Sotileza · Unidad 15 de 35
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Pero Muergo no estaba de humor de referir cosa alguna de esa especie; y como en una cara como la suya significaban muy poco unos cuantos flemones de más ó de menos, nada le preguntaron las mujeres por los tres que se alzaban bien altos alrededor de la bocaza. Dió las buenas noches en un gruñido, y preguntó por su tío.
--Salió á por tanzas pa la sereña,--respondió su mujer.
--¿Hay ujana?
--Se sacó por si acaso.
--Pus que apareje trempano la barquía, porque mañana iremos á barbos dempués de la primera misa, antes que apunte la marea. Si él no puede, que se quede en la cama, porque tamién vamos yo y Cole. Ese recao traigo... ¡ju, ju, ju!
--¿Cómo no vino el mesmo don Andrés?--preguntó la marinera.
--Dijo que estaba muy ocupao... ¡Puño, qué pilás de duros encima de aquella mesa!... ¡Me valga!... ¡Se podía anadar entre ellos... y ajuegarse tamién!... ¡ju, ju, ju!
Llegó en esto tío Mechelín. Andaba más perezoso y abatido que años atrás. Faltábale también en el rostro aquella expresión de regocijo con que le conocimos. Repitiéronle el recado que había traído Muergo, y añadió su mujer:
--Si no estás pa ello, quédate en la cama. Muergo y Cole han de ir de toas maneras.
--Estoy pa ello--respondió el pescador mirando á Sotileza, que parecía animarle con los ojos.--Lo que siento es, dicho sea sin agravio de naide, que pa estas cosas se alcuerde más don Andrés de los de Abajo, que de las mesmas gentes de acá que andan con uno en la barquía... Los hombres lo sienten: la verdá sea dicha. Pero son fantesías de aprecio á otros, que hay que respetar.
--Pues si á respetos no fuéramos, Miguel--repuso la marinera,--y á respetos de otra clase, ¿quién mejor, pa ayudarvos en tales días, que ese venturao de Cleto?
--¡Uva!--respondió tío Mechelín.
Al oir el nombre de Cleto se revolvió Muergo sobre el escabel, como un oso hurgado por el espinazo.
--¿Qué tienes, burro?--le preguntó su tío.
--Ná que le importe,--respondió Muergo.
Cole era un pescador valiente y entendido, que años antes fué un pillete que el lector conoció, con el mismo nombre, en casa del padre Apolinar. No son raros tales casos entre los mareantes santanderinos. Díganlo, sin salirnos del término de nuestro relato, Guarín, Toletes y Surbia, otros tres raqueros transformados con los años en pescadores de empuje y de vergüenza. También salió cosa buena para el oficio Colo, el de la calle Alta, después que dejó el latín y fué recogido en la casa de Caridad el energúmeno de su tío.
Entre tanto, Cafetera, Pipa y Michero estaban en la Carraca, purgando la _equivocación_ de tomar por objeto de lícito raqueo un cronómetro de bolsillo, perteneciente á un barco atracado al Paredón de la Dársena, é imperaba en el Muelle-Anaos otra generación de raqueros, capitaneada por cierto _Runflas_ y un tal _Cambrios_, fatalmente destinados á recoger las llaves de aquel memorable holgadero; porque ya algún trozo de la escollera de Maliaño comenzaba á asomar el lomo por encima de las más altas mareas, con espanto de las _bogas_ que huían de aquellas playas, sabe Dios á dónde, para no volver más á colmar con sus rebaños las barquías de los pescadores santanderinos; los terraplenes del ferrocarril llegaban á mucho andar y amenazaban ya al mismo Muelle de las Naos por la casa de baños de Calderón, desde cuyos balcones, los que esperaban turno para zambullirse en las marmóreas pilas, entretenían sus impaciencias escupiendo por última vez sobre el agua del mar que lamía las paredes del edificio por aquella fachada y la del Nordeste, y golpeaba á menudo las repisas; porque se barruntaba la locomotora asomando por la peña del Cuervo, tendidas al aire sus largas, serpeantes y blanquecinas guedejas, conduciendo en sus entrañas de fuego los gérmenes de una nueva vida, y barriendo al pasar los usos y costumbres que habían imperado aquí durante tantos, tantísimos años de un no interrumpido y patriarcal sosiego, y al Cabildo de Arriba sólo le quedaba una charca para fondear sus embarcaciones, y un boquete en el terraplén para sacarlas á bahía.
