Recuerdos Del Tiempo Viejo · Unidad 17 de 23

Inicio — parte 17

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.

Llegué hasta el aposento del corregidor sin tropezar con portero ni alguacil, pues habian ya pasado las horas del despacho; y como, aunque no las llevaba todas conmigo, no queria yo que miedo ni empacho en mí conociera, dí resueltamente dos golpes en la puerta con los nudillos, y al «adelante» con que desde dentro me autorizaban á penetrar en aquel _sancta sanctorum_ de la justicia lermeña, me presenté con tanta resolucion aparente como desconfianza real ante la primera autoridad del partido. Leia Vallejo, tendido en un sillon de cuero, un libro encuadernado en vetusto y amarillento pergamino; los piés tenia con botas y espuelas puestos en dos sillas y el codo izquierdo en la esquina de una mesa de piés salomónicos, que sobre su tablero sustentaban por el momento, y en vez de legajos de papel sellado, un gran plato de nueces frescas, muy pulcramente peladas, y un pichel de aquella agradable bebida compuesta de limonada y vino que se llamaba sangría en aquel tiempo viejo, y con la cual templaba el corregidor el ardiente efecto del oleoso fruto del nogal. Soltó el libro y levantóse para recibirme; é hízolo con tan atractivos modales y con tan afectuosas palabras, que al cabo de media hora, uno en frente de otro, dábamos cuenta de la última nuez y de la gota postrera de sangría, en medio de la más alegre conversacion de estudiantes y de la más franca y espontánea amistad de muchachos.

Esta rápida é inconcebible union de dos tan distintos individuos, la habia operado en pocos minutos el libro que Vallejo leia: las coplas del marqués de Santillana y de Jorge Manrique, manuscritas y encuadernadas en la edicion gótica de Sevilla de las trescientas de Juan de Mena.

Si en lugar de escribir estos recuerdos en las columnas de un periódico los escribiese en las páginas de un libro, llenarian algunas los pormenores de esta escena. Paco Vallejo era originalísimo en sus opiniones, excéntrico en sus ideas, y tan picante como ameno en su conversacion. Venia de la corte impregnado en el espíritu de todos los gérmenes políticos, económicos, artísticos y literarios de la revolucion.

Era un índice vivo de cuantos libros y periódicos iban publicados en aquella primera, modesta y recelosa libertad de imprenta; sabia de memoria las principales escenas del _Edipo_, de Martinez de la Rosa; del _Macías_, de Larra; de la _Marcela_, de Breton, y los chistes, de Ventura, y los _Cantos_ de Espronceda, que acababa Ochoa de publicar en _El Artista_, y podia decir al dedillo la historia de todas las cantantes, desde la Albini, la Cesari y la Lorenzani, y de todas las bailarinas, desde la Sichero y la Volet; recitóme veinte canciones italianas, para mí desconocidas, y encantóme con la de Zanotti, que lleva por estribillo aquel famoso _¡oh giuramenti predda de' venti!_ Recítele yo mi _Dueña de la negra toca_ y mi _Canto de Elvira_, con los versos á una Catalina, la moza más garrida que por entónces vivia en Lerma; pidióme y díle noticias y narréle lo que de las muchachas de la comarca se susurraba; díjome y díjele, contéle y contóme tantos versos tan ingeniosos como subidos de color, y tantas historias tan gratas de recordar como imposibles de repetir; y cuando la dueña de la casa se decidió á avisarnos que la sopa estaba en la mesa, así nos acordábamos, como por los cerros de Ubeda, ni él de que era corregidor, ni yo de que era el hijo de mi padre.

