Sab · Unidad 24 de 25

CAPITULO V — parte 3

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.

Había nacido con un tesoro de entusiasmos. Cuando en mis primeros años de juventud Carlota leía en alta voz delante de mí los romances, novelas e historias que más le agradaban, yo la escuchaba sin respirar, y una multitud de ideas se despertaban en mí, y un mundo nuevo se desenvolvía delante de mis ojos. Yo encontraba muy bello el destino de aquellos hombres que combatían y morían por su patria. Como un caballo belicoso que oye el sonido del clarín, me agitaba con un ardor salvaje a los grandes nombres de patria y libertad; mi corazón se dilataba, hinchábase mi nariz, mi mano buscaba maquinal y convulsivamente una espada, y la dulce voz de Carlota apenas bastaba para arrancarme de mi enajenamiento. A par de esta voz querida, yo creía escuchar músicas marciales, gritos de triunfos y cantos de victorias; y mi alma se lanzaba a aquellos hermosos destinos hasta que un súbito y desolante recuerdo venía a decirme al oído: eres mulato y esclavo. Entonces un sombrío furor comprimía mi pecho y la sangre de mi corazón corría como veneno por mis venas hinchadas. ¡Cuántas veces las novelas que leía Carlota referían el insensato amor que un vasallo concebía por su soberana, o un hombre oscuro por alguna ilustre y orgullosa señora!... Entonces escuchaba yo con una violenta palpitación, y mis ojos devoraban el libro; pero ¡ay! aquel vasallo o aquel plebeyo eran libres, y sus rostros no tenían la señal de reprobación. La gloria les abría las puertas de la fortuna, y el valor y la ambición venían en auxilio del amor. Pero ¿qué podía el esclavo a quien el destino no abría ninguna senda, a quien el mundo no concedía ningún derecho? Su color era el sello de una fatalidad eterna, una sentencia de muerte moral.

Un día Carlota leyó un drama en el cual encontré por fin a una noble doncella que amaba a un africano, y me sentí transportado de placer y orgullo cuando oí a aquel hombre decir: “No es un baldón el nombre de africano, y el color de mi rostro no paraliza mi brazo”. ¡Oh sensible y desventurada doncella! ¡cuánto te amaba yo! ¡oh Otelo! ¡qué ardientes simpatías encontrabas en mi corazón! ¡Pero tú también eras libre! Tú saliste de la Libia ardiente y brillante como su sol; tú no te alimentaste jamás con el pan de la servidumbre, ni se dobló tu soberbia frente delante de un dueño. Tu amada no vió en tus manos triunfantes la señal de los hierros, y cuando le referías tus trabajos y hazañas, ningún recuerdo de humillación hizo palidecer tu semblante. ¡Teresa! el amor se apoderó bien pronto exclusivamente de mi corazón; pero no le debilitó, no. Yo hubiera conquistado a Carlota a precio de mil heroísmos. Si el destino me hubiese abierto una senda cualquiera, me habría lanzado en ella... la tribuna o el campo de batalla, la pluma o la espada, la acción o el pensamiento... todo me era igual; para todo hallaba en mí la aptitud y la voluntad... ¡Sólo me faltaba el poder! Era mulato y esclavo.

¡Cuántas veces, como el paria, he soñado con las grandes ciudades ricas y populosas, con las sociedades cultas, con esos inmensos talleres de civilización en que el hombre de genio encuentra tantos destinos! Mi imaginación se remontaba en alas de fuego hacia el mundo de la inteligencia. ¡Quitadme estos hierros! gritaba en mi delirio ¡quitadme esta marca de infamia! yo me elevaré sobre vosotros, hombres orgullosos; yo conquistaré para mi amada un nombre, un destino, un trono.

No he conocido más cielo que el de Cuba; mis ojos no han visto las grandes ciudades con palacios de mármol, ni he respirado el perfume de la gloria; pero acá en mi mente se desarrollaba, a la manera de un magnífico panorama, un mundo de opulencia y de grandeza, y en mis insomnios devorantes pasaban delante de mí coronas de laurel y mantos de púrpura. A veces veía a Carlota como una visión celeste, y la oía gritarme: ¡Levántate y marcha! Y yo me levantaba, pero volvía a caer al eco terrible de una voz siniestra que me repetía: ¡Eres mulato y esclavo!

