Santander · Unidad 61 de 158

Unidad 61 · CAPÍTULO XI

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CAPÍTULO XI

Santander: — El Castillo de San Felipe. — La Puebla alta. — La Puebla baja. — Sus memorias. — Los muelles. — El Sardinero. — La Ermita de Nuestra Señora del Mar. — El Monasterio de Corbán. I

*Y^\o parece justo, pues nos hallamos en la Catedral todavía, y unida á ella, como en los tiempos remotos, bien que convertida en Cuartel^ se encuentra la fortaleza de la antigua villa, — que sigamos nuestra excursión adelante, prescindiendo de aquel representante de la arquitectura militar, ya tan reformado, desfigurado y descompuesto, que casi no ofrece otro interés que el meramente histórico. Saliendo á la Rúa Mayor ^ cruzando la torre, descendiendo la escalinata y penetrando finalmente por el pórtico del Cristo de Abajo ^ uno de cuyos ábsides semicirculares surge allí sin carácter, — nos encontraremos enfilado en no muy ancha calle, el edificio que desde la XVII. ^ centuria es denominado Castillo de San Felipe. En balde, lector, interrogarás su fisonomía, si pretendes por ella conocer la fecha de su fundación pro-

bable; en balde será tu afán y será tu diligencia, porque «el

caserío urbano», creciendo como la marea, «se apodera de sus escarpes, ciega sus fuegos, y domina sus hastiales», y le mantiene aprisionado y reducido á la condición con que á tus ojos se presenta, y porque han puesto en él tantas generaciones su mano, que muy poco, ó nada, queda ya que pueda servir de rastro indicador para llegar á la codiciada meta.

Nació, quién sabe cuándo! Quizás en aquella época lejana, en la cual durante el siglo IX.", corrían las costas españolas y africanas los audaces normandos. Acaso antes, mucho antes de esta edad; cuando era por las legiones tiberinas, vencedoras del valor indomable de los cántabros, fundado, quizás en la Magdalena, el Puerto

SANTANDER.— Castillo de San Felipe, y ábside DEL Cristo

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de la Victoria. Dominábase desde aquella altura ancho horizonte, y así y con mayor facilidad era dable mantener en la impuesta y forzada servidumbre á los inquietos hijos de la Montaña por esta parte del litoral cantábrico. Quién sabe, si al amparo de aquel romano propugnáculo, si es que existió, — humilde y pobre, arrimado á él, buscaría abrigo, andando los siglos, el cenobio consagrado á San Emeterio, y si cuando, al calor de la fundación religiosa comenzó á surgir la puebla, serían refrescadas con nuevas obras las cortinas y baluartes de la abandonada fortaleza. Pero iá qué perdernos en inútiles di vagaciones De todos tiempos, consta la existencia de ella, tan antigua como la puebla misma, y en el siglo xvi, decía de ella Brawn: « índe mare versus, arx obuia est antiquissima, non vrbis solum: sed totius etiam sinus imperatrix, quippe cui expositum sit, quicquid toto sinu apparet.» Nadie sin embargo la menciona particular ni determinadamente, si no es en los días de aquel Enrique II, el de las Mercedes; días memorables para Santander y para sus marinos, que se cubrían de gloria en la Rochela el año de 1371, cautivando allí doce galeras enemigas, en que iban cuantiosos tesoros para sostenimiento de la guerra, y con ellas al almirante inglés, conde de Pembroke, y más de sesenta caballeros de espuelas doradas, símbolo de lo encumbrado de su extirpe, quienes «atados con cadenas de hierro», fueron conducidos á la fortaleza de la villa.

El aspecto con que en el siglo xvi se ofrecía, y el que todavía ofrecen algunos de sus mutilados miembros, claro testimonio son de que quizás antes de los días de Enrique IV, si no acaeció en ellos, — fueron de nuevo levantados los bastiones de la misma, así como sus torres, cilindricas, ya desmochadas y cubiertas de vulgarísimo tejado, pero cuya construcción no puede ser razonablemente llevada más allá de la XV. ^ centuria, en que los edificios militares se transforman. Más ó menos modificados, del castillo y de la fortaleza era en 1577 alcaide aquel

Juan de Escobedo, célebre por su muerte misteriosa en Madrid,

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