Aquellas tan frescas como excitantes nueces nos habian hecho acabar con el pichel de sangría; y aunque el vinillo ágrio de Lerma, segun decia mi tio el canónigo, no era bueno más que para echar lavativas á galgos, nos habia abierto tanto el apetito como alegrado el corazon y calentado la cabeza--borrando los diez años de diferencia que entre mis diez y siete y los veintisiete del corregidor mediaban. Comimos como dos condiscípulos que á hallarse juntos volvieran tras diez años de separacion, y éramos á los postres tan amigos y tan iguales como si de veras condiscípulos hubiéramos sido desde la escuela de primeras letras. Y así llegamos á las nueve de la noche, y oí yo con asombro, y casi con espanto, las campanas de la Colegiata, que tocaban á las Animas: era la primera vez que tal hora me cogia fuera de la casa de mi padre, era la en que se rezaba el rosario en ella, y era yo el encargado de guiarle.

Conoció Vallejo que algo me angustiaba; preguntóme qué, y reveléselo yo: entónces, tomando una de las dos luces que habian alumbrado nuestro festin, y volviendo á llevarme al aposento en donde le hallé, escribió una carta de media página á mi padre; llamó al alguacil de renda y le mandó que á mi casa me acompañara; dióme por despedida lo escrito cerrado en un sobre, y díjome al oido: «dí á tu padre que queme ese papel en cuanto le lea, y que no deje de enviar á su hijo de cuando en cuando á comer con el corregidor.»

Entré yo en mi casa con los carrillos muy encendidos y los ojos muy alegres: aguardábame ya impaciente mi familia, y recibióme mi padre con el ceño un poco fruncido y en un silencio muy poco á propósito para infundirme ánimo; pero yo, sin decir palabra ni darle tiempo de pronunciar una, púsele en las manos la carta de Vallejo, con lo cual obligándole á fijar su atencion en la misiva, logré que la apartara del portador.

Leyó mi padre y quedóse un punto suspenso, contemplando lo escrito como si no lo comprendiera; y aprovechando la posicion en que, inclinado hácia adelante, tenia la carta y la cabeza cerca de la luz, díjele al oido como Vallejo me lo habia dicho: «Que queme V. ese papel en cuanto le lea.»

Quitó mi padre sus ojos del papel para fijarlos en los mios, y preguntóme: «¿Te lo ha leido él á tí?»

No, contesté con la firmeza de quien decia verdad; y en silencio mi padre quemó el papel, quedando de él no más que el pico, por el cual entre su pulgar y su índice lo tuvo miéntras ardió. Tiró despues del cordon de la campanilla y mandó que sirvieran la cena: «Tú habrás comido muy tarde, me dijo: nosotros hemos rezado ya el rosario, y tendrás ganas de acostarte: toma tu luz, y te dejaremos en tu cuarto;» y miéntras todos bajaban al comedor, que estaba en el entresuelo, me dijo mi padre al dejarme en mi dormitorio, que tenia su puerta en el arranque de la escalera:

«Mañana irás á decir á Vallejo lo que me has visto hacer con su carta y le darás las gracias,» y añadiendo entre dientes y como quien habla consigo mismo: «¡si tuviera la cabeza tan sana como el corazon..!» me cerró la puerta y me acosté tan satisfecho de haber salido tan bien librado como curioso de saber lo que decia aquella carta, que tan bien me habia escudado del justo mal humor de mi padre.

Vallejo tenia suficiente juicio para no fiar al chico lo que corriera riesgo de su insensata locuacidad: el corregidor fué con el padre un caballero de la tabla redonda y un muchacho desatalentado con el hijo futuro autor del _Tenorio_, y único sér con quien el noble calavera madrileño, á quien debia aquel drama ser dedicado, podia tener afinidad en aquel país.

El corregidor liberal, el apuesto y caballeroso garzon, arriesgó su favor y su empleo por amparar al magistrado en desgracia y fué el primero que auguró al hijo un porvenir tan brillante como inútil para uno y otro.

Ocho años despues, supe por mi madre que la carta de Vallejo, que de su parte llevé yo á mi padre, decia: «Traigo órden de vigilar á V. y de no dejarle respirar, pero puede V. dormir tranquilo miéntras yo sea corregidor de Lerma; y cuando tenga V. que _emprender algun viaje_, avísemelo V. con tiempo para que pueda usted partir sin despedirse de mí, miéntras esté yo de expedicion por mi ínsula Barataria; pero no deje usted de enviarme al chico; que tendrá siempre tan buen lugar en mi mesa, como creo que le tiene en el porvenir que abre en España á las letras la revolucion que se desarrolla.»

