Teatro selecto, tomo 3 de 4 · Capítulo real 5 de 196
ESCENA IV
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.
DON FÉLIX, LISARDO.
D. FÉLIX.
Bien os acordais de aquellas Felicísimas edades Nuestras, cuando los dos fuimos En Salamanca estudiantes. Bien os acordais tambien Del libre, el glorioso ultraje Con que de Vénus y Amor Traté las vanas deidades, De su hermosura y sus flechas Tan á su pesar triunfante, Que de rayos y de plumas Coroné mis libertades. ¡Oh nunca hubieran, Lisardo, Luchado tan desiguales Fuerzas, porque nunca hubieran Podido los dos vengarse, O hubiera sido su golpe, Puesto que á todos alcance, Por costumbre solamente, Flecha disparada al aire, Y no por venganza flecha Bañada en venenos tales, Que salió del arco pluma, Corrió por el viento ave, Llegó rayo al corazon, Donde se alimenta áspid! La primer vez que sentí Este golpe penetrante, Que sabe herir sin matar (Y áun esto es lo más que sabe), En la juventud del año, Una tarde fué agradable Del abril; pero mal dije, Al alba fué. No os espante Ser por la tarde y al alba; Que con prestados celajes, Si bien me acuerdo, aquel dia Amaneció por la tarde. Este, pues, como otros muchos, Por divertirme y holgarme Salí á caza, y empeñado Llegué de un lance á otro lance Al real sitio de Aranjuez, Que, como poco distante Está de Ocaña, él es siempre Nuestro prado y nuestro parque. Quise entrar á sus jardines, Sin saber qué me llevase A ver lo que tantas veces Habia visto; que esto es fácil Todo el tiempo que no asisten Al sitio sus Majestades. En el de la Isla entré... ¡Oh cómo, Lisardo, sabe La desdicha prevenirse, El daño facilitarse! Pues como la mariposa, Que halagüeñamente hace Tornos á su muerte, cuando Sobre la llama flamante Las alas de vidrio mueve, Las hojas de carmin bate; Así el infeliz, llevado De su desdicha al exámen, Ronda el peligro, sin ver Quien al peligro le trae. Estaba en la primer fuente (Que es un peñasco agradable Donde, temiendo el diluvio De sus cruzados cristales, Parece que van viniendo A él todos los animales) Una mujer recostada En la siempre verde márgen De murta, que la guarnece Como cenefa ó engaste De esmeralda, á cuyo anillo Es toda el agua diamante. Tan divertida en mirar Su hermosura en el estanque Estaba, que puse duda Sobre si es mujer ó imágen; Porque como ninfas bellas De plata bruñida hacen Guarda á la fuente, tan vivas, Que hay quien espere que hablen; Y ella miraba tan muerta, Que no pudo esperar nadie Que se pudiese mover, La naturaleza al arte Me pareció que decia: «No blasones, no te alabes De que lo muerto desmientes Con más fuerza en esta parte Que yo desmiento lo vivo; Pues en lo contrario iguales, Sé hacer una estatua yo, Si hacer tú una mujer sabes, O mira un alma sin vida, Donde está con vida un jaspe.» Al ruido que entre las hojas Hice (¡ay de mí!), por llegarme A mirarla de más cerca, Del éxtasis agradable (¡No fuese de amor!) volvió Con algun susto á mirarme. No me acuerdo si la dije Que ufana no contemplase Tanta beldad, por el riesgo De ser de sí misma amante; Que donde hubo ninfa y fuente, No fué posible escaparme Del concepto de Narciso. Ella, honestamente grave, Sin responderme volvió La espalda, y siguió el alcance De una tropa de mujeres Que andaba más adelante Midiendo de los jardines Ya los cuadros, ya las calles, Hasta que su pié llegó A hacer á todos iguales; Porque al pequeño contacto, Flores produjo fragantes Tantas la arena, que ya No pudo determinarse Si era calles, ó era cuadros El jardin por todas partes; Pues fueron rosas despues, Las que eran veredas ántes. El traje que se vestia Era un bien mezclado traje, Ni bien de corte, ni bien De aldea, sino á mitades, De señora en el aliño, De