Santander · Unidad 69 de 158

Unidad 69 · SANTAN DER

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SANTAN DER

despedían extraños olores; los barcos atracados, no presentaban sobre sus lustrosas cubiertas alma viviente, ni cruzaba ninguna lancha la bahía, cuya ondulante superficie, herida por el agua que caía de la altura, parecía como inquieta por aquel inesperado castigo.

Qué triste se ofrecía á nuestros ojos el paisaje, y qué triste la población, tan alegres, tan risueños uno y otra, cuando los rayos del sol resplandecían brillantes y juguetones en las altas cubiertas de las casas, en el pavimento de las calles, en las abigarradas telas puestas á secar en las jarcias de los buques, entre el follaje de los árboles, en el declive alfombrado de las lomas, en las oquedades y en los recortes caprichosos de las peñas! Qué fisonomía tan distinta la de Santander entonces, de la que presentaba á nuestras miradaá ahora! Si eres tú, como nosotros, lector, de aquellos que no pueden vivir sin las caricias del sol, sin un cielo azul, límpido, sereno, transparente, lleno de promesas, y tras del cual sueñes con los ojos del alma quimeras y fantasías, — habrás de sentir el ánimo agobiado por interna y desconocida pena, bajo aquel opaco y ceniciento celaje, que parece triste amenaza suspendida sobre tu cabeza; que todo lo cambia y lo transforma, y como que pone límite visible á tu espíritu, cortándole las alas para que no pueda remontarse á otras regiones que aquellas por las cuales se arrastra vacilante el cuerpo.

Lanzando por su tubo de hierro densa columna de negro humo, que el viento desgarraba en mil girones sin descanso, — atracado á su muelle de madera nos esperaba uno de los vaporcitos de La Corconera, en el cual debíamos cruzar la bahía para penetrar en la ría de Santander y llegar al Astillero de Guarnizo que asomaba á lo lejos en la cima de una de las colinas que limitaban el horizonte, ya de suyo limitado por las nubes. Poco después de haber tomado asiento en la cubierta, eran soltadas las amarras, y tras de las maniobras preliminares para gobernar el barco, al impulso poderoso del hélice, comenzó á moverse éste

á espaldas de las aguas, cortándolas impasible con el cuchillo agudo de su quilla. No reflejaba el mar, como en días anteriores, ni la alegre rubicunda faz del sol risueño, ni la azulada diafanidad del celaje: sombrío, trocado también en ceniciento su color, agitándose en encontrados movimientos bruscos, que imprimían ligero cabeceo al débil barco, — si allí, domado no alzaba su voz poderosa, ni escupía sus rabiosas espumas sobre los costados del vapor, — silencioso é intranquilo, amenazador y obscuro, no dejaba por ello de mostrarse ante nosotros imponente en su solemnidad, exenta de peligros por fortuna.

Á medida que, sesgando la bahía, como pintado panorama escénico huía frente de nosotros la ciudad, desapareciendo lentamente, con sus edificios uniformes de la parte nueva, su cerro de San Pedro, sobre el cual levantaba desmochada la torre de la Catedral, y su muelle de Maliaño, — el ancho cauce iba también estrechándose entre montañas, verdes las de la derecha, pobladas de caseríos que simulaban refugiarse de la general tristeza, escondiendo sus blancos tapiales entre la copa de los árboles; despobladas y solitarias las del lado contrario, hasta que, atracando á humilde embarcadero de madera, el vapor se detuvo, y saltamos á tierra, teniendo al frente, casi sobre el agua, negruzca y encenagada allí, el edificio de la fonda. Lindo debía ser el paisaje, cuando los rayos del sol lo iluminaran; encaramado está el pueblo en la colina cuyos pies baña la ría, y por cuyos declives se derraman, diseminadas aquí y allá, las casitas del pueblo; pero confesamos que aquel cuadro, pintoresco y agradable, pierde mucho de su nativa belleza bajo un cielo gris, que no da tonos, ni hace resaltar los colores, ni engendra alegría en el espíritu de quien lo contempla, produciendo el efecto de un hermoso paisaje de Pérez del Camino ó de Sáinz, que fuera contemplado á la luz incierta de una bugía.

