Santander · Unidad 49 de 158
Unidad de lectura 49
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Favoreciendo y protegiendo el crecimiento de la villa, — preceptuaba con aquella candorosa confusión propia de este linaje de documentos, los medios por los cuales podía ser la propiedad adquirida; la inviolabilidad del domicilio; la libertad de comercio dentro de la villa exclusivamente para los vecinos de ella ; la forma en que debían éstos contribuir como vasallos al sostenimiento de su señor el Abad ; y, en resumen y compendio, todo cuanto en el orden civil, el económico, el penal, el político, el militar y el administrativo, debía y podía llevar á aquella población nuevos habitantes, regular su vida, defender sus derechos y sus bienes, fomentar su riqueza y contribuir á su engrandecimiento, declarando terminantemente que « homines villae no7t eant in expeditione^ nisi pro Rege obseso », con lo cual parecía prevenir para lo futuro las contingencias del pasado sin duda, en que, como en lo sucesivo, se hallaron divididos en banderías los vecinos de la una y de la otra puebla, ambas rivales, á pesar de todo y por largos tiempos (i).
La unidad de condición y de derecho, la mutua convivencia y . la común vecindad, no fueron sin embargo poderosas para evitar los males, á que hacía por acaso embozada alusión el octavo Alfonso, como no hubieron de serlo tampoco los comunes triunfos que en las expediciones marítimas cosechaban durante los reinados de Fernando III, de Alfonso X, de Sancho IV y de Alfonso XI, en que las naves de Cantabria, juntamente con las demás de Castilla, eran una y otra vez vencedoras de las escuadras muslimes, favoreciendo los intereses generales de la patria, y las empresas militares de aquellos egregios príncipes nombrados. Dividida en bandos la Montaña, de ella, como de toda Castilla durante
(i) Nos abstenemos en este paraje de mayores indicaciones respecto del Fuero de Santander, pues va inserto íntegro en los Apéndices.
los tiempos medios, había tomado por dolorosa desventura posesión la discordia, encarnada en aquellos proceres y ricos-homes que tuvieron en constante asonada y bullicio la tierra, haciendo víctimas suyas los pueblos desamparados, y retardando así el feliz momento del total rescate de la patria : cuadro tristísimo, que granjeó para los españoles en el concepto de los historiadores extranjeros juicio nada lisonjero ni exacto, y en el cual aparecían con frecuencia como figuras principales, aquellos mismos que, nacidos en las gradas del trono, debían por naturaleza y conveniencia propia atender al robustecimiento del prestigio y de la autoridad reales.
Odiosas memorias las de tales tiempos, en que á los escándalos que acibaran y ennegrecen el reinado glorioso del insigne autor de Las Cantigas^ sucedían los de las minoridades de su nieto Fernando IV y de Alfonso XI, época esta última en la cual el señorío de Santander había pasado por merced del príncipe á quien todavía y con error sigue apellidándose el Emplazado, al dominio del infante don Pedro, como sucedían en pos los de la execranda lucha trabada contra Pedro I de Castilla por la ambición de su hermano Enrique de Trastamara, cuyo partido tomaban los nobles de la Montaña, con aplauso aun de sus naturales (i), lo cual no impedía con verdad, y para honra de la antigua Cantabria, que el «espíritu guerrero y atrevido» de sus hijos disputase «á Inglaterra, según confesión de su rey Eduardo III, el imperio del mar», de que hasta entonces había disfrutado. Tuvieron origen y nacimiento las banderías montañesas que, como las de los Quiñones y Bernaldos de Quirós en
(i) Refiriéndose don Angel de los Ríos y Ríos á la ilustre familia de Garci Laso de la Vega, «amigo y testamentario del Infante don Pedro», la cual, «desde entonces hasta nuestros días fué la primera en la Montaña, unas veces con razón y otras á tuerto »,— estima que lo fué «con justicia, cuando su nieto, Garci Laso el Joven, murió el primero en la batalla de Nájera, afrontando el primer ejército extranjero que quiso ser árbitro en nuestras discordias y gozar, como botín, á Castro-Urdiales y Vizcaya, como hoy goza á Gibraltar y pretende gozar el África portuguesa» (De Cantabria, pág. 12).
Asturias, como las de Narros y Cadeles en Cataluña y las de Oñacinos y Gamboinos en Guipúzcoa ensangrentaron también los dominios jurisdiccionales de la actual provincia de Santander,— allá en tiempos desconocidos y no señalados, en la «mansa y silenciosa» villa de Ampuero, disputándose Giles y Negretes el predominio y mando en las poblaciones de la Montaña, con mortal encarnizamiento y terribles iras nunca satisfechas ni hartas.
Rivales implacables ambas poderosas familias «por el número y energía de sus parientes», — convierten «la historia de la comarca en una serie de violencias sin cuento, celadas, asaltos, desafíos y batallas campales en que lo más florido y brioso de su juventud perece». No lleves á mal, lector, que, en este punto, reproduzcamos íntegras las palabras de uno de los más preclaros y elegantes escritores contemporáneos del país que pretendemos darte á conocer ligeramente, pues ellas pintan de tal suerte la situación general del mismo, que en balde trataríamos nosotros de intentarlo siquiera. «Los linajes — escribe — se arman haciendo leva de vasallos, se arriman á un bando ó se apartan de él á impulso de la ciega pasión de un momento; hoy acompañan á los Giles, mañana riñen contra ellos en la hueste de los Negretes; sin previa declaración de guerra se encuentran en un camino dos cabalgadas de bandera contraria, y traban pelea para satisfacción insana de su odio, por hambre de reñir, y riñen hasta retirarse cansados «furtos de pelea-» ^ que dice Lope García [de Salazar], sin haber vencedores ni vencidos».
