Sotileza · Unidad 26 de 35
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La callealtera había recorrido seis millas en veinticinco minutos.
Cuando terminó esta primera parte de la fiesta, ya estaban sobre el puente del quechemarín, en cueros vivos, salvo la zona cubierta por un pintoresco taparrabo, los contendientes de la cucaña.
Muergo era uno de ellos, y andaba dado á los demonios porque acababa de presenciar desde allí el episodio de la barquía cuando más le estaba requemando la derrota de la lancha de su Cabildo. Pensaba vengarse de Cleto ofreciendo á Sotileza la bandera de la cucaña.
Por verle las gentes asomar al palo, se oyó una exclamación de asombro avanzar en oleadas desde la muchedumbre del Muelle hasta la que circundaba al quechemarín. Parecía un bárbaro australiano, ó un salvaje de la Polinesia.
Á los dos pasos sobre la percha, se le fueron los pies; perdió el equilibrio, y cayó al agua dando tumbos y pernadas en el aire. Entonces se le tuvo por algo así como un chimpanzé, derribado por una bala desde la copa de un árbol de los bosques vírgenes del África. Resoplando en el agua verdosa, buceando y revolviéndose en ella como si fuera su natural elemento, un ballenato pintiparado. Á todo se parecía menos á un hombre de raza europea. Y como él tomaba el bureo por aplauso á sus donaires, en cada tentativa de asalto á la cucaña hacía mayores barbaridades.
Desde las primeras, estaba Sotileza con grandes deseos de marcharse de allí; y como á tía Sidora le pasaba lo mismo y á tío Mechelín no le divertían gran cosa, armáronse los remos de la barquía, y fuése ésta poquito á poco hacia la calle Alta.
El lector y yo nos apartaremos también de aquel espectáculo que, con Muergos y sin ellos, cansa muy pronto á los más pacientes espectadores.
[Ilustración]
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XXIII
LAS HEMBRAS DE MOCEJÓN
Por la noche rebosaba de parroquianos la Zanguina, y apenas cabían los sobrantes en los arcos de afuera. Los ochavos de la cucaña se habían partido entre los que luchaban por ellos; y así y todo, fué necesaria una trampa, consentida por quien pudo no pasarla, para llegar sin zambullida hasta el extremo de la percha. Muergo, que no hallo los zapatos al retirarse, después de rascar malamente el sebo que se le había agarrado al pellejo durante la brega y á pesar de los remojones, se había propuesto invertir su ganancia correspondiente en darse un regodeo de estómago y en un moquero blanco para regalar á Sotileza. Porque aunque de pronto le costó un berrinche la pérdida de los zapatos, considerando después que éstos de nada habían de servirle, puesto que no se amañaba á andar con ellos, acabó por darlos al olvido. Así es que, mientras el Cabildo entero se agitaba en su derredor comentando á gritos el suceso de la tarde, él, callandito y descuidado, atiborraba el cuerpo de _fritanga_ y pan del día, con largas intermitencias de lo tinto, especialmente cuando el diablo le amontonaba en la memoria el suceso aquél de la bandera después de la regata; los verdascazos de por la mañana, cuando soñaba con cosa bien distinta, y hasta su encuentro nocturno con Andrés, cuyo relato no había podido hacer á Sotileza... ¡Andrés!... ¡Bien de veces le vió él aquella misma tarde rondando la barquía callealtera con su bote! ¡Y qué ojos echaba el tunante á algo de lo que había en ella! Para matar este gusanillo, latigazo doble; y así iba capeando el temporal tan guapamente.
En un grupo de los de afuera departía el padre Apolinar, muy sulfurado.
Tomando lenguas de unos y de otros, había llegado á saber que su panegírico de los Santos Mártires de Calahorra no había gustado cosa mayor al Cabildo, y hasta que, en opinión de algún escrupuloso, el sermón _no valía_.
Esta indignidad traía desconcertado al santo varón.
--¡Cuerno con los doctores de sueste!--exclamaba el fraile.--Pues ¿á qué estarán acostumbrados, jinojo?
--Tocante á eso, pae Polinar--le respondió un patrón de lancha, muy mesurado en el decir,--y sin ofensa de naide, solamente dende el año cuarenta y nueve en que nusotros solos hicimos esa capilla, por habérsenos echao de la Puntida pa labrar allí esas casonas que hay ahora; solamente dende esos tiempos, sin contar los de atrás, se han dicho cosas de primera, motivao á los Santos Mártiles, por hombres de mucha palabra y fino saber... la verdá por avante, pae Polinar, sin agravio de nenguno.
