Proposiciones relativas al porvenir de la filosofía . Presentadas a la Academia de filosofía y letras · Capítulo real 1 de 1

Proposiciones relativas al porvenir de la filosofía . Presentadas a la Academia de filosofía y letras

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 13 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

MASTER NEGA TIVE NO. 91-80123

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AUTHOR:

INGENIEROS, JOSÉ, 1877-1925

TITLE:

...PROPOSICIONES RELATIVAS AL ...

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BUENOS AIRES

DA TE :

COLUMBIA UNIVERSITY LIBRARIES PRESERVATION DEPARTMENT

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Master Negative #

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Ingenieros, José, 187 7-19 26 •

. . .Proposioionea relativas al porvenir de la filosofía ••« Buenos Aires, Rosso, 1918«

149 p« 23 om«

"Presentadas a la Academia de filosofía y letras*"

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JOSÉ INGENIEROS

PROPOSICIONES

relativas al

Porveoir de la Filosofía

Presentadas a la Academia de Filosofía y Letras

BUENOS AIRES

TALLERES GRÁFICOS ARGENTINOS DE L. J. ROSSO X CÍA. 457, líELGRANO, 475

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PROPOSICIONES relativas al porveiir de la Filfsofia

Del autor, reediciones en el mismo formato

La Simulación en la lucha por la vida (11^ edición, revisada por el airtor). 1 vol. de 230 páginas. . . 1 $ mln.

Simulación de la locura (8.a edición, revisada

por el autor). 1 vol. de 400 páginas . . 2 " "

sociología Argentina (7.a edición, corregida

y muy aumentada). 1 vol. de 470 páginas 2 *' "

Principios de Psicología (5.» edición, corregida). 1 vol. de 500 páginas 2 '' "

Criminología (6.a edición, corregida)|L 1 vol.

de 400 páginas . . 2 " "

El Hombre Mediocre (3.a edición, corregida).

1 vol. de 256 páginas (agotada)

Hacia una moral sin dogmas. 1 vol. de 210

páginas 1 $ '"I"»

Proposiciones» relativas al porvenir de ia filosofía. 1 vol. de 160 páginas. -\ h it

En formato menor

El Hombre Mediocre (4.a edición, texto de

la tercera), 25« a 30« mHIar 1 " ''

PEDIDOS A LA CASA VACCARO Avenida de Mayo 638 - Buenos Aires

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JOSÉ INGENIEROS

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PROPOSICIONES

relativas al

Porvenir de la Filosofía

Presentadas a la Academia de Filosofía y Letras

BUENOS AIRES

TALLSRSS GBÁTICOS ARGENTINOS DB L. J. SOSSO ¥ CÍA. 457, BELQBANO, 475

/ r ^^ ^^' Presidente de la Academia dfe Filosofía y Letras.

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Al ser honrado por esa Honorable Academia con el nombramiento de miembro titular, tuve oportunidad de agradecer la alta distinción al Señor Presidente de la misma, y, después de cambiar ideas, entendí que yo mismo debía elegir el tema de mi discurso de recepción. Encontrándome en ese error compuse el trabajo titulado Proposiciones, y sólo en la sesión del 6 del corriente mes, a que tuve el honor de ser invitado, me informé que es de carácter reglamentario hacer el elogio del Señor Académico en cuyo reemplazo he sido electo. Defiriendo a esta legítima circunstancia, cúmpíeme expresar a Vd. que me veo en la necesidad de aplazar mi incorporación, hasta encontrarme preparado para hacerlo con la competencia que el caso exige.

Ruego al mismo tiempo al Sr. Presidente quiera presentar a la Honorable Academia el trabajo que había preparado para el acto de mi recepción.

Con el mayor respeto y consideración me es grato saludar a Vd. muy atte.

Jóse Ingenieros.

Junio 8 de 1918.

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índice

§. II

III.

IV.-

§ V.- § VI.- § VII.- § VIILIX.- X.-

P4g8.

. — La hipocresía dk i.os fii.ó-

soi^os ....... 15

— La crisis de IvA fii^osoeía

EN Elv SIGI.O XIX ... 23

—La hermenéutica . . . 31

—Perennidad de 1.0 inexpe-

rienciai, 39

—Los probi^emas .... 49

—Los métodos 71

—La DEEiNiciÓN .... 93

—El lenguaje loi

—La arquitectónica . . . 109

—De los ideales como hipótesis metafísicas . . . 121

CONCLUSIONES

Proposición primera 133

" SEGUNDA . . . . . 134

y^^-

*"--<~-

— 8 —

Proposición tercera 136

" CUARTA ,137

" QUINTA 139

" SEXTA 141

" SÉPTIMA . . . . . 143

" ' OCTAVA 144

'* NOVENA . . . . . 145

DÉCIMA ... . . 147

Señor Presidente de la Academia:

Señores Académicos:

Comprendo la gravedad de las palabras que pronuncio al incorporarme a vuestra docta compañía. La circunstancia es solemne para mí; ajeno a toda otra actividad social o política, contemplo en ella el término de mi carrera universitaria, aunque no de mis estudios.

He vacilado antes de escoger el tema de esta disertación, que es un simple prolegómeno. Una disciplina científica, larga ya por su comienzo precoz, retrájome hasta ahora de publicar escrito alguno sobre asuntos propiamente filosóficos, que siempre fueron acicates de mi curiosidad; he creído que sin una sólida cultura experiencial es tan vano todo empeño por comprender los problemas inexperienciales, como el de techar un edificio cuyos cimientos no se hubiesen puesto

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aún. Aleccionado por todos los filósofos dignos de este nombre, he supuesto que las reflexiones filosóficas sólo podrían ser la coronación natural de mis estudios científicos, y que la validez de ellas dependería, en primer término, de la amplitud de éstos (i).

(i) En la Universidad he cursado simultáneamente dos carreras, que me permitieron adquirir nociones de ciencias íísico-naturales y de ciencias médico-biológicas; vocacionalmente cultivé las ciencias sociales y no fui indiferente a las letras. Especialicé luego mis estudios en patología nerviosa y mental, vinculándome a su enseñanza en la Facultad de Medicina (1900- 1905); pasé, naturalmente, a la cátedra de psicología en la Facultad de Filosofía y Letras (1904-1911), extendiendo mis programas a la ética, la lógica y la estética, que siempre consideré como «ciencias psicológicas». Desde 191 1 he procurado entender la historia de la filosofía; sólo ahora, en 1918, me atrevo a emitir una opinión sobre asuntos filosóficos.

En algunos escritos científicos de que soy autor he seguido los métodos y utilizado las hipótesis consideradas más válidas; no tengo motivo, en general, para rectificar esas orientaciones. La falta de competencia y de oportunidad me ha impedido, antes de ahora, preferir ningún sistema de hipótesis metafísicas; los que conozco, desde los contenidos en las más seculares cosmogonías hasta los implicados por las más flamantes filosofías científicas, me parecen, aunque desigualmente, muy distantes de la metafísica que bosquejo en la presente disertación. Suponiendo que en lo restante del siglo XX puedan realizarse algunas condiciones preliminares, ella podría comenzar a constituirse en el siglo XXI.

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El conocimiento previo de los problemas que no pertenecen a la filosofía, por entrar en los dominios de la experiencia, accesibles mediante los métodos científicos, llévame a considerar que el nombre de filosofía — usado actualmente con una latitud propicia a todos los devaneos — debiera reservarse, en el porvenir, exclusivamente a la metafísica. Donde la física no alcanza comienza la metafísica, dando a esos términos su clásico sentido inicial. No pertenecen a la segunda las ciencias llamadas positivas, ni las creencias místicas o éticas, ni las literaturas complicadas, ni la dialéctica ergotista. Disminuyen la metafísica, y obstaculizan su renovación, todos los que pretenden reducirla a una simple meta¿- lógica, metamoral o metaestética. Son sus enemigos militantes, en el pasado y en el porvenir, los que pueden sacrificar las hipótesis legítimas a las ilegítimas, en homenaje a los intereses creados en la sociedad a que pertenecen. Ningún motivo extraño al deseo de investigar libremente la verdad debe obstar al perfeccionamiento de las hipótesis que aspiran a explicar los problemas metafísicos.

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— 12 — .

Dirigiéndome, solamente, al exiguo número de personas que cultivan estos estudios y tienen competencia para valorarlos (i), procuro evitar nimios detalles de albañilería, limitándome al sumario bosquejo de la arquitectónica que presumo realizable dentro de uno o más siglos. Me abstengo de recurrir a ciertas agradables inexactitudes de lenguaje que los ignorantes se inclinan a interpretar como profundidad de pensamiento; considero inútil inventar vocablos sibilinos o empavesar mi discurso con locuciones pedantes, pues aspiro a expresarme con una sencillez que nunca se preste a dos interpreta-

(i) Creo que en lo restante de este siglo, 500 ó 10 personas contribuirán a la constitución de la nueva metafísica que florecerá en el porvenir. No ignoro que millares de profesores seguirán enseñando las «doctrinas a la moda», ajustándose a la oscilación de las creencias ético-políticas dominantes en cada momento social; pero esos «escolásticos» presentes y futuros permanecerán absolutamente incomplicados en la perfección incesante délas hipótesis metafísicas. Fácil es predecir, además, que innumerables personas continuarán creyendo las supersticiones acumuladas por la herencia ancestral de la humanidad, sin más vislumbres metafísicas que las sugeridas por los catecismos de las diez o veinte religiones positivas que se reparten las simpatías de los hombres.

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ciones. Me avergonzaría, en fin, — como de una falta de respeto a quienes me escuchan, y de elemental dignidad — si torciera ideas claras con palabras equívocas o disimulase opiniones con alambicadas figuras. Correspondería ingratamente al honor que me habéis dispensado si no os mostrara en su escueta exactitud las creencias filosóficas que considero menos incompatibles con mi ideal lógico de verdad.

No creo ser la única persona que piensa en el sentido que expresaré, ni alteraría mis opiniones por la candorosa vanidad de parecer original ( i ) ; supongo, en cambio, que

(x) En las obras de ficción la originalidad puede ser absoluta; en todo lo que es conocimiento progresivo y lógico» ella es relativa a lo que en cada época se tiene por menos inseguro. Nada más sencillo que la originalidad sin exactitud. He publicado hace algunos años la historia clínica de un loco razonante que se creía filósofo y elaboró un monumento dialéctico para sostener la siguiente doctrina, que él llamaba metafísica: «el universo es lo absoluto puro en que se mueven los planos de lo real, cortándose en aristas hipotéticas y formando en el espacio ángulos finitos que son la transmutación inmanente del Dios infinito, cuya materialización en el vacio engendra fuerzas vitales de que emanan las facultades anímicas por el ritmo radiante de los átomos protopsiquicos ».

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muchos de mis colegas tienen opiniones filosóficas muy distintas, disparidad que juzgo grandemente provechosa para el porvenir de la filosofía. Los cultores de estas disciplinas desinteresadas — y probadamente peligrosas en las sociedades menos cultas — no nos proponemos convencer ni desconvencer a nadie; gustamos de escucharnos los unos a los otros, con noble tolerancia, deseosos de beneficiarnos recíprocamente en nuestro comercio intelectual.

Señores Académicos:

Si os parece ligero alguno de mis juicios, detened el vuestro. Acaso tengáis por irreflexivo al que he meditado más.

Aunque alguna frase igualmente absurda podríamos señalar los que hemos leído a Platón o Aristóteles, Leibniz o Spencer considero que la anterior «doctrina metafísica % nos parecerá a todos disparatada y delirante, a pesar de su innegable originalidad. En efecto, la validez de las hipótesis metafísicas, aun para los que dicen lo contrario, tiene su medida preliminar-en conocimientos derivados de la experiencia; y nuestra lógica humana nos obliga a considerar falso todo lo que creemos está en contradicción con sus resultados.

§ I.— La hipocresía de ws fii,ósofos

La costumbre de ¿stiraar el tiempo en una escala relacionable con la vida humana individual, suele inclinarnos a mirar como grandes cambios históricos las pequeñas oscilaciones intercurrentes en cada uno: interesados por los detalles del camino que actualmente andamos, perdemos la visión de los ritmos seculares que marcan rumbos nuevos en el desenvolvimiento de la humanidad. Mirando en su siglo, los hombres se inclinan a ver nuevas orientaciones filosóficas en las pequeñas escaramuzas de los polemistas que, según su éxito, determinan las modas (i),'

(I) Prescindiendo de sus posibles méritos en otros campos científicos o literarios, me parece muy significativa a .ncapacdad meUfisica de los polemistas que han compartido las preferencias del público semiculto en el último medio siglo: el infantil materiaUsmo de Buchner. las sutilezas místicas de Boutroux. las pamplinas biológicas de Weissmann, k>s sermones insípidos de Eucken, el evolucionismo vitalisU de Bergson.el monismo de Haeckel, el antífUosofismo de James amén de las divagaciones seudofilosóficas de hombres de

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y no es raro que sus contemporáneos miren como geniales filósofos a simples sofistas que alimentan alguna pasión de sus públicos, sin sospechar que su recuerdo hará sonreír medio siglo después a los historiadores de la filosofía.

Creo que el Renaciniiento filosófico, joven <apenas de cuatro siglos, no pasó de sus primeros balbuceos ; no fueron otra cosa los sistemas metafísicos que substituyeron a las teologías medioevales. Aunque fundados en la razón o en la experiencia, no pudieron librarse de la herencia escolástica; de igual manera los principios y las instituciones de la sociedad feudal sobreviven en las naciones contemporáneas.

Una docena de grandes filósofos intentó en vano seguir los caminos que creía convergentes a la verdad; fué siempre tan grande

ciencia, como Poincaré y Ostwald, o de críticos literarios como Remy de Gourmont o Croce, ¿qué problema metafísico han planteado, renovado o resuelto? ¿qué sistema legítimo han creado? Hábiles sofistas, han satisfecho el deseo de sus creyentes respectivos, que han encontrado en sus escritos: una palabra de aliento para las creencias que ya profesaban o un gesto de obsecración contra las que ya temían.

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la coacción del pasado, unas veces como persecución oficrál y otras como resistencia de rutinas seculares, que todos transigieron con ciertos errores que se reputaban necesarios para el mantenimiento del orden social. En vano gimió alguno su irrevocable ''¡ E pur si muove!"; en vano escribió algún otro su ''Reivindicación de la libertad de pensar''; el principio de autoridad— político, religioso, social, universitario — puso un candado en las bocas heréticas y casi todos los grandes filósofos callaron las "verdades peligrosas'* (i), o las renegaron, defiriendo a las ''creencias vulgares'*.

Considero incomprensibles las doctrinas

(i) «Verdades peligrosas» ... Los que pueden unir esas palabras deberían ser lógicos y proclamar su odio irreductible a la metafísica. ¿Qué busca ésta, si no la verdad? ¿Cómo «staría dispuesto a rene^^ar de ella el que estudia para» aproximársele? Es contradictorio temer a la verdad y estudiar metafísica, a menos que se pretenda reservar este nombre a la paleo-metafísica de los tiempos pasados. Quien tema las consecuencias de cualquiera hipótesis sobre los problemas inexperienciales. puede limitarse al cultivo de las ciencias positivas y conciliarias con las creencias vulgares menos inquietantes; nadie está obligado a reflexionar con su propia cabeza, pudiendo adherir a las creencias «no peligrosast que ya están pensadas en la cabeza de los demás.

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\ de los filósofos si se ignora la historia política y religiosa de la sociedacf en que escribieron (i). La existencia de grandes ''intereses creados'', favorecidos por supersticiones que los investigadores de la verdad se proponían disipar, impidió el progreso legítimo de las hipótesis metafísicas, lo mismo que el mejoramiento de las costumbres y la transformación de las leyes. La historia de las renovaciones filosóficas ha tenido sus mártires, como la historia de las renovaciones éticas y políticas ; todos los grandes filósofos han sido un tanto herejes frente a las "creencias vulgares" de su medio y de su (tiempo.

Forzoso es confesar, sin embargo, que por «u común condición humana, y por la edad avanzada en que los más se dedicaron a la

(i) Todos los grandes cambios políticos han coincidido con alguna renovación de las orientaciones filosóficas; todas las religiones, al organizarse en iglesias, pasan a actuar como organismos políticos que persiguen fines temporales. Existen, sin embargo, historiadores de la filosofía que declaran, expresamente, su propósito de no mezclar en ella las cuestiones políticas y religiosas, lo que equivale a suprimir el agua y la levadura en el arte de la panificación..

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filosofía, casi todos prefirieron la tranquilidad o el éxito, evitándose las persecuciones y sinsabores que solía traer aparejada la exposición leal de sus creencias; esa prudente ''hipocresía de los filósofos'' — alimentada por el recuerdo de Sócrates, de Hipatia, de Bruno—indú jólos generalmente a disfrazar sus opiniones, buscando la manera de conciliarlas dialécticamente con las "creencias vulgares'', para no suscitar las represalias de la autoridad política o religiosa. Este deplorable renunciamiento a la enunciación de la propia verdad sólo tuvo contadas excepciones ; la regla fué deferir, directa o indirectajnente, a las mismas "creencias vulgares" que se había intentado rectificar. Tal es mi impresión cuando leo las obras de los magnos ingenios, obligados a proclamar en palabras claras su adhesión a lo que no creían y a diluir en razonamientos obscuros las verdades que no se atrevían a profesar ( i ) .

(i) Me refiero, exclusivamente, a los filósofos más dignos de tal nombre, sin distinción de escuelas: Bacon y Galileo, Hume y Locke, Spinoza y Descartes, Leibniz y Kant, Hegel y Spencer. La prudente «hipocresía de los filósofos» carecería

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La hipocresía filosófica apareció en el Renacimiento mismo. Conocéis la peregrina farsa universitaria que remató en la invención de las dos verdades, permitiendo a sus partidarios encender un cirio a Ormuz y otro a Ahriman; una verdad, la filosófica, fabricaba la herejía como un privilegio de los picaros filósofos, mientras otra, la teológica, robustecía el dogmatismo conveniente para alimentar las supersticiones del vulgo profano.

De esa actitud no se han apartado los filósofos durante cuatro siglos, con excepciones muy raras. Lamento no poder disculparlos diciendo que compartieron errores propios de su tiempo; el estudio de sus obras me obliga a creer generalmente lo contrarío y a inferir que muchas veces traicionaron deliberadamente a su propia verdad, sin más objeto que condescender a las supersticiones

de importancia si no se tratara de tan magnos ingenios; como simple aspecto de la cotidiana «adaptación social » en la lucha por la vida, la Filosofía universitaria ha sido justicieramente censurada por Schopenhauer. cuyas opiniones subscribo, aunque por opuestos motivos personales.

del vulgo o evitar las persecuciones de las autoridades. Distingo, pues, la hipocresía deliberada y los errores involuntarios; la primera es una inmoralidad, los segundos un accidente demasiado humano (i).