Pero todas estas visiones han ido desapareciendo, y una imagen única ha reinado en mi alma. Todos mis entusiasmos se han resumido en uno solo: ¡el amor! Un amor inmenso que me ha devorado. El amor es la más bella y pura de las pasiones del hombre, y yo la he sentido en toda su omnipotencia. En esta hora suprema, en que víctima suya me inmolo en el altar del dolor, paréceme que mi destino no ha sido innoble ni vulgar. Una gran pasión llena y ennoblece una existencia. El amor y el dolor elevan el alma, y Dios se revela a los mártires de todo culto puro y noble.

En este momento, Teresa, yo le veo grande en su misericordia y me arrojo confiado en su seno paternal. Los hombres le habían disfrazado a mis ojos, ahora yo le conozco, le veo, y le adoro. El acepta el culto solitario de mi alma... El sabe cuánto he amado y padecido; esas blancas estrellas, que velan sobre la tierra y oyen en el silencio de la noche los gemidos del corazón, le han dicho mis lamentos y mis votos. ¡El los ha escuchado! Yo muero sin haber mancillado mi vida ¡yo muero abrasado en el santo fuego del amor! No podré hacer valer delante de su trono eterno las virtudes de la paciencia y de la humildad, pero he poseído el valor, la franqueza y la sinceridad. Estas cualidades son buenas para la fuerza y la libertad, y en el esclavo han sido inútiles a los otros y peligrosas para él, pero han sido involuntarias.

Los hombres dirán que yo he sido infeliz por mi culpa; porque he soñado los bienes que no estaban en mi esfera, porque he querido mirar al sol, como el águila, no siendo sino un pájaro de la noche; y tendrán razón delante de su tribunal, pero no en el de mi conciencia: ella respondería:

Si el pájaro de la noche no tiene ojos bastante fuertes para soportar la luz del sol, tiene el instinto de su debilidad, y ningún impulso interior más fuerte que su voluntad le ha lanzado a la región a que no nació destinado. ¿Es culpa mía si Dios me ha dotado de un corazón y de un alma? ¿Si me ha concedido el amor de lo bello, el anhelo de lo justo, la ambición de lo grande? Y si ha sido su voluntad que yo sufriese esta terrible lucha entre mi naturaleza y mi destino, si me dió los ojos y las alas del águila para encerrarme en el oscuro albergue del ave de la noche ¿podrá pedirme cuenta de mis dolores? ¿podrá decirme: ¿Por qué no aniquilaste el alma que te di? ¿porqué no fuiste más fuerte que yo, y te hiciste otro y dejaste de ser lo que yo te hice?

Pero si no es Dios, Teresa, si son los hombres los que me han formado este destino, si ellos han cortado las alas que Dios concedió a mi alma, si ellos han levantado un muro de errores y preocupaciones entre mí y el destino que la providencia me había señalado, si ellos han hecho inútiles los dones de Dios, si ellos me han dicho: ¿Eres fuerte? pues sé débil ¿Eres altivo? pues sé humilde ¿Tienes sed de grandes virtudes? pues devora tu impotencia en la humillación ¿Tienes inmensas facultades de amar? pues sofócalas, porque no debes amar a ningún objeto bello y puro y digno de inspirarte amor. ¿Sientes la noble ambición de ser útil a tus semejantes y de emplear en el bien general y en tu gloria, las facultades que te oprimen? Pues dóblate bajo su peso y desconócelas, y resígnate a vivir inútil y despreciado, como la planta estéril o como el animal inmundo.... Sí, son los hombres los que me han impuesto este horrible destino, ellos son los que deben temer al presentarse delante de Dios; porque tienen que dar una cuenta terrible, porque han contraído una responsabilidad inmensa.

