Santa Rogelia · Unidad 111 de 118

Unidad 111 · SANTA ROGELIA 289

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SANTA ROGELIA 289

—Señor Director, yo no puedo tomar ese dinero, por-

que no me pertenece. Nadie me debe nada. El Director la miró sorprendido.

—Pero desde el momento en que me ordenan te lo entregue...

—Es que yo no puedo, ni debo, ni quiero A regalos.

Hubo un silencio. El Director la miró largamente, pero sus ojos perdieron la dureza acostumbrada.

— ¿Entonces, qué ¿es que hagamos con este dinero?

—Que lo devuelva usted a la persona que se lo haya enviado.

—Es el Subsecretario de la Guerra.

—Pues al Subsecretario de la Guerra.

El Director seguía mirándola atentamente y sus ojos iban perdiendo cada vez más la fiera expresión que los caracterizaba.

—Está bien, joven—dijo al cabo con dulzura -, puesto que usted así lo desea lo devolveremos. Puede usted retirarse.

—Muchas gracias, señor Director, que usted lo pase bien.

Ballester la siguió con la mirada hasta que hubo traspuesto la puerta y en aquella mirada habia una mezcla de sorpresa y de simpatía. Los ordenanzas de la antesala se levantaron de sus asientos cual si fuese una señora y uno de ellos fué a abrirle la puerta. Estaban enterados sin duda del asunto que allí la traía.

Una vez en la calle Rogelia se detuvo llevándose el pañuelo a los ojos, de donde brotaban algunas lágrimas. No dudó que aquel dinero procedía de Vilches. ¡Qué trabajo le había costado reprimir su emoción delante del Director! Antes de entrar en su casa quiso serenarse:

domera la esperaba anhelante devorada por la curiosi

dad. No juzgó, sin embargo, conveniente enterarla y le dijo que el Director la había llamado para darle noticias

de su familia.

Después de almorzar, como era martes, uno de los días en que acostumbraba ir al primer recinto, hacia allá se dirigió más triste y preocupada que otras veces. Al acercarse al grupo de los trabajadores, el tio Zenón, según su costumbre, le salió al encuentro. Pero observó, no sin sorpresa, que los penados, que generalmente no : hacian caso de ella, esta vez suspendieron el trabajo e iniciaron un movimiento de aproximación mirándola

con ojos de curiosidad.

—Ya sabemos que eres rica, Rogelia —le dijo el cabo

con ostensible alegría.

—¿Qué es lo que usted sabe, tío Zenón?—replicó Rogelia separándose de él para acercarse a Máximo que venía hacia ella sonriente, almibarado.

—¿Con que has recibido dos mil pesetas?—le pregun- pe

tó, relamiéndose como un gato que viera una sardina. —¿Cómo sabes tú eso? —Todo el mundo lo sabe aquí.

—Pues todo el mundo está equivocado. Es cierto que |

me han girado ese dinero, pero es igualmente cierto que lo he devuelto sin tocarlo.

—¿Que lo has devuelto?—exclamó el minero; y su voz salió ronca como el bramido de una liera.

—Sí, lo he devuelto—replicó ella con orgulana firmeza, mirándole a la cara.

Por los ojos del presidiario cruzó un relámpago si-

niestro, brillaron como los de un tigre y dando un salto

cayó sobre Rogelia volcándola del primer golpe que le asestó en la cabeza. Antes que el tío Zenón pudiera

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