Sotileza · Unidad 3 de 35
Inicio — parte 3
Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.
Esta unidad sigue disponible para lectura, pero no se incluye en el índice de búsqueda porque forma parte de una continuación técnica, contiene metadatos editoriales, repite un título o no alcanza entidad suficiente como página independiente.
--¡Págame el tronchazo, animal!--le gritaba Silda mientras le estampaba las tachuelas en el pellejo, cuando le dejaban sitio y ocasión la vara de Andrés y las ortigas de Sula.
Bramidos de ira, y hasta blasfemias, lanzaba Muergo al sentirse flagelado tan bárbaramente; pero sólo cuando imploró misericordia, logró que sus verdugos le dejaran en paz y rascarse á sus anchas las ampollas, que le abrasaban.
Sula, ya que estaba allí, quiso acercarse al _Muelluco_. Andrés le dijo que hartas detenciones iban ya para la prisa que él llevaba; pero Sula no tomó en cuenta el reparo, y se bajó al Muelluco. En seguida empezó á gritar:
--¡Congrio, qué hermosura!... ¡Cristo, qué marea! ¡Madre de Dios, qué cámbaros!... ¡Atracarvos, congrio!
Y no hubo más remedio que atracarse todos al Muelluco. Buena era, en efecto, la marea, mas no para tan ponderada; y en cuanto á los cámbaros, los pocos que se veían no pasaban de lo regular. Pero Sula estaba en _lo suyo_, y no podía remediarlo. El sol calentaba bastante; el agua, verdosa y transparente, _cubría_ en aquel sitio más de dos veces, y se podían contar uno á uno los guijarros del fondo.
--Échame dos cuartos, Andrés--le dijo el raquero, piafando impaciente sobre el Muelluco.--¡Te los saco de un cole!
--No los tengo,--contestó Andrés, que deseaba continuar su camino sin perder un minuto.
--¡Que no los tienes?--exclamó admirado Sula.--¡Y te los cogí yo mesmo del prao cuando te se caeron de la faldriquera endenantes!
Andrés se resistía. Sula apretaba.
--¡Congrio!... ¡Échame tan siquiera el cuarto! ¡Vamos, el cuarto solo, que tamién tienes!... ¡Anda, hombre!... Mira, le engüelves en uno de esos papelucos arrugaos que te metí yo mesmo en la faldriquera...
Y Andrés, que nones. Pero terció Silda á favor del suplicante, y al fin la roñosa moneda, envuelta en un papel blanco, fué echada al agua. Los cuatro personajes de la escena observaron, con suma atención, cómo descendía en rápidos ziszás hasta el suelo, y cómo se metió debajo de un canto gordo, movedizo, pero sin quedar enteramente oculta á la vista.
--¡Cóntrales!--dijo Sula rascándose la cabeza y suspendiendo la tarea, que había comenzado, de quitarse su media camisa sin despedazarla por completo.--¡Puede que haiga _pulpe_ allí!
Cosa que á Muergo le tenía sin cuidado, puesto que, en un abrir y cerrar de ojos, desató el bramante de su cintura; largó el chaquetón que le envolvía hasta cerca de los tobillos, y se lanzó al agua, de cabeza, con las manos juntas por delante. Tan limpio fué el cole, que apenas produjo ruido el cuerpo al caer; y sólo unas burbujitas y una ligera ondulación en la superficie indicaban que por allí se había colado aquel animalote bronceado y reluciente, que buceaba, como una tonina, meciéndose, yendo y viniendo alrededor del canto gordo, con la greña flotante, cual si fuera manojo de porreto; se le vió en seguida remover la piedra, mientras sus piernas continuaban agitándose blandamente hacia arriba, coger el blanco envoltorio, llevársele á la boca; invertir su postura con la agilidad de un _bonito_, y, de dos pernadas y un braceo, aparecer en la superficie con la moneda entre los dientes, resoplando como un hipopótamo de cría.
--¿Echas la mota?--dijo á Andrés después de quitarse el cuarto de la boca, y sosteniéndose derecho en el agua, solamente con la ayuda de las piernas.
