Santander · Unidad 51 de 158

Unidad 51 · CAPÍTULO X

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CAPÍTULO X

Santander. — Plaza y estatua de Velarde. — La Cripta, hoy Iglesia Parroquial del Cristo de Abajo. — La Catedral. — Sus monumentos.—La pila arábiga.— El claustro.

v-^^OR acostumbrado que te halles , al espectáculo, siempre regocijado y risueño, con que, en afanoso movimiento, los puertos de mar por lo común convidan, — ^no es dudoso que habrás de experimentar, lector, impresión especial y determinada al llegar á este de Santander, cuya fisonomía y cuyo aspecto difieren en mucho, y al primer golpe de vista, del aspecto y de la fisonomía de los generalmente conocidos. Ya antes de que el tren se detenga fatigado y anheloso en la estación, donde halla término tu viaje,— habrá sido para ti posible el advertirlo, al cruzar las tranquilas aguas del gran estero occidental de la antigua villa de San Emeterio, viniendo luego á hacer aún más

sensible lo agradable del efecto producido, no ya el cuadro vulgar que ofrece la ciudad moderna por aquella parte, donde, con las condiciones desventajosas, peculiares por desventura á la mayoría de las empresas ferroviarias en España, se alza con poca honra de nuestra cultura el feo y mezquino edificio de la estación del ferro carril, — sino el pintoresco y propio de los ha» bitantes de tal barriada, quienes, por lo mismo, bien merecen fijar tu atención siquiera durante breves momentos en el vestíbulo, en el estragal, por así decirlo, de la famosa marítima villa, y antes de que demos principio á nuestra excursión, á través de los monumentos y reliquias que del pasado todavía conserva.

En este presupuesto, y porque, por bien que lo hiciéremos, no lo haríamos mejor ciertamente, — habrás de permitirnos bondadoso, aun á riesgo de que nos tomes por plagiarios, que traslademos á este sitio el cuadro magistralmente pintado por uno de los más elegantes y celebrados ingenios montañeses nuestro contemporáneo, quien se expresa en estos términos: «Apenas puesto el pie en tierra, como quiera que nos hallamos en aquella jurisdicción que la gente de mar tiene por suya, sin que ordenanzas ni preceptos consigan desheredarla, nos salen al encuentro mujeres de zagalejo corto y pierna desnuda; traen en las manos gigantescas langostas, y las ofrecen con voz empañada por la intemperie ó la intemperancia». «Ya en el siglo xiv, el arcipreste de Hita al ponderar la riqueza y aparato de un banquete copioso y escogido, decía: De Santander vinieron las bermejas langostas » .

«Tostado y bermejo el caparazón como en días del regocijado arcipreste, largas y trémulas las antenas, saltones y negros como endrinas los esféricos ojos, plegadas las convexas planchuelas de la articulada cola, el tipo del crustáceo conserva inmutable al cabo de quinientos años su apariencia: tampoco ha padecido modificación sensible el de sus vendedoras: como en toda raza trabajadora por necesidad, y empleada en faenas duras y violentas, desconócense en ella la frescura y belleza juve-

niles, ó son tan pasajeras, que apenas dan tiempo al observador de percibirlas; en cambio su energía de temperamento alcanza el más subido punto que pudo tener en remotos días, cuando el Estado, curándose poco del individuo, éste había de bastarse á sí mismo en todos los casos y apuros de la vida». «Articulaciones nerviosas y fornidas, teñidas del color ardiente de las venas del hierro las desnudeces que curten el agua y el aire, estridente voz y ronca de terciar dominadora en toda clase de ruidos, tumultos de la plaza, querellas de vecindad ó tempestades del cielo; mirada inflexible, ademanes prontos, aire retador, son los indicios de su energía física; la moral se manifiesta principalmente por su elocuencia fogosa, rica en calor y color, esmaltada de apostrofes, hipérboles y prosopopeyas, iluminada por el gesto ardiente de la fisonomía, sostenida por las plásticas actitudes y arqueo de los brazos; su facundia no se agota, sus fauces no se secan, su garganta no descansa».

