Teatro y novela (artículos criticos) 1903-1906 · Unidad 17 de 35

Unidad 17 · UN DRAMA DE FRANCOS RODRÍGUEZ

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

UN DRAMA DE FRANCOS RODRÍGUEZ

Jyk CABA muy tarde la representación en el teatro ^ ^ de la Princesa, y por la Compañía de Thuillier, del drama del director del Heraldo, Francos Rodríguez, drama que se titula El Catedrático y que es una obra admirable, notabilísima y no tengo tiempo — puesto que quiero escribir esta misma madrugada, fresca aún la memoria del argumento y viva la emoción que he sentido aplaudiéndolo— más que para enviar á mis lectores del «otro mundo» una noticia rápida de este éxito tan señalado que á mí me llena de satisfacción y de regocijo.

Conozco á Francos Rodríguez hace muchos años, creo que son más de veinte; en aquella época en que ambos comenzábamos nuestra carrera de periodistas, porque, poco más ó menos, somos de la misma edad, pertenecemos á una misma generación, esencialmente política, creyente en las ideas del siglo, en que por las ideas se mueve al mundo. Nosotros nos envanecemos de ser lo bastante ilusos é inocentes para no considerar, como los filósofos y literatos an-

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dróginos del día, que la verdad, la moral y el derecho sólo deben regir al vulgo, siendo indiferentes á los llamados intelectuales. Nosotros asistimos de muy niños á las escenas, por lo común trágicas, de la revolución de Septiembre, aprendiendo á leer en los periódicos radicales de entonces, en los discursos inflamados de los oradores republicanos de las Constituyentes, y por eso, no desdeñamos, como los superhombres que ahora se estilan, las luchas por el progreso, por el ideal. Nosotros creemos en la Libertad, en la Igualdad y en la Fraternidad, y no nos avergonzamos de suspirar por esas diosas revolucionarias, ni nos importa que en tal sentido nos califiquen de cadetes en la primera aventura de amor. Nosotros, en fin, somos y seremos profundamente anticlericales, sin que se nos pase por las mientes el transigir con las supersticiones religiosas, ni caer en la estrambótica afición á las nuevas formas decadentes del misticismo. No aspiramos á que se nos tenga por seres superiores, de mayor calidad y de mejor aleación que los pertenecientes á las generaciones que nos sucedieron, pero somos sí distintos^ y aunque no pudimos participar de la dicha de ser actores en la única revolución que hubo en España, comprendemos y admiramos la época aquella tan poética, idealista, dispuesta al sacrificio...

Y digo todo esto á manera de explicación de la profunda simpatía que há tiempo me une á Francos Rodríguez y lo muy dispuesto que me hallo á aplaudir cuanto venga de su pluma, porque sé que estará impregnado de una sana, honda sinceridad, sin mez-

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cía de hipocresías, sin ser producto de cofradía literaria. Es un espíritu libre de prejuicios y dogmatismos, en constante ansia de ideal, abierto á todas las renovaciones de escuelas y sistemas, siempre, es claro, que no sean aberrantes y regresivas. Lo que escribe Francos Rodríguez tiene el perfume de la espontaneidad, la huella de lo que es en él primordial, la condición de periodista como nadie conocedor de lo que emociona y hace vibrar al público.

Pepe Francos, como le llama todo el mundo, porque es uno de los hombres más simpáticos de Ma* drid, con un mayor número de amigos entusiastas y verdaderos, es médico, es orador, es poeta, es periodista, es dramaturgo, y nadie sabe como le queda tiempo para ser tantas cosas á la vez y descollar en todas en primera línea.

