Santander · Unidad 128 de 158

Unidad 128 · REYNANDO . CARLOS . IV SE . HIZO . A . COSTA . DEL . ARBIT.'^ - LMPUESTO . SOBRE LOS . PUEBL°^ DE .

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REYNANDO . CARLOS . IV SE . HIZO . A . COSTA . DEL . ARBIT.'^ - LMPUESTO . SOBRE LOS . PUEBL°^ DE . EL . BASTON . DE . LAREDO.

La de la izquierda dice:

A SOLICITUD DE ESTA . M . N . Y . M . L . VILLA POR EL . ARQUITECTO . BUSTAM.TE AÑO . I 799

(i) Escalante (D. AMÓs),Op. cit. pág. 597.

Camino de Liébana. — Unquera. — El Deva. — Los Picos de Europa. — El balneario y gargantas de la Hermida. — Lebeña. — La iglesia de Santa María. — Su importancia.

ERMOSA debe ser, por cierto, la perspectiva que San Vicente de la Barquera ofrece desde los altos que dominan la población antes de cruzar el largo y tendido puente de La Maza^ cuando los escritores montañeses la ponderan tanto, y no paran mientes y ponen en olvido el magnífico golpe de vista que presenta, — luego de trasponer el puente construido el año de 1 799 por el arquitecto Bustamante bajo los auspicios de

Carlos IV, — al subir la risueña cuesta con que se inaugura la carretera de segundo orden que á las Arriondas é Infiesto, en la provincia ovetense, conduce desde la estación de Tórrelavega. No es sólo el espectáculo, placentero y alegre, con que brindan desde allí los dos tranquilos y espaciosos esteros al rodear amorosos el peñasco de San Vicente, reproduciendo de todos lados sus contornos en el cristal rizado y movedizo ; no es tampoco, y allá á la espalda, en lontananza, el de la línea obscura, sombría é imponente del Cantábrico mar, cuyas aguas turbulentas sostienen en la barra constante y reñida pelea con las de la ancha y abierta ría, y levantan al choque olas amenazantes y amontonadas, las cuales, agitadas y continuas, semejan blanca cinta de bullidora espuma que se destaca vagamente sobre el fondo del horizonte á modo de guarnición de encaje ; no es tampoco el de la serie de colinas que van gradualmente accidentándose y creciendo, cubiertas de verdura, hasta perderse en las débiles tintas del espacio, — sino el pintoresco en alto grado, con que por aquella parte se aparece la antigua villa marítima, alzada á un lado la torreada y graciosa mole de su iglesia de Ntiest7'a Señora de los Angeles en la cima de la peña, cual suprema oración fervorosa dirigida á los cielos ; á otro, los despedazados rojizos murallones de la fortaleza desmantelada, y entre el verde y húmedo y jugoso tapiz que viste las laderas del peñasco, los dormidos y tostados restos del que fué barrio un tiempo de los judíos, muros en pie, por maravilla de la estática, ruinas de fábricas militares y de edificios más humildes, todo coronado de espléndida vegetación parásita, todo envuelto en el follaje exuberante de las plantas trepadoras, como funeral corona conmemorativa, colocada á la cabeza de una tumba !

Quietud, soledad, silencio no turbado sino por el lejano mugir del oleaje : ruinas descompuestas, y deformes residuos de lo que fué morada humana ; grandezas desaparecidas, prodigios esterilizados de perseverancia y de esfuerzo ; memorias borradas; la muerte, en fin, de una población, y sobre ella y acompañán-

dola triunfante, — la naturaleza, que recobra sus fueros, que lo invade todo, que trepa por los altos muros, que roe los cimientos de lo que aún subsiste, ocultándose mañosa entre la guirnalda de verdura con que los ciñe, los acosa, los estrecha, y los dislacera y al postre los arruina desplomándolos, y los desmenuza insaciable, ocultándolos después avara, para que con ellos desaparezcan también sus secretos de otros días! Tal es el cuadro, extremadamente poético, lleno de saudades y de encantos, que contemplarán, lector, tus ojos, al trepar por aquella cuesta penosa que sube el ganado despaciosamente, dando tiempo á que grabes en la memoria los menores accidentes del paisaje, el cual, á manera de visión medrosa ó de ensueño doloroso, va huyendo lentamente, y va poco á poco desvaneciéndose, reemplazado por otro, más accidentado y de carácter distinto, en el que se descubre amplios horizontes, y en el que se ostenta vigorosa y como señora y dueño invencible la naturaleza, ni sometida ni domada por el hombre.

