Santander · Unidad 31 de 158
Unidad de lectura 31
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(1) «Su embarque, — dice Dozy,—hubo''de verificarse en la provincia de Sidonia; y como las naves destinadas á transportarlos se hallaban en el río de Barbate, los musulmanes llaman á estos años desastrosos los años de Barbaten (Op. et loco citatos).
(2) «En la hora que Favila ciñe la corona,— escribe el Sr. Fernández-Guerra, — año 737, y con su mujer Froiliuba y por ensalmo levanta junto á Cangas de Onís un adoratorio á la santísima Cruz, — vino á gozarse el monje poeta que dictó la inscripción conmemorativa, recordando cómo allí mismo, tres siglos antes, el obispo Ástemo había consagrado altares á Cristo, en aquel revuelto día del año 262, cuando treinta ambiciosos capitanes sublevaron los ejércitos de Roma contra Galieno en todo el orbe de la tierra.» «He aquí el epígrafe que nadie hasta ahora había logrado satisfactoriamente leer ni traducir ; ni menos adivinar siquiera, en los versos de mayor interés para nuestra historia»... «Dice así :
(iresurgü ex preceptts divinis hec macina sacra opere exiguo comtum fidelibiis volts prespicue clareat oc tempium oblulibus sacris demonstrans figuraliler signaculum alme crucis 5 sit xpo placens ec aula sub crucis tropheo sacrata quam famulus fafeila sic condidit fide promta cum froiliuba coniuge ac suorum prolium pignera nata quibus xpe luis niimeribus pro hoc sil gratia plena ac posl uius vile decursum preveniat misericordia larga 10 hic vate astemo sacrata sunt altaría Cristo diei revoluti temporis anis ccc seculi eiate porrecta per hordenem sexta
cúrrente era septingentésima septagesima quin
ta que.^->
Álzase de nuevo por precepto divino este monumento sagrado. Aun cuando humilde la obra, rico el templo con votos de ardentísima fe, resplandezca en viva claridad á las piadosas miradas manifestando simbólicamente la señal de la Santa Cruz. 5 Sea grato al Redentor del mundo este santuario consagrado bajo el trofeo de
[la Cruz vencedora.
Con fe pronta lo erigió el siervo Fafeila,
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electiva la corona, y diciéndose godos los reyes, no la heredaron los hijos de» este príncipe, sino su cuñado «don Alfonso I, el Católico^ varón digno de la mayor alabanza», en quien por tal camino hallaban representación los intereses hasta allí contrapuestos, bien que no llegados á discordia por fortuna, del menguado reino de Pelayo y del ducado de Cantabria (i), que debió Alfonso heredar de su padre, en época no determinada ni por la historia ni por los documentos.
No se le ocultaba por cierto al sucesor del desventurado Favila, la disposición en que se hallaban los berberiscos en aquellas regiones del Norte de nuestra España, respecto de los árabes ; y sin sospechar siquiera que la inmortal empresa de la Reconquista tenía otro fin diverso que el de la restauración de la monarquía visigoda, desaparecida para siempre en las aguas del Lago de la Janda, — ganoso de recuperar toda aquella parte del antiguo ducado en que los africanos permanecían, uniéndolo á la zona ocupada por Pelayo y su menguada hueste, — congregados ya bajo una bandera los vardulos caristos, los autrígones y los antiguos cántabros, acomete animoso y decidido á los bereberes, apodérase no sin lucha en 741 de la patricia Amaya, que queda desde entonces destruida (2), y reduce á esclavitud no escaso número de enemigos, diseminados por los caseríos y los valles de la Montaña. Bien que no sea dable en aquellos momen-
juntamente con su mujer Froiliuba y con todos sus hijos
(por lo cual, oh divino Cristo, según tu liberalidad inagolable concédeles ple-
[ na gracia,
y en su muerte misericordia abundante), 10 aquí, en el mismo lugar ^ donde el obispo Astemo consagró altares á Cristo, en los revueltos días de la centuria trigentésima,— adelantada ya la sexta edad del mundo, según el orden de los tiempos, corriendo la era española de 775 ; de nuestra redención, 737.»
