Rosas y sus opositores · Unidad 21 de 73
Unidad 21 · CAPITULO 1©.©
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CAPITULO 1©.©
General D. Juan Pablo Lopes — Cuiten — Sus relaciones con Rosas para la muerte de Quiroga — Motivos del enojo de Rosas con Cuiten — Muerte de Cuiten.
General D. Juan Pablo López: — En sus Gacetas habla Rosas de la defección de Mascarilla. Asi llama al general López. De las señales que ha dejado en su rostro la viruela, toma el degollador de Buenos Aires su inspiración para dar un sobrenombre al soldado valiente, sin cuya fuerte espada yacería hoy en el sepulcro del crimen ó comiendo el pan del ignominioso destierro. ¿Como ha de ser defección el pronunciamiento franco y noble del gobernador D. Juan Pablo López contra la política de sangre y embrutecimiento del degollador Rosas? ¿Rosas es acaso el soberano de la República Argentina? ¿Son sus vasallos los gobernadores de las otras provincias? ¿El Gobernador López le prestó alguna vez juramento de servidumbre ú obediencia, para que su patriótica separación de su sistema de iniquidad, pueda llamarse nunca con justicia traición ni defecciona
D. Juan Pablo López es hermano del general D. Estanislao López, benefactor de Rosas, y á quien este recompensó con negra ingratitud, disfrazada con los halagos de pérfida hipocresía; al mismo tiempo que maquinaba su caida de acuerdo con Echagüe, gobernador de Entre-Rios y criatura de D. Estanislao López; de Echagüe á quien Rosas ganó á fuerza de oro.
D. Juan Pablo López, entró á gobernar la provincia de Santa Fe, dividida por las intrigas de Rosas después de la muerte de I). Estanislao López. Llamado por el voto de sus compatriotas, determinó borrar las divisiones de los santafesinos, hacer de ellos una sola familia, no separarse de la política y sistema federal, que habían hecho ilustre á su hermano, y sobre todo llevar á cabo la constitución de la República Argentina, por la que D. Estanislao López luchó con Rosas hasta que una penosa enfermedad lo robó al afecto de los Argentinos.
Bajo estas bases entró en alianza con Rosas para combatir el poder de la Francia, que el astuto degollador le habia pintado como ominoso á la América y empeñado en humillar y aun conquistar la República Argentina.
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221 Gobernador D. Juan Pablo López, defendiendo engañado la bandera de Rosas, la sostuvo con esfuerzo en Santa -Fe, EntreRios y Corrientes y salvó á Rosas de una destrucción inevitable, cuando encerrándose cobardemente en los Santos Lugares, dentro de una muralla de cañones, abandonó la ciudad de Buenos Aires á la escuadra francesa y la campaña de Buenos Aires al ejército del general Lavalle. El general López marchó entonces con rapidez sobre la retaguardia del general Lavalle, y provocándole á que retrocediese lo sacó fuera de la provincia de Buenos Aires; dando asi lugar á Rosas á que se recobrase de su pavor é hiciera con ventaja su paz con la Francia.
Pero desde ese momento el general López aprendió en el libro del desengaño, que el único enemigo del pueblo Argentino era Rosas.
Sus servicios fueron desconocidos por este, quien empezó á recelar de ía influencia de Juan Pablo López en los ejércitos, y de la importancia que adquiría Santa Fé en la Confederación.
El general López fué pues, substituido por Oribe y la provincia de Santa Fé entregada á la rapacidad de las tropas Resinas, como si fuera pais de conquista.
El general López advirtió entonces que los intereses de su Provincia estaban en oposición con los del gobierno de Buenos Aires, y que Rosas, traicionando la causa Federal, y sirviéndose de su nombre sagrado á la mayoría de los argentinos para disfrazar su ambición y bárbaros crímenes, nada menos pretendía que reasumir en su persona el gobierno de la Confederación como lo había hecho con el de Buenos Aires; substituir el sistema federal que habia mentidamente proclamado por el personal unitario, de que hay solo ejemplos en algunos pnntos de África y de Asia.
