambie'n, con un modo muy adecuado de comparación ó encarecimiento, las personas no instruidas en materias me'dico-psicológicas, pero sí peritas en las literarias; esto es, asegurándoles que tanta verdad clínica hay en la descripción implícita de la susodicha locura, como gracia en el relato de los hechos que inmortalizaron al generoso Hidalgo, y fueron las manifestaciones genuinas y necesarias de su padecimiento.
i 12 REALIDAD OBJETIVA DE LAS 1LUS. Y ALUC.
CAPITULO VI..
REALIDAD OBJETIVA, PARA EL LOCO, DE SUS ILUSIONES Y ALUCINACIONES.
En los repetidos altercados á que dio origen la bacía del barbero lugareño , está descrito, como á vuela pluma, pero con viveza y gracejo inimitables, un fenómeno muy digno de la consideración del filósofo , y es la realidad objetiva, cierta, indubitable, para el loco, de sus ilusiones , y, por tanto , de sus alucinaciones , puesto que á un mismo orden pertenecen entrambos síntomas. Para aquella ilusionaría de mi Manicomio, que tiene por hombres á las demás reclusas, tan hombres son como el padre que la engendró, y quizá sólo por creerlo así las considera y gusta de alternar con ellas; y no la sacan del inconcebible engaño, no diré' argumentos que haría cualquier niño de la doctrina , pero ni su misma vista , ni su tacto , ni su oído , ni tantas cosas con que las mujeres saben mostrar que lo son. Los alucinacionarios que se hallan en un caso semejante , viven en un mundo exclusivamente suyo, fabricado con sus visiones, tan material para ellos como el •de tierra y agua que habitamos; y cierto es que contra la objetividad de tales sensaciones falsas nada les harían creer frailes descalzos, como se decía en tiempo de Cervantes ; bien que esta frase ha perdido toda fuerza ponderativa en el nuestro, pues ya-, no á orates, sino á muchos que se precian de muy cuerdos mejor persuaden, traen y llevan predicadores de otra estofa, que con sus sermones les meten la locura en el celebro, el odio en el corazón y la guerra en el alma.
Por Dios , que la bacía es buena , y que vale un real de á ocho como un maravedí, dice Sancho alzando la
REALIDAD OBJETIVA I J :>
que minutos antes una ilusión de Don Quijote ha convertido en yelmo. Juntamente con ella nacieron un concepto delirante y dos ilusiones más de la vista; porque acontece á menudo que el desorden sensorio, no limitándose al objeto que lo ocasiona, suscita otros, ya sensorios también, ya intelectuales ; al modo que , por la inversa, el trastorno intelectual, demás de sugerir ideas secundarias, tan quime'ricas como la primaria sobre que versa, origina ilusiones ó alucinaciones, todas consonantes con aquélla. Al ver y entender de Don Quijote, la bacía es, no sólo yelmo, un yelmo cualquiera, sino el famoso y encantado del rey Mambrino; aquel yelmo, que, matando á su dueño, ganó Reinaldos de Montalbán; es un caballero el rapador que, para defenderse de la lluvia, llevaba puesta sobre la cabeza la bacía, y dejóla abandonada al echar á correr por el llano, huyendo de la lanza del Andante; y es un caballo rucio, rodado, el jumento pardo en que el pobre diablo venía cabalgando, y que asimismo ha dejado á merced de quien tan improvisamente se le echó encima. La ingenua declaración y el vulgar encomio del escudero no deshacen el engaño de su señor; á quien tampoco saca de él la evidencia de la cosa, el testimonio de los sentidos, pues toma la bacía en las manos, pónesela en la cabeza, rodéala á una y otra parte buscándole el encaje, y, como no se lo halla, exclama : Sin duda que el pagano á cuya medida se forjó primero esta famosa celada debía de tener grandísima cabera: y lo peor dello es que le falta la mitad. No puede Sancho tener la risa cuando oye llamar celada á la bacía; ¿de qué te ries? pregúntale el Caballero; y rióme, responde él, muy á lo sacarrón, de considerar la gran cabera que tenía el pagano, dueño de este almete, que no semeja sino una bacía de barbero pintiparada. Ni por esas; la ilusión, lejos de aflojar, se afirma, según se echa de ver por el siguiente razonamiento, donde apunta, además, otro concepto delirante: ¿Sabes qué imagino, Sancho? que
114 DE LAS ILUSIONES Y ALUCINACIONES.
esta famosa pie^a deste encantado yelmo, por algún extraño accidente debió de venir á manos de quien no supo conocer ni estimar su valor; y , sin saber lo que hacía, viéndola de oro purísimo, debió de fundir la una mitad para aprovecharse del precio, y de la otra mitad hi\o ésta que parece bacía de barbero, como tú dices; pero sea lo que fuere; que para mí, que la cono^co, no hace al caso su transmutación; que yo la aderezaré en el primer lugar donde haya herrero, y de suerte, que no le haga ventaja, ni aun le llegue , la que hi^o y forjó el dios de las herrerías para el dios de las batallas; y en este entretanto la traeré cómo pudiere; que más vale algo que no nada; cuanto más que bien será bastante para defenderme de alguna pedrada.
Muévese en la venta del Zurdo una graciosa pendencia cuando á Sancho arremete el barbero, dueño de la bacía, como también de la albarda que perdió al mismo tiempo que aquélla; y, andando con él á mía sobre tuya, llámale ladrón, salteador de caminos, y pide favor al Rey y á la Justicia, diciendo en el discurso de la pelea: Señores, así esta albarda es mía, como la
muerte que debo á Dios y hay más, que el mismo
día que ella se me quitó , me quitaron también una bacía de azófar nueva, que no se había estrenado, que era señora de un escudo. No puede contenerse Don Quijote, y repone: Vean vuestras mercedes clara y manifiestamente el error en que está este buen escudero, pues llama bacía á lo que fué, es y será el yelmo de Mambrino; el cual se le quité yo en buena guerra , y
me hice señor del con legítima y lícita posesión
para confirmación de lo cual, corre, Sancho, hijo, y saca aquí el yelmo que este buen hombre dice ser bacía. Lo contraproducente de esta orden pone en boca del escudero palabras que ni de un letrado : Pardie^, señor, si no tenemos otra prueba de nuestra intención que la que vuestra merced dice , tan bacía es el yelmo de Mambrino como el jae% deste buen hombre albarda.
REALIDAD OBJETIVA I I 5
Con todo, tomándola en las manos el Andante , dice : Miren vuestras mercedes ¡con que' cara podrá decir este escudero que ésta es bacía, y no el yelmo que yo he dicho! y juro por la Orden de caballería que profeso , que este yelmo es el mismo que yo le quité sin haber añadido en él ni quitado cosa alguna. No puede darse por vencido el barbero, y, como hacie'ndose cruces, replica: ¿ Qué les parece á vuestras mercedes, señores, de lo que afirman estos gentiles hombres, pues aun porfían que ésta no es bacía, sino yelmo!; y Don Quijote
contrarréplica: Y quien lo contrario dijere le haré
yo conocer que miente, si fuere caballero, y, si escudero, que remiente mil veces. Tercia en la contienda maese Nicolás, y, por seguir con su habitual buen humor el del Andante, y enmarañar más la madeja , informa á lo perito , alegando tener, más de veinte años há, carta de examen del oficio barberil, y haber sido, en su mocedad, soldado, que esta pichaque está aquí delante , y que este buen señor tiene en las manos , no sólo no es bacía de barbero, pero está tan lejos de serlo como está lejos lo blanco de lo negro, y la verdad de la mentira; también digo que éste, aunque es yelmo, no es yelmo entero; á lo que asiente Don Quijote diciendo: no por cierto , porque le falta la mitad , que es la babera; y lo mismo confirman el Cura , Cardenio, don Fernando y sus compañeros.
; Cuadro acabado! Como éste he visto yo muchos. Es una escena de la comedia humana, en que las primeras partes bajan á hacer un papel más ridículo que el de bobo. Sin hablar de la risa y algazara con que á menudo de la gente necia son recibidos los disparates de un pobre loco que discurre por la vía pública, ó está recogido en un manicomio; personas hay de quienes no puede negarse que son sesudas, ilustradas y compasivas, y que, sin embargo, se vulgarizan, como si estas dotes no tuvieran , en un coloquio con un orate , haciendo que admiten por verdades los errores del infeliz , cele-
Il6 de las ilusiones y alucinaciones.
brando sus sandeces, aprobando y defendiendo sus despropósitos; en una palabra, yéndose, por burla, tras el hilo del delirio: siendo todo esto para ellas, como para las que en aquel punto y hora tan á su sabor cizañaron, materia de grandísima risa. Que á tal materia de risas sigue luego materia no escasa de lágrimas, lo he dicho ya en otra parte. •
Pero no está agotado aún el asunto de la celebre y disputada bacía, ni es lo menos interesante el último toque de la pintura de la ilusión á que ella dio margen. Pero dime , Sancho, ¿traes bien guardado el yelmo de Mambrino?; que ya vi que le aleaste del suelo cuando aquel desagradecido le quiso hacer pedamos, pero no pudo, donde se puede echar de ver la finesa de su temple. Esto preguntó Don Quijote mientras iba entrándose en Sierra Morena; y no hay que añadir que aquel desagradecido era Ginés de Pasamonte, por otro nombre Ginesillo de Parapilla. Lo que respondió Sancho y lo que repuso su amo merecen ser trasladados casi por entero, pues, sobre poner en su punto la ilusión, y demostrar lan realidad objetiva que para el orate" tiene, manifiestan con cuánta fuerza se apega al entendimiento; cómo lo malea sugiriéndole conceptos delirantes que más y más en él se afirman ; y por dónde se escapa la lógica frenopática al verse arrollada por la incontrastable argumentación de la evidencia. / Vive Dios, señor caballero de la Triste Figura, que no puedo sufrir ni llevar én paciencia algunas cosas que vuestra merced dice! y que por ellas vengo á imaginar que todo cuanto me dice de caballerías , y de alcanzar reinos é imperios, de dar ínsulas y de hacer otras mercedes y grandevas, como es uso de caballeros andantes, que todo debe de ser cosa de viento y mentira , y todo pastraña ó patraña , ó cómo lo llamáremos ; porque quien oyere decir á vuestra merced que una bacía de barbero es el yelmo de Mambrino , y que no salga deste error en más de medio día, ¿qué ha de pensar sino que quien tal dice y afirma debe
REALIDAD OBJETIVA DE LAS ILUS. Y ALUC. I I 7
de tener huero el juicio? La bacía yo la llevo en el costal, toda abollada, y llevóla para aderezarla en mi casa, y hacerme la barba en ella...— Mira, Sancho, por el mesmo que denant es juraste te juro que tienes el más corto entendimiento que tiene ni tuvo escudero en el mundo. ¿Que es posible que, en cuanto hd que andas conmigo , no has echado de ver que todas las cosas de los caballeros andantes parecen quimeras , necedades y desatinos ,*y que son todas hechas al revés! Y no porque sea ello así, sino porque andan entre nosotros siempre una caterva de encantadores, que todas nuestras cosas mudan y truecan , y las vuelven según su gusto, y según tienen la gana de favorecernos ó destruirnos; y así, eso que á tí te parece bacía de Barbero, me parece á mí el yelmo de Mambrino , y á otro le parecerá otra cosa. Y fué rara providencia del sabio que es <je mi parte, hacer que parezca bacía á todos lo que real y verdaderamente es yelmo de Mambrino , á causa que, siendo él de tanta estima , todo el mundo me perseguiría, por quitármele ; pero, como ven que no es más de un bacín de barbero , no se curan de procuralle , como se mostró bien en el que quiso rompelle , y le dejó en el suelo, sin llevarle; que á fe que si le conociera, que
nunca él le dejara Si verdad es belleza, este pasaje
es sumamente bello.
\ Dichosa bacía, que inspiró episodios, de los más regocijados de la novela, en lo literario; de los más verdaderos y más fielmente referidos, en lo médico-psicológico !
Il8 DELIRIO DE DON QUIJOTE
CAPÍTULO VII.
EPIFENÓMENO DE LA LOCURA DE DON QUIJOTE, QUE SEMEJA EL DELIRIO DE LA ZOANTROPÍA.
Se da el nombre de Licantropía á una variedad de la locura instintiva, en la que el paciente abandona su domicilio, huye á la selva, vive del merodeo y rapiña, se enfurece, corre, acomete y aulla como lobo, porque cree haberse transformado en tal. De este concepto delirante trae origen aquella denominación *.
.Ningún ejemplar he visto de semejante vesania, ni creo que se dé hoy día; pero sí algunos de la que comunmente con el mismo nombre se designa , aunque
* Para dar una idea de la que tenían de esta vesania los médicos hasta el siglo último, nada mejor que el pasaje, que á continuación traduzco, de un libro muy famoso entonces, y no despreciable ahora, como que fué, en el orden cronológico , el segundo tratado de Medicina legal que vio la luz pública, pero, en importancia, sin duda el primero, y en largo tiempo poco menos que oráculo de esta ciencia. « Hay otra especie de locura, que se llama Licantropía , Cinan- »tropía ó insania lupina, y sus enfermos licantrópicos ó cinan- »trópicos , porque suelen andar vagando por lugares horrorosos ó ^incultos, sacar y llevarse de los muladares y sepulturas cuerpos » muertos de fieras y personas; en lo cual consiste su miserable delirio : de donde los poetas más antiguos inventaron la fábula de que »los adolecientes de tal enfermedad habían sido transformados por »!os dioses en perros, lobos y osos; y de esta suerte mudaron á »Hécuba en perra, á Licaón en lobo, á Calipso en osa y á otros en «figuras de brutos y fieras de diferentes géneros. También creen «ciertos doctores, como Valles y Mercurial, que Nabucodonosor, »rey de Babilonia , padeció este mal, por la divina voluntad: opinión »que admiten algunos Padres, según dice Del Río. Quizás adolecían »de él los pueblos setentrionales dichos Daríos, de quienes cuenta »Herodoto que una vez al año quedaban transformados en lobos por «tiempo de algunos días.» Pauli Zacchiae Quaestiones medicolegales; Lyon, 1726, tomo I, pág. 148.
SEMEJANTE A LA ZOANTROPIA. I 1 9
ampliando su concepto nosográfico y suavizando la aspereza de su forma nosológica, sin hacer cuenta de las raíces griegas del vocablo. Por esto, usando de la misma libertad , prefiero llamar á esta dolencia Zoantropía, voz ya admitida en la nomenclatura médicopsicológica, con la que doy tambie'n á su significación más latitud que permite su estructura etimológica, es decir, la extiendo á expresar uno que bien puede denominarse delirio de salvaje^; en fuerza del cual, no precisamente se figuran los orates estar convertidos en animales, pero se les parecen hasta cierto punto, errando fuera de todo albergue, concurso ó compañía, en el mayor extremo de rusticidad y abandono , casi no gobernándose sino por los instintos más groseros, y como temiendo ú odiando á los demás hombres. Gentes en extremo desvalidas y miserables son casi las únicas que dan un contingente , bien que mínimo , á esta variedad frenopática.
Zoántropos son, pues, en aquel sentido, los locos que huyen de todo poblado á las comarcas solitarias y á los bosques, donde pasan la vida vagamundeando ; se presentan tal cual vez en las cabanas y chozas, ó salen á los caminos, por si alguien les da un mendrugo, comunmente sin ellos pedirlo, ni por Dios; suelen comer hierbas y raíces, ó fruta que hurtan de los árboles; beben en arroyos y charcas ; y duermen á cielo descubierto, ó se recogen debajo de una peña, si ya no es que, á modo de trogloditas, prefieran alguna cueva abierta en lo más fragoso de los montes. Tal debió de ser la locara de Fray Juan Garín, el de la tradición monserratina, dado que este singular personaje fuese hijo de mujer, y no, como yo tengo por indudable, de la novelera fantasía del vulgo , que con él y su extraña historia hubo de simbolizar el pecado, la miseria del pecador, la expiación que templa la cólera divina, y el perdón que el Misericordioso otorga , por fin, al alma purificada con la penitencia y el arrepentimiento. Víctimas los
120 DELIRIO DE DON QUIJOTE
zoántropos de las sensaciones, apetitos y conceptos propios de la enfermedad que les aflige; sin el freno de una sujeción prudente ; sin los cuidados que mitigarían sus dolores morales , aplacarían sus exaltaciones y sostendrían las fuerzas de su cuerpo; en una palabra, embrutecidos por la absoluta soledad en que viven, entre'ganse á todos los desconciertos y desórdenes del delirio, y padecen sus deplorables consecuencias : andan desarrapados, llevan á la boca las cosas más repugnantes; éntranse acaso en las haciendas, destruyen árboles y plantas, ó causan otros desperfectos; y si tal vez se atreven á parecer en público , asustan , más que molestan ni amenazan, á los transeúntes; y, finalmente, son el hazmerreír de las gentes rústicas, el blanco de las pedradas de los chiquillos , y aun harto á menudo de personas mayores , ignorantes y supersticiosas , que son las más en lugares y aldeas, que, por necedad ó por malicia, persiguen á aquellos infelices, creye'ndolos aojadores ó brujos. También se hadado algún caso de abusar torpemente de una zoántropa quien , cometiendo un atropello tan vil, asqueroso y brutal, de sobra mostró no haber nacido para hombre.
Hasta qué punto el fiero aislamiento de estos desventurados y los malos tratos que reciben, llegan á oscurecer su razón y desquiciar la máquina de su organismo, sería ocioso encarecerlo; y así, cuando, por buenos oficios de alguna persona caritativa ó disposición de la autoridad, son llevados á las casas de locos, entran en ellas hechos unos salvajes: famélicos, casi desnudos, sucios, caído el cabello en largas y gruesas guedejas, luenga y aborrascada la barba, marchito el semblante, lánguida la mirada, curtido el cutis, extenuado el cuerpo, extinta la inteligencia, muertos los afectos, borrados los instintos y perdida el habla, ó siquier cerrados en un mutismo invencible, en el que he visto á algunos morir, tras larga residencia en el Manicomio, sin lograr jamás, con perseverantes instancias é importuna-
SEMEJANTE A LA ZOANTRQriA. 12 1
dones, ruegos y súplicas, caricias y. promesas , arrancarles su nombre.
La locura de Cardenio fué una melancolía con delirio zoantrópico y accesos maniacos furiosos y dañinos. En lo más áspero y escondido de Sierra Morena iba errante, descubierta la cabeza, roto el vestido, el rostro desfigurado y tostado del sol; salía al camino á los pastores, y, tal vez, sin hablarles palabra, dábales puñadas, bocados y coces, y les quitaba el sustento; volvía luego á entrarse en el monte con extraña ligereza, pues no corría, sino saltaba de mata en mata y de risco en risco ; se recogía en el hueco de un alcornoque , ó doquier que le tomaba la noche; y, por más que los pastores le rogaron que les dijese quién era , nunca con él pudieron acabarlo.
Permítaseme ahora hacer incidentemente una pregunta: ¿no es admirable que aun en pintar esta especie extraordinaria de locura estuviese tan acertado Cervantes ?
No fué tal , ni con mucho , el desvarío de Don Quijote en las mismas entrañas de Sierra Morena; pero, á la verdad, tuvo con el zoantrópico una rara semejanza.
Sólo por sentirse ferido de punta de ausencia de Dulcinea— motivo bien caprichoso, bien frenopático, puesto que la ausencia fué necesariamente la situación constante de esta señora, — quiso seguir las huellas de Amadís haciendo del desesperado , del sandio y del furioso; y aun cruzó por su imaginación la idea de imitar también á Roldan después que halló en una fuente señales de que Angélica la Bella había cometido vileza con Medoro; de cuya pesadumbre se volvió loco, y arrancó árboles , enturbió fuentes, mató pastores, destruyó ganados, abrasó chozas, derribó casas, arrastró yeguas é hizo otras cien mil violencias, ó dígase dio claras y superabundantes muestras de ser un zoántropo de atar. Parecióle luego á nuestro Hidalgo contentarse
122 DELIRIO DE DON QUIJOTE
con sólo la imitación de Amadís, sin hacer locuras de daño, sino de lloros y sentimientos; y, al reparo que le puso Sancho de que no tenía causa para volverse loco , como aquellos caballeros, para cometer esas necedades y pasar esas penitencias, pues de dama no había sido desdeñado, ni visto señales de niñería alguna hecha por la suya con moro ni con cristiano, respondió Don Quijote : Ahí está el punto, y esa es la finesa de mi negocio; que volverse loco un caballero andante con causa , ni grado ni gracias; el toque está en desatinar sin ocasión, y dar á entender á mi dama que si en seco hago esto, ¿qué hiciera en mojado! Con motivo bien distinto dijo luego: Antes me tengo de quitar todas estas armas, y quedar desnudo como cuando nací, si es que me da en voluntad de seguir en mi penitencia más á Roldan que á Amadís. Asomó entonces el conato zoantrópico, que casi pasó á acto en lo sucesivo.
En efecto , llegado que hubieron amo y mozo al pie de una alta montaña, éste es el lugar ¡oh cielos!, exclamó aquél , que diputo y escojo para llorar la desventura en que vosotros mesmos me habéis puesto /y apoco rato dijo al escudero : ahora me falta rasgar las vestiduras, esparcir las armas y darme de calabazadas por estas peñas, con otras cosas destejae\ que te han de admirar ; añadiendo en seguida: mis calabazadas han de ser verdaderas , firmes y valederas, sin que lleven nada del sofístico ni del fantástico.
Concertáronse en que entretanto iría Sancho al Toboso con una carta para Dulcinea, amén de una libranza pollinesca contra la Sobrina ; y , dándose prisa á que le despachase su amo, porque tenía gran deseo de volver á sacarle del purgatorio donde le dejaba ; ¿purgatorio le llamas, Sancho? dijo Don Quijote; mejor hicieras de llamarle infierno, y aun peor, si hay otra cosa que lo sea. Ya tenía Panza en la mano los documentos , cuando empezó á despedirse de su señor con estas palabras; Iré á ensillar á Rocinante , y aparéjese
SEMEJANTE Á LA ZOANTROPÍA. 123
vuestra merced á echarme su bendición; que luego pienso partirme , sin ver las sandeces que vuestra merced ha de hacer ; que yo diré que le vi hacer tantas , que no quiera más; á lo cual opuso el Andante : Por lo menos quiero, Sancho, y, porque es menester así, quiero, digo, que me veas en cueros y hacer una ó dos docenas de locuras (que las haré en menos de media hora), porque, habiéndolas tú visto por tus ojos , puedas jurar á tu salvo en las demás que quisieres añadir; y aseguróte que no dirás tú tantas cuantas yo pienso hacer. Mas j cuál estaría de macilento y escuálido el de la Triste Figura, cuando instantáneamente repuso Sancho : / Por amor de Dios, señor mío, que no vea yo en cueros á vuestra merced; que me dará mucha lástima, y no podré dejar de llorar! Todavía declaró más Don Quijote sus extraños y desvariados intentos , al preguntarle el escudero: ¿ qué es lo que ha de comer vuestra merced en tanto que yo vuelvo? ¿ ha de salir al camino, como Cárdenlo , á quitárselo á los pastores?; pues contestó: no te dé pena ese cuidado , porque , aunque tuviera, no comiera otra cosa que las yerbas y frutos que este prado y estos árboles me dieren; que la finesa de mi negocio está en no comer y en hacer otras asperezas equivalentes.
Al fin , púsose en camino Sancho ; mas no había andado cien pasos, cuando volviendo, tocado de un escrúpulo, habló así : Digo, señor , que vuestra merced ha dicho muy bien ; que , para que pueda jurar sin cargo de conciencia que le he visto hacer locuras, será bien que vea siquiera una , aunque bien grande la he visto en la quedada de vuestra merced ; á lo cual respondió el Caballero : ¿No te lo decía yo? 'Espérate, Sancho; que en un credo las haré. Y, desnudándose con toda priesa los calzones, añade el historiador, quedó en carnes y en pañales; y luego, sin más ni más, dio dos zapatetas en el aire, y dos tumbas, la cabeza abajo y los pies en alto, descubriendo cosas que , por no verlas otra vez, volvió Sancho la rienda á Rocinante , y se dio por con-
124 DELIRIO DE DON QUIJOTE
tentó y satisfecho de que podía jurar que su amo quedaba loco.
Así era la verdad ; pero su vesania no corrió todo el camino de la zoantropía , al que poco antes amagó lanzarse precipitadamente. Resolviendo imitar á Amadís en sus locuras melancólicas , y no á Roldan en las desaforadas, renunció á desnudarse del todo, á dar pesadumbre á los árboles y á enturbiar el agua clara de los arroyos : y estuvo rezando avemarias, fatigado, sin embargo, de no hallar allí otro ermitaño que le confesase7 y con quien consolarse ; paseándose por un pradecillo; entreteniéndose én suspirar y en llamar á los faunos y silvanos, á las ninfas y á Eco, que le escuchasen, respondiesen y consolasen; y escribiendo y grabando en las cortezas de los árboles y en la arena muchos versos, todos acomodados á su tristeza, y algunos en alabanza de Dulcinea, como las tres estrofas, únicas que se pudieron leer después, estimables por ser cosa suya, pero con las que no transmitiera su nombre á la posteridad más remota , á no haberlo ilustrado y engrandecido con las hazañas que le granjearon el alto renombre de león manchego.
Sustentábase de algunas hierbas que cogía; y, cori la insuficiencia de este ruin alimento ; con el largo tiempo que llevaba de no gustar algo caliente, pues todo lo que comían amo y criado era fiambre; con el cansancio del ajetreo continuo y de las refriegas anteriores; y con el profundo ensimismamiento y áspera penitencia que á tantas fatigas puso por remate ; nada de extrañar es que , al volver Sancho, le hallase , si no zoántropo rematado, desnudo, en camisa , flaco, amarillo y muerto de hambre, como los zoántropos mientras están haciendo vida montaraz y selvática ; ni que luego, teniendo presente el miserable semblante de su amo, al darle mentirosa cuenta del recado á Dulcinea, hiciese esta descripción, tan fiel y expresiva como lastimosa. Yo le dije de la manera que vuestra merced, por su servicio i
SEMEJANTE Á LA ZOANTROPÍA. 125
quedaba, haciendo penitencia, desmido de' la cintura arriba, metido entre estas sierras , como si fuera salvaje , durmiendo en el suelo, sin comer pan á manteles y sin peinarse la barba, llorando y maldiciendo su fortuna. No se borró pronto de su rostro ni aun de todo su cuerpo el estrago del estrambótico delirio, porque muchos días después el Ama le vio llegar á su casa, tal el triste, que no le conociera la madre que le parió; flaco, amarillo, los ojos hundidos en los últimos camaranchones del celebro; es decir, tan caridoliente y desmazalado como llegan los zoántropos á los manicomios.
126 • ¿TUVO DON QUIJOTE
CAPITULO VIII.
¿TUVO DON QUIJOTE, EN EL CURSO DE SU LOCURA y ALGÚN ACCESO DE SONAMBULISMO?
Acaso habrá quien piense que la batalla de Don Quijote con los cueros de vino, en tiempo que traía, no entre manos, sino entre sesos, su expedición contra el gigante Pandafilando de la Fosca Vista , fué un acceso de sonambulismo natural ó automático, como así parece creerlo Hernández Morejón ; pero yo no abundo en este sentir por las razones que expondré luego; cuanto más que, si bien dicho fenómeno, malamente calificado de neurosis por ciertos autores, sobreviene con alguna frecuencia , según parece , á hipocondriacos, histéricas , catalépticos , extáticos y otros enfermos semejantes, ó en tales y de la misma especie convierte á sanos, no puedo decir de mío que sea una complicación, siquiera extraordinaria y muy rara, de la locura, pues no he visto ningún ejemplar de ella, bien caracterizado y distinto.
Tente, ladrón, malandrín, follón, decía á voces Don Quijote, que aquí te tengo, y no te ha de valer tu cimitarra ; y los que acudieron á él , llamados del gran ruido que se oía en el camaranchón de la venta donde estaba descansando, halláronle en camisa, con un bonetillo colorado en la cabeza , revuelta en el brazo izquierdo, á guisa de rodela , la manta de la cama , y en la mano derecha la espada , con la cual daba cuchilladas á todas partes, cerrados los ojos, diciendo palabras como si verdaderamente estuviese peleando con algún gigante.
Hasta aquí todo se ajusta bien á la tabla sintomática del sonambulismo natural, pues en los individuos que
ALGÚN ACCESO DE SONAMBULISMO? 1 27
lo tienen predomina , entre las irregularidades originadas de su anómalo sueño, una actividad excesiva ó extraordinaria del sentimiento del tacto , y una sobreexcitación nerviosa general. Así que, no sólo perciben los sonámbulos lo que está fuera de la potencia fisiológica del susodicho sentido , sino que con él suplen á los demás, particularmente al de la vista, ejecutando actos que sorprenden y no se explican, como andar de acá para allá sin perder el camino ni tropezar con obstáculos, hacer varias labores, leer, escribir; y aun es fama, y está puesto en letras de imprenta, que alguno, en medio del asombroso sueño , traducía del italiano al francés consultando el diccionario para los vocablos cuya correspondencia de una lengua á otra ignoraba; aunque tengo para mí, sin negar la realidad de ciertas rarezas del sonambulismo, que se cuentan de él estupendas fábulas, bien así como de muchas neuropatías extraordinarias y peregrinas. A impulso de la sobreexcitación nerviosa, discursan consigo mismos, mas no con los circunstantes, los sonámbulos , y de vez en cuando se exaltan , gritan y se enfurecen, á la manera de quien ve algún peligro, oes perseguido de enemigos , ó los acosa ; ni más ni menos que Don Quijote acometía y peleaba con Pandafilando, á voces , tajos y reveses.
Tampoco es, en rigor, incongruente con el sonambulismo automático el estado en que siguió un breve rato el Caballero, después que en su estancia entraron las personas de la venta; y, además, lo que con él hicieron para volverle en sí parece que iba directamente á despertar á un verdadero sonámbulo. No tenía Don Quijote los ojos abiertos, según el cronista, porque estaba durmiendo y soñando que batallaba con el gigante, y había dado tantas cuchilladas en los cueros, creyendo que en su enemigo las daba , que el vino corría por toda la estancia ; de lo cual tomando grande enojo el ventero, arremetió 'ai pobre durmiente, yá
128 ¿TUVO DOxN QUIJOTE
puño cerrado le comenzó á dar tantos golpes, que si Cardenio y el Cura no se lo quitaran , él fuera quien acabara la guerra con el usurpador del reino Micomicón; y como, á pesar de ello, no despertase el Andante, trajo el Barbero un gran caldero de agua fría del pozo, y se lo echó de golpe por todo el cuerpo; con lo cual despertó Don Quijote, mas no con tanto acuerdo, que echase de ver de la manera que estaba.
Lo que inmediatamente acaeció, fue' ya decisivo. El Cura tenía de las manos al Caballero ; quien creyendo haber acabado su hazaña y hallarse delante de la princesa Micomicona, hincóse de rodillas á los pies del sacerdote y le dijo: Bien puede la vuestra grandeva, alta y fermosa señora, vivir, de hoy más, segura, sin que le pueda hacer nial esta mal nacida criatura ; y yo también, de hoy más , soy quito de la palabra que os di, pues con ayuda del alto Dios, y con el favor de aquélla por quien yo vivo y respiro, tan bien la he cumplido. Estas palabras ponen el hecho en su punto, desvaneciendo todo error, presunción ó duda, pues manifiestan claramente que Don Quijote conservaba bien la memoria del combate que había reñido durante el sueño ; siendo así que los sonámbulos , con muy contadas excepciones, no se acuerdan de lo que han hecho ó les ha pasado en el suyo, por manera que de algunos, y más de algunas, se cuenta no tener conciencia de felonías que con ellos ó ellas se han cometido en su fatal desacuerdo. Todo por la inversa de lo que sucedió á Don Quijote, pues luego que con el desenlace del drama que representaron las dos trastocadas parejas de amantes, vio Sancho vuelta en Dorotea á Micomicona, y en don Fernando á Malambruno, entró afligido á su amo, que acaba de despertar, y le dijo: Bien puede vuestra merced, señor Triste Figura, dormir todo lo que quisiere, sin cuidado de matar á ningún gigante ni de volver á la Princesa su reino; que ya todo está hecho y concluido; razones á que dio el Caballero la asevera-
ALGÚN ACCESO DE SONAMBULISMO? 1 20
ción más concluyente para mi aserto : Eso creo yo bien , porque he tenido con el gigante la más descomunal y desaforada batalla que pienso tener en todos los días de mi vida ; y de un revés , %as , le derribé la cabera en el suelo , y fué tanta la sangre que le salió, que los arroyos corrían por la tierra como si fueran de agua. Por otra parte, la historia acaba de declararlo refiriendo que fué tan intensa en el Caballero la imaginación de la aventura que iba á fenecer, que le hizo soñar había llegado ya al reino de Micomicón , y peleaba con su enemigo, el gigante; y no sin esfuerzo el Barbero, Cardenio y el Cura dieron con él en la cama, donde se quedó dormido, con muestras de grandísimo cansancio.
Es un hecho incontestable la representación fantástica en el sueño, más ó menos fiel ó transmutada, tranquila por lo común , congojosa y turbulenta á veces, de sucesos ó especies reales, por haber ocurrido ó suscitádose en la vigilia; ó ya enteramente imaginarios, irregulares ó extravagantes : y pocas serán las personas que no puedan adverarlo con el testimonio de la experiencia de sí mismas. Ensueño ordinario y fisiológico en lo esencial, bien que raro, arrebatado y frenopático por sus accidentes, en particular por la alucinación, fué el de Don Quijote: á él le predispuso la excitación nerviosa resultante de sus últimas fatigas y quebrantos, el hambre, el extraño y casi selvático delirio en Sierra Morena; y se lo determinó la exaltación psíquica en que le puso el loco anhelo de cumplir pronto el empeño de honra que contrajo con la princesa Micomicona, y que para sí lo era , además, de conquistar nueva gloria y renombre. Tal explicación dará cualquier alienista de este epifenómeno tan curioso como inopinado de la monomanía de nuestro héroe; pero dígase, en puridad, que ella no llevará ventaja á la de Cervantes: para que se vea cuan poco se mejora con el aderezo del tecnicismo la expresión de un concepto hecha por quien
IDO ¿TUVO DON QUIJOTE
á sus dotes de observador sagaz y discreto, y á una intuición excepcional, junta admirablemente la gracia de decir bien en la más lata acepción de esta frase.
Asimismo hubo de ser un ensueño, aunque de carácter distinto, lo que pasó á Don Quijote en la cueva de Montesinos; ensueño también de alucinaciones, pero tan agradables algunas , que dudo mucho, y ni por asomo lo pienso, que con una dosis fuerte de dawamesc, ni con una docena de cigarrillos de opio, si en su tiempo se hubiese conocido aquella confección árabe de hachisch *, ó usado, como entre los turcos y chinos de hoy, el fumar el zumo concreto de la adormidera; dudo mucho, vuelvo á decir, que el amante caballero hubiese concillado un sueño más delicioso que el que le salteó en aquella lóbrega hondura , que no pudo parecerle sino hecha un cielo, pues allí se halló en la mitad del
* El Hachisch — nombre derivado, al parecer, de otro árabe que significa hierba, — dicho también Esrar, es con toda probabilidad el Nepenthes de Homero, y de cierto la Cannabis indica de Linneo. El principio activo de esta planta constituye la base de varias preparaciones que se usan en Egipto, Siria y generalmente en todos los países orientales. Entre ellas, las más comunes son un extracto graso y un electuario, que los árabes llaman Daivamesc, y que lleva ventaja al otro ; de donde su uso incomparablemente mayor. Al decir de los autores que han hecho estudios prácticos sobre el hachisch, tiene éste la propiedad de causar una especie de embriaguez, sin duda con su secuela de soñera, semejante á la del opio y de las bebidas alcohólicas; y, por lo mismo, agitación maniaca, con sensación de bienestar y alegría, é ilusiones varias, mayormente de la vista y del oído. De más á más su acción fisiológica raya en lo maravilloso, pues á la persona que la recibe se le aguza la vista intelectual, si vale decirlo así, y no como quiera, sino paralo agradable, risueño y embelesador; para que todo lo vea de color de rosa: relucientes las cosas oscuras; translúcidas las opacas; perspicua la intuición de lo recóndito; clara la inteligencia de lo enigmático; fáciles los proyectos dificultosos ; realizado lo meramente concebido, y, por último, satisfechos los deseosy esperanzas — aquí del asombro— que alimentaba en el punto y hora que tragó el hechiceresco fármaco. — Véase á Moreau [de Tours) Du hachisch et de l'aliénation mentale: eludes psychologiques, París, 1845; á Bouchardat, Manuel de ma~ ture medícale, de thérapeutique et de pharmacie, París, 1873, etc.
ALGÚN ACCESO DE SONAMBULISMO? I 3 I
más bello y ameno prado que pueda criar la naturaleza, ni imaginar la fantasía humana; y se le representó un magnífico alcázar de transparente cristal, y una procesión de hermosas doncellas. con turbantes blancos ; y le regaló los oídos el anuncio de tantas cosas como de él tenía profetizadas el sabio Merlín ; y, demás de estas y otras infinitas maravillas, vieron sus ojos saltar y brincar por unos amenísimos campos á Dulcinea con dos compañeras, ó, cuando menos, á la persona en cuyo cuerpo feo y tosco de una villana de Sayago la bellaquería de Sancho quiso meter el alma delicada y sublime de la princesa del Toboso.
132 VIGILANCIA DEL DELIRIO.
CAPITULO IX.
VIGILANCIA DEL DELIRIO.
Llamo yo vigilancia del delirio á la virtualidad constante de éste, ó á su propiedad de ser excitado siempre por una idea, sentimiento ó sensación, que tiene referencia con su tema. Raro es el loco que, en estado de completo sosjego ó cordura relativa, en la disposición de ánimo más placentera , en medio del mayor regocijo ó indiferencia , no dé claras muestras del trastorno de su entendimiento, y acaso entre en agitación ó furor, si un recuerdo doloroso, una acción inconveniente, una palabra indiscreta , un simple gesto quizá viene de improviso á suscitar la especie ó especies del desvarío, reavivando conceptos ó sensaciones falsos que estaban como amortiguados. Esto, que acontece en varias locuras lúcidas , jamás falta en la monomanía ni en la manía hipocondriaca, y es uno de los principales caracteres de entrambas. La idea monomaniaca y la hipocóndrica se asemejan á una parte del cuerpo cuya sensibilidad está extraordinariamente aumentada por algún mal, en que, nó el tocarla con suavidad, sino sólo la actitud de aproximar á ella la mano basta para causarle dolores vivísimos.
Nada, en efecto, más activo que la vigilancia del delirio del monómano. A ninguno como á los enfermos de esta clase cuadra el adagio de cada loco con su tema; porque casi es imposible aludir á ésta , de propósito ó por inadvertencia , directa ó indirectamente , aun en la conversación más ajena de ella, y que tal vez más les interesa y complace , sin que al punto recojan la palabra que con la materia del delirio se roza, y á buenas le pongan correctivo, ó á malas la rechacen con ade-
VIGILANCIA DEL DELIRIO.
man de sostener violentamente el contrarresto; dado que no cierren los oídos á toda satisfacción aclaratoria , ó no adelanten á todo temperamento discreto los raptos' de su enojo ó de su cólera.
Hasta hay orates que de la mayor apatía y enajenación se remontan súbito á unsobrexceso de sensibilidad inteligente, aunque patológica, no bien se les mete el aguijón de alguna idea capaz de solevantar las de su desvarío. Visitando á un enfermo de parálisis general , recluso en mi Manicomio, que acababa de padecer uno de los ataques de congestión encefálica propios de aquella especie de locura; y, pareciéndome haberse desvanecido bastante el letargo de que estuvo embargado por espacio de cuatro días; quise tentar si iba ya recobrando su habitual lucidez relativa , y con este intento le herí en lo más vivo del delirio de riquezas , que por cierto era típico en él , dicie'ndole: — ; Ea l ya sabemos que en vuestro pueblo pedíais limosna. — ¿ Yo ? (respondió, con la instantaneidad que se inflama la carga al ser tocada de la chispa, echando fuego por los ojos y con una voz de trueno que retumbó en la sala, y hubo de oirse desde muy lejos) ¿yo?,., ¡yo soy hijo del primer millonario del mundo!
Embebecidos iban Don Quijote y Sancho en una plática , que al uno dio ocasión para fantasear sueltamente sobre el alto estado á que podía subir un caballero andante , por su nombre y fama adquiridos en alguna aventura, y que al otro hinchó de viento la cabeza hasta ponerle en el caso de pavonearse con un futuro título de conde y dictado de señoría ; cuando vieron venir por el camino que llevaban hasta doce hombres á pie , ensartados como cuentas en una gran cadena de hierro por los cuellos . y todos con esposas á las manos. En el acto tuvieron el siguiente diálogo, empezándolo el escudero. — Ésta es cadena de galeotes, gente forjada del Rey, que va á las galeras. — ¿Cómo gente forjada? ¿es posible que el Rey haga fuerza á
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ninguna gente? — No digo eso, sino que es gente que, por sus delitos, va condenada á servir al Rey en las galeras, de -por fuerza. — En resolución, como quiera que ello sea, esta gente adonde los llevan, van de por fuerza , y no de su voluntad. — Así es. — Pues desa manera, aquí encaja la ejecución de mi oficio: desfacer fuerzas, y socorrer y acudir d los miserables.
En mal hora dijo Cardenio que sería un majadero quien entendiese ó creyese que aquel bellaconazo del maestro Elisabad no estaba amancebado con la reina Madásima. Eso nú ¡voto á tal! respondió con mucha cólera el Caballero ( y arrojóle , como tenía de costumbre),^ ésa es una muy gran malicia ó bellaquería, por mejor decir; la reina Madásima fué muy principal señora, y no se ha de presumir que tan alta princesa se había de amancebar con un sacapotras; y quien lo contrario entendiere, miente como muy gran bellaco, y yo se lodaré d entender ápie ó d caballo, armado ó desarmado , de noche ó de día , ó cómo más gusto le diere. Aquella salida de tono de Cardenio fué la primera llamarada del acceso maniaco de su locura , que le sobrevino así que se vio interrumpido en la historia de sus desgracias ; pues Don Quijote, á pesar de que deseaba en gran manera oiría, y había prometido lo que el otro exigió, á saber, que con ninguna pregunta ni cosa semejante cortaría nadie el hilo de la narración, porque en el punto que lo hiciera , en éste quedaría lo que fuese contando; á pesar de ello, repito, no bien el loco dijo que su amada Luscinda le había pedido un libro de caballerías en que leer, del cual gustaba mucho, que era el de Amadís de Gaula , cuando el Andante le interrumpió en estos impertinentes términos: Con que me dijera vuestra merced al principio de su historia que su merced de la señora, Luscinda era aficionada á libros de caballerías , no fuera menester otra exageraración para darme á entender la altera de su entendimiento, porque no le tuviera tan bueno como vos, señor,
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le habéis pintado , si careciera del gusto de tan sabrosa leyenda : así que , para conmigo no es menester gastar más palabras en declararme su hermosura, valor y entendimiento ; que con sólo haber entendido su afición, la confirmo por la más hermosa y más discreta mujer del mundo. Y después de añadir otras razones semejantes , concluyó con éstas , admirables en el concepto médicopsicológico: Y perdóneme vuestra merced el haber contravenido á lo que prometimos de no interromper su plática , pues , en oyendo cosas de caballerías y de caballeros andantes , asi es en mi mano dejar de hablar en ellos, como lo es en la de los rayos del sol dejar de calentar, ni humedecer en los de la luna.
Casi un mes hacía que, traído de Sierra Morena, se hallaba el Hidalgo en su casa bien descansado y mejor comido; y ya echando de ver la Sobrina y el Ama que iba dando muestras de estar en su cabal juicio , el Cura y el Barbero entraron en conversación con él, puesta la mira á no tocarle en ningún punto de la caballería andante: propósito que luego mudó el sacerdote para convencerse de que su amigo se había curado efectivamente, como parecía. Contó, pues, que el Turco bajaba con una poderosa armada, y que, ignorándose su designio y dirección, habíase puesto en armas toda la Cristiandad , y el rey de España preparádose á contener la embestida del infiel, dictando ciertas oportunas providencias. Si se tomara mi consejo^ observó al instante el Caballero , aconsejárale yo que usara de una prevención , de la cual su Majestad, á la hora de agora , debe estar muy ajeno de pensar en ella. Harto pudo desde luego decir el Cura entre sí: « Dios te tenga de su mano, pobre Don Quijote ; » porque á pocas palabras que mediaron, exclamó éste: / Cuerpo de tal! ¿hay más , sino mandar su Majestad, por público pregón, que se junten en la corte , para un día señalado, todos los caballeros andantes que vagan por España ? que aunque no viniesen sino media do-
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cena , tal podría venir entre ellos que solo bastase á destruir toda la potestad del Turco pero Dios mirará por su pueblo, y deparará alguno que , si no tan bravo como los pasados andantes caballeros, dio menos no les será inferior en el ánimo y Dios me entiende , y no digo más. A ese tal y á ese alguno , que eran una misma persona, no había que señalarlos con el dedo ; y además, como dijese al punto la Sobrina: l Ay ¡ ¡que me maten, si no quiere mi señor volver áser caballero andante! ; repuso Don Quijote: Caballero andante he de morir ; y baje ó suba el Turco cuando él quisiere y cuan poderosamente pudiere; que otra vc{ digo que Dios me entiende.
No sin más de un contratiempo y peligro llegó la función de los títeres de maese Pedro al apurado lance en que don Gaiferos huye llevando sobre las ancas del caballo á Melisendra, y los persigue y casi alcanza la caballería mora; y de súbito gritó el Andante: No consentiré yo que en mis días y en mi presencia se le haga superchería á tan famoso caballero y á tan atrevido enamorado como don Gaiferos : deteneos, mal nacida canalla ; no le sigáis ni persigáis; si no, conmigo sois en batalla: y tal la hizo, desenvainando la espada y ponie'ndose de un brinco junto al retablo, que no dejó títere con cabeza: sin ella alzaron del suelo al rey Marsilio , partido de arriba abajo al emperador Cario Magno, y á Melisendra sin narices y con un ojo menos.
Ni el sneño embargaba la vigilancia del delirio de Don Quijote, como se vio en su pelea con los cueros de vino , y especialmente en las representaciones fantásticas que tuvo en la cueva de Montesinos, pues, al declararle este señor que si Belerma parecía algo fea , era la causa el dolor continuo que sentía en su corazón por el de Durandarte, que tenía en las manos, y le renovaba y traía á la memoria la desgracia de su malogrado amante; que si esto no fuera, apenas la igualara en hermosura, donaire y brío la gran Dulcinea del To-
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bóso, tan celebrada en todos estos contornos, y aun en todo el mundo; replicó con presteza; aunque con mesura, el Caballero: Cepos quedos, señor don Montesinos : cuente vuesa merced su historia como debe ; que ya sabe que toda comparación es odiosa , y asi, no hay para que comparar d nadie con nadie: la sin par Dulcinea del Toboso es quien es, y la señora doña Belerma
es quien es y quien ha sido y quédese aquí.
En suma , pinceladas de mano maestra en la pintura de un delirio nunca dormido, siempre despierto, siempre vigilante Todos los monomaniacos son tan hábiles retratistas de sí mismos como Don Quijote.
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CAPÍTULO X.
FALTA DE CONCIENCIA REFLEJA DE LA LOCURA EN EL QUE LA PADECE.
Síntoma general y tenaz es la falta de conciencia refleja de la locura, y no privativo de la monomanía, sino propia de todas las enfermedades mentales. Llamóla así, porque, acomodándome al tecnicismo filosófico, quiero significar con tal denominación el defecto de aquel acto del entendimiento que , en el estado de normalidad ó salud, obra sobre la simple presencia de las afecciones interiores, en la cual consiste la conciencia directa. En el sentir, imaginar, pensar y querer, en cuanto son puras afecciones del alma, el loco no se diferencia esencialmente del cuerdo, y, como éste, percibe ó conoce que siente, imagina, piensa y quiere, es decir, tiene conciencia directa y conciencia refleja de aquéllas. De esto no dejan duda tal vez algunas de sus palabras en el mismo delirio, pero sobre todo sus explicaciones ingenuas cuando curado. Lo que le diferencia fundamentalmente del cuerdo es, que de sus conceptos morbosos, ilusiones y alucinaciones tiene, según acabo de indicar, conciencia directa, mas no la refleja de que son delirantes sus ideas , erróneas ó falsas sus sensaciones, y, por lo mismo, anómalos, extraviados ó pervertidos los actos del entendimiento, que unas ú otras suscitan ó promueven. Ciñóme á apuntar estos fenómenos psíquicos, porque su explicación cumplida llenaría muchas páginas.
Sin embargo, en lo poco que va dicho se vislumbra por qué el alienado no asiente jamás á que lo sea, antes, por el contrario, lo niega con toda la energía del
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convencimiento que da el sentido íntimo de afecciones positivas, verdaderas en sí, en cuanto á afecciones, aunque quiméricas y falsas, en cuanto no corresponden, y tal vez repugnan, á la realidad, ya moral, ya física. A un loco de mi Manicomio, que se imagina ser de piedra, y fuerte como ella; á otro, que , en cuadras desiertas y en campos solitarios , oye , y, si posible fuera , en el vacío oiría tambie'n , voces insultantes y provocativas, y siente que le aporrean manos invisibles; ¿cómo se podrá convencerles de lo contrario, si tienen conciencia directa y refleja, aquél de su concepto , y éste de sus sensaciones acústicas y táctiles? Y es tan firme su sentido íntimo, que, en conformidad al susodicho concepto y sensaciones, discurren y obran tan bien, tan á las derechas, voy á decir, como el cuerdo en orden á sus percepciones sanas. El primero se tiene por más invulnerable que Aquíles, pues ni el calcañar hace excepción en su cuerpo; y el segundo increpa á sus ocultos perseguidores , les baldona y maldice , conjurándoles á que den la cara. De esta suerte proceden todos los locos, especialmente los lúcidos.
En ellos , por tanto, es natural que el criterio de conciencia predomine sobre el de evidencia y de sentido común. Así pues, al que, sumido en la miseria, se figura estar nadando en riquezas — caso frecuentísimo, porque á opulentos enloquecen innumerables, á pobres muy contados, — ó al que, sin conocer el do de solfa, presume de eclipsar la celebridad de un Rossini con papeles estrambóticamente garabateados, que intitula partitura de una ópera, y guarda como quizás no guardó ninguna el maestro de Pésaro — caso que también he visto en mi práctica, originado, á lo que conceptúo, de un delirio de imitación, — á éstos y otros semejantes no se trate de darles en rostro con su desvarío, de hacerles patente su locura, de reducirles á que reconozcan su error, poniendo al uno en el extremo de confesar que no tiene un céntimo en el bolsillo, ni tal vez
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bolsillo siquiera; y al otro, en el de conceder que ignora las voces de la escala música y hasta sus signos representativos; porque ni aquél dejará de quedarse tan ensoberbecido con los imaginados caudales, ni éste tan orondo con el mérito artístico de los caprichosos borrones; como diciendo entre sí, cada cual, con respecta á su condición é ingenio, ¡e pur si miiove! Y, si no esta salida , tendrán otra por el mismo estilo, aunque menos erudita, muy común en los monomaniacos, en los ilusiónanos y alucinacionarios, cuando se ven acorralados por los argumentos de un impugnador; y es la petición de principio, en que suele resumirse la lógica del loco, según dejo explicado en otra parte. — « Será pobre quien » no tiene un céntimo, y yo, en verdad, no puedo dár- «selo á V., que me lo pide; pero, como quiera, soy «rico, pues me pertenecen todas las naves surtas ahora »en el puerto de Barcelona, las casas de su casco an- «tiguo, las de su Ensanche , y las arcas de sus Bancos.» — «No negaré que no pueda componer música quien » ni siquiera haya aprendido solfa; pero yo he escrito es- »ta ópera, y ya oirá V. armonías y melodías cuando la «canten los artistas deprimo cartello que yo me sé; y «luego me dirá V. si hubo jamás maestro que á tal «grado subiese la perfección del arte.» Estas contestaciones son auténticas en la- sustancia, y sólo es mía la forma en que las presento, porque verdaderamente no tan acicaladas las recibí del loco rico y del loco músico; pero todos, en general, y aquí finca al punto,, las dan cortadas por el mismo patrón en circunstancias iguales.
La falta de conciencia refleja de su mal es la que pone al orate en el caso de no sospecharlo siquiera, y juzgarse por sano de entendimiento y de cuerpo, por más sano que todos cuantos pretenden convencerle de lo contrario; de manera que, á su entender, está vendiendo salud, y, por lo mismo, rehusa casi siempre, y tal vez con terquedad invencible, el someterse á tratamiento-
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curativo, ó, como dice comunmente , el tomar medicinas. Además , y esto es lo que va en derechura al fin de mi explicación, al ver la incredulidad, la risa y acaso la burla con que son recibidos el relato de sus ideas y sensaciones patológicas y el desconcierto de los actos que, incitado por ellas, comete; al oir los reparos que se le oponen, las impugnaciones que se le hacen, los consejos que se le dan, las persuasiones con que se pretende volverle al camino de la discreción y buen juicio; y al sufrir quizás la fuerza con que se le reprime en los conatos dañinos, en la vehemencia de la agitación ó en los raptos del furor; mírase reducido al desesperante trance de aquél á quien, sin haber probado gota devino, trataran de ebrio; ó quisieran convencer de la verdad con el error; ó privaran de la libertad contra todo derecho y razón, persiguieran, maniataran é infligieran castigo como á facineroso.
Ya lo he dicho antes: más arraigadas están en la cabeza del loco sus ideas morbosas que las sanas en la del cuerdo; más firmes son en aquel las convicciones que le dan hechos erróneamente interpretados ó imaginarios, que en éste las que saca de la evidencia y del sentido común. En la venta de Palomeque, donde sucesos tan extraordinarios ocurrieron, mareado por la algarabía de los circunstantes, y más por el dictamen pericial del socarrón de maese Nicolás, está el barbero lugareño á dos dedos de convenir en que su bacía es yelmo, y aun Sancho, como para cortar por medio, llega á llamarla baciyelmo. No así Don Quijote, á quien, según se vio atrás, todas las protestas del pobre rapador no sirvieron sino para afirmarle en sus trece. Por esto he dicho también que para el alienado su criterio es infalible; que sólo él raciocina á derechas; y en la población de un manicomio él es el cuerdo, la rara avis , entre ignorantes, cerrados de mollera ú orates dignos de lástima. ¡Cuántas veces, tratando de abrir los ojos á alguno, para que viera lo enorme de sus desatinos y
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desaciertos , han tenido que oir mis oídos, y disimular mi paciencia, que me dijese, entre arrogante y compasivo:— ¡Ah, señor Doctor, cómo quisiera V. tener mi buen entendimiento! — Este, al menos, era comedido, pues no han faltado quienes , rompiendo con todo miramiento y respeto, y en el modo más crudo, me llamasen loco. — Uno hubo, muchos años atrás, en mí Manicomio (y pase este recuerdo como apéndice curioso), que era mísero juguete de continuas, múltiples é implacables alucinaciones; ejemplar notabilísimo de manía incoherente; pagado cuanto cabe de su buen seso ; enemigo acérrimo , como todos los recogidos , de la clausura hospitalaria; reformista universal hasta et extremo de destruir y recomponer á su antojo muchos vocablos del diccionario castellano, y usar licencias sintácticas que á sí mismo se otorgaba, para dar más nervio á la expresión de ideas peregrinas, estrambóticas y terríficas, porque no decía razón concertada. Pues bien, una le oí á menudo que sí lo era en el estado del infeliz, por cuanto iba muy vía recta al concepto de su cordura y al logro de sus esperanzas; y que él resumía en estas pocas palabras, pronunciándolas con tono imperativo, casi conminatorio : ¡no hay locura! ¡fuera manicomios!
Con estas verdades de experiencia clínica va conforme la locura de Don Quijote.
Movido á compasión el Canónigo dice al Caballero : ¿Es posible , señor hidalgo , que haya podido tanto con vuestra merced la amarga y ociosa letura de los libros de caballerías , que le hayan vuelto el juicio de modo , que venga d creer que va encantado , con otras cosas deste jae% , tan lejos de ser verdaderas como lo está la mesma mentira de la verdad? Y ¿cómo es posible que haya entendimiento humano que se dé á entender que ha habido en el mundo aquella infinidad de Amadises y aquella turbamulta de tanto famoso caballero...? Y aun tienen (dichos libros) tanto atrevimiento , que se atreven
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á turbar los ingenios de los discretos y bien nacidos hidalgos, como se echa bien de ver por lo que con vuestra merced han hecho , pues le han traído á términos, que sea forzoso encerrarle en una jaula y traerle sobre un carro de bueyes, como quien trae ó lleva algún león ó algún tigre de lugar en lugar, para ganar con él dejando que le vean. Ea, señor Don Quijote, duélase de sí mismo, y redú^gase al gremio de la discreción, y sepa usar de la mucha que el cielo fué servido de darle. Como quien, defendiendo conclusiones, atentamente recapitula y se hace cargo de los argumentos de su contrincante para desatarlos, así el Caballero, terminado el discurso del Canónigo , resume y rebate las razones con que ha querido persuadirle: Añadió también vuestra merced, dice, que me habían hecho mucho daño tales libros, pues me habían vuelto el juicio y puéstome en una jaula , y que me sería mejor hacer la enmienda y mudar de letura, leyendo otros más verdaderos y que mejor deleitan y enseñan... Pues yo hallo por mi cuenta que el sin juicio y el encantado es vuestra merced, pues se ha puesto d decir tantas blasfemias contra una cosa tan recebida en el mundo y tenida por tan verdadera, que el que la negase , como vuestra merced la niega, merecería la mesma pena que vuestra merced dice que da á los libros cuando los lee y le enfadan; porque querer dar á entender d nadie que Amadís no fué en el mundo, ni todos los otros caballeros aventureros de que están colmadas las historias, será querer persuadir que el sol no alumbra, ni el hielo enfría, ni la tierra sustenta.
. Más con cultura de cortesano que con rusticidad de cabrero, cuenta Eugenio la historia de Leandra, la pedida en matrimonio por él mismo y por Anselmo, que, dejando plantados á los dos, se fugó de la casa paterna con el soldado Vicente de la Roca, por quien fué robada y abandonada en una cueva, donde la hallaron los que en seguimiento suyo habían salido. En-
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cerróla su padre en un monasterio; Eugenio y Anselmo se concertaron en dejar la aldea é irse á un monte, en el que , apacentando el uno ovejas y el otro cabras , diesen vado á su tristeza con cantares de alabanza ó vituperio de la antojadiza moza, suspiros y querellas. Acabada la narración, ofre'cense á Eugenio todos los oyentes ; pero el entonces desenjaulado Don Quijote se excusa dicie'ndole: Por cierto, hermano cabrero, que si yo me hallara posibilitado de poder comentar alguna aventura, que luego , luego me pusiera en camino porque vos la tuviérades buena; que yo sacara del monesterio (donde sin duda alguna debe de estar contra su voluntad) d Leandra, á pesar de la abadesa y de cuantos quisieran estorbarlo, y os la pusiera en vuestras manos •para que hiciérades della á toda vuestra voluntad y talante, guardando empero las leyes de la caballería, que mandan que á ninguna doncella le sea fecho desaguisado alguno. Aunque yo espero en Dios, nuestro Señor, que no ha de poder tanto la fuerza de un encantador malicioso, que no pueda más la de otro 'encantador, mejor intencionado , y para entonces os prometo mi favor y ayuda, como me obliga mi profesión, que no es otra sino de favorecer d los desvalidos y menesterosos. Y preguntando Eugenio al Barbero quién es el que tales cosas le ha dicho, y respondiéndole el otro que Don Quijote de la Mancha , desfacedor de agravios , enderezador de tuertos , el amparo de las doncellas , el asombro de los gigantes y el vencedor en las batallas; eso me semeja, repone el cabrero , á lo que se lee en los libros de caballeros andantes , que hacían todo eso que de este hombre vuestra merced dice ; puesto que para mí tengo, ó que vuestra merced se burla, ó que este gentil hombre debe de tener vacíos los aposentos de la cabera. No más rápida y viva sale de la botella de Leide la chispa eléctrica llamada por la esferita del excitador, que estalla encendida por estas palabras la cólera de Don Quijote: Sois un grandísimo bellaco, y vos sois el vacío y el
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menguado ; que yo estoy más lleno que jamás lo estuvo la muy... * que os parió.
La conversación de Don Quijote en su casa con el Cura y el Barbero , tras los acaecimientos referidos , aunque fué tranquila y amena, tuvo , sin embargo, un lance, que de seguro habría levantado gran borrasca sin la prudencia de aquellos sus amigos y la mansedumbre accidental del mismo Hidalgo, que sentía ya los efectos benéficos del descanso en el seno de su familia. Que no hay hipostenizante más eficaz de los afectos neuróticos y frenopáticos que el retiro y sosiego , sobre todo después de vivas conmociones morales y quebrantos del cuerpo , como los que en el nada joven, y sí muy fatigado, del Andante produjo su delirio semizoantrópico en Sierra Morena , y la sobreexcitación consiguiente á las privaciones y al hambre. El anuncio de la supuesta bajada del Turco contra la Cristiandad, con que, según se ha visto, muy de propósito quiso el Cura explorar el verdadero estado mental de Don Quijote, á quien ya casi tenían todos por vuelto en su juicio, hirió la fibra ó la célula, que esto importa poco, más delicada de su celebro, y al instante hizo revivir nó, que harto vivo estaba, sino reaparecer claro y distinto el delirio en los razonamientos , hasta el punto de no dejar la menor duda acerca de la subsis-
* He de suplir con puntos suspensivos dos palabras usuales y corrientes en tiempo de Cervantes, porque, en el nuestro , ofenderían los castos oídos de los lectores, que, sin embargo, pueden pronunciar en público y poner en letra de molde sus sinónimas, sin temor de incurrir en la nota de poco mirados en achaque de decencia. ¡Válganos Dios por escrupulosos! Aquellas palabras, escritas parecerían mal, y habladas sonarían peor hoy que, embotados por la costumbre nuestros ojos, ya no se escandalizan con la pintura del vicio en su más procaz desnudez y desvergüenza; ni nuestros oídos lastima el lenguaje más inmundo y brutal; ni nuestra conciencia sublevan los provocativos alardes de un dementado descreimiento, ni los rugidos de la torpe y atroz blasfemia contra lomas santo, que nunca de otro pueblo, antiguo ni moderno, han sido tolerados, ni en los borrascosos tiempos de su mayor corrupción, decadencia y ruina.
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tencia de la monomanía, de todo en todo idéntica á la ya bien conocida en su idea primaria, en las secundarias y en los demás fenómenos que le daban carácter personal. Desengañados quedaron ya los amigos, la Sobrina y el Ama ; mas el Barbero, que en cuanto á chanzas no desechaba ripio, tuvo la mala ocurrencia de remachar el clavo del desacierto, que, sin duda por precipitación, hija del mejor deseo, había cometido el Cura; y contó, por venir, á su juicio, muy á cuento, el del loco de Sevilla , que , declarando con insana franqueza ser Neptuno, trató de dar el quite á la certera estocada que le asestó á la cabeza otro orate que decía ser Júpiter. Caló Don Quijote la segunda intención del Maese, y le dijo: Pues ¿éste es el cuento, señor Barbero, que, por venir aquí como de mol' de, no podía dejar de contarle! ¡Ah, señor rapista, señor rapista!, y ¡cuan ciego es aquel que no ve por tela de cedazo! Y ¿es posible que vuestra merced no sabe que las comparaciones que se hacen de ingenio á ingenio y de valor á valor, de hermosura á hermosura y de linaje d linaje son siempre odiosas y mal recebidas? Yo, señor Barbero, no soy Neptuno, el dios de las aguas, ni procuro que nadie me tenga por discreto , no lo siendo: sólo me fatigo por dar d entender al mundo el error en que está en no renovar en sí el felicísimo tiempo donde campeaba la Orden de la andante caballería Y con esto, me quiero quedar en mi casa,
pues no me saca el capellán della; y si Júpiter, como ha dicho el Barbero , no lloviere , aquí estoy yo, que lloveré cuando se me antojare: digo esto, porque sepa el señor bacía que le entiendo. Y, excusándose maese Nicolás con que fué buena su intención, y no debía sentirse Don Quijote, añadió éste: Si puedo sentirme ó no, yo me lo sé. ¡ Qué suavidad, qué delicadeza de tintas ! ¡ Qué diferencia entre estas respuestas y las que dio el Andante al Canónigo y al cabrero! jCuán modificado el delirio , si no en el fondo , en la forma , en las
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manifestaciones más expresivas ! Parécele á uno ver pintadas en la fisonomía de Don Quijote la calma, la apacibilidad, la animación templada que van devolviendo paulatinamente al orate el retiro y el reposo , el alimento y el sueño, reparadores de largas agitaciones y luchas, abstinencias y vigilias. Diríase que á ella salen también las afecciones que van renaciendo ó avigorándose , y la claridad del entendimiento, que comienza á abrirse paso por entre las sombras de la locura, como si, entre celajes, aparecieran los albores de un intervalo lúcido. Mejor copia del natural no la sacara el frenópata más instruido y práctico.
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CAPITULO XI.
UN MISTERIO PSICOLÓGICO.
Hasta aquí dejo expuestos hechos que van por la corriente del delirio, pero ahora me toca hablar de uno, que, por ir contra ella, ser muy difícil de explicar y más de comprender , es , á mi juicio, uno de tantos misterios psicológicos. De tantos digo, porque , en lo íntimo ó más profundo de la vida mental , los hay muchos para el espíritu pensador y reflexivo, libre de toda preocupación de escuela , y opuesto á admitir, venga de donde viniere y de cualquier modo que viniere, lo que , por más que suspenda , cautive y casi convenza , no se acomoda á los principios fundamentales de la Filosofía.
Ya me parece estar contemplando el gesto que pondrán ciertas personas al leer aquí la palabra misterio, por sentirla disonante en el concierto délas que usa, prohija ó inventa el criterio exclusivamente experimental y positivo de la Biología, tal como muchos la profesan. No me impugnen la propiedad de aquel vocablo , ó propónganme otro que exprese mejor la cosa, y sea de solar castellano — porque tengo hipo con las nomenclaturas exóticas mal vestidas de indígenas, que hoy están en moda, — y no andaré rehacio en adoptarlo ; ó, si prefieren penetrar en el meollo del asunto, revélenme el arcano , y al momento renunciaré á calificar de misterioso el hecho.
¡Misterio ! pues ¡no tiene pocos la naturaleza! Sí
no hay forma de poner en claro la operación íntima con que en la última molécula de nuestro organismo toman cuerpo y actividad los accidentes del mundo externo y tes afecciones de nuestra alma, ¡ misterio ha de ser la sensación , misterio el sentimiento , misterio la inteli-
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gencia, mayor misterio la razón, y el genio misterio de misterios! ¿Y la salud y la enfermedad , la cordura y la enajenación mental, la vida y la muerte ?
Ni el materialista, que levanta el edificio de su teoría psíquico-fisiológica sobre la piedra angular del tan traído como llevado principio de Cabanís, que el celebro secreta orgánicamente el pensamiento*; principio que ya ciertos autores, entre los más modernos, enuncian y sustentan quitada la dicción modificativa de la crudeza de su concepto; ni el mismo materialista , repito, puede menos de admirarse de la rara potencia de la pretensa glándula intracraneal , que, en todo caso, con ser singular y anómala, queda equiparada á las parótidas, al hígado, á los ríñones, á los folículos de Lieberkühn y á otros análogos; ni tampoco puede dejar de conceder que , en medio de todo esto , y sin menoscabo de la identidad de la función secretoria en la diversidad de sus productos, harto misteriosas son, comparadas con la saliva , bilis, orina y algún moco más ó menos limpio , secreciones celébrales como las que conocemos por los nombres de Sistema Copernicanoy Termodinamia , Parthenón de Atenas y Venus de Milo, Barbiere di Siviglia y Parsifal, Divina Commedia y Don Quijote de la Mancha.
¿Misterios no tienen también la Física, la Química,
la Estética ? Atracción afinidad belleza
¿Dicen algo más estas palabras que las cualidades ocultas de los peripatéticos? Y, sin embargo , con estas y otras palabras semejantes expresa toda ciencia hechos en que funda su doctrina, patentes por resultados positivos, trascendentales para el bienestar y progreso del humano linaje, poderosos tal vez á cambiar en pocos lustros el aspecto del mundo; pero, con todo eso> inexplicables, incomprensibles en su entidad, tan arcanos como ignorado es lo que existe en los espacios de
* Rapports du physique et du moral de Vhomme; edición de París, año 1843, página 123.
I 5o UN MISTERIO PSICOLÓGICO.
inconmensurable lejanía adonde no alcanza el telescopio del astrónomo.
Hasta el lenguaje corre sobre la misma incertidumbre : constreñir á un sabio á que en sus razonamientos no usase voz alguna cuya definición esencial no pudiese dar, sería condenarle á perpetuo silencio. Y, esto no embargante, los sabios hablan entre ellos; y los que no lo somos , también; y ellos con nosotros, y acaso nosotros con ellos; y todos nos entendemos ó creemos entendernos, aunque no siempre lo suficiente para que ande la paz por el coro.
No hay que darle vueltas: dondequiera reina la oscuridad del misterio; y en vano pugna el hombre por arrojar de sí esta pesadilla de su ignorancia.
La de la relación de causalidad que ciertos hechos patológicos guardan con otros, aquéllos y éstos bien conocidos en sus accidentes y por sus resultados, es harto manifiesta, por desgracia; y poco trabajo me costaría el traer varios ejemplos de ella y comentarlos, si lo pidiese la materia. Sean cuales fueren las respectivas lesiones del organismo, ¿dónde está el nexo que une la tuberculización pulmonar con las bien puede decirse constantes confianza y alegría del que la padece ; los afectos crónicos de las visceras cuyas venas afluyen á la porta con el ánimo apocado, dudoso, sombrío y pesimista que concurren á caracterizarlos? ¿Cómo la saturación alcohólica enciende tantas y tan peligrosas alucinaciones? ¿Quién puede darse cuenta del instantáneo trueque de lo objetivo en subjetivo , por el cual la sensación queda convertida en ilusión? ¿Porqué en la parálisis progresiva la fantasía delirante, henchida de ideas de hermosura, superioridad, grandeza y opulencia, vuela raudamente por los aéreos espacios del mejor de los mundos posibles é imaginables? Éstos no se dirán misterios, pero sí son secretos incomprensibles todavía para la ciencia: conque allá se salen.
El loco desconoce su locura y conoce la ajena.
UN MISTERIO PSICOLÓGICO. I 5 I
Este hecho que, pareciendo envolver cierta contradicción, es positivo é indudable, aunque pasmoso, constituye lo que he querido llamar misterio psicológico. El cual puede explicarse, en parte, diciendo que, según dejo ya expuesto, la conciencia refleja del orate es cabal con respecto á sus afecciones internas independientes de la locura, y nula tocante á las que derivan de ella; pero sólo en parte, entiéndase bien, porque no se alcanza la razón del carácter positivo de dicha conciencia en el primer caso, y del negativo en el segundo; ni, por lo mismo, se comprende cómo el conocimiento que tiene el loco de la locura de los demás es compatible y simultáneo con la ignorancia de la suya propia. Problema irresoluble, porque incluye una incógnita que acaso jamás podrá despejarse.
Cáese de su peso que esto no se entiende sino con locos más ó menos lúcidos, no con todos. Son , empero, bastantes los que, recogidos en un manicomio, afirman y defienden, como quien dice á punta de lanza, la sanidad de su entendimiento, oyen con desdén los reparos de los que muestran dudarlo, ó hacen por desvanecerlos, con desprecio, enojo y tal vez cólera; y al propio tiempo dan de alienados á todos los demás reclusos, y se desazonan de tener que habitar debajo de un mismo techo, miserablemente confundidos con ellos. Lo de no ver la viga en el ojo propio , y sí la mota en el ajeno viene pintiparado á estos locos.
Risa causaría , si el infortunio mayor del hombre no moviese siempre á llanto , el caso, que con frecuencia se repite, de un .orate vocinglero ó alborotador que, recluido por la noche en el dormitorio de los tales, como es consiguiente , al otro día solicita con mucha seriedad que no se le obligue á volver, no siendo loco , á una estancia donde con destemplada é incesante grita le impiden conciliar el sueño los que allí están recogidos, á quienes califica rotundamente de locos perdidos , quizás excusándoles y compadeciéndoles. — Dos hay en mi
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Manicomio, que adolecen de alucinaciones inveteradas y, á mi juicio, incurables; el uno del oído, y el otro del oído y del tacto : á entrambos traen de continuo á mal traer los sempiternos enemigos invisibles : los del primero están escondidos debajo del suelo, así en los altos como en el planterreno, le escuchan, adivinan lo que piensa, y le zahieren ó infaman; al segundo los suyos, que las más veces son gente de Iglesia, le burlan ó denuestan volando por el aire, ó se posan en alguna parte de su cuerpo; y ora le soplan en las orejas, órale dan retortijones de tripas, aquí le estiran los nervios, allí le mueven dolores de huesos, y de vez en cuando le causan un trastorno momentáneo , que real y verdaderamente lo es, aunque no en la manera que su aberración sensoria le da á entender, sino tal y como lo produce cierto padecimiento crónico de la me'dula raquídea. El uno tiene puntas y collar de dipsomaniaco*, y andaría á menudo haciendo eses, si se le dejara á sus anchas; pero, no perdiéndole de vista, se le sujeta á una forzosa templanza, y así, es tan bueno como el otro, á quien en bondad y pundonor nadie, sin exceptuar los cuerdos, puede echarle el pie adelante. Los dos son atentos, dóciles , laboriosos y hábiles en sus oficios, de guarnicionero y carpintero respectivamente , oficio este segundo, que el recluso ha aprendido en el Manicomio; se hablan, se tratan, aunque no con intimidad; suelen estar hombro á hombro en la fila al recibir mis visitas; pero lo mejor del caso es que el uno del otro, y éste de aquél, se ríe de sus quebrantos, pesares y lamentos ; y cada cual , á su modo , viene á decir, entre compasivo y fisgón, de su compañero:— ¡Bah, el pobrecito lo ha de los cascos!
Refiriéndose á la interrupción con que Don Quijote
* Dipsomanía^ deseo inmoderado, pasión vehemente, vicio frenopático de beber vino ú otro licor alcohólico; y también la enfermedad mental llamada alcoholismo crónico, á que da origen la repetida ó constante embriaguez, consecutiva á la satisfacción de dicho vicio: dipsomaniaco, perteneciente ó relativo á la dipsomanía.
UN MISTERIO PSICOLÓGICO. I 53
cortó el hilo de la historia de Cardenio , díjole después Sancho : ¿ Qué le iba á vuestra merced en volver tanto por aquella reina Magimasa , ó como se llama? ó ¿qué hacía al caso que aquel abad fuese su amigo ó no?; que si vuestra merced pasara por ello , pues no era su jue%, bien creo yo que el loco pasara adelante con su historia, y se hubieran ahorrado el golpe del guijarro, y las coces, y aun más de seis torniscones. Sobre no ser hombre el Andante para echar el pie atrás en la defensa de damas, cuanto más de reinas, ni para recurrir á temperamentos que zanjasen dificultades en las acciones á que le empujaban sus desvarios, respondió al escudero: A fe que si tú supieras , como yo lo sé , cuan honrada y cuan principal señora era la reina Maddsima , yo sé que dijeras que tuve mucha paciencia , pues no quebré la boca por donde tales blasfemias salieron ; porque es muy gran blasfemia decir ni pensar que una reina esté amancebada con un cirujano. La verdad del cuento es que aquel maestro Elisabad, que el loco dijo , fué un hombre muy prudente y de muy sanos consejos, y sirvió de ayo y de médico á la reina; pero pensar que ella era su amiga es disparate digno de muy gran castigo ; y porque veas que Cardenio no supo lo que dijo , has de advertir que^ cuando lo dijo, ya estaba sin juicio. Pues, por lo mismo, no tenía por qué salirse de sus casillas el Andante, y despachurrar el cuento ; pero , al cabo y á la postre , entre locos andaba el juego.
¿Qué prueba mejor de la verdad de mi tesis? A vueltas de un desatino como los que al Caballero inspiraban tan á menudo las memorias de sus insanas lecturas, soltó la discreción que en un caso semejante habrían proferido los labios de toda persona de seso.... El misterio psicológico: Don Quijote conoció bien la locura de Cardenio, desconociendo de todo punto la suya propia ; para la cual era tan ciego como lo es la pica para el color de su plumaje, cuando zumba al cuervo diciéndole: compadre, sodes negro.
1 54 CORDURA SUBSISTENTE
CAPÍTULO XII.
CORDURA SUBSISTENTE EN LA LOCURA.
Por más que parezca extraño, generalmente la locura no llega á mudar de todo en todo la condición del que la padece, pues, á pesar del delirio, que tantas cosas le arrebata, conserva rasgos inequívocos, acaso muy sobresalientes, de su índole, piedad, cultura y virtudes, ó de su descreimiento, rusticidad, ignorancia y vicios. Ni obsta que la mudanza de las cualidades morales sea, como se ha dicho ya , uno de los fenómenos característicos de los padecimientos psíquicos , porque , si bien profunda, por lo común, no suele extenderse á más de los afectos que , directa ó indirecta , continua ó temporalmente, conmueve ó perturba el desvarío, quedando incólumes los restantes , y aun quizás en la plenitud de su potencia y energía.
Los que apenas conocen de vista á los locos imaginan que nadie lo es, que nadie puede serlo, si incesantemente no tiene el dislate en los labios, la malquerencia en el corazón , el capricho en la voluntad , el desatino en la conducta: ó, dígase [de un modo general, caracteres opuestos á los que, en juicio público, acreditan al hombre de sensato, bondadoso, prudente y circunspecto: error que la experiencia desvanece mostrando ser bastantes los orates que, como explicado queda en otro capítulo , á menudo hablan en razón ; tienen miramientos y respetos ; se distinguen por su docilidad, y cumplen de buen grado sus obligaciones en el manicomio; casi como pensaban, sentían y se portaban cuando cuerdos. Con todo eso, justo es decir que lo que más tardan en borrar ó desvanecerlas aberraciones mentales son el sentimiento religioso, la instrucción y la educa-
EN LA LOCURA. I 55
clon. Que suele subsistir el primero, apenas menoscabado por el desvarío, probaríalo yo, si menester fuese, con ejemplos muy notables; aun bien que ya lo manifiestan claramente la escrupulosidad , á veces exagerada y sorda á toda impugnación concienzuda, con que varios locos , y más quizá locas , guardan el precepto religioso de abstinencia ; y la buena compostura , silencio y recogimiento con que unos y otras, en sus departamentos respectivos , oyen misa y rezan en común las oraciones ordinarias ; por manera que , sin ánimo de inferir ofensa, diré muy alto que de ellos podrían aprender algunos que se estiman por cuerdos, discretos y celosos observantes de los mandamientos de la Iglesia. La educación y la instrucción imprimen en lo moral y en lo intelectual sendas marcas de tinta indeleble ; y tanto es así, que por ventura jamás las hacen desaparecer del todo los fuertes reactivos de la corrupción ó del delirio : argumento de hecho contra el dictamen de los que, no mirando sino con la engañosa lente de un sistema, niegan al hombre aptitud para su mejoramiento y perfección, si ya no la dan de suyo cualidades intrínsecas, supuestas, que nunca conocidas, del organismo; como queriendo adormecerlo y anonadarlo bajo la pesadumbre de una fatalista predestinación, matadora de todo aliento y esperanza. El ignorante que pierde el juicio, más zote, que era, se queda; el rudo, más torpe y desatento; y, por el contrario, hasta en la locura pasiva del que fué instruido , brilla alguna luz de cultura, tal vez algún destello de ingenio ; y en el orate que recibió una educación esmerada, échase de ver, por lo menos, un resto de atención y cortesía. Es decir, que en la locura actual se transparenta la cordura pasada. A la simultaneidad de cualidades fisiológicas y alteraciones patológicas de la mente llamo yo cordura subsistente en la locura, yes un hecho digno de gran reflexión , no raro en las vesanias pasivas ú oscuras; frecuente en las activas; entre éstas, más en las lúcidas;
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y casi constante en las de delirio parcial , ya hipocón-r drico, ya monomaniaco, mayormente en este último. Con ella cuenta y sobre ella se funda la disciplina de los orates en un manicomio: disciplina de imponderable influencia terapéutica; y que, aun como simple forma de conducta es tal, que , sin verla, nadie la creyera; y tan ejemplar, que podría servir de norma á los reclusos de muchos establecimientos de clases distintas.
Había, años atrás, en mi Manicomio un maniaco? forzudo y valiente como él solo, cuyo estado habitual era la exaltación alborotadora y pendenciera. A impulsode ésta, no afrontaba, sino que iba en busca de lances empeñados y peligrosos ; mas, á fuer de valiente, era noble. Temerario otro maniaco, animoso también y no> flaco, atrevióse á darle un puntapié por no se supo qué motivo; y, cuando los asistentes corrieron á interponerse entre los dos para evitar la terrible pelea que parecía no poder menos de armarse, oyeron, no sin grande asombro, decir el ofendido al agresor, que entonces» por su agitación , llevaba puesta la camisa de fuerza: — Anda, pídeles á los criados que te quiten estas ataduras, y, libre que estés , nos veremos las caras/ mas ni aun levantó la mano en ademán de responder al provocativo maltrato del desaconsejado compañero.
La carta que voy á copiar al pie de la letra, mudando solamente los nombres propios que van en ella, y omitiendo los de las poblaciones que se citan, es de un? alucinacionario entreverado, bastante instruido y argumentador impertérrito. Viene , á mi entender , muy al caso, porque , en su primera parte muestra la senda torcida por la que el adolecente lleva al error la interpretación de ciertos actos de una persona allegada, que hubo de buscar modo de salvarle algún papel interesante , y pedir que el infeliz fuese recluido , por vía de seguridad de su persona y tratamiento de su dolencia; y lo restante del escrito es un retrato moral del autor, con las ínfulas de entendido político y la urba-
EN LA LOCURA. I D'J
nidad que le distinguen , y de más á más la amanerada adulación que da forma á su trato con las personas de quienes espera conseguir algo. Dice así :
« Muy señor mío, de mi mayor consideración y res- «peto: Dispense V. la libertad que me tomo de escri- »bir á V. Tengo el sentimiento de participar á V. que
.) mi hermana, Gláfira, de después de haberme he-
»cho perder mi empleo, de haberme hecho pasar por »mil desgracias, é imposibilitado de obtener otro, «usurpándome con llave falsa (como me lo confesó) la » única hoja de servicios que poseía y otros documentos »dela carrera, me secuestró en el manicomio de...., ■ sin haber hecho jamás acto alguno de demencia , como »lo dije á su Director al recibirme, y sí sólo por profesar alas ideas políticas de mis difuntos padres (hijo mi pa- »dre y defensor de esa población) , que eran las libera- »les; de consiguiente apreciaré muy mucho de la » nobleza y bondad de V. y de nuestros correligiona- » ríos se sirvan hacer lo posible á fin de que se me dé » la debida libertad, que sólo cometiendo un crimen se «me ha usurpado. — Tuve el gusto de leer por casuali- >y dad la reseña de la reunión que se verificó en esa con -»el Excmo. Sr. D. Onésimo, haciendo un gran elogio »del discurso que hizo V., por el cual le felicito y debo ;> decir á V. que además de estar identificado con las «ideas políticas, tanto de V. como del Excmo. señor »D. Onésimo, lo estoy con las económicas, y por esto i> suscribí una carta de adhesión que se me invitó á fir-
» mar en y votar á dicho Excmo. Sr. en el año
í> poco antes de secuestrárseme. Dispense V. la redac- » ción , pues he de escribir como de limosna y acercándoseme á decir con frecuencia si he concluido, y «estorbándome, y teniendo poco tiempo. — Confío, » Sr. D. Clímaco, que tanto V. como nuestros correlii» gionarios se dignarán hacer cuanto esté en su mano » (no sé si ésta llegará á las de V.) para que se me dé la a salida , y excusado es decir que ahora más que nunca
I 58 CORDURA SUBSISTENTE
» deseo, á pesar de lo poco que valgo, servir al partido. » — Mi hermana es una fanática, siendo su negro plan » que muera en el manicomio , así como deseaba que » muriese en el hospital de ésa, de lo que tengo prue- » bas, entre otras, de haberme excitado al suicidio. — »Debo añadir que de dicho manicomio se me ha trasladado á éste Disponga V- como guste, tanto como
» particular como en el concepto de ser ¡efe del partido »en esa provincia, de este S. S. S. Q. B. S. M.»