--¡Cosas de primera! ¡cosas de primera, jinojo!... ¡Vaya unas cosas! Punto más, tilde menos, siempre las mismas. Que los cortaron la cabeza en Calahorra, que los verdugos las echaron al Ebro... y mucho de ¡oh! por aquí, ¡ah! por el otro lado... y chanfaina al último, ¡jinojo!... Chanfaina y no más que chanfaina. ¿Sabías tú lo del barco de piedra?
--¿Quién será capaz de no saberlo aquí, pae Polinar?
--Claro, hombre, claro. Pero ¿como yo lo conté?... ¿Cómo venía el barco?... ¿qué rumbos tomaba?... ¿qué tiempos y qué mares le combatían?... ¿cómo abocó á este puerto?... ¿por qué no abocó á otros antes?... ¿Os han contado algo de ello nunca esos picos de oro, con traza y con arte? ¿lo sabían, por si acaso, como lo sé yo?... ¿Sabía el Cabildo mismo aquello de la peña de los Mártires... la Horadada, que llaman otros?
--Algo se sabía de eso, pae Polinar.
--¡Algo, algo! Saber algo es lo mismo que no saber nada en cosas tan importantes, ¡cuerno! Pues ahora ya lo sabéis con todos sus pelos y señales. Ya sabéis que ese arco admirable que forma la peña, fué hecho por el barco milagroso al tropezar con ella y pasarla de parte á parte. Y ¿por quién lo sabéis?... ¿lo sabéis por boca de esos predicadores de rasolís? Pues lo sabéis por habérmelo oído á mí esta mañana; á mí, á este pobre fraile del convento de Ajo, que, con enseñaros tanto en un sermón de tres meses de fatiga y más de quince textos en latín de lo mejor, no llegó á daros gusto... ¡Margaritas á puercos, hijos; margaritas á puercos!... Pero más tarde os veréis en otra; y éste será el mejor castigo que merecen, ¡cuerno! las habladurías de esos fanfarrias... Y no digo más, ¡jinojo! porque os pica mucho el ajo de esta tarde, y no quiero que penséis que me alegro de ello, por tomarlo á castigo de Dios... que bien pudiera, ¡cuerno! que bien pudiera tomarlo por esa banda sin pecado de vanidad. ¡Uf!... ¡Lenguas, lenguas; _linguæ corruptæ_, carne mísera, carne concupiscente!... Y adiós, muchachos, que me voy á mis quehaceres... Por supuesto, no hay que advertir que lo uno no quita lo otro. La puerta del padre Apolinar no se cerrará por eso para nadie. ¡Pero cuidado con que llaméis á ella, en todos los días de vuestra vida, para asuntos de la Cátedra del Espíritu Santo!... porque entonces no responderé aunque me la echéis abajo... ¡aunque me la echéis abajo, cuerno!
Y se fué pae Polinar menos enfadado de lo que él mismo creía.
Entre tanto, no se podía parar en la calle Alta. Cánticos en la taberna, diálogos de balcones á ventanas, jolgorios en las aceras y bailoteos en medio del arroyo. Todo aquel vecindario estaba desquiciado de alegría... todo, menos la familia de Mocejón, que, encerrada en su caverna, no cesaba de maldecir á Cleto por la afrenta que había echado á la casa haciendo lo que hizo con la «moscona de abajo» después del regateo. Y para mayor rescoldera de las dos furias, el lance se comentaba en la calle con aplauso general, porque en la calle no había pizca de vergüenza, y era voz corriente que ninguna moza era más merecedora que Sotileza de lo que con ella se hizo, por ocurrencia gallardísima de Cleto; y hasta se había hablado de si _apereaban_ ó no; de si había ó no había mutuos y transcendentales propósitos entre ambos, y de que, si no los había, debiera de haberlos... Y mucho de ello se había escuchado desde el quinto piso; y por no oirlo, se habían cerrado las puertas del balcón y se habían tapiado hasta las rendijas, prefiriéndose por las hembras de Mocejón este recurso al de dar rienda suelta á sus iras venenosas en ocasión tan comprometida para ellas. Porque voluntad y lengua y arte, les sobraban para alborotar en medio cuarto de hora toda la calle. ¡Lo habían hecho tantas veces!... Pero faltaba la ocasión, la disculpa; un poco, no más, de motivo, de apariencia de él tan sólo; y en cuanto le tuvieran, y le tendrían, porque tras él andaban sin descanso... ¡oh, entonces, entonces las pagaría todas juntas la tal y la cual de la bodega de abajo, y aprendería lo que ignoraba el mal hijo, el infame hermano, el indecente, el animal, el sinvergüenza, el lichonazo de Cleto!