Así, por espacio de cerca de nueve kilómetros, va desenvolviéndose con varios accidentes la carretera por aquel quebrado terreno ; ora descendiendo pendientes las laderas de las colinas, ora trepando por ellas sin descanso, rodeando estrechos valles, penetrando por angostas cañadas, girando á la una y á la otra parte, hasta Pesués ; y no de otro modo llega á Unquera, donde, sin preparación casi, presenta de golpe deslumbrador panorama, hermoso, á la manera que lo son todos los de esta región montañosa de la Cantabria, en la cual, cada uno de ellos parece superior en belleza al que ha desaparecido, y bien que ofrezcan todos también las analogías íntimas que constituyen su carácter distintivo, diferentes entre sí en fisonomía y en circunstancias, sin embargo. Anchuroso, profundo, como brazo de mar aprisionado; tranquilo, sosegado, imponente por lo mismo, y semejante á límpido inmenso cristal risueño, en que se mira ufano y con deleite el engalanado paisaje, — el Deva, orgulloso de sí propio, se extiende y se dilata al uno y otro lado,

y se recrea en copiar sobre su superficie reposada la inmensa bóveda de los cielos, el puente que le cruza, los edificios levantados en sus orillas, las ondulaciones y protuberancias de los montes que le trazan el camino y le acompañan como amigos leales, la vegetación poderosa y fresca allí crecida, hasta los menores y más insignificantes detalles del cuadro en el que aparece como protagonista, ostentando sus aguas silenciosas; bordando sus márgenes de verde y lozana hierba ; levantando sobre sus espaldas cristalinas el negro y chato casco de algunas embarcaciones menores ; jugueteando acompasada y lentamente con ellas y las lanchas que le surcan ; deteniéndose, en fin, allí para descansar perezoso al sol, y desquitarse soñoliento de las fatigas pasadas, con el propósito de llegar repuesto, acaudalado y poderoso á celebrar después sus bodas con el mar, que le espera impaciente y conmovido.

No porque se trate de un río que se encamina ya á su desembocadura en Tinamayor, creas, lector, por modo alguno, que el espectáculo es vulgar, y semejante en consecuencia á cuantos hasta aquí has contemplado con nosotros en esta tierra, fecunda en panoramas: de tal suerte, dentro de su unidad típica, son los de la Montaña varios, que ni el de la ría de Santander, ni el de la de Colindres, ni el de la de Oriñón, ni el de la Requejada, con ser tan bellos y tan accidentados y deliciosos, tienen parecido con éste que en Unquera presencias y no habrán de hartarse de admirar tus ojos; pero para cuya descripción sería preciso disponer juntamente, de la galana pluma de Pereda y de la de Escalante, y de los pinceles y colores de Casimiro Sainz y de Polanco. Renuncia pues á la esperanza de que intentemos siquiera tal pintura, pues sobre carecer de arte para ello, no acertaríamos ni con sus líneas, ni con sus tonos, ni con su vida, ni con su ambiente natural y propio, en fin; y bajo el peso doloroso de la impotencia, que confesamos, — luego de haber cruzado el puente que pone en comunicación ambas orillas y da paso á la carretera para Oviedo, de haber cambiado de coche, y de volver

á cruzar el puente segunda vez, — continuemos el viaje por la derecha del río y contra su corriente, para gozar con nuevos paisajes, no por pueril vana jactancia montañesa, sino á juicio de personas conocedoras y entendidas, superiores en mucho á los tan ponderados de Suiza, paisajes que habrán de producir en tu ánimo efecto maravilloso y sorprendente, é impresión tan profunda, como para que jamás se borren de tu memoria.

La carretera, que es la de tercer orden de Falencia á Tinamayor, á través de la Liébana, — marcha siguiendo siempre en sus giros y contorsiones caprichosos el cauce del Deva, y así, en oscilaciones y movimientos varios, se desenvuelve por los límites de la provincia, penetrando en ocasiones por el territorio jurisdiccional de la de Oviedo. Alegre y pintoresco, flanqueado á trechos por montañas de poca altura, descubriendo á las veces tendidas vegas de lozanas mieses, huertos y verdes prados, que se dilatan y trepan á modo de tapiz por las eminencias, y aldeas y caseríos desparramados en las laderas y en las cumbres, — el paisaje es bello y seductor hasta Panes, pequeño pueblo de las Asturias de Oviedo; pero allí, de pronto, y sin transición sensible, cambia de aspecto para presentarse verdaderamente majestuoso, como si desde tal paraje hubiera querido la naturaleza alardear de sus fuerzas prodigiosas, y anonadar al hombre bajo lo sublime de su grandeza incomparable. Moles inmensas, deformes, gigantescas, de dura roca, pelada y blanquecina, tallada en mil diferentes maneras por la mano del tiempo, de las aguas, de los agentes atmosféricos, trabajadores incansables los tres de no soñadas maravillas, — surgen repentinamente á ambos lados del río, encajonándole, oprimiéndole, incitando su furia, y cual dispuestos á detenerle en su carrera.