--Ni la mota ni un rayo que te parta--respondió Andrés, consumido por la impaciencia.--¡Ni os espero tampoco más!
Y como lo dijo, lo hizo, camino de las Higueras, sin volver atrás la cara.
Cuando la volvió, cerca ya de los prados de San Martín, observó que no le seguía ninguno de sus tres camaradas. En el acto sospechó, no infundadamente, que el cuarto adquirido por Muergo era la causa de la deserción. Sula y la muchacha querrían que se _puliera_ en beneficio de todos.
No le pesó verse solo, pues no le hacía mucha gracia andar en sitios públicos con amigos de aquel pelaje.
Menos le pesó cuando al atravesar, por el podrido tablero, el foso del castillo, vió su _batería_ llena de gente que le había precedido á él con el mismo propósito de asistir desde allí á la entrada de la _Montañesa_; gente que le era bien conocida en su mayor parte, pues había entre ella marinos amigos de su padre, prácticos libres de servicio aquel día, á quienes había visto mil veces, no sólo en el Muelle, sino en su propia casa; el mismo dueño y armador de la corbeta, comerciante rico, que le infundía un respeto de todos los diablos; las mujeres de algunos marineros de ella; el mismísimo don Fernando Montalvo, profesor de náutica, maestro de su padre y de todos los capitanes y pilotos jóvenes de entonces, personaje de proverbial rigidez en cátedra, al cual temía mucho más que al amo de la _Montañesa_, porque sabía que estaba destinado á caer bajo su férula en día no remoto; Caral, el conserje del Instituto Cántabro, que no perdía espectáculo gratis y al aire libre; su amigo el _Conde del Nabo_, con su casacón bordado de plata, resto glorioso de no sé qué empleo del tiempo de sus mocedades, y la sempiterna queja de que no le alcanzaba la jubilación para nutrir el achacoso cuerpo, que ya se le quebrantaba por las _choquezuelas_; don Lorenzo, el cura loco de la calle Alta, tío de un muchacho, amigo de Andrés, que se llamaba _Colo_ y estaba abocado á matricularse en latín, por exigencia y con la protección de aquel energúmeno; _Ligo_, mozo que iba á hacer ya su segundo viaje de piloto, y á cuya munificencia debía él algunos puñados de picadura... y no pocos coscorrones; Aniceto, el sastre inolvidable; Santoja, el famoso zapatero del portal del marqués de Villatorre... y muchos curiosos más de diversas cataduras; algunos con sus catalejos enfundados, y no pocos con sus sabuesos de caza ó su borreguito domesticado... Porque, en aquel entonces, la entrada de un barco como la _Montañesa_, de la matrícula de Santander, de un comerciante de Santander, mandado y tripulado por capitán, piloto y marineros de Santander, era un acontecimiento de gran resonancia en la capital de la Montaña, donde no abundaban los de mayor bulto. Además, la _Montañesa_ venía de la Habana, y se esperaban muchas cosas por ella: la carta del hijo ausente; los _vegueros_ de regalo; la caja de _dulces surtidos_; el sombrero de jipijapa; la letra de 50 pesos; la revista de aquel mercado; las noticias de tal cual persona de dudoso paradero ó de rebelde fortuna, y, cuando menos, las memorias para media población, y algunos indianos de ella, de retorno. La misma curiosidad, y por las mismas razones, excitaban la _Perla_, la _Santander_ y muy pocas fragatas más de aquellos tiempos. Nadie ignoraba en la ciudad cuándo salían, qué llevaban, á dónde iban ni por dónde andaban, como fuera posible saberlo. Sus capitanes y pilotos eran popularísimos, y sus dichos y sus hechos se grababan en la memoria de todos, como glorias de familia. ¿Quién de los que entonces tuvieran ya uso de razón y vivan hoy, habrá olvidado aquella tarde inverniza y borrascosa, en que, apenas avistada al _puerto_ una fragata, se oyó de pronto el tañido retumbante, acompasado, lento y fúnebre del campanón de los Mártires!
--¡Á barco!--exclamaron cientos y cientos de personas que conocían el toque.
