Sab · Unidad 19 de 25

CAPITULO II — parte 2

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El desventurado Sab en aquel momento quiso levantarse, acaso para huir del pensamiento horrible que le volvía loco; pero sus tentativas fueron vanas. Su cuerpo parecía de plomo y, como sucede en una pesadilla, sus esfuerzos agotando sus fuerzas, no acertaban a moverle de aquella peña infernal en que parecía clavado. Gritos inarticulados, que nada tenían del humano acento, salieron entonces de su pecho, y Teresa le vió girar en torno suyo miradas dementes, y fijarlas por fin en ella con espantosa inmovilidad. El corazón de Teresa se partía también de dolor al aspecto de aquel desventurado, y ella lloraba sobre su cabeza atormentada, dirigiéndole palabras de consuelo. Sab pareció por fin escucharla, porque buscó con su mano trémula la de la doncella y asiéndola la apretó sobre su seno, alzando hacia ella sus ojos encendidos; luego haciendo un último y violento esfuerzo para levantarse, cayó a los pies de Teresa, como si todos los músculos de su cuerpo se hubiesen quebrantado.

Inclinada sobre él y sosteniéndole la cabeza sobre sus rodillas, mirábale la pobre mujer y sentía agitarse su corazón. ¡Desventurado joven!--pensaba ella--¿quién se acordará de tu color al verte amar tanto y sufrir tanto? Luego pasó rápidamente por su mente un pensamiento, y se preguntó a sí misma ¿qué hubiera podido ser el hombre dotado de pasiones tan ardientes y profundas, si bárbaras preocupaciones no le hubiesen cerrado todos los caminos de una noble ambición? Pero aquella alma poderosa obligada a devorar sus inmensos tesoros, se había entregado a la única pasión que hasta entonces había probado, y aquella pasión única la había subyugado.--No, pensaba Teresa, no debías haber nacido esclavo... el corazón que sabe amar así, no es un corazón vulgar.

Al volver en sí el mulato miróla y la reconoció.

--Señora,--la dijo con desfallecida voz,--¿estáis aquí todavía? ¿No me habéis abandonado como a un alma cobarde, que se aniquila delante la desventura a que debiera estar tan preparada?

--No,--respondió ella con emoción,--estoy aquí para compadecerte y consolarte. ¡Sab! has sufrido mucho esta noche.

--¡Esta noche! ¡ah! no...., no ha sido solamente esta noche; lo que he padecido a vuestra vista una vez, eso he padecido otras mil, sin que una palabra de consuelo cayese, como una gota de rocío, sobre mi corazón abrasado; y ahora vos lloráis, Teresa ¡Bendígate Dios! ¡No, no es esta noche la más desgraciada para mí. Teresa!.... acercaos, que sienta yo otra vez caer en mi frente vuestro llanto. A no ser por vos, yo hubiera pasado por la senda de la vida, como por un desierto, solo con mi amor y mi desventura, sin encontrar una mirada de simpatía, ni una palabra de compasión.

Guardaron ambos un momento de silencio, durante el cual Teresa lloraba, y Sab sentado a sus pies parecía sumergido en profundo desaliento. Por fin, Teresa enjugó sus lágrimas, y reuniendo todas sus fuerzas, señaló con la mano al mulato el punto del horizonte en que aparecían ya las nubes ligeramente iluminadas.

--¡Es preciso separarnos!--le dijo--¡Sab toma tu billete, él te da riquezas...., puedas también encontrar algún día reposo y felicidad!

--Cuando tomé ese billete,--respondió él,--y quise probar la suerte, Martina, la pobre vieja que me llama su hijo, estaba en la miseria; al presente goza comodidades y el oro me es inútil.

--¡Y qué! ¿no hay otros infelices?

--No hay en la tierra mayor infeliz que yo, Teresa, no puedo compadecer sino a mí mismo..... Sí, yo me compadezco, porque, lo conozco, no hay ya en mi corazón sino un solo deseo, una sola esperanza.... ¡la muerte!

--Sab, no te abandones así a la desesperación; acaso el cielo se dispone a ahorrarte el tormento de ver a Carlota esposa de Enrique. Si el viejo Otway es tan codicioso como crees, si su hijo no ama sino débilmente a Carlota, ya saben que no es tan rica como suponían, y ese enlace no se verificará.