Mientras amontonadas las unas sobre las otras en varios cuerpos y proyecciones distintas, encadenadas entre sí sólidamente y sin solución de continuidad, semejando ser una sola masa, — levantan bizarras sus crestas caprichosas, envolviéndolas como en un velo en los girones de las blancas nubes que

desgarran, — extienden sus brazos por debajo del río á modo de tentáculos, se estrechan con ellos, hacen saltar las aguas turbulentas del Deva, le agitan, le conmueven, desconciertan su lecho, casi le borran y le ciegan obstruyéndole; pero el río no se detiene por eso: lucha con las rocas, las arrastra, las vence, las domina, salta por cima de ellas cuando no puede arrojarlas lejos de sí, se filtra por entre los resquicios, se lanza desde la elevación con que procuran contener sus ímpetus, y deshaciéndose en espumas, lanza bramidos espantables de cólera, que reproducen en sus concavidades las mismas montañas, y prosigue su camino, procurando burlar á sus opresoras y enemigas, que son al propio tiempo tributarias suyas, pues le alimentan con las aguas que vierten las empinadas cumbres. Unida al movido cauce del Deva, siguiéndole pertinaz en sus oscilaciones y vaivenes, pasando por medio de sólidos puentes de una á otra de las márgenes del río, si así puede decirse en rigor de justicia pues no las tiene, — la carretera, sin subidas ni bajadas perceptibles, es allí verdaderamente, por más que el símil sea vulgar y esté manoseado, semejante á disforme culebra, que parece dormir al arrullo sonoroso del Deva, y á lo largo de las rocas enormes que le comprimen sobre su lecho de peñascos.

Abierta á fijerza de barrenos, discurre por tales angosturas impertérrita; perpendiculares y como tajadas, encima de ella y del río se alzan las gigantescas masas de piedra, inconmensurables, continuas, escalando la altura, entenebreciendo sombríamente el camino, solitario é imponente, y sorprendiendo por su elevación y por su aspecto. A veces, las puntas de las rocas dibujan sobre el celaje caprichos incomprensibles, pero bellos: ora son altas cuadradas ó panzudas torres desmochadas, á modo de fortalezas erigidas en edad remota, y derruidas en parte por los siglos; ora esbeltas agujas ojivales, ornadas de trepados, sin orden ni concierto; ora simulan chapiteles agudos, monstruosas puntas de flecha, propias de las soñadas generaciones de titanes; ya espaciándose algún tanto, mesetas que parecen manteles, al

lado de edificios imposibles y fantásticos; ya son perfectos arcos de medio punto, que perforan con negras tintas y á respetable altura la rocosa montaña, y ofrecen la apariencia de misteriosa poterna, por donde silenciosa vena de agua que fluye incesante de las recónditas entrañas del peñasco, se desliza reposada de quiebra en quiebra, de saliente en saliente, fecundando á su paso la tierra vegetal depositada allí por los turbiones y los vendavales, y prendiendo húmedo tapiz de musgo de las protuberancias y facetas de la piedra. Ni falta tampoco en aquel sublime concierto de masas y de fuerzas, promontorio que se asemeje á grandiosa catedral, con sus dos prominentes chapiteles á los lados, su ábside, sus impostas, sus cresterías, sus botareles y arbotantes, y todos los miembros y detalles que la imaginación cree ver, si no ve de cierto, en las escarificaciones de la roca; pero todo ya con la pátina de la vejez, todo desgastado, acusando mortal abandono, en medio de aquella soledad espantable turbada únicamente por el graznido del águila que cruza por la garganta agitando sus negras alas en el espacio, y los bramidos con que el Deva proclama su triunfo violento sobre el hacinamiento de rocas que le impide el camino.