Recuerdo que allá, en el verano de 1889 — por eso dije antes que cuenta larga fecha la historia de nuestra amistad — me acerqué á Francos Rodríguez para pedirle un favor y hallé en él, desde el primer instante, al camarada cariñoso, afectuosísimo de siempre. Era yo por aquel tiempo corresponsal de El Mercan* til Valenciano^ uno de los periódicos de provincias mejor hechos de toda España. Había llegado la época de las vacaciones parlamentarias y 3e anunciaba, como todos los años, la feria de Julio en Valencia cual una fiesta solemne, artística, esplendorosa. Necesitaba Bl Mercantíl qué durante mi ausencia, del 20 de Julio á los primeros días de Agosto, me sustituyese en Madrid otro 70, por las ideas y por el cuidado escrupuloso que tuviera en la correspondencia postal

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y telegráfica. Nos cogía á todos cansados, aburridos aquel verano después de las sesiones animadas y tumultuarias del Congreso con motivo de la ruptura de Martos con Sagasta, después de la enorme pesadilla de la vista del crimen de la calle de Fuencarral. ¿Dónde hallar periodista inteligente, notable y que al propio tiempo fuese de fiar por la exactitud, diligencia y seriedad? Periodistas de talento no faltan en Madrid, pero no abundan los trabajadores, los formales, los que arriman el hombro á la tarea de todos los días. Y pensé en Francos como el único, el ideal periodista capaz de trabajar doce ó catorce horas diarias, con inteligencia, literatura, como un auténtico maestro.

Me encaminaba á la calle de Santa Brígida, don* de entonces vivía Francos Rodríguez, cuando me encontré al gran Gualberto Gómez tan estimado en España como en Cuba y juntos nos fuimos en busca de nuestro compañero. Juan Gualberto era también de los nuestros, de los mitins abolicionistas y librecambistas y republicanos, de la tribuna de la prensa. Se le quería como á un hermano... Apenas se enteró del rumbo y objeto de mi visita, fué diciéndome cuanta era su admiración por Francos, por su gran oratoria, concluyendo por afirmar: «áése le veremos de ministro.» — ¿Con la Monarquía? pregunté yo incrédulo. Y Gómez me contestó imperturbable: 4cCon la Monarquía, claro es, á no ser que usted quiera que se venga á nuestra próxima República de Cuba...» Creí que se burlaba de mí el buen Gualberto al lanzar su doble profecía. No era, no, profecía,

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sino visión anticipada de lo futuro: una parte del pronóstico, la de que habría República en Cuba, ya se cumplió; la otra, espero que no tardará en cumplirse para bien de las ideas radicales, de la izquierda liberal.

Llegamos á casa de Francos. Estaba en su clínica y le aguardamos largo rato y cuando se vio libre de las visitas y consultas, vino á recibirnos con los brazos abiertos. Era entonces Francos Rodríguez un médico de muchísimo porvenir, un discípulo predilecto, y que en la laboriosidad aventajaba al maestro, del sabio doctor Cortezo. Poco después abandonaba la profesión cogido en el engranaje de la política y del periodismo que no permite se compartan sus absorbentes tareas con otra cosa alguna. Es uno periodista para toda la vida, hasta reventar, hasta morir, sin poder romper ya nunca estas cadenas doradas. Como periodista insigne, de raza, de sangre, aceptó Francos la ingrata comisión que le encomendaba y lo hizo tan admirablemente que por poco me quedo yo sin plaza de corresponsal de El Mercantil al volver á Madrid.

Han pasado años y más años, Francos estuvo en El País, dirigió La Justicia y El Globo^ hizo campañas notables en el Ayuntamiento, fué diputado autonomista, afianzó su fama bien ganada de orador; estrenó muchos dramas, escribió libros y hoy es director del Heraldo^ un director ideal, de grandes iniciativas y talentos, de un trabajo á prueba de bomba, capaz de hacerse él solo el periódico, sin un momento de desmayo. Los que con él vivimos sabe-

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mos lo mucho que vale, lo vario, sólido y profundo de su ingenio. Y dedicando como dedica doce ó catorce horas diarias al Heraldo^ todavía le queda tiempo para ¿scribir dramas, pronunciar discursos, estar en todas las fiestas, ser el primero en el trabajo y el primero también en los esparcimientos del espíritu...