En tiempos más cercanos, la hipocresía de los filósofos dejó su candorosa forma primitiva ; se comprendió que era imposible seguir hablando de dos verdades, sin reñir con los preceptos más sencillos de la lógica y de la moral. Los más hábiles consiguieron introducir en la filosofía moderna una distinción, de aspecto inocente, entre las ciencias naturales y las ciencias morales; ello permitió reanimar las dos verdades famosas, pues, sin decirlo claramente, pudo sobreentenderse que unas y otras ciencias son an< tagónicas por sus métodos y por sus obje-

(i) Si las obras de Kant convergieran a su «Solución de la pregunta general de los Prolegómenos», la Filosofía Crítica sería un modelo de lógica y de claridad. Desgraciadamente Kant puso tanto empeño en disimular antes las ideas convergentes a esa «Solución», como en afirmar después las más incompatibles con ellas. Su logicismo trascendental pudo ser un error; su rehabilitación de los mitos metafísicos fué una hipocresía.

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tos,' proponiéndose las unas investigar la verdad sin ocuparse de que las otras hicieran lo mismo. En sus expresiones más recientes, la hipocresía clásica se traduce por la concepción de dos filosofías dentro de la filosofía ; tomad los centones de fines del pasado siglo — positivistas o místicos, naturalistas o idealistas — y leeréis en casi todos ellos que existe una Filosofía de la Naturaleza y una Filosofía del Espíritu: dos verdades distintas y la consabida hipocresía verdadera.

Esto requiere una breve explicación.

§ II. — La crisis de la i^ii^osof^ía en th

SIGI.0 XIX

Cuando en las sociedades europeas tomaron incremento las ideas de renovación política que las revoluciones Norteamericana y Francesa pusieron como bases posibles de un nuevo régimen social, cayó la filosofía — merecidamente — en el descrédito a que la encaminara la hipocresía de sus más encumbrados cultores ; en vano siguieron éstos tartajeando sus capciosas semiverdades racionales, inamistosas ya para los dogmas de la escolástica feudal, sin ser todavía totalmente sinceras.

El artífice de Koenisberg, más alabado que leído, condenó la vieja metafísica, en nombre de otra que él mismo se apresuró a desacreditar, bajo la presión de "creencias vulgares" incompatibles con su propia lógica. Después de él se advierte en el siglo XIX una radical incompatibilidad entre los resultados leales de la experiencia nue-

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va y las premisas hipócritas de algunas viejas supersticiones: la investigación de la verdad engendró constantemente hipótesis peligrosas pg,ra ciertos principios dogmáticos que se tenían por básicos de la moral... Muchos moralistas tuvieron el descaro de sugerir que era lícito sacrificar toda posible verdad a la salvación de esos principios; algunos, los menos, intentaron renovar los fundamentos de la ética, de manera que ella conservase su eficacia social independientemente de toda premisa metafísica (i).

El resultado de este conflicto ha sido la crisis de toda metafísica, provocada por los filósofos que se resignaron a subordinarla a la ética, como antes otros a la teología.

Reclamaron el nombre de metafísicos los

(i) Esta última evolución está en sus comienzos y me parece el antecedrínte necesario para la futura renovación de la filosofía. Me explicaré. La sociedad feudal sacrificó toda hipótesis metafísica inconciliable con los principios que fundamentaban ciertos intereses creados, propios de ese régimen político-ético-social. En el porvenir concibo la posibilidad de otros regímenes que se asienten en los resultados incesantemente renovables de la experiencia social, independientes de las nuevas hipótesis metafísicas que puedan formularse para explicar los problemas inexperienciales.

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que estaban dispuestos a sacrificar toda nueva verdad posible,' refugiándose en el comentario de los precedentes sistemas, o sea en la paleo-metafísica; para no tomarse el trabajo de confrontar sus hipótesis con los resultados incesantemente perfectibles de la experiencia, prefirieron entregarse a la glosa dialéctica de las filosofías pasadas, cambiándoles de vestidura literaria. Así comprendida, su metafísica se convirtió en una ciencia muerta, en una docta erística de supersticiones y leyendas, imposibles de reanimar con sutiles disquisiciones literarias, siempre estériles por su valor constructivo, aunque a veces atrayentes por su argucia polémica. Los nuevos sofistas se entregaron a la glosa erudita, como los artistas sin inspiración se hacen críticos. La metafísica dejó de ser una disciplina creadora de hipótesis sobre lo inexperiencial, para convertirse en una deslustrada tanatolo^ía.

Es necesario confesar un entuerto, que no lo endereza el callarlo: la cantidad de disparates que aun circula bajo el nombre de metafísica- es considerable. Por eso mu-

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26 —

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chos hombres de pensamiento y de estudio le han cobrado horror, llegando a afirmar que la condición primera del progreso intelectual es la liberación de toda metafísica. Paréceme que han confundido a ésta con sus manifestaciones degenerativas, como quien afirmase que las frutas no son comestibles en presencia de algunas piezas putrefactas ; y, por una singular paradoja, algunos de los que se declararon enemigos de toda metafísica han sido,* cabalmente, los que con más ahinco elaboraron hipótesis convergentes hacia sistemas metafisícos menos imperfectos que los clásicos (i), aunque todavía, por su arquitectónica, ninguno merezca parangonarse con ellos.

De esta actual incapacidad de construir una metafísica nueva, los partidarios de la paleo-metafísica deducen ilógicamente la im-

(i) No concibiendo filosofía alguna fuera de las hipótesis metafísicas, creo que si se reputase innecesarias a estas últimas, sería imposible distinguir la filosofía de la ciencia, pues la primera se reduciría a un sistema sintético de la segunda. Por eso, a mi ver. al anunciar el fin de la metafísica, se afirma la muerte de toda filosofía; pues los demás géneros filosóficos, según explicaré, tienden ya a constituirse como ciencias.

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posibilidad absoluta de tentar nuevos caminos, despejando las contradicciones entre los resultados de la experiencia y las hipótesis más distantes de ella ; y como no tienen propósitos constructivos, limitándose a blanquear sepulcros, no siempre respetables, de hecho condenan a muerte toda filosofía, aunque pretendan ser sus únicos cultores. Al mismo tiempo, los que han renunciado a toda investigación de lo inexperiencial, por creerla imposible, han creído, como quiere el positivismo, que la metafísica debe ser reemplazada por una epistemología, es decir, por una teoría general o filosofía de las ciencias.

Soy menos pesimista que los unos y los otros (i). Creo posible la renovación de la metafísica: en el pensamiento contemporáneo observo algunos gérmenes fecundos y eil las sociedades menos envejecidas advierto una renovación moral que favorecerá su desarrollo. Después de haber estudiado algunas ciencias, creo que ellas no substitui-

(i) Los representantes menos desleales de ese doble pesimismo han sido Comte y Boutroux.

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rán a la metafísica; pero creo también que las hipótesis inexperienciales formulables en el porvenir se considerarán tanto más legítimas cuanto menor sea su contradicción con los resultados de la experiencia.

Bajo dos aspectos, pues, se ha revelado el fracaso de la filosofía en el siglo XIX. El positivismo, en todas sus formas, llegó a presentarse conio un deliberado renunciamiento a toda explicación de lo inexperiencial ; excelente para la investigación científica, no substituyó las hipótesis metafísicas o indujo a confundirlas con las hipótesis científicas. El espiritualismo contemporáneo, en todas sus formas, señala un fracaso mayor de la metafísica, pues, aunque todavía se llama **idealismo", comienza a tener la franqueza de reconocer que es un movimiento ''religioso*'; renuncia a ser filosofía para convertirse en misticismo; en vez de buscar un saber independiente de las creencias vulgares, trata dé conciliar el reconocimiento científico con las supersticiones ancestrales ; no es una vuelta a la filosofía sino una exaltación de lo afectivoético contra lo lógico-crítico; en vez de su-

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perar el ciclo del racionalismo renacentista, regresa a las fuentes ilegítimas que lo precedieron (i).

(i) La generación anterior a la mía ha pasado por las dos modas: la positivista y la mística. Mi generación ha sentido más especialmente la segunda. Yo no alcancé la primera ni me he entregado a la actual. — En la evolución de la filosofía, las modas sólo influyen sobre los que no tienen opiniones propias; ningún sugestionado por la moda dominante en su medio ha merecido nunca el nombre de filósofo. — Libre de esas obsecuencias gregarias, hablo del porvenir de la filosofía pensando en las doctrinas que se mirarán como legítimas dentro de uno o dos siglos, sin tomar en cuenta la docena de modas que se intercalarán entre la orientación filosófica del siglo XIX y la del siglo XXI.

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§ III. — La HKRMílNÉUTiCA

Hay un signo de cansancio en la marcha : detenerse a mirar el camino recorrido. Cuando el hombre desespera de realizar obras mejores, comienza a vivir de su pasado: como los templos sin fieles, como las naciones decaídas. De igual manera los profesionales de la filosofía, al sentirse incapaces de crear— ¿existió Víctor Cousin?—, se dedican a glosarla y la convierten en una hermenéutica erudita.

Son meritorios los que cultivan el arte de interpretar textos para fijar su sentido, pero forman familia aparte de los que componen textos nuevos. Conocéis la historia de todos los ismos, que es un afiliarse a capillas de creyentes firmes, y de iodos los neos, que es un poner la esperanza en aparecidos. Por este deseo de apuntalar las viejas hi- .^pótesis, siempre, como sabemos, al servicio de fines éticos, y por la incapacidad de ela- . borar otras nuevas compatibles con esos fi-

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nes, se renunció a seguir haciendo metafísica, prefiriéndose la rumiación de sus hipótesis pasadas. Se cayó en una supersticiosa fantasmología y los grandes filósofos de otro tiempo fueron vueltos sobre sus corceles, como aquel Cid de leyenda que espantaba a los enemigos cabalgando después de muerto.

Graves consecuencias surgen de ello. Puestos a elegir entre hipótesis igualmente ilegítimas, sufrieron algunos la manía de la única originalidad posible, la del ''gusto'', prefiriendo las doctrinas más raras, u obscuras, sin atender poco ni mucho a su legitimidad; así como los coleccionistas de timbres buscan empeñosamente los más raros, algunos sofistas se declaran admiradores de obras cuyo mérito consiste en que no suelen leerse por lo aburridas (i).

Paréceme justo que se admire las obras de los grandes ingenios, sin creer por ello

(i) Conozco algunos admiradores de Tomás o de Diderot. y he oído afirmar la existencia de personas que han leído totalmente la Suma o la Enciclopedia. Sospecho, sin averiguarlo, que unos y otros prefieren de ordinario consultar el inocente Larousse, no tan raro pero menos inexacto.

— saque supieron lo que era imposible saber en su tiempo; no confundamos la admiración retrospectiva con la adhesión actual; sonriamos de buen grado ante ciertas filosofías que, como los antros de los oráculos antiguos, sólo tienen de maravilloso su obscuridad; celebremos el ingenio de los que pretendieron despejar ciertas incógnitas, pero confesemos que crearon otras mayores con el pretexto de aclarar las primeras.

¿Deduciremos de lo que antecede la inutilidad de estudiar historia de la filosofía? Todo lo contrario. Será un estudio .útilísimo para los metafísicos del porvenir: les enseñará a descubrir los falsos problemas, a eludir las hipótesis ilegítimas, a no tomar por explicaciones lógicas los capciosos er gotismos, a evitar errores de método excusables en otro tiempo pero indisculpables en este siglo. Y acaso les indique las buenas vías ya tentadas y que en su tiempo no pudieron seguirse, como a muchos químicos modernos las ha indicado la historia de la alquimia; sólo en es- .

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te sentido relativo podría afirmarse que todos los sistemas han sido ya formulados, opinión que no ha podido compartir ningún filósofo creador, aunque durante siglos la han repetido los que no lo fueron.

La historia de las hipótesis metafísicas nos permite descubrir la genealogía natural de cada una, desde sus vagas expresiones primitivas hasta las concordantes con la experiencia actual (i). Por eso es útil el estudio de la historia de la filosofía : tanto como el de la paleontología para los naturalistas, pues el conocimiento de las formas extinguidas es de valor inestimable para comprender el origen de las que aun viven. Las actuales hipótesis metafísicas son transformaciones de hipótesis que han evolucionado y seguirán evolucionando, sujetas a la selección natural en el ambiente que le forma la experiencia científica;

(i) La concepción que los filósofos griegos tuvieron del infinito, del átomo, de la primera causa, de la fuerza vital, de la energía, se parece tanto a la actual como el carbón al diamante.

— asese estudio permite reconocer, al mismo tiempo, que ciertas hipótesis llevan camino de extinguirse, como esos paquidermos y reptiles que suelen llamarse "fósiles sobrevivientes".

Habría alguna exageración en afirmar que los grandes metafísicos clásicos han escrito ''novelas de caballería" que esperan su Cervantes; también la habría, aunque menos, en considerar como simples espadachines, en comedia de capa y espada, a los polemistas de todas las escuelas que sólo probaban su habilidad personal y cosechaban aplausos según la moda preferida por el público a que se dirigían .

Conviene tener presente, sin embargo, cierta superstición que perpetúa los idola theatri denunciados en el '* Novum Organum" y obscurece el juicio de los que estudian filosofía.

Es frecuente medir la validez de las hipótesis por el ingenio y el arte personal de sus autores, con prescindencia de su legitimidad actual . Podemos admirar a los grandes metafísicos clásicos — no los admira el

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flue más lo dice, sino el que más los estudia — sin desapercibir que sólo tienen un valor histórico. Y si el nobilísimo ejemplo de su esfuerzo merece imitarse, no es, ciertamente, para glosarlos, sino para intentar, en este siglo y sobre la experiencia de este siglo, lo que ellos intentaron sobre la del propio. Nunca se ocuparon de embalsamar cadáveres los que se sintieron capaces de engendrar hijos.

Quiero expresar, en suma, que considero peligrosa la confusión entre la metafísica — como elaboración de hipótesis nuevas — y la historia de la metafísica — como her- ;nenéutica de hipótesis elaboradas sobre experiencias más incompletas que las actuales (i). Nadie confunde al historiador de las religiones con el profeta que creó

(i) La historia de la metafísica (y, en general, de la filosofía) es una ciencia, una rama especial de las ciencias históricas, como la historia de la literatura, de la aeronáutica o de la indumentaria. No se propone plantear ni resolver ningún problema metafísico. Si es puramente narrativa o interpretativa, no difiere de las otras disciplinas eruditas; si es crítica exige, además, una aplicación particular de la lógica.

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el mahometismo, al historiador de las matemáticas con el creador de la geometría analítica, al historiador de la música con el creador de las Nueve Sinfonías. ¿Por qué confundiríamos a Diógenes Laercia con Aristóteles?

Así creo comprender, después de algún estudio, la crisis de la metafísica en el siglo XIX. Intereses políticos, sociales y religiosos, ajenos al deseo de investigar la verdad, han contribuido a subvertir su significación: tituláronse metafísicos los que se oponían a toda nueva hipótesis que perturbase las creencias vulgares, y antimetafísicos los que se empeñaban en proyectar nuevas hipótesis más allá de la experiencia.

No creo, en efecto, que aean otra cosa — entiendo decirlo en su elogio — ciertos bosquejos de explicaciones científicas que en el último siglo han pretendido abordar problemas inexperienciales (i).

(i) Los que conozco me parecen insuficientes, vagos tanteos en un mundo nuevo, inicial balbucir en un idioma no bien aprendido todavía. Aunque ellos no han construido nada definitivo en reemplazo de los sistemas metafísicos clá-

, En suma, recapitulando, cinco causas han determinado la crisis de la filosofía en el siglo XIX:

La persistencia de la mentalidad feudal en la sociedad moderna.

La hipocresía de los filósofos.

La subordinación de las hipótesis metafísicas a los principios de la ética, no renovados todavía.

La singular paradoja de llamarse metafísicos los que se proponen impedir la elaboración de nuevas hipótesis metafísicas y de repudiar esa denominación los que siguen construyéndolas.

La confusión entre la historia de los sistemas pasados y la construcción de nuevos sistemas.

sicos, es ilegítimo volver a éstos; además de su hipocresía, que tengo por evidente, su contradicción con los resultados menos inseguros de nuestra experiencia actual los hace inservibles para aproximarnos mediante explicaciones legítimas a la solución de los problemas inexperiencialcs.

§ IV. — Perennidad de w inExpEriEnciai,

¿Morirá la metafísica, el único género filosófico que no puede constituirse como ciencia y que es, strictu sensu, toda la filosofía? Algunos porque lo temen, y otros porque lo desean, repiten desde el Renacimiento esa pregunta. La más elemental comparación entre los filósofos de cinco siglos diversos, o entre cinco filósofos del mismo siglo, o entre cinco capítulos de una misma obra filosófica, suele revelarnos que ninguno comprendió, con exactitud, lo que significaban los términos de su pregunta. -

Por siglos y siglos, hasta nuestros días, la metafísica ha sido, alternativamente, concebida como una superciencia por los grandes filósofos ( I ) , como una extraciencia por

(i) Los discípulos inmediatos del estagirita fijaron con exactitud la posición de la metafísica: «lo que debe leerse después de la física», teniendo por evidente la inutilidad de leerlo antes Los füósofos que intentaron constituir una meta-

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los místicos, y como una contraciencia por los polemistas menos ilustrados que la combaten o la admiran con igual incompetencia. No es de temer que el adelanto de las ciencias suprima la metafísica, ni que ésta vuelva a ser ''sierva'' de la teología, ni que pase a serlo de la ética, ni que se restrinja a los problemas lógicos, ni que sea absorbida por la psicología ; no creo, en fin, que ella se fosilice en los arquetipos clásicos, amortajándose en la historia de la filosofía. Entiendo, más bien, que la cultura del siglo XX, lejos de negar sus problemas, procurará plantearlos de nuevas maneras; no cerrará sus ojos ante las cuestiones experiencialmente insolubles, pero tratará de acercarse a ellas por caminos cada vez menos inseguros ; y para buscar las verdades lejanas no seguirá métodos probadamente estériles ni

física independiente de la teología, lo entendían así; no podemos nombrar ninguno que haya metafisicado ignorando las ciencias de su tiempo. Esta ignorancia es, en cambio, muy frecuente entre los polemistas que combaten la metafísica en nombre de las ciencias o las ciencias en nombre de la metafísica.