Rosas ademas habia mancillado los templos con profanaciones inauditas, entregado en octubre de 18401a población de Buenos Aires al cuchillo de la maz-horca, que degolló por las calles centenares de ciudadanos, y empeñándose en un sistema de atroz división entre los argentinos, capaz de hacerlos caer en las tinieblas del mas torpe y sangriento embrutecimiento.
A esto se agregaban motivos de queja personal del general López: — Varios asesinatos perpetrados por Oribe habia hecho puplicar Rosas que eran obra de López, y para poner la corona á su iniquidad dio órdenes á Oribe de sorprender al general López á su regreso délas provincias del Interior, y fusilarlo, ganando para este plan á Jacinto Andrada, gefe santafesino, alucinándolo con la esperanza de hacerlo gobernador de Santa Fé, empico que reservaba para su siervo el ingrato y nulo Echagüe.
El gobernador D. Juan Pablo López, recordó los ejemplo»
'—lude su ilustre hermano, y se separó de la liga con Rosas; no de pronto sino gradualmente y á medida que su tenacidad en el crimen y en la usurpación se hacia mas visible é inequívoca. Y no desenvainó su espada de sorpresa, sino después que hizo notoria su resolución á todas las poblaciones del Rio de la Plata. Por esto, apesar de que le importaba libertar á los prisioneros tomados al general Madrid que enviaba Pacheco de Mendoza, é interceptar la persona del fraile Aldao, dejó pasar á unos y á otros por su territorio, porque aun no habia declarado la guerra á Rosas.
El pronunciamiento patriótico del Gobernador D. Juan Pable» López, no puede pues llamarse una defección, ni por razón de relaciones con Rosas, ni por la oportunidad en que tuvo lugar.
D. Domingo Cullen. — Parece que la Providencia ha inspirado á Rosas la resolución insensata de hacer escribir una defensa de sus crímenes, solo para que estos se muestren en una luz mas llena, y sean medio para descubrir iniquidades que yacían ceultas ó no suficientemente justificadas.
Con frecuencia en su Gaceta habla de la defección del salvaje unitario Cullen, de que Cullen traicionóla causa de la América, y en la de 17 de Junio dice textualmente. — "Cuando los "salvajes unitarios tramaban en 1834 el asesinato bárbaro contra "el general Quiroga, Cullen era el agente princiiml. — Francisco "Reinafé, uno de los asesinos del general Quiroga, con frecuencia "bajaba de Córdoba á Santa Fé á conferenciar con Cullen. Ha- "cia creer este al general López que venia á asuntos particulares "mientras que los Reinafés esparcían en las provincias la voz de "que ese asesinato habia de quedar impune porque se habia practicado de acuerdo con el general López."
Estas acusaciones de Rosas nos ponen en la necesidad de referir quien era Cullen, sus servicios á la independencia americana y á la causa federal, y de dar nuevas esplicaciones sobre el asesinato del general Quiroga y su comitiva, de las que resultará claro como la luz del medio dia que Rosas fué quien le mandó matar.
D. Domingo Cullen, de origen ingles nacido en Tenerife, isla de Canarias y perteneciente á una familia acomodada, vino á Montevideo al principio de la revolución con una espedicion de mercancías, de que era sobrecargo. Los patriotas sitiaban esta plaza, y él al momento se puso en conctato con ellos y abrazó con ardor la causa de la independencia americana. Entre muchos y buenos servicios que la prestó es uno el haber dado por bastante tiempo noticias circunstanciadas de las operaciones del ejército realista encerrado en la plaza, por medio de botellas que arrojaba al rio cuando la marea estaba alta, y que las comentes llevaban á
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las abanzadas patriotas. Por estos y otros servicios luego de tomado Montevideo fué nombrado por la autoridad nacional Contador de su aduana.