Francos Rodríguez no es un dramaturgo novel, no es esta la primera vez que recoge lauros en el teatro. Fueron muchas las ocasiones en que solo ó acompañado de su amigo y paisano González Llana, logró merecidos aplausos, ora traduciendo las obras más salientes del gran repertorio contemporáneo de ios Dumas y de los Sardou ; ora arreglando á la escena moderna las obras de los inmortales clásicos de todas las literaturas; ora, en fin, componiendo dramas originales de indiscutible mérito y substancia. El Ca^ tedráticQ es obra suya exclusiva, sin mezcla de colaboración ni de traducción, como fruto maduro de su mucho talento. Y yo no sé cuando ha podido escribirlo, de donde saca el sosiego para tales menesteres literarios que parecen exigir reposo y soledad, que el espíritu esté tranquilo sin depender del suceso, de la actualidad periodística, de que no se escape una noticia. Y en El Catedrático hay eso, la profunda visión de la vida, que sólo se adquiere al través de la prensa, el savoir faire del que tiene costumbre de

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emocionar al público y de someterlo. Con la mitad de la observación, de la psicología que hay en este drama se darían por satisfechos algunos autores para repartirlas en muchos dramas. Instantes tiene la obra en que pasa por el teatro el soplo creador de los grandes maestros y el mitin en que habla el catedrático y se vuelve loco, en nada desmerece de las mejores páginas de la literatura contemporánea.

Expondré el argumento á grandes rasgos para que los lectores se persuadan de esto que á la ligera apunto. Se levanta el telón y el acto primero pasa en la casa del bedel Galiana, que vive con su mujer y con su hijo Eduardo. En aquel hogar modesto se aguarda con la natural impaciencia el resultado de las oposiciones que hace Eduardo á la cátedra de Derecho penal vacante en Madrid.

Los amigos del joven opositor vienen á buscar á éste para ir á la Universidad donde se ha de votar la provisión de la cátedra, el primer lugar ansiado por todos los contrincantes. Los padres de nuestro héroe quedan en la casa esperando el resultado, recordando los esfuerzos que hicieron para dar carrera á su hijo. Momento tierno é interesante, en el que se vive en un minuto toda la vida. En su íntimo coloquio les sorprende Ismael que viene á recordarles el deber que tienen de ampararle por algo que aún no se ha revelado. Al llamar Gabriela, una señorita que vive en el cuarto de al lado de Eduardo y que está enamorada de éste, los padres de Eduardo esconden á Ismael.

Se presenta luego en escena Eduardo acompañado

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de sus amigos. Triunfó, se llevó la cátedra. Era el mejor y el Tribunal así lo ha reconocido y proclamado por unanimidad. Todo le anuncia un porvenir brillante. Sus padres al ñn verán realizados sus sueños de ventura. El bedel, el que pasó la existencia admirando á los profesores se verá á su vez querido y respetado en la persona de su hijo. La muceta roja ejerce en el ánimo de Galiana una sugestión avasalladora, suprema. Y él, el opositor triunfante goza del júbilo propio y del júbilo de sus padres, poseído del más legítimo de los orgullos, el que se funda en la intelectualidad que sirve para algo, el de aquel que sabe que todo se lo debe á sus méritos y no á la intriga, á la recomendación, á las polacadas ^ como se decía en tiempos de los moderados.

Como un rayo de sol que alegra la pobre estancia, entra Eduardo en su casa y viendo allí á Gabriela le declara su voluntad, su amorío. Los padres reciben la proposición con alegría, y cuando todo anuncia contento y felicidad se presenta Ismael. Eduardo no lo conoce, Eduardo no sabe quién es y sorprendido se lo pregunta, yendo envuelta en la interrogación cual una protesta, por interrumpir de ese modo brusco é injustificado su naciente dicha. «¿Quién eres?» pregunta Eduardo. «Nadie, responde Ismael, una sombra que pasa, una historia triste que interrumpe una conversación alegre. Volveré...»

