Teatro selecto, tomo 2 de 4 · Capítulo real 31 de 245

ESCENA XVI

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

DON GUTIERRE.

Nada Enrique respondió; Sin duda se convenció De mi razon. ¡Ay de mí! ¿Podré ya quejarme? Sí; Pero consolarme, no. Ya estoy solo, ya bien puedo Hablar. ¡Ay Dios! ¡quién pudiera Reducir solo á un discurso, Medir con sola una idea Tantos géneros de agravios, Tantos linajes de penas Como cobardes me asaltan, Como atrevidos me cercan! ¡Ahora, ahora, valor, Salga repetido en quejas, Salga en lágrimas en vuelto El corazon á las puertas Del alma, que son los ojos! Y en ocasion como esta, Bien podeis, ojos, llorar: No lo dejeis de vergüenza. ¡Ahora, valor, ahora Es tiempo de que se vea Que sabeis medir iguales El valor y la prudencia! Pero cese el sentimiento, Y á fuerza de honor, y á fuerza De valor, áun no me dé Para quejarme licencia; Porque adula sus penas El que pide á la voz justicia dellas. Pero vengamos al caso, Quizá hallarémos respuesta. ¡Oh, ruego á Dios que la haya! ¡Oh, plegue á Dios que la tenga!-- Anoche llegué á mí casa, Es verdad; pero las puertas Me abrieron luego, y mi esposa Estaba segura y quieta. En cuanto á que me avisaron De que estaba un hombre en ella, Tengo disculpa en que fué La que me avisó ella mesma. En cuanto á que se mató La luz, ¿qué testigo prueba Aquí que no pudo ser Un caso de contigencia? En cuanto á que hallé esta daga, Hay criados de quien pueda Ser. En cuanto (¡ay dolor mio!) Que con la espada convenga Del Infante, puede ser Otra espada como ella; Que no es labor tan extraña, Que no hay mil que la parezcan. Y apurando más el caso, Confieso (¡ay de mí!) que sea Del Infante, y más confieso, Que estaba allí, aunque no fuera Posible dejar de verle; Mas siéndolo, ¿no pudiera No estar culpada Mencía? Que el oro es llave maestra, Que las guardas de criadas Por instantes nos falsea. ¡Oh! ¡cuánto me estimo haber Hallado esta sutileza! Y así acortemos discursos, Pues todos juntos se cierran En que Mencía es quien es, Y soy quien soy. No hay quien pueda Borrar de tanto esplendor La hermosura y la pureza.-- Pero sí puede, mal digo; Que al sol una nube negra, Si no le mancha, le turba, Si no le eclipsa, le hiela. ¿Qué injusta ley condena, Que muera el inocente y que perezca? A peligro estais, honor, No hay hora en vos que no sea Crítica, en vuestro sepulcro Vivís, puesto que os alienta La mujer, en ella estais Pisando siempre la huesa. Yo os he de curar, honor, Y pues al principio muestra Este primero accidente Tan grave peligro, sea La primera medicina Cerrar al daño las puertas, Atajar al mal los pasos. Y así es receta y ordena _El Médico de su honra_ Primeramente la dieta Del silencio, que es guardar La boca, tener paciencia: Luégo dice que apliqueis A vuestra mujer finezas, Agrados, gustos, amores, Lisonjas, que son las fuerzas Defensibles, porque el mal Con el despego no crezca; Que sentimientos, disgustos, Celos, agravios, sospechas Con la mujer, y más propia, Aun más que sanan, enferman. Esta noche iré á mi casa, De secreto entraré en ella Por ver qué malicia tiene El mal; y hasta apurar ésta, Disimularé, si puedo, Esta desdicha, esta pena, Este rigor, este agravio, Este dolor, esta ofensa, Este asombro, este delirio, Este cuidado, esta afrenta, Estos celos... ¿Celos dije? ¡Qué mal hice! Vuelva, vuelva Al pecho la voz. Mas no, Que si es ponzoña que engendra Mi pecho, si no me dió La muerte (¡ay de mí!) al verterla, Al volverla á mí podrá; Que de la víbora cuentan Que la mata su ponzoña, Si fuera de sí la encuentra. ¿Celos dije? ¿Celos dije? Pues basta; que cuando llega Un marido á saber que hay Celos, faltará la ciencia; Y es la cura postrera Que el médico de honor hacer intenta.

_(Vase.)_