--Pero vos me habéis dicho,--exclamó con tristeza Sab,--que ella no sobrevivirá a su amor... vos lo habéis dicho, vos lo sabéis.... pero lo que no sabéis es que yo que os ofrezco el oro, para comprar la mano de ese hombre, no os perdonaría nunca si lo hubieseis aceptado; ni a él ni a mí mismo me perdonaría. Vos no sabéis que la sangre sacada de sus venas, gota a gota, y mi propia sangre no me parecería suficiente venganza, ni mil vidas inmoladas por mi mano pagarían una sola lágrima de Carlota. ¡Carlota despreciada! ¡Despreciada por esos viles mercaderes! ¡Carlota que haría el orgullo de un rey!.... No, Teresa, no me lo digáis otra vez... vos no podéis comprender las contradicciones de un corazón tan atormentado.

Teresa se puso en pie y escuchó por un momento.

--Adiós, Sab....,--dijo luego,--paréceme que los esclavos están ya levantados y que se aproximan a los cañaverales; adiós, no dudes nunca que tienes en Teresa una amiga, una hermana.

Ella aguardó en vano algunos minutos una contestación del mulato. Apoyada la frente sobre una peña, inmóvil y silencioso, parecía sumido en profunda y tétrica meditación. Luego de repente brillaron sus ojos con la expresión que revela una determinación violenta y decidida, y alzóse del suelo, grande, resignado, heroico.

Los negros se acercaban; Sab sólo tuvo tiempo de decir en voz baja algunas palabras a Teresa, palabras que debieron sorprenderla, pues exclamó al momento:

--¡Es posible!... ¿Y tú?

--¡Moriré!--contestó él haciéndole con la mano un ademán para que se alejase. En efecto, Teresa se ocultó entre los cañaverales al mismo tiempo que los esclavos llegaban al trabajo. Uno solamente, más perezoso que los otros, o sintiéndose con sed, dejó su azada y se adelantó hacia el río. Un fuerte tropezón que dió por poco le hace caer en tierra.

--Es un castigo de Dios, José,--le gritaron sus compañeros,--por lo holgazán que eres.

José no respondía sino que estaba estático en el sitio en que acababa de levantarse, los ojos fijos en el suelo con aire de pasmo.

--¿Qué es eso, José?--gritó uno de los negros--¿te habrás clavado en el suelo?

José los llamó hacia él, no con la voz sino con aquellos gestos llenos de expresión que se notan en la fisonomía de los negros.

Los más curiosos corrieron a su lado y al momento los que quedaron oyeron una sola palabra repetida a la vez por muchas voces:--¡El mayoral!

Sab estaba sin sentido junto al río; los esclavos le levantaron y le condujeron en hombros al ingenio.

Cuando dos horas después se levantó don Carlos de B... oyó galopar un caballo que se alejaba.

--¿Quién se marcha ahora?--preguntó a uno de los esclavos.

--Es el mayoral, mi amo, que se va a la ciudad.

--¡Cómo tan tarde! son las siete y yo le había encargado marcharse al amanecer.

--Es verdad, mi amo,--respondió el esclavo,--pero el mayoral estaba tan malo....

--¡Estaba malo!.... ¿qué tenía, pues?

--¿El mayoral, mi amo?... yo no lo sé, pero tenía la cara caliente como un tizón de fuego, y luego echó sangre, mucha sangre por la boca.

--¡Sangre por la boca! ¡Cómo! ¡Sangre por la boca y se ha marchado así!--exclamó don Carlos.

José, que pasaba cargado con un haz de caña, se detuvo al oirle y echó una mirada de reconvención sobre el otro negro. José era el esclavo más adicto a Sab, y Sab le quería porque era congo, como su madre.

--No haga caso su merced de lo que dice ese mentecato. El mayoral está bueno, sólo que echó un poco de sangre por la nariz, y me dijo que a las tres de la tarde tendría su merced las cartas del correo.

--Vaya, eso es otra cosa,--dijo el señor de B....,--este bruto me había asustado.

El negro se alejó murmurando:--¡Bruto! yo soy bruto porque digo la verdad.