Santander · Unidad 79 de 158
Unidad 79 · SANTAN DER
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
(1) «Conviene observar, — dice en este punto por nota el mismo escritor á quien aludimos en el texto,— que en las comarcas éuskaro-cántabras hay muchas localidades con la radical Sang ó Zang ; y todas están bañadas por un riachuelo sin afluentes.» «Ejemplos : Zang-roinz, en Lúgica; Sang-azu, en Sámano ; Song-a, en Soba ; Sang-rices, en Conanza y Zangarro ó Zangarrio en Sopuerta.» «Si la radical de Sanga fuera la de Santoña. es decir, Zantz, la traduccción sería como dejamos dicho en el texto río sin guarda, ó fortaleza, para distinguirle de su inmediato el Asón que la tenía.»
(2) Bravo y Tudela, Op. cit. pág. 25.
(3) «Adviértase que en cualquiera combinación debe suponerse yerro en los números de millas que leemos en Plinio desde el puerto de la Victoria á Fontibre (esto es, á las fuentes del Ebro), pues sólo pone XL millas (diez leguas), y por recto que se tome el camino, es preciso contar más, porque hay hasta la costa unas quince leguas, ó sesenta millas romanas.» «Si á esto se acomoda,— añade,—
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el último ilustrador de Cantabria, afirmando Plinio que distaban de él las fuentes del Ebro cuarenta mil pasos (ab eo loco fontes Iberi XLM passuum), «es decir, sesenta y cuatro kilómetros ú once leguas», esto es «ni más ni menos, lo... que hay desde Santander á Fontibre» (i). Resulta por tanto, que el seguro y abrigado fondeadero colocado al S. de aquella «inmensa roca desigual y gibada, verde promontorio levantado sobre cimientos de rocas, rocas negras donde las roe el mar, rocas blancas donde las hace ceniza el sol», y que desde Laredo aparece, lector, á tus miradas «cortando la línea azul del mar, como uno de esos colosos pintorescos con que el capricho de la naturaleza anima y acentúa el paisaje» (2), — no mereció ser mencionado de Plinio, por carecer entonces de importancia, la cual pudo adquirir más tarde, al ser conocidas y apreciadas sus especiales circunstancias y condiciones.
Viniendo ya á los tiempos heróicos de la Reconquista, y después que el obispo cántabro Antonio, hijo de Ramiro I, «se afanó en 863 por... hacer devolver á las parroquias y monasterios de las Asturias de Cudeyo y Santoña cuanto las usurparon hombres atrevidos y poderosos» (3), — el primer documento en el que se halla memoria determinada de Santoña, es el Fuero de Cervatos; y en él el Conde don Sancho de Castilla, con su mujer doña Urraca, «pro animabus nostris et parentum nostrorum, seu de filio nostro Fernando, quem attumulavimus in aula Sanctorum Apostolorum Petri et Pauli, cujus Ecclesia sita est in urbe Campodii, in loco... quem vocant Cervatos», concedía
la experiencia y facilidad con que los copiantes invierten los números anteponiendo ó posponiendo, se verá cuán fácil es poner en lugar de LX las XL, y de este modo atribuiremos á Plinio las LX, pues sin duda desde Fontibre al mar hay más de cuarenta millas, sin persistir en que el puerto de los juliobrigenses estuviese en Santoña, pues éste dista algo más que Santander» (La Cantabria, pág. 54 de la ed. cit.)
(1) Fernández-Guerra, Cafitabria, en el Bol. de la Socied. geogr. de Madrid, t. IV, pág. 105.
(2) Escalante, Cosías 3; iV/on/awas, pág. iso.