{El Libro de Santoña, págs. 41 y 108)
( 1 ) Alcanzaban sus dominios desde las fronteras orientales de los astures transmontanos hasta las de Francia (Risco, España Sagrada, t. XXXII, págs. 74 á 80) y no había sido totalmente sometido por los musulmanes.
(2) Fernández-Guerra., El Lidro de Santoña, pág. 40.
tos todavía suponerle descendiendo «como rayo exterminador hasta la misma desembocadura del Duero, y hasta las cumbres de Guadarrama», — no cesa de molestar y hacer intolerable sin embargo, la permanencia allí de los berberiscos; y cuando, en 750, ante el ejemplo de sus hermanos de África, y las predicaciones religiosas de sus emisarios, cual mina largo tiempo preparada, estalla la revolución en Galicia contra los árabes, y marchan aquellos á las comarcas del mediodía, y emigran luego al otro lado del Estrecho, — aprovechando los galáicos el abandono en que les dejan sus dominadores, convencidos de que no han de volver, y de que todavía han de tardar los árabes y los siriacos vencedores en llegar hasta sus montañas, — apellidando libertad é independencia y desquitándose del silencio que hasta entonces habían guardado, levántanse en masa contra sus opresores, y se apresuran á reconocer como su rey á don Alfonso.
No de otra suerte, con verdad, según demuestran recientes estudios, — hubo de dilatarse la naciente monarquía asturiana, y no por otro camino, eran rescatadas de la servidumbre islamita aquellas regiones, ocupadas por los bereberes. El yerno de Pelayo, sorprendido quizás ante lo inesperado de los acontecimientos, apresúrase no obstante á segundar á los galáicos; y mientras los africanos que ofrecen alguna resistencia son pasados á cuchillo, y huyen otros á refugiarse en Astorga, — declarándose siervos y vasallos suyos, permanecen en el país libertado no pocas de aquellas gentes (i), sin que quede en él ninguna otra huella de la dominación musulmana. «Los indígenas, que, por causas
(i) Véase lo que resulta de los documentos citados y copiados así por el P. Flórez, como por Muñoz y Romero en su Colección de Fueros y Cartas Pueblas. «Sin contar el gran número de esclavos hechos en sus guerras por don Alfonso el Católico..., todavía afirma Morales (lib. XIII, cap. 1 4) que permanecieron sujetos á su señorío en Galicia algunos moros desarmados, á la manera de los mozárabes que antes vivían en ella, en cuya misma condición entraron, al decir de aquel historiador diligente, otros vasallos moros que tenía en la Vasconia y Montes de Oca» (Fernández y González, Esíarfo social y político de los mudejares de Castilla^ pág. 21).
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diferentes, habían abrazado el islamismo, pero que vacilaban en su nueva creencia todavía, tan pronto como vieron triunfar á los cristianos, apresuráronse á volver al seno de la Iglesia» (i); y en tanto que, glorioso siempre, Alfonso organiza sus nuevos estados,— atiende al restablecimiento del culto, no interrumpido sin embargo, funda iglesias y monasterios, y puebla la Liébana, Trasmiera (2) y con otras comarcas cantábricas, Sopuerta, Carranza, la Bardulia, que ya en el siglo ix se llamaba Castilla y la parte marítima de sus dominios gallegos. Ante él, y ante la miseria que les hace imposible la vida, llenos de espanto, huyen los bereberes, retrocediendo sin cesar hacia las zonas meridionales, dejando libres desde 753 á Braga, Porto y Viseo, y toda la costa, hasta más allá de la desembocadura del Duero, sin serles hacedero mantenerse, ni en la misma Astorga, ni en León, ni en Zamora, ni en Ledesma, ni en Salamanca, ni en Coria, y abandonando á Saldaña, Simancas, Segovia, Ávila, Oca, Osma, Miranda de Ebro, Cenicero y Alesanco en la Rioja (3).