Resueltas y animosas, — «sus peleas, como las peleas homéricas, tienen dos períodos ó fases, la fase elocuente y la fase activa; provócanse primero en dilatadas pláticas, en que tanto entra el propio elogio como la invectiva y el sarcasmo, la blasfemia y el apodo; enumeran prolijamente las propias cualidades y los vicios de su enemiga, y enardecidas por la inspiración ambas contendientes, dan al diálogo sabor de más positivo choque; las eses silban como saetas rehilando durante una refriega; el epíteto injurioso se repite sin cuento y con la misma ceguedad con que la mano encarnizada repite sin tino los golpes en el combate; luego llegan á las manos, período breve, pero terrible; se embisten á la cabeza y al arma blanca y natural, las uñas; pronto rojean largos chirlos en el rostro, paralelos y ondulantes y comienzan á volar madejas de pelo; hasta que vencida una, su castigo suele ser el mismo que manos follonas, ayudadas de una chinela, impusieron á la dueña doña Rodríguez en el castillo de los duques, por deslenguada y bachillera» (i).

(i) Escalante, Cos/as jy A/ow/a;ms, págs. 20 I á 204.

Ancha, profunda, encajonada á la una parte por el dilatado muelle, y á la otra por verdegueantes colinas que se suceden caprichosas, — la bahía, erizada de embarcaciones de todas clases y tamaños, tan vecinas cual los dedos de la mano las unas á las otras, aparece como fondo sobre el que destacan las figuras, ora envueltas en la esfuminada niebla de la mañana, bajo un cielo gris acerado, ó bañadas en la luz poderosa del sol que alegra el panorama, y da tonos brillantes al conjunto, ardiendo en las sayas rojas de las pescadoras, quebrándose en los corpiños blancos, mirándose en las movibles ondas de la bahía, penetrando por todas partes jubiloso, y derramándose por las fachadas de los altos edificios que se dilatan elegantes á lo largo del muelle, donde alumbra, como recreándose complaciente, el ir y venir de los pesados carretones cargados de mercancías, los depósitos de ellas momentáneamente allí establecidos, el trajín incesante de los cargadores de ambos sexos, el atracar de los botes, el mover de los buques, las blancas, rizadas y ruidosas estelas de los vapores que circulan, y la vida en fin de la población, allí puesta de manifiesto, y bien ostensible, en aquel bullir sin tregua que fascina y que seduce á un tiempo mismo.

Mantiene el interés del espectáculo á la izquierda, frondosa plaza rectangular de dobles filas de árboles, en cuyo centro, como presidiendo el cuadro, sobre enhiesto pedestal se alza, fundida en bronce, la expresiva estatua de uno de los preclaros hijos de la provincia, de aquel insigne Velarde que, atento más á la voz de la patria que á la de las órdenes recibidas, inicia impávido y generoso el épico alzamiento de Madrid contra las legiones napoleónicas el 2 de Mayo de 1808 memorable, y comparte con Daoiz y con Ruiz y con el pueblo madrileño en masa, la gloria inmarcesible de salvar la nación del oprobioso yugo extranjero, sellando con su noble sangre aquella significativa protesta, segundada luego en todos los ángulos de la Península. Ochenta y tres años van transcurridos desde entonces, y al recuerdo del héroe, ante los simulacros que en Madrid, en San-

SANTANDER.— Monumento erigido en honor de Don Pedro Velarde EN LA Plaza de este nombre

tander y en Sevilla representan á Daoiz y Velarde en mármoreo grupo, á Ruiz, á Velarde y á Daoiz individual y respectivamente; delante del monumento que en el Campo de la Lealtad guarda las cenizas de los dos oficiales de artillería y de las víctimas sacrificadas impíamente allí y en el Retiro por la cruel ferocidad de los soldados de Bonaparte, — no hay pecho español que no se sienta conmovido, ni corazón que no lata apresurado, ni sentimiento que no se obscurezca y eclipse ante el sacrosanto amor de la patria, traidoramente afrentada y escarnecida.

Armada tiene la diestra con la vengadora espada, que entre mortales amenazas vibra; levantada en alto la siniestra en actitud de excitar al pueblo que á las puertas del Parque de Monteleón le sigue y le acompaña; pintado en el rostro enérgico y fogoso, cúmulo de agitados sentimientos que inflaman su espíritu, enardecen su sangre y dan vigor irresistible á su cuerpo; y detrás de él, como emblema del arma á que perteneció, sobre su cureña aparece mudo el cañón, en el que reclinóse herido de muerte alevosa, cuando, impotentes para rendirle, las tropas del vencedor del mundo, mancharon en aquella triste jornada sus laureles con la ignominia y la vergüenza. Descubierto, y todo él en desorden, — parece como que subido en aquel pedestal sencillo, rodeado de cadenas, haces y cañones, proclama ante la ciudad y su puerto el ejemplo á sus conciudadanos, para que en ocasión análoga no vacile ni tiemble el corazón, y sepan, como él, dar la vida, en holocausto por la independencia de la patria.