--¡La _Unión_!--añadían consternadas, echándose á la calle, las que aún no habían salido de casa.
Porque no ignoraba nadie, desde por la mañana, que la _Unión_ era la fragata avistada, y que venía corriendo un temporal furioso.
Yo me hallaba en la escuela de Rojí al sonar el campanón, y ninguno preguntó allí «¿qué fragata es esa?» cuando se nos dijo: «¡la _Unión_ se va á las _Quebrantas_!» Todos la conocíamos, y casi todos la esperábamos. Con decir que en seguida se nos dió suelta, pondero cuanto puede ponderarse la impresión causada en el público por el suceso. Medio pueblo andaba por la calle, y el otro medio se desparramaba desde el castillo de San Martín al del Hano, viendo consternado, primero, cómo se salvaba la tripulación, casi por milagro de Dios, y, después, cómo daba á la costa el hermoso buque, y se despedazaba á los golpes del embravecido mar, y caía sobre sus despojos una nube de aquellos rapaces costeños, de quienes se contaba, y aún se cuenta, que ponían una vela á la Virgen de Latas siempre que había temporal, para que fueran hacia aquel lado los buques que abocaran al puerto.--No cabe en libros lo que se habló en Santander de aquel triste suceso, que hoy no llevaría dos docenas de curiosos al polvorín de la Magdalena. Y aún fué, pasados los años, tema compasible de muchas y muy frecuentes conversaciones; y todavía hoy, como se ve por la muestra, sale á colación de vez en cuando.
Y con esto, vuelvo á las personas que dejamos en San Martín esperando la llegada de la _Montañesa_.
Á pesar de ser muchas, se hablaba muy poco entre ellas; lo cual acontece siempre que se aguarda un suceso que interesa por igual á todos los circunstantes, ó están las gentes á cielo descubierto, delante de la naturaleza que habla por los codos, sin dejar que nadie meta su cuchara en la conversación... ¡Y qué elocuente estaba aquel día! La mar, verdosa y fosforescente, rizada por una brisa que yo llamaría juguetona, si el término no estuviera tan desacreditado por copleros chirles y por _impresionistas_ cursis, que quizá no han salido nunca de los trigos de tierra adentro; el sol despilfarrando alegre sus haces de luz, que centelleaba entre los pliegues de la bahía y en los rojos traidores arenales de las Quebrantas. Allá, en el fondo del paisaje, los azulados picos de Matienzo y Arredondo, y más cerca, las curvas elevadas y los senos sombríos de la cordillera que iba perfilando la vista desde el cabo Quintres y las lomas de Galizano, hasta los puertos de Alisas y la Cavada, transparentándose en una bruma sutil y luminosa, como velo tejido por hadas con hilos impalpables de rocío; y allí, al alcance de la mano, los cerros del Puntal recibiendo en sus cimientos arenosos los besos amargos de la creciente marea. Por todo ruido, el incesante rumor de las aguas al tenderse perezosas en la playa contigua, ó al mojar con sus rizos, agitados por el aire, las asperezas del peñasco. No se veía el pulmón bastante henchido nunca de aquel ambiente salino, ni la vista se hartaba de aquella luz reverberante, parlanchina y revoltosa, que se columpiaba en la bruma, en las aguas y en las flores.
No sé si irían precisamente por este lado todos los pensamientos de aquellas personas cuando discurrían de una á otra parte por la explanada del castillo, ó se encaramaban en la paredilla del parapeto, ó se tumbaban sobre la yerba de la braña exterior, sin hablar más de tres palabras seguidas y con la vista errabunda por todos los términos del paisaje; pero puede apostarse á que, si por arte de hechicería se les hubiera puesto delante, en lugar del miserable castillejo, los mayores prodigios de la industria humana ó las maravillas de los palacios de Aladino, los hubieran contemplado sin el menor asombro; señal, aunque sin darse cuenta de ello, de que, á sus ojos, valían mucho más las maravillas de la naturaleza. Andrés era el único de los espectadores que no paraba mientes en estas maravillas, ni las hubiera parado tampoco en las de la misma Pari-Banú, si allí se hubiera presentado para transformar de repente el castillo en un alcázar de oro con puertas de esmeraldas. Pensaba en la llegada de su padre, y del barco de su padre, y á lo más, en que toda aquella gente estaba allí para ver eso mismo que tanto le interesaba á él, por ser hijo de quien era; es decir, del héroe de la fiesta. ¡Si estaría hueco y gozoso y preocupado! Ligo le había tomado por su cuenta; y después de andar con él de un lado para otro, haciéndole reir ó ponerse colorado con las cosas que preguntaba al Conde del Nabo sobre la flojedad de sus choquezuelas, ó á Caral acerca de su _canoa_ (sombrero), se habían acomodado juntos en lo más alto y saliente del promontorio.