En la misma calle Alta se habían sustituído más de tres de sus edificios vetustos con otros tantos flamantes de balcones de hierro y paredes blancas; y allí se estaban, opresos y reventando, y haciendo tan triste papel como los dientes de porcelana en una dentadura podrida. Para el castizo gremio de pescadores, todas estas cosas eran motivo de serias cavilaciones y barruntos de un temporal deshecho que se les iba encima; pero se anticipaban á capearle, dando la cara á otro viento y haciendo como que no veían el peligro; no hablando una palabra de él, y extremando su añeja costumbre de vivir encerrados en sus conchas, sin tratos con lo terrestre y sin ver ni saber más de positivo del centro de la población, que de la cueva del _Ojáncano_ ó de las «Serenitas del mar.»
Y de todo ello y mucho más tenían la culpa aquellas «aventuras de loco,» de que nos hablaba don Venancio Liencres, incrédulo y asombrado, y en las cuales se había ido metiendo hasta el cogote el comercio santanderino... ¡Mayor pobre hombre!...
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XIII
LA ÓRBITA DE ANDRÉS
Bastó con que le buscaran con arte las cosquillas de sus debilidades, para ser el primero en acudir á las juntas preparatorias, y el primero en hablar en ellas para ponderar las ventajas incalculables de la atrevida empresa, y no de los últimos entre los principales accionistas, y de los más apasionados en la memorable batalla que se libró más tarde sobre si el camino había de ir por la derecha ó por la izquierda; y hasta se presume que metió una vez la pluma en _El Despertador Montañés_, para contestar á ciertas agresiones embozadas que creyó ver en _El Espíritu del Siglo_, cuando estos dos periódicos, órganos respectivos de los dos bandos beligerantes, andaban tirándose los trastos á la cabeza. Aplaudió el establecimiento de las líneas de vapores entre este puerto y otros franceses del Atlántico... y, en fin, hasta mordió después el cebo de las primeras sociedades de crédito que se colaron en la Montaña detrás del ferrocarril. Perdió bastante el apego al viejo sillón de su escritorio, y se dió con entusiasmo al negocio, _ilustrado_ con peroraciones elocuentes y escolios luminosos en las aceras del Muelle y en el _Senado_ del _Círculo de Recreo_.
Su hijo y Andrés le reemplazaban en el banco de la paciencia (así llamaba él al escritorio á la antigua). Tolín había salido muy dispuesto para lo que pudiera llamarse gerencia del departamento: los corredores, la correspondencia, el buen orden y la disciplina de arriba y de abajo, es decir, del escritorio y del almacén; tenía una excelente nariz, delicado paladar y admirable sutileza de tacto en las yemas de sus dedos para examinar muestras de harina, azúcar y cacao; y sobre todo, afición, que es el misterio de todos estos tiquismiquis. Andrés le ayudaba muy poco, y tenía á su cuidado la caja. Carecía de verdadera vocación de comerciante. El pundonor, una gran fuerza de voluntad, primero, y ya, últimamente, la costumbre, hicieron que se acomodara sin disgusto á aquellas tareas tan ingratas para quien no las penetre con verdadero amor á los fines á que se enderezan. Bastaba ver á los dos amigos, para comprender sin esfuerzo esta diversidad de gustos y de aptitudes entre ambos. Tolín era un jovenzuelo de pobre naturaleza, de serena fisonomía, reparón y hasta minucioso en la mirada; escogido, ó más bien preciso en la frase, metódico en su labor, y muy ordenado en los accesorios de ella; su letra era clara, de la mejor ralea española; aprovechaba las tiras sobrantes de papel, por diminutas que fueran, para hacer sus cálculos numéricos, en guarismos que parecían de molde; sabía repartir la atención convenientemente y sin embarullarse, entre varios asuntos á la vez; y aunque era ágil en sus movimientos y poco dengoso, no había en su vestido correcto ni una mancha ni una arruga. En fin, que _caía_ en el escritorio como santo en su peana.