Cuando cayó el gobierno general dejó ese empleo, y se trasladó á Buenos Aires, donde se ocupó del comercio basta que pocos años después en sus viajes á Santa Fe tomó relación y emparentó en la familia de D. Estanislao López. Fué el alma de los consejos de este general y uno de los campeones contra la presidencia nacional y el sistema de unidad, figurando en la dirección del partido federal, cuando el degollador Rosas se ocupaba solo de comprar ganados robados á los indios, y de robarlos personalmente á sus vecinos.
En la Convención Nacional de 1828 en las ligas posteriores contra el general Paz, y en todos los actos mas solemnes de la provincia de Santa Fé basta fines de 1838, tuvo el primer lugar D. Domingo Cullen.
El mismo degollador Rosas lo consideraba como uno de los patriarcas de la Federación como lo prueba el recibimiento que hizo á Cullen, durante la permanencia de este en Buenos Aires en 1838, de la que pronto hablaremos.
Cullen pues era patriota y federal de categoría.
¿Tuvo parte en la muerte de Quiroga? Si en ella influyó ¿no fué de acuerdo y en unión con Rosas? Examinémoslo.
Tuvo conocimiento á nuestro juicio de la intención de los Reinafés de matar á Quiroga. Rosas hoy nos lo declara, y como después demostraremos, su testimonio en este asunto no es de despreciar. Pero Cullen que deseaba la muerte de Quiroga á la parque el General López, porque no podian soportarla altivez de Quiroga, y porque Rosas los exasperaba y azuzaba contra él, pintándoles con colores interesados los planes que formaba Quiroga para derrocarlo á él solo, no queria que fuese por un salteamiento y asesinato, sino por un procedimiento público, fundado en la conspiración que dirigía ese general, y en la parte que tuvo en la de Castillo. Y aquí es oportuno revelar un craso embuste de Rosas, sobre los motivos de diferencia entre Quiroga y los Reinafés. 1S o tuvo otro origen esta enemistad sino en la revolución de Castillo y en las intrigas de Rosas. Este degollador pretende que fué por una excomunión que lanzó el finado obispo Lascano contra los Reinafés y por la protección que dio al obispo el general Quiroga.
Esto no es cierto. El Obispo no escomulgó á los Reinafés sino á la Cámara de Justicia, que había fallado en su contra, en el recurso de fuerza entablado por el cura Tisera. El general Quiroga, tan lejos de hacer causa común con el Obispo, ordenó al
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Gobernador de la Rioja, Tello, que hiciese comparecer al Obispo y le notificase el auto de la Cámara de Justicia escomulgada, para lo que esta había librado exorto.- El general Quiroga tenía una razón natural muy despejada, y no era fácil que se dejase arrastrar de los indignos artificios del Obispo. Rosas sabe bien estas cosas, pero de intento quiere sembrar la confusión en este debate, que le vá á ser muy funesto.
Rosas por su parte prefería medios mas espeditos, y que no lo comprometiesen. Un francés Coré, su confidente, negociaba con Calixto María González, abogado de Córdoba, y consejero de los Reinafés, el asesinato de Quiroga á su tránsito por Córdoba. Así es que D. Rafael Cabanillas á quien los Reinafés comisionaron para que matase á Quiroga en su marcha para las provincias del interior, consultó el encargo con Calixto María González, y este le aconsejó que lo llevase á cabo, por que Buenos Aires y Santa Fé sostendrían el hecho. D. Rafael Cabanillas quiso referir esta circunstancia en su declaración, pero el Juez comisionado lo interrumpió, diciendo que el Restaurador de las Leyes le había prevenido que no escuchase nada que se digese relativamente á D. Calixto María González por considerarlo inconducente á los objetos de la causa. Cabanillas ha referido á todos los que han hablado con él sobre este negocio esa sorprendente interrupción, y podremos citar tantos testigos como personas han hablado con Cabanillas sobre ese negocio. Igual confianza que á Cabanillas hizo González á los Doctores Delgado y Al varez hoy emigrados en Chile.