¿Saben ellos lo que puedo haber sido?... ¿Por qué han inventado estos asesinatos morales aquellos que castigan con severas penas al que quita a otro hombre la vida? ¿Por qué establecen grandezas y prerrogativas hereditarias? ¿Tienen ellos el poder de hacer hereditarias las virtudes y los talentos? Por qué se rechazará al hombre que sale de la oscuridad diciéndole: ¡Vuelve a la nada, hombre sin herencia, y consúmete en tu cieno, y si tienes las virtudes y los talentos que faltan a tus dueños, ahógales, porque te son inútiles!

¡Teresa! qué multitud de pensamientos me oprime... la muerte que hiela ya mis manos, aun no ha llegado a mi cabeza ni a mi corazón. Sin embargo, mis ojos se ofuscan..., paréceme que pasan fantasmas delante de mí. ¿No veis? Es ella, es Carlota, con su anillo nupcial y su corona de virgen... ¡Pero la sigue una tropa escuálida y odiosa!..., son el desengaño, el tedio, el arrepentimiento... y más atrás ese monstruo de voz sepulcral y cabeza de hierro... ¡lo irremediable! ¡Oh! ¡las mujeres! ¡Pobres y ciegas víctimas! Como los esclavos, ellas arrastran pacientemente su cadena y bajan la cabeza bajo el yugo de las leyes humanas. Sin otra guía que su corazón ignorante y crédulo, eligen un dueño para toda la vida. El esclavo al menos puede cambiar de amo, puede esperar que juntando oro comprará algún día su libertad; pero la mujer, cuando levanta sus manos enflaquecidas y su frente ultrajada, para pedir libertad, oye al monstruo de voz sepulcral que le grita: En la tumba. ¿No ois una voz, Teresa? Es la de los fuertes que dice a los débiles: Obediencia, humildad, resignación... esta es la virtud. ¡Oh! yo te compadezco, Carlota, yo te compadezco aunque tú gozas y yo expiro, aunque tú te adormeces en los brazos del placer y yo en los de la muerte. Tu destino es triste, pobre ángel, pero no te vuelvas nunca contra Dios, ni equivoques con sus santas leyes, las leyes de los hombres. Dios no cierra jamás las puertas al arrepentimiento. Dios no acepta los votos imposibles. Dios es el Dios de los débiles como de los fuertes, y jamás pide al hombre más de lo que le ha dado.

¡Oh, qué suplicio!... No es la muerte, no son vulgares celos los que me martirizan; sino el pensamiento, el presentimiento del destino de Carlota... ¡Verla profanada, a ella! ¡a Carlota, flor de una aurora que aun no había sido tocada sino por las auras del cielo...! ¡Y el remedio imposible!... ¡Lo imposible! ¡Qué palabra de hierro!... ¡Y estas son las leyes de los hombres, y Dios calla... y Dios las sufre! ¡Oh! adoremos sus juicios inescrutables... ¿Quién puede comprenderlos?... ¡Pero no, no siempre callarás, Dios de toda justicia! no siempre reinaréis en el mundo error, ignorancia y absurdas preocupaciones; vuestra decrepitud anuncia vuestra ruina. La palabra de salvación resonará por toda la extensión de la tierra, los viejos ídolos caerán de sus inmundos altares y el trono de la justicia se alzará brillante, sobre las ruinas de las viejas sociedades. Sí, una voz celestial me lo anuncia. En vano, me dice, en vano lucharán los viejos elementos del mundo moral contra el principio regenerador; en vano habrá en la terrible lucha días de oscuridad y horas de desaliento... el día de la verdad amanecerá claro y brillante. Dios hizo esperar a su pueblo cuarenta años la tierra prometida, y los que dudaron de ella fueron castigados con no pisarla jamás; pero sus hijos la vieron. Sí, el sol de la justicia no está lejos. La tierra le espera para rejuvenecer a su luz; los hombres llevarán un sello divino, y el ángel de la poesía radiará sus rayos sobre el nuevo reinado de la inteligencia.

¡Teresa! ¡Teresa! La luz que ha brillado a mis ojos los ha cegado... no veo ya las letras que formo... las visiones han desaparecido... la voz divina ha callado... una oscuridad profunda me rodea... un silencio... ¡no! lo interrumpe el estertor de un moribundo, y los gemidos que arranca la pesadilla de una vieja que duerme. Quiero verlos por última vez... ¡Pero yo no veo ya!... quiero abrazarlos... ¡Mis pies son de plomo!... ¡Oh! ¡la muerte! la muerte es una cosa fría y pesada como... ¿cómo qué? ¿con qué puede compararse la muerte?

