Sab · Unidad 13 de 25
CAPITULO X — parte 2
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--Madre mía,--prorrumpió con trémula y enternecida voz;--sí, yo os perdono y os doy gracias; yo os debo las lágrimas de Carlota, añadió, pero estas últimas palabras fueron proferidas tan débilmente que nadie, excepto Martina, pudo percibirlas.
--Sab,--dijo el señor de B...., levantándole y abrazándole con extrema bondad:--yo me envanezco de tu bello corazón; sabes que eres libre y desde hoy te ofrezco proporcionarte los medios de seguir los generosos impulsos de tu caritativo corazón. Sab, continuarás siendo mayoral de Bellavista, y yo te señalaré gajes proporcionados a tus trabajos, con los cuales puedas tú mismo irte formando una existencia independiente. Respecto a Martina corren de mi cuenta ella, su nieto y su buen Leal. Quiero que al marcharme de Cubitas quede instalada en la mejor de mis estancias y la señalaré una pensión vitalicia, que recibirá anualmente por tu mano.
Sab volvió a arrojarse a los pies de su amo, cuya mano cubrió de besos y lágrimas. Carlota se colgó de su cuello besando también la frente y los cabellos del buen papá, y su vestido rozando en aquel momento con el rostro del mulato fué asido tímidamente, y también recibió un beso y una lágrima. ¿Y quién no lloraría con tan tierna escena? ¡Teresa, únicamente Teresa! Aquella criatura singular se había alejado fríamente del cuadro patético que se presentaba a sus miradas, y parecía entonces ocupada en examinar de cerca la figura deforme del pobre niño. Enrique, menos frío que ella, miraba conmovido ora a don Carlos, ora a su querida, y luego dando un golpecito en el hombro de Sab, que aun permanecía arrodillado:--Levántate, buen muchacho,--le dijo,--levántate que has procedido bien y quiero yo también recompensarte. Diciendo esto puso en su mano una moneda de oro, pero la mano se quedó abierta y la moneda cayó en tierra.
--Sab,--dijo Carlota con tierno acento,--Enrique quiere sin duda que des esa moneda, en nombre suyo, al pequeño Luis.
El mulato levantó entonces la moneda y la llevó al niño que la tomó con alegría. Teresa estaba sentada en la misma tarima de Luis, y Sab creyó al mirarla que tenía los ojos humedecidos; pero sin duda era una ilusión porque el rostro de Teresa no revelaba ninguna especie de emoción.
Martina quiso dar las gracias al señor de B.... por su caritativa promesa, pero éste, que deseaba cortar una conversación que le había causado ya demasiado enternecimiento, mandó traer la comida, rogando a Martina no se ocupase por entonces sino en hacer dignamente los honores de la casa. Servida la comida, el señor de B.... quiso absolutamente que se sentasen con ellos no solamente Martina sino también Sab. La vieja india, que pasado el primer momento del entusiasmo de su gratitud había recobrado su aire ridículamente majestuoso, y tal cual ella creía convenir a la descendiente de un cacique, ocupó sin hacerse de rogar una cabecera de la mesa, y Sab se vió precisado por su amo a colocarse en un frente, en medio a la mayor de sus niñas y de Teresa. Martina aprovechó la ocasión que le dieron algunas preguntas de Carlota para repetir los maravillosos cuentos que ya mil veces había contado, de la muerte de Camagüey y las apariciones de su alma en aquellos alrededores. Las niñas la escuchaban abriendo sus grandes ojos con muestras de vivo interés y admiración, sin cuidarse ya de comer. Enrique no parecía tampoco con gran apetito y se notaba en su aire cierto descontento, acaso por un pueril sentimiento de vanidad, que le hacía no aprobar la excesiva bondad de don Carlos, en sentar a su mesa a un mulato que quince días antes aun era su esclavo. Ninguna vanidad tan ridículamente, susceptible como la de aquellos hombres de la nada que se ven repentinamente, por un capricho de la suerte, elevados a la fortuna.
Carlota, por el contrario, estaba radiante de placer y agradecía a su padre la ligera distinción que concedía al libertador de Luis y bienhechor de Martina. Ella era siempre la que se adelantaba a ofrecer al confuso mulato, ya de este ya de aquel plato; ella la que le dirigía la palabra con acento más dulce y afectuoso, y la que, con exquisita delicadeza, evitaba que en la conversación general se escapase una sola palabra que pudiese herir la sensibilidad o la modestia de aquel excelente joven, cuyo corazón merecía tantos miramientos; hizo ella misma el plato destinado a Luis, y no olvidó tampoco a Leal. Mirábala de rato en rato Martina, aunque no cesase de relatar sus sempiternos cuentos, y luego miraba también a Sab. Una vez después de estas miradas suspiró profundamente y sus ojos se cargaron de lágrimas: era precisamente cuando refería la triste historia del cacique Camagüey, y nadie extrañó su conmoción.
Era necesario regresar a la estancia de don Carlos, pues se iba haciendo tarde; al despedirse de Martina dejóle éste su bolsillo lleno de dinero, y la vieja lo colmó de bendiciones. Enrique le dió cariñosos adioses, y Carlota la abrazó con las lágrimas en los ojos, e igualmente al pequeño Luis; luego acarició a Leal recomendándoselo al niño y salió a juntarse con el resto de la compañía, que la aguardaba para partir.