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partirá de principios lógicamente indemostrables o experiencialmente contradictorios.

Nada conocemos del Universo que no se transforme : las más remotas estrellas, nuestro sistema solar, el planeta en que vivimos, su corteza, los seres que la habitamos, nuestras ideas todas: ¿solamente las hipótesis metafísicas imaginadas por el hombre habrían encontrado su posición de equilibrio, definitiva, inmutable? Parece tan banal la pregunta, cuando se plantea con claridad, que fluye incontrovertible la respuesta. A la metafísica, como a todas las elaboraciones de la mente humana, es aplicable la sentencia de los renacentistas: renovarse o morir. Es renovándose, incesantemente, como ella vivirá; sólo pueden creer en su iraierte los que no conciben su incesante renovación.

Los que desconfían- de la metafísica concuerdan, sin desearlo, en una afirmación que postula su necesidad: el hombre no ha podido hasta ahora absolver ciertos interrogantes planteados por su curiosidad más allá de su experiencia, siéndole para ello insuficientes los métodos místicos, los métodos

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dialécticos y los métodos científicos conocidos hasta hoy, aunque se admite la legitimidad de los últimos para todo lo que puede ser objeto vde experiencia (i).

En lo que llamamos Universo existen muchas partes inaccesiBles a nuestra experiencia actual, necesariamente limitada por la estructura de nuestros sentidos y de los instrumentos que aument^^n su posibilidad de percepción; todo el residuo inexpericncial es inaccesible mediante hipótesis científicas que subordinen la demostración de su validez a esos mismos sentidos e instrumentos. ¿ Siempre existirán partes del Universo inaccesibles a la experiencia: Ignorahimus? Cualquiera de las respuestas dadas a esta pregunta legítima es lógicamente ilegítima;

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(i) De la insuficiencia de los métodos científicos, algunas personas ignorantes extraen peregrinas conclusiones, aconsejando renunciar a ellos en vista de que no han permitido resolver «todos» los problemas y sugiriendo la vuelta a los métodos místicos y dialécticos que durante muchos siglos contribuyeron a embrollarlos. Con la misma lógica razonan los supersticiosos vulgares que prefieren el curanderismo a la medicina, porque ésta afirma la existencia de enfermedades actualmente incurables.

nadie lo ignora. Al discutir temas semejantes no se intenta elaborar hipótesis metafísicas, sino polemizar en favor o en contra de dogmas ajenos al deseo de investigar la verdad. La única respuesta lógica es la más sencilla : hasta hoy Ignoramiis y, por lo poco que sabemos, nada nos autoriza a pensar que los hombres, en el tiempo que aun vivan sobre este planeta que se enfría, resuelvan todos los problemas que exceden a la experiencia humana.

Lo que me induce a creerlo así- no es la incapacidad de la razón humana, ni la existencia de misterios predestinados Va serlo eternamente, hipótesis que conceptúo ridiculas, dicho sea sin agravio para el de Koenisberg y el de Aquino.

Formulamos nuestro Ignorabimus como una hipótesis legítima; partiendo de los resultados de la experiencia podemos afirmar la permanencia de lo inexperiencial. Conocemos el Universo como un conjunto de relaciones incesantemente variables ; aun en el supuesto de concebir lo universal como accesible a la experiencia, la variabilidad del

K -' s\

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Universo implica una variación constante de los objetos y condiciones de la experiencia; la posibilidad de un conocimiento total sólo sería posible en el supuesto de que la experiencia humana continuara acrecentándose cuando el Universo pasara a un estado de inercia o. de equilibrio cósmico en que no se modificase la más infinitesimal de las relaciones. Ninguna cosmología legítima permite concebir la vida humana persistiendo sobre la tierra después de la estabilización del Universo; la posibilidad de experiencia es, pues, necesariamente menor que la variabilidad de sus objetos y condiciones, lo que implica la permanencia de lo inexperiencial fuera de lo experiencial (i).

(i) En esta manera de afirmar el I gnorabimus , radicalmente opuesta a las clásicas, no es necesario distinguir previamente apariencia de realidad noúmeno de fenómeno, etc.; su sentido, con relación al problema de los límites del conocimiento, es distinto. Lo Inexperiencial no corresponde a lo sobrenatural de las creencias vulgares, ni a lo transcendental de Kant, ni a lo incognoscible de Spencer, que se presumían noumenales por oposición a lo conocible fenomenal (Spencer» en la parte primera de sus «Primeros principios», destinada a reconciliarlos con las creencias vulgares mediante lo incognoscible, acabó por hablar de noúmenos y fenómenos). Esos

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El afirmar, con carácter necesario, la ilianitada perfectibilidad de la experiencia, no impide afirmar, legítimamente, la perennidad de la metafísica, restituyendo a esta última palabra su primitivo sentido aristotélico, que en nuesti;^o lenguaje menos inexacto podemos traducir como sigue: la infinita posibilidad de problemas que excedan la experiencia humana implica la perennidad de explicaciones hipotéticas que constituyan la metafísica.

Al afirmar la perennidad de la metafísica, estoy muy lejos de postular su invariabilidad, cosa muy distinta. Todo el que estudia historia de la filosofía aprende que el contenido de los problemas inexperienciaÍes ha variado numerosas veces, como también han variado las hipótesis metafísicas, en todos los siglos, en todos los países, en todas las escuelas ( i ) . Quiere esto decir que

antiguos conceptos implican atributos ilegítimos no incluidos en el concepto inequívoco de Inexperiencial.

(i) Es -a banalidad, que preferiría omitir, pertenece a cierto género de nociones que suelen darse por harto sabidas, para callarlas. De esa manera se evita adherir a sus legítimas consecuencias, que son fundamentales.

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la perennidad de la metafísica implica la persistencia de problemas no experienciales, pero de ningún modo la legitimidad de las hipótesis con que hasta hoy se ha pretendido explicar tales problemas. Estoy muy lejos de creer agotadas las posibilidades de explicación y considero insuficientes todas las que conozco, sin negar que entre muchísimas disparatadas hay algunas muy ingeniosas para la época en que fueron propuestas.

Por el esfuerzo de quienes la preparen en el siglo XX, concibo que la metafísica presentará en el siglo XXI ciertas características que significarán la subversión ah iniis de todos los problemas e hipótesis inexperienciales . No se tratará de esa vaga "revisión de valores" filosóficos, siempre implicada en el deseo de maldecir de los hombres mejor reputados, propio de los que no tienen reputación ; ese humilde menester, que llaman crítica algunos, quedará reservado a los polemistas carentes de aptitudes constructivas. Los filósofos del porvenir se ocuparán de algo más radical: sustituir con

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hipótesis legítimas todas aquellas cuya ilegitimidad está probada. No dudo que tal renovación será lentísima, secular, pero creo que ella excluirá todo nuevo intento de conciliación entre las mentiras demostradas y las verdades posibles (i).

Si creyéramos inevitable recaer en la consabida ''hipocresía de los filósofos'', más nos valiera declararnos lealmente enemigos de toda hipótesis legítima que pretenda representar una aproximación a la verdad.

La renovación de la filosofía sólo será po-

(i) Cuatrocientos años después de la Keforma parece haberse conseguido el derecho de Libre Examen, en los países menos incivilizados; la actual libertad de opinión y de crítica . favorecerá en el siglo XX la introducción en la metafísica de algunos criterios en vano afirmados desde principios del Renacimiento. No me hago ilusiones, sin embargo, respecto de este pronóstico. La sanción legal del Libre Examen no se acompaña todavía de la tolerancia social que debe ser su complemento para que sea efectiva. ¿Cuántos se atreven a usar de ciertas libertades concedidas por la ley, pero hostilizadas por las creencias vulgares? Los hombres de la nación más libre son esclavos de las supersticiones de sus vecinos, de sus familias, que forman un Tribunal cuya mentalidad es inferior a la del Santo Oficio. La inmensa mayoría de la humanidad vive de «mentiras vitales ♦ e impone a todos su respeto; la verdad es más temida que los explosivos.

.<r.

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sible a condición de no buscar un nuevo pacto entre creencias vulgares en que no se cree y verdades experienciales que no se pueden negar. Y para disipar la desconfianza y el desprecio que ha merecido durante el último siglo, la metafísica deberá ser renovada integralmente, en la posición de sus problemas, en la metodología de sus hipótesis, en su lenguaje, en su arquitectónica.

§ V.— Los PROBLEMAS

En los sistemas metafísicos del porvenir se acentuará ¡progresivamente la eliminación de los falsos problemas, residuos de hipocresías pasadas. Los hombres de mayor ingenio y de más vasto saber se inclinan ya a mirar muchos de los pretendidos problemas clásicos, y sus pretendidas soluciones, como simples juegos de ingenio: verdaderas partidas de ajedrez que se reembroUaban cada vez que un nuevo jugador alteraba los nombres y movimientos de las piezas.

La metafísica existía antes de que la bautizaran, como disciplina independiente de las creencias vulgares; pretendía ser un esfuerzo encaminado a substituir las absurdas explicaciones* sobrenaturales por legítimas hipótesis racionales.

En la Edad Media fué subordinada la metafísica a la teología. En el Renacimiento se quiso restituirla a su autonomía; hasta

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hoy no se ha conseguido totalmente, pues en muchas universidades contemporáneas se sigue cultivando una metafísica respetuosa de las creencias vulgares ( i ) . Con raras excepciones, los filósofos se han resignado a conciliar su metafísica con las supersticiones corrientes en su medio (2). Todos los racionalismos han sido formas de transición entre lo medioeval y lo futuro, entre lo que ya no se podía creer y lo que todavía no se osaba decir; por eso parecían revolucionarios a sus contemporáneos — y lo eran — aunque se ingeniaban para disimular sus mayores heterodoxias con abundantes concesiones a las "mentiras vitales'* de los ignorantes.

Como consecuencia de ello, difícil es concordar sobre cuáles son los dominios pro-

(1) El mismo Kant, como profesor» no enseñó sus propias doctrinas, sino las que creía combatir en su primera «Crítica 1; en la segunda degradó sus opiniones hasta el nivel de su enseñanza convencional.

(2) Sin excluir los más característicos positivistas, como Comte y Spencer, ciertos filósofos científicos como Haeckel y Wundt, pragmatistas como James, seudo-idealistas como Fouillée, etc.

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pios de la metafísica (i) y pocos coinciden en la manera de plantear sus problemas. El deseo de no referirse a ellos, y la inclinación a disertar sobre vaguedades no comprometedoras, es cada día más evidente; pero no es menor el miedo al ridículo, que hace encubrir con fórmulas especiosas ciertos absurdos de mayor calibre que nadie se arriesga ya a postular.

Sin embargo, desde hace un siglo — con excepción de algunos teólogos — es raro que se limite la metafísica a los tres problemas clásicos: Dios, la Inmortalidad del Alma y la Libertad (2) ; así, escuetamente formula-

(i) Kant, en sólo cinco de sus obras, da 140 (por lo menos) definiciones diferentes de la metafísica; muchas son incompatibles y algunas resueltamente contradictorias.

(2) Sabido es que Kant, en la segunda edición de su C. de la R. P., obra que comenzó para combatir la metafísica y sus mitos, creyó oportuno agregar la siguiente nota:

«La metafísica sólo tiene por objeto propio de sus investigaciones tres ideas: Dios, la libertad y la inmortalidad, de manera que el segundo concepto, relacionado con el primero, debe conducir al tercero como a una conclusión necesaria. Todo lo demás de que esta ciencia se ocupa no es para ella sino un medio de llegar a esas ideas y a su realidad. Ella no le ha menester para desarrollar el conocimiento de la naturaleza, sino para elevarse por sobre la naturaleza . . . nuestro

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dos, son un residuo de la teología moral. Ellos no tratan de explicar lo que transciende de la experiencia, sino de confirmar un determinado sistema de creencias vulgares.

El carácter cada día más vergonzante de los problemas residuales de la escolástica medioeval me parece indicar que los metafísicos del porvenir se verán forzados a plantearlos de muy diversa manera.

Estoy lejos de creer que esos problemas clásicos carecían de contenido; creo, simplemente, que estaban falsamente planteados, aunque no por ignorancia o por casualidad, sino por obsecuencia a las hipocresías" propias de aquella época en que la metafísica era ''ancilla teologiae'\ Tengo la convicción ---sin preocuparme el que otros la compar-

íin es elevarnos de los datos inmediatos de la experiencia, es decir, de la psicología, a la cosmología y de allí hasta el conocinüento de Dios ...» Los que en pleno siglo XX hablan de la 4ivuelta a Kant» — en el supuesto de que lo han leído — se proponen volver a la metafísica de la Edad Media.

Ese risueño mea culpa (Dialéctica trascendental. Lib. I. seo. III) no impidió que el eminente arrepentido fuese molestado por las prudentes liberalidades que luego osó manifestar en su «Crítica de la religión según la razón », poético macaneo de sabor luterano.

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tan — de que los falsos problemas han tenido su origen en la incapacidad moral de sobreponerse a la opinión de los ignorantes; para ello los filósofos han tenido que ocultar, disfrazar o sacrificar las creencias que tenían por más verídicas. No todos habían nacido con temperamento de mártires (i).

En la actualidad, los que examinan las diversas hipótesis relativas a Dios, lo hacen en términos muy distintos de los empleados hace un par de siglos; se habla de la divinidad como del ideal de perfección moral, de la primera causa, del infinito en que se mueve lo finito, de lo absoluto, etc. ; y, cosa más importante, el valor lógico de las memorables pruebas de la existencia de Dios

(i) Creo, también, que la aposición», el ♦rango», la «espectabilidad », actuando sobre la vanidad humana nunca satisfecha, han sido factores del rebajamiento intelectual de los filósofos, hacia el nivel de la mediocridad; y como esos honores suelen salir al encuentro de los hombres que culminan por su ingenio y su saber, la sociedad tiende a matar «por hai¿azgo» las más nobles variaciones individuales, que son los gérmenes de su propio progreso intelectual y moral. ¿Schopenhauer habría escrito sus palabras más leales sin el estímulo de su constante fracaso en la carrera universitaria?

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tiende a ser descalificado por los mismos que la afirman, reconociendo unánimemente que es un objeto de creencia religiosa y no una hipótesis metafísica lógicamente legitimable (i).

(i) Es harto conocida la posición actual del problema de las Causas Primeras, no resuelto por las diversas teologías que las llaman Dioses, ni por los diversos idealismos que las llaman Ideas puras; coinciden ambos géneros en reafirmar que «el Ente crea lo Existente », con lo que se limitan a transferir a la palabra Ente los problemas que no resuelven respecto de lo Existente. En ?u forma clásica, la hipótesis del Ente para explicar los enigmas do lo Existente parecería hoy un cuento de hadas; los filósofos que no lo dicen se abstienen de afirmar lo contrario. Las más recientes hipótesis metafísicas pretenden partir de lo Existente y es ya difícil que pueda elaborarse ninguna legítima partiendo de lo que no existe, o sólo existe como «ente de razón ».

Los que llaman Causas Primeras a las hipotéticas Causas Primeras y Universo al Universo, no saben ya a qué aplicar la palabra Dios. Los filósofos panteístas incurren en la galante hipocresía de llamar Dios a la Naturaleza, conservando así la palabra con que el vulgo designa a un ser hipotético distinto de ella; hay en ello cierta inmoralidad, porque es visible el propósito de favorecer el engaño. En muchos filósofos idealistas, espiritualistas y positivistas, es evidente la falta de sinceridad en el mal uso de las palabras con que disfrazan sus opiniones. Verdad es que la humanidad, por millones de años de herencia mística, tiene horror al ateísmo.

El politeísmo, el biteísmo y el monoteísmo son expresiones antropomórficas de las lüpótesis sobre pluralidad, duali-

Observamos asimismo que, en el sentido y con los atributos clásicos, nadie habla hoy del alma y de su inmortalidad: se prefiere hablar del espíritu, que ayuda a confundir el alma con la razón, y se puede o no entender conforme al alma clásica ; estas chicanas evitan pronunciarse sobre el problema, que parecería muy fácil de plantear si no tuviera consecuencias peligrosas (i).

dad y unidad de causas, representadas hoy por el pluralismo, el dualismo y el monismo. El antiguo problema del origen del «mundo )>^ implica dos clases de problemas: los relativos al origen del universo (hipótesis cosmogónicas) y los relativos a la evolución del planeta Tierra (hipótesis geogénicas); ningún hombre ilustrado duda hoy de que la Tierra es un pequeño detalle de un sistema solar, que a su vez es infinitesimal en el Universo, no siendo la humanidad sino una délas especies vivas que viven entre las pequeñísimas asperezas de la superficie de la Tierra, que llamamos cordilleras y abismos.

(i) Las hipótesis lealmente «animistas* llevan camino de ser suplantadas por las «vitalistas ►>. dada la dificultad de legitimar las primeras. El «esplritualismo» suele presentarse a semejanza del «vitalismo» y no del «animismo»; los problemas del «espíritu» se plantean homólogamente a los de la «vida». El problema de la inmortalidad del alma no es legitimable como hipótesis metafísica y su afirmación es considerada como una creencia mística, no racional.

Los que llaman Funciones a las Funciones y Organismos a los Organismos, no saben ya a qué aplicar la palabra Alma. Una copiosa escuela psicológica ha inventado la noción del

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Nadie, en fin, se atreve a disertar sobre el libre albedrío en sus términos clásicos, prefiriéndose hablar de la contingencia, el indeterminismo, etc. (i). Creo que la reno-

paralelismo psicofísico, invención equivoca que permite a algunos hablar del paralelismo entre los Organismos y las Funciones dejando que otros lo entiendan como paralelismo entre el Cuerpo y el Alma, o la Materia y el Espíritu. Es indudable que esta «hipocresía de los psicólogos» ha sido útil en cierto momento, como forma de transición entre la psicología animista del pasado y la psicología biológica del porvenir.

El problema del origen de la vida tiende, en la actualidad, a explicarse mediante hipótesis de físico-química, consideradas como las menos ilegítimas. El problema de la morfogenia se considera puramente experiencial y no se discute ya la variabilidad de las especies, sino las condiciones actuales de su variabilidad. El problema clásico de la «conciencia», o de la distinción entre el yo y el no yo, se plantea como el de la ♦formación de la personalidad consciente individual» ix»r la acción combinada de la herencia y de la educación. Ese problema contiene el de la formación natural del conocimiento y todos los que se refieren a las condiciones de la experiencia.

Muchos de estos problemas exceden nuestra experiencia actual y sólo pueden ser explicados mediante hipótesis inexperienciales.