¡Oh, bueno y leal Paco Vallejo! Pocos meses despues tenias que consolar á mi pobre madre y desvanecer las sospechas del receloso y severo juez, que tal vez creyeron por un momento que podias tener parte con tus consejos en el crímen con que el hijo se abrió las puertas del porvenir famoso que tú le habias predicho, y que sólo valió al padre, á la madre y al hijo pesadumbres y desengaños.

Mi madre, harta de vivir escondida en un pueblucho de una sierra, en donde nieva desde Noviembre hasta Febrero, y en el cual, incomunicada y sin noticias del mundo, habia vivido cinco años sin saber lo que en el mundo pasaba, vino por fin á llamar á las puertas de la casa del hijo ingrato, cuyo amor filial creia extinguido por la vanidad de unos triunfos que no la habian producido más que ruido y coronas de papel dorado. Un viejo eclesiástico, que la habia servido de protector, se presentó al hijo con la desconfianza de un católico que tuviera necesidad del amparo de un hereje; que era, y es aún lo que se cree en algunos pueblos de Castilla de los que usamos perilla y bigote; pero no bien el anciano sacerdote comenzó á tantear los sentimientos del hijo, cuando éste se echó en sus brazos deshecho en lágrimas, clamando ansioso por abrazar á su infeliz madre; trajímosla á nuestra casa, y una nueva luz, una nueva vida y una nueva inspiracion entraron en ella. Habia yo vivido poquísimo tiempo con mi madre; á los ocho años me habia metido mi padre en un colegio de Sevilla; á los diez me puso en el de nobles de Madrid, y sólo dos veranos, durante las vacaciones del 34 y 35, habíamos vivido bajo el mismo techo, pero entre el miedo y los pesares del destierro y en la escasez de expansiva confianza de los que se conocen mal y no se aprecian bien; resultado inevitable de la educacion fuera de la familia: se pierde uno para ésta tanto cuanto se gana para la sociedad; yo me gané para el mundo y me perdí para mi familia, no nos tratamos y no nos conocimos. Vino, pues, mi madre á mi casa, y yo no sabia ser su hijo; la trataba como á hija mia. Yo la mimaba, yo la peinaba, yo la dormia; sentia que no fuese una niña de tres años, para poderla tener todo el dia sobre mis rodillas y velarla de noche el sueño, colocada en mis brazos su cabeza. A la luz de sus ojos, al calor de su cariño, al influjo de su presencia, produje yo en tres meses los tres tomos de mis _Cantos del Trovador_; y un libro del P. Nierenberg, en que ella leia, me sugirió la idea de mi _Margarita la tornera_; y en aquel D. Juan que tan mal estudia en la Universidad,

Sintiéndose el alma seca de hablar de legislacion y con la mala intencion de quemar la biblioteca,

y que vuelve por fin despechado y pobre á aquella casita solitaria, hay algo de mi historia y de la de mi casa; y en aquel altar enflorado, y en aquella despedida de la monjita en el altar arrinconado del cláustro, y en aquella narracion rebosando fé sincera, inspiracion juvenil, frescura de selva vírgen, y aroma de rosas de Mayo y poesía nacional y cristiana, está encerrado el espíritu religioso de mi devota madre; está derramada á manos llenas la esencia del amor filial, la poesía del corazon amante del hijo que escribió aquellos versos ante la sonrisa de la madre adorada... y por eso es _Margarita la tornera_ la única produccion que me ha conquistado el derecho de llamarme poeta legendario, y creo que el poeta que la escribió no merece ser olvidado en su patria; y cuando veo que la fama eleva en sus alas á otros poetas contemporáneos, no tengo envidia de sus merecidos triunfos ni de las justas alabanzas de sus modernas obras, y me digo á mí mismo callandito, sin orgullo, modestamente, pero con conciencia de mí mismo: «yo tambien soy poeta; yo tambien he escrito mi _Margarita la tornera_.»