¡Carlota!... acaso ahora mismo...; muera yo antes. ¡Dios mío!... mi alma vuela hacia ti... adiós, Teresa... la pluma cae de mi mano... ¡adiós!... yo he amado, yo he vivido... ya no vivo... pero aun amo.

Pocos días después de la muerte de la religiosa, Carlota cuya delicada salud declinaba visiblemente, manifestó a su marido el deseo de probar si la mejoraban los aires de Cubitas, reputados generalmente por muy saludables.

En efecto, a principios del mes siguiente dejó la ciudad, y acompañada únicamente de Belén y dos de sus más fieles esclavos, trasladóse a Cubitas, donde fué recibida por todos aquellos honrados labriegos con manifestaciones del mayor regocijo.

Su primer cuidado fué preguntar por la vieja Martina al mayoral de la estancia, pero con gran pesar supo que había muerto hacía seis meses.

--La buena vieja,--añadió el mayoral,--desde la muerte de Sab y de su último nieto, puede decirse que no vivía. Constantemente enferma, sólo se la veía salir todas las tardes, cerca del anochecer, amarilla y flaca como un cadáver, par ir a su paseo favorito seguida de su perro.

Carlota no tuvo necesidad de preguntar cuál era su paseo favorito, pues un labriego que se hallaba presente añadió inmediatamente:

--Es muy cierto lo que dice mi compadre; todas las noches cuando venía yo de mi estancia veía dos bultos, uno grande y otro más pequeño, a los dos lados de la cruz de madera que pusimos sobre la sepultura del pobre Sab, y donde también enterramos al nieto de Martina. Aquellos dos bultos no llamaban ya la atención de nadie; todos sabíamos que eran la vieja y el perro. Desde que murió la una, ya no vemos más que un bulto, pero ese está constantemente allí. De día y de noche se ve al pobre Leal tendido al pie de la cruz y sólo desampara su puesto alguna que otra vez, para venir a recibir de mi compadre algún hueso o piltrafa.

--Eso no es exactamente verdad,--repuso el mayoral,--que no pocas veces son buenas presas de vaca, y no piltrafas ni huesos, las que se engulle el tal animalito. Pero ¿quién ha de tener corazón para negarle un bocado a ese perro tan fiel, que pasa su vida al lado de los huesos de sus amos, y que además está ya viejo y ciego?

La señora de Otway despidió a los dos interlocutores dándoles pruebas de su generosidad, y manifestándose agradecida al mayoral de la que, según decía, había usado con el pobre animalillo que ya no tenía dueño.

Permaneció más de tres meses en Cubitas, pero su salud continuaba en tan mal estado y vivía en un retiro tan absoluto, que nadie volvió a verla en la aldea. Al principio hablábase mucho entre los estancieros de aquella rara dolencia de la señora de Otway, que nadie, ni aun su esclava favorita, acertaba a calificar; y se murmuraba la indiferencia de su marido que la dejaba sola en situación tan delicada. Pero bien pronto la atención de los pocos habitantes de la aldea fué llamada hacia otra parte y se dejó de pensar en Carlota.

Circulaba rápidamente la voz de un acontecimiento maravilloso, cual era que la vieja india, al cabo de medio año de estar enterrada, volvía todas las noches a su paseo habitual, y que se la veía arrodillarse junto a la cruz de madera que señalaba la sepultura de Sab, exactamente a la misma hora en que lo hacía mientras vivió y con el mismo perro por compañero. Este rumor encontró fácil acceso, pues siempre se había creído en Cubitas que Martina no era una criatura como las demás. Los más incrédulos quisieron observar aquella pretendida aparición, y el asombro fué grande y la certeza absoluta cuando éstos mismos confirmaron la verdad del hecho; sólo sí que adornado con la extraña circunstancia de que la vieja india al volver a la tierra, se había transformado de una manera singular, pues los que la habían sorprendido en su visita nocturna aseguraban que no era ya ni vieja, ni flaca, ni de color aceitunado, sino joven, blanca y hermosa cuanto podía conjeturarse, pues siempre tenía cubierto el rostro con una gasa.