¿Pero porqué los Reinafés no denunciaron uunca la participación de Rosas en el fatal suceso de Barranca Yaco?
José Vicente y Guillermo Reinafé, y el Dr. Aguirre, en las cárceles de Rosas, adoptaron como medio de defensa, negar su participación en el asesinato; y ese camino siguieron también todos los otros reos, á escepciou del capitán Pérez. Ya hemos dicho ademas que Rosas diestramente les hizo concebir la esperanza de salvarse, alhagando sus miras. Por otra parte, aunque hubieran declarado la verdad no se habría insertado en autos.
Nnnca se comunicaron con sus defensores sino ante un Comisario y el carcelero de Rosas. ¿Y cuál délos defensores se hubiera atrevido á escuchar una revelación difamante y perjudicial á Rosas? ¿Sabemos, por otra parte, lo que verdaderamente dijeron los Reinafés en sus declaraciones al Dr. Maza? ¿Este no repetía sin cesar : — esta causa de los Reinafés me ha de traer la muerte? ¿No murió en efecto asesinado por Rosas? Su escribiente Gutiérrez, de quien tenemos indicaciones importantes sobre este negocio, no espiró casi repentinamente, y con todas las presunciones
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de envenenado? ¿No ha dejado de existir también Escobar, escribano de la cansa?
¿Porqué, se dirá, no hizo esa revelación D. Francisco Reñíate, que escapó de manos de Rosas, que llegó á Montevideo en salvo y que pudo publicar esa declaración importante? Porqué D. Francisco Reinafé debía su salvación al Gobernador D. Estanislao López, y unas veces temió herir á este, otras á D. Domingo Cullen, que era con quien se habia entendido y que siempre permaneció su amigo, y como lo confiesa Rosas, fué bastante humano para empeñarse en salvar á los otros Remates. Por lo demás ¿quién no ha oiclo repetir con frecuencia á D. Francisco Reinafé que tenía que publicar un manifiesto importante? ¿No decía sin cesar que sus hermanos no eran culpables? ¿No nos vio á nosotros para escribir ese manifiesto? No nos llamaba con instancia desde Entre Rios, como lo prueba la correspondencia tomada en Cayastá, y que Rosas publicó en su Gaceta en 1839?
El l)r. Maza no pudo, sin embargo, prescindir de insertar fielmente la declaración del Capitán Santos Pérez. Este era un hombre animoso, que hubiera gritado á todo el mundo la violen - cia del Juez; y no convenía por otra parte matarlo de oculto, porque era el ege del proceso, y porque sin sus esplicaciones no se hubiera podido organizar.
El Capitán Santos Pérez declaró que los Reinafés le dijeron, que en la muerte de Quiroga estaban de acuerdo los Gobiernos de Éuenos Aires y Santa Fé. El defensor hizo valer esta circunstancia y le costó bien caro. A la una de la noche del di a que la presentó se apersonó el edecán Corvalan á su casa y le dijo el Restaurador está irritadísimo contra ti, y te envía á decir que eres un necio. Desde entonces dató la persecución bárbara al Sr. Defensor Marin. Rosas alega hoy que lo persiguió por conspirador, pero todos los que conocen al anciano y respetable Marin saben que es incapaz ele entrar en ningún complot, y desafiamos al degollador á que le pruebe ese cargo, seguros de que no lo podrá, porque esa suposición suya es una mentira solemne para salir del paso. ¡Qué cosa tan singular! El Sr. Marin se convirtió en conspirador desde el mismo instante que presentó su defensa haciendo valer la importante revelación del capitán Santos Pérez.