En el acto segundo ya Eduardo ejerce sus nuevas funciones. Empieza á conseguir fama y provecho, pero su novia y sus amigos advierten en él algo anormal. ¿Qué se hizo de aquel su optimismo sano, fuer-

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te, lleno de alegría confortadora, de ilusiones, de confianza en el porvenir, de tranquila seguridad en si mismo? La alegría es salud, ¿por qué está triste iluestro protagonista? ¿Qué te pasa? le dicen á una su enamorada y sus íntimos. El nota que un hombre extraño, antipático, persigue á sus padres con persecución inexplicable y sistemática. Es Ismael, el desconocido que en el primer acto se le presentó de repente á turbar su felicidad. ¿Por qué? ¿Con qué derecho? ¿Tendrá ese hombre algún motivo para amargar la existencia honrada del bedel? Y si no lo tiene, ¿por qué sus padres no ahuyentan á tal fantasma anunciador de infortunios? A acrecentar esas cavilaciones contribuye el hecho no menos absurdo y extraño de que sus padres se nieguen á participar de la nueva posición del hijo. ¿Por qué? Y el obscuro enigma le abruma, le entristece, casi como un remordimiento, no obstante no ser él culpable de ninguna culpa. Es buen hijo, buen ciudadano, trabaja con ahinco, jamás perjudicó al prójimo con una sombra de mala intención. ¿Qué me pasa? se pregunta también él, y de descifrarle el misterio se encarga el propio Ismael, el hombre extraño y desconocido.

He aquí el secreto. El padre de Eduardo era el encargado de cuidar cuando niño de Ismael, hijo adulterino de un profesor de la Universidad, que confiaba en el bedel. Al morir el padre de Ismael, el de Eduardo dedicó á éste el dinero que le confiaron para el hijo del catedrático difunto. Con ese dinero siguió la carrera Eduardo.

Cuando éste conoce el turbio origen de su buena

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suerte siente un gran dolor. Ismael le dice que siempre, siempre, estará frente á él para recordarle, para echarle al rostro la infamia de sus padres. ¡Cruel revelación! ¿Será verdad lo que ha dicho ese miserable, ese bastardo que no es bueno ni útil para nada? Sí, sus padres confundirán al impostor. Y corre presuroso á buscarlos.

Galiana y Ramona explican á su hijo los móviles que les indujeron á la mala acción. «Éramos pobres, queríamos sacrificarnos, creándote un porvenir lucido. Sacrificios de dinero no podíamos hacerlos, no lo teníamos. Te sacrificamos la honradez.» Y luego aclaran más y más el misterio. Ismael era un perdi* do, lleno de vicios, incapaz de estudiar, rebelde á toda disciplina, bohemio hasta la médula, pero no con la bohemia del talento y del ingenio y de la literatura, sino con la de la truhanería. Y entonces, vino la tentación ella sola. Aplicaron el dinero á quien lo merecía, por excesivo amor paternal, no por instinto de criminales. Adjudicaron al trabajo, á la preparación para la cátedra, á la Universidad, lo que del trabajo, de la cátedra y de la Universidad venía. El padre de Ismael si hubiera vivido hubiera aprobado su conducta. Y la prueba de su inocencia, es que ellos. Galiana y Ramona siguen viviendo en la pobreza. No quieren nada para ellos. A su vez animan á Eduardo. «Sigue tu camino, le dicen. ¿Tú que has robado? En el delito que te atormenta no se ha mezclado para nada tu voluntad. Junto al pedazo de tierra mío, estaba el pedazo de tierra estéril. Corría el arroyo cerca de los dos. Eché yo el agua á la tierra productora.

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no tanto por ser mía como por ser buena. ¿Qué culpa tiene el fruto de los latrocinios del labrador?».

