Santa Rogelia · Unidad 43 de 118
Unidad 43 · SANTA ROGELIA 115
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SANTA ROGELIA 115
- —¿Es que te maltrata?
—No me maltrata de obra, porque aunque a usted le parezca raro, me tiene miedo, pero me insulta todos los días con las palabras más sucias, más asquerosas...
—No es bastante eso para quitarle la honra; pero aunque lo fuese, jamás ni bajo ningún pretexto una mujer casada tiene derecho a faltar a sus deberes, porque estos deberes los ha impuesto la voluntad divina y a, Dios tiene que dar cuenta de su conducta, aunque al marido no quiera dársela. Nuestro Señor Jesucristo ha hecho indisoluble el vínculo conyugal. Ante el altar y recibiendo su sagrado cuerpo has jurado fidelidad a tu esposo. Si faltas a ella caes en pecado mortal y mereces el infierno. No sólo la religión cristiana condena como uno de los pecados más graves el adulterio sino que la misma sociedad civil lo considera como un delito y está castigado por el Código. Que tu marido sea malo no es razón para que tú lo seas. Él dará cuenta a Dios de sus pecados cuando le llegue la hora, pero tú también tendrás que dársela de los tuyos... ;
—Todo eso está muy bien, señor cura, pero yo no le digo mas que una cosa, y es que le aborrezco..., ¡sí, le _aborrezco!
El párroco quedó un momento pensativo. Al fin, volviendo hacia ella el rostro y mirándola fijamente a los ojos le preguntó con marcada decisión:
—¿Es que le aborreces porque te parece aborrecible, O porque ya quieres a otro?
Una ola de rubor subió a las mejillas de la joven. Quedó turbada y balbució:
—No lo sé. Lo único que sé con certeza es que le aborrezco.
—A ti, Rogelia, nada ni nadie te ha forzado a contraer matrimonio. Cuando lo hiciste eras perfectamente libre.
bías bien lo que era y lo has aceptado como E :
OA de largo Meno al que es hor cal De
tanto no puedes llamarte a engaño. Debes saber a que así como los buenos se vuelven malos, tambi malos pueden hacerse buenos. Con dulzura, con r nación, con buenas palabras, acaso logres cambi: conducta de tu marido. Muchos casos se han visto este modo no sólo salvarás tu alma sino también 1 él. ¡Qué mayor alegría, hija de mi corazón, que pre tarte ante el Supremo Juez con la conciencia pura y lle vando contigo otra alma a quien has arrancado de lfierno! A
fuerzas porque le a ¿sabe usted?, le o (6 —¡Horrible palabra! Es la' única que pronuncian OS diablos en el infierno. da Una cólera loca pasó por la faz enrojecida de Roge | Hizo un gesto terrible y gritó más que dijo: ¿eN AU —Pues aunque vaya al infierno, digo y seguiré diciendo que le odio, ¡que le odio más que a los mismos diablos! El pobre cura se marchó aterrado. 28
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L doctor Vilches y Rogelia caminaban al borde de un abismo. El doctor no lo sabía: Rogelia lo sabía, pero no le importaba. La noticia de sus rela-
ciones había corrido como una chispa, tanto por Sama como por la Felguera: se daba por hecho y consumado lo que aún no lo era, aunque llevaba buen camino de llegar pronto. Los hombres lo hallaban natural, sabroso y hasta legítimo. Las mujeres, salvo aquellas doncellas remilgadas que se empeñaban aún en atrapar al joven médico, aunque no tan resueltamente, disculpaban a Rogelia. ¡Aquel marido era tan bruto y tan malo!
El día siguiente de la conversación entre el viejo párroco y Rogelia era domingo, y aquél, en la corta y mal pergeñada plática que solía decir en el ofertorio de la “misa, habló del sacramento del matrimonio, de los sagrados deberes que contraen los cónyuges y de las penas eternas con que están amenazados si faltan a ellos. Rogelia se hizo cargo de la alusión y salió de la iglesia muy desabrida.
En la tarde de aquel domingo la taberna de Fructuoso hervía de gente. Como siempre la mayoría estaba compuesta de mineros que de pie casi todos se apretaban para alcanzar los vasos que les alargaba Asunción, la hija del tabernero, situada detrás del mostrador. Las pocas y mugrientas mesas que había se hallaban ocu-
brica. En una de ellas estaba Ecequiel, el herme infeliz Perico, preso en Laviana, con dos amigos. del mostrador, de pie y rodeado como siempre de 1S cobardes aduladores, estaba Máximo gritando, brayeando, blasfemando según su costumbre. Sin embargo, : ( abstenía de mirar hacia la mesa donde se hallaba Ecequiel, mientras éste no separaba de él los ojos. Con el fino instinto que suelen tener los bravucones para saber . inmediatamente con quién tienen que habérselas, había comprendido que la partida sería decisiva si se empeña-. e ba con este muchacho. Era preciso morir o matar. Por eso no le miraba jamás a la cara: aparentaba no cono ' cerle. 0 En este momento se ocupaba en dar vaya a la hija del É a tabernero, que la estaba recibiendo de malísimo talas y
se hallase, o de buscar « quimera o de e de alguien: :n necesitaba siempre una victima. Pero Asunción no te- : nía vocación para ello: era una chica viva, arriscada,
bía vuelto también ruda y grosera. No le asustaban la: blastemias ni las palabras obscenas: sabía responder el
Porque según corría la voz, en otro tiempo el hidalg seductor había puesto los ojos en las formas opulenta de la joven tabernera y había tratado de apropiársel S ¿Se las apropió? Existian opiniones diversas en Sama. De todos modos la hija del tabernero quedó marcada y con el sello que aquel sátiro dejaba sobre la frente de sus ninfas. Por esta o por otras razones Asunción habí: llegado a los treinta años sin contraer el sagrado vínculo matrimonial. Ahora se decia que un contramaestre de