Tenemos pues, deponiendo contra Rosas directa ó indirectamente á Rafael Cabanillas, Santos Pérez, Calixto Maria González, y los Sres. Alvarez y Delgado. La confesión oficial de Rosas hará plena la semi-plena evidencia que de estas declaraciones resultan unidas á las palabras del Dr. Maza y al conocimiento de los planes del general Quiroga de que antes de su muerte estaba al cabo Rosas.
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Rosas declara en la Gaceta del 17 de Junio que Cullen tramó con los Reinafés la muerte de Quiroga, y desde que hace esta revelación confiesa implícitamente que tuvo parte en ella.
Rosas acusó ó hizo traer á la cárcel de Buenos Aires, á gobernadores, á ministros, á gefes y oficiales militares, á comerciantes, á abogados, á cuantos habian tenido la mas pequeña ingerencia en el suceso de Barranca Yaco, ó comprado prendas de ropa de los que cayeron allí asesinados.
Ni se respetó edad, servicios, ni categorías. ¿Cómo, pues, no acusó, prendió y juzgó también á D. Domingo Cullen, puesto que le constaba que había tenido parte principal en el asesinato de Quiroga- No se había hecho conceder por todas las Provincias de la República Argentina poderes omnímodos parajuzgar y sentenciar á todos los argentinos que hubiesen tenido parte en la muerte de Quiroga?
Pero tan lejos de proceder contra Cullen, en 1838, fusilados y enterrados los Reinales, víctimas de su necia credulidad, vino Cullen á Buenos Aires, y Rosas lo recibió con pompa inusitada.
Mandó que se embanderase toda la calle de la Federación por donde Cullen debía entrar, los principales funcionarios de la provincia rodeaban su coche, y músicas y fuegos artificiales resonaban por toda la ciudad. Cullen se alojó en el fuerte. Iba, al teatro acompañado de dos edecanes de Rosas y ocupaba el asiento del Gobierno. Recibía, en fin, los honores de gobernador de una de las provincias argentinas, los que se hubiesen tributado á un soberano estrangero. ¿Cómo, pues, Rosas no lo prendió y juzgó? ¿Cómo sabiendo que era uno de los asesinos de Quiroga, obligaba á la población á que le hiciese esos honores? ¿Cómo lo alojaba en el fuerte y le cedía hasta su mismo asiento de gefe de la provincia? ¿Cómo es que colgaba de una horca á los agentes del asesinato y hacía pasear en carro de triunfo al director de ese asesinato? El motivo de todo esto es bien claro. Cullen estuvo de acuerdo con él en esa muerte, y Rosas le profesaba íntimo afecto porque lo creia una columna de su tiranía.
Dirá Rosas tal vez, que este tratamiento extraordinario, que esta disimulación sorprendente de la ingerencia de Cullen en la muerte de Quiroga era arrancada por respetos al gobernador D. Estanislao López de quien Cullen era favorito? Pero si presentase esta disculpa, bien fútil y vacía de sentido común refiriéndose á un hombre del poder, de la investidura y de las pretensiones de Rosas, le contestaríamos que esos homenages continuaron y aunss aumentaron después de la muerte de D. Estanislao López, que supo Cullen estando en Buenos Aires. Así, pues, por confesión del mismo Rosas, él fué compañero con Cullen en la muer-
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te de Quiroga, y el proceso y fusilamiento de los Reinafés y las otras víctimas que les acompañaron al suplicio, fué ]a farsa mas atroz y sangrienta que ha discurrido cabeza de tirano.
No bien se supo en Buenos Aires la muerte de D. Estanislao López, cuando Rosas se empeñó con D. Domingo Cullen que según la Gaceta del 17 habia convenido la de Quiroga con los Reinafés, en que fuese nada menos que gobernador de Santa Fé, y sucesor del Ilustre Patriarca de la Federación argentina. Cullen se resistía á aceptar ese cargo y Rosas le rogaba que lo admitiese, ofreciéndole sustentarlo con todo su poder, siempre que cumpliera, cuando en posesión estuviese del gobierno de Santa Fé con las siguientes condiciones: —