(i) El problema del libre albedrío es uno de los que han presentado más remiendos en la historia de la filosofía. Suponer que sólo era libre la primera causa y los hombres determinados por ella, era un juego de palabras; decir que el hombre nacía libre y después se esclavizaba a los apetitos de su cuerpo, era otro; suponer que unos hombres nacían con la «gracia» y otros no, era absurdo; etc. Actualmente, los con-

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vación futura de los fundamentos de la ética y del derecho suprimirá las consecuencias' que hasta hoy sirven de justificativo para este problema ilegítimo, subordinándolo a las hipótesis legítimas con que se explique el anterior.

El pudor con que se formulan esos viejos problemas revela un progreso; estudiando la vida de algunos filósofos que usaron esos eufemismos tenemos motivos para creer que, en los más, todo ello ha constituido una cortés hipocresía para no herir las supersticiones corrientes en su medio social.

Me parece indudable, felizmente, que los metafísicos del porvenir no se resignarán a limitar sus reflexiones a la rumiación de esos tres problemas, y que su solución afir-

tingencialistas e indeterministas, se limitan a afirmar que en algunos dominios (los de consecuencias éticas, claro está) de la naturaleza existe la posibilidad de comienzos absolutos, sin negar el determinismo en todo el resto de lo experiencial. La hipótesis de comienzos absolutos supone otra que no se puede formular legítimamente: la posibilidad de futuras Causas Primeras, que no sean efecto de causas precedentes. Ignoro que la hipótesis haya sido formulada en esta última forma, que por ser exacta no se presta a divagaciones obscuras.

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mativa no les parecerá necesaria para una moral dogmática determinada. Algo podemos inferir de su labor futura contemplando las variaciones ya iniciadas en las hipótesis metafísicas presentes.

¿Cuál era el contenido efectivo de los problemas clásicos y el valor de las hipótesis que pretendían resolverlos? Fácil es señalar qué género de problemas legítimos estaban contenidos en cada uno de los ilegítimos. El problema de Dios contenía problemas metafísicos que actualmente exceden a las ciencias físico-matemáticas. El problema de la Inmortalidad del alma implicaba problemas que actualmente exceden a las ciencias biológicas y psicológicas . El problema de la Libertad contenía algunos problemas que actualmente exceden a las ciencias físico-matemáticas y a las psicológicas.

Eran y son problemas inexperienciales, es decir, metafísicos, concebidos como experiencialmente indemostrables; en eso difieren de los problemas científicos, accesibles mediante hipótesis experíencialmente demostrables. Y para distinguir los unos de los otros con-

h .

vendría llamar problemas cosmológicos, biológicos y psicológicos a los científicos, y problemas metacósmicos, metabiósicos y metapsíquicos a los metafísicos.

Los problemas metacósmicos — implicados en toda cosmogonía — son de carácter universal, pues se refieren a problemas inexperienciales que abarcan la totalidad de lo real y exceden a las ciencias físico-matemáticas. Tienen actualmente un contenido legítimo más vasto del que otrora estaba implicado en el problema de Dios, pues comprenden los que se referían a la Substancia, cuantitativa y cualitativamente, y a la Naturaleza en todos sus aspectos inexperienciales (i).

(i) Hasta ahora han sido mal planteados los problemas de la realidad (el ser, lo absoluto, la substancia, etc.). en cuanto ella representa la expresión última de lo que existe o puede existir; los que dicen que la metafísica e<: la «ciencia» del ser o de lo absoluto, se expresan inexactamente, pues las «ciencias » están limitadas a lo experiencial.

Son legítimos los problemas inexperienciales relativos a los dos infinitos espaciales que exceden a la experiencia relativa a nuestra propia dimensión humana; pero es inconcebible la validez de hipótesis que uo partan de los resultados experienciales de las ciencias astronómicas y físicas. — I x)s problemas del espacio y del tiempo, lejos de mirarse como con-

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Los problemas metabiósicos carecen de universalidad, pues se refieren a lo que es inexperieñcial en la insignificante parte de lo real que conocemos por los fenómenos llamados vitales. Los problemas de este género son muy contados: origen de la vida sobre el planeta en que la observamos, posibilidad de la vida en otros puntos del universo, constitución específica de la materia viva, finalidad de la vida. Casi ¿todos los otros problemas biológicos se plantean actualmente como experienciales, es decir, accesibles mediante hipótesis sobre cuya validez puede pronunciarse la experiencia (j).

ceptos o como intuiciones puras, son planteados en la actualidad como problemas de lógica matemática y se tiende a resolverlos mediante hipótesis que no contradigan la experiencia; las que se formularon hasta hace un cuarto de siglo carecen de verosimilitud en la actualidad, por haberse renovado sus fundamentos experienciales. — Los problemas relativos a la esencia y los caracteres de la substancial están involucrados hoy en los que se refieren a la constitución de la materia, tan metafísicos cuando presumen la existencia de partículas materiales en movimiento como cuando hablan de centros de energía de heterogénea condensación.

(i) Se halla en este caso el transformismo, hipótesis experiencial que tiene ya una demostración suficiente: los competentes para juzgar, la consideran como incontrovertible

Estos problemas han sido con frecuencia unificados con los psicológicos ; en las hipótesis que aun separan el vitalismo y el animismo, es cada vez menos perceptible la diferenciación.

Los problemas metapsíquicos, de escasísima extensión legítima, se refieren a lo que es inexperieñcial en ciertos seres en quienes conocemos los fenómenos llamados psicológicos. Estos problemas tienen actualmente un contenido legítimo más vasto del que otrora estaba implicado en el problema del Alma, limitada al hombre, con exclusión expresa de todos los otros animales, a los que sólo se concedía un Instinto irracional; exceden a la psicología, como ciencia general de la experiencia, y a las ciencias psicológicas especiales que estudian la experiencia lógica, la experiencia moral y la experiencia esté-

en general, aunque perfeccionable en sus detalles; de esto último se ocupan numerosos polemistas, simulando que esos perfeccionamientos particulares importan refutar la ley general. Se trata, como es fácil de comprender, de la verdad científica que tiene mayores consecuencias morales; de su aceptación depende la legitimidad o ilegitimidad de otras hipótesis relativas a los problemas psicológicos.

1^ 2

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tica: problemas metalógicos, metamorales y metaestéticos.

Considero que estos problemas son los que han dado más amplia ocupación a la ''hipocresía de los filósofos" (i).

Creo necesario indicar de qué manera lo inexperiencial está condicionado por lo ex-

(i) Considero escasa mi experiencia para renovar legítimamente todos los problemas y las hipótesis inexperienciales, lo que importaría construir un sistema metafísico legitimo. Mi experiencia, con ser escasa, me es suficiente para advertir la ilegitimidad de los problemas y de las hipótesis formuladas por grandes genios, cuya experiencia era más inexacta que la mía. Sin chicanear sobre la palabra «saber», cualquiera de nosotros «sabe» más que Aristóteles y Platón juntos, prescindiendo de las aptitudes imaginativas, que nada adivinan sobre lo que se ignora y sólo razonan sobre lo que se sabe; segurísimo estoy de que Bacon y Kant, con lo que llegaron a saber en su tiempo, no conseguirían hoy aprobar un bachillerato serio. Los que vienen después, saben más, en igualdad de condiciones; fué éste uno de los estribillos más constantes de Jordán Bruno y contribuyó a costarle la hoguera, aunque ya nadie duda que estaban más lejos de la verdad los que la encendieron, defendiendo que las opiniones son tanto mejores cuanto más antiguas. Si un Kant escribiera hoy sus mismos libros, asombj-aría por su agudeza de ingenio, pero sus problemas y sus hipótesis harían reir a las personas competentes, sería uno de tantos audaces que hablan de lo que no saben: confiando en la excelencia de las propias aptitudes ... por aquello que dice Descartes en el párrafo primero de su Discurso del Método.

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periencial, la metafísica por la física, es decir, cómo la variación de los resultados de la experiencia modifica la legitimidad de los problemas inexperienciales y la legitimidad de las hipótesis que pretendan explicarlos . Recurriré, deliberadamente, al más inexperiencial de los problemas metafísicos clásicos: ''el mundo fenomenal accesible a nuestra experiencia es mera apariencia; el inundo noumenal, de las cosas en sí, constituye la única verdad y sólo es accesible a las ideas puras de la razón'' ( i ). Esta manera de plantear el problema de la realidad y de su conocibilidad, no podría considerarse legí^ tima desde que contradijera ciertos resultados experienciales que condicionan los pro-

(i) Entiendo expresar con claridad el pensamiento de Berkeley. Sabido es que Kant, movido por el deseo de ser original, opuso su idealismo al de Berkeley, escribiendo con carácter definitivo estas palabras, que se dirían de Hume: «El principio que, en general, rige y determina mi idealismo es, por el contrario: Todo conocimiento de las cosas por medio del entendimiento puro o de la pura razón no es sino mera apariencia, y solamente en la experiencia está la verdad. » {Prolegómenos, Apéndice). Justo es decir que si fué ese el principio de su idealismo, Kant hizo lo posible para que no todos lo entendieran, como ocurre a los idealistas neokantianos.

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blemas metalógicos : origen y valor del conocimiento humano. El problema mencionado no toma en cuenta un resultado experiencial: antes de existir el hombre en la superficie de la tierra, el mundo fenomenal pudo ser conocido, como apariencia, por animales que ya la habitaban. Admitida la posibilidad de ese dato experiencial, el problema clásico debería variar y extenderse al conocimiento de todos los animales. Entonces serían legítimas estas preguntas: ¿lo fenomenal, antes de que el hombre existiese y lo pensara, era ya mera apariencia? ¿El sol y las rocas arcaicas fueron apariencias para otros seres antes de serlo para el hombre? Y, en la inevitable afirmativa, los idealistas transcendentales deberían transferir al ''espíritu'' de todos los animales la facultad de crear la única realidad mirada hasta hoy como un privilegio del ''espíritu'' del hombre ... En el supuesto de que llegara a admitirse que existieron otros animales pensantes, antes que el hombre, no habría más que una manera de evitar esas cuestiones ridiculas que ningún metafísico

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se atrevería a plantear : cambiar la posición ilegítima del problema. Dejo a vuestra ilustración científica decidir si he partido de un supuesto probable; yo os declaro que mis estudios me obligan a considerar el supuesto como una evidencia y el problema clásico como ilegítimo en su forma habitual.

Creo que el problema legítimo del origen del conocimiento, se planteará en el porvenir genéticamente, con lo que dejará de ser el fósil armazón dialéctico a que redujeron los racionalistas el cadáver de la gnoseologíá escolástica. El problema del valor de nuestro conocimiento humano puede ya plantearse en términos legítimos: ¿La representación de todo lo que impresiona actualmente nuestros sentidos, corresponde a la realidad? ¿En qué medida? ¿Qué se opone a una progresiva correspondencia entre nuestras percepciones y la realidad? Todas estas preguntas son legítimas— y lo son igualmente para todo ser vivo capaz de conocer en cualquier forma y proporción. En el hombre, la diferencia entre la realidad y su representación, seguirá siendo un problema in-

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experiencial ; pero toda hipótesis, para ser legítima, deberá concordar previamente con los datos experienciales relativos al error de los sentidos, a la ilusión, a la alucinación, etcétera, sin necesidad de recurrir a la hipótesis, absolutamente ilegítima, de que la única realidad son los conceptos, las ideas puras, los entes de razón, los juicios sintéticos a priori, etc.

Considero falsos problemas todos los que favorecen una confusión entre abstracciones y realidades, entre conceptos racionales y objetos de experiencia, entre el ente y lo existente. Los hombres han elaborado, englobándolas bajo el nombre de "abstracciones'', ciertas ideas. generales, ciertos conceptos cualitativos comunes a varios objetos reales, ciertos productos de <la fantasía o de la imaginación, etc.; más tarde, olvidándose que esas ''abstracciones" son de origen humano y elaboradas sobre datos inicialmente empíricos, los filósofos han entrado a discurrir de esos ''seres de razón" como si fuesen seres reales, cuando no han creído ver en ellos la síntesis, los precedentes, los (^e-

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terminantes, los condicionadores, etc., de la realidad misma, y por fin, ¡a única realidad (i).

Algunos críticos de la metafísica racionalista se han preguntado: ¿Delirio? ¿Ignorancia? No. Algo'^iás sencillo: el fantasma secular de la herencia filosófica. Es el problema del nominalismo y del realismo, que como consecuencia de una transmutación li teraria del Número pitagórico en la Idea platónica, aparece ya netamente formulado en el "Timeo", mucho antes que en Porfirio; es el problema de los Universales que se renueva, alentado por nuevos conceptualistas que se oponen a su solución, fingiendo resolverlo. ¿Recordáis?: los Universales no son cosas ni palabras, sino conceptos del espíritu, entes de razón. . . todas las palabras difíciles para no declararse nominalistas.

(i) Esta confusión entre lo real y lo imaginativo, se me presenta tan ridicula como si los hombres, después de haber imaginado las sirenas, los centauro?, los fénix y los gnomos, se propusieran construir con ellos una filosofía zoológica opuesta a la ciencia zoológica.

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siéndolo (i). Sfempre el temor a las consecuencias, a las verdades peligrosas.

Creo que en el porvenir los resultados experienciales fijarán los límites y las condiciones legitimas de los problemas inexperienciales.

¿Cómo lo experiencial puede limitar y condicionar lo inexperiencia! ? Por el principio de la no-conti*adicción, que enseña lo que no puede ser.

Sería absurdo que la experiencia dictaminase sobre la verdad de lo que se refiere a lo inexperiencia!; pero ella permite establecer la ilegitimidad de ciertos problemas y excluirlos de toda metafísica que no sea un

simple pasatiempo de sofistas. En otros términos: autoriza a excluir los problemas ilegítimos, aunque no decida sobre la verdad de. las hipótesis legítimas.

(i) El escepticismo filosófico es una actitud «lógicamente» legítima, pero me parece que todo él podría reducirse a afirmar que no tenemos verdades sino creencias, y que el estudio sirve para desterrar de éstas los elementos lógicamente contradictorios. En general, los escépticos podrían decir que las «creencias» parecen tanto más «verdades» cuanto mayor es su concordancia con los resultados de la experiencia, sin pronunciarse sobre el valor de ésta. Los que escriben sobre la vida, la evolución y la transitoriedad de las verdades, como I.e Bon, equivocan deliberadamente verdades con creencias; hacen chistes, juegan con el vocabulario de sus lectores.

§ VI. — Los MÉTODOS

Todo lo que puede ser objeto de experiencia es iiivestigable mediante los métodos científicos, incesantemente perfectibles : lo experiencial es el objeto de las ciencias, accesible mediante hipótesis experienciales. La metafísica tiene un objeto distinto: formular hipótesis inexperienciales acerca de lo inexperiencial. ^ .

¿Qué características generales presentarán las hipótesis metafísicas del porvenir, comparadas con las anteriores al siglo XX? La respuesta no es una mera adivinación. Estudiando la posición actual de los problemas inexperienciales que ellas procuran resolver, estudiando las variaciones efectivas que las hipótesis clásicas han sufrido, estudiando las nuevas que han intentado oponérsele, puede juzgarse aproximadamente el residuo de legitimidad que conserva cada problema o cada hipótesis. Estudiando, repito: la única manera de saber, es estudiar;

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estudiando más se prevé mejor, es decir, se yerra menos . El conocimiento integral de los factores señalados permite conjeturar aproximativamente cuáles hipótesis metafísicas sobrevivirán. El ''medio'' en que ellas viven es la experiencia de la época en que se formulan; las variaciones de ese "medio" producen las variaciones de las hipótesis; la diversa adaptación de estas variaciones a las del medio, determina su selección. Las hipótesis incxpcricncialcs evoJuciouau constavfemciitc en fimeióii del medio experieneial .

Antes de examinar sus condiciones de legitimidad, conviene precisar que las hipótesis metafísicas se distinguen de las científicas por el carácter inexperiencia! de los problemas que se proponen explicar. Las científicas subordinan su legitimidad a la demostración experieneial, que presuponen posible ( T ) ; las metafísicas sólo aspiran a ser

(i) I'or ejemplo: la hipótesis de Swante Arrhenius sobre la naturaleza del núcleo central y el espesor de la corteza sólida de la Tierra, se consideró legitima porque se fundó sobre el estudio de los temblores, pero, al formularla, su validez se consideró subordinada a los resultados de nuevos estudios scismológicos.

• v.

lógicamente legítimas, sin que se considere posible.su demostración experieneial (i).

Las teologías han supuesto que estas hipótesis eran principios eternos, perfectos e inmutables, "reveladas'' al hombre por seres inexperienciales ; las afirmaban como "verdades absolutas", anteriores a la experiencia y no siemgre accesibles a la razón humana. Los diversos racionalismos afirmaron que algunas de esas hipótesis eran "conceptos a priori" de la razón, más o menos pura (2), evitando pronunciarse sobre las hi-

(i) Por ejemplo: la hipótesis de Clausius sobre la muerte del universo por la transformación definitiva de todas las formas de energía en calor {wármeíod). es le gdima porque se funda en los resultados actuales de la física; pero al formularla su valide? se considera puramente lógica y no subordinada a ninguna demostración experieneial. Cuando nuevos resultados de la física hicieran inverosímil o inexacto que la energía del universo es constante y que su entropía tiende hacia un máximum, la hipótesis dejaría de ser lógicamente legitima.

(2) Distinguióse la imperfecta razón humana, que se presumió impura, de una hipotética razón perfect^i o pura; ésta era conceptual en lo general y no realizable en lo particular, llamándose sus productos «entes de razón». Muchas personas suelen reírse de esos entes; nada tienen, sin embargo, de ridículos si se los llama por el nombre modesto con que los estudian los modernos nianuales de psicología escolar en el capítulo de la abstracción.

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pótesis* reveladas; algunos inventaron singulares sistemas de conciliar los conceptos racionales con las creencias irracionales ( i ). Creo que los filósofos del porvenir no se ocuparán de comentar ''verdades reveladas" ni de inventar ''conceptos sintéticos a priori'*, sino de construir "hipótesis inexperienciales, a posteriori".

Tengo el firme convencimiento de que se reconocerá, unánimemente, la ilegitimidad de toda hipótesis en que la experiencia aparezca condicionada por entes racionales independientes de ella (2).

El resultado de esa renovación futura de

(i) El conceptualismo, con ligeras variantes, es la doctrina común a todos los sistemas «racionalistas», desde Abelardo hasta Kant. Kepresentó en el primero una prudente heterodoxia del realismo, en tiempo de la disputa sobre los Universales; la conservó el segundo como forma última de la hipocresía filosófica, en cuanto permitía apartarse del realismo sin afirmar el nominalismo. El problema de los Universales persiste bajo otros nombres; pertenece al número de los que se evita abordar y resolver, por temor de las consecuencias éticas implicadas en toda posición lógica.