Y no cerraban boca, mientras Mocejón zumbaba como un tábano en el rincón de la sala, y el acribillado mozo saboreaba en la taberna de tío Sevilla, ajeno enteramente al hervidero de entusiasmo que le circundaba, y en plácido reposo, los dulcísimos recuerdos de su última proeza.
En la bodega de Mechelín no cabía la gente cuando llegó Andrés. Porque Andrés creyó muy de necesidad darse una vueltecita por allí para felicitar al veterano y echar unos parrafejos con la familia, en ocasión tan señalada. Tía Sidora reventaba en el pellejo; su marido parecía haber arrojado veinte años de encima de cada espalda. Sotileza, después de las emociones de la tarde, se hallaba ya en su acostumbrado nivel.
El remozado pescador, por remate de largos comentarios del regateo, llegó á decir á Andrés:
--¡Mire usté, hombre, que fué alvertencia bien ocurría la de ese demonio de muchacho!... Ya lo vería usté, que no andaba muy lejos... Hablo relative á la bandera que entregó á Sotileza pa que ella mesma la amarrara á la lancha. ¡Dígote que no lo creyera en él!... Y que me gustó el auto, ¿por qué se ha de negar?... Y también á tí, Sidora, que hasta pucheros hacías de puro satisfecha... y al mesmo angeluco de Dios éste, que bien se le bajó la color y le temblaron las manucas... ¡y á toa la gente de la calle, hombre, que se hace lenguas sobre el caso!
--¿Querrá usté creer, don Andrés--añadió tía Sidora,--que anda el muchacho, á la presente, como si hubiera cometido con nosotros un pecao mortal? ¡Será venturá de Dios esa criatura?... ¡Vea usté! Otros, en su caso, meterían la ocurrencia por los ojos.
--¡Uva!--confirmó tío Mechelín.
¡Preguntarle á Andrés si había notado el suceso, cuando no perdió el detalle más insignificante de él!... ¡Encarecerle la ocurrencia de Cleto, y los merecimientos de Cleto, y hasta el agradecimiento de Sotileza, cuando lo tenía todo junto, hecho un bodoque, atravesado en la garganta algunas horas hacía! Pero ¿cómo había de sospechar el honradote matrimonio, aunque hubiera sabido lo de la arboleda de Ambojo y lo que á esto se siguió en la bodega, que un mozo de las condiciones aparentes de Andrés podía dar en la manía de no sufrir con paciencia ni que las moscas, sin permiso de él, se enredaran en las ondas del pelo de Sotileza? Algo mejor lo sabía ésta; y por saberlo, con una ojeada rápida leyó en la cara de Andrés el mal efecto que le estaban causando las alabanzas á la galantería del pobre Cleto. Por eso trató de echar la conversación hacia otra parte; pero no pudo conseguirlo. Tío Mechelín, ayudado de su mujer y de los tertulianos, entre los cuales se hallaban Pachuca y Colo, insistía en su tema; y como todo lo veía entonces de color de rosa, y á todos los quería alegres y satisfechos á su lado, acabó sus congratulaciones y jaculatorias diciendo:
--¡Mañana va á ser domingo tamién pa tí, Sotileza! Ya que tanto te gusta la deversión, vas á venirte conmigo en la barquía: á media mañana. Á poco más de media tarde estaremos de vuelta.
--Hay mucha costura sin rematar,--respondió Sotileza.
--No puede ser por mañana--dijo tía Sidora,--porque tengo yo que estar en la Plaza todo el día. Otra vez irá. ¿Nordá, hijuca?
--¡Por vida del incomeniente!--exclamó Mechelín.--Otro día puede que no esté yo de tanto humor como estaré mañana. Pero, en fin, haré por estarlo. ¿Nordá, saleruco de Dios?