La despedida de Sab fué más larga: tres veces le abrazó Martina y otras tantas tornó a abrazarle con mayor afecto. Luego Luis, colgado de su cuello, parecía reanimado por el cariño que su hermano adoptivo le inspiraba. Sab iba por último a arrancarse de sus brazos, dándole con paternal afecto el último beso, cuando el niño, reteniéndole con extraña tenacidad,--escucha,--le dijo,--tengo que pedirte una cosa, una cosa muy bonita que me han dado para ti; pero que tú, que eres tan bueno, querrás dejarme. El mulato oyó la voz de su amo que le llamaba para partir, y apartándose de Luis,--Sí,--le contestó, sin atender al objeto que excitaba los deseos del niño y éste apretaba en su mano derecha, cerrada con fuerza:--sí, yo te la regalo.
--Ya lo sabía yo,--exclamó con pueril regocijo el enfermo.--¡Ah! qué bueno eres: ya lo sabía yo desde que me dió este regalo aquella señora, que lloraba al dármelo para ti; pero tú no lloras porque se lo das a tu hermano; tú eres mejor que ella.
--¡Cómo! ¿Una señora te dió ese regalo para mí?--exclamó el mulato volviendo a arrodillarse sobre la tarima de Luis.
--Sí, una de esas que han estado hoy en casa, y me dijo que tú le amarías mucho: ¡ya la creo! ¡es tan bonito! pero tú amas más a tu hermano y por eso se lo has dado,--y el niño acariciaba la cabeza de Sab, pero éste no atendía ya a sus halagos.
--¡Una de estas señoras te lo ha dado! ¡Para mí! ¡Oh! ¡dámelo, dámelo!--y arrancó de la mano del niño, que defendía su tesoro con todas sus fuerzas, aquel objeto que excitaba ya su más ardiente anhelo.
--¡No me lo quites; tú me lo has dado! ¡es mío, es mío!--gritaba llorando Luis, y Sab precipitándose junto a la mesa, donde ardía una bugía, devoraba con los ojos aquel presente misterioso. Era un brazalete de cabellos castaños de singular hermosura, y el broche lo formaba, un pequeño retrato en miniatura.
--¡Es mío! ¡Dámelo!--repetía el niño tendiendo sus descarnados brazos y sus manitas transparentes.
--¡Es ella!--exclamaba sin oirlo el mulato.--¡Es su retrato! ¡Su pelo! ¡Dios mío, es ella!
Volvió a caer de rodillas junto a la tarima del enfermo y enajenado, convulso, fuera de sí, apretaba el brazalete y al niño sobre su pecho, gritando siempre:--¡Es ella! ¡Es ella!--El niño casi sofocado entre sus brazos procuraba desasirse sin dejar de repetir:--¡Es mío! ¡Es mío!
--En nombre del cielo,--le dice Sab,--en nombre del cielo repíteme lo que me has dicho. Luis, dímelo otra vez, dime que fué ella quien te ha dado esto para mí.
--Sí, pero tú me lo has regalado,--decía la pobre criatura.
--¡Oh! yo te daré mi vida, mi alma, todo lo que quieras, Luis, pero dímelo: ¿fué ella? Y oprimía entre las suyas las delicadas manos del niño.
--¡Me haces mal!--gritó amedrentado de los arrebatos de su hermano adoptivo:--¡Sab, déjame! No te pediré! No te pediré más esa cosa tan bonita. ¡Suéltame! Ay! Me rompes las manos.--Lloraba el niño y Sab era insensible a su llanto.
--¡Fué ella! ¡Fué ella!--repetía cada vez más enajenado.
--Sí, ella,--respondió balbuceando Luis,--esa señora, la más chica de las dos grandes, esa de los ojos verdes, y....
--¡Oh! ¡Teresa! ¡Teresa!--le interrumpió tristemente Sab, soltando las manos del niño:--¡Teresa ha sido!
--Mira, me le dió envuelto en este papelito y yo le saqué para mirarle. Toma el papel, y dame eso, dámelo querido Sab, tú me lo ofreciste.
Sab tomó el papel en el cual escritas con lápiz leyó estas palabras: «Luis ofrece al que ha salvado dos veces la vida de Enrique Otway esta prenda, en compensación de los beneficios que le debe.»
--¡Teresa! ¡Teresa!--exclamó Sab;--tú has penetrado, pues, en este corazón, tú conoces todos sus secretos, tú sabes cuánto aborrezco esa vida que he salvado dos veces y comprendes todo el precio de mi generosidad. ¡Oh Teresa! Este presente tuyo es lo más precioso que podías darme; pero acaso pueda yo pagarte muy en breve: sí, lo haré, lo haré y te bendeciré mientras palpite este corazón, del cual no se apartará jamás el inestimable tesoro que me has creído digno de poseer.
La voz del señor de B...., impaciente ya con la tardanza del mulato, se oyó en aquel momento, llamándole para partir. Sab ocultó en su pecho el precioso brazalete y arrancándose de los brazos del niño, que aun le repetía:--¡Dámelo!,--lanzóse fuera de la sala. Encontróse a Martina que entraba a buscarle; todos los viajeros estaban ya a caballo y sólo por él se aguardaba.
Sab, todo turbado, murmuró una excusa insignificante y tomando su jaco se adelantó a paso largo sirviendo de guía a los viajeros.