aldeana en el donaire. En un airoso sombrero Llevaba un rizo plumaje, A quien tuvieron accion La tierra despues y el aire Por el matiz ó la pluma, Sobre si era flor ó ave. Seguíla hasta que llegó A la cuadrilla, que errante Coro tejido de ninfas, A los templados compases De hojas, pájaros y fuentes, Sonoramente süaves, Cada paso era un festin, Cada descuido era un baile. A todas las conocia, En fin, como naturales De Ocaña, y sólo ignoré Quién era de mis pesares La ocasion; que ya lo era, Porque desde el mismo instante Que la ví, sentí en el alma Todo lo que hoy siento. Nadie Diga que quiso dos veces; Que aunque aquí mire, allí hable, Aquí festeje, allí escriba, Aquí pierda y allí alcance, No ha de querer más que una; Que no pueden ser iguales En el mundo dos efectos, Si de una causa no nacen. De algunas de las que iban Con ella, pude informarme De quién era, y hallé en ella Más calidad por su sangre, Que por su beldad. La causa De no haberla visto ántes, Fué por haberse criado En la corte con su padre, Hasta que á Ocaña se vino, Porque viva donde mate. No os digo que la serví Feliz y dichoso amante, Porque dichas que se pierden Son las desdichas más grandes; Sólo digo que obligada A mis finezas constantes, A mis servicios corteses Y á mis afectos leales, Merecí que alguna noche Por una reja me hablase De un jardin, donde testigos Fueron de venturas tales La noche y jardin; que sólo A los dos quise fiarme: Porque al jardin y á la noche, Que son el vistoso alarde, Ya de flores, ya de estrellas, Hiciera mal de negarles, A las unas lo que influyen, Y á las otras lo que saben; Puesto que estrellas y flores Siempre en amorosas paces, Enlazadas unas de otras Eran terceras de amantes. Desta suerte, pues, teniendo La fortuna de mi parte, Viento en popa, del amor Corrí los inciertos mares, Hasta que el viento mudado Levantaron huracanes De una tormenta de celos, Montes de dificultades. Tormenta de celos dije: Ved, si alguna vez amasteis, ¿Qué esperanza hay del piloto? ¿Qué seguro de la nave? Bien crêréis, Lisardo, bien, Cuando así escucheis quejarme De los celos, que soy yo Quien los tiene: no os engañe El afecto de sentirlos Desta suerte; porque ántes Soy quien los he dado, y ellos Son en sus efectos tales, Que me matan dados, como Tenidos pueden matarme. ¡Oh! ¿A qué nacen los que á ser Dados ni tenidos nacen? Hay una dama en Ocaña, A quien yo rendido amante Festejé un tiempo; ésta, pues, Por darme muerte y vengarse, Se ha declarado con ella, Fingiendo finezas grandes Que á mi amor debe. ¡Ay Lisardo, Qué prontamente, qué fácil En los celos las mentiras Sientan plaza de verdades! Con esto se ha retirado Tal, que áun para disculparme No permite que la vea, No me deja que la hable. Mirad, pues, si este cuidado Consentirá que descanse, Cercado de tantas penas, Cargado de tantos males, Muerto de tantos disgustos, Lleno de tantos pesares; Y finalmente teniendo Sin culpa ofendido á un ángel, Pues el padecer sin culpa, Es la desdicha más grande.
LISARDO.
Don Félix, aunque los celos, De quien así os quejais, basten A dar pesadumbre dados, En no ser tenidos traen Anticipado el consuelo; Que el dolor es tan distante Desde darlos á tenerlos, Cuanto hay de ser un amante La persona que padece, O la persona que hace. Con lástima empecé á oiros Cuando los celos nombrasteis; Mas cuando dijisteis que eran Engaños y no verdades, La lástima se hizo envidia; Porque no hay gusto tan grande Cuando hay desengaño, como Hacer damas y galanes, O paces para reñir, O reñir para hacer paces. Id á ver á vuestra dama, Que yo sé, aunque más se guarde, Pues ella tiene los celos, Que ella está en aqueste instante, Más que vos desengañarla, Deseando desengañarse.