Ocupa el Astillero de Guarnizo el vértice de las rías de Santander y de Solia, y su disposición natural, unida á los recuerdos que su apelativo despierta, — incentivo son para el viajero

que trate de conocer la historia de la Montaña. No anduvieron en realidad desacertados los armadores que escogieron este sitio para construir sus embarcaciones en edad no muy remota pero no determinada, porque el terreno, como dice elegantemente el escritor montañés á quien tomamos por guía, — «parece de propósito inclinado por la naturaleza para que las naves caigan blandamente desde la grada al mar», y porque «sus marismas

Embarcadero del antiguo Astillero de Guarnizo

ofrecen vasto espacio para parques de esas maderas singulares que el cieno marino preserva y cura». Acaso allí fuera puesta la quilla á la galera con que el Almirante Bonifaz rompía intrépido la cadena que defendía el puente sevillano en 1248, y á aquellas otras que en Gibraltar, Tarifa, Guardamar y en tantas otras partes, lo mismo en los tiempos medios que en los de la Edad Moderna, ejecutorían la destreza de los navieros santanderinos, y el arrojo de los marineros cántabros. Ya en los días de los monarcas de la casa de Austria, desde que en 1639 el belicoso arzobispo de Burdeos quemó en el astillero de Santoña algunos galeones y destruyó á Laredo, — suena en la historia de

la armada el Real Astillero de Guarnizo, que «tuvo principio bajo el gobierno del General Pimienta en el año 1645» (i); pero hasta aquellos otros en que Felipe de Anjou afirma en el trono la dinastía de los Borbones con la total derrota del Archiduque Carlos ; en que el insigne trasmerano D. Juan de Isla segunda el renacimiento iniciado para la marina entonces, y en que es el año 1726 nombrado Comisario el célebre Marqués de la Ensenada, — no adquiere el Astillero la importancia de que disfrutó principalmente durante el pasado siglo, coincidiendo en esto con el engrandecimiento y desarrollo de la ciudad santanderina.

En el corto espacio de cerca de medio siglo, que abarca los reinados de Felipe V, Fernando VI y Carlos III, los constructores Donesteve, Arzueta, Buye, Salomón, Obel, Gautier y otros, botaron al agua en el Astillero de Guarnizo no menos de veintiséis navios de línea, trece fragatas, y otros buques menores para el comercio, dándoles madera los árboles de la Montaña, y Cabarga «carbón y hierro», mientras «para armamento de sus buques... fundía cañones la Cabada,... anclas Marrón», tejía lonas Espinosa de los Monteros, motonería, «ó sean poleas, carrillos, roldanas, cuadernales y trocha» la Requejada, y jarcia les facilitaban los establecimientos en Santander fundados por aquel benemérito D.Juan de Isla, cuyo «amor al país que le vió nacer, no tenía límites» (2). Délas gradas del Astillero «salió el

(1) D. José Antonio y D. Alfredo del Río, Marinos ilustres de la provincia de Santander^ pág. 457.— Según los datos recogidos por estos escritores, «dirigidos por el mismo general Pimienta se construyeron en el Real Astillero varios galeones de 800 toneladas, viniendo á concluirse en él el navio Santa Isabel de 80 cañones, que se había empezado en Santoña».

(2) Era en 1750 Comisario ordenador de marina, y formó con parientes «y amigos suyos y paisanos, una sociedad... en el mismo Real Astillero de Guarnizo para construir buques por cuenta del Estado, todo con elementos de la provincia, desde la quilla al tope». Bien que no «rico de dinero, éralo de genio y actividad», y á fin de que «los navios que por la Sociedad se construyesen salieran á la mar del todo armados y equipados..., hizo caminos, y navegables, en cuanto se podía, algunos puntos de los ríos, para la más fácil explotación de los montes y conducción de las maderas». «En Santander levantó el Tinglado de Becedo, con destino

Real Felipey de ciento cuarenta y cuatro cañones, para señalarse en el combate frente á Tolón contra ingleses, donde el año de I 744 ganó el almirante español Navarro el título de marqués de la Victoria (i); de ellos el San Juan Nepomticeno^ cuya cu-

á fábrica de jarcia, no lardándose más que noventa días en construirle.» «Las casas que posee en la calle de Atarazanas el actual heredero de su título (conde de Isla) y de la mayor parte de sus bienes las que fueron demolidas «frente á ellas para hacer las que ahora existen en una línea de la misma extensión que las de la Isla, eran dos vastos almacenes, que se servían directamente de los buques por ser entonces navegable el sitio que ocupa la citada calle » (Del Río, Marinos ilustres de la provincia de Santander ^ pág. 458).

(i) El número y clase de buques botados al agua en el Astillero durante el pasado siglo, son los siguientes, según resulta de «un expediente que remitió en 1821 al Gobierno el Jefe político que había entonces en Santander, referente á las ventajas de habilitar dicho Astillero, y de otro informe transmitido años antes al ministerio de Marina por la Contaduría del mismo ramo..., y de noticias particulares» :

Í757

I 76Ó

Nombres

Número de cañones