La susbsistencia de cordura en la locura de Don Quijote salta á la vista en toda su historia, dando ocasión á los contrastes más interesantes , y que más simpatía granjean al pobre Caballero. Diciendo de él don Diego que es un cuerdo loco y un loco que tira á cuerdo, expone , con el laconismo feliz de una locución rigurosamente acomodada á la verdad científica , uno de los caracteres generales más distintivos de la monomanía del Hidalgo. Cuantos le tratan, tiénenle por hombre de muy buen entendimiento en lo que no toca á su locura, y hay quien le ensalza calificándole nada menos que del más delicado entendimiento que hay en toda la Mancha* Sus amigos se esfuerzan en buscar un arbitrio para curarle, por ser cosa' de lástima que un hidalgo tan bien entendido como Don Quijote sea loco. Y al castellano que le ve pasear por Barcelona le da muy gran lástima que el buen ingenio , que dicen que tiene en todas las cosas este mentecato , se le desagüe por la canal de su andante caballería. Benigno , compasivoy caritativo, religioso, agradecido, cortés, afable, discreto, instruido, ni una sola vez, fuera de sus exaltaciones , desmiente con las palabras ni con el comportamiento estas bellas partes. Porque verdaderamente , en tanto que Don Quijote fué Alonso Quijano el Bueno á secas, y en tanto que fué Don Quijote de la Mancha, fué siempre de apacible condición y de agradable trato ; y por esto no sólo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocían. Yo no vuelvo
EN LA LOCURA. 1 5o.
de mi asombro cuando leo este pasaje, digno de grande encomio, y que no pudo escribir Cervantes sin haber penetrado uno de los mayores secretos de la locura; porque lo es en efecto, y aun parecerá cosa inverosímil á los que no han tenido larga comunicación con los orates , ni meditado sobre las aparentes contradicciones que envuelven ciertos fenómenos de la vida mental, en enfermedad como en salud.
Prolija tarea sería el referir todos los actos y palabras del Caballero que sacan á luz la cordura que debajo de su locura alentaba.
De su afecto religioso certifica la excusa que da al derribado acompañante del cuerpo muerto : yo no pensé que ofendía á sacerdotes ni á cosas de la Iglesia , á quien respeto y adoro como católico y fiel cristiano que soy.
¿Hay, por ventura, más discreción que la que resplandece en estas reflexiones á Sancho ? Yo no soy casado, ni hasta agora me ha venido en pensamiento serlo; y, con todo esto, me atrevería d dar consejo al que me lo pidiese , del modo que había de buscar la n\ujer con quien se quisiese casar. Lo primero le aconsejaría que mirase más d la fama que d la hacienda, porque la buena mujer no alcanza la buena fama solamente con ser buena, sino con parecerlo ; que mucho más dañan d la honra de las mujeres las desenvolturas y libertades públicas que las maldades secretas. Si traes buena mujer d tu casa, fácil cosa será conservarla, y aun mejorarla , en aquella bondad; pero si la traes, mala, en trabajo te pondrá el enmendarla; que no es muy hacedero pasar de un extremo d otro. Yo no digo que sea imposible, pero téngolo por dificultoso. Con razón añadió luego entre sí el escudero, que cuando su amo comenzaba á enhilar sentencias y dar consejos, no sólo podía tomar un pulpito en las manos, sino dos en cada dedo, y andarse por esas plazas á ¿qué quieres, boca?
I 6o CORDURA SUBSISTENTE
De entre los objetos que contenía la maleta que hallaron amo y mozo en Sierra Morena , aquél pidió el librillo de memoria y mandó al otro, por liberalidad tanto como por afecto y agradecimiento , que guardase y tomase para sí el pañizuelo con su buen porqué de escudos de oro.
Muestras de instrucción é ingenio , muchas dio Don Quijote, y algunas por cierto brillantísimas. ¿Quién no se saborea con el razonamiento á los enconados bandos del rebuzno, en el temoroso amago de venir á las manos? ¿No escucharon suspensos y admirados los circunstantes el discurso sobre las armas y las letras? ¿ No son de hombre bien criado, discreto, perspicaz, conocedor del mundo, honrado y justo, los consejos que dio á Sancho para que se hubiese bien en el gobierno de la ínsula? Yo, que estoy cuerdo, á Dios gracias, — y afirmólo, aun sabiendo con cuánta verdad dijo un autor: la folie est une infortune que s'ignore elle mente , — daría por henchidas todas las medidas de mi ambición literaria, puesto que la tuviese, si acertase á escribir media cuartilla que en algo se pareciese al razonamiento que el loco Don Quijote dirigió á los cabreros sobre la dichosa edad de oro ; al que , caminando con el del Verde Gabán , hizo acerca de la poesía ; ó, por lo menos , al que introdujo en su plática con el Cura, el Bachiller y el Barbero, parangonando los caballeros cortesanos de entonces con los andantes de los siglos pasados.
Un hecho fingió Cervantes, que entra de lleno en este capítulo de pruebas y consideraciones sobre la subsistencia de cordura en la locura, y que á ponerle algún comento me lleva el deseo de hacer notar con qué sutil ingenio el autor lo preparó y condujo á su fin del modo más natural , práctico y aun iba á decir clínico. Es el altercado que se movió en la mesa de los Duques la vez primera que á ella se sentó Don Quijote. Importa fijarse, no sólo en lo esencial del hecho, sino en
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todos los incidentes , porque contribuyen á demostrar, por una parte , cómo se moderan los ímpetus de la locura con el buen trato y atenciones que recibe quien la padece; y, por otra, cuánto, en esta disposición propicia , la índole pacífica , urbanidad y respeto del loco ayudan á reprimir sus naturales arrebatos.
Nunca en lugar alguno, como entonces en aquella casa, desde que el Hidalgo salió de la suya, se había convertido en realidad visible y palpable para e'l lo fantástico de su concepto monomaniaco. En ella se contemplaba elevado á la última región de sus esperanzas, de su esplendor y gloria; en ella era el caballero andante de todos conocido por sus preclaros hechos; allí moraba en un castillo, cual los que la inventiva de su delirio levantó repetidas veces sobre los cimientos de las descabelladas mentiras que había leído ; allí, al ha- * cer rendimiento á la apuesta castellana, le regaló los oídos la lisonja , que donde estaba la señora Dulcinea del Toboso, no era razón que se alabasen otras hermosuras; en aquel recinto le dieron por primera vez el dictado de grandeza, saludáronle con la aclamación de « bien venido sea la flor y nata de los caballeros andantes , » y la servidumbre derramó sobre él pomos de aguas olorosas; en aquellos salones gallardas doncellas le echaban sobre los hombros un gran mantón de finísima escarlata , y otras se ofrecían á desnudarle para ponerle una camisa , y le daban un tahalí con su espada, y una montera de raso verde , y agua á manos; y todo eran obsequios y agasajos, reverencias y ceremonias, pompa y majestad. Nada más perjudicial ni abominable que el fomentar y enardecer á este tenor los desvarios vesánicos; aunque también es verdad que , en circunstancias especiales, en coyunturas muy difíciles, por excepción , en fin , exclusivamente reservada á la prudencia y criterio práctico del alienista , para atajar un arrebato furioso, puede simularse momentáneamente el asenso á la tema de un loco y á sus desatentados
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propósitos , porque tal vez esta aquiescencia le templa por el pronto, le apacigua, esperanza, vuelve sumiso y dócil; acabando, por medio de un fingimiento discreto, en ajuste pacífico lo que comenzó arranque belicoso.
En una tranquilidad semejante estaba el ánimo de Don Quijote, desvanecido por el aparato casi triunfal de su recibimiento, cuando el grave eclesiástico que asistía en aquella casa y mesa , tan mal hallado con la simpleza del Hidalgo, como con el censurable proceder de los ilustres señores que para holgarse la fomentaban, dio al Duque y al Andante sucesivamente una corrección , que fuera fraterna , á no tener las cualidades de pública, destemplada , áspera y aun cáustica, para calificarla como merece. Vuestra Excelencia, señor mío, tiene que dar cuenta á Nuestro Señor de lo que hace este buen hombre. Este Don Quijote, ó Don Tonto, ó cómo se llama , imagino yo que no debe de ser tan mentecato como vuestra Excelencia quiere que sea, dándole ocasiones d la mano para que lleve adelante sus sandeces y vaciedades.... Ydvos, alma de cántaro, ¿quién os ha encajado en el celebro que sois caballero andante , y que vencéis gigantes y prendéis malandrines? Andad en hora buena, y en tal se os diga : volveos á vuestra casa y criad vuestros hijos , si los tenéis , y curad de vuestra hacienda, y dejad de andar vagando por el mundo, papando viento, y dando que reir á cuantos os conocen y no conocen. ¿En dónde ¡ñora tal! habéis vos hallado que hubo ni hay ahora caballeros andantes? ¿Dónde hay gigantes en España ó malandrines en la Mancha, ni Dulcineas encantadas, ni toda la caterva de las simplicidades que de vos se cuentan?
Por infinitamente menos que dijo, en otra ocasión, Eugenio, antes que abrir Don Quijote los labios para responderle, arrebató de un pan, que junto á sí estaba en la herbosa alfombra , y con él dio al cabrero con tanta furia, que le remachó las narices. No había de ser así en la casa de los Duques , cuyo ambiente, por todas
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las circunstancias referidas, tuvo entonces la virtud del suave y apacible de un manicomio, gran sedativo de hiperfrenias. El lugar donde estoy, y las presencias ante quien me hallo, y el respeto que siempre tuve y tengo al estado que vuesa merced profesa , tienen y atan las manos de mi justo enojo ; y así por lo que he dicho, como por saber que saben todos que las armas de los togados son las mesmas que las de la mujer, que son la lengua , entraré con la mía en igual batalla con vuesa merced, de quien se debían esperar antes buenos consejos que infames vituperios. ¿ Podía darse mayor moderación que la de estas palabras en el exordio de una réplica , que había de parecer cobarde é indigna no volviendo mofa por mofa , insulto por insulto, estocada por estocada? Así fué, no obstante, el tono de todo el discurso del Caballero. Afeó la acritud é importunidad de la reprimenda; hizo una sucinta apología de sí mismo, encareciendo la rectitud de su comportamiento; y al cargo de bobería respondió con mesura y bondad tales, que sin duda los oyentes hubieron de persuadirse de la razón , y ponerse de parte del reprendido. ¿Por cuál de las mentecaterías que en mí ha visto me condena y vitupera?.... Si me tuvieran por tonto los caballeros , los magníficos , los generosos, los altamente nacidos, tuvi éralo por afrenta inreparable ; pero de que me tengan por sandio los estudiantes , que nunca entraron ni pisaron las sendas de la caballería, no se me da un ardite. Caballero soy y caballero he de morir, si place al Altísimo: unos van por el ancho campo de la ambición soberbia, otros por el de la adulación servil y baja, otros por el de la hipocresía engañosa, y algunos por el de la verdadera religión; pero yo, inclinado de mi estrella, voy por la angosta senda de la caballería andante..,. Mis intenciones siempre las enderezo á buenos fines , que son de hacer bien á todos, y mal á ninguno; si el que en esto entiende, si el que esto obra , si el que desto trata , merece ser llamado bobo,
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díganlo vuestras grandevas, Duque y Duquesa excelentes. Bobo era, sí, el que tal razonamiento hizo, fallo yo, como juez en juicio verbaj; pero bobo que anduvo entonces del lado de la sensatez.
Paréceme que viene ahora muy á cuento un ingenioso episodio de la novela, que , por cierto, sobre ser de los que más acreditan de observador lince á Cervantes, demuestra su profundo conocimiento del corazón humano: ciencia que aprendió en la escuela de la adversidad , harto frecuentada por él , y mayormente en la de la pobreza , de la cual hubo de ser un alumno asiduo. O yo me equivoco , ó el episodio, poniendo en movimiento y juego la vanidad excitada por el amor propio , es un ejemplar de no pocos hechos, en los que se advierte al pronto que, así como va, por lo común, envuelto en la locura un resto de cordura , que resiste al desorden de la mente, así en la sobrehaz de la cordura salen ciertos asomos de locura, ó dígase, si el término parece sobrado fuerte , de flaqueza de la inteligencia ó de los afectos. El insanis et tu, stultique prope omnes del estoico Damasipo ; atrevido concepto, que no había antaño escolar de latín que no lo supiera de memoria, es realmente de aplicación muy elástica, pero, al fin, de aplicación efectiva hoy ni más ni menos que cuando corría en papiros aquella sátira de tan amarga como verdadera filosofía.
Don Lorenzo, el hijo del de Miranda , había estado seis años en Salamanca aprendiendo las lenguas latina y griega; y era tan aficionado á la poesía, que todo el día se le pasaba en averiguar si dijo bien ó mal Homero en tal verso de la Ilíada ; si Marcial anduvo honesto, ó no, en tal epigrama; si se habían de entender en una manera ú otra tales y tales versos de Virgilio ; y todas sus conversaciones eran con los libros de los referidos poetas y con los de Horacio, Persio, Juvenal y Tibulo; que de los romancistas de su tiempo no hacía mucha cuenta. Esto refirió de él don Diego á Don Quijote ,
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añadiendo que á la sazón tenía desvanecidos los pensamientos á su hijo el hacer una glosa á cuatro versos, que le habían enviado de Salamanca, y eran, á lo que pensaba , de justa literaria.
Recibido por el de lo Verde en su casa nuestro caballero, don Lorenzo, á quien su padre ha encomendado el juzgar de la discreción ó tontería del huésped, va inclinándose alternativamente, como antes se ha visto, al lado de la una y al de la otra , no tanto acaso por la sensatez de lo que le oye decir, cuanto por lo que esto á él, en particular, le lisonjea.
El señor don Diego de Miranda, padre de vuesa merced, me ha dado noticia de la rara habilidad y sutil ingenio que vuesa merced tiene, y, sobre todo, que es vuesa merced un gran poeta. Ninguna extrañeza causa el que, tras esta insinuación, dejen perplejo á don Lorenzo, y sin poder decidirse sobre la locura de su interlocutor, las razones discretas y como dictadas por acerbos desengaños, que, refiriéndose á los versos que traía entre manos el mancebo, le dice Don Quijote: Si es que son de justa literaria, procure vuesa merced llevar el segundo premio ; que el primero siempre se lleva el favor ó la gran calidad de la persona , el segundo se le lleva la mera justicia ,y el tercero viene á ser segundo , y el primero, á esta cuenta, será el tercero, al modo de las licencias que se dan en las Universidades; pero, con" todo eso , gran personaje es el nombre de primero. Recae inmediatamente la plática en el asunto de la caballería andante , y ya no puede menos don Lorenzo de dar por loco á Don Quijote , so pena de tener que juzgarse mentecato á sí mismo. De sobremesa , lee el mozo su glosa , y levántase al punto el Caballero, y, en voz alta , que parece grito, asiendo la mano derecha de don Lorenzo , exclama : / Viven los cielos donde más altos están, mancebo generoso, que sois el mejor poeta del orbe, y que merecéis estar laureado, no por Chipre ni por Gaeta, como dijo
I 66 CORDURA SUBSISTENTE
un poeta, que Dios perdone , sino por las academias de Atenas, si hoy vivieran, y por las que hoy viven de París, Bolonia y Salamanca! ¡Plega al cielo que los
jueces que os quitaren el premio primero Febo los
asaetee , y las Musas jamás atraviesen los umbrales de sus casas! Decidme, señor, si sois servido, algunos versos mayores; que quiero tomar de todo en todo el pulso á vuestro admirable ingenio.
Más admirable es la maestría con que se desarrolla este episodio. Sobre los premios de los certámenes literarios da Don Quijote su parecer con el escepticismo de quien los vio alguna vez convertidos en saínetes, y sabe las intrigas que anduvieron entre bastidores, y el teje maneje que usaron las primeras partes. ¿ Qué más se quiere para henchir á don Lorenzo , é inclinarle á llevar la contraria á su padre, que acababa de decirle que á su huésped antes tenía por loco que por cuerdo ? ¿ Puede haber para el joven esperanza como la de hallar, para su posible fracaso en la justa , la salida halagüeña del mérito vencido por el favor? Porque, con paz sea dicho, nadie suele llevar más allá que los poetas el amor y estimación de sí mismos; y como se les ha repetido mil veces, desde Horacio, que la mediocridad les asfixia y mata, y como todos se sienten vivir, por maravilla habrá uno que no infiera hallarse sublimado á los espacios etéreos do no arriban sino los ingenios que la gloria ha hecho inmortales. Por esto los elogios y aplausos se les deben por juro de oficio. Los que á la glosa de don Lorenzo prodigó Don Quijote salieron á impulso, más bien que de un criterio sesudo y rígido , del amor del Hidalgo al divino arte, y de su corazón entusiasta y generoso, propenso siempre á la benevolencia; porque la verdad es que si la composición llegó al certamen , con otras debió de encontrarse en él que le disputasen la palma, aunque no hubiesen sido sopladas por la Musa en cuyo regazo creció el mancebo hasta alcanzar la colosal es-
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tatura de primer poeta del orbe ; si bien parece que entonces, como siempre , si no eran muchos los que se estimaban por primeros, pocos serían los que se reputaban segundos. De donde tal aluvión de versos en el tiempo de Cervantes; más dichoso, sin embargo, que el nuestro, en que ya ño es aluvión sino mar, que ha inundado los campos de la literatura, y en el que todos estamos sumergidos hasta la garganta, y muy pronto, si Dios no lo remedia, pereceremos ahogados; pues no parece sino haberse convertido en deshecha catarata la mansa corriente de Aganipe, vencida de los ruegos de tanto certamen que pide versos con más ahinco y fervor que los acualicios de marras imploraban la fecundizante lluvia.
En prosa sencilla y clara, como el agua limpia, da fin el cronista al gracioso episodio del poeta novel con una moraleja, superior sin duda, en todo sentido, á muchas que salen en público autorizadas con el ropaje del metro. ¿No es bueno que dicen que se holgó don Lorenzo de verse alabar de Don Quijote, aunque le tenía por loco? ¡ Oh fuerza de la adulación, á cuánto te extiendes, y cuan dilatados límites son los de tu juridición agradable! Esta verdad acreditó don Lorenzo, pues condescendió con la demanda y deseo de Don Quijote , recitándole un soneto á la fábula ó historia de Píramo y Tisbe. Es decir, que, en este respecto, don Lorenzo, á pesar de su talento y letras, hizo tercio con la bendita de doña Rodríguez y el insipiente de Sancho, yéndose de corazón tras la lisonja , como la dueña tras
el favor, y el escudero tras la promesa ¿de quién?...
de un miserable loco.
A mí se me trasluce que otros acreditarían también aquella verdad ahora; porque dudo que hubiese muchas mujeres que no se esponjasen de oirse llamar hermosas , más que fuera de un orate, ni muchos hombres que no se engriesen de que el loco les alabase de sabios ó discretos y aun quizá de buenos mozos. Sí; que
1 68 CORDURA SUBSISTENTE EN LA LOCURA.
todos nos paladeamos con la miel , sin inquirir cuál sea la abeja que la ha formado. Ni tampoco estamos libres de esta flaqueza — ¿quién no tiene alguna?; pero ella es más merecedora de reparo y de censura en nosotros — los que , por estar en comunicación continua con los alienados, les conocemos mejor, y casi siempre, al oir sus razones, penetramos el designio de los unos, descubrimos la doblez de los otros, entendemos la ligereza de e'stos, y medimos la cortedad de aquéllos... ¿Que nó?.... pues ¡vaya! el que de entre nosotros, los asistentes en las casas de orates , no haya incurrido ni una sola vez en semejante pecado de amor propio, tírenos la primera piedra.
MUDANZA DE FORMA. 1 69
CAPÍTULO XIII.
METAPTOSIS Ó MUDANZA DE FORMA DE LA LOCURA DE DON QUIJOTE.
•El Cura, el Barbero y Sansón Carrasco, que era hijo del convecino Tomé , y acababa de venir de Salamanca, hecho bachiller; los tres de consuno, ayudados á veces por la Sobrina y el Ama , procuraron con afán la curación de Don Quijote, cuya desgracia tanto les lastimaba por lo que era en sí, cuanto por lo que parecían acrecentarla, en virtud de una forzosa contraposición, las dotes intelectuales y morales de su amigo.
Con el caritativo proceder de todos ellos contrasta tristemente el desapiadado de los Duques; y no quiero perder esta ocasión que se me ofrece de sentar la mano á estos señores , pues harto merecido lo tienen. Podrá objetarse que lo fabuloso de las aventuras, aunque con tal ingenio inventadas, que parecen acontecidas de verdad, en su castillo, disuade de tomarlas en serio, y vituperar á los que las ordenaron ; pero yo no lo creo así, porque fueron un ejemplar vivo de la viciosa costumbre y dañado gusto, por mí siempre abominados, de buscar los cuerdos diversión en los desatinos de los locos, con tanto perjuicio de éstos, como menosprecio de la consideración que se les debe. Si los Duques no empañaron el lustre de sus blasones ó desmintieron la nobleza de su estirpe, puede decirse que bajaron á nivelarse con la gente necia y maleante que hace chacota de la mayor miseria humana , incitando á las víctimas de ella á descubrir sus llagas. ¡Mirad si no han de ser ellos locos, dijo el malhumorado capellán, casi increpando á sus señores, pues los cuerdos canonizan sus locuras! ¡Oh! sí; ¡infelices tres veces los locos que caen en
I7O MUDANZA DE FORMA
manos de cuerdos de mal corazón, ó siquier imprudentes y desatentados!
Excuse ó disimule quienquiera los grotescos espectáculos con que largos días se holgaron los Duques, dando pábulo á la locura del Andante y vaya á la simplicidad del escudero; mas nadie, por cierto, habrá que no repruebe, abomine y condene la explosión de Clavileño, que derribó á entrambos medio chamuscados} y el derramamiento del gran saco de gatos en el corredor que sobre la estancia del Caballero caía , dos ó tres de los cuales se entraron en ella, y uno le arañó y mordió el rostro; aquel rostro áque irradiaba el corazón su bondad y nobleza, y en que jamás puso la mano ninguno de los que en buena lid pelearon con el Andante, ni aun los follones que le molieron á estacazos ó á pedradas; excepto el celoso y malsufrido arriero que, en la venta del Zurdo , le dio una terrible puñada á las quijadas, bien que sin verle, pues estaba el camaranchón como boca de lobo; y considerando que el buen cabrero Eugenio, en lucha desigual y atropellada, como en pelazga de galopines , hubo de descargar golpes de ciego para resistir simultáneamente á la acometida del amo y al acoceamiento del mozo.
Aunque Cide Hamete Benengeli tiene para sí ser tan locos los burladores como los burlados, y que no estaban los Duques dos dedos de parecer tontos, pues tanto ahinco ponían en burlarse de dos tontos ; yo , con perdón del respetable historiador arábigo y manchego, digo que no solamente lo parecían , sino que lo eran , en efecto , con visos y realidades de malos. Aun bien que de tales ultrajes vengó donosamente al Caballero doña Rodríguez, poniendo á sus señores cual decir podía una dueña blanda de boca, pues le descubrió con notorio escándalo el secreto délas trampas del Duque, y con vergonzosa infidelidad el todavía más delicado de los desaguaderos ó fuentes que llevaba la Duquesa en las piernas, por donde le fluía el mal humor de que es-
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tada lleno aquel su cuerpo que parecía derramar salud. Un gentil zapateamiento á parte que no suele ver el sol, recios arañazos y rabiosa pellizcadura á todas las demás fueron el castigo que padeció y harto merecía la ruin dueña; pero no lograron que lo dicho, dicho noquedase, ni que á quien ello quemó no tuviese que soplar de recio, en medio de tanto burlesco holgorio.
Apartemos con repugnancia los ojos del comportamiento de los Duques, y pongámoslos gozosos en el del Cura, el Barbero y Carrasco, que trataron siempre á Don Quijote como cristianos y amigos, é hicieron todo cuanto les fué posible para facilitar la curación del infeliz, trayéndole al retiro y sosiego de su casa: indicación fundamental del tratamiento; en loque mostraron poseer un exquisito sentido práctico. No incurrieron , como muchas personas, aun discretas é instruidas, en la vulgaridad de intentar convencer buenamente al loco de lo delirante de sus ideas , impugnándolas con discursos serios ó de alta filosofía , lo quedará siempre igual resultado que el querer inclinar á la virtud, con el sermón más sentimental, á una estatua de mármol. La mente del orate es el desierto en cuyo vacío y silencio se pierde la voz de todo predicador.
No consultaron con médico alguno; y no porque no le hubiese en la aldea, pues bien podían haber llamado al que asistió á Don Quijote en su última dolencia. ¿ Era que á las mentales, por la preocupación general de aquellos tiempos, no juzgaban susceptibles de otro tratamiento que la clausura, sujeción y tal vez castigo de los enfermos? ¿Fué que maese Nicolás, gustando, como entonces, no menos que ahora , gustarían los romancistas, de meter la hoz en la mies médica , estimábase por hombre de asaz buen pecho y claro caletre para tomar sobre sí la curaci ón de su vecino , y sin duda parroquiano, reservándose la alta dirección del negocio , y encomendando á los demás los trabajos secundarios ? Nada de esto declara la historia.
172 MUDANZA DE FORMA
Pero de ella se colige que el único tratamiento posible del Hidalgo era el moral , porque no había de curar su monomanía todo el eléboro de Anticira*; y que, conocie'ndolo los tres amigos, echaron de ver tambie'n que ante todo importaba apartarle de la atmósfera borrascosa y extenuante de la locura andantesca, y volverle á la serena y confortativa del hogar doméstico. Mas ¿cómo conseguirlo? ¿Quién, por persuasión, y menos por fuerza, sin enfurecerle y agravar su locura, le hubiera arrancado de Sierra Morena, y sucesivamente del
* Para los antiguos el Eléboro era el medicamento antimaniaco por excelencia, y tan conocido, que la frase, ó llámese proverbio,. dandum est helleborum alicui, equivalía á expedirle patente de loco. Sobre esta planta da Plinio algunas explicaciones curiosas é interesantes, por lo menos en el concepto histórico. Había dos Helleborus: el niger y el candidus. El negro, que se denominaba también melampodion, ectomon y polirrhy\on, crecía en todas partes ; pero el mejor, en el monte Helicón; y el blanco, abundantemente en el monte Oeta, y el mejor, en las cercanías de Pira, sita en el mismo. Del blanco se contaban cuatro especies ó suertes, que, por el orden de su estimación, fundada en la calidad, eran el del Oeta, el del Ponto, el de Elea y el del Parnaso, que á veces se falseaba con el de Etolia. Cogíase el negro con grande aparato supersticioso y ridículo; y el blancor con exquisitas precauciones, pues al que esta faena hacía se le cargaba la cabeza. De entrambos usábanse las raíces. El negro era purgante de la bilis y déla pituita; el blanco, emético; los dos, narcóticos; pero el segundo, mucho más activo. El mejor eléboro, en general, era el de sabor acre y picante ; y el mejor blanco, el que más pronto provocaba á estornudar. Aunque el blanco fué, en remotos tiempos, un medicamento muy temido, hízose luego general y hasta vulgar su uso de manera, que, por reputarlo excitante de las funciones celébrales, los hombres de letras lo tomaban para avivar el ingenio; y el filósofo Carnéades, cada y cuando había de discutir con Crisipo, purgábase con esta medicina, creyendo que así adquiría lucidez para exponer sus ideas y vigor para refutar las del contendiente. Se usaba el eléboro contra varias enfermedades internas y externas del hombre y de los irracionales; pero, en especial, el negro contra la parálisis y la locura; y el blanco contra el morbo comicial (epilepsia), los vértigos, la melancolía, la locura, el delirio, el tétano, los temblores y el espasmo cínico (neuralgia, ó quizá parálisis facial). Druso, el más célebre de los tribunos de la plebe, fué curado de epilepsia, en la isla de Anticira, con el blanco. El cual, aunque más peligroso, estaba más en uso. Para éste había de disponerse convenientemente el orga-
DE LA LOCURA DE DON QUIJOTE. 1 7 3
mesón de Palomeque , del bosque de alcornoques y encinas, ó de la playa de Barcelona? Ni los cuatrocientos cuadrilleros de quienes hizo baldón y desprecio en una de sus hiperbólicas provocaciones, habrían dado cima á tan ardua y peligrosa empresa. Más sagaces, por cierto, anduvieron los amigos convirtiendo el delirio en agente curativo de sí mismo. Trataron de dar pábulo, no sin mucho tiento , á uno de los conceptos principales de la monomanía hasta el punto de que , preponderando sobre los demás, los acallase, siquiera
nismo por espacio de siete días, en los cuales tomaba el enfermo aumentos sucosos, pero no podía beber vino; el día cuarto y la antevíspera se excitaba vómitos, y la víspera se abstenía de la cena. El mejor modo de propinar el eléboro era poniéndolo en un vehículo endulzado, ó mezclándolo con gachas, principalmente de lentejas. En Anticira, fértilísima en eléboro, usábanlo con más seguridad y buen éxito que en otra ninguna parte, porque mezclaban con él la simiente del Sesamoides (la Reseda undata de Linneo, al parecer), dicho también anticyron, que allá se criaba : la dosis ordinaria era óbolo y medio {un gramo, con corta diferencia) de eléboro blanco por un pellizco [quantum tribus digitis capitur) de sesamoides en vino dulce. Luego se imaginó mezclar pedacitos de rábano y eléboro, con que, comprimiéndolos, mitigábase la fuerza del segundo en el tanto que le quitaba el primero. A las cuatro horas de tomado el eléboro se empezaba á volverlo, yá las siete el remedio había hecho ya todo efecto. Prescribíase más á hombres que á mujeres, y, en cualquier caso, con suma cautela ; mejor era tomarlo en verano que en invierno ; solía probar mal en días nublosos; y estaba contraindicado para ancianos, niños, personas muelles y afeminadas de cuerpo y espíritu, flacas y enclenques (Plinii, Naturalis Historia, libro xxv, capítulos del 2r al 25. — Dacier, nota 82 á la Sátira 3.a del libro n de Horacio). Según los botánicos modernos, el eléboro negro de Jos antiguos es el Helleborus niger de Linneo, nuestro vedegambre negro; y el blanco, el Veratrum álbum de Linneo, vedegambre blanco ó hierba de ballesteros. Ya Plinio dijo que á este último llamaban en Italia veratrum. Entre nosotros están ambos á dos en total desuso. Además, conviene saber que había una ciudad y una isla de nombre Anticyra : la primera, no lejos de Cyrrha, en Fócida, á la orilla del golfo de Corinío; y la segunda, en el golfo Maliaco, cerca del monte Oeta, en Dórida. Esta daba el eléboro mejor; pero aquélla tenía la ventaja de que, produciendo igualmente el sesamoides, facilitaba la mezcla de su semilla con la raíz de la otra planta; en la cual mezcla consistía, como queda dicho, la preparación ó fórmula, al parecer, soberana. Así pues.
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MUDANZA DE FORMA
temporalmente, y fuese poderoso á sojuzgar la voluntad: resultado no imposible, ni acaso difícil, de conseguir, en quien la lleva siempre tras sus desvarios. Propusiéronse , pues, adquirir un dominio moral sobre el enfermo portan buena manera, que él mismo lo aceptase inconscientemente, pero sin repugnancia, porque pareciese dispuesto y traído por sus mismos conceptos y deseos ; y de esta suerte reducirle á ejecutar, sin resistencia, casi de buen grado, como por impulso propio , lo que de él nunca jamás habría recabado la
los enfermos que habían de medicarse con el eléboro iban, por lo común, á Anticira de Fócida; y el ser llevados á ella los locos era, en la antigüedad, tan usual y corriente como, en nuestros días, el irlos que padecen de otras, aunque muy diferentes, dolencias á San Hilario, Panticosa ó Archena. Con todo eso, el tratamiento terapéutico que allá se daba era más expresivo é inequívoco para el público, con respecto á la enfermedad de quien lo recibía ; porque haber ido á curarse á Anticira significaba entonces lo que ahora haber estado recluso en un manicomio; de suerte que las frases proverbiales Anti~ cyra eget, y navigat Anticyram, clama por Anticira, y hace rumbo á Anticira, decían clara y verdaderamente, aunque en son de chiste, que el pobre á quien se aplicaban, ó iba perdiendo los estribos, ó era ya loco rematado. Por tales tenia Horacio á ciertos poetas necios y presuntuosos, cuando les vaticinaba, no* que las dos Anticiras que había en realidad, pero, hiperbólicamente, que ni tres serían bastantes á sanarles la cabeza: tribus Anticyris caput insanabile (Epístola Ad Pisones, verso 3oo). Ahora bien, por lo que puede conjeturarse en la actualidad, ¿era el eléboro positivamente eficaz para la curación de las enfermedades mentales? Yo creo que no, fuera de contados y especialísimos casos en que, por síntomas particulares ó por una disposición individual, rara y casi singular, estuviese indicada de un modo visible la medicación vomitiva ó purgante; y, aun, para cumplirla, tengo para mí que la virtud del eléboro no debía de aventajarse á la de otras sustancias de igual especie farmacológica, á pesar de que, en sentir de Areteo de Capadocia, el eléboro blanco era el más eficaz de los medicamentos eméticos y purgativos á la vez, no tanto por la abundancia y variedad de sus efectos, cuanto por su acción y la pureza de su calidad. Pero lo que el eléboro no daba de sí, alcanzábalo, con su preparación algo quizás, y con su propinación en la misma Anticira mucho sin duda; de manera que no puedo menos de pensar y creer que en Roma ó Atenas, por ejemplo, curaba poquísimos locos, si alguno, y, aparentemente, bastantes en aquel lugar de Fócida. Sí, aparentemente; quiero decir como á medias, y
DE LA LOCURA DE DON QUIJOTE. \jS
fuerza: arbitrio enteramente conforme con los preceptos de la terapéutica frenopática , sobre el cual haré algunas, entiendo que interesantes, consideraciones en otro capítulo.
El concurso de dos sucesos romancescos dio feliz ocasión á que del estado miserabilísimo, así en lo tocante al espíritu como al cuerpo , en que se hallaba Don Quijote en las asperezas de Sierra Morena, lograsen hacerle salir gozoso , en alas de risueña esperanza, para el reino de Micomicón de Etiopia, que, al fin y al cabo, no hubiera sido sino el lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiso acordarse Cervantes. Y, cuando el alegre desenlace de aquéllos y otros, que sucesivamente en la venta acaecieron, obligó á mudar
todavía esto tirando largo, porque en Anticira, no dosis altas de eléboro, reiteradas con porfía y ahinco, sino el alejamiento del hogar doméstico y sus cuidados; el sosiego resultante del no tenerlos; la nueva residencia, con aires, aguas y alimentos no acostumbrados; objetos nunca vistos y compañía de gentes no conocidas: en una palabra, la expatriación ; la mudanza de vida; tal vez, como consecuencia de ambas, cierto sentimiento nostálgico vago, ó, por ventura, fuerte y tenaz; el aislamiento relativo de los orates; ó, para decirlo con el término técnico, su tratamiento moral, era, á no dudarlo, el que, á largo ó á corto andar, atajaba la enfermedad y restablecía la salud de la mente. En este sentido, pues, decían verdad las transcritas frases proverbiales, y estaba á todas luces justificado que, á pretexto de medicarlos con el eléboro, fuesen trasladados los locos y morasen temporalmente en Anticira. ¿Era esta práctica, hija de la observación popular, puro empirismo, ó aconsejábanla y dirigíanla los médicos por conocer la utilidad, si no la necesidad, del aislamiento de los orates? Que la conocieran científicamente hay que dudarlo, pues en ninguna de las obras suyas que han llegado hasta nosotros se hallan datos que lo acrediten, ni siquiera induzcan á creerlo. No; la edad antigua, de quien tanto han aprendido las sucesivas, inclusa la nuestra — mal que les pese á los arqueófobos, — ninguna enseñanza les dejó sobre este punto concreto de la ciencia. La terapéutica frenopática no llegó á formar cuerpo de doctrina, ni, por lo mismo, á merecer tal nombre, hasta que obedeció á su ley fundamental, el aislamiento metódico de los enajenados, que, en este ramo, es sin disputa el mayor adelanto de la Medicina moderna. A Esquirol cupo la gloria de dictar dicha ley, en uso de la prerrogativa aneja á la soberanía del saber.
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de plan , sacaron al buen caballero en una jaula, dándole á entender que iba encantado ; y á la cólera que había de excitarle la alevosía de sorprenderle en el sueño y atarle de pies y manos, se anticiparon con la exhortación de la voz temerosa á que no le diese afincamiento tal prisión , por ser ella muy conveniente para acabar más pronto la aventura en que le había puesto su gran esfuerzo; y sobre todo con la promesa de que tendría fin y remate cuando el furibundo león mandiego con la blanca paloma tobosina yoguieren en uno, ya después de humilladas las altas cervices al blando yugo matrimonesco ; de cuyo inaudito consorcio saldrán á lu% del orbe los bravos cachorros que imitarán las rapantes garras del valeroso padre. Este plan', aunque se llevó hasta el cabo á que quisieron llegase sus autores, no tuvo el buen e'xito que esperaban; y, habiendo salido de nuevo á sus andanzas el Hidalgo, Carrasco, corazón bellísimo , vino, con anuencia del Cura y del Barbero , á tomar por su cuenta el arriesgado negocio. El caballero del Bosque ó de los Espejos y el de la Blanca Luna, uno tras otro, retan á singular combate al de la Triste Figura y al de los Leones. En lo sustancial son iguales las condiciones de ambos duelos. En el primero el vencido ha de quedar á la voluntad del vencedor, para que haga del todo lo que quisiere, con tal que sea decente á caballero lo que se le ordenare. En el segundo resplandece todavía más el denuedo, y, por lo mismo, el sacrificio de Carrasco, quien dice con raro desenfado á Don Quijote: Vengo á contender contigo y aprobar la fuerza de tus bracos, en rayón de hacerte conocer y confesar que mi dama, sea quien fuere, es sin comparación más hermosa que tu Dulcinea del Toboso; la cual verdad, si tú la confiesas de llano en llano, excusará tu muerte y el trabajo que yo he de tomar en dártela: y si tú peleares, y yo te venciere , no quiero otra satisfacción sino que, dejando las armas, y absteniéndote de buscar aventuras , te recojas
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y retires á tu lugar por tiempo de un uño, donde has de vivir sin echar mano á la espada, en pa\ tranquila y en provechoso sosiego , porque así conviene al aumento de tu hacienda y á la salvación de tu alma: y, si tú me vencieres, quedará á tu discreción mi cabera, y serán tuyos los despojos de mis armas y caballo ^y pasará á la tuya la fama de mis hazañas. La torpeza del de los Espejos, que mejor manejaría la pluma que la lanza, fué causa de su vencimiento ; y al ánimo de Don Quijote, grande, compasivo, Bueno, al fin, también en la victoria, debió la vida el disfrazado caballero. Vengóle el de la Blanca Luna en la playa de Barcelona, domeñando al león manchego , con circunstancias noblemente combinadas; que todo había de ser magnífico y ejemplar en aquel trágico lance, para tan alto fin dispuesto y traído. Derribado Don Quijote, á la dolorosa intimación de su vencedor, que había ido sobre él, y puéstole la lanza sobre la visera , contestó , sin alzarse la suya, y como si hablara dentro de una tumba: Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra , y no es bien que mi flaquera defraude esta verdad; aprieta, caballero, la lanqa, y quítame la vida, pues me has quitado la honra: sublimes palabras conque pareció dar su alma heroica, y las postreras palpitaciones de su corazón generoso.
La profunda conmoción del ánimo que ellas indican tuvo, por consecuencia inmediata, una frenalgia ó dolor moral, que dio principio á un doble movimiento ó trabajo, si vale decirlo así, de descomposición y metamorfosis consecutiva de la monomanía, no previsto, ni fácil de prever, por los tres amigos , cuyo propósito no iba más allá de traer al enfermo al retiro de su casa.
Recuérdese ahora lo que he dicho en otro capítulo* que por un estado frenálgico ó melancólico comienzan casi siempre y terminan á menudo los vesánicos.
Muy pronto se vieron manifestaciones inequívocas
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del nuevo padecimiento. Desde la playa fué conducido Don Quijote, en una silla de manos, á la ciudad, y guardó cama seis días, marrido, triste, pensativo y mal acondicionado, yendo y viniendo con la imaginación en el desdichado suceso de su vencimiento. En uno de ellos llegó don Antonio Moreno á pedirle albricias , porque doíf Gaspar Gregorio y el renegado- que había ido á rescatarle á Berbería, estaban ya en casa del Virrey y luego vendrían á verle ; con cuya noticia alegró* se algún tanto el Caballero, y exclamó : En verdad que estoy por decir que me holgara que hubiera sucedido todo al revés, porque me obligara á pasar en Berbería, donde con la fuerza de mi bra^o diera libertad , no sólo á don Gregorio, sino á cuantos cristianos cautivos hay en Berbería. Pero ¿qué digo, miserable? ¿No soy yo el vencido? ¿no soy yo el derribado? ¿no soy yo el que no puede tomar armas en un año? Pues ¿qué prometo? ¿de qué me alabo, si antes me conviene usar de la rueca quede la espada ? Este es un pasaje de gran sentido médico-psicológico, porque muestra cómo la frenalgia, enseñoreándose del ánimo del Caballero, comienza á combatir su monomanía, y, ya que no la venza por el pronto, aquiétala y domínala temporalmente. Paso entre paso llegará á sojuzgarla y causar en ella tal alteración , que sea una metaptosis ó mudanza de forma del estado frenópático , á la cual mudanza, con más precisión etimológica , aunque con menos eufonía, llaman metasquematismo los alemanes.
Al salir de Barcelona, volvió Don Quijote á mirar el sitio donde había caído, y dijo : Aquí fué Troya; aquí mi desdicha^ y no mi cobardía, se llevó mis alcanzadas glorias; aquí usó la fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas; aquí se escurecieron mis hazañas; aquí, finalmente, cayó mi ventura para jamás levantarse. — Caminando ya para su aldea, estuvo por seguir el consejo que Sancho, amigo siempre de la comodidad, y, por lo mismo, deseoso de aligerar la impedimenta en el viaje,
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le dio de dejar las armas, colgadas de un árbol ; las armas que nuestro infatigable caballero, imitando al del sabido romance, llamaba sus arreos , como al pelear su descanso. — Si esto no bastare para descubrir la negrura de su talante, la harán ver claramente las palabras que dijo, en razón de haberse adelantado el escudero á dar su parecer en la graciosa apuesta sobre la carrera á que se habían desafiado dos hombres, uno flaco de cinco arrobas, y otro gordo de once: Responde en buen hora, Sancho amigo; qUe yo no estoy para dar migas d un gato, según traigo alborotado y trastornado el juicio. Dirimida la contienda, mediante haber hablado el escudero como un bendito, y sentenciado como un canónigo, terció, á modo de amigable componedor, en el asunto el más garboso sin duda de los circunstantes , y como propusiese llevar al amo y al mozo á la taberna de lo caro; yo, señores, os lo agradezco, respondió aquél, pero no puedo detenerme un punto, porque pensamientos y sucesos tristes me hacen parecer descortés , y caminar más que de paso. — Un extraño suceso vino luego á avivar su dolor, y acrecer su desánimo, y fué la que Cervantes apellida cerdosa aventura. No bien había pasado por cima de Don Quijote y Sancho, Rocinante y Rucio, armas y albarda la inmunda piara, cuando el escudero se levantó como pudo, y, sintiendo acaso por primera vez el hervor de la valentía, pidió á su amo la espada , porque quería matar media docena de aquellos soeces y descomedidos puercos: déjalos estar, amigo, repuso el otro; que esta afrenta es pena de mi pecado ; y justo castigo del cielo es, que, un caballero andante vencido, le coman adivas, y le piquen avispas, y le hocen puercos.
¿Que se hicieron los bríos con que, en reciente ocasión nefasta, increpó, tirando terribles cuchilladas, á la canalla gatesca, encantadora y cencerruna ? Los ha apagado la melancolía, que agobia y consume al mísero caballero.
j8o mudanza de forma
Mas, para que nada falte á la exactitud de esta relación, importa advertir que la melancolía se inició algún tiempo antes del vencimiento de Don Quijote, ó sea luego de haberse visto pisado, acoceado y molido de los toros; y, aunque fué pasajera y casi momentánea, mostró de pronto tal intensidad, que llegó á despuntar en tedio de la vida , su tan frecuente consecuencia. De ello no dejan duda las palabras con que, al contemplar el Caballero cómo Sancho embaulaba en el estómago pan y queso, terminó un breve razonamiento, patética lamentación del ultraje recibido de aquellas indómitas bestias: esta consideración me embota los dientes, entorpece las muelas y entontece las manos, y quita de todo en todo la gana del comer, de manera que pienso dejarme morir de hambre, muerte la más cruel de las muertes.
Ya antes de aquella, que, en realidad, no fué aventura sino asquerosa desventura, la de los puercos, perturbado el primitivo delirio al incesante embate de la frenalgia, y, por ley patológica , comenzando á convertirse la exaltación monomaniaca en depresión melancólica, habíase visto, aunque entre sombras, la primera fase de una nueva vesania.
Esta fase vino preparada á las claras por una mudanza \ digna verdaderamente de consideración, que fué verificándose en el ánimo de nuestro caballero.
Apenas partidos de Barcelona , unas palabras muy á lo discreto dichas por el criado sugirieron al señor las siguientes: Lo que te sé decir es , que no hay fortuna en el mundo, ni las cosas que en él suceden, buenas 6 malas que sean, vienen acaso , sino por particular providencia de los cielos; y de aquí viene lo que suele decirse, que cada uno es artífice de su ventura. Yo lo he sido de la mía; pero no con. la prudencia necesaria , y así , me han salido al gallarín mis presunciones; pues debiera pensar que al poderoso grandor del caballo del de la Blanca Luna no podía resistir la flaquera de Rocinante. Atrevíme, en fin, hice lo que pude , derribáronme; y,
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aunque perdí la honra, no perdí ni puedo perder la virtud de cumplir mi palabra. Cuando era caballero andante, atrevido y valiente, con mis obras y con mis manos acreditaba mis hechos; y agora, cuando soy ' escudero pedestre , acreditaré mis palabras , cumpliendo la que di de mi retirada. Camina, pues, amigo Sancho , y vamos á tener en nuestra tierra el año del noviciado, con cuyo encerramiento cobraremos virtud nueva para volver al nunca de mí olvidado ejercicio de las armas. — A los pocos días, en la sala baja de un mesón, donde le alojaron, viendo pintados , aunque de mano malísima, el robo de Elena por Paris, y la fuga de Eneas á vista de Dido , exclamó : Estas dos señoras fueron desdichadísimas por no haber nacido en esta edad, y yo sobre todos desdichado en no haber nacido en la suya. Encontrara á aquestos señores yo, y ni fuera abrasada Troya, ni Cartago destruida, pues con sólo que matara á Paris, se excusaran tantas desgracias. Allí ya no alardea de ser el campeón cuyas fuerzas únicamente de las sobrehumanas pueden ser sujetadas, antes se reconoce convertido de alto caballero en escudero humilde; aquí deplora claramente el no haber venido al mundo en la edad heroica, como si á ella más que á la vulgar nuestra perteneciese por la grandiosidad de sus aspiraciones y el lustre de sus hazañas. Hasta da por flojo á Rocinante, para él, en otro tiempo, flor y espejo de los caballos, la mejor pieza que comía pan en el mundo , y cuya excelencia eclipsaba y oscurecía la de Bucéfalo y Babieca. A pesar de estas manifestaciones explícitas de su aciaga humillación, todavía suspira por empuñar las armas , todavía se lisonjea de que enderezara, si entonces fuera, el tuerto que contra el hermano de Agamemnón cometió el hijo de Príamo, con tan vergonzosa infidencia como nefanda osadía; y con ello evitara las dos mayores catástrofes de aquellos pueblos de gigantes. En estos razonamientos y en frases á ellos análogas, y, aunque
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breves, muy expresivas, descúbrese ya una vacilación de ideas , una inconstancia de propósitos, un vaivén del sosiego mental reciente á la turbación delirante antigua, y de ésta á aquél: fenómeno cuya verdad y frecuencia se acreditan por la observación clínica, pues la naturaleza no suele dar saltos é ir repentinamente de una enfermedad á otra, y menos de la enfermedad á la salud : tránsitos que , por el contrario , se efectúan de grado en grado, bien así como, sobre la noche, se viene el resplandor del día , paso entre paso, tras la incierta claridad del alba y la sonrosada luz de la aurora.
Mas aquella vacilación y aquella inconstancia iban convirtiéndose ya en firmeza y determinación , aunque todavía dentro del estado patológico. Pasando por el sitio en que, á su ida, fueron atropellados de los toros, y reconociéndolo Don Quijote, dijo al escudero :
Este es el prado donde topamos á las bizarras pastoras y gallardos pastores, que en él querían renovar é imitará la pastoral Arcadia , pensamiento tan nuevo como discreto, á cuya imitación , si es que á tí te parece bien, querría ¡oh Sancho! que nos convirtiésemos en pastores , siquiera el tiempo que tengo de estar recogido. Así que, propúsose al instante comprar algunas ovejas y todas las demás cosas necesarias al ejercicio pastoril; y luego como que entonó un idilio diciendo: daránnos con abundantísima mano de su dulcísimo fruto las encinas, asiento los troncos de los durísimos alcornoques, sombra los sauces , olor las rosas, alfombras de mil colores matizadas los extendidos prados, aliento el aire claro y puro , lu% la luna y las estrellas, á pesar de la escuridad de la noche , gusto el canto , alegría el lloro, Apolo versos, el amor conceptos, con que podremos hacernos eternos y famosos, no sólo en los presentes, sino en los venideros siglos: él, que hasta entonces no había aspirado á hacerse famoso y eterno sino por la intrepidez de su pecho y el poderío de su brazo.
Restituido á su aldea, comunicó este proyecto al
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Cura y al Bachiller, después de referirles el triste vencimiento, invitándoles á acompañarle en el ejercicio de apacentar ganados, cantar y endechar en campos y florestas, diciéndoles que lo más principal del negocio estaba hecho , porque les tenía puestos nombres , que les vendrían como de molde. Los dos buenos amigos, porque no se les fuese otra vez del pueblo á sus caballerías , esperando que en aquel año podría ser curado, concedieron con la flamante invención, y, aunque pasmados de la nueva locura, según expresión del cronista, felicísima por ser propia con todo extremo, aprobáronla por discreta, viendo en ella una diversión del pensamiento á una idea bien distinta de las caballerescas. No así la Sobrina, á quien, por lo sesuda, se le pudo perdonar lo atrevidilla , que le afeó el querer meterse en nuevos laberintos; haciéndose pastorcillo tú que vienes, pastorcico tú que vas, pues en verdad que está ya duro el alcacer para jamponas; ni tampoco el Ama, que, metiendo también su cucharada en el negocio de su señor, como buena sirvienta madura de solterón ya en años, le dijo : ¿podra vuesa merced pasar en el campo las siestas del verano, los serenos del invierno, el aire, la lluvia y los lodos? No por cierto; que éste es ejercicio y oficio de hombres robustos, curtidos, y criados para tal ministerio casi desde las fajas y mantillas: aun, mal por mal, mejor es ser caballero andante que pastor. Todas estas palabras demuestran cuan arraigada parecía estar ya en Don Quijote la recién nacida idea fija, pues, por instinto, son muy sagaces las mujeres en descubrir pensamientos, propósitos y determinaciones de aquéllos con quienes viven en intimidad doméstica.
Mejor es ser caballero andante que pastor, dijo el Ama sin darse cuenta exacta de la diferencia entre ambos estados , pero yéndose indeliberadamente tras personas de buen seso, que deploraban el descamino de los vates de su época ; los cuales, no hallando vena sino
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en ganados y aves, verjeles y bosques, montes y valles, poblábanlos de pastores y zagalas, que, en idilios, e'glogas y elegías , cantaban á sol y á luna sus amores , requiebros, desdenes y celos, al son de rabeles y zampoñas, hinchendo de ayes el aire, y aumentando con lágrimas el caudal de los ríos: poesía preponderante sobre la romancería , pues ya por cada Amadís contábanse veinte Menalcas, Filenos y Nemorosos, y por cada Oriana cien Amarilis, Fle'ridas y Silvias: locura, al fin; propia también del tiempo, como la de los caballeros andantes, cuyas bravezas y disparates, aunque rudos, eran, con todo, más tolerables que los empalagosos amartelamientos, discreteos y plañidos de cortesanos mal disfrazados de rústicos.
No llegó, sin embargo, á cuajar la nueva idea fija de Don Quijote, porque pronto un trastorno, profundo y grave con todo extremo, de su organismo ocasionó la postrera y dichosísima evolución del estado frenopático. No nos duela; que jamás el loco pastor y los árcades, sus camaradas, habrían sido tan famosos y eternos como lo son el loco andante, el escudero simple, las parientas respectivas y los amigos de entrambos. Sí; que en la tumba del olvido yacerían desde mucho tiempo Quijotiz, Pancino, Curiambro , Niculoso, Carrascón y Teresaina; y todavía viven, y vivirán más que las estatuas que á la admiración de los siglos legó el arte griego , más que las pirámides que simbolizan el poderío egipcio, Don Quijote y Sancho Panza, el Cura y ' maese Nicolás, Sansón Carrasco y Teresa.
De la manera que se ha visto me doy yo razón del movimiento íntimo, con que en la mente de Don Quijote la locura comenzó á pasar de andantescaá pastoril. Para un tránsito semejante, bastad veces á los alienados , como para las mudanzas de algunas de sus ideas, conatos ó determinaciones, la súbita vista de un objeto, la renovación de una memoria ú otras coincidencias por el mismo estilo; y tal le avino al Ca-
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ballero cuando reconoció el prado donde , días antes, personas, quizá de juicio no más sano que el suyo, se habían reunido para renovar la vida apolínea, holgada y retozona de la feliz Arcadia.
Un hecho de fisiología patológica , bien determinado y visible, resalta en esta mudanza, yes el adormecí" miento del delirio; que así me parece propio denominarlo, en contraposición á la vigilancia del mismo desorden psíquico que expliqué á su tiempo.
Delirio que se adormece, delirio que se muere. Delirio monomaniaco, á cuyo lado germina, nace y crece otro, cualquiera que sea su especie, pronto se consume y se anonada. La idea pastoril introducida en no sé cuál escondrijo del celebro, donde moraba la caballeresca, había de desalojarla forzosamente. La monomanía es impenetrable, como los cuerpos. Dos monomanías no caben en una cabeza : su coexistencia implica contradicción. En el gobierno de la mente, la monomanía es la dictadura absoluta y despótica.
Con todo esto, atento á las enseñanzas de la experiencia clínica, tengo para mí — vaya por digresión curiosa — que si la nueva locura, como decían el Cura, el Bachiller y el Barbero, se hubiese arraigado tenazmente en el celebro de Don Quijote, no habría llegado á tomar la forma bien contorneada y distintiva de monomanía , sino que , entremezclándose sus conceptos con los de la antigua , habrían compuesto un conjunto ó especie frenopática, no ya sencilla y parcial, sino compleja y general , de forma melancólico-maniaca, de carácter crónico, de curso tardo, de curabilidad negativa: lúgubre cuadro que se me representa en la imaginación como el de una figura cuya mirada incierta, frente marchita, facciones caídas y miembros vacilantes anuncian la invasión de la demencia. Fuera, ó no, así, aunque el Hidalgo hubiese tenido en su casa el año del noviciado, puede asegurarse que no habría vuelto jamás á las andadas andanzas.
l8Ó LOCURA DE DON QUIJOTE.
La pasión melancólica consecutiva á la frenalgia perturbó hondamente el sistema psíquico, y vino luego á conmover con suma fuerza el organismo, dando origen á una enfermedad incidental ; y ambos efectos se desarrollaron con vigor y prontitud, como plantas en terrenos para ellas propios y abonados ; favorecida la pasión por la edad provecta del paciente y su constitución bilioso-nerviosa, y preparada ya de muy atrás la enfermedad por las inclemencias del tiempo á que había estado expuesto, el cansancio de un ejercicio activo y continuo, y los quebrantos causados por una herida, bien que antigua, muchos porrazos , algunas pedradas y dos recientes pateaduras. Tal sucede á muchos locos, en particular á los lipemaniacos y maniacos , que, á la larga, padecen dolencias, y de ellas mueren, contraídas con el trastorno de la inervación, consiguiente, en los primeros, á la profunda concentración del ánimo, á la inmovilidad y abandono del cuerpo; y en los segundos, á las fatigas de sus agitaciones y furores, al insomnio pertinaz, inedia, desabrigo y desconcierto general de la vida.
Sintiéndose Don Quijote enfermar , llevadme al lecho, dijo á la Sobrina y al Ama, que me parece que no estoy muy bueno ; y el historiador escribe que, ó ya fuese de la melancolía que le causaba el verse vencido, ó ya por la disposición del cielo , que así lo ordenaba, se le arraigó una calentura, que le tuvo seis días en la cama. El médico, á quien llamaron los solícitos amigos, tomó el pulso al doliente, y, como no le contentase mucho, dijo que , por sí ó por no, atendiese á la salud del alma , porque la del cuerpo corría peligro. El parecer del profesor fué que al Hidalgo melancolías y desabrimientos le acababan ; con el que, si no dio muestra bastante de estar muy instruido en Patología psíquica, acreditó, por lo menos, tener buen ojo ó sentido práctico general para quedar airoso en achaque de diagnóstico y pronóstico.
CURACIÓN DE DON QUIJOTE. 1 87
CAPÍTULO XIV.
CURACIÓN DE DON QUIJOTE , Y MUERTE DE ALONSO QUIJANO.
El trance de Don Quijote fue' un coronamiento bellísimo de su historia; y en él se verificó, por la más plausible manera, el desenlace del turbulento drama de su locura.
Pero antes de referirlo y discurrir sobre sus pormenores, estimo indispensable dilucidar algunos principios clínicos.
A este fin expondré, con brevedad sumaria , una teoría, ó cosa parecida, que me he forjado por observación acaso puramente empírica; que tendrá quizá su demostración filosófica y fisiológica; pero que el filósofo y el fisiólogo pueden rechazar, aunque no poner en tela de juicio la verdad de los hechos sobre los cuales descansa. Tampoco pretendo que los términos con que la explanaré sean los más científicos: usólos por no haber hallado otros que en propiedad y fuerza de expresión les hagan ventaja.
Hay en el loco lúcido, y tal vez en algunos no muy lúcidos, una como dualidad de persona; bullen en lo íntimo de su mente dos como individualidades , no distintas en esencia, pero sí en accidentes de la sensibilidad, inteligencia y actividad; individualidad permanente la una, transitoria la otra, é independiente aquélla; en cuyo seno se engendra y reside la transitoria, al modo que laneoplasía*, si tolerarse puede el símil, en la trama del tejido donde germina y medra. Son la
* Neoplasía, producción anormal ó morbosa de tejido ó tejidos, ya análogos ó semejantes á los normales del organismo, ya, y es lo más común, enteramente desemejantes.
CURACIÓN DE DON QUIJOTE
individualidad fisiológica ó cuerda y la individualidad patológica ó loca , que, como el órgano sano y la producción morbosa, viven juntas, mas no con unión y conformidad, valga el decir, sino en oposición ó pugna incesante; de la cual, tarde ó semprano, sale victoriosa, cuándo la primera, cuándo la segunda, si ya ño es que, por equilibrio de sus respectivas fuerzas , se contrarrestan , y prolongan la lucha por tiempo indefinido. En suma, es la locura, que se ayunta y se adhiere á la cordura, y como que la penetra; resultando de ello una entidad esencialmente única y accidentalmente doble. El éxito de la pugna, según que es favorable á la individualidad fisiológica ó á la patológica , ó queda indeciso, tiene manifestaciones internas y externas que respectivamente se llaman curación, paso auna especie oscura ó tórpida y cronicidad de la vesania.
Todo esto parecerá meramente hipotético y vano7 pero no lo es, porque sin admitir la coexistencia de enfermedad y salud, en cierta medida, en la locura lúcida, no hay forma de explicar muchos pensamientos y acciones de los que la padecen , ni de establecer su tratamiento moral, ni siquiera de gobernarlos con el cariño y la autoridad, la persuasión y el ejemplo, el premio y la represión, que son bases fundamentales del código médico-psicológico de un buen manicomio. Sin dicha coexistencia, ¿podría haber monomanía? Además, la subsistencia de cordura en la locura, ¿no es una demostración clínica de la tal coexistencia?
Entre todas las especies frenopáticas, ninguna más sujeta que la impulsiva á ésta que me atrevo á llamar dura, aunque saludable, ley de lucha. La fuerza irresistible, que empuja á cometer maldades ó simplemente disparates, despropósitos ó sandeces, es la individualidad patológica en acción; bien así como la fisiológica lo es la repugnancia y resistencia á ponerlos en obra, la abominación de ellos, el pesar, arrepentimiento y desesperación por haberlos ejecutado. En ninguna otra
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locura se hace tan patente la pugna de ambas individualidades; y bien puede decirse que, en este particular, la impulsiva es el prototipo de las lúcidas.
Todas las demás, no obstante , tienen el mismo carácter, poco ó muy manifiesto. En muchos orates, si con atención se les examina y reconoce, en coyunturas favorables , se verá claramente la sobreposición del yo vesánico al yo cuerdo, y la lucidez de éste , el conocimiento que del otro tiene, y la resistencia que en vano opone repetidas veces á sus conatos , determinaciones y arranques. En vano , digo, porque la voluntad es la que más padece en el yo sano supeditado al yo enfermo; y la forma constante de su'padecer es la depresión, la pasividad, el anonadamiento, mientras que la inteligencia y la memoria conservan , por lo común , el vigor fisiológico, entero ó apenas menoscabado.
Los hechos en que se apoya esta teoría, sácanse de la observación del estado mental de la persona curada de una vesania más ó menos lúcida , de cualquiera especie que haya sido; y prueban que el orate, como dicho queda en otra parte , tiene conciencia directa y refleja 4e sus sensaciones é ideas, y que, en sanando, adquiere la refleja de que ellas eran erróneas ó patológicas.
Los caracteres del estado psíquico de la persona curada de una enfermedad mental se resumen en los siguientes :
i.° Conciencia de su locura pasada y de su cordura presente.
2.° Juicio recto sobre su condición en tanto que estaba padeciendo la enfermedad.
3.° Memoria de las ideas sobre que versaba su delirio, y de los actos que, á impulso de ellas, ejecutó; así como de los cuidados que recibió en su tratamiento y asistencia , inclusos los avisos y consejos, persuasiones y mandatos, recompensas y correctivos.
4.0 Imperturbabilidad bajo la acción de los excitantes morales que dieron origen á su dolencia ó coadyu-
IQO CURACIÓN DE DON QUIJOTE
varón á producirla ; y rectificación espontánea , explícita y absoluta de las especies que , durante aquélla , despertaban ó avivaban el delirio, sugerían determinaciones insensatas ó causaban impresiones dolorosas.
5.° Aversión, y aun odio, á las causas de su mal; anhelo y propósito de removerlas, si ha de volver forzosamente á entrar en los límites de la acción de ellas ; reconocimiento y gratitud á los que han corrido con la curación de su enfermedad y el cuidado de su persona.
6.° Deseo de enmendar los daños, si, á impulso de la dolencia , los ha causado.
7.0 Recobro más ó menos rápido y completo de su carácter moral y aptitud intelectual , y, por tanto, del sentimiento religioso, afectos de familia y amistad, inclinaciones, gustos , deseos, talento, amor al estudio ó al trabajo ; y tal vez pasiones , vicios y desconcierto.
8.° Retraimiento, y acaso esquivez; hijos del pesar y dolor de haber adolecido de la mente, porque de pocas enfermedades se sonroja y avergüenza tanto como de la locura el curado; á lo cual contribuye el saber, por experiencia propia , el miserable estado á que ella reduce , y el participar más ó menos de las fatales preocupaciones reinantes en la generalidad de las personas, sobre ser dudosa ó equívoca siempre, ó poco menos, la condición intelectual y moral de los que dicha dolencia han padecido.
No siempre el estado psíquico del curado ofrece á la observación del perito todos estos caracteres , puesto que, sea también por preocupación, sea por suspicacia ó temor, á menudo el sujeto lleva el disimulo hasta el extremo de excusar declaraciones categóricas con que pondría á la vista de todos algunas señales inequívocas del recobro de su salud. En ello, además , entran por mucho su índole y despejo.
Los susodichos caracteres son, para el pronóstico, signos de gran valor, y tiénenlo tanto tres de ellos, á
Y MUERTE DE ALONSO QUIJANO. IQI
saber, la conciencia de la locura padecida, la imperturbabilidad bajo la acción de sus causas, y la rectificación de las especies excitantes del delirio y de sus secuelas inmediatas, que es dudosa la curación de todo padecimiento mental que no los ofrece , por más que la certifique , al parecer, la cesación de los síntomas: principio práctico de suma trascendencia ; dato positivo inapreciable, ya que sólo por otros negativos ha de reconocerse el recobro de la salud mental : punto mucho más dificultoso, de ordinario, que el diagnóstico de la alienación. Es, por tanto, indispensable la coexistencia de los tres caracteres; pero todavía tiene más significación é importancia el segundo, sin el cual los otros no siempre alcanzan á dar un convencimiento pleno al frenópata reconociente, presupuesto que, respecto del primero, y aun del tercero, cabe la simulación de quien llega á entender cuánto le importa acreditar su pretenso restablecimiento con la delaración espontánea y explícita, pero mentida, de su dolencia; que para esto no faltan locos por demás expertos y taimados.
Tal fue' el conocido de Sevilla. Al cabo de algunos años de recogimiento, se da á creer que está cuerdo y en su entero juicio, escribe al Arzobispo suplicándole le mande sacar de aquella miseria, persuade de su discreción al capellán que le examina por orden del prelado; y, ya desnudo de loco y vestido de cuerdo, se dispone á salir del hospital, y va despidie'ndose de los demás orates hasta llegar á uno, que, puesto en ira , porque Sevilla comete el pecado de sacar del establecimiento al otro, dice que, siendo él Júpiter Tonante, y teniendo en sus manos los abrasadores rayos con que puede y suele amenazar y destruir el mundo; sin embargo, con sola una cosa quiere castigar á aquel ignorante pueblo, y es con no llover en él ni en todo su distrito y contorno por tres años enteros , á contar desde el día y punto en que ha sido hecha esta amenaza. « — No «tenga vuesa merced pena, señor mío, repone instan-
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» táneamente el flamante cuerdo é inveterado loco, di- » rigiéndose al capellán, ni haga caso de lo que este loco » ha dicho; que , si él es Júpiter, y no quisiere llover, yp, » que soy Neptuno, el padre y el dios de las aguas , 11o- » veré todas las veces que se me antojare y fuere me- » nester.» Dirán que esto es pura invención ; que el loco de Sevilla sólo existió en la fantasía del vulgo, harto fecunda en fábulas; y que no tanto á la chistosa ocu rrencia del insensato, para salir del conflicto, debe el cuento su celebridad, como al escritor que supo darla á cuantos asuntos tocó con su excelsa pluma. No tal; el caso del loco de Sevilla es un ejemplar vaciado en el molde de los numerosos que se ofrecen en la práctica, sin duda allá, de cierto acá, y dondequiera ni más ni menos.
Ahora bien , mirando á la luz de esta teoría médicopsicológica el relato de la curación de Don Quijote, y de la muerte de Alonso Quijano, se ve claramente la verdad de los hechos que en él se mencionan , y su natural enlace; formando el todo una composición armónica, bella , encantadora, tan ingeniosa en lo literario como puntual en lo clínico.
Mas antes conviene manifestar la virtud terapéutica resolutiva, por decirlo así, que contra la vesania del Hidalgo tuvo su enfermedad postrera.
El médico que le asiste no la diagnostica, limitándose á indicar sus causas y gravedad suprema ; pero por aquéllas puede conjeturarse que es de las pocas que, en medio de ser físicas, tienen un carácter moral decidido y casi constante, como algunas de los aparatos respiratorio, digestivo y urinario. La melancolía domina en ella, y, por consiguiente, la depresión psíquica, ó dígase el estado contrapuesto á la excitación peculiar del delirio monomaniaco, bastante de suyo para reprimirla y anonadarla, siquiera sea dando al trastorno mental otra forma específica. En vano, creyendo el Cura, el Bachiller, el Barbero y Sancho, que tenía melancólico
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á Don Quijote la pesadumbre de su vencimiento, y del no ver cumplido su deseo en la libertad y desencanto de Dulcinea, procuraban por todas las vías posibles alegrarle, diciéndole Carrasco que se animase y levantase para comenzar el ejercicio pastoril , á cuyo fin había compuesto ya una égloga y comprado dos famosos perros, Barcino y Butrón, que guardarían el ganado; pues no por esto nuestro caballero, según advierte el historiador, dejaba sus tristezas.
A mayor abundamiento, la melancolía, que, como he dicho y repetido, caracteriza á menudo el período iniciativo, prodrómico ó de invasión de la locura aguda, señala también, aunque con menos frecuencia, el de declinación, pero con más el de resolución. Esta mudanza, pues, prepara y facilita la curación del Hidalgo loco. Concluye el resto de ella la intensidad de la nueva dolencia, es decir, de la del cuerpo, ó incidental.
No tan frecuentemente , ni con mucho, como imaginan algunos, aunque sí tal cual vez, se ven orates que recobran el uso de la razón en su última enfermedad , y fallecen libres de su vesania, después de haber cumplido con mucho deseo y consuelo los deberes religiosos que en aquel trance incumben á una persona cristiana y cuerda, de haber puesto en orden sus negocios temporales, y despedídose de sus amigos. Lo que algo más á menudo se observa son enfermos de locura activa , ya aguda , ya crónica, no , empero , de la pasiva ó tórpida, que, en el período de estado ó intensión suma de una dolencia muy grave , ofrecen todas las señales de la sanidad psíquica, y vuelven á caer gradualmente en el antiguo desvarío á medida que van curándose del mal que les postró en la cama ; de la que se levantan , al fin, sanos del cuerpo, pero tan dañados del entendimiento como en ella se metieron. De este fenómeno, que da pie para consideraciones interesantes, desmintiendo muchas que son tenidas por verdades inconcusas , recuerdo algunos ejemplos; y, por cierto, fueron muy no-
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tables y dignos de atención los de varios recogidos, particularmente mujeres , de mi Manicomio que padecieron el cólera morbo asiático en la epidemia de i865; en quienes se vio coincidir la mayor lucidez mental con la intensidad extrema del período álgido , e' ir reapareciendo el delirio conforme cedía aquél, ó se efectuaba la reacción salvadora de la vida *.
Como quiera que sea , para mí no hay curación más sólida y segura de una vesania que la que se verifica en el curso de las enfermedades agudas que más general, más honda y más peligrosa perturbación del organismo producen; y, por tanto, ninguna crisis de la enajenación mental sobrepuja en potencia y eficacia á la que, por este procedimiento patológico , como de virtud terapéutica sustitutiva , prepara , sostiene y acaba la naturaleza misma.
Pues ¡qué extraño que la locura de Don Quijote, ya amortecida , ó , al menos , muy quebrantada por la lucha intestina de elementos poderosos é inconciliables, acabase por extinguirse al golpe de una enfermedad , que no se diga que fué grave , si causó la muerte.
Después de un sueño de más de seis horas , tan profundo , que el Ama y la Sobrina piensan que se ha de quedar en él, despierta, no ya Don Quijote , sino Alonso Quijano , y, entre otras cosas, les dice éstas, por todo extremo sorprendentes: Yo tengo juicio ya libre y cía" ro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia, que sobre él me pusieron, por mi amarga afición y continua leyenda, los detestables libros de las caballerías. Ya conozco sus disparates y sus embelecos...', y en seguida al Cura, al Bachiller y al Barbero, que aciertan á entraren el aposento: Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy Don Quijote de la Mancha, sino Alonso Qui-
* Algún otro caso como éstos habría visto quizás en los recogidos que padecieron el cólera en i885, á no haber sido trasladados, por orden superior, al Hospital de coléricos, dicho La Vinyeta por el lugar en que estaba.
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jano , á quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno. Del largo y sosegado sueño, última evolución de la crisis,- vuelve curado, con clara conciencia de su locura pasada y su cordura presente, y aborrecimiento de la causa que produjo aquélla; en el cual se confirma de luego á luego.
Ya soy enemigo de Amadís de G aula y de toda la infinita caterva de su linaje ; ya me son odiosas todas las historias profanas de la andante caballería; ya conozco mi necedad , y el peligro en que me puse con haberlas leído ; ya, por misericordia de Dios, escarmentando en cabera propia , las abomino: por cuales palabras distintamente se traslucen el juicio recto que hace de la condición de su persona mientras fué juguete del delirio, y la memoria que conserva de los desatinos que cometió á impulso de aquel trastorno; es decir, que tiene conciencia refleja de su locura; lo cual significa que la individualidad fisiológica, venciendo y anonadando á la patológica, ha recobrado su imperio legítimo é indivisible.
Imperturbable recibe ya el tiro de los excitativos morales que originaron y sostuvieron su locura ; con espontaneidad , entereza y claridad rectifica ó rechaza las especies que antes indefectiblemente la avivaban ; y, como de sus concertadas razones todos se admiran, el Bachiller, con la sagacidad que le distingue, tantea el estado psíquico de su amigo ; porque , en casos semejantes, ni los allegados del que ha sido loco , ni las personas extrañas que le trataron mientras lo era, se deciden á creer de plano en su mudanza ó curación, y dudan de lo mismo que están viendo, oyendo y tocando.
¿No es bueno que el desdichado que ha padecido locura , tenga que encontrarse adonde quiera que vaya , mayormente en el tiempo inmediato al de su curación, con la extrañeza, el desvío, el recelo y aun el miedo de las gentes , y hasta de los amigos íntimos y de los deudos? ¿No es bien triste para el que se siente
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vuelto ya en su acuerdo , ser dueño y estar seguro de sí mismo , que se pesen sus palabras , y se espíen sus pasos , y se vigilen sus acciones , y se desconfíe de sus propósitos, dando tai vez á todos interpretación torcida, y como persiguiéndole y vejándole con una desatentada suspicacia? ¿No es deplorable que haya quien piense, divulgue y sustente que el que se vuelve loco, loco se ha de quedar , y loco se queda de por vida ? Pues dígame por la suya , quien no tenga cerrada la cabeza para todo buen discurso : si se cura radicalmente una encefalitis , que mueve delirio frene'tico , á menudo mucho más arrebatado que el de los accesos furiosos de la manía común y hasta de la manía epiléptica , prototipo del furor vesánico , y á nadie inspira duda alguna la realidad de la curación, ¿por qué no habrá de curarse una locura , cuyos síntomas principales lo son del mismo órgano, el encéfalo, asiento de aquella formidable inflamación, y que, sin embargo, raras veces pone en tanto riesgo la existencia del enfermo ; y por qué la noticia de su curación frecuentemente ha de ser oída con una sonrisa de desconfianza, cuando no con una protesta formal de incredulidad? No ignoro que los dudosos pueden invocar en apoyo de sus vacilaciones aquellas sentencias tan recibidas, á lo que entiendo, en el antiguo foro: demens de praeterito praesumitur etiam demens de praesenti , y semel furiosus semper praesumitur furiosus ; pero también sé que no las hay más contrarias á los principios fisiológicof renopáticos , ni más reñidas con la experiencia, ni más insensatas y crueles. Sentencias tan falsas , cuanto son odiosas las supersticiones que reinaron en tiempos ya por fortuna muy remotos: especies de locura de cuerdos, que ora ponían á los locos en toldo y en peana como á criaturas escogidas ó santos, ora los arrojaban á la hoguera como á hechiceros ó posesos.
La locura es curable; y si su curabilidad parece estar, y está en efecto , por debajo de la de otras dolencias ,
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depende en gran manera, sino principalmente, del olvido en que se tiene, ó del menosprecio que se hace del tan sabido y vulgar aforismo: principiis obsta .... al que, en Medicina psicológica sólo se obtempera bien con el pronto aislamiento del enfermo en un manicomio: base fundamental de la terape'utica , y agente de tal eficacia, que ninguno le lleva ventaja, como tampoco en sencillez de procedimiento, probabilidad de buen resultado é innocuidad para el adoleciente. ¡ Ay del orate que no sana en un manicomio ! ¡ Ay del que presto no es llevado á él! ¡Oh! sí; el oro vale menos que el tiempo que hasta recluir al infeliz pierden sus allegados, dando largas aun asunto que ñolas recibe sin quebranto, menudeando exageradamente contemplaciones infructuosas, confundiéndose en dudas vanas, alimentando recelos quiméricos, temiendo censuras injustas, é imaginando arbitrios ilusorios, como aquellos tópicos que, pareciendo curar la llaga , sólo la sobresanan y casi siempre la enconan.
El día en que el público esté convencido de estas verdades, y obre en consecuencia, las estadísticas de los manicomios presentarán en la casilla de las curaciones números múltiplos, y no bajos, de los de ahora.
Ello es que, participantes de la desconfianza general, el Cura, el Bachiller y el Barbero, cuando oyen á Quijano renegar de los Amadises y de los libros de caballerías , creen que sin duda le ha tomado alguna nueva locura; pues la mudanza de delirio no quita el ser loco de presente al loco de pretérito.
Ningún recién curado de dolencia mental puede sustraerse á pruebas que, para cerciorarse de la entereza de su entendimiento, se juzga cualquiera con idoneidad y competencia bastantes para intentar , aunque no tenga la menor pericia ni el criterio que da el simple sentido común.
De la prueba que con el Hidalgo se hace, sale reintegrado plenamente en el concepto de sano de juicio.
ig8 . CURACIÓN DE DON QUIJOTE
Ahora, señor Don Quijote, dice Sansón, que tenemos nueva que está desencantada la señora Dulcinea, ¿sale vuesa merced con eso ? Y agora que estamos tan á pique de ser pastores , para pasar cantando la vida como unos príncipes , ¿ quiere vuesa merced hacerse ermitaño ? Calle por su vida , vuelva en sí y déjese de cuentos. Punterías á dos blancos : al delirio antiguo y al reciente ; y, respecto del primero, al lado por donde con más facilidad y prontitud se excitaba y ardía. El tanteo es discreto y resuelto. El Bachiller se pinta solo. La contestación de Quijano basta á desvanecer las dudas de los amigos y llenar la medida de sus deseos. Los (cuentos) de hasta aquí, que han sido verdaderos en mi daño, los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo , en mi provecho. Yo, señores , siento que me voy muriendo á toda priesa: déjense burlas aparte, y óiganme un confesor que me confiese , y un escribano que haga mi testamento ; que en tales trances como éste no se ha de burlar el hombre con el alma; y así , suplico que, en tanto que el señor Cura me confiesa, vayan por el escribano. Acabada la confesión, sale el Cura diciendo: Verdaderamente se muere, y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno: bien podemos entrar para que haga su testamento.
Díctalo el Hidalgo, y, con motivo de la primera manda , Sancho, que muestra estar aún resabiado de la pegadiza locura de su amo , échale llorando una perorata por el estilo de las intempestivas é indiscretas con que las personas vulgares tratan de hacer cobrar ánimo á los enfermos que rápidamente lo van perdiendo entre ansias mortales. A vueltas de necedades como las que tantas veces ensartaba en sus razonamientos, y de una especie que es , en puridad , un atrevido embuste , dirige también, aunque sin catarlo, dos tiros: uno flojo y de soslayo á la última tema del Hidalgo, y otro recio y en derechura á la primera ó antigua: ¡Ay ! no se muera vuesa merced , señor mío, sino tome mi consejo,
Y MUERTE DE ALONSO QUIJANO 199
y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire, no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vamonos al campo, vestidos de pastores, como tenemos concertado: qui^á tras de alguna mata hallaremos á la señora Doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme á mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal á Rocinante, le derribaron : cuanto más que vuesa merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros á otros, y el que es vencido hoy ser vencedor mañana. Como no es Carrasco hombre que se duerma en las pajas , asiendo por el copete la ocasión que le ofrece el escudero, así es, dice, y el buen Sancho Pan^a está muy en la verdad destos casos; al modo de quien frota una cicatriz recien cerrada, para ver si es sólida ó vuelve á brotar sangre. Mas de todas estas acometidas sale victorioso el Hidalgo, mostrando bien alas claras estar ya encastillado en la cordura, y ser invencible dentro desús defensas: Señores, vamonos poco á'poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño. Yo fui loco, y ya soy cuerdo; fui Don Quijote de la Mancha, y soy agora , como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Inútil el insistir en esto: toda ulterior consideración holgaría.
No está menos espontáneo y explícito el Hidalgo en su odio alas causas del ya desvanecido mal, ni en su deseo de enmendar los daños que hizo, empujado por él, ni en su gratitud á las personas que le han favorecido y cuidado. Estos efectos resplandecen en las fojas del testamento, algunas cláusulas del cual semejan adveraciones categóricas sobre un articulado de prueba de entera sanidad de juicio. Deja por albaceas al Cura y al Bachiller, dándoles así un testimonio auténtico de la cordial amistad con que á la suya correspondía, en
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los umbrales del sepulcro , en la solemne ocasión que sólo para decir verdad se abren los labios del hombre bueno y de entendimiento claro. Ordenada su alma con todas las circunstancias cristianas que el caso pide , llega á las mandas , y es la primera para el criado :
ítem, es mi voluntad que de ciertos dineros que
Sancho Pan\a, á quien en mi locura hice mi escudero,
tiene que, porque ha habido entre él y mí ciertas
cuentas y dar es y tomares quiero que no se le haga
cargo dellos, ni se le pida cuenta alguna, sino que, si sobraren algunos, después de haberse pagado de lo que le debo, el restante sea suyo, que será bien poco, y buen provecho le haga. Y si como, estando yo loco, fui parte para darle el gobierno de la ínsula, pudiera agora, estando cuerdo, darle el de un reino, se le diera, porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lo merece. Dulce memoria del cariño que mutuamente se profesaron, viviendo en la paz de amo y criado cristianos, sin orgullo ni humillación, desabrimiento ni odio, antes con grata correspondencia de atenciones y respetos, inspirada por la única fraternidad verdadera y fecunda. Falta todavía á Quijano cumplir con un deber de conciencia que le recuerdan su cordura y piedad á la vez , y, suspendiendo momentáneamente el hacer otras mandas, vuélvese á Sancho y le dice: Perdóname, amigo, la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo. La pena que esto le causa inspírale el pensamiento caritativo de apartar al prójimo del mal camino que él siguió, arrastrado de sus perniciosas lecturas; y llévalo á efecto dictando una disposición, que, además, echa el sello al informe sobre la integridad de su juicio; que tal, repito, viene á parecer el testamento: ítem, es mi voluntad que si Antonia Quijana, mi sobrina, quisiere casarse, se case con hombre de quien primero se haya hecho información
Y MUERTE DE ALONSO QUIJANO. 201
que no sabe qué cosa sean libros de caballerías ; y en caso que se averiguare que lo sabe, y, con todo eso, mi sobrina quisiere casarse con él , y se casare, pierda todo lo que le he mandado, lo cual puedan mis albaceas distribuir en obras pías á su voluntad.