(2) No tengo certidumbre alguna de que los grandes filósofos racionalistas hayan dicho lo que pensaban, sino lo que convenía decir; me fundo en que para ellos, lo mismo que para sus adversarios, las ciencias fueron la propedéutica de

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la metafísica será afirmar la variabilidad de las hipótesis inexperienciales.

Creo que todas las personas competentes ;' están contestes en afirmar la legitimidad de ' los métodos científicos para todo lo que es experiencial ; esos métodos, incesantemente perfectibles, se proponen buscar demostraciones experienciales y son usados en el supuesto de que son suficientes para ese fin. Todo el que ha comparado un tratído de lógica escrito en el siglo XVIII con uno escrito en el XIX, sabe que la lógica contemporánea, en su casi totalidad, tiende a ser el arte de aproximarse a las verdades experienciales, mediante esos métodos (i).

la metafísica y todos se inclinaron a poner los resultados de las que habían estudiado como fundamento de sus hipótesis inexperienciales. Las cinco o veinte personas que actualmente merecen el nombre de filósofos, reconocen que sería absurda la pretensión de tratar cualquier problema filosófico ignorando los resultados generales de las ciencias que son su antecedente natural.

(i) La posición exclusivamente experiencial y el conjunto de métodos que constituyen el llamado «positivismo» son la única lógica posible de la investigación científica, aunque están exentos de toda validez propiamente metafísica. Sabido es que, en cambio, las hipótesis metafísicas de Comte

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Comprendo que es mucho más fácil hablar mal de las ciencias que estudiarlas; pero la ignorancia de lo experiencial no parece destinada a ser una condición metodológica para la construcción de legitimas hipótesis inexperienciales.

Los que conocen lo experiencial, por haberlo estudiado, concuerdan en que los resultados de las ciencias van transmutando sin ceSar los problemas clásicos de la metafísica, planteándolos de una manera legítima y desmalezándolos de sus ergotismos seculares. Los metafísicos del porvenir desearán que sus sistemas de hipótesis sean la techumbre legítima del saber; pero no se ocuparán de techar edificios imaginarios, ''chateaux-en-Espagne" de pura fantasía; no dudarán de que el edificio debe empezarse por los cimientos, sin renunciar por ello a techarlo, y con la seguridad de que sólo

fueron residuos místicos de las creencias vulgares, lo mismo que los cinco capítulos que Spencer consagró a lo «incognoscible» en sus Primeros Principios. Creo, además, que ambos procuraron fingir que creían en hipótesis ilegítimas que no creían.

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así es posible techar edificio alguno, aunque sea provisionalmente, es decir, admitiendo

*la posibilidad de rectificaciones y perfeccionamientos.

Donde las ciencias no lleguen con sus hipótesis experienciales (i), empezarán las hipótesis metafísicas, prolongándose legítimamente en lo inexperiencial. Si bien se ob-

• serva, los más de los filósofos, inclusive muchos de los que escribieron lo contrario, han puesto una vasta base experiencial a sus hipótesis metafísicas, dando así apariencias de validez a muchas de ellas; y es visible que al criticar las hipótesis ajenas medían su legitimidad por la exactitud atribuida a las nociones experienciales que les servían de fundamento (2). La causa de que sus hi-

(i) Las ciencias tienden a reducir continuamente a leyes cada vez más generales los resultados de la experiencia, tales como podemos conocerlos; para ello se valen de hipótesis que se someten al juicio de la experiencia ulterior, pues son implícitamente experienciales. De esa manera los primitivos resultados, caóticos e incoherentes, se van sistematizando en ciencias que aspiran a expresar en sus leyes las mism.as relaciones que los fenómenos tienen ya en el universo.

(2) Conviene señalar que los adversarios de los métodos científicos los usan cuando pueden, aunque dicen lo contrario

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pótesis inexperienciales se divorciaran de los resultados experienciales, no fué filosófica ni científica, sino práctica: la presión del medio social y el deseo de no herir las creencias vulgares, la ''hipocresía de los filósofos" .

No es, pues, independientemente de la experiencia, sino partiendo de ella, cómo se elaborarán en el porvenir las hipótesis me-, tafísicas. De esa manera constituirán algo más importante que el famoso estudio dialéctico del ser en sí, a que pretendieron reducirla algunos de sus cultores. En vez de convertirse en una modesta ontología, voluntariamente condenada a ser una ignorancia absoluta, creo que la metafísica aspirará a parecerse a un irrealizable conocimiento absoluto, procurando acercársele mediante hipótesis inexperienciales.

En vez de divagar, como todas las anticuando j)oleinizan; repiten, asimismo, todos los conocimientos experienciales que no pueden negar, aunque pervirtiéndolos con algunas adiciones de hipótesis ilegítimas que aun defienden. En esto de aprovechar al adversario, obran como esos locos que se suponen perseguidos por los médicos del asilo pero de vez en cuando les piden cigarrillos.

— Taguas, desde Aristóteles hasta Spencer, sobre "los primeros principios de todas las cosas", la futura metafísica procurará sistematizar *'las últimas aproximaciones hipotéticas" a la explicación de todos los problemas inexperienciales.

Los métodos seguidos para formular hipótesis inexperienciales han tenido un valor muy diverso, alejando los unos de la verdad y acercando otros a ella. Independientemente de su opinión al respecto, los filósofos clásicos los han usado conjuntamente, aunque en muy diversa proporción.

Entre los métodos ilegítimos usados para formular hipótesis inexperienciales, se encuentran dos grandes grupos : los místicos y los dialécticos.

Los métodos místicos presumen la posibilidad de que los problemas inexperienciales sean explicables mediante revelaciones que reciben algunos hombres extraordinarios, o mediante adivinaciones' debidas a la posesión de misteriosas facultades de su entendimiento. Todas las metafísicas teológicas aceptaban la posibilidad de tales revelacio-

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nes o adivinaciones ; pero la crítica religiosa ha reducido progresivamente esa posibilidad en el pasado, y todo hace creer que ningún filósofo del porvenir se atreverá a invocarlas como fundamento de nuevas hipótesis legítimas ( I ) .

Pertenecen al mismo género místico los métodos que afirman la existencia de una intuición^ como ^'facultad" que permite conocer verdades por procedimientos ajenos a la razón y a la experiencia (2) ; cuando no se da a la intuición ese sentido, no difiere de la imaginación constructiva que

(i) El misticismo, como estado psicológico propio de la experiencia religiosa, no tiene la menor relación con la elaboración de hipótesis metafísicas legítimas; en el inexacto lenguaje usual suele decirse de los místicos que son metafísicos. porque divagan o no saben explicaráe con precisión. Los historiadores de la filosofía han coincidido concretamente en distinguir la especulación racional de los filósofos de la inspiración irracional de los místicos. Si no fuera así, en nada se distinguirían los filósofos de los místicos, ni la metafísica racional de la dogmática revelada.

(2) Sabido es que en la actualidad se usa la palabra <iintuición» con una vaguedad que permite a cada intuicionista entenderla de una manera distinta; muchos polemistas suelen emplearla como sinónimo de /<imaginación creadora*.

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elabora hipótesis partiendo de la experiencia.

Parece indudable que esos métodos místicos son ajenos a toda lógica y ño permiten adquirir ''conocimiento'' alguno; tienen su función habitual en la formación de las creencias vulgares, generalmente ilegítimas. Las diversas corrientes intuicionistas, neoidealistas y neoespiritualistas contemporáneas, muestran una confianza muy limitada en el valor de tales métodos; aunque se inclinan a afirmarlos teóricamente, prefieren en la práctica los racionales y con frecuencia usan los experienciales (i).

Los métodos dialécticos, o sea el uso dia-

pero con la imprecisión necesaria para que los incautos la interpreten como una «adivinación, mística», que permite a los ignorantes creer que pueden saber más que los estudiosos. Este equívoco es una forma de la consabida Wpocresía.

(i) Corroboran este modo de ver algunos polemistas que tienden a oponer el intuicionismo a las ciencias; cada día incorporan en sus disertaciones más nociones científicas, copiándolas de segunda o tercera mano, convencidos de que así sugieren su familiaridad con las ciencias que desacreditan. Típico es el caso de Bergson, cuya ciencia biológica asombra a las damas elegantes y hace reir a los versados en estudios biológicos.

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Pertenecen al mismo género místico los métodos que afirman la existencia de una intuición, como "facultad'" que permite conocer verdades por procedimientos ajenos a la razón y a la experiencia (2) ; cuando ,10 se da a la intuición ese sentido, no difiere de la imaginación constructiva que

U) 1£! misticismo, como estado psicológico propio de la experiencia religiosa, no tiene la menor relación con la elaboración de hipótesis metafísicas legitimas; en el .nexacto lenguaje usual suele decirse de los místicos que 'on -etafts.co . .orque divagan o no saben explicarle con prec.s,on. Lo lustoriadorcs de la filosofía han coincidido concretamente en distinguir .a especulación racional de lo, filósofos de la ms ración irracional de los místicos. Si no fuera as. en ..ada se distinguirían los filósofos de los místicos, m la metaf.s.ca racional de la dogm.ática revelada.

(.) sabido es que en la actualidad se usa la palabra «intuidón. con una vaguedad que permite .cada ntu.aonista entenderla de una manera distinta; muchos polemistas suelen emplearla como sinómmo de «imaginación creadora».

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elabora hipótesis partiendo de la experiencia.

Parece indudable que esos métodos misticos son ajenos a toda lógica y ño permiten adquirir ''conocimiento" alguno; tienen su función habitual en la formación de las creencias vulgares, generalmente ilegitijnas. Las diversas corrientes intuicionisí:as, neoidealistas y neoespiritualistas contemporáneas, muestran una confianza muy .limitada en el valor de tales métodos; aunque se inclinan a afirmarlos teóricamente, prefieren en la práctica los racionales y con frecuencia usan los experienciales (i).

Los métodos dialécticos, o sea el uso dia-

pero con la imprecisión necesaria para que los incauto.s la interpreten como una «adivinación mística», que permite a los ignorantes creer que pueden saber más que los estudiosos. Este equívoco es una forma de la consabida liipocresía.

(i) Corroboran este modo de ver algunos polemistas que tienden a oponer el intuicionismo a las ciencias; cada día incorporan en sus disertaciones más mociones científicas, copiándolas de segunda o tercera mano, convencidos de que así sugieren su familiaridad con las ciencias que desacreditan. Típico es el caso de Bergson, cuya ciencia biológica asombra a las damas elegantes y hace reir a los versados en estudios , biológicos.

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Jéctico de la razón, tanto más refinados a medida que ha sido más difícil mentir, fueron heredados de la escolástica medioeval por los filósofos racionalistas. El * 'humanismo" fué un conglomerado histórico-literario con elegantes adornos de filosofía palabrista. Las humanidades tendían a ejercitar el ingenio en una elegante gimnasia espiritual, juego de imaginación y de retórica; que se desarrollaba principalmente en el comentario y la glosa del pensamiento de los antiguos. El objeto esencial de ese viejo humanismo no era enseñar a pensar bien, sino enseñar a hablar bien sobre lo que otros pensaron, sin renovar legítimamente los problemas y las hipótesis.

Cuando las ciencias y las letras se separaron de la filosofía, esta última siguió oscilando entre los métodos de las primeras y los métodos de las segundas, tornándose cada vez más racionalista y logizante. El culto de la *'razón" permitió que algunos equivocaran a ésta con * 'espíritu'' y con "alma'*, sin perjuicio de que otros se refirieran a las "aptitudes mentales'*, en un sen-

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tido que no excluía su origen o variación

experiencial (i).

Exceptuando a los que preconizan una vaga adivinación bajo el nombre de "intuición" y a los que todavía creen posible la "revelación'* de ciertas verdades, los demás filósofos contemporáneos se inclinan a desprenderse de la dialéctica racional y a dar a sus métodos la legitimidad relativa que es el desiderátum de toda lógica.

Si alguien hablara hoy de aquellas "dos verdades" de los renacentistas, haría reir por igual a los filósofos de todas las escuelas. Todos aspiramos, en cada problema legítimo, a aproximarnos a una verdad; aunque profesemos teorías del conocimiento

(i) La palabra «razón» no puede ya usarse para hablar con claridad, pues sin previa explicación no se sabe si se refiere a la aptitud nativa o a su desenvolvimiento por la experiencia,

que no son lo mismo.

La distancia a que podemos ver una mariposa sobre la línea del más lejano horizonte depende de nuestra agudeza visual y del lente de que disponemos para reforzarla. La agudeza es la aptitud; la ilustración es el lente. A igualdad de agudeza, se ve menos sin lente; a igualdad de lente, se ve más con mayor agudeza. Y. desde luego, a quien le falta la agudeza ... no pierda el tiempo en fabricarse el lente.

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muy distintas, practicamos métodos cada vez más convergentes: la observación, el experimento, la duda metódica, la hipótesis, la crítica, partiendo de lo accesible a nuestra experiencia actual para abordar los problemas más distantes de ella y que consideramos inexperienciales.

Los métodos, en suma, se reducen: a .dudar metódicamente de los resultados de la experiencia (observación y experimento, siendo este último una observación previamente condicionada), en el supuesto de que ella sea falaz o incompleta; a formular (por la reflexión y la imaginación) hipótesis para explicar esos resultados y condicionar su contraprueba; a criticar (por la lógica) esas hipótesis, para determinar su legitimidad en concordancia con todos los resultados de la experiencia.

Este proceso no presenta discontinuidad entre las hipótesis científicas (i) y las hi-

(i) Entxe las hipótesis científicas deben distinguirse las ilegítima? de las legítimas; creo que el hábito de la crítica científica es un antecedente necesario para la crítica metafísica, pues el que no ha aprendido a valorar la legitimidad de

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pótesis metafísicas. Se diferencian en su objeto: las primeras son relativas a problemas que se plantean como experienciaÍes y las segundas a problemas que se reconocen inexperienciales .

Si no hay dos verdades posibles, distin-

una hipótesis experiencial nunca podrá valorar la de una inexperiencia!.

Las hipótesis científicas son obra de la imaginación del sabio y no de la fantasía del ignorante, aunque a las dos cosas suele llamarse intuición. Son instrumentos provisorios que las ciencias utilizan para interpretar los resultados de Id experiencia o generalizarlos más allá de lo conocido, y su valor se mide por dos circunstancias: la cantidad de fenómenos que ellas permiten explicar y su concordancia con los demás datos o hipótesis científicas que con ellas ^e relacionan.

Esto, que es notorio, implica tres posibilidades.

I. o La hipótesis se convierte en ley si la experiencia la confirma en todas sus partes. Eiemplo: Euler formuló en 1746 la hipótesis que las ondas luminosas podían ejercer alguna presión sobre los cuerpos que iluminaban; en 1873 esa hipótesis tuvo un comienzo de confirmación en los trabajos de Maxwell sobre el origen de la electricidad; en 1878, Eartoli sostuvo que la hipótesis era igualmente exacta para todas las radiaciones; Maxwell calculó el valor de esa presión; en 1900 Lebedell, Nichols y HuU llegaron a medir experimentalmente esa «presión de radiación», coincidiendo con el cálculo de

Maxwell.

2.0 La hipótesis evoluciona si la experiencia la rectifica. Ejemplo: Lamarck formuló la hipótesis que la causa de la variación de las especies era la variación de las condiciones

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— setas por su esencia, es ilegítimo suponer que existan dos lógicas esencialmente distintas para determinar la legitimidad de las hipótesis experienciales e inexperienciales. La diferencia entre la lógica científica y la lógica metafísica sólo aparece en cuanto la primera se propone ser, además, un arte de probar, objeto que la segunda no puede proponerse: aquélla es una lógica de lo experiencialmente demostrable y ésta una lógica de lo experiencialmente indemostrable.

Las hipótesis metafísicas no pueden enunciarse como juicios asertivos, sino como juicios de probabilidad . Son índemos-

del medio; Darvvin formuló otra que atribuía !a variación a la selección natural; la experiencia hizo variar la hipótesis darwiniana en el sentido de la lamarckiana, con las observaciones de De Vríes sobre las variaciones bruscas, que han consolidado y perfeccionado el transformismo de Lamarck y Dárwin.

3.0 I.a hipótesis desaparece si es contradicha por la experiencia. Ejemplo: Filolaos, partiendo del aritmetismo pitagórico, enunció la hipótesis lógica de que debía existir un décimo cuerpo celeste, invisible, la anti-tierra o Antictonia, necesario para completar el número perfecto, la Década pitagórica; de esta hipótesis, fundada en razones puramente lógicas, cuyo error ha demostrado la experiencia, no queda rastro alguno en los sistemas cosmológicos postcopernicanos.

trables por la experiencia; lógicamente sólo puede demostrarse su legitimidad.

Esto último significa que las hipótesis propuestas como explicaciones de un misnio problema pueden tener diversa legitimidad, lo que es demostrable; si la lógica de la metafísica llegara a razonar con términos perfectos, es evidente que el grado de validez lógica de las futuras hipótesis podría determinarse conforme al cálculo de las probabilidades (i) .

Sin hacerme ilusiones acerca de esa posibilidad, me parece que existen condiciones de validez que provisoriamente pueden ser formuladas como sigue:

La legitimidad de toda hipótesis metafísica, en cuanto es un juicio sintético de probabilidad, está condicionada por la stmia

(i) Aunque no deseo incurrir en originalidades puramente palabristas, creo que podría decirse que las hipótesis científicas son lógicas y las metafísicas metalógicas; o que los problemas experienciales son accesibles por hipótesis científicas y los problemas inexperienciales mediante hiperhipótesis metafísicas. Usando esos términos diríamos: la metafísica del porji'e7iir será un sistema de hiperhipótesis que partan de lo lógico experiencial para explicar lo metalógico inexperiencial.

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.de conocimientos analíticos en que se funda.

La leg^itimidad de toda hipótesis inexperiencia!, en un momento dado, está condicionada por su concordancia con los resultados considerados menos inseguros en el dominio experiencial excedido por esa hipótesis.

La legitimidad de toda hipótesis inexperiencia! es provisoria, en cuanto la variación de sus premisas experienciales puede determinar el desplazamiento del problema y de sus explicaciones legítimas (i) .