Cuando salió Andrés de la bodega, muy poco después de esta conversación, mientras iba calle abajo hacia la Catedral, jurara que llevaba en cada oído un importuno moscardón que le iba zumbando sin cesar unas mismas palabras. Algo más allá, estas palabras, que le sonaban en los oídos, eran gérmenes de pensamientos que se le revolvían en la cabeza; andando, andando, estos pensamientos engendraron propósitos; y estos propósitos llenáronle de recuerdos la memoria; y estos recuerdos produjeron luchas violentísimas; y las luchas, serios razonamientos; y los razonamientos, sofismas deslumbradores; y los sofismas, propósitos otra vez; y estos propósitos, tumultos y oleadas en el pecho.
Así llegó á casa, y así pasó la noche, y así despertó al otro día, y así fué al escritorio; y por eso engañó á Tolín á media mañana y, por segunda vez en su vida, con otro pretexto mal forjado, para faltar á todos sus deberes.
Al abocar, un cuarto de hora más tarde, á la calle Alta por la Cuesta del Hospital, no sin haber pasado antes por la Pescadería y visto desde lejos á tía Sidora bajo su toldo de lona, Carpia, que salía de su casa, retrocedió de pronto; metióse en el portal, echó escalera arriba y se puso en acecho en la meseta del segundo tramo. Desde allí, procurando no ser vista, vió entrar á Andrés en la bodega. En seguida subió volando al quinto piso; habló breves palabras con su madre, y volvió á salir á la escalera; bajó hasta el portal sin hacer ruido; y de puntillas, conteniendo hasta la respiración, como un zorro al asaltar un gallinero, se acercó á la puerta de la bodega. Estirando el pescuezo, pero cuidando mucho de no asomar la cabeza al hueco de la puerta, abierta de par en par, conoció, por los rumores que llegaban á su oído sutil, que los «sinvergüenzas» no estaban enfrente del carrejo, sino al otro extremo de la salita. Escuchó más, y oyó palabras sueltas, que le sonaron á recriminaciones de Sotileza y á excusas y lamentaciones apasionadas de Andrés... Por más que aguzaba el oído, bien aguzado de suyo, no podía coger una frase entera que la pusiera en la verdad de lo que pasaba allí.
--¿Y qué me importa á mí la verdá de lo que pueda pasar entre ellos?--se dijo, cayendo en la cuenta de lo inútil de su curiosidad.--Lo que importa es que se crea lo peor; y eso es lo que va á creerse ahora mismo.
Y en seguida hundió la cabeza desgreñada en el vano; miró á la cerradura de la puerta, arrimada á la pared del carrejo; vió que la llave, como presumía, estaba por la parte de afuera, lo cual simplificaba mucho su trabajo; avanzó dos pasos callandito, muy callandito; alargó el brazo, y trajo la puerta hacia sí, con mucho cuidado para que no rechinaran las bisagras; comenzó á trancar poco á poco, muy poco á poco, mientras adentro crecía el rumor de la conversación; y cuando hubo corrido así todo el pasador de la cerradura, quitó la llave y la guardó en el bolsillo de su refajo. En seguida salió del portal á la acera; llamó á su madre desde allí; y tan pronto como la Sargüeta respondió en el balcón, dijo con sereno acento y como si se tratara de un asunto corriente y de todos los días:
--¡Ahora!
Aquí, unos cuantos compases de silencio. Poca gente por la calle; algunas marineras remendando bragas en los balcones, ó asomadas á tal cual ventana de entresuelo, ó murmurando en un portal. Carpia está á la parte de afuera del de su casa, arrimada á la pared, con los brazos cruzados. Chicuelos sucios revolcándose acá y allá. De pronto se oye la voz de la Sargüeta:
--¡Carpia!
--¡Ñora!
--¿Qué haces?
--Lo que usté no se piensa.
--Súbete á casa con mil rayos.
--No me da la gana.
--Ya te he dicho que no te pares nunca onde estás... ¡y bien sabes tú por qué!... ¡Güena casa tienes pa recreo sin estorbar á naide!... ¡Arriba, te digo otra vez!
--¡Caraspia, que no me da la gana! ¿Lo oye?
--¡Que subas, Carpia, y no me acabes la pacencia!... ¡Que ná tienes que hacer en onde estás!