No obstante estas repetidas y concluyentes manifestaciones de recobro de la salud mental, podría el de Quijano dejar alguna duda, á no satisfacerla otra prueba que, con parecer indirecta , tiene tanto valor, que sin ella no alcanzarían las demás á dar un convencimiento pleno ; porque así como para el diagnóstico sirve en gran manera el parangón del presunto loco con el cuerdo, el cotejo de su retrato moral de hoy con el de ayer; al mismo tenor el comparar al presunto curado con el enfermo , ver si sus facciones psíquicas son como las que antes tenía y que demudó la dolencia , es un arbitrio excelente para formar concepto sobre la realidad, firmeza y alcance del restablecimiento déla cordura. Ilusorio será éste si no va confirmado por la vuelta del carácter y afectos personales, y, entre ellos, el religioso; supuesto que suele ser el último que cae, y, por lo común, no cae jamás á los embates del delirio, como se ve en toda la vida de Don Quijote , aun en medio de sus mayores desavíos, disparates y excesos.
Duérmese loco , y despierta cuerdo. Aquí, como entre paréntesis, he de decir que el tránsito es violento, pero no nuevo de todo en todo, aunque sí, á la verdad , sumamente raro, casi excepcional. Recuérdese el caso, referido en otro capítulo, del exclaustrado, á quien alguna vez dejé loco por la mañana, y hallé cuerdo por la tarde. En cuyo respecto, entre este orate y Don Quijote no hay igualdad, pero sí semejanza.
Despierta cuerdo; y el primer grito de su despertar es de cristiano, creyente de fe acendrada; sus primeras palabras son una jaculatoria en acción de gracias al Dispensador de todas ellas: ¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin, sus miseri-
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cordias no tienen límite , ni las abrevian ni impiden los pecados de los hombres. Atónita la Sobrina al oir estas razones , por parecerle más concertadas que solía decirlas el Hidalgo, á lo menos en esta enfermedad , pregúntale de qué misericordias y pecados habla. Las misericordias , sobrina , responde él , son las que en este instante ha usado Dios conmigo, d quien, como dije, no las impiden mis pecados. La mirada, hasta entonces fija en el cielo, humíllala á la tierra; y contempla su condición presente, y recorre en un momento las páginas de su historia, tan dolorosas algunas, y llegando á la que bien entiende ser la última, dicta para ella un elocuente epílogo, en el que llora los pasados errores, vuelve por la fama, que tenía adquirida, y abre el pecho á la esperanza de que, en el supremo trance, le fortalecerá el amor de los suyos : Ya conozco sus disparates y embelecos (de los libros de caballerías), y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde , que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa , leyendo otros que sean lw{ del alma. Yo me siento , sobrina, á punto de muerte: querría hacerla de tal modo, que diese á entender que no había sido mi vida tan mala , que dejase renombre de loco ; que , puesto que lo he sido, no querría confirmar esta verdad con mi muerte. Llámame, amiga, d mis buenos amigos el Cura, el bachiller Sansón Carrasco y maese Nicolás el barbero; que quiero confesarme y hacer mi testamento. Y luego hablando con ellos , mientras está haciéndolo, repite muy al caso haber sido el loco Don Quijote y ser ya el cuerdo Quijano ; lo cual le lleva á pronunciar palabras que, con ser breves, dicen todo cuanto cumple á sus nobles sentimientos; pues elevan al mayor grado de certidumbre su curación; desvanecen las sombras de lo pasado con la luz de lo presente; y dan muestra de que va á partir de este mundo con el consuelo de no haber desmerecido en el concepto público, del cual tan celoso es hasta que cierra los ojos el hombre honrado:
Y MUERTE DE ALONSO QUIJANO. 203
pueda con vuesas mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme á la estimación que de mí se tenía.
Tres dias vivió aún , en los que se desmayaba muy á menudo; y recibido que hubo todos los sacramentos, y abominado con muchas y eficaces razones de los libros de caballerías, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron , dio su espíritu.
Doscientos setenta años han rodado sobre su tumba ; mas para nosotros, los que desde la infancia escuchamos embelesados los ecos de su voz ; en sus razonamientos hallamos doctrina y delectación para el entendimiento, paz para el corazón, propiedad y pureza para el habla; para nosotros los que seguimos , aunque harto á la zaga, sus huellas en el camino de la hidalguía; con su ejemplo é inspiración nos enfervorizamos en el amor de la justicia y de la belleza; para nosotros, los que rendimos culto á su memoria, y contenderíamos por su desconocida patria, como se han disputado los griegos la también ignota del divino Homero ; para nosotros, los que, con la imaginación enardecida por el afecto, le vemos siempre á nuestro lado alentándonos con su espíritu radiante de virtud y nobleza; Don Quijote, el héroe manchego,
No parece que está muerto, Sino vivo y muy honrado,
como el antiguo romance canta del Cid , el héroe castellano.
Perdóneseme esta digresión fantástica, que no ha sido, no , ¡vale Dios! , grito de vigilancia de un delirio mío , sino desahogo del amor , en verdad nunca dormido , al Ingenioso Hidalgo ; pues , tomando otra vez el sendero de la sosegada razón, concluyo diciendo que, en el concepto médico-psicológico, la regresión de Don* Quijote de la Mancha á Alonso Quijano el Bueno es una de las narraciones más admirables, y en todo respecto merecedora de encomio.
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CAPÍTULO XV.
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Habiendo tratado principalmente hasta aquí de los caracteres que distinguen la individualidad monómaniaca de Don Quijote, que dibujan, si vale decirlo, su fisonomía frenopática , y que, en el lenguaje de escuela , componen un síndrome, ó singularizan un caso clínico; pasaré ahora á manifestar los generales, no exclusivos de la forma específica de su locura , sino comunes á casi todas ellas; donde se verá la semblanza del Hidalgo con la generalidad de los orates, y cómo corren al rededor de la idea delirante primaria del nuestro otras secundarias, variables ó pasajeras. En lo sucesivo analizaré la vesania de Don Quijote, no tanto en loque tiene de la especie, cuanto en lo que participa del género; y creo poder asegurar que no será menos interesante su estudio en éste que en el otro aspecto.
Dignos de lástima son todos , igualmente y sin la menor diferencia, los que padeciendo enajenación , vagan, por las regiones del mundo moral, más vacilantes, descaminados y desvalidos que, por las sendas de la tierra, los sin ventura que viven en la lobreguez de la ceguera; y débenles las personas compasivas, no sólo amparo y respeto, sino amor entrañable como á seres que Dios ha elegido para purificarlos en esta vida con las aflicciones de la mayor miseria, y para que en ellos puedan ejercitar la caridad los que su Ley observan y por las vías de la virtud le. siguen. Dando esto por sen- •tado é indiscutible, no repugna el decir que hay locos, si no locuras, que, por sus cualidades, gustos é inclinaciones, aun cuando sean patológicos, entremezclados acaso con aptitudes y otras dotes en que no ha hecho
LOCOS SIMPÁTICOS. 20Í>
mella la enfermedad , inspiran afectos de todo punto contrarios: ya de confianza , afición ó cariño, ya de recelo, indiferencia ó desamor. Que el hombre, por su flaca naturaleza , no siempre logra sustraerse al influjo déla simpatía y de la antipatía, por más que, en el trato con los desgraciados, si alguna vez puede sin escrúpulo moderar el movimiento de la primera, jamás le estará bien ceder al ímpetu de la segunda. De todo esto se originan, por una parte, innumerables semejanzas y desemejanzas de los alienados entre sí, tocante á su índole y comportamiento; y, por otra, diferencias no menores de las relaciones que con ellos contraen , del ascendiente que con varios tienen , y del afecto que por algunos, no sin especial y razonable motivo, sienten los que les tratan , cuidan y gobiernan.
De buenas á primeras se ha de confesar que , en una multitud cual la que llena un manicomio grande, y en la suma de los dispersos que fuera de él viven , los más son orates vulgares , como vulgares son también, por la mayor parte, los que componen la población de los sanos de juicio. Locos, cuyo delirio refleja la torpeza, ignorancia, estolidez ó supersticiones de cuando no lo eran ; residen en el asilo confundidos entre otros muchos en la sección á que los ha llamado su carácter patológico; y salen de él, ó mueren, sin haber hecho otra cosa que trabajar mal que bien , de grado ó por fuerza , en la mecánica labor común ; añadir un guarismo á la estadística; y probar pasivamente la eficacia ó vanidad de la medicación usada contra su dolencia; á la manera de tantos cuerdos que, salvo su honradez y bondad , con el entendimiento inculto, casi dormido, pegados al terruño, metidos en el taller, tal vez ocultos en el fondo de la covachuela, ó atediados de la ociosidad, viven, casi vegetan, en un mundo puramente material, de donde parten sin dejar rastro de su paso, y, lo que es peor, sin haberse asomado al mundo moral, del que apenas tuvieron noticia, ó lo menospre-
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ciaron. Todos éstos, locos y cuerdos, son en la tierra imágenes de aquellas almas inertes, de las cuales, mostrándoselas en las regiones de las tinieblas, dijo el vate mantuano al florentino :
Fama di loro il mondo esser non lassa ;
Non ragioniam di lor, ma guarda e passa. *
¡ Dichosa existencia vulgar, mil veces preferible á la notoriedad que acaso da á locos, como á cuerdos, el carácter indómito, la índole maligna , la desapoderada pasión , el vicio, el crimen ! Superfluo fuera el encarecerlo ; pero, con todo, los que se distinguen por esta mala cualidad ó circunstancia son siempre bien recibidos en los manicomios, pues ningún incentivo más poderoso de la caridad que la siniestra desgracia que los agobia, ni materia más digna de estudio que su multiforme y gravísima dolencia ; en nada obstante que los arrebatos que repetidamente les sobrevienen perturben el orden de los asilos , pongan en peligro á los albergados, y aun á los médicos , hermanos y servidores.
El que no conoce, por práctica propia, aquella variedad de la manía razonadora, que puede incluirse en la moral insanity de Prichard, en la cual predomina como carácter distintivo la perversión de todo afecto; jamás podrá concebir cuári intratables, y de v.ez en cuando cuan peligrosos , son los desventurados que la padecen : volubles, antojadizos, mentirosos, embrollones, entrometidos, pendencieros, cobardes y sumisos ante el fuerte , audaces y crueles con el débil ; dan de continuo en qué merecer á sus compañeros y á la gente de servicio, burlan los cálculos del director más ladino y cauto, y malogran sus mejores providencias.
Entre los locos epilépticos, hay algunos malsufridos, muy irritables , agresivos y traidores ; sin ninguna
* Dante, La Divina Commedia, canto III, vers. 49 y 5i.
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de estas malas cualidades , pocos. Provocado por los paroxismos de su neurosis , suelen padecer un delirio pasajero, que abarca todas las facultades intelectuales y afectivas y los instintos, pero tan intenso, que es, para mí, el prototipo de los trastornos psíquicos, y parece la forma específica que sugirió, ó por la que hubo de inventarse la denominación genérica, exactísima y en extremo expresiva, de enajenación mental. Basta decir que el paciente pierde de todo punto la conciencia de sí mismo y su carácter de racional , y, transportado por una agitación incesante ó por un verdadero y extraordinario furor, queda convertido en uno como bruto indomable y rabioso, que tal vez aulla, embiste, pega , acocea , araña ó muerde.
Los locos homicidas y los suicidas son para los manicomios dos plagas, á cual peor; y sin duda las peores que pueden caer sobre estos establecimientos: con harta frecuencia la vigilancia más asidua no es poderosa á precaver los atentados de tales orates. ¿ Cómo se podrá ir á la mano al que, enardecido de pasión vesánica que no tiene freno ni calmante, está en acecho de la primera coyuntura que se le ofrezca para satisfacer un maligno anhelo, todos los minutos, todos los días, semana tras semana, mes tras mes, año tras año? ¿Cómo, en un instante de fatal descuido ó ilusoria confianza de los que le asisten , no hallará tal vez un utensilio del servicio, una piedra, una tejoleta para lastimar á un compañero ó criado; en su mismo ajuar un pañuelo con que estrangularse; en las viandas un hueso con que herirse? Nada más temible é insoportable que la responsabilidad moral que á las casas de orates irroga el cuidado de estos infelices.
Otros hay, que ponen á prueba la paciencia, mansedumbre, abnegación y sufrimiento de las personas que deben tratarlos: son los misántropos y los que yo denomino antropófobos , cuya vida se consume en el odio ó en el horror. Para ellos no existe el género humano ;
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en medio del mayor concurso están solos, á vueltas con sus delirios, pasiones y rencores; la compañía les molesta ; la presencia de un semejante les irrita; un consuelo les enoja; una palabra de cariño les exaspera ; prefieren la noche al día ; reconcentrados , huraños , hoscos , no despegan los labios sino para el desprecio, el insulto, la maldición ó la blasfemia; y si á alguien miran la cara, mataríanle con la vista, si pudieran, como diz que mata el basilisco.
i Oh dolor! Viendo á los orates de todas estas clases , contemplando sus exaltaciones é ímpetus , oyendo sus descompuestas voces, insultos y amenazas; en medio del desconcierto, confusión y estruendo, que, siquiera momentáneamente , levantan , me ha parecido asistir al combate de odios y furores, entre lamentos é imprecaciones, desesperación y horror, de los precitos del poema dantesco.
Quivi sospiri, pianti, ed alti guai
Diverse litigue, orribili favelle , Parole di dolore, accenti d'ira, Voci alte efioche, e suon di vían con elle.*
La simpatía que tales locos tienen la desgracia de no poder granjearse, lógranla otros, por dicha mayores en número. De éstos hablaré, no ya en general, como de aquéllos, sino individualmente, mencionando, ora el concepto delirante ó la alucinación, ora la genialidad ó algún hecho suyo, aquí un rasgo de ingenio, allí un dislate gracioso; de suerte que sin dificultad colija, por cualquiera de estas particularidades, el grupo en que habrá de incluirlos quien se proponga clasificarlos.
Una maniaca, esquiva y alborotadora , á quien nunca he oído razón concertada, que padece á menudo accesos de agitación vehemente, pero hasta en ellos es del todo inofensiva ; se distingue por un afecto filial entra-
* Dante, ibidem, canto III, vers. 22-27.
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Sable, aunque desvariado, á una anciana á quien toma por su madre, reclusa, como ella misma, semiparalítica y no nada pulcra, pues en realidad no puede serlo , á pesar de todos los cuidados, una inválida que adolece de incontinencia de orina. Tratándola, no sólo con respeto y cariño sino con mimo, bésala, ayúdala á levanlarse y vestirse , bien así como la desnuda , acuesta y arropa, sin que jamás se muestre negligente en estos servicios, bastante penosos, porque la desconsiderada vieja los reciba con indiferencia, que es lo ordinario, ó acaso se los pague con regaños, arranques de mal humor ó algún manotazo.
Asistí, mucho tiempo hace, á un marinero vizcaíno, excelente ejemplar de su noble y esforzada raza : robusto , vigoroso, valiente, probado en las fatigas y peligros de la vida navegante; pero, por efecto de la manía, siempre agitada y á veces furiosa, que padecía, nada sufrido, y sí muy caviloso , agresivo y camorrista. Una palabra, una mirada, un gesto del más pacífico compañero, bastábale, aunque á él no fuese, para levantar el puño , y descargarlo con la fuerza de un atleta sobre el inocente; y vez hubo que, dándole yo la espalda, y, por tanto, no pudiendo siquiera mirarle, recibió mi sombrero la puñada que él dirigía á la cabeza. Pues bien, para sus pendencias buscaba, por lo común, contendientes dignos, es decir, animosos y fuertes; y si de alguna salía llevando la peor parte, loaba el arrojo del contrario, y tenía por muy merecidos los golpes que éste le diera. Un día halló la horma de su zapato habiéndoselas con quien le santiguó de lo lindo, y le partió de un mojicón el labio superior; y yo, disponiéndome á hacerle la primera cura, ordené que cuatro criados le sujetaran, mas él quiso oponerse diciéndome con entereza : — No es menester, señor Doctor; que si buena paliza me han dado , buen ánimo tengo para sufrir las cosquillas de esas herramientas: obre su merced cómo le parezca, corte por dónde la plazca; que para
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resistirlo soy muy hombre. No sé qué voz sentí en mis adentros , que me persuadió á fiar en la generosidad del loco , y , echando el pecho al agua , mandé á mis ayudantes que le soltaran, y él sufrió sin un quejido ni el más leve estremecimiento de dolor el que le causaron los alfileres con que le hice la sutura enroscada.
Padece también manía con accesos de exaltación furiosa, y tiene entonces conatos muy dañinos, un pescador catalán, que , siendo en su juventud marinero de la Armada , asistió á la malograda expedición del Pacífico y al memorable ataque del Callao. Quizás por estar educado en la severa cuanto salvadora disciplina del servicio marítimo de guerra , el rasgo predominante de su noble carácter es meterse á parte de los Hermanos y dependientes del Manicomio , ó dígase de la autoridad , contra los reclusos que los amenazan ó les oponen resistencia. Un buen arbitrio hay para calmar sus agitaciones : hablarle de la marina española. Tela se le da con ello para largo rato; y es de ver el entusiasmo con que refiere los sucesos de la para él épica jornada. A su decir, Méndez Núñezfué un dios; todos, del almirante á los grumetes, unos héroes; los peruanos, unos temerarios; los ingleses, unos piratas; y cuando y dónde quiera que un buque largue la bandera de España, todos los de las demás naciones del mundo deben arriar instantáneamente las suyas.
Residió más de la mitad de su vida en el Manicomio un cajista, vivaracho, ingenioso, apto para todo género de trabajos manuales y muy dado al estudio. El oficio que más ejercitó en el asilo fué el de pintor de brocha gorda ; y en las horas de descanso y días de fiesta , andando á vueltas con gramáticas y diccionarios, aprendió algo por sí, sin auxilio de maestro, y con sólo hacerme de vez en cuando alguna consulta , las lenguas francesa é inglesa , cuyos vocablos pronunciaba á la española y traducía bien que mal, pero más mal que bien , pues el respeto á la propiedad y pureza de la dicción no
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era, en verdad, su fuerte. Por quítame allá esas pajas se exaltaba y decía de una hasta ciento , echando fuego por los ojos: todo se le perdonaba, sin embargo; que no merecían menos su buena índole y laboriosidad infatigable. Su locución era un baturrillo mareante, al que no se podía tomar atadero ; porque, sobre padecer manía incoherente, hablaba por los codos, en especial á solas, contestando entonces , sin darse punto de reposo, á lo que, por alucinación, oía apersonas conocidas, aunque muy alejadas. Repetidas veces le afeé con muy buenas palabras esta mala costumbre: sermón perdido; siempre prediqué en desierto. Quise un día apretar el argumento; y como él tenía, además, la gracija de las ocurrencias felices , pasó entre los dos este breve diálogo: — Al que habla á solas hay que ponerle sal en la mollera. — Perdone V.; que puedo citarle á alguien que hablaba á solas, y es sapientísimo y respetabilísimo.— ¿Quién? — Dios. — ¿Dios?, no lo entiendo. — Pues ¿con quién hablaba el Criador cuando dijo: fiat lux?
Con un comprofesor y colega en el Hospital visité en junta á cierto sujeto de condición modesta , que padecía el delirio de riqueza y superioridad , iniciativo de la parálisis general. Había concebido el proyecto de traerá Barcelona todo el caudal del río Noya, desviándolo arriba de Martorell; obra más atrevida y grandiosa que la del Acqua Vergine, en Roma , y con la que prometía inundar el llano de nuestra ciudad , siempre necesitado de riego, poco menos que como las periódicas avenidas del Nilo anegan y fertilizan las regiones de Egipto. A pesar de que esta empresa era sólo un germen monstruoso que se alimentaba de una gestación delirante, y jamás había de llegar á alumbramiento, dábala por llevada á feliz término, y gozábase, ya con la contemplación del tesoro que llenaría sus arcas, ya con el pensamiento de hacer partícipes á sus conciudadanos del fabuloso negocio y ventura. Recibió núes-
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tros consejos y prescripciones como el que, atendiendo más á su desvarío que á las palabras que se le dirigen, oye y no escucha; y, al despedirnos, llamó aparte á mi colega , y con mucho sigilo le agradeció el haberle dado á conocer una persona como yo , de quien dijo que era un sabio — en lo cual anduvo , antes que loco, bobo; — pero que, vislumbrando por mi continente y porte, que no era rico — y en esto ya no estuvo bobo ni loco, sino asaz cuerdo, — quería regalarme medio millón , ignoro si de duros ó pesetas: piquillo, sin embargo, que, en uno y otro caso , hubiera aceptado yo de mejor gana que una resma de acciones de su empresa.
No le daba por las riquezas materiales, sino por las literarias, á un ingeniero, que, al tiempo de entrar en mi Manicomio, vivía en el mejor de los mundos ¡posibles; picábase de entendido in omnire scibili et quibusdam aliis, — aunque, en realidad, sabía algo; — era un argumentador impávido y recalcitrante; escuchábase al hablar ; sus lucubraciones no tenían cuento ; y, sobre todo, se jactaba de haber traducido en verso la Eneida al castellano, al francés, al alemán, al inglés, al portugués, al griego y al sánscrito.
Muchos año há — y este dato cronológico no es indiferente aquí — que un sastre de cierta villa de Cataluña — cuyo nombre tampoco sería indiferente el declarar— vino al mismo asilo, llena la cabeza de viento de bienandanza y dicha , no para sí solo , sino para España entera, y aun para la humanidad de ambos á dos hemisferios. Traía unos papelotes , escritos de su mano, sin duda más diestra en pasar la aguja que en poner la pluma , de los que yo no entendí una jota, ni sé si él me hacía en esto gran ventaja, por cuanto explicaba , que no leía, el contenido de sus confusos garabatos. El cual nos fiaba que todos seríamos buenos, sabios y ricos. España, Europa, el Mundo iba á convertirse en otra tierra de Jauja. Una paz imperturbable coronaría esta obra de mirífica transformación. La Re-
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pública r he aquí la panacea que había de curar todos los males del linaje humano, y traerle una salud, aunque terrenal, eterna. Éste era el plan desarrollado en aquellos borrones. Su autor, bondadoso, pacífico, amigo de temperamentos y composturas, quería llevarlo á efecto sin violencias, trastornos ni disturbios. En primer lugar, estaba persuadido de que nadie, por interés ó repugnancia, lo rechazaría, puesto que aseguraba el concierto y bienestar universales; y luego, huía de mover tempestades introduciendo innovaciones quiméricas y lastimando personas. Amanecer el día de mañana, y levantarnos republicanos los que nos acostamos monárquicos; entonar la Iglesia el Domine, sal- 'vam fac Rempublicam , echando á vuelo las campanas ; poner la milicia en el ábside de los templos las banderas, y enarbolar las águilas romanas; la nobleza archivar sus pergaminos como á códices históricos ; el estado llano tutearse con arzobispos, optimates y alcaldes; los tribunales de justicia aplicarla en nombre del pueblo soberano; las Universidades enseñar las teorías trascendentales y los resultados prácticos de la libertad , igualdad y fraternidad , tres cosas que el loco decía ser muy buenas, porque así se lo habían asegurado los franceses , vecinos suyos ; todos apagar la sed en las fuentes de la felicidad pública; y aquí paz , y después gloria. Estudiada tenía asimismo la escena capital de este grandioso drama: á la augusta persona que ocupaba el trono de los Reyes Católicos — queríala bien á ella, porque, algún tiempo antes, su madre le había devuelto el saludo al pasar por cierta calle de Burdeos, — invitarla con buenos modos á descender de su alto asiento , inquirir sus propósitos ó deseos, y, si eran de ausentarse de España , acompañarla á la frontera, y allá despedirla con los honores y miramientos debidos á su jerarquía y sexo.
Como éstos son los enajenados más simpáticos: los que cautivan la voluntad , mueven la mayor conmise-
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ración, é interesan á cuantas personas los tratan ó á ellos se acercan ; los que en los manicomios sobresalen entre los recogidos, tienen aptitud' para varios trabajos, se prestan mejor á las combinaciones del tratamiento moral, agradecen los cuidados que se les prodigan, pagan en cierta manera con sus servicios la asistencia que reciben, y, al ser dados de alta ó fallecer, dejan tan buenos recuerdos, que pronto borran los de sus extravíos, tendencias malas ó arrebatos peligrosos, si los tuvieron. Además, favoréceles el carácter particular de sus temas, que, en rigor, suele ser la exageración de sus prendas intelectuales y morales, ingenio, travesura, valor, nobleza, laboriosidad, esfuerzo, cariño, patriotismo y otras por el mismo estilo ; en términos que lo patológico de estas cualidades apenas si se distingue de lo fisiológico, en algunas ocasiones, y aun en todas suspende y embelesa la mayor energía que les comunica.
Don Quijote pertenece á la clase de los orates simpáticos , cuyas mejores circunstancias reúne en su persona, subidas de punto, bien y agradablemente combinadas en el doble aspecto de delirio y juicio.
Su locura es ideal.
Aun cuando el idealismo , en sus conceptos filosófico y literario, no vaya siempre por el camino de la verdad, porque tal vez amengua la actividad de la inteligencia como sistema psicológico , y falsea ó restringe la belleza como procedimiento artístico; todavía, en absoluto, dentro del círculo de lo exclusivo, lleva indecible ventaja al materialismo, que convierte al hombre en una máquina de movimientos necesarios é irreprensibles; y al naturalismo, que recoge los materiales para susobras entre los desperdicios de la plaza pública. ¿Qué importa que en el comercio social, en la vida práctica , quizás provoque el idealismo contrariedades y conflictos, desabrimientos y dolores, ni que su poesía dulce haya de pugnar con la prosa de la realidad , tan á me-
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nudo amarga; qué importa, repito , si, por otra parte , eleva siempre el alma á las regiones de lo infinito , y abre el corazón á los goces de mayor pureza, sin consentir que á la una esclavice la tiránica materia, ni al otro venzan y degraden los apetitos desordenados; y si en este buen temple alientan vigorosamente el ingenio y la magnanimidad , el valor y la nobleza , la moderada estimación propia y el amor al prójimo; todo, en fin, lo que más dignifica y enaltece al hombre, y es el móvil de sus acciones más generosas y trascendentales?
Este idealismo es el espíritu de la locura de Don Quijote. Proteger doncellas, socorrer viudas; amparar casadas, huérfanos, pupilos y menesterosos; premiar humildes, castigar soberbios, enderezar tuertos, deshacer agravios; y, por digno complemento, limpiar de malandrines la tierra; ¿qué destino más sublime puede en ella caberle al hombre, ni qué aspiraciones pueden ser un estímulo más vivo para sus empresas? Por cierto que si la de dar la mano á todo linaje de desvalidos, ni aun en nuestros tiempos, infatuados de filantropía, ha perdido la oportunidad, nada menos que esto; tiénela, por desgracia , mucho, y la tendrá hasta Dios sabe cuándo, la de acabar con los follones de toda laya, que infestan campos y ciudades, y acaso se introducen inverecundamente en el escenario de la vida pública, cubiertos con antifaz de honradez y adornados con oropel de dignidad.
La locura de nuestro héroe, en la que' está idealizada una realidad tangible, nace de un sentimiento, parte integrante de la naturaleza moral , que de fisiológico pasa á patológico en el celebro del Hidalgo, pues sobrexcitada esta entraña por lo maravilloso de las lecturas y la fatiga de los insomnios, contrae la viciosa aptitud, si es lícito decirlo así, de pervertir sensaciones y extraviar ideas ; no de otra suerte que una alteración morbosa de la retina trueca para el enfermo el color de
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los objetos, otra de la lengua el sabor de los manjares, y las de los demás órganos sensitivos las impresiones de sus excitantes propios. El idealismo del Andante no es una quimera inexplicable, peregrina, sin enlace íntimo con la condición moral del sujeto y el carácter particular de su locura; no: es el idealismo sano elevado á lo último de su potencia, y, por tanto, incompatible con el concierto de las funciones psíquicas, con la vida normal de la mente, al modo que la actividad extrema de la circulación consume la vida del cuerpo con el incendio y carbonización de la sangre.
Pregunta don Lorenzo el poeta novel á Don Quijote, qué ciencias ha oído, y e'ste le responde: la de la caballería andante, que es tan buena como la de la poesía, y aun dos deditos más; y, enumerando en seguida las partes de que se compone el que la profesa , añade: y, volviendo á lo de arriba^ ha de guardar la fe á Dios y ásu dama; ha de ser casto en los pensamientos , honesto en las palabras , liberal en las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos, caritativo con los menesterosos, y , finalmente , mantenedor de la verdad, aunque le cueste la vida el defenderla. — Antes ha dicho á don Diego de Miranda que sobre todos los caballeros que entretienen, alegran y honran las cortes de los príncipes, parece mejor un andante, que por los desiertos , por las soledades , por las encrucijadas , por las selvas y por los montes anda buscando peligrosas aventuras , con intención de darles dichosa y bien afortunada cima , sólo por alcanzar gloriosa fama y duradera. Idealismo puro.
Véase ahora cómo no dejan duda acerca de él sus dos consecuencias ó resultados inmediatos: el mejoramiento moral que percibe en sí mismo quien lo profesa , y el espíritu de sacrificio de que con alegría se siente poseído. De mí sé decir que , después que soy caballero andante, soy valiente, comedido, liberal , bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente , sufridor
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de trabajos, de prisiones, de encantos, fueron palabras de Don Quijote al Canónigo. — Más altos puso los puntos cuando dijo á Vivaldo : somos (los caballeros) ministros de Dios en la tierra, y bracos por quien se ejecuta en ella la justicia. Al mismo caminante, que le preguntó la ocasión que le movía á andar armado, contestó : el ejercicio de mi profesión no consiente ni permite que yo ande de otra manera : el buen porte, el re galo y el reposo allá se inventó para los blandos cortesanos; mas el trabajo, la inquietud y las armas sólo se inventaron é hicieron para aquellos que el mundo llama caballeros andantes, de los cuales yo, aunque indigno, soy el menor de todos; y luego: no quiero yo decir, ni me pasa por pensamiento, que es tan buen estado el de caballero andante como el de encerrado religioso ; sólo quiero inferir, por lo que yo padezco, que sin duda es más trabajoso, y más aporreado, y más hambriento y sediento, misera" ble, roto y piojoso; porque no hay duda sino que los caballeros andantes pasados pasaron mucha mala ventura en el discurso de su vida. — Al del Verde Gabán dijo: El andante caballero busque los rincones del mundo, éntrese en los más intrincados laberintos, acometa á cada paso lo imposible , resista en los páramos despoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del verano^ en el invierno la dura inclemencia de los vientos y de los hielos; no le asombren leones, ni le espanten vestiglos, ni atemoricen endriagos; que buscar éstos, acometer aquéllos y vencerlos á todos son sus principales y verdaderos ejercicios. Yo, pues , como me cupo en suerte ser uno del número de la andante caballería, no puedo dejar de acometer todo aquello que á mí me pareciere que cae debajo de la juridición de mis ejercicios; y así, el acometer los leones que ahora acometí, derechamente me tocaba , puesto que conocí ser temeridad exorbitante.
\ Oh ! bien haya el idealismo, que enardece la fe , levanta el ánimo, estimula el valor, despierta y vigoriza
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todas las virtudes! No ha dado nunca, ni dará jamás el materialismo hombres ni pueblos que corran á las armas y á la muerte denodados y gozosos apellidando religión, patria, independencia y gloria: sagrados nombres que para él han de ser siempre vanos. Guzmán el Bueno, que rinde á la lealtad el tributo de su propia sangre en la sangre de su hijo; Hernán Corte's y sus quinientos bravos, que, allende los mares, dan cima á la expedición increíble , propia de los tiempos fabulosos , de conquistar para España un imperio más dilatado que ella; las bandas allegadizas del Bruch, los soldados de Baile'n,los mártires de Gerona y Zaragoza, que miden sus armas con las del Capitán del siglo, vencedoras en cien batallas; héroes son, que se abniegan, y pelean, y vencen ó sucumben alentados por el idealismo de Dios, patria y libertad. No es esencialmente distinto el de Don Quijote, por más que anide en una cabeza enferma : sólo está puesto en el punto de mayor energía y descarriado, á la manera que tal vez en el calenturiento convertida la visión en fotopsía * y el habla en locuacidad , por la fuerza del delirio.
Acometer un solo caballero á más de treinta desaforados gigantes; vengar al mal ferido ó muerto caballero que va en unas andas, custodiado por otros veinte, que, en la tenebrosidad de la noche, cabalgando con hachas encendidas en las manos, no parecen sino fantasmas ; libertar á la hermosa y principal señora, cautiva de follones y descomedidos malandrines, encamisados y enlutados; reñir batalla con el Caballero de los Espejos, únicamente para hacerle confesar que Casildea de Vandalia no iguala en hermosura á Dulcinea del Toboso; meterse por medio de la multitud de espadas con que van á entrar en furioso combate los partidarios de Camacho el Rico con los de Basilio el Pobre, y
* Fotopsía, lesión del sentido de la vista, á causa de la cual percibe el que la padece chispas, centellas y como regueros de luz. aun teniendo cerrados los ojos.
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blandir la suya por éste, en sostenimiento de la estratagema con que acaba de robar al otro su novia , la más contenta que burlada Quiteña la Hermosa; hacer renuncia temporal de la hidalguía para desafiar al dañador de la mala doncella, hija de la buena doña Rodríguez , y presentarse en el campo y estacada para reñir con él, vencerle y obligarle á reparar su tuerto: todo esto se llama en términos propios hacer esplendoroso alarde de valentía , combatir por la defensa del inocente, el amparo del desvalido , el castigo del malvado, la venganza del ofendido y el triunfo de la justicia ; ofrecer la vida por la honra y el deber que impone la cuasi religión austera de las armas, sin mira á medro alguno ni opción á otra recompensa que la puramente ideal del aplauso^ gloria y renombre. ¡Bizarro caballero, que, loco y todo, es espejo al que debieran mirarse muchos cuerdos !
No implica que, puesto en tan arriesgados casos, los gigantes se conviertan en molinos de viento; y los caballeros que acompañan al yacente, en sacerdotes y mozos que conducen desde Baeza unos huesos para depositarlos en su sepultura de Segovia; y la hermosa dama y los bellacos raptores suyos en una imagen de la Virgen, y unos disciplinantes que la llevan en procesión para alcanzar de Dios que llueva sóbrela árida tierra; y el Caballero de los Espejos en el bachiller Sansón Carrasco, hecho y derecho, en su mismo rostro, figura, aspecto, fisonomía, efigie y perspectiva; y Basilio en un mancebo listo, más industrioso que necesitado, á pesar de su sobrenombre; y el que robó á la pucela dueñesca la mejor prenda, en el lacayo Tosilos, que, volviendo á mirar á la muchacha , echa de ver que más cuenta le tiene darle su mano que recibir un bote del brioso contendiente, que sale por enderezador del desaguisado. Envidiosos magos que persiguen sin tregua al Caballero, hacen tales transformaciones para quitarle la gloria de los vencimientos : pero esto no puede ser
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parte á menoscabar el concepto de su ánimo , arrojo y tal vez heroísmo.
Así es la verdad ; porque una hazaña peligrosa ó una empresa atrevida, insigne hecho será siempre, digno de prez , á pesar del mal éxito á que la llevaren dificultades que pudo prever la prudencia si no la cegara una confianza excesiva; acaecimientos que burlaron las combinaciones mejor dispuestas; ó adversidades contra las cuales nada valen las humanas fuerzas. A Felipe II, que, para altos fines de su prepotente política, supo aparejar la armada Invenci ble, espanto de Inglaterra y asombro del mundo, ¿quién le negará, sin injusticia notoria , gallardía de espíritu , porque malograsen su expedición, desbaratando y casi destruyendo aquel formidable, y hasta entonces nunca visto , aparato bélico la ineptitud y flaqueza de un caudillo; la negligencia, si no mala voluntad, de otro; la confusión y desconcierto de los capitanes; el descorazonamiento de los soldados; la escasez de las vituallas, las enfermedades, el furor de los vientos y la braveza de las olas? «Los » sucesos de la mar son varios, como se sabe , dijo el
»gran rey en carta de encargo á los prelados y,
» como de todo lo que Dios es servido hacer se le deben » dar gracias , yo se las he dado desto y de la misericor- »dia que ha usado con todos , pues, según los tiempos » contrarios y peligro en que se vio toda el Armada de »un temporal recio y deshecho que la dio, se pudiera »con razón temer peor suceso;» y al archiduque Alberto, gobernador de Portugal, que le pedía noticias escribiendo parecer encanto el no saberse de la Armada, contestó solamente: «por la relación que va con »ésta, que me envió el Duque de Medina-Sidonia , »veréis en qué paró el encanto*.» No le hubo para Felipe, sino realidad desnuda y cruel. Por la inversa,
* Fernández Duro (D. Cesáreo) , La Armada Invencible; Madrid, 1884; tomo I, págs. i33 y i33.
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Don Quijote vino á decir muchas veces, después de sus acometidas: «Yo me puse en la demanda para pelear • cuerpo á cuerpo, á ley de caballero; no á la de se- »res malvados y felones que, siendo invisibles, búrlanse «del contrario y le hieren á mansalva: la verdad clara, «aunque amarga, es que en mi desventura no ha habi- » do vencimiento sino encanto. »
Vense en la locura de nuestro buen caballero algunos rasgos que tienen cierta semejanza con los más notables de los simpáticos orates arriba citados.
Aunque es como instintiva la afección de la mujer maniaca á la anciana, y razonada la de Don Quijote á cuantos le tratan cortés ó cariñosamente ; todavía merecen recordarse dos hechos que declaran la bondad de su corazón. — En la noble contienda con el Canónigo sobre los libros de caballerías, termina un galano discurso entremezclando, por extraña manera, dislates de delirante con discreciones de agradecido. Por esto querría que la fortuna me ofreciese presto alguna ocasión donde me hiciese Emperador , por mostrar mi pecho haciendo bien d mis amigos, especialmente á este pobre de Sancho Pan^a , mi escudero , que es el mejor hombre del mundo, y querría darle un condado que le tengo muchos días há prometido , sino que temo que no ha de tener habilidad para gobernar su estado. Repetidas veces, ante personas diferentes, protesta lo mismo, en prendas de su anhelo de mantener la palabra que ha dado al infeliz crédulo que le sirve á merced en el escuderil oficio. Lo cierto es que tal promesa no se la lleva el viento, pues, al hallar Don Quijote en Sierra Morena la maleta podrida y deshecha , que , envuelto en un pañizuelo, contiene un montoncillo de escudos de oro, manda á Sancho que los guarde y tome para sí. — Vuelto á su aldea, después del fracaso de Barcelona, cuando la Sobrina y el Ama, oyendo que trata de hacerse pastor, reprueban , con el Cura , el Bachiller y el Barbero, esta determinación, y quieren per-
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suadirle á estarse en su casa y atender á su hacienda •; callad, hijas, les dice , que yo sé bien lo que me cumple..:., y tened por cierto que, ahora sea caballero andante ó pastor por andar, no dejaré siempre de acudir á lo que hubiéredes menester, como lo veréis por la obra. Aquí podrá oponerse el reparo de que el cariño que estas palabras testifican era anterior ala locura; mas de lo mismo se infiere que resistió la fuerza del delirio , á la que comunmente sucumben todos los afectos sanos.
Con la entereza del marinero vizcaíno puede compararse la de Don Quijote después de su batalla con el ascendiente de aquél. No hay por qué recordar si fué reñida, ni cuan furioso se puso el Caballero al sentirse desarmado del lado izquierdo , y quedarse muy maltrecho por el terrible golpe del arma de su contrario; mas todo esto fué poco para la rabia que le dio luego el ver rota su celada; de manera que , puesta la mano en la espada, y alzando los ojos al cielo, juró con toda solemnidad, á imitación del Marqués de Mantua, no comer pan á manteles, ni con su mujer folgar hasta vengarse del que tal desaguisado le había hecho. Pero , objetándole Sancho que si el caballero vencido cumple con lo que se le ha ordenado , de ir á presentarse ante la señora Dulcinea del Toboso, ya habrá satisfecho lo que debía, y no merece otra pena, si no comete nuevo delito, responde el Andante: has hablado y apuntado muy bien; y así, anulo el juramento en cuanto á lo que toca á tomar del nueva venganza.
Como el maniaco pescador catalán, que, en edad madura, vive aún de los recuerdos de aquella gloriosa escuadra, á la cual consagró los bríos juveniles; y doquier que ahora contempla izada la bandera española, ve honra , pujanza y prepotencia indisputables ; y con sola nuestra Numancia promete, si le dejan, echar á pique toda la armada británica; tal Don Quijote se recrece y transporta al hablar de los caballeros andantes,
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y pone sobre las nubes los libros que sus hazañas cuentan. En la conversación , tantas veces citada , con el Cura , el Bachiller y el Barbero , dice : Esténme vuestras mercedes atentos, y vayan conmigo. ¿Por ventura es cosa nueva deshacer un solo caballero andante un ejército de docientos mil hombres, como si todos juntos tuvieran una sola garganta, ó fueran hechos de alfeñique? Si no , díganme: ¡cuántas historias están llenas destas maravillas! ¡Había, enhoramala para mí (que no quiero decir para otro), de vivir hoy el famoso don Belianís, ó alguno de los del innumerable linaje de Amadís de Gaula ! que si alguno destos hoy viviera , y con el Turco se afrontara, á fe que no le arrendara la ganancia.— Siendo luego sabedor de que andan ya en estampa sus altas caballerías, quédase pensativo imaginando que , por arte de encantamiento, las habrá impreso algún sabio, si amigo, para engrandecerlas, si enemigo , para aniquilarlas y ponerlas debajo de las más viles; pero se consuela algún tanto persuadiéndose de que, si en verdad hay tal historia, siendo de caballero andante, por fuerza ha de ser grandílocua, alta, insigne, magnífica y verdadera. Podrá este pasaje parecer á alguien no más que una agudeza satírica de Cervantes contra los libros de caballerías; pero yo lo estimo al mismo tiempo como un toque muy bien dado en la pintura de la vesania del Hidalgo ; toque con el cual tiene alguna analogía una particularidad del jactancioso delirio del pescador catalán, es á saber, el firmísimo convencimiento de que los callamos, á pesar de la mala pasada que les jugaron las naves españolas, no pudieron menos de cantar un himno á la victoria que combatiéndoles alcanzaron; y de que no habrá en mares ni en tierras lengua que no encomie, ni pluma que no publique el valor é intrepidez de los que en ellas servían.
De las dificultades en que ponen á Don Quijote ciertos sucesos, y que no puede desatar su ingenio, sálese bonitamente, como el loco cajista, por la puerta falsa de
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lo invisible, fantástico ó sobrenatural; estoes, haciendo intervenir potestades superiores en el malogro de sus actos de valentía y aun en hechos insignificantes, manejándolas con el desenfado que el titerero las figuritas de su retablo. — Por fortuna, detienen los molineros el barco en que él y Sancho pausadamente navegaban Ebro abajo, y que ya iba entrando en el canal de las ruedas del molino ; caen entrambos en el agua , de la que aquéllos les sacan no sin trabajo; porfía el Caballero sobre que le den libre y sin cautela á la persona ó personas que en la aceña , castillo para él , están oprimidas; búrlase uno, y llámale hombre sin juicio , lo que en otra cualquiera ocasión bastara á Don Quijote para andar al pelo con el deslenguado; mas entonces, reducido quizás á la templanza y sosiego por la virtud sedativa del baño que acaba de tomar , bien que sin quererlo, se limita á decir, no á los circunstantes, sino entre sí, para que se vea su filosófica paciencia: Basta; aquí será predicar en desierto querer reducir á esta canalla á que por ruegos haga virtud alguna , y en esta aventura se deben de haber encontrado dos valientes encantadores, y el uno estorba lo que el otro intenta: el uno me deparó el barco , y el otro dio conmigo al través. Dios lo remedie ; que todo este mundo es máquinas y trabas contrarias unas de otras; yo no puedo más. — Materia es la délos magos, perseguidores suyos, sobre la cual discurre siempre con la misma lógica delirante , algo débil , sin embargo , contra ciertos reparos que vendrán en ocasión oportuna. Del ancanto de Dulcinea habla así á la Duquesa : otro día, habiéndola visto Sancho , mi escudero , en su mesma figura , que es la más bella del orbe, á mí me pareció una labradora tosca y fea , y no nada bien rabonada , siendo la discreción del mundo ; y , pues yo no estoy encantado , ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida y la mudada, trocaday trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos. No de otra suerte
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discurría el cajista:« — Yo no siempre hablo á solas, sino » las más veces con Fulano y Zutano , que , si bien están »muy lejos de aquí, me provocan é insultan: los que » no les oyen son los sordos , ó los tontos , que no entieni den sus malas razones; no yo, que tengo muy buen oído »y mejor juicio.» Y nadie le sacaba de aquí , á pesar de que sus más frecuentes altercados eran con una respetable persona que residía entonces en Belén , Casa de Convalecencia del Manicomio, sita á poca distancia de la cumbre del Tibidabo. \ Maldito teléfono la alucinación acústica!
Asimismo la liberalidad del orate proyectista, la presunción literaria del ingeniero , los castillos en el aire del sastre soñador y la jactancia de los tres se entreven, y á veces se distinguen claramente en la locura de Don Quijote.
A las dos mujeres mozas del partido que, andando á mal andar con unos arrieros, están acaso á la puerta de la venta del andaluz, salúdalas con el dictado de altas doncellas, cosa tan fuera de su profesión , añade el historiador, que las mueve á risa ; y porque, en la parodia de ser armado caballero, la una le ciñe la espada y la otra le calza la espuela, rue'gales le hagan merced de llamarse de allí adelante Doña Tolosa y Doña Molinera , con dar de suyo harto estos nombres mondos y escuetos de las hijas del remendón y del molinero, para que no tengan que ponérseles añadiduras ni cortapisas, ni los arrequives de dones ni donas que honrada y discretamente rehusaba para sí Teresa Cascajo; aunque hoy, quisiéralo, ó no, por seguir la moda, debería aceptar la coletilla de Pan^a.
Alabando en el autor de la Historia del valeroso é invencible príncipe Don Belianís de Grecia aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura , muchas veces le vino deseo de tomar la pluma , y dalle fin , al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros
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mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran. — Leído el soneto del librito de memoria que dentro de la maleta se Jialló en Sierra Morena, dice de su ignorado autor: á fe que debe de ser razonable poeta, ó yo sé poco del arte; y, preguntado por Sancho: luego ¿tambien se le entiende á vuestra merced de trovas? contesta : y más de lo que tú piensas ; y veráslo cuando lleves una carta escrita en verso de arriba abajo á mi señora Dulcinea del Toboso; porque quiero que sepas, Sancho, que todos ó los más caballeros andantes de la edad pasada eran grandes trovadores y grandes músicos; que estas dos habilidades ó gracias , por mejor decir, son anejas á los enamorados andantes. — Pocos autores de historias de caballerías, si alguno, aventajarán en riqueza de fantasía , y menos en galanura de estilo , á Don Quijote al narrar las dos aventuras que improvisa departiendo con Sancho y el Canónigo, respectivamente; la del Caballero del Sol , vencedor del gigantazo Brocabruno y desencantador del gran Mameluco de Persia; que llega á la corte de un gran monarca, se enamora de la Infanta , su hija, parte á la guerra, derrota al enemigo , conquista muchas ciudades , vuelve, y se casa con su amada ; y el hecho inaudito del Caballero del Lago, que se arroja en uno bullente, debajo de cuyas negras aguas se le ha anunciado que yacen los siete castillos de las siete Fadas; y allí se le ofrece á los ojos una apacible floresta, y un vistoso alcázar de oro, diamantes, jacintos, carbuncos, rubíes, perlas y esmeraldas, y un buen número de doncellas que le sirven y agasajan, con otra encantada, que es más hermosa que ninguna de las primeras , y le cuenta maravillas que le suspenden.
Nada enardece tanto el espíritu de Don Quijote ni más le encariña con su profesión que el cumplimiento del alto destino que le ha cabido en la tierra : Sancho amigo, has de saber que yo nací, por querer del cielo, en esta nuestra edad de hierro para resucitar en ella la de
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oro, ó la dorada, como suele llamarse : aquella edad que con tan risueños colores pintó en su inimitable discurso á los cabreros; edad mucho más próspera , sin duda alguna , que la prometida en los cartapacios del sastre polítícomaniaco. — A semejanza de éste y de todos los orates, y aun de los no orates , innovadores y proyectistas , lucha con la incredulidad é indiferencia de los que se hacen los sordos al anuncio y explicación de la reforma por la cual se desvive, y llega casi á vituperar su frialdad. Por esto dice al Cura y al Barbero: sólo me fatigo por dar á entender al mundo el error en que está, en no renovar en sí el felicísimo tiempo donde campeaba la Orden de la andante caballería; pero no es merecedora la depravada edad nuestra de go\ar tanto bien como el que gomaron las edades donde los andantes caballeros tomaron d su cargo y echaron sobre sus espaldas la defensa de los reinos , el amparo de las doncellas, el socorro de los huérfanos y pupilos , el castigo de los soberbios y el premio de los humildes. — Y bien como el sastre quería meternos en el gremio de su pacato . republicanismo á los que su fantasear escuchábamos; así , á lo reformador junta Don Quijote lo propagandista, pues despidiéndose de don Lorenzo, precisamente de aquél á quien poco antes ha calificado nada menos que del mejor poeta del Orbe, dirígele con singular seguridad estas palabras contradictorias del anterior concepto : No sé si he dicho á vuesa merced otra vc{ , y, si lo he dicho, lo vuelvo á decir, que cuando vuesa merced quisiere ahorrar caminos y trabajos para llegar á la inaccesible cumbre del templo de la Fama, no tiene que hacer otra cosa sino dejar á una parte la senda de la poesía, algo estrecha, y tomar la estrechísima de la andante caballería, bastante para hacerle emperador en daca las pajas ; con lo cual no se puede decir que apunte demasiadamente alto, pues en otra ocasión, con no menos seguridad, declaró que de ser reyes y emperadores estaban en potencia propincua los caballeros andan-
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tes. — Hay más: el bueno del sastre, con sólo haber echado la tijera á su plan de revolución pacífica, juzgábase por el regenerador del linaje humano y el primer hombre del siglo, cuya celebridad correría hasta los últimos; y despepitábase por darlo á entender así á los demás reclusos , tan locos como él ; lo cual era ni más ni menos que machacar en hierro frío. Sancho, á quien poco ó nada se le alcanza de caballerías , fuera de tener cuenta con el Rucio, hállase improvisamente en una bien apurada coyuntura , en que mejor le hubiera quitado su miedo cerval el echar á correr á campo travieso, si necesario hubiese sido, que el entreoír un razonamiento heroico, cuyos ecos se confundían con el furioso estruendo de agua y batanes; y, con ver su amo la conturbación y sobresalto que al mísero agitan , dícele con jactancia de braveza delirante , aunque sin darle , como se deja suponer, un adarme de ánimo ni tranquilidad: Yo soy aquél para quien están guardados los peligros, las grandes hazañas, los valerosos hechos; yo soy, digo otra ve%, quien ha de resucitar los de la Tabla Redonda, los doce de Francia y los nueve de la Fama; y el que ha de poner en olvido los Platires , los Tablantes , Olivantes y Tirantes, los Febosy Belianises, con toda la caterva de los famosos caballeros andantes del pasado tiempo, haciendo en éste en que me hallo tales grandevas , extráñelas y fechos de armas, que escure^can las más claras que ellos ficieron.
Consecuencia natural de esta arrogancia, y rasgo genuinamente vesánico , común á todos los delirios de engrandecimiento, con las variantes que ellos, por su carácter, han de importar, es el envanecerse de haber llevado á cabo hazañas, que sólo tuvieron ser en su fantasía descarriada; pues con la firmeza y resolución de quien defiende una verdad innegable, dice á los Duques estas breves palabras , que parecen un cantar de gesta : yo he satisfecho agravios, enderezado tuertos, castigado insolencias , vencido gigantes y atrope-
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liado vestiglos. — Y, deslumhrado con los resplandores de tantas glorias , no echa de ver que es el Caballero de la Triste Figura, nombre apelativo que aceptó por muy adecuado y propio para que, desde entonces, todo el mundo le conociera por la pinta; antes, sintiéndose acaso agraciado y rejuvenecido, desea que su historiador haya puesto fuera de toda sospecha la fidelidad y decoro que siempre ha guardado á Dulcinea, menospreciando reinas , emperatrices y doncellas de todas calidades, teniendo d raya los Ímpetus de los naturales movimientos.
¡ Mentiras frenopáticas ! ¡Oh ! ¡ qué feliz rasgo fisonómico de loco lúcido, de monomaniaco por delirio de engrandecimiento! ¡De cuántas mentiras tan arrojadas y graciosas no tengo yo llenos los oídos! Mas todas ena-? moran por su desenfado, como embelesa, por su candor y frescura, el pensamiento de un niño.
Y dígase ahora en puridad, ¿puede darse estatua de loco simpático mejor modelada?
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CAPÍTULO XVI.
IDEALISMO Y REALISMO.
A la lucha de ideas, afectos ó pasiones que arde casi siempre en lo interior del loco , agrégase , particularmente en el lúcido , la que ha de sostener casi de continuo con el mundo externo ; en la cual recibe quizá las heridas más dolorosas, y que más exaltan su espíritu , pervirtiéndolo poco á poco, y acaso , á la larga , en cierto modo anonadándolo. Su criterio , que descansa sobre la movediza basa de una sensibilidad é inteligencia patológicas , pone al orate , respecto de las relaciones sociales, en un caso semejante al de aquél que, teniendo vista fina, oído agudo ó buen talento, hubiese de hacer comprender á ciegos cuánto mayor realce da á una pintura la luz zenital que la directa; admirar á sordos con el mágico efecto que , en el punto crítico de una escena dramática, causa quizás un aparte del protagonista ; ó discurrir con necios sobre la fecundidad teórica y el sentido práctico de una idea abstracta. En medio de los cuerdos suele estar el enajenado como el extranjero en un país cuya lengua no entiende, y donde tampoco la suya es entendida.
Figurémonos un adoleciente de parálisis progresiva , cuyo delirio , casi constante y patognomónico , parece resumirse en el concepto de perfección y superioridad omnímodas y absolutas de su persona. No es un Narciso, ni un Aristóteles, ni un Hércules, ni un Alejandro Magno, ni un Creso , antes un ser elevado muy por encima de todos ellos en hermosura, en ciencia, en fuerza, en poderío y en riqueza. Referir las aberraciones que origina la idea de supremacía , bienestar y holgura, predominante en esta especie de enajenación, sin
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duda la más grave y espantosa, sería llenar páginas y volúmenes de ridículos disparates, exageraciones que pasan el límite de lo imaginable, y cuentos más estupendos y maravillosos que los de hadas. La posesión de riquezas es principalmente el flaco de estos orates: menos luminares resplandecen en la bóveda del firmamento, que millones guardan ellos en sus gavetas, ó acaso llevan en sus faltriqueras. Circunscríbese en algunos el delirio á términos infinitamente más estrechos, y toma entonces un carácter de moderación , sencillez é ingenuidad que suspende y cautiva. — A uno asistí, tiempo há, que era copropietario de un grandioso caserío de Barcelona, bien conocido, y de una de las casas de banca de más crédito y negocio en el comercio de esta ciudad, del resto de España y de las plazas extranjeras.— Otro hay ahora en mi Manicomio, hombre maduro, natural de Zamora , que residió en Pau desde niño , y ha puesto en paz y á partir un piñón á Francia y Alemania, zanjando (no dice cómo) sus dificultades sobre lo de Alsacia y Lorena; en premio de cual servicio, imponderable por cierto, se le ha regalado el Cháteau ó palacio de Enrique IV, en la capital bearnesa: á menudo, henchido de gozo, me anuncia la próxima llegada del Procureur de la République , que viene á pedirle instrucciones verbales; también se envanece de haber penetrado el arcano de la vida eterna, y, por lo mismo, puede asegurar y asegura que no morirá jamás. — ¡Lástima grande que sea tan fatal tanta belleza !
El delirio de estos locos no suele ocasionarles conflictos en sus relaciones con el mundo externo, porque la depresión de las facultades, la demencia, característica del mal que los consume, les quita la actividad con que otros enlazan y coordinan sus conceptos morbosos, los enuncian, defienden y acaso convierten en demasías, ó contienden por ellos á brazo partido, y aun con armas si á mano les vienen. Los tales orates, á pesar de
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su delirio , que , dondequiera y á todas horas , ha de chocar violentamente con la contradicción , gozan , por punto general, de una paz imperturbable, beatífica, porque la mansuetud á que les fuerza su dolencia, los inhabilita para todo combate íntimo, y más para todo combate externo; pero el de su idealismo con la realidad sensible de las cosas ¿cómo no ha de verlo el observador en el fondo de la condición de estos enfermos, en sus afecciones, en los actos todos de su vida ? El hermoso, en vano se mira á la sombra, que anda desgarbado y tiene caídas las facciones bajo el peso del estupor demente, y tal vez señaladas con el estigma del vicio; el sabio, no acierta á escribir dos ideas concertadas, ó no recuerda el nombre de las letras del alfabeto, si las supo; el vigoroso, balbucea, que no habla, pues, trastrabada y convulsa la lengua , no obedece á la voluntad, tiémblanle las manos, y pégansele los pies; y el fabulosamente rico, vaga, mal cubierto de harapos, por la vía pública, no tiene un mendrugo que llevar á la boca, y es recogido, al fin , en un manicomio, á cargo de la caridad; donde entra muerto de hambre, porque, en su atroz laceria, ha perdido, como otros orates de clases diferentes , hasta el cuasi instinto social de pedir limosna.
Hay en mi Manicomio un respetable sacerdote, de índole excelente , virtuoso , muy instruido , al parecer, en materias eclesiásticas, y bastante aprovechado en humanidades. Adolece de una ya antigua vesania, que podría diagnosticarse de monomanía pura, si con la idea errónea fundamental no anduviera mezclada alguna otra que, si bien guarda con aquélla cierta referencia, destruye, por su carácter distinto, la unidad del delirio, específica de dicha forma de locura. Es Anacleto , papa ; con lo que basta para entender que no se llama así. Su elección salió estrictamente ajustada á las ordenaciones canónicas ; pero el cisma le ha impedido hasta ahora sentarse en la silla de San Pedro. El acto
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más ostensible de Jefe del Orbe católico que aquí ejercita, es promulgar bulas, especialmente de excomunión, que no escribe, sino que dice en voz alta, en buen latín é intachable conformidad con el estilo de la Curia romana. Este orate sí que está en lucha continua, no sólo consigo mismo, sino con el mundo externo ; aunque sosegada é inofensiva , porque ni dañina, ni siquiera ruidosa , la consentirían la apacibilidad y dulzura de su genio, buena educación y agradable trato. Contra sus pretensiones y deseos, nadie le respeta como á supremo Jerarca de la Iglesia ; no se le permite celebrar, bien que tampoco pone empeño en ello; sus letras apostólicas se pierden en el aire del patio donde suele promulgarlas entre la indiferencia de los demás reclusos, ó tal vez las carcajadas de alguno que de ellas no se burla , porque no las entiende, pero sí del vocear y gestear del que las recita; confundido con los locos de su sección, ha de hacer un trabajo manual, decente y nada penoso, que él , sin embargo, califica de bajo y vil con relaciona la dignidad que le enaltece; jamás afloja en protestar enérgica y firmemente contra la obediencia á que se le obliga, con menosprecio de su jerarquía; y se doblega de muy mal grado á hablarme en primera persona del singular, y no en la del plural con el pronombre contracto de fórmula , Nos, que usa siempre, porque, en su delirante entender, le compete por fuero y derecho.
La locura de Don Quijote es un combate continuo del idealismo, no sólo con la realidad sensible del mundo exterior, sino también con la de sí mismo como ser moral y físico. Un filósofo lo llamaría pugna del yo con el no-yo y con el mismo yo. El entendimiento , menos torpe que inculto, de Sancho, y sus afecciones sociales, pues, al fin, tiene mujer é hijos, apéganle al realismo ; y no digo al materialismo , porque el buen hombre cree en Dios , y el materialismo ha descubierto que no le hay. Don Quijote pelea por la fama; Sancho
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le sirve por una ínsula. La filosofía del uno es especulativa, y vuela por los serenos espacios de la honra y la gloria, adonde no ascienden jamás los turbios vapores del interés material ; la filosofía del otro es esencialmente práctica, casi corpórea, pues está resumida en refranes, de los que él parece llevar cargado un costal; y de sus aplicaciones á la vida ordinaria da razón cumplida diciendo ingenuamente: el amor de mis hijos y de mi mujer me hace que me muestre interesado. Así, en el teatro de aquella singular locura, Sancho representa la cordura , y es la piedra de toque con que se prueba y hace experiencia de la disposición del ánimo de Don Quijote en todos sus actos; y es, además , el moderador de las agitaciones y arrebatamientos de su amo. Otro caballero como Don Quijote sin otro escudero como Sancho, á pocas andanzas habría entrado en el período de furor, en que á tantos locos precipita la contradicción indiscreta, represiva ó batalladora; y dado consigo en una jaula de cualquiera casa de orates, donde hoy no se conservaría memoria de él, si no fuese por el asiento de su entrada y de su muerte en el libro de registro. Don Quijote y Sancho nacieron á un mismo tiempo ; con pertenecer á condiciones desiguales, juntólos su destino; y mutuamente se completaron y fueron para en uno. Por esto el contraste de sus personalidades es tan armónico y bello.
No ignoro que algunos críticos de calidad se sienten poco inclinados á creer que Cervantes se propusiese representar la lucha del idealismo con el realismo; mas yo hago menos cuenta de ello que de los hechos repetidos en que esta lucha se manifiesta claramente, y con sus alternativas y contrastes da origen á sucesos en extremo interesantes , ora por su filosofía profunda , ora por su invención chistosa. Pudo no imaginarlo el autor; pero que algo parecido, por lo menos, á esto salió de su pluma , es innegable. Las pruebas sobran.
Ya desde el principio idealizó al Hidalgo poniéndole
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un nombre que , solamente por la semejanza é igualdad de estructura con los de famosísimos caballeros andantes , elevase el concepto de su persona hasta donde no llegó el de ninguno sino por arte maravillosa , con esfuerzo y heroísmo superiores á los que permite el poder y voluntad del hombre. De Don Quijote de la Mancha, únicamente con llamarle así, hizo un personaje legendario, mítico, como Amadís de Gaula , Palmerín de Inglaterra, Felixmarte de Hircania; un personaje eximio, cifra de la valentía y grandeza , como el Cid Campeador, que, si bien histórico, era quizá no más que aquéllos conocido del público de entonces, y sin duda menos celebrado. Nunca rocín, que á tachas dejara en zaga al prototipo de ellas, prenda tan mala para empeñada como para vendida, se vio reconstituido en su lozanía y pujanza con sólo recibir el nombre de Rocinante, que, en la mente de su amo, bastaba para que fuese antes y primero de todos los rocines del mundo. Aldonza Lorenzo , trasmutada en Dulcinea del Toboso , es el personaje ideal por excelencia. Ni una vez se la ve ; ni una vez se la oye ; ni una vez habla entre sí ; ni se encuentra huella de su planta ; ni se declara el más trivial de sus pensamientos ; ni se siente rumor que sea eco de un débil suspiro suyo: pura, como el espíritu, majestuosa, como una deidad, vaga su inefable belleza en la esfera de celeste luz á que sólo se remonta galana y risueña fantasía en el vuelo de entusiásticos arrobos; allá, en aquella excelsa región, donde ni menoscabarla puede el más fugaz, el más leve, el más imperceptibleaccidente de la materia. Y, sin embargo, está en todas partes ; á todo da ser y vida; y para el Caballero es como el genio personal de los antiguos, que le asiste é inspira, le alienta y guarda, le lleva á las hazañas, le levanta de las derrotas, y le consuela en las cuitas. Su nombre, cuyo mecanismo silábico tiene una eufonía melosa, expresa con ella la dulcedumbre del afecto más cordial y limpio, incita al ren-
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dimiento más noble , infunde la esperanza más halagüeña; representa, en fin, la idealidad , que, cerniéndose sobre la realidad material de la naturaleza humana , atráela con incontrastable fuerza de mágico influjo, la hermosea, la ennoblece , la llama y guía al cumplimiento de su alto destino.
A todos idealizó Cervantes; á todos , excepto el escudero , á quien nunca alargó la mano para levantarle enteramente del suelo del realismo. En el registro de la Caballería inscribió el nombre del pobre villano tal y cómo constaba en el padrón de su aldea, si lo había entonces. Llamóle Sancho: nombre de nacionalidad inequívoca , símbolo ciertamente de glorias patrias personificadas en reyes belicosos de cuando la santa guerra con los infieles era la suprema razón de estado; pero ya tan vulgarizado , en tiempo del labrador, que no servía sino para identificar personas, sin comunicarles por sí excelencia ni distinción alguna. Partea le dio por ape^ llido: vocablo que, sobre tener cerrados los estrados de toda sociedad cortesana, y no hallar cabida en el señorío del estilo culto, es una expresión casi hiperbólica de la realidad corporal en su aspecto menos estético.
En resumen , hiciéralo ó no lo hiciera de industria nuestro sutil ingenio ; véanlo ó no lo vean los críticos, los nombres de Don Quijote , de Dulcinea y del mismísimo Rocinante se nos ofrecen bañados de luz de idealismo ; así como no hay forma de quitar su llano y humilde realismo al de Sancho Panza.
Por el pronto , ¿se quiere parar la atención en dos pinceladas de los retratos morales del señor y del criado, que les dan, en este respecto, su más exacto parecido? Pues recuérdese lo que cada cual dijo en ocasiones y á personas diferentes. Don Quijote á los Duques: yo, inclinado de mi estrella, voy por la angosta senada de la caballería andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda, pero no la honra. Sancho á su Teresa: yo os digo, mujer, que si no pensase antes de
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mucho tiempo verme gobernador de una ínsula, aquí me caería muerto.
Luego tómese nota de lo que en varias ocasiones y con motivos totalmente distintos razonaron amo y mozo.
Ya que hubieron salido bien aporreados de la venta de Palomeque, quiso advertir el escudero que mejor sería volverse los dos á su aldea, dejando de andar de ceca en meca y de zoca en colodra tras aventuras, que al cabo, al cabo habían de traerles tantas desventuras , que no supiesen cuál era su pie derecho ; mas el Andante le contestó: ¡Qué poco sabes, Sancho, de achaque de caballería! Calla y ten paciencia; que día vendrá donde veas por vista de ojos cuan honrosa cosa es andar en este ejercicio. Si no , dime , ¿ qué mayor contento puede haber en el mundo, ó qué gusto puede igualarse al de vencer una batalla y al de triunfar de su enemigo? Ninguno, sin duda alguna ; y Sancho replicó: Así debe de ser, puesto que yo no lo sé; sólo sé que después que somos caballeros andantes , ó vuestra merced lo es (que yo no hay para qué me cuente en tan honroso número) jamás hemos vencido batalla alguna , si no fué la del vizcaíno , y aun de aquélla salió vuestra merced con media oreja y media celada menos ; que después acá todo ha sido palos y más palos , puñadas y más puñadas, llevando yo de ventaja el manteamiento , y haberme sucedido por personas encantadas, de quien no puedo vengarme , para saber hasta dónde llega el gusto del vencimiento del enemigo, como vuestra merced dice.
. Las palabras nada blandas con que respondió Sancho á otras harto duras del Ama, que no quería que entrase á ver á Don Quijote, dieron motivo para un diálogo gracioso, por la derechura ó tino práctico en extremo con que el escudero rebatió una razón del Andante, muy al caso traída , pero más difícil de ser aceptada por quien , no creyendo que los tobillos pudiesen sentir el
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golpe que recibió el espinazo, menas había de convenir en que quedase lastimado el espectador, por sólo serlo, de un maltrato ajeno. — Mucho me pesa, Sancho, que hayas dicho y digas que yo fui el que te saqué de tus casillas, sabiendo que yo no me quedé en mis casas. Juntos salimos, juntos fuimos y juntos peregrinamos; una misma fortuna y una misma suerte ha corrido por los dos; si d ti te mantearon una ve%, á mí me han molido ciento , y esto es lo que te llevo de ventaja. — Eso estaba puesto en ra^ón; porque , según vuesa merced dice, más anejas son á los caballeros andantes las desgracias que á sus escuderos.— Engañaste, Sancho, según aquello: quando caput dolet, etc. — No entiendo otra lengua que la mía. — Quiero decir que cuando la cabera duele, todos los miembros duelen; y así, siendo yo tu amo y señor, soy tu cabera, y tú mi parte, pues eres mi criado ; y, por esta ra\ón, el mal que á mí me toca ó tocare, á ti te ha de doler, y á mí el tuyo. — Así había de ser; pero cuando á mí me manteaban como á miembro , se estaba mi cabera detrás de las bardas mirándome volar por los aires, sin sentir dolor alguno; y, pues los miembros están obligados á dolerse del mal de la cabera, había de estar obligada ella á dolerse d ellos.
El condumio que Sancho sacó de las alforjas le hizo olvidar pronto el descomedimiento de los toros; y, aunque vio que su amo no comía, empezó á embaular en el estómago pan y queso, dando ocasión á que aquél le dijera: Come, Sancho amigo; sustenta la vida, que más que á mí te importa , y déjame morir á mí á manos de mis pensamientos y á fuerza de mis desgracia»*. Yo, Sancho, nací para vivir muriendo, y tú para morir comiendo; y porque veas que te digo verdad en esto, considérame impreso en historias, famoso en las armas, comedido en mis acciones, respetado de príncipes, solicitado de doncellas; y al cabo, al cabo, cuando esperaba palmas, triunfos y coronas, granjeadas y merecidas
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por mis valerosas hazañas , me he visto esta mañana pisado y acoceado y molido de los pies de animales indómitos y feroces A este idealismo rematadamente
frenopático respondió Sancho con el realismo más desatado, y, como para refirmarlo, habló sin dejar de comerá dos carrillos: Desa manera no aprobará vuesa merced aquel re frán que dicen: «muera Marta, y muera harta: » yo á lo menos no pienso matarme á mí mismo, antes pienso hacer como el zapatero, que tira el cuero con los dientes hasta que le hace llegar donde él quiere; yo tiraré mi vida comiendo, hasta que llegue al fin que le tiene determinado el cielo; y sepa, señor, que no hay mayor locura que la que toca en querer desesperarse como vuesa merced ; y créame, y, después de comido, échese á dormir un poco sobre los colchones verdes destas yerbas, y verá cómo, cuando despierte, se halla más aliviado.
Esta constante diferencia es la clave de otras muchas en el modo de juzgar amo y mozo unos mismos hechos, sentir unas mismas necesidades, prever iguales contingencias y afrontar iguales peligros.
Acabada la batalla del vizcaíno, llega Sancho á tener el estribo á Don Quijote ; mas antes que éste suba sobre Rocinante, híncase de rodillas el criado, y, besando la mano al Caballero, le dice: Sea vuestra merced servido , señor Don Quijote mío, de darme el gobierno de la ínsula que en esta rigurosa pendencia se ha ganado; que, por grande que sea, yo me siento confiterías de saberla gobernar tal y tan bien como otro que haya gobernado ínsulas en el mundo. Harto se ve que no se le cuece el pen al buen escudero hasta llegar al logro de sus esperanzas , pues la recie'n acabada aventura es sólo la segunda de su señor á que e'l ha asistido, y.aun, mirándola cómo se debe, la primera , porque la otra fué á todas luces desventura ; pero el sosegado Hidalgo modera la impaciencia del sirviente respondiéndole: Advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las áésta semejantes
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no son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas, en las cuales no se gana otra cosa que sacar rota la cabera ó una oreja menos.
La de los molinos de viento fué la susodicha desventura, que, dejando muy maltrecho á Don Quijote y medio despaldado al rocín , dio pie para unas breves razones entre mozo y señor, que dicen cuanto hay que decir en ordena su realismo é idealismo respectivos; éste, con todo , no tan firme, que por un momento no esté á pique de caer en el otro. — Enderécese un poco; que parece que va de medio lado, y debe de ser del molimiento de la caída. — Así es la verdad; y, si no me quejo del dolor, es porque no es dado á los caballeros andantes quejarse de herida alguna, aunque se les salgan las tripas por ella. — Si eso es así, no tengo yo que replicar; pero sabe Dios si yo me holgara que vuestra merced se quejara cuando alguna cosa le doliera. De mí sé decir que me he de quejar del más pequeño dolor que tenga, si ya no se entiende también con los escuderos de los caballeros andantes eso del no quejarse.
No se curó, sin embargo, de averiguar si realmente establecían esta excepción las leyes de la caballería , después que hubo recibido, en pago de su música de rebuznos, aquel tremendo varapalo, que primero le dejó privado, y luego en la peor disposición para responder á la colérica reprimenda de su amo; porque le parecía hablar por las espaldas. Preguntó éste la causa de los profundísimos ayes y gemidos que exhalaba de cuando en cuando, y contestóle el infeliz que desde la punta del espinazo hasta la nuca del celebro le dolía de manera, que le sacaba de sentido. La causa dése dolor deke de ser sin duda, que como era el palo, con que te dieron, largo y tendido, te cogió todas las espaldas, donde entran todas esas partes que te duelen; y, si más te cogiera, más te doliera. Aquí estaba durmiendo, no ya el idealismo, sino el buen sentido del señor: no así el realismo del criado, que saltó súbito con una respuesta do-
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nosa y tan elocuente como sus quejas ; respuesta que yo procuro tener siempre en la memoria, y quisiera que no la echaran en saco roto algunos que me sé y me callo, para no exponernos jamás al desaire y zumba de recibir por una explicación á lo Don Quijote una réplica á lo Sancho Panza: ¡Por Dios* que vuesa merced me ha sacado de una gran duda , y que me la ha declarado por lindos términos! ¡Cuerpo de mí! ¿tan cubierta estaba la causa de mi dolor, que ha sido menester decirme que me duele todo aquello que alcanzó el palo? Si me dolieran los tobillos, aun pudiera ser que se anduviera adivinando el por qué me dolían; pero dolerme lo que me molieron, no es mucho adivinar, A la fe , señor nuestro amo, el mal ajeno de pelo cuelga.
Por lo común, ni la realidad de los aporreos hacía sentir á Don Quijote la de sus malandanzas , ni era poderosa para disuadirle de echarlas en cierto modo á buena parte , sacando argumentos peregrinos que semejan argucias y subterfugios de leguleyo enredador y mañero. Bien molido estaba en el suelo por los estacazos de los desalmados arrieros de Yanguas, sin ánimo ni fuerzas para levantarse, ni sabiendo calcular en cuántos días podría mover los pies, cuando le ocurrió la estrambótica consolación de que no afrentan las heridas que se dan con los instrumentos que acaso se hallan en las manos del agresor, sobre todo si son de su oficio, como estacas empuñadas por yangüeses; pues tal se previene en la ley del duelo. Digo esto, porque no pienses que, puesto que quedamos desta pendencia molidos , quedamos afrentados ; porque las armas que aquellos hombres traían, con que nos machacaron , no eran otras que sus estacas; y ninguno dellos , á lo que se me acuerda, tenía estoque, espada ni puñal. Poco caso hizo Sancho de este distingo de su amo, pues no le daba cuidado alguno el pensar que fuese afrenta , ó no, lo de los estacazos, pero sí se lo daba el dolor de los
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golpes, que, al decir suyo, le habían de quedar tan impresos en la memoria como en las espaldas.
Locó de atar mostró ser el Caballero cuando quiso y logró desatar á los que , atraillados como galgos, iban á las señoras gurapas. Sometióles á un juicio oral , y, si no sobreseyó en sus causas , fué porque sobre ellas habían recaído ya sentencias ejecutorias ; y así, sesgando el negocio, lo que no podía darles por justicia les otorgó por gracia. En una arenga, en que no dijo palabra que no fuese desvariada, pues sobre tan ruin pensamiento no había modo de asentar razón alguna , manifestó conocer que todos iban á las galeras muy de mala gana y muy contra su voluntad; y, explicando las circunstancias que podían haber concurrido á que injustamente fuesen condenados, añadió: todo lo cual se me representa á mi ahora en la memoria, de manera que ?ne está diciendo, persuadiendo y aun forjando que muestre con vosotros el efeto para que el cielo me arrojó al mundo y me hiqo profesar en él la Orden de caballería que profeso, y el voto que en ella hice de favorecer á los menesterosos y opresos de los mayores; pero, porque sé que una de las partes de la prudencia es , que lo que se puede hacer por bien no se haga por mal , quiero rogar á estos señores guardianes y Comisario sean servidos de desataros y dejaros ir en pa$.... porque me parece duro caso hacer esclavos d los que Dios y naturaleza hi%o libres....; y á los guardas ái)o: pido esto con esta mansedumbre y sosiego, porque tenga, si lo cumplís, algo que agradeceros; y, cuando de grado no lo hagáis , esta lan\a y esta espada , con el valor de mitrado, harán que lo hagáis por fuerza. Esta pretensión es semejante á la que conmigo han tenido y tienen muchos orates , y esfuerzan con inverosímil formalidad, cuando no con cierto aparato de mandamiento: que ordene se les abran las puertas del manicomio, y á ellos, y aun á los demás recogidos, deje salir en paz y en salvo, como si dije'ramosá tambor batiente y ban-
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deras desplegadas, por ser también duro caso que hombres cuerdos este'n encerrados como locos. No dice el cronista que el Comisario se hiciese cruces, pero sí que respondió : ; Donosa majadería ! ¡ Bueno está el donaire con que ha salido á cabo de rato ! j Los forjados del Rey quiere que le dejemos , como si tuviéramos autoridad para soltarlos , ó él la tuviera para mandárnoslo ! Vaya vuestra merced, señor, norabuena su camino adelante, y enderécese ese bacín que trae en la cabera , y no ande buscando tres pies al gato. — Vos sois el gato y el rato y el bellaco. A las palabras del Andante siguió su hecho; y á e'ste la sarracina que ya se sabe.
Sin duda, más que lastimaban en el cuerpo á Don Quijote los palos y peladillazos, heríanle en el alma la inconsideración y el menosprecio de la calidad de caballero andante que se atribuía, y la befa con que sus alardes generosos saludaba la gente necia y malintencionada; bien así como á nuestro pobre sacerdote menos mortifican las impugnaciones de sus conceptos patológicos , que las sonrisas de compasión y chacota que sus ínfulas papales excitan en los interlocutores.
Después que el camaranchón de la venta ardió , cual Troya, por el indeliberado robo de aquella Elena, que había por nombre Maritornes, volvió receloso el cuadrillero para ver al molido Andante, de quien pensaba que era muerto ; y, como lo hallase hablando con Sancho, quedó suspenso de manera, que, llegándose á él, le dijo: Pues ¿cómo va, buen hombre? \ Oh qué imprudente llaneza! Hablara yo más bien criado, si fuera que vos. ¿ Úsase en esta tierra hablar desa suerte á los caballeros andantes , majadero ! ímpetu de cólera é increpación propios, naturales, característicos, de monomaniaco de engrandecimiento. Un candilazo, que dejó muy bien descalabrado á Don Quijote, fué la réplica que á su respuesta dio el irascible agente de la Santa Hermandad vieja de Toledo.
Al despedirse del ventero el Andante, llamándole
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alcaide de aquel castillo , agradecióle las mercedes que en él había recibido, y mostró deseo de pagárselas vengándole de algún soberbio que le hubiese hecho algún agravio, pues su oficio no era otro sino valer á los que_ poco podían, vengar á los que recibían tuertos y castigar alevosías; recorred vuestra memoria, anadió,^ si halláis alguna cosa destejaef que encomendarme, no hay sino decilla ; que yo os prometo , por la Orden de caballero que recebí, de faceros satisfecho y pagado átoda vuestra voluntad. Música celestial para Palomeque. Señor caballero, yo no tengo necesidad de que vuestra merced me vengue ningún agravio , porque yo sé tomar la venganza que me parece cuando se me hacen ; sólo he menester que vuestra merced me pague el gasto que esta noche ha hecho en la venta, así de la paja y cebada de sus dos bestias, como de la cena y camas. No izquierdeaba el supuesto castellano, aunque de zurdo tenía apodo, antes dio á entender que era asaz ambidextro para salir airoso de todo empeño á que su honra le llamara: y verdaderamente en sus palabras rebosaron la nobleza y valentía, con cierto altivo y casi fiero desdén, que al pueblo español entonces, como ahora, distinguían, hasta en las condiciones más humildes, á tal de honradas. Admirándose Don Quijote de que aquélla fuese venta , y no castillo , dijo , entre otras razones , las siguientes , que provocaron una réplica del ventero y una
contrarréplica del Hidalgo lo que se podrá hacer por
ahora es que perdonéis por la paga, que yo no puedo contravenir á la Orden de los caballeros andantes , de los cuales sé cierto (sin que hasta ahora haya leído cosa en contrario) que jamás pagaron posada ni otra cosa en venta donde estuviesen , porque se les debe de fuero y de derecho cualquier buen acogimiento que se les hiciere — Poco tengo yo que ver en eso: pagúeseme lo
que se me debe, y dejémonos de cuentos ni de caballerías; que yo no tengo cuenta con otra cosa que con cobrar mi hacienda.— Vos sois un sandio y mal hosta-
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Uro. Largóse el Andante sin pagar un solo cornado; pero, conforme suelen decir que él último mono es el que se ahoga, Sancho, que no pudo andar tan listo, satisfizo por su señor y por sí con el manteamiento, que nunca tuvo en olvido, ni perdonó, como al morir no fuese, ni se avino jamás, á pesar de todas las persuasiones y fantasías del Caballero, á creer que se hubiese hecho por arte de encantamiento, sino por obra del realismo, que con vituperable holgura ejecutaron hombres de carne y hueso, que se podían ver y tocar, se dejaban sentir y se llamaban, cuál Pedro Martínez, cuál Tenorio Hernández, por modo bien vulgar y diferente de los Fristones y Alquifes.