Repare el crítico, si quiere, la pobreza total del monumento; ponga de relieve, si así lo estima, los lunares que en conjunto ó en detalle tenga, y moteje á los santanderinos si le conviene, porque hasta el año de 1860, y con motivo del viaje que hizo entonces á esta provincia la reina doña Isabel II, no se acordaron de Pedro Velarde, quien salió de Muriedas «miembro de una familia ilustre, para escribir su nombre en aquella epopeya de un minuto»; desde la indicada fecha, al 2 de Mayo de 1880, que lo fué de su inauguración, han tardado veinte años en la

erección de esta memoria monumental, á la que debe nombre la plaza, apellidada hoy de Velar de ^ á cambio del tradicional é histórico que ostentaba antiguamente de Plazuela de la Dársena. Ni tú ni nosotros, habremos, lector, de detenernos para ello, satisfechos con hacer constar que Santander renace, honrando á los hijos insignes de la Montaña; á aquellos que dieron fama y nombradía no á esta región cántabra solamente, — lo cual, aunque natural y justo, podría parecer á alguien quizás algún tanto egoísta, — sino á toda España antes, es decir, á la madre amantísima que á todos sin distinciones geográficas y aun etnográficas, si se quiere, nos da aliento, sér, pensamiento y vida dentro de su seno mismo, circunstancia que desde luego acredita el engrandecimiento de esta provincia, pues los pueblos que comprendiendo su unidad, honran la memoria de los suyos, y por aquella se sacrifican, merecen á su vez ser también enaltecidos y honrados perpetuamente.

Inútil advertencia resultará para ti, lector, sin duda la de que en la Montaña no es sólo el capitán de artillería D. Pedro Velarde el héroe único y acreedor á tributo de semejante especie por parte de Santander, como no es tampoco el único varón insigne que ha producido aquella tierra ; pero mientras llegan la ocasión y el momento de pagar decorosamente la deuda contraída con marinos, militares, escritores, artistas, arquitectos, prelados, industriales, y cuantos han en una ú otra forma exaltado la fama y el renombre de España en general y en particular de la Montaña, regocijémonos y descubrámonos llenos de amor y de respeto ante la efigie del noble español que inició la gloriosa epopeya de la Independencia de la patria, en los comienzos de la actual centuria, y que se ostenta para orgullo de sus conciudadanos en la antigua Plazuela de la Dársena, donde la población de la gente de mar impera, y donde «las pescadoras sedentarias, acurrucadas detrás del banco, mal cubiertas de un toldo ó de un paraguas», han establecido sus reales. «Delante tienen su apetitosa mercancía, chatas rayas y lenguados, jibias

deformes, merluzas y congrios, brecas, barbos y lubinas, peces varios en matices y en formas, abiertos, partidos ó enteros, engalanados de calocas y algas marinas, y los fantásticos mariscos, cámbaros, muergos, mejillones (ó mocejones) y percebes.»

«Á la mano tienen [no obstante], un airoso pabellón de cristal y hierro donde ejercitar su comercio amparadas de la inclemencia estacional ; pero semejantes á ciertos ánimos que toman por agüero de muerte estrenar vivienda, repugnan y resisten verse encerradas dentro de tan linda jaula», que el tiempo ha ido ya algún tanto deteriorando. «Instinto vigoroso de independencia y libertad las mantienen fuera; acaso la inusitada apariencia frágil y aérea de la reciente fábrica, les dice que no resistiría al duro aliento de sus pulmones, embravecidos en una quimera, y temen que á la primer disputa entre dos vecinas, alaridos y voces hagan estallar los vidrios y derrumbarse la férrea armadura» (i).

Jubiloso, lleno de animación y regocijado, es pues, casi á todas horas, pero principalmente en las de la mañana, el golpe de vista que presenta esta Plazuela de la Dársena ó de Velarde^ por medio de la que han venido á constituir una sola y única población los dos antiguos barrios de la villa, y la cual, desde el último siglo, reemplaza ventajosamente á aquel barranco, á que quedaron reducidas las atarazanas^ divisor de ambas y rivales pueblas, cuyas aguas coloró tantas veces la sangre de sus respectivos habitadores. Vulgares y apiñados edificios, de varia altura, con volado balconaje cerrado de cristales en su mayor número, limitan escalonados y en línea el costado meridional de la Plazuela; y mientras de N. á S. se tiende por Ocaso reconstruido al fondo, aquel famoso puente, en tantas ocasiones teatro de encarnizadas luchas, y por bajo del cual circula con la multitud el tranvía que la ciudad recorre de Levante á Poniente y viceversa, — al Septentrión se hace suave

(i) Escalante, Op. et loco cits.