«Y en esta pavorosa guerra de vecino á vecino — continúa — despliegan asombrosas cualidades de astucia y de valor». «El ofensor de un hidalgo no tiene en semejantes tiempos lugar seguro; la ira no se cansa de espiar, aguarda la ocasión, y usa de ella sin duelo y con presteza; el hogar es á veces campo de batalla, el tálamo patíbulo de afrentosas mutilaciones; el ofendido, acompañado ó solo, según cuadra mejor á la seguridad de su venganza, acecha en todas partes, en el camino de una
romería, en las puertas de un monasterio, al pasar del vado, en la espesura del monte, á sombra de una tapia, en las tinieblas, al medio día, al yantar, al dormir, al armarse, al cabalgar, al pararse arredrado por un rumor extraño, al arremeter para salvar la trocha ó el desfiladero».
Todo, hasta «la tierra les ayuda: sombría, quebrada, rica en hoces y angosturas propicias á la emboscada, rica en saltos de agua cuyo estruendo ahoga y sume el grito de la víctima, en remansos profundos que guardan irrevocablemente su cadáver, en alturas donde apostar un centinela, en troncos donde poner una señal, en grutas donde esconder un aviso». «Y si antes de la ocasión, la suerte pone al alcance de su brazo un deudo, padre, hijo ó hermano de su enemigo, no vacila en herir». «Y según le cuadra mejor usa de sus armas, de la lanza con que pelea á caballo, de la espada que esgrime á pie, del puñal con que se autoriza en estrados y ceremonias, del cañivete con que desuella el gamo en el monte, y parte el pernil del jabalí sobre su mesa». «De esta manera se perpetúa y eterniza la deuda de sangre entre las familias; el duelo constante entre razas que las cercena y extermina á veces; duelo no exento de cierta altiva generosidad, porque en él se disputa la vida, la vida sola, no los bienes, no el caudal, no la autoridad ni el puesto».
Amedrentadas y temerosas siempre, «mal sueño dormirían las damas montañesas; mal reposo tendrían cuando ausente del solar su esposo ó hijo, padre ó hermano, no podían fiar la seguridad de su regreso, ni en el valor personal, ni en la compañía armada, ni aun en la circunstancia rara de permanecer extraño á discordias y bandos; porque ¿quién estaba exento de asechanza y golpe, por pariente, ó amigo, ó allegado de cualquiera de los metidos en aquel permanente batallar?...» «El claro de luna que puestas en el alféizar de su ventana les sonreía, tal vez alumbraba el tiro certero de una ballesta asestada al pecho del caballero; el silencio aromoso de la noche tal vez ayudaba á seguirle los pasos hasta el paraje seguro y cómodo para el ho-
micidio; el rumor que el viento levantaba en las hojas espesas de los castaños, tal vez encubría un grito lejano, que oído de la casa-fuerte le hubiera llevado oportuno y salvador auxilio».
Sin duda, habíalas «entre ellas de varonil corazón, templado al calor de los duros tiempos en que nacieron; pero en su mayor número vivían con la zozobra en el pecho, el llanto en los ojos y el nombre de Dios en los labios; de otra suerte hubiéranse desnaturalizado y no fuera humana descendencia la perpetuada por hembras á quienes el rigor y destemplanza de las costumbres hubiesen robado las augustas calidades de la maternidad humana, piedad, compasión y ternura» (i).
Giles eran de igual suerte en la antigua villa de San Emeterio, los vecinos de la pttebla vieja y de la pttebla mieva ; pero tenía también dentro de sí ésta por su parte á la sazón, en aquellas postrimerías de la XIV. ^ centuria y en toda la siguiente, «inagotable origen de división y guerra en la rivalidad y ambiciones de linajes opuestos, codiciosos de gobernarlas y dominar á sus contrarios.» «Hijos de un mismo apellido se disputaban perpetuamente la preeminencia y posesión de los cargos concejiles, y para rendir en su pro el oscilante fiel de las elecciones populares, empleaban tanto la violencia de las armas como en tiempos más cultos los sutiles enredos de la astucia.» Bien porque tuviese mayor fuerza, bien porque fuera en los dos barrios superior su prestigio, — gozaba en la villa de toda autoridad y preeminencia la familia de Gutiérrez de Escalante, en la cual «avía seido é era» «todo el mando», «fasta que Gonzalo Gutiérrez de la Calleja», que había gobernado como patrón ó capitán una de las galeras santanderinas, acaudilladas por el célebre Pedro Niño, y que era además «criado é pariente de J.^ Gutiérrez de Escalante», jefe entonces de la familia de aquel apellido, «se algó con la Rúa Mayor, é con la ayuda de los Gi-
(i) Escalante, Costas y Montañas, págs. i 16 á 119.