Grande engaño padecería quien creyese que los referidos y otros aun más expresivos rasgos acabalan el retrato moral de Sancho, distinguiéndolo del de Don Quijote, y dejando bien deslindada la contradicción entre la índole positivista é interesada del mozo y el aliento soñador y generoso del amo. Yo digo que mal llegará á conocer á Sancho quien sólo fijare la vista en aquellas facciones que, por la mayor parte, no le acreditan de hermoso, siendo así que otras le ponen, sin sombra de duda, en predicamento, no ya de hermoso, mas de hermosísimo. Recuérdese lo que le dijo la Duquesa cuando, invitado, vino á pasar una tarde con ella y varias personas de su servidumbre. De lo que el buen Sancho me ha contado, me andaba brincando un escrúpulo en el alma, y un cierto susurro llegad mis oídos, que me dice: « Pues Don Quijote de la Mancha es loco, menguado y mentecato , y Sancho Pan^a , su escudero , lo conoce, y, con todo eso, le sirve y le sigue, y va atenido á las vanas promesas suyas, sin duda alguna debe de ser él más loco y tonto que su amo; y, siendo esto así, como lo es, mal contado te será, señora Duquesa, si al tal Sancho Pan^a le das ínsula que gobierne ; porque el que no sabe gobernarse d sí, ¿cómo sabrá gobernar á otros!» I Qué respondió el escudero ? Par Dios , señora , que
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ése escrúpulo viene con parto derecho; pero dígale vuesa merced, y hable claro ó como quisiere ; que yo conozco que dicg verdad ; que si yo fuera discreto, días hd que había de haber dejado á mi amo; pero ésta fué mi suerte y ésta mi malandanza. No puedo más, seguirle tengo. Somos de un mismo lugar , he comido su pan , quiéreme bien , es generoso, diúme sus pollinos, y, sobre todo, yo soy fiel; y así, es imposible que nos pueda apartar otro suceso que el de la pala y el agadón. Y si vuestra altanería no quisiere que se me dé el prometido gobierno , de menos me hi^o Dios; y podría ser que el no dármele redundase en pro de mi conciencia; que, maguera tonto, se me entiende aquel refrán de «por su mal le nacieron alas á la hormiga;-» y aun podría ser que se fuese más aína Sancho escudero al cielo, que no
Sancho gobernador y torno á decir que si vuestra
señoría úo me quisiere dar la ínsula por tonto, yo sabré no dárseme nada por discreto i Qué delicado corazón, y qué buen entendimiento debajo de aquella rústica corteza! Terció en la plática doña Rodríguez con una de sus habituales simplicidades, que hizo reir á la Duquesa; la cual, según escribe á renglón seguido el historiador, no dejó de admirarse de las razones y refranes de Sancho. Si yo hubiese estado allí , vamos á suponer, no conteniéndome en los límites de la admiración contemplativa, habría corrido gozoso á ceñir con mis brazos el cuello del escudero y darle el ósculo de paz en la frente; porque aquellas palabras suyas merecen tanto como las hazañas de Don Quijote entallarse en bronces, esculpirse en mármoles y pintarse entablas. Habíale dicho la Duquesa , cuando le vio acudir á la cita, que se sentase como gobernador y hablase como escudero; y, á la verdad, de que como gobernador se sentara mis dudas tengo, pero sé bien, pues lo he visto, que á lo simple escudero no habló; á lo sabio, sí , y mejor que muchos sabios , porque habló á lo cristiano. Como una vez el Bachiller , apostrofando á Don
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Quijote , le llamó hermoso y bravo , así yo, en' aquella ocasión, habría saludado á Sancho alabándole de hermoso y bueno. ¡Oh pareja ejemplar! Tanto vale por escudero Sancho como por caballero Don Quijote. Y nada importa que en esta historia de maravillosos contrastes represente Sancho el realismo, pues el realismo que en su persona puso Cervantes, no es como el realismo que hoy está en moda , rastrero, descreído y procaz; el cortesano del vicio y hostigador de la virtud; el roído de envidia, atosigado de odio y fácil á la desesperación; sino el realismo inherente y necesario á la naturaleza humana , el templado con la fe, avigorado con la esperanza y animoso con la caridad; el ávido de penetrar en las oscuras y tal vez sórdidas miserias de la tierra, pero alumbrándose con la límpida luz del cielo; el que, repugnándole la desnudez inverecunda de las formas, cúbrela siquier con un sutil cendal de honestidad: realismo, en fin, radiante de belleza, como sabían pintarlo nuestros clásicos, más artísticos en éste y otros particulares que muchos escritores modernos, de cuyos cuadros hay que apartar los ojos, ya con rubor, ya con indignación, siempre con lástima.
Hecha esta digresión indispensable para dar al retrato de Sancho el perfecto parecido, ó poner en su punto el realismo que el honrado escudero personifica, y confiando que el lector estimará justa la causa que me movió á cometerla, reasumo la parte esencial de mi discurso.
Estaba el Caballero comiendo , junto á una fuenteci- 11a , con todos los que le sacaron de Sierra Morena para la expedición micomicónica , cuando acertó á pasar por allí un muchacho, que, al verle, acometió á él , y , abrazándole por las piernas, comenzó á llorar muy de propósito diciéndole : ¡ Ay , señor mío! ¿no me conoce vuestra merced? Pues míreme bien; que yo soy aquel mo^o , Andrés, que quitó vuestra merced de la encina donde estaba atado. Reconocióle Don Quijote ,
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y , asiéndole por la mano , se volvió á los que allí estaban, y dijo: Porque vean vuestras mercedes cuan de importancia es haber caballeros andantes en el mundo, que desfagan los tuertos y agravios que en él se hacen por los insolentes y malos hombres que en él viven, sepan vuestras mercedes , y les contó la zurra que al mozo estaba dando su amo Juan Haldudo el R%ico , vecino de Quintanar, por no pagarle la soldada, y á quien tomó juramento que le pagaría un real sobre otro, y aun sahumados: ¿No es verdad todo esto, hijo Andrés? ¿No notaste con cuánto imperio se lo mandé , y con cuánta humildad prometió de hacer todo cuanto yo le impuse y notifiqué y quise? Responde; no te turbes, ni dudes en nada; di lo que pasó á estos señores, porque se vea y considere ser del provecho que digo haber caballeros andantes por los caminos. La respuesta del muchacho fué muy distinta de la que esperaba Don Quijote, refiriendo haberle dado de nuevo su amo tantos azotes , que le dejó hecho un San Bartolomé desollado, y puesto en la necesidad de estar hasta entonces curándose en un hospital: de todo lo cual tiene vuestra merced la culpa ; porque si se fuera su camino adelante , y no viniera donde no le llamaban , ni se entremetiera en negocios ajenos , mi amo se contentara con darme una ó dos docenas de acotes, y luego me soltara y pagara cuanto me debía; mas como vuestra merced le deshonró tan sin propósito, y le dijo tantas villanías, encendiósele la cólera, y, como no la pudo vengar en vuestra merced, cuando se vio solo, descargó sobre mí el nublado de modo, que me parece que no seré más hombre en toda mi vida, Bien quiso el Caballero echar un remiendo á la cosa; mas ella no tenía compostura, ni tampoco Andrés la deseaba sino para su estómago, que le estaría ladrando delante del refrigerio de aquella comitiva; y sin duda sólo por ver si de él sacaba raja, se detuvo con pretexto de darse á conocer á Don Quijote. Por esto le dijo: Déme, si tiene ahí, algo que coma y lleve , y quédese con Dios su merced y todos
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los caballeros andantes, que tan bien andantes sean ellos para consigo, como lo han sido para conmigo. Tomó un pedazo de pan y otro de queso que le dio el compasivo de Sancho , y , al partirse, con las palabras siguientes acabó de vomitar su acrimoniosa bilis : Por amor de Dios , señor caballero andante, que, si otra ve\ me encontrare, aunque vea que me hacen pedamos , no me socorra ni ayude , sino déjeme con mi desgracia, que no será tanta , que no sea mayor la que me vendrá de su ayuda de vuestra merced , á quien Dios maldiga y á todos cuantos caballeros andantes han nacido en el mundo. Quedó corridísimo Don Quijote, dice su historiador, del cuento de Andrés, y fué menester que los demás tuviesen mucha cuenta con no reirse, por.no acabarle de correr del todo.
Sería interminable el traer á relación todos los sucesos en que la ingénita bondad , las nobles aspiraciones, las lisonjeras esperanzas, los puros afectos, el ánimo esforzado, el varonil sufrimiento y demás excelentes prendas de Don Quijote, cediendo en daño suyo, por la irresistible fuerza del tiempo ó de las circunstancias, de la indiferencia ó mala voluntad de las gentes, sólo le acarrean desengaños, pesadumbres, enojos, burlas y descalabros. Donde piensa hallar la victoria, encuentrael vencimiento; donde la alabanza, el desprecio; donde la nobleza, la ruindad; pon ingratitudes páganle los beneficios, con desaires las finezas, con insultos las galanterías. Perversos encantadores atajan su ímpetu conquistador aprisionándole en una jaula; la mitad de su alma, la hermosa y discreta sobre toda hermosura y discreción , se le transforma en una villana hombruna, zafia y malhablada; hambrientos leones africanos no hacen más cuenta de él que de un espantajo puesto en el campo para ahuyentar las avecillas ; por no haber advertido que está mal cinchado su rocín , al presentarse galante á una distinguida cazadora , no se apea airoso, sino que grotescamente viene al suelo llevándose tras sí la silla,
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como un jinete novel y torpe; y hasta los únicos que muestran tratarle en la forma que á su alta calidad compete, son indignos burladores que se divierten con él como con un juglar figurero y miserable. Tal es su sino: correr en pos de lo ideal, y encontrarse casi siempre atravesado en la carrera lo real bajo formas groseras y feas, cubierto de asperezas y erizado de espinas. Cuadro interesante, donde , entre claros y oscuros armónicamente combinados, se ven andar á vueltas la locura y la discreción , y contrarrestarse mutuamente , y predominar, ahora la una , ahora la otra , y poner en evidencia cuánta cordura alienta á veces en la primera, cuánto delirio malea la segunda. Sí ; que la historia de nuestro generoso y burlado héroe es un trasunto de la vida del hombre sobre la tierra , en el pelear de su entendimiento y corazón con la contrariedad que á sus concepciones y deseos opone el mundo externo , sin darle punto de reposo, ni tal vez espacio para curarse las heridas que recibe.
Porque abundo en este sentido , pláceme , acortando algún tanto el alcance de la narración cervantina , entrever en Don Quijote una imagen de la humanidad en el actual momento histórico, según la locución consagrada ya por la moda. Atrevida, si no quimérica, parecerá la idea ; mas nadie la deseche antes de verla explanada.
La filosofía hiperbórea, enigmática y descreída , que hoy confunde tantos entendimientos ; y la literatura flamenca, en el pensamiento insana y en el lenguaje nada pulcra, que pervierte tantos corazones, son como los libros de caballerías que , con frases inextricables, sucesos fantásticos y acaso torcidos designios, volvieron el juicio al Hidalgo. La era de felicidad paradisíaca, que, para algunos, han de inaugurar al fin las aberraciones políticas y las utopias económicas , es la dichosa edad dorada que con sus andanzas se envanecía de resucitar el Manchego. Sus aventuras no fueron más
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desventuradas que fecundos son los modernos motines y revoluciones en descalabros, sangre, odios, venganzas, miseria y vergüenza. El culto á un ser imaginario, suma de hermosura y perfección , que le enardecía y avigoraba para toda empresa imposible, lanzándole á lo descabellado, frecuentemente con perturbación de la paz , quebrantamiento de la ley y daño de la inocencia; allá se sale con la aspiración á lo bello ideal de absoluta igualdad, riqueza y bienestar, que, con ser inasequibles á la miserable naturaleza humana , prome'tense hoy ciertas clases, siquiera á tales ilusorios bienes hayan de llegar por entre desórdenes, llamas y ruinas. El enderezamiento de tuertos, el socorro de menesterosos y el amparo de desvalidos á que el Andante consagraba la intrepidez de su pecho y la pujanza de su brazo, manifiéstanse ahora en el nuevo orden de cosas que se dicen llamados á fundar los desfacedores de agravios , sociales, por cuyas víctimas contender pretenden. Las saludables advertencias y persuasiones del criado rústico, pero asaz discreto y muy fiel, son desoídas por inoportunas, impertinentes ó necias; tal cual en nuestro tiempo la parlería de ilusos, candidos, embaidores ó malvados ahoga las voces de los que combaten el error, señalan el peligro y llaman al camino de la salvación, á quienes los otros motejan cautelosamente de ignorantes ó vilipendian de enemigos del progreso. El desprecio de toda autoridad y la resistencia á toda represión racional y legítima, desprecio y resistencia, hijos del sentimiento delirante de supremacía que exaltaba al Caballero, están representados ahora por la anarquía, que, pareciendo enaltecer al hombre , lo rebaja, y por el desenfreno, que, afectando libertarle, lo esclaviza. En derrotas ó burlas veía el Andante convertirse sus victorias , y achacábalo á inquina de encantadores envidiosos de la gloria que iba á granjear, ó mal hallados con los grandiosos propósitos que le animaban ; bien así como al presente los campeones de la regene-
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ración universal culpan por los obstáculos con que tropieza, al manejo oculto de los que obedecen á preocupaciones rancias , temen por sus intereses amenazados ó se horrorizan al solo anuncio de las con razón llamadas apocalípticas catástrofes , en pos de las cuales está escrito que ha de venir aquel adelantamiento tan dudoso como encarecido....
¡Ay! que aquí acaba una línea de este paralelo. Por la otra va todavía el Caballero. Precióse siempre de católico; jamás la locura hizo mella en sus creencias, y así, el premio á los fieles prometido empezó á recibirlo acá en la tierra. En el ocaso de la vida mereció de Dios la gracia de ver nuevamente brillar el sol de la razón; á cuya luz reconoció sus pasados desvarios; y abominando de sus malas lecturas, y haciendo retractación solemne de los cometidos errores , ofreció en sacrificio expiatorio el más profundo arrepentimiento. ¡ Dichoso idealismo que, en el terrífico trance, dio á su espíritu paz, esperanza y alegría ! La bella muerte de Don Quijote honró por siempre jamás su vida entera.
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CAPITULO XVII.
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A Sancho, que, si no entendía la doctrina realista, profesábala por instinto, no le hacían novedad, aunque le llegaban á los huesos, las malandanzas; pero Don Quijote no volvía de su sorpresa cuando se le echaban encima, desatendía de pronto las reflexiones de su escudero y pugnaba por sostener sus propias cavilaciones; mas, al fin, venía tal vez á conocer y tocar la realidad, bien que sólo momentáneamente, pues idénticos sucesos posteriores hallábanle parapetado de nuevo en sus fantasías; de las que tampoco eran parte entonces á desalojarle sino los infortunios que solían ser el acabamiento de sus obras. En alguna ocasión, guiado de su discurso, llegó á tocar el desengaño ; pero en las más tuvieron que metérselo en el cuerpo, á fuerza de burlas ó estacazos, ingratos y desalmados malandrines.
Después de la infeliz batalla con los carneros y de sus todavía más aciagas consecuencias, echando de ver Sancho que le faltan las alforjas, con las que se ha quedado el ardidoso Palomeque , en pago de lo que le deben el señor y el escudero, pasa entre los dos este tan corto cuanto gracioso diálogo : — ¿Que te faltan las alforjas, Sancho? — Sí queme faltan. — Dése modo, no tenemos qué comer hoy. — Eso fuera cuando faltaran por estos prados las yerbas que vuestra merced dice que conoce, con que suelen suplir semejantes faltas los tan malaventurados caballeros andantes como vuestra merced es. — Con todo eso , tomara yo ahora más aína un cuartal de pan ó una hogaza y dos caberas de sardinas arenques, que cuantas yerbas describe Dioscórides , aunque fuera el ilustrado por el doctor La-
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güna. Yo bien puedo asegurar, por haberlo visto repetidas veces, que para ciertos locos el hambre, después de la hartura, es gran despertadora de la sensatez; pero, aun no hilando tan delgado , diré' que en esta ocasión, por virtud del hambre , Don Quijote y el realismo estuvieron á un nivel; porque del gusto ideal de una comida, si de herbaje, sazonada por lo menos con altos pensamientos, ala apetencia gástrica de una masa de mal cernida harina y de las agallas de un pescado ordinario y seco, es, en verdad, mucho bajar; cuanto más que, según nuestro sufrido héroe , era honra de los caballeros andantes no comer en un mes: honra tan grande ésta, puede decirse, que por sí sola llenaría el saco, sin dejar verdaderamente espacio en él para el provecho.
En lo sucesivo, llueven sobre el Caballero tantas calamidades, que, promoviendo una reacción en su mente , le abren los ojos del juicio, y por vista de ellos ve la triste realidad de su impotencia contra el adverso destino, y la no menos aflictiva del desengaño de sus nobles arranques. Cierto que el disparate de desensartar galeotes no merecía, por lo enorme y peligroso, otra recompensa que un nublado de piedras, por lo desagradecida y ruin; pero, con todo esto, toca vivamente en el alma la dolorosa queja del Andante al verse malparado en el suelo, sin la ropilla que le han robado los picaros, y casi hecho pedazos por mano criminal el yelmo de Mambrino. Siempre, Sancho, lo he oído decir : que el hacer bien d villanos es echar agua en la mar. Si yo hubiera creído lo que me dijiste, yo hubiera excusado esta pesadumbre; pero ya está hecho , paciencia , y escarmentar desde aquí para adelante. A lo cual contesta el escudero, con incredulidad de' experto : Así escarmentará vuestra merced como yo soy turco.
No obstante, en otra ocasión pudo contemplar cómo Don Quijote, avisado de antiguos escarmientos, echó á correr por el camino de la prudencia, sin volverse á
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mirar los enemigos que dejaba á las espaldas. Tal fué su fuga del campo en que dos pueblos vecinos iban á combatir furiosamente entre sí por la fútil razón de un rebuzno regidoresco ó alcaldesco; que el haber sido lo uno ó lo otro no lo deja deslindado la historia. Así que así, por haber querido Sancho rebuznar tan bien como dos regidores ó alcaldes , cosa que no le fué difícil , pero que es siempre ocasionada , pagó caro el pato, pues, rendido por un descomunal varapalo, y atravesado en el jumento, llegó adonde estaba su señor; el cual, sobrecogido por la nubada de piedras que sobre él caía, las ballestas y arcabuces que le encaraban los campeones de los beligerantes bandos, volviendo las riendas á Rocinante, y, encomendándose , esta vez no ya á Dulcinea , sino de todo corazón á Dios , porque el lance iba de veras, y teníalas de caso apretado, al galope que pudo tomar el caballo, había puesto tierra por medio , sin acordarse del escudero ni del peligro en que le dejaba. Bien en hora mala supisteis vos rebuznar, Sancho: y ¿dónde hallasteis vos ser bueno el nombrar la soga en casa del ahorcado? A música de rebuznos , ¿qué contrapunto se había de llevar, sino de varapalos? Harto pudo el mísero apaleado darle en rostro con su irregular comportamiento: Yo pondré silencio en mis rebuznos , pero no en dejar de decir que los caballeros andantes huyen, y dejan á sus buenos escuderos molidos como alheña ó como cibera en poder de sus enemigos. En vano replica Don Quijote: No huye el que se retira; porque has de saber, Sancho, que la valentía que no se funda sobre la basa de la prudencia, se llama temeridad, y las hazañas del temerario más se atribuyen d la buena fortuna que d su ánimo ; y así, yo confieso que me he retirado , pero no huí4o ; y en esto he imitado á muchos valientes , que se han guardado para tiempos mejores , y desto están las historias llenas; las cuales, por no serte á ti de provecho , ni á mí de gusto, no te las refiero ahora.
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En vano, vuelvo á decir, porque la verdad es, sin que valga el darle vueltas , que esta vez , aunque la única en su vida caballeresca , Don Quijote tuvo miedo. Según su propia teoría , los primeros movimientos no son en manos del hombre; y su primer movimiento, al ver delante de sí tantas armas de fuego apuntadas , fué poner pies en polvorosa. Y púsolos, corriendo una buena pieza por el campo. En su fuga, ó llámese, como él quiso, retirada, temía á cada paso no le entrase alguna bala por la espalda y le saliese por el pecho; alguna bala de aquellos endemoniados instrumentos, como dijo en otro lugar, á cuyo inventor creía que en el infierno se le estaba dando el premio de su invención diabólica. El cuento de la lanza no está más distante ni es más opuesto al hierro, que el realismo del miedo al idealismo del valor. En aquel crítico punto debió de traer sobresaltadamente á la memoria las pedradas con que los arrieros, pastores y galeotes, y los apaleamientos con que el mozo de muías de los mercaderes toledanos y los yangüeses resistieron sus acometidas ó pagaron sus favores; y, no curándose de caballerías , ú olvidando locuras, tuvo por bien escurrir el bulto, y guardarse para ocasión más serena y propicia. Los pasados castigos le redujeron á los términos de la razón, pues cierto que no lo hubiera sido el provocar á batalla á más de doscientos hombres armados de estacas, picas, lanzones, partesanas, alabardas, ballestas y arcabuces. Pero ¿no fué él mismo quien dijo una vez al Cura y al Barbero: ¿Por ventura, es cosa nueva deshacer un solo caballero andante un ejército de docientos mil hombres, como si todos juntos tuvieran una sola garganta ó fueran hechos de alfeñique? ¡Ah! uno es decir y otro hacer, sobre todo para el orate, á quien raras veces duelen prendas que jamás puede pagar; como entonces se vio por la obra, pues ante aquel escuadrón tan formidable para un solo hombre, Don Quijote, imitando al loco de Córdoba, moledor de perros, á quien
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metió en costura la vara de medir de un bonetero, hubo de exclamar entre sí: éstos son podencos/ ¡guarda!
Tal vienen á decir, en efecto, no pocos orates. ¡Cosa digna de reparo! excepto en el enajenamiento de la idiotez, en el estupor de la demencia confirmada ó en la ceguedad del furor, pocas veces ni los más quimeristas , aunque sean hombres de pelo en pecho y buenos puños, arman camorra, hostigan ni molestan á aquellos que, siéndolo también, sabrían hacerles cara, tenérselas tiesas y asentarles la mano. No suelen errar el tiro; mas si, por acaso, se equivocan tarazando á alguno todavía de ellos no bien conocido, en cuanto le han visto las orejas, pasan mirándole al soslayo, y le dejan también por podenco. Éste es un hecho innegable.
No lo olviden los alienistas teóricos, que sólo ven en el enajenado un autómata cuyos movimientos produce la necesidad y como fatalismo, ciego, tiránico, irresistible. No; es un error el creer que, en general, de tpdo punto ha perdido el loco el uso de la razón , que carece de discernimiento y que tiene sojuzgado el albedrío.
Además, ¿quién negará que los premios y las correcciones son arbitrios excelentes para la policía de las casas de orates? Ni ¿quién pondrá en duda la eficacia curativa de la hipostenización moral , con que frecuentemente se obtiene una obediencia absoluta, doblegando la voluntad más altiva y obstinada? Querer recompensar, querer reprimir y dominar al que careciese de todo discurso y libertad de albedrío.... ¡Oh! esto sería irrisorio en el primer caso; y, en el segundo, temerario é inhumano. Todavía hoy da en el hito el antiguo adagio de el loco, por la pena es cuerdo. El toque está en que la pena, la corrección, sea exclusivamente la moderativa, suave, nada humillante, que permite y abona la terapéutica frenopática ; y en que, también exclusivamente, la imponga el Médico Director del
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manicomio, único juez competente de las acciones del orate.
Importa proclamar muy alto y con mucha entereza que esto es una verdad práctica; porque, en nuestros tiempos de sensiblería , ataques de nervios y pujos filantrópicos, al oir las palabras libre albedrío y corrección ó pena, en achaque de locura y su tratamiento, no faltará quien de lástima caiga en deliquio ó convulsión, ni quien , poniendo gesto, pretenda confundir al que tal diga , con animosas refutaciones incubadas al calor de estudios de bufete , mas no inferidas de experiencia personal entre los peligros de una sección de orates agitados , indómitos , pendencieros , dañinos y traidores.
Lo cierto es que, delante de las tropas del rebuzno, puso cuerdo instantáneamente á Don Quijote, hipostenizando su hiperfrenia, el miedo que le infundió de una próxima pena la memoria de otras, á la verdad nada psiquiátricas, y sí muy abominables, que , en ocasiones semejantes, le infligieron manos rústicas, villanas y perversas volteando hondas y blandiendo trancas.
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CAPÍTULO XVIII.
TRIPLE FATALIDAD DE LA LOCURA.
Con ser los actos de Don Quijote inspirados por el ánimo más bizarro y generoso , no lo apartan ni le valen contra la triple fatalidad que pesa sobre toda locura , y es la consecuencia ó resultado necesario de la contradicción entre lo ideal de la fantasía y lo real del mundo externo, ó, aplicando el concepto á la vida del adoleciente, entre lo subjetivo y lo objetivo.
Las determinaciones que sugiere al loco su delirio llévanle con frecuencia á ocasionar daño moral ó material , á veces contra su voluntad , aunque patológica , y no siempre directa sino también indirectamente; siendo, por lo común, sus más allegados y aquellos á quienes más de corazón estima, las víctimas primeras, como escogidas y expiatorias de sus arrebatados extravíos. A la vez sus actos le ponen en la tristísima condición de que los que más le quieren y con su presencia gozan , le tengan miedo y le huyan; y de ser él quien reciba el daño que amenazaba causar á otros, y lo reciba hasta de los suyos, que, con respetarle en términos de que en él renunciarían su propia voluntad , frecuentemente se ven obligados á contrariarle, á defenderse de sus acometidas luchando con él, ó , lo que es más deplorable todavía, á acudir presto, sin contemplaciones ni miramientos , y como por fuerza de villano, á defenderle de sí mismo. Fatales daños que el uno, cuerdo, llorara amargamente, y que los otros dieran una mano por evitarlos. El orate, pues, contra los cuerdos; los cuerdos contra el orate; y la defensa del orate por medio de coerción ejecutada por los cuerdos; son los tres hechos en que casi siempre, por una fatalidad inevitable , la
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voluntad enferma del uno y la sana de los otros vienen á converger en un mismo punto, ó á dar por resultado la burla , corrección ó daño material , y casi diría castigo , del adolecente. Fuera de la locura, no hay para el hombre estado ó situación en que contenerle , reprimirle, vencerle sea demostrarle cariño, protegerle, salvarle.
Fatalidad es que Don Quijote, que, bondadoso y compasivo, ampara y socorre aun á gente non sancta, llegue á los rigurosos extremos de abrir la cabeza á dos arrieros , porque, dando recado para abrevar á sus bestias , se atreven indeliberadamente á poner las manos en las armas del que las está velando para una próxima ceremonia ; de malherir y casi rematar al sin ventura vizcaíno, porque, cumpliendo como criado fiel y valiente, sale por defensor de sus amedrentadas señoras; de apalear sin piedad á una comitiva de inofensivos sacerdotes que acompañan á un difunto , y ser causa ocasional de que á uno de ellos derribe su asombradiza muía , y con la caída se le quiebre una pierna ; y de dar margen á que infames galeotes rompan su cuerda , apedreen y ahuyenten á sus guardas, contra toda ley y razón, con escarnio de la justicia, olvido y desprecio de la más vulgar vergüenza.
Fatalidad grande es también , que apenas haya aventura á la que Don Quijote no vuele gozoso en alas del más noble deseo, y de la que no vuelva escarnecido ó maltrecho, con dolor del alma ó lesión del cuerpo. Dejo aparte, y no es poco, la costalada en el acometimiento de los molinos, los estacazos de los yangüeses, la puñada no liviana del arriero , la pedrea de los pastores y el cantazo de Cardenio; pero dígaseme: la galantería y el valor que le inspiran el paso honroso, junto á la fingida Arcadia, ¿merecen, en lugar de gloria, ultraje; merecen que no se presente campeón alguno á medir las armas con él, sino que, sin lidiar le derribe, patee y ensucie una manada de toros? Y para un caballero, que,
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por honesto y fiel á su dama , en quien tiene puesta su alma y todo su ser, desdeña una y otra vez los amoricones de Altisidora , ¡ qué galardón la sarta de insultos con que trata de herirle en lo más sensible esta deslenguada moza ! / Vive el Señor, don bacallao, alma de almire%, cuesco de dátil, más terco y duro que villano rogado cuando tiene la suya sobre el hito, que si arremeto á vos , que os tengo de sacar los ojos l ¿ Pensáis , por ventura, don vencido y don molido á palos , que yo me he muerto por vos? Todo lo que habéis visto esta noche ha sido fingido; que no soy yo mujer que por semejante camello había de dejar que me doliese un negro de la uña, cuanto más morirme... pues la consideración délas crueldades que conmigo ha usado este malandrín mostrenco, me le borrarán de la memoria sin otro artificio alguno; y... me quiero quitar de aquí por no ver delante de mis ojos, ya no su triste figura, sino su fea y abominable catadura. Y no se replique que esta atroz denostación sea de burlas , pues para el Andante harto va de veras.
Quiere que todo el mundo reconozca y proclame la suprema hermosura de su señora; que no fuera buen caballero y bien enamorado , si á ello no llevase siempre puesta la mira; y el más burlón sin duda de los mercaderes toledanos , con quienes , por mal caso , se encuentra en una encrucijada , conociendo á primera vista y á pocas palabras que le oye, su falta de seso, toma de ella pie para divertirse , impacientándole con rebuscadas dudas y escrúpulos de Mari-etce'tera , hasta ponerle en el extremo de que, montado 'en cólera, emprenda con todos , diez nada menos, y no que alguno de los principales le venza en honroso combate, sino que le deje molido como cibera la mano ruin de un mozo de muías.
Para colmar la fatalidad, tal vez alguno, que, por su ministerio, le debe favor y quiere dárselo; los que, habiendo recibido de él un gran beneficio, debieran pa-
2Ó2 TRIPLE FATALIDAD
gárselo con un tesoro de gratitud; los que más unidos á él están con vínculo de amistad , y más de corazón le aman ; e'stos mismos son los que , envueltos en acontecimientos dificultosos y apurados , que traen origen de las acciones del pobre loco, se ven al cabo puestos, contra toda su voluntad y mal su grado, pero irresistiblemente, en estrecho de tener que usar de la fuerza para contenerle, reprimirle y en cierta manera castigarle. A la áspera reprensión de Don Quijote, que st está boca arriba, sin tener hueso sano, en el fementido lecho venteril, la ira del atolondrado cuadrillero, que entra á verle pensando que es muerto, no halla mejor respuesta que uncandilazo. El desatino increible de promover y ayudar la soltura de los forzados á galeras, remáchalo su loco libertador con la extravagante pretensión de que vayan en haz y con la paz de Dios á presentarse ante la princesa del Toboso ; y la cólera que en su pecho enciende la forzosa negativa de los villanos, aplácanla ellos, como cuáles son, á pedrada seca, robándole una prenda de vestido y haciéndole casi pedazos el baciyelmo. Sancho, al verse desabrochar por su amo , que cae en la tentación de darle hasta dos mil azotes á cuenta de la suma total en que se tasó el desencanto de Dulcinea; con ser el Sancho bueno, el Sancho discreto y el Sancho cristiano, como le llama su señor, ¡quién lo dijera! , ha de arremeter forzosamente á él , derribarle , ponerle una rodilla sobre el pecho y sujetarle las manos: y en balde le grita Don Quijote: ¿Cómo, traidor! ¡Contra tu amo y señor natural te desmandas! ¡Con quien te da su pan te atreves!; pues el escudero le responde , mostrando no tener pelos en la lengua : Ni quito rey ni pongo rey, sino ayudóme d mí, que soy mi señor: vuesa merced me prometa que se estará quedo , y no tratará de acotarme por agora; que yo le dejaré libre y desembarazado; donde no ,
Aquí morirás, traidor, Enemigo de doña Sancha.
DE LA LOCURA. 263
¿Qué más? Los mismos Cura y Barbero, los primeros entonces, entre los mejores amigos del Andante , para poner coto de una vez á sus correrías y retirarle á su casa, se ven precisados á sorprenderle dormido, atarle de pies y manos, y meterle en una jaula, como á un loco indómito y peligroso.
De la fatalidad de la locura es á menudo particionero el que se arrima al orate, mayormente si anda con él y le sigue en sus desavíos. Muchos de Don Quijote paganlos las costillas de Sancho; que tales de rigor suceda al que se ha hecho, como dijo Teresa, miembro de caballero andante ; cuanto más que no á bragas enjutas se pesca el gobierno de una ínsula. Ello es que si, creyéndolo, ó no, confiesa en una ocasión que á loco no va quizás en zagaá su amo, sabe, sin que pueda olvidarlo, que muy frecuentemente sale de las pendencias llevándole ventaja en la derrota y el castigo. ¿A quién, sino á Sancho, pelan las barbas, muelen á coces y dejan en el suelo sin aliento ni sentido los mozos de los frailes benitos, porque, bien codicioso y mal aconsejado, ha corrido á quitar los hábitos al derribado, pretendiendo tocarle legítimamente como despojos de la batalla? ¿Quién, sino Sancho , inocente de todo punto en el nocturno fregado de la venta, pues no era suyo el plato sucio que por allí andaba, recibe un chaparrón de puñadas, y, en defensa y desquite, tiene que luchar á brazo partido con la no blanda Maritornes, fugitiva de los del ilusionario caballero? ¿A quién mantean sin compasión los maleantes y juguetones perailes de Segovia, agujeros del Potro de Córdoba y vecinos de la Heria de Sevilla? ¿Cuyo es el jumento que roba el picaro de Pasamonte, sino de Sancho, que llamaba al manso animal nada menos que hijo de sus entrañas? ¿A quién dejan deslomado las iracundas huestes del rebuzno? Él es el indiscreto ingenuo, que, por haber sacado á plaza las hocicadas que á la princesa Micomicona da furtivamente alguien, que lleva el deseo sobre el recato , hade sufrir
264 TRIPLE FATALIDAD
que , con ser ellas más verdaderas que la herencia de Tinacrio el Sabidor, enojado y furioso Don Quijote, delante de toda la rueda de la venta , le aturrulle y deje encogido y medroso con esta desatada filípica: ¡Oh bellaco, villano, malmirado , descompuesto , ignorante, infacundo, deslenguado, atrevido, murmurador y mal' diciente! ¿Tales palabras has osado decir en mi presencia y en la destas ínclitas señoras, y tales deshonestidades y atrevimientos osaste poner en tu confusa imaginación! Vete de mi presencia, monstruo de naturaleza, depositario de mentiras, almario de embustes , silo de bellaquerías , inventor de maldades , publicador de sandeces y enemigo del decoro que se debe d las reales personas; vete , no parezcas delante de mí , so pena de mi ira. Él es el sin ventura, que, más de una vez , la risa á que le mueven los disparates de su amo, bastantes para hacer reir á un muerto , ha de trocar en llanto de dolor por el de los furibundos palos de loco con que el corrido ó airado Caballero le acepilla. En suma, tan malparado suelen dejarle las refriegas de su señor, que casi siempre puede repetir la filosófica lamentación con que pareció dar algún desahogo á su pesadumbre, tras la pelaza de la venta. Más de cuatrocientos moros me han aporreado de manera, que el molimiento de las estacas fué tortas y pan pintado. Pero dígame, señor, ¿cómo llama á ésta buena y rara aventura , habiendo quedado della cuál quedamos! Aun vuestra merced menos mal, pues tuvo en sus manos aquella incomparable fermosura que ha dicho; pero yo, ¿qué tuve, sino los mayores porrazos que pienso recebir en toda mi vida! ¡ Desdichado de mí y de la madre que me parió! que ni soy caballero andante ni lo pienso ser jamás, y de todas las malandanzas me cabe la mayor parte.
\ Cuánta verdad, además de la belleza! ¿Quie'n diría que estos pormenores, diseminados, casi ocultos, como perdidos entre las narraciones de la chistosa novela, á modo de incisos entre períodos, forman, metódica-
DE LA LOCURA. 2Ó5
mente ordenados, un capítulo, no ya curioso, sino indispensable en la descripción de la monomanía de Don Quijote, por declarar uno de sus accidentes principales, que, por otra parte, es constante en todas las locuras?
Sí ; que ninguna se exime enteramente de la triple fatalidad. Para el orate, ¿la hay acaso mayor que el ser casi siempre un peligro para todos y para sí mismo? Para el cuerdo , ¿ qué mayor apuro , en sus precisas relaciones con el loco , que estar necesariamente aparejado, á un tiempo, para la defensa y para la acometida? Con historia más ó menos larga de vivas conmociones del espíritu y profundos quebrantos del cuerpo; de perjuicios, agravios, injurias á personas extrañas; de pesadumbres, ultrajes, violencias á los allegados; vienen casi todos los locos á la clausura manicómica: último recurso á que apelan sus familias , en el riguroso extremo que, arreciando el peligro, urge sobremanera poner término al conflicto. Las familias, recluyéndolos, no sin repugnancia y disgusto punto menos que invencibles, haciéndoles esta fuerza, imponiéndoles esta cuasi muerte civil , cumplen la ley de la cruel fatalidad; cruel para todos: para los orates, que son reprimidos y alejados por sus mismos deudos; para éstos , que se ven constreñidos á apartarlos de sus amorosos brazos , á negarles el suave abrigo del techo doméstico, y á convertirse en agentes de la sujeción de aquéllos, pedazos de sus entrañas tal vez, con cuya libertad se gozaran tanto como con su comunicación y compañía, en las cuales cifraban toda felicidad, los más gratos embelesos, las más dulces y puras delicias de la vida: bien escasas verdaderamente en contraposición de las pesadumbres.
266 CONSTITUCIONES FRENOPATICAS.
CAPITULO XIX.
CONSTITUCIONES FRENOPATICAS.
BOSQUEJO DE LA QUE INFLUYO EN EL DESENVOLVIMIENTO
DE LA MONOMANÍA DE DON QUIJOTE.
Hay en la Patogenia un capítulo de mucha importancia práctica, quizás harto olvidado hoy en día, y es la constitución médica, con la cual se designa el influjo que, por un período más ó menos largo, acaso de años, ejercen, en el desarrollo y carácter general de las enfermedades, ciertas mudanzas y combinaciones de los agentes atmosféricos y telúricos y de otros desconocidos, aunque á veces presuntos. Los buenos resultados de terapéuticas tan divergentes como las de Stoll, Brown y Broussais, en sus tiempos, sin hablar de la que en el nuestro priva, eran debidos á que ellas cumplían las indicaciones médicas, que emanaban del concepto patológico de las constituciones médicas biliosa, asténica y esténica ó /logística, respectivamente. Las curaciones milagrosas que se obtienen con la quina y sus preparados en las Antillas y otras partes de América, responden al conocimiento de la constitución palúdica, que allá reina ahora sin cesar y en tal manera , que más bien ha de llamarse endemia. Es decir, que en algunas épocas, como en algunos países, casi todas las enfermedades tienen un carácter general uniforme, y aun lo adquieren aquellas que , no siendo producidas por los expresados agentes, sino por otros mecánicos que ocasionan tal vez el traumatismo, tampoco parecen propensas ni susceptibles de obedecer al influjo dominante.
Por el mismo estilo hay , en mi sentir, constituciones frenop áticas.
LA QUE INFLUYÓ EN DON QUIJOTE. 267
Sus agentes son del orden moral, pocas veces del físico, pues los de este último que en los Alpes, los Pirineos, otras altas cordilleras y algo en el corazón de nuestras Guillerías, causan el cretinismo, la idiotez y la imbecilidad, no han de tenerse en cuenta aquí, porque los tales defectos, congénitos ó adquiridos en la infancia, no nacen de una constitución sino de una verdadera endemia frenopática. Con mayor motivo han de dejarse aparte los desórdenes mentales originados del abuso de bebidas alcohólicas, pues constituyen una especie de epidemia permanente por contagio del vicio.
Las revoluciones, guerras, catástrofes, crisis rentísticas, controversias religiosas, sucesos memorables, inventos de grande importancia y consecuencia ; todos los hechos, en fin, que forman época, ya dichosa, ya más á menudo desdichada, penetran en los dominios de la Patología psicológica, dando á ciertas vesanias tal carácter de uniformidad, que muchas de un mismo espacio de tiempo, consideradas en conjunto, semejan la copia fotográfica de alguno ó de varios acontecimientos que en él ocurrieron. «Todo siglo, toda tie- »rra, dice Brierre de Boismont en las conclusiones de «una interesante memoria, ve desenvolverse locuras » ocasionadas por el influjo de las ideas dominantes, y «que, por lo mismo, llevan la marca de la época: todo «acontecimiento notable, toda gran calamidad pública «aumenta el número de locos. »*
No trataré délas locuras, sin duda ebriosas, que es fama tomaban origen de las fiestas de Baco, en Grecia ; ni de las ninfománicas que sobrevenían á las Tiadas atenienses en el furor de sus repugnantes desórdenes; ni de las melancólicas y suicidas que eran una consecuencia de la conturbación pública que producían y fomenta-
* De Vinfluence de la civilisation sur le développement de la folie: memoria leída á la Real Academia de Ciencias de París; pág. 54.
268 CONSTITUCIONES FRENOPATICAS.
ban el desconcierto, las aviesas pasiones, la descarada inmoralidad, los nefandos vicios y el tiránico gobierno de los emperadores romanos, exceptuados pocos; ni de las demonomaniacas y demonolátricas que las irrupciones de los bárbaros trajeron en pos de sí, pues de todos estos delirios vesánicos sólo han llegado hasta nosotros noticias incompletas , vagas y muy vulgares que, por lo tanto, no pueden servir de fundamento á conclusiones verdaderamente científicas.
Datos más precisos y exactos ofrece la historia de una parte de la Edad media; no de toda, porque no fué toda ella ignorante, fanática y bárbara, cual ha querido pintarla el necio atrevimiento de muchos que ni siquiera la han estudiado, y el odio con que la juzgan y pretenden estigmatizarla ciertos partidos políticos. En una parte del largo período medi'evista, guerras encarnizadas y continuas de pueblos entre sí y de unos señores con otros; la pasión por el ejercicio de las armas; los movimientos y resultados de las Cruzadas; la ignorancia casi universal ; la servidumbre de los pequeños y el despotismo de los grandes; el fervor religioso, el fanatismo y la superstición , la hechicería y la magia; costumbres groseras y tai vez feroces; devastadoras pestes, la negra sobre todas; el azote general y perenne, la lepra, asquerosa y mortífera; éstas y otras causas que entonces se acumularon , fue'ronlo de innumerables locuras alucinatorias, guerreras, ascéticas, místicas, demonomaniacas, zoantrópicas y convulsivas, como el baile de San Vito y el tarantulismo; todas las cuales reinaron en Europa alternativamente por algunos siglos , á menudo en forma no diré de epidemias, pero sí de constituciones frenopáticas.
Muchas ocurrieron en tiempos posteriores, que tbien merecen sendas narraciones; y yo probaría á hacerlas, si, aunque breves, cupieran en los límites de este capítulo , que no al desarrollo total de tan interesante materia está dedicado, sino solamente á dar- una idea
LA QUE INFLUYÓ EN DON QUIJOTE. 269
de ella, y á referir algunos hechos ó pormenores que sirvan para más aclararla.
Una constitución frenopática sobrevino, considerable en extremo, que aun no se ha desvanecido del todo, ocasionada por la Reforma y sus consiguientes controversias religiosas y perturbaciones políticas; tan pertinaz y duradera, que, como escribe el citado Brierre de Boismont, las innumerables sectas que de ella nacieron sembraron gérmenes de locura en todas las regiones del mundo civilizado , y son todavía al presente un poderoso móvil de perturbación intelectual-, según lo he visto yo también algunas veces, y ahora mismo lo estoy viendo en una mujer, sencilla y buena, cuyo juicio han vuelto las doctrinas de la propaganda protestante, que no dudo están haciendo en su provincia, más por razón de estado que por celo del servicio de Dios, los modernos cartagineses, que allá se fingen amigos para llegar, si pueden , á ser señores.
El espíritu racionalista de la Reforma y el escepticismo hipócrita del corrompido siglo XVIII fueron, á mi entender, los orígenes de la locura de Manuel Svedenborg**, natural de Estocolmo, hombre de extraordinario talento y fecundísimo ingenio, que, cultivando con raro ahinco el álgebra , la geometría, la física, la astronomía, la química, la metalurgia, la mecánica, la náutica, y también, aunque sin duda con menos afán , la economía política, la anatomía , la fisiología y la patología , trabajaba por sí solo más que una academia entera , según dice de referencia Louisy ; y, á vueltas de dar á la estampa hasta dieziocho tratados sobre diferentes materias científicas, dejó tantos manuscritos, que pudo anunciarse en Londres una edición de ellos en veinte volúmenes en cuarto. Sus alucinaciones, que comenzaron cuando frisaba con los cincuenta y cinco años, no tuvieron número; y de entonces data la se-
* Ibidem, página 17.
** Se pronuncia Suedcnborg.
27O CONSTITUCIONES FRENOPAT1CAS.
gunda fase de su vida, que fué tan oscurecida por el delirio como iluminada por la razón había sido la primera. De Svedenborg puede decirse á boca llena, que no hizo, como quiere nuestro adagio, un ciento , sino miles de locos. Dios, á quien vio en persona, le mandó explicar á los hombres el sentido íntimo y el espiritual de la Sagrada Escritura, escribir y publicar lo que Él mismo le dictaba; púsole en estado de habitar en el mundo espiritual con los ángeles, y en la tierra con los hombres; permitióle ser testigo del juicio final que en 1757 hizo en el mundo de los espíritus; y le ordenó instruir á los hombres sobre la iglesia nuevn de que habla San Juan en el Apocalipsis , con el nombre de Nueva Jerusalén. Otras alucinaciones tuvo, que más bien fueron conceptos delirantes , pues los distinguía la actividad de la inteligencia , y no la pasividad del sentimiento que caracteriza aquellos fenómenos: asistió en los cielos á una conferencia en el templo de la Sabiduría ; oyó sustentar varias opiniones y estatuir sobre algunos puntos; vio en el mundo espiritual á Pitágoras, Jenofonte , Sócrates, Lutero , Calvino , Sixto V, Newton , Luis XIV, Wolf y otros, que le dijeron diferentes cosas. Todas estas aberraciones constan por las muchas obras teosóficas que escribió, en el largo espacio de treinta y dos años , con lucidez, riguroso método y estilo agradable. Consta que publicó veintisiete en cincuenta y seis volúmenes , muchas de las cuales fueron traducidas al francés, algunas al inglés y otras al alemán. — -Arcana coelestia, — De equo albo de quo in Apocalypsi , — De ultimo iudicio et Babyloniae destructu, — De Nova Hierosolyma, — Cañones Novae Ecclesiae , son los títulos de cinco muy importantes, al parecer; y las hay que lo tienen tan peregrino y desvariado como Adversaria in libros Veteris Testamenti , — De coelo et inferno ex auditis et visis, — Deliciae sapientiae de amoreconiugali et de voluptatibus dementiae de amore stercorario. El tono de todas ellas lo dan
» LA QUE INFLUYÓ EN DJ>NJ¿UnO^
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272 CONSTITUCIONES FRENOPATICAS.
mulo de necedades , ya que no embelecos ; que haya buscavidas tan en huelga, que tengan tiempo y humor para traducir los volúmenes de Svedenborg ; que éste llegase á fundar iglesia en su patria, y la siguiesen'en Prusia , los Países Bajos, Suiza, Rusia, la parte meridional de África y las Indias Orientales; que la nueva religión tuviese templos en cuarenta y cuatro ciudades de Inglaterra , y más de setenta en los Estados Unidos; que, en éstos, en Inglaterra , en Holanda , en Suecia, en Rusia y en Polonia se constituyesen sociedades svedenborgistas ; que, años atrás, se aprontasen en París sumas considerables para poner en francés y divulgar los libros del reformador sueco; que, para hacer propaganda de su doctrina^ algunas sociedades de Londres enviasen misioneros á todas las partes de la tierra , y en la misma capital se publicase un Intellectual repository for the New Church;y, finalmente, que, entre los numerosos prosélitos de la teurgia svedenborgista, hubiese, ó haya quizás todavía, literatos, hombres de ciencia y otras personas de condición distinguida y de riqueza visible, como lo eran, por ejemplo, el Duque de Sudermania y el Príncipe Carlos de Hesse *. Todo esto nos parecería una simple y vulgar conseja, prescindiendo de sus testimonios y de la potente fecundidad del fanatismo religioso en locuras, si , por analogía , de la verosimilitud de los hechos referidos, ó mejor, de la realidad de aquella constitución frenopática, que volvió del revés tantas cabezas, no nos convenciese el auge que va tomando en nuestros días el trasnochado espiritismo, cuyos adeptos han salido á Svedenborg, como algunos hijos á sus padres, pues también ellos
* Biographie universelle , ancienne et moderne ; tomo XLIV, París, 1826, págs. 249 á 258. — Nouvelle biographie genérale depuis les tempslesplus.reculésjusqu'ánosjours,tomoXLrV, París, i865, págs. 690 á 702.— Morel, Svedenborg; sa vie, ses écrits, lear influence sur son siécle, oncoup doeil sur le delire religieux: memoria leída en la Academia de Ciencias, Buenas Letras y Artes de Ruán, en sesión de 3o de abril de i858; Ruán, 1859.
LA QUE INFLUYÓ EN DON QUIJOTE. 2j2>
hablan, discurren, enredan, se las han, y no sé si comen, beben, juegan y bailan con almas del otro mundo.
En el último tercio del siglo pasado y en el primero del presente hubo en Francia una constitución frenopática , que, en los últimos años de aquél , degeneró en verdadera epidemia de locura furiosa, homicida y suicida; y de la cual puede decirse, como de la Reforma, que en todas las naciones de Europa y América esparció semillas, que hoy es, y todavía están germinando, y creciendo las plantas que van produciendo, y éstas dando frutos amargos y venenosos. Esquirol, cuyo testimonio ningún alienista recusará , escribe á este propósito párrafos muy dignos de atención por la enseñanza que contienen. « En Francia las ideas de libertad y » reforma han trastornado muchas cabezas; siendo de » notar que el carácter de las locuras ocurridas de treinta «años acá ha sido el de las borrascas que hanconmovi- »do nuestra patria.... Acreciendo la actividad délas «facultades intelectuales, exaltando las pasiones tristes »y rencorosas, fomentando la ambición, echando por » tierra la fortuna pública y la privada', y trastrocando »las condiciones de los hombres, las conmociones po- » líticas engendran un gran número de locuras. Tal «acaeció en el Perú tras su conquista por los europeos; :>en Inglaterra, más há de un siglo; en América, des- »pués de la guerra de la independencia; y en Francia, » durante nuestras revoluciones; con la diferencia, en- »tre nosotros y los ingleses, que en Inglaterra, según » Mead , fueron los ricos los que perdieron la cabeza, y » en Francia casi todos los que escaparon de la segur re- » volucionaria cayeron en alienación mental. El influjo » de nuestras desgracias políticas ha sido tan constante, » que la historia de la revolución , desde la toma de la » Bastilla hasta la última aparición de Bonaparte, po- » dría escribirla yo con la de algunos enajenados, cuya «locura se deriva de los acontecimientos que señalaron
274 CONSTITUCIONES FRENOPATICAS.
» aquel largo período de nuestra historia* Las con-
» mociones políticas, como las ideas dominantes, no » son causas predisponentes, sino excitantes, que ponen »en juego tal ó cual otra, é imprimen á la locura tal ó »cual carácter; mas esta influencia, bien que general, » es momentánea. Al ser destruida la antigua monar- » quía, muchas personas enloquecieron de miedo ó por »la pe'rdida de su fortuna; cuando el Papa vino á Fran- »cia , fueron numerosas las locuras religiosas ; mientras » Bonaparte estuvo haciendo reyes, hubo muchas rei- »nas y reyes en las casas de orates; en tiempo de las «invasiones de Francia, el terror produjo muchas lo- » curas , mayormente en los distritos rurales; y lo mis- »mo observaron los alemanes cuando nuestras irrupciones en su patria.... Tal individuo, á quien el miedo » de la revolución volvió el juicio, hubiéralo perdido, » dos siglos atrás , de miedo á los hechiceros y al dia- »blo.»
Contrayéndose á la monomanía, dice en otra parte: «El estado de las sociedades modernas ha modifica- »do las causas y el carácter de la monomanía, y ésta se
» ofrece en formas nuevas Menoscabado el influjo
» de la religión en la conducta de los pueblos , los go- »biernos, para mantener en obediencia á los hom- »bres, apelaron á la policía; y ésta ha sido desde enwtonces la que ha turbado las imaginaciones flacas: con- »que las casas de orates se han llenado de monomania- »cos , que, temerosos de dicha autoridad, deliran sobre » sus manejos, y se creen perseguidos de ella. Tal mo- » nomaniaco, que en otro tiempo hubiera desvariado so- »bre la magia , la hechicería, el infierno, da hoy en la » tema de estar amenazado, perseguido y próximo á ser «encarcelado por los agentes de la policía. Las convul- » siones políticas han producido en Francia muchas
* « Podría continuar hasta nuestros días esta historia comparada: »un magistrado se creía acusado del atentado de Fieschi, y dos jóvenes » se imaginaban ser los cómplices de Alibaud. »
LA QUE INFLUYÓ EN DON QUIJOTE. 2y5
» monomanías , provocadas y especificadas por los acon- » tecimientos que han distinguido las épocas de la re-
»volución En 1791 hubo en Versalles un número
«espantoso de suicidas. Pinel refiere que, habiendo oído » acusar á Dantón un ferviente admirador suyo, perdió »el juicio, y fué llevado á Bicétre.... A muchas (mono- » manías) dieron origen el proceso de Moreau y la muer-
»te del Duque de Enghien La guerra de España,
» las quintas , nuestras conquistas y derrotas ocasionaron muchas enfermedades mentales. ¡Cuántos indivi- »duos sobrecogidos de terror, cuando las dos invasiones, «quedaron monomaniacos! Finalmente, en las casas »de locos hay algunos que se imaginan ser Delfines de » Francia y estar llamados al trono. Varias observacio- » nes podrán leerse en este libro, que corroboran la vertí dad general de que el estado de la sociedad influye » grandemente en la producción y el carácter de la mo- » nomanía.» *
Esto, en cuanto á los espectadores y víctimas de aquella revolución ; mas los actores llegaron también á veces, aunque por distinto camino, al mismo fatal término. Analizando recientemente Drumond el tomo tercero de una obra que Taine está dando á la estampa en Francia , y con la que llena de asombro al mundo, dice, al empezar, que «ningún escritor ha sabido, como él, » hacer severa abstracción de su persona é interesar » tanto á los lectores, dejando hablarían sólo á los coetáneos, á los testigos presenciales de la época de que » trata;» y luego, entre otros párrafos interesantes, pone los siguientes, que tocan á mi propósito: «Es un ver- »dadero viaje al infierno el seguir los pasos del historiador psicólogo. A cualquier lado que se vuelva la » vista se descubren escenas de crueldad inaudita, de- «güellos generales sin el más mínimo pretexto que los » cohoneste, asesinatos de ancianos y de jóvenes abso-
* Esquirol, Ibidem, tomo I, págs. 43,53,54,55,401 y 402.
2/6 CONSTITUCIONES FRENOPATICAS.
» lutamente inofensivos. La única excusa que , en honra » de la especie humana , puede alegarse para tanta atro- >» cidad es, que la mayor parte de los dominadores de «aquella época, excitados por la extraña serie de acontecimientos que entonces ocurrieron, llegaron á encloquecer del todo. Locura se ve en Cárrier haciéndose » cantar alegres canciones en la galeota, desde la cual «presenciaba cómo se ahogaban gran número de infe- » lices; trasladándose en coche á la plaza, en donde se » ejecutaba á dos niños , de catorce años de edad el uno, » y de trece el otro.... Leonardo Bourdon tomó pose- »sión de la casa de un hombre, á quien había hecho «guillotinar en la mañana del mismo día en que ocupó »su habitación, y, después de una orgía, púsose á bai- » lar delante de la hija de aquel infeliz. Dartigoyte se » ponía frenético después de beber, y una noche se pre- » sentó desnudo al público en el teatro. A cada paso se «encuentran hechos de esta clase; hechos que confun- »den el espíritu, y que, más bien que indignación, «producen asombro.» *
El ilustre alienista que, en los pasajes traducidos, declara portan categóricos términos el influjo nosogénico mental de las revoluciones , manifiesta también , aunque sólo implícitamente, el de las reacciones políticas; y no fuera justo ocultar que éstas , con no menos vigor que aquéllas, lo ejercen tal vez, con sus malas voluntades, con sus odios, con sus rencores, con sus venganzas; despotismo por ley , suspicacia ciega y sistemática ; espiona} e elevado á la consideración del mérito, y galardonado con honores y mercedes; persecuciones infatigables y temerarias; traiciones cubiertas con capa de buen servicio público; injustos despojos por razón de estado ; encarcelamientos , proscripciones y suplicios, tal vez arbitrarios, á menudo crueles; y, como consecuencias precisas de este estado de cosas, en muchas
* Ed. Drumond, La Revolución y M. Taine (Diario de Barcelona del 19 de diciembre de 1884, edición de la tardej.
LA QUE INFLUYO EN DON QUIJOTE. 277
personas, la depresión del entendimiento y la exaltación de ciertos afectos: desconfianza, desánimo, tristeza, melancolía, azoramiento, miedo, terror, desesperación: causas predisponentes y ocasionales, harto poderosas, de toda especie de locura.
También para la historia de nuestros tiempos suministra datos, como es consiguiente, la de los delirios que caracterizan la actual constitución frenopática, hija legítima de una profunda perturbación de la inteligencia y más del sentimiento, resultante de numerosas causas, que, sin embargo, derivan acaso todas de una sola. En el individuo , descreimiento , ignorancia , espíritu de negación sistemática, insensato anhelo de derechos, vergonzoso olvido de deberes , autonomía exagerada , orgullo, soberbia, ambición, codicia, sed insaciable de goces, vicios, miseria; en la colectividad, anarquía, desenfreno , granjeo enmascarado de política, despilfarro de la fortuna pública, execrables apostasías , encumbramientos increibles, riquezas injustificadas; movedizo lo existente , pavoroso lo por venir ; ciencias y artes en raudo vuelo de progreso , pero rastreando y desdeñándose de alzar la vista al cielo ; de ellas tomando lecciones y armas la maldad para destruir todo cuanto la contrarresta é impide su entronizamiento y despotismo... ¿qué más, para exaltar las facultades intelectuales, aguzar los apetitos , encender las pasiones, y producir la locura? Ya sé que no todos los que ahora viven se van con esta torcida y bravia corriente ; ya sé que los hay, y, por dicha, en mucho mayor número, que á ella oponen el dique de la fe , de la sabiduría , de las buenas costumbres, de las virtudes, del esfuerzo, del desinterés y de cuanto al hombre da dignidad , nobleza y excelencia ; tampoco desconozco que, si bien á vueltas quizás de encarnizadas y repetidas batallas , al fin la victoria ha de ser de los buenos sobre los malos , que , dígase lo que se quiera, son los menos, aunque audaces y provocadores, como aquéllos apocados y pusilá-
2J$ CONSTITUCIONES FRENOPATICAS.
nimes; pero entretanto el choque, la lucha entablada y sostenida con fortuna varia es otro muy poderoso fomes de recelos, temores, angustias, extravíos y enfermedades mentales.
En algunas he visto reflejos de aquellos incendios del entendimiento y del corazón: he visto sistematizada, como se dice en el tecnicismo médico-psicológico , la impiedad, que se aprendió en papeluchos y discusiones más ó menos públicas; he visto la codicia de dignidades, acaso sugerida sólo por ejemplos que parecían sueños ; riquezas por el delirio sacadas de la facilidad con que se presume las han adquirido de veras algunos ; desbarros económicos , nacidos de errores y preocupaciones que son el único alimento intelectual de ciertas gentes ; ruinas positivas ó imaginarias, salidas, como bolas fatales , de la especie de lotería ó juego de azar que llaman Bolsa; opiniones políticas exageradas, odios de clase, esperanzas vanas, absurdos, vaciedades y quimeras. Y, puesto ya en el caso de no callar nada, aunque exponiéndome á que se me moteje de pesimista atroz y vitando, como todo esto lo he encontrado igualmente en el mundo de los cuerdos , y en Dios y en mi ánima que á menudo me habría visto negro para discernir á lo perito, si se me hubiese pedido, cuáles ideas , propósitos ó actos estaban todavía dentro de los límites frenofisiológicos, y cuáles habían entrado ya en los frenopáticos ; tal vez ha cruzado por mi mente la especie de si quizá dio en lo cierto Erasmo cuando dijo con su escepticismo sarcástico, que los más de los hombres son locos , y la locura una propiedad de la naturaleza humana.*
* Muchísimo más dijo , según puede verse por los pasajes siguientes, que, no obstante, en comparación de otros infinitos del libro en que se contienen, son, cuanto á concepto y forma , medias tintas y como pinceladas tímidas: — «Los más de los hombres son locos, ni hay uno que no tenga diversas especies de locura, y en las semejanzas de «lias se fundan las amistades de ellos.» — «Realmente, la vida humana
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Allá se sale también, aunque está mucho más suave, Boileau en aquel tan sabido pareado:
Tous les hommes sont fous, et, malgré tous leurs soins, Ne différent entre eux que du plus ou du moins.
Ajustando Moratín sus cuentas de forma que, en realidad, viene á ajustar las de cada cual, dice en prosa que vale tanto como aquellos versos: « A todos nos suMcede lo mismo: si rebajamos de nuestra vida el tiem- » po en que no hemos hecho locuras , la parte útil de » nuestra existencia se reduce á una suma bien corta.»*
Todo tiempo, pues, tiene su constitución frenopática, más ó menos manifiesta, según es mayor ó menor su energía , y el número ó la intensidad de sus efectos inmediatos ó mediatos.
La que produjo ú obró como causa predisponente geno es sino un cierto juego de locura.» — « Ya me parece oir á los filósofos que me replican que es una miseria vivir en la estulticia, en el error, en el engaño, en la ignorancia. Pues ¡ toma 1 esto es ser hombre.»— « Así como el caballo no es desdichado por no saber grama-, tica, así tampoco el hombre por ser loco, porque esto es anejo á su naturaleza.» — a Entre estas mismas disciplinas, las que más se estiman son las que mejor se conforman con el sentido común, esto es, con la locura.»— « Dudo que entre toda la inmensa muchedumbre de los mortales pueda hallarse uno que sea cuerdo á todas horas, oque no padezca alguna especie de locura.» — Máxima pars hominum desipit, imo nullus est, qui non multis modis deliret, el non nisi inter símiles cohaeret necessitudo. — Nec aliud omnino est vita humana, quam stultitiae lusus quídam.— Sed mihi videor audire reclamantes Philosophos : Atqui hoc ipsum est, inquiunt, miserum, stultitia teneri, errare, falli, ignorare. Imo hoc est hominem esse. — Igitur ut equus , imperitus grammatícae, miser non est,ita nec homo stultus infelix, propterea quod haec cum illius natura cohaerent. — ínter has ipsas disciplinas, hae potissimum in pretio sunt , quae ad sensum communem , hoc est, ad stultitiam, quam proxime accedunt. — Haud sciam, an ex universa mortalium summa quempiam liceat reperire qui ómnibus horis sapiat, quique non aliquo insaniae genere teneatur.
Desiderii Erasmi Stultitiae laudatio { y también Encomium moriae); Londres. 1765, págs. 4b, 60, 74,7b, 77 y 92.
* Obras postumas ; Madrid 1867, tomo, III, pág, 96.
280 CONSTITUCIONES FRENOPATICAS.
neral de la monomanía de Don Quijote, era efecto de otras causas morales que databan de fecha algo remota, y habían ido acreciendo y modificándose en la sucesión de los tiempos.
Al enlace, y como ejemplar consorcio, de valor y sufrimiento, generosidad y nobleza de ánimo dábase, en lo antiguo , el bello nombre de caballería. En este concepto puede decirse que el pueblo español era el primer caballero del mundo. La casi temeraria empresa que comenzó en Covadonga con Pelayo , y en la larga línea de los Pirineos con diferentes caudillos, y terminó en Granada con sus descendientes los Reyes Católicos, no fuera la epopeya que llena aún de admiración y asombro á propios y extraños, si los que la acometieron, los que la continuaron y los que le dieron cima , identificando el amor de la religión con el de la patria, no hubiesen mantenido en ejercicio aquellas cualidades, á porfía entre sí para gloria de todos , y con una perseverancia que pusieron en el más alto punto ocho siglos de lucha , única en la historia de los pueblos antiguos y modernos. La unidad de creencias de que ya gozaban, y la unidad nacional que anteveían , á todos llevaban al combate, animados de una misma aspiración y anhelo^ aun los que no eran para empuñar las armas participaban á su modo del afán común, y ufanábanse de sus resultados en tal manera , que pocos había que no pudiesen alegar, como el monje Bermudo de aquel bello romance :
Si non' vencí reyes moros, Engendré quien los venciera.
El continuo guerrear transforma á todo hombre en soldado ; la grandiosidad de la lucha y la alteza de sus fines á todo soldado en caballero ; y así, con tanta fuerza se arraigan en los pechos, crecen y se extienden los sentimientos caballerescos, que llegan á infundir su espíritu en costumbres, instituciones, leyes; en una
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palabra, en la sociedad entera. Rudos son al principio y tal vez feroces , como su época , según los pintan los antiguos romances, y muy especialmente los del Cid, el héroe real, histórico, en quien la entusiástica fantasía popular, convirtiéndole en legendario ,• personifica la caballería cristiana y patriótica en su concepto más enérgico y sublime; pero suavízanse después, merced á la templanza que inspiran las victorias y los adelantamientos; á la ingerencia de ideas del enemigo común, aventajado entonces en cultura ; y sobre todo al influjo del Cristianismo , animoso campeón de la justicia , constante moderador de las costumbres. Con todo esto, el espíritu belicoso lleva á la exageración el caballeresco, y lo hace caer en aventurero , y á menudo en extravagante. A ello coadyuva poderosamente un nuevo afecto: el amor á una dama , amor rendido , ciego , á prueba de rigores , sacrificios y hasta de sandeces, casi religioso para colmo de ellas, que tanto, si no más que el valor, la honra y la grandeza de ánimo, ha de ser guía y sostén , norte y estímulo del que profesa la Orden de la caballería.
Nadie creyera , si por documentos auténticos no constara, que un caballero de noble alcurnia, Suero de Quiñones, hiciese juramento á una dama de llevar al cuello una cadena de hierro todos los jueves; y menos todavía que , para libertarse de esta ridicula prisión, propusiese un hecho de armas, que se llamó El Paso Honroso , en el puente de Órbigo, cerca de León, y que él llevó á término, siendo mantenedor, con otros nueve caballeros , contra todos los que se presentasen , y fueron hasta sesenta y ocho: función que duró treinta días, en los cuales hubo seiscientos veintisiete encuentros, quebráronse sesenta y seis lanzas, murió un caballero aragonés, y quedaron heridos muchos, entre ellos Quiñones y ocho de sus compañeros.
Numerosos torneos, de que hacen narración las crónicas de aquel tiempo , manifiestan sobradamente lo
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grave y peligroso de semejante estado social ; cuanto más que en ellos combatían á veces los mismos monarcas, y siempre con su aprobación y auspicios se celebraban.
En época muy anterior á la de estas luchas el rey don Pedro III de Aragón, en quien lo valeroso emparejaba con lo político, acudió, aunque en balde, á Burdeos para un desafío con Garlos de Anjou, el usurpador del reino de Sicilia, que aquél acababa de incorporar legítimamente á su corona ; en balde , digo , porque la cobardía y perfidia del francés impidieron el combate.
Quitando aparte este suceso , ya que, á causa de una provocación de Carlos sugerida por el odio , íbaleá don Pedro la honra en dar aquel tan arriesgado paso; los hechos anteriores, en medio de $u vanidad, son testimonios de una bizarría que enamora, y ceden en gloria de todo el cuerpo de caballeros y en esplendor del reino; mas en las empresas particulares á que se lanzaron algunos, la extravagancia malogra y deslustra el denuedo. En el reinado de don Juan II de Castilla, dos caballeros marcharon nada menos que á Borgoña, en busca de aventuras extrañamente combinadas con una peregrinación devota á Jerusalén; y, en tiempo de los Reyes Católicos, don Gonzalo de Guzmán , Juan de Merlo, Juan de Polanco, Alfarán de Vivero, Pedro Vázquez de Sayavedra, Gutierre Quijada, Diego de Valera y otros se fueron por los reinos extraños a á facer armas »con cualquier caballero que quisiese facerlas con ellos, » é por ellas ganaron honra para sí é fama de valientes » y esforzados caballeros para los fijodalgos de Castilla;» hecho referido por Hernando del Pulgar, que conoció á los nombrados, con la circunstancia, agravante para el caso, de que eran más los caballeros españoles que habían salido á buscar aventuras á tierras extrañas, que los extranjeros que venían á Castilla y León. El mismo mosén Diego de Valera habla con marcada com-
LA QUE INFLUYÓ EN DON QUIJOTE. 283
placencia de sus propios duelos y combates en Bohemia y Hungría. *
Hé aquí la Caballería andante , que, como se deja entender, no constituyeron sólo los acontecimientos mencionados , sino también otros muchos á ellos parecidos.
Referían aquellas hazañas los romances y las crónicas; mas los unos, por ser harto vulgares, y las otras, por no salir del círculo de los magnates , que las leían como á su historia propia , pues en rigor lo era de sus progenitores, no bastaban para proporcionar entretenimiento intelectual á los que sentían deseo de saber, y gustaban de la invención poética con que les traían embebecidos ficciones caballerescas tradicionales ó legendarias de libros compuestos en reinos extranjeros, mas ya divulgados en todos, como las historias del Rey Arturo y de los Caballeros de la Tabla Redonda, de Cario Magno y de los Doce Pares y otras por el mismo estilo. Vino á cumplir esta necesidad el Amadís de Gaula , libro ya declarado por de nacionalidad española en juicio contradictorio abierto y cerrado por la crítica , cabeza y tipo de los de caballerías, el mejor, según había oído decir el Barbero, de todos los de este género, como así era entonces la verdad, y aún lo es también ahora.
El gusto con que fué recibido, y la inmensa y nunca vista popularidad que alcanzó, presagiaron al momento que sería numerosísima su descendencia ; y tal sucedió en efecto, porque á breve tiempo hubo una verdadera inundación de libros de caballerías, en los cuales se exageró tanto el carácter del fundador del linaje, y dogmatizador de la mala secta , podríamos añadir con el Cura, y tanto se extremó la invención de sus hechos, que lo extraordinario, lo peregrino, lo maravilloso, lo fantástico, lo descabellado y lo imposible fueron los
* Gayangos, Discurso preliminar á los Libros de caballerías, que forman el tomo XL de la Biblioteca de Autores Españoles de Rivadeneyra, Madrid, 1857, pág. VI.
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fundamentos en que se asentaron narraciones , no sólo faltas de toda realidad objetiva, sino vanas , inútiles y perjudiciales, por no tener fin razonable, ya que si hacia alguno tendían, como el culto del honor, valentía, lealtad y amor, iban á e'l por la senda del absurdo; y aun al último afecto atropellando con todo miramiento, decoro, honestidad y demás respetos sociales.
Y campearon los Belianises, los Esplandianes, los Platires, los Anajartes, los Floriseles, los Palmerines, los Lisuartes, los Olivantes, los Lepolemos, los Cifares, los Claribaltes, los Felixmartes, los Cirongilios; y ejercieron sus malas artes los Fristones, los Alquifes , las Urgandas, magos, encantadores, demonios colorados; y poblaron la tierra gigantes, enanos , dragones, endriagos, vestiglos; y salieron á la escena doncellas muertas de amor por el primer advenedizo de relucientes armas, dueñas medianeras que pagaban con traición la confianza; y viéronse regiones como un cielo, palacios encantados , lagos de pez hirviente ; y caballeros volaron por los aires, montados sobre hipogrifos y serpientes de fuego; y riñéronse duelos titánicos; y desbaratáronse con una sola espada ejércitos innumerables ; y la lengua , tosca todavía al principio , daba aspereza á los pensamientos, y el estilo entonces , y más á menudo después, se subía á las alturas de lo alambicado , ó andaba perdido en el laberinto de lo conceptuoso.
Y has de saber más, decía Don Quijote al Ama: que al buen caballero andante , aunque vea die% gigantes que con las caberas , no sólo tocan , sino pasan las nubes, y que á cada uno le sirven de piernas dos grandísimas torres , y que los bracos semejan árboles de gruesos y poderosos navios, y cada ojo como una gran rueda de molino, y más ardiendo que un horno de vidrio, no le han de espantar en manera alguna; antes con gentil continente y con intrépido corazón los ha de acometer y embestir, y, si fuere posible, vencerlos y desbaratar-
LA QUE INFLUYÓ EN DON QUIJOTE. 285
los en un pequeño instante, aunque viniesen armados de unas conchas de un cierto pescado, que dicen que son más duras que si fuesen de diamantes , y en lugar de espadas trujesen cuchillos tajantes de damasquino acero, ó porras forradas con puntas asimismo de acero, como yo las he visto más de dos veces. Linda imitación imaginó el Hidalgo de algunas monstruosidades de tales libros.
Es lástima que en ellas y otras semejantes y mayores viniesen á parar invenciones que, aun en nuestros días, cautivan por el espíritu de grandeza que las anima y los esplendentes ejemplos con que á generosa emulación incitan. Nunca quizá se ha visto en la historia de las letras humanas un género tan inspirado por lo bueno, tan ejemplar en la idea , como adulterado por lo malo, y vicioso en la ejecución, hasta el punto de dar fundamentos sólidos para juicios diametralmente contradictorios.
Con razón se ha escrito de los libros de caballerías que « todos se parecen en el fondo, todos representan »al vivo las cualidades propias de un buen caballero: » valor intrépido en las batallas, amparo del oprimido y » menesteroso, cumplimiento de la palabra empeñada , » lealtad en los amores, galantería con las damas, cortesanía y comedimiento con los iguales, respetuosa » veneración de los ancianos y mayores en estado, así «como generosa condescendencia con los inferiores; »en una palabra, cuantas dotes y cualidades consti- » tuían, á juicio de sus autores, un perfecto caballero; » porque apenas se hallará uno que, al escribir tales li- »bros, no declare ser su objeto é intención enardecer »los ánimos de los leyentes, é incitarlos á la imitación w de aquellos modelos del más cumplido caballerismo.»*
Y, sin embargo , estas razones de crítico docto é imparcial no son parte á desvirtuar las que muchos años antes dijo otro escritor con mal disimulado enojo. «Los
* Cayancos, Discurso preliminar citado, pág. lvi.
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» que han querido defender que el espíritu caballeresco »era útil para mantener la honradez en los nobles, el » valor en los militares y el pundonor en las damas, » parece que no tienen siquiera noticia de lo que son »los'libros de caballerías, pues basta su lectura para •> conocer que estas monstruosas y perjudiciales novelas » destruían el verdadero concepto de la honradez y de •> las obligaciones características de los nobles, que desfi- »guraban la idea del valor torcie'ndole á lo injusto , y » haciéndole degenerar en temeridad reprehensible, y «finalmente que al paso que colocaban el pundonor de «las damas en puras exterioridades, franqueaban la » puerta para la disolución más abominable, enseñando «tercerías, tratos clandestinos, robos y otras abominaaciones, que doraban con sólo pintarlas como executa- )> das con esfuerzo ó con temeridad.»*
Blanda censura es ésta en comparación de la furibunda invectiva de Arias Montano, que á los caballeros andantes llamó monstruos, hez de libros á los que contaban sus aventuras; partos de ingenios estúpidos, llenos de invenciones indecentes , propias sólo para depravar las costumbres, pintándolas bárbaras , no guardando razón de lugar ni tiempo, fingiendo hechos desatinados, y no siendo para agradar sino á los que se van tras torpes vicios y asquerosos deleites.**
* Ríos, Análisis citado, párrafo 187.
** Errantesque equites, Orlandum, Splandiana Graecum,
Palmirenumque ducem et caetera monstra vocamus,
Et stupidi ingenii partum, foecemque librorum,
Collectas sordes in labem temporis, et quae
Nec melius tractent hominum quam perderé mores.
Temporís hic ordo nullus, non ulla locorum
Servatur ratio, nec si quid forte legendo
Vel credi possit vel delectare, nisi ipsa
Te turpis vitii species et foeda voluptas
Delectat, moresque truces, et vulnera nullis
Hostibtis inflicta, ac stolide conflicta leguntur. Pasaje citado por el Sr. Menéndez y Pelayo, Historia de las ideas estéticas en España, Madrid, 1884, temo II, pág, 266, nota.
LA QUE INFLUYÓ EN DON QUIJOTE. 287
En boca del Canónigo de Toledo pone Cervantes su juicio sobre los libros de caballerías, y lo concluye y resume diciendo que «son en el estilo, duros; en las » hazañas, increíbles; en los amores, lascivos; en las «cortesías, mal mirados; largos en las batallas, necios » en las razones, disparatados en los viajes, y, final- » mente, ajenos de todo discreto artificio, y por esto «dignos de ser desterrados de la república cristiana » como gente inútil.»
Cierto que la literatura caballeresca , no sólo en su parte sana , sino en la más inficionada de los vicios del ge'nero, tiene, sin embargo, ahora grande interés histórico por ser imagen de la sociedad en que nació , y cuyos sentimientos é ideas descubre. También en esta razón la literatura de nuestra época lo tendrá para la posteridad; la cual si se saborea con partos medrados de esclarecidos ingenios que de aquélla son honra y esplendor, apartará la vista de los monstruosos engendros que en el libro, en el periódico y en el teatro abortan frecuentemente las malas pasiones que nos avillanan, combaten y consumen ; y aun arrojaría con desprecio é indignación , si vida tuvieran para llegar hasta ella, algunos que dan á luz el lápiz y la pluma, unidos en mal concertado maridaje, parala befa, la difamación, el insulto, la impiedad y el escándalo; para aseverar lo falso, desmentir lo verdadero, alimentar suspicacias, infundir odios, romper todo vínculo de respeto y escarnecer lo más sagrado. De esta literatura, si tal nombre merece la callejera, por la mayor parte, que hoy está en boga, quedará apenas una triste memoria, como del huracán que acaso devastó un reino; mas de la otra, que, si bien descarriada y pervertida, casi prevalece sobre la sesuda, noble y ganosa del mejoramiento, prosperidad y gloria de los pueblos, vivirán todavía algunas obras, aunque en siniestro horóscopo nacidas; y memoria y obras retratarán también nuestra sociedad, y serán materia de
288 CONSTITUCIONES FRENOPATJCAS.
estudio histórico para las generaciones venideras , con el cual conocerán un carácter, por desgracia harto sobresaliente, de nuestro estado psicológico, como el de los coetáneos del Hidalgo manchego comprendemos mejor ahora por los libros de caballerías.
Tal es el aspecto en que cumple á mi propósito considerarlos: no para avalorar su mérito literario, sino para poner en evidencia los daños que ocasionaron, más que á las costumbres , á los entendimientos.
Fuera de esto, si á los simulacros de galantería de los susodichos torneos Ticknor llama con razón locura , locura confirmada era también el afán de los cultivadores de este género literario, que bebían la inspiración en la malsana fuente de aquellos hechos y de las costumbres que los producían.
¡ Locos! Ni ellos fueran tantos, ni su locura tan vehemente, si no la aguijonearan otros locos con sus aplausos. Muchas gentes, las más, no sólo en España sino también fuera de ella, leían con indecible deleite las historias caballerescas, loábanlas con los mayores extremos, y daban crédito á sus patrañas y disparates como á verdades no ofuscadas siquiera por la más leve duda , y hechos cuya maravillosidad no empecía su certeza.
El asenso se lo negarían sin duda las personas más ilustradas, pero aun éstas sentían el placer de tal lectura. Juan de Valdés, con ser gran humanista, escritor de buen gusto, de recto criterio, y aun, al parecer, sujeto de no escasa importancia y representación política, cayó también muy á su gusto en el vicio general, según lo declara en aquel curioso libro dialogado que todo erudito estima por la doctrina que contiene, y más por la difícil sencillez de estilo y exquisita pureza de lenguaje con que la explica. Después de mencionar varios libros de caballerías, escribe : « los cuales, demás de ser » mentirosísimos , son tan mal compuestos , así por de- » cir las mentiras tan desvergonzadas, como por tener
LA QUE INFLUYÓ EN DON QUIJOTE. 289
»el estilo desbarazado, que no hay buen estómago que
»lo pueda leer Diez años, los mejores de mi vida,
«que gasté en palacios y cortes, no me empleé en ejer- » cicio más virtuoso que en leer estas mentiras, en las » cuales tomaba tanto sabor, que me comía las manos »tras ellas; y mirad qué cosa es tener el gusto estraga- »do, que si tomaba un libro en la mano de los roman- »zados*en latín, que son de historia verdaderos, ó á lo » menos que son tenidos por tales, no podía acabar «conmigo de leerlos.» *
«Tal popularidad, dice Ticknor, debe quizá ser mirada «como un resultado natural, en un país donde las instituciones y sentimientos caballerescos estaban tan arrai- » gados como en España; porque la Península, cuando » apareció por la primera vez en ella esta clase de libros, «había sido durante mucho tiempo el suelo privilegiado
» de la caballería Este estado social fué resultado na-
«tural del extraordinario desarrollo que las instituciones » caballerescas recibieron en España: una parte era pro- » pia de aquella edad y de aquellos tiempos, y puede en » cierto modo ser considerada como útil y hasta convewniente ; otra no era más que la caballería andante per- » sonificada , con todas sus extravagancias y delirios. » Pero cuando la imaginación de las gentes llegó á ex- « citarse hasta el punto de comprender y considerar «como reales y positivas instituciones y costumbres de »tal naturaleza, no podía menos de recrearse con la » pintura atrevida y libre de una sociedad como la que »se representaba en aquellas ficciones monstruosas.»** La afición del vulgo á esta literatura está donosamente declarada en la plática del ventero, su hija y Maritornes con el Cura y el Barbero. Las palabras de
* Diálogo de la Lengua.
** M. G. Ticknor, Historia de la literatura española, traducida al castellano, con adiciones y notas críticas, por D. Pascual de Gayangos, individuo de la Real Academia de la Historia , y D. Enrique de Vedia; Madrid, i85i, tomo I, págs. 261 y 363.
29O CONSTITUCIONES FRENOPATICAS.
Palomeque, en particular, son uno como documento fehaciente del cre'dito que aquellos libros de devaneos é mentiras probadas, á dicho de Pero López de Ayala, alcanzaban sobre las historias verdaderas. Alegan, además, la razón, aceptable hasta cierto punto en el estado político de entonces, sobre la cual se afianzaba la credulidad de los lectores ; sin que para poner coto á aquel daño ni desatar este argumento valieran las impugnaciones de los sabios , ni las censuras de los piadosos, ni las leyes prohibitivas, ni las supremas del buen gusto y del sentido común, que aquel género literario, por su fealdad, ridiculez y peligro, anatematizaban. Concluyó el Cura diciendo y jurando que nunca hubo Felixmarte de Hircania, ni Cirongilio de Tracia, ni otros caballeros semejantes, pues realmente nunca los tales fueron en el mundo, ni tales hazañas ni disparates acontecieron. ¡Ya, ya! oigamos la respuesta de Palomeque: A otro perro con ese hueso. ¡Como si yo no supiese cuántas son cinco, y adonde me aprieta el \apato! No piense vuestra merced darme papilla; porque, por Dios , que no soy nada bobo. ¡Bueno es que quiera darme vuestra merced d entender que todo aquello que estos buenos libros dicen sea disparates y mentiras, estando impreso con licencia de los señores del Consejo Real, como si ellos fueran gente que habían de dejar imprimir tanta mentira junta, y tantas batallas y tantos encantamentos, que quitan el juicio! Si alguno opusiere que estas palabras son una delicada sátira, muy oportunamente introducida aquí por Cervantes, yo, que por tal la tengo tambie'n , replicaré, sin embargo, que la sacó de la obcecación del vulgo de entonces, de un hecho positivo, como se sacan todas, y éste es el que cumple á mi intento manifestar en prueba de la general preocupación de aquel tiempo. Con razones semejantes quiso en otra ocasión Don Quijote rebatir las del Canónigo : ¡Bueno está eso! Los libros que están impresos con
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licencia de los Reyes , y con aprobación de aquellos d quien se remitieron, y que con gusto general son leídos y celebrados de los grandes y de los chicos, de los pobres y de los ricos, de los letrados é ignorantes, de los plebeyos y caballeros , finalmente , de todo género de persona , de cualquier estado y condición que sean, ¿habían de ser mentira, y más llevando tanta apariencia de verdad, pues nos cuentan el padre, la madre, la patria, los parientes, la edad, el lugar y las hazañas, punto por punto, y día por día, que el tal caballero hi^o ó tales caballeros hicieron? Calle vuestra merced, no diga tal blasfemia, y créame; que le aconsejo en esto
lo que debe de hacer como discreto lea estos libros,
y verá cómo le destierran la melancolía que tuviere, y le mejoran la condición, si acaso la tiene mala.