Quedaron entonces como fronteras de los dominios musulmanes, de O. á E., Coímbra sobre el Mondego, Coria, Talavera, y Toledo sobre el Tajo, Guadalajara, Tudela y Pamplona (4), é inmensa faja de territorio abandonado, inculto y sin moradores apenas, separaba como divisorio desierto la parte de la España sometida á los musulmanes, y aquella otra en la cual se respiraba ambiente gratísimo de libertad é independencia. Fué en
(1) DozY, Op. cit. pág. I 3 I .
(2) Sebastián DE Salamanca, cap. 14.
(3) Dozy, loco cit. Sebastián de Salamanca en el C/iron/con atribuido á Alfonso III, dice textualmente : « Simul namque cum fratre suo Froilane multa adversus Sarracenos proelia gessit, atque plurimas Civitates ab eis olim oppresas cepit, id est, Lucum, Tudem, Portucalem, Bracaram Metropolitanam, Viseum, Flavias, Agatam, Letesmam, Salamanticam, Zamoram, Abelam, Secoviam, Astoricam, Legionem, Saldaniam, Mabe, Amaiam, Septemancam, Aucam, Velegiam, Alabensem, Bruñes, Cinisariam, Alensaco, Oxomam, Cluniam, Argantiam, Septem publicara, exceptis Castris cum Villis et viculis suis : omnes quoque Arabes occupatores supradictarum Civitatum interficiens, Christianos secum ad patriara duxit» (cap. i 3) (Esp. Sagrada, t. XIII, pág. 484).
(4) Dozy, Op. et loco cits.
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tal ocasión acaso, cuando en Valpuesta, en Brañosera y aun en el valle de Pas, según recientemente se pretende (i), como en otros lugares, al igual de lo que acontecía en Galicia, — temerosos de los árabes, permanecieron sometidos como vasallos, dando así principio á la población mudejar^ no pocos de los bereberes allí establecidos desde los días de la conquista, pues cual razona un escritor de los nuestros, en presencia de estos hechos, «ni pudiera concebirse otra conducta, dado que la conveniencia recíproca de moros y cristianos debió establecer muy pronto alianzas entre ambos pueblos, llegando el comercio y comunicación en días de tregua hasta un punto, que contrasta notablemente con su habitual animadversión y frecuente ememiga.»
Y con efecto: «en los primeros momentos de la invasión, menos excitados los odios religiosos que en los siglos siguientes, pudieron ofrecerse repetidas mezclas de familias mahometanas con linajes españoles: que la corrupción de las costumbres góticas, antes que contradecir, parecía avenirse con la liviandad y voluptuosidad sarracenas». «Por su parte los muslimes, mal adoctrinados todavía en las prácticas del Islám, se resintieron del trato con los fieles á la religión del Evangelio». «La indiferencia religiosa, por tanto, fruto de la pravedad de costumbres, lo mismo anidaba en el pecho de los nobles españoles que se aliaron con los muslimes, que señoreaba los ánimos de los nuevos convertidos conquistadores de España» (2). Entre tanto Alfonso, recorría el territorio en tan grande extensión como la indicada abandonado por los bereberes, y mientras destruía por las armas á los pocos musulmanes que le hicieron sin duda resistencia, lejos de tomar posesión del mismo, privábale de sus habitantes de todo género, á quienes llevaba consigo cuando regresaba á sus dominios ciertos (3). «La razón de esta conduc-
ía i) Lasaga Larreta, Dos Memorias^ pág. 45 y sigtes.
(2) Fernández y González, Op. cit. pág. 22.