Al fin, se oyeron muchas voces que exclamaron á un tiempo:
--¡Ahí está!
Y allí estaba, en efecto, la _Montañesa_, que abocaba orzando, cargada de trapo hasta los topes, el pabellón ondeando en el pico de cangreja, y con el práctico á bordo ya, pues que llevaba la lancha al costado. Apenas arribó sobre la Punta del puerto, ya se la vió pasar rascando la Horadada por el Sur del islote, y tomar en seguida, como dócil potro bien regido, el rumbo de la canal. La brisa la empujaba con cariño, y sobre copos de blandos algodones parecían mecerse sus amuras poderosas.
Cada movimiento del barco arrancaba un comentario de aplauso á los inteligentes de San Martín, y producía un tumulto en el corazón de Andrés, que era el más interesado de todos en las valentías de la corbeta y en la llegada de su capitán.
Así se fué acercando poco á poco, siguiendo inalterable su derrotero, como quien pisa ya terreno conocido, que es, además, camino de su casa; y tanto y con tal destreza atracaba la costa de los espectadores, que cualquier ojo ducho en estas maniobras hubiera conocido que el práctico que la gobernaba se había propuesto demostrar á los _contramaestres de muralla_ que allí no se trabajaba á lo zapatero de viejo, sino que se hilaba mucho y por lo fino. ¡Y vaya si el tío Cudón, que era el práctico que había tomado á la corbeta en el Sardinero, sabía, como el más guapo, _meter_ como una seda el barco de mayor compromiso!
Y en esto continuaba arribando, con un andar de siete millas; y llegó á oirse el rumor de la estela, y el crujir de la jarcia al rehenchirse la lona, y el resonar de la cadena al ser sacada de sus cajas, y plegadas á proa las brazas suficientes de ella para dar fondo en el momento oportuno; algún espectador creía distinguir caras conocidas sobre el puente; llegó á verse claro y distinto al piloto _Sama_, sobre el castillo de proa, con sus botas de agua, su chaquetón obscuro y su gorra de galón dorado... y Andrés, exclamando: «¡mírale!» apuntó, con el brazo tendido, á su padre, de pie sobre la toldilla de popa, junto á la rueda del timón, y la diestra en la driza de la bandera, con la cual, momentos después y al hallarse la corbeta casi debajo de la visual de los espectadores de San Martín, respondió á las aclamaciones y saludos de éstos, izándola tres veces seguidas, mientras se llenaba la borda de estribor de tripulantes y pasajeros que agitaban al aire sus gorras y jipijapas. Entonces pudieron gozarse á la simple vista todos los detalles de la corbeta... ¡La muy presumida! ¡Cómo había cuidado, antes de abocar al puerto, de sacudirse el polvo del camino y arreglarse todos sus perifollos! Sus bronces parecían oro bruñido; traía las vergas limpias de palletería, y sin sus forros de lona, burdas y cantos de cofa; oscilaba en la batayola el catavientos de pluma, que sólo se luce en el puerto, y flameaban en los galopes de la arboladura la grímpola azul con el nombre del barco en letras blancas; la contraseña de la casa, y la bandera blanca y roja de la matrícula de Santander.