Las dos respuestas convienen con un fenómeno psicológico, frecuente y muy digno de consideración,, aunque inexplicable en lo que tiene de frenopático. Un cuerdo y un loco concuerdan en una sensación ó en un concepto, pero discuerdan en su juicio sobre la una ó el otro, ó en los actos á que su respectivo juicio los lleva. Dos ejemplos. — Un sujeto, que padecía la alucinación de que , entre noche , personas malévolas le molestaban en el aposento en que dormía, á pesar de tener buen cuidado de cerrarlo antes de acostarse; si de improviso entraba alguien en la estancia para desengañarle, aveníase gustoso á registrarla por sus cuatro lados con el recién venido, á la luz de una vela, levantando cortinas y ropas de la cama, y removiendo las sillas y demás muebles; después de cuales pesquisas cedía á la evidencia, conviniendo con el otro en que realmente no había nadie en el dormitorio ; pero quedábase de nuevo encerrado y solo, y al instante volvía á sentir los maltratos de sus imaginarios huéspedes, y juraba, ó que antes no salieron, ó que después entraron sin que pudiese atinar por dónde, pero tampoco repugnando que hubieran pasado por el ojo de la llave ó los
292 CONSTITUCIONES FRENOPATICAS.
resquicios de puertas y ventanas: y esto una noche, y otra, y otra , y todas. — Un adoleciente de manía de persecución pasaba los ojos, en mi presencia, por las páginas de un periódico, y leía, como yo, letra á letra un suelto de gacetilla , verbigracia , que daba la noticia de haber llovido el día anterior; el artículo de un arbitrista, que proponía, como el que se mencionó en aquella tan sonada refriega del Parnaso, hacer pan de avellanas en los años malos; ú otro escrito de la misma laya y trascendencia. Yo me atenía á lo que rezaba el impreso ; pero el loco descubría en cada frase y hasta en cada vocablo, además de su sentido literal , otro recóndito, que declaraba los intentos y manejos de sus perseguidores, y las amenazas con que querían intimidarle. A todo esto, yo me quedaba tan tranquilo, y él apesadumbrado, inquieto y temeroso, como si ya estuviese al caer su mayor y postrera desgracia.
Así Palomeque y Don Quijote. Ambos concordaban en la razón para dar crédito á los libros caballerescos. Mas al ventero dijo el Cura: ¡Quiera Dios que no cojeéis del pie que cojea vuestro huésped! ; y él respondió sin tomarse tiempo para pensarlo : Eso no; que no seré yo tan loco , que me haga caballero andante; que bien veo que ahora no se usa lo que se usaba en aquel tiempo, cuando se dice que andaban por el mundo estos famosos caballeros. ¿ Cuál fué la contestación de Don Quijote al Canónigo? Llamarle de buenas á primeras hombre sin juicio, porque negaba la verdad de las disparatadas caballerías, subirlas sobre los cuernos de la luna, ponderar el mejoramiento de su condición moral desde que entró en el gremio, excusarse de no hacer buenos oficios andantescos al chasqueado cabrero, y dar sobre inofensivos y devotos disciplinantes. Como estas divergencias ocurren todos los días entre locos y personas cuerdas, que con ellos se comunican y tratan.
Es que Don Quijote hacía una mezcolanza de verda-
LA QUE INFLUYÓ EN DON QUIJOTE. 20,3
des y mentiras, y, en sus discursos apologéticos de los caballeros andantes, colocaba de todo en todo en la misma línea al Cid, Bernardo del Carpió y Suero de Quiñones, que á Guido de Borgoña, Pierres, los Doce Pares y el rey Arturo; es que no hacía distinción, en punto á veracidad, entre las crónicas de Don Juan II, de Don Pedro Niño y del Gran Capitán, y los libros de Antonio de Torquemada, Melchor Ortega y GarciOrdóñez de Montalvo ; es que también el vulgo, así tragaba las patrañas de éstos , como recibíalas verdades de aquéllas ; es que , en aquel siglo de aventuras, las que de muchos se referían, y eran ciertas, echaban raya á las descabelladas é imposibles de las historias andantescas; por donde las gentes sencillas, y aun las duchas , venían á confundir unas narraciones con otras, y á creerlas ciegamente todas; es , en fin , que todo esto formaba la constitución frenopática entonces dominante, que fué poco á poco quebrantando la intelectual del Hidalgo , y coadyuvó poderosamente á enloquecerle. Esquirol no la llama así, pero la define con tal claridad , que el nombre no hace falta, «En el Don Qui- »jote se halla una descripción admirable de la mono- » manía que reinó en casi toda Europa después de las «Cruzadas: mezcla de extravagancia amorosa y bizarría « caballeresca, que era en muchos una verdadera lo-
»cura.»
También los sermones de la secta metodista, en Inglaterra, trastornaron el juicio á Lackington , y, en un momento crítico, le sugirieron la idea de meterse á predicador , y luego otra , como fulminante , que por poco le cuesta la vida. También las predicaciones de la fanática Antonia de la Porte Bourignon, en Amsterdam, y sus extravagantes obras causaron al famoso naturalista Juan Swammerdam la manía hipocondriaca que, primero, le hizo sectario de aquella mujer, á quienv
* Ibidem, tomo II, pág. 28
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demás de seguir á Holstein, hubo de rogar le regenerase ; y luego, le infundió el temor de que sus preciosas investigaciones y estudios tenían ofendido á Dios, temor, que, no sólo le retrajo de continuarlos , sino que, en un violento paroxismo, le indujo á arrojar sus manuscritos á las llamas. También las perturbaciones y controversias religiosas de entonces llenaron de doctores, reformistas, profetas y Mesías las casas de orates; también las peripecias de la revolución de Francia , en el siglo pasado , dieron en aquellos asilos con más de
dos Luises XVII, Robespierres y Bonapartes ¡Qué
diferencia, empero, entre todos éstos y Don Quijote 1 A ellos el escepticismo , la incredulidad , el espíritu de rebeldía , la ambición , el orgullo , la soberbia , tal vez otros móviles más indignos, si cabe, descaminaron y sumergieron en la mayor de las desgracias; al Hidalgo llevaron á ella el amor de la belleza ideal y los ímpetus de un animoso pecho , provocados por la pasión de la lectura: ejemplar pasión que, ni exagerándose pierde su carácter de nobleza , ni amancilla jamás , antes esclarece y ensalza siempre la de su víctima.
Hay locuras que , por sus causas , ya predisponentes, ya determinantes, son vergonzosas — no retiro el epíteto, — y, por tanto, sobre la fama del que las padece echan un borrón indeleble. De pasiones brutales y vicios traen su origen ; pero , para consuelo y hasta orgullo sano y legítimo de los que anhelamos no ver menoscabado jamás, en ningún concepto, el buen nombre de nuestra patria , digo , con el gusto que se deja suponer, que las estadísticas demuestran que en ella el número de tales vesanias no está, ni con mucho, en la alta razón aritmética con las demás que en otras naciones. No, no fué de aquéllas la locura de Don Quijote, cuyos extravíos y mayores desatinos llevaron impreso siempre el sello de grandeza de su aptitud vesánica y de una tema inspirada por la valentía , el amor á la humanidad , el deseo de renombre y gloria : grandeza propia
LA QUE INFLUYÓ EN DON QUIJOTE. 20^
de aquella constitución frenopática , que no hacía alarde de impiedad, ni respiraba odio , ni se alimentaba de sangre, ni despedía fulgores de exterminio, sino que levantaba á la altura de la exageración las excelentes cualidades del pueblo español, llevaba en sí una luz pura, siquiera abrasase , y, con todo eso , habría sido un bien relativo, si, moderando sus alientos, hubiese contenido sus arrebatos. Salvo la consideración del infortunio, superior siempre á todo humano juicio , más simpático es el loco por caballero andante, que por sectario, tribuno, reyezuelo, debelador de imperios ó demolador de instituciones sociales. Por esto el Hidalgo, recobrado el uso de su razón, se lamentó, mas no se avergonzó de su locura. A haber vivido, sus allegados, amigos y convecinos, aun releyendo el triste paréntesis de la historia de su deudo y paisano , que á todos llenó de amargura, tuviéranse por tan honrados como antes con su compañía y trato, y continuaran llamándole Alonso Quijano el Bueno. Esta es una de las mayores bellezas de la novela.
Alto destino cumplió en la tierra Don Quijote. Su desgracia fué ejemplar. Enseñó cómo puede hundirse el espíritu más gallardo, si, por correr en pos del idealismo, atropella con la realidad, contra la cual no hay batalla con victoria. Representó en su persona la sociedad aventurera de dos largas centurias, con su acendrada fe, su castiza hidalguía, su ánimo brioso y sus actos heroicos; mas también con sus temeridades, enajenamientos, insensateces y sinrazones: y , por maravillosa manera confirmando aquellas cualidades , hizo patentes estos defectos. Peor era el género de literatura que nació de aquel estado social, y, trasloando su grandeza, poníala á mofa, y , encareciendo sus desbarros , los fomentaba: lo noble, lo valeroso, lo atrevido convirtió en insolente, desatentado y feroz ; de la caballería hizo braveza; arrumbando la historia, puso en su lugar la fábula , y sacó á la escena fantasmas con
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figuras de hombre, fuera de toda ley, inclusas las de naturaleza ; fabricó, finalmente, un mundo imaginario, que pobló de seres extravagantes , monstruosos , desatinados y locos. Sólo una locura como la de Don Quijote, copia de aquella verdadera manía literaria, y de la más insana quizá, con indicios de demencia, del vulgo, que á los delirios de la otra lo arrastraba, podía ser parte á herir el ánimo de todos con la elocuencia del ejemplo, lo ridiculo de los disparates y la amenaza del peligro común; y de esta suerte atajar el contagio general , que de la generación de entonces sin duda se hubiera trasmitido á las sucesivas inmediatas.
Yo tengo para mí que en las naciones donde el abuso de bebidas alcohólicas arroja á los manicomios un número de orates mayor de día en día , por manera que su progresivo aumento trae ya muy alarmados á los gobiernos; acaso entre los incautos que empiezan á deslizarse por la pendiente de aquel vergonzoso vicio , muchos, ya que no todos, volverían atrás, si, visitando la sección de dichos asilos destinada á los que adolecen de vesanias ebriosas, consideraran el espantable te'rmino á que caminan, viendo con sus ojos los estragos de estas enfermedades , la degeneración moral y física en que precipitan al hombre, el desvalimiento absoluto de los que las padecen, su parálisis, su laceria, la asquerosidad de su aspecto , su estupidez sólo á ella misma comparable, su condición inferior á la del bruto, por la pe'rdidá de la memoria , del entendimiento, de la voluntad, de los afectos , del habla y hasta de los instintos. Igual resultado se alcanzaría tal vez, respecto de las locuras á cuya invasión puede oponer cualquiera el cordón sanitario de la prudencia, templanza y buen modo de vida ; pues, por más que parezca ilusorio , las hay en cuyo desenvolvimiento tiene no poca parte una voluntad negativa, ó séase flaca en la lucha con los apetitos y pasiones. Ver ciertas dolencias de la mente, bien así como otras de muy distinto género, y conocer
LA QUE INFLUYO EN DON QUIJOTE. 297
su origen, sería para no pocos tomar una lección de Higiene aprendiendo la fácil manera de prevenirlas.
Ello es que con Don Quijote se acabaron los caballeros andantes. Ni uno más se asomó por las ventanas del Oriente, ni, llevado de la extravagancia de la familia , le vino en voluntad salir de los abismos del Ocaso. Poco antes que el Hidalgo de la Mancha habíase lanzado al campo de las aventuras don Policisne de Beocia.... ¡pobre caballero! hasta su nombre parecía agorar mal, pues si de lo que hizo nadie se acuerda ya, lo que hubo de decir fué como el canto que á las aves homónimas sayas atribuye el libre fantasear de los poetas, pues no sólo anunció la muerte del paladín sino la de la cofradía entera á mano airada de un loco. Bien muerta fué ; y con ello ganaron las cabezas y las letras. ¡Loor á Don Quijote, que hizo este gran servicio á la humanidad doliente y á la humanidad sana, á los ingenios topos y á los ingenios linces. ¿ Parece poco devolver el juicio á toda una generación, y extinguir para toda la eternidad un mal contagioso y discrásico? ¿ Parece poco volver de arriba abajo la sociedad entera, y matar una literatura vana, estrambótica y empalagosa? Y, sobre todo, ¿parece hazaña de poca monta cerrar con una constitución frenopática tan grave, antigua y ensoberbecida; vencerla y aniquilarla en términos que jamás por jamás pueda volver á levantar cabeza? Acaso alguno llamará hoy revolucionario á Don Quijote no me repugna el calificativo, ni me parece que
le caiga mal; pero con revolucionarios como el Manchego me entierren, que asentaba su saber sobre el principio del temor de Dios, llevaba siempre por delante lo bueno y lo honesto, é iba por las sendas del amor al prójimo, de la justicia, de la lealtad.y de la nobleza.
Peleó, y la victoria coronó su esfuerzo y denuedo. Su heroica empresa cántanla todavía los poetas , celébranla los sabios y apláudenla las gentes todas. Su me-
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moria vivirá cuanto viva la lengua que él tan galanamente hablaba; y, aunque la lengua se perdiera, no se perdería la memoria, pues guárdanla innumerables pueblos que se gallardean repitiendo en su idioma los sabrosos razonamientos, y contando las virtudes y proezas del discreto hidalgo y cumplido caballero. Del cual puede decirse que, enderezando el tuerto que, de mucho tiempo, escritores malandrines estaban haciendo á la república de las letras , tiranizándola y corrompiéndola, la salvó de su total decadencia y ruina, y regeneróla, acabando con ellos aquí y en toda Europa, porque eran una ralea verdaderamente internacional y mancomunada : memorable suceso como otros que, tras largas conturbaciones y calamidades, por misterioso designio de la Providencia, han decidido en esta tierra clásica de España los destinos del linaje humano. Don Quijote nació para la ocasión, y la ocasión estaba para él guardada. Los grandes hombres vienen al mundo cuando les llaman las necesidades de los tiempos.
TRATAMIENTO TERAPÉUTICO. 299
CAPITULO XX.
TRATAMIENTO TERAPÉUTICO QUE SE USO CON DON QUIJOTE.
Porque no era médico Cervantes, ni para componer su libro consultó , á lo que yo entiendo , ninguno de Medicina, causa más sorpresa su inspiración de hacer recobrar á Don Quijote la salud de la mente con un tratamiento que obedecía al principio terapéutico sin duda entonces, como ahora, menos vulgarizado, pues arranca de nociones de honda ciencia, que están fuera del alcance de las personas no peritas en la médica, aunque sean instruidas; principio, además, muy ocasionado, pero también , por el éxito de sus aplicaciones, frecuentemente maravilloso; y al cual, merced á estas últimas circunstancias, cuadra el calificativo de heroico, que se da á ciertos medicamentos cuya virtud salutífera nace de su acción perturbadora ó tóxica.
Es el principio á que se hace vaga referencia en un tratado de la Colección Hipocrática; que con bastante claridad se expone en otro *; y que, á principios de este siglo, formuló categóricamente Samuel Hahnemann con la sentencia, ya de nadie ignorada, aunque no siempre , ni con mucho, cierta: similia similibus curantur; la cual fué una atrevida provocación y grito de guerra como jamás se había dado contra la Medicina secular, que invicta militaba, acaudillada por el genio de Hipócrates, bajo el estandarte de la no menos sabi-
* Ac si quidem in ómnibus hoc modo se habeat, constitutum quidem sic fuerit, haec quidem contrariis curar i, quaecumque sint, et quacumque ex causa fiant; illa vero similibus, quaecumque tanden sint, et a quacumque causa fiant. — HiPPOCRATis.De locis in homine líber, sección II. capítulo i5, colección y traducción de Foes.
300 TRATAMIENTO TERAPÉUTICO
da , aunque tampoco cierta en absoluto : contraria contrariis curantur. Los hechos más comunes, sencillos y hasta vulgares que comprueban la verdad de aquel principio , fundado en la correlación entre efectos de dos causas distintas, una patológica y otra terapéutica, son, por ejemplo, que hay vómitos, diarreas é inflamaciones locales que se curan con un vomitivo , un purgante y un irritante , respectivamente.
De él dedujo Hahnemann su teoría, que apellidó homeopática. Sobre nociones de fisiología patológica, que tienen de lo verdadero y de lo ilusorio, estatuyó un canon terapéutico único, la. homeopaticidad , ó ley de los semejantes, que ordena combatir las enfermedades con medicamentos, que se supone producen en el organismo sano efectos iguales ó muy parecidos á los síntomas de ellas: ley que se cumple mediante la dinamización de las sustancias medicamentosas, ó sea el aumento de su virtud , que se pretende efectuar con dos operaciones manuales: la división infinitesimal y el revolvimiento metódico. Notorio es lo mucho que acerca de esta teoría se ha discutido y escrito con utilidad, fantaseado con aturdimiento y combatido con saña; no faltando en las luchas, de una y otra parte, furibundos mosquetazos de ultrajes y escándalos.
Con la tal teoría nada tiene que ver el tratamiento terapéutico que se usó con Don Quijote, por más que Hernández Morejón , dejándose llevar de un entusiasmo disimulable por lo patriótico, se arroje á decir que Cervantes dio una lección práctica, más de dos siglos há, «á ese moderno sectario, Hahnemann, que, con el «nombre ridículo de Homeopatía , pretende fascinar »hoy á la juventud incauta, presentando una doctrina » como nueva, conocida, muchos siglos há , en España, »y manejada con otro juicio y filosofía muy distintos »de los que este sistemático presenta.»*
* Folleto citado, página 20
QUE SE USÓ CON DON QUIJOTE. 3oi
No ; la medicación que se puso en práctica contra la monomanía del Hidalgo fué la perturbadora, conocida, en efecto, de siglos, dicha comunmente sustitutiva , especie de la irritante , cimentada también sobre el principio de los símiles contra los símiles , puesto que tiende á desarrollar y desarrolla con una sustancia medicamentosa, en virtud de su acción fisiológica , un estado irritativo ó inflamatorio con cierto viso de artificial, sobre otro preexistente del mismo carácter, pero natural , ó sea producido por espontánea fuerza patogénica, al que, mediante un movimiento orgánico íntimo, pronto contiene, sojuzga, resuelve y como que desaloja. Parece repugnar á la razón este juego, á la vez patológico y terapéutico ; mas no hay repugnancia que valga contra lo que la experiencia acredita. El tratamiento de Don Quijote fué arreglado al orden de la medicación homeopática , si se quiere , como ahora se denomina también la sustitutiva; pero de ningún modo á la que, tiempo andando, vino á prescribir exclusivamente la teoría hahnemaniana ; la cual, dicho sea de paso, este epíteto debiera tener, y no el otro, que, para singularizarse, ha usurpado y que ya nadie le quita. Por cierto, la disparidad es grande , puesto que estriba en la de los procedimientos con que el método terapéutico sustitutivo , ó dígase homeopático, y la teoría hahnemaniana, el clasicismo y el proselitismo, ó, en términos más significativos, aunque metafóricos, la ortodoxia y la heterodoxia médicas, aplican el principio , común á las dos,, de curar semejantes con semejantes.
Lo admirable es, que se llevase entonces este principio á la terapéutica frenopática, por ser una novedad que parece sólo podía imaginar é introducir un ingenio clínico de perspicacia superior y poderosa iniciativa reformatoria de toda práctica rutinaria. Lo admirable es^ que Cervantes comprendiera que contra una locura como la de Don Quijote la balumba de polifármacos,
302 TRATAMIENTO TERAPÉUTICO
tan en boga en su tiempo *, había de ser este'ril, por más que todos juntos y cada uno de por sí bastasen para remover, alterar y corregir todos los humores pecantes del cuerpo del enfermo. Pero aún es más admirable que , ignorando sin duda nuestro novelador la resistencia de las enfermedades mentales á los medicamentos , y no pudiendo saber que en ninguna se muestre tan poderosa aquélla como en la monomanía; parezca dar tácitamente por sentadas estas verdades prácticas, y para la curación del Andante no ponga la mira
* Estábanlo sin duda algunos de que en estos últimos días he tenido conocimiento , por la rara y feliz casualidad de haber visto un ejemplar del Formulario á que de antiguo se atenían en su práctica, más de mediado el siglo xvn, los Doctores en Medicina y los Cirujanos del Hospital General de la Santa Cruz de Barcelona; y no quiero perder esta ocasión que se me ofrece para dar alguna noticia de él como dato histórico de la Farmacología de aquel tiempo, con relación á la terapéutica frenopática de nuestro establecimiento, que, de seguro, era la recibida y practicada en todo el mundo médico: noticia que en vano se buscaría en libros ni memorias de ahora ni de entonces. Es un folleto de 36 páginas numeradas y 6 en blanco, en 4.0, sin contar la portada , que dice así : Particvlares | medicamentorvm descriptio- \ nes, quibus iam ab antiquo vtuntur Medid I Doctores, & Chirurgi Hospitalis Gene- \ ralis S. Crucis Barcinonensis in ¡ xgrorum curatione. | Recta methodo, et secvndvm \ Regulas dipositx per me Ioannem Pasqual | Llobet Pharmacopceum huius I Hospitalis. | Anno (escudo del Hospital) 16 77. | Cuín licentia: I Barcinonx, ex Typograhia Hyacinthi Andrev, \ in vico Sancti Dominici. A ésta sigue un Prooemium; la aprobación dada en Barcelona á 18 de febrero de 1677 por el Dr. Jaime Sola; la licencia para la impresión, concedida por el Vicario General, de Josa, en 22 del mismo mes; y, á la vuelta, una estampa de la Virgen de Monserrat, grabada en madera. El Formulario comienza In nomine Sanctissim& Trinitatis , Virginisque Marice Montisserrati, y termina con estas palabras: Deo semper, & vbique gloria, vna, vni. Vnde, eo omnia. Está dividido en dos partes: la primera contiene las recetas ó fórmulas de los Médicos ; y la segunda las de los Cirujanos; que suman 43 y 19 respectivamente. Éntrelas de los Médicos, cuéntanse 6 especiales para la curación de enajenados, y son, por el orden en que están colocadas: 1.» de lavativa para delirantes calenturientos, lavatorivm pro phreneticis, y acaso también para alienados agitados y furiosos ; 2.» de cocimiento para idiotas, decoctvm profaívis, que es para disponer sus humores, ut prazparentur humores in fa-
QUE SE USÓ CON DON QUIJOTE. 3o3
sino en el tratamiento moral; el único que , de fijo, ahora , en un loco de la misma especie , intentaría un alienista desengañado y enseñado por una larga experiencia. En realidad, el principio de los semejantes contralos semejantes presta también ala terapéutica psíquica con más fianza de buen éxito que los demás; pero que así lo viese, ó, mejor dicho, adivinase Cervantes, esto es lo que no puede menos de dejar suspenso á quien mide la magnitud del asunto, está al cabo de sus dificultades, y considera su casi inverisimilitud en aquel tiempo. ¿Sa-
tvis; 3.» del jarabe usual para locos, syrvpvs vsvalis pro dementibvs; 4.» de polvos de primera clase para idiotas, pvlvis primor dii pro fatvis; 5.» de polvos de segunda clase para los mismos, pvlvis secvndarivs pro eisdem dementibvs; 6.* de polvos para gorros de locos, pvlvis pro cvcvphis dementivm. Todos son medicamentos ó preparaciones oficinales, y compónense exclusivamente, excepto el primero, de sustancias vegetales: seis entran en los polvos de las dos clases; doce en los de los gorros; catorce en la lavativa y en el cocimiento; y doce en el jarabe, con más otros dos jarabes y azúcar. Como se ve, casi todos son polifármacos. Sólo en una fórmula, la del jarabe, se halla el eléboro negro, pero en ninguna el blanco, con ser el principal medicamento antimaniaco de la antigüedad, á cuyas doctrinas y prácticas todavía se tributaba culto cuando se ordenó esta publicación. El único componente no vegetal pídelo, según he indicado, la lavativa , y es una cabeza de carnero hecha pedazos y quitados sesos y cuernos, capitis arietis in frustra dissecti, eiectis cerebro et cornibus, unum. Esto, que sería en nuestra época una monstruosidad, no lo era en aquélla, pues el mismo Formulario toma de Ambrosio Paré, el cirujano francés tan famoso en la Historia, copiándolo del libro undécimo, capítulo quinto de su obra, el cual trata de las heridas por arma de fuego ó arcabuz, de ictibus sclopetariis, un aceite que * bien podía á más y mejor arder en un candil, por cuanto se componía de cuatro libras de aceite de violetas, dos cachorritos recién nacidos, catellorum nuper natorum dúo, que se cocían á fuego lento hasta la disolución de los huesos; á todo lo cual se añadía en el acto una libra de gusanos de tierra muertos en una infusión de vino, vermium terrestrium prceparatorum, vt docet {idest vino extinctorum ) ¡ y después, al usarlo, tres onzas de trementina de Venecia y una de espíritu de vino. Además, nadie ignora que por aquellos tiempos, y antes, se aconsejaba contra el morbo sacro ó epilepsia la que se decía uña de la, gran bestia, denominación que aun ahora se da al Megaterio: si bien en la práctica andaría forzosamente de por medio algún quid pro quo, pues no era á la sazón, ni ha sido nunca cosa llana el hallar
304 TRATAMIENTO TERAPÉUTICO
bía, por ventura , la sentencia, ó llámese aforismo, que soltó en sus versos aquel famoso maestro en el arte de amar: amore medico sanalur amor, que tan profundo sentido tiene , pues encierra dentro de sí el germen del tratamiento frenopático moral? Si no lo sabía, obró como si lo supiera, según se acredita por su acierto en disponer, conducir y finalizar la curación de Don Quijote.
De ella excluyó toda violencia. Recuérdese que en su época las casas de orates no eran , en realidad, hos-
este mamífero fósil, ni aun removiendo hasta el fondo los depósitos aluviales antiguos. Pero la noticia más curiosa que se saca de este Formulario es la del tratamiento, aunque parcial, paliativo, sintomático, llámese como mejor parezca, de la idiotez, con un medio tópico, ó sea con la aplicación de sustancias vegetales aromáticas machacadas y secas, que se creía tenían virtud para avigorar el celebro; y, metidas en un gorro, ó sea saquillo de tal hechura, que pudiese servir de gorro, se aplicaban al cráneo entero ó á su parte anterior. Este gorro, casquete ó cofia, era la cucupha; de la cual confieso que no tenía conocimiento, y hasta ignoraba la significación del vocablo, ni me lo declararon los libros que consulté entonces con algún afán, aunque sí después otro excelente, que hube á las manos; mas, por fortuna, todo me lo explicó en menos de dos páginas uno de tres manuscritos en latín, que con el Formulario componen un solo volumen, y son tratados elementales, aunque bastante extensos, de Farmacología , puestos en letra muy menuda y metida. Aquél, que es el tercero en el orden de colocación, se intitula así : Tractatvs vnicvs de Materia Medica a M. D. Francisco Orriols, a qvo ipsvm accepit Tilomas Mollét Philosophice Doctor et Medicinar studiosus anno 1680. De su capítulo IX, parte II, de sacculis , cucuphis , semicucuphis sive frontalibus, traduzco los pasajes siguientes: «Los antiguos 11a- » maban fomentos secos á los saquillos , porque tienen los mismos* » usos que ellos, y se hacen con hierbas, flores, raíces y semillas aro- » máticas y gomas, medio machacadas ó desmenuzadas, que se meten
» en un saquillo de lienzo ó de encerado Su forma varía según la
» de las diferentes partes á que se aplican, de modo que los que se » ponen á la cabeza parecen un gorro; en cuya razón se denominan
» cucupha; La cucufa se un saquillo que sirve para fortalecer y
» dar calor al celebro..... La semicucupha ó frontale, especie de fren- » tero, se aplica á las suturas de la cabeza, ó sea á su parte anterior, » de igual modo y con igual fin que la cucufa , y más para promover » el sueño y calmar el dolor de cabeza, en términos que, si no es » para esto, raras veces nos servimos del frentero ó semicucufa, por-
QUE SE USÓ CON DON QUIJOTE. ?o5
pítales, sino edificios de encierro; no establecimientos de curación, sino de pura seguridad; y luego se echará de ver que estaba todavía por instituir el aislamiento de los locos, ó su reclusión en aquellos asilos como requisito necesario y base de su tratamiento. Añádase que, siendo, á causa de preocupaciones algún tanto disculpables, tenidos y temidos por dañinos los más de los enajenados y por muy peligrosos los restantes, en general no se cuidaba sino de prevenir con la fuerza sus arrebatos, encomendando al hierro el contenerlos y suje-
»que para lo demás es mejor la cucufa, así como para lo otro es » mejor el frentero, ya que no ofrece el peligro de dañar con su •> frialdad las partes posteriores del celebro y la médula espinal.» No será impertinente el poner fin á estas curiosidades con la fórmula de las cucufas para idiotas, su preparación y dosis.
R. Foliorum Rosarum verarum vnc. ij.
Florum Meliloti vnc. j.
l-'lorum Violarum i . „
T„ „ . . ! an. vnc. /. & ss.
florum Borragints j
Florum Chamo j
Nimphoex Alba: . . . ' an. vnc. ss.
Seminis Coriandri pratp )
Capitum Papaueris albi N. ij.
Florum Anthos, id est Roris Marini co- <
roñar ii
Cariophyllorum ', an. vnc. iij.
Stxchados Arab i
Macis J
Contundantur omnia crassiuscule, et serventur usui. N. Pro unaquaque cucupha drachmas quadraginta et octo sufficere, quod experientia edocuit.
Sin admitir la teoría deque nacen las indicaciones de vigorizar el celebro, á que ocurre esta preparación — con la que no se curaría entonces ni ahora, ni se curará jamás el idiota menos idiota, — bien examinada aquélla, se verá que la atonía y frialdad que supone en dicha entraña no son por cierto accidentes muy distintos de los inmediatos de la anemia celebral, que, no sin razón, admite la clínica moderna como causa próxima ó alteración anatómico-fisiológica de algunas enfermedades ó fenómenos que en su curso se ofrecen. Multa renascentur.
3o6 TRATAMIENTO TERAPÉUTICO
tarlos, al látigo el gobernarlos y corregirlos. Las tradicionales gavias, de que yo he visto una conservada todavía en cierto manicomio, dichas también jaulas, porque, en efecto, no se diferenciaban de las que en las colecciones zoológicas encierran las fieras vivas, demasiadamente declaraban que á brutos indómitos y crueles habían de dar, más bien que estrecho albergue, prisión inquebrantable. Pues ¡qué mucho que Cervantes, padre amoroso y discreto de Don Quijote, no cometiese la violencia é insensatez de recluirle en una casa de orates! Esto pudo hacerlo aquel otro padre descastado é imprudente con el hijo, en hora menguada engendrado, y por él nunca reconocido ante el público, como si de contrabando fuese; con el zascandil, digo, cuyas necedades y demasías escandalizaron al mundo, confirmándole por astilla de tan ruin palo. Encerrar al Hidalgo no hubiera sido entonces curarle, que es lo que se propuso Cervantes con mejor sentido estético, para que la regeneración mental del héroe fuese digno epílogo de su hermosa historia, y su abjuración solemne en el supremo trance el- golpe de gracia á la ya derribada y malherida literatura caballeresca.
La quema de los libros, el tapiar la estancia que los contenía , y el cuento del encantador enemigo que se los llevó, fué un recurso indirecto y tardío ; y el cuidar y casi nunca contradecir á Don Quijote, mientras estuvo en su casa después de la primera salida, un tratamiento expectante, si este sustantivo y este adjetivo no se excluyen recíprocamente. La ineficacia de entrambos partidos demostróla pronto el animoso Hidalgo escapándose á nuevas aventuras.
Comprendiendo, pues , el Cura y el Barbero la necesidad de poner por obra un plan directo y activo, salieron en busca de Don Quijote, en la dirección que juzgaron habría llevado; y por el camino fueron tomando lengua de su paradero hasta dar con él en Sierra Morena , desde donde trataron de volverle á su aldea,
QUE SE USÓ CON DON QUIJOTE. DOJ
procurando que les siguiese á buenas, como lo lograron; primero, sin hacerle fuerza, antes de su grado y con anhelo de acorrer á la despojada reina Micomicona; luego, por sorpresa y sin resistencia, gracias á la socorrida intervención de mal encubiertos encantadores, que, en premio de dejarse acarrear, convicto de encantamiento y metido en una jaula , prometiéronle arrullos de la candida paloma del Toboso. Sin tales expedientes, que les deparó la casualidad y ellos aprovecharon con astucia , es indudable que el loco, desoyendo consejos, persuasiones y súplicas, en el momento crítico habría puesto pies en pared, ó, cuando menos lo pensaran , porque creyeran tenerle más cogido, se habría hecho escurridizo y dejádoles á oscuras.
Quiero suponer ahora que en lugar de tratarle blandamente , hubiesen usado de violencia , valiéndose de los mismos cuadrilleros que traían orden de prenderle, y no lo intentaron, convencidos por el Cura , quizás con alguno de aquellos argumentos poderosos á quebrantar peñas. Pues bien, al entender nuestro he'roe que los ministriles que le echaban las manos eran de la Santa Hermandad vieja de Toledo, montado en cólera y encendido de coraje, sin duda á los tales , y quie'n sabe si igualmente á todos los vecinos de la imperial ciudad, como don Diego Ordóñez de Lara á los zamoranos que acogieron á Bellido, habría llamado de fementidos y traidores, y retádoles á ellos y á sus abuelos, y á los panes con que se alimentaban y á las aguas que bebían. Peor aun que, reprimida por el pronto la ira, y acumulada en el seno, al estallar luego con su natural vehemencia, le hubiese abalanzado á un paroxismo de exasperación y furor, que, con lo difícil de aplacar, trajera lo pernicioso para el curso y te'rmino de la vesania.
La suavidad y blandura con que á Don Quijote atrajeron sus amigos para que se amañase á seguirles, parecen vaciadas en la turquesa de la prudencia con que,
3o8 TRATAMIENTO TERAPÉUTICO
puesto en un empeño semejante , hubiera procedido todo alienista práctico.
En esta primera tentativa no hubo sino vislumbres de tratamiento moral de la monomanía por el juego délos semejantes. Aquél se empezó á practicar en regla después que el Cura y el Barbero se cercioraron de que el Hidalgo, al mes de restituido á su casa, descansado y repuesto ya, estaba tan loco como cuando le dieron alcance en la soledad de su caballeresca penitencia y casi dejadez de zoantropía. A ellos se agregó Sansón Carrasco, que acababa de granjear la amistad del Andante; y los tres constituyeron una especie de junta de familia, que acordó el plan de curación del común amigo, ó, á lo menos, un modo más eficaz de traerle de nuevo á su casa y obligarle buenamente á permanecer en ella largo tiempo, si, como ya lo tenían por inevitable , se les desgarraba la vez tercera para volver á las desventuradas aventuras. Hubo de ayudarles Carrasco con su buen entendimiento; y por su juventud, que no temía las fatigas, y por su ánimo, que no arredraban los peligros , fué naturalmente el brazo derecho de la junta. Pocas figuras tan simpáticas como la del Bachiller: ninguna más interesante en el concepto de amigo de Don Quijote, por quien sacrificó el reposo y expuso la vida.
Al ser presentado por Sancho al Hidalgo, púsose de rodillas y dijo: Déme vuestra grandeva las manos, señor Don Quijote de la Mancha; que, por el hábito de San Pedro que visto , aunque no tengo otras órdenes que las cuatro primeras , que es vuesa merced uno de los más famosos caballeros andantes que ha habido, ni aun habrá en toda la redondea de la tierra. No sé si tales palabras fueron dictadas simplemente por la índole maliciosa del Bachiller, socarrón y amigo además de donaires y burlas, como me inclino á creerlo; si ya en ellas despuntaba un propósito, que luego comunicó con sus compañeros; ó si respondían á indicaciones vagas que le hubiesen hecho en una previa é ignorada confe-
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rencia. Pero lo que no deja duda acerca de este particular es, que , declarándole Don Quijote su intento de hacer de allí á tres ó cuatro días otra salida, Carrasco le contestó que era su parecer que fuese al reino de Aragón, y á la ciudad de Zaragoza , adonde se habían de hacer unas solemnísimas justas por la fiesta de San Jorge, en las cuales podría ganar fama sobre todos los caballeros aragoneses , que sería ganarla sobre todos los del mundo; porque, al hablar así, metiendo el acicate á la vanidad del Andante , mostró obedecer á un plan concebido de antemano , cuyas peligrosas consecuencias trataba de prevenir moderando el arrojamiento del consejo con las reflexiones de la prudencia. En prueba de lo cual, acto continuo alabóle ser honradísima y valentísima su determinación , y advirtióle que anduviese más atentado en acometer los peligros, d causa que su vida no era suya , sino de todos aquellos que le habían de menester, para que los amparase y socorriese en sus desventuras.
Desde entonces ya no dijo razón el Bachiller, por la que no se trasluciese el fin á que derecha y decididamente se encaminaba. A su casa llegó el Ama apesadumbrada; y, viéndola él que se dejaba caer á sus pies, trasudando y llena de congoja , empezó un diálogo chispeante de gracia como pocos. — ¿Qué es esto, señora Ama l ¿ Qué le ha acontecido , que parece que se le quiere arrancar el alma? — -Vo es nada, señor Sansón mío, sino que mi amo se sale; sálese, sin duda. — Y ¿por dónde se sale , señora? ¿hásele roto alguna parte de su cuerpo? — No se sale sino por la puerta de su locura: quiero decir, señor Bachiller de mi ánima, que quiere salir otra ve\ (que con ésta será la tercera) á buscar por ese mundo lo que él llama aventuras ; que yo no puedo entender cómo les da ese nombre.... — .... En efecto, señora Ama, ¿no hay otra cosa, ni ha sucedido otro desmán alguno, sino el que se teme que quiere hacer el señor Don Quijote? — .Yo, señor. — Pues no tenga pena,
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sino vayase en hora buena á su casa , y téngame aderezado de almorzar alguna cosa caliente, y de camino vaya redando la oración de Santa Apolonia, si es que la sabe; que yo iré luego allá, y verá maravillas. — ¡Cuitada de mí ! ¿la oración de Santa Apolonia dice vuesa merced que rece? Eso fuera si mi amo lo hubiera de las muelas ; pero no lo ha sino de los cascos. — Yo sé lo que digo, señora Ama: vayase y no se ponga d disputar conmigo, pues sabe que soy bachiller por Salamanca, que no hay más que bachillear. Si esta frescura puso en confusión y desaliento á la buena Ama, estupefacta y lela debió de dejarla el enfático saludo con que después sazonó Carrasco el abrazo que dio á Don Quijote: / Oh flor de la andante caballería ! ¡ oh luf resplandeciente de las armas! ¡oh honor y espejo de la nación española! ¡plega d Dios Todopoderoso, donde más largamente se contiene, que la persona ó personas que pusieren impedimento y estorbaren tu tercera salida , que no la hallen en el laberinto de sus deseos, ni jamás se les cumpla lo que más desearen! Y, como si esta retumbante humorada no bastase , añadió con no menos vana y ridicula altilocuencia: Bien puede, señora Ama, no re^ar más la oración de Santa Apolonia; que yo sé que es determinación precisa de las esferas que el señor Don Quijote vuelva á ejecutar sus antiguos y nuevos pensamientos; y yo encargaría mucho mi conciencia , si no instigase y persuadiese d este caballero que no tenga más tiempo encogida y detenida la fuerza de su valeroso bra\o y la bondad de su ánimo valentísimo , porque defrauda con su tardanza el derecho de los tuertos , el amparo de los huérfanos , la honra de las doncellas, el favor de las viudas y el arrimo de las casadas , y otras cosas destejae^, que tocan, atañen, dependen y son anejas á la Orden de la caballería andante. Ea, señor Don Quijote mío , hermoso y bravo, antes hoy que mañana se ponga vuesamercedy su gran rocín en camino; y si alguna cosa faltare para ponerlo en ejecución,
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aquí estoy yo para suplirla con mi persona y hacienda ; y si fuere necesidad servir á su magnificencia de escudero , lo tendré d felicísima ventura.
Tres días después, al anochecer, Don Quijote y Sancho se pusieron en camino del Toboso , sin que los viese nadie masque Carrasco, que les acompañó media legua del lugar; y allí se despidieron abrazando el Bachiller al Andante, y suplicándole le avisase de su buena ó mala suerte, para alegrarse con la una ó entristecerse con la otra.
Alea iacta est hubiera exclamado , al verles partir, un erudito, que estuviese al tanto del enredo. Don Quijote pasaba el Rubicón , allende el cual había de hallar sucesivamente la más lisonjera aventura, su mayor victoria, la más negra desgracia, y, en justa compensación de ella y premio de sus virtudes, el mayor triunfo, la mayor felicidad que podía caberle en la tierra.
El plan es bien manifiesto, y está ya en vía de ejecución: tratamiento del semejante por el semejante; de la caballería por la caballería : tan genuino y directo, que tiene cierta apariencia del conocido procedimiento de profilaxis isopática. El fin inmediato, como se ha declarado otras veces, es reducir á Don Quijote á que se esté quieto y sosegado en su casa dos ó más años; en cuyo tiempo podrá ser que se le olviden sus vanidades, ó se halle algún remedio á la dolencia que le fatiga. Acordado en la consulta del Cura , el Barbero y el Bachiller, éste toma sobre sí el llevarlo á efecto, y, en vez de atrancar las puertas de la locura por donde amagaba salirse Don Quijote, ábreselas de par en par, y empújale para echarle afuera : primer paso para la realización del ulterior designio, que es ir en demanda del Andante para traerle á un lance forzoso, como se trae el toro á la suerte final de la lidia. Mete fuego á los deseos que al Caballero agitan de aventuras y gloriosos hechos, levanta su nombre y fama al quinto cielo, y déjale entrever una muy oportuna ocasión para sobresalir entre los
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más famosos caballeros del mundo. Tanto sale en todo esto el propósito de poner los semejantes en juego, que á quien así no lo vea parecerá que en el de la locura puede Carrasco dar quince y falta á Don Quijote. Que es un me'todo curativo éste aplicable á pocos casos, y
en todos no ya peligroso, sino arriesgado ¡Vaya!
¿ quién lo duda? es herir por los mismos filos, corriendo el albur de que resulte insanable ó mortal la herida. Por esto lo he calificado de heroico. ¡ Punible audacia el usarlo sin gran discernimiento y cautela! Sus inconvenientes, no obstante, se contrapesan con sus ventajas, que tal vez son superiores á las de otros métodos, y los resultados, raros , portentosos , fuera de toda fundada esperanza.
Pronto sale al encuentro de Don Quijote el Caballero del Bosque ó de los Espejos, y por primer saludo le tira dos estocadas, que si, como son morales, fueran de espada de hoja y punta, bastaran á hacerle exhalar por las heridas el postrer aliento: golpes certeros á su honra y á la fama de la señora de su alma : á dos ideas culminantes de la vidriosa y levantisca monomanía. Cuéntale que el destino, ó, por mejor decir, la elección le trajo á enamorarse de la sin par Casildea de Vandalia ; quien ha pagado los buenos pensamientos y comedidos deseos que le animan, con ocuparle en muchos y diversos peligros, y últimamente me ha mandado que discurra por todas las provincias de España , y haga confesar á todos los andantes caballeros que por ella vagaren, que ella sola es la más aventajada en hermosura de cuantas hoy viven , y que soy el más valiente y el más bien enamorado caballero del orbe; en cuya demanda he andado ya la mayor parte de España, y en ella he vencido muchos caballeros que se han atrevido á contradecirme ; pero de lo que yo más me precio y ufano es de haber vencido en singular batalla á aquel tan famoso caballero, Don Quijote de la Mancha, y héchole confesar que es más hermosa mi Casildea que
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su Dulcinea ; y en sólo este vencimiento hago cuenta que he vencido d todos los caballeros del mundo. Arrogancia contra arrogancia, fantasía contra fantasía, delirio contra delirio ; aplicación atrevida y resuelta del principio terapéutico. Por de contado, nuestro caballero tiene el mentís en el pico de la lengua, mas se reporta y ciñe á poner en duda que le haya vencido á él, alegando que pudo ser á otro que se le pareciese; pero replícale el de los Espejos: ¿Cómo no? Por el cielo que nos cubre , que peleé con Don Quijote , y le vencí y rendí: jaque del que ya no puede librarse el de la Mancha sino llegando á las manos, porque huir, harto se le alcanza al del Bosque que no lo hará, y con esta certidumbre le ha presentado la batalla. Apréstase Don Quijote para sustentar con las armas que él no fué el rendido sino otro, transformado por los encantadores; y, aceptado por el de los Espejos el reto, recalcándose en que, si pudo vencerle en esta disposición , bien puede esperar rendirle en su propio ser; pelean en singular combate, cuyo éxito ya se sabe. Derribado y medio muerto el del Bosque , aunque convertido á los ojos de Don Quijote, por magia de los hechiceros, en el mismísimo Sansón Carrasco, ha de confesar que Dulcinea se aventaja á Casildea, y prometer que á ella se presentará en el Toboso, para que haga de él lo que más en talante le viniere. La obligación del vencimiento para Don Quijote, es decir, la indicación terapéutica, hubiera sido quedar á voluntad del Bachiller, que no había de cumplir sino la de la consulta, que era, según queda dicho, mandarle volver pie atrás para que lo metiese en su casa, y no lo sacase en dos ó más años.
Es ley fisiológico-patológica , que, si la medicación por los semejantes no alcanza á abatir y aniquilar de luego á luego la enfermedad, ésta recrece y toma casi siempre un muy alto vuelo. Que de tal ley no estaba fuera el Andante, bien lo manifiesta su historiador cuando, después del acaecimiento referido, dice: En
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extremo contento, ufano y vanaglorioso iba Don Quijote , por haber alcanzado vitoria de tan valiente caballero, como él se imaginaba que era el de los Espejos; y en otra parte : con la alegría , contento y ufanidad que se ha dicho, seguía Don Quijote su jornada, imaginándose, por la pasada vitoria, ser el caballero andandante más valiente que tenía en aquella edad el mundo. Pero el encrudecerse una dolencia por la acción de los remedios que propina el tratamiento de los semejantes, no es razón para desistir de él y subrogarle con otro, dado que subsistan las indicaciones que determinaron á ponerle eri práctica. Así lo dicta el criterio clínico. Así también hubo de juzgarlo Carrasco, qjuizás pidiendo al Cura y al Barbero dictamen, y con éste confirmando el suyo , pues persistió en el designio de reducir á Don Quijote haciendo armas con él, y solamente difirió su ejecución para una coyuntura propicia. Como quiera , no parece sino que todos tiraban á poner en observancia aquel precepto de la escuela griega, que, en forma de aforismo, se contiene en la Colección Hipocrática, y dispone que cuando en un tratamiento curativo se obra estrictamente según razón, y los resultados no son los que , conforme á ésta , eran de esperar, no se haga novedad mientras el motivo de la primera determinación subsista*; famoso aforismo que ha sido materia de acalorados debates; que puso un día en vivo movimiento muy diestras y eruditas plumas ; que sin duda invocaban á menudo y con mucha prosopopeya los médicos de aquella época; pero del que acaso ni noticia tenían los tres amigos del Manchego, con ser el uno licenciado por Sigüenza, el otro bachillereado en Salamanca, y poseer el tercero una más que veintenaria carta de examen del oficio barberil.
* Cuín quis omnia recta ratione facit , ñeque tamen pro ratione succeiit, non est ad aliud progreiendium, si manet quod ab initio visum est.
Hippocratis Aphorismi, sección II, aforismo. 52.
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La coyuntura se ofreció á Carrasco, y con ella su desquite, en la playa de Barcelona, campeando bajo el nombre de Caballero de la Blanca Luna. Desafiado y vencido Don Quijote, pidió la muerte, preferible para e'l á vivir sin honra y á contemplar sin defensa la hermosura de Dulcinea.
Con las últimas palabras de aquella desesperada lamentación que exhaló al verse caído y bajo el acero de su contendor, sobradamente declaró que su infortunio le arrancaba el alma: aprieta, caballero, la latida, y quítame la vida , pues me lias quitado la honra. ¡ Oh ! ¡cómo sintió el de la Blanca Luna el atroz martirio del Hidalgo! Eso no haré yo por cierto, le dijo; viva, viva en su entereza la fama de la hermosura de la señora Dulcinea del Toboso; que sólo me contento con que el gran Don Quijote se retire á su lugar un año, ó hasta el tiempo que por mí le fuere mandado, como concertamos antes de entrar en esta .batalla. ¡Incomparable rasgo, no de magnanimidad, sino de discreción y tiento de quien, animoso y compasivo, se jugó la vida por salvar la de su amigo, midiendo con él sus armas para vencerle no, sí para ver de curarle! El que peleó por postergar á Dulcinea , victoréala proclamando su hermosura; el que rindió á Don Quijote, levántale y ensálzale apellidándole grande ; el que infirió la herida, cátala con el único bálsamo de virtud poderosa para atajar su estrago. Tales correctivos pedía la violencia del tratamiento moral , bien así como el dolor del cauterio candente reclama la inmediata aplicación de un repercusivo anodino. Esto, tocante á lo clínico, pues , respecto de lo literario, á las personas de buen gusto remito el decidir si no es una gran belleza la que avalora el final de la patética escena del vencimiento de nuestro Hidalgo, tan atormentado como valeroso, tan noblemente altivo en la desgracia como apacible y benigno en la próspera fortuna.
Luego volvió éste á encerrarse en su casa , para no
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salir de ella sino en el ataúd. No se equivocaron los que antevieron que, aceptada la condición del combate, cumpliríala religiosamente, á fuer de caballero. Llevaron hasta el cabo el método homeopático, que , si no tuvo al punto el éxito mejor, el de todos apetecido, aunque no esperado de ninguno, ó sea la curación de la monomanía; á lo menos moderó sus síntomas, contuvo su curso, y, conmoviéndola hondamente, facilitó una transformación no tardía, que preparó y dio impulso al restablecimiento completo y ejemplar del enfermo.
Ya, á pocas jornadas, cuando caminaban amo y mozo para su aldea, según refiere el cronista, apeáronse en un mesón , que por tal le reconoció Don Quijote , y no por castillo de cava honda, torres, rastrillos y puente levadiza; que , después que le vencieron, con más juicio en todas las cosas discurría. A don Alvaro Tarfe cuenta que pasó «á Barcelona, archivo de la cortesía, «albergue de los extranjeros , hospital de los pobres, «patria de los valientes, venganza de los ofendidos » y correspondencia grata de firmes amistades, y, en »sitio y en belleza, única;» y aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, sólo por haberla visto. Encomio, lo primero, que los barceloneses debiéramos esculpir con letras de oro en alguno de los lugares más frecuentados de esta ciudad , no tanto por lo que satisface al amor propio, cuanto por lo que obliga la advertencia que tácitamente nos hace, enderezada á la conservación y acrecentamiento de nuestro buen nombre. Indicio claro, lo segundo, de cómo, recobrando su energía fisiológica la sensibilidad moral del Caballero, sobrepujaba y reprimía las aberraciones del entendimiento; porque la verdad es que esto no pudo decirlo sino un loco cuyo delirio flaqueaba ya mucho.
También, por lo mismo, pudo el escudero, al descubrir su aldea, hacer aquel apostrofe que cautiva el cora-
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zón y llega al alma por la ternura del sentimiento y la alteza del concepto: Ábrelos ojos, deseada patria, y
mira que vuelve á ti Sancho Pan^a , tu hijo Abre
los bracos , y recibe también d tu hijo Don Quijote; que, si viene vencido de los bracos ajenos, viene vencedor de sí mismo, que, según él me ha dicho, es el mayor vencimiento que desearse puede ; con que, demás de aplicar muy atinadamente la filosofía que había aprendido, significaba á su manera la saludable reacción psíquica del Hidalgo, resultado inmediato y casi decisivo del procedimiento terapéutico.
Con tal sagacidad y perseverancia se usó, en la curación de Don Quijote, el método homeopático psíquico. ¿Podrá ello servir de pauta para otros casos semejantes? Dejando aparte las dificultades inherentes á la ejecución de un plan terapéutico de esta especie, y la rareza de que ofrezca la práctica algún enfermo que para él dé asidero, dudo mucho de que el éxito fuese tan satisfactorio, á menos que , también por maravilla ó rareza, el procedimiento originase una pasión que se convirtiese en curativa, como del Caballero se ha escrito. Con todo esto, no cabe negar que fué luminosa la idea del tratamiento; que ella y su realización estuvieron conformes á los principios científicos, y se llevaron de grado en grado con mucho tino hasta el fin propuesto ; y, por último, que se expuso con verdad la serie de fenómenos propios de la bien imaginada intervención de un dolor moral profundamente melancólico, único capaz, por su carácter deprimente y negativo, de borrar el exaltante y afirmativo déla monomanía: pensamiento que, como lo celebra la ciencia, ha de aplaudirlo el arte.
No creo que nadie haga buena en nuestros tiempos la queja del conocido hidalgo de Argos á sus amigos, porque , sanándole de su monomanía teatral , le habían dado, no vida, sino muerte, desvaneciendo el engaño con que tan extravagante delirio le henchía de felicidad
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y transportaba de gusto *. Pero quizás no faltará quien ponga en cuestión la prudencia , oportunidad y buen éxito del plan curativo usado con Don Quijote, objetando que en mal hora se le sacó del campo de las aventuras, donde respiraba el aura confortante de la gloria, por más que fuese imaginaria, para llevarle al retiro angustioso de una vida vulgar y atosigada con recuerdos crueles; que en mal hora se le obligó á descender de un cielo de esperanzas , donde con placidez inefable vagaba su espíritu , para hundirle en el abismo de la melancolía, que, confundiendo el entendimiento y aletargando el corazón , acabó de quebrantar el organismo, y le produjo la enfermedad postrera. ¡Valiente método terapéutico, que, por entre mejorías relativas y metamorfosis engañosas, lleva al sepulcro!... ¿Merece la pena el desatar este argumento?... ¡Ah! vida sin uso de razón es muerte... Una tumba de tierra antes que la tumba moral de una reclusión y aislamiento perpetuos... i Oh, sí; primero el cementerio que el manicomio! Los hombres de todas condiciones, estados y tiempos si, como Don Quijote, adolecieren, bendecirán siempre la mano , cualquier que fuere el camino por donde los saque de la tenebrosidad de la locura al sol de la razón, que los alumbre para volver á mirar al cielo, y morir en el amor y temor de Dios , alentados con el cordial de la esperanza. Si alguno tal no hiciere , con sólo esto demasiadamente dará á entender que tiene todavía el celebro derrumbado.
Nadie hizo por el Hidalgo lo que Carrasco, á pesar de haber entrado en ello con tan mal pie, que bastaba para retraerle de seguir adelante. Sin que le valieran la diligencia y trabajo que puso en la ejecución de su pro-* yecto , al primer encuentro tuvo azar, pues, conten-
Pol, me occidistis, amici; Non servastis, ait, cui sic extorta voluptas, Et demptus per vim mentís gratissimus error. Horatii, Epístola II: libro II, vers. 138-140.
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diendo con el infeliz cuanto querido amigo, las cañas se le volvieron lanzas; y bien libró por cierto pagando con sólo dolor de las costillas el ardimiento que encendió en su pecho la generosidad engañada por una confianza excesiva.
Sazón es e'sta de decir algunas claridades, por más que choquen. Personas movidas á lástima de los enajenados , se ven muchas; dispuestas á sufrirlos y por ellos sacrificarse, pocas. Para el común de las gentes los orates tienen mal cerca y no buen lejos, y la locura una como potencia repulsiva. Las más están resabiadas de la vetusta preocupación, qtie aconsejaba huir de todos los locos indistintamente, como de malas alimañas. Nadie diría cuan frecuentemente la locura de un individuo afloja á la larga el nudo de cariño con que están atados á él sus deudos. Es una enfermedad de la que, repito otra vez , se avergüenzan casi todos los que la han padecido , y tambie'n los suyos , en tanto que ellos adolecen , y hasta después que se han curado. Al loco todo el mundo le da calle, escuchando la voz de nuestro adagio; porque aun ahora, á últimos del siglo xix, no siendo de nadie ignorada la universalmente aplaudida reforma, española por su origen, del tratamiento de los orates, y cuánto ha mejorado con ella su condición moral y física ; personas instruidas y de buen criterio creen, según queda dicho , que no los hay que hablen concertadamente, trabajen, lean, escriban, recen, se diviertan y muestren en varios actos más sensatez y orden que muchos cuerdos, sino que todos, cuál más, cuál menos, huelgan, desatinan, vociferan, blasfeman, insultan, riñen y maltratan.
Esta creencia, muy arraigada en tiempo de Carrasco, era más que suficiente para disuadirle de acometer, por temeraria, la empresa de habérselas con un loco, que, sobre serlo, iba armado con espada y lanza; pero, á pesar de todo, él se metió en ella con la facilidad que dan los años pocos , la audacia que la traviesa vida estu-
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•diantil infunde, y la abnegación sublime que la caridad inspira ; sin considerar que , si bien Don Quijote , en sus momentos de lucidez, era de condición apacible y mansa , teníala á veces tan colérica y dañina en los de delirio, que, por sólo haberle tocado las armas que estaba velando , abrió de una lanzada la cabeza á dos arrieros; y, por querer libertar á unas damas, rompió de un mandoble los cascos al escudero que no pretendía sino ir con ellas su camino adelante. Aquel cantar del Bachiller en el bosque un soneto de rendido enamorado; aquel plañir el rigor de la supuesta descontentadiza amante; aquel enumerar, en el coloquio con el Hidalgo, los desemejables trabajos que le había encomendado su dama; señales inequívocas eran del buen humor y corazón alegre con que iba á ser en batalla con el Caballero, á quien no aquedaban valientes ni ponían miedo leones. ¡Malaventurado!, que, como dice el historiador, no halló nidos donde pensó hallar pájaros. Por culpa de su caballón, insensible á las espoladas, vino al suelo tan maltrecho, que dio señales de estar muerto , y á milagro pudo tener que no le matara Don Quijote. Las reflexiones que el fingido escudero Tomé Cecial le hizo luego, acertaron al blanco déla realidad, y argüyeron que veía mucho más allá de sus narices, con ser postizas y descomunales; pero también acabaron de realzar indirectamente el denuedo del Bachiller, que en tanto riesgo se puso para prestar al desdichado amigo el servicio que perentoriamente necesitaba. Por cierto, señor Sansón Carrasco, que tenemos nuestro merecido: con facilidad se piensa y se acomete una empresa, pero con dificultad las más veces se sale della. Don Quijote loco, nosotros cuerdos; él se va sano y riendo, vuesa merced queda molido y triste. Sepamos , pues, ahora cuál es más loco : ¿el que lo es por no poder menos, ó el que lo es por su voluntad? En la pregunta se contiene virtualmente la respuesta: Tomé representa aquí el movedizo juicio humano, que al buen éxito
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llama discreción y al infortunio locura ; de donde tantos he'roes de lance y tantos temerarios de casta como á las páginas de la Historia dan, ora resplandor, ora oscuridad de fantasmagoría. Los latinos no se andaban en averiguaciones, antes, entendiendo que la razón es de los que ganan , y que los perdidosos han de pagar con la cabeza ó la fama culpas ó desaciertos propios y ajenos, decían siempre con frialdad estoica: ; vae victis !
Para otra consideración da pie el mal paso del Bachiller ; quien , al declararle Cecial su voluntad de irse á su casa , le respondió : Eso os cumple ; porque pensar que yo he de volver á la mía hasta haber molido á palos á Don Quijote, es pensar en lo excusado,' y no me llevará ahora á buscarle el deseo de que cobre su juicio , sino el de la venganza ; que el dolor grande de mis costillas no me deja hacer más piadosos discursos. Ni los hace nadie, en el primer pronto de la ira ó enojo al recibir injuria de hecho, ni siquiera de palabra, de un loco , á menos que una paciencia de seráfico y una caridad de mínimo refrenen sus ímpetus más naturales , y enardezcan su anhelo de aquel sufrimiento con que el cristiano se aplace , engrandece y santifica. ¡ Cuántos ejemplos no he visto yo de estas virtudes! Todos debiéramos tenerlas y practicarlas los que á orates asistimos; porque es mucho más arduo que parece el contenerse en los límites de la- mansedumbre, y no ver en el loco que abofetea ó baldona , un enfermo que delira , sino un sano que afrenta. De mí estoy cierto que sólo Dios me ha dado conformidad y fortaleza para sufrir al orate que me ha escupido al rostro. Quien así no lo confiesa, es que no dice lo que siente; quien no lo siente, es que agua y no sangre tiene en las venas; quien no ha recibido ultraje de algún loco , es que nunca los ha cuidado ; quien no sabe sufrirlo, es que no sirve para el oficio. Por fortuna, la voz del deber llama instantáneamente á la reflexión y á la calma ; y entre la ofensa
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y el olvido no media el tiempo que gasta el minutero en dar una vuelta á su círculo.
Bastante más le duró el enojo á Sansón, porque después que llegó al pueblo donde tuvo la ventura de hallar un algebrista que le curara, todavía continuó imaginando su venganza. Ésta , sin embargo, no cabía en un pecho tan noble, y 'menos llenándolo el deseo, que nunca le faltó, de sacar de las malandanzas al mísero enajenado.
Así lo acredita toda la historia del hecho , y lo declaró el mismo Bachiller en la explicación lacónica y modesta, pero preciosa y digna de recuerdo, con que satisfizo la curiosidad de don Antonio Moreno, que, despue's del suceso de la playa , le siguió á la ciudad para conocerle y preguntarle. En su relato se ve cuánto sobresalió Carrasco en el empeño de sacar al Hidalgo de su miseria : Soy del mesmo lugar de Don Quijote de la Mancha, cuya locura y sande^ mueve á que le tengamos lástima todos cuantos le conocemos, y entre de los que más se la han tenido, uno he sido yo. Muestra como se tuvo muy en cuidado el reducir á obediencia al Andante con el exquisito miramiento que el afecto del mejor amigo y la infelicidad del enfermo demandaban; es decir, con la decisión y pulso, mezcla de energía y delicadeza, conforme al clásico precepto suaviter in modo, fortiter in re, con que procedió en la parte principal y más peligrosa del plan terapéutico ; pues refiere que le desafió con intención de pelear con él y vencerle, sin hacerle daño. Al contar su pasada derrota, señala y aunque sin jactancia, hasta dónde llegó su sacrificio, medida fiel de su cariño : porque él me venció á mí y me derribó del caballo, y así, no tuvo efecto mi pensamiento; él prosiguió su camino, y yo me volví vencido, corrido y molido de la caída, que fué además peligrosa; pero no por esto se me quitó el deseo de volver á buscarle y á vencerle, como hoy se ha visto. Y, porque está en todo, termina haciendo una prevención muy esencial, sin la
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que podría desbaratarse el proyecto tan á buen punto traído ya, y, por consecuencia, no habría forma de cumplir las ulteriores indicaciones del tratamiento: suplicóos no me descubráis , ni le digáis á Don Quijote quién soy, porque tengan efecto los buenos pensamientos míos, y vuelva á cobrar su juicio un hombre que le tiene bonísimo , como le dejen las sandeces de la caballería.
Ahora bien , no podía menos de ser que el Caballero de la Blanca Luna desmintiese con su magnanimidad la ojeriza del de los Espejos. En el desafío con Don Quijote, dio con él y su jamelgo por el suelo, sin tocar con la lanza al enemigo por amigo, antes levantándola , al parecer, de propósito.
Aun dejado aparte el quejido como.de agonizante del Caballero , nada más estético que la catástrofe de este poema. El Bachiller rinde á su voluntad al loco con la menor violencia posible, con la absolutamente precisa, sin derramar una gota de su sangre, conteniendo la mano , y llevando por delante el respeto al desventurado hasta donde lo permite el procedimiento de represión que el caso por fatal necesidad exige. Don Quijote cae en una de las nobles justas en que con el vencimiento se puede perder la vida, mas no la honra, ni el prez y renombre que por sólo entrar en la acción se ganan. No le derriba falta de valor ni de destreza en el manejo de las armas, sino el paso perezoso de su rocín, que llega al tercio de la carrera cuando lleva andados ya dos el ligero caballo del contrario. A un tiempo miden el suelo Don Quijote y Rocinante; que mal hubiera parecido sobre los pies el caballo, y junto á él rendido el Caballero; cuya desgracia no podía menos de alcanzar al fiel amigo y constante compañero de sus empresas. La caída simultánea de entrambos es la pincelada más artística de la pintura que representa la derrota de la caballería andante ; la extinción de aquella locura epidémica que la pareja indisoluble del Caballero y del caballo simboliza.
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CAPITULO XXI.
REPAROS.
Entiendo que , después de lo dicho , á nadie quedará duda de que abunda el Don Quijote en primores del orden médico-psicológico, algunos, á la verdad, muy notables; si bien no me lisonjeo de haber descubierto todos los que contiene, antes temo que á mis investigaciones habrán escapado muchos. Sin embargo, como ya no fuera obra humana si hubiese alcanzado la perfección absoluta , ni Cervantes era hombre de ciencia sino de arte, paréceme que pueden oponérsele ciertos reparos , no tocantes á su pensamiento sino á tal cual pormenor de su ejecución , ni tampoco en el concepto literario sino exclusivamente en el científico , y menos todavía en lo especulativo que en lo práctico.
Lejos de mí la petulancia de discípulo necio y vanidoso que presume de haber cogido en renuncio á su maestro , pues nadie oye con más atención y fe que yo las lecciones de Cervantes en lo que por maestro le tengo , mas nó en una disciplina que ni él había estudiado, ni quizás abierto libro alguno que la enseñara. Puesto en mi caso, alguien preferiría tal vez pasar por alto las observaciones que voy á hacer, porque son pocas y no empañan el mérito de la novela ; pero yo no opino así, pues, sobre que la importancia ó el interés de las cosas no se gradúa por su número ó magnitud, creo que tampoco se menoscaba el valor de una obra poniéndole, á conciencia , alguna atildadura; y pienso, además , que también se aumenta su estimación por otra vía que la no siempre recta y á menudo sospechosa, cuando menos, de la alabanza omnímoda y absoluta.
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En las pruebas de mis reparos habré de ser algo prolijo, porque, sin una superabundancia de razones, sería injustificable la pretensión de afirmar que Cervantes, en algunos puntos de su historia, nojogró el acierto con que tanto realce dio á los demás: pretensión que, de seguro, no faltará quien tenga por atrevida ; pero yo procuraré satisfacerle conteniéndola en los límites de la verdad, respeto y modestia. Por otra parte, la exposición, aunque extensa, tendrá, á mi juicio, el atractivo de introducir en cierta manera al lector en el de pocos conocido mundo de los orates, donde, sobre encontrar materia de estudio y reflexión , podrá conocerlos en su vida íntima , es decir, por ciertas circunstancias ó caracteres y aun genialidades, que , sin tener relación directa ó necesaria con sus diferentes delirios, les dan un aspecto general, común á todos, una semejanza de familia, que no los distingue menos que sus particulares aprehensiones y errores, y, además, sirve sobre modo en lo clínico para calificarlos.
Hasta aquí, atenido siempre á la locura de Don Quijote, no me ha sido dado sino poner en cotejo con sus síntomas los de otros orates; pero desde ahora, cumplido ya mi principal propósito, podré campar con más holgura mencionando algunos fenómenos vesánicos, que bien lo merecen, ya por importantes , ya por curiosos; tal por raro, aunque característico ; cuál por omitido en los tratados de Medicina psicológica ; y casi todos, porque, ó no los ofreció, ó los contradijo la monomanía del Hidalgo; que, al fin, sería superfluo é impertinente cuanto yo explicase, si no viniese á parar en uno como estudio comparado.
En éste hallará quizás algún crítico, médico ó no médico, nuevos datos para ampliar el comentario doctrinal de la novela; y cuando, por ventura, así lo hiciese, pondría mi contentamiento á nivel con mi deseo.
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§ I. — SOBRE LA FRECUENCIA RELATIVA DE LAS ILUSIONES Y DE LAS ALUCINACIONES, Y SOBRE LA MUDANZA DE ELLAS Y DE LOS CONCEPTOS DELIRANTES.
El fenómeno sensorio casi exclusivo de la monomanía de Don Quijote es la ilusión ; y digo casi exclusivo, porque á los principios de la dolencia hubo algunas alucinaciones, que no reaparecieron jamás; á saber, las que refirió la Sobrina sobre batallas en que andaba muchas veces su tío con gigantes ; y la del torneo en que le hallaron el Cura , el Barbero y el Ama cuando, suspendiendo el escrutinio de la librería, acudieron adonde estaba el Hidalgo, llamados por sus gritos. Sin duda estas alucinaciones lo fueron de la vista y una del tacto: así lo induce á creer la explicación que dio el Caballero de los actos descompuestos á que irresistiblemente le llevaron.
Ahora bien, en la locura, ya parcial, ya general, las ilusiones son raras , y, al contrario, las alucinaciones muy frecuentes. Por cada ilusionario cuéntanse cien alucinacionarios, y más: apelo al testimonio de todos los alienistas prácticos. A menudo la alucinación parece constituir por sí sola la vesania; y, aunque , si bien se considera, no es así, porque un error de sentido engendra por necesidad otro de concepto, y ambos se adunan para formar el delirio; sin embargo, el producto de estos dos factores , sensorio é intelectual, llámase locura alucinatoria : denominación ya admitida y corriente. Lo mismo puede decirse de la ilusión; pero el caso es, que vesanias alucinatorias , las he visto ya por cientos , pero pocas ó acaso ninguna ilusionatoria exclusivamente, á lo menos con los requisitos ó caracteres distintivos de una variedad bien marcada de la lo - cura sensoria. Otro tanto les habrá sucedido á mis colegas.
Si , invitados algunos á hacer muestra de sus conocimientos escribiendo ó trazando de fantasía, por juego
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de ingenio, en uno como certamen familiar ó humorístico, el retrato sintomático de un monómano, maniaco ú otro enajenado lúcido, entresacando del libro mental de la práctica propia los datos que les pareciesen pertinentes ; atribuirían al loco conceptos delirantes , tal vez peregrinos y admirables ; mostraríanle señoreado por una pasión exaltante ó depresiva, noble ó baja, digna de lástima ó de aborrecimiento; pondrían con mucho ahinco la mira á señalar la perversión del sentido moralj los extravagantes impulsos de la voluntad, quizás la pérdida de la memoria; y, finalmente, mencionarían otros varios fenómenos propios para fijar el carácter del imaginado caso clínico en términos, que todos pudiesen calificarlo de prototipo de la especie. Cierto estoy de que ninguno, á fuer de experimentado, omitiría alguna ó algunas alucinaciones, en particular del oído, por reputarlas como el síntoma que mejor acabala, redondea y distingue una forma psicopática; pero es muy posible que no hubiese quien añadiera una ilusión á la pintura, ya momentáneamente olvidado de este desvarío, por su rareza, ó ya temeroso de que holgara en ella , puesto que no por faltarle había de salir menos fiel ó no parecer trazada por el natural la representación del hecho. Bien sé que para algunos la ilusión y la alucinación son fenómenos idénticos en el fondo, ó manifestaciones diferentes de un mismo desorden de la sensibilidad, único en esencia; mas aun así, y prescindiendo ahora de lo erróneo de este parecer, nadie puede negar que la manifestación alucinacionaria prevalece imponderablemente sobre la ilusionaría.
De donde se infiere, en mi humilde sentir, que si los móviles inmediatos ó causas ocasionales de muchas locuras que cometió Don Quijote hubiesen sido, no ilusiones, como bien se puede decir que fueron casi siempre, ni, en rigor, implica que lo fuesen, sino alucinaciones ; en este particular, el médico-psicólogo más amante de la pureza, de su doctrina , más descontentadizo, quis-
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quilloso y exigente, no hallara un pero en toda la historia de la enfermedad mental del Manchego.
Uno, con todo, hay de mucha cuenta en otro respecto, y es la mudanza de las ilusiones y alucinaciones, pues nacen de los sucesos y con ellos mueren , exceptuada la ilusión del yelmo de Mambrino, que subsistió por algún tiempo tras la ganancia de la preciada joya. No pasa tal á los locos ; cuyos errores sensorios aparecen al par que las vesanias como síntomas muy característicos, y ciertamente por todo extremo tenaces. Las ilusiones y alucinaciones son fenómenos subjetivos: la realidad objetiva no las disipa ; tampoco las produce por sí sola ; para desvanecerlas no basta jamás, y para causarlas sólo da ocasión ó motivo indirecto. Pero, ya establecidas , perseveran. Ni hay orate que á cada acontecimiento tenga una nueva.
Síntoma á todas luces frenopático es el trueco de la personalidad, y, por lo mismo, me place verlo en la locura de Don Quijote ; mas no movedizo, temporal, fortuito, como el de la propia y ajena que ofreció el Hidalgo al principio de su dolencia, y que está oportuna y donosamente pintada con un vigoroso espíritu que admira. Sin embargo, en todo el curso del delirio no vuelve á parecer; y esto, entraña también una notable inverosimilitud, porque no se observa así en la práctica. Es un fenómeno, cuándo sensorio, cuándo intelectual, cuya persistencia allá se va con la de los demás elementales de entrambas formas. El orate que lo tuvo una vez, lo retiene siempre, con raras excepciones.
La tenacidad de los conceptos delirantes es mayor en la monomanía que en todas las demás vesanias ; y con mucha propiedad se llama idea fija la constitutiva de aquella, pues se hinca y clava, por decirlo así, con tanta fuerza en el celebro del enfermo, que difícilmente se logra arrancarla , cualesquiera que sean los medios terape'uticos que para ello se usen. Con buen éxito á veces se combaten las muchas y heterogéneas ideas del
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maniaco; casi jamás la única del monómano. Consejos, argumentos , todos los testimonios en que se funda el
criterio; nada la conmueve ni la represión moral,
ni el dolor físico. Dígalo, si no, la inanidad de las tentativas de Leuret, que sobre estos recursos extremos quiso establecer un método curativo, aunque filosófico en la teoría, infeliz en la práctica; sólo capaz de que, en un momento de angustia y desesperación, provocadas por el terrible golpe del chorro impetuoso y glacial ó la insoportable quemazón del cáustico, mienta el orate retractaciones de errores ó promesas de cordura, como la que un poeta de alma ardiente, aunque no muy piadosa, al parecer, estando loco, remedó con amarga ironía en estos versos :
¡Sous la douche de glace et le moxa de feu, Je te proclamerai, Seigneur, le juste Dieu !
Inmóvil, enérgica, implacable, avasalladora de todo el sistema psíquico la idea fija , un río correrá álveo arriba primero que ella flaquee en el combate , ni ceda un ápice de su despótico dominio. Tal vez, en propicia coyuntura , halagado el monomaniaco , engreído con la alabanza, satisfecho en sus deseos, una mano mañosa le llevará momentáneamente al* camino de la razón ; mas, siquiera puesto en él, debajo de su aquiescencia, sosiego y actos de cordura, no dejará el alienista experto de ver aún preponderante y altiva la monomanía; bien así como acaso por entre las facciones del tifódico lúcido distingue el médico práctico los vestigios del delirio extinto , y divisa el amago de la nueva explosión próxima.
No hay que añadir que las convicciones del monomaniaco, resultantes de la idea ó ideas sobre las cuales gira su aberración, son inquebrantables; tan firmes aquéllas como tenaces éstas. Podrán contenerse, y, en efecto, con blandura, cariño, la aplicación al trabajo, el aliciente de distracciones y premios y los demás
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arbitrios del tratamiento moral , casi siempre se contienen los ímpetus del orate ; con tino y mucha perseverancia se logrará moderar su carácter , inspirarle confianza, afecto , hasta amistad y tal vez adhesión viva á los que le cuidan ; reducirle , en fin , á los términos de una cordura relativa ; pero por milagro se recabará de él que vaya abiertamente de buen grado contra las ideas, aprehensiones, temores, deseos, gustos, tendencias, propósitos ó cualquiera de los desvarios que dan forma ó como realidad corpórea á la tema de su locura.
Lo mismo, sin atenuar el menor concepto, se ha de entender de los ilusiónanos y alucinacionarios, que, en punto á sus sensaciones perturbadas ó pervertidas, podrían no sin razón llamarse igualmente monomaniacos. Y ¿quién se extrañará de verles tan aferrados á los errores de su delirio , si éstos les vienen por el testimonio de los sentidos, que es el criterio de los criterios, ó digamos el más accesible á todo entendimiento , cuite ó inculto? ¿Quién se aviene á creer que lo que ha visto ú oído no sea una realidad que ha afectado su retina ó su tímpano? Antes se estregará los ojos, y se hurgará los oídos , y se tentará todo el cuerpo para cerciorarse de que está despierto y no dormido... antes dudará de su misma existencia.
En suma, para los que padecen monomanía, ilusiones ó alucinaciones, nadie dude de que persuasión y convencimiento, en contra de lo tocante á ellas, son palabras que están demás en el diccionario de la lengua.
Por esto me holgara yo de ver que Don Quijote , en todos los lances á que le arrojan sus ideas delirantes é ilusiones, porfía en seguir hasta el fin, contra viento y marea, el rumbo emprendido, obstinándose en juzgar por verdades aquellos errores , y queriendo con ahinco que por tales los tengan también los circunstantes; y no, como en algunas ocasiones, que la adversa fortuna, con el dolor moral de las ofensas ó el físico de los golpes, parece abrirle los ojos y ponerle en su acuerdo para
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que por su desgracia conozca su desatino, aunque solamente en parte, pues siempre lo excusa con la malquerencia de seres invisibles, de poder incontrastable, que, valiéndose de indignas artimañas, le han descaminado y traído el éxito infeliz de sus proezas. En todas ellas quisiera yo hallar al Caballero tan rehacio monomaniaco é ilusionarlo después del hecho como antes; siempre defendiendo con terquedad su sentir, jamás acomodándolo al ajeno; sin parar mientes en razones, ni siquiera en la realidad sensible de las cosas , aunque la representen obstáculos insuperables, contratiempos y derrotas ; que no hay loco de la misma especie que no parezca traer por divisa aquel reto tan famoso en la Historia: ¡Todos contra Nos, y Nos contra todos!
Hace muchos años que estuvo algunos en mi Manicomio un joven, que érala misma bondad: dócil, afable, fiel, pacato, piadoso, simpático en extremo ; el cual adolecía de melancolía con delirio, originada de la vivísima conmoción de espíritu y cuerpo que recibió viendo caer á sus pies, herido mortalmente por arma traidora, á su amo fugitivo , á quien , no sin mucho riesgo acompañaba, pues le quería con afecto de hijo. Acaeció este hecho, indigno aun de salvajes, en una de las revueltas que con dolor , escándalo y vergüenza de la gente de bien , han ensangrentado en varias épocas las calles de Barcelona. Era este suceso la tema de su delirio, á cuyas ideas peculiares agregábanse otras sobre los pecados de los hombres y el tremendo castigo que la justicia de Dios les reservaba. El sosiego de la vida manicómica, el cuidado y amor con que se asistía al pobre orate , calmaron después de algún tiempo sus accesos de agitación; y mis reflexiones , consuelos y halagos abriéronle el pecho á la esperanza de restablecimiento de la salud , y encariñáronle conmigo. Esto no obstante, á la proximidad de un aniversario de la sangrienta tragedia , comenzó á conturbarse de nuevo su espíritu , y , recreciendo el
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delirio , aunque entonces sin pasar los límites del sosiego, bulléronle en la imaginación ideas de trastornos y calamidades, y anuncióme con cierta solemnidad, para aquella nefasta fecha , una manifestación visible de la cólera divina. Había de oscurecerse el sol y quedar , por lo tanto, sumergida en tinieblas la tierra. En balde traté de desvanecer sus temores y tranquilizarle demostrándole la vaciedad del concepto que los causaba, pues á mis razonamientos opuso la certidumbre de su pronóstico, con el aire de inspiración , la firmeza de infalibilidad y la cuidadosa reserva de misterio con que suelen enunciar sus ideas los que padecen aberraciones mentales de carácter religioso. Viendo ya ser inútiles todas mis tentativas, ocurrióme hacer la última, por vía de experimento , que no con esperanza de buen éxito , y le propuse un partido para entrambos aceptable : si aquel día se oscurecía realmente el sol, yo confesaría de plano, sin reservas, ambajes ni subterfugios, haberme equivocado en mis impugnaciones, y reconocería la superioridad de su entendimiento con respecto al mío; de lo contrario, él había de convenir conmigo en que fué vano é ilusorio su fatal anuncio, y en que , al hacerlo , obedeció inconscientemente al impulso de la fantasía extraviada por un desorden vesánico. Al cielo remitimos la decisión de cuál de los dos , él ó yo, tenía vuelto el juicio. Quedamos, pues, concertados , y , no obstante , repetímos y ratificamos nuestro ajuste muchas veces hasta el aniversario , que caía en el último tercio de julio. Amaneció, al fin, sin nubes ni celajes , y el sol siguió toda su carrera, con el brillo que en la canícula deslumhra , y con tanto ardor como en el día memorable que Don Quijote entró en el campo de la caballería andante por el antiguo y conocido de Montiel. En mi visita matutina hice notar al orate el esplendor del astro y la limpidez de la atmósfera, pero él aplazó el extraordinario eclipse para más tarde ; en la de ésta me recalqué en la serenidad , ni un
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instante enturbiada por leve sombra, y él me replicó poco más ó menos como dijo el otro: aun hay sol en las bardas, exhortándome, fatídico que fatídico, á tener paciencia y observar bien, pues sin falta sucedería lo pronosticado. Vino la noche, que fué tan serena como el día. Al siguiente arremetí contra el infeliz delirante con el arma de mi forzosa argumentación: — El sol no se oscureció ayer; luego tú te engañaste — porque yo le tuteaba, como á los reclusos jóvenes á quienes estimo particularmente; — luego tu predicción fué hija de la fantasía perturbada; luego no es tu entendimiento el sano, sino el mío. No se aturrulló, sin embargo; antes redarguyendo con una seguridad candida, á fuer de frenopática, repuso que bien vio él palidecer algún tanto los rayos del sol ; que no negaba la posibilidad de que yo no lo hubiese advertido; pero que, en todo caso, si no acá , en otra parte de nuestro hemisferio , era certísimo haberse eclipsado aquel astro.
¿Quién podrá jamás averiguarse con un loco de esta casta? Pues de la misma son todos los monomaniacos, ilusiónanos y alucinacionarios. Mas no siempre Don Quijote.