(3) No falta quien suponga que al llevarse « consigo Alfonso en ejército formidable á todos los habitantes cristianos» de estas comarcas, « llenó de nuevo
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ta, — dice otro escritor, salta á los ojos: para cultivar país tan dilatado, menester era crecido número de siervos labradores; y como el hambre había amontonado millares de hombres en las Asturias y en Cantabria, lo mismo que en las demás provincias de España, — los magnates del Norte apenas debían haber conservado siervos suficientes para cultivar sus propias tierras». «Aun suponiendo sin embargo que hubiera ocurrido de otra suerte, todavía se hacía indispensable atender á la defensa del territorio por medio de fortalezas, y como los musulmanes, que no querían dejar á sus enemigos más que escombros, las habían desmantelado ó destruido todas antes de su marcha, hacíanse por igual necesarios tiempo y dinero para reconstruirlos.» He aquí pues, entre otras, la causa por la cual «Alfonso hubo de contentarse con tomar posesión de los distritos más inmediatos á sus antiguos dominios, que eran la Liébana, ó sea la parte SO. de la provincia de Santander», lo que se apellidó entonces Bardulia, la costa de Galicia y la ciudad de León por aventura: lo demás, no fué largo tiempo sino verdadero desierto, natural barrera entre los cristianos del Norte y los musulmanes del Mediodía» (i).
«En aquella hora, — dice con efecto el último ilustrador de la comarca montañesa, — Cantabria, la famosísima en historiadores griegos y romanos, la primitiva, con su constitución y organización peculiar, dejó de existir; y como región, hasta perdió su propio y legítimo nombre». «Entonces recibió el de Castilla
pueblo y de grandes riquezas los desiertos y abrasados valles y montañas de las dos modernas provincias de Oviedo y Santander», de donde viene á resultar, que toda aquella inmensa é incontable multitud que á la presencia de los musulmanes huye á Asturias, se había en poco más de cuarenta años desvanecido como el humo ; que los habitantes de Galicia, de Asturias y de Santander, no eran ni mucho menos los suficientes para la tierra, ni antes de la invasión muslime, ni después de 7 5 I en que quedan libres de bereberes, y que estos en lugar de atender á su propia conveniencia, conservar poblaciones y cultivar campos y heredades, habían desatentados y locos abrasado los valles y las montañas. Véase las consecuencias de admitir sin correctivo tradicionales supuestos, que tienen, ó pueden tener valor literario, pero que carecen del histórico, (i) DozY, Op. cit. pág. I 3-5.
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la parte que desde lá cordillera cantábrica», y á partir de Pámanes, en Trasmiera, «se extendía por el Sur hasta el Duero», según documentos latinos lo patentizan desde el año 801, los cuales designan con tal nombre la Autrigonia y Cantabria reunidas; la parte «del otro lado hasta el mar se dijo Asturias» . «En esta manera: á Liébana y sus aledaños apodaron Asturias de Salida Illana^ por causa de atesorar dos siglos hacía ya las reliquias de Santa Juliana, mártir de Nicomedia, en Bitinia». «Al trecho que limitan el mar y los ríos Saja y Miera, apellidaron Asturias de Sancto Anderio, por existir la cabeza del mártir, alférez español, San Emeterio, en la iglesia del que los Romanos denominaron Puerto de la Victoria». «Sus vecinos, esquivando un apodo que recordaba ominosa esclavitud de la patria, le mejoraron en el de Portus Sancti Emetherii^ poco á poco transformado y corrompido en Portzis Sancti Auderii^ Puerto de San Medel^ de Sant Ander^ Santander ahora (i): tan caprichosas y varias son las lenguas é imaginaciones del vulgo». «Finalmente, lo que ciñen el Miera y Asón, llamóse Asturias de Transmera^ luego Asturias de Cutellio, por el Cíctellium Castrum (de ahí el nombre moderno Cudeyo^ Cuchillo), brava fortaleza puesta sobre afilada cumbre, dominadora de extenso y agrio territorio á la derecha del río Miera; y siglos después aquella parte vino á decirse Asturias de Sancta Maria de Portu, por el de los Coniscos, á la desembocadura del Sanga y Asón, hoy puerto de Santoña» (2).