(3) Fernández-Guerra, Op. cit., pág. 144 del t. IV del mencionado fio/e/ín.
el año último de la X.^ centuria al Abad y regulares y cultores ó labradores de dicha iglesia, que ni ellos ni sus decanías pagasen montazgo, entre otros lugares que taxativamente señala, «usque ad Sanctam Mariam de Pórtico-»^ declarando de tal suerte, que en aquella sazón, como de antes, todo aquel territorio incluso Santoña, era de la propiedad alodial del príncipe, quien para mayor honra de la iglesia, donde reposaban los restos de su hijo Fernando, autorizaba que en su verde y fértil promontorio no satisficieran montazgo los sirvientes, cultores y vasallos de Cervatos, por llevar hasta allí á pastar sus ganados cuando lo tuvieran por conveniente (i). Doce años más tarde, el mismo conde, con el deseo de engrandecer el monasterio de los benedictinos de San Salvador de Oña, por escritura que lleva la fecha de loi i, revocaba en parte el anterior donativo, y otorgaba potestad á todos cuantos «sub domino Abate, vel domina Abatissa Sancti Salvatoris Oniae populaberint, et habitatores sub eius dominio fuerint, et serbierint ad Sanctum Salvatorem», para que «cum suo ganato et ómnibus suis peccoribus» aprovechasen las hierbas y los pastos que hubiere en las decanías del monasterio, «et vadant omnes securi cum suis ganatos, vaccas, equas, capras, porcos, ubicumque voluerint pascere», no sólo por los términos que tenía de antes señalados en el mismo documento, sino además por el que de Sámano «venit inde ad portum Sanctae Mariae, et aplicat ad Cabarga» (2).
De esta suerte, y concediéndoles además «potestatem... in sylbis, in vallibus, in montibus, in aquis, in herbis pascere, insulis requiescere», declaraba don Sancho el peñóte de Santoña propiedad del Abad y de la Abadesa de Oña (3), situación en que
(1) Véase el documento en los Apéndices.
(2) Id., id.
(3) No faltaría aquí algún aficionado á lucubraciones y gallardías etimológicas, quien, teniendo presente esta donación, supusiera que el nombre de Santoña procedía de haber sido la península propiedad de Sancta Onnia ó Ecclesiae Onniae.
hubo de continuar hasta el momento en el cual, muerto alevosamente en León el último de los condes de Castilla (1028) se apresuraba diligente don Sancho el Grande de Navarra á apoderarse de la herencia á nombre de su esposa doña Mayor, hermana del desventurado don García. «Casi desierta y erizada de malezas veíase la roca de Santonia, y derribados el templo y monasterio antiquísimos de Santa María de Puerto, hacia el año de 1038, cuando reinaba don García V de Navarra en Pamplona, Álava y Castilla Vieja^ hasta Burgos, y con las Asimilas de Cueto [ó Cudeyo] y Santoña; imperando mientras su hermano don Fernando I en León y Galicia.» «De Oriente, es decir, de Navarra, aportó allí un presbítero de nombre Paterno; y acogiéndose á las sagradas ruinas, alzó los caídos muros, y con sus propias manos comenzó á plantar viñas y pomares.» «De diversas partes vinieron á él nobles y ancianos y personas de Religión, anhelosas de la paz del claustro y de entregarse á la piedad y virtud que renacían allí en frutos de salud y esperanza. » «Elegido Paterno abad de tan virtuosa falange benedictina, se decidió á reivindicar las propiedades y derechos eclesiásticos, de igual suerte que los hizo valer Antonio, el obispo de Véllegia. »
Mas por desventura suya, mal avenidos con aquel cambio de nacionalidad los habitantes de la comarca, que servían á San Salvador de Oña, y que veían mermados y contradichos sus derechos, declarados por don Sancho de Castilla en la escritura de loii , ya mencionada, — levantáronse contra él (i), y «echaron con violencia de la ya fértil roca á los monjes» que la usurpaban y beneficiaban, privándoles á ellos de aquella potestad «in sylbis, in vallibus, in montibus, in aquis, in herbis pas-
(i) No teniendo en cuenta, la donación hecha al monasterio de San Salvador de Oña por el Conde don Sancho el de los buenos fueros, el Sr. Fernández-Guerra dice que contra Paterno y sus compañeros «conjuráronse ¡as gentes inicuas de la comarca», estimando como «justo» al príncipe que sin razón y contra derecho, negaba el de los habitantes de aquella zona {El Libro de Santoña, pág. 43).