Andrés era un mocetón sanguíneo, frescote, de mirada voraz, pero rápida y versátil; esbelto, varonilmente hermoso en cualquiera de sus actitudes. Sentado, á media nalga, delante del atril, crujía la banqueta á cada rasgo de su pluma; y mientras los rizos brillantes de su pelo negro se le bamboleaban delante de los ojos, su boca no cesaba de murmurar alguna palabra, ó de silbar muy bajito los aires más corrientes. Una equivocación de pluma le hacía prorrumpir en las más lamentosas exclamaciones, y por un borrón insignificante se decía á sí propio las mayores atrocidades, olvidado de que había gentes que le escuchaban; y, sin embargo, el volar de una mosca le distraía, y al menor ruido de la calle se plantaba de un salto á la ventana del entresuelo. En los cobros y pagos que tenía á su cargo, como cajero de la casa, armaba un estruendo de dos mil demonios al contar las monedas que le entregaban, ó al derramar encima del mostrador los talegos de napoleones, ó al probar la ley de los sospechosos, haciéndolos rebotar sobre el tablero. Por lo demás, era puntual asistente á las horas de trabajo, y placentero y servicial para todo y para todos; pero no le cabía la vida en el pellejo, y necesitaba todas aquellas inquietudes y los otros estruendos para no ahogarse dentro de la envoltura. Como se ve, no podían darse dos naturalezas más distintas entre sí que las de Andrés y Tolín. Lo único en que se parecían los dos mozos era en el cordialísimo cariño que mutuamente se profesaban.
Á los pocos meses de ingresar en el escritorio, enfermó Tolín. La fiebre duró muchos días, y la convalecencia fué larga. Andrés, como ya se ha dicho, sabía pintar barcos con tinta, añil y _botabomba_. Tolín salió algo mañoso de la enfermedad, y quiso que su amigo le entretuviera de día y de noche, pintando barcos y muñecos á su lado; y Andrés tuvo la santa paciencia de estar cerca de quince días pinta que pinta, sobre un velador que se arrimaba á la cama de su amigo, mientras éste no pudo levantarse, y luégo en la mesa del comedor. Á todas estas sesiones de arte casero asistía Luisa cuando no estaba en el colegio, siguiendo sin pestañear los rumbos del pincel y de la pluma de Andresillo, que ya sabían trazar, respectivamente, sin que la mano los moviera, una mar borrascosa con cuatro descargas de añil, un velamen de polacra con una inundación de _botabomba_, y un casco y su aparejo con dos docenas de rayas hechas «en un decir Jesús.»
--Pinta ahora al capitán,--le decía Tolín alguna vez.
Y Andresillo pintaba un muñeco, que daba en las vergas con la gorra.
--Ahora al piloto,--añadía Luisa.
Y el piloto se pintaba junto al capitán; y luégo todos los tripulantes, y el perro de á bordo, y el gallinero, y la rueda del timón, y un lechoncillo, y media docena de gallinas... hasta que decía Andrés:
--Ya no caben más cosas.
Tolín quiso, al cabo de los días, echar también su cuarto á espadas; y como en sus buenos tiempos de granuja había cultivado algo el dibujo franco en las paredes de los portales, y era, por naturaleza, bastante dispuesto para las obras de imitación que no exigieran otras virtudes que la paciencia, en fuerza de disolver terrones de añil y de _botabomba_, y de pringarse los dedos y los labios, llegó á pintar tan á la perfección como su maestro, aunque éste no lo creía así, y se lo decía por lo bajo y á la disimulada á la niña cada vez que ésta, dando con el codo á Andrés, le señalaba, con el asombro en los ojos, lo que iba pintando su hermano.