Llega Sancho á él , que está sin movimiento en el suelo por el tremendo batacazo que acaba de dar acometiendo á los brazudos gigantes, y exclama: ; Válame Dios! ¿no le dije yo á vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento? Y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabera. De la del Caballero ha huido ya la ilusión. Calla, amigo Sancho, que las cosas de la guerra más que otras están sujetas á continua mudanza; cuanto más que yo pienso, y es así verdad , que aquel sabio Fristón, que me robó el aposento y los libros, ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas al cabo, al cabo han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.
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Entre el Andante y el caído y perniquebrado bachiller Alonso López, uno de los que acompañaban el cuerpo muerto, pasa este diálogo : — Y quiero que sepa vuestra reverencia que yo soy un caballero de la Mancha, llamado Don Quijote, y es mi oficio y ejercicio andar por el mundo enderezando tuertos y desfaciendo agravios.-^- No sé cómo puede ser eso de enderezar tuertos , pues á mí, de derecho, me habéis vuelto tuerto, dejándome una pierna quebrada , la cual no se verá derecha en todos los días de su vida; y el agravio que en mí habéis deshecho ha sido dejarme agraviado de manera, que me quedaré agraviado para siempre ; y harta desventura ha sido topar con vos, que vais buscando aventuras. — No todas las cosas suceden de un mismo modo: el daño estuvo, señor bachiller Alonso Lópe%, en venir, como veníades, de noche, vestidos con aquellas sobrepellices , con las hachas encendidas , redando, cubiertos de luto; que propiamente semejdbades cosa mala y del otro mundo ; y así, yo no pude dejar de cumplir con mi obligación acometiéndoos , y os acometiera aunque verdaderamente supiera que érades los mesmos satanases del infierno, que por tales os juagué y tuve sin duda. Y, al despedirle , le encargó que siguiese la derrota de sus compañeros, á quien de su parte pidiese perdón del agravio, que no había sido en su mano dejar de haberle hecho. Es decir, que reconoce el error, si no el delirio, de su concepto.
Fenecida su batalla con los títeres de Maese Pedro, algo sosegado, prorrumpe en estas palabras: Quisiera yo tener aquí delante en este punto todos aquellos que no creen ni quieren creer de cuánto provecho sean en el mundo los caballeros andantes. Miren , si no me hallarayo aquí presente , ¡qué fuera del buen don Gaiferos y de la hermosa Melisendra ! A buen seguro que ésta fuera ya la hora que los hubieran alcanzado estos canes, y les hubieran hecho algún desaguisado. En resolución, ¡viva la andante caballería sobre cuantas cosas
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hoy viven en la tierra! A pesar de que en este breve razonamiento arde aún con vehemencia la ilusión que á Don Quijote unas figurillas de pasta había representado como á personas de carne y hueso, vivas, animosas y corredoras , el astuto de Ginesillo, que harto conoce el flaco del Caballero, ponderándole el mal servicio que le ha hecho con su valentía, pues le ha destruido la hacienda , lo trae con rara habilidad al extremo increible de confesar el error de su vista, y enmendarlo generosamente, mostrando una cordura que por maravilla se ve al instante ni aun en los pocos que , desvanecido un acceso maniaco, entran en un intervalo lúcido perfecto. Ahora acabo de creer lo que otras muchas veces he creído: que estos encantadores que me persiguen , no hacen sino ponerme las figuras como ellas son delante de los ojos , y luego me las mudan y truecan en las que ellos quieren. Real y verdaderamente os digo, señores , que me oís, que á mí me pareció, todo lo que aquí ha pasado, que pasaba al pie de la letra: que Melisendra era Melisendra; don Gaiferos , don Gaiferos ; Marsilio, Marsilio; y Cario Magno, Cario Magno; por eso se me alteró la cólera, y, por cumplir con mi profesión de caballero andante, quise dar ayuda y favor á los que huían; y con este buen propósito hice lo que habéis visto. Si me ha salido al revés, no es culpa mía, sino de los malos que me persiguen; y, con todo esto, deste mi yerro, aunque no ha procedido de malicia , quiero yo mismo condenarme en costas : vea Maese Pedro lo que quiere por las figuras deshechas; que yo me ofrezco á pagárselo luego en buena y corriente moneda castellana. Estas palmarias inconsecuencias son , además de insólitas en la locura en general, tan contradictorias con la monomanía, que no puedo menos de creer que Cervantes, lejos de incurrir en ellas por descuido, introdújolas de intento con el de cargar la mano en su sátira , remedando las extravagancias, ridiculeces y dislates de palabra y obra , que forman la trama de muchas y
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entonces muy celebradas aventuras andantescas; del mismo ingenioso modo que repetidas veces puso en labios del Manchego razones peregrinas en estilo ampuloso y lenguaje revesado y oscuro de cronicón viejo, para mofarse de las que se leen en tantas páginas de los libros de caballerías. Me induce á formar este juicio el hecho de que, bien como no era Don Quijote hombre para dar su brazo á torcer en lance alguno, por apretado y peligroso que fuese , asimismo llevaba siempre la suya adelante , imperte'rrito, obstinado, ciego en las determinaciones , y mucho más en los errores de concepto ó sentido que á ellas le inducían ; de los cuales tampoco fueron parte casi nunca á sacarle advertencias, consejos ni reflexiones del buen escudero, burlas, vencimientos ni porradas de gente fisgona, quimerista ó perversa.
A Palomeque, que le apremia por que le pague el gasto de camas, cena y piensos, confie'sale haber vivido hasta entonces engañado pensando ser la venta castillo , y no malo ; pero momentos despue's , al ver llegar al manteado escudero , dícele refirmando el concepto delirante que fué el primer móvil de tanta marimorena: Ahora acabo de creer, Sancho bueno, que aquel castillo ó venta es encantado sin duda, porque aquellos que tan atrozmente tomaron pasatiempo contigo ¿qué podían ser sino fantasmas y gente del otro mundo !
Hallándole derribado y rendido entre las imaginadas huestes de Alifanfarón y Pentapolín , reconviénele el criado con estas palabras : ¿ No le decía yo, señor Don Quijote, que se volviese ; que los que iba á acometer no eran ejércitos, sino manadas de carneros ? \ Ah ! ¿qué habían de poder palabras, cuando del sueño ilusionarlo no despierta al Caballero ni el dolor de dos costillas hundidas y de tres ó cuatro dientes y muelas arrancados de sus alvéolos, con más la machucadura de dos dedos de la mano, todo por obra de otras tantas peladillas de arroyo disparadas con honda villana? Como eso
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puede desparecer y contrahacer aquel ladrón del sabio mi enemigo. Sábete, Sancho, que es muy fácil cosa á los tales hacernos parecer lo que quieren; y este maligno que me persigue , envidioso de la gloria que vio que yo había de alcanzar desta batalla, ha vuelto los escuadrones de enemigos en manadas de ovejas; si no, ha% una cosa, Sancho, por mi vida, porque te desengañes y veas ser verdad lo que te digo. Sube en tu asno y sigúelos bonitamente, y verás cómo, en alejándose de aquí algún poco, se vuelven en su ser primero , y, dejando de ser carneros, son hombres hechos y derechos , como yo te los pinté primero: rasgo, este último, tan acorde con la verdad , tan á cuento traído y con tanta soltura trazado, que, aun si fuese obra de un frenópata, valdríale el más entusiástico palmoteo de sus colegas, pues realmente le honraría acreditando de consumada su pericia y de felicísimo su ingenio.
Yendo amo y criado desde Barcelona para su aldea, encuéntranse con un correo pedestre, que, despue's de saludar á aquél con muestras de mucha alegría, le dice: Yo, señor Don Quijote, soy Tosilos, el lacayo del Duque , mi señor, que no quise pelear con vuesa merced sobre el casamiento de la hija de doña Rodrigue^/ y el Caballero exclama: / Válame Dios! ¿ es posible que sois vos el que los encantadores mis enemigos transformaron en ese lacayo que decís , por defraudarme de la honra de aquella batalla? En vano replica el otro : Calle, señor bueno; que no hubo encanto alguno, ni mudanza de rostro ninguna: tan lacayo Tosilos entré en la estacada, como Tosilos lacayo salí della; y Convídale á beber un traguito de lo caro, y á comer unas rajitas de queso de Tronchón; lo que Sancho, con su buena sed y mejor desenfado, acepta súbito diciendo: quiero el envite , y échese el resto de la cortesía, y escancie el buen Tosilos, á despecho y pesar de cuantos encantadores hay en las Indias. No así Don Quijote, á quien ni esta solapada burla hace mella, antes sigue
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aferrado á su desvarío y da en cara al escudero con su ceguedad. En fin, tú eres, Sancho, el mayor glotón del mundo y el mayor ignorante de la tierra, pues no te persuades que este correo es encantado, y este Tosilos contrahecho : quédate con él, y hártate. Y e'ste , añado yo, es el erre que erre de todo ilusionario.
Con tales bellezas bien se compensan aquellos descuidos, ni quesean errores, si alguien , procediendo con extremada exactitud y rigor, hace hincapié en darles este nombre.
Al reparo, no infundado, de que muchos conceptos delirantes de Don Quijote se originaron , como sus ilusiones y alucinaciones, de los acaecimientos, y con éstos fenecieron, puede satisfacerse alegando ser más conforme con la experiencia cierta instabilidad de los síntomas intelectuales que la inconstancia de los sensorios. Algunas ideas, según expuse arriba, fueron perennes en la locura del Hidalgo cuanto importaba para especificarla por monomanía; y, derivadas ó concordantes con ellas, sobrevinieron de tiempo en tiempo otras; lo cual se ve á menudo , sobre todo en vesanias de historia larga; pero no la mudanza de ilusiones y alucinaciones, de las que harto puede decirse que una vez han tomado asiento en el celebro, se arrogan sobre él un dominio indiviso y perpetuo, que no ceden ni al más poderoso concepto delirante; y aun cuando, conmovido hasta los cimientos el edificio de la mente, se cuartea, desmorona y derrumba, ellas continúan siendo señoras, y no caen jamás sino envueltas en las últimas ruinas.
g II. — SOBRE LA CREDULIDAD Y LA INCREDULIDAD DE LOS LOCOS.
Entre las contradicciones que agitan el entendimiento del loco lúcido, no son las menores por cierto las que resultan alternativamente de una credulidad y de una incredulidad como instintivas, y por tanto, ciegas, ab-
CREDULIDAD E INCREDULIDAD. OTO,
solutas é invencibles; á saber, credulidad para los errores que parten del delirio ó lo fomentan ; incredulidad para las especies que se sugieren, por masque con el desvarío se uniformen ó por su corriente vayan. En la lógica vesánica sólo caben dos criterios: el de la conciencia y el de los sentidos; y así, el orate , en todo cuanto dice relación con su tema , rechaza lo que no son sus propios conceptos ó sensaciones patológicos, ó, más claro, niega el asenso á lo que no conoce su entendimiento, no recuerda su memoria, no concibe su imaginación ó no percibe su sensorio. Una elocuencia demostina, capaz, no ya de poner en armas al pueblo más sufrido y pacífico, ó reprimir los bríos al más colérico y belicoso, sino de apartar á uno ú otro de una inveterada mala costumbre, ó desengañarle de una necia superstición, cosas estas dos últimas aún más difíciles; una eficacia, digo, para conmover y persuadir, tan fuera de lo ordinario, tan sublime, será impotente de todo punto para convencer á ún alienado de que la inteligencia ó los sentidos le engañan; pero tampoco logrará de ningún modo encajarle en la mente una idea delirante sugerida , ni hacerle convenir en la realidad de una ilusión ó alucinación , siquier fueren hábilmente inventadas, oportunas, naturales y acordes con las de la vesania en tal manera , que no parezcan sino nacidas de ella, y aun necesarias para perfeccionarla, si merece venia este encarecimiento. Es la locura como un árbol de organización excepcional, en el que ningún ingerto prende, ni los dé su mismo género.
Un maniaco hipocóndrico se da á entender que el malestar y dolor de tripas que le atormentan, son causados por unas ranas que dentro de ellas corren y saltan : delirio, por cierto , no inverosímil. A su médico , desengañado ya de la eficacia de todo fármaco para curarlo de esta extraña alucinación visceral, ocúrrele una singular estratagema: propina un purgante al «doliente, y, obligándole á proveerse en una bacinilla, á
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escondidas echa de antemano en la vasija algunos batracios de aquella especie ; conque ponie'ndolos después, en su tiempo y sazón , á la vista del enfermo, pídele albricias de haberle librado para siempre del molesto y peligroso mal, haciéndole arrojar la materia pecante. Queda absorto el cliente, como quien ve visiones; pero convencido y curado, todo á una.
Este caso clínico dejó estupefacto al orbe entero , ignoro, cuándo, pero sé cierto que tal cual lo he referido , ó con variantes de poca monta , comenzó á contarse en una edad ya muy remota, y las sucesivas han ido repitiéndolo y celebrándolo como á una victoria y portento de sagacidad médica. Ahora, ó han cambiado los tiempos, ó han cambiado los locos. Ahora, no me cabe duda en que, si se usase el mismo tratamiento moral en un caso idéntico , dado, y es mucho dar, que el alucinacionario hipocondriaco, asintiendo al dictamen facultativo, se regocijase contemplando en el fondo del cacharro los pernilargos huéspedes lanzados por fuerza mayor del abdominal albergue; muy pronto, quizás al instante , volvería á poner el grito en el cielo, asegurando que todavía, sin duda alguna, quedan en sus intestinos otras ranas , que le inquietan tanto ó más que las recién expelidas; y acaso , acaso añadiría que, si á éstas sentía sólo removerse, á las remanentes siente removerse, morder y graznar.
Dicho está ser numerosos los orates que , por alucinaciones del tacto, atribuyen á personas invisibles golpes y dolores, sin duda imaginarios , que sienten en varias partes del cuerpo. Supongamos uno que, al visitarle se me queja de una odontalgia atroz, real y positiva, que en toda la noche no le ha concedido un momento de tregua para descabezar el sueño; y yo, que, por vía de exploración diagnóstica, aprovecho toda oportunidad para dar cuerda á cada cual , aunque con prudencia y mesura , le digo con tono de convicción y lástima: — ¡Vaya! los muy bribones no os dejan á sol
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ni á sombra: no satisfechos con andar de continuo sobándoos el cuerpo , se os han metido ahora en la boca: ¡mala peste en ellos! Pues ¿sabéis loque me replicará con mucha formalidad y tiento? \ Oh! sí, como si lo oyera de nuevo, pues muchas impugnaciones semejantes he oído: — ¡Quid!, señor ; está V. muy equivocado : no mezclemos bermas con capachos: uno es sufrir malas cosquillas 6 aporreos de enemigos invisibles, y otro tener dolor demuelas. Y cuenta, que hacerle una contrarréplica seria no más que gastar palabras.
La constante incredulidad de los orates para las aberraciones no originadas de su delirio, y, por consiguiente, no percibidas por su sentido íntimo, me induce á reputar como inverosímiles ciertos actos de Don Quijote, y en especial dos; acerca de los cuales, sin embargo, me asalta la duda de si con ellos quiso también Cervantes echar el resto de la mentecatez de su héroe, para hacer otra imitación ridicula de las necedades de los caballeros andantes, que pusiese en burla más y más á los frenopáticos ingenios que las imaginaron, y al público que, por perversión vesánica del gusto, con ellas se saboreaba. Yo entiendo que en esto pecó de malicioso, que no de ignorante.
Despierta Don Quijote, y, no pudiendo menearse por estar muy bien atado de pies y manos, y contemplando los extraños visajes de los circunstantes, que se han cubierto los rostros y puesto disfraces, cree que estas figuras son fantasmas del encantado castillo, y que sin duda también él está encantado, como así se lo da á entender é incidentalmente se lo declara una voz temerosa , con las razones más á propósito para calmar su cólera, si la hubiese sentido, halagándole el amor propio é infundiéndole la más dulce esperanza. No poca credulidad es ; pero mayor todavía la que muestra cuando, encerrado en la jaula y subido en el carro de bueyes, vuelve sobre sí diciendo: Muchas y muy graves histerias he yo leído de caballeros andantes; pero
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jamás he leído ni visto ni oído que d los caballeros encantados los lleven desta manera , y con el espacio que prometen estos perezosos y tardíos animales; porque siempre los suelen llevar por los aires con extraña ligereza, encerrados en alguna parda y escura nube ó en algún carro de fuego, ó ya sobre algún hipogrifo ó otra bestia semejante ; pero que me lleven á mí agora sobre un carro de bueyes, ¡vive Dios , que me pone en confusión! Pero qui^á la caballería y los encantos destos nuestros tiempos deben de seguir otro camino que siguieron los antiguos; y también podría ser que, como yo soy nuevo caballero en el mundo, y el primero que ha resucitado el ya olvidado ejercicio de la caballería aventurera, también nuevamente se hayan inventado otros géneros de encantamentos y otros modos de llevar á los encantados. En todo este razonamiento un sentido dubitativo sustituye al afirmativo de la monomanía: mudanza que no sienta bien al carácter general constante de la vesania. Termina el Hidalgo su discurso preguntando : ¿Qué te parece desto, Sancho, hijo? Lo que le parece al escudero es, que tan encantado como su madre va Don Quijote; á quien, más adelante, levantando el velo que oculta la verdad , por la única punta que el diligente rústico puede coger con la mano, llega á advertirle en estos términos : Señor, para descargo de mi conciencia, le quiero decir lo que pasa cerca de su encantamento, y es, que aquestos dos que vienen aquí, encubiertos los rostros, son el Cura de nuestro lugar y el Barbero ; y imagino han dado esta tra\a de llevalle desta manera, depura envidia que tienen, como vuestra merced se les adelanta en hacer famosos hechos. No atándose Sancho al texto del adagio, da una en el clavo y sólo otra en la herradura, nó las ciento que los necios parlanchines; mas Don Quijote, como el peor sordo, que es el que no quiere oir, desatendiendo la voz del escudero , y escuchando únicamente la de su imaginación desvariada, trata de sacarle del error con otro ra-
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zonamiento en que explica la facilidad de los encantadores en transformarse, y cuya idea capital expresan estas palabras: En lo que dices que aquellos que allí van, y vienen con nosotros, son el Cura y el Barbero, nuestros compatriotas y conocidos, bien podrá ser que parezca que son ellos mesmos ; pero que lo sean realmente y en efecto, eso no lo creas en ninguna manera... Ansí que , bien puedes darte pa% y sosiego en esto de creer que son los que dices; porque así son ellos como yo soy turco. En fin, el criado , que , por su ingénita malicia, antes que por el testimonio de los ojos y el alcance del entendimiento, no se aviene á creer en el encanto, prueba á desengañar á su señor objetándole que no hay tal, supuesto que come, bebe, habla y tiene gana de hacer alguna otra cosa que peor fuera menealla : argumento decisivo, al que, sin embargo, replica el Andante confirmando sus disparatados conceptos: Verdad dices, Sancho; pero ya te he dicho que hay muchas maneras de encantamentos , y podría ser que con el tiempo se hubiesen mudado de unos en otros, y que agora se use que los encantados hagan todo lo que yo hago, aunque antes no lo hacían: de manera que contra el uso de los tiempos no hay que argüir ni de qué hacer consecuencias. Yo sé ó tengo para mí que voy encantado, y esto me basta para la seguridad de mi conciencia; que la formaría muy grande si yo pensase que no estaba encantado , y me dejase estar en esta jaula, perezoso y cobarde, defraudando el socorro que podría dar á muchos menesterosos y necesitados, que de mi ayuda y amparo deben tener á la hora de ahora precisa y extrema necesidad. Ni una vez cae en la cuenta de que á la inmovilidad le fuerzan las ligaduras ; por el contrario, añade que quien está, como él, encantado, no tiene libertad para hacer de su persona lo que quisiera, pues el que lo encantó puede impedirle que se mueva de su lugar en tres siglos; y, si hubiere huido, le obligará á volver en volandas. No discurren así los locos
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lúcidos; ni el mismo Don Quijote, trascurrida apenas una hora , se para á considerar si su anómalo estado le concede la libertad necesaria para habérselas con el cabrero Eugenio, y luego arremeter contra los disciplinantes: prueba manifiesta de que la idea de la violencia que con él se comete, no ha llegado á arraigársele en el magín, cual las que brotaron espontáneamente del delirio; pero prueba todavía mayor de que Cervantes más atendió en todo esto al gracioso movimiento de la narración, que no á la inquebrantable consecuencia de los fenómenos vesánicos.
Hoy no se usan encantamientos, por lo menos, como los que á cada encuentro, por arte é inquina de endiablados magos, daban al traste con las empresas y valentías de' los caballeros andantes; pero se cuenta y se cree haber aún otro género de extraños maleficios, pues á muchas personas entre el vulgo, y, lo que nadie pensaría, entre el no vulgo, á muchas más- de lo que parece consentir la despreocupación general puesta en moda por el moderno filosofismo, traen recelosas de su propia sombra las de hechiceros y aojadores; ni tampoco falta quien, ignorante ó taimado, refiera portentos y milagros del sueño magnético. Al melancólico hipocondriaco, cuyos padecimientos, para él atroces é insufribles, le arrojan al extremo de la desesperación, y cuyas causas ve, como con una lente de potencia ignota, en el imaginario trastorno general del organismo; decidle que su enfermedad no lo es, sino engañosa apariencia, negro artificio de la hechicería ó siniestro influjo de un aojo. Al alucinacionario, que afirma que implacables enemigos asisten á un aposento pared en medio del suyo, y les oye echar -sapos y culebras, y confabularse para jugarle una mala pasada; aseguradle que en todo esto no hay otra realidad sino la de que está sumergido en un sonambulismo magnético, que da á su tímpano una agudeza excepcional, con que percibe las voces y ruidos á través de los cuerpos más
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macizos. Decídselo y repetídselo y jurádselo, y yo os fío que ninguno de los dos aflojará un punto en las preocupaciones que le desasosiegan ; ni todos los argumentos científicos, ni todos los ejemplos de casos iguales convencerán al uno de que sea víctima de la malignidad de una bruja, ó padezca el mal de ojo; ni al otro de que un magnetizador le tenga reducido á continua soñarrera. El loco de atar, en el significado literal de esta locución, que, por sus conatos dañinos ó raptos de furor, lleva puesta la camisa de fuerza, ¿creéis que, en alguna ocurrencia, la imposibilidad de acometer y de defenderse en que se halla, la explicará andándose por las ramas de impedimentos ilusorios ó tenebrosos maleficios? ¡ Quimera! la atribuirá, con la certidumbre y resolución del cuerdo más despierto, á las ataduras que le embargan el uso de los miembros superiores y muchos movimientos del cuerpo. Sí, que no saben los orates lúcidos dónde les aprietan los lazos.
Bien dijo una vez Don Quijote, ensalzando las cualidades de Sancho, que tenía malicias que le condenaban por bellaco, y que, cuando parecía ir á despeñarse de tonto, salía con unas discreciones que le levantaban al cielo; pues, por cierto y por la verdad, harto mereciera el título de prohombre en un gremio de discretos y astutos quien supo, con un embeleco oportuno y sagazmente concertado , poner fin y remate al negocio imposible que le había cometido su señor enviándole á la princesa del Toboso, después que de esta ciudad salieron entrambos sin haber logrado dar con la señora ni sus alcázares. Pasarse de listo fué el ir llevando casi de la mano al amartelado Caballero hasta el lance en que no viese ascua de oro, mazorcas de perlas , diamantes, rubíes, telas de brocado y cabellos como rayos del sol en la apostura y adorno en que la inventiva del escudero pintó á Dulcinea, de cuales primores fingía el picaro no quitar los ojos; sino que, contemplando delante de sí á una aldeana carirredonda y chata,
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hombruna y brincadora, zafia, arisca y mal oliente, viniese á convencerse, con las socorridas razones de su mismo delirio, que tal era de fea la cara y de desgarbada la figura en que la hermosa y gallarda de s\i dama habían vuelto los malvados encantadores. Dos veces lo dijo entonces explícitamente , y repitiólo en otras ocasiones. Levántate , Sancho; que ya veo que la fortuna, de mi mal no harta, tiene tomados los caminos todos por donde pueda venir algún contento á esta ánima mezquina que tengo en las carnes. Y tú, ¡oh extremo del valor que puede desearse, término de la humana gentileza, único remedio deste afligido corazón, que te adora!, ya que el maligno encantador que me persigue ha puesto nubes y cataratas en mis ojos, y para sólo ellos, y no para otros, ha mudado y transformado tu sin igual hermosura y rostro en el de una labradora pobre; si ya también el mío no le ha cambiado en el de algún vestiglo para hacerle aborrecible á tus ojos, no dejes de mirarme blanda y amorosamente , echando de ver en esta sumisión y arrodillamiento que á tu contrahecha hermosura hago, la humildad con que mi alma te adora Sancho, ¿qué te parece! ¡cuan mal quisto soy de
encantadores ! Y mira hasta dónde se extiende su malicia y la ojeriza que me tienen , pues me han querido priv.ar del contento que pudiera darme ver en su ser á mi señora.
Tampoco con tanta credulidad obran en ocurrencia alguna los locos de amor, ahora lo hayan puesto en una mujer de veras, ahora en una imaginaria. Ciertamente, aquéllos no tomarán jamás á otra por la suya, ni con trastruecos ni suposiciones se dejarán engañar de su padre que fuere. Menos aun los que adoran una dama quimérica. Don Quijote forjó en su fantasía á Dulcinea, con vagos recuerdos de un amor indeciso y antiguo, é hizo un ser en que reunió todo lo ideal de la perfección femenil; y desde aquel punto este ser tuvo, en la mente del Caballero, realidad de concepto delirante, mejor deter-
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minado que los demás, fuera del principal, que daban carácter y forma á la locura. Sí, Dulcinea es un elemento de la monomanía de Don Quijote. Por esto su existencia y sus dotes son fenómenos que concuerdan admirablemente con todos los esenciales de la vesania: tan fantástica es la una y tan raras las otras , como quimérico el destino del Caballero y ejemplares sus cualidades; y con tanta tenacidad está arraigado en su mente el concepto falso de la señora, con las perfecciones, gracias y grandezas que la exaltan y califican de sin par en el mundo, como los que á él mismo le pusieron las armas en las manos, y le lanzaron al campo en demanda de aventuras y gloria. Ninguna de cuantas personas hicieron por desvanecer los errores patológicos de Don Quijote pudo jamás arrancarle una palabra por la que se coligiese que flaqueaba, ni siquiera momentáneamente, su persuasión de que había venido al mundo para convertir nuestra edad de hierro en la de oro , resucitando la caballería andante ; que imploraban su amparo y socorro los desvalidos y los cuitados ; que á sus fuerzas sólo las sobrehumanas podían sujetarlas; que sus hazañas dejaban oscurecidas las más resplandecientes que referían las historias ; y que , por su destreza , valor, arrojo y sufrimiento, era norma, espejo y luz de caballeros. Así, Dulcinea , concepto morboso igual á todos éstos, había de ser necesariamente como la formó la imaginación delirante de Don Quijote, y como él la pintó repetidas veces con colores tan vivos y risueños. Ni aun había de poder concebir que ella existiese sino como en el fondo de su alma enamorada la estaba viendo de continuo. Por lo mismo, había de rechazar toda figura de aquel ser, pues, por muy excelente que fuese, de ninguna manera podía amoldarla al arquetipo de belleza que llevaba guardado en el celebro; cuanto más que con lo absoluto de una idea delirante por maravilla se compadece lo relativo de su representación corpórea. Así pues , tengo por irregular ó repugnante al proce-
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dimiento de generación de la locura, que Don Quijote, desconociendo su propia obra, asintiese, por simple testimonio ajeno, á que una labradora fea, huraña , mal razonada y baja fuera su excelsa dama, ni aun momentáneamente metamorfoseada por arte diabólica de encantadores ; cuya repetida intervención , además, en las cosas de nuestro héroe, tampoco parece ir, como queda indicado, con la verdad dé los fenómenos esenciales y accidentales del delirio. En todo esto el Caballero muestra ser un candido, mas no un loco.
§ II [. — SOBRE LA SUSPICACIA Y LA INSOCIABILIDAD DE LOS LOCOS.
Tienen los orates dos cualidades muy notables y casi constantes, en las que, sin embargo, no se ha parado la consideración tanto como pedía su importancia de datos secundarios, por lo menos, para el diagnóstico, en general ; y son la suspicacia y la insociabilidad: las cuales ya se cae de su peso que sólo se entienden con los lúcidos , pues , respecto de los torpes ó enteramente enajenados, no pueden expresarse con aquellos nombres su desconfianza, esquivez ó incapacidad absoluta para la comunicación ó correspondencia con toda clase de gentes.
Nadie, que no haya asistido locos, puede calcular hasta qué punto ciertos maniacos y casi todos los alucinacionarios, al principio de su trato con personas extrañas ó desconocidas , y hasta frecuentemente con las propias y conocidas, andan sobre aviso en orden á no soltar especie alguna por la que pueda descubrirse ó rastrearse la aberración que les perturba. Diríase que saben bien todos los caminos que llevan al conocimiento de ella, y los tienen cerrados para atajar el paso á imprudentes, indiscretos, curiosos, y más todavía á aquellos de quienes presumen que, por su ministerio, les está cometido el inquirirla.- Suelen retraerse, evitan conversaciones, y, si por fuerza entran en alguna, sos-
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tiénenla de mal grado con monosílabos secos; pero, cuando esto no es posible, hablan poco, miden las palabras y pronúncianlas á veces con reparable titubeo, como si su entendimiento se recelase de su lengua. Parecen leer en los ojos de todo interlocutor el concepto dadoso ó desfavorable que con la plática va formando del estado mental en que se hallan; y, á pesar de esto, atentos á disimularlo, 'niegan aún los hechos que lo evidencian, ó se afanan por darles una interpretación arbitraria, ridicula y acaso violenta, en sentido probatorio de la sanidad de juicio. Y, lo que es más extraño, hay monomaniacos que hacen del desentendido ó indiferente hasta si se les pone en el disparador de su tema, á la que , por lo general , no puede tocarse sin que, por impulso propio y característico de la especie, al momento salgan fuera de tino. Por caer tal vez en un renuncio ni los unos ni los otros se desconciertan, antes tratan de justificarlo redarguyendo al que en e'l los ha cogido, ó, si quizás advierten que están alcanzados de argumentos , cortan ó terminan la discusión metiéndola á barato.
Esta suspicacia , grito de alerta de la cordura subsistente en la locura, ó dígase manifestación externa de la lucha entre el yo fisiológico y el yo patológico, es un obstáculo que dificulta sobremanera el diagnóstico; aunque , mirándolo bien, en medio de ser un dato indirecto, constituye, por su concomitancia notoria, casi indefectible, con los directos ó síntomas esenciales de ciertas especies vesánicas, un indicio vehemente de su existencia.
Así se comprende cómo, á pesar de observaciones prolijas, pasen tal vez muchos días antes que se logre conocer á punto fijo la locura de personas que son admitidas en los manicomios, sobre todo en los públicos, mediante expedientes de reclusión , á menudo incompletos ó poco explícitos en la parte facultativa. Sin em- • bargo, tarde ó temprano á todas les llega el cuarto
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de hora del loco: denominación con que yo significo el tiempo breve, la coyuntura inopinada, la ocasión propicia en que el presunto enfermo, por, una ocurrencia fortuita, provocación ajena, exceso de dolor moral, cansancio de reprimido sufrimiento, arranque de enojo ú otra circunstancia cualquiera , rompe de súbito á declarar las aprehensiones y errores que le atemorizan, atormentan ó combaten ; bien así como canta de plano un acusado oprimido con el peso de los testimonios y pruebas de su falta. Comunmente este cuarto de hora da bastante de sí para hacer el diagnóstico cabal de una psicopatía hasta entonces oscura, equívoca ó problemática.
Por el contrario, hay orates á quienes la exaltación ó el carácter expansivo de su delirio, la arrogancia de su índole, un sentimiento de bienestar ó superioridad absoluta y una insolencia originada de ella, con los que junta ó separadamente suele salir á lo exterior el predominio del yo patológico; los arrastra, no sólo á absolver en derechura y con ingenuidad todas las preguntas del interrogatorio pericial que se les hace para explorar su estado psíquico, sino á espontanearse con cualquiera respecto de sus conceptos y sensaciones morbosos, y aun á cogerle al paso para referírselos, cor gozándose ó envaneciéndose con ellos.
A esta clase de locos ingenuos, no á la otra de suspicaces, pertenece Don Quijote; pues al primer encuentro saca el pie de que cojea, declarando su nombre y renombre, patria, profesión, enamoramiento, hazañas, deseos, propósitos y esperanzas á cuantos por alguna de estas cosas le interrogan; siendo casi siempre más explícitas y minuciosas las respuestas , que acaso esperaban los que le hicieron las preguntas. La sospecha ó duda que en el ánimo de quien le ve por primera vez infunden su anacrónica armadura y extraño continente, parece que el mismo hidalgo se adelanta á convertirla en certidumbre con sus desvariadas ideas; y
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apenas dice un discurso sensato, tal vez erudito, testimonio de su buen juicio é instrucción, sin desautorizarlo, en cierto modo, pegándole un epílogo de locura caballeresca.
Un miserable puñado de bellotas le inspira una arenga sobre la edad de oro, cual no la soplara en nuestros tiempos la Musa del decir bien , excitada por el aroma del mejor Moka: arenga que así entienden los cabreros como el negro del adagio hubo de entender el consabido sermón ; peregrino razonamiento, modelo de prosa castiza y galana , al que da fin con una salida del tono cuerdo por entrada en el desafinamiento frenopático. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la Orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas, y socorrer á los huérfanos y á los menesterosos. Desta Orden soy yo, hermanos cabreros,
Al encontrarse con don Diego de Miranda , nota al punto la atención y asombro con que le mira , y, primero que sea por él preguntado, le sale al camino dicie'ndole: Esta figura, que vuesa merced en mí ha visto, por ser tan nueva y tan fuera de las que comunmente se usan, no me maravillaría yo de que le hubiese maravillado ; pero dejará, vuesa merced de estarlo, cuando le diga, como le digo, que soy caballero destos q ^.dicen las gentes que á sus aventuras van. Salí de mi patria, empeñé mi hacienda, dejé mi regalo, y entregúeme en los bracos de la fortuna, que me llevasen donde más fuese servida. Quise resucitar laya muerta andante caballería; y há muchos días que tropezando aquí , cayendo allí, despeñándome acá y levantándome acullá, he cumplido gran parte de mi deseo, socorriendo viudas, amparando doncellas y favoreciendo casadas , huérfanos y pupilos , propio y natural oficio de caballeros andantes; y así, por mis valerosas, muchas y cristianas hazañas, he merecido andar ya en estampa en casi todas ó las más naciones del mundo.
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Treinta mu volúmenes se han impreso de mi historia, y lleva camino de imprimirse treinta mil millares de veces, si el cielo tno lo remedia. Finalmente , por encerrarlo todo en breves palabras , ó en una sola , digo que yo soy Don Quijote de la Mancha , por otro nombre llamado el Caballero déla Triste Figura. Relación por todo extremo bella en el concepto médico-psicológico; donde están expuestos, con fidelidad y concisión admirables , el síntoma primordial de la monomanía, la pasión exaltante peculiar de ella y los fenómenos psíquicos que son sus consecuencias inmediatas ; á saber, el sentimiento exagerado de superioridad personal, la alabanza propia y vana jactancia por hechos, verdaderos unos , quiméricos otros ó puramente fantásticos, como los que á menudo se atribuyen y publican los locos con desembarazo, firmeza y alarde que parecen poner remate y coronamiento á su delirio; siendo, en realidad de verdad, enormes mentiras frenopáticas, ni más ni menos que las desaforadas que en su breve discurso encajó el Manchego.
Con todo esto, si va á decir lo que la experiencia enseña, falta de toda suspicacia, y, por el contrario, espontaneidad absoluta, una y otra cuales las de Don Quijote en el primer momento de su trato con una persona á quien no conoce ni ha visto de antes, aunque no esencialmente impropias del estado monomaniaco, son raras ó muy poco comunes.
No así la insociabilidad: carácter que, en grado alto ó bajo, ofrecen casi todos los orates, mayormente los lúcidos, y que, como tantas cosas, tiene su contra y su pro: contra, para ellos solos; pro, cuándo para ellos, cuándo para los cuerdos.
La vida psíquica del loco se resume en su delirio, que, siquier sea parcial , como el monomaniaco, el melancólico y el hipocóndrico, por su virtud patogénica, progresiva é invasora, va alterando poco á poco todas las facultades y acaba por generalizarse; ejerciendo
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simultáneamente tal influjo sobre el organismo, que lo conmueve y menoscaba, y á la larga lo consume y aniquila, j Quién lo diría! una idea fija es no pocas veces una enfermedad mortal. Fuera de que casi todos los actos del alienado se resienten más ó menos del trastorno de la inteligencia ó sensibilidad, e'ste suele dar origen á una mudanza tan grande del carácter, pensamientos , aptitudes , apetitos, deseos , gustos y pasiones del que lo padece , que con mucha razón es tenida por síntoma confirmatorio de locura , acaso por otros sólo vagamente indicada. Suele comenzar esta mudanza, como ya he dicho y repetido en otros capítulos, por el afecto melancólico , cualesquiera que sean las formas específicas de los padecimientos, inclusas aquellas cuyo delirio propio es alegre , inquieto , agitado ó furioso. Exaltante, empero, ó depresivo, transforma moralmente al sujeto de modo, por lo común , que no parece haberse verificado un simple cambio accidental, aunque profundo, sino un trueco , ó , como se dice en Medicina forense, una sustitución de persona. Vuélvese reservado el comunicativo, gárrulo el taciturno, bullicioso el quieto, arrebatado el apático, entrometido el retirado , petulante el circunspecto, audaz el tímido, irascible el sufrido, cobarde el valiente , pacífico el pendenciero, dañino el inofensivo, blasfemo el piadoso, pródigo el avaro , y á la inversa. Y con añadir lo que yo mismo no creería sin haberlo presenciado, que la madre desconoce al hijo, que de sí le aparta, da muestras de aborrecerle ; quizás le maltrata , quizás impasible le contempla enfermo; tal vez no derrama
una lágrima sobre su cadáver, tal vez se ríe ¡Oh!
¡basta! ¡basta! ; que con esto queda dicho con terrible elocuencia , por modo de resumen y último término de ponderación, todo cuanto decirse pueda en orden á mudanza de ideas , sentimientos y afecciones originada de perturbación frenopática. Porque, no hay duda, de locura, locura profundísima, locura máxima, ha de ser
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forzosamente síntoma inconcuso, inequívoco, patognomónico , la anonadación y siquier el menoscabo del amor materno; del amor que absorbe é identifica consigo el alma de la mujer , y es el aura de su vida; que aligera las pesadumbres , endulza las amarguras y acalla los dolores; que acepta regocijado el sacrificio, y á consumarlo corre anheloso; que lleva la abnegación hasta el heroísmo , y el sufrimiento hasta la santidad ; que no fallece al cruel herir del desengaño, de la ingratitud ni de la injuria; amor por excelencia en lo humano; sublime amor, en fin, que si, corrompidos y desnaturalizados los amores, pereciesen en un inconcebible cataclismo, sobreviría radiante, vigoroso, potente, como una especie salvada por la providencia de Dios para reproducir con ella los sentimientos y afectos puros , y regenerar el mundo moral.
Vive , pues , el loco con su delirio y por su delirio ; y aunque en el fondo de todos , hasta del alegre é insensible , hay un germen de tristura y dolor , en el delirio parece gozarse con una como voluptuosidad semejante á la que, de extraña manera , causa la melancolía. Ello es que, por una parte, el delirio le domina, y, por otra, él lo fomenta , ya combatiéndolo en lo íntimo del alma y con la pugna acrecentándolo , ya sometiendo á su imperio afecciones y pensamientos. Diríase que sin su delirio no se hallaría , y que con él está en su centro. Es un cautivo que de todo se queja y lamenta, menos de la cadena que le aprisiona y lastima.
De su absorción continua en el delirio derívanse, ahora la agitación y furor, que le hacen repulsivo y temible; ahora el ensimismamiento, indiferencia y desvío, que le apartan de toda compañía; sin que de estos afectos pueda desasirse, aunque tal vez, por el lugar ó la ocasión , los aplaque y disimule. En rigor, el orate está siempre solo: solo con su locura. El egoísmo, sentimiento predominante de todo enfermo, sea de la clase que fuere , tiénelo elevado el loco á la máxima poten-
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cia. El mundo es él. Por esto sus relaciones con el mundo real son flojas, vagas ó nulas; no siente inclinación al trato ni á la comunicación con los demás, ni cuerdos ni enajenados. Adolece de insociabilidad. Ésta es la regla general: sus excepciones, menos de lo que parece; y, por la mayor parte , sólo aparentes.
De aquí traen origen muchos hechos curiosos. Escribiré á vuela pluma de algunos, no inventados sino recogidos en mis observaciones. Sólo en el artificio de su ordenamiento y combinación intervendrá mi fantasía.
Entrad en una casa de orates.
¿Veis la sección de los tranquilos, que son numerosos, y están sentados trabajando en una labor común? Pues cada cual la hace por su cuenta, sin curarse de los compañeros que tiene á los lados y enfrente, ni quizás advertir que los tenga. Contad cuántos son y sabréis cuántas individualidades hay en la cuadra, que piensan y viven por sí y para sí, independientes y ajenas á las demás, y á todo lo que pasa en torno. Cuantos recogidos, tantas personas solas. No- parece sino que para el loco escribió Zimmermann , el apologista algo más que melancólico de la soledad , que el hombre puede hallarla en medio de la mayor concurrencia. Proseguid la observación: preguntad á uno, zaheridle, reprendedle, sujetadle ; indagad luego el efecto que esto ha hecho en el recluso del lado, y á buen seguro de cada diez veces que lo inquiriereis , las nueve veréisle ir por los cerros de Ubeda, ó responder, no al caso del compañero, sino al delirio que á él le hurga , dando claras muestras de estar tan al cabo del hecho ocurrido, como quien, por la algarabía de su casa, no oye la grita y baraúnda de la del vecino.
El tañido de una campana avisa que ya es hora de suspender el trabajo. Salen todos de la pieza , y, echando cada cual por su lado, desparrámanse por la sala contigua y los patios, donde toman posición y actitud, que suelen ser siempre las mismas en un mismo indi-
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viduo. Siéntase éste, y habla consigo solo; tiéndese aquél sobre un banco , y tal vez dormita ; uno anda y desanda lo andado , ó va sin pensar adonde y vuelve sin saber por qué ; otro se queda derecho é inmóvil en un rincón , como estatua en nicho ; cuál contempla las plantas; cuál, no levantando los ojos del suelo, y recorriendo escondrijos, recoge y guarda retales, piedrecitas y cosas sucias; quién acude á la puerta de entrada y salida, querencia de muchos; quién, recatándose de los circunstantes, ataruga los ojos de las cerraduras con pedazos de papel , huesos ó chinitas; la de este lado se entretiene con una muñeca que ha hecho de trapajos; la de aquél se engalana con arrapiezos que recogió entre los desperdicios de la guardarropa; el de aquí acaricia y con su gorra ó pañuelo hace blanda y caliente yacija á un gato, que ha sabido amansar y encariñársele ; el de allí saca de la faltriquera un libro y se pone á leerlo, ó hace que lo lee sin saber una letra ; pero éstos y todos , cualesquiera que sean sus actos, pasatiempos ó distracciones, continúan entragados así mismos, y de lo exterior casi enteramente abstraídos. ¡Cosa singular! ¿veis esos dos que se han juntado en amistosa compaña , que caminan y departen á porfía, como los que tienen una conversación interesante y animada? Pues, ni por pienso : cada cual habla lo suyo , esto es , habla lo de su tema, sin atender, ni oir, ni, por lo mismo, contestar á lo que dice el compañero: y tan satisfechos y regocijados ambos; y así pasean y parlan hasta que la campana les llama al comedor ó al dormitorio.
Acercaos á esta mesa, donde cuatro echan una mano de malilla, por supuesto jugando á las bonicas , porque en ninguna casa de orates bien gobernada se permite mediar ni el interés de un miserable ochavo marroquí; aunque no es posible impedir que entre mangas se atraviese de vez en cuando algún cigarrillo de papel. Los que lo entienden — no yo, que no sé juego alguno de naipes, excepto el burro, y aun apenas conozco más que
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las fichas del dominó, los escaques y las piezas de las damas,— dicen que los cuatro son buenos jugadores, y uno, en especial, puede dar ventaja no corta al más pintado. Observadles. El primero dirige al soslayo miradas de enojo á la portería : cree que allí está su mujer, que le trae tabaco, y se lo escamotan y fuman los sirvientes. El segundo musita: es que pone como un trapo á los faramallones que le armaron zancadilla para meterle en el manicomio, cárcel para él como para Don Quijote las ventas eran castillos. El tercero manotea al modo de quien sacude una mosca que le pica en la cabeza ó el cogote: pues piensa atrapar el instrumento con que le araña estas partes un picaro que la ha tomado con él, y, guardando la cara , le hostiga y consume la vida. Con todo esto, ninguno de los tres comete chambonada. El cuarto , el jugador maestro, más loco que ellos, parece haber floreado el naipe, pues siempre saca el que ha de ganar; y, mientras baraja en su entendimiento los nueves y el palo de triunfo, é imagina las combinaciones con que vendrá á alcanzarlo; en la mano izquierda tiene las cartas, con la derecha las va tirando , y, en el hueco de una á otra jugada, con la boquilla de la pipa hace que escribe arrebatadamente sobre la mesa ó el banco, aunque no sabe leer, cartas á su familia, órdenes á sus criados, amenazas á sus enemigos ó telegramas al gobierno. No , sino intente alguno, levantando por demás los puntos, dar al maestro cuchillada: noramala para él , que habrá de sufrir una acerba reprimenda en que el otro le eche en rostro sus pifias, amén de apuntarlas en la tabla. A lo mejor, ármase una de voces y recriminaciones, por el naipe que soltó éste cuando no debía, ó por el que guardó aquél cuando le estorbaba ; forzosa contienda de jugadores , orates ó cuerdos, y salsa de todo juego: allí es de ver con qué cordura defiende cada cual á puño cerrado el honor de su bandera; mas, antes que llegue la sangre al río, y sin intervención ajena, apaciguase el alboroto,
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vuelven á repartirse las cartas , y ellos á ser locos dividiendo la atención entre el jugarlas y el -proseguir en sus respectivos devaneos.
Cierto que no todos los orates son así, ni estos últimos están siempre del mismo talante, sino que, al contrario, algunos, atraídos por la novedad de vuestra presencia, os recibirán con mucho agrado, os acompañarán en la visita de su sección , os rogarán que intercedáis ó deis tales ó cuales pasos para obtener su libertad, y no faltará tal vez quien os pida por Dios : y, si les ponéis á la vista tabaco, renglón siempre escaso en los manicomios , deí que tienen hambre casi todos los albergados, y que á menudo calma mejor un acceso de agitación que los bromuros, clórales y narcóticos; al momento ganare'is su voluntad, y os seguirán de mil amores, prodigando saludos y deferencias. A otros veréis hacer trabajos de oficios varios que requieren la acción combinada de muchos brazos y entendimientos; concurrir á la escuela y dar lecciones en común y á competencia; y tal vez ejecutar algún sencillo concierto de música instrumental y vocal, con afinación y buen gusto. Pero, aun en medio de la sosegada comunicación con vosotros, y de estos ejercicios ó diversiones, observándoles atentamente, en los semblantes de los más echaréis de ver sombras y en sus ademanes rarezas, ó en sus razonamientos oiréis especies, que, cuando menos, os darán á presumir el desorden de sensaciones ó ideas que los perturba, y el individualismo que los disgrega.
Si no hallasteis sociabilidad en la sección de los tranquilos, excusaos de ir á la de los agitados, y más á la de los furiosos ; cada uno de los cuales, si en aptitud estuviese de penetrar el objeto de vuestra visita y reconocimiento, y decir alguna razón concertada, podría saliros al camino aconsejándoos bonitamente que no pidieseis cotufas en el golfo.
He indicado arriba que la insociabilidad de los locos tiene su contra y su pro. Es , en efecto , una desventaja
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grande para ellos, porque obsta á la realización de algunas combinaciones del tratamiento moral, que podrían intentarse con probabilidad de feliz éxito , dirigiendo el trato mutuo de los reclusos , los afectos y amistades que de él nacerían; fomentando más ampliamente que ahora el amor propio, el estímulo del buen ejemplo, la emulación en la observancia de los preceptos facultativos y reglamentarios, acaso la rivalidad en el trabajo ; y, en suma , dando empuje á todo lo que levanta el espíritu con la fuerza de la imitación , la cual es más poderosa de lo que , por lo común, se cree en enfermos y también en sanos de juicio. Para cuerdos , no obstante, y para locos es una ventaja que éstos vivan retraídos, aislados, sin intimidades, apegos ni relaciones recíprocos , porque si fuesen sociables ¡ oh !
entonces no habría manicomios, no podría haberlos, sino, en lugar de ellos, cárceles celulares, más fuertes y estrechas que las que se usan ahora para los mayores criminales: las enrejadas gavias ó jaulas serían su habitación natural y necesaria.
Pues, por otra parte, si á los orates, en general, disgrega y aisla su abstracción ó ensimismamiento, á los lúcidos reclusos, en particular, parece reunir y hacer iguales un anhelo que embarga sus potencias ; que sojuzga sus afectos; que acaso sobrepuja á sus aberraciones; que incesantemente les aguijonea; que ora les anima, ora les descorazona; que resume y unifica todas sus esperanzas: el anhelo de libertad, el anhelo de salir del manicomio, donde se juzgan encarcelados, ya por malevolencia ó torcidos designios de deudos ó falsos amigos, ya por arbitrariedad de gobernantes, cuándo por yerro de médicos, cuándo por codicia de los que intervienen en la dirección del asilo, y siempre , según se deduce, injustamente. Poco importa que la casa de orates sea pública ó particular; modesta y sencilla, como un establecimiento de beneficencia, ó magnífica y lujosa, como la quinta de un magnate ; poco importa
36o REPAROS.
que el loco haya recobrado en ella el sosiego que , en medio de la sociedad, le robaron preocupaciones , pesares, trabajos, penuria, vicios acaso, y muy en particular el choque de sus ideas fantásticas con las realidades de la vida ; poco importa todo esto, pues acá y allá, sea el asilo un hospital, sea una casa de recreo; reciba el alienado asistencia, respetos y agasajos superiores á los que puede pedir su condición , ni quizás recibió nunca de sus allegados; constantemente suspira por la libertad , y con vivas y repetidas instancias la solicita del médico , de los dependientes y hasta de los visitantes, anteponiéndola á todas las comodidades y bienestar, siquiera conozca que con ella vendría á caer en el anterior estado, acaso precario, desvalido ó miserable. Esta reclamación no la oigo yo solamente en mi Manicomio, sino que jamás deja de hacérseme por uno ú otro 'recluso cuando entro en el de San Baudilio de Llobregat, en el Nuevo Belén de San Gervasio ó en el Instituto frenojpáticó de las Corts de Sarria, aun siendo establecimientos que convidan á disfrutar de las delicias con que recrea la vista , explaya el espíritu y vigoriza el cuerpo una situación admirable y realzada con los atractivos de amena campiña, suave ambiente y límpido cielo, cuales en pocas comarcas del mundo se han reunido para hacerlas sanas y hermosas. A iguales demandas, y con el mismo ahinco esforzadas, he tenido que atender aparentemente en todos cuantos manicomios he visitado, que no han sido pocos, en el resto de España, en Francia, en Inglaterra, en Bélgica, en Holanda , en Prusia , en Austria , en Suiza , en Italia; y los locos del de Viena, que es un palacio ; del de Meer en Berg, cerca de Haarlem , que parece la residencia campestre de un príncipe ; del de Neufchátel, gracioso como un chalet, asentado sobre el campo de plata que le hace el lago de Brienne ; y del de San Servólo , semejante á un yate que se ha detenido en su derrota para holgarse contemplando el panorama hechicero y único
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del puerto y los islotes de Venecia; todos los reclusos de estos manicomios no me han instado menos que los de Bicétre y de La Salpétriére en París y de L'Antiquaille en Lyon, á quienes puede excusarse el disgusto que les causa la estancia en asilos que son los sobrevivientes del sistema antiguo, los últimos representantes de aquellos hospitales ordinarios, fortalezas y cárceles en que, más por providencia gubernativa que con propósito terape'utico , eran encerrados los orates. A la verdad, llama la atención que no pocos, discurriendo con mucha sensatez , digan que preferirían estar echados á presidio que recogidos en el manicomio, fundándose en que su reclusión en el primero tendría el término prefijado por la sentencia de un tribunal de justicia , y no que en el segundo pende del arbirio de quien lo gobierna, es indefinida y puede ser perdurable.
Ahora bien, á personas sin juicio, quizás inflamadas de pasiones aviesas , quizás embrutecidas por perversión de los instintos , perdidamente anhelosas de recobrar la libertad, propensas á comunicarse y entenderse entre sí, fáciles de trabar intimidad y confabularse, ¿quie'n tendría poder para someterlas á un método curativo, ni autoridad para gobernarlas? ¿Cómo podrían prevenirse sus celadas parciales , ni sobre todo afrontarse sus acometimientos en masa , ataques más formidables y espantosos que los de una hueste bien ordenada, aguerrida y temeraria, sino rematándolas á reclusión individual absoluta y perpetua, con cerrojos y rejas, grillos y cadenas?
Fortuna grande, que en una casa de orates, por más numerosos que ellos sean , no haya colectividad , en la acepción moral de este vocablo, sino individualidades. Sí, que para la mancomunidad los locos no son sumandos, sino, al contrario, cantidades que, por heterogéneas, no pueden dar el resultado de una adición aritmética. Su ensimismamiento les impide la unión , y, por
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lo tanto, les quita la fuerza. Hé aquí uno de los motivos por que, en general, el loco es cobarde. De vez en cuando alguno opone resistencia, amenaza, acomete combate singular es, porque, entre sus compañeros de infortunio, reconcentrados los más no advierten lo que pasa, no pocos lo miran impasibles, y rara vez acude instintivamente uno en socorro del agresor cuando los empleados le contienen y sujetan.. Si hay, por raro caso, quien trata de urdir una trama, á modo de conjura, para vengar algún imaginario agravio ó sorprender á los vigilantes, y, habiéndoselas con ellos , buscar á río revuelto traza de escaparse del asilo ; poco tarda en tener que desistir del temerario intento, mal que le pese, pues no halla secuaces , ni de sus razones entendedores, ni quizás oyentes y menos todavía escuchantes. Tienen , en fin, la dicha de no saber conspirar, y la honra ele ser incapaces de sublevarse. ¡Bendita ignorancia! ¡ Imponderable excelencia del mundo frenopático sobre el cuerdo!
Los sucesos que por ahí se refieren, de jugarretas y malas burlas hechas por locos colectivamente á médicos, hermanos ó criados de un manicomio; ésos, nadie
10 ponga en duda, son cuentos de viejas. El lance de
11 ritorno di Columella , en el cual los recogidos de una casa de orates zarandean al que en ella ha metido los pies sin pensarlo, le traen y llevan, y como que le reciben en su cofradía; la escena de Jugar con fuego, cuando los locos cogen al Marqués de Caravaca , le dejan casi en pelota para baratear sus ropas , y le pasean en triunfo ; son bien imaginados pasos de melodrama para divertir la vista de los espectadores con las travesuras de unas personas, la conturbación y el espanto de otras, y recrear el oído con los acordes de una música regocijada y bailadera, pero no representan hechos que hayan acaecido jamás, ni puedan acaecer en manicomio alguno.
Pues ¿qué? ¿los enajenados son inofensivos de todo
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punto ? i Ah ! no; nada menos que esto ; antes yo resumo mi sentir en una sencilla exclamación , lacónico, pero comprensivo aforismo, ó llámese como plazca, al que, en las relaciones con ellos, ajusto siempre mi conducta: ¡guarda el loco! Lo dicho hasta aquí se refiere únicamente á su incapacidad para concertarse sobre plan alguno de agresión ó resistencia y ejecutarlo de mancomún; porque, tocante á ultrajes, injurias, violencias y daños de todo género llevados á efecto por deliberación y acción de uno solo.... ¡ay! la historia general de los locos tiene un capítulo inmenso, tétrico, espantoso, que bien podría denominarse historia de sus mártires. Entre éstos , así figuran orates como cuerdos. No hay manicomio público que no albergue individuos judicialmente declarados autores , aunque irresponsables en lo criminal, de robo, violación, heridas, incendio, suicidio, homicidio y parricidio cometidos á veces con horrorosas circunstancias agravantes. Tampoco lo hay, público ni privado, cuyos anales no cuenten algún suceso sangriento, y tal vez de salvaje ferocidad. Los que al servicio de orates vivimos consagrados, bien podríamos reclamar alguna parte de la consideración qué tributa el público á la cualidad que se funda en el concepto complexo del valor; porque nuestras tareas son un ejercicio militante en que combatimos sin armas ofensivas ni defensivas, á pecho descubierto, con necesidad de resistir, pero con prohibición de atacar; y más que la estocada noble hemos de temer siempre la herida á mansalva; mas que el arrojo, las asechanzas; más que el denuedo, la traición del contrario. A sus víctimas no se honra con loores ni memorias , ni publica sus nombres la Fama, que, con tener tantos ojos, oídos y lenguas y tan grandes alas, no ve á los humildes, no oye sus gemidos, no habla de sus desgracias, y menos todavía de sus á veces heroicos sacrificios, ni se cierne sobre los solitarios asilos de la caridad. ¡ Víctimas venerandas ! en el cielo hallarán su corona ; porque
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en la tierra no las hay para ellas ; y gracias , si no se les escatima la conmiseración achacando su infortunio á temeridad, imprudencia ó ignorancia; gracias, si nin-. gún mentecato ruin lo califica desapiadadamente de merecido bien llevado.
Para poner término á este harto prolijo discurso, añadiré que los únicos capaces de mancomunarse en una casa de orates para cualquier acto de indisciplina ó agresión son los cuasi-cuerdos ó convalecientes de locura: clase á que suelen pertenecer también, por la mayor parte, los que , burlando la vigilancia de los dependientes, logran escaparse del asilo, á veces con una cautela y astucia que suspenden, y que honrarían á la persona de más seso, más disimulada y ladina. En mi larga práctica sólo dos reclusos he visto que concertaran y pusieran por obra su fuga ; aunque les impidió darle fin una puerta, la última de la clausura por el lado á que se dirigieron ; la cual no pareció sino cerrarse de improviso por sí misma en el punto crítico: y aun tengo para mí que de los dos el uno, alma de la tentativa, era un cuerdo, bellaco con todo extremo, que , por motivos que yo me sé, hubo de juzgar le convenía hacer en la farsa humana el papel de loco.
Creo no equivocarme diciendo que del individualismo absorbente y reconcentrante característico de tantos orates no da muestras Don Quijote. Verdad es que también vive con su delirio y por su delirio ; pero ni éste se excita y sube al grado de la exaltación sino por estímulos externos, ni le trae ensimismado ni taciturno, ni menos le quita la inclinación al trato, que sin duda era para él , ya de antes de enloquecer, uno de los mayores placeres. No se aparta, no se aisla, no busca la soledad, no soliloquia á hurto de los circunstantes, no cae una vez siquiera en la indiferencia y abstracción semiextática que á menudo, en medio del movimiento y bullicio de una reunión numerosa, sobrecoge á algunos locos. Por el contrario, ama la
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compañía hasta de rústicos cabreros ; toma interés en sucesos romancescos que por ningún lado tocan á su tema, como el entierro del enamorado de Marcela; asiste gustoso á la fiesta espléndida y de mucha gente y batahola con que se van á celebrar las bodas de Camacho ; recibe de buen talante hospedaje, así en la humilde casa de Basilio, como en la acomodada de don Diego ; aplácese en aprovechar toda coyuntura para hacer gala de su talento en discursos muy discretos , con que á un tiempo cautiva la voluntad y quiebra el corazón del auditorio ; y siempre expansivo, fantasea sobre proyectos que dilatan el horizonte de sus esperanzas, y jamás á solas , sino en coloquio, cuando menos, con su escudero; de suerte que constantemente delira en voz alta. Es una individualidad psicopática que no excluye la fisiológica, antes con ella alterna y como que se enlaza; merced á cuyas cualidades se mueve con holgura y gallardía en el círculo de las relaciones sociales , y se granjea dondequiera respeto, simpatía y cariño.
No estuvo Don Quijote en un hospital de orates; pero si sus amigos, en lugar de tratarle como le trataron, le hubiesen puesto en algún establecimiento de esta clase, es bien cierto que habría igualado en deseo de libertad á los recogidos; los cuales, casi sin excepción, con mejor apetito comerían un mendrugo de limosna fuera del asilo que los suculentos manjares que acaso les sirven en él ; y á las espaciosas estancias en que moran, yá los floridos jardines en que pueden esparcirse , prefieren mil veces el quizás estrecho y lóbrego tugurio de su habitual residencia.
¡Oh santa libertad! ¡codiciada felicidad del hombre sóbrela tierra! ¡felicidad inefable, cuyo concepto y anhelo sobreviven en la inteligencia á todas las ideas, y en el corazón á todos los sentimientos !
Así lo acreditan las primeras palabras del Andante apenas ha dejado la casa de los Duques. La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que á los
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hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que enciérrala tierra, ni el mar encubre: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida; y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir á los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido / pues en mitad de aquellos banquetes saponados y de aquellas bebidas de nieve, me parecía á mí que estaba metido entre las estrecheces de la hambre, porque no lo gomaba con la libertad que lo gomara, si fueran míos; que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. Nada de frenopático tiene este breve discurso; pero he querido intercalarlo aquí , á modo de paréntesis , para que por él se vea cómo concuerda la perturbación mental del Hidalgo con las muchas que subsisten sin menoscabo de uno de los afectos que más dignifican al hombre.
Si la taciturnidad fuese un síntoma primario y esencial, y no secundario y accidental, aunque frecuente, de la locura, sobre la de Don Quijote podría tener algunas dudas el alienista menos mirado ó riguroso en materia de diagnóstico ; porque, lejos de esquivar jamás nuestro simpático hidalgo la conversación, búscala, y muévela con quienquiera que sea , ni tampoco se ata la lengua cuando está mano á mano con Sancho en los caminos ó en las posadas ; siendo sus coloquios tan entretenidos y sabrosos, que muchas veces causa disgusto ó enojo la persona que viene á cortarlos con su presentación súbita, por más que desde luego se vea en ésta el comienzo de una estupenda ó divertida aventura. Aun para algunos merecería acaso el calificativo de taciturno , si sólo se despachase á su gusto en asuntos concernientes á su tema; que tal hacen casi todos los monomaniacos ; pero no es así , pues apenas se le da pie para discurrir en cualquier materia enteramente ajena
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de sus desvarios , cuando se lo toma como si lo estuviese esperando, y sale á menudo con las razones más concertadas y sentenciosas para dejar á los interlocutores con la boca abierta y la duda atada de que á ratos esté fuera de juicio quien tan dentro de él acredita hallarse en aquel punto y hora. Ni la incomodidad y sujeción de su encantamiento son parte á sellarle los labios; de suerte que Sancho , que rabia por dar á entender al Cura, al Barbero y al Canónigo que á él no se la pegan con el trampantojo del hechizo, les opone una prueba, cuya fuerza reside principalmente en una razón hiperbólica , aunque muy donosa , con la que significa que si su señor está con las manos atadas, tiene no menos suelta la lengua que cuando campaba por su respeto : ¿cómo quieren hacerme d mí entender que va encantado , pues yo he oído decir á muchas personas que los encantados ni comen, ni duermen, ni hablan, y mi amo, si no le van á la mano, hablará más que treinta procuradores !
Ya por lo dicho se colige no ser la insociabilidad síntoma que concurra en la locura de Don Quijote. No; que el huésped de los Duques, el de don Diego de Miranda y don Antonio Moreno , el de Basilio y Quiteña, el de los cabreros, finalmente, en cuya desabrigada choza se halla tan á gusto como en la mansión modesta de los novios pobres , como en las casas bien acondicionadas de aquellos señores , como en el palacio suntuoso de los magnates aragoneses, mostrando que ni en una parte le atrae el regalo, ni en otra le desagrada la estrechez, sino que dondequiera le encariñan la confianza y familiaridad; bien manifiesta con su complacencia la que le causa el trato con los hombres, sin distinción de condiciones ni lugares: cuanto más que no hay en su vida frenopática un hecho que no le confirme de cortés, afable , afectuoso , franco , fácil y accesible á todos, hasta á los burladores y á los malos; és decir, eminentemente sociable. Con el mismo Roque Guinart hace
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buenas migas y se detiene tres días , admirado de la vida «iel singular personaje, abigarrada mezcla de abominaciones de bandolero, entereza y justicia de hombre probo y piadoso. A las breñas , á los bosques , á las soledades llévale su ejercicio tras el deseo de aventuras; que no el de soltar en el aislamiento, como muchos locos , el freno al delirio, penosamente reprimido en el comercio social por un resto de dominio sobre sí mismos, excitado por patológica suspicacia, temor ó acaso vergüenza. Al contrario, es tan comunicativo y amigo de la compañía, que jamás se agrega á la de otros sin ver de trabar conversación con ellos , ni se encuentra en el camino con viandante á quien no salude y convide á ir juntos, rogándole que acorte el paso de la cabalgadura que tal vez monta, para que se acomode al pesado andar de su matalote.
Antes que Vivaldo y su compañero le dirijan la palabra, ni quizás le miren , ya les pregunta qué es lo que han oído de Marcela. — Con el caminante que pronto resulta ser don Diego, que alcanza á Don Quijote y Sancho, les saluda cortésmente, y, picando á su yegua, pasa de largo, procura el Caballero , sin conocerle, introducirse haciéndole un ruego, en que así resalta lo urbano como lo inclinado á la compañía : Señor galán, si es que vuesa merced lleva el camino que nosotros , y no importa el darse priesa, merced recibiría en que nos fuésemos juntos. — No bien ha salido de la casa del de lo Verde, cuando encuentra con dos, medio clérigos, medio estudiantes, y dos labradores, caballeros sobre cuatro bestias asnales: salúdalos, y, después de saber el camino que llevan, que es el mismo que él hace, ofréceles su compañía , pídeles que detengan él paso , porque caminan más las pollinas que el rocín ; y , para obligarles , en breves razones les dice quién es, su oficio y profesión. — Tiende la vista por un prado, en lo último de él descubre gente, y, llegándose cerca , conoce ser cazadores de altanería, los Duques y los suyos, en-
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tre los cuales va una gentil señora sobre una hacanea con ricos jaeces ; y ella , bizarramente vestida de verde, lleva un azor en la mano izquierda, indicios claros de su principalidad: y, con no prometer aventura este aparato , verlo Don Quijote y enviar al escudero con un mensaje para la apuesta dama, todo es uno; así como el recado es modelo de la cortesanía que la buena educación y el amor al trato social inspiran. Corre, hijo Sancho, y di á aquella señora del palafrén y del a^or, que yo, el Caballero de los Leones, beso las manos á su gran fermosura ; y que , si su grandeva me da licencia, se las iré á besar , y á servirla en cuanto mis fuerzas pudieren y su altera me mandare ; y mira, Sancho, cómo hablas , y ten- cuenta de no encajar algún refrán de los tuyos en tu embajada. — En el sarao de la casa de Moreno dos taimadas damiselas que quieren acrecentar con sus burlas la fiesta, á hurto requiebran á Don Quijote, y él las desdeña también á hurto; y sácanle á danzar con tanta priesa , que le muelen , no sólo el cuerpo, pero el ánima. No esquiva la reunión, la bulte ni el baile, á pesar desús nada ligeros años, hasta que de puro quebrantado se sienta en mitad de la sala, de donde han de llevarle en peso al lecho mientras le espeta Sancho aquella sesuda y graciosa corrección que comienza así : Nora en tal, señor nuestro amo, lo habéis bailado. ¿Pensáis que todos los valientes son danzadores, y todos los andantes caballeros bailarines? — l Qué más? No para personas distinguidas por su prosapia ó riqueza reserva el Andante las atenciones, pues tampoco tiene á menos el comunicar y familiarizarse con gente humilde y pobre. Al salir de la ermita, topa un mancebillo, que, espada y envoltorio de vestidos sobre el hombro , ropilla de terciopelo con vislumbres de raso , camisa defuera , medias de seda y zapatos cuadrados , alegre de rostro y ágil de su persona , va cantando seguidillas para entretener el trabajo del camino. Muy á la ligera camina vuesa merced, señor
370 JUSTIFICACIÓN DE LOS REPAROS.
galán ; y ¿adonde bueno? sepamos, si es que gusta decirlo. No trató con más comedimiento al Caballero del Verde Gabán que á este mozuelo pedestre; á quien, sabiendo que va á asentar plaza de soldado, da muy discretas advertencias y consejos en orden al ejercicio de las armas é invítale á subir á las ancas de Rocinante ; aunque de ello se excusa el joven quizá para ahorrar fatiga á sus posaderas , ó creer que mejor va á pie que mal montado ; pero sí acepta el convite de la cena que, para cuando estén en la cercana venta , le hace con su genial franqueza el compasivo hidalgo.
Repito, pues, para concluir, que de insociabilidad frenopática ni sombra se ve en ninguna acción de Don Quijote, sin exceptuar aquellas que-obedecíaná su desabrimiento y disgusto por sucesos adversos, desengaños y burlas; pero, á buen segur'o todo alienista práctico reconocerá que esto no es sin algún menoscabo de la verdad me'dico-psicológica.
§ IV. — JUSTIFICACIÓN DE LOS REPAROS.
Tales son algunos de los reparos ú observaciones que puede oponer al síndrome de Don Quijote el alienista más afecto á diagnósticos bien redondeados: reparos que, sin embargo, no ofuscan la luz que resplandece en la historia de los síntomas principales ó característicos de aquella especial é interesante monomanía.
Realmente, el loco no lo es menos por ilusionario que por alucinacionario; porque el mal éxito de los actos á que le han arrastrado sus errores sensorios, atribuya á obstáculos nada consonantes con éstos, ó defiera por el pronto á la interpretación que les da el juicio ajeno ; porque se muestre crédulo á las especies que le sugieren , ó fácil á las instigaciones que le hacen los que por estas vías procuran moderar el delirio que le agita ó prevenir sus consecuencias; porque, ingenuo y franco , desde el primer momento abra su pecho á cual-
JUSTIFICACIÓN DE LOS REPAROS. 2>Jl
quiera , aun no conociéndole, ó , suspicaz y temeroso, cierre los labios con un candado, ó esquive y rehuse toda plática que remotamente puede ponerle en el punto riguroso de revelar su patológico secreto; ni porque, comunicativo, abierto, jovial y locuaz, ame el trato, busque y disfrute con la compañía, ó ensimismado, taciturno, retraído, huraño, huya de la sociedad, y entre ella y su persona abra una honda valla ^ que , impidiendo el acceso de todo ser humano, le permita devorar el dolor de sus aprehensiones y cuitas en la horrible soledad de un aislamiento absoluto. Sin embargo, de rigor es decir que en estas contraposiciones los segundos términos son los más conformes con la experiencia médico-psicológica.
Fúndanse, pues, mis observaciones en la poca frecuencia relativa de un síntoma genuinamente delirante y á menudo vesánico; en la manifestación de dos caracteres morales no muy comunes á los enajenados; en la falta de una inclinación, que tienen los más, y en la concurrencia de su contraria, que tienen los menos: fenómenos no frecuentes, pero tampoco raros ni en sentido alguno, impropios del estado psicopático. En todo caso, éstos, que á un alienista podrían ponérsele en la cuenta de descuidos y aun de yerros, no lo son en Cervantes, que noveló, mas ni por asomo quiso ni pudo escribir de un hecho clínico-psicológico. Pero si hubiere todavía quien, iluso y desatentado, obstinándose en ver en nuestro ingenio, si no el birrete, la ciencia del doctor médico, quisiere exigirle lo que no podía dar, y los llamare crudamente descuidos ó yerros nadie los toque; quédense como están; que, aun siendo tales, llevan impreso el sello de aquella rara inteligencia, á vueltas de haber inspirado narraciones de invención peregrina , que con su gallardía y donaire admiran á toda persona entendida y de buen gusto, y deleitan á todos los que las leen, inclusos los que el mérito de ellas no conocen. • Ahora, recogiendo una indicación que atrás he deja-
3y2 JUSTIFICACIÓN DE LOS REPAROS.
do suelta, diré que" tal vez saldrá alguien contra estas observaciones tachándolas de ociosas é inconvenientes, y, por lo mismo, encareciendo cuánto mejor hubiera sido el omitirlas, puesto que, además de recaer sobre hechos que no repugnan á la doctrina psiquiátrica, pueden atribuirse á necia comezón de descubrir y señalar ciertos lunares en una obra que nadie sospechaba los tuviese. A buena fe, que nada ha estado más lejos de mi ánimo, y explícitamente declaro que si algún lunar de ésta ú otra especie hay en aquella narración , contemplólo yo suspenso y respetoso, como hubiera mirado el que , según testimonio de Sancho, tenía en la mitad del espinazo Don Quijote , pues, por sólo ser cosa suya, no me parecería mancha sino toque de hermosura , no lunar sino luna y estrella resplandeciente, cual quería el enamorado señor que fuese el que á su escudero se le antojó poner, á modo de bigote, sobre el labio derecho de la avillanada Dulcinea.
Dos ó tres imperfecciones sobre puntos doctrinales secundarios poca sombra harán á una obra de ingenio, donde tan delicadamente se tocan otros, en especial los primarios, y donde, tirando corto, cuéntanse por los párrafos las bellezas. Errores cometió Cervantes, sobre todo en materia de referencias históricas y mitológicas; y ni la crítica ha escrupulizado en demostrarlos, ni ellos han sido parte á mellar el concepto que merece la primera y más única novela del mundo. A ser posible hacerlos desaparecer, y alguno lo intentara , vedaríaselo yo, si autoridad tuviese para tanto; porque son, á lo más , dormitaciones del genio; y éstas semejan descuidos accidentales de frase ó estilo, olvidos volanderos de orador sobradamente fiado en el vigor de su facundia, en su dominio sobre el habla y en lo fiel de su memoria; arrebatan con no sé qué hechizo de ingenuidad y gracia , é infunden respeto con uno como aparato de grandeza. Aquellas imperfecciones, lejos de rebajar, realzan el mérito de la invención de Cervan-
JUSTIFICACIÓN DE LOS REPAROS.
tes, arguyendo que quien acertó á 'sacar el retrato de un ingenioso loco con tan exquisito parecido, hízolo por inspiración, no por estudio ; que ni aun podría hoy correr parejas con aquel escritor extranjero, á quien he aludido en otro capítulo, y que, sin ser tampoco médico, ha tratado de Medicina en general y de la frenopática en particular, como pocos profesores académicos , y se sienta en los escaños de una de las primeras sociedades médico-psicológicas del mundo.
¡Que Cervantes nació para médico!, como dice Hernández Morejón ¡Vaya! otros le han ensalzado por
gran poeta, filósofo, historiador, estadista, estratégico, y acaso también — ó le ensalzarán — por paleógrafo y numismático. A una hermosura tal, que de suyo embelesa y cautiva á cuantos la miran, recargarla de preseas, perifollos, colorines y ringorrangos es exponerse á convertirla en un adefesio. De todo tenía algo verdaderamente, como escribe un ilustre literato, aquel pensador universal. La celebridad de nuestro novelista repele semejantes exageraciones. No tiene duda lo que fué, ni para lo que nació; no hay que ir rebuscando cualidades y aptitudes de que no dio muestra , ni que hacer un misterio de su representación y destino literario. Digámoslo de una vez : fué el príncipe de los ingenios españoles , y nació para escribir el Don Quijote. Todo lo demás es cuento. Ello, sin embargo, ha sido tanto y ha hecho tan notoria , tan distinta, tan sin par su personalidad, que yo quisiera no se le nombrara jamás sino cómo se debe, por modo comprensivo de sujeto venerando, creación asombrosa, gloria de las letras, blasón de la patria, envidia de las naciones extrañas y fama imperecedera; es decir, cómo yole nombro siempre; cómo no puede equivocarse con ingenio alguno en la historia moderna ni en la antigua; así, á secas : Cervantes.
Déjese para nosotros el señalarnos con nombre, apellidos, patria, profesión, títulos y otros adherentes;
3y4 JUSTIFICACIÓN DE LOS REPAROS.
que aun de esta forma apenas somos conocidos en un círculo pequeño de personas, ni viviremos un día en la memoria de la posteridad.
El que de peor talante recibiere estos reparos ú observaciones, reputándolos impertinentes, todavía habrá de convenir en que no se andan por las ramas, como otros que sobre el Ingenioso Hidalgo se han escrito, sino que penetran en la sustancia de la obra, ó, por lo menos, van dirigidos al desenvolvimiento de la idea que, si bien parece secundaria , está unida á la fundamental con indisoluble vínculo de mancomunidad de acción y recíproca dependencia. Las notas aclaratorias, las enmiendas, las correcciones, si se quiere, que, por el análisis riguroso, tal vez nimio, del síndrome de Don Quijote pueda creerse autorizado para poner en él un alienista, será, en todo caso, tarea mucho más digna del crítico, mucho más útil para el leyente, fuera de respetosa con el autor, que no querer sacarle á la vergüenza, porque confunde á Tebas de Beocia con Tebas de Egipto; echa sobre la hija de Tarquino el crimen de su esposa; supone erróneamente que Vulcano forjó alguna arma para Marte; equivoca á Sacripante con Dardinel de Almonte; llama á la mujer de Panza una vez MariGutiérrez , cuatro Juana y las restantes Teresa ; á un don Pedro vuelve en un don Gaspar, y después en un don Gregorio; hace ir á Sancho sobre el jumento cuando ya se lo han robado, y dice que no se sabe quién lo robó, á poco de haber referido que Ginés de Pasamonte; atribuye á un poeta versos de otro; pone muchas citas falsas; y, para terminar este capítulo de culpas con la más fea y burda, comete solecismos y otras faltas de gramática, como un discípulo topo é inaplicado. Esta sí que es crítica cojijosa y deplorable, la que á tales minucias baja, y por sacarlas á luz se desazona, malgastando labor y tiempo como desvanecida por el ingrato afán de enturbiar una corriente cristalina removiendo las pocas impurezas que se arrastran por el fondo.
FUENTES DE LA INVENCIÓN. 3y5
CAPÍTULO XXII.
FUENTES Á QUE PUDO ACUDIR CERVANTES PARA LO CIENTÍFICO DE SU. INVENCIÓN.
Los primores que en el Don Quijote vio Hernández Morejón, con no haber sido tantos, ni con mucho , como los señalados por mí en este libro, bastáronle para decir que en la descripción de la monomanía del Hidalgo estuvo su autor «tan ajustado á las leyes del »arte, que puede servir de modelo á los más sublimes » me'dicos filósofos ; » y para poner fin á su folleto con este apostrofe : « ¡ Sombra inmortal de Cervantes! entre «tanto profano que osa meterse á médico, entre tantos » detractores de la profesión más benéfica , tú naciste «para ella; tú á los médicos sabios, prudentes y discretos los ponías sobre tu cabeza, y mirabas como una » persona divina. Recibe , pues , el tributo de gratitud; » y mientras las Bellas Artes á porfía levantan monu- »mentos á tu gloria, yo te dedico otro más indeleble » colocándote en la Historia de la Medicina española.»*
Heme ya puesto en el caso de manifestar lo que pienso acerca de este punto, al que vienen á convergir las consideraciones de Medicina psicológica que por necesidad he hecho sobre una obra puramente literaria, sobre una novela y no más, aunque sea, hablando en metáfora , la novela príncipe.
Entresaquemos de ella los pocos y brevísimos pasajes que pueden ilustrar algo acerca de las ideas ó conocimientos médicos de Cervantes. Con respecto á los quirúrgicos, el cabrero que vio la herida de la oreja que Don Quijote había recibido en su pendencia con el
* Folleto citado, págs. 7 y 25.
376 FUENTES DE LA INVENCIÓN.
vizcaíno, díjole que no tuviese pena, que él pondría remedio con que fácilmente se sanase; y tomando algunas hojas de romero, de mucho que por allí había, las mascó y las mezcló con un poco de sal, y aplicandoselas á la oreja , se la vendó muy bien , asegurándole que no había menester otra medicina, y así fué la verdad; con cuyas últimas palabras muestra el autor la fe que tenía en esta cura cabreruna , de Cirugía genuinamente primitiva. De sus ideas médicas da razón el doctor Pedro Recio Agüero de Tirteafuera, que, miranda por la salud del gobernador de la ínsula Baratada , na le dejó comer de un plato de fruta por ser demasiada" mente húmeda, ni del de otro manjar por ser demasiadamente caliente y tener muchas especias, que acrecientan la sed; y el que mucho bebe, mata y consume el húmedo radical, donde consiste la vida: vetos que, en verdad , no disonaban con las doctrinas que entonces prevalecían. Las me'dico-psicológicas , ó, puesto que en tiempo de nuestro ingenio ni esta denominación existía, las que supiese sobre enfermedades mentales, pueden colegirse apenas por el encargo que el Cura y el Barbero hicieron á la Sobrina y al Ama, después de haber traído de Sierra Morena á Don Quijote : que tuviesen cuenta con regalarle , dándole á comer cosas confortativas y apropiadas para el corazón y el celebro, de donde procedía, según buen discurso, toda su mala ventura; y también por las razones que el loco de Sevilla, despidiéndose de uno de sus compañeros, le dijo: Yo tendré cuidado de enviarle algunos regalos que coma; y cómalos en todo caso; que le hago saber que imagino (como quien ha pasado por ello) que todas nuestras locuras proceden de tener los estómagos vacíos y los celebros llenos de aire.
Sin embargo, el mismo autor en otra novela, tan singular, dicho sea de paso , que no parece sino un libro de caballerías, mostróse muy enterado de lo que érala licantropía, locura admitida sin impugnación en-
FUENTES DE LA INVENCIÓN. J77
tonces, aunque fabulosa por la mayor parte. En boca de Mauricio, puso una descripción de aquel raro padecimiento, sucinta, pero tan exacta y puntual como podía darla una obra médica ; por donde se colige, en mi sentir, que de alguna debió de copiarla ó traducirla. « Lo que se ha de entender desto de convertirse en «lobos, es, que hay una enfermedad, á quien llaman »los médicos manía lupina, que es de calidad, que al »que la padece le parece que se ha convertido en lobo, 9 y aulla como lobo, y se junta con otros heridos del » mismo mal , y andan en manadas por los campos y por «los montes, ladrando, ya como perros, ó ya aullando «como lobos, despedazan los árboles, matan á quien «encuentran, y comen la carne cruda de los muertos; »y hoy día sé yo que hay en la isla de Sicilia, que es la «mayor del mar Mediterráneo, gentes deste género, á «quien los sicilianos llaman lobos menar ; los cuales » antes que les dé tan pestífera enfermedad lo sienten, » y dicen á los que están junto á ellos que se aparten » y huyan dellos , ó que los aten ó encierren, porque »si no se guardan , los hacen pedazos á bocados y los «desmenuzan, si pueden, con las uñas, dando terribles «y espantosos ladridos; y es esto tanta verdad, que » entre los que se han de casar se hace información bascante, de que ninguno dellos es tocado desta enfer- «medad; y si después andando el tiempo la experien- «cia muestra lo contrario, se dirime el matrimonio.»^ Con todo eso, yo pienso que Cervantes no sabía más de Medicina que lo que suele saber la generalidad de las personas instruidas; y aun me doy á presumir que su vida de soldado , su larga cautividad, su continua estrechez luego , todas no sólo reñidas con el regalo , sino poco propicias á la satisfacción de las más indispensables necesidades de la vida, hubieron de iniciarle en secretos terapéuticos domésticos : especie de curan-
* Los trabajos de Persiles y Sigismunda, libro I, capítulo 18.
378 FUENTES DE LA INVENCIÓN.
dería candida, desinteresada y á menudo caritativa, que, por una parte, arranca de ideas empíricas y de preocupaciones vulgares, y, por otra, viene en cierta manera á robustecerlas y propagarlas.
Podrá objetarse que todo esto importa poco si se pone en claro que el autor era entendido en Medicina mental cuánto había menester para referir con la verdad que se ha visto, los errores de concepto, aberraciones de la sensibilidad, extravagancias, desatinos, ímpetus y arrebatos de un loco , ó , según el tecnicismo corriente, la etiología, invasión, estado, declinación ó metaptosis, tratamiento y curación de una locura tal como la que personificó en Don Quijote.
Pues bien, para que nadie imagine ser esto un flanco por donde pueda atacárseme, quiero suponer por un momento, al modo que en el lenguaje escolástico se dice arguendi gratia — y perdóneseme la nueva reincidencia en ésta que para algunos será ranciedad estrambótica,— que mientras Cervantes estaba madurando en su magín el plan de la novela, hubo de entrar en cuentas consigo mismo, y parecerle necesario, para antes de tomar la pluma y ponerlo en obra, inquirir algo de lo que sobre extravíos de la mente tuviese por averiguado y admitido la Medicina, ciencia tan ajena de sus estudios; y que, fatigado de este pensamiento, pidió consejo y auxilio á cualquier amigo y sabio médico, de aquéllos á quienes Sancho gobernador encomiaba con la antigua fórmula de respeto y reverencia. El cual profesor, introduciéndole en su librería llena de gruesos infolios ó toneles , como se usaban en su erudita época , mostrándole reservadamente quizás algún manuscrito que en lugar apartado y seguro guardaba como oro en paño, y deseando ahorrarle tiempo y trabajo, le indicó que, para el caso, lo que no hallara en Hipócrates y Galeno , los oráculos de entonces, mayormente el segundo, en Areteo de Capadocia, Sorano , Pablo de Egina ó en el moderno Jacobo Sylvio, todos en latín
FUENTES DE LA INVENCIÓN. 2>J^
de su original ó traducidos del griego, podía dar por sentado é indubitable que alma humana no lo sabía, puesto que ello no era en el mundo. Lectura no escasa i en verdad, ni muy sabrosa para un lego , por más que este lego fuese, como Cervantes, aficionado á leer hasta los papeles rotos de las calles. Con su inge'nita perspicacia pronto debió de ver que entre aquella balumba de tratados , doctrinas y disquisiciones sobre sangre, pituita, bilis y nervios, fiebres, perineumonías, anginas, hidropesía, ictericia, vólvulo , frenitis, letargo, te'tano, morbo sacro, melancolía y otros desconciertos del organismo, únicamente lo relativo á la enfermedad últimamente nombrada podía hacer á su propósito; y, por lo tanto, cortando el vuelo de sus investigaciones, en ella, casi no más, hubo de poner la mira.
Conque volúmenes al canto , y Melancolía á todo pasto.
« El melancólico siente pinchazos como de espinas » en las entrañas ; anda afligido , huye de los hombres » y de la luz, ama los lugares tenebrosos, está ame- » drentado y temblón, tiene hinchado y dolorido el epi- »gastrio, sale fuera de juicio, padece angustiosas pesa- » dillas y ensueños terríficos , en los cuales se le repre- »sentan aveces figuras de muertos. Esta enfermedad »es grave, y sobreviene, por lo común, en primavera. » Propínese eléboro (veratrum) al paciente ; purgada »que sea la cabeza, purgúesele el vientre , y luego dénsele leche de burra.» Así dice Hipócrates.*
Mucho más y mucho mejor Areteo. « La bilis negra... »si se fija en las partes superiores ( del vientre) , es á » saber, en el estómago ó en el septo transverso, causa »la insania que se denomina melancolía, y da flatos... « por lo cual los médicos antiguos apellidaron melan- » cólicos y flatulentos á estos enfermos. También 11a-
- * De morbis, libro II, capítulo 29 : colección y traducción latina de Focs.
38o FUENTES DE LA INVENCIÓN.
» mamos melancólicos á otros que no tienen bilis negra » ni flatos, sino una cólera excesiva, tristeza , gran con- » turbación y abatimiento del ánimo y accesos de negro
«humor, iracundo y feroz atestigúalo Homero en
» aquel pasaje que dice : Levantóse , entre éstos, el hé~ » roe Atrides, el poderoso Agamemnón, triste, denegro » furor opreso el pecho, rutilantes como fraguas los » ojos. Tales llegan á ponerse los melancólicos que «mueren de este mal. Es (la melancolía) una congoja » del ánimo arraigada en un solo pensamiento é inse- » parable de él , sin calentura*. Pare'ceme que la melan-
«eolia es el principio y una parte de la manía Los
«melancólicos deliran de varias maneras: ahora recelan «que se les envenene; ahora, aborreciendo la compa- » nía de los hombres, huyen á lugares solitarios; ya «hacen ejercicios supersticiosos ; ya toman horror á la »luzyá la vida. Cuando sienten algún alivio de sus «ansias, sobreviéneles una alegría y gozo que los exal- »tan. A menudo la melancolía comienza sin causa cono- «cida: los enfermos se encolerizan fácilmente, desaso- «siéganse, entristécense, no pueden conciliar el sueño »ó despiertan con sobresalto y agitación ; y, cuando el «mal toma incremento , tiemblan de pavor y padecen » ensueños terribles, que aprehenden como á realidades; «mas, si éstos se moderan , viene cierto sosiego, de mo- »do que los adolecientes que tienen algún arrebato, «luego se arrepienten de él; vuélvense volubles y torpes; » inquiétanse por pequeneces ; muéstranse avaros, pero, »á lo mejor, candidos, pródigos, desprendidos de todo, » aunque no por propia virtud sino por mudanza de la «dolencia. Mas, cuando ésta se exaspera, odian á los » hombres, contienden por naderías; maldiciendo la vi- » da, invocan la muerte, y muchos padecen tal perturba- »ción de los sentidos y del entendimiento, que, desco- «nociéndolo todo y olvidándose de sí mismos, pasan la
* Est autem animi angor in una cogitatione defixus atque inhaerens, absquefebre.
FUENTES DE LA INVENCIÓN. 3S I
» vida á la manera de los brutos, decaído el cuerpo, em- » bargados los movimientos y perdida la expresión del «semblante.»*
Sorano, ó, si se quiere, Celio Aureliano, por quien han llegado á nosotros los escritos de aquel , vertidos á la lengua latina , explica que los melancólicos son iracundos , están tristes y les sale al rostro su mal humor. Las causas más frecuentes de la melancolía son las mismas de la manía : intemperancia , abuso de medicinas, pesares y temores. Es enfermedad que acomete más á los hombres, y, por lo común, á los de edad madura: sus pródromos son los de la manía; así como sus síntomas , una vez confirmada , angustia , repugnancia á la compañía , inclinación á la soledad y al silencio; cuándo apego á la vida , cuándo deseo de la muerte ; ó bien desconfianza continua , miedo de engaños imaginarios, llanto, gemidos y de súbito alegría, principalmente después de las comidas. Para algunos autores , entre ellos los secuaces de Themisón , la melancolía es una modificación de la manía; pero media entre ambas la diferencia, que en aquélla padece principalmente el estómago, y en ésta la cabeza.
No puede negarse que en la historia de la Medicina forma Galeno una época tan brillante como larga, pues nada menos que por espacio de catorce siglos fué el maestro, el oráculo de las escuelas; pero, aunque con sus descubrimientos sobre el sistema nervioso dejó atrás á todos sus predecesores hasta perderlos de vista, inaugurando la investigación experimental en Fisiología y Patología, camino en que, por desgracia, no le
* Aretaei Cappadocis De causis et signis morborum acutorum et diuturnorum libri quatuor. De curatione acutorum et diuturnorum morborum libri quatuor. Cum commentariis integris Petri Pétiti, medid parisiensis, atque clarissimi Joannis Wiggani doctis et laboriosis notis, et celeberrimi Mattairii opusculis in eundem, tandemque eruditissimi atque celebratissimi Danielis Wilhelmi Trillerii observationibus et emendatis. Editionem curavit Hermannus Boerhaave; Lyon, 1735; capítulo v, págs. 29 y 3o.
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siguieron sus descendientes ; en punto á enfermedades mentales, fué muy poco lo que escribió, y aun se duda de que le pertenezca el libro sobre la Melancolía incluido entre los suyos, y más bien se cree ser un tratado,de Rufo, obra que se ha perdido.
Pablo de Egina, al hablar de la melancolía, es un eco de Sorano. Algunos pacientes, dice, se imaginan haberse transmutado en un animal, cuya voz remedan: éstos rien, aquéllos lloran sin cesar, ó, juzgándose dotados de una potencia sobrenatural, predicen lo venidero: los más están flacos ; se les vuelve moreno el cutis, que, además, se arruga y seca; su talante es triste, bien derive la enfermedad de una disposición congénita, bien de pesares, vigilias, alimentación mala ó supresión de algún flujo. Hay una variedad de este mal, que es la Licantropía, cuyos adolecientes huyen de su domicilio al venir la noche, hacen por imitar á los lobos y vagan en derredor de las sepulturas hasta el amanecer. Para el tratamiento moral déla melancolía , lo primero es la residencia en un lugar quieto y las distracciones.
Saltando un espacio de ocho siglos y medio, dentro del cual cae el período arábigo de la Historia de la Medicina, que, en orden á Patología y Terapéutica mentales , no añadió una noción teórica ni práctica á las legadas por la antigüedad; encuéntrase á Jacobo Sylvio exponiendo en 1480 principios y dictando preceptos harto raros y extravagantes que patentizan un deplorable retroceso de la ciencia. El humor melancólico es muy acre, fermentante, corrosivo, ácido y trascendente, y le hay de dos clases: uno que reside en las venas, como la madre del virio en los toneles; y otro, más maléfico, que está compuesto de bilis amarilla. Son efectos de su acción deletérea: insomnio, agitación nocturna, ensueños pavorosos, carácter sombrío y perturbación del entendimiento. Ni médicos ni asistentes se acerquen á los melancólicos sin poner la vista en sus manos, pies y cara, porque de muchos que parecen
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estar en cabal juicio, pueden ser improvisamente maltratados. Inquiéranse los caprichos de estos enfermos, para ceder á ellos ó resistirlos. Con unos conviene altercar; á otros, pegarles ó atarlos. La melancolía se cura de cinco maneras, una de las cuales es desviar del celebro el humor, y dirigirlo á las partes innobles ':
¡Punto en boca!
He hecho este breve extracto de los capítulos que sobre enfermedades mentales contienen las obras que, por los tiempos de Cervantes, eran libros de texto para escolares y de consulta para profesores, á fin de que se vea el atraso en que se hallaba este ramo de la Medicina, cuánta era su carencia de principios de alguna fijeza, cuan vagas y confusas sus nociones, y particularmente cuan difícil ó casi imposible que en lo especulativo ilustraran y en lo práctico dirigieran ni aun á los que, por sus estudios especiales, estaban en aptitud de entenderlas y aplicarlas. No creo ir fuera de camino pensando que, respecto del punto concreto de la melancolía, al que deseare tener noticia de este padecimiento para utilizarla en alguna obra literaria ó artística, bastaríale sin duda con lo transcrito en sustancia, no diré sólo para confundirse y perderse en cavilosidades y temores, sino aun para quedarse melancólico, ya que no memo, y no hacer cosa de provecho en toda la vida.
Lucido, pues, habría quedado nuestro escritor si queriendo, que no quiso ni había de querer, asentar la máquina de su novela sobre un cimiento científico, se hubiese metido en el empeño de estudiar tales nociones, y con ellas fabricarlo. Mirándolas por otro lado, escaso alimento fueran para una inteligencia ganosa de saber, pues, aechándolas todas, no se sacaran dos docenas de granos aprovechables, y e'sos de la cosecha de Areteo casi todos; que no en vano es estimado por sobresa-
* Trélat, Recherches historiques sur la folie; Parí?, i83g.
384 FUENTES DE LA INVENCIÓN.
líente entre los primeros médicos de la edad antigua, así como la exactitud y viveza de sus descripciones le han valido el renombre de pintor fiel y galano del organismo enfermo. Él es el único que columbra la monomanía por entre el séquito de síntomas de la melancolía, y se acerca á ella y casi la toca, pero pronto la deja y pierde de vista, por ir tras la otra, anheloso de conocerla bien y dar todas sus señas ; al modo que , herborizando un botánico en busca de especies de una familia, á la que consagra privativamente sus estudios, encuentra tal vez escondida entre ellas una planta , y no se cuida de cogerla, por no echar de ver en su afán que es de un género nuevo ó desconocido cuyo hallazgo y publicación le darían sin duda la celebridad que algunos han alcanzado vinculando en el nombre del que descubrieron el suyo propio.
En todo caso , datos , aunque sueltos , más concretos y adecuados hubiera podido tomar Cervantes de los mismos autores en sus capítulos sobre la Manía, donde mencionan ciertas ideas raras ó maravillosas y engaños de los sentidos, según entonces se decía, ó conceptos delirantes y alucinaciones, como se llaman ahora. Allí dice Areteo: «Hay innumerables especies de maniacos. » Los que tienen ingenio é instrucción aprenden por sí »y sin auxilio de maestro astronomía y filosofía , y cul- »tivan la poesía como soplados de las Musas: para que »se vea que hasta en las enfermedades son de algún » provecho las artes liberales. Los rudos é iliteratos lle- »van cosas de carga, hacen figuritas de barro, ejecutan » obras de manos ó labran piedras. Están también afe- » rrados á conceptos quiméricos : uno hubo , que temía »no se cayesen al suelo las redomas, porque se imagi- »naba ser una de ellas; otro, creyendo ser un ladrillo, » obstinábase en no beber gota de agua por miedo de » deshacerse con la humedad.» * Allí también Sorano ,
* Ibidem, pág. 16.
FUENTES DE LA INVENCIÓN. 385
copiando de Apolonio, escribe que Artemidoro el gramático cobró tal terror viendo un cocodrilo tendido sobre una mesa , que al instante dio en la tema de que la fiera le había devorado la mano y pierna izquierdas, y perdió enteramente la memoria ; y que cierto loco enamorado de Proserpina se imaginó haber descendido á los infiernos, donde, sin embargo, hubo de casarse con una diosa, á pesar de ser ya mujer de otro. El susodicho capadocio, que es sin duda el que más está en todo, explica, y esto merece notarse, que ciertos maniacos tienen zumbidos muy particulares de oídos y sienten ruidos tales, que se imaginan oir sones de trompetas y flautas. * También refiere sucintamente un caso raro de delirio semejante al nostálgico, acaecido en tiempo muy anterior al suyo. Un carpintero , hábil en toda suerte de labores de su oficio; que se acomodaba de muy buen grado á las indicaciones de los arquitectos de las obras en que intervenía ; moderado en el precio de sus trabajos, y enteramente cuerdo mientras los ejecutaba en su casa; no bien salía de ella para el baño ú otro lugar adonde le llamasen, y apenas soltaba las herramientas, cuando arrancaba un suspiro , encogíase de hombros , y luego que había perdido de vista sus oficiales, taller y domicilio, perdía también el juicio y poníase furioso; mas, en volviendo á entrar en su casa, recobraba de súbito la cordura: tal correspondencia había entre aquel lugar y el entendimiento de este hombre. **
Una composición clásica, más sin duda que en nuestros tiempos conocida en los de Cervantes , leería éste con el gusto que la leen cuantos lo tienen bien acondi-
* In quibusdam sane peculiariter sonant aures, et bombis adeo perstrepunt, ut tubarum fistularumque voces audire sese existiment. Ibidem, pág. 32.— Este pasaje muestra claramente que Areteo conocía bien las alucinaciones del oído, por más que así no las nombrase.
** Haec erat ínter locum illum et viri mentem cognatio. — lbxdem, pág. 32.
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cionado ; la cual , mejor que los textos de los referidos autores médicos, pudo darle pie para meditaciones sobre la locura y hasta algunos colores para pintar la de su héroe. Es aquella sátira de Horacio *, la más agradable y filosófica de todas las suyas, como así la califican los peritos, en la que, con el artificio de un diálogo entre el poeta y los estoicos Damasipo y Estertinio, se sienta desenfadadamente la tesis de que todos los hombres son unos orates , excepto el sabio ó sea el filósofo de la escuela de los dos nombrados, que, no obstante, por más loco que todos aquéllos es tenido muy luego. Pasa revista á los hombres que están siempre aterrados de recelos quiméricos; á los que , por la inversa , sin asustarse de nada, arrostran temerariamente peligros de todo linaje; á los coleccionistas de antiguallas, que las pagan á peso de oro; á los avaros y tacaños; á los ambiciosos, malvados, desprendidos, manirrotos , fanáticos y supersticiosos; y á todos los halla , á cuál más, á cuál menos, tocados de locura. De aquí se saca por consecuencia ser tontería que se avergüence uno de pasar por loco, supuesto que con locos vive. Rasgos médicopsicológicos y frenopáticos, abundan en esta donosa poesía. El punto que, al entrar en materia, dilucida Damasipo, siguiendo á Estertinio, primum nam inquiram, quid sit furere, primero averiguaré qué cosa sea loquear, ni en el tiempo de Cervantes, obra de*dieziséis centurias después, había perdido la oportunidad, ni en el nuestro la tiene menor que cuando lo propuso en la conferencia aquel filósofo estoico. El que ciegamente se deja arrastrar de pasiones viciosas, y juzga por verdadero lo falso, en cualquier modo que sea , éste es loco : por tal le declaran unánimes el Pórtico y la secta de Crisipo. Esta regla comprende á todo el mundo, á pueblos y á reyes. Orate hay, que teme cosas que no existen y cree ver en medio del camino por donde va llamas, rocas y
* La 3.° del Libro II.
FUENTES DE LA INVENCIÓN. 38y
ríos; otro, al contrario, no espantándose de nada, arremete con llamas y ríos, sin escuchar á padre, madre, esposa ni hermana que le gritan: [«¡guarda el » hondo precipicio! ¡guarda la ingente peña!» Ayax, en un paroxismo de locura , degolló un rebaño de carneros vociferando que mataba á Agamemnón, á Ulises y á Menelao. Conjura por los dioses Horacio á Damasipo que le diga, supuesto que hay tantas especies de locura, cuál es la que el mismo vate padece, sin embargo de creerse muy cuerdo. «¡Qué mucho ! responde »el otro; pues ¿piensas tú que se tenía á sí misma por » loca la furiosa Agave cuando llevaba en la punta del »tirso la cabeza del hijo á quien había despedazado?» Porfiando el poeta , conviene en ser un bobo y hasta un loco de atar; mas estrecha á Damasipo por que le declare de qué calidad es su locura ; á lo cual contesta el estoico : « Primero , andas siempre con obras en tu «casa para imitar á las gentes de alto copete; luego, «haces burla del enano Turbo cuando se presenta ar- » mado de punta en blanco y con más traza de altanero » que permite su'estatura , y esto sin mirarte á ti mismo , »que tienes un corpazo que no sale dos pies del suelo; »y, finalmente, cometes la mentecatez de querer me- »dirte con Mecenas, tú, que no le llegas á la cintura, » ni con él puedes compararte...» Algo más le dice , que hoy no es para puesto en letras, ni para dicho en corrillo de amigos de buen modo, ni aun para hablado entre dientes.
En la epístola del mismo vate á Julio Floro * se halla el fiel retrato de una locura parcial , que los médicos contemporáneos de Cervantes hubieran tenido forzosamente que diagnosticar de melancolía, con ser una monomanía, por todos lados, festiva y placentera, si enfermedad y regocijo no fuesen antitéticos. Más pudo alumbrar el entendimiento de nuestro novelador un
* La 2.a del Libro II.
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corto pasaje de aquella composición poética que los voluminosos Opera omnia de todas las lumbreras me'dicas de los siglos antiguos, medios y modernos. Residía en Argos un sujeto de linaje distinguido, dígase un hidalgo, que se imaginaba ver representar tragedias maravillosas en un teatro, donde no había actores ni otro espectador sino él, que allá se pasaba horas y horas sentado, en la actitud de quien mira , escucha, se embelesa y aplaude. Salvo esto , era un observante rígido de las obligaciones que la sociedad impone, vecino ejemplar, huésped atento con los que recibía, marido cariñoso, amo bien acondicionado , pacífico en términos de no incomodarse con sus sirvientes , aunque se le hubiesen bebido la mejor botella , y si tal vez encontraba en el camino un derrumbadero ó un pozo, cauto para echar por otro lado *. Sus deudos no perdonaron cuidados ni gastos para curarle, y habiéndolo conseguido propinándole una dosis de buen eléboro, con que purgó la bilis, causante de la enfermedad; — «¡Vive Pólux!, les dijo, «amigos, que muerte me habéis dado y no salud, qui- » tándome ese tan agradable engaño del entendimiento.» Extravagante salida con que vino á demostrar que, si sanado había ya de alucinaciones , malo quedaba aún de locura epicúrea.
Como éstos eran todos los antecedentes , menos dos, por cierto muy merecedores de examen especial, á que pudo acudir Cervantes para modelar la figura de Don Quijote; mas ¿hubiérale servido el matalotaje de los científicos y la severidad didáctica con que están expuestos, sino para confundir su entendimiento, ador-
* Fuit haud ignobilis Argis,
Qui se credebat miros audire tragoedos ln vacuo laetus sessor plausorque theatro: Cetera qui vitae servaret muñía recto More: bonus sane vicinus, amabilis hospes, Comis in uxorem: posset qui ignoscere servís, Et signo laeso non insanire lagenae: Posset qui rupem et puteum vitare patentem..
FUENTES DE LA INVENCIÓN. 38o.
mecer su fantasía y cortar los vuelos á su inspiración? Por muy aficionado que fuese á la lectura , por mucho que con ella gozase , el libro se le habría caído de las manos. Y aun dando de barato que se hubiese empapado en las doctrinas que tales libros contenían, y que hubiese aprendido de memoria las descripciones de Hipócrates y Areteo, de Galeno y Sorano, dejadas aparte la de Pablo de Egina por ser una mera copia, y la de Jacobo Sylvio por estrafalaria y ridicula; y todavía concediendo que el descenso de aquel loco de amor á los infiernos y la degolladura de carneros por el furioso Ayax le hubiesen sugerido la bajada de Don Quijote á la cueva de Montesinos y su acometimiento al ejército de Alifanfarón, en cuyas admirables narraciones se vería, á lo más, cómo en una imitación había sabido exceder en belleza al original ; ¿qué enseñanza habría sacado de aquellas obras para introducir al Manchego en las regiones de la locura, y llevarle por sus breñales y derrumbaderos, mayormente habiéndose impuesto el pie forzado, mérito singularísimo, de no quitarle la carta de vecindad de los dominios de la discreción?
Porque el toque más bello, cuanto á lo literario, y más ingenioso, cuanto á lo científico es, que, queriendo poner en escena un loco, no fingió un demente, acaso torpe como un idiota ó insensible como una estatua de barro; ni un lipemaniaco, ensimismado, taciturno y sumido en el estupor específico de su mal; ni un maniaco, intolerable por sus disparates y gritería , repulsivo por la perversión de sus afectos é instintos, ó temible por su malignidad y furores; sino un orate lúcido, un monomaniaco, en quien pueden unirse, combinarse y resaltar con admirable contraste los extravíos, arrebatos y luchas del delirio, la derechura de la razón, la bondad de un pecho generoso, el discurso de un entendimiento claro y los primores de una esmerada cultura : mezcla armónica de enfermedad y salud en constante acción alternativa , sin deficiencia de la una ni
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predominio de la otra, antes en sorprendente é inexplicable equilibrio. Lo cual no pudo aprender nuestro ingenio en las obras médicas, porque ninguna de las publicadas hasta la época en que escribió había puesto en su verdadero punto éste de diagnóstico frenopático: la distinción entre la melancolía y la monomanía como formas específicas, según lo hizo tantos años después el ilustre alienista Director del manicomio de Charenton.
El inmenso hospital de orates en que la sátira del venusino, con atrevimiento igual á su alcance filosóficoj muestra convertido el mundo ; el caso del loco argivo, el del loco sevillano, monomaniacos ambos ; otros semejantes que, ya históricos, ya levantados por la inventiva del vulgo sobre memorias de hechos verdade~ ros, correrían en España entremezclados con tradiciones y cuentos populares , ó habrían llegado á noticia de nuestro novelista por su asidua lectura, viajes y residencia en tantas partes, comunicación y trato con gentes tan diversas en patria , religión y calidad , cristianos, moros y renegados , eclesiásticos, magnates y literatos, pajes y soldados, cautivos y pobres; y hasta el estudio de las costumbres rufianescas que se trasluce haber hecho frecuentando lugares en que se juntaban los picaros y maleantes de toda calaña; estos, estos ejemplares y esta escuela universal sí debieron de ser las fuentes en que bebió la inspiración de su fábula, tan grandiosa en el pensamiento, tan rica en sucesos incidentales, tan variada en narraciones, tan fiel en la pintura de caracteres y de ciertos afectos que suave ó violentamente mueven el corazón humano. Ni llegó nunca sus labios á manantial alguno de la ciencia, ni el agua de éste era la que apetecía su constitución de artista.
En particular, dos fuentes — acaso sólo una — se le ofrecieron, sin ningún género de duda, y él quizás aprovechó; sobre las cuales ha dado muy interesantes noticias el Excmo. é limo. Sr. D. Adolfo de Castro en
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un opúsculo * que forma parte de un libro, ** inapreciable, como todos los de este diligentísimo literato, por sus ideas , erudición , crítica , lenguaje y estilo.
Es la primera : « Hallóse Cervantes con un cuento »popularísimo, de cierto escolar que á deshora de la » noche dio grandes gritos y golpes en su aposento, cual » si su vida se hallase en peligro y la defendiese resuelta- » mente. Acudieron sobresaltados otros estudiantes que » vivían en la misma casa; y lo hallaron jugando un » montante , cual si combatiese á alguien que intentase «herirlo. Se abrazaron con esquitáronle el arma, y » le pidieron la explicación de aquel suceso. Respon- «dióles que, en vez de estudiar, leía en un libro de caballerías que un famoso caballero estaba en graví- »simo peligro por la muchedumbre de villanos que «alevosamente le acometían; y que de tal manera se «poseyó del asunto, que creyendo verdad el hecho y «que pasaba ante sus ojos, había tomado el montante » y acudido en socorro, repartiendo tajos y reveses á «aquellos enemigos. Y tanta era su ilusión, que excla- »maba: Defiendo á este caballero. ¡ Qué lástima! ¡Cuál nle traían estos villanos!» ***
* Una obra de Cervantes impresa sin su nombre.
** Varias obras inéditas de Cervantes, sacadas de códices de la Biblioteca Colombina , con nuevas ilustraciones sóbrela vida del autor y el Quijote; Madrid, 1874.
*** «En la Biblioteca de la Academia Española existe un libro manuscrito, intitulado: Cartapacio, primera parte de algunas cosas ^notables, recopilada por mí D. Gaspar Garceran de Pinos y Cas- »tro, conde de Guimerdn, año 1600. Al final se lee: Acabóse esta nprimera parte de Cartapacio, en Zaragoza á 25 de Mayo »de 16 1 3. — En este libro se lee el cuento en la forma siguiente. — »Un estudiante de leyes en Salamanca estaba leyendo (á) la vela, y »en lugar de leer sus liciones , leía en un libro de caballerías ; y «como hallase en él que uno de aquellos famosos caballeros estaba »en aprieto por unos villanos, levantóse de donde estaba, y tomó »un montante, y comenzó á jugarlo por el aposento y esgrimir en «elaire; y como lo sintiesen sus compañeros, acudieron á saberlo «que era, y él respondió: Déjenme vuesas mercedes, que leía esto »y esto, y defendiendo ( defiendo) á este caballero. ¡ Qué lastima! » ¿Cual le traían estos villanos!»
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Es la segunda el Entremés de los Romances , en el que se finge que un labrador, llamado Bartolo, ha caído en la locura que á su suegra Mari-Cre.spa declara
Pero Tanto. Tanto por tanto, yo os digo Que vuestro yerno y amigo Quiere partirse á la guerra,
Y dejar esposa y tierra; Que lo consultó conmigo. De leer el Romancero
Ha dado en ser caballero, Por imitar los romances ;
Y entiendo que á pocos lances Será loco verdadero.
Parte , en efecto, á la guerra con su criado Bandurrio; y, encontrando en el campo un rústico, Simocho, que está requiriendo de amores á Marica, labradora, cree que es el moro Tarfe , y le dirige las palabras del Romancero, no sin re'plica del otro:
Bartolo. Retrátate, Almoradí,
Que es razón que te retrates De tus mujeriles hechos ;
Y en cosas de hombres no trates. Dices que Daraja es tuya : Suéltala, moro cobarde.
Simocho. No quiero.
Bartolo. Pues por los cielos
Que aquesta lanza te pase. Simocho. ¡ Ay !, que me ha dado en las nalgas.
¿Cómo con la lanza misma
No me vengo ? Bartolo. Arre, arre.
Simocho. Decabalgad del caballo,
Y lo que hicisteis pagadme.
El rústico da de palos á Bartolo con su propia lanza, y le deja tendido en el suelo y exclamando:
Bartolo. ¡ Ah cruel fortuna, proterva !
Apenas puedo moverme : i Contenta estarás de verme Tendido sobre esta yerba !
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De una desgracia tan brava No tengo la culpa yo : Túvola el asno, que no Corrió cuando le arreaba. ¡Santa María me valga! No puedo alzarme, aunque quiero. ¡ Oh, mal haya el caballero Que sin espuelas cabalga ! Mas, ¿yo no soy Valdovinos? Y Carloto ¿ no es aquél ?
¿ Dónde estás , Señora mía, Que no te duele mi mal ? De mis pequeñas heridas Compasión solías tomar; Y, agora, de las mortales
No tienes ningún pesar
No te doy culpa , Señora , Que descanso en el hablar: Mi dolor es tan crecido, Que me hace desvariar.
Hállanle Tanto; Antón, su padre; Crespa; Teresa, su esposa; y luego Bandurrio; y entre todos median estas razones:
Antón. Lleguemos á ver quién es.
Tanto. Vuestro hijo es ¡ por San Juan !
Bartolo. ¡ Oh noble Marqués de Mantua ,
Mi tío y señor carnal ! Antón. ¿ Qué mal tenéis, hijo mío ?
Querádesmelo contar.
• ••«•••**••••
Teresa. Decidnos si estáis herido.
Crespa. Hijo, decid la verdad.
Bartolo. Veintidós palos me han dado,
Que el menor era mortal. Antón. Levantémosle del suelo,
Y llevémosle al lugar. Tanto. Muy bien decís.
Bartolo. Caballero,
Por mi fe os digo verdad:
Hijo soy del Rey de Dacia,
Hijo soy suyo carnal ;
La reina doña Armelina
Es mi madre natural;
La linda infanta Sevilla
Es mi esposa, otro que tal.
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Tanto.
Esto en las coplas está
Del noble Marqués de Mantua.
Bartolo.
Era mi tío carnal,
Hermano del Rey, mi padre,
Sin en nada discrepar.
Tanto.
Vamos con él: acabad.
Antón.
Tened, Bandurrio, de ahí;
Y empezad á caminar.
Crespa.
Adelántate tú , hija.
Teresa.
Yo voy volando al lugar.
Antón.
Hijo mío, ¿qué es aquesto?
Acabad de loquear.
Tanto.
Lleve el diablo el Romancero,
Que es el que te ha puesto tal.
Decid, i no tenéis vergüenza,
Bartolo, de porfiar
En que sois vos Baldovinos?
Bartolo.
¿Yo Baldovinos ? No hay tal.
Vos, señor, sois Bencerraje;
Y yo alcaide natural
De Baza.
Tanto.
¡ Locura nueva !
Antón.
¡ Pobre del, que tal está !
El está loco, y perdido.
Bartolo sigue ensartando principios de romances mientras es conducido á su casa; y, al ser entrado en ella, dicen
Teresa. Ellos sean bien llegados ,
Que ya está hecha la cama. Bandurrio. Pues metámosle á acostar;
Que el loco durmiendo amansa. *
No hay duda: el estudiante de Salamanca, ó de otra Universidad, y el labrador Bartolo son dos Quijotes en cierne.
Lo que puede ofrecer alguna dificultad es el admitir que verdaderamente sea de Cervantes el Entremés de
* Si, por dicha mía, el Sr. de Castro llegare á pasar los ojos por estas páginas, espero que, en gracia del interesante asunto de que tratan, me perdonará el haber metido las manos hasta los codos en su hacienda literaria.
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los Romances , como por varios datos lo colige el Sr. de Castro; quien calcula que se compuso y representó antes de publicarse el Don Quijote, y que se imprimió, sin nombre de autor, por vez primera en Valencia, año' 16 1 1 ; y ningún cataloguista de nuestro teatro lo ha descubierto ó indicado. Si he de manifestar lo que siento, yo no lo veo bien claro; aunque la perspicacia de dicho señor y su notoria idoneidad para dilucidar y resolver puntos dudosos y oscuros de la historia de las letras castellanas, casi me da á entender que en e'ste padezco alguna torpeza, ó de la vista, ó de la inteligencia. En todo caso , el pensamiento de la pieza cómica es , ni más ni menos, el del cuento estudiantil, pues no le da ni le quita el que la locura del labriego le arrastre á hacerse caballero, como los de los romances, en vez de batirse , como el escolar, por el héroe de un libro de caballerías. Pero la flagrante semejanza entre los pasajes trasladados del Entremés y otros del Don Quijote no prueba de un modo concluyeme que en su composición anduviese la misma pluma. Así me induce á pensarlo algo que el Sr. de Castro puso en otro opúsculo suyo, con justicia muy celebrado , que tiene por título: La última novela ejemplar de Cervantes ; * donde , después de referir que éste profesó , hacia los postreros días de su vida , en la Tercera Orden de penitencia de San Francisco , fíngese que le visitaban el Padre Visitador , algunos hermanos del mismo instituto y otras personas respetables, que con sus conversaciones le fortalecían, consolaban y distraían; y, tocándose en una de ellas la lectura de los libros de caballerías, dijo uno de los asistentes: «¿Y á que no sabe vuesa merced, »Sr. Cervantes? pasando á otra cosa: el otro día vino á »mis manos el libro de las ilustres mujeres de Juan Bo- »caccio en lengua castellana, y al leer la vida de Ceres, »¿con qué llegué á tropezar? Con la pintura de la edad
* Ibidem, págs. 434y 435.
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»del oro. Vuesa merced seguramente debió recordarla »al escribir la suya en el Ingenioso Hidalgo?» Mas, habiendo empezado el preguntante á recitar de memoria el pasaje de aquel autor, é interrumpídole prontp el franciscano con "razones muy honrosas para nuestro ingenio, repuso e'ste: «Yo nunca imaginé exceder á Bocae- » ció sino imitarle; y ciertamente al trazar la descrip- » ción de la edad de oro , tuve un lejano recuerdo del » pasaje de aquel insigne discípulo del gran Petrarca, »que había leído muchos años atrás.» De esta manera delicadísima se da á entender que bien pudo Cervantes seguir á otro escrituren alguna pintura, aunque, al fin, la suya apiádese más, por ser trabada con más brevedad y aun con grandeva superior; de lo cual se infiere que todavía con menos escrúpulo ó miramiento que á un autor tan conspicuo como Bocaccio, pudo imitar al oscuro ó desconocido, tal le supongo, del Entremés. Con todo , la imparcialidad me veda ocultar que contra esta hipótesis van dos argumentos de gran fuerza , que me da el Sr. de Castro. « ¿ Cabe en lo posible que Cervantes, que, según él mismo, excedía á tantos en la » invención , tomase de un entremés conocido el pensa- » miento del Quijote? ¿Y tiene acaso verosimilitud » que alguno de los adversarios declarados de su libro , »y aun de su persona, no lo hubiese acusado de un «hurto literario?»*
Entre el combate del estudiante y las batallas que solía reñir el Hidalgo en su casa, ó sea antes de correr aventuras, según relación de la Sobrina, no se busque sólo semejanza, porque salta á la vista su igualdad.
Hayla también, casi entera, de actos y palabras entre la amenaza, apaleamiento, lamentaciones, hallazgo y conducción de Bartolo á su casa, y los de Don Quijote en el encuentro y después del encuentro con los mercaderes toledanos.
* Ibidern, págs. i33 y 134.
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Dejando aparte por ahora el cuento, los que den por averiguada la filiación del Entremés , podrán decir, con el Sr. de Castro, que «Cervantes no escribió de primera » intención su libro. Trazó una especie de bosquejo de él »en su Entremés intitulado de Romances /» y que este «es » verdaderamente el bosquejo del carácter de Don Qiii- »jote y de la primera salida del ingenioso hidalgo. Cer- » vantes hizo lo que los grandes pintores : trazó un borrón »ó un ligero dibujo de un gran cuadro, primitivo pensa- » miento que luego desenvolvió en un libro admirable. «Como en el Museo del Louvre, en el palacio de Wind- »sor, en muchas galerías de las más importantes ciu- » dades de Italia , y en otras colecciones famosas , halla »el artista ó aficionado dibujos délos maestros eminentes, y los tiene en tanta estimación como los cuadros »más acabados y sublimes, porque en estas obras, al » parecer pequeñas , está presentada toda la fuerza, del » genio de los autores con espontaneidad pasmosa, así el » Entremés de los Romances es la primera expresión del » pensamiento del Quijote.» *
Pero, á la verdad, para mi fin particular esto tiene una importancia punto menos que secundaria , porque, aun presupuesto que el Entremés no fuese obra de Cervantes sino de un autor anónimo, como el cuento del estudiante lo fué del autor anónimo que se llama vulgo, en ellos han de ver los investigadores dos fuentes á que tal vez acudió nuestro ingenio para lo específico de la
invención de su novela mas ¡qué fuentes! dos hilos
de agua, que la varilla mágica de su fantasía convirtió en raudales. Menos pudo aprender Cervantes en el escolar que en cualquier recogido de un hospital de locos: el labrador, en todo caso, le dio más luz, más pormenores, más materia de estudio, aunque sólo sobre un hecho suelto de locura parcial, ó así parece, del que con poco trabajo podía hacerse cargo un mediano ob-
* Ibidem, págs. i3l, 140 y 141.
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serrador, y escribir algo de gusto cualquier pluma festiva. Dígase , y lo paso, si no lo admito, que el escolar y el labriego enseñaron á Cervantes cómo con la lectura de ciertos libros se venía la enajenación mental, y, en conformidad con esta enseñanza práctica, hizo enloquecer al Manchego; pero, respecto de lo demás, ¿qué son dos sencillos delirios, por alucinación el uno y por ilusión el otro, para la pintura complexa de una monomanía? Muchos más, mejor caracterizados, y con sus varios accidentes, vemos todos los días los que asistimos locos, y ninguno de nosotros, hasta ahora, ha tenido aliento para arrojar al mundo otro ingenioso hidalgo; y ¡vive Dios! que en los tiempos que corremos material hay de sobra en los manicomios, y aun fuera de ellos, para formar la figura, no de uno, sino de muchos Quijotes.
Quizá más que los casos del escolar y del labrador inspiró á Cervantes el que, sin duda con pormenores prolijos, hubo de saber por pública voz y fama, de cierto personaje que ha estado oculto largo tiempo en las sombras del olvido, y de quien, fuera del pueblo de su naturaleza ó residencia, casi nadie hablaba y muy poco se sabía; personaje que en una fecha reciente fué descubierto en su retiro y presentado al público por un ilustre literato ; y que parece haber sido á modo de un maniquí de que se sirvió nuestro ingenio para dibujar lafigura de su andante héroe , bien que no copiándolo sino sacando de él una idea como en germen, que luego desenvolvió ampliamente su imaginación lozana. Claro es que aludo á don Rodrigo Pacheco, hidalgo ó caballero pudiente de Argamasilla de Alba. Cuéntase que fué el principal fautor de la prisión de Cervantes; que estuvo loco en alguna ocasión, y no andaba en otras del todo cuerdo ; y que á él se refiere la inscripción que se lee en un altar de la parroquia, y relata habérsele aparecido Nuestra Señora , estando malo de una enfermedad gravísima, desanparado de los médi-
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eos llamándola de día y de noche del gran dolor que
tenía en el celebro de una gran frialdad que se le cuajó dentro. Según Hartzenbusch , cuya es la noticia que precede, el fondo del retablo de dicho altar «lo llena » un lienzo al óleo, que representa á Nuestra Señora «entre ángeles en los aires, y abajo (en oración, con las tímanos juntas ) una dama y un buen señor, ella joven, »y menos joven él, de rostro largo y estrecho, ojos » espantadizos y largos bigotes , á quien no acomodaría
» mal el título de Caballero de la Triste Figura Se
«asegura ser el caballero anónimo don Rodrigo Pache- »co, enemigo que fué de Cervantes, convertido por él » en el hidalgo célebre de la Mancha : aquél, se dice, es el «retrato de Don Quijote; y con la frialdad que se le y cuajó en el celebro, se indica haber sido locura la » enfermedad gravísima del doliente. Se muestra tam- »bien á la orilla del pueblo un solar de casa, de la «cual sólo queda ya algo de las paredes, y afírmase «haber sido allí la morada de don Rodrigo, casa de don «Quijote.»*
En resumen, la generación del pensamiento de esta novela es un punto en que nadie puede poner con seguridad el dedo, y menos en lo que respecta á la concordancia del pensamiento y de las narraciones en que está desenvuelto, con ciertos conocimientos científicos; sobre la cual harto conozco que, contra mi deseo y diligencia, ilustran poco los antecedentes referidos. Como quiera, todos ellos ó, si no todos, algunos, puesto que se ignoran otros y acaso se ignorarán siempre, hemos de creer que fueron los orígenes ó fundamentos de la invención en lo que la singulariza, ó sea en lo ingenioso de haber dado á su mecanismo por fuerza motriz un delirio que , dejando ilesas muchas ideas y sentimientos, ó no usurpándolos á la autoridad jurisdiccional del juicio sano, ofreciese á la vista del espectador
* Prólogo de la citada edición del Don Quijote, págs. xiv-xvi.
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una serie de cuadros en que las tristezas y miserias de la locura alternasen con las alegrías y grandezas de la razón. La verdad es que, según todos los indicios, Cervantes estuvo siempre enamorado del .pensamiento de preferir el delirio monomaniaco á todos los demás para las historias cuya acción quería hacer derivar de una locura. Que era monómano el loco de Sevilla dicho está, y probablemente también el de Córdoba. La novela de El licenciado Vidriera no deja la menor duda sobre la especie vesánica de la persona principal, pues nuestro ingenio sentó su diagnóstico con tanta fijeza como el de la locura de Don Quijote, aunque en el resto de la narración, siquiera sea sabrosísima, nada puso por lo que pueda ni remotamente compararse con la del Hidalgo. Tomás enfermó, y curáronle la dolencia del cuerpo, pero no la del entendimiento, «porque quedó sano, »y loco de la más extraña locura que entre las locuras «hasta entonces se había visto. Imaginóse el desdichado »que era todo hecho de vidrio, y con esta imaginación, «cuando alguno se llegaba á él, daba terribles voces, i) pidiendo y suplicando con palabras y razones concer- » tadas que no se le acercasen , porque le quebrarían; » que real y verdaderamente él no era como los otros » hombres, que todo era de vidrio de pies á cabeza. » Sobre la identidad de este caso con el mencionado por Areteo no hay que llamar la atención, pues la ve de golpe el lector: tanto monta licenciado Vidriera como licenciado Redoma. De aquél «quisieron algunos experimentar si era verdad lo que decía, y así le preguntaron muchas y difíciles cosas, á las cuales respondió » espontáneamente con grandísima agudeza de ingenio, » cosa que causó admiración á los más letrados de la «Universidad y á los profesores de la Medicina y Filo- » sofía, viendo que en un sujeto, donde se contenía tan » extraordinaria locura como pensar que fuese de vidrio, » se encerrase tan grande entendimiento, que respon- » diese á toda pregunta con propiedad y agudeza.» ¿Qué
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falta aquí para dejar exactamente delineada la forma frenopática? De modo que, si no fuera que en Cardenio fingió una locura de cierta especie muy particular y peregrina, aunque verdadera, por la única que atribuyó á los demás orates de sus historias, podría decirse, al uso moderno, que Cervantes, suponiendo que algo tuviese de alienista , dentro de este carácter cultivaba la especialidad de la monomanía.
Esto , sin embargo, es pura imaginación, buena para soltada por juego, pero no para sostenida en serio. Conque , siguiendo de nuevo por la senda de lo positivo, diré que á mí más que me satisface la bien hallada idea de haber fingido monomaniaco á Don Quijote, admírame lo hábil de su realización , la verdad que brilla en los pormenores de la supuesta locura ; en sus causas predisponentes y determinantes, desenvolvimiento progresivo sin saltos ni interrupciones, fenómenos primarios y secundarios; en la vigilancia del delirio; en su adormecimiento motivado y oportuno; en la medicación moral; y, por último , en la curación y los te'rminos en que se efectúa, consolida y hace visible con tal claridad, que desvanece toda sombra de sospecha ó duda. Y esto me suspende, además, porque si ciertos conceptos, razonamientos, conatos y acciones se originan necesariamente de la idea primordial ó constitutiva de la monomanía, están unidos á ella con vínculo indisoluble , ó son sus consecuencias necesarias, y, por lo mismo , ya el sentido común los presupone infirie'ndolos de la simple noción de la enfermedad, como de un postulado proceden ciertas demostraciones; otros hay, que por ser, en medio de su aparente significación escasa, peculiares de aquella especie vesánica, por originarse del trastorno de una facultad distinta de la que se reputa como asiento del mal, ó por obedecer á leyes patoge'nicas harto oscuras, que mejor conoce la experiencia que comprende la especulación; no parece que puedan estar al alcance de personas que no hayan
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hecho estudios prolijos sobre las perturbaciones mentales, ni menos depurado, robustecido y ensanchado sus conocimientos con la práctica frecuentando manicomios ó viviendo entre locos.
Pues ¿cómo acertó Cervantes á poner con exactitud los límites de la monomanía, y no contravino jamás al principio fundamental de que la pluralidad de sus manifestaciones había de caber siempre dentro de la unidad? I Dónde aprendió que era en cierto modo la nota tónica de esta vesania una pasión exaltante? ¿Quién le ponderó la trascendencia y pertinacia de las aberraciones sensorias, y casi le puso en aptitud de diferenciarlas con respecto á objetividad y á subjetividad? ¿Cuándo observó la tendencia del monomaniaco á ver ó considerar las cosas que directa ó indirectamente caen bajo su delirio, como pintadas del color del mismo? ¿Por quién supo ser síntoma muy característico de frenopatía el trueco de la personalidad, ya ajena, ya propia? ¿Dónde le advirtieron que los impulsos insólitos ó súbitos é indeliberados repugnaban con la monomanía, y, por lo tanto , ni uno siquiera supuso en la de su héroe? ¿En qué libro leyó que la conciencia refleja de la locura ajena subsistiese en muchos, que, por el mero hecho de ser locos , no tienen la de la propia? ¿ Qué tratado de terapéutica médico-psicológica consultó donde hallase que la frenalgia era un poderoso correctivo y aniquilador de la hiperfrenia , ó , en términos generales , que una pasión espontáneamente nacida se combatiese por medio de otra excitada con sagacidad y cautela? ¿En qué casa de orates pudo ver que , entre las crisis de los afectos mentales, ninguna más favorable y eficaz que la producida por una enfermedad incidental muy grave, de las que parecen anodadar la fuerza motriz del organismo entero; y que no hubiese curación más sólida de aquéllos que la preparada y traída poruña conmoción de esta calidad? ¿Quién, iniciándole en los secretos de la vida frenopática, le sugirió tantas otras especies como
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en la historia de su loco introdujo, adecuadas por pertinentes, pero admirables por raras? ¿Quién
Nadie Todo lo adivinó su genio. Con prodigiosa
intuición percibió claramente Cervantes la fisonomía de la locura parcial, su carácter inflexible, la necesidad de sus acciones, sus violencias y flaquezas, y el principio de contradicción que, anidando en su seno, la desasosiega y exalta ; y con la materia de estos conocimientos, depurada por la reflexión artística, la soberana fantasía de nuestro ingenio labró la figura de un monomaniaco típico cual concebirla pudiera en lucubraciones prolijas un alienista ingenioso y encanecido en la clínica. Sí, la locura de Don Quijote adivinóla el genio de Cervantes, y la sacó al teatro del mundo cómo debía ser , cómo la reclamaba la verdad científica y la requería la belleza literaria. De aquí que los tratados didácticos no se desdeñen , antes se complazcan, en poner por ejemplar de la especie monomaniaca al héroe manchego, con no serlo masque de una fábula. De aquí que un loco tan loco haya sido siempre la admiración y el ídolo de los cuerdos, pues sus locuras sientan mejor que muchas discreciones; porque á todas anima el amor de la belleza y de la gloria, un noble deseo, la abnegación ó el heroísmo ; y todas tienen la encantadora gracia déla candidez generosa, sin repugnar ninguna por su fin indigno, ya que todas sean deplorables por lo extemporáneo, vano ó temerario de su impulso. De aquí que, como este loco, no haya en la edad moderna ni hubiera en las antiguas cuerdo alguno tan conocido y ensalzado. Hasta le citan muy á propósito y ponen acertadamente por término de comparación ó encomio aquellos que jamás le han visto y sólo le conocen de oídas. Exuberante de inmortalidad, si tal puede decirse, la ha dado á cuantos tuvieron larga comunicación con él, á los que sólo una vez le trataron , aun á los que le hicieron ultraje, y, lo que es más de admirar, hasta al envidioso que osó ¡mal pecado! remedarle á guisa de
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payaso, con gracia poca y malquerencia mucha. De la oscuridad de sus locuras sale á menudo un rayo de luz bastante á alumbrar los entendimientos sanos para que vean sus desavíos y errores; siendo algunos de este loco enseñanzas y correcciones sin castigo ni ofensa , sátiras sin látigo ni hiél que llevan á la enmienda regocijadamente.
Y todo esto desenvuelto con inmejorable arte en una narración perspicua, sabrosa, interesante; de movimiento espontáneo y gallardo; rica en sentencias, sazonada de donaires ; magistral en el estilo, galana en la frase, pura en la dicción, modelo del buen gusto; única en el pensamiento, primera en su género, umversalmente celebrada; donde el grave concepto filosófico anda en pareja con el sencillo razonamiento vulgar, la idea sublime con el humilde refrán, tan luminoso quizás como ella; donde el lenguaje de gente ruin tiene una compostura que atrae y un gracejo que hechiza ; donde los risueños matices de la naturaleza contrastan con los sombríos colores de la miseria humana; donde ni las alegrías arrojan al desvanecimiento, ni las tristezas precipitan en la desesperación; donde no dejan lugar al odio, á la venganza ni al escepticismo el espíritu de caridad y la fortaleza que alientan en el seno de la más acendrada fe cristiana ; donde hasta las fealdades disimula una suave tinta de hermosura; libro sobre el cual no ha corrido el tiempo, antes vive en juventud perenne; libro que se lee hoy, y se vuelve á leer mañana y todos los días, y siempre suspende más, y cada vez pone á la vista nuevos primores; libro que al sabio contenta, al ignorante adoctrina, y á todos embelesa con el deleite puro que nace de la percepción y contemplación de lo bello en la excelsitud de lo ideal ; libro que ha tenido y tiene el singular privilegio de ser para doctos y eruditos un estímulo constante de estudios é investigaciones, y también para muchos un enigma en que está encubierto un pensamiento trascendental ; monu-
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mentó, en fin, con que el genio ha simbolizado la hidalguía, esfuerzo é intrepidez de la raza española, su magnánima generosidad en las bienandanzas, su varonil entereza en el sufrimiento de los infortunios, y aun los defectos que la exageración de estas brillantes cualidades engendra, pero que, en medio de ser imperfecciones, conservan siempre la traza distinguida y simpática de su noble origen.
Sin el empeño de inquirir la fuente de que brotó este caudaloso y límpido raudal, venga y apague su sed en él quien la tuviere de belleza literaria , aromatizada con flores del árbol de la ciencia.
406 EL QUIJOTISMO.
CAPITULO XXIII.
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Cervantes , con no haber sido alienista, podría figurar en los anales médico-psicológicos al lado de Esquirol , pues si éste descubrió que algunos síntomas de cierta especie vesánica discordaban del carácter general de ella, porque lo eran de otra, que deslindó claramente dándole nombre propio y exponiendo la doctrina de su evolución con tanta verdad , que , salvo pequeñas variantes, la han admitido todos los frenópatas; nuestro ingenio escribió con singular perspicacia la historia de una enfermedad mental , entre cuyos fenómenos generales los hay que, además de concurrir á darle forma inequívoca, distinguen otro padecimiento, á la manera que el cuadro sintomático de la melancolía de los antiguos abarcaba ó contenía dentro de sí el de la monomanía de los modernos.
Es un padecimiento que parece vesania; pero dudo que la Patología psíquica lo admita de plano, así como entiendo que la sanidad mental á su vez lo rechaza. Habría que colocarlo en el término divisorio de la cordura y la locura, si, según esta linde se vislumbra con los ojos de la imaginación, pudiera verse con los de la cara. En una tabla nosográfica vendría justo y medido á una casilla que en todas ellas falta, y que yo querría introducir denominándola Cuasi; en la cual se incluyesen y cuidadosamente se enumerasen los estados indecisos, transitorios, intermedios de la salud á la enfermedad; porque, con efecto, este padecimiento es una cuasidiscreción y un cuasi-delirio. A pesar de todo , yo me inclino á referirlo al segundo término de esta especie de paridad , como se verá más adelante.
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Es , en el fondo , una exageración del amor propio , porque nace de un sentimiento de hidalguía , orgullo ó superioridad que sale de regla, no se ajusta á la medida de las cualidades, condición ó interés del adoleciente, ó no se acomoda al temple del elemento en que vive; y toma la forma de una presunción , arrogancia , entrometimiento, arrojo, temeridad ó insolencia, que, cualquiera que sea, ahora por inconducente, ahora por extemporáneo, y siempre por desatentado, degenera en ridículo.
Aunque Cervantes lo vio mejor en las interioridades del. carácter frenopático de su héroe que Areteo el delirio monomaniaco entre las faces del melancólico, atento á lo principal del caso clínico cuya historia hizo novelando, no. le dio nombre; mas el vulgo sí se lo puso , sin tomarse el trabajo de acudir, como la gente erudita, al manantial griego de etimologías preconizado por Horacio. El vulgo, que en tantas cosas se adelanta á los doctos, y para todas las que caen bajo su jurisdicción saca nombres del caudal de sus conocimientos, con ingénita y á menudo graciosa inventiva , cuándo excitada por sus afectos de amor ú odio, placer ó disgusto, cuándo movida de su genialidad maliciosa y zumbona; llamó al tal padecimiento Quijotismo, porque hubo de parecerle que era un remedo grotesco ó exageración enfadosa de la parte vana y ridicula de la locura de Don Quijote. Y tan acertado anduvo, por lo visto, que pronto cuajó el vocablo; bien que no merecían menos lo castizo de su linaje, lo artístico de su estructura y lo perspicuo de su expresión; de suerte que, adoptado ya por el uso común, no se desdeñaron de admitirle los sabios, y, sin formación de expediente, que á veces para nada sirve menos que para expedir, antes por información verbal y sumaria , fué naturalizado, al fin, por quien tenía autoridad para ello en los dominios, citra et ultra, del habla española.
En el orden técnico, pues, el concepto nosológico
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de este fenómeno es quijotismo; su procedimiento fisiológico-patológico denomínase quijotería; sus expresiones sintomáticas, quijotadas ; el paciente, quijote; y los caracteres de otras dolencias que con los de este padecimiento tienen alguna semejanza apellídanse quijotescos.
Y así como al andar meneándose á uno y á otro lado dicen renquear; y al obrar contra lo que dictan la razón y el juicio, izquierdear; y al perder el seso, enloquecer; así propongo yo que el ir tras quijoterías, hacer quijotadas y en cualquier manera obrar quijotescamente se llame quijotear: neologismo, si se quiere 7 pero admisible sin discrepancia excusable , porque á tiro de ballesta se ve que es un gentil retoño de legítima cepa castellana.
Aplicar resueltamente á un negocio el saldo de una cuenta antes de hacerla con la huéspeda ; prometerse de una empresa descabellada el oro y el moro; sacar muy orondo para otro las castañas del fuego; esperar las calendas griegas ; sustentarse del aire; levantar castillos de naipes, y fiar en ellos una defensa; querer llenar trojes sembrando en arena; imitar á Haxa, .que non tiene que comer é convida huéspedes : todo esto es, y no hay que darle vueltas, quijotería.
Mirarse á la sombra; vomitar sangre ; escupir por el colmillo; perdonar vidas; poner puertas al campo; coger agua con harnero; atar perros con longaniza; meter la cabeza en un puchero ; poner el cascabel á un gato del que huye todo el mundo ; apostar un duro sin tener una peseta; poner coche un mes antes de quebrar; meterse en libros de caballería, ó, como dicen los menos cultos, en camisa de once varas; ser miope y jactarse de hender un cabello en el aire ; dar gran lanzada á moro muerto; querer remediar con aluviones de discursos las calamidades y miserias de los pueblos; sustentar ser gran ganancia salvar principios con pérdidas de colonias; detestar y hacer burla de la filosofía
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antigua sin haber leído de sus numerosos volúmenes ni los tejuelos, dícense, en propio te'rmino, quijotadas.
El vejete galanteador que presume y se envanece de picarillo y afortunado ; el político de café para quien más que echarse á pechos una taza de idem es fácil y llano el establecer en el mundo el reinado de la paz y de la justicia ; el lego topo que trae siempre aparejada una mala cuchara para meterla atrevido en la olla de toda disciplina; el que por cualquiera bicoca piensa haber puesto una pica en Flandes; el que se escucha cuando habla; el pisaverde, el finchado, el linajudo, el filosofastro, el pedante, el matasiete; bien granjeado tiene cada cual de estos ciudadanos el título de quijote.
El dar por motivo principal de la publicación de una obra el ruego de los amigos; el simular nuevas ediciones, mudando todos los años la portada , de un libro en venta , que se vende á duras penas, ó no se vende en manera alguna; el ufanarse de letrado quien es acaso muy hombre de leyes, pero muy poco de letras; el explicar á un enfermo insipiente y cre'dulo su mal con terminajos griegos , y hacer del milagrero levantando sobre las nubes la curación del pazguato con el testimonio de autores transpirenaicos y ultrarrhenanos; el afectar gran temor de decir mal lo que harto se sabe que se dice bien; éstos, pese á quien pese, siempre se llamarán en buen romance procedimientos quijotescos.
Sería curiosa é instructiva además una monografía del quijotismo : trabajo arduo y peligroso , sin embargo , que no es para un entendimiento vulgar ni una pluma adocenada; porque, sin grande espíritu de observación, ingenio trascendido , mucha soltura y gracia en el decir, con sólo probar á acometerlo, sobradamente mostraría cualquiera padecer el mismo mal de que á tratar se aventuraba. No lo intentaré yo en mis días; que tan receloso ando de quijotear como de que se me pegue la sarna; pero esto no se opone á que, sin presunción ni cosa que lo parezca, haga aquí sucintas
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indicaciones, valgan lo que valieren, sobre algunos puntos que, á mi entender, debiera tocar el tratado en la forma didáctica que convendría darle para introducirlo en la nosografía médico-psicológica, si al cabo, al cabo mereciese ser en ella recibido.
Tocante á la sintomatología del padecimiento, conviene saber que, por punto general, no son malas ni raras en absoluto las cualidades que distinguen al quijote, sino perjudiciales y ridiculas en lo relativo; á saber, por el objeto , lugar y tiempo en que las ostenta : lo cual le pone casi siempre en situación falsa ó contradicción y pugna con las personas ó cosas que le rodean, ó le impide llegar al fin á que dirigía su intención y medios. Es el quijote un ser que está siempre fuera del centro de la realidad , y cuando no cae en inconveniente, se derrumba de inoportuno. Los hay que en asuntos humildes y frivolos hacen gala de una gravedad impropia y chocante ; gastan mucha prosopopeya para decir una nonada; llevan el engreimiento hasta rebasar los límites del orgullo y de la vanidad; y tal vez con altanería de ricos se desviven por desmentir su apocamiento de miserables. Cuál se mide con los mayores y acaso los mira de reojo; cuál en alcurnia y nobleza, como en prendas personales, á todos se imagina hacer raya. Un descuido toman los más á desaire; á puntillosos nadie les gana ; y por ellos parece que se inventó el adagio de nó por el huevo sino por el fuero. Métense dondequiera, como piojo en costura; éntranse frecuentemente, sin ser solicitados, á defender ó juzgar causas ajenas, ni falta alguno que se deleita de enmarañar las más sencillas. El alardear es su fuerte : todo se lo saben , lo profano y lo sagrado , y , echándola de maestros , ven claro y dan razón de lo que para los doctos es oscuro y casi inexplicable; sus armas no tienen quite, y con ellas han poblado, por lo menos, de cruces el barrio. Sin embargo, á los primeros, que son en realidad los moroso fos de Erasmo , deja á lo
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mejor corridos un niño con una simple definición que aprendió por la mañana en la escuela; y á los segundos, bien que para ninguna empresa les falten bríos, tal vez, puestos en el lance , muestran ser más bravucones que bravos, y todo mal éxito y derrota achacan á contingencias fortuitas , antes que á su torpeza ó cobardía , porque si con baladronadas se alcanzasen victorias, sus hazañas no tendrían cuento. A todos éstos, aplicándoles una graciosa frase de Quevedo, se les ha de envidiar la satisfacción y llorarles el seso. Fantasma, empalagoso, entrometido, chisgarabís, zascandil, sabiondo, afilosofado , fanfarrón y quizá ruin son los apellidos que comunmente, según las ocasiones, valen al quijote sus flaquezas; y en el lenguaje más familiar se le llama, ora por su ridiculez, ente; ora por su impertinencia , cargante; y acaso por su condición aviesa, mal bicho.
Es inmenso el capítulo de la etiología del quijotismo; y en su materia , más que en la de muchas enfermedades, se contienen virtualmente inapreciables nociones para la Profiláctica.
En cuanto á causas predisponentes ó aptitudes individuales, está fuera de duda que no hay sexo , edad, estado ni condición que contra este padecimiento goce de privilegio de inmunidad. Ciertamente , por razones cuya exposición puede excusarse, sobrepujan los quijotes masculinos; pero líbrenos Dios de quijotadas de hembras, que, sobre no ser pocas, tienen á menudo consecuencias de suma entidad y á las cuales no hay remedio. Muchas travesuras de chiquillos, antes que travesuras, parecen quijotadas; y de la juventud es tan propio el quijotear, como natural el apuntarles el bozo á ellos, y el creerse ellas hermosas, ataviarse, querer lucir y coquetear. Todos los conatos, propósitos , enredos y esperanzas del calavera provecto y de la vieja emperejilada y dengosa son puras quijoterías. La riqueza predispone poderosamente á esta dolencia, mas nadie diría cuan común es ella entre los pobres, ni corno , en
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algunas ocasiones, le dan pábulo, la recrecen y agravan la penuria y la miseria. El instruido y el sabio están siempre en potencia propincua de quijotear : los ignorantes y los necios no hacen otra cosa. En el desenvolvimiento y realización de una idea grandiosa , extraordinaria, el más claro ingenio, arrebatado de febril entusiasmo, fuera de sí, tuerce con indecible facilidad al quijotismo. A e'l inclinan también con gran fuerza una instrucción superficial ó á medias, la malacrianza, el mimo y la lisonja: muchas veces los padres echan, sin advertirlo , en el ánimo de sus hijos las primeras semillas del quijotismo. El que, lejos de reprimir su orgullo , vanidad ó soberbia , le suelta el freno, andada lleva más de la mitad del camino que va á este padecimiento. Todas las profesiones tienen su lado quijotesco; pero el prototipo del género se hallaba en la antigua de dómine, extinta ya de hecho, porque era planta que solamente crecía en el campo de la latinidad, casi convertido hoy en erial por falta de brazos que lo cultiven. Pocos buenos poetas se hallarán acaso sin algún asomo , siquiera débil y fugaz, de quijotismo; pero los poetas chanflones, hueros y hebenes, todos, sin exceptuar uno, son quijotes rematados; bien que, á existir hoy, dejáralos atrás todavía aquella infeliz turbamulta á que el humor melancólico y misantrópico de algún antiguo dio el despectivo nombre de poetambre, ya ahora caído en desuso y con justicia condenado al olvido. Los estadistas , aun los más altamente colocados , tienen una aptitud indecible para contraer este mal; pero entre los políticos de escalera abajo son contados los que de él se libran. Sin ciertos arranques quijotescos que realzan el valor, arrojo y destreza en las suertes de la lidia, el torero no lo parecería, como sin su traje ligero y vistoso, colorines , pasamanos y flecos de plata y oro. Que se transmite por herencia, á par de la hacienda y los pergaminos, pruébanlo las familias cuyos hijos quijotean, como los padres, y como quijotearon
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los individuos que forman la línea de su abolengo ; además de que ya se sabe que, si no siempre, muy frecuentemente en casa del alboguero todos son albogueros.
Causas determinantes de este mal pueden serlo todos los estímulos que provocan movimientos del ánimo, súbitos, ene'rgicos, impetuosos ó arrebatados, excitando con viveza los afectos expansivos , ó ponie'ndolos en pugna con los reconcentrantes ó deprimentes. De su acción es requisito necesario esta conmoción psíquica, cuya vehemencia responde al grado de sensibilidad moral del sujeto que la recibe ; por donde se colige cuánto en uno , con respecto á otros , han de ser y son en realidad muchas veces distintos los efectos de una misma causa de este orden. De aquí que á ningún procedimiento etiológico, ó más bien á ninguna evolución sintomática cuadre mejor la antigua sentencia, quidquid recipitur ad modum recipientis recipitur.
Éntrelos agentes materiales, las bebidas provocan el quijotismo mucho más que los manjares; siendo tanta su energía, que no parece sino que en cada botella de Jerez amontillado, vino de buenas hojas , y aun de Champagne, presunto vino, está acurrucado ó nadando, como en su elemento, un quijotillo enredador y hechicero, al modo que , según pública voz y fama, estaba hecho jigote en aquella sonada redoma el estrellero y nigromante Marque's de antaño. Quizás en opíparas ágapes siéntanse á darse una buena panzada, á escote ó de mogollón, algunos , más ó menos amigos, más ó menos hambrientos ; y entre platos ninguno dice esta boca es mía , sino en sus adentros para mascar; pero inter pocula, allí es ella: muévese una baraúnda de voces y peroratas que oyen los sordos, ni siempre tan unísonas, que ande la paz por el refitorio; y concíbense quijoterías y suéltanse quijotadas que harían temblar el mundo, si no se fuesen luego en humo con el fresco de la calle, como se disipan las turbacio-
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nes de la cabeza con un sueño profundo. Tanto, empero, son de moda hoy tales festines, tanto se menudean, y tanto es igual en la sustancia lo que en todos se dice y goza, que no veo lejano el día en que hasta los hombres de chapa, reformando según la ocasión y su gusto la antigua frase, vayan desaladamente á ellos para echar una quijotada al aire.
No son menos dignas de advertencia las causas determinantes del orden moral. El buen resultado de un negocio, que apaga el deseo más ardiente y pasa los límites de toda esperanza, desvaneciendo tal vez á quien lo obtuvo, inspírale las mayores quijoterías. Un contratiempo, cuyas consecuencias podrían reparar la entereza, prudencia y perseverancia, consuma quizás la ruina del iluso que, turbado y torpe, da en el pensamiento quijotesto de arrojar la soga tras el caldero, escupir al cielo ó luchar con lo imposible para convertir en próspera la adversa andanza. Pocos son los que, favorecidos por un capricho de la fortuna, sacan repentinamente el pie del lodo, que no lo metan de contado en el resbaladizo terreno del quijotismo. Nada más común que en una controversia el que lleva la peor parte, abrumado por la argumentación del adversario, reducido forzosamente al silencio, antes que confesar su error ó darse á partido para no salir con las manos en la cabeza , prefiera meterlo todo á barato y huir el cuerpo quijoteando. Está muy en uso el curar las heridas de la honra con bálsamo de quijotadas.
Algunas veces el triunfo más brillante ó la audacia más brava convierte á un héroe en un quijote. — El veni, vidi, vici de Julio César fué una quijotada grandiosa. — La réplica que al Conde de Foix dio Roger de Lluria , el rayo de la guerra marítima , fué uña quijotada soberbia con arrequives de estrambótica, aunque tan decisiva en pro de las armas aragonesas, como desastrosa y humillante para el ejército francés, invasor de Cataluña: Sabed que sin licencia de mi Rey no ha de
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atreverse d andar por el mar escuadra ó galera alguna; ¿qué digo galera? los peces mismos si quieren levantar la cabera sobre las aguas han de llevar un escudo con las armas de Aragón. — El hecho de Hernán Pe'rez del Pulgar el de las Hazañas , que clavó con su puñal el lema Ave María en la puerta de la gran mezquita de Granada, que aún defendían los moros, no ya fué sólo una quijotada grandiosa y soberbia sino homérica.
] Extraño caso ! hasta el amor más vehemente al Don Quijote y la veneración semirreligiosa á su autor han precipitado á algunos en el quijotismo. Quién ha escrito que Cervantes merece el privativo dictado de fundador del verdadero chiste, de civilizador de la Europa en esta parte tan trascendental de la sociabilidad ; y 11amádole luego el ilustrador del linaje humano. Quién ha sentado que prevé el espíritu reformador social y político, vaticina la emancipación de los oprimidos, y ve en lontananza el triunfo de la igualdad y de la democracia, y el pueblo conquistando la soberanía y haciéndose rey, como lo figura elevando á Sancho al gobierno de una ínsula. El mismo escritor ha dicho que Dulcinea es
el alma objetivada de Cervantes ¡ Pobre Cervantes!
nunca á su ingenua y perspicua Musa se le entendió de embolismos ni voquibles filosóficos ni políticos.
El quijotismo tiene carácter, ya de endémico, ya de epidémico, y á las veces de contagioso. Hay regiones muy dilatadas, é importantes acaso, de cuyos naturales es tan propio el quijotear^ como el cecear, el ser fornidos ó entecos, rubios ó trigueños, ó el tener paperas: corren allá aires que hasta á los forasteros tras una residencia, quizá no larga, hacen quijotescos, cuando no quijotes confirmados; bien así como ciertos climas cálidos desarrollan y arraigan tenazmente en el organismo de sus moradores afecciones hepáticas y disentéricas. A la manera que el ejemplo de los vicios induce más hombres á ser malos que el de las virtudes convierte á los malos en buenos, así ciertas quijotadas son á menudo recibidas
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con aplauso de personas de sano juicio , que luego se van en pos de ellas y acaso las asegundan, empujadas, sin que lo sientan, por la imitación; la cual, si bien se examina , en la actividad insidiosa con que obra, y en la pasividad inconsciente del sujeto que la recibe, harto claro muestra ser un verdadero contagio. Tal vez en concursos deliberantes una minoría quijotesca inocula el mal á una mayoría discreta y circunspecta ; parcialidad hay que de quijotear á pelo y contra pelo hace gala; pueblos, en fin, por entre cuyos ornamentos de saber, grandeza y gloria se parecen las puntas y el collar del quijote. Tanta fama tienen cobrada estas parcialidades y pueblos, que frecuentemente, al tratar de sus cosas los demás, cuélganles quijotadas que nunca cometieron; ó, al verlos metidos en algún caso de honra, se adelantan á señalar de fantasía la puerta del quijotismo por donde se saldrán del conflicto: y en una y otra razón no hallan mejor alabanza que lisonjearlos con términos y extremos tales, que, en hecho de verdad, parecen no llevar por designio sino el ponerlos más y más en predicamento de quijotes. Así que, de quijoterías imaginadas y quijotadas cometidas por colectividades numerosas, partidos políticos, literarios y artísticos , y aun naciones grandes y respetables están llenas las páginas de la Historia ; siendo muy denotar que, en general, e'stas que con propiedad pueden llamarse epidemias, trajeron su origen de un solo quijote, y se propagaron por contagio con tan desaforada furia, que apenas dejaron persona sana.
Una etiología tan vasta y múltiple indica ya con cuánto vigor y amplitud ha de cundir este padecimiento. Sí, que sus adolecientes son innúmeros, y aun me temo que, en ciertos respectos, se aumentan de día en día. ¿ Quién es el dichoso mortal que no ha cometido un par de quijotadas, imaginado media docena de quijoterías, ó, por lo menos, tenido diez ímpetus ó siquiera conatos quijotescos? Paréceme que á un Diógenesmo-
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derno, por más que se alumbrase con una linterna eléctrica, seríale tan difícil hallar una persona que no hubiese quijoteado nunca, ni tuviese en sus venas sangre castiza ni mestiza de quijote, como al célebre filósofo de Sínope le fué imposible dar con el hombre hecho á imagen del fantástico que forjaron sus extremadas ideas. ¿ Quién duda que del quijotismo puede decirse, como de la locura, que si fuese dolores, en cada casa habría voces ?
De mí mismo he de adelantarme á declarar, para que nadie me ponga cuál dirían dueñas, que si el día menos pensado me hallo entre un corro de gente de buen humor que esté departiendo sobre esta materia, y á alguno se le antoja invitar á que levante el dedo quien sepa cierto no haber quijoteado en su vida, yo, sin aguardar á ver lo que hagan los demás, esconderé bonitamente entrambas manos en las faltriqueras, y serme ha sano. Esto, sin embargo, no quita que sea la pura verdad lo que del quijotismo voy escribiendo; ni porque yo haya estado antes una ó muchas veces herido de este mal , ni porque á estarlo ahora achaque alguien mi desenfado en soltar como suelto la pluma , se me negará un tantico de idoneidad para diagnosticarlo en cabeza ajena; cuanto masque, en todo caso, puedo traer á colación en abono de mi aptitud y defensa de mi proceder, aquellas tan repetidas palabras de Hildebrand , aunque escritas con referencia á una enfermedad muy distinta : ego ipse hoc morbo laboravi, et alios hoc morbo laborantes vidi , que sueltamente romanzado dice: Domingo Ximeno, por su mal vido el ajeno. Aun bien que me consuela este pensamiento de Hartzenbusch:
En Sancho sus faltas note
Cada cual y en el Hidalgo :
Quien no es Sancho Panza en algo,
No escapa de ser Quijote. *
* Prólogo citado , pág. xlii.
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cuya certeza salta á la vista; pero no es inmutable ó constante la disyuntiva en que pone á cualquier hijo de vecino, sino movediza ó temporal; ó mejor, es una continua alternación y juego de viceversa.
Si, á pesar de mi manifestación explícita y sincera, algún malsufrido ó iracundo, recordando lo de la mota en el ojo aj.eno, lo de la sarte'n y la caldera , lo de la, vuelta á la redonda y otros proloquios ó admoniciones semejantes, me atacare redarguyendo que el tirar piedras al tejado del vecino quien tiene el suyo de vidrio, é igualmente el meterse en vidas ajenas, y, de cualquier, modo que fuere, buscar cinco pies al gato es necedad enorme, y necio de atar y fustigar quien la cometiere; acudiré al arsenal literario del ya citado Quevedo, donde tomaré siquiera un escudo que me cubra y resguarde, verbigracia aquel desengaño que anticipó á los lectores de una obrilla , en la cual , como en varias suyas, lo chistoso corre parejas con lo filosófico: «Si »no agradare lo que digo, bien se le puede perdonar á »un hombre ser necio una hora, cuando hay tantos que » no lo dejan de ser una hora en toda su vida. » *
Para terminar esta breve exposición etiológica diré que el quijotismo se asemeja á la fiebre roseólica ó sa» rampión en que nadie suele librarse de contraerlo una vez en la vida ; mas no , como respecto de aquélla y otras calenturas infectivas, el haberlo padecido una vez establece y fía , por regla general , ulterior inmunidad perpetua ; antes, al modo que las intermitentes y ciertas neurosis, parece dejar, con su primer acceso, metida en las honduras del organismo una semilla , de la que pronto ó á la larga nace otro ataque , y consecutivamente de las recidivas nuevas recidivas.
La complicación más común del quijotismo es con la maldad; complicación rara, sin embargo, pero de resultados muy deplorables, especialmente cuando la
* La hora de todos, y la fortuna con seso. Dedicatoria.
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maldad , por un círculo vicioso de su acción en el padecimiento y del influjo del padecimiento en ella, degenera en protervia. Un quijote puro y limpio, exento de toda pasión maligna, suele dar muchos golpes en vago, y con los certeros antes se daña á sí mismo que ofende á los demás: en el fondo de su condición vislúmbrase cierta bondad y nobleza ; sus fines , lejos de ser siempre malos, son á veces excelentes, pero yerra el camino, y no llega á ellos. Del quijote bellaco y ruin huyan cuantos estimen en algo su sosiego , seguridad y honra : es un malsín, un temoso, un cizañero, un buscarruidos, un petardista; desleal, vengativo, cruel; propagador de toda utopia disolvente , paladín de toda causa indigna , corifeo de toda bandería de malandrines, sólo una norma sigue: la sinrazón.
Uno de los caracteres más notables y mejor conocidos de esta dolencia es la regularidad de su curso. Pocas son, como dejo indicado, las personas que no tienen en toda su vida algún ataque súbito y pasajero de quijotismo; el cual, en este caso, ha de calificarse necesariamente de agudo. A las más deja quebrantadas del cuerpo y doloridas del espíritu; y á su malestar y pena sucediendo pronto el recelo, abren el ojo y se previenen cuanto está en su mano para evitar la recidiva, ateniéndose á lo del gato escaldado. Éstas son como aves de paso en la región del quijotismo. Individuos hay que á él parecen predestinados: tal viene al mundo llevando ya en la sangre un germen ó en el fluido nérveo una aura del padecimiento, á la manera que otros el vicio herpético ó la disposición perlática. Tal lo mama en la leche, ó se le mete por los ojos con las sinabafas de la cuna , los bordados de los pañales , la ornamentación de la vivienda , la doradura de los muebles y el boato de la familia. Muchos son los que , sin tener aptitud congénita ó cogida en la más tierna infancia, adquiérenla luego en edad á veces temprana ; y en estando así predispuestos , sobreviéneles el mal con la
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menor ocasión, la prontitud y casi , casi la necesidad con que obra un instinto al ser solicitado por su excitante. El quijotismo de todos estos individuos es crónico desde el primer acceso, como algunas enfermedades, especialmente las neuropáticas; y todos suelen quedarse quijotes de por vida. Además, quien lo fué una vez, está en peligro de serlo otra; pero quien lo ha sido dos, con suma facilidad lo será ciento. Es que esta dolencia, hasta en su forma peraguda, propende visiblemente á volverse crónica.
Su diagnóstico no es difícil. Por el pronto, que hay un continente quijotesco nadie lo duda ; mas no le tienen todos los quede quijotismo adolecen, como no sea de nacimiento ó muy crónico é inveterado: cabeza erguida, aire de taco, gran coramvobis, empaque de ¿quién como yo?, mirar sobre el hombro, pisar de valentía, hablar gordo, toser á todo el mundo son algunos de sus rasgos principales; pero también de vez en cuando sale ala cara con trazas de mansedumbre, llaneza, modestia, poquedad ó encogimiento, afectado, que no ingenuo, ó dígase tan verdadero como es pacífico el natural del gato de Mari-Ramos. Hasta por el traje se declara acaso el quijote : por el lazo de la corbata, el terciar la capa, el ladear el sombrero; por la melena, la barba, el mosta- .cho ; por el saludar, el recibir, el escuchar; por el leer y más por el escribir, pues tal tiene letra de pendolista, y echa por firma un garabato , que no hay perito calígrafo que lo descifre , creyendo el escribidor que la mala letra es patente de calidad y sabiduría. ¡ Qué típico quijote de mala calaña, y qué gentil -artificio , gallardas y vigorosas pinceladas los de este su retrato de cuerpo entero! « Capitán orgullosillo con las tres joyas »del soldado: cicatriz en el rostro, cadena de oro al » cuello y cintillo de piedras en el sombrero: sujeto » muy poco para mí ; corpulento, pero sin alma; bravo, » pero por los humos del Jerez; buen mozo y nada bi- » zarro ; de mala conciencia y de peor fama '; de muchas
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» fuerzas, mas sin bríos en la ocasión; soberbio nó , la «misma soberbia. En cuanto á destreza en los naipes, »ni el milano de más uñas; tan oportuno como mosca » en medio del guisado; seco como un tiesto de barro : »en materia de ropas, como el caracol, con su casa » siempre á cuestas: hombre de esos de á cada instante »el por vida en los labios, y la honra de su gloria y la » gloria de su honra, y quién más que él y con más mé- » ritos que él, y paso á mí y atrás todo el mundo, y » mano á la espada , vivito y nada de cuartel... Bravatas, «bravatas! » *
Fuera de esto , el punto del diagnóstico está en hacer un cotejo de móviles y acciones ó de precedentes etiolcgicos y manifestaciones sintomáticas , para graduar el exceso de los unos sobre las otras ó viceversa, y descubrir su disparidad ó repugnancia recíproca, pues ambos son los caracteres esenciales de la dolencia; en la cual, por lo* mismo, parece realizarse un fenómeno imposible en mecánica, que es producirse un movimiento mayor que el que la fuerza impulsiva pudo dar, ó desviado de la dirección que recibió de ella, dirección necesariamente única. Al sentido común exclusivamente incumbe hacer este tanteo y juicio.
A buen seguro que, aun haciéndolos de golpe, calificará con el nombre que verdaderamente merece al que con un pequeño hecho quiera subirse á la altura de un gran dicho; al que no tema malquistarse en casa del moro fablando algaravía; al que se arreste á meter los pulgares entre dos muelas cordales; al que se la vista al revés, y de esta suerte ande tan pagado de sí, tan ufano y ensoberbecido ; al que en un negocio que pide tiento, orden y método, empiece tomando el rábano por las hojas; y al que se las prometa felices en una
* Castro ( Excmo. Sr. D. Adolfo de ) , Orillas del Guadalquivir.— Peregrín Peregrino, paso cómico, escrito sin verbo. (Estudios prácticos de buen decir y de arcanidades del habla española; Cádiz, 1879, pág. 122.)
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demanda muy ardua ó en un estrecho de difícil escapatoria , con andar tan desorientado como el físico de Orgaz, que cataba el pulso en el hombro.
Por embustes de una daifa con quien juegan al amor y al barato dos escuderos , salen desafiados echando bravatas y rugidos, resueltos á agujerearse con las espadas los miserables cuerpos por cien partes hasta dejarlos hechos cribas. Presentando ya las puntiagudas armas, ven cerca del campo del combate dos carneros que, en celo quizá por una triste oveja, en todo caso más digna que aquella coima, riñen acorneándose con ferocidad tanta, que vienen por fin á caer muertos entrambos, abiertas las duras frentes y bañados en su valerosa sangre. ¡Horror! Pasmados de la trágica catástrofe ,
— ¿ Qué os parece, dijo el uno, Que causan de amor los fueros?
— Dejemos ya , dijo el otro , Nuestros intentos primeros ; Que lo que hacen los brutos
No lo han de hacer caballeros; *
y, por lo visto, calaron los chapeos, metieron en vaina las espadas de Bernardo, miraron al soslayo, fuéronse , y no hubo nada.