De Amaya, aun repoblada por el mismo príncipe, según el Chronicon Salmafzticense, — Alfonso traslada la sede episcopal cantábrica á Vellegia (741), donde permaneció ya en adelante, dentro del distrito que se llamó Bardtdia y se dijo después Castilla, nombre aquel con el cual hubo de ser acaso designada
( 1) Véase cuanto al tratar individualmente de Santander, exponemos respecto de este asunto.
(2) Fernández-Guerra, Cantabria, pág. i i 5 del t. IV del Bo/. rfe /a Soc. o^eográfica de Madrid.
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la naturaleza de sus repobladores, pues «no parece sino muy verosímil, — hemos escrito antes de ahora, — dada la necesidad de repoblar aquellas regiones rescatadas con tal fortuna por Alfonso el Católico..., que las comarcas aledañas á la Vardulia... recibiesen de Alfonso I el mismo nombre, como dependientes ó continuación de aquella, ó por haber sido pobladas de nuevo con gentes procedentes de la referida Vardidia alavesa, lo que no se nos ofrece como inadmisible en absoluto» (i). Semblante hace de autorizar tal supuesto, la discreción con que imagina el docto ilustrador de Santoña, si no precisamente al invadir la España los muslimes, no largo tiempo después quizá, que «un golpe de muy atrevidos guipuzcoanos hubo de adelantarse con naves á fortificar y mantener (en la linde occidental de los autrígones) el Amanum Porhis^ el puerto de los Amanes, que en honra de los emperadores Vespasiano y Tito se quiso llamar Flaviobriga Colonia». «Desde allí, sin duda, contuvieron el empuje de los alarbes enseñoreados de la Cantabria; y haciéndose defensa, ejemplo y admiración á todos, vino el forastero y gentilicio nombre de los várdulos á ser el déla ciudad...» «La romana colonia se dijo ya Castro-Vardulies, esto es, fortaleza de los vardulos, Castro-Urdiales ahora» (2).
Cuando la muerte cerró, bien á deshora en verdad, los ojos de aquel egregio príncipe, á cuyo corazón valiente se adunó placentera la fortuna (757), si la provincia de Cantabria había dejado de existir como agrupación política entonces con este nombre, — no sucedió de igual suerte por cierto con el carácter y la condición de sus hijos. Domados por las armas y la cultura romanas, flaqueó su espíritu y se adormeció á no dudar la nativa energía de los montañeses, cuando envueltos en el general torbellino y en la general decadencia de la patria, ni intentaron siquiera contener, ni cuando menos rechazar, la violencia del to-
(1) Burgos, en esta misma obra España, pág. XX.
(2) Fernández-Guerra, El Libro de Santoña., pág. 39. En su lugar propio tendremos ocasión de volver sobre este asunto.
rrente invasor de aquellos pueblos bárbaros que entonaban ebrios de sangre sus cantos de victoria sobre las hacinadas y humeantes ruinas de los pueblos por ellos destruidos; y si firmes en su nueva creencia religiosa, abrazados á ella resistieron los cántabros la dominación de los visigodos, cual hemos visto arriba, alzándose con frecuencia contra estos, como combatieron hasta los días de Leovigildo contra él y contra los suevos establecidos en la Galicia, — en 711, ante la gran desdicha de lapatria, y como si sobre ellos hubiera caído mortal pesadumbre que les imposibilitara todo movimiento y les privara de todas sus energías, — dejaban que los bereberes se posesionasen sin grave oposición de los territorios cantábricos, no osando siquiera auxiliar por modo alguno á sus hermanos de la Liébana, y de Covadonga, y menos quebrantar las cadenas que les oprimían, sino cuando en 751 la lucha enconada entre bereberes y árabes, había debilitado á estos de tal suerte que no pudieron intentar defensa, y regía ya los destinos del naciente reino, que se juzgó restauración solamente del visigodo, el noble Alfonso, hijo del duque de Cantabria.