La legitimidad de toda hipótesis inexperiencia! está subordinada a su no contradicción con otras hipótesis inexperiencia-

(i) En cada época, al fundarse sobre una experiencia más vasta, las hipótesis metafísicas asumen caracteres distintos, variando su fondo no menos que su forma. Hay diferencias entre el vitalismo de Pitágoras y el de Claudio Bemard; las hay también entre el mecanismo de Thales y el de Le Dantec. La causa es sencilla: la diversa amplitud de la experiencia en que se fundan permiten plantear en forma cada vez menos equívoca Jos problem.as que intentan resolver. Al mismo tiempo esas variaciones son necesarias para aumentar la legitimidad de las hipótesis, mejorando su posición conforme al c¿llcuIo de probabilidades.

les igualmente legítimas en otros dominios experienciales por ellas excedidos (i).

Esos sencillos postulados, y otros similares, permitirán constituir una lógica de !o inexperiencia!, diferente de la lógica experiencial, en cuanto ésta se propone la demostración de lo que presume experiencialmente demostrable, y aquélla sólo puede proponerse demostrar la legitimidad de lo que considera experiencialmente indemostrable.

Esa lógica será la metodología de la metafísica futura, en cuanto ella permita establecer la legitimidad de las hipótesis, aun no proponiéndose su demostración.

No necesito insistir en que, al revés de una lógica de la razón pura, que se propone la demostración racional de hipótesis racionales, será una lógica de la razón hu^ mana, que se propondrá establecer la legi-

(I) Por ejemplo: me parece evidente la necesidad de renovar alguna hipótesis de la cinemática para que ésta concuerda con las hipótesis legítimas de la teoría electromagnética v se armonice con el principio de la relatividad.

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timidad experiencia!, es decir, humana, de las hinótesis no experienciales. •

No me parece que el ejemplo de la lógica matemática pueda sugerir, por analogía, normas o criterios utilizables en metafísica .

He estudiado mucho este punto y he reflexionado sobre él sin resultados que me satisfag^an. La niatematización filosófica de la naturaleza, en el tipo de las doctrinas pitagóricas o platónicas, me parece un simple juego de imaginación, absurdo en todo sentido; nada más distinto de ella que el moderno concepto de la matematización lógica, que concibe las relaciones entre los fenómenos experienciales como susceptibles de reducción a las leyes que rigen las combinaciones numéricas o geométricas.

La lógica matemática no se propone resolver problema alguno metafísico. Los razonamientos matemáticos no operan con términos reales, sino con abstracciones convencionales, que se formulan como términos perfectos; eso les permite ser sistemas de relaciones perfectas entre términos

perfectos. A pe^ar de ello, me parece que no será imposible introducir en la lógica de lo inexperiencial algunas normas similares a las que se aplican con éxito en el cálculo de las probabilidades.

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§ VIL — La definición

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Establecida la naturaleza de los problemas inexperienciales y las condiciones lógicas de las hipótesis legítimas, la metafísica del porvenir no se presenta como una pura síntesis de las ciencias, en el sentido del positivismo, ni como una vaga adivinación independiente de ella, en el sentido de! misticismo. Siendo lo inexperiencial el objete de sus hipótesis, permanece fuera de las ciencias; estando lo inexperiencial condicionado por lo experiencial, la legitimidad de sus hipótesis no es independiente de las ciencias. Podría, en suma, llegarse a una definición cuyos términos sean inequívocos : la metafísica tiene por objeto formular hipótesis legítimas sobre los problemas inexperienciales.

Convergiendo las hipótesis a una explicación armónica y coherente de lo inexperiencial, constituy-en un sistema metafísica; y puede concebirse que la metafísica del por-

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venir estará en formación continua y presentará algunos caracteres necesarios: la universalidad, la perfectibilidad indefinida, el antidogmatismo y la impersonalidad.

i/ Será una superación de todas las formas de experiencia, pues todas lindan con problemas inexperienciales; los dominios de la metafísica serán más vastos que los asignados a ella ^n los sistemas del pasado> no porque se reduzca el área de lo experiencial, sino porque el aumento de los conocimientos experienciales permitirá plantear mejor los problemas que lo exceden y engendrará la posibilidad de multiplicar las hipótesis legítimas que intentan explicar lo inexperiencial (i).

(i) El sentido en que afirmamos esta «universalidad», nada tiene que ver con la famosa «investigación de lo absoluto» de que hablan siempre, sin empezarla nunca, los que ignoran lo relativo y no quieren tomarse el trabajo de estudiarlo. Lo Absoluto, como «Ser Absoluto», que existe en sí y por sí, como esencia de lo relativo, no es un problema, sino una variante de la hipótesis de Causa Primera, compatible con todas las formas de monismo y de panteísmo. — Como antítesis de lo relativo y contingente, lo «absoluto» es una abstracción, que no se refiere al Ser sino a los atributos. — Con decir que lo experiencial es lo relativo y que lo inex-

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2.° Otro carácter será la perfectibilidad indefinida de las hipótesis metafísicas y la sustitución de los sistemas cerrados por un , sistema abierto, en formación continua.

En el pasado las hipótesis han podido formularse como verdades fijas, definitivas y perfectas, porque no se afirmaba su fundamento experiencial; en el porvenir deberán concebirse como aproximaciones perfectibles, pues siendo variable el conocimiento experiencial, tienen que serlo las hipótesis inexperienciales que lo tomen como punto de partida (i). -

periencial es lo absoluto, no adelantaríamos nada; sería substituir dos palabras claras por dos palabras que no lo son. — En otros sentidos, «absoluto » equivaldría a «transcendental », a «noumenal», etc.; más palabras, — Si se afirma que el hombre sólo puede conocer lo relativo, la hipótesis de que pueda existir un absoluto trascendental es ilegítima, por contradictoria con todos los resultados de nuestro conocimiento experiencial. — Creo que en lo Absoluto sólo puede verse un atributo de la hipótesis de Causa Primera, desprendido de ella y constituido ilegítimamente en hipótesis autónoma. — No es, en ningún caso, un falso problema; es una hipótesis ilegítima.

(i) Hace diez años, refiriéndome a la posible constitución de una filosofía científica como pura y simple «metafísica de la experiencia», he expresado que sólo la concebía como «sistema de hipótesis, fundado en las leyes demostradas

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3.' Un carácter lógicamente derivado del anterior será el antidogmatisnio, en el sentido histórico (i) de la palabra dogma: verdad reputada absoluta e infalible, que excluye toda posibilidad de rectificación .

Desde este punto de vista, todas las hipótesis inexperienciales del porvenir serán esencialmente críticas, es decir, rectificables y perfectibles en cuanto presenten contradicciones con los resultados experienciales. Ello no significará, en manera alguna, que

por las experiencias particulares, para explicar los problemas que exceden a la experiencia actual o posible >. (Es decir,

inexperienciales).

«Será un sistema en formación continua; tendrá métodos, pero no tendrá dogmas. Se corregirá incesantemente, conforme varíe el ritmo de la experiencia».

«Elaborada por hombres que evolucionan en un ambiente que evoluciona, representará un equilibrio instable entre la experiencia que crece y las hipótesis que se rectifican*.

No podría escribir, hoy, palabras que expresen más correctamente mis ideas sobre este punto.

(i) La oposición de «escepticismo» y «dogmatismo » en cuanto al problepia especial del valor del conocinüento, es otra cuestión; ambas posiciones me parecen lógicamente justificables. Es de advertir que si se hablara un lenguaje preciso llegaría a convenirse en qiie todos los filósofos de todas las escuelas deberían ser escépticos en metafísica, por la naturaleza misma de las hipótesis inexperienciales.

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deban ser trascendentales, sino hipotéticas (i).

Creo, en suma, que se acentuará la tendencia a quitar el carácter de afirmaciones ne varietiir a las hipótesis que se enuncien . La tolerancia de las opiniones filosóficas que no concuerden con las creencias vulgares será, mayor cada día ; es creíble que en el porvenir disminuya el número de hipótesis ilegítimas impuestas por principio de autoridad y con ello decrecerá la posibilidad de incurrir en nuevos dogmatismos.

4 " Así como las ciencias se vuelven cada día más impersonales, colaborando en su resultado un número mayor de hombres competentes, creo que la elaboración de hipótesis metafísicas legítimas será cada día menos individual.

(i) El hábito de ver unidos los términos «crítica» y «trascendental » nos ha acostumbrado a mirar como complementarias dos condiciones que son antitéticas. Lo que se concibe como trascendental no es susceptible de crítica; una «razón pura » accesible a la «crítica» de la razón humana; no sería trascendental. A menos de creer que también la «crítica » puede ser «trascendental », en cuyo caso no podrían realizaría los hombres por no poseer «razón pura », sino «razón humana p.

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Esto no podía concebirse cuando se formulaban sistemas perfectos e invariables, con un criterio estético, como si se redactaran poemas. Lo individual será la crítica y la variación de una o más hipótesis, aunque los hombres de mayor ingenio y saber sean los que de tiempo en tiempo den un empujón más vigoroso al conjunto. Esto no excluye que las mayores variaciones sean en el porvenir la obra de grupos o escuelas, que colaborarán a la legitimación creciente de las hipótesis entre sí, opinión en que ya concuerdan muchos estudiosos que profesan doctrinas antagonistas (i) .

La metafísica dejará de ser un bello mosaico de inexactitudes. y los metafísicos no usurparán el dominio propio de los poetas. Su imaginación creadora trabajará sobre

— Dalos datos de una experiencia actual, infini tarnente más vastos que los conocidos por todos los metafísicos clásicos (i).

Todo bosquejo personal será un tanteo o una etapa provisoria hacia otros bosquejos incesantemente perfectibles, con lo que se llegará a concebir la metafísica legítima como una continua formación natural. Creo que si en el siglo XXI algún poeta incurriese en la originalidad de construir un sistema de pura fantasía, su obra sería estimada por su valor liteiario, pero carece-, ría de lugar propio en la historia de la filosofía.

¿Un sistema de hipótesis en formación continua, universal, perfectible, crítico, impersonal, merece conservar el nombre de ''metafísica"? Creo que ninguno le corres-

(i) Me parece que las hipótesis metafísicas del porvenir (en el supuesto de una igualdad de aptitudes y experiencia de sus autores) podrán ser cada vez más legítimas, o menos inexactas. En el pasado no se observa eso mismo, pues, además de las variaciones de la ecuación personal, ha influido poderosamente la coacción del medio, determinando la hi^ pocresía de los filósofos.

(i) Si se considera que la vida mental lúcida tiene en la especie humana un límite máximo, que no tiende a aumentar, es presumible que la aparición de grandes -filósofos sea cada vez más rara, por la incesante ampliación de los conocimientos experienciales que serán el antecedente de las hipótesis inexperienciales. — Es posible que, en los últimos cincuenta años, esto haya contribuido a la crisis de la metafísica.

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ponde mejor, en el doble sentido etimológico e histórico.

Es indudable que los positivistas y los místicos, que disputan la preeminencia en las universidades y en la moda, tendrán mucha dificultad para adaptarse al nuevo sentido que la * 'metafísica" irá adquiriendo, distinto siempre y con frecuencia antagónico del que tuvo para unos y otros durante el siglo XIX.

§ VIII. — El. I.ENGUAJE

Ouien comienza a estudiar filosofía se sorprende de las heterogéneas y contradic- , torias acepciones con que suelen usarse las palabras del vocabulario filosófico; el que resiste, y sigue estudiando, pierde la mitad del tiempo en comprender las palabras que cada filósofo emplea, sin que los diversos lexicólogos lleguen a uniformar su desciframiento de esos jeroglíficos. La falta de clave homogénea impide el progreso de estos estudios, dejando a cada filósofo la libertad de pronunciar palabras que los demás entienden cada uno a su manera. ¿Dicen lo mismo los que hablan de razón, idea, realismo, categoría, intuición, espíritu, energía, espacio?

No es solamente el problema de los idola fori baconianos (tiranía de las palabras sobre el pensamiento, en cuanto acaba por mirarse como realidades a las palabras que se crean: posición crítica vecina del nomina-

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lismo) ; es también el problema de que un lenguaje no sirve ya a sus fines cuando la significación de las palabras que lo componen deja de ser uniformemente comprendida, acercándose a la legendaria confusión de las lenguas en la torre de Babel.

Todo idioma es, por definición, impersonal: ningún hombre cuerdo pronuncia palabras sino para hacerse comprender de otros. Sin embargo, basta leer una polémica filosófica para advertir que será imposible entenderse mientras se use la actual jerga filosófica; si los que creen contradecirse entraran a explicar el sentido que dan a cada palabra usada, no sería raro que se sorprendieran habiendo dicho lo mismo, y viceversa.

La renovación del léxico filosófico no es tarea fácil. ¿Podría un Congreso imponer un ''esperanto'' especial a los profesores de filosofía? ¿Renunciarán los de cada país a usar la terminología especial de sus compatriotas más célebres? ¿Un hombre de genio podrá hacer una transformación tan útil que nadie se resista a adoptarla? ¿Se

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extenderá a la metafísica el lenguaje de las ciencias?

Son demasiados problemas, que me limito a enunciar. Pero la solución es imposible mientras no cese la hipocresía de los filósofos y no se libren éstos de los idola fJieatri.

Sin traducir a términos precisos la vaga terminología de los clásicos, será imposible plantear con exactitud los problemas metafísicos, condición preliminar para que ellos puedan ser hipotéticamente resueltos. Plantearlos bien, importa evitar la mayoría de las hipótesis ilegítimas (i).

En el terreno puramente conjetural, con-

(i) En el lenguaje escolástico Natura naiuranie es sinónimo de Dios como causa inmanente. ¿En qué se distingue esa natura naiuranie de la naturaleza de los filósofos naturalistas? ¿En qué del panteísmo? ¿En qué del ateísmo? Y ¿en qué distinguiríamos a Dios (como causa inmanente) de la causalidad natural, de la Causa Primera, de las Leyes Naturales? La única expresión exacta de la hipótesis escolástica sería la siguiente: «Existencia de un creador inteligente que ha creado de la nada un universo distinto de el mismo r, los que han preferido hablar de la Natura naiuranie lo han hecho por hipocresía; pues permite no afirmar (lo que no se cree) ni negar (lo que creen los demás).

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sidero posible que una escuela, capaz de realizar una renovación total de la filosofía, consiga imponer a sus sucesores un nuevo vocabulario filosófico, en que cada término sólo tenga una acepción precisa y en que se excluyan todas las acepciones figuradas.

No creo que esto traiga inconveniente alguno para la historia de la filosofía. Actualmente el idioma de cada filósofo es traducido por cada comentarista a su lenguaje personal, causando la disparidad de las interpretaciones (i); del otro modo se economizaría mucho trabajo, por cuanto bastaría una sola traducción, conforme al nuevo léxico uniforme.

Acaso sea inútil querer "explicar" el sentido que en la mente de sus autores tuvieron muchas hipótesis pasadas, intraducibies al léxico del porvenir; todas las que ya se consideran ilegítimas no necesitan salir

(i) Cuando un historiador de la íilosofia dice que X fué idealista, sabemos menos que antes, si él no ha precisado el sentido que da a la palabra idealismo.

de su expresión clásica, pudiendo relegarlas a la historia de la filosofía.

Al decir que una ciencia es un idioma bien construido, sin agregar que ese juicio es figurado, se entiende expresar algo que suele pasar inapercibido : la validez de una proposición depende del sentido inequívoco de sus términos. Así expresado, podemos extenderlo a todo problema o hipótesis inexperiencial.

La exactitud de todo proceso lógico está condicionada por la exactitud de los términos; la imperfección del lenguaje científico, y la mayor del lenguaje filosófico, depende de que sus términos tienen su origen en las experiencias necesariamente imprecisas de nuestros sentidos imperfectos. Con términos imperfectos no ha sido posible construir una lógica perfecta.

La posibilidad de una lógica cuyos términos sean perfectos sólo ha sido posible mediante abstracciones cuyo valor ha podido fijarse convencionalmente. Tal es el caso del lenguaje matemático, cuyos términos son valores convencionales; como ellos

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han sido fijados por los hombres, para que les sirvan, han podido hacerlo con perfección creciente: los términos de los razonamientos matemáticos son símbolos perfectos abstraídos de experiencias imperfectas, y todas sus conclusiones se limitan a expresar relaciones entre esos símbolos. Pueden aplicarse a objetos, pero nada expresan de éstos mismos, sino de sus relaciones.

Es evidente que un lenguaje de ese género sería ideal para expresar todos los conocimientos e hipótesis posibles.

Pero no debemos olvidar que éstos han tenido su origen en datos de la experiencia, que siempre ha sido imperfecta; los conceptos relativos a las cosas y no a sus relaciones, han sido abstracciones de una imperfecta experiencia y eso ha hecho fracasar todo proyecto de llegar a una lógica pura combinando términos impuros (i),

(i) Han pretendido satisfacer este deseo todos los sistemas de categorías (desde Kanada y Gotama hasta Port Royal y Kant) que clasificaron cosas, palabras, conceptos o juicios; huelga decir que ninguno de ellos, aparte de su interés histórico, posee el más mínimo valor lógico. Recuérdese

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pues de las relaciones perfectas entre términos imperfectos no puede llegarse a conclusiones perfectas.

Mientras lo experiencial no se exprese en, términos perfectos (a lo que debe aspirar el lenguaje de las ciencias) no es concebible que pueda expresarse en términos perfectos lo inexperiencial (a lo que debe aspirar el lenguaje de la metafísica) . Una aproximación a ese ideal es deseable ; el primer paso sería reemplazar el viejo léxico incomprensible por otro comprensible; comprendiéndolo, sería más fácil corregir progresivamente sus imperfecciones (i).

el aparato mecánico de razonar, fabricado por Raymundo Lulio.

(i) Creo que hay un poco de farsa voluntaria en el lenguaje obscuro de ciertos filósofos; algunos hablan «en difícil» para disimular su ignorancia, y otros para que los profanos confundan la incomprensibilidad del lenguaje con profundidad del pensamiento. — No me parece imposible expresar las ideas claras en lenguaje sencillo; toda obscuridad y complicación se me hace sospechosa «Simplex sigillum veri ».

§ IX. — La arquitectónica

En su origen, la filosofía fué un saber universal. La metafísica, al distinguirse dentro de ella, conservó ese carácter y fué concebida como una superciencia de lo incxperiencial, dejando a la física, su gemela, todo lo experiencial, es decir, todas las ciencias (i) .

A medida que los resultados de la física fueron contradiciendo a las hipótesis metafísicas, los que creyeron necesario "salvar" a éstas, en vez de sustituirlas por otras más legítimas, se inclinaron a poner la filosofía

(i) La experiencia humana tiene un solo resultado natural: conocer la realidad para adaptarse a ella. Las ciencias se forman naturalmente por la división del trabajo, según los diversos aspectos con que los fenómenos se presentan a nuestra experiencia. Los fenómenos se agrupan por sus semejanzas; cada grupo tiende a ser el objeto de una ciencia especial y adopta la técnica más favorable a su adelanto, es decir, la que rinde más con menos esfuerzo. La división de las ciencias, aunque artificial, no es arbitraria; al dividir la unidad cosmológica en partes, los hombres sólo se proponen hacer más fácil el estudio de todo lo que en ella es experiencial.