La dueña doña Rodríguez , dueña y todo, envanecíase con ser de linaje por el que atravesaban muchos de los mejores de las Asturias de Oviedo, y con haber tenido por esposo á un escudero hidalgo como el rey, porque era montañés.
El Bachiller Corchuelo, que de su compañero el Licenciado recibió una lección tan bochornosa como que le contase á estocadas todos los botones de una media sotanilla que traía vestida, le hiciese tiras los falda-
* Duran (D. Agustín), Romancero general, tomo XVI de la Biblioteca de autores españoles da Rivadeneyra; Madrid, 1861, páginas 562 y 563.
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mentos, le derribase dos veces el sombrero, le cansase y pusiese rabioso ; había osado desafiarle burlándose de la destreza de la espada , fiando el buen manejo de la suya no más que en los pulsos, fuerzas y ánimo, jactándose de que haría ver á su contendiente las estrellas á mediodía , y de que estaba por nacer el hombre que le hiciese volver las espaldas.
El lacerioso escudero á quien servía Lazarillo de Tormes , aplicaba á la llaga de su hambre ferina ungüentos como esta reflexión estoica , con que al criado pretendía confirmar en la abstinencia: no hay tal cosa en el mundo para vivir mucho como comer poco.
Un chusco de gran trastienda que se burlaba de los quijotes de letras, haciendo socarronamente que quería meter á un sobrino suyo en el gremio de tales señores, dióle , entre otros mil consejos, éste estupendo : «Y si «quieres ganar un gran concepto de literato, siempre »que de palabra ó por escrito hayas de hablar de Lógi- »ca, di que Aristóteles fué un pollino con todo su Pe- «ripato; que su Lógica es cosa miserable y vergonzosa; »que como trasto viejo está ya anticuada , desterrada ó «arrinconada ; y, sobretodo, que no es de la última »moda, siendo la moda la última ley de la Literatura. » Yo he visto á muchos amoladores acreditarse de sabios »y de críticos sólo con tratar de bestia al famoso Estagi- »rita, sin conocer de vista sus escritos, ni saber siquiera si él fué alcarreño ó maragato, obispo in partibus ó
afraile capuchino, inspector de milicias ó caballería
»¡0 más de mil veces dichoso y bienaventurado siglo »éste en que vivimos, y en que no hay asno, como se » llame filósofo moderno, que no sepa las causas de to- »das las cosas y de otras muchas más.» Vaya en gracia otro consejo que le dio, ó digamos parodia de la más quijotesca modestia : « Como el prólogo no sólo es el teatro »de las venganzas, sino también de las disculpas, pre- » vén Otrosí al lector que no habías escrito tu obra para » imprimirla, sino para divertir la ociosidad honesta-
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» mente; y que mientras más la leías, menos digna te » parecía de publicarse. Pero que algunos sabios celosos »del bien público y de las glorias de la nación, y aun » personajes de alta guisa, habían disipado con tanta » fuerza tus desconfianzas , que al fin te habías visto en »la dura y triste necesidad de publicarla.» ■*
Don Hermógenes, que estaba graduado en leyes, era' opositor á cátedras y académico, no había querido ser dómine de Pioz , tenía compuestas siete prolusiones greco-latinas sobre los puntos más delicados del derecho, y explicaba algunas cosas en griego para mayor claridad; sorprendíase de que hubiese habido quien, delante de cuarenta ó cincuenta personas, le llamase pedante y casquivano y animal cuadrúpedo; á él, que luego dejó probado con una aguda distinción no ser poco haberse vendido solas tres comedias, porque nada hay que sea poco ni mucho per se sino respectivamente, y si tres constituyen una cantidad tercia con relación á nueve, componen una triplicada cantidad con relación á uno, y por lo tanto si son poco en el primer caso, son mucho en el segundo. **
Tomasito, mozuelo de catorce años, á quien su padre, don Cándido Buenafé, criaba para literato, había estudiado latín , traducía mal y leía peor el Telémaco; y al ser presentado á Fígaro, díjole clarito, de propio movimiento, que conocía el mundo y el corazón humano, comme sa poche; que todas las mujeres eran iguales, que estaba muy escarmentado, que á él no le engañaba nadie, y que Voltaire era mucho hombre; concluyendo por manifestarle su opinión, en ordena política , con estas palabras, bastantes, en mi pobre sentir, para poner en recelo á los diplomáticos y en pie
* Carta de Paracuellos escrita por D. Fernando Pérez á un sobrino que se hallaba en peligro de ser autor de un libro. Publícala con notas un Bachiller en Artes. Madrid, 1789; págs. 83, 84, 99 y 100.
** Moratín, La comedia nueva.
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de guerra los ejércitos y armadas de ambos mundos: yo y Chateaubriand pensamos de un mismo modo. *
En una conmoción popular que comenzó con sangre y acabó en incendios y ruinas, oí yo á un soldado de tropa allegadiza y mercenaria, en medio de la calle, entre un grupo de gente sobrecogida de espanto, dar por hecho que con un ataque, no sé si á la bayoneta, él y los suyos ganarían cierto castillo que adquirió entonces tristísima celebridad, y estaba erizado de cañones y defendido por un caudillo valiente y leal, á quien no intimidaban amenazas ni corrompían promesas.
En todo acto quijotesco apunta , cuando menos, un optimismo necio, desenfado inconveniente ó inoportuno, temeridad, engreimiento, orgullo, vanagloria ú otra mentecatez por el mismo estilo. De donde se infiere ser ociosa toda disquisición sobre diagnóstico diferencial , porque si , como acontece á menudo, el quijotismo toma tales visos de ciencia, valor, hidalguía, celo, santidad ú otras excelentes cualidades y virtudes , que pueden inducir en error á los candidos é inexpertos; pronto el buen sentido descubre el engaño , ó los sucesos lo deshacen mostrando que en el fondo de la cosa no hubo sino pedantería, valentonada, hervores de sangre azul, arranques de bullebulle, beatería, flaqueza ó ruindad. Presuponiendo un pueblo pobre, relativamente inerme , afligido de toda suerte de tribulaciones, trabajado de discordias, dividido en parcialidades, ¿hay quijotismo comparable con ei de los que en los supremos momentos de justa indignación por un agravio recibido, pero todavía no irreparable, lejos de contener á ese pueblo persuadiéndole á la calma, templanza y sufrimiento compatibles con la entereza, valor, dignidad y honra , le azuzan contra un adversario colosal, armado hasta los dientes, envanecido con recientes triunfos , embriagado de gloria, convencido de
* Obras completas de Fígaro (D. Mariano José de Larra): artículo Don Cándido Duenafé, ó el camino de la gloria.
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su indisputable superioridad ; y esto, deslumhrándole con un poderío imaginario, desvaneciéndole con la expectativa de victorias dudosas, ya que no imposibles , é hinche'ndole la cabeza con el viento de una lisonja tal, como la de que en tierras y mares serán siempre invictos los descendientes de los defensores de acá y los conquistadores de allá, los héroes del mundo antiguo y los del mundo nuevo ?
Por éste y otros hechos sueltos que van embebidos en los párrafos anteriores , se ve que hay también de vez en cuando simulación de quijotismo, con el carácter que á la de todo mal distingue, y es el propósito que lleva quien la intenta , de sacar provecho propio del engaño ajeno.
Con recordar lo dicho arriba, que el quijotismo propende siempre á la cronicidad , y añadir aquí que en esta forma suele ser incurable, declarado queda , por modo general, lo grave de su pronóstico. Cierto que las más veces es una dolencia puramente ridicula, pero también algunas furibunda y trágica. El arrojar la casa por la ventana, ó el echarlo todo á doce, aunque no se venda, hará desternillar de risa á los espectadores, pero, al fin , los daños resultantes serán sólo para el dueño de la finca ó el vendedor de la mercancía, y acaso sin perjuicio de tercero; mas el dar coces contra el aguijón, el poner las manos en el fuego o el romper los cascos á algún prójimo, maravilla será que al osado no deje malherido, soplándose la chamusquina, ó castigado con aquella terrible pena que, como pide diente por diente, así ha de querer cabeza por cabeza. De aquí se deduce que si el quijotismo no es de suyo enfermedad mortal, pueden serlo sus secuelas: frecuentemente á las heridas del pie sucede el tétano; á las quemaduras las flegmasías viscerales de éxito funesto ; y de los traumatismos encefálicos no se diga sino que ponen el alma en un hilo. Sirva esto de término de comparación.
Ahora calcúlese cuáles serán los desastres de este mal
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cuando invade á colectividades. Ya se ha indicado que donde reina endémicamente aun las personas forasteras que no lo padecen, y por ventura á él son más resistentes , suelen contraer ciertos defectos que semejan verdaderos síntomas, por aquello de nó con quién naces sino con quién paces; ni más ni menos que toman color terreo y facies semicaquéctica las que moran por largo tiempo en comarcas infectas de paludismo. Una de las mayores calamidades que puedan afligir á una nación es que quijotee su gobifrno: en los gabinetes áulicos se establece un foco miasmático, cuyas emanaciones, volando con la velocidad del fluido eléctrico hasta los confines del territorio, deian en horas contagiado al pueblo entero, fija en el suelo ó difusa en la atmósfera una espantable epidemia. ¡ Guay del tal pueblo! : osa quizá arrojar el guante á todos los demás, que contra él se han coligado, y puesto en la ocasión, ni á uno solo resistir puede; quizá se contempla señoreando la capital del enemigo, y no ve que lo tiene ya victorioso á las puertas de la suya propia: y represiones tan crueles reciben uno y otro, cuanto fueron insanas su imprudencia y alharacas.
No sin razón he dado á entender que en la etiología del quijotismo se contiene virtualmente su profiláctica ó método preventivo, cuya superioridad, con respecto al represivo, es, en Patología, tan clara como la luz, sin que valgan contra ella, cual diz que valen en otras razones, sobre todo en la de Estado, las que aducen ciertos sujetos que no parecen tener traza sino de ciegos, desmañados ó mercenarios curanderos. La profiláctica del quijotismo, ¡quién lo diría!, sale toda, hecha y. derecha, de la Medicina doméstica, de la que no hay cátedra en las universidades , y que es una rama de la filosofía del vulgo. Sí, señor: de la filosofía del vulgo, que no va en zaga á la de los doctores, ni, como ésta , vacila ni anda á menudo descaminada y perdida, sin acertar con la puerta de su casa : filosofía trascen-
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dental que nació en la gran academia del mundo; que ha vivido siempre en el regazo de la tradición; que de ella la han tomado á la letra los libros sin atreverse á enmendarla ni corregirla, y que encierra verdades de tomo y lomo dentro de un pequeño círculo de sentencias, aforismos y apotegmas, que, con ser lacónicos, darían materia para sendos capítulos de un grueso infolio, tan largos de exposición como ricos de sustancia. El que consulte este inapreciable repertorio de la sabiduría vulgar, hallará más preceptos que necesite ó desee para hacer una obra de caridad al prójimo que empiece á tocarse de quijotismo, pues con sólo examinar por qué lado ó sea tendencia, pasión ó vicio se le entra el virus , escogiendo de aquellas reglas las que vinieren á cuento, podrá apartarle del mal camino que lleva, y abrirle los ojos para que en adelante se precaucione y guarde. Y como nada mejor que los ejemplos para poner una doctrina al alcance de todo entendimiento, dígale al quijote en cierne, si lo fuere por manirroto, que el dar y el tener, seso ha menester; si por confiado, que tal piensa ir á Óñez, y da en Gamboa; si por engreído de inopinada fortuna, que por su mal le nacieron alas á la hormiga ; si por vanidoso, que nadie tienda más la pierna de cuánto fuere larga la sábana; si por altanero, que al capón que se hace gallo, azotallo ; si por arrogante ó jactancioso , que del dito al fato hay gran rato ; si por farfantón , que mientras él viva, no faltará quien le^alabe; si por temoso, que tantas veces va el cantarillo á la fuente, que alguna se quiebra ; si por guapo , que donde las dan , las toman ; si por baladrón, que de sus fieros se reirán preguntándole: ¿dónde entierra usted?; si por entrometido, que cuidados ajenos matan al asno ; si por chancero, que las burlas se vuelven veras ; si por blando de boca , que de Parla van á Puñonrostro ; y, finalmente , por cualquier defecto que trascienda á quijotismo aplíquele esta lección, de tan comprensivo sentido, que á nadie deja
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fuera de la rueda : mucho hablar y poco saber, mucho gastar y poco tener, mucho presumir y poco valer, echan presto al hombre á perder.
Pero si todo esto fuere predicar en desierto, convendrá no andarse más por las ramas, sino sustituir á las buenas razones de la profiláctica las amorosas obras del tratamiento , pues en manera alguna tendrá aplicación entonces el rancio precepto de que el tiempo cura al enfermo, que no el ungüento. El método terape'utico de este mal no puede ser homeopático, ni por pienso. Los semejantes no servirían sino para fomentarlo y ponerlo de golpe á la cronicidad. ¿Dar por su flaco al quijote? ¿bañarlo en agua rosada? ¿sahumarlo con incienso? ¿henchirle las medidas? ¡Bravos agentes curativos! Tanto valdría como decirle : sus , ruin sea quien por ruin se tiene ; ponerle en olor de femínea pulcritud ; hacer que tuviese más humos que ya exhala; ó desvanecerle para que , hinchándose , cual la rana de la fábula, reventase: tanto valdría como pretender sanar el alcoholismo crónico ó agudo con repetidas tragantadas de lo caro, ó los hartazgos de libertad de chiquillos mal criados y revoltosos con menestras de más suculenta libertad, regalándoselas en sazón que pudiesen comerlas á sus anchas y sin guardar término alguno, fuera de la vista de padres , preceptores y pedagogos.
Sólo los desengaños son poderosos á curar radicalmente el quijotismo. Su tratamiento, pues, en el respecto teórico, descansa sobre la indicación única de poner al enfermo en aptitud de tomarlos y sentirlos; y, en el respecto práctico, sobre el procedimiento de dárselos, no según el conocido precepto festina lente, tan saludable en ciertos apuros clínicos, sino al tenor del otro canon, cito, cuanto antes, apenas comenzado el primer acceso , y en forma tal , que no quite á los fármacos, ni con mieles ó jaropes neutralice su natural amargor, en el que , como en los alcaloides de los vegetales, reside su virtud terapéutica. Tanto es así,
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que nadie se cura mejor ni más pronto que aquél á quien más repugna dicho gusto , más visajes de asco hace al tragar el bebedizo , y por más tiempo queda resabiado de él; por manera que, mientras le dura el dejo de la pócima, raras veces le sobreviene un nuevo ataque. Dicho esto, casi huelga el añadir que si alguien, por menoscabo ó perversión de la sensibilidad , no percibiere ó le agradare lo amargo, éste será incurable por el arte, ya que no por la naturaleza, más entendida y hábil que el antiguo protomedicato, y cuyas evoluciones producen á menudo resultados tan maravillosos como inesperados y fuera de toda presunción ó cálculo humano. Esto, pues, sin hablar de Dios , que, en fodo caso , si da la llaga , da también la medicina.
El tratamiento del quijotismo es moral por esencia, aunque se ejecute con agentes materiales, pues éstos no influyen terapéuticamente en aquel estado patológico sino moderando , conmoviendo ó de otra manera afectando el sistema psíquico.
Hay sucesos que se asemejan á fenómenos críticos, porque originándose del movimiento ó acción íntima del mal, lo resuelven produciendo una como curación espontánea: tales son, verbigracia, ir uno por lana, y volver trasquilado ; hacer un pan como unas hostias ; no hallar nidos donde pensaba hallar pájaros ; salirle el tiro por la culata; estar en los pies de los caballos; v quedarse con un palmo de narices.
Mas, para cuando tuviere que intervenir el arte, conviene saber que son arbitrios ó remedios morales susceptibles de atajar los síntomas mayores y de cohibir los arrebatos paroxísticos más formidables; remedios soberanos á veces , aunque no aplicables todos simultánea ó indistintamente , sino cada uno en coyuntura propicia, y según la intensión ó peligro del mal lo reclame, el dar cordelejo al quijote; hacerle la mamola; llevarle á caer en el garlito ; sacarle los colores al rostro; ponerle de patitas en la calle; dejarle en pelota;
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cortarse las uñas con él; meterle en cintura; echarle el gato á las barbas; y tratarle como un perro. Poca ó ninguna mella harán semejantes mortificaciones al adoleciente que tenga cabeza de chorlito ó piel tan dura, que no sienta la espuela, ó se haya echado ya la vergüenza á las espaldas: conque á éste y al recalcitrante, empedernido, enredador ó temible habrá que sujetarles á procedimientos materiales, recomendables por su enérgica y eficaz acción hipostenizante , perturbadora ó revulsiva, como el quitarles los mocos; enseñarles los dientes; ponerlos como nuevos; sentarles las costuras; zurrarles la badana ; cascarles las liendres; y hacerles pagar con las setenas.
Todo, pues, según se infiere de lo expuesto, mira á meter en el ánimo del paciente el desengaño con el chasco, el desaire, la befa, el desprecio, la amenaza ó el castigo; con remedios cuya acción fisiológica sea, demás de enérgica, tan constante é inmutable , que se ejerza necesariamente por igual, sin disminuirse ni alterarse, en el estado patológico. Su éxito, empero, no siempre llena las esperanzas que hace concebir la solidez de su noción terapéutica fundamental , de la que deriva aquella indicación á todas luces científica é irrefutable; por cuanto el quijotismo se singulariza por su rebeldía, tal vez se exacerba con un tratamiento muy activo y se encrudece con el heroico. La verdad es que al congénito y al crónico é inveterado, por milagro lo curan contratiempos, pérdidas, desdenes, cantaletas, agravios, descalabros ni zurribandas.
Ahora bien, ¿puede inferirse de los antecedentes mencionados la naturaleza de esta dolencia? No será por demás advertir de buenas á primeras, para ponerme en guardia contra todo ataque, que si su evolución se efectúa por obra oculta é insidiosa de algún microbio ú otro linaje de gusarapos, á ellos no ha seguido el rastro ó no los ha divisado todavía el microscopio ; si bien no tanto sea de pensar que ande en el arcano algún
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microrganismo, como es de creer que el padecimiento sea un puro, aunque relativo, micropsiquismo, palabreja á la que puede perdonarse su dureza por la energía de la expresión. Dejado esto, lo que luego se echa de ver es, que su desenvolvimiento se hace por virtud y á expensas del sistema nervioso, sin mediar lesión sensible del mismo ni intervención de agente material, pues, al contrario, el quijotismo consiste en una alteración dinámica que raras veces provoca reacción orgánica, y, en todo caso, la que mueve es pasajera, aun cuando viva. Sin duda, un médico de marras, de aquellos que tenían el mal gusto de latinear de vez en cuando, lo llamaría morbo sine substantia, propiamente, al parecer, porque no suele tenerla el quijote; de donde su propensión decidida é incorregible á convertirlo todo en sustancia, como estómago vacío y hambriento. A los susodichos caracteres primarios junta el quijotismo cinco secundarios; á saber, apirexia ó falta de calentura, intermitencia de accesos, gravedad más aparente que real, propensión á la cronicidad y curabilidad dudosa ó exigua. Es, por tanto, una neurosis pura, franca ó exquisita; neurosis en cuya acción y manifestaciones obra principalmente el sistema celebral, porque exagera ciertos afectos, perturba el entendimiento, descarría el juicio y subyuga la voluntad.
Tal es, tomada muy por el cabo, la noción nosológica del quijotismo. Sin embargo, ocurren en la práctica poquísimos casos que reúnan todos estos caracteres, así como contados enfermos ofrecen el síndrome entero que el diagnóstico de sus respectivas dolencias, aun siendo de las más comunes y ordinarias, abarca en las tablas nosográficas. Agrégase á esto que tiene tantos grados la escala neuropática, cuantos, asimilándola á la termométrica , caben en la inmensa distancia que media entre los fugaces, equívocos ó dudosos vapores, que se hallan poco más arriba de la línea de congela-
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ción, y el pertinaz, manifiesto é insimulable morbo hercúleo, que toca á la de temperatura blanca. Síntomas y enfermedades tan genuinamente neuróticos son los antojos de una embarazada como la bulimia de un diabético, el parpadeo espasmódico como la convulsión eclámptica, la paresis muscular como la rigidez tetánica. Medido viene, pues, á la neurosis el quijotismo, siquiera á la proteiforme, á la vaga, á la movediza, sombra ó remedo, si no desagrada la metáfora, de los más intensos espasmos clónicos y tónicos. Ni pierde la analogía con respecto á sus síntomas mentales : la histérica caprichuda, el hipocondriaco* malsufrido, el epiléptico agresivo é indómito, modelos parecen ser del quijote que se aferra á una tema; que se mosquea de naderías ; que toma por provocación el gesto más indiferente ; ó que á cada triquitraque requiere la espada y amenaza cerrar con todo el linaje humano.
Como este quijote los hay muchos. Pues aquí encajan bien dos preguntas: ¿son cuerdos? ¿son locos? L' ardua senten^a ai postero que escribiere la historia filosóficomédica del quijotismo con la lucidez que á mí me falta, y con la amplitud que no comporta el objeto de estos breves y mal hilvanados apuntamientos. No obstante, sin ánimo de resolver una cuestión tan delicada y vidriosa como lo es la de la suma y predominio respectivo de cordura y locura que moran, se aparean y confunden en la sesera de todos aquéllos á quienes el sentido común atribuye despuntaduras de músico, poeta y loco; parécenme no estar totalmente privados de sensatez ni de insania los quijotes que van por esas calles adelante, cuáles arrastrándose , cuáles llevados en toldo y en peana. Hay más: el corazón me dice que, á vueltas de largos y atentos estudios sobre tan general padecimiento, reconocido que sea ya por individualidad nosográfica, no habrá fallo del supremo tribunal médico que le desaloje de la por mí propuesta casilla de los Cuasi, donde estará, mal que bien, en forzosa comensalía con otros
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representantes de la semisalud y la semienfermedad, de la semirrazón y el semidelirio.
El docto que, con sus investigaciones y buen talento, llegare á conocer á fondo este singular achaque y escribir su monografía, no dejará de explicarnos que él, en medio de su aparente irregularidad, ofrece aspectos distintos, que guardan entre sí una analogía visible y constante, ó tienen relación de semejanza ó dependencia, como derivados que son de un centro común, ó modificaciones accidentales de la forma esencial, y, para decirlo en términos usuales, especies de un género. Difícil fuera enumerarlas todas , pero asaz completo saldría el trabajo con sólo describir algunas que por el pronto acuden á mi memoria; en lo cual podría campear gallardamente una pluma discreta, aguda y jocosa: el quijotismo sabidillo, el guerreador , el politicón, el prosopopeya, el Tenorio, el montara^, el hampesco , el bravonel, el temerón, el beato hazañero, el manirroto, el trapacista , el politiqueador, el arbitrista, el patriotero, el neófilo y el arqueófobo — dos, estos últimos, que de ordinario existen en un mismo sujeto, — y, por fin, el corrumpente , que , en rigor , no es una especie sino una cualidad intrínseca del género.
En el de los Seudos ha de poner al quijotismo el criterio filosófico, porque, en efecto, es el falseamiento, la sofisticación , la corrupción del carácter de Don Quijote, noble, magnánimo, denodado, devoto de toda belleza, enemigo de toda villanía, altivo con los soberbios , llano con los humildes , fiel , desinteresado , caritativo, caballero sin miedo y sin tacha, caballero cristiano, paradigma de caballeros. Suponiendo , pues , pero no otorgando , que á la personalidad del Andante no caiga mal la expresión de quijotismo; aun así, comparado con el suyo, cualquier otro , hasta el más generoso y simpático, sera siempre copia infiel, burda y borrosa de una pintura maestra, de un original clásico; será siempre un seudo quijotismo. Infelicísima degene-
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ración cuya primera víctima fué aquel pobre diablo del señor Martín Quijada, que tropezando y cayendo cien veces, y no levantándose jamás en la consideración pública, dio consigo y sus torpezas en el Nuncio de Toledo; de quien y de las cuales ni memoria habría sin la oficiosidad de Alisolán, sabio inverosímil, pero trapacero aprobado, que, muy contra su maligno intento , no parece sino haber tenido ánimo de dejar en su misma figura y en la de su monigote, para advertencia de la posteridad, los ejemplares de dos variedades, la envidiosa y la símica, de la nueva y vitanda forma psicopática.
Así, al que de ella adolece, ni siquiera seudo Don Quijote le llama el vulgo, sino quijote á secas , recelando, por una parte, que la voz griega que á componer algunas castellanas concurre como prefijo ó primer elemento no sea bastante á quitar todo viso de semejanza entre el sujeto á quien la denominación se aplica y el famoso Manchego; y, por otra, como queriendo privarle del título de dignidad con que parecería equipararse en honor, gloria y grandeza al Caballero. De e'ste es un imitador desmañado y grotesco el quijote, como del hombre el mono; con la particularidad de que también á veces con sus acciones mímicas da soltura á sus malos instintos, como el procaz cuadrumano.
En suma , el quijotismo es lo que la moneda falsa á la legal, la hipocresía á la devoción , la filantropía á la caridad, el filosofismo á la filosofía, la pedantería á la ciencia : es una perturbación parcial del sistema psíquico, así en lo intelectual como en lo afectivo, con desorden necesario de algunas de sus operaciones , y más ó menos trascendente á todas. Por esto me he inclinado á llamarlo enfermedad.
Quede instalado de hoy más, por derecho de naturaleza, en el reino de la Nosología; y al eximio observador que lo descubrió y puso los cimientos de su diagnóstico, nadie le dispute la gloria, envidiable en el mundo médico , de que su nombre vaya para siempre
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unido con el de la dolencia, á semejanza délos de Pott, Bright , Duchenne , Addison, Basedow, Werlhof y otros con que, por voto universal, se ha autorizado la denominación técnica de las enfermedades en cuyo conocimiento dichos profesores se adelantaron á todos , y en cuya enseñanza fueron los primeros maestros. Déla monomanía lo fué Esquirol, y del quijotismo Cervantes, que expuso con envidiable lucidez en su novela los síntomas y aspectos de este padecimiento.
Esquirol alabó á Cervantes, aunque sin nombrarle, y en él hubo de reconocer como un vidente de su propia doctrina. En cierto respecto, cuando se cita á uno de los dos, se viene siempre á la memoria el otro ; porque si Esquirol hizo la primera descripción de la monomanía, Cervantes escribió la primera historia de un monomaniaco. Con proceder de dos campos tan distantes entre sí, más aún que las épocas que ellos ilustraron , en la nuestra los han unido, en la consideración de los doctos, la conformidad de ciertas ideas y la excelencia de sus escritos. ¡ Singular y bienhadada unión ! ¡ Loor á la ínclita pareja del príncipe de los alienistas y el príncipe de los ingenios !
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CONCLUSIÓN
Temóme que pondrán mal semblante los críticos si llegan á leer esta explicación, aunque parcial, del Don Quijote, sobretodo sisón de aquellos que, como un docto literato de nuestros días, no pueden ocultar que empiezan á cansarse de los comentadores de Cervantes*. Por fortuna, mi comentario es muy distinto de los que, veinte años há, censuró con tan buen juicio como erudición y gallardía un ilustre académico**, pero algo parecido al que implícitamente propuso y ensayó él mismo en impugnación de los otros; porque no ensalza con exceso á nuestro ingenio atribuyéndole méritos que no tenía, ni rebusca pensamientos trascendentales, ni descubre alusiones embozadas, ni penetra sentidos recónditos en una novela, tan clara, que no hay cosa que dificultar en ella, según decía Sansón Carrasco, sino que celebra la original idea que concibió su autor, de fingir un accidente patológico, de nadie hasta entonces imaginado , que diese movimiento y vida á la fábula; y hace resaltar el acierto con que lo puso en juego, no obstante las dificultades que ofrecía, pues pareciendo ser necesaria para ello la instrucción científica , diríase que no había de bastar la simple destreza artística , siquiera fuese muy poderosa y extraordinaria.
* El Excmo. Sr. D. Leopoldo Augusto de Cueto en una carta al Excmo. é limo. Sr. D. Adolfo de Castro, con motivo del opúsculo de éste intitulado: La última novela ejemplar de Cervantes (Castro , Varias obras inéditas de Cervantes, pág. 416).
** Valera (D. Juan), Sobre el Quijote y sobre las diferentes maneras de comentarle y jungarle.
438 CONCLUSIÓN.
Acerca del pensamiento, traza, triunfo, influjo y demás cualidades y excelencias de esta novela se ha dicho ya quizás cuanto había que decir ó punto menos. No así sobre el modo\ nuevo y único, de llevar su invención hasta el cabo. Este modo es la locura del héroe.
Presentar en la liza un caballero cuyas hazañas hubiesen dejado atrás en lo extravagante y descabellado, si ello cabía , las de sus antecesores, para acabar de hacer patente la absurdidad del género, habría sido meramente echar á volar una historia más, que más también acaso, por exceder á todas en necedad, hubiera obtenido aceptación unánime y arrancado estrepitoso aplauso á las gentes, volviéndoles el poco seso que en este particular les quedaba : modo de proceder á la loquesca y éxito harto deplorable y contrario de todo punto al que se prometía quien tomó la pluma con el deseo, una y otra vez declarado, de poner en aborrecimiento de los hombres los libros de caballerías. Desatinar de industria y á competencia con los más insanos escritores en la ficción de aventuras, para luego traerlas en serio al análisis filosófico, á la crítica literaria y al juicio del sentido común, y dar en cara á los ávidos leyentes con su mentecatez y gusto depravado , á guisa de maestro que arma un lazo al discípulo para hacerle caer en error, con intento de sonrojarle afeándoselo y de corregirle doctrinándole ; tarea sin fruto hubiera sido, porque si avisos, consejos, amonestaciones y enseñanzas bastasen para detener á un pueblo que tras viciosas costumbres se desala , tiempo hacía que varones doctos estaban alertando ala sociedad española contra la pestilencia de los libros caballerescos, combatiendo sus desvarios con las armas de la razón , y afanándose por desterrar perpetuamente á sus engendros de la república literaria. Tampoco faltaban disposiciones prohibitorias de cuerpos gubernativos del Estado ; mas no surtían efecto , ó por haber muerto su letra apenas nacida , como de muy antiguo se ha visto á menudo en nuestra
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patria, ó por ser comunmente contra males semejantes remedios sin eficacia decretos y pragmáticas.
Y ¿qué? el genio, que no va sino por los caminos que él mismo se abre , y luchando coh sus dificultades y venciéndolas se recrece, ¿había de allanarse á tomar uno tan trillado como el de aquella invención prosaica, con vulgaridades y pesadeces de pedagógica?
No ; la idea fué convertir en bien la exuberancia del mal : atrevida empresa que solamente el genio podía concebir y darle cima. Nada mejor que poner al héroe de la nueva historia en el punto riguroso de imitar á los de todas, no más que por ser loco como ellos; y así , la locura que caballeros y caballerías habían contagiado á sus admiradores y hasta secuaces declarársela presentándoles el flamante aventurero como un ejemplar fundido en el molde de tanto desatino, y diciéndoles implícitamente: ¡ miraos á este espejo !
Ya el buen principio del nuevo héroe auguró buen fin; y, si no se tuviera por encarecimiento hiperbólico, diría que su aparición en el mundo pareció recordar una maravilla de la fábula, pues el loco más rematado, que el destino llamaba á hacer la mayor discreción, salió, armado de todas armas, de la cabeza del hombre más cuerdo. De su abolengo andantesco era figura; y de la sociedad en que nació, trasunto; porque tenía todas las partes de un cumplido caballero , y su locura era parcial, como la de aquellas gentes que, en no tratándoles de caballerías, mostraban tener bonísimo entendimiento. De hidalgo, habíase granjeado el renombre de Bueno dónde y cuándo, siendo tantos los buenos, así, por excepción y antonomástica alabanza, se apellidaba á pocos. La patogenia de su particular delirio fué la general ; el resultado necesario de la constitución frenopática reinante. Esta paridad , que no se limita á los hechos apuntados aquí , sino que se extiende á todos los de Don Quijote, es la clave de la lección moral que en el fondo de la novela se contiene ; y, ahora robuste-
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cida con el razonamiento discreto y profundo, ahora sazonado con la ironía fina y festiva, abre los ojos al iluso vulgo y hiérele en el amor propio , para que viendo su desatibo y picándose por la burla, cobre aversión á la literatura que en el delirio le ha puesto y de la mofa le ha hecho blanco.
Aunque dicho queda por menor cómo sobrevino, se desenvolvió y tuvo término la locura de Quijano, lejos de estar agotada la materia, da pie todavía para dilatar la consideración, pues bien la merecen algunos rasgos generales, pinceladas felicísimas que realzan sobre modo los primores de la historia en el concepto clínico.
El arte y el fin que se propuso Cervantes requerían de consuno que Don Quijote y su locura fuesen un dechado de belleza moral; y, aunque parezca al primer aspecto que la locura ha de excluir toda belleza , ya se ha visto que de vez en cuando están ambas unidas con maravilloso vínculo en un mismo sujeto, al que hacen simpático y atractivo juntamente con sus prendas personales las ideas y afectos peculiares de su delirio.
No creo que haya quien, aun considerando la Triste Figura del Caballero, no se lo represente dotado de una hermosura inexplicable por ser compatible, consonante, armónica con aquélla. Departiendo sobre la desenvoltura de Altisidora, dice Sancho: Pero no puedo pensar que' es lo que vio esta doncella en vuesa merced, que así la rindiese y avasallase. ¿ Qué gala , qué brío, qué donaire, qué rostro, qué cada cosa por sí destas ó íodas juntas la enamoraron? Que en verdad, en verdad, que muchas veces me paro á mirar á vuesa merced desde lapunta del pie hasta el último cabello de la cabera, y que veo más cosas para espantar que para enamorar; y habiendo yo también oído decir que la hermosura es la primera y principal parte que enamora, no teniendo vuesa merced ninguna, no sé yo de qué se enamoró la pobre. A este reparo tan riguroso satisface gentilmente el Andante: Advierte , Sancho, que hay dos maneras de hermosura,
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una del alma y otra del cuerpo: la del alma campea y se muestra en el entendimiento , en la honestidad , en el buen proceder, en la liberalidad y en la buena crianza; y todas estas partes caben y pueden estar en un hombre feo ; y cuando se pone la mira en esta hermosura, y no en la del cuerpo, suele nacer el amor con ímpetu y con vehemencia. Yor Sancho , bien veo que no soy hermoso, pero también conozco que no soy disforme; y bástale á un hombre de bien no ser monstruo para ser bien querido, como tenga los dotes del alma que te he dicho. ¡ Oh envidiable belleza! Esta, ésta es la que debajo de la desdichada traza de Don Quijote se esconde, y á la que jamás empece su locura.
Del conjunto de sus síntomas se destacan los caracteres de su etiología general y particular: elevación de ánimo , puridad de afectos y amor de la belleza ideal.
Es siempre Don Quijote el campeón de la justicia, demándela el rico, y más si la implora el pobre; y para entrar en batalla, no mira la calidad de los enemigos t ni los cuenta; perdona á los vencidos y no codicia sus despojos; que con el lauro de la victoria se contenta y satisface. Fatigas y peligros por honra y fama parece ser su divisa. Entre los acompañantes del cadáver de Grisóstomo y los curiosos espectadores de su entierro, nadie más que él, poniendo la mano en el puño de su espada , vuelve por la honra y estima de la hermosa y discreta , si desamorada , Marcela. En agradecimiento de un sencillo agasajo, comprométese á un paso honroso para sustentar por tiempo de dos días que, exceptuada Dulcinea, á todas las hermosuras y cortesías del mundo aventajan las que se encierran en las ninfas habitadoras de los prados y bosques, adonde por huelga han venido con sus familias á formar una nueva Arcadia. Ahora arremete con gigantes, después con fantasmas, más tarde provoca á lidia leones. En frágil navecilla, sin remos ni jarcias, fíase al ímpetu délas aguas, para ir en socorro de un cuitado caballero; y
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lánzase á lo desconocido, siempre pavoroso, hundiéndose en el abismo de la cueva de Montesinos, sólo porque entienda el mundo que, si le favorece su señora, no habrá imposible que no acometa y acabe. Altas princesas son aquí las que acude á libertar de cautiverio, y todo un rey es allí el que recibe la ayuda de su brazo; pero también acá por un desastrado oyejero blande la lanza contra el amo cruel que le da azotaina por salario, y allá se pone de parte de Basilio y Quiteria, pobres y desvalidos, haciendo frente á Camacho , rico y poderoso. Y, lo que es más , al Comisario que alza la vara para responder con ella á las embozadas amenazas de Pasamonte, bellaco sobre toda bellaquería, ruégale, interponiéndose entre los dos, que no le maltrate, pues no es mucho que quien lleva tan atadas las manos , tenga algún tanto suelta la lengua. •
A la belleza de este delirio júntase la naturalidad del elemento en que se desenvuelve y agita : belleza también , porque hasta lo ordinario y común la tiene, y no inferior á otras , antes más genuina y acaso más atractiva por su sencillez, que, si no repugna el artificio, tampoco lo necesita. Nuevo mérito de la invención de Cervantes, y poderoso auxiliar sagazmente escogido para su designio.
El teatro de esta locura no es como el antiguo trágico, en cuya escena no estaba personaje que no calzase coturno, prenda arqueológica pura cuando ya nadie viste á la heroica; ni como el moderno de magia, en que las luces , los adornos y la tramoya cautivan los sentidos y arrebatan el ánimo con resplandores, perspectivas y fantásticas maravillas , que unas á otras en tropel se suceden: tales como las que son el más vivo aliciente de las historias caballerescas. No parecen allí palacios encantados , reinos imaginarios ni ínsulas de mares ignotos; no intervienen reyes aventureros, infantas enamoradizas, dueñas encubridoras, enanos correntones, magos diabólicos ni hechiceras desconocidas ; no hay
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ejércitos rotos, gigantes vencidos ni endriagos descabezados; no se dan furtivas citas nocturnas, ni se hacen viajes en volandas, ni mares de llamas ocultan en su hondo mansiones de delicias; no se usan sortijas mágicas, cuernos horrísonos, escudos prodigiosos ni vasos labrados por arte de encantamiento ; ni sucede cosa en tiempo extraño á toda era ó anterior á todo cómputo.
Nada de eso. El teatro en que Don Quijote hace el papel de loco , no tiene otras decoraciones que las del mundo real y prosaico, ni más ni menos que ha sido, es y será siempre ; ni salen á él otras personas que las de carne y hueso que entonces se encontraban, casi las mismas que ahora se encuentran , á la vuelta de cada esquina, y, ahora como entonces, van y vienen, se comunican y departen, trabajan y se divierten, altercan y contienden , ríen y lloran; y en sus monólogos dicen lo que les parece, y que nadie llega á saber si ellas no se lo declaran ; y en sus coloquios no alambican conceptos, no intrincan razones , no rebuscan términos vetustos ó peregrinos , antes todas hablan en romance como Dios manda, y para que todo el mundo las entienda. Siempre el escenario, el aparato y los actores son los de una comedia de costumbres, según la expresión hoy corriente: campiñas y montes , prados y bosques, ríos y arroyos; caminos carreteros, veredas y vericuetos; chozas, ventas, casas solariegas y sitios de recreo; el campo de Montiel , Puerto Lapice y Sierra Morena; el Toboso y Barcelona ; pastores, arrieros, artesanos, mercaderes y venteros; plebeyos y nobles ; lacayos y estudiantes; bachilleres, licenciados, frailes y canónigos; personas de fondo y pro , gente necia y de la hampa; cuadrilleros y galeotes; damas y dueñas, criadas de servicio y mozas del partido ; fiestas de bodas y entierros religiosos y profanos , compañías de faranduleros y procesiones de disciplinantes, cuadrillas de bandidos y tripulaciones de galeras. Todo pasa tan natural y vulgarmente en la ficción , como pasaba en la realidad cuando Cer-
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vantes puso por obra su novela , datándola de un lugar — ignorado, pero, aun así, famoso sobre los más conocidos del universo mundo, — donde no había mucho tiempo que vivía el Hidalgo; quien de más á más se llamaba Alonso, como cualquier hijo de vecino , y Quijano, apellido sin duda común entonces y no raro ahora. Con ser hidalgo de solar conocido , de posesión y propiedad, no descollaría en su clase cuando sus colegas le motejaban de haberse puesto don y arremetido á caballero, con cuatro cepas y dos yugadas de tierra, y con un trapo atrás y otro adelante. Pero, aun quitado lo ponderativo de la murmuración, que, siendo la comidilla de mucha gente lugareña y ociosa, de todo, verdadero y quime'rico , hace plato , no cabe duda en que el Hidalgo vivía ceñido á la templanza y sencillez de la modestia, pues era parca su mesa, usual su vestido, y el número de sus servidores no pasaba de dos: una ama, oficio de plantilla en casa de solterón , y un mozo de campo y plaza, hombre, además, tan para poco, que en el drama de la caballería de su señor nunca pisó las tablas , nunca fué llamado ni nombrado , ni una vez siquiera, y pase lo vulgar de la expresión , hizo el humilde y oscuro menester de metemuertos.
Nada como esta naturalidad de tiempo , lugares, persanas y accidentes para que la doctrina contenida en la historia sea inteligible á todos y de instrucción segura y fructífera. Nada para hacernos cautos como las desgracias que vemos engendrarse en el elemento en que nosotros mismos moramos; nada para sonrojarnos y corregirnos como las ridiculeces en que precipitan á los que nos rodean acciones no desemejantes de las nuestras. A los que en esta edad vivimos el hado cruel é implacable de Edipo nos suspende, mas no inquieta, cuando el tardío arrepentimiento y la espantosa condenación de don Juan Tenorio, hirie'ndonos en lo más vivo de las creencias, nos aparta con horror de su desenfado y extravíos; que casi distancia sideral es la que en todos
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conceptos media entre Sevilla la de los españoles y Tebas la de los beocios. Lo desgraciado ó lo ridículo es el término fatal de todas las locuras de Don Quijote; y éste el inmejorable desenlace dispuesto por el que las imaginó y sacó á la plaza pública, para meter por camino á todos con el ejemplo del dolor y desconcepto ajenos, originados del desvarío común, entre seriedad y burla, lástima y regocijo, llanto y risa: lección elocuente y eficaz , pues para aprendida no hay letra como la que con sangre entra , y tal presenta impávido el pecho descubierto al arma mortífera, que, puesto en un lance , se descorazona, rinde y confunde con un gesto de conmiseración ó una carcajada de rechifla.
Dígase ahora si no embelesa el modo con que realizó Cervantes el pensamiento de su obra, y si no ha de causar extrañeza que entre los innumerables doctos y eruditos que á ella han consagrado prolijas investigaciones y estudios, tan pocos los hayan dirigido á la locura del héroe: ásu cualidad esencial, y, por lo mismo, inherente y necesaria á su personalidad ; porque Don Quijote fué lo que fué, solamente por ser caballero andante; caballero andante lo fué, solamente por loco ; de hecho antes fué loco que caballero , ni hizo proeza que no fuese á impulso de su locura; y cuando de loco volvió á cuerdo , dejó dé ser caballero de lanza en mano para restituirse á la condición de hidalgo de lanza en astillero. De suerte que como á individualidad frenofisiológica poco le conocemos ; pero como á individualidad frenopática le conocemos tanto , que todos le llevamos retratado en la imaginación con tal parecido , que no lo ha sacado hasta ahora, ni es probable lo saque jamás pincel alguno: á causa, principalmente, que en él están unidos los rasgos de una hermosura y de una triste figura, en extraña mezcla , en cierta contradicción de dotes morales y formas físicas ; aun bien que reflejándose sobre éstas el resplandor de aquéllas, como por obra mágica las realza, embellece y agracia.
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Por esto, cuando, en medio de la admiración universal que no cesa de excitar esta incomparable novela , contemplo el entusiasmo con que hoy, como ayer, se buscan en ella, sacan á luz , aquilatan y encarecen los tesoros que esconde en su seno ; y aplaudo el afán con que ayudan á esta labor la Crítica , la Historia, la Retórica y la Gramática, sin otras ciencias y artesa las que , con notoria impertinencia , ciertos fanáticos han querido imponer este servicio ; siempre me parece que veo adelantarse mesuradamente la Medicina psicológica, y con el tono resuelto de quien sabe que le asiste un derecho indiscutible , reclamarlo ante todas ellas casi con las misma palabras que Cervantes aconsejó á su péñola dijese á los indiscretos que quizás en lo sucesivo intentaran descolgarla de su espetera :
Tate, tate
De ninguno sea tocada ,
Porque esta empresa
Para mí estaba guardada.
En la explicación, glosa y anotación del Don Quijote toca á la Psico-patología trabajar en primera fila, sino delante de todas las disciplinas que en ella formen. Al personaje por quien se obró la bienhadada regeneración literaria, nadie, como esta ciencia, puede conocerle y estimarle, darle á conocer y ponerle en el grado más alto de la estima pública. Pondérese, en buen hora, la necesidad de remedio que tenían los entendimientos contaminados con la corruptela de los libros de caballerías; encarézcase la oportunidad de la aparición del Ingenioso Hidalgo y su éxito indecible y rápido ; adviértase que cierta aventura va derechamente á parodiar la de tal ó cual caballero, acaso la más estrambótica, pero también la más celebrada entonces; expliqúese el sentido satírico de este razonamiento ; descúbrase la burla que se oculta en aquella frase ; declárese la alusión de un hecho ficticio á otro verdadero ;
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aplaúdase el donoso remedo de las cultas é hinchadas
pláticas de algunos caballeros andantes todo esto
será instructivo, deleitoso, indispensable para la cabal inteligencia del Don Quijote y el aprecio de su me'rito literario, pero nada dirá en orden al científico que realmente tiene , por más que de nada sin duda estuviese tan ajeno Cervantes como de pensar que á su obra ponía el realce de tal excelencia. Respétese y acéptese, si place, toda aclaración ó anotación de este libro, de cualquiera calidad que fuere, menos las que traen arrastrando coincidencias vanas, semblanzas ilusorias, parangones violentos y filosofías imaginarias , ó las desvanecidas que castigan con palmeta de dómine anacronismos , desmemoriamientos y solecismos-; pero también reconózcase y declárese que no puede prescindirse del comentario de la monomanía del Hidalgo ; del que enaltece más y más á Cervantes por ingenio singular, que penetró ciertos arcanos de la mente enferma , y al regocijo de las Musas da derecho á ser proclamado hijo adoptivo de la ciencia frenopática. La interpretación médico-psicológica de los hechos de Don Quijote es el alma de toda ilustración de su historia.
Yo he procurado explicarlos con arreglo á la doctrina admitida hoy en las escuelas, alentado por mi amor al sujeto y por el anhelo de indicar, á lo menos , cuántos primores se descubren, á la luz de la Patología psíquica, en la famosa novela sobre los que ya conoce y ensalza todo el mundo. Si algún crítico opusiere que mi amor, por su natural acción expansiva, ha dilatado desmedidamente el círculo de mis investigaciones, y llevádome á encomiar con exceso ó á ver materia de encarecimiento donde tal vez no la había, le responderé que antes temo haberme quedado corto, por cuanto creo, y dígolo con sinceridad , que si cualquiera de mis comprofesores, aficionado, como yo, á aquel libro,
* ¡ Loor á D. Juan Calderón, que muchos tuertos como éstos enderezó en su Cervantes vindicado!
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le escudriñase á lo alienista, me dejaría muy zaguero en achaque de hallazgos y alabanzas. Y si hubiere quien, reproduciendo un argumento gastado ya de puro repetido, ni por eso menos fútil , replicare que he violentado el sentido de algunos textos dándole más latitud que tiene en realidad, y de esta suerte atribuido á la obra de Cervantes bellezas que él no imaginó siquiera ; le contestare' , primeramente , que , si bien presumo haber acertado en mis interpretaciones , estoy muy lejos de juzgarlas incontrovertibles, y más aún de no retractarme de las que se me demuestre ser erróneas ; y, en segundo lugar, que, al ver en un escrito una belleza, admiróla y celebróla de luego á luego y por mi cuenta, sin andarme en inquirir si por tal la tuvo también su autor, ni si la puso de propósito, como de caso pensado, ó con el movimiento casi instintivo de la misteriosa enajenación del ánimo, del furor, como decían los latinos , que nace de aquel estímulo íntimo, vigoroso, vehemente, que inspiración, fuego, estro y numen se llama; ó que se produce, según la felicísima expresión del Sr. Menéndez y Pelayo , en la inconsciencia del artista en los momentos de fiebre estética. La heroica súplica , ■permítenos ver la lid trabada, y mátanos con lu%, que Ayax dirige á Júpiter, viendo que una repentina oscuridad y ciega noche impiden á los griegos el combatir; las casi humildes palabras no llores más á tu amada Creusa, con que intenta consolar á Eneas la sombra de su perdida esposa en el incendio de Troya, que parten el corazón del desesperado caudillo, y suenan como el postrer gemido de la patria moribunda ; la espantosamente candida pregunta, Padre mío, ¿por qué no me socorres?, que el conde Ugolino cuenta haberle hecho su hijo Gaddo al caer herido del hambre en el atroz suplicio en que murieron padre , hijos y sobrinos; la glacial antítesis, porque soy piadoso, debo ser cruel, con que Hamlet, después de dar muerte á Polonio, declara que á ser' sanguinario y
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vengativo le fuerza su amor de hijo ; el impasible no hay lugar, ya acuerdas tarde , eco de la justicia de Dios , con que al Burlador de Sevilla , puesto al borde del infernal abismo, en el que ninguna alma puede hundirse con esperanzas, le arrebata la última la sombra de don Gonzalo ; sin citar otras innumerables bellezas de pensamiento ó de dicción de sumos poetas y prosistas, ¿tendremos que aceptarlas á beneficio de inventario, Ínterin no pongamos en claro si Homero, Virgilio, Dante, Shakspeare y Tirso de Molina las estimaban por rasgos de ingenio que habían de conmover á toda alma capaz de sentir el rudo batallar y horrible fenecer de los afectos humanos? Del mismo Cervantes í quién sabe si llegó á tener barruntos de que en las breves palabras que puso en los labios de Don Quijote derribado por el de la Blanca Luna , había, como dice un insigne crítico de nuestro tiempo, algo de más patético y sublime que cuanto se cita de sublime y de patético en la poesía ó en la historia?*
Hasta á los que pertenecemos al vulgo de los escritores, borroneando cuartillas tras cuartillas, por aquel insanable vicio que ya en lo antiguo afeó un poeta , tal vez en alguna se nos cae de la pluma , sin que lo echemos de ver, una expresión feliz , un concepto agudo ó una imagen hermosa. Pues esto, que á nosotros nos sucede en alguna , aviéneles repetidamente á los grandes maestros en todas ellas; que así salen henchidas
* «El qu'il mourut de Corneille, y el tout est perdu hors Vhon-' nneur de Francisco I parecen frases artificiosas, rebuscadas y frías, » frases de parada, al lado de las frases sencillas y naturales de Don «Quijote, que nacen de lo íntimo de su corazón y están en perfecta «consonancia con la nobleza de su carácter, nunca desmentida desde »el principio hasta el fin de la obra.» Esto añadió el Sr. Valera al pasaje que de él he copiado en el texto {Opúsculo citado, pág. 24); y fué lástima que, al escribirlo, no recordase — puesto que ignorarlo no podía una persona cuya erudición á mucho mayores y muy recónditas cosas se extiende — que las famosas palabras de Francisco 1 han corrido, aunen los mismos libros de historia franceses modernos, trasladadas con poca exactitud, no diré si pormalicia ó por ignorancia,
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de pensamientos peregrinos, enseñanzas, donaires y bellezas de todo linaje. Muchas hubo de esparcir Cervantes en la pintura de la monomanía de Don Quijote tan sin percatarse de ello, aunque con gran deleite de los lectores, como Sancho, sin poder reprimirse, ensartaba refranes y refranes , que si á su amo ponían en el extremo de maldecirle y hasta vaticinarle que le llevarían á la horca, para nosotros son el más sabroso sainete de sus razonamientos. Por esto tienen tales bellezas la espontaneidad de la potencia creadora del genio. Y, en punto á clínica, aunque empírica, dado que las nociones patológico-psíquicas de entonces no eran para formar un cuerpo de doctrina, más ajeno aún había de estar Cervantes de que su imaginación volaba por espacios apenas conocidos de quienes debían conocerlos , puesto que á la figura moral de su he'roe , enfermo de una vesania casi del todo ignorada á la sazón, el juicio de la posteridad, sobre la fe de una ciencia ya constituida , la ha confirmado de fiel y primorosamente labrada. ¡Envidiable instinto, encantadora ignorancia de los grandes ingenios! Sí; que Cervantes no cayó en la cuenta de que, con ser lego en Medicina, penetraba una verdad casi oculta á los médicos coetáneos suyos; Cervantes no cayó en la cuenta de que, envuelta en las ficciones y chistes de su fábula, daba la historia de una locura, escrita con intuición que parece inteligencia de alienista, antes que alienistas hubiese en el mundo;
hasta que, de orden de Luis Felipe, se publicaron en 1847 los documentos relativos ala cautividad de aquel Rey. La carta que éste escribió á su madre, la Duquesa de Angulema, á quien había dejado por gobernadora del reino (transcríbela, por entero, de dichos documentos Lafuente , Historia general de España , tomo XI, Madrid, i853, pág. 357, nota 1), comienza así: Madame, pour vous /aire scavoir comme se porte le reste de mon infortune, de toutes
CHOSES KE M'EST DEMEURÉ QUE LH0NNEUR, ET LA VI E QU1 EST SAUVE.
Véase, pues, si llega siquiera á ser una frase de parada la del vencido y prisionero en Pavía. El que en una ocasión suprema, cual aquélla, equipara con la honra la vida, habla como el más vulgar de los mortales.
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Cervantes no cayó en la cuenta de quee'stos, á impulso de su asombro y deleite , tomarían sobre sí con ahinco el poner á la vista d.e todos un mérito tan fuera de lo ordinario, y que, realzado por un voto de tal calificación, prevalecería quizá, en el concepto de los admiradores del famoso novelador, entre los más relevantes méritos de su libro.
¡ Qué mucho , si , aunque nuestro ingenio vio en parte el buen éxito de su libro y entrevio la aceptación que había de alcanzar, andando los tiempos, no hubo de creer que su triunfo sobrepujaría á cuanto se imaginó ni pudo columbrar desde la mayor altura del deseo ! Porque, á la verdad, nada es, en comparación de todo esto, lo que, por boca del bachiller Carrasco, encarece, anuncia y declara: ¡Bien haya Cide Hamete Benengeli , que la historia de vuestras grandevas dejó escritas y y rebién haya el curioso que tuvo cuidado de hacerlas traducir de arábigo en nuestro vulgar castellano , para universal entretenimiento de las gentes!... Tengo para mí que el día de hoy están impresos más de doce mil libros de la tal historia; si no , dígalo Portugal , Barcelona y Valencia, donde se han impreso, y aun hay fama que se está imprimiendo en Amberes,y á mí. se me trasluce que no ha de haber nación ni lengua dónde no se traduzfga... Los niños la manosean , los mo^os la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran ; y , finalmente . es tan trillada y tan leída y tan sabida de todo género de gentes, que apenas han visto algún rocín flaco , cuando dicen: «Allí va Rocinante.» Y los que más se han dado á su letura son los pajes. No hay antecámara de señor donde no se halle un Don Quijote: unos le toman , si otros le dejan ; éstos le prestan , y aquéllos le piden. Finalmente, la tal historia es del más gustoso y menos perjudicial entretenimiento que hasta agora se haya visto, porque en toda ella no se descubre, ni por semejas, una palabra deshonesta ni un pensamiento menos que católico. Y hubiera podido añadir, la
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tal historia estudiarán y comentarán eruditos de primer orden, nacionales y extranjeros; no tendrá imitador que, por su loca osadía, no sea castigado con universal descrédito ; la imprenta , el buril y el pincel emularán entre sí por ataviarla con preciosos adornos; y como á monumento de la invención, del donaire y del bien decir, como á imagen primorosa del arte se le dará culto en los templos de todas las literaturas del mundo.
Pero , respecto de la cualidad que más viveza da á las narraciones de esta novela, y á su forma el atractivo de un ropaje elegante, rico y de buen gusto, si los hay, no se hace el desentendido su autor , sino que se anticipa á afirmarla muy intencionadamente con una ficción oportuna, sobremanera original y chistosa, en la dedicatoria de la Segunda Parte al Conde de Lemos, en la que, después de manifestar cuánto le apremian de infinitas partes á que les mande el Ingenioso Hidalgo, dice: y el que más ha mostrado desearle ha sido el grande Emperador de la China; pues, en lengua chinesca, habrá un mes que me escribió una carta con un propio, pidiéndome , ó, por mejor decir, suplicándome se le enviase , porque quería fundar un colegio, donde se leyese la* lengua castellana/ y quería que el libro que se leyese fuese el de la Historia de Don Quijote '.juntamente con esto, me decía que fuese yo á ser el rector del tal colegio. Pasaje que no ignoro ha sido interpretado en un sentido distinto del que , fuera de lo fabuloso ó fingido, tiene su contexto literal ; mas yo aquí prefiero circunscribirlo á este último para tomarlo por una prueba de que Cervantes conocía el servicio que con sus escritos estaba haciendo al habla castellana, y que el Sr. Valera determina exactamente cuando dice que los grandes autores clásicos fijan la lengua en que escriben. *
Para corroborar lo expuesto sobre este asunto he de repetir lo dicho por otros, si no estoy trascordado: que
Opúsculo citado, pág. 41.
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más bellezas ha visto en el Don Quijote la posteridad que advirtió su autor; y aun hay motivo para presumir que él mismo estuvo , por lo menos, un si es no es engañado tocante al mérito relativo, ya que bien conocería el absoluto, de esta obra, pues no le concedió el primer lugar entre las suyas, cuando el fallo unánime de los críticos se le ha dado, no sólo entre ellas, sino entre todas las demás de su género. De lo contrario, no habría escrito Cervantes lo que puso precisamente en la recién mencionada dedicatoria, cual si dijéramos en la carta de recomendación con que quiso introducir al mismísimo Caballero en la amistad del Conde de Lemos: y con esto me despido, ofreciendo á Vuestra Excelencia Los trabajos de Persiles y Sigismunda , libro á quien daré fin dentro de cuatro meses, Deo volente; el cual ha de ser, ó el más millo, ó el mejor que en nuestra lengua se haya compuesto (quiero decir de los de entretenimiento): y digo que me arrepiento de haber dichy el más malo, porque, según la opinión de mis amigos, ha
de llegar al extremo de bondad posible ¡Medrados
estamos ! Pues si entonces , pongo por caso , hubiese habido en Argamasilla de Alba una academia literaria , y á cualquiera de sus individuos , aun al más conspicuo, digamos al Maestro José de Valdivieso*, escapádosele , en el ardor del discutir, un juicio semejante; y si en ella se hubiesen usado fórmulas iguales á las que guardan los modernos congresos parlamentarios, — que , á ser hoy, harto se usaran, pues se han metido ya hasta en las juntas de cofradía, — á buen seguro habríase visto á muchos académicos, enojados de que así, indirectamente, como al descuido, se deslustrase el crédito
* En la aprobación de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, que dio en Madrid á 9 de setiembre de 1616, dijo : por él (el libro) se podría decir lo que San Jerónimo de Orígenes, por el Comentario sobre los Cantares: cum in ómnibus omnes, in hoc se ipsum superávit Origenes ; pues de cuantos nos dexó escritos (Cervantes) , ninguno es más ingenioso, más culto ni más entretenido.
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y la fama de su compatriota, levantarse súbito, como movidos por un resorte mágico , y gritar á la vez con el impetuoso ademán que, en tales lugares, es la primera ráfaga de una borrasca : — / Pido la palabra para defender á un ausente !
No quiero soltar la pluma sin adelantarme á desvanecer algunas observaciones que, entre otras muchas, pueden hacerse sobre este mi trabajo.
La primera , que saco de una obra inapreciable, tesoro de erudición y ciencia , la Historia de las ideas estéticas en España , que leí pocos días después de concluido mi libro, procede de una autoridad tan alta y justamente acatada como lo es el doctor don Marcelino Menéndez y Pelayo , catedrático de Literatura española en la Universidad de Madrid ; bastante á infundir respeto y temor á cualquiera que trate de contradecirla, aunque en materia opinable, por más convencido que esté de tener de su parte la razón , por más animoso que sea y hábil en la polémica. Yo, sin embargo, he de entraren este camino para sostener mi opinión, como á ello obliga el no haberla dado de ligero ; bien que de ningún modo para salir al encuentro á aquella autoridad , pues , no siendo un mentecato , no habrá pigmeo que quiera luchar con un gigante. Entiéndase, por lo mismo, que haré una defensa, no una refutación.
«Entre las varias y extravagantes formas (dice) que » en estos últimos tiempos ha tomado el fetiqtiismo » cervantista , que á muchos dispensa de leer al admi- » rabie autor á quien dicen honrar con sus comentos , y »se junta en otros muchos con un completo desconoci- »- miento de todas las cosas de España en el siglo xvi, » debe contarse por una de las más risibles la de atri- » buir al autor del Quijote singulares ideas científicas , y «estudio positivo de todas las ciencias y artes, liberales » y mecánicas , claras y oscuras , con muchas trascen- » dencias y marañas filosóficas, que, á ser ciertas, convertirían el Quijote, de libro tan terso y tan llano
CONCLUSIÓN. 455
«como es, en la más enojosa de las enciclopedias. En » vano se les dice y predica á los inventores de tales novedades que las ideas científicas de Cervantes, si es » que tal nombre merecen , casi nunca traspasan los lí- »mites del buen sentido, ni se elevan un punto sobre » el nivel ( ciertamente muy alto ) de la cultura españo- » la en el siglo xvi, como puede probarse por innumerables libros anteriores áél y de contemporáneos suyos, »en los cuales están dichas las mismas cosas con mejor «orden y método, con más trabazón científica, y de una «manera más profunda y radical. En vano se les pone » delante de los ojos que Cervantes es grande , por ser v un gran novelista, ó, lo que es lo mismo, un gran poeta, »un grande artífice de obras de imaginación, y que no » necesita más que esto para que su gloria llene el mun- » do; es más: que esta gloria sufriría no leve detrimento » y menoscabo si se apoyase en la trascendencia dogmática de la obra, puesto que de tal aparato docente había » de resentirse por fuerza la concepción artística torpe- » mente afeada por alegorías, enigmas é interpretaciones » simbólicas. Ellos erre que erre en sostener que Cervantes es grande, no por artista (cualidad que, sin » duda, les parece de poca monta), sino por teólogo , » jurisperito, médico, geógrafo, y no sé cuántas coses «más... Es cierto que los grandes ingenios poseen el »dón de ver con claridad, y en una intuición rápida lo »que los otros hombres no alcanzan sino por un labo- »rioso esfuerzo intelectual. Pero esto es verdad de tov dos los genios, no sólo de los genios literarios , y so- » lamente es verdad de cada cual en aquel arte ó ciencia » para el cual Dios le infundió extraordinaria virtualidad. Quiero decir que la intuición que el artista tiene » no es la intuición de altas verdades científicas, alo » menos como tales verdades , sino sólo la intuición »de la forma, que es el mundo intelectual en que él » vive; y cuando alcanza la intuición de la idea, va ve- » lada y envuelta en la forma. La intuición de la verdad
456 CONCLUSIÓN.
» pura, si tal intuición fuera posible, sería propia del ge- »nio filosófico, en ninguna manera del genio artístico, «cuyo dominio son las formas. Es una aprensión absur- » da, y que importa desarraigar, la de que la ciencia pue- »da adquirirse por otro camino que por los procedimien-
»tos de la ciencia misma Pero Cervantes era poeta,
»y sólo poeta, ingenio lego, como en su tiempo se de- »cía. Sus nociones científicas no podían ser otras que » las de la sociedad en que vivía. Y aun dentro de ésta, » no podían ser las más peregrinas, las más adelanta- »das, las del menor número, sino las del número ma- »yor, las ideas oficiales, digámoslo así, puesto que no » había tenido tiempo ni afición para formarse otras.»* Esta, que parece una impugnación muy formidable, no lo es en realidad, si bien se considera, porque no va derechamente contra el pensamiento de mi libro, antes apenas lo toca de soslayo , y no contiene razones por las que hayan de reputarse vanas ó quiméricas las ideas en que está desenvuelto ; para convencerse de lo cual léanse los numerosos pasajes donde explícitamente manifiesto y sustento opiniones, algunas idénticas y otras no repugnantes con las declaradas en los párrafos arriba transcritos.
En todos tonos he dicho y repetido que no tenía á Cervantes, ¿por médico?... ¡ bah! ni por algo versado en la Medicina ; y vez ha habido que de las ideas mismas de nuestro ingenio he sacado una consecuencia que, en aquel concepto , le coloca quizás debajo de muchas personas de mediana instrucción general. Para médico hubiera incurrido en errores graves , y para alienista en descuidos inexcusables; y como yo no he intentado sincerarle de ellos, ni pretendido ocultarlos á la vista del público con^a capa de mis alabanzas, ni éstas he dilatado más allá de los justos límites, #ni, por tanto , mi reverencia y amor han desvanecido mi juicio; no
Tomo II, págs. 402-405.
CONCLUSIÓN. 457
puedo tenerme, en ningún respecto, por tocado del fetiquismo cervantista, que, sin nombrarlo, á otros, con mal disimulada intención y complacencia, he echado en rostro. XJnfetiquista no formula contra su ídolo un capítulo como yo el de mis reparos , en el que la fuerza de las razones está sólo templada con los miramientos de la cortesía.
Para ingenio lego, sin embargo, adornó Cervantes su libro con primores tales, que parecen desmentir su filiación, ó confunden al que tiene idoneidad pericial para conocerlos y aquilatarlos , pues no corresponden al orden estrictamente literario , y tienen cierta traza del científico. Aun para cualquier ingenio más lego que él, más ajeno á las especulaciones de la ciencia , menos aventajado en la invención , menos hábil en el cultivo de la literatura, podía ser concepción no superior á sus facultades , ni tal vez ardua , la de un delirio parcial como el de Don Quijote; y no faltaban ejemplares sobradamente vulgarizados que la sugiriesen; pero, á mi juicio, no tanto en ella consiste el mérito de nuestro novelador, cuanto en la lucidez y tiento con que, según he dicho ya , supo desenvolverla en su poema por medio de narraciones y pormenores naturales, sencillos, armónicos, rigurosamente subordinados á la unidad del pensamiento ; la cual , como para aumentar las dificultades del desempeño, había de atender á una dualidad constante, bien definida, jamás dudosa, de lo íntimo y de lo externo psicológico.
Parece que necesariamente han de calificarse de científicas esta idea primaria y otras secundarias á que, por lo menos, se ajusta aquella parte del fondo y forma de la ingeniosa invención que le da un carácter específico; pero aunque, por celo de rigorismo his|órico , no se les reconozca otra calidad sino la de hijas de la simple observación semiempírica á que estaba reducida entonces toda la doctrina sobre padecimientos mentales , es indudable que habían de exceder á las que eran patrimo-
458 CONCLUSIÓN.
nio del buen sentido, y por lo tanto se hace duro de convenir en que no se elevasen un punto sobre el nivel, bien que muy alto, de la cultura española de aquel siglo; y más aún que fuesen las ideas menos adelantadas, las del mayor número, las oficiales, dentro de aquella sociedad , cuando ni siquiera lo son dentro de la nuestra, á pesar de aventajarse tanto, en este concepto, á la otra , puesto que de la cátedra, de la ¡academia , del ateneo , del libro , del periódico , del debate público en el seno de congresos especiales , y hasta del manicomio ha podido tomar ya luminosas nociones de la entonces todavía no nacida y ahora en todas partes cultivada ciencia psiquiátrica. Ello es que el Don Quijote no tuvo precedente , como no ha tenido imitación que así merezca llamarse.
¡Singular intuición fué, por cierto, la que el gran novelista, el gran poeta recibió de aquella excelsa ninfa, á quien, viéndola más adelante en el Parnaso, Mercurio mismo se la dio á conocer por la verdadera Poesía; la cual
Todo lo sabe, todo lo dispone,
. . . abre los secretos y los cierra,
Toca y apunta de cualquiera ciencia
La superficie y lo mejor que encierra ! *
Ni obsta que semejante intuición de verdades científicas no lo fuese como de verdades tales , sino intuición de la forma, ya que en ésta dejó Cervantes envuelta y velada la idea de una locura por extremo peregrina, con tanto primor y acierto, que, sobre ser siempre encantadora la forma, narraciones hay en que más viva y grata impresión hace la idea. Por otra parte , es muy dudoso que á este libro su belleza hubiese elevado sobre todos los de su género , pero certísimo que no
* Viaje del Parnaso, capítulo ív.
CONCLUSIÓN. 459
habría sido bastante para granjearle el concepto de único en la invención, á no animarla el espíritu de una verdad que, con no pertenecer al señorío del arte, sino propiamente al de la ciencia, el genio artístico penetró y supo reducir á su servicio.
Si la Medicina psicológica proclama por boca de ilustres profesores, sobre todo por la del príncipe de ellos, que es admirable la descripción de la monomanía de Don Quijote, ¿hemos de pedirle á su autor que nos declare dónde, de quién y cómo adquirió nociones científicas más ó menos depuradas y claras, ó negar que las tuviese, siendo ellas las únicas en que, para distinguirla y singularizarla con un juicio tan favorable y especial, han debido fundarse los hombres de ciencia? De quienes , sin embargo, cumple decir, para que á su dictamen no se dé un alcance fuera de toda razón y propósito, que ninguno, dejando por maravillado de ser discreto, ha querido mirar con vidrio de aumento este libro, con deseo y esperanza de descubrir en él lo que no hay, ni por semejas: trabazón científica, trascendencia dogmática y aparato docente, que para lo didáctico serían ilusorios y pedantescos, para lo literario impertinentes y fastidiosos , y á la obra darían el desdichado aspecto de un engendro híbrido. Como quiera que sea, yo estoy en que los alienistas , si ahora pareciese ante ellos Cervantes, dejarían aparte toda presunción profesional para recibirle con los brazos abiertos, casi al estilo de la conocida ceremonia académica; alternarían con él y le sentarían á su lado , como á un individuo honorario de su colegio.
El que no se haya convencido con estos razonamientos, deséchelos y olvídelos , pero preste atención á otro, en el que hago hincapié, por ser decisivo y concluyente cuánto importa á mi defensa y abono, y que, á pesar de circunscribir la cuestión á límites mucho más estrechos, no por esto quita un ápice al mérito de Cervantes; y es, que este trascendido ingenio, á quien la
460 CONCLUSIÓN.
asidua observación y estudio de la naturaleza hicieron maestro en la pintura de caracteres , no lo fué menos en la difícil , por sí y por sus innumerables accidentes, del monomaniaco Don Quijote; donde se ve que la inspiración artística adivinó la verdad clínica de tal modo, que la obra literaria que , siquiera por virtud de la clara y asombrosa intuición del furor poético, nació de aquélla , salió realzada con felicísimos toques de luz médico- psicológica; y en las narraciones de una novela de mero entretenimiento, al parecer, quedó embebida la historia de una locura rara , con soberano artificio, con tanto donaire en la una y exactitud en la otra, que así contenta á los hombres de letras como satisface á los de ciencia , suspendiéndoles á todos. Entiendo que esto no podrá negarlo nadie. .
Comparadas con esta primera observación , las restantes son de poca monta.
Habrá tal vez quien note que, por mi encariñamiento y trato continuo con el Hidalgo, he caído en la ilusión de representármele como á un ser real , como á alguien que, en efecto, moraba en un lugar de la Mancha , comía pan á manteles , hablaba con sus deudos y amigos, hacía, en fin, todo lo que otros hidalgos de su clase, y luego ejecutó lo que de él se ha escrito; y ni más ni menos me he representado á dichos deudos y amigos y á cuantas personas le trataron durante el único período que de la historia de Quijano conocemos, ó sea el de su locura. Por aquí habrá parecido que discurría sobre un hecho clínico positivo de criatura nacida, y la intervención de otras que, ó la asistieron, ó la maltrataron , más bien que sobre el fingimiento de la persona principal y de las secundarias, la disposición y artificio de los sucesos de una simple novela. No puedo buenamente negar que para este reparo he dado motivo bastante , aunque sin infringir, así lo creo, algún precepto literario ; pero seguro estoy que haya un lector tan torpe, que no acierte á coger el hilo de mis ra-
CONCLUSIÓN. 461
zonamientos por el cabo de su sentido verdadero. Merced á la prodigiosa potencia artística de Cervantes, tiene el Don Quijote tanta vida , que su lectura no lo parece, sino visión de cosas corpóreas en tal manera, que de ella llevan sin duda los más impresa en la fantasía una imagen tan viva, como vivos en la memoria muchos recuerdos, del héroe especialmente, pero también de todas las personas que con el héroe se comunicaron, de los lugares en que sus aventuras y desventuras acaecieron, de sus coloquios, de sus altercados, de sus risas, de sus lágrimas, y hasta.de aquel ser que no le tuvo sino en la mente y corazón del Caballero. ¡ Qué mucho, pues, que dejándome llevar, casi sin advertirlo, de la poderosa fuerza plástica de esta narración , y al mismo tiempo de la costumbre, ya en mí segunda naturaleza, del ejercicio profesional en que he encanecido, haya dado forma y orden de caso práctico á mi interpretación , figura de enfermo al sujeto de él, y realidad efectiva al elemento complexo en que se supone haber vivido, ó sea al concurso de personas , sucesos y circunstancias de toda especie, que respectivamente prepararon, desenvolvieron, fomentaron y resolvieron la locura del Hidalgo!
Dirán también que he andado pródigo de citas , con grande exceso; mas, si se considera que no había forma de probar mis aserciones sino con pasajes de la novela, se verá que todos los aducidos vienen muy de molde, y en rigor ninguno huelga, pues hasta los que pueden parecer redundantes sirven para corroborar tal pensamiento, proposición ó dictamen que en los principales ó necesarios se ha apoyado ; fuera de que á las veces, aclarando estos últimos, corroboran los primeros. Otra ventaja tienen, y es, que , ya con la repetición de una idea, ya con su mayor desenvolvimiento, acreditan más y más que Cervantes fingió con mucha deliberación, aunque fuese la intuitiva del genio, los hechos que calificaban de loco á Don Quijote , dado que de
462 CONCLUSIÓN.
este concepto primordial había de partir el alcance literario de su historia , y, si vale decirlo, sobre este pie forzado había de moverse toda su máquina. Por lo menos , al ver la insistencia discreta y graciosa además , con que acaso se trae y se vuelve á traer, cuándo un síntoma suelto y sencillo, cuándo una manifestación complexa y concordante con otras de la monomanía, quedóme, á un tiempo, suspenso del original aspecto de la traza, y regocijado de pensar que si á Cervantes trataron no tan bien como merecía sus coetáneos, las Musas, sobre no escasearle favores, distinguiéronle con el singular de iniciarle en misterios reservados á pocos escogidos, y no del vulgo sino aun del mundo académico. Podían haberse alegado las pruebas que en los pasajes se contienen , sin copiarlos á la letra, y sólo diciendo lo sustancial de ellos, que era lo necesario, pues lo otro peca también de prolijo ; pero confieso que nunca esto me ocurrió, aunque , si pensado lo hubiese, disuadiérame de ejecutarlo el sentirme sin aptitud para tanto, cierto como estoy de que no hubiera acertado á expresar con menos palabras que Cervantes ninguno de sus pensamientos, ni el más claro y sencillo. Pesó también mucho en mi ánimo la consideración de que en aquel libro, donde todo es notable y digno de miramiento, merced á las cualidades especiales de su autor, están casi siempre hermanadas la idea y la letra con tan estrecho lazo, que ahora parece la excelencia de la una dar á la otra su bizarría, ahora la estructura de la frase ser la manifestación material de la belleza del concepto; de donde resulta que así al entendimiento satisface la sustancia, como al oído recrea la forma; y que acaba uno por encariñarse con la dicción, á influjo del espíritu que en ella alienta y del estilo que la engalana, y por creer, y en esto no va fuera de camino, que lo dicho por Cervantes sobre tal ó cual particular de alguna importancia ó interés sólo podía decirse cómo él lo dijo. Luego véase si hubiera sido prudente, en mi pro-
CONCLUSIÓN. 463
pósito, no transcribir íntegros los pasajes probatorios, sino, á pretexto de sacar su quinta esencia, meter en ellos mi torpe mano, que necesariamente había de alterarlos y acaso, acaso corromperlos; cuanto más que, según he indicado repetidas veces, tal y conforme están, parecen á menudo escritos por persona que conocía bien el valor psíquico-patológico de ciertos hechos, y si no los refirió con términos te'cnicos, fué porque no se habían inventado aún los que posteriormente el estudio especial de aquéllos ha pedido; aunque , á la verdad, tampoco los usara Cervantes si existieran, pues mal se hallara con vocablos, exóticos muchos y ásperos no pocos, la siempre castiza y fluida prosa que tanto avalora su libro.
Así ha salido el mío, como ropa zurcida de retazos... pero ¡qué retazos! y ¡de qué estofa!... más rica que la famosa púrpura de Tiro de que hacían sus galas aquellas cortes del Oriente, de tiempos semiheroicos , que deslumbraban al mundo con un esplendor, suntuosidad y pompa desde entonces proverbiales, y para nosotros casi fantásticos é increíbles. Si , como acerté á escogerlos, hubiese tenido maña en juntarlos, vistosa y pulcra sobre toda ponderación habría quedado la labor , y no que ahora parece cosida con hilo gordo, hecha, al fin , por quien no puede presumir de ser diestro y esmerado ni en la más sencilla compostura. Pero dejando el estilo alegórico por el liso y llano, estoy dos dedos de decir que á pocos habrá cabido la suerte que á mí, que, al contemplar este concluido si no perfeccionado libro , puedo complacerme de haber puesto en él mucho bueno , que siempre será leído con gusto; aunque sin duda, por allegarme inconsideradamente á Cervantes, me sucederá lo que, en las antiguas escuelas, al defensor de conclusiones — solemnes justas literarias, enhoramala caídas ya en desuso , — que tal vez se ahuecaba convirtiendo en sustancia todas las muestras de aprobación de la concurren-
464 CONCLUSIÓN.
cia , con no ir muchas , en realidad , dirigidas á él sino á su padrino, inspirador y casi consueta, cuyo saber y travesura dialéctica la suspendían y deleitaban. Sea como fuere, aliéntame la esperanza de que algo hallarán en mis razonamientos los entendidos; no indigno del sujeto que los ha motivado , pues, á vueltas de tratarle toda mi vida , no puedo menos de haberle tomado muchas palabras, cierto modo de su estilo y tanto cuanto de su buen gusto.
Si así no lo creyese , aunque á riesgo de que se me tilde de presuntuoso y vano, jamás intentara escribir este bosquejo ó ensayo de comentario médico-psicológico , puesto únicamente el designio en dar una pauta para que sobre ella escriban otros mis ilustrados colegas, ya que un trabajó de este género ha de ser, á mi juicio, la razón fundamental, el principio crítico de toda interpretación ulterior del Don Quijote, Entretanto, huélgome de haberlo hecho, ¿por qué ocultarlo?, pues, aunque tres escritores nacionales me precedieron en esta grata labor, aventajándome en dotes para desempeñarla cumplidamente , es obvio , á mi juicio , que por no tener la calidad profesional dos de ellos, y escribir de corrida el otro, no ahondaron en la materia hasta donde estaban escondidos sus más delicados primores. Que he descubierto algunos no lo dudo , pero sí que haya acertado á presentarlos á buena luz para que todos puedan ver y apreciar su excelencia : requisito absolumente indispensable, porque el diamante recién extraído de su lecho de guijo, diamante es, mas no cautivará con sus vivos centelleos los ojos de nadie hasta que hábil artífice lo deje labrado y pulido.
Así el amor, el deseo y la diligencia fiaran por sí solos la perfección en el dilucidar un asunto literario, y la de este libro tocaría al término délo perfecto imaginable ; mas ¡ ah ! que ellos no bastan , ni la materia es para tratada por quien , sobre no contar con la erudición, crítica é ingenio necesarios, ha visto correr los
CONCLUSIÓN. 465
mejores años de su vida afanado en tareas profesionales, que apenas le han concedido breves y raras veces sosegados ocios para el cultivo de las buenas letras. Con una desventaja de tanta monta he tenido que luchar en mi empeño, y con otra de más entidad todavía, y es, el profundo respeto que me inspiran Cervantes y su inmortal novela ; del que nació un temor , que hasta ahora me había retraído constantemente de tratar de las cosas de Don Quijote, pues, á influjo de aquel afecto, la imaginación me las representaba defendidas, como de manos profanas cosa sagrada , por un veto absoluto y casi conminatorio, pronunciado por un poder invisible, misterioso, de autoridad soberana. Parecíame ver escrito sobre ellas un letrero, á cuyo sentido recto daba mayor fuerza el metafórico, igual, salvo una leve y pertinente variante, al que el mismo Caballero, dolorido de su desgracia, y como para hacerla respetable á las generaciones futuras, quiso poner sobre el haz desús inmaculadas armas, melancólico trofeo de sus glorias:
NADIE LAS MUEVA,
QUE ESTAR NO PUEDA CON HAMETE Á PRUEBA.
FIN.
ÍNDICE.
PAG.
Introducción i
Capítulo primero. Cuatro palabras acerca del folleto de
Hernández Morejón 24
Cap. II. Desenvolvimiento de la locura de Alonso Qui-
jano 3o
Cap. III. Antecedentes necesarios. Apuntes de Medicina
psicológica 40
Cap. IV. La locura de Don Quijote diagnosticada por e!
sentido común 79
Cap. V. Diagnóstico de la locura de Don Quijote por
sus síntomas elementales..» 91
Cap. VI. Realidad objetiva, para el loco, de sus ilusiones
y alucinaciones 112
Cap. VII. Epifenómeno de la locura de Don Quijote, que
semeja el delirio de la zoantropía 118
Cap. VIII. ¿Tuvo Don Quijote, en el curso de su locura,
algún acceso de sonambulismo? 126
Cap. IX. Vigilancia del delirio i32
Cap. X. Falta de conciencia refleja de la locura en el
que la padece i38
Cap. XI. Un misterio psicológico 148
Cap. XII. Cordura subsistente en la locura 154
Cap. XIII. Metaptosis ó mudanza de forma de la locura
de Don Quijote 169
Cap. XIV. Curación de Don Quijote, y muerte de Alonso
Quijano 187
Cap. XV. Locos simpáticos 204
Cap. XVI. Idealismo y realismo 23o
Cap. XVII. El loco, por la pena es cuerdo 253
Cap. XVI1Í. Triple fatalidad de la locura 25q
Cap. XIX. Constituciones frenopáticas. Bosquejo de la que
influyó en el desenvolvimiento de la monomanía de Don Quijote 266
PAG.
Cap. XX. Tratamiento terapéutico que se usó con Don
Quijote 299
Cap. XXT. Reparos 324
§ I. Sobre la frecuencia relativa de las ilusiones y de las alucinaciones, y sobre la mudanza de ellas y de los conceptos delirantes 326
§ II. Sobre la credulidad y la incredulidad
de los locos 338
§ III. Sobre la suspicacia y la insociabilidad
de los locos 348
§ IV. Justificación de los reparos 370
Cap. XXII. Fuentes á que pudo acudir Cervantes para lo
científico de su invención 375
Cap. XXIII. El quijotismo 406
Conclusión 437