El cual se aficionó tanto al arte, que después de volver á sus tareas de escritorio, continuó pintando por su cuenta en los ratos desocupados; y como su padre le comprara una caja de pinturas de las mejores (cinco reales y medio, ó seis á lo más, valían), de las mejores, repito, que se vendían en los Alemanes de la calle de San Francisco (negras, con tapa carmesí, barnizada), se dió á pintar cuanto Dios crió y se le metía por los ojos. Entonces pintó á don Venancio Liencres, de perfil, con _saco_ negro, sombrero de copa y bastón; á su madre (á la del pintor), con manteleta flecuda, gorra con plumajes y vestido rayado, de perfil también; á Luisilla, en adecuado atalaje, igualmente de perfil, y á la cocinera y á la doncella y al tenedor de libros... á todos de perfil y encarados á la izquierda, por no saber arreglárselas por el otro lado, y mucho menos con las figuras de frente. Después pintó sillas y bancos y mesas y el gato, y copió las flores del papel del comedor y las figuras de la baraja; hasta que, viéndole su padre con vocación tan decidida, trató de ponerle á aprender el dibujo, por principios, con Cardona, que daba lecciones en su taller del teatro; pero Tolín no estaba por _retroceder_ á los enojosos y lentos preliminares de escuela, después de llegar hasta donde él había llegado en el arte, y quiso continuar cultivándole sin más guía que su pertinaz inspiración. Proveyóse de papel de marquilla, que nunca había tenido, y se lanzó al paisaje. Entonces copió, á trozos y en detalles, cuanto se alcanzaba á ver desde su casa por delante y por detrás. Esta obra duró años; porque al mismo tiempo trabajaba con afición y aprovechamiento en el escritorio de su padre, y el panorama es enorme, y sus detalles eran infinitos. Solamente la casa de Botín con los sillares de sus arcos, uno á uno, y con las tabletas de sus persianas verdes, una á una, le llevó cerca de tres meses: háganme ustedes el Muelle, losa á losa; y la Catedral, canto á canto y teja á teja, y así la bahía con sus barcos y sus montañas del fondo; y el Alta, con su Atalaya y sus árboles; y la Maruca, y San Martín; y á ver quién es el guapo que se compromete á pintarlo en menos tiempo.
Cuando volvemos á hallarle sustituyendo á su padre en el escritorio, ya la manía iba cesando: solamente pintaba algunas cosillas de tarde en tarde; pero el fuego de su amor al arte adentro le ardía aún, puesto que para recreo de su espíritu, quebrantado por el peso de las tareas del entresuelo, se encerraba en su cuarto tan pronto como entraba en casa, y se pasaba media hora en la contemplación extática de dos docenas largas de obras de su pincel, que, «puestas en cuadro» como lo mejorcito de la colección, adornaban las paredes. Allí estaban, años hacía, siendo la admiración de todos los que en la casa moraban y á la casa concurrían, con el respectivo rótulo al pie, en letras como cerojas, que decía así:
LO HIZO ANTOLÍN LIENCRES (DE AFICIÓN) EL AÑO DE MIL OCHOCIENTOS Y TANTOS
Y por si no era bastante el paréntesis del rótulo para ponderar el mérito de la obra, don Venancio, su señora, su hija, la doncella... cualquiera persona que, con cualquier pretexto (y entonces abundaban), introdujera á un visitante en aquel cuarto, tenía muy buen cuidado de decir, señalando cuadro por cuadro:
--Ésta es la Capitanía del puerto; ésta es la casa de Botín; éste es el castillo de San Felipe, con su catedral detrás; ésta es la lancha del Astillero, cargada de pasaje, á remo y á vela á un mismo tiempo... ¿Qué propio está todo, eh?... ¡Parece que está hablando cada cosa de por sí!
Y de añadir en seguida:
--Pues mire usted, todo lo pinta de afición. Jamás ha tenido maestro ni le ha querido... ¿Para qué, haciendo lo que él hace y sabiendo lo que sabe?
Andrés se dió muy pronto por vencido. Verdad que no le hurgaba mucho las entrañas el pundonor artístico. Cuando Luisilla vió á su hermano pintar barcos por debajo de la pata, y hasta despilfarrarlos como detalles decorativos de sus paisajes, dijo una noche á Andrés:
--Aprende, aprende, hijo. ¡Esto se llama pintar barcos... y botes!