Puede con verdad la fantasía fingir cuantas maravillas quiera, cuantos sueños y quimeras pretenda: que por sobrenaturales y por absurdos que sean, á las veces, — no por ello podrán nunca llegar á reproducir todo lo que fingen á la media luz que se filtra por la hendidura labrada entre los montes por el río, aquellas inconmovibles masas de piedra allí enhiestas y perennes desde la creación del mundo, familiares para las fieras, y familiares también en momentos solemnes para los montañeses: testigo han sido de las aflicciones de Cantabria, y de sus triunfos á la par, y cuántas veces, desde la edad primitiva y anterior á las Cuevas de Altamira y de Revilla en Camargo, cuántas veces el eco allí dormido, ha reproducido al despertar sobresaltado los gritos estentóreos de combate de los cántabros contra las legiones de Augusto, de los cóncanos contra los suevos y los ala-

nos; de los cristianos contra los muslimes, de los partidarios de Garci Fernández Manrique contra los de doña Leonor de la Vega y don Iñigo López de Mendoza, el primer marqués de Santillana, y por venir á tiempos más cercanos, de los españoles, sin distinción de apelativo, contra los batallones de Napoleón el Grande en la magnífica epopeya de la Independencia!

Ya habrás comprendido, lector, que nos hallamos en medio de la poderosa cordillera denominada Picos ó Peñas de Europa^ en el distrito de la Liébana; aquellas alturas encumbradas que columbra la vista desde Comillas, y forman el fondo del paisaje, y que aun ponderadas una y otra vez, como lo han sido, exceden á su fama, — constituyen «entre las cuatro provincias limítrofes de León, Falencia, Oviedo y Santander, como un núcleo de su formación geológica, como robusto hito central del que parten y se derivan sus cuencas, valles y cordilleras..., cuyo perímetro mide muchas leguas, cuyos laberintos y senos nadie conoce [á pesar de todo], cuyas cimas culminantes suben casi hasta diez mil pies sobre el mar, á corta distancia de sus riberas.» No sin razón el espíritu ponderativo de los escritores montañeses la reputa «visión sublime del país cántabro, que comparte con el mar aquella grandeza de sus horizontes», declarando al propio tiempo «que abruma el ánimo pero ensancha el corazón, que seca las frases en la garganta, entumece y ataja la más suelta y galana pluma, y á par causa dentro del pecho... intenso sentimiento partícipe del placer y del agradecimiento. » «Visión augusta que se deja admirar, mas no se deja definir; que toma tanto del alma y le da al alma tanto, que no la deja libertad para entrar en sí, dominarse y encerrarla artificiosamente en el limitado campo del concepto y de la idea» (i).

«Desde los más lejanos valles de aquellas provincias» mencionadas y limítrofes, «como desde los páramos de Campóo, se descubre el coloso, magnífico siempre, ya fulgurando á Medio-

(i) Escalante, Op. cit., págs. 628 y 629.

día con el vivo centelleo de sus nieves eternas, ya recortando sobre los rojos celajes del Ocaso el contorno fantástico de sus excelsas cumbres», cuando no envuelto á la mañana en azulada niebla que oculta sus movimientos, ó velado sombríamente por las nubes que le desvanecen. Conforme la carretera avanza por aquella profunda cortadura que invade tumultuoso el Deva, — el paisaje va adquiriendo gradualmente fisonomía más determinada y agreste, bien que no menos adusta, y comienzan las gigantes moles á presentarse «embellecidas por multitud de corpulentos árboles de varias clases, que salen de entre las grietas de las peñas, donde parece imposible que las raíces hallen ningún jugo térreo, y donde, sin embargo, extienden sus fuertes y verdes ramas el laurel y el tilo, la encina y el enebro, el castaño y el nogal, el abedul y el avellano, el haya y el roble, á la vez que el terebinto y la madreselva, el álamo y la alisa y otras innumerables especies de árboles y arbustos, que parecen haberse reunido allí en espléndido conjunto para engalanar las ricas maravillas de aquellas rocas metalúrgicas.»

«A trechos, — dice el escritor lebaniego que describe el panorama, y de quien son las palabras anteriores, — entre las puntas de las rocas, se ven pequeñas mesetas cubiertas de verdura, y en las cuales pacen atrevidas cabras, asustadizos rebezos y vigilantes corzos, que saltan de una á otra peña, de uno á otro arbusto, por espantosos precipicios y por riscos puntiagudos, con increíble agilidad ; parándose á veces á escuchar atentos el ruido que producen las poderosas y anchas alas del águila, al pasar desde una cumbre á otra, llevando acaso á sus hijuelos el recental, que en la meseta más alta robó al descuidado pastor. » «Tal vez esas mismas cabras, esos mismos rebezos, esos mismos corzos, saltando de un punto á otro, mueven alguna piedra, que, precipitándose veloz, impulsa otras mayores; y éstas, chocando con otras, las desprenden de su asiento y las arrojan con fragor terrible y dando saltos espantosos hasta lo profundo del abismo, en que están la carretera y el río, donde quedan para

terror del viajero, que á su paso cree que van á desprenderse otros peñascos y aplastarle».