La escena es hermosísima, de una gran intensidad dramática. Es el choque de tres almas; para las dos primeras hay la excusa y el perdón del amor paternal, para la tercera no hay excusa posible porque su moral rechaza el origen turbio de su felicidad actual. Y Eduardo anonadado, perdidas muchas ilusiones, desgarrada el alma, dudando de todo, incluso de sus padres, pero comprendiendo que ya no puede torcer el destino y que además Ismael haría inútil la restitución, incapaz como es de regenerarse, se apresta á seguir luchando, abismándose en el estudio y en el trabajo para olvidar el pasado.

El acto tercero tiene dos cuadros, y en él se pinta lo que es un mitin político. Se sabe que Ismael persigue á Eduardo de noche y de día, en todas partes; pero ni le increpa ni le amenaza. No hace más que mirarle. Es un fiscal mudo que acusa sin cesar, es un recuerdo vivo que atormenta. Eduardo va á pronunciar un discurso contra la injusticia que ampara á los valerosos frente á los débiles. Ocupa al cabo la tribuna desde donde habla fácilmente y elocuentemente. De pronto divisa entre el concurso, en la linea primera de los espectadores á Ismael que subraya los conceptos del orador con demostraciones de irónico aplauso. ¡Muy bien! ¡muy bien! ¡BravO| Eduardo! ¡Ese es un sabio y un justo!

¿Qué pasa entre tanto en el alma de Eduardo? Pasa una cosa terrible, pero explicable, lógica, fatal. Eduardo pierde el hilo de su discurso, balbucea.

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siente un sudor frío inundarle la frente. Delira en alta voz con asombro y escándalo de sus oyentes. Es la locura que ya estaba latente, larvada en su cerebro, de tanto sufrir; es la locura que hace tremenda explosión; la locura que se apodera de él y le mueve, á saltar de la tribuna, impelido de una fuerza misteriosa. Salta en efecto, se lanza sobre Ismael, su perseguidor, y le ahoga. El trágico incidente promueve una honda, una gran conmoción entre los que asisten al ' meettng. El orador, ya perdida la razón, presa aún del ataque, convulso, espantoso, quiere volver á su tribuna, á su sueño, á su ambición, y cae desplomado. Acuden los guardias, sujetan al delirante y los que están en el escenario gritan: ¡el telón! ¡que baje el telón! y en efecto, desciende lentamente sobre tanta desdicha y dolor...

Tal es el drama que ha sido un éxito completo, espontáneo, grande, de verdadero público y no de amigos, ni de claque. Se le ha aplaudido á Francos, se le ha hecho salir multitud de veces á la escena en todos los actos y especialmente al final. Y cuando por fin, desierta ya la sala, pudimos correr al saloncillo de autores, estaba el autor de El Catedrático rodeado de amigos entusiastas y de admiradores casi desconocidos, que le felicitaban, que le estrujaban y mal; traían á fuerza de darle abrazos.

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El éxito es tanto más de notar cuanto que la ejecución ha sido más que mediana, lamentable y mala* Thuillier no se sabía apenas el papel y á trechos vacilaba, salvándose por su prestigio y no por su estudio ni por su conciencia. Comes hizo un Catedrático^ merecedor de que le hubieran reprobado en las oposiciones. Y sólo en la escena del meeting político, gracias á su intensidad dramática, á su hermosa factura, á la emoción que produce en el auditorio por sí misma, llegaron á interesarnos y á conmovernos los señores cómicos. Ese drama representado en el Español, hubiera constituido el mayor suceso teatral de la temporada, porque allí Fernando Díaz de Mendoza hubiera compuesto admirablemente la escena grandiosa y sugestiva del meeting^ haciéndonos recordar por su movimiento emocional aquella otra situación análoga de El enemigo del pueblo^ del soberano Ibsen. Yo no sé qué tiene el teatro de la Princesa, qué anatema pesa sobre él á manera de perpetua condenación, porque allí no aciertan á salir airosos ni siquiera los grandes cómicos. A punto estoy de retirar cuanto dije en alabanza de Thuillier brindándole y estimulándole á representar La familia de Lean Rochj á vivir los personajes de Galdós.