cere, insulis requiescere» que les había otorgado el Conde en la indicada fecha. Con sus reclamaciones, acuden Paterno y sus religiosos «al buen rey don García», quien, desconociendo quizás los derechos de los habitantes de la comarca, ó prescindiendo de ellos en absoluto, — acoge á aquellos benigno, «tómales bajo su amparo, les confirma la posesión de Santonia, restablece las antiguas lindes; y otorga carta foral á Paterno, un jueves á 25 de Marzo del año 1042.» «En aquel día, por mandato del monarca viene Paterno á la villa de Escalante, y saca de los infanzones Ectavita Citiz y Domna Goto y sus hermanos ciertos monasterios de que se apoderaron allí, devolviéndoles á Santa María de Puerto, como estaban ciento ochenta años antes, en los días del obispo Antonio y del abad Montano, reinando Ordoño I sobre gallegos y leoneses» (i).
Así, reintegrada á Castilla tiempo adelante Santoña, libre quedó para en lo sucesivo y con jurisdicción propia independientemente de la del monasterio de San Salvador de Oña ; pero después de la «gran donación» hecha por Alfonso VII á Santa María, en 11 35, — «á i.° de Agosto de 1158 donó [por su parte] el rey Sancho III el Deseado^ — cual se asegura, — la abadía de Santoña al monasterio de Santa María la Real de Nájera, por amor á doña Blanca su esposa, allí enterrada, y para que perpetuamente ardiese un hacha de cera delante de su sepultura», permaneciendo en tal disposición hasta que «Felipe II desmembró de la jurisdicción civil del abad de Nájera la villa de Puerto, y fué libre en Junio de 1579 » (2). Entre tanto, sin embargo, unidos los marineros de Santoña con los de Laredo, y figurando á no dudar bajo la bandera de éstos últimos, de quie-
() ) Fernández-Guerra, Op. cit., págs. 43 y 44.
(2) Id, id.^ pág. 47, tomándolo sin duda de la Santoña laureada^ «manuscrito formado con los datos de los falsos cronicones, mezclados con noticias curiosas», del cual «se hubo de aprovechar, sin más examen,— dice el propio señor Fernández-Guerra en el apéndice primero de El Libro de Santoña, pág. 104,— el desconocido autor del artículo de Santoña en el T>iccionario estadístico-histórico, que lleva el nombre de Madoz», t. XIII, pág. 844.
nes hubo de continuar siendo por sus condiciones accesorio puerto, — hubo de quedar interesada en la notable confederación de las villas del Cantábrico y de Vizcaya, con Santander, Laredo, Castro-Urdiales, Bermeo, Guetaria, San Sebastián, Vitoria y Fuenterrabía, y en tal concepto aparecen sus marineros en la famosa conquista de Sevilla, al mando del Almirante Bonifaz, y reciben el blasón distintivo de que se enorgullecen, « ni más ni menos que Avilés, Laredo y Castro-Urdiales»: «escudo cimerado de corona real » , donde «pujante navio» fuerza á vela tendida la entrada de un puerto, «que en vano le quieren impedir con férreas cadenas dos valientes castillos. »
Siguiendo desde entonces la suerte de sus hermanas, y unida siempre á Laredo, — con esta heroica villa Santoña toma participación en las empresas navales de Castilla, se lanza á locas aventuras marítimas, se dedica al comercio, se entrega asimismo á la piratería, sus naves combaten con las de Inglaterra en el siglo XIV, ya por cuenta propia, y ya también bajo las órdenes del almirante Miger Ambrosio Bocanegra, auxiliando á los franceses en la Rochela, en 1 371, y en los días de don Juan II en apoyo de la heroína Juana de Arco ; nadie hace de Santoña mención determinada y cierta, ni su nombre aparece en parte alguna, embebido en el de Laredo, con cuyos mareantes se confunden los mareantes de Santa María de Portu. Y no obstante, su fuero, al cual «muy adelgazada crítica pudiera hacer» reparos, aquel privilegio en que Sancho V de Navarra concede individualidad política á Santoña, confirmado está por Alfonso VII en 1122, por Fernando IV en 1295, y «trece délos quince reyes que siguen, hasta Felipe IV, lo vuelven á confirmar; pues ni le autorizó don Pedro I de Castilla; sin duda por el antifeudal espíritu que le animaba, ni el César Carlos V» (i). Cuatro son, no más, las villas de la Costa, y es de presumir que, como formando parte de la de Laredo, su vecina y herma-
(i) Fernández-Guerra, El Libro de Santoña, pág. 47, y Apéndice V.
na, Santoña debió figurar en la estrecha hermandad así constituida, cual hubo de ocurrir lo propio con Suances, no faltando quien asegure que en el astillero de Santoña « se construyó la capitana de la armada invencible >-> (i).
Envuelta se halla también en los bandos de Giles y Negretes, y en su aldea del Dueso el año 1405 se traba singular pelea que refiere pintorescamente Lope García de Salazar (2), y es de presumir que anduviera solícita al llamamiento de los santanderinos, cuando luchan éstos con el segundo marqués de Santillana en los días del desventurado Enrique IV, resistiéndose tenaz y valerosamente á salir del señorío de la corona. Conocidas se hallaban ya algunas de sus ventajas por los mareantes de la costa de Castilla; pero su población era aún tan escasa, que no podía ser en realidad Santoña estimada sino como simple barrio de Laredo. Durante aquella serie de guerras que precipitan la decadencia de la patria en el reinado del desvanecido Felipe IV, — la villa, que ya entonces había tomado nombre de la peña á cuya falda se extiende, contaba sólo con setenta vecinos; y sin embargo, cuando el jefe de la escuadra francesa del Océano, el belicoso arzobispo de Burdeos Henry d'Escoubleu de Sourdis, mientras nuestros bravos tercios peleaban en el Rosellón, en Italia, y en los Países-Bajos, después de intentar apoderarse de la Coruña y de acometer en el Ferrol, se corría hacia las costas de Vizcaya en Agosto de 1639, aquellos setenta vecinos decididos á defenderse, «habían labrado una plataforma ó reducto con seis piezas», y desde la cima del peñóte, valerosa atalaya de aquellos mares, distinguían en la tarde del 1 1 del mes citado «20 navios grandes sobre Quejo, la vuelta del Noroeste».
A la noticia, comunicada desde Santoña, solicitó el Corre-
(1) Villegas, Por deber y 'por amor, en el álbum De Cantabria, pág. 216.
(2) Reprodúcela el docto Fernández-Guerra en uno de los Apéndices de su Libro de Santoña.
gidor de Laredo el auxilio de los lugares y villas . comarcanos ; los que acudieron de Cesto y Sietevillas, fueron destinados á reforzar y defender el puerto de Santoña, por donde el 1 3 entraba la armada del rey de Francia al mando del Arzobispo de Burdeos, surgiendo los navios grandes cerca de la peña de Santoña, sin recibir daño alguno de los disparos de la artillería con que trataban de molestar á aquella las seis piezas del reducto que defendía el capitán don Juan de Marchena ; pero vencida, arruinada y saqueada Laredo el 14, el 16 fué atacada Santoña, donde lucharon los montañeses denodadamente contra fuerzas tan superiores, que al fin, «les fué forzoso retirarse á la montaña, y dejar la villa al enemigo», quien, procediendo como siempre, «la saqueó y quemó, sin dejar más que la Iglesia y las casas que se pudieron remediar, por ser las postreras á que echaron fuego» (i). Tales acontecimientos, que arruinaron por completo la pequeña población, aviso fueron para lo futuro, y medio por el cual hubo de comenzar á ser conocida la importancia de Santoña, procediéndose en 1668 á la erección de un castillo, que recibió el nombre de San Carlos, en memoria del monarca, y para cuyo emplazamiento fué designada la entrada del puerto; pero á pesar de él, y de las baterías con que en el año de 1719 trataron de fortificar los españoles la playa de Santoña, en cuyo astillero se construía por orden de Felipe V varios navios, — los franceses, con 800 hombres, embarcados en tres fragatas inglesas, se posesionaron de la peña y de la villa el 1 3 del mes de Junio, quemaron tres de los navios en construcción «y los materiales para construir otros siete», y se llevaron « 50 piezas de cañón», sin causar otros daños (2).
Fué ésta, causa para que de nuevo resaltase la importancia militar de Santoña, y para que de orden del monarca, entre las
(1) xMs. H. 72, fol. 10 1 de la Biblioteca Nacional, inserto en los Apéndices de Costas y Montañas y de El Libro de Santoña.
(2) Memorias del marqués de S. Felipe^ t. II, pág. 144.
puntas del Peón y del Fraile se erigiese otra fortaleza, denominada por igual razón que la primera Castillo de San Felipe; pero pasados todo riesgo y todo temor, tanto el de San Carlos, como los demás fuertes, y el Castillo de San Felipe^ quedaron en el mayor abandono, hasta que en la guerra famosa de la Independencia española, «aliados y entendidos generales ingleses, y los del ejército imperial invasor..., descorrieron el velo que ocultaba tan interesante baluarte de la primitiva Cantabria» (i); es decir, demostraron, como hicieron notorio después los sucesos, la necesidad de que el gobierno para defensa de la patria, fortificase convenientemente aquel promontorio, en que tantas excelencias supo reunir la naturaleza con mano pródiga y amiga. Declarada por los franceses plaza de primer orden, « fué ella lugar predilecto de Napoleón y de sus capitanes, que no sólo la ocuparon y fortificaron con esmero, sino que la conservaron cuando tuvieron que abandonar el territorio de España, y al tener que entregarla, á causa de la paz, no quisieron hacerlo á los ingleses ¡ temerosos de que hicieran allí una posición más importante que la de Gibraltar ! » (2). Desde entonces acá, se ha atendido
(1) Madoz, Diccionario geográfico-estcidistico, etc., t. XIII, pág. 844.
(2) Villegas, art. cit. de De Cantabria. Hablando este escritor de las excelencias de Santoña, expresa : « Las ventajas [que el puerto] ofrece al comercio se patentizan, dado que es el mejor, y observando, que es la más fácil y breve comunicación de Castilla, Madrid y la Ribera del Ebro, con los puertos del Norte de América y de Europa.» « Esto se percibe, por que respecto la meseta de Castilla está Santoña de Espinosa ó Villasante tan cerca como Torrelavega ó Areta de la Divisoria, esto es, mucho más próximo que Santander y Bilbao, y además el paso de la cordillera está más deprimido por los Tornos que por Bárcena y por Orduña.» «Respecto á Madrid está Santoña tan próximo de su Meridiano como Santander, y mucho más inmediato que Bilbao; en fin, respecto la línea del Ebro, Santoña es el punto que está indudablemente más cerca de Trespaderne, que es hasta donde se puede hacer navegable el Ebro; y asi Santoña, uniendo á la superioridad de su puerto la seguridad de la más corta comunicación, es sin duda alguna la mejor base de relaciones comerciales por el Norte de la Península con el exterior.» «Por otra parte Santoña enclavada en una región minera de grandes productos y calidades, y que ofrece á la industria muy buenos motores, ya por los saltos de agua del Assón, ya por los que se pueden utilizar en virtud del sistema inventado por mí para aprovechar en los puertos el flujo y reflujo ; y finalmente por su situación especial con respecto del Ebro, y la posibilidad de aprovechar las aguas de este río para servicio de las esclusas que permitieran salvar á los barcos el desnivel
con preferencia á Santoña, declarándola plaza fuerte de primera clase, y defendiéndola los castillos de San Carlos, el Solitario^ Galván alto y Galván bajo, los fuertes del Mazo y de San Martín, las baterías del Pasaje, que da frente á la bahía, de la Cruz, casi en la misma dársena cerrada, los de la Punta del Aguila, en el Cantábrico y la Nueva, con almacenes de pólvora, de víveres, parques y cuarteles sobre la aldea de Dueso.
Ya en esto, y trayendo á la memoria recuerdos de nuestra historia contemporánea, en la cual Santoña, durante las dos enconadas guerras civiles que han ensangrentado el suelo de la