Otra vez saludó el pabellón de la _Montañesa_, y otra vez más volvieron á cruzarse vítores, hurras y sombreradas entre la gente de á bordo y la de tierra; y como si el barco mismo hubiera participado del sentimiento que movía tantos ánimos, haciendo crujir de pronto todo su aparejo, hundió las amuras en el agua hasta salpicar las anclas, que ya venían preparadas sobre capón y boza, y se tendió sobre el costado de babor, dejando al descubierto en el otro, por encima de las lumbres de agua, más de una hilada de reluciente cobre.
En esta posición gallarda, meciéndose juguetona en el lecho de hervorosa espuma que ella misma agitaba y producía, se deslizó á lo largo del peñasco, rebasó en un instante del escollo de las _Tres hermanas_, cargáronse en seguida sus mayores y se arriaron gavias, foques y juanetes; y muy poco más allá, á la voz resonante y varonil de _¡fondo!_ que se dejó oir perceptible y clara sobre el puente, caía un ancla en el agua y se percibía el áspero sonido de los eslabones, al filar por el escobén más de cuarenta brazas de cadena. Con lo que la airosa corbeta, tras un fuerte estremecimiento, quedó inmóvil sobre las tranquilas aguas del fondeadero de la _Osa_, como corcel de bríos parado en firme por su jinete á lo mejor de su carrera.
[Ilustración]
[Ilustración]
III
DÓNDE HABÍA CAÍDO LA HUÉRFANA DE MULES
Tío Mocejón, el de la calle alta (porque había otro Mocejón más joven en el Cabildo de Abajo), era un marinero chaparrudo, rayano con los sesenta, de color de hígado con grietas, ojos pequeños y verdosos, de bastante barba, casi blanca, muy mal nacida y peor afeitada siempre, y tan recia y arisca como el pelo de su cabeza, en la cual no entraba jamás el peine, y rara, muy rara vez, la tijera. Tenía los _andares_ como todos los de su oficio, torpes y desaplomados; lo mismo que la voz, las palabras y la conversación. El mirar en tierra, obscuro y desdeñoso. En tierra digo, porque en la mar, como andaba en ella, ó por encima ó alrededor de ella venía cuanto en el mundo podía llamarle la atención, ya era otra cosa. El vil interés y el apego instintivo al mísero pellejo le despertaban en el espíritu los cuidados; y no hay como la luz de los cuidados para que echen chispas los ojos más mortecinos. En cuanto á genio, mucho peor que la piel, que la barba, las greñas, los andares y la mirada; no por lo fiero precisamente, sino por lo gruñón, y lo seco, y lo áspero, y lo desapacible. Unos calzones pardos, que al petrificarse con la mugre, el agua de la mar y la brea de la lancha, habían ido tomando la forma de las entumecidas piernas; unos calzones así, atados á la cintura con una correa; unos zapatos bajos, sin tacones ni señal de lustre, en los abotagados pies; un _elástico_ de _cobertor_, ó manta palentina, sobre la camisa de estopa, y un gorro catalán puesto de cualquier modo encima de las greñas, como trapo sucio tendido en un bardal, componían el sempiterno envoltorio de aquel cuerpo, pasto resignado de la roña, y muy capaz hasta de pactar alianzas con la lepra, pero no de dejarse tocar del agua dulce.
Pues con ser así tío Mocejón, no era lo peor de la casa; porque le aventajaba en todo la Sargüeta, su mujer, cuyo genio avinagrado y lengua venenosa y voz dilacerante, eran el espanto de la calle, con haber en ella tantas reñidoras de primera calidad. Era más alta que su marido, pero muy delgada, pitarrosa, con hocico de merluza, dientes negros, ralos y puntiagudos; el color de las mejillas, rojo curado; y lo demás de la cara, pergamino viejo; el pecho hundido, los brazos largos; podían contarse los tendones y todos los huesos de sus canillas, siempre descubiertas, y apestaba á _parrocha_ desde media legua. Nunca se le conoció otro atalaje que un pañuelo obscuro atado debajo de la barbilla, muy destacado sobre la frente y caído hacia los ojos, para que no los ofendiera la luz; un mantón de lana, también obscuro y también sucio, y hasta remendado, cruzadas sobre el pecho las puntas y amarradas encima de los riñones; un refajo de estameña parda, y en los pies unas chancletas con luces á todos los vientos.