Sevilla y Cádiz · Unidad 237 de 444

Unidad 237 · SEVILLA Y CÁDIZ 487

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SEVILLA Y CÁDIZ 487

el real de San Fernando en la altura de Buena Vista hubiese podido ir tomando el extraordinario incremento que le atribuye la Crónica gejier al ^ impusiese tanto respeto á la morisma, y presentase el aspecto de una gran población improvisada, perfectamente defendida y bien gobernada, que sólo esperaba el momento oportuno de trasladarse dentro de los viejos muros de la otra, á la cual desde aquella elevación acechaba (i).

La entrega de Sevilla era para los moros, después de la pérdida de Córdoba, la catástrofe más tremenda que podía sobrevenirles, y así hicieron, aunque en vano, todos los esfuerzos posibles para conjurarla. ¡Inmensa debió ser su desesperación cuando se convencieron de que no había medio de salvar la ciudad ni ninguna de las hermosas joyas en ella encerradas! Los

(i) « La hueste que el noble rey don Ferrando tenia sobre Sevilla, dice la crónica ms. del Escorial antes citada, avia semejanza de grand cibdad y noble y rica, e cumplida era de todas las cosas e de todos los bienes e de todas las noblezas e ahondamiento de cumplida cibdad, y calles e plazas avia departidas y de todos menesteres e cada una sobre sí ; e una calle avia de los traperos y de los cambiadores, y otra de los especieros y de las alquimias y de los melecinamientos que avian menester los dolientes, y de los Terreros otra, y ansí de cada menester de quantos en el mundo podian ser avia; y de cada uno sus calles departidas, cada una por orden, compasadas e apuestas e bien ordenadas, ansi que quien aquella vista vio podrá dcíjir que nunca otra tan rica nin tan apuesta viera que de mejor gente ni de mayor poder que esta íuesse, ni tan cumplida de todas noblezas nin maravillosa de todas viandas y de toda mercadería: hera tan abundada que ninguna otra cibdad non lo podía ser mas. E ansi avia y raigadas las gentes con cuerpos y con averes, con mujeres y con fijos, como si siempre oviera y a durar, ca el rey avia y puesto e prometido que nunca se dende levantasse en todos los días de la su vida fasta que a Sevilla oviesse, e quiso Dios que cumpliesse su voluntad : y esta certidumbre del rey los fazia vevir á todos arraigadamente como vos dezimos."

El infante don Alonso no se alojaba en el cuartel real : asentó su hueste al principio en un olivar, á la parte de levante de Sevilla, y allí acampó la gente que de Aragón y Portugal traía. Pero luego se trasladó á la otra parte del río, contra Triana.

Al Señor de Vizcaya, don Diego López de Haro. se le señaló cuartel cerca de la puerta de la Macarena, y allí hizo hincar sus pabellones á las lucidas tropas de sus estados. No lejos de aquel punto acampó don Rodrigo González de Galicia.

Finalmente, el arzobispo de Santiago, don Juan Arias, se alojó con su lucida compañía de caballeros gallegos cerca del arroyo Tagarete, hasta que enfermando de resultas de los miasmas nocivos que se elevan del prado de Santa Justa, bañado por aquellas aguas, le obligó el rey á regresar a su tierra.