--Tengo que hacer mucho, madre, ¡mucho!... ¡más de lo que á usté se le fegura, caraspia!... Estoy guardando la honra de la escalera, ¡sí! y la honra de toa la vecindá. ¡Ha de saberse dende hoy quién es ca uno!... ¡por qué está la mi cara abrasá de las santimperies, y por qué están otras tan blancas y repolidas! ¡Caraspia, que esto no se puede aguantar! ¡Á los mesmos ojos de uno!... ¡á la mesma luz del megodía! ¡Es esto vergüenza, madre? ¡Es esto vergüenza?... Pus pa sacársela á la cara estoy aquí ahora... ¡pa que se acabe esto de una vez, y se queden las gentes de honor en sus casas, y vayan las enmundicias á la barreúra! Pa eso... ¡La mosconaza! ¡la indecenteee!...
--Pero, mujer, ¿qué es ello? ¿qué está pasando, Carpia?
--¡Que el c...tintas y la señorona, solos, los probes de Dios, están en la bodega á puerta cerrá!... ¡y que esta casa, de portal arriba, no es de esos tratos, caraspia!
Aquí ya se acercan los chicuelos á la hija de la Sargüeta; se detienen los transeuntes; se abren balcones que estaban cerrados, y se ponen de codos sobre las barandillas mujeres que antes estaban sentadas entre puertas.
Y replica la Sargüeta desde el balcón, á su hija que se contonea en la acera delante del portal:
--¡Y esto te pasma?... ¡Y por eso te sefocas, inocente de Dios? ¡Pos bien á la vista estaba! ¡Delante de los ojos lo tenías! Pero con too y con ello, guarda el sefoco, que pueden angunas que nos escuchan pedirte cuenta de lo que digas... ¡Porque aquí no habría gente de mal vivir si no hubiera sinvergüenzas que las taparan, puñales!... Y delante de la cara de Dios, tan bribona es la que se vende por un pingajo, como la que la empondera... Y de estas encubridoras hay aquí muchas, ¡puñales!... ¡Y esas son las que sonsacan á los hijos de familia pa meterlos en esas perdiciones y afrentar á las gentes de bien! ¡Esas, esas! ¡y por lo que chumpan! ¡y lo que se les pega!... ¡y lo que las vale!... ¡Así estoy yo sin hijo!... ¡así me le engañaron!... ¡bribonas!... ¡que él no se alcordaba de ella! ¡bien en paz vivía en su casa!... (De pronto se fija la Sargüeta en una vecina de enfrente, que la estaba mirando.) ¿Qué se te pierde aquí, pendejona?... ¿Te pica lo que digo?... ¿Te resquema la concencia?
--¡Calla, infamadora, deslenguada!--dice la aludida, que ni se acordaba de entrar en pelea, pero que no la rehusa ya que se le pone tan á mano.--¿Qué se me ha de perder á mí en tu casa si no es la salú, con sólo mirar haza ella?
Carpia desde abajo:
--¡Déjela, madre, déjela, que con esa se mancha hasta la basura que se la tire á la cara!
--¡Dejarla yo!--exclama la Sargüeta, deshaciéndose el nudo del pañuelo de la cabeza para volver á hacerle con las manos trémulas por la ira.--¡Dejarla yo!... sin pelos en el moño la dejaría, ¡puñales! si la tuviera más cerca.
--¡Á mí tú?--dice la de enfrente comenzando á ponerse nerviosa.--¡Lambionaza!... ¡bocico de chumpa-güevos!
--¡Á tí, sí, chismosona!... ¡cubijera!... ¡Y también á esa otra lambe-caras que te está prevocando contra mí!
La «otra lambe-caras,» desde su balcón:
--¡Echa, echa solimán por esa bocaza del demonio, coliebra!... ¡escandalosa!... ¡borrachona!
Carpia, desde abajo, sin que se callen las de arriba:
--«¡Escandalosa!...» Pregúntela, madre, por qué la carenó el pellejo la otra noche el su marido... Y si no se atreve á cantarlo, que lo cante la brujona de la su vecina, que la corre los cubijos por lo que se le pega al gañote, ¡caraspia!
La «brujona» del entresuelo, sin que callen las anteriores:
--¡Yo cubijera de naide! ¡Desvergonzaona!... ¡cancaneá!... ¡envidiosa!... ¿Te lo ha dicho ella por si acaso?...
--Me lo ha dicho quien lo ha visto con sus mesmos ojos... y no me dejará mentirosa á la hora presente... porque oyéndolo está bien cerca de aquí, asomá á la ventana, por más señas... ¡Caraspia, no te hagas la disimulá, que too el mundo sabe que por tí hablo!
La de la ventana, entre el vocerío de todas las anteriores: