Santa Rogelia · Unidad 87 de 118
Unidad 87 · 230 ARMANDO PALACIO VALDÉS
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230 ARMANDO PALACIO VALDÉS
—¡Qué bonito!
Don Heliodoro la miró con infinita compasión, y cal-
culando que nunca podría hacerse comprender de aquella inteligencia ruda y primitiva dejó de hablar y siguieron 'en silencio su camino. Pronto llegaron a la casa del comandante Manso. Era una de las mejores de la calle y de tipo andaluz, esto es, de planta baja solamente, con grandes ventanas a la calle y cancela también enrejada por donde se veía un patio entoldado y
amueblado con elegancia. Al penetrar en el portal oye-
ron los sones de un piano, y don Heliodoro, parándose + y clavando sus ojos redondos y admirados en su compa- - fñiera, profirió con entonación triunfal:
—¿Lo ves, chica? ¡Has entrado en el templo del artel
El templo no era gótico. Lo que se oía en el piano era una polca que los organillos de Madrid tocaban a la sazón en los merenderos. Tiró don Heliodoro del cordón de la campanilla y salió a abrirles una criada fea y trajeada con repugnante desaliño.
—Vicenta, ¿está doña Eloisa?
—¿Pues qué va a hacer? —respondió la doméstica mirando al escribano de un modo que nada tenía de respetuoso. :
—Pues aquí viene conmigo la doncella de la cual le he hablado.
La criada fijó sus ojos en Rogelia con seriedad hostil y dijo:
—Pasen ustedes.
El patio se hallaba adornado con plantas y flores, -
como casi todos en Andalucía. El piano en un rincón vestido con rico mantón de Manila, el suelo tapizado con algunas vistosas alfombritas: sillas y mecedoras esparcidas por su ámbito, que no era muy dilatado.
Al piano, tocando la famosa polca, se hallaba una jo-
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ven de tan extremada delgadez que parecía un cirio
pascual fijado sobre el taburete. Al penetrar en la estancia don Heliodoro y su acompañante cesó la polca y la joven se volvió hacia ellos. No era fea ni tampoco hermosa; las facciones regulares, los ojos tristes y rodeados de una pronunciada y azulada ojera que le daba ua to enfermizo.
Don Heliodoro hizo varias genuflexiones en su honor a las cuales la joven no se dignó responder, mirándole a él y a Rogelia con desdeñosa indiferencia.
—¿Su mamá?
La joven hizo un mudo signo con los ojos señalando a un rincón donde una dama vestida con blanca bata de muselina, sentada en una mecedora, leía con un libro en la mano. Esta dama, evidentemente añosa, pero en lucha desigual con el tiempo lo tenía todo pintado, como pronto observó Rogelia; los cabellos, los labios, las mejillas, los ojos. En torno de éstos la interesante Ojera que caracterizaba a su hija. Levantó la vista al sentir los pasos del escribano y la convirtió inmediatamente al libro como si nada hubiera visto.
Don Heliodoro con el sombrero en la mano esperó; pero viendo que ni ella ni su hija, que se había vuelto
. para tocar el piano, daban señales de vida se atrevió a
decir:
—Doña Eloísa, aquí le traigo la doncella de que hemos hablado.
La dama levantó de nuevo la cabeza, les miró un instante con ojos distraidos y volviéndose hacia su hija:
—Es una preciosidad, es una divinidad, es sugestiva y emocionante sobre toda ponderación esta novela que estoy leyendo. La niña récogida por caridad en casa de los duques logra atraer las miradas del principe Roberto, prometido de la condesita, que es una chica hermosa
pero de un orgullo satánico. La boda se deshace y el príncipe se casa con la pobrecita desvalida y la hace princesa. Me encantan las novelas en que hay una huer- ji fanita que al fin logra casarse con un duque o con un principe. | ( 0%
—Pues a mí, mamá—respondió la joven del piano—,
las novelas que me seducen son aquellas que pasan en
las casas de campo, en esos chateaux magníficos rodea-
dos de un extenso parque donde habitan las grandes familias por el verano y que reciben numerosos huéspe- re '
des de la nobleza. ¡Oh, la vida de los chateaux es bien interesante! Allí nacen y se desarrollan las pasiones más elevadas y aristocráticas, verdaderamente distinguidas. Últimamente he leído la novela que me prestó la señora del coronel donde hay una joven de la aristocracia, hija delos barones de Ledoyen, que se enamora de su padrastro. La baronesa, su mamá, se había casado en segundas nupcias con un hombre guapisimo, el conde de Maldant. Julia se enamora perdidamente de él. ¡Figúrate sus sufrimientos! De un lado el cariño de su madre, el respeto que la debe, y por otro su pasión ardiente, frenética, que la impulsa a declararse a su padrastro. Por fin, no pudiendo soportar tanto dolor, se suicida arrojándose al lago que hay en el parque de su casa. ¡Oh, estos suicidios en el lago tienen para mí un atractivo indeciblel
—Todo eso es blando, afeminado, dulzón, pasiones de bombonera —dijo una voz que salía de uno de los rincones del patio. Rogelia, sorprendida, pues no había visto hasta entonces en el patio mas que a las dos damas, volvió la cabeza y percibió a un joven sentado detrás de una de las pilastras con un tablero sobre las ro-. dillas y dibujando. Al pronunciar estas palabras el joven soltó el lápiz, dejó el tablero arrimado a la pared y
J “a 4 . . . . . - avanzó hasta el centro dirigiendo una mirada de curio-