--Mejor es manejar bien los de verdad, como yo los manejo,--respondió Andrés.
--Y andar con marinerotes... ¡y con marinerazas!--replicó Luisa con mucho retintín.
Andrés se puso muy colorado, porque era la verdad que se alampaba por la compañía de esas gentes y por aquellas diversiones.
Las que le absorbían el seso á Tolín, juntamente con el cambio operado en sus costumbres públicas, por obra del tiempo que iba corriendo y de las condiciones enclenques de su naturaleza, fueron apegándole de tal modo al rincón de la casa, que aquellas tertulias nocturnas del tiempo de su convalecencia llegaron á ser para él una verdadera necesidad. Ni con agua hervida se le podía echar á la calle en cuanto se encendían los faroles públicos.
El núcleo de su tertulia le componían Luisa y Andrés. Algunas veces se arrimaban allá tres ó cuatro amiguitos y amiguitas de la vecindad; pero esto ocurría pocas veces, sin pena alguna de los otros, que se encontraban muy á su gusto estando solos. Por lo común, mientras Tolín pintaba, Andrés refería lo referible de sus aventuras marítimas, y Luisa atendía á la pintura y á los relatos, sin perder una pincelada ni una frase.
Algunas veces metía su cucharada en las dos cazuelas, y decía, por ejemplo, á su hermano:
--Me parece que ese verde es más de lechuga que de mar.
Ó interrumpía á Andrés con estas palabras:
--Pues eso no le cae bien á un muchacho decente como tú. Á lo mejor, hueles á esas pringues de lancha... y puede que también digas cosas feas cuando nosotros no te oímos.
Andrés, porque quería de veras á Tolín, concurría con asiduidad á aquella tertulia, en lo cual se complacían mucho su madre (la capitana) y don Venancio Liencres, á quien el hijo de Bitadura estaba más obligado cada día. Porque si le hubiera dicho quien tenía autoridad para ello: «pásate esas dos ó tres horas que se te conceden de libertad por la noche, donde más te agrade,» ¡oh, entonces!... entonces, sin abandonar por completo á Tolín, no frecuentara tanto su casa, con la pejiguera de mudarse la camisa un día sí y otro no, y el riesgo, entre otros, siempre gravísimo para él, de tropezarse á lo mejor con la señora de don Venancio, tan seria y estirada, y tener que saludarla muy atento y cortés, en la seguridad de no ser respondido más que con una palabra, y esa corta y seca. Bastante más le consideraban y se divertía en la bodega de la calle Alta, y junto á la Capitanía del puerto, ó en la punta del Muelle, ó en los Arcos de Hacha; donde quiera que hubiera marineros desocupados y en corrillo. ¡Conocía y trataba á tantos de ellos!...
Según fué creciendo, las llamadas conveniencias sociales le obligaron á guardar un poco más la distancia; pero no por eso perdieron una pizca de fuerza sus inclinaciones: antes bien, se afirmaban y crecían con él, lo cual era crecer mucho, porque Andrés crecía y ensanchaba que era una bendición de Dios. Á los diez y siete años rebasaba de la talla más de dos dedos, y alzaba en el almacén una quintalera en cada mano hasta más arriba de las caderas. Remando, daba torno al marinero más forzudo, y gobernaba el aparejo de un bote ó de una lancha con singular destreza. Ni sures ni vendavales le imponían; y contra vientos y mareas bregaba triunfante, y no sólo impávido, sino gozoso. Yo no sé qué demonio tenía la mar para aquel muchacho; parecía de la naturaleza de los perros de lana: en cuanto la veía, ya estaba buscando un pretexto para arrojarse á ella. Conocía las corrientes, las puntas de arena y todos los misterios de la bahía, como el mejor práctico, y había corrido en ella cuantos riesgos y temporales pueden correrse por nieblas, varaduras y vientos desencadenados... En fin, que se la sabía de memoria. Entróle comezón de ir aprendiendo algo de mar afuera, y para lograrlo no desperdiciaba ocasión. La primera se la ofreció la casualidad.