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fuera de las ciencias, en vez de sobre ellas, preparando la consabida hipocresía de las dos verdades.

En el Renacimiento se acentuó la distinción entre las ciencias y la metafísica, tocándole a ésta soportar la complicidad de la teología. Consiguieron los filósofos librarla de este fardo, no sin pena; pero no atreviéndose a contradecirla, porque ello no estaba exento de peligros, decidieron buscar en los dominios de la razón un terreno ambiguo que permitiera vivir en paz con las teologías absurdas y con las ciencias peligrosas.

En la imposibilidad de salvar esa dificultad, siempre renaciente, se inició en el siglo XVIII y se completó en el siglo XIX la disgregación de la filosofía, que dejó de ser la ciencia universal, para convertirse en un grupo de ciencias con objetos y fines particulares.

Todas las ramas del derecho natural se desprendieron, para no volver a figurar en ella; la teodicea fué desapareciendo de los tratados y programas de filosofía . De aqué-

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lias y de ésta nacieron las ciencias jurídicosociales y las ciencias de las religiones, esencialmente positivas y ajenas a toda especulación metafísica (i).

La lógica, la ética y la estética han iniciado ya su constitución como ciencias, con objetivos netamente experienciales : históricos, normativos, etc. Y aunque los especialistas de cada una hacen cuestión de vanidad personal al discutir la jerarquía de estos géneros entre sí, los no especialistas convergen a afirmar que son ''ciencias psicológicas'' y que la experiencia lógica, la experiencia estética y la experiencia moral son aspectos diferenciados de la experiencia, en su triple aspecto específico, social e individual.

(i) Lo que actualmente se llama «filosofía del derecho» es una teoría general del derecho, una historia de su evolución, una metodología general de las ciencias jurídicas, etc., según los casos; nunca es una «metafísica del derecho», carácter siempre implicado por el clásico derecho natural. — Las «ciencias de las religiones» son ciencias de erudición; no se ocupan de problemas metafísicos y su objetivo es histórico, es decir, experiencial. Las diversas apologéticas no son ciencias, sino lógicas deliberadamente sofísticas, en cuanto no se proponen investigar verdades, sino adiestrar para la prueba de las ya afirmadas dogmáticamente.

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Los problemas no experienciales de las ciencias psicológicas tienden a ser relegados a la metafísica, aunque la separación no es neta todavía; los especialistas de cada una de esas ciencias gustan de abordar las hipótesis metafísicas que la exceden, lo que es legítimo mientras no incurren en el error de creer que su parte de la metafísica es toda la metafísica (i).

Careciendo de una noción exacta de lo que. es ciencia y de lo que es filosofía, temiendo que ésta desapareciese por su disgregación en diversas ciencias, no acertando a precisar el carácter propio de una metafísica no contradictoria con las ciencias, y hasta temiendo las consecuencias de renunciar a hi-

(i) I.OS filósofos racionalistas se han inclinado en todo tiempo a mirar los problemas lógicos como toda la metafísica, o como su parte esencial. Esta visión estrecha, que tiende a reducir la metafísica a los diminutos límites de una gnoseología, es producto del triste especialismo que siempre ha esterilizado a los cultores de la lógica, lo mismo que a los especialistas de otras ciencias; es indudable que los problemas metalógicos son los que permiten hablar más sabiendo menos, aparte de que la susodicha restricción de la metafísica permite ignorar todos los demás problemas metafísicos y no opinar sobre los más comprometedores.

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pótesis probadamente ilegítimas, se ha difundido la cómoda costumbre- de llamar ''ciencias morales" o ''ciencias del espíritu'' a las que actualmente florecen sobre gajos desprendidos del clásico tronco filosófico. Ello permitió constituirlas como ciencias, sin pronunciarse sobre los correspondientes problemas metafísicos, pero dio a suponer que no eran ciencias como las demás, puesto que se referían al alma o al espíritu y no al cuerpo o a la materia, dejando creer que ellas se sustraían a ciertas condiciones metodológicas de cuya legitimidad nadie necesita dudar en las otras ciencias.

Insisto en el carácter intencional de ciertas posiciones filosóficas, pues creo que, en general, ellas no representaron errores sinceros sino hábiles subterfugios para eludir las cuestiones comprometedoras.

La división en ciencias naturales y ciencias morales presentó ese carácter; su éxito dependió de que era cómoda para todos. ¿ No es una capciosa transmutación de aquella grotesca patraña de las dos verdades, la filosófica y la teológica, que nadie se atrevería

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a reeditar lisa y llanamente en nuestros días? No concibo dos clases de ciencias y dos clases de métodos para investigar las verdades accesibles a nuestra experiencia ; si las ciencias morales son ciencias, sólo difieren por su objeto de las ciencias físicas, biológicas, sociales, etc.; si difiriesen de ellas por su esencia, no serían ciencias. Ni morales ni

inmorales ( i ) .

Creo que están en camino de ser ciencias ; todos los que las construyen proceden como si ellas lo fueran; todos los que las profundizan creen contribuir al "aumento de su dignidad'' elevándolas hasta el nivel de las demás ciencias, por sus objetos y por sus métodos; y me parece evidente que esa evolución, iniciada en el siglo XIX, acabará en

(i) Por uno de los idola fori más frecuentes, después de bautizar a las «ciencias morales» se ha llegado a creer que este nombre implica una condición, no diferente, sino antitética de las «ciencias naturales*. ¿Querría ello decir que estudian experiencias ajenas a la naturaleza? ¿O que son «artificiales» por su contenido o por sus métodos? Creo que bastaría hablar con exactitud para disipar esta confusión entre una distinción nominal y una antítesis substancial.

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el siglo XX de purificarlas de su bazofia escolástica.

No se me oculta que en favor de la distinción actual — mantenida con análoga frecuencia en variados sistemas espiritualistas, positivistas, místicos y científicos — pesa cierto desprecio con que miran los cultores de otras ciencias a las morales, por la mayor persistencia en éstas de antiguas hipótesis ilegítimas, y por el apego efectivo que por tales hipótesis muestran muchos de sus cultores, preocupados por el temor de las "verdades peligrosas'' (i).

Considero legítimo que las "ciencias psicológicas" formen grupo aparte, pero niego

(i) ¿Qué será de los «principios» tradicionales de la ética cuando se acepte que las verdades morales no difieren de las demás verdades naturales? La objeción, que inquieta a muchos, parte de esta hipótesis falsa: la «invariabilidad » de los «principios» de una moral «única». Creo que la sustitución de esa hipótesis ilegítima por otras, más conformes con la experiencia moral de las sociedades humanas resolverá el inquietante problema; nadie ignora que la casi totalidad de los moralistas contemporáneos concuerda en concebir como sociales, variables y múltiples los fundamentos de la obligación y la sanción, que en cierto momento eran considerados puramente teológicos o racionales.

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que ellas deban ser inferiores a las "ciencias biológicas'\ las "ciencias físicas", las "ciencias sociales", etc.; todas son, igualmente, "ciencias" e igualmente "naturales" (i).

El dominio experiencial de las ciencias psicológicas no es solamente humano. Abarca: el desenvolvimiento mental de todos los seres vivos en los que pueden observarse funciones psicológicas, las interdependencias psicológicas comunes a los grupos o sociedades animales y el desenvolvimiento men-

(i) Cuando la distinción se hace entre «ciencias de la naturaleza» y «ciencias del espíritu» no se comprende en qué difieren estas últimas de las «ciencias psicológicas», desde que la psicología dejaría de tener un objeto si no tuviese el de estudiar las funciones del «espíritu».

Los cultores más leales de las «ciencias del espíritu» son los espiritistas, en cuanto identifican el espíritu con el alma y le conservan los atributos cósicos de ésta. Sabido es, sin embargo, que los que se dicen cultores filosóficos de esas ciencias rehusan toda concomitancia con sus más sinceros y genuinos representantes.

Desgraciadamente este embrollo no es debido a simple ignorancia de lo que se dice, en cuyo caso sería disculpable. La separación de las ciencias del espíritu responde a fines conocidos: se desea sugerir que ellas no contradicen a ciertas creencias religiosas, sin decirlo explícitamente para no ponerse en ridículo.

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tal individual, condicionado por la especie (herencia) y la sociedad (educación). Así concebidas, en un sentido más lato que el habitual, las ciencias psicológicas estudian la formación natural de la experiencia (i).

En ese proceso se van diferenciando naturalmente diversas formas de experiencia: la experiencia lógica; la experiencia moral y la experiencia estética, cada una de las cuales constituye el objeto de una ciencia particular. Por lo que ele ellas vemos ya, puede inferirse que la aplicación de métodos científicos, según un criterio genético, las elevará progresivamente al rango menos inexacto, actualmente reservado a otras ciencias de la naturaleza.

Desprendida de esas ciencias experienciaíes, el objeto de la filosofía será definidamen-

(i) Es, por consiguiente, filogenética (psicología comparada), sociogenética (psicología social) y ontogenética (psicología individual). No repetiré lo que ya he expuesto en los «Principios de Psicologías, que he profesado hace diez años en mi cátedra de esta Facultad y que — en conjunto— me parece lo menos incompleto y menos inexacto que se ha escrito sobre la arquitectónica futura de esa ciencia.

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te la metafísica, compuesta por las hipótesis inexperienciales.

Las ciencias psicológicas ganarán, como tales, librándose de la complicidad de la metafísica. En cambio, dejarán a ésta el estudio de los problemas que exceden a sus experiencias respectivas, de la misma manera que todas las demás ciencias; esos problemas sólo podrán ser objeto de hipótesis metafísicas, cuya legitimidad dependerá, en cada momento dado, de su no contradicción con las experiencias respectivas.

Todas las otras ciencias, llamadas de la Naturaleza, presentan problemas que exceden a sus experiencias propias; todas contribuirán a enriquecer la metafísica, que será así un verdadero sistema integral de hipótesis explicativas de los llamados enigmas del universo (i).

(i) Considero que toda «filosofía del espíritu», cuando es lealmente espiritualista (y no un puro monismo idealista, metafísicamente similar al monismo materialista), es necesariamente una metafísica incompleta, en cuanto sólo puede proponerse ser un sistema de hipótesis metafísicas que exceden a las «ciencias del espíritu» y no se ocupa de las

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Por las razones indicadas, y por muchas otras conexas, creo posible prever que en el curso del siglo XX se continuará la transmutación ya iniciada en la arquitectónica de la filosofía, libre de géneros convertidos en ciencias, y constituida en género único: la metafísica.

Ganará ésta en amplitud y precisión, constituida en toda la filosofía, comenzando a elaborar sus hipótesis en el punto mismo en que todas las ciencias fijen los límites de su horizonte experiencial. Y no habrá dos verdades contradictorias, ni verdades peligrosas, ni verdades sacrificadas, ni verdades perfectibles de la experiencia opuestas a las verdades absolutas del dogma o de la razón, sino un sistema armónico compuesto de verdades perfectibles y de hipótesis legítimas, incesantemente renovadas.

Sea cual fuere el dominio experiencial ex-

hipótesis metafísicas que exceden a las «ciencias de la naturaleza». Es seguro que muchos idealistas trascendentales, glosadores de Hegel, evitan con singular habilidad que se comprenda si son racionalistas o animistas, por el uso ambiguo de la palabra «espíritu».

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te la metafísica, compuesta por las hipótesis inexperienciales.

Las ciencias psicológicas ganarán, como tales, librándose de la complicidad de la metafísica. En cambio, dejarán a ésta el estudio de los problemas que exceden a sus experiencias respectivas, de la misma manera que todas las demás ciencias; esos problemas sólo podrán ser objeto de hipótesis metafísicas, cuya legitimidad dependerá, en cada momento dado, de su no contradicción con las experiencias respectivas.

Todas las otras ciencias, llamadas de la Naturaleza, presentan problemas que exceden a sus experiencias propias; todas contribuirán a enriquecer la metafísica, que será así un verdadero sistema integral de hipótesis explicativas de los llamados enigmas del universo (i).

(i) Considero que toda ((filosofía del espíritu», cuando es lealmente espiritualista (y no un puro monismo idealista, metafísicamente similar al monismo materialista), es necesariamente una metafísica incompleta, en cuanto sólo puede proponerse ser un sistema de hipótesis metafísicas que exceden a las ((ciencias del espíritu» y no se ocupa de las

Por las razones indicadas, y por muchas otras conexas, creo posible prever que en el curso del siglo XX se continuará la transmutación ya iniciada en la arquitectónica de la filosofía, libre de géneros convertidos en ciencias, y constituida en género único: la metafísica.

Ganará ésta en amplitud y precisión, constituida en toda la filosofía, comenzando a elaborar sus hipótesis en el punto mismo en que todas las ciencias fijen los límites de su horizonte experiencial. Y no habrá dos verdades contradictorias, ni verdades peligrosas, ni verdades sacrificadas, ni verdades perfectibles de la experiencia opuestas a las verdades absolutas del dogma o de la razón, sino un sistema armónico compuesto de verdades perfectibles y de hipótesis legítimas, incesantemente renovadas.

Sea cual fuere el dominio experiencial ex-

hipótesis metafísicas que exceden a las «ciencias de la naturaleza*. Es seguro que muchos idealistas trascendentales, glosadores de Hegel, evitan con singular habilicrt-d que se comprenda si son racionalistas o animistas, por el uso ambiguo de la palabra ((espíritu».

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cedido por una hipótesis inexperiencia!, no concibo que ella pueda considerarse legitima mientras contradiga a otras hipótesis inexperienciales que se tengan por legítimas. Sin unidad no hay sistema; el ideal lógico de todo sistema metafísico será la convergencia de todas sus hipótesis inexperienciales hacia una cosmología legítima.

§ X. — De los idivAIvEs como hipótesis

METAI^ÍSICAS .

Las ciencias psicológicas son normativas o pragmáticas, es decir, útiles para la vida. Mediante la experiencia lógica los hombres aspiramos a establecer preceptos que nos permitan investigar menos inseguramente la verdad; mediante la experiencia moral, preceptos que faciliten la práctica del bien ; mediante la experiencia estética, preceptos que faciliten la comprensión de la belleza. Esas normas han sido en todo tiempo un resultado de la experiencia individual y social; las variaciones individuales, cuando han sido útiles, han sido incorporadas a la experiencia social, transmitiéndose hereditariamente de generaciones en generaciones.

Así se han formado y seguirán formándose — por un trabajo de la abstracción sobre la experiencia — las numerosas tablas de valores lógicos, morales y estéticos, que en cada

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tiempo han fijado normas prácticas a la verdad, al bien y a la belleza. Ninguna ha sido permanente ni universal: ninguna lo será en los tiempos venideros. Resultados de la experiencia, variarán incesantemente mientras ella varíe; y los últimos metanthropos que pueblen este planeta, dentro de miles o millones de años, seguirán modificándolas incesantemente .

La perfectibilidad infinita de la experiencia lleva a concebir que siempre existirán problemas que ]a excedan; para darles una solución, los hombres, excediendo a su experiencia, construyen hipótesis: las que se extienden a lo inexperiencial de las ciencias psicológicas — ''morales'' o ''del espíritu" — suelen llamarse ideales.

Un ideal es, pues, un hipotético arquetipo de perfección abstraído de la experiencia, por un doble proceso: eliminación de las imperfecciones particulares y síntesis de las perfecciones generales. De esta manera se forman los ideales, verdaderos cánones de la experiencia lógica, moral y estética; su perfección depende de que sus elementos es-

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ten coordinados conforme a sus relaciones naturales. El ideal tiende a expresar, una perfección de lo natural; y aunque carece de realidad actual, porque es una hipótesis, todo lo que siendo real se le aproxima, lo consideramos más próximo a la perfección en su género. Un razonamiento, una acción, un poema, parecen tanto más perfectos cuanto más se aproximan a los ideales lógicos, morales y estéticos que nuestra imaginación construye excediendo a nuestra experiencia actual.

Las ficciones imaginativas que no han sido elaboradas sobre la experiencia, y que no representan una perfección posible de lo real, no son ideales, sino quimeras ilusorias (i) .

¿En qué diferirán esas hipótesis metafí-

(i) Nada más distante de los ideales humanos que aquel ingenioso «prototypon trascendental » de la razón pura, que después de algunas proezas dialécticas se resolvió en llamar Dios al ideal de la perfección absoluta, sin perjuicio de sustraerle todos los atributos con que los hombres suelen adornar a sus divinidades. Esta ingeniosa hipocresía de Kant trae a la memoria que el famoso filósofo fué profesor de pirotecnia, lo que dejó algún rastro en su dialéctica.

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sicas elaboradas sobre las ciencias psicológicas, de las hipótesis metafísicas clal)oradas sobre las otras ciencias? No veo, francamente, ninguna diferencia. Tan hipótesis serán las unas como las otras, y su común carácter metafísico consistirá en que no tendrán, ni pretenderán tener, prueba posible en el campo de las experiencias respectivas (i).

Siendo los ideales hipótesis inexperlenciales acerca de una perfección posible, sus condiciones de legitimidad son las mismas que las de todas las restantes hipótesis metafísicas; están, como ellas, condicionadas por la experiencia y evolucionan en función del medio experiencial . Los ideales son hipótesis metamorales, metalógicas y metaestcticas, cuyo valor como instrumentos de acción' está proporcionado a su legitimidad;

(i) Todas las hipótesis metafísicas son creencias.

Lo importante es notar que el valor lógico que tienen las creencias está condicionado por la experiencia actualmente posible. Son creencias legítimas las que no la contradicen; las demás son creencias ilegitimas.

Por eso no es lógicamente lo mismo creer en unas u otras hipótesis, ni tener unos u otros ideales.

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los ideales más legítimos son los que concuerdan con el devenir de la experiencia; son anticipaciones hipotéticas de la realidad que deviene.

Cuanto más saben los hombres menos inexactos son sus ideales . Por eso ciertas utopías de los hombres más ilustrados han sido simples pronósticos de realidades venideras que los ignorantes no habrían podido concebir.

Creo que en el porvenir las hipótesis que llamamos ideales llegarán a formularse en perfecta harmonía con las hipótesis que parten de todas las ciencias. Sólo así las hipóicsis que intenten explicar lo inexperiencial dejarán de constituir dos géneros de verdades discordantes, una '/filosofía de la ' Naturaleza y una filosofía del Espíritu, readquiriendo la metafísica la unidad sintética que debe ser su aspiración más legítima.

Los ideales — como todas las creencias — no son universales. Cada individuo, grupo, clase, nación, raza, tiene una experiencia distinta 3^ sobre ella elabora hipótesis de perfección necesariamente diversas.

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Los ideales más legítimos sobreviven en la selección natural y son reconocidos como tales por los hombres que tienen una experiencia homogénea y elaboran sobre ella sus creencias comunes.

De allí nace el aspecto étnico, nacional, etc., que pueden revestir en ciertos momentos los ideales políticos, sociológicos y éticos: las creencias se inclinan en favor de ciertas hipótesis que se consideran más adaptadas al porvenir del grupo, es decir, más conformes con la experiencia futura, en cuanto ella puede inferirse de la presente.

Es a esto que — por extensión — suele llamarse filosofía nacional o pensamiento nacional; se trata solamente de los ideales colectivos, en su aspecto ético-político.

Habría evidente inexactitud en creer que puede concebirse filosofías nacionales propiamente dichas, pues los problemas y las hipótesis de la metafísica son necesariamente universales.

Ya la ciencia tiende a ser universal; lo mismo puede preverse de la metafísica.

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Por eso, más altos que los ideales políticos de grupo o nación, están los ideales éticos comunes a los hombres más cultos de todas las naciones ; éstos forman ya una sociedad sin fronteras, presagiadora, acaso, de la fraternidad que, como un ideal lejano, podemos concebir para la humanidad entera, cuando ésta, por la selección de lo heterogéneo regresivo y la educación de lo homogéneo progresivo, llegue a constituir un residuo de homogéneo nivel mental.

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Señor presidente de la Academia :

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Señores académicos:

Los hombres de cada generación somos eslabones de una serie infinita; cumplimos nuestra función si aprovechamos el esfuerzo de la precedente y si contribuimos a preparar el trabajo de las que vendrán . Nada ha comenzado ni terminará en nosotros; no dudo que las generaciones venideras, \ con una experiencia menos imperfecta, podrán ignorar menos que nosotros y mirar con visión más clara los problemas que llamamos enigmas. Tengo la esperanza — no el temor — de que dentro de un siglo algún nuevo académico, al ocupar mi sillón, podrá referirse con benévola ironía a mis pronósticos sobre la filosofía del porvenir^ sorprendiéndose de que yo no me hubiese emancipado totalmente de ciertos residuos metafísicos medioevales... No me parece imposible.

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( *

Es común que los hombres dejemos de creer en la vejez lo que más firmemente hemos pensado en la juventud; al disgregarse nuestra personalidad, que es una variación individual, van reapareciendo entre los escombros esos fantasmas ancestrales que representan la herencia de la especie y ]<x rutina de la sociedad. No teniendo certidumbre alguna de contarme entre las excepciones, siempre raras, permitidme, Señores Académicos, que me anticipe a la hora temida y exprese mi fe optimista en la incesante perfectibilidad humana. Como hombre, creo que la humanidad futura será mejor que la actual, por la extensión de la Justicia entre las naciones ; como argentino, creo que la nacionalidad futura será más grande, por el incremento de la Solidaridad entre sus clases; como profesor, creo que las universidades tendrán un más libre empeño en la investigación de la Verdad; como padre, creo que nuestros hijos vivirán en un medio social más propicio al floreci,- miento de la Virtud.

Y a los jóvenes, que son la esperanza de

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la humanidad, de las patrias, de la cultura, de los hogares, creo deber decirles la última y más sincera palabra de mi juventud no estéril :

Respetad el pasado en la justa medida de sus méritos, pero no le confundáis con el presente ni busquéis en él los ideales del porvenir : no es verdad que todo tiempo pasado fué mejor. Mirad siempre adelante, aunque os equivoquéis: más vale para la humanidad equivocarse en una visión de aurora que acertar en un responso de crepúsculo. Y no dudéis que otros, después, siempre, mirarán más lejos; para servir a la humanidad, a su patria, a su escuela, a sus hijos, es necesario creer firmemente que todo tiempo futuro será mejor.

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CONCLUSIONES Proposición primer.

El Renacimiento de la filosofía, joven apenas de cuatro siglos, no ha pasado de sus primeros balbuceos; no fueron otra cosa los sistemas metafísicos que substituyeron a las teologías medioevales. Aunque fundados en la razón o en la experiencia, no pudieron librarse de la herencia escolástica. La existencia de grandes "intereses creados", servidos por supersticiones que los investigadores de la verdad se proponían disipar, ha impedido la renovación legítima de las hipótesis metafísicas, lo mismo que de las costumbres y de las leyes.

La "hipocresía de los filósofos" apareció con el Renacimiento mismo. Una peregrina farsa universitaria remató en la invención de las dos verdades: la filosófica fabricaba la herejía como un privilegio de los doctos,

1..

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mientras la teológica robustecía las supersticiones del vulgo profano.

La mentalidad feudal persiste en la cultura contemporánea, aunque ya la hipocresía dejó su candorosa forma primitiva. Se ' consiguió introducir una distinción, de aspecto inocente, entre ciencias naturales y ciencias morales ; sin decirlo claramente, pudo sobreentenderse que unas y otras son antagónicas por sus métodos y por sus objetos. Eso significa la posibilidad de dos filosofías dentro de la filosofía: una de la Naturaleza y otra del Espíritu; dos verdades distintas y la consabida hipocresía verdadera.

Proposición segunda

En el siglo XIX se advierte una radical incompatibilidad entre los resultados de la exi^eriencia nueva y las premisas de algimas viejas supersticiones. La investigación de la verdad engendró hipótesis peligrosas para ciertos principios dogmáticos que se tenían por básicos de la moral; de ello ha nacido

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la crisis de la metafísica, provocada por filósofos que se resignaron a subordinarla a la ética, dispuestos a sacrificarle toda verdad posible. Se refugiaron en el comentario de los precedentes sistemas y ,su metafísica dejó de ser una disciplina creadora de hipótesis sobre lo inexperiencial.

Bajo dos aspectos se ha revelado la crisis de la filosofía en el siglo XIX. El positivismo, en todas sus formas, llegó a plantearse como un deliberado renunciamiento a toda explicación de lo inexperiencial; no substituyó las hipótesis metafísicas o indujo a confundirlas con las hipótesis científicas. El espiritualismo contemporáneo, en todas sus formas, señala un fracaso mayor de la metafísica; renuncia a ser filosofía, para convertirse en misticismo; en vez de buscar un saber independiente de las creencias vulgares, es una exaltación de lo afectivo-ético contra lo lógico-crítico; en vez de superar el ciclo del racionalismo renacentista, regresa a las fuentes ilegítimas que lo precedieron.

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Proposición TCrcKra

El deseo de apuntalar viejas hipótesis, al servicio de fines éticos, y la incapacidad de elaborar otras nuevas compatibles con esos ñ- ^ iiQS, apartó de seguir haciendo metafísica, prefiriéndose la rumiación de las hipótesis pasadas.

Es peligrosa la confusión entre la metafísica, como elaboración de hipótesis nuevas, y la historia de la metafísica, como hermenéutica de hipótesis elaboradas sobre experiencias más incompletas que las actuales. Inclina a medir la validez de las hipótesis por el ingenio y el arte personal de sus autores, con prescindencia de su legitimidad actual. Se puede admirar a los grandes metafísicos clásicos sin desapercibir que sólo tienen un valor histórico. Y si el ejemplo de su esfuerzo merece imitarse, no es, ciertamente, para glosarlos, sino para intentar, en este siglo y sobre la experiencia de este siglo, lo que ellos intentaron sobre la del propio.

La historia de la filosofía será un estudio

útilísimo para los metafísicos del porvenir: les enseñará a descubrir los falsos problemas, a eludir las hipótesis ilegítimas, a no tomar por explicaciones lógicas los capciosos ergotismos, a evitar errores de método excusables en otro tiempo pero indisculpables en este siglo. La historia de las hipótesis metafísicas permite descubrir la genealogía natural de cada una ; las actuales son transformaciones de hipótesis que han evolucionado y seguirán evolucionando, sujetas a la selección natural en el ambiente que les forma la experiencia científica.

Proposición cuarta

Renovándose, incesantemente, vivirá la metafísica; sólo pueden creer en su muerte los que no conciben su renovación.

Todos los que desconfían de la metafísica concuerdan en una afirmación que postula su necesidad: el hombre no ha podido hasta ahora absolver ciertos interrogantes planteados por su curiosidad más allá de su ex-

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periencia. Existe un residuo iiiexperiencial, inaccesible mediante hipótesis científicas. Partiendo de los resultados de la experiencia puede afirmarse la permanencia de lo inexperienciaL Conocemos el Universo como un conjunto de relaciones incesantemente variables; aun en el supuesto de concebir lo universal como accesible a la experiencia, la variabilidad del Universo implica una variación constante de los objetos y condiciones de la experiencia ; la posibilidad de un conocimiento total sólo sería posible en el supuesto de que la experiencia humana continuara acrecentándose cuando el Universo pasara a un estado de inercia o de equilibrio cósmico en que no se modificase la más infinitesimal de las relaciones. Ninguna cosmología legítima permite concebir la vida humana persistiendo sobre la tierra después de la estabilización del Universo; la posibilidad de experiencia es, pues, necesariamente menor que la variabilidad de sus objetos y condiciones, lo que implica la permanencia de lo inexperiencial fuera de lo experiencial. Puede, pues, afirmarse la perennidad de la

metafísica; en nuestro lenguaje, menos inexacto, podemos traducir como sigue su primitivo sentido aristotélico: la infinita posibilidad de problemas que excedan la experiencia humana implica la perennidad de explicaciones hipotéticas que constituyan la metafísica.

Proposición quinta

En los sistemas nietaf ísicos del porvenir se acentuará progresivamente la eliminación de los falsos problemas. Actualmente es difícil concordar sobre cuáles son los dominios propios de la metafísica. Desde hace un siglo es raro que se la limite ,a los tres problemas clásicos: Dios, la inmortalidad del Alma y la Libertad.

Esos problemas no carecían de contenido; estaban falsamente planteados. En la actualidad, los que examinan las diversas hipótesis relativas a Dios, lo hacen en términos muy distintos de los empleados hace un par de siglos; en el sentido y con los atributos clási-

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eos, nadie habla hoy del alma y de su inmortalidad: se prefiere hablar del espíritu, que ayuda a confundir el alma con la razón ; pocos, en fin, se atreven a disertar sobre el libre albedrío en sus términos clásicos, prefiriéndose ha1)lar de Ja contingencia, el indeterminismo, etc. El pudor con que se formulan esos problemas revela un progreso. Parece indudable que los metafísicos no limitarán sus reflexiones a esos tres problemas, y que su solución no les parecerá necesaria para la moral.

Problemas legítimos estaban contenidos en cada uno de los ilegítimos; de ellos se ocupará la metafísica del porvenir, abarcando el residuo inexperiencial de todas las ciencias, mediante hipótesis experiencialmente indemostrables.

Lo inexperiencial está condicionado por lo experiencial, la metafísica por la física: ¡a variación de los resultados de la experiencia modifica la legitimidad de los problemas inexperienciales y la legitimidad de las hipótesis que pretendan explicarlos.

Sería absurdo que la experiencia dictami-

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nase sobre la verdad de lo que se refiere a lo inexperiencial, pero ella permite establecer la ilegitimidad de ciertos problemas.

Proposición sí:xta

La metafísica se propone formular hipótesis inexperienciales acerca de lo inexperiencial. Las hipótesis científicas subordinan su legitimidad a la demostración experiencial, que presuponen posible; las metafísicas sólo aspiran a ser lógicamente legítimas, sin que se considere posible su demostración experiencial.

Donde las ciencias no lleguen con sus hipótesis experienciales, empezarán las hipótesis metafísicas, prolongándose legítimamente en lo inexperiencial.

Este proceso no presenta discontinuidad entre las hipótesis científicas y las hipótesis metafísicas. Si no hay dos verdades, es ilegítimo suponer que existan dos lógicas esencialmente distintas.

La legitimidad de toda hipótesis inexpe-

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riencial, en cuanto es un juicio sintético de probabilidad, está condicionada por la suma de conocimientos analíticos en que se funda. La legitimidad de toda hipótesis inexperiencial, en un momento dado, está condicionada por su concordancia con los resultados considerados menos inseguros en el dominio experiencial excedido por esa hipótesis.

La legitimidad de toda hipótesis inexpe riencial es provisoria, en cuanto la variación de sus premisas experienciales puede determinar el desplazamiento del problema y de sus explicaciones legítimas.

La legitimidad de toda hipótesis inexperiencial está subordinada a su no contradicción con otras hipótesis inexperienciales igualmente legítimas en otros dominios exjierienciales por ellas excedidos.

Esos sencillos postulados y otros similares permitirán constituir una lógica de lo inexperiencial, que será la metodología de la metafísica futura.

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Proposición séptima

Es posible una definición cuyos términos sean inequívocos : la metafísica tiene por objeto formular hipótesis legítimas sobre los problemas inexperienciales.

Las hipótesis convergentes a una explicación armónica de lo inexperiencia!, constituirán un sistema metafísico; puede concebirse que estará en formación continua y presentará algunos caracteres necesarios: la universalidad, la perfectibilidad indefinida, el antidogmatismo y la impersonalidad.

Será una superación de todas las formas de experiencia, pues todas lindan con problemas inexperienciales; se admitirá la perfectibilidad indefinida de las hipótesis metafísicas y la sustitución de los sistemas cerrados ' por un sistema abierto; será antidogmática y excluirá toda verdad reputada absoluta e infalible; todas sus hipótesis serán esencialmente críticas, es decir, rectificables cuando contradigan a los resultados experienciales; será cada vez más impersonal, obra de gru-

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pos O escuelas, que colaborarán a la legitimación creciente de las hipótesis entre si.

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Proposición octava

Un lenguaje no sirve ya a sus fines cuando las palabras que lo componen dejan de ser uniformemente comprendidas; todo idioma es, por definición, impersonal.

Sin traducir a términos precisos la vaga terminología actual, es imposible plantear con exactitud los problemas metafísicos, condición preliminar para que ellos puedan ser hipotéticamente resueltos. Plantearlos bien, importa evitar la mayoría de las hipótesis ilegítimas.

'Es posible que una escuela, capaz de realizar una renovación total de la filosofía, consiga imponer a sus sucesores un nuevo vocabulario filosófico, en que cada término sólo tenga una acepción precisa y en que se excluyan todas las acepciones figuradas.

La exactitud de todo proceso lógico está condicionada por la exactitud de los térmi-

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nos; la imperfección del lenguaje científico, y la mayor del lenguaje filosófico, depende de que sus términos tienen su origen en las experiencias necesariamente imprecisas de nuestros sentidos imperfectos. Con términos imperfectos no ha sido posible construir una lógica perfecta.

Mientras lo experiencial no se exprese en términos perfectos (a lo que debe aspirar el lenguaje de las ciencias) no es concebible que pueda expresarse en términos perfectos lo inexperiencial (a lo que debe aspirar el lenguaje de la metafísica). Una aproximación a ese ideal es deseable; el primer paso será reemplazar el viejo léxico incomprensible por otro comprensible : comprendiéndolo, sería más fácil corregir progresivamente sus imperfecciones.

Proposición novkna

En el siglo XIX se acentuó la disgregación de la filosofía, que dejó de ser la ciencia universal, para convertirse en un grupo de

.^-Ut.

— Í4é — -

ciencias con objetos y fines particulares. Todas las ramas del derecho natural se desprendieron, para no volver a figurar en ella; la teodicea fué desapareciendo de los tratados y programas; la lógica, la ética y la estética han iniciado ya su constitución como ciencias, con objetivos experienciales.

La cómoda costumbre de llamar "ciencia, morales" o "ciencias del espíritu" a esos gajos desprendidos del clásico tronco filosófico, permitió constituirlas como ciencias, sm pronunciarse sobre los correspondientes problemas metafísicos; pero dejó suponer que no eran ciencias como las demás y pudo creerse que ellas se sustraían a ciertas condiciones metodológicas de cuya legitimidad nadie necesita dudar en las otras ciencias. Es una capciosa transmutación de las dos verdades. Desprendida de esas ciencias, el objeto propio de la filosofía será la metafísica, compuesta por las hipótesis inexperienciales.

Las ciencias psicológicas, de la misma manera que todas las demás ciencias, dejarán a la metafísica el estudio de los problemas que exceden a sus experiencias respectivas. Todas

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contribuirán a enriquecer la metafísica, que será así un verdadero sistema integral de hipótesis explicativas de los llamados enigmas del universo.

Es posible prever que en el curso del siglo XX se continuará la transmutación ya iniciada en la arquitectónica de la filosofía, libre de géneros convertidos en ciencias, y constituida en género único: la metafísica, constituida en toda la filosofía, comenzando a elaborar sus hipótesis en el punto mismo en que todas las ciencias fijen los límites de su horizonte experiencial. No habrá dos verdades contradictorias, sino un sistema armónico de verdades perfectibles y de hipótesis legítimas, incesantemente renovables.

Proposición décima

Con el nombre de ideales suele designarse las hipótesis inexperienciales elaboradas sobre el dominio propio de las ciencias psicológicas, llamadas ''morales'' o del "espíritu". Estas hipótesis no difieren de las que exce-

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den a las demás ciencias ; su común carácter metafísico consiste en que no tienen, ni pretenden tener, demostración experiencial.

Las condiciones de legitimidad de los ideales son las mismas que las de todas las hipótesis semejantes; están, como ellas, condicionadas por la experiencia y evolucionan en función del medio experiencial. Su valor, como instrumentos de acción, está proporcionado a su legitimidad ; los ideales más legítimos son los que concuerdan con el devenir de la experiencia, anticipándose hipotéticamente a la realidad que deviene.

Son hipotéticos arquetipos de perfección, abstraídos de la experiencia, verdaderos cánones de la experiencia lógica, moral y estética. Todo ideal tiende a expresar una perfección de lo natural ; carece de realidad actual, porque es una hipótesis; todo lo que siendo real se le aproxima, lo consideramos más próximo a la perfección en su género.

En el porvenir, estas hipótesis que llamamos ideales llegarán a formularse en perfecta harmonía con las que parten de todas las ciencias. Un sistema que intente ex-

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plicar lo inexperiencial sin engendrar dos géneros de verdades discordantes — una filosofía de la Naturaleza y una filosofía del Espíritu—-realizará la unidad sintética que en todo tiempo ha sido la aspiración de una metafísica legítima.

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