Pero, ¿qué diablos importan todos estos recuerdos íntimos y personales á los lectores de _El Imparcial_? Mi pobre madre, que tenia mucho miedo á mi padre, se fué de mi casa... y murió sin que yo la volviera á ver; mi _Margarita la tornera_, inspirada por la presencia de mi madre, es el sudario en que puedo envolver mi memoria póstuma para que se conserve más tiempo sobre la tierra; puede servirme de confesion á la hora de mi muerte, si la Providencia me hace morir inconfeso, ¡y quién sabe si podrá abonarme ante el tribunal de Dios, cuando mi alma sea por Él llamada á juicio!

Paco Vallejo volvió de la Habana, y yo le dediqué mi _D. Juan Tenorio_, para que su nombre viviera con el mio unos cuantos dias más despues de nuestra muerte; que es lo ménos que en nombre mio y de mi padre debo á la memoria del amigo leal y del caballeroso amparador.

Volvamos ahora al teatro, para el cual habia dejado de escribir de los de Madrid en ausencia de Cárlos Latorre; y veamos cómo y por qué fué mi _Traidor, inconfeso y mártir_, el único drama que yo escribí para Julian Romea, y el único que estoy satisfecho de haber escrito.

XX.

DE CÓMO SE ESCRIBIÓ Y SE REPRESENTÓ

_Traidor, inconfeso y mártir._

Siete años de asíduo trabajo habian atraido sobre mí la atencion del público; llevaba ya escritas veinte obras dramáticas, más ó ménos aplaudidas, pero ninguna rechazada, y tres ó cuatro que eran ya de repertorio en todos los teatros de España; ocho tomos de versos, que habian merecido el honor de la reimpresion, y los tres de los _Cantos del Trovador_, publicados por Ignacio Boix, habian hecho mi nombre popular, y mi exhibicion contínua como lector en los salones del palacio de Villahermosa, donde se instaló primero y resucitó despues el _Liceo_, habian puesto en evidencia mi exígua personalidad.

Pero á pesar de que del teatro y del _Liceo_ habian salido todos mis compañeros á diputados, gobernadores, ministros plenipotenciarios, y los más modestos á bibliotecarios, cuando ménos, yo me habia quedado _poeta á secas_, esquivo á la sociedad, extraño á la política y sin influencia con los gobiernos.

El último año de la brillante y efímera existencia del _Liceo_, su Junta directiva, agradecida, segun dijo, á lo que con mi constante trabajo habia contribuido al lucimiento de sus sesiones y á los disgustos que me habian ocasionado sus juegos florales, en los que yo habia sido juez, presidente, y yo no recuerdo que más, acordó que se diese una funcion en obsequio mio, y se representó por los sócios mi _Cada cual con su razon_, y se me colocó en preferente sitio en un gran sillon, en el cual se notaba más mi pequeñez, y se me ofrecieron una magnífica corona y un rico álbum, cuya primera hoja habia escrito y firmado S. M. la Reina doña Isabel II; y cargado de papeles y de flores, y ensordecido por los aplausos, me volví á mi piso tercero de la plazuela de Matute, agradecido y contento, pero no desvanecido por el humo aromado y embriagador de la gloria mundana, y volví al dia siguiente á ser el poeta del dia anterior, y á vivir al dia con el producto de mis leyendas. ¿Por qué?

¿Habia algo en mi vida por lo cual se me mostraran esquivos los gobiernos y la sociedad de aquel _tiempo viejo_? No: yo era quien, esquivo á la sociedad y á los gobernantes, me encastillé en mi hogar doméstico á vivir con los legendarios personajes de mi fantástica poesía: yo era el poeta del tiempo viejo; y fiado solamente en el pueblo, y esperando mi recompensa de un solo hombre, desdeñé todo lo que de aquel hombre no viniera; y la fortuna loca llamó mil veces á las puertas de mi casa; y yo la cerré mis puertas y mis ventanas, dejándola pasar como si no la oyese y derramar sobre otros las venturas que para mí destinadas traia. Ya hablaremos tal vez más de esto en el último capítulo de estos RECUERDOS.