El ruido de esta visión ocupaba exclusivamente las noches ociosas de los labriegos y nadie se acordó más de Carlota, hasta el día en que agravándose su dolencia, se vió precisada a volverse a Puerto Príncipe.

Por una coincidencia singular, aquel mismo día murió Leal y dejó de verse la visión. Los observadores de la visitadora nocturna, cuando fueron aquella vez, sólo encontraron el cadáver del fiel animalito, que por dictamen del mayoral fué sepultado junto a sus amos; honor debido justamente a su prodigiosa lealtad.

Desde entonces nadie ha vuelto sin duda a orar al pie de la tosca cruz de madera, único monumento erigido a la memoria de Sab; pero acaso se acuerde todavía algún sencillo labrador de la tierra roja, del tiempo en que una vieja y un perro venían a visitar aquella humilde sepultura, y de la visión misteriosa que posteriormente se dejó ver todas las noches, por espacio de tres meses, en el mismo lugar.

Desearíamos también dar noticias al lector de la hermosa y doliente Carlota, pero aunque hemos procurado indagar cuál es actualmente su suerte, no hemos podido saberlo. Verosímilmente su marido, cuyas riquezas se habían aumentado considerablemente en pocos años, muerto su padre, habrá creído conveniente establecerse en una ciudad marítima y de más consideración que Puerto Príncipe. Acaso Carlota, como lo había previsto Teresa, existirá actualmente en la populosa Londres. Pero, cualquiera que sea su destino y el país del mundo donde habite ¿habrá podido olvidar la hija de los trópicos, al esclavo que descansa en una humilde sepultura bajo aquel hermoso cielo?

_Fin de la novela._

NOTAS:

[1] Sólo el que haya estado en la isla de Cuba y oído estas canciones en boca de la gente del pueblo, puede formar idea del dejo inimitable y la gracia singular con que dan alma y atractivo a las ideas más triviales y al lenguaje menos escogido.

[2] El yarey es un arbusto mediano, de la familia de los guanos, de cuyas hojas largas y lustrosas se hacen en el país tejidos bastante finos para sombreros, cestos, etc.

[3] Ingenio es el nombre que se da a la máquina que sirve para demoler la caña, mas también se designan comunmente con este nombre las mismas fincas en que existen dichas máquinas.

[4] Zafra: el producto total de la molienda, que puede llamarse la cosecha de azúcar.

[5] Los esclavos de la Isla de Cuba dan a los blancos el tratamiento de su merced.

[6] Mayoral se llama al director o capataz que manda y preside el trabajo de los esclavos. Rarísima vez se confiere a otro esclavo semejante cargo: cuando acontece, lo repita éste como el mayor honor que puede dispensársele.

[7] El tratamiento de vos no ha sido abolido enteramente en Puerto Príncipe hasta hace muy pocos años. Usábase muy comunmente en vez de usted, y aun le empleaban algunas veces en sus conversaciones personas que se tuteaban. No tenía uso de inferior a superior y sólo lo permito a Sab por disculparle la exaltación con que hablaba en aquel momento que no daba lugar a la reflexión.

[8] Taranquela: Son unos maderos gruesos colocados a cierta distancia, con travesaños para impedir la salida del ganado, etc.

[9] Se da el nombre de estancias a las posesiones pequeñas de labranza, pero en Cubitas se llaman así particularmente los plantíos de yucas, raíz blanca y dura, de la que se hace una especie de pan llamado casabe. En cada una de estas estancias hay regularmente su choza en la que habita el mayoral, y estas chozas forman el caserío de las aldeas de Cubitas.

[10] Las cuevas de Cubitas son una obra admirable de la naturaleza, y dignas de ser visitadas. Más adelante hablaremos de ellas con alguna más extensión.

[11] El aura es un ave algo parecida al cuervo, pero más grande. Cuando amenaza la tempestad innumerables bandadas de estas aves pueblan el aire, y por lo bajo de su vuelo conocen los del país la densidad de la atmósfera.

[12] Bohío; choza o cabaña.