El exceso del trabajo, la profunda y perpétua inquietud que me roia el corazon, y las malas aguas que el municipio hacia beber por aquellos tiempos á los habitantes de Madrid, me procuraban todos los veranos una debilidad de estómago y una inflamacion de las vísceras abdominales, que el bueno del Dr. Codorníu, médico del regente Espartero, queria curarme á fuerza de sanguijuelas, cáusticos y demás excesos de la ciencia, que está hace siglos empeñada en atacar al enfermo para librarle de la enfermedad. Entre la mia y mi médico el Dr. Codorníu, que me queria como á sus propios hijos, me tenian en cama hacia ya cuarenta dias, al fin de los cuales vino una noche á verme Julian Romea. En ocasion de los juegos florales del _Liceo_, y en otra que á nadie importa, le habia yo probado mi amistad, y no podia Julian dudar de ella. Pero era una extraña amistad la mia con Julian: no iba jamás á su teatro del Príncipe más que para aplaudirle á él y á su mujer; pero jamás subia á su cuarto ni al de Matilde, ni habia nunca escrito un verso para ellos. Cárlos Latorre andaba por las provincias, y yo escribia libros, pero no comedias. Y el teatro de Julian habia encadenado á la fortuna en su vestíbulo, y la fama hacia resonar perpétuamente su bocina desde el balcon del saloncillo en el cual tenia Romea su corte y su cuarto de vestir, y todos los poetas iban á quemar incienso en aquella sucursal del Parnaso y en aquel peristilo del templo de la gloria.

Yo he sido siempre tenaz en mis opiniones, porque siempre son éstas hijas legítimas de mis convicciones, y las mias y las de Julian estaban en completa contradiccion en el teatro. Que yo era su amigo, no podia dudarlo un hombre por quien no habia vacilado en arriesgar mi reputacion y mi pellejo; que admiraba al actor no podia tampoco dudarlo el que por mí se veia constantemente aplaudido; pero ni el amigo ni el actor venian al poeta más que en la ocasion extrema; y Julian vino á verme _in extremis_, porque despues de cuarenta dias de cama, un poeta tan débil y tan chiquito como yo, debia de hallarse casi _in artículo mortis_. Hallóme efectivamente Julian reducido á lo que de mí habian dejado las sanguijuelas de Codorníu envuelto en los trapos de sus cataplasmas; pero con el ojo siempre avizor y el espíritu vivo dentro de la frágil carne--es decir, de la piel y los huesos, porque mi escasa carne se la habian ya comido las sanguijuelas y la calentura.--Abrazóme Romea y enteróse cariñosamente de mi situacion; distrajo la melancólica influencia de la enfermedad y del aislamiento con el relato de la crónica no muy edificativa de bastidores; ponderóme la boga de su amigo el Dr. Larios, quien segun él, hacia maravillas, y dejándome alegre y esperanzado, se despidió hasta el dia siguiente. A las once de la mañana de este volvió con el Dr. Larios, quien me desenterró de entre la infinidad de trapos en que Codorníu me tenia sepultado; metiéronme entre él y Julian en un baño, y á los dos dias, limpio y renovado, me llevaron en un coche al Pardo; donde con el cambio de aguas y de temperatura, las emanaciones salubres del arbolado y la proximidad del otoño, retoñó en mí la salud y la fuerza; y un dia me dijo Romea, trayendo á la realidad mi pasado y mi porvenir: «¿Por qué no me escribes un drama? Matilde y yo lo haríamos con el alma.»--«Pensaré en ello, le respondí; y si en estos dias de convalecencia doy con un argumento á propósito para tí, te lo consultaré y haré lo que sepa. Pero...

--Pero ¿qué?--me preguntó receloso Julian.

--Nada--repuse;--ya hablaremos.--No me atreví á darle más explicaciones sobre aquel «pero» que se me habia escapado.